Pese a ser discípulo de Platón, Aristóteles tiene una idea mucho más positiva del arte. En su Poética desarrolla una teoría que hoy sigue dando mucho que pensar[1]. (En general, Aristóteles es de los que más han hecho pensar al gremio filosófico; Platón, por supuesto, también. Cada uno a su manera, pero ambos, en el linaje de Sócrates, son sin ningún género de duda, los filósofos más importantes)[2].
Aristóteles acuñó el concepto de catarsis, que en griego significa «purificación». Su idea es que el buen arte, aun entendiendo por eso algo más cercano a lo que hoy llamaríamos técnica, hace un servicio importante a la elevación del espíritu, al ennoblecimiento del alma, porque afina los sentimientos ajustándolos a la realidad: nos hace sentir atracción por lo atractivo y repugnancia por lo repulsivo. El buen arte nos ayuda a tener sentimientos justos. Una tragedia bien construida ayuda a ennoblecer el afecto, a que lo bueno nos atraiga y lo malo nos repugne.
De ahí que Aristóteles no se oponga a representar el mal, pues si se representa bien, por virtud de ese fenómeno de la catarsis se produce un efecto óptimo, a saber, que el mal se nos antoje malo. Lo saben bien quienes han leído un drama de Dostoyevski, o de Shakespeare.
Hamlet es un personaje que William Shakespeare describe con un detalle extraordinario, haciendo una pintura psicológica muy realista[3]. Está tan bien contado que es fácil que en algunos de esos rasgos uno se vea bien reflejado. Lo sabe cualquiera que haya leído buena literatura.
William Deresiewicz ha hecho una soberbia descripción de la manera en que el buen arte nos enajena de nosotros mismos, precisamente para vernos a distancia y reconocer mejor nuestro auténtico perfil:
«”¡Ese soy yo!”: la experiencia esencial del arte. Nos vemos en el otro y el otro en nosotros. Freud habla de lo inquietante –el término alemán es unheimlich, y Heim significa hogar, es decir “lo que no es nuestra casa”–, de lo que es extraño y familiar al mismo tiempo. Es lo que ocurre con las revelaciones del arte. El arte nos lleva a casa llevándonos fuera, lejos de ella. Leemos sobre Hamlet o Jane Eyre, y por encima de las diferencias de tiempo y lugar, con una punzada de culpa y de gozo, vemos nuestra propia naturaleza reflejada en un espejo; la vemos además como si fuera la primera vez que la vemos. Se encuentra uno a sí mismo del mejor de los modos: leemos sobre la Dinamarca del Medievo, un mundo de cortesanos y princesas, y de repente, como en un sueño, de algún modo nos hallamos en medio de ellos» (Deresiewicz, 2019, p. 184).
Puedo descubrir en un personaje ficticio algunos aspectos de mí mismo que me pasaban ocultos: ―Realmente esto me pasa a mí. O, por el contrario, me encuentro completamente ajeno a ese otro rasgo; pienso que en ningún caso reaccionaría así. Veo, por ejemplo, en El idiota de Dostoyevski, una fisonomía espiritual a la que en modo alguno me gustaría parecerme; no quisiera pasarme toda la vida odiando, como Hamlet, cocinando una venganza contra su tío, asesino de su padre y usurpador del trono. ―Es un sentimiento que uno obtiene de esa lectura, que describe maravillosamente bien los rasgos de la perversión. Hasta cierto punto, la buena técnica narrativa embellece lo que cuenta, pero es una descripción bella de algo completamente repulsivo. Lo que se destaca es la repugnancia, lo contrario de la nobleza. Es el efecto catártico que para Aristóteles tiene el buen arte[4].
- Ese libro es un protocolo extraordinario de cómo se construye una narración. Quienes saben bien de cine saben que las películas que tienen más probabilidades de éxito en taquilla son las que siguen más fielmente el protocolo aristotélico, el esquema clásico de la narración: planteamiento, nudo, desenlace.↵
- Como dijo Alfred North Whitehead, «toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica» (Whitehead, 1957, p. 63).↵
- Nada que ver, por cierto, con los personajes romos, delineados con cuatro trazos simplistas, que aparecen en tantas series o películas norteamericanas. Son buenos no porque hagan cosas buenas, sino porque tienen buenos sentimientos, aunque se dediquen a hacer el salvaje. Por supuesto que hay de todo en Hollywood, también verdaderas obras maestras del cine, pero igualmente hay mucho simplismo: el bueno es completamente bueno, y el malo es malísimo. Mientras que un buen drama hace un retrato realista de los personajes, aunque sean de ficción; tienen los rasgos de cualquier ser humano: afectos buenos y otros malos, gestos heroicos y mezquinos, acciones buenas y otras que no lo son tanto.↵
- Continúa Deresiewicz: «El arte le pone nombre a la experiencia. Reconocemos a Antígona, o a la comadre de Bath o a Madame Bovary como tipos humanos permanentes –el idealista maldito, el sensualista devergonzado, el soñador descontento– y también como permanentes potencialidades que habitan en nuestro interior. (…) El arte también nos proporciona modelos para la experiencia, especialmente cuando eres joven» (Deresiewicz, 2019, p. 184).↵







Hola! Lindo artículo! ¿Qué libro es el de Deresiewicz?
Hola, la bibliografía puede consultarse desde este enlace:
https://www.teseopress.com/estetica/back-matter/referencias-bibliograficas/