En este capítulo nos proponemos analizar problemas conceptuales y terminológicos que surgen del análisis epistemológico del lenguaje psicopatológico que utiliza la clínica en salud mental. Dicho lenguaje se enseña a través de diversa bibliografía, sobre todo manuales, y se refiere tanto a la enseñanza de los aspectos generales de la disciplina, como a los aspectos específicos de los trastornos del estado de ánimo y los trastornos de ansiedad.
Para ello hemos tomado una serie de categorías analíticas que especifican rasgos de problematicidad particular en los distintos términos y conceptos tanto para las ciencias en general, como para la psicopatología en particular. Algunas de las categorías propuestas por los diferentes investigadores (Block, 1995; Christopher & Peck, 2004; Gutiérrez Rodilla, 2005; Higgs & Liechtenstein, 2010; Kelley, 1927; Lilienfeld et al., 2015, 2017; Meehl, 1986; Weidman et al., 2017) son análogas o similares, por lo que describiremos las características de cada categoría y enunciaremos cómo piensan estos rasgos problemáticos los distintos autores que trabajan en la temática.
Una vez argumentadas las categorías para agrupar los diversos términos y conceptos problemáticos, presentaremos tres casos de términos y conceptos y una argumentación sobre su problematicidad y las diferencias con que son usados en las diversas fuentes bibliográficas que se proponen en los programas de psicopatología.
En la historia del lenguaje científico, Aristóteles desde la zoología, Teofrasto para la botánica, Hipócrates para la medicina recurrían al lenguaje cotidiano y otorgaban a este un valor técnico y específico. Usaban frases como τὸ καλούμενον (tó kaloúmenon), que significa “lo que se llama”, o τὸ λεγόμενον (tó legómenon), que significa “lo que se conoce”, para formalizar el lenguaje cotidiano en términos o etiquetas de los fenómenos que pretendían describir, el concepto (Gutiérrez Rodilla, 1998, pp. 19, 42).
En el lenguaje de las ciencias, el nombre, el concepto y el objeto se relacionan desde una triple óptica (Gutiérrez Rodilla, 1998, pp. 19, 88): desde un ámbito puramente lingüístico, por su significante; desde un plano cognitivo, por el significado del concepto con el que se relaciona el significante, y desde una perspectiva ontológica, por el referente real, por el objeto de la realidad.
Así, los tres aspectos fundamentales de un término están dados por estas visiones (lingüística, cognitiva y ontológica) y tienen repercusiones cognitivas, lingüísticas y comunicativas.
Para poder definir y caracterizar el lenguaje científico, lo primero que se debe hacer es tratar de situarlo y de delimitarlo con respecto al lenguaje común y a otros posibles lenguajes; lo que no es una tarea fácil pues existen opiniones al respecto para todos los gustos: desde quienes creen, en un extremo, que el lenguaje científico es un lenguaje completamente independiente del lenguaje común, hasta los que están convencidos, en el extremo contrario, de que el lenguaje científico no existe como tal, sino que se trata simplemente de una variante del lenguaje común, del que se aparta levemente tan solo por el uso que hace del vocabulario (Gutiérrez Rodilla, 2005, p. 19).
El análisis del lenguaje de una disciplina científica como la psicopatología (Berrios, 2011) es crucial para la comunicación, la investigación y la transmisión educativa a los profesionales de la salud mental. Según Lilienfeld et al. (2015, p. 3), muchos educadores hacen uso de los términos especializados de formas imprecisas e idiosincráticas, sembrando así información errónea. De esta manera, la falta de claridad en la terminología podría parecer inherente a las construcciones de la ciencia y eso ser tomado como una licencia implícita para el descuido en el uso del lenguaje, fomentando así un pensamiento poco claro.
En otras palabras, distintos pensadores de la psicología, la filosofía y la historia de la psicología advierten que la imprecisión en el uso de conceptos lleva como correlato obligatorio un procesamiento cognoscitivo que sigue la misma suerte.
Para analizar los problemas terminológicos y conceptuales dentro de la disciplina, hemos construido cinco categorías problemáticas donde agrupamos los términos y conceptos que causan problemas en el aprendizaje, la concepción y la comunicación de la psicopatología: la sinonimia y la polisemia terminológica, la obsolescencia terminológica, la ausencia de neutralidad conceptual y la transferencia de términos de la medicina a la psicopatología.
3.a. Categorías analíticas de términos y conceptos problemáticos de la psicopatología
3.a.i. Sinonimia y polisemia terminológica
Uno de los principales problemas existentes en el lenguaje científico en general y en el lenguaje de la psicopatología en particular es la sinonimia terminológica, es decir, la existencia de varios términos que se refieren a un único concepto (Gutiérrez Rodilla, 2005, p. 67). Este problema puede darse por distintas razones que van desde la construcción de neologismos en el avance de las ciencias, la existencia de diferentes teorías sobre el mismo objeto de estudio, el intento de traducir términos de una lengua a la otra y a partir de ahí diferencias en las traducciones hasta el uso de siglas que pretenden sintetizar la lectura o escritura de términos compuestos por varias palabras. Se podría decir que, cuando hay sinonimia, no hay economía en el lenguaje de una ciencia. La economía apela al uso del menor número de palabras necesarias para expresar la idea que se pretende comunicar, sustituyendo incluso frases enteras por nuevos términos.
Sin embargo, según Peirce (1883/1987, p. 241), en el análisis de una ética en el uso de la terminología, la existencia de dos términos de valor científico idéntico puede, según las circunstancias, ser o no ser un inconveniente. Distintos sistemas de expresión diferentes podrían ser una ventaja, pero solo si esto no crea confusiones en el uso y viene acompañado de explicitaciones y desambiguaciones.
Otro de los problemas es el opuesto, es decir, el de la polisemia terminológica (Gutiérrez Rodilla, 2005, p. 71). Este problema aparece cuando un único término se refiere a varios conceptos. La polisemia supone la existencia de un significante cuya forma no coincide con ningún otro significante y que ha adquirido varios significados. También en este caso las razones anteriormente descriptas suelen ser causa de que surja la polisemia terminológica.
En el lenguaje de la vida cotidiana, la polisemia representa la norma y no la excepción. En los abordajes psicoterapéuticos del abanico cognitivo-conductual (Keegan, 2007), se trabaja específicamente en flexibilizar la disposición de los consultantes respecto a la diversidad de significados posibles que pueden construirse de diversas situaciones. Pero, en el ámbito de las ciencias y del diagnóstico en salud mental específicamente, la polisemia terminológica genera ambigüedad (Lilienfeld et al., 2015, p. 2).
De esta manera, las categorías de polisemia (Gutiérrez Rodilla, 2005, p. 71) y ambigüedad terminológica (Lilienfeld et al., 2015, p. 2) podrían ocupar el mismo lugar en nuestra categorización de conceptos problemáticos. Asimismo, en la categoría de polisemia terminológica, también se incluyen términos que son utilizados de manera diferente conceptualmente por los distintos abordajes teóricos. De todos modos, en esta misma categoría, no solo encontramos un único término que se refiere a distintos conceptos, sino también términos que monopolizan el campo semántico en el que se encuentran, como puede ser el término “ansiedad”, el cual se utiliza tanto para miedo como para angustia, estrés o pánico.
Hacia 1927, Truman Lee Kelley acuñó los términos Jingle Fallacy y Jangle Fallacy para explicar cómo gran parte de las mediciones que se realizan en los distintos tests[1] acarrean errores conceptuales que llevan a conclusiones falaces debido al uso de sinonimia y polisemia terminológica (Kelley, 1927, p. 62).
Las categorías analíticas de Jingle Jangle Fallacies también se han utilizado en estudios psicológicos para analizar imprecisiones terminológico-conceptuales tanto en el área de emociones e inteligencia emocional (Weidman et al., 2017), como en personalidad (Block, 1995; Higgs & Lichtenstein, 2010) e identidad (Peck, 2004). Incluso Peck (2004, p. 2) enuncia que la gran cantidad de definiciones en el ámbito de la identidad (esto se aplica también a afectividad, personalidad y más categorías psicológicas) genera una gran confusión en el uso de términos y la especificación de conceptos.
Esto lleva a que tanto estudiantes como investigadores realicen su actividad profesional y académica en una “jungla” terminológica y conceptual. Es por eso por lo que a las falacias Jingle Jangle Peck les agrega con humor la palabra Jungle, la cual se refiere en otros términos al caos terminológico-conceptual que es hipótesis de esta investigación.
Asimismo, para estas categorías, se utilizan los nombres en inglés dado que no hay traducción terminológica. Jingle se refiere al tintineo de una campanilla, y Jangle lo mismo. Al enunciarlas juntas, generan el mismo efecto que la famosa frase popular “poteito, potato”. Esta frase popular en el inglés se refiere a que, aunque usemos diferentes nombres para la misma cosa, estas siguen siendo iguales.
La traducción conceptual para la categoría de Jingle Fallacy es la ya mencionada polisemia terminológica, y utilizamos esta categoría para términos que según su uso tienen una diferente conceptualización. Esto sucede, por ejemplo, con el término “psicosis”, el cual es significado de diversas maneras en los diferentes modelos teóricos dentro del psicoanálisis, en la psicología cognitivo-conductual y para la psicopatología descriptiva desde sus diversas conceptualizaciones. Asimismo, utilizamos la categoría de sinonimia terminológica, equivalente conceptualmente a Jangle Fallacy para distintos términos que denominan el mismo concepto, como sucede con “ataque de pánico” y “crisis de angustia”.
La precisión del discurso científico y de la comunicación en un campo profesional peligra cuanto mayor es la sinonimia y polisemia que contienen los términos. Siguiendo a Gutiérrez Rodilla (1998, 2005), el costo de la versatilidad del lenguaje común es cierta falta de precisión. Así, el logro de la precisión depende de la relación entre una expresión lingüística concreta, el término y un área bien definida en el espacio del conocimiento, su conceptualización. Uno de los requisitos fundamentales en la elección de un término es que sea monosémico, es decir, que responda a una sola conceptualización, que sea unívoco. Esta es una diferencia fundamental entre el lenguaje científico y el lenguaje cotidiano. Por otro lado, algunos de los beneficios de la precisión son la falta de ambigüedad y la facilitación para la traducción.
3.a.ii. Obsolescencia terminológica
La construcción de la categoría de obsolescencia terminológica no significa necesariamente que los conceptos sean obsoletos en sí; esa evaluación no es motivo de esta investigación. La construcción de esta categoría se refiere a las tensiones que muchas veces se dan entre las diferentes teorías o disciplinas en relación con su posicionamiento respecto al uso o a la validez de los términos y conceptos.
Existe una gran cantidad de términos y conceptos que se estudian en distintas materias de Psicopatología y no se nombran siquiera en otras debido a los abordajes teóricos que se escogen y con los que se construyen los diferentes programas.
Según Peirce (1883/1987, p. 240), es necesario un acuerdo general, aunque no demasiado rígido, respecto al uso de términos y anotaciones en las construcciones de las ciencias. Dado que no existe una construcción integral o un acuerdo general sobre el estudio de la psicopatología en Argentina, encontramos que, por diferentes razones, algunos programas de psicopatología incluyen distintos términos y conceptos que otros no.
Como hemos mencionado y visto en capítulos anteriores, el recorrido que hacen los términos muchas veces no es claro ni lineal, por lo que eventualmente fueron cambiando su significado o conceptualización. A partir del siglo xx, algunas de las distintas corrientes teóricas y disciplinares fueron tomando algunos términos y otros quedaron en desuso por ser inadecuados por diferentes razones. Sin embargo, otras corrientes mantuvieron su uso. También sucedió que los términos se mantuvieron, pero se modificó su conceptualización.
Tal como se observó en el desarrollo de los capítulos anteriores, una de las razones está relacionada con la existencia de diversos abordajes disciplinares y teóricos. En algunas carreras de Psicología, la psicopatología orientada a adultos se estudia en dos materias desde la psicopatología descriptiva y desde los manuales “ateóricos”. En esos casos, en una materia se estudia y aborda la semiología, y en otra la nosología. En otras carreras la psicopatología se estudia en una sola materia, pero directamente desde los manuales “ateóricos”, dedicando eventualmente una sola unidad a la semiología. En otras carreras la psicopatología se estudia también en dos materias, en una se estudian los manuales “ateóricos” y en otra la psicopatología psicoanalítica. Por otro lado, existen carreras en donde el único abordaje que se realiza de la psicopatología es desde el psicoanálisis. Finalmente, cabe mencionar que algunas materias de Psicopatología no tienen actualizada su bibliografía, por lo que aparecen términos y conceptos que están ya en desuso o responden a ediciones anteriores de los manuales “ateóricos”.
Otra de las razones de la obsolescencia terminológica es que desde distintos abordajes teóricos se entiende que el uso de determinados términos y conceptos no es neutral, por lo que esta categoría muchas veces puede mezclarse con la categoría de ausencia de neutralidad conceptual (Gutiérrez Rodilla, 2005).
3.a.iii. Ausencia de neutralidad conceptual
La neutralidad es uno de los atributos fundamentales que debe tener el lenguaje científico, es decir, la carencia de valores, connotaciones o matices afectivos. Según Gutiérrez Rodilla (1998, p. 92), en el uso de los términos, deberían evitarse los valores afectivos, personales o subjetivos de los que están cargadas las palabras utilizadas en el lenguaje común. Asimismo, no es infrecuente que términos originalmente neutros, con el paso del tiempo, vayan cargándose de una serie de connotaciones que no tenían en su inicio, comportándose en esto como el resto de las palabras.
Es bien sabido que el discurso científico no siempre es neutro. Muchas veces, en el intento de diferenciarse de otras escuelas teóricas, o por el hecho de pertenecer a una corriente ideológica, la neutralidad no se da. Esto no es un problema en sí. La inclusión y el énfasis de la esfera social del abordaje biopsicosocial desde distintos ámbitos como la filosofía, la sociología o la antropología harían poco probable un abordaje neutral sobre la salud mental.
Por lo que el problema de la ausencia de neutralidad en el uso de términos y conceptos no es la ausencia de neutralidad en sí, sino la ausencia del análisis de sesgos ideológicos en la construcción del lenguaje especializado, o de explicitación de posiciones epistemológicas en la adopción de ciertos términos y conceptos. En otras palabras, el problema suele ser la pretensión de neutralidad en una disciplina que históricamente nunca ha sido neutral y carente de valores políticos, ideológicos y morales (Bianchi, 2019; Conrad, 2007; Foucault, 2005; Jutel, 2009).
Desde el construccionismo social, Gergen (2006, p. 143) analiza el discurso hegemónico en salud mental, al que denomina “el discurso del déficit”, argumentando que los distintos términos y conceptos con los que se construye la idea de una “patología mental” están sostenidos con una falsa idea de neutralidad científica. Eso sería así ya que en realidad las especialidades psicoterapéuticas indefectiblemente se basan en determinadas concepciones del bien y el mal que existen en la cultura. Las concepciones que los profesionales tienen del funcionamiento sano se hallan impregnadas de nociones culturales relativas a la personalidad ideal y a las ideologías políticas a ellas asociadas.
Desde una propuesta de un psicoanálisis situado socioculturalmente, Galende (1989, p. 61) enuncia la importancia que tienen las diversas problemáticas que se pueden analizar desde las ciencias sociales para la revalorización de lo subjetivo en lo que se refiere a la salud mental. Para este autor, la pretensión de neutralidad lleva a que la práctica clínica pueda ser pensada al margen de los procesos socioculturales en los que está inmersa. Por el contrario, la propuesta de una salud mental explícitamente no neutral soluciona el problema de la neutralidad enunciando con claridad una posición teórica y eventualmente epistemológica respecto al abordaje.
De esta manera, esta categoría de análisis no implica que lo que se pretende es que exista una neutralidad en el uso de los términos y conceptos, sino la importancia que tiene el hecho de que se pueda analizar la carga valorativa de estos y las implicancias sociales que esto tiene como efecto.
3.a.iv. Transferencia de términos de la medicina a la psicopatología
Finalmente proponemos una categoría analítica de términos y conceptos que originalmente fueron concebidos desde y para la medicina. La hegemonía que esta ha tenido históricamente respecto a las conceptualizaciones y la construcción de lenguaje en salud mental por sobre otras disciplinas como la psicología o las ciencias sociales deviene en el uso de términos médicos para las conceptualizaciones de la psicopatología.
El préstamo de términos de una lengua a la otra es muy frecuente en el lenguaje de la vida cotidiana y en el lenguaje de las ciencias. A esto se lo denomina “préstamo léxico” (Sager, 1993, p. 336). Este “préstamo” muchas veces tiene costos para la lengua que toma prestados los términos. Estos costos pueden estar relacionados con el dominio conceptual que ejerce una cultura sobre otra. El inglés, por ejemplo, es una lengua dominante en el discurso de las ciencias y del conocimiento, imponiéndose generalmente como lengua única para el universo científico, sobre todo para lo que respecta al mundo de las publicaciones y la adopción de términos y conceptos. Es relevante mencionar esto porque, así como tiene costos para una cultura tomar prestados términos provenientes de otra, también tiene costos para una disciplina tomar prestados términos que provienen de otra disciplina.
Algunos de estos costos podrían estar relacionados con sesgos en aspectos epistemológicos como la prevalencia de la mirada fisicalista que analizamos en el capítulo anterior, mientras que otros costos podrían tener un tenor más ideológico (Szasz, 1961), como sucede con el uso del término “comportamiento desadaptativo”, uno de los términos más utilizados en los manuales diagnóstico según el análisis realizado.
Así, esta idea de préstamo léxico también puede aplicarse al uso de términos de una ciencia en otra ciencia. Tal como menciona Gutiérrez Rodilla (1998, p. 100), el proceso de transferencia de significados de unas ciencias a otras o dentro de una ciencia entre sus diferentes campos o teorías es tan frecuente como los préstamos desde un lenguaje a otro o de un lenguaje común a la lengua especializada y viceversa. Un ejemplo de esto lo constituye el uso del término “resiliencia” en psicología, proveniente del campo de la física.
Como hemos mencionado, el uso de los términos en medicina para términos y conceptos en salud mental lleva tanto a psicoterapeutas como a consultantes a confundir el trabajo que se realiza en la clínica en salud mental con los significados del campo de la medicina. Una vez más, es importante señalar que esto genera sesgos y confusiones de distintos tipos con implicancias en los significados que diferencialmente se puedan otorgar a nociones como “síntoma”, “trastorno”, “enfermedad” y demás.
3.b. Análisis de términos y conceptos problemáticos de la psicopatología
En el presente apartado, nos proponemos realizar el análisis de tres casos detallados de términos o conceptos problemáticos a partir de las categorías analíticas presentadas en el apartado anterior.
El abordaje que realizaremos de cada término o concepto escogido será presentar sus significados, argumentar por qué es problemático y por qué pertenece a una o más categorías problemáticas. En la mayoría de los casos, la pertenencia a una categoría analítica no es excluyente y los aspectos problemáticos que afecten al término o al concepto podrían también tener características de otra categoría.
Por esta razón hemos considerado que el análisis de casos que incluyen diversos términos o conceptos resulta más apropiado que el análisis de términos o conceptos realizado singularmente.
Así, hemos llevado a cabo el análisis de tres casos que, por un lado, abarcan los problemas epistemológicos del lenguaje de la psicopatología en lo que se refiere tanto a las generalidades de la disciplina como a las particularidades de los cuadros clínicos o de los síntomas mentales. Por el otro lado, hemos construido estos casos intentando recorrer de manera equivalente las diversas categorías analíticas que muestran diversos grados de problematicidad en el lenguaje de las ciencias.
En el primer caso, nos proponemos analizar términos y conceptos generales de la psicopatología como enfermedad mental y trastorno mental, entre otros.
En el segundo caso, nos proponemos analizar términos y conceptos específicos de la psicopatología de la afectividad. Así, analizaremos términos y conceptos como “ansiedad”, “angustia” o “miedo”, entre otros, a partir de los cuales se construyen tanto síntomas como cuadros clínicos específicos. En estos primeros dos casos, las categorías de sinonimia y polisemia terminológica serán las principales, aunque de todos modos las tres categorías analíticas restantes tendrán un importante lugar.
En el tercer caso, analizaremos el concepto de “histeria”, a partir del cual podremos observar cómo la multiplicidad de teorías y disciplinas en el campo de la salud mental genera diversos sesgos y problemas conceptuales, y también se lo analizará como un concepto paradigmático de aquellos que carecen de neutralidad, que es obsoleto y que viene transferido de la disciplina médica.
Finalmente cabe mencionar que en cada uno de los casos presentaremos el uso de los términos o conceptos en los distintos manuales o bibliografía escogida de acuerdo con el análisis de los programas de Psicopatología.[2]
3.b.i. Caso 1. Términos: “trastorno mental”, “enfermedad mental”, “desorden”, “disfunción”, “patología mental”, “patología psíquica”, “patología psiquiátrica”, “estructura psíquica”
Tanto en los programas de Psicopatología, como en la bibliografía analizada, hemos encontrado un uso de estos términos, más allá de sus eventuales definiciones conceptuales en diferentes textos y contextos, en general como sinónimos y con la pretensión de nombrar la noción en sí de entidad diagnóstica en salud mental delimitada por criterios diversos según el abordaje teórico o disciplinar (Belloch et al., 2020, p. 94).
Asimismo, es importante mencionar que algunos de estos términos pueden ser entendidos desde otras categorías problemáticas aparte de la sinonimia, como es la obsolescencia terminológica. Esto sucede, por ejemplo, con el término “enfermedad mental”, el cual se repite a lo largo del corpus estudiado. Entendemos que este término carece de validez para ser aplicado a los cuadros clínicos de la salud mental según los criterios que incluso siguen los propios autores. Este problema respecto al origen y el uso de la noción de “enfermedad mental” ya fue analizado en el apartado dedicado a la medicina como disciplina dominante en la construcción del lenguaje sobre la salud mental.
El término “trastorno mental” es el de uso más frecuente para nombrar la entidad clínica o categoría diagnóstica en salud mental, aunque se utilizan los términos de “enfermedad mental”, “disfunción”, “patología mental”, “patología psíquica”, “patología psiquiátrica”, “trastorno psiquiátrico” y “desorden” como si fueran sinónimos y sin ningún tipo de distinción.
El concepto de “diagnóstico” aparece en todos los programas y en toda la bibliografía analizada. Según el Diccionario de la Real Academia Española (s.f., definiciones 3 y 4), el diagnóstico es “la determinación de la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas”, así como la “calificación que da el médico a la enfermedad según los signos que advierte”. En medicina la noción de “enfermedad” se refiere tanto al estudio de la especie morbosa o entidad patológica, como a la individualización del diagnóstico, esto es, cómo la enfermedad se presenta en un individuo (Laín Entralgo, 1981, p. 142).
Tal como se argumentó más arriba, se ha intentado sustituir el concepto de “enfermedad”[3] como entidad diagnóstica en salud mental por el de “trastorno”,[4] dado que no hay evidencia que valide que aquello que se denomina “trastorno mental” cumpla los criterios de enfermedad.[5] Sin embargo, se utilizan ambos términos intercambiablemente. “Los fenómenos psicopatológicos casi siempre [se] han casado mal con los saberes médicos del momento y, en la historia, su carácter de enfermedad ha sido tan cuestionado por los médicos como por los sociólogos y los psicólogos” (Belloch et al., 2020, p. 9).
Esto se vuelve más evidente a partir de la vigencia y utilización de las nociones de “comorbilidad” y “nosología”, las cuales remiten al concepto de “enfermedad”: “Aunque frecuentemente se utilizan en el ámbito clínico los términos clasificación y nosología de manera indistinta, propiamente la nosología supone una organización basada en supuestos teóricos sobre la naturaleza de la enfermedad” (Strömgren, 1992, tal como se cita en Belloch et al., 2020, p. 94), aun con la falta de argumento etiológico que justifique su traslado a la salud mental (Wakefield, 2007).
El término “trastorno” tampoco coincide con el de “disfunción”, aunque también se utilicen intercambiablemente. Wakefield (2007), por ejemplo, propone una concepción naturalista de disfunción mental basada en un supuesto diseño evolutivo, y según él los procesos psicológicos podrían pensarse como funciones adaptativas. Sostiene así que una disfunción podría establecerse como un trastorno solamente cuando un mecanismo no logra cumplir su función adaptativa; esta lectura solo podría realizarse en relación con el contexto y no de forma universal. No obstante, reconoce que carecemos del conocimiento y la evidencia necesarios para establecer la hipótesis del diseño como un hecho, lo que vuelve problemática su aplicación clínica en salud mental. Así, sería equivocado hablar de disfunción ya que no existe evidencia para afirmar que haya un fallo de la mente para actuar de manera diseñada por la evolución de la especie (Jablensky, 2007, p. 157; Lilienfeld & Marino, 1995, p. 416).
Según Durand, Barlow y Hofmann (2019, p. 5), nunca es fácil decidir qué representa disfuncionalidad y tal vez nunca podremos definir y diferenciar satisfactoriamente disfunción, enfermedad y trastorno.
Tanto Lilienfeld y Marino (1995, p. 416), como Durand, Barlow y Hofmann (2019, p. 5) y Belloch, Sandín y Ramos (2020, p. 95) proponen tomar el concepto “trastorno” como un concepto roscheano, al modo de un prototipo. De esta manera, la definición de un trastorno podría ser entendida como la descripción de un caso típico que muestra la mayor cantidad de atributos de una categoría amplia, límites poco claros y subcategorías posibles. Según describe Rosch (Rosch & Lloyd, 1978), la función de esquema cognoscitivo o gestalten cognoscitiva permite el reconocimiento de los objetos del mundo y su organización a partir de prototipos que operan como categorías generales que muestran la mayor cantidad de atributos compartidos. Desde esta lectura, los trastornos serían prototipos categoriales que generalizan tendencias conductuales, modalidades de procesamiento cognitivo, dimensiones o respuestas e incluso rasgos de la personalidad.
Sin embargo, el término “trastorno” no solo está cargado de las connotaciones semánticas negativas de la enfermedad (Sontag, 1980), sino que también alude a la noción de “anormalidad”, que está cargada de valores ideológicos y afectivos, y deja sin considerar la influencia de las causas surgidas del contexto sociocultural por fuera de sus apreciaciones (De la Gándara Martín, 2013; Froxán Parga, 2021; Gergen, 2006). Cuando se habla de anormalidad, se hace referencia a un valor; “anormalidad” es un término apreciativo y normativo. Canguilhem (1971, p. 187) explica que una norma, una regla es aquello que sirve para hacer justicia, instruir o enderezar. Así, “normar” o “normalizar” significa imponer una exigencia. Por esta razón, podríamos pensar que los conceptos analizados en este caso también podrían ser pensados dentro de la categoría analítica de ausencia de neutralidad.
En el caso de los programas con orientación psicoanalítica o con orientación híbrida entre psicopatología descriptiva y psicoanalítica, se entienden las estructuras psíquicas y sus subtipos como entidades psicopatológicas, por ello se estudian específicamente en psicopatología como cuadros clínicos. De esta manera, perversión, neurosis y psicosis serían grandes categorías patológicas que ordenan una nosografía de entidades clínicas.
Podemos observar que se han multiplicado los modos en que la entidad diagnóstica es enunciada en el campo “multi-trans” teórico y disciplinar que es la clínica en salud mental. Así, encontramos en la bibliografía el uso “intercambiable” de diversos términos para referirse al concepto de “entidad diagnóstica” en salud mental.
El DSM–5 hace referencia a que aquello que se diagnostica es un trastorno mental. Sin embargo, se hace uso de los términos “enfermedad mental” (APA, 2014, pp. 14, 15, 323, 326, 361, 405, 799), “disfunciones” (sexuales, de inhibición del comportamiento y cognitivas, del desarrollo) (APA, 2014, pp. 100, 423, 481, 607, 799) y “desórdenes” (APA, 2014, p. 535) de manera intercambiable en la mayor parte de los casos o eventualmente sin una definición operacional.
En el Tratado de psiquiatría de Henri Ey (1955/2000), el término utilizado prevalentemente, dado el año de publicación, es el de “enfermedad mental”. En este caso el concepto de “trastorno mental” no se usa como en la actualidad.[6] Si prestamos atención a los adjetivos, podemos observar que aparecen de manera intercambiable “mental”, “psíquico” y “psiquiátrico”. Así, Ey utiliza el término de “trastorno mental” generalmente asociado a procesos orgánicos (1955/2000, p. 597). Asimismo, ubica en el grupo de los trastornos médicos causados o relacionados con enfermedades mentales o uso de psicofármacos los términos “trastorno psíquico” (1955/2000, p. 693) y “trastorno de la senilidad” (1955/2000, p. 806). También utiliza el término “patología psiquiátrica”, por ejemplo, para cuadros clínicos relacionados con la maternidad (1955/2000, p. 708). Nuevamente, en este último caso, no se termina de diferenciar si patología y enfermedad o trastorno se refieren a lo mismo y si los adjetivos “psiquiátrico”, “psíquico” y “mental” son intercambiables.
En la Introducción a la Psicopatología y la Psiquiatría, Vallejo Ruiloba (2015) utiliza intercambiablemente los términos de “trastorno mental”, “trastorno psíquico”, “enfermedad mental”, “enfermedad psiquiátrica” y “patología psíquica” para referirse al mismo concepto. Incluso nombra las estructuras teorizadas por el psicoanálisis mezclándolas con los conceptos de “trastorno” y “enfermedad”.
De este modo, podemos observar cómo traspone desde diferentes conceptualizaciones teóricas las nociones de “estructura”, “trastorno” y “enfermedad” en una misma definición:
Las neurosis tienen unas características básicas que las diferencian claramente de otros trastornos psíquicos: no son enfermedades en el sentido médico, su naturaleza es dimensional, cuantitativa: el curso es en general, crónico; el pronóstico es variable según parámetros personales, sociales y terapéuticos, y el tratamiento, excepto en las crisis de angustia y el trastorno obsesivo compulsivo, se debe enfocar psicológicamente, aunque se complemente con abordajes biológicos (Vallejo Ruiloba, 2015, p. 341).
En los manuales diagnósticos y estadísticos de los trastornos mentales, el concepto de “neurosis” dejó de existir como un trastorno cuando se publicó en DSM–III (APA, 1980). El término se usa desde la teoría psicoanalítica, y desde ella no se teorizan los trastornos mentales, sino las estructuras psíquicas. Las nociones de “estructura psíquica” y de “trastorno” no son equivalentes. Cuando Vallejo Ruiloba menciona “las neurosis […] y otros trastornos psíquicos”, está denotando que las neurosis son trastornos. Lo mismo sucede con el término de “enfermedad”. Cuando dice que no son enfermedades en el sentido médico, está dejando abierta la idea de que las neurosis son enfermedades en otro sentido y que existen otros trastornos que sí son enfermedades en el sentido médico.
Vemos de este modo la operación de intercambiabilidad de los términos y la sinonimia terminológica que subyace en esta discursividad sobre la psicopatología.
En el Manual de Psicopatología de Belloch, Sandín y Ramos (2020, p. ix), encontramos que el término que se utilizará para enunciar el concepto de entidad clínica es el de “trastorno”. Dentro del capítulo sobre conceptos y modelos en psicopatología, en el apartado de términos clave (2020, p. 65), les autores proponen una definición de “enfermedad mental” como “trasvase del concepto de enfermedad física a los fenómenos mentales”; aunque el concepto de “enfermedad mental” solo es utilizado en este manual para la conceptualización histórica. Sí encontramos intercambiabilidad entre “disfunción” y “trastorno”. Esto puede observarse en definiciones como “[L]a anorgasmia es una de las disfunciones más frecuentes en la mujer” (2020, p. 323), y “[L]a eyaculación precoz es el trastorno sexual más frecuente en los hombres” (2020, p. 324). En ninguna de estas entidades clínicas en torno a la sexualidad, queda claro por qué la anorgasmia sería una disfunción y la eyaculación precoz, un trastorno.
En la Sinopsis de Psiquiatría de Kaplan y Sadock (Sadock et al., 2015, p. 8), los términos de “enfermedad mental” y “trastorno mental” se utilizan de manera intercambiable. En nuestro análisis podemos observar que prevalece el uso del término “trastorno mental” para dar nombre a las distintas entidades clínicas, y el término “enfermedad mental” para enunciar en sí a la categoría que reúne a todos los trastornos. Sin embargo, la definición de “enfermedad mental” sí aparece explicitada por los autores:
Por presunción implícita, se puede definir la salud mental como el antónimo de la enfermedad mental. En otras palabras, la salud mental es la ausencia de psicopatología y sinónimo de normal. Conseguir la salud mental mediante la reducción de los signos y síntomas patológicos más importantes de la enfermedad también es la definición del modelo de salud mental propugnado enérgicamente por las compañías de seguros sanitarios (Sadock et al., 2015, p. 292).
Ahora bien, en el desarrollo de la nosología en el manual, “trastorno” y “enfermedad” se vuelven intercambiables en las definiciones de los cuadros clínicos. Por ejemplo, al argumentar la existencia de trastornos especificados y no específicos, los autores enuncian que la tercera de las cuatro categorías que llaman “residuales” es la de “otro trastorno mental especificado, en el que los síntomas están presentes, pero a nivel subclínico, por lo que no se puede diagnosticar una enfermedad mental específica” (Sadock et al., 2015, p. 657).
La Organización Mundial de la Salud reconoce que el término “trastorno” no es muy preciso y lo usa para señalar la presencia de un comportamiento o de un grupo de síntomas identificables en la práctica clínica que en la mayoría de los casos se acompañan de malestar o interfieren con la actividad del individuo (Stingo & Zazzi, 2003). Así, la CIE–11 (Clasificación Internacional de Enfermedades) –que lleva en su propio nombre la palabra “enfermedad”– hace referencia a que aquello que se diagnostica son trastornos mentales. Sin embargo, se hace uso del término de “enfermedad” de manera intercambiable con el de “trastorno”.
En el acápite titulado “Datos y Cifras”, se postula “[l]a depresión es un trastorno mental común”, mientras que, en el acápite inmediatamente posterior, titulado “Generalidades”, se enuncia que “[l]a depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo” (OMS, 2021). Lo que asumimos que puede ser un recurso sinonímico con intención de no repetir palabras no deja de contribuir al caos terminológico conceptualizado en esta investigación.
3.b.ii. Caso 2. Términos: “ansiedad”, “angustia”, “crisis de angustia”, “pánico”, “ataque de pánico”, “miedo”
Tanto en los programas de Psicopatología, como en la bibliografía analizada, hemos encontrado un uso de estos términos, más allá de sus diferentes definiciones conceptuales en distintos textos y contextos, de manera muchas veces tanto sinonímica como polisémica. Veremos que los términos “ansiedad” y “miedo” muchas veces se utilizan como sinónimos. También veremos cómo el término “ansiedad” se emplea para conceptualizar miedo y angustia. Encontraremos más de dos sinónimos para los casos de ataque de pánico y crisis de angustia. Asimismo, se analizará que los términos en torno al síndrome de temporalidad “aguda” de la clínica de la ansiedad que es el ataque de pánico (también llamado “crisis de angustia”) suele ser entendido a partir de la categoría analítica de transmisión de términos de la medicina.
Respecto a las relaciones y distinciones entre miedo y ansiedad, encontramos en distintos programas y manuales de psicopatología que se utiliza el término “ansiedad” también para referir al concepto de “miedo”. Según Lilienfeld et al. (2015, p. 2), varios autores utilizan el término “ansiedad” para referir indistintamente a la ansiedad y al miedo. Distintas investigaciones han demostrado con consistencia que miedo y ansiedad implican disposiciones diferentes y que las medidas de estos constructos solo estarían modestamente correlacionadas. En su investigación sobre el Jingle y Jangle en las evaluaciones sobre las emociones Weidman, Steckler y Tracy (2017, p. 283) analizan la falta de claridad conceptual a la hora de investigar en el campo de las emociones.
Los términos “miedo” y “ansiedad” responden desde lo conceptual al ámbito de la afectividad, por lo que, en tanto sean conceptualizados como alteraciones mentales, pueden ser comprendidos dentro de la semiología de la afectividad. Mientras que el término “miedo” responde a una emoción primaria (Ekman, 2017), “ansiedad” es un término muy amplio de distintas implicancias, pero que sobre todo se utiliza como estado de ánimo o humor (Durand et al., 2019, p. 119; Belloch et al., 2020, p. 44).
Crespo (2015, p. 718), en la Introducción a la Psicopatología y la Psiquiatría compilada por Vallejo Ruiloba, diferencia “ansiedad” como ‘estado’ –cuya duración es concreta– de “ansiedad” como ‘rasgo’ –cuya tendencia es a durar largos períodos de tiempo–. Sin embargo, en ninguno de los programas de Psicopatología ni en otros manuales analizados, se observa que se construya tal distinción.
En el Manual de Psicopatología de Belloch, Sandín y Ramos (2020, p. 44), se enuncia la importancia de la distinción entre miedo y ansiedad: miedo estaría asociado a un estímulo externo que es amenazante e identificable, y ansiedad sería un estado más difuso y sin una fuente externa de amenaza reconocible. Estos autores destacan la dificultad en la diferenciación dado que muchas veces los estímulos inductores de estas respuestas son difíciles de identificar.
La realidad es que, en términos generales, el miedo y la ansiedad vienen utilizándose de forma equivalente. De hecho, por ejemplo, los miedos y fobias suelen considerarse como problemas o trastornos de ansiedad. Por consiguiente, […] asumimos que miedo y ansiedad poseen de forma general un significado semejante. Únicamente entenderemos la separación entre ambos conceptos, en los términos que arriba hemos establecido, cuando sea preciso tenerla en cuenta por necesidad de las características del problema que sea tratado (Belloch et al., 2020, p. 44).
Lo cierto es que en los distintos manuales encontramos bajo el término de “ansiedad” conceptualizaciones más cercanas al campo del miedo y viceversa. En el DSM–5 (2014, p. 189), se distinguen ambos conceptos, aunque la definición es diferente a la ofrecida por Belloch, Sandín y Ramos (2020). El miedo en el DSM-5 es una respuesta emocional a una amenaza inminente, real o imaginaria, y la ansiedad es una respuesta anticipatoria a una amenaza futura. Sin embargo, más allá de la distinción en las definiciones, en la mayoría de los criterios diagnósticos dentro del grupo de los trastornos de ansiedad del DSM–5, encontramos como criterio principal el miedo o la ansiedad excesivos, inapropiados o intensos. Es decir que podemos entender que se define “ansiedad” a partir del miedo aun cuando previamente se los había separado. Este problema se debe a que, en su búsqueda por ser un manual (una nosología) ateórico, no hay una semiología de los “síntomas” mentales con los que se construye la nosología. Así, los términos de “ansiedad” y “miedo” son usados sin claridad. Ansiedad puede ser nombre de un trastorno, de un síntoma o incluso existe una ansiedad que no es patológica.
En el trastorno de ansiedad por separación (2014, p. 190), en la fobia específica (2014, p. 197), en el trastorno de ansiedad social (2014, p. 202) y en la agorafobia (2014, p. 217), encontramos como criterio principal el miedo o la ansiedad excesivos, inapropiados o intensos. El trastorno de ansiedad generalizada (2014, p. 222) es el único trastorno de ansiedad que no incluye miedo en sus criterios diagnósticos junto al mutismo selectivo (2014, p. 195), que ni siquiera incluye el término “ansiedad” más allá de estar en el grupo de los trastornos de ansiedad y solo aparece la noción de miedo a la humillación.
A continuación, analizaremos los problemas sinonímicos como de transferencia de términos de la medicina en torno al concepto de “pánico”. En el trastorno de pánico, el cual también pertenece al grupo de trastornos de ansiedad del DSM–5, se utiliza en sus criterios el término “ansiedad” para explicar el pánico (2014, p. 208). El término “miedo” es usado como criterio diagnóstico decimosegundo que se refiere al miedo a perder el control o volverse loco, y el decimotercero para el miedo a morir. También se utiliza el término “miedo” como sinónimo de preocupación a ser juzgados (2014, p. 209).
Respecto al término “pánico”, este se utiliza casi exclusivamente en relación con el ataque de pánico y el trastorno de pánico.
El término “pánico” se utiliza para referir a una modalidad abrumadora y repentina de ansiedad que se caracteriza por ser un estado afectivo extremo experimentado con sentimientos y sensaciones subjetivos, así como cambios fisiológicos típicos de las descripciones del campo semántico del miedo. Se podría decir que el término “pánico” en sí contiene la idea de lo agudo y que el término “ataque” fortalecería la idea de su carácter agudo desde el lenguaje de la medicina.
En lo que respecta al término “angustia”, existe una tendencia a que sea utilizado solo desde el psicoanálisis, aunque todavía se observa en muchos programas de Psicopatología y manuales la noción de “crisis de angustia” y de “trastorno de angustia”.
“Ataque de pánico” y “crisis de angustia” son sinónimos y se utilizan indistintamente para referir a un síndrome temporal agudo de corta duración. “Ataque” y “crisis” son sinónimos y términos que provienen de la medicina. Pero “pánico” y “angustia” no son sinónimos. Más allá de sus diferentes definiciones, “pánico” ya implica en sí un concepto “agudo”, mientras que “angustia” no. No existe un pánico que no sea “agudo”, pero sí existen diferentes modos de experimentar angustia, la “crisis” podría ser uno de ellos. En ninguna teorización se utiliza “pánico” y “angustia” como sinónimos, pero sí se utilizan como sinónimos en la conjunción con el evento agudo “ataque” o “crisis”. De este modo, se puede ver que “ansiedad” y “angustia” se emplean indistintamente tanto como “ansiedad” y “miedo”. Por lo tanto, vemos que ansiedad, miedo y angustia pueden quedar relacionados como sinónimos.
En lo que respecta a la transferencia de términos de la medicina, es posible observar que se utiliza el término “ataque” cuando trata de un síndrome temporal agudo de muy corta duración, no más de treinta minutos según Vallejo Ruiloba (2015, p. 155), que suele aparecer de manera súbita, abrupta y paroxística, y puede aparecer esperada o inesperadamente (Durand et al., 2019, p. 119). En general, existe una tendencia en el campo de la medicina y de la salud mental a utilizar los términos “ataque” y “crisis” como sinónimos.
Es importante mencionar que ambos términos sinónimos, “crisis” y “ataque”, provienen de la clínica médica para conceptualizar diversos cuadros clínicos que no tienen una etiología bien definida y tampoco un deterioro consecuente del ataque. Algunos ejemplos del uso de “ataque” y “crisis” en la clínica médica[7] son los ataques de asma o crisis asmáticas, o los ataques epilépticos que pueden estar caracterizados por diferentes tipos de crisis, como las crisis de ausencia, crisis tónicas, clónicas, mioclónicas, generalizadas o no.
En sus Lecciones introductorias de psicopatología, Amalia Baumgart (2004, p. 24) ofrece un interesante análisis sobre la actual intercambiabilidad que la medicina y la psicopatología ha realizado sobre los términos “ansiedad”, “angustia” y “pánico”, explicando que en alemán se había acuñado el término ängstlichkeit (anxietas en latín y “ansiedad” luego en español) para un estado de ánimo inquieto, agitado que no permite sosiego y crea una visión pesimista del mundo. El término en alemán ängstlichkeit se utilizaba para dar cuenta de un signo distintivo de la personalidad en oposición a otro término alemán, Angst (“angustia” o “miedo” en español y traducidos indistintamente), el cual pone de relieve una vivencia emocional actual de corta duración con características afines a la ansiedad, según esta autora. El término “pánico” es adoptado por Freud como adjetivo que exacerba al sustantivo “angustia”; el término en alemán es panischer angst. Sin embargo, más allá de esta explicación, “ansiedad” y “angustia” suelen ser intercambiables en español, y el uso de “angustia” tiende a desaparecer en el mundo hispanoparlante más allá de que en el español rioplatense tiene una aceptación muy grande por la gran cantidad de profesionales con orientación psicoanalítica.
Mediante el influjo de la psiquiatría francesa, que diferenció entre anxieté (malestar e inquietud del espíritu) y angoisse (sentimiento de constricción epigástrica, dificultades respiratorias e inquietud), se estableció en nuestro país (tradición psiquiátrica española) la separación entre ansiedad (predominio de componentes psíquicos) y angustia (predominio de componentes físicos). En la psicología española, no obstante, no suele asumirse esta distinción, permaneciendo únicamente el concepto de ansiedad, con sus variantes somática y cognitiva, algo semejante a lo que ocurre en el ámbito anglosajón (Belloch et al., 2020, p. 44).
Así, las escuelas españolas de psicología y de psiquiatría utilizan los términos “angustia” y “ansiedad” distintivamente, aunque se refieren a las mismas descripciones. En el Manual de Psicopatología de Belloch et al. (2020, p. 91) –que pertenece al ámbito de la psicología–, el capítulo en el cual se encuentra la descripción del ataque de pánico está titulado como “Trastornos de ansiedad”. En cambio, en la Introducción a la Psicopatología y la Psiquiatría coordinado por Vallejo Ruiloba (2015, p. 148) –que pertenece al ámbito de la psiquiatría–, el capítulo está titulado como “Trastornos de angustia”.
Según una investigación de Weidman, Steckler y Tracy (2017, p. 267), las ciencias que actualmente investigan la afectividad tienden a intentar distinguir los estados emocionales con definiciones típicas que incluyen patrones específicos de sentimientos subjetivos, cambios fisiológicos, actividad neural, valoración cognitiva (appraisal) y tendencias motivacionales a la acción. Estas definiciones intentan medir experiencias subjetivas que los participantes informan respecto de sí y así desarrollar taxonomías y clasificaciones sobre los estados afectivos que son entendidos como sintomáticos. Estos autores lograron distinguir cómo en los distintos estudios se medía bajo la categoría de ansiedad toda una serie de sentimientos mucho más variados. Esto indicaría la polisemia que subyace en el uso del término “ansiedad”.
Por ejemplo, en la investigación sobre el Jingle Jangle de las emociones, la categoría de ansiedad está diferenciada de la categoría de miedo y de la categoría culpa. Sin embargo, las distintas categorías emocionales comparten diversos sentimientos, y eso hace que se confundan muchas veces. Así, “ansiedad” y “miedo” comparten sentimientos como temeroso, asustado, atemorizado, nervioso, tembloroso e incómodo. Los sentimientos como panicoso o tímido no entran en la categoría de ansiedad, sino solo en la de miedo. Por otro lado, dentro de la categoría de culpa, los términos de “culpable” y “avergonzado” también comparten el campo semántico de la ansiedad, mientras que el término “arrepentido” solo entra en la categoría de culpa y en otra categoría de vergüenza. Los términos “estresado”, “mareado”, “autoconsciente”, “tenso”, “tembloroso” y “afectado” están solo en la categoría de ansiedad para estos autores (2017, p. 283). Estas variaciones semánticas conducen, según estos autores, a errores de medición y problemas en las conclusiones de las distintas investigaciones.
Como hemos mencionado, además de “ataque de pánico” y “crisis de angustia”, en el corpus analizado encontramos otros términos que funcionan sinonímicamente como crisis de pánico –en el DSM–5– (APA, 2014, p. 189), sentimientos de pánico y episodios de miedo (APA, 2014, p. 209) e incluso ataque de nervios. Esta última noción aparece en el apartado de aspectos diagnósticos relacionados con la cultura del DSM–5 (APA, 2014, p. 212), en cuanto se explicita que en Latinoamérica se utiliza el término “ataque de nervios” como forma más duradera y con signos diferenciales al ataque de pánico como comportamiento agresivo o suicida y despersonalización o desrealización.[8]
En la CIE–10 (OMS, 1992, p. 99), podemos observar intercambiablemente términos como “crisis de ansiedad grave”, “ataque de ansiedad grave”, “ansiedad paroxística episódica”, “crisis de angustia” o “ataque de pánico” en el capítulo de los trastornos de pánico (ansiedad paroxística episódica).
Quienes estudian desde el libro de Henri Ey (1955/2000) encontrarán los ataques de pánico como crisis aguda de angustia, conteniendo allí diferentes subclasificaciones como neurosis de pánico dentro de las reacciones neuróticas agudas, aunque con diferencias conceptuales, así como también crisis confuso-ansiosas, crisis histero-ansiosas y crisis de angustia psicosomática.
3.b.iii. Caso 3. Término y concepto de “histeria”
Hacia finales del siglo xviii, Cullen ya había teorizado la histeria, junto a la hipocondría, como una neurosis, es decir, como una enfermedad nerviosa en aquel entonces. El concepto de “histeria” ha sido fundamental en los desarrollos de la psiquiatría del siglo xix y principios del siglo xx, desde Griesinger y Briquet hasta Charcot y Janet. En general se ha descrito la histeria desde la psiquiatría (Millon et al., 2006, p. 314) como una afección de las mujeres, y existen descripciones nosológicas que sistematizan diversas formas de histeria, hasta descripciones minuciosas sobre la personalidad histérica. A estas personalidades se les atribuye un carácter patológico por su excitación emocional, su activación sexual elevada, el egoísmo (Von Feuchtersleben, 1847), la impulsividad, el capricho, el engaño, carentes de sentido común (Griesinger, 1867/2009), los celos, la malicia, el miedo, la tristeza, el enfado (Briquet, 1859), la labilidad emocional, la búsqueda de novedad (Kraepelin, 1901) y la búsqueda de atención constante, la exageración e incluso la mentira (Schneider, 1923/1950).
En el caso que nos proponemos indagar aquí –la noción de “histeria”–, es posible observar las categorías analíticas de ausencia de neutralidad,[9] de obsolescencia terminológica y de transferencia de términos de la medicina a la salud mental. Tal como menciona Tasca et al. (2012), el concepto de “histeria” y el conjunto de trastornos mentales que se desprenden de él han generado en la historia de las ciencias en torno a la salud mental sesgos científicos o morales, definidos por estas autoras como un prejuicio pseudocientífico.
En 1859 el médico Paul Briquet (Sauri, 1995, pp. 93-98) reintroduce el antiguo concepto de “histeria” explicando que existe desde los comienzos de la civilización y que es una afección de las mujeres que proviene (causa) del útero. ὑστέρα (hýstera) significa “útero” o “matriz” en griego antiguo (Pabón de Urbina, 2012, p. 612). Galeno, por ejemplo, había concebido el ataque[10] histérico como proveniente de una fricción de la vulva. En cambio, para Briquet, interesado en la construcción de una nosotaxia de la histeria, el nombre passio hysterica es único, aunque comprende varios accidentes, entre los cuales se incluía una forma de histeria masculina. Briquet también menciona que los médicos de la Antigüedad consideraron a la mujer un ser secundario, y que la religión, la civilización y la moral le atribuyeron a la mujer “un rol más noble” como “compañera del hombre” y “formadora de los niños”.
Briquet concluye que para él la histeria es una neurosis[11] del encéfalo cuyos fenómenos aparentes consisten en la perturbación de los actos vitales al servicio de la manifestación de las sensaciones afectivas penosas y de las pasiones tristes o violentas que terminan por producir lesiones en los órganos en los que se manifiestan.
Según Foucault (2005, p. 127), a partir del momento histórico referenciado con Briquet, se comienza a teorizar médicamente a la mujer a partir de la noción de “histeria”. La medicina decimonónica califica y descalifica a la mujer describiéndola a partir de la tenencia de un cuerpo intrínsecamente patológico, integralmente saturado de sexo, que carga con el imperativo de asegurar una fecundidad regulada y siempre enunciado dentro del espacio familiar bajo el imperativo de garantizar la educación de los niños con la justificación de una supuesta responsabilidad biológica y moral.
Mientras que “histeria” ha sido una de las grandes palabras en psiquiatría (McHugh, 1998, tal como se cita en Cruz & Rodríguez, 2017, p. 248), para el psicoanálisis, ha sido una entidad inaugural que de algún modo creó el psicoanálisis y sustenta la teoría psicoanalítica (ya que tiene como fondo la totalidad de los principios psicoanalíticos), y su tema clave es la pregunta sobre la feminidad (Peskin, 2003, p. 237).
En la tradición psicoanalítica designa de forma general un trastorno psicógeno que mimetiza los trastornos orgánicos (por ejemplo, la ceguera histérica), pero sin que exista ningún tipo de lesión somática. La pérdida de función orgánica (ocurre en la histeria de conversión) se explica a partir de conflictos psíquicos inconscientes (Belloch et al., 2020, p. 61).
En la psicopatología psicoanalítica que se estudia en las carreras de grado en Argentina, se incluye el estudio de la histeria como cuadro clínico y como categoría diagnóstica. Esto puede verse en aproximadamente dos tercios de los programas de Psicopatología analizados. Para esta teoría, la histeria es la forma prototípica de la estructura neurótica. La neurosis como estructura psíquica está caracterizada tanto por una capacidad de sostener el criterio de realidad, uso de mecanismos defensivos más complejos, una identidad más integrada (Kernberg, 1987, p. 17), como por la capacidad de hacer lazo social, hacerse preguntas reflexivas, y tolerar la incertidumbre, la frustración y las ambivalencias de la vida. Sin embargo, “es un hecho el íntimo vínculo que suele establecerse entre la histeria y las mujeres” (Martín & Machado, 2013, p. 432), y el concepto en sí, más allá del término, siempre está articulando el campo semántico de lo patológico con significantes de lo femenino.
El concepto de “histeria” en psicoanálisis sirvió para conceptuar definitivamente las neurosis como trastornos de origen no orgánico –en contra de los supuestos originales de Cullen– (Belloch et al., 2020, p. 47) y es entendido como una clase de neurosis que ofrece cuadros clínicos muy variados, como la histeria de conversión y la histeria de angustia.
En la medida en que Freud descubrió en la histeria de conversión rasgos etiopatogénicos fundamentales, el psicoanálisis logró relacionar con una misma estructura histérica diversos cuadros clínicos que se traducen en la organización de la personalidad y el modo de existencia (Laplanche & Pontalis, 1981, p. 171).
En términos de Millon et al. (2006, p. 315), los hombres ejercen una dominación en el campo de la psicología. Así, en lugar de intentar entender a la mujer, construyen síndromes diagnósticos que se van actualizando y que solo afectan a las mujeres. Otro de los cuadros clínicos que continúa acarreando lo que Foucault (2005) denomina “histerización del cuerpo de la mujer” es el trastorno disfórico premenstrual,[12] el cual podría ser pensado como el paralelismo contemporáneo de la histeria. Si bien en ese caso podría ser factible que muchas mujeres sufran solo unos días al mes ciertos cambios emocionales, con ese criterio deberían diagnosticarse también en términos de Millon et al. (2006, p. 315) afecciones “del pene”. Resulta curioso, dicen Millon et al. (2006), que la historia no recoja en ningún momento la existencia de un “pene viajero”[13] y aberrante que pudiera desprenderse, alojarse en el cerebro y distorsionar la percepción para explicar de este modo la conducta antisocial de muchos hombres.
Encontramos en la actualidad el adjetivo calificativo despectivo “histérica” como uno de los prevalentes en el lenguaje cotidiano en diversos países como Argentina o España. En el año 2016, un reconocido músico de rock en Argentina enunciaba que “existen mujeres que necesitan ser violadas porque son histéricas” (BBC Mundo, 2016). Asimismo, en un estudio que realizó Global Web Index (Andrino et al., 2019) respecto a los insultos proferidos en la plataforma de Twitter (ahora X) a una famosa activista climática que participó de la cumbre climática de Madrid 2019, el más utilizado fue “histérica”. Del cien por ciento de los tweets que insultaban con ese término a la activista, el 79 % fue proferido por hombres, mientras que solo el 21 % por mujeres.
El término “histeria” es un claro ejemplo tanto de ausencia de neutralidad en la psicopatología, como de obsolescencia terminológica y de transferencia de términos de la medicina a la salud mental. No existe argumentación empírica que le dé validez a la relación entre el término y el concepto. En la actualidad, es desde el psicoanálisis (y las corrientes psiquiátricas psicodinámicas) desde donde se sostiene el valor del término. En el resto de los abordajes teóricos y disciplinares, aunque no utilizan más el término, se conservan muchas de sus conceptualizaciones históricas bajo diversa terminología.
En la Introducción a la Psicopatología y la Psiquiatría, Vallejo Ruiloba dedica un capítulo entero (2015, pp. 177-194) a la histeria, en el cual incluye el trastorno de somatización (también llamado “síndrome de Briquet”), el trastorno de conversión, los trastornos disociativos, la personalidad histérica y un apartado de tres párrafos en los que se tematiza que el histérico típico no difiere sustancialmente de la mujer con histeria. También tematiza la relación entre histeria y sociopatía, dependencia, falta de control emocional y escasa virilidad. Finalmente menciona que la histeria en el hombre no tiene el dramatismo de la mujer histérica, pero sí una sexualidad problemática que puede ser observada a partir de la homosexualidad exhibicionista e impotencia y eyaculación precoz (2015, p. 185).
Tal como mencionan Cruz & Rodríguez (2017, p. 252), es factible analizar incluso cómo cierto conjunto de grupos diagnóstico que podemos observar en el DSM–5 o CIE–10 pueden ser analizados como readaptaciones descriptivas de las antiguas presentaciones clínicas que ofrecía la histeria más de un siglo atrás. “Tradicionalmente, los hoy denominados desórdenes somatomorfos provienen de un conjunto de trastornos derivados del concepto de neurosis histérica” (Belloch et al., 2020, p. 178). Entre ellos podemos considerar cuadros clínicos del grupo de los trastornos con síntomas somáticos, de los trastornos disociativos, de los trastornos facticios e incluso el trastorno de la personalidad histriónica.
En el DSM–II (APA, 1968), todavía estaban conceptualizadas la neurosis histérica con dos subtipos (disociativo y conversivo) y la personalidad histérica. Por otro lado, la psicosis histérica ha sido conceptualizada según Kaplan & Sadock (Sadock et al., 2015, p. 8) en el desarrollo de su Sinopsis de Psiquiatría como análoga a las psicosis reactivas breves, mientras desde la CIE–10 (WHO, 1992) se conceptualizó como más cercana a los cuadros disociativos. Otro ejemplo claro es el de la descripción de la personalidad histriónica en el DSM–III (APA, 1980), el cual sustituyó el término “histérica” por “histriónica” para evitar las connotaciones con el psicoanálisis y con los términos que pudieran parecer sexistas (Millon et al., 2006, p. 314).
Aunque el DSM–5 (2014, p. 312) ya desarticuló la noción de “histeria” de los grupos de trastornos recién mencionados, su relación es claramente rastreable con las ediciones anteriores (DSM–III, 1980, p. 241), en donde todavía se enunciaba entre paréntesis el término “histeria” como nombre de un cuadro clínico en la edición anterior. Incluso en la última edición del DSM, se menciona la prevalencia en mujeres del trastorno con síntomas somáticos y en el trastorno de conversión sosteniendo la idea de que estos cuadros son prevalentes en mujeres al modo de la histeria.
En el Tratado de psiquiatría de Henri Ey (1955/2000, p. 418), se describe la histeria como una neurosis caracterizada por la hiperexpresividad somática de las ideas, de las imágenes y de los afectos inconscientes.
En el ya mencionado Manual de Psicopatología de Belloch, Sandín y Ramos (2020, p. ix), encontramos que el término se menciona solo para relacionar diagnósticos actuales con su origen en el concepto de “histeria”.
No en todas las ciencias se consigue el mismo grado de neutralidad para sus tecnicismos. El término “histeria” es obsoleto para algunas escuelas teóricas, pero sus conceptualizaciones aparecen vigentes en todos los abordajes psicopatológicos. Sin embargo, dado que en nuestro lenguaje cotidiano solo es usado como adjetivo calificativo despectivo hacia las supuestas características que tiene la mujer o como insulto directamente, debería reafirmarse lo inadecuado de sus usos en el campo de la salud mental.
- Kelley en general se refiere a las medidas de habilidades como inteligencia y rendimiento sobre todo en el área educativa.↵
- De acuerdo con el análisis bibliométrico realizado (Pecznik, 2023) se han seleccionado los diez manuales más utilizados en la asignatura de psicopatología en Argentina. La mayoría de estos manuales proviene del campo de la psiquiatría, están dirigidos a una figura médica masculina, fueron escritos originalmente en otras lenguas y cuentan con escasa participación de autoras mujeres. No se incluirá en el análisis del presente libro las obras de Freud y Lacan, pese a ser de las más utilizadas en la bibliografía de psicopatología en Argentina. En orden de prevalencia: [1] La quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5) (APA, 2014). [2] El Tratado de Psiquiatría de Ey, Bernard y Brisset (Ey et al., 1955/2000) [3] Introducción a la Psicopatología y la Psiquiatría coordinado por Julio Vallejo Ruiloba (2015). [4] El Manual de Psicopatología (en dos volúmenes) de Belloch, Sandín y Ramos (2020) está escrito en español, participan mujeres y es uno de los dos manuales escritos desde la psicología como disciplina. [5] Semiología y Psicopatología de los procesos de la esfera intelectual de Carlos Pereyra (1991). [6] Sinopsis de Psiquiatría de Kaplan y Sadock (Sadock et al., 2015). [7] La Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud (CIE-10). [8] Psicopatología. Un enfoque de la psicología anormal de Durand, Barlow y Hofmann (2019). [9] Lecciones Introductorias de Psicopatología de Amalia Baumgart (2014). [10] Conceptos fundamentales de Psicopatología de Héctor Fischer (1996). ↵
- Enfermedad se tiende a oponer a salud, más allá de que no existe salud sin enfermedad (Canguilhem, 1971).↵
- Trastorno se tiende a pensar en oposición a normalidad.↵
- Por esta razón, podríamos pensar que el concepto “enfermedad mental” también podría ser pensado dentro de la categoría analítica de obsolescencia terminológica. ↵
- Cuando Ey utiliza la noción de “trastorno”, lo hace del mismo modo que se utiliza en medicina, es decir, aplicado a cuadros clínicos sin una etiopatogenia bien definida.↵
- Es interesante cómo, para no utilizar términos de la medicina, el análisis funcional entiende estos cuadros a partir de la realización de un análisis funcional individualizado del eventual condicionamiento aversivo de las señales interoceptivas (Froxán Parga, 2021, p. 287).↵
- Desde la antropología la dependencia de la cultura de este término es cuestionada (Idoyaga Molina, Funes & Arteaga, 2009).↵
- Gutiérrez Rodilla también lo denomina “neutralidad emocional” (1998, p. 92).↵
- El término “ataque”, analizado anteriormente, es otro de los términos problemáticos seleccionados. Su uso en relación con la histeria ya es obsoleto en todas las teorizaciones.↵
- Neurosis ha sido uno de los términos problemáticos analizados en el capítulo segundo y en el caso 1 del presente apartado, y responde tanto a las categorías de obsolescencia terminológica, como a la de transferencia de términos de la medicina. ↵
- Otro concepto problemático dentro de los trastornos depresivos que carece de ausencia de neutralidad.↵
- Según Millon et al. (2006, p. 315), para los antiguos griegos, la histeria estaba causada por un útero viajero y aberrante que podía soltarse, viajar por el cuerpo y llegar al cerebro, produciendo excesos comportamentales, descontrol emocional y lujuria.↵







