La representación del espacio mexicano
The Plumed Serpent, de D. H. Lawrence, The Power and the Glory, de Graham Greene, y Under the Volcano, de Malcolm Lowry, son tres novelas inglesas publicadas entre 1926 y 1947 cuyas acciones se desarrollan dentro de los límites de un territorio que los propios autores llaman explícitamente “México”. El proceso de creación de las obras como productos retóricos conlleva la inclusión a nivel espacial de ciertos elementos del mundo fuera del texto que remiten a México, el país que los tres conocieron durante las décadas de 1920 y 1930, pero también la producción de un sistema intranarrativo en el que los espacios tienen una relación, significación e importancia que depende de las propias obras, por lo que se crea una red de lugares dentro del universo de la ficción con los que se construye el espacio mexicano. El estudio de la producción e interrelación de estos espacios permite una lectura de las tres novelas como un solo corpus de la literatura inglesa. Este corpus tiene, además de una misma referencia extranarrativa en el México visitado por sus autores, una temática en común a las tres obras: el problema de la insuficiencia de la religión institucional para responder a las necesidades del hombre europeo –o, específicamente, inglés– en el momento posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando se deja ver la inminencia de la Segunda.
México se convierte durante estas dos décadas en uno de los territorios explorados por artistas y pensadores que buscan en lugares lejanos una forma efectiva y auténtica de relacionarse con su propia espiritualidad. El espacio mexicano estudiado en esta investigación es el producto de esta etapa de exploración. En él, Lawrence, Greene y Lowry proyectan la experiencia del hombre moderno que tiene las posibilidades de salir de los alcances de “su isla” y conocer de primera mano lo que durante siglos se ha leído únicamente como recuentos de exploradores y conquistadores de siglos pasados. Este otro universo se transforma en un escenario narrativo que, además de permitirles una tabula rasa sobre la cual proponer nuevas formas de aproximación espiritual, se torna también hostil e inhóspito, replicando la relación existente entre el individuo y el espacio doméstico inconquistable, desdeñado en favor del mundo espiritual que es el que ofrece las respuestas al malestar generacional. En el espacio mexicano, un universo narrativo en el que el conflicto religioso se proyecta en las prácticas realizadas sobre el espacio, es a través del movimiento –un movimiento cuya trayectoria tiene también connotaciones religiosas– a través de lo cual los individuos son capaces al fin de relacionarse y situarse a sí mismos en él, de una forma que el espacio “estático” delimitado por la sociedad no se lo permite. Es así que el espacio mexicano se hace, finalmente, propio.
El análisis que he realizado a lo largo de esta investigación parte del elemento narrativo del espacio, pero descubre mucho más que los mecanismos de descripción por medio de los cuales este se hace presente en las obras. El estudio del espacio, una de las puertas de entrada al análisis narrativo, revela el corazón de la problemática de las tres novelas. Así, tal como proponen corrientes teóricas como la geocrítica o la cartografía literaria, “the spatial dimension of fictional accounts can actually be one key to the understanding of the whole plot” (Piatti y Hurni, 218). En las últimas décadas, el estudio del espacio narrativo se ha presentado cada vez con mayor énfasis como una herramienta útil para la comprensión de los métodos de representación literaria. Así, mientras que para Piatti y Hurni la dimensión espacial de los textos es una avenida para interpretar la trama, J. Hillis Miller descubre también que la propia topografía implica ya una narrativa[1]. Existe en las obras literarias una relación entre el espacio y la historia que está mediada por la forma, la retórica de la construcción literaria que requiere como precedente la comprensión de ambos elementos –el espacio y la historia– como productos de un proceso cultural que refleja necesariamente las limitaciones de su tiempo. Mucho más tarde de lo que ha sucedido con los estudios literarios sobre el tiempo, la trama o los personajes, el espacio ha venido apenas recientemente a comprenderse también como un tropo, y es apenas ahora que tenemos “a heightened awareness that texts do not represent ‘realities’ directly but are interesting for the mediation they perform as they reconfigure and (re)create what is given in the world around us” (Meader, 14). Es solo entonces que el espacio se ha convertido en una herramienta de análisis retórico y no de análisis de la realidad a la que se refiere en el mundo extranarrativo.
De entre las herramientas retóricas utilizadas para la construcción del universo espacial, la descripción ha sido la más estudiada debido a que es a través de ella a través de lo cual se revelan las relaciones entre el mundo narrativo y el geoespacio. La descripción ha sido entendida, por excelencia, como “[l]a forma discursiva privilegiada para la proyección del espacio diegético” o para “producir la ilusión de un espacio en los textos narrativos” (El relato en perspectiva, 39). La naturaleza pasiva y atemporal de la descripción –a diferencia de su opuesto narrativo, la acción– la ha situado como el nivel del discurso en el que podemos “ver” el espacio en el que suceden las acciones, por lo que su primera premisa es que sea fácilmente reconocible o identificable o, de no serlo, que sea descrito con la necesaria exactitud hasta que sea naturalizado en la narración y no constituya un problema para la comprensión de la trama. Esta noción del espacio como índice de la realidad –una realidad necesariamente extratextual– ha sido la base de los estudios literarios que toman este elemento narrativo como punto de partida.
Pero la descripción, como actividad retórica que, aunque se inspira en la realidad, no puede reproducirla por completo, termina por ser también una de las principales pruebas de artificio dentro de las obras literarias. Así, tal como afirma Mieke Bal en “Over-writing as Un-writing: Descriptions, World-Making, and Novelistic Time”, “description is a form of un-writing the reality claim of fiction” (580). Antes de buscar en la descripción de los espacios literarios su relación con la realidad fuera de los textos, es necesario reconocer que estos espacios son, ante todo, creaciones ficcionales. Es por ello por lo que los estudios de las obras de Lawrence, Greene y Lowry que buscan encontrar en sus novelas la respuesta a la situación del paisaje o el estado político-social de México parten de una premisa falaz. Las novelas no copian México, sino que lo representan a través de las estrategias estilísticas que cada uno de los autores elige para funcionar de forma coherente con la historia que buscan contar. Existe, por supuesto, una postura ideológica en cuanto a la selección y repetición de tropos sobre el mismo lugar, pero esto tiene que ver con estrategias discursivas y generacionales más que con la “esencia” que el país pueda tener. Para comprender el verdadero impacto de estas tres obras tanto dentro del canon de la literatura inglesa, como en el marco general de las literaturas escritas sobre México desde el extranjero, es necesario partir de que la representación “is possible precisely because it cannot copy, and it is culturally relevant because it will not try” (592). Es por ello por lo que en esta investigación no he buscado descubrir México a través de las obras de Lawrence, Greene y Lowry, sino cómo ha sido representado por estos tres autores. Es eso lo que hace pertinentes a las obras cerca de 100 años después de la publicación de la primera de ellas.
El estudio reciente del espacio literario ha venido enfatizando esta idea desde que Bakhtin, en sus conclusiones a “Forms of Time and of the Chronotope in the Novel”, previene sobre la confusión entre el mundo real como fuente de representaciones y las representaciones mismas. Para el ruso, “we must never confuse – as has been done up to now and is still often done – the represented world with the world outside the text (naive realism)” (253, énfasis original). Este “realismo ingenuo” solo puede evitarse conociendo las estrategias de representación utilizadas por cada uno de los creadores de los espacios ficcionales, y es por eso por lo que el análisis literario de las obras de Lawrence, Greene y Lowry tiene una validez más allá del campo de los propios estudios literarios, puesto que brinda una herramienta de análisis que devela las estrategias de construcción de un universo ficcional basado en un espacio real: México.
Y es que el hecho de que el espacio mexicano no sea una correspondencia exacta de México, sino una de sus representaciones, no significa que no haya en estas novelas un comentario sobre el mundo fuera del texto o que este no se deje ver en absoluto dentro de las obras. Pero es solo tras el reconocimiento de que se trata de un producto retórico tras lo cual se puede buscar la ideología implicada en él. Esto se debe a que el mundo fuera del texto y sus representaciones literarias “are nevertheless indissolubly tied up with each other and find themselves in continual mutual interaction” (254). Es por ello por lo que el estudio de la representación del espacio mexicano en estas tres novelas inglesas sí puede darnos resultados sobre la perspectiva inglesa sobre México (una relación en la que México ha sido hasta ahora el espacio representado, y los ingleses, los encargados de crear la representación; una relación unidireccional que empieza apenas a ser invertida en la literatura mexicana). La insistencia en utilizar el espacio mexicano como escenario de narraciones cuya problemática tiene que ver con la necesidad de nuevas formas de practicar la vida religiosa es un índice de la visión de México como un país cuyo pasado histórico está todavía íntimamente ligado a su historia religiosa[2]. Así, el pasado mítico-religioso de México es el elemento de la cultura mexicana que tiene mayor presencia en el imaginario cultural inglés, y como tal constituye el elemento temático que tienen en común tres novelas que se escriben durante el periodo de la Europa de entreguerras –un periodo caracterizado por la decepción por el estado espiritual del mundo– sobre el espacio mexicano.
Por lo tanto, realidad y representación, aunque no pueden fusionarse por completo, se enriquecen mutuamente hasta el grado en que pueden ser confundidas una por la otra. Para Bakhtin,
the real world enters the work and its world as part of the process of its creation, as well as part of its subsequent life, in a continual renewing of the work through the creative perception of listeners and readers (254).
El proceso de creación del espacio mexicano no es estático, no se detiene solo porque las obras han sido escritas y publicadas, sino que continúa formando parte de las relaciones sociales y literarias entre México e Inglaterra, que se alimentan en parte de lo ya producido para crear nuevas formas de representación. El estudio de la respuesta ante este corpus –las nuevas obras escritas por autores ingleses sobre México a partir de ese momento, así como las obras mexicanas escritas sobre Inglaterra– constituiría una segunda parte a esta investigación en la que sería posible observar ya no solo la influencia del geoespacio en la creación retórica del espacio literario, sino también la influencia directa de otras obras.
El estudio del espacio literario mexicano permite ver también las obras mismas como diferentes capas de un gran mapa del espacio mexicano. Como creadores/constructores de una forma de representación del espacio a través de sus novelas, Lawrence, Greene y Lowry son de cierta forma los cartógrafos del espacio mexicano en la literatura inglesa del siglo xx. Y es que, de acuerdo con Robert Tally Jr. en “Literary Cartography: Space, Representation, and Narrative”, “narrative itself is a form of mapping. Narrative is a fundamental way in which humans make sense of, or give form to, the world” (4). Tanto las novelas como los mapas son formas de representar el espacio que tienen como objetivo final darle un sentido a dicho espacio, significarlo con un propósito que va más allá del testimonio de la experiencia propia en él. El cartógrafo literario, como artífice, “determines the space to be represented, selects the elements to be included, draws the scale, and so on. In producing the narrative, the writer also produces a map of the space” (5). El mapa del espacio mexicano está producido en estas tres novelas a través de la selección de los espacios por representar y la conformación de este como un todo que, para propósitos de análisis, hemos diseccionado en cuatro partes: espacio topográfico, espacio social, espacio religioso y movimiento en el espacio. Pero, mientras que el agrupamiento de los sitios representados en las novelas dentro de estas cuatro categorías facilita comprender la función de cada uno de ellos para la trama, lo cierto es que la lectura de las novelas –especialmente la lectura de las tres novelas en conjunto– produce un solo mapa del espacio mexicano en el que las marcas topográficas, las casas propias y sus sustitutos, los espacios para la práctica religiosa y las rutas de tránsito, conviven todos sobre un mismo plano.
El rol de los autores como cartógrafos del espacio mexicano implica entonces un proceso de selección de los elementos que se incluyen en la representación. Para el estudio de estos elementos, es necesario tomar en cuenta, como hacen Phillip C. Muehrcke y Juliana O. Muehrcke en “Maps in Literature”, que, al momento de realizar esta selección, “[p]ersonal importance has taken precedence over geographical accuracy” (330). La ausencia de la Ciudad de México como centro funcional del espacio mexicano –a pesar de su aparición como punto de inicio del movimiento realizado en The Plumed Serpent– es una de las marcas de esta selección personal que supera la exactitud geográfica. Dado que México ha sido desde su fundación como la Nueva España un territorio absolutamente centralizado, en el que la ciudad capital es el centro social, político, económico, histórico y religioso del país, la negación de los autores a incluir este espacio como escenario importante en sus obras denota una de las más destacables diferencias entre el geoespacio y el espacio literario. Walker, que estudia las novelas a partir de la experiencia propia de los autores en México, afirma que “Lawrence loathed the capital” (44), que para Greene esta era “not at all what he had expected to find” (179) y que “Lowry was no more enamoured of Mexico City than were the […] other English writers who visited it” (300). Es así como una porción geográfica tan importante del país queda fuera del mapa debido a la postura personal de los autores en su función como cartógrafos de este espacio.
La exclusión de la Ciudad de México –o la brevedad de su aparición– en las novelas de Lawrence, Greene y Lowry es tan incongruente con una representación realista de México que ha sido analizada por la mayoría de los críticos que han estudiado las novelas en conjunto. Para Veitch, el impacto del paisaje rural en los autores fue tal que suplantó la vida urbana hasta casi anularla en sus obras. Así, “a recalcitrant topography and climate impose a mosaic of many different ways of life. The geographical fact not only reduces the effectiveness of the central state, but makes it seem a bizarre imposition” (8). Anaya Ferreira, por otra parte, aboga ya por la desaparición de una influencia inherente al espacio en favor del análisis de la perspectiva de los autores, concluyendo que son ellos quienes “no pudieron reconciliar la naturaleza de los conflictos del México moderno con sus expectativas (conscientes o inconscientes) de encontrar un modo primitivo de vida” (205). Para ella, es esta disonancia cognitiva la que los lleva a eliminar el espacio urbano en favor del rural, mucho más cercano a sus expectativas previas al contacto personal con el país. En ambos casos, la ausencia de la capital mexicana en las novelas indica inevitablemente la mediación de los autores –ya sea por el impacto del propio espacio en ellos o porque no cumple sus propias expectativas– como los encargados de crear la representación del espacio mexicano, y enfatiza que se trata de una creación retórica hecha por ellos.
El análisis literario a partir de la retórica de la construcción del espacio permite entonces mucho más que el reconocimiento de un mundo fuera del texto que es descrito como escenario para una obra de ficción. Al reconocer que existen una serie de procesos retóricos –entre los que incluimos para el caso específico de estas tres novelas: la nominación, el contraste, la selección, la repetición, la comparación, la simbolización, lo jerarquización, la homología y la apropiación–, es posible estudiar los mensajes que se esconden detrás de estos procesos. O, tal como lo define Van Noy en Surveying the Interior: Literary Cartographers and the Sense of Place, “how literature can be used for cartographic means: to control, order, or limn a place” (3). Y es que México ha sido analizado a través de la literatura que se ha escrito sobre él, una literatura cuyo corpus está compuesto, como he mostrado a lo largo de esta investigación, por obras de ficción que crean un espacio mexicano según las necesidades específicas de la trama. México y el espacio mexicano han sido tratados como si fueran la misma cosa, a través de lecturas “ingenuas” que no toman en cuenta el proceso retórico que sufre el primero para convertirse en el segundo.
El estudio de los procesos retóricos que construyen el espacio mexicano en The Plumed Serpent, de D. H. Lawrence, The Power and the Glory, de Graham Greene, y Under the Volcano, de Malcolm Lowry, arroja como primer resultado que la correferencialidad entre ciertos espacios narrativos y el geoespacio, el mundo fuera del texto, tiene la intención de reforzar este paralelismo entre el universo narrativo y la realidad. Se trata de una técnica que inserta en los textos diferentes índices de realidad que equiparan el espacio mexicano al México visitado por los autores. Este es el principal resultado del estudio del espacio topográfico: que es necesaria esta primera capa de “realidad” en el texto que sitúe al lector en una parte del globo terráqueo que no es la propia –dado que las novelas están escritas y publicadas para un público angloparlante– antes de adentrarse en el desarrollo tanto de la trama como del propio espacio.
El segundo resultado es que esta es solo una de las muchas formas en que los autores producen el espacio mexicano. Además de referir miméticamente –o con cierto mimetismo– al geoespacio, cada novela construye también sus propias redes de interrelaciones espaciales. Los espacios adquieren significado y validación para cada novela de acuerdo con la función que tienen en las acciones de los personajes. Estos espacios son presentados a través de una cierta jerarquía que coloca unos como más cercanos, anhelados o inaccesibles para los protagonistas y, en esta gama de posibilidades, la inaccesibilidad es la característica en común que describe los espacios habitados/habitables dentro del espacio mexicano. Este es el principal resultado del estudio del espacio social: que, como parte de la construcción de espacios relacionados intranarrativamente, la jerarquía de lo doméstico coloca el espacio privado, habitable, como el más anhelado a la vez que inaccesible para los protagonistas de estas novelas.
El tercer resultado es que la característica más importante del espacio mexicano dentro del corpus estudiado de la literatura inglesa es su capacidad de funcionar como un espacio religioso. El tema de la espiritualidad no solo está presente en las tres novelas, sino que sobre él gira la problemática más importante de todas ellas. Las tres, además, coinciden en reproducir en el uso que los personajes hacen del espacio religioso las ideas que se proponen en cada obra con respecto a la relación del hombre con su vida espiritual: ocupación, destrucción y sustitución. El resultado más importante del análisis del espacio religioso es mostrar que el espacio narrativo, como uno de los elementos funcionales con los que se construyen las novelas –equiparable al tiempo, los personajes, el punto de vista y la trama–, puede ser construido o incluso moldeado para enfatizar la ideología de cada obra. En el caso de estas novelas, aunque las ideas propuestas son diferentes, las tres tienen que ver con la religión y, por lo tanto, con el uso que sus protagonistas hacen del espacio religioso.
Finalmente, el último de los resultados logrados por esta investigación es que, en la representación de los distintos sitios y sus interrelaciones, es mediante el movimiento a través del espacio mexicano mediante lo cual se presenta en las tres novelas un proceso de apropiación entre este y los personajes principales. Si bien en la representación de los espacios habitados/habitables se enfatiza en la inaccesibilidad que el espacio mexicano representa para los protagonistas, el movimiento es la contraparte que les permite notarse a sí mismos como elementos dentro de ese espacio. El principal resultado del análisis del movimiento en el espacio es el encontrar que en las tres novelas no solo existen movimientos importantes a través del espacio mexicano, sino que estos son presentados como parte de la trama y, a su vez, ayudan a describir tanto al espacio mismo como a los personajes. El tipo de trayectoria seguida por ellos –peregrinación, persecución y procesión– indica también la profundidad de la relación entre el espacio mexicano y el elemento religioso, que rebasa los límites de los sitios dedicados para el culto espiritual para extenderse a todo el territorio. Así, el movimiento en el espacio mexicano, como una de las múltiples acciones que conforman las tramas de estas novelas, es el elemento más complejo del análisis en el que se conjuntan tanto la perspectiva del espacio topográfico, la contraparte a la inaccesibilidad del espacio social, la proliferación del espacio religioso y el despliegue de la identidad de los protagonistas.
Existe entonces en estas tres novelas una representación del espacio mexicano que a la vez lo produce. El producto es un espacio narrativo con ciertos lazos que lo identifican con México, pero que también está conformado por otras características: su inaccesibilidad como sitio habitado/habitable y la ubicuidad del elemento religioso. Esta imagen del espacio mexicano fue creada y reforzada tras la repetición coherente de los tropos analizados en esta investigación, que hasta ahora siguen sin ser contestados por nuevas formas de representación del espacio mexicano. El lugar de México en la literatura inglesa sigue, por lo tanto, dependiendo del corpus estudiado, el único hasta ahora que se ha ocupado –a partir de un grupo coherente de autores de una misma generación– de incluir este país como un espacio narrativo apto para historias escritas para el público inglés.
Apéndice 3. “The Town of Cuernavaca”

- “Every topography implies a narrative that unfolds through time” (Miller, 242).↵
- Incluso en la actualidad, las exposiciones más recientes que involucran la cultura mexicana en el Museo Británico recuperan máscaras y bustos del dios prehispánico Quetzalcóatl. Las piezas específicas se pueden consultar en el sitio web del Museo Británico: bit.ly/3pqzMHp.↵










