Quisiera detenerme brevemente en algunas ideas que eran de curso común en la Edad Media europea, y que suponen los parámetros fundamentales de lo que se entendía entonces sobre la belleza. Se sitúan en el linaje de pensamiento que concibe que la forma de arte más alta de la que el ser humano es capaz es hacer técnicamente bien algo que imita la naturaleza, tal vez corrigiéndola en algún aspecto. El arte, digamos, figurativo, puede embellecer la naturaleza, puede añadirle algún acabado que le falta a la creación. Dios hizo las cosas de la nada, pero entre ellas algunas las ha querido por sí mismas –las personas–, y otras para que sirvieran a las personas, para que el hombre tomara posesión de ellas y las empleara a su servicio. El ser humano puede disponer del resto de las criaturas, viviendo con ellas y de ellas, y puede mejorar, mediante el trabajo y la técnica, el valor, el decoro y el uso de ellas, por tanto, añadiendo a la creación un acabado, una complexión que también figura en el plan creador de Dios; adrede no quiso hacerlo todo, y así hacer partícipe al ser humano del beneficio de la causalidad. Le dio la posibilidad –co-creadora– de colaborar con él instalando en el ser un mundo humanamente perfilado.
Tomás de Aquino, por ejemplo, tiene un discurso no muy exhaustivo sobre la belleza, más desde una perspectiva metafísica que estética en el sentido moderno. Además de «uno» (unum), «verdadero» (verum) y «bueno» (bonum), todo ser, en tanto que es, es «bello» (pulchrum). La belleza es una de las propiedades «trascendentales» del ser, un aspecto o faz que todo ente reviste, justamente en tanto que es. Estas propiedades son realmente idénticas al ser (convertuntur cum ens), de manera que «trascienden» los modos categoriales de ser –los tipos más genéricos de lo ente–, afectando a todo ente precisamente en cuanto que es ente (ens qua ens), digamos, a todo ente, cualquiera que sea su tipo o categoría. Es decir, con independencia de que sea de tal o cual tipo, todo ente, por ser, está provisto de estas propiedades: es uno, verdadero, bueno… y bello.
En otros términos, la verdad trascendental, o metafísica, no es la verdad lógica, así como la bondad de la que en estos términos se habla tampoco es la bondad moral, ni la belleza metafísica es la belleza de la obra de arte. Son meramente aspectos de todo lo real, de todo ente. Todo lo que los entes tienen de realidad consiste en dejarse conocer, dejarse querer, ser apto para suscitar atracción gustosa, con independencia de que sean efectivamente conocidos, queridos o deleitados. Es exactamente a esto a lo que se refiere Tomás de Aquino al hablar de aspectos trascendentales del ente en sentido metafísico.
En este contexto añade Tomás de Aquino: «Las cosas bellas son las que vistas agradan» (pulchra dicuntur quae visa placent)[1]. Con esto da a entender que la belleza es cierta síntesis en sentido trascendental –no propiamente «estético» en la acepción moderna– entre la verdad y el bien. Las cosas bellas son las que, vistas –i.e conocidas: ahí está la conexión con el verum–, atraen, es decir, seducen nuestro querer, y en esto último reside la conexión con el bonum (bueno es lo que todos apetecen, quod omnia appetunt[2]).
Tomás no habla mucho de la belleza; al menos, no tanto como de la unidad, la verdad y la bondad. Algunos autores tomistas piensan que no consideraba el pulchrum como una propiedad trascendental a se, equiparable a las otras, sino que entendía la belleza como un aspecto del bien. Otros piensan que sí es una propiedad trascendental distinta. Sea como fuere, para él hay una íntima compenetración entre belleza y bondad, al igual que entre bondad y verdad, como ya he señalado, y por supuesto entre todas ellas con el ser, del cual son aspectos tan solo lógicamente discernibles (convertuntur cum ens). Quizá es menos directa la conexión entre el pulchrum y el ens que entre el verum y el ens, o entre el bonum y el ens: la conexión entre la belleza y el ente estaría mediada por la que se da entre el ente y la verdad, o entre el ente y la bondad (toda vez que la belleza es, como se ha mencionado ya, una cierta síntesis entre verdad y bondad). Pero algún nexo ha de haber entre belleza y ser
Al referirse a la belleza artística –por tanto, ya no en sentido metafísico, i.e no a una propiedad del ser en cuanto ser, sino a una cualidad de determinados tipos de ente que son artefactos humanos–, Tomás menciona algunas características de ella que interesa señalar.
Los principales rasgos de la belleza que puede lograr el artífice humano serían la plenitud (acabamiento, conclusión), la armonía y la luz; en los términos empleados por Tomás: integritas, proportio, claritas[3].
- Una obra de arte es algo logrado, acabado, bien terminado[4].
- Por otra parte, la belleza artística es armónica.
- La claridad es un rasgo de la belleza, sobre todo en la mentalidad medieval. Se aprecia esto especialmente en el arte gótico y en la «estética de la luz», cuyos orígenes se remontan a Plotino. La luz no solo posibilita el brillo exterior, sino el resplandor interno de las cosas. Agustín de Hipona y Tomás de Aquino hablaron del esplendor de lo verdadero (splendor veri).
Quisiera hacer un breve comentario sobre la armonía o proportio, que es uno de los rasgos más característicos de la belleza entendida al modo antiguo.
Armonía significa unidad en la variedad. Como es sabido, es una noción central en música, junto con la melodía, y el ritmo. Los tres son elementos esenciales de la música. La armonía es lo que hace posible que sonidos distintos se conjunten bien –«armonicen» entre si–, i.e suenen bien juntos. (En teoría de la música se les denomina «enarmónicos»). En una orquesta sinfónica, por ejemplo, suenan instrumentos muy distintos y timbres muy variados; pero está sonando lo mismo. En griego la voz syn-phoné significa, en efecto, sonidos conjuntos, que «consonan» (en latín lo dice el verbo cum-sonare). Es el efecto propio de la armonía.
Uno de los argumentos con los que arrancó la discusión filosófica, ya antes de Sócrates, precisamente atañe a la cuestión de cómo es posible que un universo tan variado y variable esté tan bien ordenado, i.e que sea un kósmos y no un kháos. Donde hay tanta variedad y variación lo menos improbable es el caos; lo que podría esperarse de manera más plausible es el desorden. Sin embargo, parece que está todo perfectamente organizado. Tiene que haber algún factor de unidad, un principio arquitectónico (arkhé) que dé coherencia y unidad al conjunto. Los pitagóricos hicieron estudios matemáticos muy precisos para encontrar la distancia eufónica perfecta, lo que en teoría de la música se denomina «quinta justa», es decir, la que media entre las cuerdas extremas de la lira. En la escala diatónica la distancia entre «Do» y «Sol» (de tres tonos y un semitono) es como el canon en escultura o arquitectura: la medida a escala humana de todo el universo; sus proporciones, digamos, humanas[5].
El término proportio se refiere a una justa medida en la que pueden coincidir los contrarios sin anular el contraste entre ellos. Es una noción que integra, sin confundirlos, lo positivo y lo negativo. La multiplicidad y el cambio –variedad y variación–, al que era tan sensible Heráclito, reclaman un coeficiente de negatividad. En efecto, para que haya muchas cosas hace falta –al contrario de lo que pensaba Parménides– que no sea todo lo mismo, i.e que cada cosa no-sea las demás. A su vez, para que algo cambie es menester que aún no-sea lo que mediante el cambio llegará a ser.
Uno de los grandes descubrimientos de J. S. Bach es el valor musical del silencio, que es lo que hace posible el ritmo; este surge de la perfecta combinación, la medida y equilibrio (proportio) entre sonido y silencio. En general, la belleza, tanto natural como artística, integra la multiplicidad en la unidad, la variedad en la estabilidad.
Una obra de arte está conseguida si llega a asemejarse a un organismo vivo. En un organismo las partes están funcionalmente conectadas entre sí. Organismo es un todo en que las partes son órganos (instrumenta), es decir, están al servicio, en mutua función unos de otros. De algún modo, la belleza de la que el ser humano es capaz lo será tanto cuanto más se parezca a la naturaleza, que es, de acuerdo con la cosmogonía antigua, un cierto organismo. Así como el orden hace posible la vida –y de ahí que toda la naturaleza física mantenga alguna cercanía con lo orgánico–, a la inversa, la desproporción, el exceso (hybris), mata[6].
- Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 1.↵
- Summa Theologiae, I, q. 6, a. 2, ad 2.↵
- «Para la belleza se requiere lo siguiente: primero integridad o perfección, pues lo inacabado, por ser inacabado, es feo. También se requiere la debida proporción o armonía. Por último, se precisa la claridad, de ahí que lo que tiene la nitidez de color sea llamado bello» (Summa Theologiae, I, q. 39, a. 8).↵
- En esta noción se advierte el eco del gusto clásico por la forma como de-terminación. El ideal griego de la definición remite justamente a la percepción del límite que ciñe cada realidad a ser lo que es, a no confundirse con lo demás. Cuanto más diáfano es el contorno que delimita las cosas, más «formosas» resultan ser, y, a la inversa, lo feo es de-forme.↵
- El tópico de la homomensura, atribuido a Protágoras, recoge esta vieja intuición griega. Lo menciona Platón en el diálogo Teeteto (152 a): «El hombre es medida de todas las cosas, tanto del ser de las que son, como del no ser de las que no son». En el curso del debate con Teeteto, Sócrates muestra que este axioma tan solo sería válido en el dominio de la percepción, pero no satisface los requisitos para constituirse en saber. Dicha intuición, con la correspondiente corrección que añade Sócrates, también se ha formulado más recientemente como principio antrópico: todo el universo está pensado por Dios a escala humana; parece que todo converge en propiciar la aparición del hombre en el mundo, en hacer este más disponible para aquel, i.e en proporcionar las condiciones necesarias y suficientes para que surja el ser humano en la forma en que ha surgido.↵
- El pecado original es, sobre todo, hybris. ¿Qué le sugiere la serpiente antigua a Eva? ―Estáis creados a imagen de Dios, sois como Dios (cosa que es verdad). Pero, ¿qué os distingue aún de él? Pues que tenéis que obedecer a Dios, que os dio un mandato. Todo el universo lo ha hecho Dios para vosotros, para que lo poseáis y lo disfrutéis (es la imagen prelapsaria del Edén, un maravilloso jardín). Podéis comer los frutos de todos los árboles, con excepción de ese, el árbol de la ciencia, que está en medio del jardín. Si coméis de él, moriréis (Gn 2,17). ―Dios tan solo se reserva decidir –no totalmente, pero sí en último término– lo que está bien y lo que está mal. En el momento en que el hombre se supone a sí mismo árbitro absoluto de lo que está bien o mal –relativamente Dios le ha dejado un margen de deliberación y decisión en cuestiones morales–, entonces enfebrece de exceso, de hybris. ―Comed de su fruto y seréis como Dios (Gn 3,5), sugiere la serpiente antigua; i.e no tendréis a nadie por encima. Al desobedecer, decidís lo que es atribución exclusiva de Dios. ―Esto es contrario al bien, porque contraría la verdad del hombre, y como consecuencia de esas dos contrariedades, no puede ser bello. La distorsión, el desequilibrio supone una fractura interior que afea y desfigura la imagen de Dios en el hombre.↵






