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Prólogo

Elbia Haydée Difabio y Gilda Difabio de Anglat

Gestionar la resiliencia escolar: transformando desafíos en oportunidades es, ante todo y como el título lo comunica, un libro esperanzador; una guía amable, accesible y realista para repensar los caminos posibles en el ámbito pedagógico. A la manera de un mosaico artísticamente diseñado, cada capítulo funciona como una tesela única y, a la vez, conforma una parte insoslayable de un conjunto sopesado en sus distintas y complementarias aristas, con una intención multidireccional y polifónica.

Los responsables son especialistas en ciencias de la educación, psicología y psicopedagogía. Aunque la investigación se implementó en Mendoza, ciertamente traspasa el ámbito provincial por su vigencia en espacios diversos y, sin embargo, coincidentes en la problemática. Siete especialistas se ocupan de responder: ¿puede la institución educativa trascender las limitaciones de las pantallas y de las aulas físicas para convertirse en un espacio más inclusivo y resiliente? Y si la contestación es afirmativa, ¿cómo? Esta pregunta atraviesa cada capítulo, no solo como un análisis del pasado, sino como un aliciente para el presente y una proyección hacia el futuro.

Seguramente también los lectores se han planteado y se plantean a diario tales interrogantes. Cada uno –profesor, estudiante, directivo, investigador…– elegirá comenzar con un capítulo, según sus cuestionamientos y urgencias. Así podrá dialogar con los textos y reflexionar desde su realidad áulica o institucional. Continuar un itinerario libremente escogido tiene la ventaja de una apropiación personal, de un pacto aceptado voluntariamente. De hecho, el orden de los sumandos no altera el producto, y cada una de las contribuciones es, en definitiva, una pieza indispensable y novedosa que se añade para completar y enriquecer la pluralidad en la misma línea de investigación.

Con rigor y sensibilidad, desde una perspectiva que transita entre los ámbitos pedagógico, psicológico y social, el libro reúne experiencias, reflexiones, lecciones aprendidas y propuestas basadas en una investigación empírica sistemática, tanto cuantitativa como cualitativa, que abarca una diversidad de enfoques metodológicos. Esto le permite trazar un panorama claro y detallado de los escenarios y prácticas que surgieron durante la crisis sanitaria y después de ella.

Si tuviéramos que preferir una palabra del título, optaríamos por “transformando”, auténtica bisagra, central en sus dos matices: porque equidista de “generar” y de “oportunidades”, favorecida por los dos puntos previos que nos alertan y exigen una pausa atenta, y por su contacto con sinónimos como “cardinal”. Bien mirado, el verboide funciona como medianera, como gozne, precisamente cardo en latín. Además, la justificación se basa en tres razones: primero, todo gerundio connota matiz de duración, de proceso –y, añadimos acá, que no debiera ser interrumpido–. Segundo, porque su primer componente, “trans” (hoy también “tras”), utilísima preposición, también latina, devenida alomorfo inicial –pensemos en trasladar, transcurrir, transitar, traspasar, transmitir (perdón por la insistencia)–, supone un punto de partida que se conecta con otro de llegada y, en el medio, necesita de un “durante”, de un “mientras” pero, y he aquí el tercer motivo, está supeditada, subordinada al núcleo semántico, a la condición esencial: la forma, el modo, la disposición. Transformación implica renovación, reajuste, metamorfosis, aplicada aquí a nuestro peregrinaje diario en el entorno escolar o universitario. Estimado lector, así como es libre de elegir un capítulo para iniciar su recorrido, ahora lo invitamos a que, después de la lectura completa, “ausculte” usted el título y escoja el término más significativo y elocuente según su óptica.

Ahora bien, ¿por qué surgió este aporte? Básicamente, porque la pandemia desbarató la educación tradicional y sacó a padres, maestros, profesores, estudiantes, directivos, integrantes de gabinetes psicopedagógicos, personal administrativo de sus costumbres más arraigadas, de la herencia presencial recibida y nunca cuestionada. Abrupta resultó la incorporación de la pantalla e igualmente intempestivo el regreso a la institución educativa física. La digitalización tuvo una forzada bienvenida, a veces con desconfianza; otras con desasosiego, ofuscación o rechazo y, por qué no, con cierta expectación. Ingresó como un torrente, como un juego cuyo código, cuyas reglas se pensaron en el devenir, se contradijeron, se enredaron, se interfirieron, se solaparon, se rectificaron… Y la vuelta exigió identificar los pros y contras de la virtualidad, aprovechar sus beneficios y soslayar sus restricciones y desventajas. “Nada en demasía”, hubieran dicho los griegos antiguos desde su oráculo délfico; o sea, equilibrar presencialidad, con sus ventajas –junto con sus inconvenientes– y virtualidad. Hermanarlas, armonizarlas, compatibilizarlas no fue ni es tarea sencilla. Requiere de creatividad, de solidaridad, de compromiso, de flexibilidad y resiliencia por parte de toda la comunidad educativa.

La realidad de la virtualidad (¡vaya paradoja!) obligó a examinar logros, limitaciones, desavenencias, rispideces, encontronazos, resonancias con la realidad “real”. Y surgieron inquietudes, entre ellas: ¿es más personal una clase atiborrada de estudiantes, aunque presencial, que una mediada por la computadora? ¿Cómo evaluar cada modalidad? Y se filtró, como en toda actividad humana, el comportamiento oscuro de unos pocos, transmutado en violencia y hostigamientos –ciberacoso, cyberbulling, mobbing, que, dicho sea de paso, merecen equivalentes en español–. Víctimas y victimarios, en definitiva.

Así el trabajo “en línea” se volvió habitual. Siempre nos ha llamado la atención esta expresión para la conexión electrónica. ¡Hay tantas clases de líneas! ¿Se habrá referido en su inicio a la recta (y rápida)? Docentes y estudiantes hemos lidiado seguramente más con la ondulante, la zigzagueante, la espiralada, la quebrada, la enmarañada… En tren de sinceridad, no siempre hemos salido y salimos airosos, como Teseo, del laberinto y su red. Auguramos que este libro se convierta para muchos en Ariadna.

Una última pregunta: ¿para qué esta obra? Roxana, Cristián, Alejandro, Ana, Enrique, Nancy y Santiago actuaron, inicialmente, como detectives, registrando barreras, errores, frustraciones, cuestionamientos, aunque también superaciones y logros. Después, fueron árbitros, cuando resultó posible conciliar objetivamente las dos modalidades para enseñar y aprender. Finalmente, cumplieron el rol de médicos, advertidos los síntomas, alcanzado el diagnóstico y observado el progreso. En definitiva, la tarea del buen maestro: detectar, interceder y sanar, restaurar heridas. Y lo cumplieron con su vocación: la de educadores, compartiendo sus estudios sobre esta problemática tan vigente con honestidad, generosidad y entusiasmo académicos.

Estamos convencidas de que la impronta de esta iniciativa radica en la dimensión profundamente humana e integral de cada análisis y, sin ánimo de recetas mágicas, en la propuesta de estrategias efectivas que propicien la cohesión social. En un mundo amenazado por la fragmentación y por la falta de empatía, la institución educativa se presenta como un espacio privilegiado donde aprender a vivir juntos.

Quienes hemos sido testigos de que la educación marca la diferencia encontramos en este libro un camino hacia una transformación educativa que comienza aquí, en este puente entre el pasado y el futuro que la obra realizada ha logrado construir.



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