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Introducción

Tampoco necesito que un profesor griego me recite una serie de preceptos conocidos, cuando él mismo nunca presenció una corte o un juicio, como se dice de Formio el conocido Peripatético; pues cuando Aníbal, expulsado de Cartago, fue a exiliarse donde Antíoco en Efeso y, puesto que su nombre era glorioso en todas partes, fue invitado por sus huéspedes a escuchar al filósofo, si él lo deseaba, y había él expresado su voluntad de hacerlo, dícese que el hombre discurrió durante horas sobre el oficio del comandante y sobre todos los asuntos militares. Entonces, cuando los otros oyentes, vehementemente deleitados, preguntaron a Aníbal por su opinión, el cartaginense replicó en un griego no muy bueno que muchos locos había visto, pero nunca uno tan loco como Formio.[1]

Cicerón

La guerra como concepto

La guerra no es un hecho, la guerra es un concepto político. La guerra no es un acontecimiento físico: ni puede ser reducida a la fugacidad de un combate, ni puede ser asimilada tampoco a una progresión inconexa de éstos. Una seguidilla de combates no hace necesariamente a una guerra: si bien es impensable una guerra que no implique un estado prolongado de violencia, la violencia por sí sola, aún la violencia permanente, no es suficiente para caracterizar al estado de guerra. La naturaleza de la guerra podría ser escatológica, jurídica o política, pero de ninguna manera es únicamente física. Para Cicerón, la guerra es el método utilizado por las bestias para resolver sus conflictos[2]: sin embargo, creemos que si bien los animales pueden participar en hechos “violentos”, pueden causarse daño entre ellos o a los hombres, y hasta podrían hacerlo “continuamente”, éstos no entran nunca en guerras. La guerra atañe exclusivamente a los hombres, y esto sucede puesto que la naturaleza de la guerra es de tipo conceptual o intelectual, aunque no resulte inmediatamente evidente qué tipo de concepto es “guerra”, si es un concepto jurídico, moral, o teológico, o si involucra a todas estas esferas. Por el momento, puede acordarse que “guerra”, así como “Estado”, “ley” o “libertad”, es, al menos en parte, un concepto político, y debe ser analizado como tal.

Si bien la “guerra” es un concepto, no existe una “idea” singular de la guerra, de índole platónica, que haya inspirado unívocamente al pensamiento político occidental, desde Tucídides a Michael Walzer o John Rawls. Bajo los mismos términos pólemos, bellum, guerra o war, se ha argumentado seguido sobre asuntos claramente diferentes: la persistencia de estos términos en el lenguaje no es índice alguno de la permanencia de su significado[3]. Si bien podrían encontrarse elementos comunes al uso de todos estos términos a través de los siglos, tales como la oposición de un momento de “guerra” a un momento de “paz”, el carácter “violento” de la situación bélica, o el sacrificio y la disciplina colectiva requeridos en los momentos de conflictos de este tipo, se trata de características demasiado generales y vagas como para concluir a partir de ellas una comunión de significados relevante a todos los usos de estos términos. ¿Se argumenta sobre lo mismo al razonar acerca de un ataque coordinado de drones hoy y acerca de un duelo de caballeros en la Edad Media? ¿Existe un significado común detrás de todos los usos históricos del término “guerra”? No creemos que una posición semejante sea fácil de defender.

La guerra es un “concepto”, en el sentido que la historia conceptual del siglo XX le ha dado a los “conceptos” políticos, tanto en su variante inglesa desarrollada principalmente en Cambridge por Quentin Skinner y John Pocock, como en su variante germana (la llamada Begriffsgeschichte) cuyos mayores exponentes son Reinhart Koselleck y Otto Brunner. Dos propiedades de los conceptos políticos son relevantes para nosotros en este contexto. En primer lugar, los conceptos no son “ideas”, puesto que no tienen un significado único y permanente sino que engloban una pluralidad de significaciones adquiridas a lo largo de la historia. Para Koselleck, es posible reflexionar sobre la historia de los conceptos (Begriffsgeschichte) sin referirse al contenido extra-lingüístico de aquellos (a la historia social y política a la que refieren), y es posible observar y analizar en la evolución de sus significados movimientos de persistencia, cambio y novedad. Aunque todos los conceptos son palabras, no todas las palabras son conceptos sociales y políticos, puesto que las palabras requieren para devenir conceptos algunas propiedades adicionales: los conceptos son esencialmente polisémicos y ambiguos en cuanto a su significado (y no sólo casualmente ambiguos), y tienen una pretensión de alcanzar un significado general (de englobar la totalidad de la experiencia humana) que no poseen todas las expresiones del lenguaje. Al utilizar conceptos, los hombres desean englobar la “totalidad del significado y de la experiencia”: en su uso, hay una voluntad de expresar opiniones objetivas y universales sobre la realidad (Koselleck, 2004: 85). Si bien cualquier palabra puede tener una pluralidad de significados, sólo los conceptos engloban a todos ellos, y llevan la historia de sus significaciones pasadas consigo inmanentemente, acarreando estos significados pasados en su uso contemporáneo. Los conceptos, a diferencias de las “ideas”, no pueden ser definidos, dado su carácter histórico y variable. En segundo lugar, cabe destacar el carácter “político” o “polémico” de los conceptos, aspecto que ha sido resaltado continuamente por Quentin Skinner en su obra académica. Para el historiador inglés, no alcanza para comprender un texto entender lo que el autor “dijo” sino que es necesario comprender también aquello que este “quiso decir” cuando lo dijo: para comprender las intenciones detrás de los textos, según Skinner el historiador debe interesarse tanto por los cambios en los significados de las palabras utilizadas en los textos como por las estrategias retóricas que utilizan los autores en ellos. Comprender un texto político implica no sólo entender aquello que el texto parece decir sino también comprender qué hace su autor cuando pronuncia el enunciado compuesto por el texto, para qué es pronunciado tal enunciado y cuál es el modo de recepción buscado por éste: la comprensión de los lenguajes políticos involucra para Skinner esencialmente el análisis de su dimensión pragmática (Skinner, 2007: 148-160). Antes de Skinner, Carl Schmitt ya había resaltado el carácter “polémico” de los conceptos políticos: para él, conceptos como “Estado”, “sociedad” o “clase” no tienen significado alguno si no se observa quién es combatido por su uso específico en un enunciado (Schmitt, 2007: 30-31). La “guerra” es un concepto en este sentido, y podemos asociarlo a los llamados “conceptos esencialmente contestados” sobre los que diserta W. B. Gallie: la polemicidad o contestabilidad de conceptos de este tipo, el hecho de que el significado de éstos sea continuamente disputado con intenciones políticas, no es simplemente incidental sino que forma parte de la propia naturaleza del concepto (Waldron, 1994: 529). En el caso de la “guerra”, podemos ejemplificar el carácter polémico de este concepto al observar el uso político contemporáneo de éste: en la actualidad, al desprenderse exclusivamente de las “guerras” auténticas (definidas por el derecho internacional) un conjunto de derechos de los combatientes que no son los mismos al no tratarse de conflictos bélicos legítimos, de la definición de “guerra” puede depender, por ejemplo, el trato que deban recibir quienes participen de conflictos cuyo carácter bélico es disputado o debatido, como es el caso de los atentados terroristas. ¿Deben ser los actos de terrorismo juzgados por la justicia penal de cada país o por el derecho de los combatientes? ¿Qué sucede si no caen bajo ninguno de los dos regímenes? En la definición de un único concepto están involucradas motivaciones y disputas políticas y esta definición puede tener consecuencias de gran importancia en la esfera política, por lo cual las intenciones y motivaciones de este tipo no pueden ser ignoradas en el análisis de los conceptos.

La guerra es un concepto político, y como tal, su significado varía en el tiempo. Arthur O. Lovejoy diferencia dos factores operativos en la historia de las ideas que el historiador debe tener en cuenta en su análisis: en primer lugar, existen factores lógicos o inmanentes a la historia conceptual que afectan al desarrollo de los conceptos; en segundo lugar, hay factores extrínsecos, relacionados al curso de la historia social y política, que también afectan la evolución de su significado (Lovejoy, 1940: 17-23). Ha habido, y daremos cuenta en este trabajo de algunas de ellas, variaciones en el concepto de guerra que siguen una lógica “inmanente” a la historia conceptual: el desarrollo del significado del concepto de guerra es en parte explicado a partir de la argumentación sucesiva por parte de juristas, teólogos y militares sobre diferentes aspectos del fenómeno bélico; esta argumentación no sigue necesariamente un movimiento lineal y teleológico sino que es compuesta por marchas y contramarchas. Podemos notar como ejemplo de este tipo de desarrollo la evaluación constante del concepto de guerra por parte del derecho canónico medieval, por los juristas romanistas del medioevo o por el derecho internacional contemporáneo que surge a partir de finales del siglo XIX: al considerar la evolución de estas tres disciplinas, es posible observar una evolución y una creciente complejidad de las concepciones jurídicas de la guerra. Los conceptos no sólo son transformados por variaciones intrínsecas a su desarrollo inmanente, sino que este desarrollo es también influido por acontecimientos de naturaleza no-conceptual. La permanencia y el cambio en los conceptos no coincide siempre con la permanencia y el cambio de las estructuras que pretenden describir, pero sin embargo estos acontecimientos producen transformaciones que repercuten en los significados de los conceptos (Koselleck, 2004: 89). En el caso del concepto de guerra, podemos notar junto con Michael Howard el efecto de las transformaciones sociales en la institución y la conceptualización de la guerra tras la súbita desprofesionalización del ejército francés luego de la caída de la monarquía y la paulatina “totalización” de la guerra que, tras la masiva leva que sigue a la Revolución Francesa, vuelve a la guerra un acontecimiento más masivo de lo que pudo ser hasta entonces. Estas transformaciones tienen para Howard una gran influencia, por ejemplo, en el concepto de la “guerra absoluta” de Carl von Clausewitz: para el militar prusiano, la “guerra absoluta” es la guerra en la que pueden ser utilizados todos los medios disponibles, en la que todos los hechos resultan de causas necesarias y se encadenan y es la guerra que sólo encuentra su fin en la victoria de uno de los combatientes[4]. Si bien el concepto de “guerra absoluta” es una idealización por parte del militar que éste mismo no cree posible encontrar en los hechos, sí podemos notar que esta idealización sólo puede tener sentido tras las transformaciones sociales de la guerra que siguen a la Revolución Francesa vivenciadas por el pensador militar (Howard, 1993: 96). El significado de la guerra también puede verse alterado por los desarrollos técnicos que cambian el modo de librarse de los conflictos armados: tras la aparición de la guerra aérea a comienzos del siglo XX, puede notarse ésta lleva a una reconfiguración completa de la concepción y del derecho de guerra, al tener inéditamente el nuevo medio técnico, la aeronáutica, como único fin la aniquilación y no la captura del enemigo o la toma del botín. Como observa Carl Schmitt, el desarrollo de la aeronáutica dificulta distinciones entres combatientes y no-combatientes, esenciales en el derecho de guerra desarrollado en los siglos anteriores, y dificulta cualquier tipo de restricción moral o jurídica de la guerra (Schmitt, 2001: 310-320). Tras la aparición de la aeronáutica, la imagen de la guerra como un enfrentamiento “cara a cara” entre los combatientes desaparece definitivamente.

La faz de la guerra no permanece inmutable a través de los siglos: el concepto de guerra experimenta cambios que no pueden ser prescindidos en su análisis.

El concepto moderno de guerra y su origen

A pesar del carácter polisémico del concepto de “guerra”, de las variaciones de su significado a lo largo de los siglos, creemos que existe una imagen “clásica” y naturalizada de la guerra en el discurso ordinario, que define a ésta como un conflicto armado entre Estados soberanos, excluyendo de su dominio a los conflictos entre entidades subestatales y a los conflictos entre Estados e individuos. Esta imagen de la guerra hace del conflicto bélico un hecho público: iniciada por un Estado y contra un Estado, tanto quien decreta la guerra como aquel contra quien es decretada detentan el poder supremo de distintas comunidades. Ambos son hostes, enemigos públicamente declarados. La guerra es un emprendimiento de la sociedad como un todo, y los hombres son llamados a ella por autoridades públicas: la guerra no es un duelo o un litigio entre particulares (Neff, 2005: 15). Para Carl Schmitt, defensor de esta imagen “clásica” de la guerra, es el Estado quien posee el jus belli, quien puede decidir quién es su enemigo y llamar a la lucha armada contra él (Schmitt, 2007: 45). Dado su carácter público, la guerra es un enfrentamiento entre combatientes, que incluye reglas para el trato de ellos, diferentes a las reglas mediante las cuales los combatientes lidian con los no-combatientes, y diferente sobre todo de la justicia penal por la cual son juzgados los ciudadanos de un Estado. Por último, la guerra, decretada y librada por Estados soberanos, es un conflicto sobre cuya justicia no puede haber sentencia alguna, ya que no existe juez superior a estos Estados que pueda pronunciarse sobre ella.

¿Existe realmente esta imagen de la guerra? ¿Es esta imagen “clásica” de la guerra una mitología, una ficción creada por historiadores del derecho internacional y de las relaciones internacionales? ¿Corresponde a las creencias o argumentos de algún pensador real? Nuestra respuesta al respecto es afirmativa. Creemos que esta imagen es representativa del pensamiento político moderno que sigue a la segunda mitad del siglo XVII y que es plasmado desde finales del siglo XVIII en el derecho internacional contemporáneo. Podría aquí mencionarse también, como “emblema” de esta imagen clásica de la guerra, el orden internacional que para muchos historiadores sigue a la Paz de Westfalia del año 1648, Paz que termina con la Guerra de los Treinta Años y con una era de incesantes conflictos en la Europa de la Reforma, aunque la relación entre el contenido estricto de los tratados que componen esta Paz y el mito producido en torno a ellos (que hace de éstos el hecho fundacional de las relaciones internacionales modernas) ha sido contestada en los últimos años: ni los principios básicos del derecho internacional moderno, ni la noción moderna de soberanía, ni la idea de neutralidad religiosa por parte de los Estados, ni el principio de balance de poderes en las relaciones internacionales se encuentran o pueden deducir de los contenidos de ninguno de los tres tratados que componen la Paz de Westfalia (Lesaffer, 2004: 9). Sin embargo, no es falso que la Paz de Westfalia pusiera fin a un largo período de conflicto religioso y político y que sembró las bases del orden internacional europeo que rigió las relaciones internacionales entre las potencias occidentales por los siglos siguientes, además de que aceleró el cese de las guerras civiles religiosas en las décadas que le siguieron. La creación de este orden internacional no fue súbita, lo cual puede observarse en la inexistencia, tanto en la teoría como en la práctica, de una idea de “soberanía exterior” (que implicaría la no-intervención en los asuntos internos de una nación por parte de las otras naciones) hasta finales del siglo XVIII en la obra de Emer de Vattel. Sin embargo, a finales justamente del siglo XVIII esta imagen de la guerra como enfrentamiento público entre Estados ya puede considerarse “constituida”, como puede desprenderse de una lectura de las obras de los juristas, filósofos y militares de este siglo. En la obra de Rousseau, por ejemplo, observamos que el llamado “estado de guerra” no puede ser uno entre individuos sino únicamente uno entre “cosas”, entre los entes artificiales que son los Estados: en el estado de guerra, los individuos no se hallan enfrentados como adversarios sino como soldados bajo el mando de sus autoridades estatales[5]. En la obra de Clausewitz es célebremente vinculada la guerra a la actividad estatal, al hacer de ella una “continuación de la actividad política por otros medios” [6]. Si bien la “guerra privada” no desaparece súbitamente en el pensamiento político moderno, sí resulta más difícil encontrar sus rastros en el pensamiento político a partir de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, al realizarse las primeras conferencias entre Estados e iniciarse el desarrollo del derecho internacional contemporáneo, particularmente después del Congreso de Viena que sigue al fin de las guerras napoleónicas.

Si esta imagen “clásica” de la guerra tiene un comienzo, también tiene un “final”, más allá de su permanencia en el discurso y el ideario común sobre la naturaleza de la guerra. Es factible argumentar que esta imagen “clásica” de la guerra es modificada o acabada (o al menos cesa su predominio en el pensamiento político) al terminar la Segunda Guerra Mundial y crearse la Organización de las Naciones Unidas, dado el cambio de la relación entre “guerra” y “política” o entre “guerra” y “justicia” que se produce tras la creación de este organismo internacional. En la Carta de las Naciones Unidas es por primera vez proscripto, por la sociedad internacional en su totalidad, el uso de la guerra como una herramienta de política o como una potestad o derecho de los Estados que no puede ser regulado por ningún orden superior. Si bien es debatible el rol de la Carta de las Naciones Unidas como carta orgánica de la sociedad internacional, su influencia en el desarrollo del derecho internacional como en las relaciones entre los Estados en general no tiene comparación alguna en la historia anterior. En el primer artículo de la Carta son enunciados los fines y propósitos de la Organización: el primer propósito de ésta es la persecución de la paz y de la seguridad internacional, y la remoción de cualquier obstáculo que dificulte a éstas. Relacionados a este propósito se enuncian en el artículo segundo de la Carta dos de los principios de la Organización: el tercer principio de la Carta, la obligación de que los miembros resuelvan sus controversias pacíficamente, de manera que no se vean violentadas la paz, la seguridad y la justicia (principio regulado en parte por el artículo 33 de la Carta, que estipula alguno de los medios apropiados, diplomáticos o jurisdiccionales, para llevar a cabo este tipo de soluciones pacíficas), y principalmente el cuarto principio, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza que atente contra la integridad territorial, la independencia política o cualquier otro fin perseguido por la ONU. Esta proscripción tiene dos conocidas excepciones: el artículo 51 de la Carta permite librar la guerra como defensa propia (siendo ésta la única excepción al artículo 2.4 permitida en la Carta) y los artículos 41 y 42 regulan el uso de sanciones (decididas por el Consejo de Seguridad de la ONU) a ser tomadas contra quienes quebranten la paz y la seguridad internacional, dentro de las cuales está incluido el uso de la fuerza. Más allá de estas excepciones, y de la disputa doctrinaria constante acerca de su extensión, no hay dudas de que la prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales genera un antecedente sin igual en la regulación jurídica de la guerra en Occidente. Se trata aquí de la primera norma que proscribe el uso de la fuerza armada de manera universal, y no sólo ciertos comportamientos ilícitos. El impacto de esta norma, y de la creación de la ONU en general en el pensamiento político es inmediato. La guerra es transformada en el ideario contemporáneo, excepto en ciertas excepciones, en aquello contrario al derecho, y la imagen de la guerra como “acto de política”, como prerrogativa del Estado, es de este modo acabada.

Nuestro interés en este trabajo no es trazar una historia global del concepto de guerra, y ni siquiera es nuestro propósito aquí examinar aquí su presencia en la filosofía política moderna en su totalidad. Nuestro objetivo es uno más acotado e implica investigar los orígenes y los fundamentos del concepto moderno de guerra.

Nos proponemos en este trabajo rastrear el origen de algunos de los rasgos que creemos que definen a los conceptos de guerra y de orden internacional en la modernidad. Sostenemos que el origen del concepto moderno de la guerra está fuertemente relacionado con acontecimientos constitutivos de la modernidad temprana tales como la escisión del cristianismo occidental tras la Reforma, el descubrimiento y la conquista de América y el aumento de la violencia militar en los siglos XVI y XVII. Nos interesa trazar una genealogía del concepto moderno de guerra a partir de los efectos que estos tres acontecimientos suscitan para una serie de pensadores, teólogos y juristas, de los siglos XVI y XVII. Examinaremos las obras de pensadores como Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Alberico Gentili, Baltasar de Ayala y Hugo Grotius destacando el aspecto renovador de sus concepciones de la guerra y del orden internacional. Analizando sus obras, intentaremos exponer algunas de las problemáticas esenciales de la historia del concepto de “guerra” en la modernidad temprana.

Cabe destacar que nuestro análisis del concepto de guerra otorga un particular énfasis a la cuestión de la justicia en la guerra, a la relación entre los conceptos de “guerra” y de “justicia”. La pregunta por la posibilidad de una “guerra justa” es una pregunta propia tanto a la tradición teológica como a la jurídica occidentales. El discurso sobre la guerra en Occidente es de hecho, hasta mediados de la modernidad con la aparición de la filosofía de la historia, en gran parte un discurso acerca de la justicia en la guerra y no acerca de sus orígenes, no porque no exista una reflexión acerca de éstos sino porque sobre este asunto, como veremos en el primer capítulo de este trabajo, existe en términos generales un consenso en el pensamiento occidental y particularmente en el mundo cristiano. El discurso sobre la naturaleza de la guerra en Occidente es principalmente un discurso moral, en tanto es un discurso mayormente preocupado por establecer normas (legales o escatológicas) sobre el comportamiento adecuado de los hombres al inicio y durante los conflictos bélicos: sin embargo, el hecho de que este discurso sea uno mayormente normativo no implica que no se ocupe de o no trate con la “naturaleza” o el “sentido” de la guerra, ya que las reglas sobre el comportamiento en los conflictos bélicos no emergen de un vacío conceptual sino de concepciones sobre la naturaleza de la guerra y sobre el rol de ésta en el orden internacional (Neff, 2005: 2). De preguntarse uno si no se estaría aquí reduciendo el problema de la naturaleza de la guerra al problema de su justicia, debemos junto a Michael Walzer afirmar que los conceptos morales y políticos (jurídicos o teológicos) así como los conceptos estratégicos no son meramente términos normativos (que expresan aquello que debe hacerse) sino que también tienen un contenido fuertemente descriptivo: sin analizar la argumentación moral acerca de la guerra no podría analizarse prácticamente discurso alguno acerca de la naturaleza de ésta, al menos en lo que concierne al discurso sobre la guerra previo a la era contemporánea (Walzer, 2006: 14). Junto con Walzer, afirmamos que la guerra tiene una “realidad moral” construida por los argumentos y juicios postulados acerca de su naturaleza por parte de filósofos, publicistas y teólogos (Walzer, 2006: 15). En este trabajo, nos interesa precisamente indagar acerca de la construcción de esta “realidad moral” y conceptual de la guerra en la modernidad temprana.

Metodología

Difícilmente pase desapercibido el carácter reducido del corpus filosófico dedicado a la guerra y a las relaciones internacionales, en relación al corpus dedicado a cuestiones del “derecho interno” de las comunidades políticas. En 1959, el teórico inglés de las relaciones internacionales Martin Wight se lamenta en ese sentido por la inexistencia de una “teoría internacional” a la altura de la “teoría política” (que versa sobre problemas del orden interno de las comunidades políticas) y por la asimetría entre el número, la accesibilidad, la sistematicidad y la riqueza del segundo cuerpo con respecto al primero. Para Wight, la “teoría internacional” se caracteriza por su pobreza moral e intelectual y consiste en el mejor de los casos en una rumiación intelectual, un lamento utópico ante el mundo (Wight, 1966: 20, 33). Sin llegar al carácter extremo de las conclusiones de Wight, notamos la estrechez del corpus internacional moderno, en relación al del pensamiento político en general: quien desea estudiar el pensamiento internacional de la modernidad, debe tratar en su gran mayoría, menos con obras sistemáticas sobre éste que con extractos de obras cuya temática es más amplia o con obras de pensadores menores. No sólo resulta estrecho el corpus del pensamiento político internacional, sino también aquel de los estudios sobre éste. Como notan Pangle y Ahrensdorf, quienes escriben sobre las relaciones internaciones refieren a los grandes pensadores de la filosofía política sólo de manera selectiva, y los estudiosos de la historia del pensamiento político sólo tratan este asunto incidentalmente y cuando lo hacen se focalizan en pocos pensadores (Pangle, Ahrensdorf, 1999: 1). De ahí que para realizar nuestro estudio sobre el concepto de “guerra” en la modernidad temprana debamos servirnos tanto de estudios sobre la historia del derecho internacional como de tratados sobre las relaciones internacionales. Antes de cumplir con el objetivo de nuestro trabajo, es apropiado notar las diferencias metodológicas con estos tipos de obras históricas.

Es sabido que el término “pensamiento internacional” (international thought) fue inventando y popularizado por publicistas ingleses de entreguerras. Aunque ya desde finales del siglo XIX son publicadas obras sobre la historia del derecho internacional (que incluyen no sólo reseñas del pensamiento de juristas en sentido estricto sino también sobre reseñas sobre el pensamiento jurídico de teólogos y filósofos), es tras finalizar la Primera Guerra Mundial que esta disciplina alcanza su apogeo en la publicación de la colección “Classics of International Law”, dirigida por el jurista americano James Brown Scott y editada por el Carnegie Endowment for International Peace. Las motivaciones políticas de la publicación de ediciones modernas de las obras de Vitoria, Suárez, Grotius, Pufendorf o Wolff entre otros, están directamente relacionadas al internacionalismo wilsoniano y al proyecto de orden internacional detrás de la Sociedad de las Naciones. James Brown Scott y antecesores de su obra histórico-jurídica, como el jurista belga Ernest Nys, encuentran en Vitoria y en una serie de pensadores activos entre los siglos XVI y XVIII los “creadores” del derecho internacional moderno, derecho cuyo desarrollo creen continuo y paulatino a lo largo de los siglos hasta el temprano siglo XX. Si bien los trabajos de estos juristas son notables, y sus ediciones y traducciones son en muchos casos las únicas o las mejores disponibles, sus interpretaciones contienen claros problemas, que fueron subrayados por estudiosos del derecho internacional desde los años sesenta. En un célebre artículo de David Kennedy, éste traza las diferencias entre el derecho internacional moderno, y el período correspondiente a lo que él llama “primitive legal scholarship”, período que abarcaría a los autores analizados en este trabajo, en cuyas obras no habría estrictamente una exposición moderna y sistemática del derecho internacional dado en parte el estilo difuso y la metodología “inconsciente” en la presentación del sistema de derecho de estos pensadores. Tampoco habría en la obra de estos juristas y teólogos “primitivos” una diferenciación estricta entre normas legales y morales, ni entre soberanía interior y exterior, lo que podría llegar a poner en duda la “modernidad” de sus obras (Kennedy, 1986: 35). Siguiendo una argumentación similar, Peter Haggenmacher, en su monumental estudio sobre la obra jurídica de Hugo Grotius, declara no encontrar en ésta una definición del derecho internacional como una esfera jurídica homogénea y autónoma, lo cual también podría decirse sobre otros pensadores relevantes para nuestro estudio (Haggenmacher, 1983: 5). No sólo resulta imposible estudiar a los juristas y teólogos en cuestión como si fuesen tratadistas de un derecho internacional que aún no existe en los siglos XVI y XVII sino que, creemos nosotros, el enfoque “jurisprudencial” es por lo demás insuficiente para tratar con sus obras. El enfoque jurisprudencial, el enfoque de los historiadores del derecho internacional, supone que, aunque no traten los pensadores del período analizado con un “derecho internacional” semejante al contemporáneo, sí debaten sobre un “objeto común”, un derecho internacional primitivo. En el caso del estudio de Peter Haggenmacher, éste parece suponer la existencia de un “derecho de guerra” propio a los fines de la Edad Media e inicios de la modernidad al cual diversos juristas y teólogos se referirían. Creemos, junto con Richard Tuck, que en muchos casos estos autores no discuten sobre un terreno jurídico común, sino que hay diferencias radicales en los objetos de sus argumentos y en la metodología utilizada para defenderlos, aunque éstas no sean siempre las diferencias que el propio Tuck señala (Tuck, 2002: 12). El enfoque de los historiadores del derecho internacional suele estar demasiado orientado, para lo que concierne a nuestro estudio, al estudio de la evolución de las instituciones jurídicas del derecho de guerra y muy poco al de los presupuestos metafísicos o antropológicos detrás de ellas y detrás de los principios del derechos postulados por estos autores. Dos juristas pueden ofrecer una solución jurídica práctica similar a un problema particular del derecho de guerra, pero los fundamentos que otorga cada uno para proponer esta solución, o la concepción de cada uno de los problemas que hacen de esta solución una necesaria, pueden ser absolutamente diferentes: el estudio exclusivamente focalizado en el desarrollo de las instituciones jurídicas hace imposible esclarecer estas diferencias, que en nuestro estudio ocupan nuestra atención. Por esta razón, nuestro acercamiento a los tratados sobre la historia del derecho internacional será crítico en ciertos aspectos.

En cuanto a los escritos de la “teoría de las relaciones internacionales” sobre estos tópicos, creemos que tampoco contribuyen con un enfoque adecuado para la realización de nuestro análisis. La teoría de las relaciones internacionales nace en el siglo XX bajo una fuerte impronta positivista, y excepto con importantes excepciones como las obras de Hans Morgenthau o Reinhold Niebuhr, se desarrolla en sus comienzos con un fuerte sesgo contra la teoría política en general. Sólo en los años sesenta con la aparición de la llamada “Escuela Inglesa”, en la cual podemos situar a Martin Wight, Herbert Butterfield y Hedley Bull, inicia un intento de vinculación entre la teoría política clásica y la teoría de las relaciones internacionales más positiva. Wight, por ejemplo, se sirve de las obras de autores como Maquiavelo, Kant y Grotius para caracterizar a las que él que cree que son las tres tradiciones más importantes de la teoría internacional: el realismo, el revolucionismo y el racionalismo. Si bien algunos estudios en el marco de la teoría de las relaciones internacionales pueden aportar comentarios útiles acerca del período de la modernidad temprana y acerca de las obras de los autores que nos proponemos aquí investigar, en su mayoría estos trabajos presentan antes que nada obstáculos para nuestro estudio, ya que el uso de la tradición histórica por parte de estas obras es uno mayormente “mitológico”: Wight o Bull, como ha sido subrayado en estudios recientes como los de Edward Keene o Renée Jeffery, analizan “tradiciones” que ellos mismos inventan para legitimar su propio proyecto intelectual, otorgándole a Grotius o a Maquiavelo opiniones sobre el orden estatal contemporáneo que ellos no sólo no expresan explícitamente sino que no podrían expresar nunca por la distancia histórica entre sus obras y los contextos sobre los cuales estarían pronunciándose. Por esta razón, también nuestro uso de los tratados de la teoría de las relaciones internacionales será uno cauteloso.

Nos interesa más bien situar nuestro trabajo en el marco de la historia de las ideas o de la historia conceptual, particularmente en el contexto de su reciente “giro internacional”, tal como ha sido subrayado por David Armitage en artículos recientes. Hasta hace poco tiempo, la historia de las ideas se concentró mayormente en asuntos de “derecho interno” o nacionales y aún el revival de la historia del pensamiento político posterior a los años sesenta en el mundo anglosajón no fue acompañado por uno análogo sobre la historia del “pensamiento internacional”: sin embargo, puede observarse una reversión de esta tendencia en las últimas décadas (Armitage, 2004: 97-98). Nuestro interés en situar este trabajo en el marco de la historia conceptual está relacionado con nuestro deseo de examinar no sólo los “modelos” o soluciones propuestas por los teólogos y juristas internacionalistas de la modernidad temprana para los problemas prácticos con los que lidian sino también los problemas filosóficos que yacen detrás de las soluciones propuestas. Como destaca Pierre Rosanvallon, la historia conceptual es principalmente una historia de los “problemas” antes que una de las “soluciones” (Rosanvallon, 2003: 25). Es por esta razón que un enfoque histórico-conceptual parece ser apropiado para estudiar las problemáticas del pensamiento internacional de este período. También creemos que situar a este trabajo en el marco de la historia conceptual puede ayudar a evitar algunos de los problemas señalados en las historias del derecho internacional y de la teoría de las relaciones internacionales: ambas disciplinas por momentos “reifican” las doctrinas de los pensadores que analizan o el objeto del análisis de éstos pensadores, lo que dificulta una auténtica comprensión de los problemas con los que estos pensadores en efecto tratan. Para evitar estos problemas, nos interesa enmarcar nuestro análisis en el terreno de la historia conceptual y de la propia historia de la filosofía política.

Plan de la obra

Dados nuestros objetivos y las observaciones metodológicas anteriores, pensamos llevar a cabo nuestro análisis bajo el siguiente plan.

En el primer capítulo, trazaremos un resumido panorama de las sucesivas concepciones de la guerra desde la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides hasta finales de la Edad Media, con el fin de describir las principales tendencias en la conceptualización de la guerra anteriores a los hechos fundacionales de la modernidad.

En el segundo capítulo, intentaremos, por un lado, dar cuenta de aquellos acontecimientos en los inicios de la modernidad que consideramos centrales para comprender los abruptos cambios en los conceptos del orden internacional y de la guerra que tienen lugar en la modernidad temprana: entre éstos, examinaremos el clima de violencia generalizada que tiene lugar en los siglos XVI y XVII, la Reforma y su impacto en el orden internacional medieval, y la conquista de América. Por otro lado, presentaremos las consideraciones de la guerra de Martín Lutero, Nicolás Maquiavelo y Erasmo de Rotterdam como testimonios de la crisis conceptual detonada por los acontecimientos descritos.

En el tercer capítulo, analizaremos el pensamiento internacional y la concepción de la guerra de los teólogos de la Escuela de Salamanca, particularmente examinando la obra filosófica del padre Francisco de Vitoria. Haremos hincapié en el problema de la justificación de la conquista de América tal como es examinado por Vitoria y en las innovaciones conceptuales que lleva a cabo particularmente sobre los conceptos de la guerra y del derecho internacional. También en este capítulo examinaremos los conceptos de orden internacional y guerra en la obra del jesuita Francisco Suárez.

En el cuarto capítulo, resumiremos algunos de los desarrollos conceptuales de juristas tales como el español Baltasar de Ayala y el italiano Alberico Gentili, que producen innovaciones en la concepción de la justicia en la guerra y en el derecho de guerra en el siglo XVI. Contrapondremos las opiniones de estos juristas sobre el derecho de guerra con aquellas de los teólogos salamantinos.

En el quinto capítulo, examinaremos el concepto de guerra y el derecho de guerra en general en la obra (tanto juvenil como madura) de Hugo Grotius, enfatizando el carácter sintético de su producción intelectual en tanto combina de manera original elementos tanto de las tradiciones teológicas como jurídicas que lo preceden.

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  1. Cicerón, 1902: II, 75. “Nec mihi opus est Graeco aliquo doctore, qui mihi pervulgata praecepta decantet, cum ipse numquam forum, numquam ullum iudicium aspexerit; ut Peripateticus ille dicitur Phormio, cum Hannibal Karthagine expulsus Ephesum ad Antiochum venisset exsul proque eo, quod eius nomen erat magna apud omnis gloria, invitatus esset ab hospitibus suis, ut eum, quem dixi, si vellet, audiret; cumque is se non nolle dixisset, locutus esse dicitur homo copiosus aliquot horas de imperatoris officio et de omni re militari. Tum, cum ceteri, qui illum audierant, vehementer essent delectati, quaerebant ab Hannibale, quidnam ipse de illo philosopho iudicaret: hic Poenus non optime Graece, sed tamen libere respondisse fertur, multos se deliros senes saepe vidisse, sed qui magis quam Phormio deliraret vidisse neminem.”
  2. Cicerón, 1913: I, 34-35. “Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.”
  3. Koselleck, 1979: 82. “The fact that a word has remained in constant use is not in itself sufficient indication of stability in its substancial meaning”.
  4. Clausewitz, 1980: VIII, 8. “Bei der absoluten Gestalt des Krieges, wo alles aus notwendigen Gründen geschieht, alles rasch ineinandergreift, kein, wenn ich so sagen darf, wesenloser neutraler Zwischenraum entsteht, gibt es wegen der vielfältigen Wechselwirkungen, die der Krieg in sich schließt, wegen des Zusammenhanges, in welchem, strenge genommen, die ganze Reihe der aufeinanderfolgenden Gefechte steht, wegen des Kulminationspunktes, den jeder Sieg hat, über welchen hinaus das Gebiet der Verluste und Niederlagen angeht, wegen aller dieser natürlichen Verhältnisse des Krieges, sage ich, gibt es nur einen Erfolg, nämlich den Enderfolg.
  5. Rousseau, 1964: 179. “C’est le rapport des choses et non des hommes qui constitue la guerre, et l’état de guerre ne pouvant naitre des simples rélations personnelles, mais seulement des rélations réelles, la guerre privée ou d’homme à homme ne peut exister, ni dans l’état de nature où il n’y a pont de propriété constante, ni dans l’état social où tout est sous l’autorité des loix. […] La guerre n’est donc point une rélation d’homme à homme, mais une rélation d’État à État, dans laquelle les particuliers ne sont ennemis qu’accidentellement, non point comme hommes ni même comme citoyens, mais comme soldats […].”
  6. Clausewitz, 1980: I, 1. “So sehen wir also, daß der Krieg nicht bloß ein politischer Akt, sondern ein wahres politisches Instrument ist, eine Fortsetzung des politischen Verkehrs, ein Durchführen desselben mit anderen Mitteln.”


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