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Saberes y prácticas en la lechería familiar desde mediados del siglo XX

Gestión del trabajo, tiempo y vida cotidiana en los tambos bonaerenses en clave de género

Alejandra de Arce[1]

Introducción

La propuesta de este capítulo es describir y analizar los saberes y las prácticas de las familias tamberas en algunos distritos de la Cuenca de Abasto bonaerense desde mediados a fines del siglo XX. Aunque la ganadería ha sido pensada como un espacio de gestión masculino, para las explotaciones dedicadas a la lechería, el trabajo familiar adquiere relevancia histórica al tiempo que determina sus particularidades. Este rasgo se destaca en las regulaciones de la actividad sancionadas en 1946 por el Estatuto del tambero-mediero (Decreto Ley 3.750/46) cuya vigencia se extiende hasta 1999, cuando las transformaciones del sector se materialicen en el Contrato asociativo de explotación tambera (Ley 25169/99). Estas disposiciones rigen las condiciones de trabajo, alojamiento, remuneración y reglas disciplinarias de la actividad lechera primaria. Se ha señalado que el viejo Estatuto es un tipo de contrato sui generis en el que el tambero aparece como socio y a la vez dependiente del propietario (Pardo, 1947). La nueva legislación también genera discrepancias de interpretación y, en ese sentido, la mediería es señalada como una relación atípica de trabajo adecuada a la singularidad de la actividad tambera (Alferillo, 2007). En ambos casos, la presencia de la familia del firmante[2] está presupuesta en la normativa, tanto como su disponibilidad como fuerza de trabajo complementaria.

Desde los años de 1960, las transformaciones tecnológicas -y su impulso desde organismos estatales como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA)- modificarán los perfiles deseados para las explotaciones dedicadas a la lechería mientras estas exigencias demandarán adaptación por parte de las familias o su retiro de la actividad. El pasaje del ordeñe manual al mecanizado demanda tanto una adecuación del proceso de trabajo y su división de tareas como una re-calificación de los/as tamberos/as (Quaranta, 2003).

En este cambiante contexto, la modernización agropecuaria bonaerense ha sido foco de innumerables estudios (Barsky y Gelman, 2009). En proporción, el registro de la actividad tambera ha recibido menor tratamiento historiográfico que otros eslabones de la cadena agroalimentaria láctea (Cominiello, 2011; Solé 1987; Posada, 1995; Quaranta, 2003; Barros, 1999). Entre los diversos enfoques de estas investigaciones, la relevancia de las labores femeninas –en tanto doble presencia, en lo productivo y en lo doméstico– ha sido apuntada como dato aunque no motivó estudios específicos. En consecuencia, esta indagación analiza desde una perspectiva de género (Scott, 2003) la gestión de los tiempos, los tipos de trabajo y la sostenibilidad de la vida cotidiana (trabajos de cuidado) en la lechería familiar para avanzar en el conocimiento de las prácticas y saberes involucrados en esta actividad y su distribución.

Las fuentes que sustentarán este estudio serán testimonios orales de tamberos/as, estadísticas (provinciales, nacionales), prensa local, informes técnicos del INTA y del SENASA, publicaciones periódicas, etc. Mediante las herramientas teórico-metodológicas de las geografías del tiempo/de la vida cotidiana se abordarán estas prácticas analizando su espacialidad -dónde se realizan- si suponen desplazamientos, una estimación del tiempo consumido por cada una y los saberes que demandan, en los tambos de pequeña escala desde los años sesenta, cuando lenta pero progresivamente se impulsa la mecanización del sector. De esta manera, se pretende ponderar desde una perspectiva de género “el registro sistemático de prácticas espacio-temporales de los individuos y los hogares siguiendo trayectorias diarias, considerando sus movimientos, rupturas, los tiempos empleados y la secuencia de ‘estaciones’, incluyendo el hogar, el trabajo, la iglesia, las compras, la escuela, el ocio, las actividades comunitarias” (Lindón, 2016, p. 365). Enlazado al análisis de las prácticas se distinguirá los tipos de saberes en las que se fundan, sus formas de divulgación, transmisión y ejecución tanto como las resistencias a las transformaciones tecnológicas y/u organizacionales.

Actividad tambera y circuito de abasto en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XX

Se conoce como Cuenca Lechera de Abasto al territorio que rodea en un radio de entre 100 y 150 km al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde la actividad tambera estructura dinámicas productivas, familiares y sociales desde inicios del siglo XX (Barros, 1999). Las unidades territoriales dedicadas principalmente a la producción lechera, llamadas tambos, constituyen el primer eslabón de la cadena láctea que se completa con usinas e industrias del ramo. El carácter perecedero de la leche demanda una articulación particular de los actores involucrados en la producción, comercialización/distribución e industrialización del producto. Pensada hacia mediados del siglo XX como un espacio unificado y flexible (dada la estacionalidad del producto),[3] en los años noventa se opta por diferenciar y subdividir la cuenca de abasto entre “norte” y “sur”, conservando esta última un perfil de mayor cantidad de tambos chicos (SAYP, 1996). La importancia estratégica de la actual Cuenca de Abasto Sur en la provincia se fundamenta en su cercanía con los centros de consumo, localizados en el AMBA y en el Gran La Plata. Integrada por los partidos de Berisso, Brandsen, Cañuelas, Castelli, Chascomús, Ensenada, General Belgrano, General Las Heras, General Paz, General Rodríguez, Lezama, Lobos, Magdalena, Marcos Paz, Monte, Navarro, Punta Indio, San Vicente y Veinticinco de Mayo (Mapas 1 y 2) su constitución histórica se vincula con el arraigo de inmigrantes especializados en lechería y derivados y luego con el establecimiento de colonias con destino específico a la actividad tambera (Vértiz, 2014). Actualmente, la Cuenca de Abasto Sur ocupa el sexto lugar en relación al promedio de litros de leche producida a nivel país y el séptimo, si se contempla la cantidad de tambos registrados (OCLA, 2022).

Mapa 1: Cuenca de Abasto (Buenos Aires)

Fuente: Análisis y distribución de la producción lechera en la provincia de Buenos Aires (Asuntos Agrarios, marzo de 1962, p. 13).

Mapa 2: Cuenca de Abasto Sur (Buenos Aires)

Fuente: Cuencas lecheras argentinas en la década de 1960. En Mastellone (2000, p. 29).

De acuerdo a un informe elaborado en 1960 por Edmundo J. Billard, asesor de producción lechera del INTA, la Cuenca de Abasto de Buenos Aires se extiende hacia el oeste, sobre distritos con mejores tierras y hacia el sur, sobre campos bajos. Son responsables de la producción muchos tambos independientes, aunque también existen casos de tambos pertenecientes a estancias que operan en conjunto (de dos hasta varias decenas). En todos los casos, señala el especialista, las razas que predominan son Shorthorn y Holando argentino realizándose un solo ordeñe diario, de madrugada para alcanzar al tren o al camión. En general, las condiciones del espacio son señaladas como precarias: las instalaciones se reducen a un corral de tierra (con barro cuando llueve o polvo cuando no) y un poste alto para colgar el farol a kerosene que se utiliza en la madrugada durante el ordeño. La mecanización de estas tareas y la adecuación del resto de los requerimientos (división de corrales, mejora de pisos, tinglados, piletas de refrescado, reparo para la hacienda con árboles y agua disponible, etc.) avanza de manera lenta, según se describe en este estudio, debido al alto costo del equipo y la falta de preparación por parte de los tamberos. En esos años, el rendimiento medio para la cuenca se calcula entre 1000 y 1400 litros anuales por vaca, con un período de lactancia de alrededor de siete meses (cinco litros diarios). La superficie de los tambos varía entre 100 y 200 ha. con 60 a 140 vacas con sus terneros. La producción se destina primordialmente al consumo directo y los excedentes se industrializan (Billard, 1960, pp. 4-5).

La conclusión de este y otros diagnósticos (INTA, 1964; Wortman, 1965) apunta a la necesidad de la modernización para obtener mayores beneficios y un producto final de mejor calidad. Las transformaciones propuestas abarcaban tanto las lógicas y prácticas desarrolladas en las explotaciones (mecanización, manejo de pasturas, administración del tambo, control sanitario, cría de terneros, etc.) como las inadecuadas relaciones laborales. En ese mismo sentido, un conjunto de regulaciones para la cadena láctea se efectiviza e impactan especialmente en la actividad tambera. En 1957, la provincia de Buenos Aires establece la necesidad del tratamiento de la leche y su pasteurización/higienización en plantas autorizadas (decreto-ley 9595) y, hacia 1967 establece la obligatoriedad de este procedimiento (decreto-ley 7265). La sanción e implementación de la ordenanza 17342 en 1960, que impone la comercialización exclusiva de leche pasteurizada en la Capital Federal, constituye un hito fundamental en la transformación de todo el circuito de abasto (Buschini, 2018 y 2021). Su cumplimiento -no sin conflictividades- modifica en el mediano plazo las relaciones entre los productores, los medios de transporte rural-urbanos (ferrocarriles, camiones), los distribuidores urbanos independientes (“lecheros”, quienes tenían contratos con los productores) y las usinas pasteurizadoras que operaban en la ciudad.

Años más tarde, mediante el decreto 6640/63, el Estado nacional instaura la obligatoriedad de la pasteurización y tipificación de la leche, al tiempo que reglamenta incentivos para los tambos. Estos requisitos –enfocados en el contralor de la higiene del producto final– recaen sobre todas las explotaciones, y sus responsables deben ensayar las adaptaciones necesarias para persistir (Vertiz, 2021). La legislación que regula la calidad de la leche se complementa, además, con las normativas laborales y otra serie de políticas públicas destinadas al impulso de la mecanización y explotación racional, tanto como con aquellas que motorizan la conectividad entre los espacios rurales y urbanos donde circula el producto. Se ha señalado que estas medidas son fuertemente resistidas por los productores debido a la inversión que representan y al imperativo de cambiar arraigadas costumbres (Buschini, 2021).[4] En el mediano plazo, redefinieron las relaciones de poder entre el conjunto de actores involucrados en la cadena láctea, alentando la modernización de los tambos (mecanización y re-organización del trabajo), desplazando a los lecheros en la distribución del producto y otorgando ventajas a las usinas. De hecho, la fiscalización y calificación de leche pronto pasó a las manos de éstas, mientras algo similar ocurre con la fijación de los precios.

Según Quaranta (2003), los procesos de modernización y reestructuración en la actividad lechera en las últimas décadas del siglo XX –que implican la adopción de mejoras tecnológicas y el incremento de la productividad– no modifican sustancialmente la escasa división técnica del trabajo de los tamberos medieros, cuya presencia es significativa en este territorio. Las familias se adaptaron a las nuevas condiciones sin necesidad de supervisión directa del trabajo por parte de los propietarios de las explotaciones. Mientras tanto, los tambos familiares ubicados en la Cuenca de Abasto representaban el 40% pero solo aportan el 20% de la producción, evidenciando la tendencia a la concentración del sector. En estas explotaciones la incorporación de tecnología es exigua debido a la insuficiencia de capital y el ordeñe se efectúa al aire libre sobre piso de tierra, con la presencia del ternero y la ausencia de enfriado de la leche (Hildreth, 1976, p. 24).

Esta limitada tecnologización en el territorio de la Cuenca –quizá en algunos distritos más que en otros– se revierte paulatinamente en los años ochenta, cuando la mecanización del ordeñe se convierte en una necesidad para el aumento de la productividad y la adecuación impostergable a las nuevas medidas de higiene y calidad (Cominiello, 2011; Iglesias, 2000). Una de las consecuencias destacables de este proceso es la concentración productiva del sector, la preeminencia de la cúpula agroindustrial y, su contracara, la desaparición de un gran número de unidades tamberas.[5] La disminución del consumo incide también, acelerando la emigración rural (Barros, 1999; Barrios y Hopenhayn, 2001; Vertiz, 2017).

En este cambiante contexto, se ha discutido la organización de las tareas en la actividad lechera y sus transformaciones a partir de la implementación del ordeñe mecánico (Cominiello, 2011; Solé, 1987; Beltrame, 2010), así como las formas en que el nuevo proceso productivo redunda en la intensificación y calificación de la mano de obra, en función de las demandas de calidad (Cominiello, 2011; Nogueira, 2009; Iglesias, 2000; Quaranta, 2003). Por otra parte, se ha señalado la necesidad y el impacto del trabajo no remunerado –de acuerdo a las prescripciones de género– para el éxito de actividad tambera, más allá de la mecanización (de Arce, 2021 y 2022). Así, el conocimiento integral del complejo proceso productivo ha sido una de las capacidades fundamentales –y en muchos casos, insuficientes– de las familias tamberas.

Saberes, técnicas, tecnologías en la actividad lechera

Es innegable la centralidad del cambio tecnológico y su influencia en la producción agropecuaria. Sin embargo, también es cierto que dichos avances generan impactos diversos en las estructuras sociales agrarias, especialmente si pensamos en las explotaciones donde la familia es la responsable de la producción. Mucho se ha discutido sobre la adopción del paquete tecnológico y su repercusión en el proceso de agriculturización de la región pampeana (Tamagno, Iermanó y Sarandón, 2018) como también respecto de las estrategias de persistencia de los productores familiares (López Castro, 2009; Balsa, 2011; Muzlera, 2011, entre otros). El caso de la mecanización de la actividad lechera y su demanda de transformación de saberes y prácticas cotidianas del tambo en clave histórica ha suscitado menos interés (Cominiello, 2011; Iglesias, 2000; Quaranta, 2003). En este sentido, la perdurabilidad de lógicas y saberes productivos tradicionales convive (y/o resiste) la circulación y el avance de las innovaciones tecnológicas que se promueven desde el sector público y privado, más intensamente desde los años sesenta. El lugar del extensionismo rural en las políticas de desarrollo es central (de Arce y Salomón, 2018 y 2020; Landini y Murtagh, 2011, entre otros) como lo es la tensión entre visión transferencista o dialogal de su proceso de implementación.

Según Osán et. al (2010), la producción primaria de leche es muy demandante de mano de obra directa e indirecta y posee (al igual que toda la cadena láctea) una importancia fundamental en la economía de ciertas localidades y regiones, la que se ve afectada ante situaciones de crisis en el sector primario. De esta manera, el tambo constituye un núcleo central en las relaciones socioeconómicas en torno a la producción de la materia prima láctea que se asocia subsidiariamente a la recría bovina (Olivera, 2011). Su tamaño también va a determinar la forma de contratación de la mano de obra; existe la posibilidad de que el trabajo sea realizado por el tambero y su esposa, o auxiliado por sus hijos (ganadería/tambo familiar) o peones rurales, quienes no necesariamente revistan la figura de tamberos-medieros (Iglesias, 2000; Cominiello, 2011; Pardías, 2013; Vértiz, 2014; Dapelo, 2018).

En este sentido, el conocimiento integral del –complejo– proceso productivo es una de las capacidades fundamentales de los/as tamberos/as. Las tareas bajo su vigilancia y responsabilidad son múltiples e incluyen: realización de las tareas de ordeñe, cuidado de las vacas, cuidado del rodeo (alimentación y manejo reproductivo), cría de terneros, recría de hembras para su incorporación a la producción y atención de partos (Beltrame, 2010; Gutman, et. al, 2003). A estas operaciones deben agregarse las de limpieza del tambo y conservación del establecimiento (predio, galpones, etc.), control de calidad de la leche, control de salud de los animales, entrega de la producción en los recipientes adecuados, en los lugares y horarios establecidos. Además, si se amplía la mirada y se piensa en la gestión familiar que sostiene la actividad tambera, las tareas de cuidado -sostenibilidad de la vida- se enlazan con las labores denominadas productivas. Se incluyen en esta órbita también aquellas destinadas al autoconsumo (huerta y crianza de aves) comprendidas como trabajo doméstico ampliado que recae sobre las tamberas. En la lechería familiar la participación femenina es un eslabón fundamental e invisible del éxito de la explotación (de Arce, 2021 y 2022).

En este contexto, ¿en qué saberes fundamentan sus prácticas las familias tamberas de la Cuenca de Abasto durante la segunda mitad del siglo XX? ¿Cómo son valorados? ¿Cuál es la mirada de los agentes estatales?

Las propuestas de modernización de la cadena láctea son acompañadas de investigaciones intensivas sobre las características de cada uno de sus eslabones. Como se ha señalado, el punto de partida se encuentra en el tambo y las prácticas involucradas en su gestión son uno de los primeros aspectos a revisar en las recomendaciones de técnicos y expertos. Se asume que esta actividad se desarrolla en espacios con carencias infraestructurales (falta de red de vías de comunicación, plantas de refrigeración y/o receptorías) y una serie de otros imponderables relacionados con cuestiones de índole productiva, financiera, de costos y productividad como con otros factores asociados a regímenes impositivos y laborales.

Uno de los saberes específicos de la actividad está relacionado con la selección del rodeo. Las características de cada raza otorgan mayor o menor rinde o diversa rentabilidad en otros destinos (venta de carnes o industrialización de derivados). La selección de las razas Shorthorn y Holando Argentino en la cuenca de abasto (Wortman, 1965, p.29) revela una estrategia que combina mayor cantidad de grasa butirosa del ganado Shorthorn y su capacidad de venta en el mercado cárnico con la mayor cantidad de litros de leche que proporciona el ganado holando. Asociado a esto último se encuentra la gestión de la alimentación del rodeo, base de la productividad. La confección de calendarios sobre el rodeo lechero (siembra y suplementación) por parte de los profesionales del INTA incluye tanto recomendaciones sobre la manutención de las vacas lecheras como del resto del ganado, respetando los ciclos de vida y el clima (Ritondale, 1976). La distribución de estos saberes técnicos entre quienes integran la fase primaria tambera es considerada imprescindible para superar otros aspectos más problemáticos de la actividad, como lo es la mecanización, el bajo rendimiento “litro/hora hombre” que determina una baja productividad.

Respecto de los sistemas de ordeño, se ha mencionado el carácter empírico y rudimentario de los saberes y prácticas asociados al ordeñe manual. En este sentido se aduce el “espíritu conservador” de algunos/as tamberos/as y su despreocupación en materia de higiene (caída de barro, polvo u otro tipo de suciedad en el tarro, contagio de enfermedades entre vacas, etc.) como factores intrínsecos de estas prácticas que, junto con la presencia de los terneros al pie, constituyen gestiones antieconómicas (Billard, 1960; Wortman, 1965). La desconfianza –y la imposibilidad de inversión– en el sistema mecánico aleja a los/as productores/as de un sistema -calificado por los agentes del Estado como- racional. Wortman (1965, p. 36) afirma que el ordeñe mecánico es más beneficioso porque “un sólo hombre, con tres hijos, varones o mujeres, entre 12 y 16 años, puede ordeñar sin esfuerzo, dos veces, podría, un tambo de 100 a 120 vacas”. Se asume la gratuidad de la mano de obra familiar pues el mismo trabajo le costaría al tambero la contratación de 3 o 4 buenos ordeñadores. El beneficio se completa con la disponibilidad de tiempo para la realización de otras tareas del tambo como el control de sanidad.

Sin embargo, otro inconveniente significativo para la implementación de la mecanización en los tambos lo constituye la escasa electrificación del espacio rural en el que se emplaza la cuenca de abasto. Si bien los motores a combustión podrían reemplazar el suministro de energía eléctrica, este último tampoco es de fácil acceso para los/as tamberos/as, especialmente para los/as medieros/as, ya que la instalación del ordeño mecánico requiere de un cierto número de instalaciones fijas costosas (tinglados con pisos de cemento, bretes de madera, espacio para el motor y bombas de vacío) que no pueden afrontar. Para los tambos grandes, la dificultad mayor la presentaría el adiestramiento de los/as medieros/as en el cuidado tanto de los animales como de las máquinas y su higiene, tanto como la disponibilidad de motores de repuesto. Así, la tecnificación de las labores del tambo adquiere distintas dimensiones de complejidad al momento de su efectiva puesta en práctica.

La espacialidad en las explotaciones tamberas: organización del trabajo y familia

De acuerdo con Lindón (2016), las geografías de la vida cotidiana se construyen desde las concepciones del espacio percibido, concebido y vivido formuladas por Henry Lefebvre. Según Lefebvre (2013 [1974]), el espacio social envuelve las cosas producidas y comprende sus relaciones en su existencia y simultaneidad, en su orden y/o desorden. De esta manera, el espacio permite –como efecto de acciones pasadas– que tengan lugar algunas prácticas, mientras sugiere y/o prohíbe otras (Lefebvre, 2013, p. 129). Así, el autor afirma que “todo espacio social resulta de un proceso de múltiples aspectos y movimientos: lo significante y lo no-significante, lo percibido y lo vivido, la práctica y la teoría” (Lefebvre, 2013, p. 164). En la producción del espacio se involucran –conceptualmente– tres dimensiones: las prácticas espaciales (espacio percibido), las representaciones del espacio (espacio concebido) y los espacios de representación (espacio vivido). La primera se define por la experiencia material que vincula la realidad cotidiana (uso del tiempo) y la realidad urbana (redes de flujos y personas, mercancías y dinero que se asientan y/o transitan el territorio); engloban la producción y reproducción social. El espacio concebido es aquel que pertenece a los expertos: científicos y planificadores que elaboran signos y códigos de ordenación, fragmentación y restricción. El espacio vivido es el de la imaginación y lo simbólico dentro de la realidad material, el espacio de los usuarios y habitantes, de la búsqueda de la transformación. Estas dimensiones experimentan una constante tensión trialéctica, en la que las personas detentan agencia y pueden reinterpretar y resistir las representaciones y proponer renovadas prácticas espaciales (Lefebvre, 2013, pp. 15-16).

Basado en este enfoque, los análisis de las geografías de la vida cotidiana examinan “la interacción [entre] las personas situadas espacio-temporalmente en un contexto intersubjetivo desde el cual le dan sentido al espacio y al otro, en un proceso constante de interpretación (resignificación) y de construcción de los espacios de vida” (Lindón, 2016, p. 357). Entonces, este enfoque se aproxima a experiencias espaciales antes consideradas anecdóticas, irrelevantes o banales (ritmos cotidianos, sentidos del lugar) que atraviesan los grupos sociales o individuos.

Esta aproximación teórico metodológica se potencia en conjunción con las propuestas de las geografías de género en su intersección con el estudio de las ruralidades. La idealización de los espacios agrarios “donde el aire puro compensa la falta de infraestructuras y el aislamiento” –tal como señala Sampedro (1995) – y donde la cooperación reemplaza la falta de servicios sociales y la precariedad de los empleos y salarios sería compensada por el autoconsumo y otras prácticas se enfrenta a otra visión que remarca las carencias, donde el campo es “lo opuesto” a lo urbano. En ambas, el trabajo de las mujeres resulta tanto imprescindible como invisible. En este sentido, las similitudes trascienden las fronteras. Para el caso español, apunta Sampedro que:

La marginación femenina de los procesos de modernización y profesionalización agraria no se vio compensada por una mejora en las condiciones de trabajo estrictamente doméstico. Antes al contrario, el enorme esfuerzo económico que requirió la modernización de las explotaciones familiares agrarias se hizo muchas veces en detrimento de inversiones en equipamientos domésticos y reforma de las casas rurales. Las exigencias de la producción se impusieron a los aspectos más relacionados con la reproducción y con la calidad de vida, aspectos que repercuten directamente en la carga de trabajo soportado por el colectivo femenino. La modernización rural, en definitiva, benefició en lo social más a los hombres que a las mujeres (Sampedro, 1995, s/p.).

En la primera fase de la cadena lechera, el tambo se constituye en un espacio de vida y de trabajo. El análisis de la división de las tareas y su carácter generalizado ha sido abordado en otros escritos (de Arce, en prensa), centrar la mirada en la espacialidad implica re-pensar la gestión del cuidado (de animales, de la familia) reconstruyendo el continuum casa-tambo y la simultaneidad de tareas en la vida diaria de las personas involucradas en la actividad.

Entre la casa y el trabajo

Como se ha señalado, en la ganadería familiar dedicada a la producción lechera, los contratos de trabajo son celebrados con el tambero-mediero, presupuesto en la legislación como el responsable de la provisión del sustento del hogar. Sin embargo, la relevancia de la familia en la actividad puede observarse a partir del art. 12 donde se señala que el firmante “recibirá una casa-habitación con dos o más piezas, cocina y dependencias para la higiene personal con arreglo a las condiciones ambientales y naturaleza de la explotación, en forma de que disponga de una habitación para el matrimonio y otras para los hijos de cada sexo, no siendo indispensable su construcción con ladrillos. Esa población dispondrá, además de una habitación para peones, cuando los hubiere, y de un tinglado o ramada para guardar los elementos de trabajo”.[6] La inclusión informal (y estereotipada) de la familia y sus precarizadas condiciones de vida -que son constantes en las actividades de baja escala- regularizan la situación de hecho en que se trabaja en el campo bonaerense (de Arce, 2014). Al mismo tiempo, puede destacarse que este Estatuto limita los derechos y beneficios de la seguridad social del grupo doméstico mientras que distribuye las responsabilidades de manera desigual (de Arce, en prensa). Resulta interesante destacar la conceptualización en relación a la familia que se realiza en la nueva legislación. El Contrato Asociativo de explotación tambera (1999) señala que “El tambero-asociado como sujeto agrario autónomo será responsable por las obligaciones emergentes de la legislación laboral, previsional, fiscal y de seguridad social por los miembros de su grupo familiar y sus dependientes” (Art. 7, inc. E). Se sostiene la obligación de otorgar vivienda por parte del empresario-titular (Art. 9, inc. A): “El empresario-titular está obligado a proporcionarle una vivienda en condiciones normales de habitabilidad y uso funcional adecuado a las condiciones ambientales y costumbres zonales. La vivienda proporcionada será ocupada exclusivamente por el tambero- asociado y su núcleo familiar u otras personas que presten servicios en la explotación, dependientes del tambero-asociado. El tambero-asociado no podrá alterar el destino del inmueble en forma parcial o total, gratuita u onerosa, ni cederlo ni locar su uso a terceros. La violación de esta norma será causal de rescisión de contrato” (Ley 25169/1999).[7] Se aprecia una transformación de la centralidad de la residencia predial de la familia del firmante del contrato, eliminando la obligación de cesión de espacios para prácticas de autoconsumo cuando se asume la relocalización del hogar en núcleos urbanos.

Sin embargo, en los años sesenta, la proximidad de la vivienda y el tambo ha sido señalada como fundamental para el monitoreo y control de la hacienda. En el mismo sentido, la confortabilidad para la familia productora y la disponibilidad de habitaciones independientes para peones -tal como legisla el Estatuto- demuestran el carácter intensivo de este tipo de actividad (Wortman, 1965, p. 21). Esa proximidad permite la presencia simultánea de las mujeres en la actividad lechera (productiva) y en aquellas tareas asociadas al trabajo doméstico (reproductivas), que en su conjunto sostienen la vida y la unidad económica, sustentando el éxito de las explotaciones.

Imagen 1: Croquis de Tambo

Fuente: Como instalar un tambo.[8]

Reflexiones sobre la doble (y poco visible) presencia de las mujeres en los tambos

El trabajo en los tambos familiares –al igual que en otras actividades rurales– se sostiene en una distribución –tácita o acordada– de tareas a desempeñar por cada miembro en pos del éxito productivo común. Al mismo tiempo, esa organización está atravesada por presupuestos de género arraigados y legitimados en cada tiempo, espacio y cultura. En este estudio, se exploran –desde las propuestas de las geografías de la vida cotidiana– las características de la actividad lechera en la Cuenca de Abasto Sur de la provincia de Buenos Aires con el objetivo de distinguir esta división de tareas, su simultaneidad y los distintos tipos de saberes en las que se fundan. Se atiende, además, al contexto que promueve, tanto desde el Estado como desde sectores privados, la tecnologización de la actividad, que hacia los años noventa, se concentra al punto de expulsar a quienes no lograron ni mecanizarse ni transformar sus lógicas productivas.

La relevancia otorgada a los productos lácteos revela su centralidad para en la alimentación a escala nacional y provincial. Un breve recorrido histórico por la legislación que regula la actividad evidencia la interrelación entre los espacios de producción y de consumo, las limitaciones y estructuración de la actividad y, respecto de la organización laboral, un sesgo que le es intrínseco: ambos contratos (tanto el Estatuto de 1946 como la ley desde 1999) están pensados para ser firmados por el varón –padre de familia– quien toma la dirección de la explotación. Por un lado, es relevante señalar que no existe impedimento legal para que las mujeres puedan obrar como titulares, sólo la costumbre media para que no ejerzan el derecho (que, a su vez, las excluye de beneficios de la seguridad social). Únicamente las viudas –como en otras actividades agrarias– toman a su cargo la dirección del tambo y el compromiso con el propietario (si son medieras). Por otra parte, es destacable la pérdida de la centralidad de la familia a finales del siglo XX, cuando las migraciones rural-urbanas junto con la imposición de las nuevas tecnologías en esta actividad, cambian las lógicas residenciales de los productores.

Durante el periodo en estudio, el tambo familiar (en propiedad o por mediería) demanda una gran cantidad de trabajo de sus responsables y los avances tecnológicos no conllevan, necesariamente, un alivio sino una intensificación en las tareas. Por un lado, los/as tamberos y tamberas deberán re- acomodar sus vidas cotidianas al ritmo del ordeñe mecánico y capacitarse para operar las maquinarias. Sus saberes y prácticas serán cuestionados por los técnicos estatales, mientras nuevas formas de producir se impondrán bajo la exigencia de la pasteurización; legislación que refuerza el poder de las usinas lácteas en el territorio rural y de las empresas distribuidoras.

Por otro lado, en especial las mujeres, deberán continuar sosteniendo la superposición de las tareas de la explotación con las de cuidado y producción para el consumo familiar, en simultaneidad de tiempos y multiplicidad de espacios que ellas refieren como “cercanos”, pero que en realidad significan una movilización constante entre la casa y el espacio de ordeñe o el campo abierto. La contribución del trabajo no remunerado al sostén de la actividad lechera es fundamental y no es posible registrarla desde otras fuentes que no sean memorias o testimonios orales.

Referencias bibliográficas

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  1. CONICET, CEAR-UNQ.
  2. En este documento se ha procurado evitar el lenguaje sexista. Sin embargo, a fin de facilitar la lectura, no se incluye el recurso como la @ o X y se trató de limitar el uso de las barras “os/as”. En aquellos casos en que no se ha podido evitar pluralizar en masculino, dada la forma del idioma español de nombrar el plural, deseamos que se tenga en cuenta la intención no sexista.
  3. Wortman (1965) asevera que la zona de tambos que abastece a Buenos Aires no es fija. Mientras que en verano se contrae a un promedio de 120 km, en invierno alcanza una distancia promedio de 240 km. Dadas las características de la distribución (logística, transporte y estado de las rutas de conectividad) y la perecibilidad de la leche, la lejanía o cercanía entre los tambos y el destino final del producto es muy significativa.
  4. Buschini (2021, pp. 7-12). Se estimaba el consumo en 60 litros por persona cuando se calculaba que debía alcanzar alrededor de 150 litros.
  5. En 1964 existían en el país alrededor de 45.000 tambos y a principios de los noventa los tambos registrados apenas superan los 25.000.
  6. En el artículo 13 el Estatuto establece que: “El patrón concederá al tambero mediero, cerca de la población, el uso, sin cargo, de una hectárea de campo para huerta y crianza de aves, la que deberá ser cercada por cuenta del tambero mediero, en la ubicación que le fije el patrono”. Estas tareas corresponden al trabajo doméstico ampliado, característico de las ruralidades, mayormente desempeñado por mujeres y niños/as. Estatuto del tambero mediero (Decreto-Ley 3750/46). http://www.saij.gob.ar/legislacion/decreto_ley-nacional-3750-1946-estatuto_tambero_mediero.htm
  7. Contrato asociativo de explotación tambera (Ley 25169/1999). Disponible en: http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/60000-64999/60509/norma.htm
  8. Chacra y campo moderno, mayo de 1984, n° 642, p. 15.


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