El arte es un producto cultural y, además, hay un amplio coeficiente cultural en la percepción de la belleza artística. De eso no hay duda. En este sentido, los criterios estéticos están sometidos a la variedad y varianza de todo lo humano.
Evidentemente, el arte es una forma prototípica de cultura. Y cultura es todo lo que el hombre hace, con su mente y con sus manos, por transformar la natura que ha recibido en herencia del supremo Hacedor, convirtiéndola en su hogar, y también por transformarse a sí mismo, por cultivarse, crecer y dar más de sí. La palabra «cultura» proviene del verbo latino colo, que significa cultivar, acrecentar, dar auge o aumento. Hay muchas formas de cultura en este sentido de crecimiento de lo más humano del ser humano; básicamente se reúnen en dos grandes sectores del trabajo y la iniciativa humana: la técnica, por un lado, que le franquea el mundo permitiéndole convertirlo en su hábitat, y, por otro, la convivencia con los demás habitantes que lo pueblan, en especial sus semejantes, los demás seres humanos. La posibilidad de diseñar herramientas que le permitan disponer en su beneficio de los recursos naturales, y de establecer parámetros para organizar la vida en sociedad, abren al hombre el espacio más amplio de la cultura. Cultura también es lo que los seres humanos piensan y hablan sobre todo ello: discurrir y discutirlo con sus semejantes son igualmente fuentes básicas de recursos culturales: el pensamiento filosófico, religioso, científico, político y social.
En definitiva, cultura es todo lo que no es natura intacta, virgen: todo lo que no está hecho por Dios en los «seis días» iniciales, tal como se narran los orígenes en el libro del Génesis; todo lo que el hombre hace a partir y con lo que hizo el supremo Hacedor, con el mundo que ha heredado, y consigo mismo como habitante de ese mundo. Cultura es todo constructo humano, todo lo que hace el hombre con su mente y sus manos en, con y a partir de la naturaleza. Y, repito, no solo el producto de ese trabajo, del esfuerzo transformador, sino lo que el hombre piensa y dice sobre eso; también esto es cultura.
En este amplísimo entorno de realidades que componen el mundo de la cultura, el arte ocupa sin duda un lugar destacado. No solo en el sentido del ars latino (la técnica o habilidad), sino en el sentido de la capacidad de crear belleza. El arte es cultura, también, porque gracias a la belleza –tanto la natural como la artística–, el hombre se redime un poco de su pequeñez y debilidad. Ante la belleza nos crecemos, nos venimos arriba, como suele decirse. «La belleza salvará al mundo», afirma Dostoyevski en El idiota. (Vid. Labrada, 2006).
Hablando del insaciable afán de belleza que habita en el espíritu humano, señala Gustave Thibon:
«Hemos sido creados para lo divino, pero también para lo sensible. Soñamos al mismo tiempo en la plenitud espiritual y en el amor humano, y por eso caemos tan fácilmente en su trampa. Cuando la belleza sensible se nos ofrece, ya no nos basta aceptarla como tal, es decir, como una cosa efímera y limitada, y le pedimos que sacie nuestra sed de misterio y de absoluto. Esperamos de ella un Dios a quien podamos estrechar entre nuestros brazos, la prueba del espíritu por los sentidos y de lo eterno por el tiempo… Hasta que llega la hora inevitable y nos damos cuenta de que lo que estrechamos en ella no es Dios, sino nuestro deseo desorientado pero incurable de Él. Dichosos entonces si descubrimos que ese ser impotente para saciar nuestra sed sufre también nuestra misma sed, y de este modo logramos asociar nuestras dos miserias en una única plegaria. Esa es la única posibilidad de supervivencia del amor humano. No se trata de encontrar a Dios el uno en el otro, sino de buscarlo juntos. La pobreza reconocida y aceptada nos lleva hacia la verdadera riqueza, mientras que la emisión de falsa moneda sólo puede conducirnos a la ruina» (Thibon, 1973, pp. 152-153)[1].
La belleza nos llena, nos engrandece, nos eleva y nos mueve a ir a más. En ese sentido, además de un producto cultural prototípico, resulta ser un potente estímulo cultural, un catalizador del crecimiento humano.
Ahora bien, quienes han leído la Biblia y entienden que es palabra de Dios lo que ahí se dice, saben que a partir del famoso episodio de la manzana hay de todo en la cultura humana: hay cosas que el hombre hace y le ayudan a crecer, que le cultivan, que acrecen su humanidad, mientras que otras no tanto. Incluso dentro de las que alientan nuestro crecimiento, también hay grados: hay cosas que nos cultivan más que otras. Jesús distingue, por un lado, el trigo de la cizaña –valga decirlo así, la cultura de la contracultura–, pero por otro, dentro del cultivo positivo, también hay grados de cultivo: en el trigo hay grano y paja, i.e cultivo intensivo y cultivo mediocre, aunque ambos sean cultivo.
Hoy no está muy bien visto hacer este tipo de discriminaciones. Muchos dirían: ―Todo es cultura. ―O bien, dado que es un aspecto esencial de la cultura: ―Tan arte es la pintura flamenca del XVII como el grafiti, o tan arte es la música de Mozart como el regetón. ―No hay duda que hay formas de regetón que son muy meritorias, o grafitis que son verdaderamente artísticos. Pero, mire usted, por muy meritorio que pueda ser, en comparación con la pintura flamenca, al grafiti le falta un hervorcito… ―Pues bien, hoy no es fácil decir algo así sin que a uno le pongan de vuelta y media por ser un discriminador, o por no ser «inclusivo».
- De forma inigualable este autor describe cómo la belleza redime la vida, pero, al mismo tiempo, la acorta, a la par que la intensifica: «Esta pasión o esta búsqueda te hará caer enfermo, abreviará tu vida, comprometerá tu equilibrio interior y social, etc. Así habla siempre a los seres “excesivos” el viejo espíritu de mesura y de conservación. ¿Pero acaso el amor o la sed de verdad y de belleza pueden juzgarse según sus incidencias en la duración y en la tranquilidad de la existencia? No conozco nada tan mediocre como cierto utilitarismo aplicado a las cosas del espíritu, que considera bueno lo que alcanza el éxito, y malo todo lo que fracasa, desde un punto de vista exclusivamente biológico o social. Simone Weil reprochaba a algunos apologistas de los valores espirituales el presentar la fe y la oración como drogas de calidad superior, estimulantes ideales que aseguran el equilibrio interior y el éxito externo. Es una lamentable confusión de campos: se juzga de un ideal como si se tratase de un régimen alimenticio o de un método de gimnasia. Morir antes de tiempo no es una desgracia para el que ha sabido llenar de eternidad sus días efímeros. ¿Es durar o es servir lo que realmente interesa?» (Thibon, 1973, p. 215). Y, más adelante, continúa: «Redimere tempus. La máxima nobleza del hombre y el único camino de salvación radican en este rescate del tiempo por la belleza, la oración y el amor. Sin esto, nuestros deseos, nuestras pasiones y todos nuestros actos se reducen a pura vanidad, son remolinos del tiempo que el tiempo se lleva. Todo lo que no es encuentro con la eternidad es tiempo perdido» (Thibon, 1973, p. 351).↵






