Convivencia y diálogo para comprendernos entre grupos de diferentes edades
Hacia el año 44 a. C., Marco Tulio Cicerón, hombre de 62 años, escribió su obra De Senectute (Sobre la vejez). Dirigido hacia su entrañable amigo Ático, de 65 años, su apología contiene una serie de reflexiones sobre un tema complejo para la época: la vejez, considerando que el pueblo romano era especialmente insensible con los ancianos. La idea fundamental de la obra era recomendar cómo tener una vejez más saludable y cómo llegar a hacerlo. Mejorar la calidad de vida de un anciano puede evitarle sufrimientos y darle la oportunidad de tener una vida más sana y plena.
Esta obra nos presenta uno de los más antiguos testimonios que puede dar cuenta de la necesidad de lograr un diálogo intergeneracional. Escrito en forma narrativa y ambientado en la primera mitad del siglo ii a. C., trata de la amistad entre Catón el Viejo, de 84 años, y dos jóvenes políticos, Publio Cornelio Escipión Emiliano, de 35 años, y su amigo Lelio, de 42 años. De la admiración de ambos jóvenes hacia el octogenario, se desprenden una serie de entrevistas en donde el anciano expone sus razones para no despreciar la vejez y aceptarla como una etapa más de la vida. Los jóvenes, en la consciencia de que llegarán a donde Catón, con avidez le cuestionan cómo alcanzar esta etapa con plenitud.
A través de su Catón, Cicerón tiene su mirada puesta en un público más amplio: una conversación sobre muchos temas con lectores de diferentes edades, [pues para Catón] uno de los mayores placeres de la vejez […] es la conversación con personas más jóvenes (Nussbaum, 2021, p. 15).
Al igual que los sabios viejos se deleitan con los jóvenes dotados de buena índole, y se hace más leve la vejez de aquellos que son tratados y apreciados por la juventud, así los jóvenes se gozan con los consejos de los viejos, con los cuales son conducidos al gusto por las virtudes[1] (Cicerón, 2018, p. 90).
En el mismo 44 a. C., Cicerón escribió también De amicitia (De la amistad), sobre un sincero elogio a las amistades duraderas:
Algunas de sus buenas ideas son la buena voluntad para la amistad duradera; el valor de la intimidad y el alivio al descubrir que se puede hablar de cosas que normalmente se ocultan a los demás; la forma en que los amigos hacen de la vida un lugar mejor compartiendo alegría y la adversidad; la forma en que la amistad alimenta la esperanza (Nussbaum, 2021, p. 96).
Toda buena amistad siempre comienza con una conversación. Con una sonrisa, un abrazo, un ‘”Buenos días!”, así nomás, después, de verdad, la plática sale (Javier, 17 años, sesión 2 de octubre, 2022). La causa de la amistad siempre comienza en la comunicación, que “es hacer algo en común” (Aguayo, 2004, p. 152). Cuando las personas se reúnen para hacer algo en comunión, encuentran un mayor placer que el resolver o realizar una actividad en solitario. La convivencia, la cercanía con los otros permiten la vinculación, el afecto, la solidaridad. De esa relación surge la amistad, “una fuerza congénita al hombre, […] por naturaleza una persona tiende a buscar de otra compañía, comprensión, diálogo, cariño, ternura y demás afectos” (Aguayo, 2004, p. 152).
La amistad une a los individuos, ya Santo Tomás decía que el amigo desea el bien y se porta bien con el otro, trata de convivir pacíficamente, y “coincide con los sentimientos de su hermano, contristándose o alegrándose con él” (Aguayo, 2004, p. 153). Para Beuchot, la amistad permite solidarizar con el fraterno, ser solidario implica “disminuir o, de plano, erradicar, lo más posible, las causas que [le produzcan] sufrimiento” (Aguayo, 2004, p. 154). Concordia en la virtud, esto es, la amistad conlleva analogía, el beneficio de buscar y obtener la virtud, la cual facilita y fomenta la amistad[2].
La comunidad, en el bien, crea igualdad o concordia de las voluntades hacia el fin, la cual es más fuerte y más perfecta que cualquier otra igualdad. Luego la igualdad o concordia en cuanto a la amistad es la del bien, la de bondad o benevolencia (Beuchot, citado por Aguayo, 2004, p. 82).
Más allá de establecer un espacio físico donde reunirnos, el encuentro intergeneracional que intentábamos construir tanto jóvenes como adultos mayores implicaba crear un ambiente cálido, acogedor, donde pudiéramos sentirnos como en casa (Gadamer, 2000, p. 13). Un lugar donde todos se sintieran escuchados y reconocidos, a pesar de las diferentes formas de ser y de pensar. Lo que intentaríamos en el colectivo intergeneracional era “comprender los lugares comunes de lo que se dice, los relatos y las expectativas, las palabras y los silencios, tanto las conjunciones como el respeto de las soledades” (Cornu, 2007, p. 55). Como facilitadora y también como animadora de ambos colectivos, me encontraba ante un reto complejo: construir en comunión con jóvenes y mayores una propuesta que implicaría ir más allá de la sola intención educativa.
No se trataba solo de compartir información, o “depositar” datos o hechos históricos en ambas colectividades (como Freire lo planteara con la educación bancaria), el reto era lograr una convivencia intergeneracional[3], abrir un diálogo vivo en el que ambas edades pudieran intercambiar momentos significativos, partiendo de sus propias historias, de las experiencias, de la vida misma. Ambos colectivos habían abierto ya los caminos y se encontraban dispuestos a un encuentro. Se habían preparado con antelación para recibir al otro y aprender de él, habían investigado acerca de sus diferencias, de las características peculiares de cada edad, pero hasta este momento no habíamos logrado trabajar en conjunto. ¿Sería posible que todavía no nos sintiéramos totalmente preparados para entablar una conversación sincera y amplia con alguien que quizás no entendiera mi etapa de vida? ¡No sé…! Tengo muchas dudas… Me siento nerviosa. ¿Será que podré comprenderlas? ¿Será que ellas me entenderán a mí? ¿Mi forma de ser, de hablar (o de no hablar)? (Rosamelda, 16 años, septiembre de 2022).
Cierto era que nos encontrábamos ante un reto: la comunicación entre generaciones. Los primeros encuentros de ambos colectivos surgieron en la necesidad de comprender a los otros, separados por el abismo de la edad y por la lógica de la vida posmoderna. Cada grupo era diferente ya fuera por las edades, por sus características físicas de acuerdo con su etapa de desarrollo biológico, por las necesidades específicas de su edad, por las distintas maneras de pensar, por demasiada o por muy poca experiencia. Entonces nos preguntamos: ¿acaso las edades realmente nos separan?; ¿qué era aquello que entendíamos por “generación”? Al respecto, algunos de los integrantes del colectivo de jóvenes y adultos mayores comentaron:
Yo con mis compas me entiendo porque tienen casi los mismos gustos que yo, porque hemos vivido lo mismo, porque vamos a la misma escuela, porque a todos nos gusta el mismo videojuego (Pablo, 12 años, septiembre de 2022).
Entre las muchachas y yo, platicamos bien a gusto porque entienden mis problemas, lo que he pasado, no es lo mismo platicar con nuestros hijos, a veces ni con el marido porque no nos tienen paciencia, y no entienden lo que les platicamos. Incluso nos tachan de exageradas o de “inventativas” (Regina, 67 años, septiembre de 2022).
El término “generación” alude a “un conjunto de individuos nacidos durante un periodo determinado y que tienen aproximadamente la misma edad” (Cornú, 2007, p. 55). Para Ojeda y López (2017), “generación” es un grupo de edad (p. 109). Pero, más allá del solo compartir las fechas de nacimiento, el pertenecer a una generación nos instala en un mismo momento histórico, en una cierta tradición, como lo planteara Gadamer (1997). Los congeneracionales hemos padecido o gozado de los mismos hechos sociales, como guerras, cambios políticos, fortunios o infortunios a nivel nacional o internacional; nos hemos atemorizado por circunstancias naturales como sismos, inundaciones, huracanes; hemos visto nacer a nuevos miembros de nuestra comunidad y con mucha tristeza hemos visto morir a otros; hemos visto desfilar a nuestros vecinos hacia nuevos lugares de residencia, sufriendo el “adiós” y dando la bienvenida a los que recién llegan. “Generación”, entonces, “se plantea como un sentido histórico que alude a grupos que comparten la misma experiencia significativa dada su cercanía de edad” (Ojeda y López, 2017, p. 109). Como generaciones, compartimos vivencias comunes. Como lo mencionara Laurence Cornú, hablar de generación va más allá de solo la edad o de cronología, o de biología o de una etapa de vida, “se trata de filiación, de finitud y de coacción, o de sucesividad, de historicidad y de sociabilidad. Es una cuestión antropológica […]. Sólo hay generación si existen estructuras, historia y mundo común” (2007, p. 57).
Posicionarse en una generación nos distingue de otras. No somos iguales, eso es definitivo. Entonces, ¿qué hacer para superar las diferencias entre edades? ¿Cómo sortear ese abismo insondable de las generaciones? ¿Cómo es que podríamos crear amistades entre jóvenes y adultos mayores divididos por tiempos y espacios?
Para construir un lugar común, un ethos, un espacio de abrigo tanto para jóvenes como para adultos mayores, un “santuario” donde se reconozca y respete al otro en su diferencia, pero haya apertura para acercarse a él, era necesario acudir al diálogo solidario, a la amabilidad intergeneracional. Comenta Oswaldo: ¡Sé que viviste en otro tiempo!, pero quiero preguntarte si te enfrentaste a los mismos problemas que yo a mi edad, si realmente era más trabajoso en tu tiempo, o si los adultos de esa época eran más enojones que ahora (18 años, septiembre de 2022).
La experiencia de una actividad presente, de una vida cotidiana en común, permite salir de una globalización de los “mayores” o de los “jóvenes” para permitir simultáneamente el reconocimiento de una singularidad de existencia, el intento de compartir experiencias, la experiencia de un momento en común (Cornú, 2007, p. 57).
El intercambio de pensamientos, el entrelazar de emociones y sentimientos, las miradas de complicidad en las que uno y otro de los que participan en el diálogo intergeneracional puedan reconocerse a través de la acción dialógica posibilitarían aprendernos y aprehendernos en el mismo hacer cotidiano, de estar con el otro, de escuchar la multiplicidad de voces, de percibir las formas y los modos de ser de cada uno ante diversas situaciones. Es cierto que resultó complejo liberarse de la categorización de los otros por los rasgos visibles que identificaban a cada colectivo. Dice Elba: Yo mis canas, mi bastón, mi rebozo, mis arruguitas… y ellos, su celular, sus piercings, sus tatuajes, sus pantalones ajustados y tenis de moda… ¡Qué vamos a tener de igual! ¡Nadita! (66 años, octubre de 2022).
Debíamos empezar entonces por “desbaratar” esa idea de que somos distintos, o que vivimos en diferentes mundos (Juanita, 62 años, octubre de 2022). “Más que clasificar al otro con un prejuicio o un veredicto, [era] necesario correr el riesgo de dirigirse a él y conversar” (Cornú, 2007, p. 63). Podríamos comenzar por crear una especie de hospitalidad, de atención al otro: a preocuparnos por saber quiénes éramos, nuestros nombres, gustos, pasatiempos, lo que nos hacía reír, aquello por lo que lloramos, nuestros sueños o anhelos. Otorgar un gesto de hospitalidad intergeneracional implicaría dejar a un lado las edades e interesarnos más por la vivencia, la experiencia, la sonrisa, la camaradería. Entre un joven y un mayor, y de acuerdo con Cicerón, es posible que pueda gestarse un diálogo, nacer una amistad sincera, crear solidaridad colectiva en la que puedan ayudarse mutuamente sin haber menosprecio, comprendiendo que la vida es dura en todas las etapas (Cicerón, 2018, p. 80). Crear hospitalidad, afectos compartidos, comprensión mutua puede partir de situaciones sencillas:
En efecto, son honrosas estas cosas mismas que parecen leves y comunes: el ser saludado, el ser buscado, el que nos cedan el paso, el que se levanten los demás ante nosotros, el ser escoltados, el ser reconducidos, el ser consultado, lo cual tanto entre nosotros como en otras ciudades se observa más diligentemente en la medida en que cada una es de mejores costumbres (Cicerón, 2018, p. 106).
La curiosidad, el interés, la intención de dirigirnos a comprender y entender el mundo de las diferentes generaciones que se darían lugar en el encuentro nos llevarían a identificar a seres que urgen de ser escuchados, que buscan la vinculación con su colectividad, con sus vecinos jóvenes o de edad. Pues, como nos comentó Evita†: Me encantaría que me contaran lo que sienten, lo que piensan, porque somos vecinos y me gustaría escucharlos como a mí me gustaría que escucharan y respetaran a mis hijos (83 años, noviembre de 2019).
Sin importar la edad, somos seres que requerimos comunicación, estar con los otros. Solo en el intercambio nos reconocemos, aprendemos los unos de los otros. De acuerdo con Estelita: Lo que yo puedo contarte puede en algún momento que te sirva como guía, y lo que yo veo y escucho de ti me puede servir para comprender a mis nietos (76 años, octubre de 2022). En ese sentido, dice Gadamer: “Educar es educarse”. “… no tanto por lo que logra en los otros sino por lo que a uno le ocurre en el encuentro y la comunicación” (Aguilar, 2003, p. 12).
Partiendo de estas reflexiones, en colectivo se eligieron temas específicos que surgieron de su mismo interés, propuestos porque consideraron que eran de importancia para ambas generaciones y porque estos despertaron su curiosidad para ser abordados en un encuentro intergeneracional. En el presente apartado, se comparte este proceso de selección de temas, por qué la facilitadora consideró importante realizar una estrategia didáctica, en el entendido de que no solo encontraríamos un “pretexto” para “platicar” entre generaciones, sino que, a través de la propia curiosidad y propuesta de ciertos temas, sería posible construir nuevos conocimientos en colectivo, adquirir nuevas destrezas, a la vez que la misma narrativa de sus integrantes nos abriría a un mundo de historias, saberes, mitos, tradiciones comunitarias a los que ambas generaciones serían invitadas a conocer o a reconocer, puesto que cada narrativa de vida se convertiría en un libro abierto a ser comprendido y descifrado en comunidad[4].
Como parte final de este capítulo, se han de compartir todas aquellas narrativas surgidas desde las propuestas para el diálogo, narrativas del yo, desde su identidad narrativa, como dijera Ricoeur (2009, pp. 994-1002), en donde se ha de exponer en cada una de ellas a los integrantes de los colectivos como seres llenos de dudas, preguntas, incertidumbres por la vida, donde surjan “nuestros héroes, monstruos, hábitos, hechos, impresiones del pasado, acontecimientos […] que configuran las narrativas del yo” (Quintero, 2018, p. 47). Las narrativas en esta fase se han de convertir en fuente de comprensión: por un lado, hacia nosotros como personas falibles, sujetas al error, pero también al perdón, a la redención y al cambio, épiméleia[5], porque solo así tendrá significado el recuperar la propia historia; y, por el otro, el narrar será “fuente de comprensión de la vida en comunidad y [será también] evidencia de nuestra experiencia humana [de tal manera que] al narrar podremos conocer las situaciones de fortuna y contingencia acaecidas en la vida de los individuos” (Quintero, 2018, p. 47). Aquello que “cuentan” los colectivos de jóvenes y mayores que se han de reconocer y comprender a partir del diálogo intergeneracional.
5.1. Fase I del proyecto de intervención: planteamiento de una estrategia didáctica para dar inicio al encuentro intergeneracional
Una estrategia didáctica va más allá de solo hacer un listado de actividades para organizar la labor educativa de un maestro o facilitador. Para Mansilla y Beltrán (2013), una estrategia didáctica
se concibe como la estructura de actividad en la que se hacen reales los objetivos y contenidos. Esta estructura implica un proceso que nace desde un punto de partida, que son los contenidos de información, puede ser nueva o alguna información previa que las personas participantes ya posean sobre el tema; y de ahí, hasta el punto en que se espera llegar; es decir, hacer real el objetivo, el cumplimiento de lo que se desea alcanzar cuando se propone el desarrollo de una estrategia (citados por Orellana, 2016, p. 136).
Para diseñar una estrategia didáctica, hay que pensar primero los temas que se pretenden compartir. De ahí, partiremos para imaginar de qué manera podemos traspasar la información y los saberes de manera didáctica.
Una estrategia didáctica incluye acciones pedagógicas y actividades programadas por un docente (o facilitador) con el objetivo de obtener metas claramente establecidas. Su diseño requiere de la imaginación, la creatividad, el esfuerzo, pero, sobre todo, y tratándose de un ejercicio de IAP, de una responsabilidad ética colectiva de lo que en conjunto se había decidido compartir. No habría que olvidar en su construcción el componente grupal necesario en un proceso de IAP, “cuyo rasgo esencial favorece un modelo democrático de producción de conocimiento que propone la participación activa de sus miembros, ensamblada de modo tal que favorezca el crecimiento de la autonomía grupal” (Sirvent y Rigal, 2014, p. 11), esto es, su construcción no dependería únicamente del facilitador, sino de la participación colectiva tanto de adultos mayores como de jóvenes.
Esta estrategia didáctica implicó escuchar con atención las voces de los mayores y de los jóvenes, para conocer sus gustos, deseos, anhelos y la curiosidad que los movilizaba para acudir e interactuar con los otros. Esa intencionalidad movilizadora fue la “catapulta” que incitó a ambas colectividades a saber más, a investigar, a ir, por un lado, en búsqueda de lo olvidado y a valorar lo aprendido en las trayectorias de vida y, por otro, a comprender el presente y mirar hacia el futuro con más esperanza.
De una intención surgida desde una problemática detectada en comunidad, los adultos mayores decidieron involucrarse en una propuesta comunitaria. Esta, más allá de la sola intencionalidad de ayudar, se habría de convertir en una alternativa que abriera las puertas hacia nuevas formas de ver al otro, de convivir, de reparar los lazos que vincularan a estos sectores etarios, partiendo de un diálogo fraterno y sincero, donde pudieran conversar de temas que parecieran difíciles de abordar para ambas generaciones, pero que les resultaban de interés. Es a partir de estas voluntades colectivas como comenzamos a planificar y estructurar estrategias didácticas. Recordemos que, más que el solo interés de explicar y exponer ciertas temáticas, nos habríamos de dirigir al diálogo colectivo para desentrañar aquellas dudas que surgieran de ciertos temas detonadores. No se trataría de llegar a “verdades científicas […] la dimensión necesitante de la ciencia acaba allí donde se tocan las auténticas cuestiones de la existencia humana, finitud, historicidad, culpa, muerte, en suma, las ‘situaciones límite’” (Gadamer, 1998, p. 60).
De esta manera, las planeaciones didácticas orientarían el camino que seguir, pero, como viajeros, nosotros decidiríamos “si [queríamos] comprender ciertas ideas que se nos han transmitido, movilizarnos [hacia la] reflexión histórica para aclarar dónde y cómo se formularon esas ideas, [y cuál] es su verdadero motivo y por tanto su sentido” (Gadamer, 1994, p. 60). Un proceder donde estaríamos construyendo nuevos caminos para encontrar un sentido colectivo.
En este apartado, se presenta y propone un formato de diseño primero de una propuesta indicativa para construir una secuencia didáctica y, posteriormente, las unidades didácticas pertenecientes a las etapas de inicio, desarrollo y cierre de la secuencia didáctica[6] que darían estructura y organización al proyecto de intervención denominado “Diálogos intergeneracionales entre el colectivo de adultos mayores Lunas de Plata y los jóvenes del Café Filosófico del pueblo de San Bartolo Ameyalco: buscando un reencuentro para aprender a convivir y a vivir en comunidad”.
Antes de compartir la propuesta de construcción de la secuencia, es necesario explicar por qué esta gira en torno de un tema específico. En los primeros conversatorios celebrados tanto con personas adultas mayores como por jóvenes, se determinaron los temas que a su parecer tendría importancia abordar durante el año 2023 para compartir dudas, expectativas, supuestos y creencias colectivos. Estos fueron los siguientes: sexualidad (semejanzas y diferencias entre mayores y jóvenes), drogadicción (¿existe en personas adultas?; ¿solo es de jóvenes?), tecnologías (¿solo para jóvenes?) y, finalmente, la muerte (¿cómo podríamos prepararnos para la muerte de otros y la propia?; ¿cómo explicar la muerte a los jóvenes?). Desde estos temas eje fue desde donde se partió para diseñar unidades didácticas y secuenciarlas para establecer una línea de continuidad. Se fijaría un inicio de actividades, donde se comparte un tema eje, partiendo de lo que sabemos sobre la temática, seguido por el desarrollo de actividades que favorecieran el profundizar en un tema. Finalmente cerraríamos la actividad contrastando lo que se sabía al iniciar y de qué manera nos encontraríamos al finalizar la propuesta. El primer tema que se planteó para desarrollar la secuencia es la sexualidad, trabajado en el período de enero a marzo del año 2023.
Elaboración de propuesta indicativa para construir una secuencia y unidades didácticas de inicio, desarrollo y cierre, se toma como referente a Bustillos, S., Heredia, Y., Torrecillas, N. y Uribe, G. (2020). Modelo de una secuencia didáctica basada en la Teoría de Ausubel. En A. Barraza (coord.). Modelos de Secuencias Didácticas. UPN-Durango.
Tabla 3. Propuesta indicativa para construir una secuencia didáctica
“Diálogos intergeneracionales entre el colectivo de adultos mayores Lunas de Plata y los jóvenes del Café Filosófico del pueblo de San Bartolo Ameyalco: buscando un reencuentro para aprender a convivir y a vivir en comunidad” | ||
Colectivo | Colectivo de encuentro de adultos mayores Lunas de Plata. Centro de Salud Comunitario T-III Dr. Ignacio Morones Prieto. Colectivo de encuentro de adolescentes y jóvenes Café Filosófico, Comunidad Educativa San Bartolo Ameyalco. | |
Facilitador | María Inés Márquez Serna. | |
Programa o proyecto | “Diálogos intergeneracionales entre el colectivo de adultos mayores Lunas de Plata y los jóvenes del Café Filosófico del pueblo de San Bartolo Ameyalco: buscando un reencuentro para aprender a convivir y a vivir en comunidad”. | |
Período | Enero de 2023-marzo de 2023. | |
Número de sesiones previstas | 7 sesiones (lunes de cada semana). 16, 23 y 30 de enero, 6, 13, 20 y 27 de febrero de 2023. | |
Contenidos | Salud: cuidado del cuerpo y de la mente. | Tema: sexualidad. |
Finalidad, propósitos y objetivos | Finalidad: abordar el tema de sexualidad con adultos mayores y jóvenes, partiendo de lo que ellos conocen, desde lo aprendido en entornos escolares, familiares o sociales, para contrastar lo que ellos conocían en cuanto al tema en su juventud, lo que han aprendido a partir de su experiencia de vida, y finalmente lo que pueda descubrirse a partir de un ejercicio de investigación. Propósitos: lograr que el adulto mayor pueda expresarse de forma libre y con confianza sobre un tema que en su juventud o niñez fue un “tabú”, manifestar las formas en que ellos vivieron su sexualidad en tiempos donde no había apertura de información y la importancia que tiene la educación para derribar creencias, prejuicios y estigmas alrededor de este tema. Que los jóvenes tengan la oportunidad de conversar en cuanto al tema de sexualidad con adultos mayores tomando como referentes sus conocimientos adquiridos en su formación escolar, dentro de sus hogares, con sus amistades y con la información que actualmente se puede buscar en la web, haciendo un contraste con los conocimientos de los mayores y los propios. Objetivo: abordar el tema de sexualidad de forma integral con personas adultas mayores y con jóvenes: partir desde sus propias experiencias y saberes, para contrastarlos con información recabada en libros, revistas, internet u otros recursos confiables de información, para finalizar con el análisis y la reflexión del tema partiendo de un antes y un después en el proceso de aprendizaje. | |
Diseño de la secuencia didáctica | ||
Papel de docente (facilitador): será un mediador entre el conocimiento y los integrantes del grupo. Se encargará de mantener la curiosidad, el entusiasmo, el agrado del colectivo para ir en búsqueda de soluciones del problema. Más allá de dar respuestas, se convertirá en parte del grupo, también puede expresar comentarios o posturas, pero sin incidir en la decisión del grupo. El problema abordado será siempre el eje de acción para el desarrollo de habilidades complejas de solución de problemáticas y toma de decisiones. | Papel del alumno (adultos mayores y jóvenes): se requiere de un alumno interesado, activo y participante. El problema debe ser el aliciente principal que lo anime a participar y aprender. En la búsqueda de respuesta a un problema, el alumno debe comprometerse y ser responsable de las propuestas que se emitan, en la inteligencia de que se trata de problemáticas, contextos y sujetos reales de la comunidad en que vivimos. La colaboración y el trabajo colaborativo son necesarios. Debe alentarse a su participación: proponer, debatir, disentir más que asentir, y tener tolerancia ante la diversidad de opiniones y propuestas. | |
El problema | Abierto y no estructurado. Apela al interés por encontrar una solución al tratarse de un caso real, en un contexto y con personas que son de la comunidad. Plantea la necesidad de un contexto de aprendizaje que promueva la indagación y el desarrollo de pensamiento. Presenta al alumno distintas perspectivas, controversias y dilemas que debe considerar en la toma de decisiones conducentes a la solución más viable (Díaz-Barriga, 2006, p. 70). | |
Secuencia didáctica Inicio | ||
Actividades | ||
-Tomar en cuenta estructuras cognitivas previas (lo que el educando conoce, sus saberes y experiencias previos sobre el tema). -Formulación de preguntas en relación con el problema que abordar y la experiencia previa. | 1. Generar estrategias que motiven a la libre expresión de los saberes previos en los adultos mayores y los jóvenes. No se trata de recabar información fidedigna y comprobable, el objetivo es partir de todo lo que ellos saben en torno al tema, lo que aprendieron de sus familias, el contexto, sus amigos, y la escuela. Asentar los antecedentes por escrito (facilitador). 2. Formular el problema al que se están enfrentando con relación al tema elegido. | |
Desarrollo | ||
Actividades | ||
-Vincular nueva información con un concepto relevante preexistente en una estructura cognitiva. -Tomar en cuenta los inclusores o conceptos que ya trae en la estructura cognitiva que permita la adquisición de nueva información. -Transmisión de conocimientos significativos que pueda usar el alumno considerando su estructura cognitiva y las ideas de anclaje para que pueda conectarlas con la nueva información de manera no lineal y significativa. -Con base en la información recabada, traspasada por un ejercicio de reflexión y análisis, plantear soluciones a la problemática inicial detectada. | -Búsqueda de información en libros de texto de la SEP (familias, amigos, nietos, hijos, sobrinos), o material que se pueda tener a la mano con relación al problema que abordar. -Acopio de la información recabada y análisis y reflexión tomando en cuenta lo primero que habíamos definido como sexualidad y los conocimientos considerados como ciertos, trabajando con los siguientes elementos: 1. Exposiciones del tema. 2. Uso de mapas conceptuales. 3. Reestructura de los aprendizajes, contrastando la información anterior con los nuevos aprendizajes. 4. Exponer los nuevos saberes y compartir por qué serían útiles estos conocimientos en personas jóvenes, considerando la pregunta “¿Esta información me hubiera sido útil en mi juventud?”. 5. Exponer la nueva información, y valorar los aprendizajes nuevos aprendidos. 6. Crear una propuesta para solucionar el problema identificado y delimitado en la actividad de inicio. | |
Cierre | ||
Actividades | ||
-Se deben percibir las modificaciones y la evolución de la nueva información. La nueva información modifica la estructura cognitiva y fortalece las debilidades encontradas. -Con información veraz, es posible encontrar más soluciones a la problemática detectada. Analizar el problema inicial a través de los nuevos aprendizajes, para buscar nuevas propuestas, alternativas o sugerencias en la búsqueda de solución a este. | 1. Se realizan una serie de mesas redondas y charlas para reflexionar sobre la experiencia, valorando si valió la pena, si logró modificar ciertos pensamientos, maneras de pensar o de ser. De igual manera, compartir si lo recién aprehendido fue útil para solucionar una problemática específica. 2. Se pedirá la aceptación grupal para realizar un ejercicio de repaso y evaluación para saber qué aprendizajes se lograron y cuáles quedaron pendientes. No se trata de ver quién aprendió más conceptos de memoria, sino de identificar qué aprendizajes no quedaron claros. 3. Finalmente, se realizarán exposiciones individuales y grupales a fin de preparar a los mayores y a los jóvenes para exponer la información con otros colectivos. | |
Adecuaciones | Se realizan continuamente a lo largo de la secuencia, si existen dudas, si no se han logrado los objetivos o si surgen nuevos conceptos por trabajar dentro de la secuencia. | |
Evaluación | Al final se pedirá la participación del grupo para identificar si se logró relacionar información nueva con la ya existente, mediante el uso de cuestionarios o rúbricas. Si ellos proponen alguna alternativa de evaluación, también será tomada en cuenta. Se medirá si hemos logrado avanzar en la solución de una problemática. Lo importante será analizar el proceso: si la investigación y los conceptos nuevos encontrados fueron de utilidad para ir en búsqueda de una propuesta que diera respuesta a un problema. Se evaluará tomando en consideración nuestro grado de avance para acercarnos a conversar y si la problemática identificada podría ser pronunciada y explicada con claridad ante otras personas. | |
Tabla elaborada con base en modelo en Bustillos, S., Heredia, Y., Torrecillas, N. y Uribe, G. (2020). Modelo de una secuencia didáctica basada en la Teoría de Ausubel. En A. Barraza (coord.). Modelos de Secuencias Didácticas. UPN-Durango.
5.2. Fase II: calendarización y organización de las secuencias didácticas para dar inicio al encuentro dialógico intergeneracional
Después de dar estructura y formato a las secuencias didácticas, hubo que determinar un itinerario para llevar a cabo la propuesta de intervención. Se acordaron en colectivo las fechas para realizar las reuniones, los recursos que utilizar, el espacio en donde tendrían lugar las reuniones, y, finalmente, le dimos un nombre al proyecto:
- Nombre del proyecto de intervención: “Diálogos intergeneracionales entre el colectivo de adultos mayores Lunas de Plata y los jóvenes del Café Filosófico del pueblo de San Bartolo Ameyalco: buscando un reencuentro para aprender a convivir y a vivir en comunidad”.
- Fecha de inicio: 16 de enero de 2023.
- Objetivo: establecer espacios dialógicos comunitarios de encuentro inclusivos, democráticos y plurales para personas adultas mayores y juventudes del pueblo de San Bartolo Ameyalco, para que, en un ejercicio de colaboración, participación y comunicación constante, se propicie la sana convivencia e interacción solidaria entre jóvenes y mayores.
Estos espacios de encuentro intergeneracional para personas adultas mayores y jóvenes tendrán como objetivos específicos los siguientes:
- Ofrecer a sus integrantes la oportunidad de expresarse desde sus propias vivencias e historia personal, contribuyendo a la recuperación de valores y saberes comunitarios y personales, cuya finalidad radique en el logro de cambios que permitan desarrollar su capacidad de reflexión, diálogo y participación social.
- Estimular en sus integrantes el cambio hacia una cultura participativa, solidaria, de desarrollo humano, que permita visualizar la educación y el aprendizaje intergeneracional y experiencial como herramientas para el desarrollo de actitudes, valores, destrezas y conocimientos a partir de la misma vida cotidiana y de la influencia del entorno: de las familias, las historias, los vecinos, el trabajo, la comunidad; cuyo propósito sea el desarrollo de pensamiento crítico para transformar sus realidades personales, familiares y tal vez las comunitarias.
- Período estimado para desarrollar la intervención: durante el año 2023 y parte del 2024 (una vez por semana).
Tabla 4. Calendarización para el desarrollo de las secuencias didácticas (por tema)
| Sexualidad | Muerte | Tecnologías |
| Enero-abril de 2023. | Junio-diciembre de 2023. | Noviembre-diciembre de 2023. Enero de 2024. |
Nota importante: las calendarizaciones se realizaron pensando en ampliar aproximadamente un mes (adicional al planeado) cada tema, dado que los diálogos tomaban, la mayor parte de las veces, mucho más tiempo del estimado en la secuencia didáctica. Lo importante no era forzar el término de una actividad para estar “a tiempo y obedecer calendarios”, se daría apertura al diálogo amplio, curioso, sin forzarlo. Lo primordial era fomentar y fortalecer la convivencia intergeneracional. | ||
Tabla de elaboración propia.
- Lugar de reuniones: casa particular (propiedad de la Sra. Estela Ramírez, calle Cuauhtémoc n.º 8, pueblo de San Bartolo Ameyalco). Centro de Salud Comunitario T-III Dr. Ignacio Morones Prieto y Comunidad Educativa San Bartolo Ameyalco.
- Mobiliario y equipo: aula con capacidad de 20 personas, sillas, mesas, bancos y sillas plegables.
- Papelería: indicada en cada secuencia didáctica. Si se requería material adicional, sería proporcionado por los colectivos de jóvenes y de adultos mayores.
La propuesta dialógica intergeneracional a la fecha todavía continúa vigente. Sus integrantes se siguen reuniendo en la casa de la Sra. Estela, a pesar de las dificultades que en algún momento complicaron el desarrollo de las actividades, entre ellas:
- En cuanto al espacio de reunión: el Centro de Salud Comunitario, por motivos de “cambio de actividades o administración”, ya no permitió las reuniones del grupo de adultos mayores en sus instalaciones desde el año 2023. Hasta la fecha, no se les ha notificado si habrá posibilidad de regreso. Al acudir a la unidad de salud, los adultos mayores eran monitoreados por los médicos antes de iniciar cualquier actividad: se vigilaba su presión arterial, en ocasiones se hacían pruebas de azúcar. Uno de los inconvenientes iniciales fue que algunos mayores, al ya no existir un monitoreo médico, dejaron de asistir.
- En cuanto a los asistentes al grupo: el grupo de adultos mayores fue el más entusiasta, poco a poco fue creciendo el número de adultos mayores interesados en la propuesta intergeneracional (se comenzó con cuatro integrantes en el año 2022, y, en el año 2024, el grupo ya cuenta con 25 integrantes, más algunos invitados que, sin ser de la “tercera edad” [nueras, hijas, amigas], asisten regularmente, interesadas en unirse al grupo). En contraste, la asistencia de jóvenes fue variable e inestable. Fue complicado hacer coincidir los horarios de reunión de ambos colectivos, por cuestiones escolares, de trabajo. Algunos jóvenes comenzaban con gran interés, pero poco a poco dejaban las reuniones, argumentando tareas, trabajo, responsabilidades con sus familias o compromisos con sus amigos. Sin embargo, fue posible mantener un grupo juvenil de aproximadamente 14 personas (siete mujeres y siete hombres, con edades promedio entre los 12 y los 24 años).
- En cuanto a mí como persona y facilitadora del colectivo intergeneracional: puedo expresar con orgullo el ser participante, y hasta cierto punto, la “culpable” de que este encuentro siga en pie. El ánimo de los adultos mayores y de los jóvenes que sí permanecieron durante los encuentros te motivan a continuar. Su deseo de reunirse y de seguir vinculándose en un proceso continuo de aprendizaje te inspiran, y te comprometes de forma altruista. Pero las buenas intenciones no alcanzan. Al ser una propuesta desde la educación no formal, el facilitador en muchas ocasiones está solo. Me explico. Al principio, el centro de salud era responsable del grupo, yo únicamente formaba parte del equipo de trabajo pedagógico para atender a los adultos mayores. Al perder su apoyo, me vi en total soledad, sin aula, sin recursos, sin el acompañamiento médico. Aunque los adultos mayores de inmediato buscaron otro espacio, el mobiliario, se cooperaron para los insumos básicos y decidieron continuar, siempre existe el temor de algún accidente o percance que pueda ocurrir durante la intervención, por lo que se convierte, de cierta manera, en una actividad riesgosa. No puedo negar que, al expresar esto con las integrantes de Lunas de Plata, se mostraron solidarias, prometiendo que se cuidarían entre ellas para evitar cualquier problema.
Así también, al quedarnos sin instancia responsable del grupo, tuve que buscar o diseñar actividades extra para que siguieran reuniéndose los días en que yo no asistía, a fin de que el grupo no se desintegrara por la falta de actividades. A la fecha, logré vincular proyectos con la Secretaría de Cultura para que les envíen personal calificado en artes y música, motivé que algunas de las adultas mayores que tienen algún conocimiento lo compartan, como es el caso de Carmelita (70 años), que ahora nos enseña a hacer canastos de mimbre; espero que, para el mes de julio y agosto, se logre el contacto con el Instituto de la Mujer, que les dará cursos de repostería y dulces. Toda esta logística y organización implica dedicar más tiempo al colectivo, sin apoyo logístico o económico de ninguna institución. Creo importante y necesario para dar continuidad a las actividades con Lunas de Plata buscar el acompañamiento de los organismos gubernamentales que se encargan del adulto mayor: el Instituto para el Envejecimiento Digno, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), y el Instituto Nacional de Geriatría (INGER). Esto, por una parte, para que los espacios de encuentro de adultos mayores realmente estén organizados en torno a las necesidades específicas de una persona mayor y se conviertan en una propuesta de aprendizaje a lo largo de la vida[7], más allá del solo esparcimiento. Por otra parte, y como lo indicara la UNESCO, el promotor y facilitador de estos espacios, quien asume un compromiso ético y político con sus colectividades, requiere del reconocimiento, la validación y la acreditación de todas las habilidades adquiridas en su propia práctica educativa (2024, párr. 3-4), comenzar por promover políticas públicas intersectoriales que den voz a sus propuestas y resultados en comunidad sería un buen paso para empezar a dignificar tanto a aquellos que desean continuar aprendiendo, como a aquel que decide ser un mediador educativo en los colectivos para personas adultas mayores.
Al mes de mayo del año 2024, las adultas mayores de Lunas de Plata están más interesadas que nunca en seguir dialogando, “filosofando” de la vida, de temas importantes para sus familias, para su salud, para sus emociones. Han decidido tener paciencia con los jóvenes: Ya vendrán cuando lo consideren conveniente, no hay que presionarlos, acuérdense de cuando éramos jóvenes y no queríamos escuchar a nadie (Estelita, 76 años, reunión del 4 de mayo, 2024). Una vez al mes, tenemos proyectado realizar el encuentro con los muchachos de la comunidad. Como facilitadora, me siento muy contenta al ver integrarse a los jóvenes familiares de las adultas mayores: nietos, algunos hijos e hijas en edades jóvenes asisten a las reuniones y se mantienen pendientes de las actividades. Fruto de una IAP es la respuesta favorable de la colectividad, que ellos tomen en sus manos el rumbo del proyecto, que no se caiga en desánimo, y que se busque continuar a pesar de las adversidades.
Como facilitadora, y a punto de concluir la Maestría en Desarrollo Educativo, ha sido una gran experiencia trabajar con ambos colectivos. Mi trayectoria formativa dentro de la maestría me ha permitido dar acompañamiento a esta intención participativa: aprendimos juntos, construimos nuevas experiencias, decidimos continuar porque comprendimos que todavía nos falta mucho por aprender, a pesar de los años vividos. El reto ahora, como facilitadora, y como parte de la comunidad, es seguir caminando juntos, buscando alternativas que puedan dar un destello de esperanza a la comunidad, a los adultos mayores que piensan y sienten que pueden cambiar todavía el mundo, y a los jóvenes, que están en búsqueda de respuestas en entornos cada vez más difíciles de habitar. Y todo ello solo por una simple razón: porque amo mi comunidad, me inspira su gente, sus tradiciones, su historia. Y el amor mueve, el amor debe movilizarnos hacia el compromiso transformador, ético, solidario (Freire, 2006, p. 109), con la gente que vive con nosotros, y que también desea escribir una historia diferente para el pueblo de San Bartolo Ameyalco.
Y esas historias que surgieron del deseo de transformar nuestras realidades, de la curiosidad de los mayores, de la propuesta de los jóvenes son las que darán formato al siguiente apartado: las planeaciones y estrategias didácticas, las creaciones de ambientes de aprendizaje, los materiales, los recursos no tendrían sentido de no escuchar las narrativas de los integrantes de los colectivos emanadas de las prácticas dialógico-educativas. Esa es la esencia medular de este capítulo: escuchar con atención las voces, los susurros, las risas, las tristezas, los reclamos… ¡Eso es lo que dio sentido a este trabajo de indagación!
Narrar es al mismo tiempo fuente de comprensión de la vida en comunidad y evidencia de nuestra experiencia humana […] en el acto de narrar podemos conocer las situaciones de fortuna y contingencia acaecidas en la vida de los individuos (Quintero, 2018, p. 47).
Observar, internarse en lo más profundo de las sensaciones humanas para aprender a comprender, a leer –que no es tarea fácil– las palabras, los momentos, los instantes que nos dejaban sin aliento, la maravilla que es ir a comprender y entender al fraterno, al hermano, que también como yo está en búsqueda de un mundo mejor.
5.3. Fase III: hacia la reconquista intergeneracional de nuestras memorias colectivas: “El hombre vive para contarla”
¿Quiénes somos si no tenemos una historia que contar? Y más aún, ¿quiénes somos si no tenemos a quién contar nuestra historia? El hombre vive para contarla (Marín, 1997). Cierto, el hombre es un ser que cuenta lo que ha sucedido en su vida, lo que acontece a su alrededor. Su existencia en el mundo no tendría motivo alguno de no ser expreso. Muerta es el alma si nadie ha de escucharle. Higinio Marín nos lleva a través de su texto El contador de historias a una fascinante reflexión: “… la existencia humana es una supervivencia que sólo está lograda en las historias” (1997, p. 23). La vida solo hallará sentido si se puede contar. Somos seres de palabra, de logos, de necesidad del otro para expresar lo que se ha hallado en el mundo (Beuchot, 2019, p. 21). Las historias surgen entre las comunidades para explicar lo inexplicable, narrar lo inenarrable, comprender lo incomprensible. Lo que cuentan los hombres rebasa la sola narración, el mito, la leyenda, es la realidad misma expresa por la lengua de los protagonistas. “El mito [y la leyenda] está[n] concebidos […] como el concepto opuesto a la explicación racional del mundo […] se convierte[n] en portador[es] de una verdad propia, inalcanzable para la explicación racional del mundo” (Gadamer, 2010, pp. 14-15). Hay hombres que se enamoran de esas historias, las hacen propias, para poder contarlas a otros más. De hecho, la ciencia misma podría considerarse como una historia, “el mundo es un libro escrito en caracteres matemáticos, solo se puede leer si se sabe matemáticas” (Marín, 1997, p. 26). Los contadores de historias son esos super-vivientes que intentan salvaguardar la realidad, quienes la hacen trascender y la dejan plasmada para que otros, en otros tiempos, las escuchen y las vuelvan a contar, superando entonces el tiempo, los espacios, las personas.
Al contar historias, la propia vida es reinventada, se reconstruye el pasado, recuperamos lo dicho, traemos al presente lo vivido, rememoramos los sucesos. Arregui al respecto ha de mencionar: “… el solo procedimiento de los mortales para establecer su identidad es contársela, narrarse a sí mismos su vida” (citado por Marín, 1997, p. 30). Las memorias son la reconquista del yo perdido en el tiempo, quien se queda sin historias pierde inexorablemente su memoria. ¿Qué rastros de nosotros habrá si se pierde la memoria? ¿Qué habrá de reconocerse como propio? ¿Qué o quién me explicará mis orígenes y mi pasado? La memoria no es la simple retención de sucesos, es la interpretación de la propia existencia. “Si perder la memoria es perder el hilo narrativo de la vida, quedarse sin historias es tanto como quedarse sin memoria” (Allende, citada por Marín, 1997, p. 31). Por ello, Ricoeur nos invita a “ocuparnos del cultivo de lo inolvidable”, esto es, “reelaborar permanentemente el sentido de los acontecimientos […]. Si hemos de aprender del futuro es al precio de escribir el pasado y, entonces, inventar no es un mero acopio de ocurrencias” (Ricoeur, 1999a, p. 9)
Para contar historias, hay que imaginarlas. Imaginar es, en palabras de Marín (1997), “zurcir el tiempo para componer una totalidad habitable por los sentidos y por los afectos”. Esto es, Chronos y Kairós[8], nuestro tiempo en el tiempo y el instante vivido. El presente se vuelve un tiempo común al compartir lo que ha pasado, nuestros antaños, lo que se ha vivido, eso que entre sueños recordamos como nuestros orígenes. El presente se vuelve también un impulso hacia el futuro, las historias se crean, se reconstruyen, se imaginan para visualizar un mañana prometedor. Comprendernos parte de una historia común, de un compartir colectivo. Solo así la vida tiene sentido, formamos parte de algo, la vida tiene vinculación con otros. Se sabe entonces que estamos urdidos en una misma sustancia y en un mismo tiempo. Nos entendemos como contemporáneos de los paisanos, de los vecinos, de las familias. Por ello, resulta imposible tener un presente biográfico si no hay historias pasadas, porque ¿quién ha de dar cuenta de quién soy si no hubo un pasado que me hiciese existir ahora?
La memoria colectiva solo consiste en el conjunto de las huellas dejadas por los acontecimientos que han afectado al curso de la historia de los grupos implicados que tienen la capacidad de poner en escena esos recuerdos comunes con motivo de las fiestas, los ritos y las celebraciones públicas (Ricoeur, 1999a, p. 19).
Quienes cuentan su historia, dice Marín, reúnen a cada persona con ella misma y con las demás. Se cuentan historias para sabernos, para entendernos, para hallarnos en casa. Bueno es que los hombres se congreguen alrededor de sus historias. Los relatos reúnen, vinculan, hermanan a los grupos. Las historias compartidas, los pasados de dolor, el futuro esperanzador generan fraternidad. ¿Quién si no el que comparte una misma historia ha de ser quien me llegue a comprender? ¿Quién me ha de acompañar y entender si no aquel que desea seguir escribiendo e inventando una historia conmigo? El mundo se sostiene de nuestras historias, las contamos, las renovamos, volvemos a empezar. Pero siempre estamos contando lo que nos sucede. Nuevas historias surgen a diario, el mundo se mueve, cambia, gira, y nosotros a su alrededor vamos contando lo que observamos y vivimos, lo convertimos en historias que urgimos compartir con nuestros compañeros, quizás en una necesidad de evitar la inexistencia y esa insoportable sensación de ser invisibles en el mundo.
5.3.1. Compartiendo narrativas entre los jóvenes y los adultos mayores: todos tenemos una historia que compartir
¿Por qué me reúno con mi grupo? Porque hasta ahora a nadie le había contado mi historia. Mi abuela me dijo que no era bueno andar contando lo que me pasaba, que eso solo era para mí, que no causara vergüenzas… Pero eso ocasiona que las penas se queden en tu corazón. Ahora que ustedes me escuchan, me siento bien, aliviada. Parecería que me quitaron un costal de penas. Hablar hace bien, al hablar recuerdo, y me disculpo porque era joven y no sabía que era lo mejor. Todavía me cuesta contarles muchas cosas, pero, al oír a las otras, me animo, y me siento contenta de poder escucharlas (Sofía, 80 años, colectivo de encuentro de adultos mayores Lunas de Plata).
Todos tenemos una historia que contar, breve o muy extensa, quizás un poco equiparable a la cantidad de años que hemos vivido. Escuchar con atención las historias de otros nos hace comprender la vida propia, entendernos en la narrativa de los otros. Las personas mayores suelen visualizarse en los jóvenes, observan sus propias vivencias en la vida de los muchachos, y, al narrar sus juventudes, los jóvenes se reflejan en sus vidas: hay similitud en los sueños, las rebeldías, las formas de actuar, algunas parecen repetirse, pero cada historia tiene una peculiaridad, en “el relato (las narrativas) configura el carácter duradero de un personaje, que podemos llamarle su identidad narrativa, al construir la identidad dinámica propia de la historia contada” (Ricoeur, 1999b, p. 218).
Cada historia imprime un poco la personalidad (identidad) de quien la narra. He escuchado historias del mismo pueblo de San Bartolo Ameyalco, misma temática, pero diferente forma de observar y de vivir el momento. Lo común entre las historias es la necesidad de ser contadas, de expresar lo vivido. La emoción, tristeza, alegría o amargura de cada instante narrado es la que le da sentido al relato. Ese sentimiento que quiere ser contado para hallar consuelo en los otros, las alegrías que se narran para participar de gozo a los que escuchan son lo que hace más interesante una historia. Jamás cuestionaremos al narrador si su relato es solo su invención, un “embuste” de quien solo busca distraernos. Las historias nos envuelven, las creemos porque así lo cuentan las personas. Al mirar los rostros de quienes escuchan a una persona que cuenta historias, se descubre admiración, sorpresa, curiosidad, y, por algunos momentos, incredulidad. Pero ahí estamos, esperando que la historia tenga un final feliz, o inesperado. Que no concluya, porque escuchar historias es algo que nos atrae, que nos “engancha”, porque nos narra nuestro pasado: las historias de los abuelos, del pueblo en que vivimos, de las localidades de donde vienen, de las comidas que comemos, de las creencias que compartimos, y de los miedos a los que tememos. Todos tienen historias, tanto jóvenes como mayores. Siempre hay algo que contar, porque todos hemos vivido cosas inexplicables, raras e increíbles (Oscar, 15 años, Café Filosófico). Y así, todos, jóvenes y viejos, coincidimos en algo: queremos ser escuchados.
Abandonados en casa, alejados de sus familias, olvidados por la comunidad, un adulto mayor se siente desolado. La vida en aislamiento no es buena, poco a poco olvidas quién eres porque ya a nadie le importas (Estela, 76 años, Lunas de Plata). Entonces, todo aquello que tienen que contar queda irremediablemente en el olvido. La memoria comienza a perderse, porque ya no tiene sentido recordar. Creo que he comenzado a olvidar, a perder la memoria porque ya no es necesario recordar, y, si recuerdo, me pongo triste, y no quiero recordar sola (Sonia, 76 años, Lunas de Plata). ¡Cuántas historias tiene un adulto mayor para ser contadas! Pero ¿quién habrá de escucharlos en una sociedad que corre, que tiene prisa, y que no tiene tiempo para escuchar?
Igual me siento yo, a veces siento que soy invisible. Llego a casa y no hay nadie, como solo, hago mi tarea y juego videojuegos. Hasta las ocho llega mi mamá, y pues viene cansada, no me animo a contarle todo lo que pasó en el día, porque ni siquiera me pondrá atención. La comprendo, siempre está cansada (Jaime, 14 años, Café Filosófico).
En un mundo caótico y apresurado, hemos dejado de escucharnos, de ponernos atención, de darnos un tiempo para oírnos. Nos hemos alejado. No es útil oír al mayor porque “chochea”, porque es antiguo. No avanza con la rapidez con la que todos avanzan. Y tampoco es útil escuchar al joven, porque es rebelde, inexperto, irreverente, sarcástico. Las historias se quedan ahí, sin ser sacadas de sus envoltorios corporales. Sufrimos un momento de soledad, de distanciamiento, de no querer escucharnos.
Pero esa pulsión de contar está, y es necesario buscar los espacios para hacerlo. Reunir a jóvenes y a mayores a dialogar, a compartir nos envuelve en un halo mágico del pasado, donde recorremos nuestro pueblo, lleno de leyendas, de cuentos, de anécdotas fantásticas. Las vidas que se cuentan nos atrapan en sus tramas: sufrimos en unas, reímos en otras, sentimos indignación y ganas de abrazar a quien ha sufrido lo indecible. Pero ahí estamos, descubriéndonos, amando a los otros porque sus historias nos hacen admirarlos, quererlos, condolernos de ellos, y, en algunas ocasiones, hasta reclamarles.
Es al oírlos cuando comprendemos por qué somos como somos, por qué nuestras historias han tomado ciertos rumbos. Comprendemos a nuestros padres, sus acciones y actitudes incomprensibles para nosotros, pero, a la luz de la voz de las mayores, entendemos a una generación antaño joven como nosotros, que también fue estigmatizada con la rebeldía. Comprendemos los miedos de las familias y su afán de protegernos, porque quién más valioso que los hermanos que nos rodean. Ahora, serán los abuelos quienes, a través de su experiencia y sus relatos, nos llevarán a comprender todo aquello que no podíamos visualizar antes de escucharlos[9].
Al narrarnos, no solo contamos lo que vivimos, nos comprendemos, entendemos el porqué de ciertas situaciones en nuestra existencia. Ricoeur al respecto menciona que
incumbe a la hermenéutica reconstruir el conjunto de las operaciones por las que una obra se levanta sobre el fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir, para ser dada por el autor a un lector que la recibe y así cambia su obra (2004, p. 109).
Al escuchar las narraciones de otros, comprendemos al otro, nos solidarizamos con él, y en el interior también encontramos situaciones similares en nuestra propia vida, que nos ayudan a reflexionar, a sanar, a perdonarnos a nosotros mismos por haber actuado como actuamos quizás por inexperiencia, por ignorancia[10].
Contarles mi vida no solo es para contarles un chisme, es para que no pasen lo que yo pasé, que no sufran lo que yo sufrí. Si mi historia los ayuda, entonces mi vida tendrá sentido, porque pude ayudar a alguien (Juvencia, 78 años, Lunas de Plata).
Me gusta escuchar a Sofi, porque en parte siento que su historia es como la mía, por eso siento que me comprende. Ella sonríe, a pesar de todo lo que le pasó. Ahora puedo creer en mí, saldré adelante como ella lo logró. Como ella dice, todo pasa, nada es eterno. Solo hay que ser valiente y agarrar al toro por los cuernos (Naomi, 15 años, Café Filosófico).
Compartir las historias es como compartir un tesoro. La vida está hecha de historias, ¡sí!, las historias se construyen a través de la experiencia, de la vida misma. Si somos curiosos y atentos, hemos de hallar en ellas esas rutas que parecieran imposibles en nuestras sendas por transitar, valor para enfrentar las múltiples situaciones que se presentan insalvables, esperanza para esperar lo mejor, y sentido de vida, saber que cada vida vale la pena ser vivida, gozada, y valorada por el colectivo. Porque quién si no nosotros los mayores que, al contar nuestras vidas y experiencias, hemos de regalar a los que vienen detrás una luz de esperanza para que no dejen de creer que siempre habrá un mañana prometedor (Paulita, 80 años, Lunas de Plata).
5.3.2. La sexualidad: el logos como una experiencia hermenéutica intergeneracional
Nota: En este apartado, se omitirán los nombres de los participantes, por tratarse de narrativas sensibles e íntimas, y que en algún momento podrían violentar el derecho a la privacidad de los integrantes del colectivo intergeneracional. Para identificar a los participantes, se hará visible únicamente si es adulto mayor (AM) o persona joven (J) y su edad.
Como se ha venido planteando en esta IAP, nuestra búsqueda se centró en lograr establecer un espacio donde se privilegiara un diálogo intergeneracional, un lugar donde “aconteciera la conversación” entre dos diferentes grupos etarios, lo que, por las condiciones actuales de la modernidad, no resultaba “cosa sencilla”. De ahí que Gadamer plantee:
Acostumbramos a decir que “llevamos” una conversación, pero la verdad es que, cuanto más auténtica es la conversación, menos posibilidades tienen los interlocutores de “llevarla” en la dirección que desearían. De hecho, la verdadera conversación no es nunca la que uno habría querido llevar. Al contrario, en general sería más correcto decir que “entramos” en una conversación, cuando nos “enredamos” en ella. Una palabra conduce a la siguiente, la conversación gira hacia aquí o hacia allá, encuentra su curso y su desenlace, y todo esto puede quizá llevar alguna clase de dirección, pero en ella los dialogantes son menos los directores que los dirigidos. Lo que “saldrá” de una conversación no lo puede saber nadie por anticipado. El acuerdo o su fracaso es como un suceso que tiene lugar en nosotros. Por eso podemos decir que algo ha sido una buena conversación, o que los astros no le fueron favorables. Son formas de expresar que la conversación tiene su propio espíritu y que el lenguaje que discurre en ella lleva consigo su propia verdad, esto es, “desvela” y deja aparecer algo que desde ese momento es (1997, p. 461).
Para dar inicio al primer encuentro del diálogo intergeneracional (lunes 16 de enero de 2023), los integrantes acudimos unos con la idea de hallarnos bastante preparados para el tema, y otros tantos, con la sola intención de aprender y escuchar de un “asunto” por demás interesante para ambos colectivos: sexualidad. Se inició la sesión con una actividad lúdica, esto para atenuar los “nervios” y “romper el hielo” a fin de iniciar el diálogo. Como primera tarea se pidió a los integrantes escribir una pregunta en una hoja blanca (con relación al tema por abordar) que les gustaría fuese respondida por los integrantes del colectivo. Se veía a los integrantes sonreír, titubear mucho para escribir algo en ese papel en donde se plasmaría quizás una de esas dudas que por mucho tiempo no se habían atrevido a preguntar. Se doblaron los papeles, y los metimos en una cajita de cartón, que denominamos “la caja de Pandora”.
Ese día, el número de asistentes fue de 23 personas, 13 jóvenes y 10 adultas mayores. Para vernos de frente, se colocaron las sillas en forma de círculo, y pasamos una pelota, al ritmo de una melodía, para designar a la persona encargada de abrir la dinámica. La música se detuvo. Primera pregunta: “¿Por qué quieres hablar de sexo?”. AM1 (70 años) se levantó de su asiento, se sonrojó, y dijo: Yo no quería hablar de sexo, yo creo que es algo muy personal y uno no puede andar comentando esto con cualquiera. La verdad, no sé explicarlo. Uno de los jóvenes (J1, 18 años) se acercó a ella y le comentó que a él también le daba un poco de pena:
En la escuela, sí te enseñan algunas “cosas”, pero no todas, la verdad te quedas con muchas dudas, es como si tuvieras algo que no sabes para qué sirve, y en tu casa tampoco te sirve mucho lo que te explican tus papás, y la verdad da vergüenza preguntarles.
Para J2 (19 años), referirse a sexo implicaba distinguir las partes del cuerpo, tanto femeninas como masculinas, es algo referente al género, para saber si eres hombre o mujer. J3 (21 años) agregó: Hablar de sexo es hablar de relaciones sexuales, de cómo nos reproducimos, ¡coito! ¿O no? AM2 (78 años) comentó con cierta seriedad:
Miren, yo nunca tuve la posibilidad de hablar de este tema sin cierta vergüenza, los mayores en mi tiempo nos sacaban de sus charlas cuando referían algo de este tema, a la voz de “Esto es cosa de mayores”, entendíamos que teníamos que salir, y alejarnos para no oír de cosas que no eran para nosotros. Y así, al llegar a la juventud, no entendía ni siquiera las funciones de mi propio cuerpo, me espanté mucho cuando tuve mi primer periodo, nadie me había explicado que eso sucedería, y hasta la fecha no tengo idea de cómo fue que engendré a mis hijos. Hasta ahorita, me da pena preguntarlo.
J4 (17 años) comentó:
¿Pasaría a creer que a mí me pasa lo mismo ahora? Mi mamá cree que para eso es la escuela, que yo por ir a la escuela debo saber más que ella… pero ¡no es cierto! Solo hacíamos maquetas de los aparatos reproductores, el tema no pasa a más… Nunca me explicaron qué era una relación sexual, mi mamá me dijo que con un beso podría quedar una embarazada, ¡y eso todavía lo creía en la secundaria! Mis amigas fueron las que me “abrieron los ojos”.
J5 (29 años) dijo:
Lo que dijo J4 es una gran verdad, en la escuela te enseñan nombres, conceptos, haces exámenes de las partes del cuerpo, pero nunca llegas a comprender su funcionamiento. En casa te ayudan a elaborar los esquemas y las maquetas, pero nunca tenemos una plática sincera de lo que implica la sexualidad, el deseo, el placer. Y la verdad, te da “repele” hablar con los papás, yo creo que ellos tampoco saben y tampoco quieren compartir nada al respecto.
Comenzamos a descubrir entre todos que sí sabíamos algo referente al tema, pero que había “vacíos”, dudas. Sexo y sexualidad eran temas que generaban mucha curiosidad, de los que se deseaba saber, pero había cierto dejo de vergüenza y culpabilidad para abordarlos. La palabra “sexo” para muchos era un término oscuro, prohibido, inclusive “sucio”. Coincidimos en que tanto adultos mayores como jóvenes quieren preguntar, sin sentir culpa o vergüenza acerca del tema. La sexualidad es un tema que abarca todos los momentos de la vida: un niño que explora, un adolescente que despierta a la sexualidad por los cambios que observa en su cuerpo, que, en muchas ocasiones, se les pide sean cubiertos para no correr peligro. AM3 (75 años) comentó: Cómo recuerdo la vergüenza y el miedo que me daba que los pechos me crecieran, mi abuela me decía que las mujeres frondosas eran signo de pecado y de perdición. Yo no quería ser eso. J6 (20 años) dijo: Pues los hombres también padecemos. ¿Hablar de erecciones? ¡Qué horror! ¡Y menos con tu mamá! ¡Te andabas ocultando para que no pensaran que andabas de cochino!
Las adultas mayores participantes agregaron la importancia de abordar este tema en la vejez.
Se cree que una persona mayor ya no puede tener pareja, ni relaciones. Que ya todo se murió para ellos por la edad, y eso no es cierto, ¡seguimos vivas! ¡Y la vida requiere no solo saber, sino también sentir! (AM4, 68 años).
Coincidimos en que en la actualidad sí hay más acceso a la información, ya sea en la escuela, con los amigos, y un poco con las familias, pero no es suficiente.
No se trata solo de tener conceptos o una guía práctica, se trata de entender realmente cómo es que funciona, por qué te duele el corazón, por qué sientes esa ansiedad por ver al otro (u otra), qué es el deseo y si sentirlo es malo, por qué una relación sexual es mala (o por qué es buena), y por qué a toda costa los adultos te niegan el derecho a tener la posibilidad de saber a ciencia cierta lo que es (J7, 19 años).
¿Sabe, maestra? Hace aproximadamente 30 años que me casé. Yo soy enfermera. Cuando me casé, ya era enfermera. Se supone que era una persona preparada. Pero voy a compartir algo muy personal. En mi luna de miel, le tenía mucho miedo a mi pareja. Recuerdo que terminó la boda, y nos fuimos de viaje a Acapulco. ¡Le cerré la puerta de la habitación para que no estuviera conmigo en la noche! ¡Tenía terror a lo que sucedería! Lo quería mucho, pero tenía miedo a que algo malo sucediera. Tuvo que pasar un año para que yo accediera a estar con él. Nunca había compartido esto con nadie, creo que sí, es necesario saber más allá de lo que dicen las enciclopedias… Debemos ir más allá para no tener miedo (AM5, 65 años).
¿Qué tan “corto” nos queda el lenguaje para explicar, entender o sentir algo? ¿Qué nos limita a ir más allá para entender una sola palabra que por demás estaba convirtiéndose en algo más complejo que el solo explicar un concepto? Acudir al término, a su definición, no cumplía con las verdaderas expectativas del auditorio. Cierto es que “el lenguaje forma parte de lo más oscuro que existe para la reflexión humana” (Gadamer, 1997, pp. 456-457). Nos hemos acostumbrado a memorizar terminologías, a dar por ciertas las definiciones que recogemos de los libros de biología, de anatomía, inclusive de sexología, quedando satisfechos con el reduccionismo de su significante. Quizás nos hallamos en una carrera permanente de competencia, producción, trabajo, que nos lleva a obligar al lenguaje a solo transmitir informaciones, “a causa de ello, ya no somos capaces de percibir formas que resplandezcan por sí mismas. El lenguaje [solo] como medio de información carece de esplendor” (Han, 2021, p. 81). Ya Gadamer nos decía que el lenguaje podría en ciertos momentos ser tinieblas, más que luz: “… la lingüisticidad le es a nuestro pensamiento algo tan terriblemente cercano y es en su realización algo tan poco objetivo, que por sí misma lo que hace es ocultar su verdadero ser” (Gadamer, 1997, p. 457).
Después de escuchar los testimonios, las caras de los integrantes del colectivo habían cambiado. ¿Asombro? ¿Duda? ¿Compasión? ¿Incredulidad? Lo que pensábamos en un momento inicial sería la explicación de una serie de conceptos, una explicación casi médica y biológica de las partes del cuerpo humano, se había convertido en un confesionario donde comprendíamos que una sola palabra podría ser tan vasta y extensa para comprender que requeríamos de la experiencia de la vida misma para poder explicar y entender aquello sobre lo cual todos teníamos dudas e incertidumbre. El texto que aparecía ante nuestros sentidos abría muchos significados posibles sobre una misma palabra. Nos hallábamos en una encrucijada para desentrañar los misterios de un concepto que, bajo la mirada de la propia vida, nos otorgaba distintas formas de comprenderla.
Miren, muchachos, qué bueno que estamos hablando de esto. Cuando no sabes, aceptas, y crees que está bien. ¿Qué iba yo a saber de sexo? De relaciones. ¡Ni siquiera de amor! Yo tenía 14 años cuando fui por agua al río, y ahí un hombre a caballo me arrebató, y ya no pude regresar a mi casa. Me obligaron a casarme con él. Tuvimos diez hijos. Y pues yo tuve que cumplir. Así nomás. Cumplir. ¿Creen que a los 14 años tenía yo alguna idea de lo que era una relación sexual? ¡Claro que no! Hoy, a mis 82 años, hay preguntas que todavía no me puedo responder. Estar con un hombre en mis tiempos solo era para tener hijos, no había forma de negarte, de responder o rebelarte. El miedo a la vergüenza, a que te señalaran te impedía ser libre, preguntar, decidir por ti. ¡Qué feliz hubiera sido de haber conocido los anticonceptivos! (AM6, 82 años).
Pues los tiempos quizás no han cambiado mucho. Aquí en San Bartolo, en pleno siglo xxi, todavía hay muchas familias que esconden a sus hijas por haber salido embarazadas sin casarse. Mi amiga y su novio fueron obligados a casarse a los 15 años. Yo la veía, y no estaba contenta, pero tenía que obedecer a sus padres. En lo personal, creo que nunca podré tener confianza y apertura con mi mamá para contarle acerca de mi vida sexual. Creo que no me entendería, y creo que me juzgaría (J8, 17 años).
Un solo concepto nos había confrontado con la realidad, con la propia vida de mayores y de jóvenes. Ambos sectores estaban abriendo sus “corazones” en una sincera búsqueda por entender algo que no les fue permitido conocer ni comprender en un determinado momento de su vida. La conversación estaba girando, ya no solo sobre un concepto, sobre la definición de un órgano, de tejidos, de simples explicaciones sobre la determinación de género, estábamos compartiendo un amplísimo espectro de posibilidades: “… el modo en que se define sexo y relaciones sexuales tiene a su vez profundas influencias de las estructuras económicas, religiosas, políticas de una sociedad” (Eisler, 2000, p. 4). No se podrían comprender ni la sociedad ni la historia de la humanidad sin tratar de entender las diferentes formas en que hombres y mujeres “usan el placer y el dolor para motivar el comportamiento humano” (Eisler, 2000, p. 3). Como plantea Eisler, las historias de dominación, de poder, de sufrimiento surgen al hablar de sexo, entonces dice:
Si evitar el dolor y buscar el placer son motivaciones humanas básicas, ¿por qué se nos ha enseñado durante tanto tiempo que el placer sexual es pecaminoso y malo? Si el sexo no se condena como maldad (como en el caso de la pornografía moderna) ¿por qué lo encontramos tan a menudo asociado no con el amor erótico sino con el comercio del cuerpo femenino, con sadismo, masoquismo, con el hecho de dominar o ser dominado? ¿Fue siempre así? (2000, p. 2).
Nos comentó AM7:
Yo me escapé de casa a los 20 años con mi novio. Lo quería muchísimo. La verdad, fue la decisión más equivocada que tomé en la vida. Sufrí humillaciones, maltratos, golpes, ahora entiendo que él abusó de mí. Y todo eso lo aguanté. Porque tenía terror de causar vergüenza a mis padres. Finalmente, él me abandonó, y con un bebé, tuve que regresar a mi casa. Ahí, volví a sufrir. La humillación de mi familia, que decía que ya había quedado marcada, que había pecado, que lo que me sucedía era el castigo por mis faltas. Que ya no era una mujer limpia. Pasé de un sufrimiento al otro. Lejos de hallar la comprensión de mis papás, lo que hallé fueron más maltratos. Y solo por haber tenido sexo. Como recuerdo que me llevaron con el padrecito para que me regañara, enfrente de todo el pueblo, en la misa de la mañana, me regañó, contó toda mi historia. Fue la peor vergüenza que pude pasar (AM7, 76 años).
Verla llorar, oír su voz quebrarse al narrar algo tan doloroso hizo que por un momento se hiciera un silencio. Un silencio donde no sabíamos qué decir. Nuevamente tomó la palabra solo para pedirnos qué esperaba: que, si en alguna de las familias alguien “cometiera” el mismo error, la o lo comprendieran, que recibiera apoyo y no humillación. Las historias se cuentan, mis queridos compañeros, no para que sean cuento, sino para que resuenen en sus propias vidas, y que no les ocurra lo mismo (AM7, 76 años). La abrazamos. Sentimos que lo necesitaba, pero también lo necesitábamos nosotros. Fue hermanarnos en un momento solidario. Ya Aguayo nos invitaba, retomando el pensamiento de Mauricio Beuchot, a unirnos en solidaridad con los demás. Esta es importante “pues mediante ella el hombre satisface su necesidad fundamental de afecto, ‘luego, une a los hombres en sociedad’, […] debido al amor, se quiere el bien del amigo” (2004, p. 151). En ese mismo sentido, Freire nos indicaría que “sería una contradicción si en tanto amoroso, humilde y lleno de fe, el diálogo no provocarse [un] clima de confianza entre sus sujetos” (2006, p. 111).
La fe en los compañeros, en los fraternos es un a priori del diálogo. La confianza que nace en y del diálogo, de la interacción, de la sensación de pertenecer a un colectivo “va haciendo que los sujetos dialógicos se vayan sintiendo cada vez más compañeros en su pronunciación del mundo” (Freire, 2006, p. 111), y, aunque esto resultara en algunos momentos doloroso, existía la confianza suficiente para expresar lo más íntimo sin sentir vergüenza, porque estábamos allí para escucharnos, para darnos la mano con sinceridad (AM5, 65 años).
AM8 (83 años) dijo:
Pero, maestra, yo sí quisiera agregar algo. Sí, agradezco mucho todas estas experiencias, pero yo creo que también hablar de sexo tiene sus lados buenos. Yo no creo que todo sea malo. Tenemos que comenzar por cambiar nuestra forma de hablar con los muchachos, un poco olvidar y perdonar lo que nuestros padres hicieron –pobres, ellos también no sabían mucho–, y volver a comenzar. Yo sí quisiera comenzar a hablar sin pena, quitándome la idea que tuve mucho tiempo de que ciertas cosas eran pecado, y ser más libre. Yo creo que lo necesitamos todos.
AM9 (79 años) comentó: ¡Pues yo sí quisiera saber qué es un orgasmo! ¡No me quiero morir sin haber sabido qué es eso! Todos reímos. Cierto, tendríamos que comenzar por hacer un equilibrio: no todo lo planteado era malo o erróneo, pero tampoco era una verdad absoluta. Tendríamos que partir por entender y comprender lo que se planteaba en cada historia, leer con calma cada relato, comprendiendo que cada uno, aunque se enmarcaba en diferentes tiempos, lugares, creencias y comunidades, tendría algo que sería similar a nuestra propia experiencia. Esto porque lo que buscábamos era replantear las viejas formas de pensar, de ser y de hacer, mirar hacia un futuro más abierto, menos inquisitivo, más preguntón (J9, 12 años). ¡Analogía puesta en práctica! Hallar la proporción no es tarea sencilla. La conversación nos mueve a diferentes ángulos, nos equidista, nos contrapone, pero también nos ayuda a encontrar en algún momento puntos de encuentro, y otras veces solo mantenernos tangenciales a lo que se dice. Quizás lo que debíamos trabajar con ahínco era ejercitar el músculo de la tolerancia y el de la oreja [escucha] (J9, 21 años), esto era, a través del diálogo vivo, la conversación, el encuentro, hallar el “tacto para el término medio, sentido de la proporción, y la proporción es analogía […] frónesis, o prudencia, es equilibrio mesurado” (Beuchot, 2021, p. 43). J9 (19 años) dijo:
Yo creo que lo que importa es que podamos hablar sin tabúes, sin estereotipos, sin sentir que nos van a juzgar. Qué difícil es tratar de lograr esto, pues a veces como chavos no nos sentimos escuchados, y muchos chavos creen que los abuelos son “persignados”, pero esto no es nada cierto. Hay que intentar hablar. Pero sobre todo escuchar.
Por ello, tan importante es la noción de “analogía”, que, siguiendo a Mauricio Beuchot (y también a Gadamer), es la base de la frónesis, “el equilibrio mesurado” (2021, p. 43). La intención de encontrarnos en un diálogo intergeneracional era fomentar un encuentro comprensivo, empático, que no distanciara, sino que conjuntara los pensamientos, las experiencias de uno y otro grupo etario, “en el que una cultura [pudiera] comprender los contenidos de otra, pero también juzgarlos y evaluarlos” (Beuchot, 2009, p. 47). Aceptar, con límites, sin imponer con contundencia, o evadir o dar el avión nomás (J11, 17 años). Un diálogo intergeneracional que fuera
benéfico para todas las culturas en juego, ya que aprenderán de unas y de otras, en el doble sentido de comprender y enjuiciar o criticar. Habrá cosas que podrán aceptarse de buen grado, y habrá otras cosas que se tendrán que corregir. Y si no hay ningún criterio, es decir, ningún terreno, común, en el que puedan compartirse experiencias, aprendizajes y tradiciones, no se podrá dar ese enriquecimiento mutuo que implica tanto el reconocimiento de lo valioso como el de lo que es nocivo o imperfecto en cada una de ellas (Beuchot, 2009, p. 48).
Yo sí quisiera proponer que comenzáramos todos juntos por hablar de género. Creo que todavía en el pueblo existen muchos prejuicios para estos temas. Los muchachos gays se esconden, temen inclusive por su vida, ni qué decir del lesbianismo. ¿Cómo vamos a hacerle para poder aceptar al que es diferente? ¿Cómo hacer para que los adultos, los mayores acepten estas nuevas formas? (J7, 19 años).
Pues yo creo que tenemos que platicar mucho, mucho. Esto difícilmente se da, ¿cuándo nos sentamos a hablar jóvenes y mayores? Casi nunca. Hay que comenzar por el comienzo. Ya lo estamos haciendo. Platiquemos de lo que ustedes saben y nos quieren compartir [jóvenes], y nosotros les seguimos compartiendo nuestra vida. Porque no sabemos mucho de letras, pero sí hemos vivido lo suficiente como para contarles lo que nos ha pasado, y la experiencia también es buena consejera (AM11, 73 años).
La curiosidad y el interés habían comenzado a surgir en una primera sesión. Estaba abierta la posibilidad de seguir dialogando, de seguir conociendo al compañero, al amigo del colectivo intergeneracional. Ya no era el joven o el viejo, eran hombres y mujeres en búsqueda de respuestas hacia la propia vida, colegas que se preguntaban una y otra vez después de compartir sus relatos si algo podrían cambiar. Al percibir críticamente “cómo estaban siendo en el mundo en el que y con el que están” (Freire, 2006, p. 96), no se contentarían más con ser objetos de la historia. Compruebo, no para adaptarme (Freire, 1997, p. 75), sino para hacer algo con la propia vida. Al dialogar, y comprender en colectivo que la vida es un proyecto, un cúmulo de posibilidades por realizar, por experimentar, por gozar o por sufrir, en suma, ¡por vivir!, hemos de hallar el sentido de nuestra propia existencia, el por qué deseamos seguir viviendo, aprendiendo, curioseando e investigando de temas que antaño nos fueron prohibidos o negados. “Al [comprender] nos volvemos capaces de intervenir en la realidad, tarea incomparablemente más compleja y generadora de nuevos saberes que la de simplemente adaptarnos a ella” (Freire, 1997, p. 75).
La vida sin duda es un gran proyecto, su sentido, en palabras de Mauricio Beuchot, radica en encontrar ese proyecto o esa tarea por realizar que le dé sentido a mi existencia (2019, p. 44). Compartir, ir en búsqueda de una verdad en colectivo nos ofrece “la esperanza de que profesor [facilitador] y alumnos podemos juntos aprender, enseñar, inquietarnos, producir y juntos igualmente resistir a los obstáculos que se oponen a nuestra alegría” (Freire, 1997, p. 70). Nos hallábamos ante un tema del que mucho desconocíamos y nos escondíamos, pero que nos comprometía a todos a ir en su búsqueda, a indagar una verdad que diera sentido a lo que habíamos vivido y queríamos resignificar. ¿Sexo? ¿Sexualidad? La sola información ya no sería suficiente, como nos invitara Fernando Savater:
… no es solo ya querer “más información sobre lo que pasa, sino saber qué significa la información que tenemos, cómo debemos interpretarla y relacionarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone todo ello en la consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación así establecida” (1999, p. 14)
Y entonces, ¿cuándo nos volvemos a reunir? Ya quiero avanzar a la siguiente pregunta, porque quedaron muchas pendientes (J6, 20 años). Paciencia, tenemos tiempo para descubrir lo que es el sexo. Hay que avanzar despacito, porque solo así se disfrutan las buenas cosas, despacito y con ganas. Supongo que el sexo más o menos se conduce igual (AM7, 76 años).
5.3.3. El camino de las luces: comprendiendo la muerte desde las costumbres y tradiciones del pueblo de San Bartolo Ameyalco
Todos, sin excepción, hemos experimentado la pérdida de un ser querido. Nos hemos enfrentado al duelo de la pérdida, al adiós absoluto, al no retorno. ¿Quién en algún momento de su vida no ha confrontado a la muerte? Este cuestionamiento nos llevó como colectivo a plantearnos más preguntas: “¿Le tememos? ¡Sí! Porque no hay una explicación que responda a nuestras dudas: ¿a dónde vamos y van los nuestros después de morir? ¿Qué pasa después de que alguien fallece?”. En ese sentido, Kraus plantea: “… tras el fin ¿paz o dolor, o dolor y paz? Tras la sepultura ¿qué hacer con la memoria, la amistad y el amor? Sobran preguntas, faltan respuestas” (2019, p. 19). El dolor es indescriptible después de la muerte. ¿Qué hacer con tanto sufrimiento? ¿Con la desolación que causa la ausencia? Somos quizás de las pocas especies que entierran a sus muertos, en un afán de no olvido. Hace más de 100 000 años que el hombre sepulta a sus difuntos (Mark, 2009, párr. 2). Los primeros enterramientos de los que data la historia se hacían bajo los hogares, para no alejar a los fallecidos de la familia. Quizás, como lo mencionara Gadamer, “se comprende de golpe por qué los hombres, que son una conversación y pueden oírse los unos a los otros, no pueden aceptar que hay ruptura” (2010, p. 80). Los hombres, decía Gadamer, entierran a sus muertos en la necesidad de continuar conversando, “los unos con los otros, dotan a sus muertos de todo y todos esos dones votivos son como una continuación de la conversación” (2010, p. 80). Necesidad espiritual del hombre es creer que hay algo más allá del fin, un Mictlan, o casa del Sol a donde hemos de ir a habitar después de partir. Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España, señalaba una creencia de los oriundos de las tierras conquistadas: la existencia de una vida después de la muerte. En su narrativa, De Sahagún afirma que los indígenas creían que después de la muerte había vida. No perecían. Se iniciaba un nuevo comienzo donde se convertirían en espíritus o dioses (1829). La muerte no marcaba un final, había la esperanza de trascender. Como seres humanos guardamos siempre la esperanza de volvernos a ver, nos rehusamos a creer que el deceso es un adiós definitivo. Lo que más duele es la sensación de saber que nunca más veremos a los nuestros llegar de nuevo a casa (Juanita, 64 años, 1 de noviembre de 2023).
¿Y cómo le damos sentido al dolor que causa la ausencia? ¿Cómo sanar ese vacío insondable del alma ante la impotencia de perder a tus seres queridos? Rezar rosarios, celebrar misas en la fecha de la muerte, visitar las tumbas, colocar una ofrenda el día de muertos, nos ayuda a transitar el dolor del duelo. Elegir un rito nos ayuda a sanar la pérdida, darle sentido a la muerte, comprenderla, entender su por qué. Los ritos, dice Byung-Chul Han, “se pueden definir como técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el ‘estar en el mundo’, en un estar en casa” (2021, p. 12), hacen habitable el tiempo. Los rituales, en sus palabras, configuran las transiciones esenciales en la vida, “son formas de cierre, sin ellos, nos deslizaríamos de una fase a otra sin solución de continuidad” (Han, 2021, p. 50)
Ritos y ceremonias protegen como una casa: algo que permite habitar el sentimiento. Ejemplo: el duelo. La ceremonia funeraria se aplica como un barniz sobre la piel, protegiéndola y aislándola así de las atroces quemaduras del duelo que causa la muerte de un ser amado. Donde no se celebran rituales como dispositivos protectores, la vida está totalmente desprotegida. La presión para producir no podrá dar solución a este desamparo y a esta intemperie trascendentales. El último término, incluso los recrudecerá (Han, 2021, p. 28).
Veladoras, cirios, oraciones, el incienso, el copal, la flor de cempasúchil se vuelven símbolos, no más de la muerte, sino de la vida, símbolos que nos acercan a los que se fueron, lo que ata su recuerdo a la tierra, “los símbolos son esos objetos que desde muy pequeños nos sacan de la soledad porque nos remiten a la presencia de algún ser querido, sobre todo la madre” (Beuchot, 2007a, p. 15). Los pequeños obsequios, los regalos, los objetos dejados por alguien son lo que nos recuerda su presencia. ¿Fotos, la ropa de nuestros amados familiares que han partido, sus juguetes en el caso de los niños, los cigarros o un gusto especial de los mayores? Todo ello nos emula su vida, su existencia. Nos trae al presente las sensaciones del pasado: los olores, los sonidos, los sabores, las texturas.
El mundo está habitado por sustitutos parciales: sonoros, visuales, táctiles, olfativos, de la relación con la persona de la madre, del adulto amado ausente momentáneamente y cuya presencia eclipsada [evocamos]. El símbolo sigue funcionando para nosotros como representante del afecto, de la presencia amada, que nos devuelve al ser querido, que reduce su ausencia (Beuchot, 2007b, p. 15).
Si nos olvidamos de los que han fallecido, entonces sí desaparecen de nuestra vida. Mi mamá, mi papá, mis abuelos existen porque los recuerdo cada año, en sus cumpleaños, en sus aniversarios de bodas, el Día de Muertos. Sus fotos me hacen creer que me acompañan, que están ahí todavía (Guadalupe, 80 años, entrevista personal, noviembre de 2023). Preocupación constante del hombre siempre ha sido comprender qué es la vida, pero un misterio más insondable aún es descifrar, entender y aceptar la muerte, como “eso” que te arrebata lo que más quieres, inclusive la vida propia. ¿Morirme? No lo tengo planeado, pero, si la huesuda lo decide, pues hasta aquí llegaré (Guadalupe, 80 años, entrevista personal, noviembre de 2023).
Uno de los temas elegidos por el colectivo de encuentro intergeneracional fue la muerte. ¿Qué es la muerte? “La muerte sigue siendo un tema de lo más desconocido y de lo que pocos desean conversar. Sabemos cuándo alguien está muerto, pero ignoramos qué es morirse visto desde dentro” (Savater, 1999, p. 33). Quizás como lo describiera Arnoldo Kraus, podemos explicar una “muerte” física, biológica, “desde un punto de vista celular, subcelular y molecular, pero desconocemos un sinfín de cuestiones filosóficas” (2019, p. 21). Entonces, ¿desde dónde partir para poder explicarla? Acudo, entonces, a una tradición especial en mi comunidad que otorga un poco de sentido a la muerte. Durante la celebración del Día de los Muertos, hay una práctica específica dentro del pueblo de San Bartolo Ameyalco: el repartir “ceras” (veladoras y cirios) en los hogares en los que ha acontecido el fallecimiento de una persona, en un período de tiempo no mayor a tres años contando a partir de la fecha de deceso y la celebración del Día de los Difuntos. Para poder comprenderla, primero me di a la tarea de ir en su búsqueda, vivirla, buscar las narrativas que me permitieran entender el hacer y creer de la gente de la comunidad. Confieso que, hasta este trabajo de investigación, tuve la oportunidad de acercarme a esta tradición. El rito le da sentido a la muerte, es analogía que vincula a la comunidad para superar el dolor y la tristeza, transitar por la melancolía partiendo de una esperanza colectiva: compartir las luces que han de guiar a las almas de regreso a casa.
Este apartado ha de dividirse en tres momentos: inicialmente narraré mi propio encuentro con una costumbre de mi comunidad, de la que había oído, pero que no llegaba a comprender. Sentirla, experimentar lo que sucede el día primero de noviembre, en las vísperas del Día de los Fieles Difuntos, me permitió valorar la riqueza espiritual y simbólica de una tradición de mi propio pueblo, mi comunidad, que, a través de una hermosa costumbre, liga los destinos de las almas, tanto de los vivos como de los “muertos” del pueblo. A partir de este encuentro, compartiré con los jóvenes la tradición, que ya muy pocos conocen debido a la acelerada urbanización y la pérdida de costumbres que le daban identidad al pueblo. Y, finalmente, hablaré de las conversaciones profundas que se dieron después de compartir con los adultos mayores y los jóvenes el tema de la muerte, cuyo eje temático sería la “tradición de las luces”.
5.3.4. De las costumbres y tradiciones de un pueblo: la preparación del camino de luces que guían a las ánimas a sus hogares
Martes primero de noviembre. Los abuelos y las abuelas cuentan que este día llegan las almas de los niños fallecidos a visitar los hogares. Las familias se preparan para su arribo. En las ofrendas, se suelen colocar tamales de dulce, atole de arroz o chocolate, caramelos, chocolates y bombones. Fruta seca y caramelizada, pan de muerto –de preferencia miniaturas–, mandarinas, naranjas, plátanos. ¿Juguetes? Sí, a todas las almas pequeñas les gusta jugar. Pelotas, muñecas, trompos o canicas. Lo importante es preparar un escenario acogedor, un área de juegos y de convites agradables. Hijos, nietos, sobrinos. Todos son recibidos con cariño. Aguardamos con fervor su visita, en la añoranza y el gozo de volver a recibir a quien nunca quisimos que se hubiese ido.
En San Bartolo Ameyalco, el día 31 de octubre, se comienza a preparar la ofrenda para las ánimas. Se disponen las flores: crisantemos, gladiolas, astromelias y, por supuesto, el cempasúchil. Papel picado, de mil figuras y formas, con calaveras sonrientes, trabajadoras, catrinas ataviadas de ropajes estrafalarios. Las cazuelas y los platones se colocan a la espera de manjares suculentos. La fruta adorna el resto de la ofrenda. Las mesas del ofertorio rebosan de color, alegría y olores que inundan el ambiente. El incienso perfuma también el escenario, humo y aroma vuelven místico y etéreo el momento. Pero algo falta. En los altares no se colocan velas. Solo dos cirios al pie de la ofrenda. Pregunto a los adultos mayores: Los que nos quieren preparan el camino de luces, nos traen sus recuerdos, y el cariño de los vecinos. Me comenta doña Maguito, de 83 años, quien prepara la ofrenda para sus padres, sus hermanos y un nieto que murió durante la pandemia del COVID-19. Ven, me dice, preparemos el camino de los vivos y los muertos. Juntas, deshojamos varios ramos de cempasúchil. Con los pétalos se traza un camino desde la ofrenda hasta la puerta de la casa. En el patio, continuamos el camino, hasta llegar a la puerta principal. Los nietos han preparado aserrín pintado y crean figuras diversas, un “tapete” de flores y figuras dentro del camino para recibir a los visitantes. La puerta se abrirá durante el ocaso del día primero de noviembre para recibir a los vecinos, amigos y cercanos que llevarán velas para recordar a los difuntos.
La familia entera se ha preparado con anticipación para recibir a quienes regalan la luz a las almas. El pan de muerto se “encarga” especial a los panaderos. El horneado a la brasa de leña es el de mejor sabor. Carnitas, mixiotes, o pollo con mole son agradecimientos para los que honran con su visita a los hogares en el recuerdo de sus “muertitos”.
La tarde del primero de noviembre, las puertas están abiertas. La gente llega a visitar los altares. Lleva consigo veladoras, ceras, luces para la ofrenda. La tarde no alcanza para visitar todas las casas. Me preparo con una canasta, ¿35 veladoras serán suficientes? Todavía no lo sé. Me encamino. La casa de doña Rosita es la primera parada. Está abierta su puerta. Huele a incienso. Buenas tardes, anuncio mi llegada. María Eugenia, su hija, sale a mi encuentro. Me abraza. Hace un año, doña Rosita se fue. Era mi alumna. La pandemia no nos dejó acompañarla el día de su muerte. Pero aquí estoy, con mi luz, para ella. Eugenia me invita a sentarme al lado del altar. Juntas, compartimos momentos alegres vividos con su mamá. La recordamos, como hija y como su “maestra”, como ella me decía. Dejo tres velas más, para su papá, su hijo y otro familiar finado en la pandemia. Llegan más personas a visitarlos. Ellos también traen sus ceras. Mis velas se suman a otras luces. Tomo la llama de los cirios para encender mis veladoras.
Comprendo entonces que la comunidad prepara el camino de regreso. Los recuerdos, el cariño por ellos nos traen hacia su encuentro. Abrazamos a las familias con nuestras luces. Ellos ya no están, pero siguen presentes en nuestro pensamiento. Es un homenaje hacia su historia, su vida fue y es parte de mi propia existencia. Cada luz representa a las personas que amaron a doña Rosita, como madre, hermana, tía, amiga, vecina, en mi caso, como alumna. La vía de luz, el camino preparado para su retorno es el construido con el recuerdo de todos.
Finalizo mi visita en el hogar de mi querida doña Rosita, observo sus fotos. Su ofrenda tiene dulces curiosos: chicles, chamoy, y chicharrón con guacamole. Sus grandes gustos. Antes de irme, ya está mi “cariño”, la familia me da un plato de “tacos sudados”, de chicharrón, frijol, papa, adobo, cochinita pibil. Llevo un morral preparado porque me faltan más casas por visitar, y en cada una reparten esos deliciosos “cariños”. Atardece el primero de noviembre. Las almas y quien reparte las luces para su camino están de visita en los hogares del pueblo de San Bartolo Ameyalco. (María Inés Márquez Serna, diario de campo, noviembre de 2022, pueblo de San Bartolo Ameyalco).
5.3.5. Día de los Fieles Difuntos: los relatos de los abuelos para comprender “la vida” después de “la muerte”
Miércoles primero de noviembre (diario de campo, celebración del día 1º. de noviembre, 2023, San Bartolo Ameyalco). La reunión de jóvenes y adultos mayores se efectuaría en casa de doña Estelita. Las adultas mayores habían puesto una ofrenda para recordar a los compañeros que se “fueron” en los tiempos de pandemia. Sabíamos que habría poca asistencia. El Día de Muertos se pasa con las familias (Maguito, 81 años, 13 de octubre de 2023). Muchos de los integrantes se fueron a visitar a sus seres queridos a sus lugares de origen. Allá visitarían unos los panteones, otros las casas, otros tantos sus comunidades. Lo importante era estar presente en una conmemoración tan especial. No vaya a ser que vengan y que no me encuentren… No vayan a pensar que ya me olvidé de ellos (Miguel, 78 años, 29 de octubre de 2023). Aun así, decidimos reunirnos. Una mesa con un poco de fruta, pan de muerto, algunos guisos, y papel picado fueron nuestro modesto altar. Colocamos las veladoras con los nombres de nuestros amigos: Evita†, Ezequiel†, Rosita†, Virginia†, Luis†, Guillermo†, Carmelita†… y encendimos las luces. Nos sentamos alrededor de la ofrenda. Elenita (79 años) comenzó el rezo. Todos la seguimos. Después del padrenuestro y del avemaría, se hizo la plegaria de los difuntos:
¡Oh, Dios! Nuestro creador y redentor, con tu poder Cristo conquistó la muerte y volvió a ti glorioso. Que todos tus hijos que nos han precedido en la fe (especialmente de…) participen de su victoria y disfruten para siempre de la visión de tu gloria donde Cristo vive y reina contigo y el Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén. Dales, Señor, el descanso eterno. Brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén. María, Madre de Dios, y Madre de misericordia, ruega por nosotros y por todos los que han muerto en el regazo del Señor. Amén (plegaria final del Santo Rosario dedicado a los difuntos).
Al finalizar, se hizo un espacio de silencio. Han decía que una comunidad ritual “es una comunidad de la escucha en común y de la pertenencia mutua, una comunidad en una pacífica concordia del silencio” (2021, p. 45).
Yo sí creo que vienen nuestros familiares y amigos. Mi abuela ponía la ofrenda esperando la llegada de sus papás y sus familiares. Se siente una sensación especial, no te da miedo, sabes que vienen las almas, los espíritus, pero son tu familia, y te da gusto recibirla (Javier, 18 años, 1 de noviembre de 2023).
Javier rompió el silencio. En su familia, su abuela ponía la ofrenda; ahora que ya no estaba, su mamá, él y su hermano eran los encargados de colocar el altar. Cada 30 de octubre (fecha en que su familia pone la ofrenda), su abuela venía a sus recuerdos, la extrañaban, añoraban verla adornando el altar, cocinando tamales, mole, arroz. Aunque no lo crean, yo siento que viene mi abuela, puedo oler su perfume, oírla cantar…
Las ofrendas tenían algo especial, casi mágico, que hacía que las familias se unieran, los del más allá y los que aquí todavía estamos. Recibo a mis hijos, y a mis padres. Los espero porque sé que van a venir, porque no se han olvidado de mí (Juanita, 63 años, 1 de noviembre de 2023). Yo pongo mucha comida, porque recibo a todos los muertitos de los que ya no se acuerdan. Mis papás decían que se ponían tristes las almas cuando nadie se acordaba de ellas (Luisa, 64 años, 1 de noviembre de 2023).
Mezcal y cigarros para el amigo, para el compadre, para el padrino; pan de muerto y atole para las tías, las hermanas, las vecinas; arroz, mole con pollo, tamales, para los abuelos, la gente grande; y fruta en dulce y las calaveras para los niños (Regina, 1 de noviembre de 2023).
La conmemoración de difuntos es una fiesta, donde se congrega una colectividad: familias, amigos, vecinos, cercanos. Todos están invitados, y a todos se espera ese día. Han decía que tanto rituales como ceremonias “son actos genuinamente humanos que hacen que la vida resulte festiva y mágica” (1997, p. 39). La fiesta congrega a los hombres, los une en vida y muerte. Hay una necesidad de reunirse porque esencia del hombre es la colectividad, la fiesta “produce aquel efecto de profundidad simbólica que engendra a una comunidad” (Han, 1997, p. 64), que busca encontrarse con sus afectos, con los que han partido, uniéndose a través de una ceremonia particular: la celebración del Día de los Difuntos.
Los que nos hallábamos reunidos comentamos que no es fácil aceptar que la muerte es un adiós definitivo. La muerte es algo extraño, nos arrebata lo más preciado que tenemos, nos quita la vida, nos arranca lo que más queremos. Desde perder una mascota hasta un familiar, la muerte nos muestra nuestra vulnerabilidad. ¡Nada podemos hacer para evitarla! (Javier, 18 años, 1 de noviembre de 2023). ¿Qué es? ¿Cómo se ve? ¿Cómo se siente? Comenzaron los relatos de quien había estado muy cercano a la muerte. Juanita (64 años, 1 de noviembre de 2023), alcanzada por una centella (un rayo) a la edad de seis años, estuvo muerta por un día. Había una casona grande, yo toqué la puerta, me abrió un señor muy elegante, que tenía un cinturón con muchas llaves. Él me dijo que todavía no me tocaba estar allí, así que tenía que regresar… y regresé. Vero (43 años, 1 de noviembre de 2023), hija de Rosita, compañera nuestra que falleció en el año 2020, nos comentó que su mamá en su infancia comió hongos venenosos y se murió dos días. No saben cómo, pero estando en su velorio, ella despertó. ¡Qué gran susto para todos los que estaban allí! Pero, más que susto, fue un gozo verla regresar de la muerte. Maguito (83 años, 1 de noviembre de 2023) nos contó que su hermano había muerto a los ocho años, de enfermedad, allá en el pueblo.
¿Quién en el campo tiene la oportunidad de vivir si ni siquiera hay médicos? Me quedé sola con el difuntito, tendido en una tarima de madera. Todos se habían ido por flores para velarlo. Oí ruidos, entonces lo vi, sentado en la orilla de la mesa de tarimas. Estaba sonriendo y balanceaba sus pies. Quizás en mi inocencia de niña, no sentí miedo, me acerqué a él y solo le pregunté si tenía hambre.
¡Qué historias increíbles estábamos escuchando! Conocíamos a nuestras compañeras, pero no sabíamos sus extraordinarios relatos. Por un momento, nos pareció que la muerte podría ser vencida, pero algo era cierto, la gran mayoría que es tocada por la muerte jamás regresa del sueño eterno, o por lo menos eso creíamos.
¿Se siente acaso que la muerte está cerca? ¿Hay a quienes se les permite saber cuándo morirán? ¿Los recién fallecidos avisan a los familiares de su partida? Regina (68 años, 1 de noviembre de 2023) escuchó la voz de su esposo. Ella solo había salido a hacer unos trámites que le solicitaba el Área de Trabajo Social. Habían pasado unos días en el hospital después del accidente que tuvo. Estaba grave. Esa tarde, algo le urgió por regresar a su lado. Sentía angustia por estar cerca de él, así que regresó de inmediato a su lado. Al lado de su cama, su esposo tomó su mano, muy fuerte, y falleció. Comentamos en grupo la serie de experiencias inexplicables que algunos habían tenido: el sentir que alguien te toca, percibir un aroma, una presencia, antes de saber del deceso de alguien… Los sonidos extraños en casa, el aullar de los perros que suelen ver a la Muerte (Montserrat, 20 años, 1 de noviembre de 2023). ¿Qué pasa detrás de todo esto? ¿Será acaso una mentira a pesar de haberlo vivido? ¿Mitos, leyendas, cuentos para que los niños no duerman?
La ausencia de respuestas que significa la muerte, se puede llenar de muchas formas en el culto, en el mito, […] de modo que nuestro pensamiento sigue su camino, necesariamente y tiene que seguir pensando allí donde el ser pensante tiene un fin” (Gadamer, 1997, p. 80).
En torno a la ofrenda, reflexionamos entonces sobre la necesidad de creer. Las luces de las velas se movían, como si un airecito las obligara a danzar. ¿Sería que estábamos acompañados?
No es fácil aceptar que alguien se ha ido. Es un hecho que nadie te prepara para morir, o para vivir la muerte de alguien cercano. La palabra por sí sola da miedo, y la tratas de alejar lo más posible. Nombrarla es como atraer un mal augurio (Montserrat, 20 años, 1 de noviembre de 2023).
Cuando acompañas a un velorio, has de traer siempre tu ramita de ruda en la oreja, para que no te dé aire. También has de observar que bajo la caja esté el chilacayote con vinagre y cebolla, que evita las malas vibras en caso de que el difunto haya tenido un mal final. ¿Creen que sea solo una superchería? ¡No! Hay quienes no duermen por varios días después de acompañar a un entierro. Hay que darles una limpia para que se libren del aire, con ruda, cigarro y chiles secos. Hay cosas que no solo hay que creer por creer, hay cosas que sí suceden (Juanita, 64 años, 1 de noviembre de 2024).
¿Qué hay de cierto? ¿Son embustes de los que nos embaucan con sus relatos? Cuando el tecolote canta, el indio muere, esto no es cierto, pero sucede, nos dijo Juvencia, con cierto aire de misterio (72 años, 1 de noviembre de 2024). Crédulos algunos e incrédulos otros, pero estábamos allí, esperando seguir oyendo los relatos, que nos estaban llenando de cierto temor, pero que deseábamos seguir escuchando. La verdad era que habíamos sido testigos y algunas veces protagonistas de eventos que no podíamos explicarnos. Con algo de miedo, decidimos seguir escuchando a los compañeros compartir sus historias. Era cierto que lo que más nos atraía de los relatos era quién los contaba.
Decimos de alguien que es un buen narrador si sabe contar algo sin parar y si puede, por decirlo asi, seguir urdiendo la trama interminablemente. El narrador introduce a los arrebatados oyentes en un mundo íntegro. El oyente que participa toma evidentemente, parte en ese mundo como en una especie de presencia del acontecer mismo […]. Como es sabido, el narrar es también, sin duda, un proceso recíproco. Nadie puede narrar si no tiene unos agradecidos oyentes que lo acompañen hasta el final (Gadamer, 1997, p. 32).
Tal como lo dijera Gadamer, un buen narrador sabe que tiene un auditorio cautivo, que desea seguir escuchando, despierta expectativas en esos oyentes y las cumple, despertando más expectativas sobre aquello que nos cuenta. “Las anticipaciones despiertan tensión, los regresos sugieren familiaridad y complicidad con lo narrado y todas las transiciones son suaves, sin la coacción de la deducción lógica” (Gadamer, 1997, p. 33). Y al tratarse de narraciones míticas, de leyendas orales, de tiempos remotos, se juega con un interés trascendental. “¡Lo que importa en este caso no es la creencia, sino el reconocimiento […] de una certeza sobrecogedora!” (Gadamer, 1997, p. 35). ¿Relatos de ficción? ¿Imaginación desbordada?
Aquella tarde, la niebla cubría el pueblo. Nada se podía ver más allá de tu nariz. Una llovizna ligerita caía. Hacía frío. Desde la casita de tía Lala, se podía ver la iglesita. En esos años, nada había más que árboles rodeando la capilla y el cementerio. Vísperas de Todos los Santos, tenía que ir por el agua para no salir en la fiesta de los difuntos. No es bueno salir en la noche en que las almas vagan por el pueblo. Tomó su cántaro, se armó de valor y se dirigió al manantial. De regreso, la oscuridad ya caía sobre el monte. Pronto sería de noche. Apuró el paso. Nadie halló en su camino. ¿Han sentido esa sensación de que alguien viene tras de ti? Lala lo sentía, así que corrió lo más que pudo. No quedaba lejana su casa. Bajo su cántaro, había llegado. Suspiró aliviada. La curiosidad mató al gato, le había dicho su abuela mil veces. Pero ella sentía la necesidad de averiguar qué era lo que la venía siguiendo. Abrió la puerta de su casa lentamente. “¡Ya métete, Lala, que las ánimas están llegando!”, le gritó su mamá desde la cocina. Ya no pudo contestar, en el umbral de su puerta, la forma de una mujer flotaba. El grito de la Llorona es largo, lastimero, aterrador. Lala nos contaba que se sintió como muchas espinitas recorriendo su cuerpo, como si un balde de agua helada cayera de sopetón en la espalda. Lala enfermó, no podía dormir, y no quería comer, hasta que la “bruja” del pueblo le dio brebajes y remedios para el espanto (Estelita, 75 años, 1 de noviembre de 2023).
Un relato no es una simple historia, el que la cuenta no se limita únicamente a contarla, “transforma en una historia un conjunto de acontecimientos, considerados como un todo” (Ricoeur, 1999, p. 137). El acto de contar, en palabras de Ricoeur, “ejerce su talento imaginativo en el nivel de una experiencia humana que previamente resulta común” (1999a, p. 150). Los cuentos del Día de Muertos, de la víspera de la espera de las ánimas nos situaban en un espacio tiempo, un San Bartolo de tiempos pasados, casi inhabitado, con escenarios misteriosos. Oír la historia nos remontaba a esos momentos, sentíamos el pánico de tía Lala, “los tramas, los caracteres o los temas son las formas de una vida que se vive realmente en común” (Ricoeur, 1999a, p. 150). Fruto de la imaginación o no, creíamos lo que nos estaban contando. Una leyenda, quizás con tintes de embuste, pero que nos dibujaba con matices extraordinarios un lugar en donde algo había sucedido, a alguien y con “algo”. La ficción, al permitirnos acceder a lo irreal, sin duda alguna nos llevaba de nuevo a un aspecto esencial de la vida (Ricoeur, 1999b, p. 155): creer en lo increíble. ¿Creer, o no creer? Regresando un poco al pensamiento de Gadamer, el mito se convierte en el portador de una verdad propia, inalcanzable para la explicación racional del mundo. El mito tiene, en relación con la verdad, el valor de ser la voz de un tiempo originario más sabio. El mito está concebido como el concepto opuesto a la explicación racional del mundo (2010, p. 16). Y la muerte es un tema sobre el que no hay verdades absolutas. Lo que sucede, o no sucede después de un deceso, las apariciones, el mal de ojo y aire ocasionados por un difunto, lo que es en realidad la muerte. ¿Qué es lo que viene por nosotros? ¿Cómo es que nos vamos? ¿Qué se siente morir? ¿Qué nos pasa después de morir? ¿La muerte se siente?
Miles de preguntas se quedaron pendientes de responder. No fue suficiente una sesión dialógica que tuvo una duración de cuatro horas. Los cuentos y relatos nos atraparon, nos llenaron de miedo, de terror en algunos momentos, nos sorprendieron y en algunos casos nos hicieron reír y dudar si realmente había pasado algo tan extraordinario. Ambos grupos coincidieron en reunirse nuevamente para conversar acerca de la “tradición de las luces”. Muchos jóvenes no sabían que existía tal costumbre en el pueblo. Era cierto que el apresurado rumbo de la vida te hace caminar de prisa, olvidando lo esencial. Por otra parte, tanto jóvenes como mayores también cuestionaron el Halloween. Era necesario retomar las tradiciones y costumbres del pueblo para no perder nuestra identidad. Antes de irnos, y para iniciar a los jóvenes en la tradición de las luces, las adultas mayores les compartieron veladoras para sus difuntos. Recordamos a los ausentes de los asistentes, nos abrazamos para mitigar el recuerdo doloroso de traerlos al presente, pero, igualmente, nos acompañamos en solidaridad para seguir adelante, recordando con amor a los que se adelantaron. Recuerden, al recibir las luces, hemos de compartir esperanza y cariño, entre los que todavía estamos aquí, y para aquellos que solo tienen la oportunidad de volver a visitarnos entre el 1º y 2.º de noviembre de cada año (Elena, 75 años, 1.º de noviembre de 2024).
- Sobre el tema de las virtudes, se puede revisar Álvarez, Beuchot y Álvarez (2018) y MacIntyre (1984).↵
- Al respecto, no debemos olvidar, como indica Álvarez, que “el primer analogado es la amistad honesta, aquella que su razón es perfecta, pues se busca por y en sí misma, de manera desinteresada y sincera, en pro del bien del amigo aunque implique alejarse de él, es la amistad modélica o icónica que en su perfección difícilmente existe, pero que en sí se persigue y sintetiza otras formas de expresión; como analogado secundario está la amistad deleitable, aquella cuya razón es imperfecta, pues no es la razón del bien común, ya que sólo es para la diversión; por último está la amistad útil, aquella cuya razón es medio y no fin, ya que es la amistad que sólo sirve para obtener o hacer algo –el cuatismo– que sólo dura mientras [la relación] es útil” (Álvarez, 2012, p. 131). ↵
- La palabra “intergeneracional” es un neologismo, que la RAE (2024) define de esta manera: “que se produce o tiene lugar entre dos o más generaciones”. De acuerdo con Falcke y Wagner (2003), lo intergeneracional “significa influencia recíproca, pero en detrimento de la permanencia de ciertos procesos familiares en las generaciones sucesivas” (citados por Ojeda y López, 2017, p. 110). Podríamos entonces considerar las relaciones intergeneracionales como la influencia mutua de varios actores sociales de diferentes edades. “Para Sánchez, en las últimas décadas ha habido un interés creciente por las relaciones entre las generaciones, dada la segregación por edades presente en muchas sociedades. En la década de 1990, la intergeneracionalidad se plantea como un elemento clave para el desarrollo comunitario por medio de la cohesión y la sostenibilidad de las comunidades, en el ánimo de promover una ciudadanía activa” (citado por Ojeda y López, 2017, p. 111) que promueva el intercambio y la sana convivencia entre personas de diferentes edades. ↵
- De acuerdo con Mauricio Beuchot: “… los textos no son sólo los escritos, sino también los hablados, los actuados y aun de otros tipos: un poema, una pintura y una pieza de teatro, son ejemplos de textos. Van, pues, más allá de la palabra y el enunciado. Una característica peculiar que se requiere para que sean objeto de la hermenéutica es que en ellos no haya un solo sentido, es decir, que contengan excedente de sentido, significado múltiple o polisemia” (2021, p. 14).↵
- La épimeléia, de acuerdo con Michel Foucault (1987), “es una actitud en relación con uno mismo, con los otros y con el mundo […]. Es una determinada forma de atención, de mirada. Preocuparse por uno mismo implica que uno reconvierta su mirada y la desplace desde el exterior, desde el mundo y desde los otros, hacia sí mismo. La preocupación por uno mismo implica una cierta forma de vigilancia sobre lo que uno piensa y sobre lo que acontece en el pensamiento, designa […] un determinado modo de actuar, una forma de comportarse que se ejerce sobre uno mismo, a través de la cual uno se hace cargo de sí mismo, se modifica, se purifica, se transforma o se transfigura. De ahí que se derivan toda una serie de prácticas basadas a su vez en toda una serie de ejercicios […]: entre estas prácticas se encuentran, por ejemplo, la técnica de la meditación, la técnica de la memorización del pasado, la técnica del examen de conciencia, la técnica de verificación de las representaciones a medida que éstas se hacen presentes en la mente” (pp. 34-35).↵
- Una secuencia didáctica presenta una estructura básica: inicio, desarrollo y cierre. Su organización depende de la pericia de un docente (o facilitador) para la selección de contenidos y su secuenciación (Laguzzi y Simón, 2018, p. 9): tener objetivos claros y plausibles de aprendizaje, determinar itinerarios de tareas y actividades, y, finalmente, programar un ejercicio transversal de evaluación, para medir avances, logros, retrocesos y rediseño de las secuencias.↵
- De acuerdo con la UNESCO, la educación a lo largo de toda la vida tiene sus raíces en la integración del aprendizaje y la vida, y abarca actividades de aprendizaje para personas de todas las edades (niños, jóvenes, adultos y ancianos, niñas y niños, mujeres y hombres), en todos los contextos de la vida (la familia, la escuela, la comunidad, el lugar de trabajo, etc.) y a través de diversas modalidades (formal, no formal e informal), que, en conjunto, satisfacen una gran variedad de necesidades y demandas de aprendizaje. Hay cinco elementos esenciales en la definición de aprendizaje a lo largo de toda la vida de la UNESCO. Debe abarcar todos los grupos de edad, todos los niveles de educación, todas las modalidades de aprendizaje, todas las esferas y los espacios de aprendizaje, y una amplia variedad de fines. Aprovechar el potencial del aprendizaje a lo largo de toda la vida requiere un compromiso político y la elaboración de políticas intersectoriales y a varios niveles. Asimismo, requiere el reconocimiento, la validación y la acreditación de las habilidades adquiridas en entornos no formales o informales. Promover el aprendizaje a lo largo de toda la vida significa establecer sistemas que hagan realidad el derecho a la educación de las personas de todas las edades, y ofrecer oportunidades para liberar su potencial, para su desarrollo personal y para el desarrollo económico, social, cultural y medioambiental sostenible de la sociedad (2024, párr. 2-5).↵
- “Los griegos llamaron kairos, a diferencia del monótono tiempo secuencial (chronos), a ese instante fugaz, momento adecuado, en el que algo importante sucede. Kairos es la ocasión, la oportunidad favorable que cambia el destino del hombre. Es el dies veniens, ese tiempo en el que todas las circunstancias convergen para la obtención de un máximo rendimiento. Kairos es fortuna, riesgo y peligro. Un segundo, un instante radiante que se inmortaliza” (Domingo, 2024, párr. 1).↵
- De acuerdo con Ricoeur, Mímesis I y Mimesis II, en donde la segunda “constituye el eje de análisis por su función de ruptura, abre el mundo de la composición poética […] la mímesis II consigue su inteligibilidad de su facultad de mediación, que consiste en conducir del antes al después del texto, transfigurar el antes en después por su poder de configuración” (2004, p. 109). ↵
- Ricoeur se refiere “al efecto sorprendente que da lugar al asombro del espectador, hay que señalar que también forma parte de la comprensión del conjunto de la historia contada, hasta el punto de provocar en el espectador la conocida purificación de las emociones suscitadas por el espectáculo que Aristóteles llama kátharsis. En la tragedia, consiste en la depuración de las emociones del miedo y de la piedad” (Ricoeur, 1999b, p. 220). Al respecto, Foucault menciona que solo “practicando la catarsis de sí, es como el alma descubre a la vez lo que es y lo que sabe o mejor, lo que pretende, como descubre a la vez su ser y su saber. El alma descubre lo que es y lo que ha contemplado a través de la memoria y puede así remontarse hasta la contemplación de verdades que le permiten fundamentar de nuevo con toda justicia, el orden de la Ciudad” (1987, p. 67).↵






