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Conclusiones

Enunciados los resultados obtenidos se presentan a continuación las conclusiones.

La primera presunción de esta investigación fue considerar que el hecho traumático que había impactado en la integridad del cuerpo constituiría el punto de inflexión en el recorrido laboral.  Desde esta perspectiva la investigación hubiera adherido al mito de la improductividad de los trabajadores incapacitados/personas con discapacitados como estigma. Por el contrario, a partir del análisis de los relatos, se concluyó que para los entrevistados el impacto corporal fue un antecedente para definir la desvinculación por parte del empleador, pero no fue decisivo para definir el punto de inflexión en su recorrido laboral.

El hecho traumático impactó primero en la limitación de la fuerza de trabajo; pero fue la falta de reconocimiento de su aporte a la organización que trajo aparejada la desvinculación la que resignificó el hecho traumático para finalmente generar el punto de inflexión y la posterior bifurcación. 

La falta de reconocimiento a través del amor, la solidaridad y la justicia se presentó como condición contraria al hecho de ser reconocido y seleccionado para ocupar el anhelado lugar de inclusión sociolaboral construido en el proyecto biográfico laboral.

El proyecto biográfico laboral basado en el valor del trabajo asalariado como modo de progreso económico y seguridad social evidenció un cambio significativo tras el punto de inflexión. El impacto que tuvo el hecho traumático y la desvinculación en la vida cotidiana y en el recorrido laboral de los entrevistados modificó la creencia en el control sobre la propia fuerza de trabajo y cuestionó el valor moral del deber ser trabajador.

Fue significativo analizar las narraciones sobre la bifurcación en los recorridos laborales en las que evidenciaron un cuestionamiento sobre el valor subjetivo que previamente tenían sobre el trabajo incluyendo su propio lugar en el mercado laboral, las relaciones intersubjetivas con su empleador, pares, representantes sindicales y su contexto sociofamiliar. Los nuevos valores atribuidos al trabajo fueron expuestos en el momento de la bifurcación de los itinerarios laborales relacionados con el cuidado de la propia fuerza de trabajo, la liberación de ciertas reglas de rendimiento y productividad, recuperación del tiempo personal y familiar.   

La desvinculación no se constituyó como exclusión social de un colectivo de pares en todos los casos que, como se describió, no operaron más que como piezas intercambiables, objetos-no sujetos movidos por una rotación externa, sino la exclusión de la representación del mercado laboral formal como modo de inclusión social. Varios de los entrevistados mencionaron extrañar más la rutina de madrugar y la fijeza del sueldo mensual que a sus compañeros; aspecto que demostró el aislamiento en el que se encontraban.

La condición de salud requerida por el mercado de trabajo y su oposición, la representación social que asocia la incapacidad/discapacidad como imposibilidad para trabajar como regla les permitió, paradójicamente, “ponerse en regla” a lo esperado por la sociedad. Por el contrario, no lograr sostener el atributo de buen trabajador o competente, modificó su perspectiva con respecto al valor moral del deber ser trabajador. En ese punto desconocían la influencia de los enclaves socioeconómicos y organizativos dentro de los cuales se manifestó la desvinculación.

Estos aspectos, consecuencias de la exclusión laboral, explican por qué pudieron organizar tácticas con mayor facilidad para ocultar o enmascarar la incapacidad y enmascararse como cuerpo-cosa normalizado e intercambiable para postularse a una reinserción laboral, pero tuvieron tantas dificultades para traspasar la percepción de incompetente o no reconocido como persona y trabajador provocada por la desvinculación.

La incapacidad laboral como alteridad y recorte singularizado relacionado con la rotación externa propia del mercado flexible se constituyó en la causa principal de la desvinculación que les permitió, en primera instancia, no confrontarse con la lógica del reconocimiento-desprecio como persona y trabajador que llevó implícito el proceso de exclusión.

Se incluyeron en la regla tácita sobre no inclusión de personas con discapacidad y exclusión de trabajadores con incapacidad laboral permanente. En ese punto la incapacidad como recurso para tapar la desnudez de ser visto como incompetente solo pudo ser vestida, tapada nuevamente, por la misma incapacidad como causal del despido en sentencias como me despidieron por la incapacidad. Única manera de soportar el desamparo social que trajo aparejado la exclusión del campo formal.

Dicha alteridad les permitió encontrar una explicación a la propia exclusión del campo formal de trabajo y recuperar identidad en el pasaje de ser objetos numéricos, diluidos en la masa de excluidos económicos, a justificar el desempleo causado por la incapacidad; constituirse en sujeto de derecho para la seguridad social y no deshechos humanos como los definió Bauman.

La resignificación del hecho traumático tras la desvinculación, que provocó la discontinuidad de la igualdad compartida del ser un trabajador sano y competente, generó una alteridad que los indujo a un punto de inflexión para luego impulsarlos a una bifurcación en sus itinerarios laborales y delinear una nueva identidad como trabajador.

La sanción de incapacidad laboral permanente emitida por la Comisión Médica, aún con la oposición expuesta por los entrevistados, no impactó en los recorridos laborales y su vida cotidiana con la misma intensidad que el efecto de percibirse un número más dentro de la masa de los excluidos económicos. 

Ante la estrategia de exclusión a la que se vieron sometidos la alteridad que ofreció la incapacidad laboral asociada al mito social de la improductividad de las personas con discapacidad, paradójicamente, se positivizó como capital para el propio trabajador.  Los salvó de considerarse trabajadores incompetentes; incluso como forma de salir de la alienación de la identificación con los excluidos económicos. La construcción a la que adhirieron fue me desvincularon por la incapacidad no por mi capacidad cómo trabajador (yo podía trabajar).

Ser desvinculado por incapacidad como causa hasta puede ser aliviante: el sujeto podría presentarse como un buen trabajador, aportó a la organización y aumentó la productividad; la causa de despido fue la incapacidad que se constituyó como un atributo externo, más allá de su sentimiento de culpa por el daño en la propia fuerza de trabajo.

La incapacidad como diferencia les permitió dar una explicación a su nueva situación como desempleado. El valor moral que los impulsó a deber ser trabajador en su proyecto biográfico laboral, tras la desvinculación corrió el riesgo de asociar “desempleado” con mal trabajador, pasible de desvinculación como sanción social de exclusión. 

En el hecho traumático el trabajador se presentó como partícipe desde el momento en que se percibió culpable por no haber cuidado su fuerza de trabajo reforzado mediante la inducción del acoso moral durante la estrategia empresaria de exclusión. Al asumir las consecuencias en forma personal, la adquisición de la incapacidad no se constituyó como externa, sino que la desligaron de toda intervención de terceros: se apropiaron del hecho. 

Por el contrario, en el proceso de exclusión la desvinculación fue descripta como ajena a su voluntad; un corte abrupto en el itinerario laboral que generó lo incierto y contingente. Esta decisión, fuera de su control de cálculo, es la que permite concluir que la desvinculación como falta de reconocimiento marcó el segundo acto que desencadenó en un punto de inflexión del recorrido laboral dentro de un contexto de significación de la conducta del otro que no les perteneció y no en el instante del hecho traumático aislado.

Los cambios en las condiciones del contrato, las demandas del puesto y la exposición a riesgos mostraron que fue posible la reconstrucción del recorrido laboral reinterpretado como poder ser trabajador, asalariado o no asalariado, marcando un nuevo ciclo en su itinerario laboral. También pasaron al no ser como autoexclusión de la identificación con los incapacitados para trabajar (yo podía trabajar) y excluidos económicos (me despidieron por la incapacidad) reconfigurando una nueva identidad laboral.

La bifurcación del itinerario laboral se manifestó tanto en el campo formal -dos de los seis casos- como informal o precario con una actitud fundamentalmente racional de sus condiciones actuales y las posibilidades de reinclusión, condicionada fundamentalmente por los nuevos valores atribuidos al trabajo. La incapacidad para trabajar, en tanto, se constituyó como una situación social relativa e inconstante puesta a prueba entre las limitaciones y las posibilidades de acción social.

Finalmente se concluye que la incapacidad laboral permanente adquirida en el empleo no fue determinante para la reincorporación al mercado de trabajo, aunque si puede afirmarse que se evidenció la incapacidad de los actores representantes del derecho, la salud y la economía para preservar la continuidad del contrato laboral. Un mercado de trabajo que no contuvo ni contiene a sus propias víctimas.       



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