Carlos Gallegos Elías
Vivimos un momento de enorme complejidad, donde las viejas formas de articulación económica, social y política están en crisis, una profunda y extensa crisis que ha sacudido a todos los países con una gran fuerza. Sin embargo los viejos poderes económicos aún pueden imponer condiciones que les sean beneficiosas. En rigor una suerte de respiración artificial para el sistema.
Respuestas de este orden se están dando institucionalmente, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, en el marco de una ortodoxia tan estricta como la que imponen a países como los nuestros.
Pienso sobre todo en países como México, Argentina, Chile, Brasil, a los que aplican una y otra vez las mismas recetas que llevaron a la profundización de la crisis y que ya mostraron su inutilidad. Con el argumento de que se trata de salvar el sistema: en realidad, salvar a los grandes empresarios, salvar a quienes originaron la crisis. Son las exigencias del mercado, un eufemismo para no decir de manera explícita exigencias de los grandes bancos y empresarios, salvamento que se impone a costa de las mayorías, porque se contrae la inversión social, se reducen sueldos y se eliminan prestaciones para proteger las ganancias empresariales.
Para nosotros esto plantea toda una serie de interrogantes: debemos preguntarnos por qué la crisis que se origina en el ámbito financiero alcanza esas dimensiones: esa enorme extensión y esa profundidad más allá de todo lo que conocíamos al respecto.
A pesar de todos los esfuerzos que están haciendo con las recetas probadas en el pasado, estamos frente a un problema sin solución, los controles no funcionan y la economía financiera requiere respiración artificial. La insolvencia financiera en Estados Unidos, en Grecia, Italia, España y Portugal; el desplazamiento del eje del poder económico a Asia, la creciente erosión de la hegemonía norteamericana; la emergencia de nuevos interlocutores como Brasil, Rusia, India y China y, desde luego, también el traspaso de la capacidad soberana de los Estados nacionales a favor de la toma de decisiones de organismos supranacionales conforma un proceso nuevo que no acaba de emerger, un nuevo objeto del conocimiento todavía sin construir.
En el caso de México pensamos que lo que está ocurriendo en la economía no puede ser controlado a través de una retórica optimista y que se está prefigurando un entorno de crisis en la estructura productiva, agravada por lo que ocurre en la política, donde estamos en presencia de la irrupción, cada vez más violenta de una nueva forma de articulación del poder, de un nuevo sujeto, con una fuerza enorme en la escena: los narcotraficantes, quienes han constituido una fuerza política que define las conductas del Estado, y no solo eso, sino que, me parece, aunque va a ser muy difícil que lo admitan institucionalmente, ya estamos en presencia de formas de articulación, que empiezan a configurar una suerte de narcoestado.
Un Estado fallido o un gobierno fallido, como ustedes prefieran, pero de todas maneras, solo contamos con instituciones incapaces de responder a estos desafíos, que se han mostrado una y otra vez inútiles para enfrentar circunstancias nuevas. Las viejas instituciones no sirven para enfrentar la emergencia de estos nuevos retos y no hemos sido capaces como sociedad de generar las instituciones nuevas que sirvan para responder a esas necesidades.
Tenemos que preguntarnos qué tiene que ver esto con las ciencias sociales, qué tiene que ver con la reflexión política, qué tiene que ver con lo que con nosotros debemos hacer en la universidad. No hemos sido capaces de imaginar y de formar para entender ese mundo distinto.
El mundo que aprendimos a explicar ya no existe y esto nos plantea problemas muy serios. Asistimos a un proceso de profunda descomposición política que se está dando al mismo tiempo: una veloz modernización tecnológica, resultado del descubrimiento de nuevas posibilidades científicas, de nuevas posibilidades de aplicación y conocimiento científico que está yendo también por un camino no previsto ni deseable; esos recursos tecnológicos también sirven de una manera no esperada: al control autoritario de la población, al espionaje institucional y al lavado de dinero.
Son el sustento de todos los procesos de globalización, que al mismo tiempo generan la posibilidad de construir la sociedad del conocimiento y la globalización de la miseria y del crimen. Las mismas herramientas tecnológicas que usamos para producir el conocimiento científico las usa el crimen organizado internacional para alcanzar el crecimiento exponencial que hoy conocemos.
Bueno, todo esto configura una cuestión muy compleja y plantea un reto enorme para lo que nosotros hacemos en ciencias sociales. ¿Por qué? Porque lo que nos encontramos hoy, y vuelvo a insistir en esto, es que cada vez emergen nuevos objetos de investigación, mucho más complejos, a los cuales no podemos acercarnos desde las visiones tradicionales.
Así que tenemos ahí una formidable tarea por delante: aprender a desaprender lo aprendido, a desaprender lo que hemos supuesto como la base de todo lo que sabemos y empezar a aprender lo que no nos han enseñado, empezar a aprender por nosotros mismos en un entorno particularmente difícil en el cual este hecho, esta necesidad de desaprender para aprender lo que no nos han enseñado, plantea un desafío enorme para la formación y la investigación en ciencias sociales.
¿Cómo pensar esto nuevo si no estamos formados para enfrentar lo emergente? porque estamos acostumbrados, o por lo menos, así fui formado y me parece que así se formaron la mayor parte de los profesores en ejercicio, con patrones muy tradicionales que vienen de la sociología europea y norteamericana, donde hay una forma de hacer las cosas, hay un canon consagrado y esa es la forma válida… porque es la forma legítima y reconocida; pero resulta que la realidad nos sobrepasa porque nada puede ser explicado solo desde la antropología o solo desde la sociología o desde la política, es decir, nada puede ser comprendido desde una perspectiva disciplinaria, nomotética tradicional.
Creo que, tal como se discutió en el Coloquio sobre las Ciencias Sociales en la Fundación Gulbenkian, en Lisboa en junio de 1994, en la Maison de Sciences de I´Homme en París en enero de 1995, y en el Fernand Braudel Centrer en Binghamton en abril de 1995, sobre la urgencia de reestructurar y de abrir las ciencias sociales, hoy más que nunca es una necesidad absolutamente inaplazable, para preguntarnos cómo explicar lo que está ocurriendo hoy y para entender esta nueva forma de avance tecnológico que le da un valor distinto a lo que sabemos. Lo que está claro hoy es que las ciencias sociales y sus herramientas, las técnicas de investigación que nos ha legado la tradición teórica, no son capaces de explicar lo que ocurre y es necesario pensar desde lógicas multidisciplinarias y complejas.
Ese valor distinto está dado porque la globalización o mundialización es una forma de avance tecnológico que permite una enorme flexibilidad productiva y que le da un valor distinto al conocimiento, porque lo convierte en un factor estratégico.
Producir y comercializar ese conocimiento es lo que permite dar mayor valor agregado al capital, es decir, ya no solo es el capital que se reproduce a sí mismo, sino el capital que se reproduce gracias al conocimiento, a la explotación del conocimiento y ahí tenemos otra vez un problema nuevo: lo que los científicos y, entre ellos, los científicos sociales producimos ahora ya no solo es ciencia, no solo es conocimiento, sino que somos productores de un valor financiero de tal magnitud que incluso llega a ser hasta más de la mitad del PIB de los países más desarrollados, donde el valor de las transacciones por la comercialización del conocimiento genera nuevos modos de producción, que están marcados por ese valor agregado por los saberes nuevos.
Lo que venden las empresas más importantes del mundo por capital y volumen de ventas es conocimiento resultado de investigación científica de vanguardia. La investigación en genética o en informática o en economía financiera crea conocimiento y suma valor agregado al capital invertido (no es casualidad que los mejores análisis de coyuntura se hagan en las empresas financieras: de una decisión oportuna y atinada depende la ganancia), produce ganancias en una escala no conocida antes y permite la ultraconcentración del capital de tal manera que estos enormes avances de la ciencia, al mismo tiempo, dan lugar a nuevas articulaciones del poder financiero y, por tanto, del poder político y de la estructura social, y algo todavía más importante: la necesidad de nuevos procesos cognoscitivos, porque ya no podemos pensar de la misma manera y tenemos que imaginar nuevas posibilidades de producción y transmisión de ese conocimiento, una visión que hoy llamaríamos pensamiento complejo y transdisciplinario.
Regresemos a la escuela: tenemos que preguntarnos cómo pensar para que en las universidades seamos capaces producir y transmitir nuevos saberes, de darles ese contenido de complejidad que atraviesa todas las disciplinas, que pueda ser capaz de explicar esos fenómenos nuevos y cada vez más complejos. Cómo imaginar esas herramientas que nos permitan conocer fenómenos que todavía no aparecen, que todavía no se muestran pero que ya están aquí.
El desafío es muy grande porque coloca en el centro de la discusión una pregunta que es central: ¿cuál es la pertinencia y la validez de este complejo de ideas, de este entramado de métodos, de conocimientos? Acerca de lo que es la ciencia y de cómo se construye, porque el acervo que heredamos de la física empírica y del modelo mertoniano de ciencia social, nuestra tradición teórica, epistemológica y metodológica, difícilmente puede dar cuenta de lo que hoy requerimos explicar y saber.
¿Cómo hacemos? ¿Cómo evaluamos la capacidad explicativa que tienen esos saberes? Desde luego que esta forma de conocimiento es un acervo histórico, un punto de partida necesario, que todos reconocemos como un acervo legítimo, nuestro problema es que hasta ahora esta legitimidad es el parámetro que nos permite decidir cuáles son las respuestas significativas, cuáles sí son los significantes explicativos, cuáles sí son los significados que explican la realidad, o sea, cómo es que sí se produce ciencia, para que esta sea legítima y aceptable, porque está elaborada bajo un paradigma que una comunidad académica reconoce como científico.
Así que hoy más que nunca tenemos que preguntarnos si esta forma de producir conocimiento y esta forma de transmitirlo es más que una forma dominante de articulación social en la cual este modo de producción del conocimiento es el modo dominante, un modo de construir la dirección cultural de la sociedad y la hegemonía política, cuyo efecto real es excluir cualquier otro saber que se produzca por fuera de esos parámetros reconocidos y admitidos como válidos.
Una dirección cultural de la sociedad que no es otra cosa que imponernos un rumbo de pensamiento. Esto que llamamos sociedad del conocimiento es en realidad la forma nueva de dominación, es como denotamos hoy a la dominación.
Debemos saberlo, porque es necesario ser capaces de reconocer ese saber hegemónico, ser capaces de comprenderlo, de identificarlo, de explicarlo, para usarlo en sus propios términos o para usarlo contrahegemónicamente.
Desde mi perspectiva, pienso que la gran tarea es usarlo contrahegemónicamente y esa es una gran responsabilidad, porque solo así podemos entender lo que ocurre hoy, si nosotros asumimos que el papel que cumplimos también es de carácter político: explicamos la realidad para transformarla. Una tarea profundamente revolucionaria porque es necesario construir un pensamiento capaz de subvertir un orden de ideas que legitima la desigualdad y la exclusión.
Necesitamos recuperar la tradición del pensamiento crítico cuyos autores más relevantes nos han legado magníficos ejemplos de la capacidad explicativa de la epistemología crítica.
La crisis que hoy vivimos es una crisis sistémica, globalizada, de una profundidad que no tiene precedentes, es una crisis nueva. Y la economía política clásica no es capaz de explicarnos lo que ocurre hoy. La economía contemporánea aun de manera más marcada se mantiene en los límites de una sola perspectiva, una suerte de fundamentalismo que generó esta crisis y que solo propone como respuesta más de lo mismo: un camino sin futuro.
La crisis en el orden político nos muestra que los espacios de articulación política no se dan en los partidos…, si es que podemos llamar partidos a lo que tenemos en nuestros países… la articulación y la negociación entre las distintas fuerzas que operan en la escena política se dan por fuera de los llamados partidos políticos, circunstancias que no pueden ser explicadas desde Duverger o Bobbio, desde la sociología política clásica.
Uno tiene que preguntarse qué es lo que ocurre hoy, quiénes concurren en el campo político, cómo trabajan, a quién sirven y nuestras disciplinas, tal como hoy las conocemos, no pueden darnos respuesta para entender cómo operan estas elites facciosas que, como hemos visto una y otra vez, siempre tienen como recurso el fraude sistémico y el asesinato político. Eso no lo explican los clásicos, pero ahí está como un reto para nosotros.
Un ejemplo en el caso de México, que conozco más de cerca, sería preguntarnos cuál es la naturaleza de este Estado nacional que no tiene el pleno control del territorio, que le ha sido arrebatado por el crimen organizado. No lo tiene en la frontera norte del país, tampoco en muchas áreas de la costa del Pacífico y de una manera muy peculiar en nuestras fronteras norte y sur, donde conviven el poder de los traficantes de drogas, personas y armas y los gobiernos federales y locales. Si el Estado mexicano no tiene el control del territorio, que es uno de los elementos centrales del Estado nacional, entonces cabe preguntarnos: ¿cómo denominar y analizar esta amalgama entre el poder de la delincuencia organizada y las autoridades constituidas?, preguntarnos ¿cuál es la naturaleza de esta suerte de ausencia del Estado?
Si no se tiene el control del territorio, el Estado no puede cumplir una de sus funciones centrales que es velar por la seguridad de sus habitantes. Otra vez estamos frente a fenómenos nuevos radicalmente distintos a los que conocíamos, en donde tenemos que imaginar cómo pensar esos nuevos procesos y por lo tanto nuevos objetos de investigación política, social y económica.
Insisto en que es necesario desaprender lo aprendido para abrir el espacio a lo que todavía no sabemos, porque solo así, solo si abrimos este espacio en nuestra percepción, podemos empezar a conjeturar respuestas posibles.
La dificultad está en romper con los patrones tradicionales, donde el marco teórico, es decir, el conocimiento legitimado por las comunidades académicas no es capaz de ayudarnos a resolver ningún problema, porque ha sido rebasado por una realidad que fluye mucho más rápidamente que el pensamiento teórico.
Tenemos que encontrar cómo usar los saberes tradicionales de manera contrahegemónica, porque si bien podemos hacer preguntas, también es cierto que no nos planteamos por qué preguntamos lo que preguntamos y entonces lo que tenemos que hacer es empezar de otra manera.
Empezar desde la historia de aquello que queremos explicar es la tarea más compleja: construir un objeto en rigor significa responder la pregunta acerca de qué quiero saber.
Frente a un problema de investigación, una de las dificultades centrales que tenemos constantemente es que uno habitualmente tiene delante de sí un campo problemático a veces muy complejo. Hay que preguntarnos cómo desagregar un problema, para construir una pregunta que comprenda aquellas interrogantes que me interesa explicar, cuyas respuestas busco, donde yo pueda ser capaz de reconstruir en el pensamiento un problema como un campo de cuestionamientos, de preguntas, en el cual yo pueda reconocer un problema, mi problema, e ir más allá de un acercamiento superficial, meramente técnico: cualitativo o cuantitativo; es necesario ser capaz de una mirada comprehensiva de lo que se busca explicar.
¿Qué significa construir un objeto? Ser capaces de construir en el pensamiento lo que nos interesa saber, recuperarlo como una totalidad en la cual la noción de totalidad sea de una complejidad suficiente que no deje fuera ninguno de los elementos necesarios para explicarla y sí aquellos otros elementos que no son inmediatamente necesarios para entender nuestro objeto.
Debemos tener presente que hay muchos elementos tangenciales que si bien tienen relación con el objeto, no son necesarios para explicar cómo es que el objeto se mueve, cómo transita, cómo actúa en la realidad, cómo es que es hoy ese objeto y, enseguida, preguntarnos por el estado del conocimiento en ese campo, preguntarnos si lo que hay en el conocimiento teórico hasta ese momento, que tenga relación con mi objeto de investigación, es una herramienta conceptual que sirve para explicar mi objeto.
Una vez que se tenga el objeto de estudio, el paso siguiente es ir a la revisión del marco teórico, porque solo entonces adquiere sentido empezar la revisión del acervo significativo con el que contamos, pero no para usarlo de la misma manera, sino para recuperarlo y resignificarlo en términos de lo que a nosotros nos interesa comprender, en términos del tiempo y el espacio del sujeto y el objeto.
El gran reto que tenemos por delante es estar al corriente de la discusión teórica en un campo determinado, pero al mismo tiempo preguntarnos a quién sirve ese conocimiento, a qué sirve y cuál es el entorno político y social en que esa discusión se ha producido.
Desde luego, construir el objeto es la tarea más compleja, pero una vez realizado, el avance es posible. Ciertamente muy difícil, porque tenemos estructuras de pensamiento muy anquilosadas, donde siempre nos interrogamos qué enfoque usar: cuantitativo o cualitativo. A cada paso nos encontramos con colegas y nuestros alumnos que trabajan con autores incluso muy críticos, que sin embargo cuando regresan a su propio trabajo, regresan y reproducen los patrones tradicionales. Regresan a su propio trabajo y no se preguntan los fundamentos de lo que ellos se preguntan; regresan y formulan hipótesis y empiezan a seguir fórmulas prescritas para todo el proceso de investigación, donde lo que investigan va a ser inducido por ese punto de partida: la hipótesis que va a generarles muchos problemas y tendrán que construir explicaciones con una fuerte dosis de arbitrariedad. Con frecuencia regresan a preguntarse una y otra vez cuál es el marco teórico o qué autor ha explicado todo esto para usarlo de la misma manera.
Es más cómodo pensar qué hicieron y qué dijeron Marx, Lefebvre, Foucault, Arendt o Luxemburgo; qué hicieron Weber, Merton, Touraine, Sartori o Bobbio, que pensar por sí mismos y preguntarse cómo estos autores se plantearon sus problemas, cuáles fueron las interrogantes, qué articulaciones conceptuales produjeron, qué herramientas diseñaron. ¿Cómo transitar a través de esa delgada línea que va del saber de un autor a preguntarnos cómo ese autor produjo ese conocimiento y buscar andar ese mismo camino?
Creo que es el gran problema de no atreverse a pensar por sí mismos, a pesar de todo lo que han leído, siempre es más fácil recurrir a autores consagrados, aunque ese acervo consagrado no tenga nada que ver con la materia de la investigación.
La gran dificultad, ¡insisto y repito!, es atrevernos a pensar por nosotros mismos y atrevernos a responder de qué sirve todo lo que hemos aprendido si no lo podemos usar.
Se trata de pensar y de usar el conocimiento de una manera distinta, en la cual seas capaz de cuestionar y de replantearte todo eso que sabés y de atreverte a no formular hipótesis, porque esas se formulan, si se formulan, cuando va muy avanzada la investigación; de atreverte a imaginar preguntas de investigación, cuyas respuestas sean capaces de develar aquello que interesa explicar, y ahí es donde radica el problema central de la construcción del objeto y, por supuesto, de nuestra construcción como sujeto investigador. De ahí la importancia de la pedagogía de la pregunta, como atinadamente Paulo Freire ha titulado un libro indispensable.
Esto sería un primer momento: la reconstrucción histórica del objeto, el reconocimiento del sujeto en el objeto, porque solo así seremos capaces de hacer las preguntas pertinentes, y de interrogarnos sobre el fundamento de esas preguntas. Ciertamente no basta con hacer las preguntas, hay que preguntarnos por qué lo hacemos, por qué es necesario hacer la reconstrucción histórica, por qué tenemos que construir el objeto en el pensamiento.
Tenemos que recuperar en la literatura relativa al problema las herramientas que concibieron los clásicos para explicar lo que les interesaba y preguntarnos si esas herramientas, que son parte de nuestras tradiciones teóricas y metodológicas, pueden explicar lo que nosotros queremos saber y si no es así, atrevernos a pensar en construir los instrumentos que nos permitan entender lo que queremos saber.
Nuestra tarea fundamental es atrevernos a pensar por nosotros mismos, desde nosotros mismos, nuestros propios problemas.









