Una experiencia de acompañamiento familiar
y el quehacer comunitario
Valeria Pipo
A Fernando y Liliana,
A su historia y su derecho a ser niño
A Vale y Ulises, por su apuesta y dedicación
A Diego, por su presencia y escucha
Un complejo habitacional –edificios, escaleras, pasillos, gente y más gente, perros y contenedores de basura sin descargar–, un grupo familiar, vulnerabilidades de derechos varias, un complejo mundo de instituciones y profesionales interviniendo –incluso de acompañamiento familiar– como cara visible del Estado.
Ezequiel tiene 13 años. Vive en uno de esos barrios con escasos recursos en el escenario urbano, junto a su mamá María, sus hermanos –mayores que él– Marcos y Lucila, y sus abuelos maternos. Un grupo familiar complejo, roles confusos al interior, atravesado por distintos padecimientos mentales, historias de violencia de género en los distintos vínculos y generaciones, escasos vínculos comunitarios e instituciones diversas con distintas miradas respecto de cómo atender las necesidades y los derechos de los niños y los adultos. Y allí, un equipo de acompañamiento familiar.
El presente escrito tiene por objetivo presentar una experiencia de trabajo en el acompañamiento familiar de un niño y su grupo, en el marco de un programa dependiente del área de Niñez en Promoción social del Estado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A su vez, se busca reflejar aquí fragmentos del proceso de reflexión crítica que estuvo presente en el equipo a lo largo de todo el desarrollo de la intervención y que generó una reformulación permanente de objetivos, estrategias y líneas de acción abordando la complejidad de la situación familiar desde el múltiple atravesamiento de dimensiones subjetivas, vinculares, comunitarias, habitacionales, institucionales y ético profesionales.
El programa; nuestro equipo
El programa que da marco a esta intervención de acompañamiento familiar se desarrolla bajo el paradigma de la protección integral de derechos de niños, niñas y adolescentes (Ley 114, CABA, y Ley 26.061, Nacional), y constituye en sí mismo una medida de protección integral de derechos, con el objetivo principal de resguardar y de restituir aquellos derechos, priorizando el derecho a la convivencia familiar y comunitaria (Ley 114, arts. 25 y 26). Se trata de varios equipos zonales interdisciplinarios de psicólogos, trabajadores sociales y trabajadores de otras disciplinas afines que realizan un abordaje familiar desde lo territorial y lo comunitario.
La dimensión de la cotidianeidad es el escenario privilegiado de este trabajo desde donde se abordan los vínculos, los imaginarios, las necesidades y los derechos, y se despliega el quehacer profesional de quienes trabajan en las instituciones como efectores de la política pública.
Este proceso de acompañamiento se desarrolló a lo largo de aproximadamente cuatro años (lo que superó ampliamente los plazos inicialmente establecidos). Y podrían identificarse tres grandes etapas, y la intervención de dos operadores familiares diferentes en forma consecutiva: una inicial, signada por el fortalecimiento de la inclusión de Ezequiel en las instituciones y el reconocimiento de María en su rol de mamá y su condición de mujer; una segunda, en la que el objetivo central estuvo orientado a acompañar a Ezequiel y a su familia frente a cambios y movimientos institucionales, que pusieron en cuestión las intervenciones que se venían realizando, priorizando la tensión incapacidad/encierro-posibilidades/convivencia familiar y comunitaria, y a la vez, el acompañamiento tanto a la familia como a las instituciones a fin de que pudieran atender los desafíos que presentaba el crecimiento de Ezequiel, de la mano del empoderamiento de su mamá en su rol y en su posibilidad de la palabra; y otra posterior, en la que Ezequiel está lanzado a su más plena pubertad e ingreso a la adolescencia, y se produce una reconfiguración de los vínculos y roles al interior del grupo familiar, junto a los desafíos, las necesidades y los derechos que la situación presenta tanto para los adultos como para las instituciones.
La tarea del acompañamiento familiar es de carácter complejo y multidimensional. El operador familiar interviene en la cotidianeidad de la vida familiar y comunitaria, buscando generar condiciones de posibilidad para el despliegue de un rol protagónico de quienes se pretende acompañar, tendiendo así hacia procesos de autonomía y empoderamiento desde una perspectiva de defensa y promoción de los derechos de niños, niñas y adolescentes.
Hay que señalar que, paradojalmente, las intervenciones se suponen orientadas a la dimensión familiar, arrastrando resabios quizás de un viejo modelo de patronato donde la familia se identificaba como culpable y principal responsable de la vulneración de derechos de los niños. Desde un posicionamiento de protección integral de derechos nos permitimos problematizar dicha cuestión para interrogar incluso al diseño de la política pública, en muchos casos, como responsable de la expulsión social que desde otras áreas se busca restituir o reparar.
La metodología de intervención en domicilio y en territorio admite un sinfín de posibilidades del quehacer profesional. Las intervenciones son in situ, allí mismo donde las cosas acontecen. Y las intervenciones no son sólo del orden de la palabra, muchas veces son de acción concreta, del quehacer, donde el respeto por la cultura, las costumbres y las creencias del otro debe ser el punto de partida.
Los escenarios son de lo más variado. Una casa, un encuentro en la puerta, jugar en la canchita, compartir el momento del comedor comunitario, una entrevista en un centro de salud, un viaje en colectivo, un acompañamiento a sacar un turno… tantas opciones como la vida cotidiana plantea, manteniendo una mirada y un posicionamiento ético relacional (Montero, 2003) y sin perder de vista el rol profesional.
Los protagonistas y sus vínculos
Cuando recibimos la derivación de esta situación familiar para su acompañamiento familiar, se solicitaba el puntual acompañamiento a la Sra. María en la utilización y la administración del dinero en su economía familiar, particularmente luego de un período de seis meses de internación en un hospital monovalente por una crisis de salud mental a raíz de una fuerte pelea y enfrentamiento con su padre.
En ese período María había sido desvinculada de sus hijos, pequeños, durante su internación, con lo cual el fortalecimiento de esos vínculos resultaba central. A su vez, esta mujer que había sido víctima de violencia por parte del padre de sus hijos –lo que motivara su separación años atrás–, también recibía por parte de su propio padre un trato con un sesgo de gran desvalorización y malos tratos, al igual que de su madre –aunque en menor grado–, quien también era históricamente víctima de maltrato por parte de su marido.
Ezequiel, con sus entonces 10 años, comenzaba a constituirse en portavoz de esta conflictiva familiar haciéndose visible a través de sus conductas disruptivas dentro de la escuela, razón por la cual se había solicitado un cambio de modalidad de “escuela común” a “escuela de recuperación”. Sus hermanos, por el contrario, realizaban un tránsito silencioso por las respectivas instituciones educativas.
Las instituciones, los profesionales y sus miradas
En una primera etapa el trabajo estuvo centrado en promover un acogimiento institucional para Ezequiel tanto en la escuela como en las instituciones de salud (CeSAC y tratamiento psicológico), acompañado por una presencia cada vez más protagónica de su mamá.
La escuela contaba con un equipo profesional de “gabinete” que asumió vigorosamente el proceso de inclusión del niño en la institución educativa, promoviendo el despliegue de herramientas institucionales a fin de estimular el desarrollo de habilidades y de competencias del niño. De este modo, Ezequiel pasó de una modalidad con horario reducido y salteado en un espacio individual con una maestra a compartir el espacio áulico con el grupo de chicos de su edad, compartir los momentos de recreo y de salida institucional, además de poder concurrir a actividades por fuera de la institución, como natación. Las instancias de socialización en el proceso de aprendizaje resultaban cruciales para un proceso de subjetivación en Ezequiel.
Las reuniones periódicas que manteníamos ambos equipos favorecían un intercambio de miradas respecto de la situación familiar y particularmente de Ezequiel, buscaban generar condiciones que le permitieran desplegar sus potencialidades y básicamente sostener la apuesta a aquello por venir, “que la realidad existente niega, pero que sería históricamente posible si se dieran otras condiciones” (Martín Baró, 1998: 290), priorizando una mirada de niño respecto de él y sus “conductas” y el respeto profundo por su derecho a la educación, haciendo efectiva su accesibilidad.
A la vez, el acompañamiento que desde nuestro equipo se realizaba con María, tenía como objetivos principales el reconocimiento de ella como madre de sus hijos –con sus posibilidades y sus limitaciones–, promoviendo su lugar protagónico y presente, a la vez que acompañar su propia inclusión comunitaria dando lugar a sus intereses y también a sus posibilidades de inclusión sociolaboral.
El trabajo minucioso, casi invisible, de abordar el mundo de las representaciones, tanto con María como con Ezequiel, y por qué no, al interior de la institución con los otros profesionales y docentes, se convirtió en una intervención permanente y clave. Devolverle al niño una mirada de niño, capaz, con muchos recursos y posibilidades por desarrollar, era significado por él en todo un potencial subjetivante, y se generaban procesos de subjetivación (Duschatzky y Corea, 2002). Del mismo modo sucedía con la mamá, tanto en lo que refería a su hijo como a ella misma.
El valor de estas intervenciones –visitas al domicilio, juegos, acomodar la mochila, ayudar con la cocina, abrir las ventanas, mantener conversaciones…– residía justamente en hacer mella en la dimensión simbólica cotidiana, en el quehacer cotidiano de sus vidas. Y estas intervenciones no sólo se daban en el plano de la palabra, en entrevistas y conversaciones, sino también en el plano de la acción, abriendo nuevos posibles (Duschatzky y Corea, 2002).
Almeida Filho (2005) aborda especialmente la dimensión de la cotidianeidad en su categoría “modo de vida”, como central para la epidemiología crítica y la reflexión respecto de la distribución de los procesos de producción de salud-enfermedad- atención a nivel poblacional. Entiende que las condiciones de vida de la población deben complejizarse con una mirada sobre el estilo de vida, incluyendo la dimensión simbólica de la cotidianeidad, donde se ponen en juego los significados, los sentidos y los valores que cada cultura y comunidad construye y asigna.
Los logros de la primera etapa fueron añoranza de la segunda. Se produjeron cambios en los planteles institucionales, la inclusión de Ezequiel en un tratamiento de salud mental en un hospital monovalente con nuevos profesionales y diferentes miradas, lo que se sumó al esperable crecimiento de Ezequiel que abría nuevos desafíos en sus procesos educativos y de socialización.
Allí la tensión entre el encierro, por un lado, y la convivencia familiar y comunitaria, por otro, atravesaron esta etapa de intervención.
El equipo profesional de la escuela cambió y, en el nuevo equipo, primó una mirada disfuncional respecto del niño. Ezequiel volvió a una jornada extremadamente reducida que ponía en cuestión una real inclusión educativa. Cada situación disruptiva del niño, que antes era contenida en el “gabinete”, ahora lo era mediante el SAME. La patologización del niño se iba instalando cada vez más en el imaginario institucional sin posibilidad de interrogarse sobre tal situación. Desde las intervenciones de nuestro equipo en el trabajo interinstitucional no se logró conmover aquello que se asemejaba a un destino anunciado. Y de este modo las prácticas institucionales-profesionales expresaban el imaginario institucional e instituían subjetividad y realidad (Castoriadis, 1983); el niño era cada vez más “incontrolable” para la institución y él mismo comenzó a considerarse así.
Las intervenciones de la escuela para con Ezequiel incidían también en la confirmación de aquellos viejos supuestos que los abuelos tenían respecto del niño y que insistían en todas sus lecturas.
Y parte de estas miradas fueron reforzadas por algunos profesionales del hospital monovalente donde el niño realizaba su tratamiento en salud mental. Allí la internación, hospitalaria primero y en un hogar después, era la única estrategia propuesta por una parte del equipo tratante, mientras otros intentaban abrir pequeñas alternativas haciendo hincapié en las potencialidades que presentaba el niño en distintas especificidades profesionales (psicomotricidad, psicopedagogía, terapia ocupacional).
La tensión entre las distintas miradas, lecturas y posicionamientos ético profesionales (Montero, 2003) respecto de las estrategias de intervención estuvo presente en cada reunión, y la posibilidad de trabajar sobre aquellas tensiones fue el desafío que asumimos como equipo profesional. El cómo de la atención de las necesidades en salud mental que presentaba Ezequiel, de la mano de su derecho a la educación, recreación y convivencia familiar y comunitaria, eran el mar que nos dividía.
“El interés superior del niño”, eje central del paradigma de la protección integral de derechos, era fundamento de ambas posiciones, contrapuestas.
Finalmente, en un período de licencias profesionales de parte del equipo de salud mental tratante, se efectivizó una internación. Ésta, justamente por tratarse de una internación innecesaria, mostró sus limitaciones. Al poco tiempo Ezequiel era dado de alta por “no tener criterio de internación”, según afirmaba otro equipo profesional de la misma institución. Pero la internación en el hospital monovalente quedaba registrada en la vida de Ezequiel y su familia, y en la “etiqueta” de presentación para las nuevas instituciones.
“Si algo falla, reciben (las mujeres madres) –frente a los “descuidos”– las miradas culpabilizantes de las instituciones educativas, sanitarias, familiares”, dirá Zaldúa (2011: 157).
Pero en toda esta etapa María había logrado posicionarse desde un lugar diferente. Preguntar lo que necesitaba saber, lograr acompañar a su hijo en cada día de su internación, cuestionarse también esa modalidad, reconocer todo lo que su hijo sí podía y, básicamente, tomar ella misma la palabra.
Más tarde, desde la intervención de nuestro equipo se logró la derivación y la admisión de Ezequiel en una nueva escuela de recuperación. Esta vez, cercana al barrio donde vivía, con niños y niñas de su misma realidad comunitaria. El niño ingresó allí con una evaluación que lo consideraba ser “casi analfabeto y con graves problemas de conducta”. Al cabo de dos meses, Ezequiel se encontraba en un nivel de tercer grado, con manejo de lecto-escritura y en un proyecto de integración en el aula con su grupo de pares.
Una vez más, habilitar a la interrogación, dar lugar a lo posible por emerger y una lectura crítica de los procesos de enseñanza y aprendizaje, reconociendo el contexto sociohistórico y territorial en el que se dan, resultó central en este proceso de acompañamiento familiar que abría múltiples y diversas áreas de intervención: la singular con Ezequiel y su mamá, la familiar con sus hermanos y abuelos, la institucional realizando articulaciones y gestiones, y la particular con los profesionales y trabajadores en tanto portadores de un imaginario social que llevan a sus prácticas institucionales, que además, son de carácter público estatal.
El diseño de los objetivos mutando en el proceso
El diseño y la reformulación de objetivos han acompañado todo el proceso de intervención. La planificación estratégica (Rovere, 1997) se convierte en una modalidad obligada al tratarse de intervenciones en territorio. La complejidad del escenario social y comunitario requiere un replanteo permanente de objetivos, metodologías y estrategias.
Partimos de un objetivo inicial que estuvo muy lejos del que nos presentó la realidad familiar, comunitaria e institucional. Se necesitó reformular los objetivos y convocar a nuevos actores en su función de corresponsabilidad para el cumplimiento de los derechos, según establece la legislación de niñez y adolescencia (Ley 114, CABA, y Ley 26.061, Nacional).
Muchos interrogantes acompañaron todo el proceso de intervención. Posiblemente esta familia continúe necesitando de un acompañamiento. La apuesta por su autonomía y circulación autónoma por las instituciones de la comunidad se nos presentó como un dilema ético político. ¿Hasta cuándo continuar con el acompañamiento? ¿Cuál es el momento propicio para cesar esta intervención?
Las instituciones tradicionales de la política pública tienen fuertes limitaciones para flexibilizar las normas institucionales en la tensión exclusión-inclusión, y priorizar la segunda por sobre la primera. Fundamentaciones de lo obvio sirven de razón suficiente: “no concurrió”, “llegó tarde”, “viene sucio”, “le dio mal la medicación”.
Estas razones, posiblemente reales, son enunciadas y sostenidas por profesionales que conforman dichas instituciones. Y en muchas ocasiones puede significar la expulsión del sistema de un niño o de un grupo familiar que queda invisible e invisibilizado. ¿Cómo saldar esta tensión entre la rigidez de la norma y la inclusión social? ¿Dónde pensar la relación entre la política pública y los derechos? ¿Cuál es el rol que nos corresponde como profesionales en el quehacer de la política pública?
A su vez, el acompañamiento territorial es casi inexistente en las modalidades de intervención de las instituciones tradicionales. Entonces, ¿cómo atender las necesidades-derechos de quienes no concurren por sí mismos a las instituciones?
Interrogantes y turbulencias que insisten para no callar.
Turbulencias por los cambios en las realidades sociales y subjetivas y también en nuestro modos de interrogarnos ante los problemas emergentes desafían a los paradigmas tradicionales y exigen otras aperturas interdisciplinares y desafíos ético-políticos. Es urgente la dialogicidad y pensamiento crítico en los encuadres y las propuestas frente a las situaciones de turbulencias. (Zaldúa, 2011: 322).
Referencias bibliográficas
Almeida Filho, N. (2005). La ciencia tímida. Ensayos de deconstrucción de la Epidemiología. Buenos Aires: Lugar Editorial.
Baró, M. I. (1998). Psicología de la liberación. Madrid: Trotta.
Castoriadis, C. (1983). La institución imaginaria de la sociedad, 1. Barcelona: Tusquets.
Dustchazky, S. y Corea, C. (2002). Chicos en banda. Buenos Aires: Paidós.
Montero, M. (2003). Introducción a la psicología comunitaria. Buenos Aires: Paidós.
Pipo, V. (2000). “Desafiando al destino. Chicos y chicas en situaciones de calle y vulnerabilidad”. En Zaldúa G. (coord.). Epistemes y prácticas de psicología preventiva. Buenos Aires: Eudeba.
Rovere, M. (1997). “Planificación estratégica en salud; acompañando la democratización de un sector en crisis”. En Cuadernos médico sociales, 75; pp. 31-63.
Zaldúa, G. (2000). “Políticas sociales, ciudadanía y subjetividad”. En Zaldúa G. (coord.). Epistemes y prácticas de psicología preventiva. Buenos Aires: Eudeba.
— (2011a). “Debates sobre el ethos de cuidado y las cuestiones de género”. En Zaldúa G. (coord.). Epistemes y prácticas de psicología preventiva. Buenos Aires: Eudeba.
— (2011b). “Vulnerabilidades, turbulencias y posibilidades”. En Zaldúa G. (coord.). Epistemes y prácticas de psicología preventiva. Buenos Aires: Eudeba.








