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De la amistad como forma de vida: las Madres de Plaza de Mayo

Adrián Melo

I.

En sus últimos dichos y escritos y, específicamente, en la entrevista “De la amistad como forma de vida”, concedida a la revista Gai Pied y publicada en abril de 1981, Michel Foucault insistió en desarrollar el tópico de la amistad, tópico tan caro a la tradición filosófica desde Aristóteles, Epicuro o Friedrich Nietzsche, como una categoría política pasible de erigirse en resistencia a esas intrincadas redes del poder que, para el filósofo francés, suponían una madeja infinita que atravesaba el conjunto de lo mental, los corazones y los cuerpos en las sociedades modernas.

Para ejemplificar la noción de amistad como forma de vida, en la citada entrevista, en unas bellas páginas que les debían mucho a los relatos de la experiencia de su maestro Georges Dumézil en las trincheras de la Gran Guerra, Foucault describía:

Sucedía algo así en los campos de prisioneros. Había ahí soldados, jóvenes oficiales que pasaron allí meses, años, juntos. Durante la guerra del 14, los hombres vivían completamente juntos, unos con los otros, uno sobre los otros, y para ellos esto no era cualquier cosa en la medida en que la muerte estaba siempre presente y que, al final de cuentas, la devoción de uno por el otro, el servicio brindado era sancionado por un juego de vida y muerte. Fuera de algunas frases sobre la camaradería, la fraternidad del alma, de algunos testimonios muy parciales, ¿qué se sabe de estos huracanes afectivos, de las tempestades del corazón que pudieron producirse en esos momentos? Y uno se puede preguntar qué ha hecho que, en esas guerras absurdas, grotescas, esas masacres infernales, las gentes a pesar de todo se hayan sostenido. Se debió sin dudas a un tejido afectivo. […]. El honor, el coraje, el no perder la dignidad, el sacrificio, el salir de la trinchera con el compañero, delante del compañero, esto implicaba una trama afectiva muy intensa. […]. Sin duda, se tienen ahí las condiciones, no la única que ha permitido esta vida infernal en que los tipos, durante semanas, chapoteasen en el barro, entre los cadáveres, la mierda, murieran de hambre y estuviesen ebrios por la mañana, a la hora del ataque (Foucault, 3).

En la entrevista, Foucault se refería a la amistad y a las relaciones afectivas intensas entre varones. La camaradería, el compañerismo, la ternura, los cuidados, las subculturas del placer y los amores masculinos para toda la vida subvertían la codificación de las relaciones heterosexuales.

En las siguientes líneas, trataré de esbozar algunos argumentos exploratorios e introductorios que permiten extrapolar el concepto foucaultiano de la amistad como forma de vida a las Madres de Plaza de Mayo de Argentina. Según mi hipótesis, en un contexto en donde estaban en juego la vida y la muerte, la dictadura militar y el terrorismo de Estado argentino, las Madres de Plaza de Mayo forjaron un vínculo indisoluble y solidario entre ellas, que tomó la forma de diversas asociaciones y organizaciones políticas –Madres de Plaza de Mayo, Madres Línea Fundadora, Abuelas de Plaza de Mayo–, que perduró toda la vida y que se sigue manteniendo, pasado ya medio siglo. Las unió la desesperación, el dolor, el peligro de perder la vida y el coraje que supone no tener más nada que perder después de que les fuera arrebatado lo más preciado: la vida de sus hijxs. Pero también las une la solidaridad, la ternura, el cuidado, el afecto, el miedo común, las penas, las conquistas sociales y políticas, ciertas alegrías compartidas, sueños comunes, los recuerdos, el contarse confidencias referidas a sus vidas íntimas y personales y a las historias de sus hijxs. Se suele pensar y analizar a las Madres de Plaza de Mayo en términos de “madres” o “abuelas”, pero raramente en términos de amigas. Lo que pretendo afirmar es que gran parte del inmenso coraje, la resistencia, el inclaudicable valor que demostraron durante la dictadura militar y en los años que siguieron y un aspecto de su poder radican en el vínculo que establecieron entre ellas, un vínculo que puede definirse en términos de amistad.

II.

Mirta Acuña de Baravalle (1925-2024) buscaba a su hija embarazada y a su yerno. Había recorrido cuanto lugar le habían sugerido. Había llegado en busca de respuestas al Ministerio del Interior, donde siempre recibía como respuesta improperios o las mismas groserías. Una vez, en una de esas ocasiones, encontró una mirada cómplice. Una señora, que evidentemente estaba en la misma situación que ella, que también estaba buscando a sus hijxs desaparecidxs, salió con ella caminando de la Casa Rosada hacia la Plaza de Mayo. Se sentaron en un banco de la plaza. “Ahí vienen”, le susurró al oído mientras sacaba unas agujas de tejer para simular que estaba ocupada en otros menesteres. La señora en cuestión era Azucena Villaflor de De Vincenti (1924-1977), que quería saber qué había pasado con su hijo Néstor. Azucena estaba convencida de que la búsqueda no podía ser en solitario. “‘Si somos muchos, Videla nos va a tener que dar una respuesta’, insistió mientras miraba de reojo el tejido” (Bousquet, 1982: 29).

El sábado 30 de abril de 1977, convocadas por Azucena Villaflor, un grupo de catorce Madres se reunieron por primera vez en Plaza de Mayo para iniciar un reclamo colectivo por sus hijxs desaparecidxs por el accionar del terrorismo de Estado, que, en Argentina, implicó la secuencia secuestro-tortura-muerte-desaparición de miles de personas, realizada de manera oculta y sistemática. Un policía les ordenó “circular”, por lo que las madres tomadas del brazo por pares comenzaron a marchar. Fue el origen de las marchas de los jueves a las 15.30 horas. Tomadas del brazo por pares, como amigas. No son necesarias las palabras, caminar en silencio, respirar intensidades como base de la amistad. Tal como describe Aristóteles en Ética Nicomáquea, 1170a 29-1170b 5:

El que ve, siente (aisthánetai) el ver; el que escucha, siente el escuchar, el que camina, siente el caminar, y así para todas las otras actividades hay algo que siente que estamos ejerciéndolas, de modo que, si sentimos, nos sentimos sentir, y si pensamos, nos sentimos pensar, y esto es lo mismo que sentirse existir: existir significa, en efecto, sentir y pensar (1993: 254).

Como amigas, las Madres de Plaza de Mayo, “las Locas de Plaza de Mayo”, comenzaron una lucha por la verdad, la memoria y la justicia, que perduraría por medio siglo.

A los amigos no los unen solamente las palabas, los une el silencio, el caminar juntos, gestos y símbolos que conforman un mundo en común de complicidades, recuerdos y afectos que existen para ellos. Dos hitos para la historia de una amistad entre las Madres. Al principio, para identificarse, se colocaban un clavo en la solapa del saco. En octubre de 1977, decidieron participar de la peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Para identificarse entre la multitud, para reconocerse, una de ellas sugirió ponerse en la cabeza los pañales blancos de sus hijos. Había nacido el pañuelo blanco como emblema de lucha, pero también como símbolo de amistad. Los encuentros de cada jueves fueron el ritual de encuentro semanal.

III.

En “De la amistad como forma de vida”, Foucault se centra en la amistad entre varones. El filósofo pretende afirmar que, en definitiva, el problema de la homosexualidad en las sociedades modernas es el problema de la amistad entre varones. La imagen de dos muchachos que se tropiezan en la calle y quedan prendados con solo mirarse, se echan mano a las nalgas y se van a la cama para darse mutuamente un placer de quince minutos o media hora “supone una imagen mutilada de la homosexualidad”, poco efectiva para crear inquietud, por dos motivos:

… porque es vicaria de un ideal que debilita la belleza y porque suprime cualquier elemento turbador presente en el afecto, la ternura, la amistad, la fidelidad, el compañerismo, la camaradería que una sociedad remisa no puede acoger sin temor a que se armen alianzas, a que se anuden líneas de fuerza imprevisibles (Foucault, 1981: 6).

Por eso, más que el sexo entre varones, lo que puede resultar subversivo a la sociedad es que al otro día se despierten felices, que caminen juntos de la mano o abrazados como dos amigos por la calle. Por eso, Foucault concluye que “lo inquietante de la homosexualidad es el modo de vida homosexual más que el acto sexual mismo” (Foucault, 1981: 1).

La noción de modo de vida incorpora una diversificación de clases sociales, de diferencias de profesión, de niveles culturales, una diversificación que será también una forma de relación. Un modo de vida puede compartirse entre individuos de edad, estatus y actividad sociales diferentes. Puede dar lugar a relaciones intensas que no se asemejan a ninguna de las que están institucionalizadas, y, finalmente, un modo de vida puede dar lugar a una cultura y una ética. Se puede afirmar que los vínculos entre las Madres cumplen con esa noción de modo de vida que construyó una cultura y una ética de una subversión inéditas e incomparables a nivel de la praxis social y política. Un modo de vida que incluyó hasta una casa para convivir –la Casa de las Madres– y la idea de bienes comunitarios. Todo lo que cada Madre recibe es puesto a disposición de todas y es de todas, en un trastrocamiento absoluto de las relaciones de propiedad y de la base estructural de las relaciones capitalistas. En ese sentido, a la manera que lo plantean autores tales como Maurice Blanchot, Jean-Luc Nancy o Giorgio Agamben, nuevas formas de pensar, conceptualizar y practicar amistad posibilitan también nuevas formas de comunidad más redentoras. La amistad es el núcleo de la vida política.

Alejándonos de los propósitos que persigue Foucault con sus nociones y conceptos, el hecho de que se trate de una amistad entre mujeres constituye un plus de radicalidad y de subversión. No solamente por lo que implica en las sociedades patriarcales la visibilidad y el protagonismo político y social de las mujeres, ancestralmente relegadas de los lugares de poder y de los derechos políticos, sociales, culturales y religiosos. Sino porque, como desarrollan Marilyn Yalom y Theresa Donovan Brown en su libro Entre mujeres. Historia de la amistad femenina, la mayoría de los documentos sobre la amistad durante los dos primeros milenios de la historia occidental –desde el siglo vii a. C. hasta el 1600 de nuestra era– se ocupa solamente de los varones. Por supuesto, la mayor parte de esos documentos fueron escritos por hombres y para hombres. Pero el foco de la amistad masculina va más allá de la cuestión de género de autores y lectores. Los autores alababan la amistad como un dominio masculino no solo en función de la felicidad personal, sino por razones de solidaridad cívica y militar, contrario al gesto de Foucault que revelaba lazos intensos eróticos inconfesables para los poderes cívicos o militares hegemónicos.

Por ello, aun avanzado el siglo xxi, fue necesario para pensadoras como Yalom y Donovan Brown escribir una historia de la amistad femenina. Una historia que se remonte a la amistad entre Ruth y Naomí, Isabel y María, María Magdalena y otras prostitutas en la Biblia, a las monjas Hildegarda de Bingen e Isabel de Schonau en la Edad Media, a las amigas en el universo de Shakespeare, a Madame de Sévigné y Madame de La Fayette en el siglo xviii, a las Hermanas Negras o las amistades de las mujeres en la ficción en el siglo xx, entre tantas otras.

El propio Foucault hubo de reconocer el potencial de un libro sobre las amistades entre mujeres, Surpassing the Love of Men de Lillian Faderman, y la reconstrucción de relaciones de afección y pasión entre mujeres a partir de muy buenos documentos y testimonios. La autora encuentra el despliegue de relaciones entre mujeres en palabras y gestos que revelan cosas muy esenciales: amores, afecciones densas, maravillosas, soleadas o bien muy tristes. Quizás la amistad o las diversas amistades entre las Madres de Plazas de Mayo bien puedan situarse en esa genealogía y también sea necesario reconstruir esa historia de gestos, miradas, complicidades y afectividades.

En esa historia quizás sea también necesario relatar la amistad de niñez entre Hebe Pastor de Bonafini (1928-2022) y la hija de uno de los dueños de la fábrica de sombreros en El Dique donde trabajaba su padre. Basado en testimonios de la propia Hebe, en Hebe y la fábrica de sombreros, el poeta y escritor Demetrio Iramain da cuenta de las maneras en que la fábrica de sombreros Basso, Imperatore y Cía. constituyó para Hebe una escuela y un espacio de iniciación para el mundo del trabajo. A través de las luchas sindicales de su padre, asistió, de primera mano, a las primeras huelgas, advirtió con cólera y rabia la explotación de los sectores patronales, contempló la solidaridad y, en ocasiones, la traición entre trabajadores. A su vez, la amistad con la hija del dueño de la fábrica, una niña inválida y postrada en silla de ruedas, le produjo sentimientos ambivalentes: cariño y piedad y también mucho enojo al ver dos formas de vida muy diferentes y, probablemente, la ideología burguesa presente desde la niñez. Iramain parte de la hipótesis de que la militancia de Hebe es de tal intensidad y profundidad, que necesariamente es anterior a la desaparición de sus hijos Jorge Omar y Raúl Alfredo y de su nuera María Elena Bugnone Cepeda. En ese sentido, esa amistad –con todo lo que tienen las amistades de amores, celos, envidias, rencores, desavenencias– es crucial a la hora de pensar su trayectoria política.

También habría que incluir las incontables charlas y mateadas que Hebe tuvo con Carmen Arias, Madre de Plaza de Mayo por derecho propio, que dedicó su existencia a la búsqueda de su hermano desaparecido, charlas en las cuales, al decir de Carmen, hablaban sobre el pasado, sobre los recuerdos felices y otros no tanto, sobre la militancia de sus familiares, sobre los vínculos familiares. Fue quizás, más allá de la militancia, el vínculo afectivo forjado entre Hebe y Carmen el que llevó a Hebe a la confianza que depositó en Carmen y que tuvo su cumbre en octubre de 2017 –a cuarenta años de aquel octubre de 1977 en que las Madres adoptaron el símbolo del pañuelo blanco–, cuando Hebe le dio su propio pañuelo blanco, pasándole, de manera simbólica, la posta de su lugar de lucha.

IV.

En Políticas de la amistad, el filósofo Jacques Derrida parte del pacto que parece ser ley fundante de toda amistad: entre dos amigos, uno de los cuales morirá antes, y el otro deberá recordarlo. Esa es la verdad de los amigos desde el primer saludo. El duelo está adelantado, está siempre allí, antes de la muerte.

No hay amistad sin la posibilidad de que uno de los dos amigos muera antes que el otro, tal vez incluso en su presencia o ante sus ojos. Pues incluso cuando los amigos mueren juntos o, mejor dicho, en el mismo momento, su amistad habrá estado desde el principio estructurada por la posibilidad de que uno de los dos vea morir al otro, y que el superviviente se quede solo para enterrarle, para recordarle y guardar luto por él (Derrida, 2005: 10).

Al sobreviviente le toca la responsabilidad de llevar el mundo del amigo muerto, después del fin del mundo, de ese mundo singular y único que se ha muerto. Derrida lo expresa en los siguientes términos:

Lo que experimento ante la muerte de cualquiera, y de una manera más vehemente e incontrovertible ante la muerte de algún pariente o un amigo, de tal o cual persona querida, incluso cuando el amor está ausente o ha sido terriblemente contrariado, hasta el desprecio o el odio, es lo siguiente, algo que no tengo ni ganas ni fuerza de demostrar como hubiera podido hacerlo con una tesis: la muerte del otro, no únicamente pero sí principalmente si se le ama, no anuncia una ausencia, una desaparición, el final de tal o cual vida, es decir, de la posibilidad que tiene un mundo (siempre único) de aparecer tan como si estuviese vivo. La muerte proclama cada vez el final del mundo en su totalidad, el final de todo mundo posible, y cada vez el final del mundo como totalidad única, por lo tanto, irreemplazable y, por lo tanto, infinita (Derrida, 2005: 11).

Con cada amigo muerto, se produce, entonces, el fin del mundo y la consecuente responsabilidad del superviviente de llevar al otro y su mundo desaparecidos.

El 10 de diciembre de 1977, las Madres decidieron publicar una solicitada en el diario La Nación, bajo el título “Por una Navidad en paz, solo pedimos la verdad”. Para financiar la publicación, debieron juntar plata entre ellas, hacer una colecta. Se dividieron en distintos grupos que se reunieron en diferentes iglesias. El 8 de diciembre de 1977, un muchacho rubio que decía buscar a su hermano desaparecido y que decía llamarse Gustavo Niño apareció en la iglesia de Santa Cruz. Dejó su firma y un aporte bastante modesto. A la salida de la misa, una patota secuestró a dos de las Madres, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, junto a otros militantes que solían reunirse en esa parroquia, entre ellxs la monja francesa Alice Domon, Raquel Bulit, Patricia Oviedo, Ángela Auad de Genovés y Gabriel Horacio Horane. Al día siguiente, y en el marco del mismo operativo, fueron también secuestrados Remo Berardo, Horacio Elbert y José Julio Fondevilla.

Después de los secuestros, Azucena Villaflor trataba de ocultar su conmoción. El 10 de diciembre de 1977, hojeó el diario, pero la solicitada estaba borroneada. Le preguntó a su hija Cecilia si quería comer carne o pescado y, después de la respuesta de su hija, salió a comprar pescado y, a la vez, aprovechó la salida para comprar otro ejemplar del diario. Un grupo de tareas la emboscó en su barrio de Sarandí. Al mismo tiempo, era secuestrada otra monja francesa del grupo de la iglesia de Santa Cruz: Léonie Duquet. Como sus compañeras, Azucena fue llevada al campo clandestino de concentración que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde fue torturada hasta que perdió el conocimiento. Sobrevivientes contaron que constantemente preguntaba por el destino del muchacho rubio. Murió sin saber que era Alfredo Astiz, un oficial de la Marina que se había infiltrado entre los familiares de desaparecidos y que, según rezan las crónicas, como Judas, había marcado y vendido con un beso en la mejilla a cada una de las Madres que debían ser secuestradas.

La desaparición de las tres Madres fue uno de los más duros golpes asestados contra un movimiento que estaba surgiendo. Pero también fue la mecha que encendió el fuego sagrado de la resistencia. Después de algunas semanas de miedos y de dudas, Hebe de Bonafini fue casa por casa y logró convencer a sus compañeras de que había que volver a salir a las calles. Ella se percató de que, si las habían secuestrado, era porque estaban infligiendo daño, de que eran peligrosas para la dictadura.

Ahora las unía no solamente la búsqueda de la verdad sobre el destino de sus hijos, no solamente la resistencia activa contra la dictadura, sino también el compromiso derridiano de buscar el cuerpo, enterrarlo, hacer duelo por la amiga, recordar a la amiga muerta, la responsabilidad de toda amistad de cargar con la memoria de la amiga muerta, de mantener viva a la amiga y el mundo de la amiga, no meramente como recuerdo, sino como si aún continuara viva. Es así como Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga (1918-1977) y María Eugenia Ponce de Bianco (1924-1977) pudieron ingresar en la historia y en la memoria colectiva.

Fue de esa manera como se supo que Azucena Villaflor murió el 20 de diciembre de 1977. Fue esa lucha incesante, política, pero también política de la amistad, la que permitió que, en 2003, se encontraran y se pudieran identificar los restos de Azucena Villaflor entre los cadáveres NN de unas tumbas del cementerio de Lavalle. El 8 de diciembre de 2005, veintiocho años después de aquel hecho infame en la iglesia de Santa Cruz, en el marco de la vigésimo quinta marcha de resistencia de las Madres, las cenizas de Azucena Villaflor fueron enterradas a los pies de la Pirámide de Mayo, en el centro de la Plaza de Mayo. Finalmente, las Madres habían cumplido con el más doloroso de los compromisos y deberes de toda amiga que se precie de tal.

Cuando murió Hebe, Nora Cortiñas (1930-2024), la referente de Madres Línea Fundadora, le dedicó unas palabras de despedida y resaltó la senda compartida más allá de las diferencias políticas e ideológicas que habían llevado a una ruptura de la organización primigenia: “… una gran luchadora que nunca bajó los brazos y que peleó como tantos miles de madres contra esa dictadura sangrienta que tuvimos”. Cortiñas, madre de Gustavo, militante de la Juventud Peronista y Montoneros, secuestrado y desaparecido en abril de 1977, destacó que Bonafini estuvo “en los momentos más difíciles con todas las madres que acompañamos siempre, enfrentando lo que el pueblo no se merecía”.

Lo propio hizo Estela de Carlotto (1930), titular de las Abuelas de Plaza de Mayo, a pesar de largas discrepancias libradas en la escena pública con Hebe:

Había una diferencia en formas, maneras y a veces agravios, pero a mí esto se me borra porque la recuerdo por lo que fue: una luchadora por los derechos humanos. Mi recuerdo es enorme, son muchos años, hemos viajado por el mundo, hemos hecho tantas cosas. Ha sido una mujer fuerte y valiente.

Cortiñas y Carlotto podrían hacer suyas ciertas reflexiones que Maurice Blanchot ha hecho en ocasión del fallecimiento de su amigo Georges y que se plasman en el libro La amistad. En dicho texto, plantea que la amistad es una

relación sin dependencia, sin episodio, y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino solo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del convenio de que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación (Blanchot, 2007: 45).

A su vez, en la novela El último encuentro, el escritor Sándor Márai describe la amistad de dos amigos enfrentados por la clase social, diferentes formas de ver el mundo y el amor de una mujer que los lleva casi a la agresión física y al deseo de matar. Sin embargo, para Márai, el compromiso de amistad es para toda la vida, con independencia de las traiciones, los rencores, las debilidades, las distancias o de si uno no vuelve a ver al amigo nunca más en la vida. Más allá de los debates librados en la escena pública, de los desacuerdos que hasta tomaron forma de agravios (Hebe llamando públicamente “traidora” a Estela, entre tantos ejemplos), las Madres nunca olvidaron el pacto fundante de la amistad, ese instante que las unió en el para siempre que podemos pensar los humanos, ese momento que puede ejemplificarse en esa escena silenciosa de Azucena Villaflor sentada en el banco de la plaza, mirando de reojo a Mirta Acuña de Baravalle, englobando en un solo gesto la afectividad y el llamamiento a la acción futura.

Para Márai, la amistad no refiere al

placer momentáneo que sienten dos personas que se encuentran por casualidad, a la alegría que les embarga porque en un momento dado de su vida comparten las mismas ideas acerca de ciertas cuestiones, o porque comparten sus gustos y sus aficiones. Eso todavía no es amistad. […]. La amistad es la relación más intensa en la vida… La relación más noble que pueda haber entre los seres humanos y que por eso se presenta en tan pocas ocasiones. ¿Qué se esconde detrás de la amistad? ¿Simpatía? Se trata de una palabra hueca, pero consistente, cuyo contenido no puede ser suficiente para que dos personas se mantengan unidas, incluso en las situaciones más adversas, ayudándose y apoyándose de por vida. ¿Por pura simpatía? ¿O se trata quizás de otra cosa? ¿Habrá tal vez cierto erotismo en el fondo de cada relación humana? Naturalmente, la amistad es algo distinto. Al erotismo de la amistad no le hace falta el cuerpo, no le es atractivo, resulta incluso inútil. Sin embargo, no deja de ser erotismo. En el fondo de todo amor, de todo cariño, de toda relación humana late el erotismo. La amistad, así lo creo, es la relación más noble que puede haber entre los seres humanos. […]. El amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. ¿Qué valor tiene una amistad si solo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? Y si uno entrega a alguien toda la confianza en su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla. […]. No tenemos ningún derecho a exigir ni la verdad, ni la fidelidad de aquel a quien un día aceptamos como amigo (Márai, 2017: 97-100).

V.

Amistad y parresía. Retomando mi hipótesis, gran parte de la potencia de las Madres, de ese coraje que las llevó a enfrentar el peligro de vida y de muerte de las dictaduras, e incluso, luego, a denunciar las violaciones de los derechos humanos, los autoritarismos, las políticas económicas neoliberales o las injusticias de los gobiernos democráticos o a todo lo que les pareciera que estaba en las antípodas de los ideales de redención social por los que habían militado y desaparecido sus hijos, radica en la amistad entre ellas. En esa línea, las Madres de Plaza de Mayo nunca titubearon en decir públicamente lo que creían que era la verdad, aun cuando esa verdad las enfrentara hasta la injuria, entre ellas. Una verdad que bien puede definirse en términos foucaultianos como “parresía”.

Tomás Abraham explica, en referencia a las conferencias que Foucault dictó en la Universidad de Berkeley, California, en 1983, que el concepto foucaultiano de “parresía” se relaciona con la libertad y el deber. Y lo define como la actividad verbal en la que el hablante tiene una relación específica con 1) la verdad como franqueza, 2) con su vida en peligro, 3) consigo mismo y los otros a través del criticismo, 4) con la ley moral a través de la libertad y el deber. Específicamente, Abraham dice:

Parresía es una actividad verbal en la que el hablante expresa su relación personal a la verdad y arriesga su vida porque reconoce el decir la verdad como un deber para mejorar o ayudar a otros (como también a sí mismo). En la parresía, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en lugar de la persuasión, verdad en vez de falsedad o silencio. Riesgo de muerte en lugar de vida o seguridad. Crítica en vez de adulación. Deber moral en vez de interés propio o apatía moral (Abraham, 1992: 45).

Abraham subraya que una prueba de la sinceridad del parresiastés es su coraje, el hecho de que el hablante dice algo peligroso. Pero no siempre es la propia vida lo que se arriesga en la parresía, también se puede perder la amistad. Por eso, el decir la verdad debe darse en el juego “entre” la vida y la muerte. La relación de la parresía con la verdad que decían y dicen las Madres es evidente. Por eso, continúa Abraham,

el parresiastés se enfrenta al rey o tirano que puede castigarlo por lo que dice. Como la amenaza de muerte viene de otro, el parresiastés está obligado a tener una relación de peligro con este otro superior. Pero el parresiastés primero elige una relación consigo mismo. Prefiere ser un “truth teller”, un decidor de verdad, que un ser humano que es falso consigo mismo (Abraham, 1992: 44).

Hebe de Bonafini fue el paradigma del parresiastés. El 9 de diciembre de 1985, en pleno Juicio a las Juntas Militares responsables del terrorismo de Estado, Hebe se retiró del recinto cuando se dictó la primera absolución y repudió el fallo. Previamente, al comienzo de la lectura del fallo, se resistió a la orden que le realizaran los fiscales Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo de quitarse el pañuelo blanco porque representaba “un símbolo político”. Como presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, fue una de las más fervientes opositoras a brindar testimonio frente a la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas, a aceptar la reparación histórica monetaria establecida por la Ley 24.411, y a la Ley 24.321, que creaba la figura del detenido-desaparecido. Ella no reconocía esta figura debido a complejas razones, entre las cuales la principal era la política de reclamar la “aparición con vida”, porque lo contrario implicaba renunciar a recobrar los cuerpos o darles sepultura. Tal como narró Ulises Gorini en su Historia de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe lo llamó “asesino” a Videla, mentiroso” a Alfonsín, “cerdo” al papa Juan Pablo II, “basura” a Menem y “mierda” a Macri. Como señala Pablo Llonto:

Hebe decía la verdad. O quizás, para ser precisos, fue la menos hipócrita de todas aquellas que en defensa de los derechos humanos recorrieron el mundo. Prefirió alejarse de las bendiciones de una buena foto, de un buen hotel o una buena cena. Bien hace Demetrio en recordar el almuerzo con Mirtha Legrand al que concurrió para decir lo que había que decir y poner los libros –y no la comida– sobre el plato de la mesa engalanada. Contar la verdad siempre incluyó sus propios dolores y miserias familiares (Iramain, 2025: 9).

De esa manera, Hebe se peleó con mucha gente, con su coherencia y ética política –que algunos llamaron “intransigente” y la llevaron a catalogarla nuevamente como loca–, perdió muchos amigos. Pero, si algo la caracterizó, es que nunca dejó de identificar a quienes eran los verdaderos enemigos: los genocidas de la dictadura, sus aliados silenciosos frecuentemente lobos con piel de cordero, los concentradores de riqueza, parte de la Iglesia católica directa o silenciosamente cómplice de la dictadura militar y los medios masivos hegemónicos.

La parresía como acto solitario, individual, el de aquellas que hacen de su vida una obra de arte, el de los poetas, que en su estética, ética y política de la existencia se plantan frente al poder para resistir, para decir no. La parresía, un acto que no puede dejar de pensarse como inmerso en un proyecto colectivo, que quizás encuentra su fortaleza y su plenitud en la amistad entre mujeres, en la amistad entre las Madres.

Referencias bibliográficas

Abraham, Tomás (editor) (1992), Michel Foucault: discurso y verdad. La problematización de la parrhesía. Texto resumido y traducido del inglés por Tomás Abraham, Seis conferencias de Michel Foucault en la Universidad de Berkeley, California, 1993, Buenos Aires, Ediciones Letra Buena.

Agamben, Giorgio (2005), La amistad, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

Aristóteles (1993), Ética Nicomáquea, Madrid, Gredos.

Blanchot, Maurice (2007), La amistad, Madrid, Trotta.

Bousquet, Jean-Pierre (1982), Las locas de Plaza de Mayo, Buenos Aires, El Cid Editor.

Derrida, Jacques (2005), Políticas de la amistad, Madrid, Trotta.

Foucault, Michel (1981), “De la amistad como forma de vida”. Entrevista con R. de Ceccaty, J. Danet y Jean Le Bitoux, Revista Gai Pied, n.º 25, abril de 1981.

Gorini, Ulises (2017), La rebelión de las madres: historia de las Madres de Plaza de Mayo 1976-1983, La Plata, EDULP.

Iramain, Demetrio (2025), Hebe y la fábrica de sombreros, Buenos Aires, GES.

Márai, Sándor (2017), El último encuentro, Barcelona, Salamandra.

Martin, Alfredo (1989), Les mères “folles” de la Place de Mai, París, Renadout et Cie.

Nancy, Jean Luc (2016), La comunidad revocada, Buenos Aires, Mardulce.

Yalom, Marilyn y Brown Donovan, Theresa (2018), Entre mujeres. Una historia de la amistad femenina, Buenos Aires, Paidós.



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