C.94.XIII[1]. Entrevistador: ¿A qué se obedece en la cárcel?
R.C.94. XIII. Pablo: ¡Qué pregunta! ¿A qué uno obedece acá adentro de la cárcel? y yo te tendría que decir que a lo que se obedece en la cárcel es a los códigos. Creo que a lo que más uno obedece eso, a los códigos. A los códigos que proponemos y que interponemos nosotros. Y cuando digo nosotros digo a mí y a mis pares. A las personas que nos encontramos privadas de libertad. Creo que uno obedece a esos códigos más que a nada. Acá también hay normas, acá también hay leyes. O sea acá también hay costumbres, formas de convivencia. Creo que eso es la obediencia a esos códigos, a esos códigos que son propios de estos lugares. No creo que sean códigos que traemos de afuera hacia aquí adentro. Son códigos que se establecen acá. Se establecen en este lugar, en el encierro. Creo que a eso obedecemos. Después obviamente hay normas impuestas por el servicio penitenciario que tenemos que obedecer pero no quizás porque uno quiera obedecerlas sino porque están impuestas de esa manera. Yo no puedo salir de mi celda sino me sacan el candado que tengo en la puerta. O sea que ya estoy obedeciendo a lo impuesto por el servicio penitenciario y no me queda otra. Yo no puedo ir a pegarme una ducha en el momento que yo quiero cuando la puerta está con un candado puesto, tengo que esperar a que vengan a sacar el candado para yo salir y poder darme una ducha. Uno obedece a muchísimas cosas pero lo fundamental para sobrevivir dentro de la cárcel es la obediencia a los códigos, a nuestros códigos.
Introducción
En un principio la etnometodología no formaba parte del contexto conceptual de mi proyecto de investigación. No es que se partió de ella considerándola como una perspectiva teórico-metodológica útil para orientar el desarrollo e intentar responder las preguntas de investigación sino que se arribó a la etnometodología inductivamente observando cómo en las entrevistas, en las historias de vida, en las respuestas a los cuestionarios realizados se podían advertir otros “juegos del lenguaje” (Wittgenstein, 1988), otras formas de entender, definir, concebir el derecho, la justicia, la obediencia, las normas, el orden y cómo mediante esas prácticas sociales se crean, cuestionan, producen, reproducen diversas formas de acción, de interpretación, de comprensión. Asimismo, el trabajo de campo permitió percibir cómo tales prácticas concretas, observadas lejos de presupuestos teóricos previos, constituyen y sostienen cotidianamente un orden endógeno, con sus propias reglas, códigos, sanciones, que se exhibe como funcionando de manera coexistente con el orden exógeno que se impone normativamente desde afuera como parte de la institución penal. El texto seleccionado como epígrafe, precisamente, resalta, de una parte, la capacidad de los grupos sociales de crear su propio conjunto de reglas (Becker, 1963) y, de otra, la presencia de esos dos órdenes: los códigos que, en palabras de Pablo, “se establecen acá. Se establecen en este lugar, en el encierro”, y las “normas impuestas por el servicio penitenciario” concluyendo que “lo fundamental para sobrevivir dentro de la cárcel es la obediencia a los códigos, a nuestros códigos”. En de interés destacar que Galvani (2013) al investigar la relación de los trabajadores del Servicio Penitenciario Bonaerense con las reglas de esa organización entiende por reglas no solamente las formalmente estatuidas, sino también aquellas que, de manera informal y tácita, regulan de alguna manera las prácticas y las relaciones sociales. Más adelante en esta tesis profundizaré en el tratamiento de la obediencia y en la coexistencia de distintos órdenes normativos.
Como postula Korbut (2014: 479, 480), Harold Garfinkel, el fundador de la etnometodología, proporcionó una respuesta única al problema del orden. Su respuesta enfatizó el carácter contingente y situado de las prácticas constitutivas de la producción del orden local. Korbut cuestiona la inconsistencia de la interpretación individualista de la etnometodología, y sostiene que el interés de esta radica en el orden práctico de las acciones ordinarias, las que no pueden reducirse a las actividades interpretativas de los actores.
Justamente Garfinkel (1993) señala que para la etnometodología, la realidad objetiva de los hechos sociales, en el sentido del qué, y de qué manera, es el logro local, endógeno, naturalmente organizado, reflexivamente responsable, continuo y práctico de cada sociedad. El trabajo de los miembros está en todas partes, siempre, sólo, exacta y enteramente, sin tiempo de espera y sin posibilidad de evasión, ocultación, paso, aplazamiento, es, por lo tanto, el fenómeno fundamental de la sociología. Los énfasis distintivos en la producción y la rendición de cuentas del orden en y como actividades ordinarias identifican a los estudios etnometodológicos, y los ponen en contraste con los estudios clásicos, como una sociedad inconmensurablemente alternativa.
Zimmerman y Wieder (1970) destacan que el etnometodólogo no está interesado en proporcionar explicaciones causales de acciones repetitivas, modeladas y observables mediante algún tipo de análisis del punto de vista del actor. Lo que le interesa es cómo los miembros de la sociedad realizan la tarea de ver, describir y explicar el orden en el mundo en el que viven. La preocupación por el “orden” se aleja, luego, de la abstracción ideal de un modelo determinado de orden para acercarse al interrogante acerca de cómo el orden se hace visible y, por lo tanto, es creado por la acción práctica, y a través de estas prácticas. Mi aproximación a la etnometodología supone, pues, en consonancia con mi pregunta de investigación, un apartamiento de la búsqueda de explicaciones teóricas, generalizaciones o análisis causales, para centrarme en el intento de descubrir, describir y analizar las formas en las que se organizan las actividades ordinarias de la vida cotidiana en los contextos de encierro, en el cómo logran su orden, inteligibilidad y sentido
Como bien destacan Maynard y Clayman (1991) aunque se suele representar a la etnometodología como un campo homogéneo, es menester no descuidar los diversos aspectos teóricos y metodológicos de los múltiples aportes que se aproximan a ella. No obstante, debajo de los debates y divergencias subyace una orientación compartida acerca de la presencia de un orden existente y logrado en las actividades cotidianas y, al mismo tiempo, un compromiso para descubrir las características organizacionales de la interacción directa. Trataré aquí aquellos aportes de la etnometodología que se vinculan tanto con mi problema de investigación como con el análisis de los datos. Daré prioridad a aquellos aportes que nutrieron a Garfinkel, quien principia esta orientación, como a aquellos otros que la prosiguieron y, para ello, me basaré especialmente en las citas y referencias de este autor.
Los problemas teóricos y epistemológicos
Cuando Garfinkel (2006a: 102) se interroga acerca de lo que implica “ver sociológicamente” estima que el problema radica en reconocer, al menos, que la relación del observador sociológico con sus datos necesita una mayor conceptualización que aquella que proporciona cualquiera de las dos premisas epistemológicas más utilizadas: 1. los objetos de investigación científica se ofrecen mediante el encuentro sensorial ingenuo, o 2. los objetos de investigación se limitan a aquellos que “se manifiestan” como datos sensoriales aprehendidos “en términos de un esquema conceptual”. Garfinkel postula que para tratar sobre la posibilidad de que el mundo sea un hecho debería analizar los significados de términos cruciales de la ciencia tales como existencia, realidad y objetividad. En lugar de hacerlo apela a las investigaciones fenomenológicas de Edmund Husserl y acepta sus puntos de vista con respecto a las consideraciones involucradas para el científico que busca un empirismo radical y racional.
Garfinkel (2006a) emplea el término acción para significar una experiencia significativa o intencional. No quiere otorgarle a la acción el sentido de actus, no alude a la acción en el sentido del comportamiento, ni siquiera como actividad psíquica en el sentido de las funciones psíquicas. Con acción se está refiriendo a las reglas de procedimiento por las cuales el observador suele idealizar las manifestaciones de la vida espontánea de una persona (gestos, conversación, movimiento, postura, contorsiones faciales). En la tarea de interpretar a un otro ese observador asigna sus propios significados. Podría afirmarse que el observador interpreta y esa interpretación es inevitable –de seguirse las operaciones del análisis formal (Garfinkel, 2001)- es externa, teórica, conceptual porque: a. se realiza con referencia a algún esquema analítico, con el propósito de predecir las regularidades del flujo de experiencia del sujeto, y b. el pensamiento teórico implica la resolución del individuo para suspender su punto de vista subjetivo. El sistema de relevancias que prevalece dentro de la provincia de la contemplación científica se origina ya desde el acto voluntario del científico mediante el cual expone el problema en cuestión. La solución anticipada se convierte, así, en el objetivo. En el enunciado del problema, el científico entra en el mundo preconstituido de contemplación científica que le ofrece la tradición histórica de su ciencia cuyo universo teórico es en sí mismo una provincia finita de significado que tiene su estilo cognitivo peculiar y sus implicaciones peculiares con respecto a los problemas presentes y futuros (Garfinkel, 2006a). En ese mundo preconstituido de contemplación científica escasamente se reconoce un lugar y un valor irremplazables y de privilegio a la interpretación subjetiva.
El método de las ciencias sociales
Garfinkel (2006a: 128) califica al teórico de “solitario” porque carece de ambiente social, porque se halla fuera de las relaciones sociales, y se interroga por las siguientes cuestiones, las que son similares a las planteadas por Schutz (1974): ¿Cómo, entonces, ese teórico solitario encuentra acceso al mundo de la actividad cotidiana y lo convierte en un objeto de su contemplación teórica?, ¿Cómo podrá acercarse al mundo de la vida cotidiana en el que los hombres y mujeres trabajan entre sus semejantes con una actitud natural, esa actitud natural que el teórico está obligado a abandonar? El pensador teórico, aunque permanece en la actitud teórica, no puede experimentar originalmente y comprender de inmediato el mundo de la vida cotidiana. Tiene que construir un dispositivo artificial, el método de las ciencias sociales, mediante el cual sustituye un modelo del mundo de la vida por el mundo de la vida intersubjetivo. Este modelo no está poblado de seres humanos, sino que está poblado de títeres que están construidos de tal manera que el científico les otorga acciones y reacciones. Estas acciones y reacciones son asignadas por la gracia del científico. En la medida en que los títeres están construidos de tal manera que sus actos de trabajo ficticios son compatibles con los datos científicos del mundo de la vida diaria, el modelo se convierte en un objeto teórico. Recibe el acento de la realidad, aunque el acento no es el de la actitud natural. Como lo formula Psathas (1999), el modelo típico ideal es autónomo, consistente y racional. Es un modelo del mundo de la vida cotidiana, pero no una descripción de las realidades de ese mundo. Es una abstracción, desarrollada por el científico social.
Volviendo a la actitud natural, es menester recordar que Schutz (1974) precisa que es característico de tal actitud el considerar presupuestos el mundo y sus objetos hasta que se establezca una prueba en contrario. En la medida en que funciona el esquema establecido de referencia, el sistema de las experiencias garantizadas de nosotros y de otras personas, en la medida que las acciones y operaciones realizadas bajo su guía rinden los resultados anhelados, confiamos en esas experiencias. No nos interesa comprobar si este mundo realmente existe o si sólo es un sistema coherente de apariencias compatibles unas con otras. Como alega Schutz (1974: 214) “la fenomenología nos ha enseñado el concepto de epojé fenomenológica, o sea, la suspensión de nuestra creencia en la realidad del mundo como recurso para superar la actitud natural radicalizando el método cartesiano de la duda filosófica”. Puede aventurarse la sugerencia, expresa el autor, de que el ser humano en actitud natural, utiliza también una epojé específica, por supuesto, muy distinta de la que emplea el fenomenólogo. No suspende la creencia en el mundo externo y sus objetos, por el contrario, suspende la duda en su existencia. Lo que coloca entre paréntesis es la duda de que el mundo y sus objetos puedan ser diferentes de lo que se le aparece. Schutz propone, por tanto, llamar a esta epojé la epojé de la actitud natural.
Según expresa Schutz (1962a, 1974), el experto en ciencias sociales observa ciertos hechos y sucesos de la realidad social que se refieren a la acción humana y construye pautas típicas de conductas o de cursos de acción a partir de lo que ha observado. A continuación coordina, con estas pautas típicas de cursos de acción, modelos de un actor o actores ideales, a quienes imagina dotados de conciencia. Asimismo, atribuye a esta conciencia ficticia un conjunto de nociones, propósitos y fines típicos, presupuestos invariables en la conciencia especiosa del actor-modelo imaginario. Se supone que este homúnculo o títere está relacionado en sistemas de interacción, con otros homúnculos o títeres construidos de manera similar. Entre estos homúnculos con los que el especialista en ciencias sociales puebla su modelo del mundo social de la vida cotidiana se distribuyen conjuntos de motivos, fines y roles (en general, sistemas de significatividades) de la manera requerida por los problemas científicos investigados. Sin embargo −y este es el punto principal- tales construcciones no son en modo alguno arbitrarias, sino que están sujetas a los postulados de coherencia lógica y de adecuación. Este último significa que cada término de tal modelo científico de acción humana debe ser construido de modo que un acto humano efectuado dentro del mundo real por un actor determinado, según lo indica la construcción típica, sería comprensible para el actor mismo así como para sus semejantes, en términos de interpretaciones de sentido común de la vida cotidiana. El cumplimiento del postulado de coherencia lógica garantiza la validez objetiva de los objetos de pensamiento construidos por el científico social; el cumplimiento del postulado de adecuación garantiza su compatibilidad con las construcciones de la vida cotidiana.
Schutz (1974: 235-236) considera que ese recurso artificial llamado “el método de las ciencias sociales” sustituye el mundo intersubjetivo de la vida por un modelo de este mundo y ese mundo de la vida cotidiana no es directamente accesible por la teorización. Tal modelo, sin embargo, no está poblado de seres humanos con toda su humanidad sino de títeres, de tipos, que son construidos como si pudieran llevar a cabo acciones y reacciones. Por supuesto, estas acciones y reacciones son solo ficticias, ya que no se originan en una conciencia viva como manifestaciones de su espontaneidad; son asignadas a los títeres únicamente por gracia del científico. Como enuncia Schutz (1962b), los esquemas conceptuales dan por sentado o consideran irrelevantes los elementos subjetivos subyacentes de las acciones y, por lo tanto, no se tienen en cuenta. Entendido correctamente, el postulado de la interpretación subjetiva aplicada a las ciencias sociales, significa simplemente que siempre podemos, y para ciertos fines debemos, referirnos a las actividades de los sujetos dentro del mundo social y su interpretación por los actores en términos de sistemas de proyectos, medios disponibles, motivos, relevancias. Empero, Schutz (1972) plantea el problema del conocimiento social científico que consiste en el hecho de que, aunque las ciencias sociales parten del mismo mundo social en que vivimos de día en día y lo dan por sentado, los métodos que utilizan para reunir el conocimiento son por completos distintos de los que se usan en la vida cotidiana. El científico que se ocupa de las ciencias sociales organiza y clasifica sus datos en contextos de significado por entero diferentes y los elabora de maneras totalmente distintas.
Como claramente lo manifiestan Garfinkel y Sacks (1986, 159-160), Alfred Schutz es quien puso a disposición, para el estudio sociológico, las “prácticas del conocimiento del sentido común de las estructuras sociales de las actividades cotidianas, las circunstancias prácticas, las actividades prácticas y el razonamiento sociológico práctico”. Es su logro original haber demostrado que estos fenómenos tienen propiedades propias y que, por lo tanto, constituyen un área legítima de investigación en sí mismos. Los escritos de Schutz proporcionaron, por ende, directivas precisas para los estudios sobre las circunstancias y prácticas de la investigación sociológica y aportan una justificación empírica para una política de investigación que es distintiva de los estudios etnometodológicos. Esa política establece la relevancia y centralidad de los métodos empleados por los miembros en las prácticas de investigación y teorización sociológica. En este sentido, es necesario recordar la significativa contribución de Schutz (1974: 80) en cuanto resalta que las construcciones de las ciencias sociales suelen ser de “segundo grado”, o sea, construcciones de las construcciones elaboradas por quienes actúan en la escena social, cuya conducta debe observar y explicar el especialista en ciencias sociales de acuerdo con las reglas de procedimiento de su ciencia.
El significado subjetivo
El problema al reconocer los propios datos no radica para Garfinkel (2006a: 10) en preguntar qué le ocurre a la persona como unidad psicofisiológica o cuál es su respuesta frente a determinados sucesos, lo que le interesa es buscar qué actitud adopta esa persona hacia estos acontecimientos, y en dirigir sus “llamadas” respuestas hacia el significado subjetivo que la persona otorga a ciertas experiencias de su propia vida espontánea. Lo que para el observador parece ser objetivamente el mismo comportamiento puede tener para el sujeto que actúa significados muy diferentes o ninguno. El significado no es una cualidad inherente a ciertas experiencias que emergen dentro de nuestra corriente de conciencia, sino que es el resultado de la interpretación de una experiencia pasada vista desde el presente con una actitud reflexiva. Mientras el agente viva en sus actos, dirigidos hacia los objetos de estos actos, los actos no tienen ningún significado. Se vuelven significativos si los entiende como experiencias bien circunscritas del pasado y, por lo tanto, en retrospección. Por lo tanto, solo las experiencias que pueden recordarse más allá de su realidad y de las que cabe interrogarse sobre su constitución son subjetivamente significativas.
Como bien lo expresa Schutz (1962b; 1974) –de cuya orientación Garfinkel se nutre-, aunque presentando a la etnometodología como una tecnología alternativa de análisis social que busca respetar los fenómenos del orden, su logro, su producción (Psathas, 1999), las ciencias sociales tienen que lidiar con la conducta humana y su interpretación del sentido común en la realidad social, involucrando el análisis de todo el sistema de proyectos y motivos, relevancias y construcciones. Tal análisis se refiere necesariamente al punto de vista subjetivo, es decir, a la interpretación de la acción y su configuración en términos del actor. El significado subjetivo es el que el actor asigna a su acción o vincula con ella. Esto implica que, para expresarlo estrictamente, el actor, y solo el actor, sabe lo que hace, por qué lo hace, cuándo y dónde comienza y termina su acción. La recuperación del punto de vista subjetivo, es decir, de la interpretación de la acción y su situación en términos del actor es, para Schutz (1962b), un principio general de la construcción de modalidades de cursos de acción en la experiencia de sentido común, y cualquier ciencia social que aspire a comprender la realidad social debe también adoptar este principio. El hecho de que en el pensamiento de sentido común damos por sentado nuestro conocimiento real o potencial del significado de las acciones humanas y sus productos, es, precisamente, lo que los científicos sociales quieren expresar si hablan de comprensión o Verstehen como una técnica para tratar los asuntos humanos. Verstehen, luego, no es principalmente un método utilizado por el científico social, sino la “forma experiencial” particular en la que el pensamiento de sentido común toma conocimiento del mundo cultural social (Schutz, 1962a: 56).
Si bien he apelado a los textos de Schutz, especialmente aquellos a los que Garfinkel recurre, no puedo dejar de mencionar el trabajo de Hammersley (2019) quien, reconociendo que Schutz fue una influencia temprana e importante para Garfinkel, trata de aclarar el alcance de esa influencia. Los puntos de diferencia entre Schutz y Garfinkel y los etnometodólogos son, para Hammersley, al menos tan importantes como las similitudes, aunque, como anotaré, identificarlos no es del todo sencillo. Ambas posturas concuerdan en que las acciones sociales, y la comprensión de las personas sobre esas acciones, surgen de la participación en la interacción social y, junto a Husserl, enfatizan que nuestra experiencia es intersubjetiva desde el principio. Aun así, cabe recordar algunas de las diferencias entre ambas orientaciones. Es necesario poner de resalto que, para Schutz, el mismo conjunto de “reglas para el procedimiento científico es igualmente válido para todas las ciencias empíricas, ya sea que se ocupen de objetos de la naturaleza o de asuntos humanos” (Schutz, 1962a: 49). Tanto Schutz como Garfinkel hacen una distinción entre lo que constituye la racionalidad en la ciencia y el sentido común, y reconocen que esto plantea una pregunta sobre cómo puede existir una ciencia de la vida social. Sin embargo, adoptan diferentes soluciones a este problema. Para Schutz, la clarificación filosófica del carácter del mundo de la vida permite comprender cómo los procesos subjetivos pueden entenderse objetivamente, mediante el uso de tipos ideales. Por el contrario, Garfinkel argumenta que lo que se requiere es una investigación empírica de las formas en que se constituye el orden social mediante el uso de métodos mundanos que generan comprensión intersubjetiva. Si bien para Schutz la ciencia no puede escapar de su dependencia de las ideas y prácticas de sentido común y esto no socava su cientificidad, la divergencia entre la perspectiva de Schutz y la de Garfinkel parece dirigirse principalmente hacia la práctica de la investigación (Hammersley, 2019).
Las actividades concretas y ordinarias como prácticas y como método
Sin pretender cuestionar las propuestas analíticas formales tan extendidas en la sociología, Garfinkel (2001) señala que tales tecnologías hacen que los fenómenos del orden sean observables como detalles analíticos de logros prácticos, concertados y recurrentes. Para este autor la etnometodología ofrece y elabora algo más, algo que las investigaciones realizadas en el formato de análisis formal no proporcionan ni pueden proporcionar. Sin desafiar los logros del análisis formal la etnometodología se pregunta acerca de ese “algo más” que utiliza y reconoce en todas partes en las prácticas vividas constitutivas del trabajo de quienes las implementan. Este algo más tiene que ver principalmente, y quizás exclusivamente, con los procedimientos. La etnometodología insiste en los procedimientos y esa insistencia está en el trabajo. Con procedural la etnometodología no refiere a los procesos. Procedural significa trabajo, labor, actividad. El fenómeno fundamental en el que se centra la etnometodología es, pues, la producción local y endógena (a la que apunta el epígrafe) de las cosas más comunes en la vida social procedentes del trabajo organizativo, estas cosas son observables y se pueden ver en el lenguaje natural y desde el punto de vista del sentido común. Tal producción es la que los estudios etnometodológicos intentan descubrir y caracterizar en forma de objetos y procedimientos, o incluso metodologías alternativas. Esta es su constante preocupación técnica. Schegloff (1991: 152) enuncia que lo que parecía “programáticamente prometedor para Garfinkel” era el sentido procedural de lo común o compartido, un conjunto de prácticas por las cuales las acciones y las posturas podían basarse y mostrarse como orientadas al “conocimiento en común”, conocimiento que de ese modo podría reconfirmarse, y/o ser modificado y expandido.
En sus Studies in Ethnomethodology Garfinkel (1967) expresa que los estudios etnometodológicos analizan las actividades cotidianas como métodos que los miembros emplean para hacer que esas actividades sean racionalmente visibles y reportables para todos los efectos prácticos, es decir, explicables (accountable), como organizaciones de actividades cotidianas corrientes. La reflexividad de este fenómeno constituye un rasgo singular de las acciones prácticas, de las circunstancias prácticas, del conocimiento de sentido común de las estructuras sociales, y del razonamiento de la sociología práctica. Al hacer posible localizar y examinar su acontecer, ese mismo aspecto reflexivo del fenómeno establece las pautas de su propio estudio. Conforme lo enuncia Coulon (1995: 23), la reflexividad refiere a las prácticas que, a la vez, “describen y constituyen el entramado social”, es el rasgo de la acción social que presupone las condiciones de su producción y, al mismo tiempo, hace al acto observable como una acción reconocible.
Como apunta Heritage (1991: 292-293), el enfoque propuesto por Garfinkel requería la “plena integración de los análisis de la acción y del conocimiento”. Esa integración se logró sustituyendo el enfoque motivacional del análisis de la acción social por un enfoque metódico –procedural- de tal aspecto. Con este punto de partida se hizo viable una nueva forma de abordar la praxis y los procesos de instituciones sociales específicas y se abrió la posibilidad de adoptar nuevas actitudes frente a los procesos de comunicación lingüística. En un sentido más amplio, se posibilitó alcanzar una nueva forma de entender y tratar la adscripción de los sujetos a las realidades socialmente explicables en las que están inmersos, así como la aprehensión de esas realidades.
El carácter reflexivo y encarnado de la práctica situada y las acciones como un continuo logro práctico de los miembros
Los Estudios de Garfinkel (1967, 2006) buscan, pues, tratar las actividades y circunstancias prácticas y el razonamiento sociológico práctico como objetos de estudio empírico y, al prestar a las actividades más comunes la atención que usualmente se reserva para eventos extraordinarios, intentan aprender de ellas como los fenómenos que son por derecho propio. La recomendación central que se desprende de estos Estudios es que las actividades por las que los miembros producen y manejan escenarios organizados de asuntos cotidianos son idénticas a los procedimientos a través de los cuales dichos miembros dan cuenta de y hacen explicables esos escenarios. El carácter reflexivo o encarnado de estas prácticas explicativas y de las propias explicaciones es el punto esencial de esa recomendación. Con explicables el interés del autor se dirige a circunstancias como las siguientes: a. a lo observable-y-susceptible-de-rendimiento-de-cuentas, esto es, a lo asequible a los miembros como prácticas situadas del mirar-y-relatar; b. al hecho de que semejantes prácticas consisten en un continuo e interminable logro contingente; c. al hecho de que esas prácticas son llevadas a cabo bajo los auspicios de, y como eventos internos a los mismos asuntos ordinarios que describen en su organización; d. a las prácticas que realizan las partes dentro de los escenarios en los que obstinadamente dependen de habilidades y conocimientos que dan por sentados y reconocen; e. al conocimiento y al derecho o competencia que tienen de realizar el trabajo necesario para esos logros, y f. a la situación misma que hace que se den por sentadas esas competencias, lo que proporciona a las partes escenarios distintivos y características particulares y, por supuesto, les aporta también recursos, problemas y proyectos.
De manera abreviada podría decirse que, para Garfinkel (1967, 2006b), ni el sentido reconocible, ni los hechos, ni el carácter metódico, ni la impersonalidad, ni la objetividad de las explicaciones que se ofrecen, son independientes de las ocasiones socialmente organizadas de su uso. En cambio, sus características racionales consisten en lo que los miembros hagan con, y hagan de, las explicaciones en las ocasiones concretas y socialmente organizadas de sus usos. Las explicaciones que dan los miembros están reflexiva y esencialmente vinculadas, en sus características racionales, a las ocasiones socialmente organizadas de sus usos, precisamente porque esas explicaciones son rasgos de las ocasiones socialmente organizadas de esos usos. Este vínculo establece el tópico central de los estudios de Garfinkel: la posibilidad de explicar las acciones como un continuo logro práctico de los miembros.
La etnometodología como estudio de las acciones prácticas requiere para Garfinkel (1967, 2006b) de un conjunto de políticas como la que supone el rechazo a considerar en serio la propuesta que prevalece de que la eficiencia, la eficacia, la inteligibilidad, la consistencia, el carácter planificado, la tipicidad, la uniformidad, la posibilidad de reproducción de las actividades −es decir, que las propiedades racionales de actividades prácticas- sean tomadas en cuenta, reconocidas, categorizadas, descritas mediante el uso de una regla o estándar obtenidos fuera de escenarios concretos en los cuales tales propiedades son reconocidas, usadas, producidas y tratadas en conversación por los miembros del escenario. Toda propiedad de acción lógica y metodológica, cada característica del sentido de una actividad, de su facticidad, objetividad, explicabilidad y de su comunalidad debe ser tratada como un logro contingente de prácticas comunes socialmente organizadas.
Como expone Firth (2010: 600) el propósito del programa de estudio que llegó a ser conocido como etnometodología “fue analizar la organización social exclusivamente a partir de las estructuras de experiencia de los miembros”, más que a partir de categorías, representaciones o esquemas deducidos “objetivamente” o “científicamente”. Es sólo mediante tales estructuras de experiencia que las actividades y eventos se reconocen como fenómenos ordenados y racionales.
Otra de las políticas que Garfinkel recomienda es la de que cualquier escenario social sea visto como auto-organizador, con respecto al carácter inteligible de sus propias manifestaciones como representaciones o como evidencias-del-orden-social. Cualquier escenario, afirma el autor, organiza sus actividades para hacer de sus propiedades un ambiente organizado de actividades prácticas, detectable, informable, narrable, analizable, en resumen, explicable. Como asienta Psathas (1999) los estudios del mundo de la vida cotidiana que propone Garfinkel no están dirigidos al desarrollo de explicaciones teóricas, generalizaciones o análisis causales de fenómenos sociales. Las políticas de estudio que propone para la etnometodología representan un esfuerzo por descubrir, describir y analizar las formas en las que se organizan las actividades ordinarias de la vida cotidiana, cómo logran su orden, inteligibilidad y sentido. Esas políticas no conciben al analista/teórico social como más capacitado para saber qué están haciendo los miembros, tampoco proponen el planteamiento de hipótesis y sus pruebas, ni un conjunto de métodos y procedimientos estandarizados para ser aplicados en una variedad de entornos. La etnometodología estudia la acción práctica y el razonamiento práctico en y a partir de los métodos realmente utilizados, concretamente, por los miembros en el curso de la vida de su sociedad ordinaria. Pero, similar a una dimensión fenomenológica en filosofía, representaría una disciplina sistémica en las ciencias humanas, siguiendo una variedad de políticas de estudio que sirven para hacer visibles los fenómenos del orden como órdenes producidos y logrados.
Tomando las formas en que un escenario es exactamente organizado, este consiste en los métodos que usan sus miembros para hacer evidente que las formas de ese escenario son conexiones claras, coherentes, planificadas, consistentes, escogidas, conocibles, uniformes y reproducibles, es decir, que son conexiones racionales, ordenadas, organizadas localmente y explicables reflexivamente (Garfinkel, 1988, 2006b). En tanto las personas son miembros de asuntos organizados, están involucradas en los trabajos serios y prácticos de detectar, demostrar y persuadir a través de la exhibición, en las ocasiones ordinarias de sus interacciones, las manifestaciones de ordenamientos consistentes, coherentes, claros, escogidos y planificados. Tomado exactamente en los modos en que es organizado, un escenario consiste en los métodos por los cuales sus miembros son dotados de explicaciones del mismo escenario como explicable, narrable, proverbial, comparable, retratable, representable, es decir, como eventos explicables (Garfinkel, 1967).
Cuando en la Introducción puse de manifiesto que el arribo a la etnometodología en mi investigación había sido inductivo es porque me enfrenté con circunstancias como la que pondré como ejemplo al transcribir una pregunta del Cuestionario Cualitativo y su respuesta:
C.73.XIII. ¿A qué se obedece en la cárcel?
R.C.73.XIII. Jorge: A normas implícitas que no están a la vista.
Son precisamente esas normas las que se quieren conocer recurriendo a la etnometodología. La pregunta C.73.XIII, en cada caso, debería ser analizada conjuntamente con otra (C.73.V) perteneciente al mismo Cuestionario: ¿Qué es digno de ser obedecido? Es en esas normas creadas, modificadas, reproducidas por multiplicidad de prácticas sociales situadas que centraré mi interés. Tales acciones contextuales son un continuo logro de las actividades de la vida cotidiana y su producción asume para los miembros el carácter de una tarea práctica, seria y sujeta a cada exigencia de la conducta organizacionalmente situada. El propósito de Garfinkel (1967, 1964) es, entonces, demostrar la relevancia central, para la investigación sociológica, de la preocupación por las actividades de sentido común como tópico de investigación por derecho propio y, a través del reporte de una serie de estudios, urgir a que esas actividades sean redescubiertas.
Los miembros de la sociedad utilizan expectativas de trasfondo como esquemas de interpretación. A través de su uso, las apariencias concretas le parecen a esos miembros reconocibles e inteligibles como apariencias-de-eventos-familiares. Es posible demostrar que el miembro responde a ese trasfondo, pero al mismo tiempo presenta limitaciones para decirnos específicamente en qué consisten sus expectativas. Para poder visualizar estas expectativas de trasfondo es necesario o bien ser un extraño al carácter de la vida como siempre de las escenas diarias, o bien convertirse uno mismo en un extraño. Se requiere un motivo especial para convertir estas expectativas en problemáticas. En el caso del sociólogo este motivo especial consiste en la tarea programática de tratar las “circunstancias prácticas de los miembros de la sociedad” (Garfinkel, 1964:226). Esas circunstancias incluyen considerar como asuntos de interés teórico el carácter necesariamente moral, desde el punto de vista de los miembros, de muchas de las características del trasfondo. Los vistos, pero no percibidos, trasfondos de las actividades cotidianas son hechos perceptibles y descritos desde la perspectiva desde la cual la persona vive la vida que vive, siente los sentimientos, piensa los pensamientos y entabla las relaciones que entabla, todo lo cual permite al sociólogo resolver su problema teorético.
Para Garfinkel (1967: 37), Alfred Schutz es casi el único entre los teóricos sociológicos en haber descrito muchas de estas “expectativas de trasfondo” vistas pero no percibidas en una serie de estudios clásicos sobre la fenomenología constitutiva del mundo de la vida cotidiana. Las llamó las “actitudes de la vida cotidiana” (Garfinkel, 1967: 37, 2006b: 49, 2006a: 124, 212; Heritage, 1992: 101-102) y se refirió a sus atribuciones escénicas como “el mundo conocido y dado por sentado” (Garfinkel, 1964: 226). El trabajo fundamental de Schutz permite continuar la tarea de clarificar la naturaleza y las operaciones de estas expectativas, relacionándolas con el proceso de acción concertada y asignándoles su lugar en una sociedad empíricamente imaginable. En la conducta de sus asuntos cotidianos, para que la persona pueda tratar racionalmente la décima parte de la situación que, como un iceberg sobresale del agua, debe ser capaz de tratar las restantes nueve décimas partes escondidas bajo el agua como algo incuestionable y, quizás aún más interesante, como trasfondo incuestionable de los asuntos que son relevantes para sus cálculos, pero que aparecen sin ser advertidos.
Reglas constitutivas y reglas normativas
Para aproximarnos más a la perspectiva de Garfinkel es de interés considerar el planteo de quienes han desarrollado su aporte y profundizado en él. Con esa finalidad Rawls (2011: 396-397, 403) le dirige Garfinkel el siguiente interrogante: “¿Cómo es posible que dos o más personas construyan juntos sentido mutuamente inteligible o tengan los mismos objetos sociales frente a todos?” En esta pregunta la realidad se halla poblada por objetos sociales que están constituidos a través de una orientación mutua hacia la regla/práctica constitutiva y mediante movimientos tomados en estas prácticas. Los objetos/hechos sociales se tratan como el resultado de procesos de creación de significado coordinados por una orientación hacia reglas constitutivas que son reflexivas y situadas. Lo que se propone es que la forma en que las personas producen (dan, elaboran) sentido juntas implica el uso altamente cooperativo de lo que llama órdenes constitutivas de práctica: reglas constitutivas, convenciones de uso o expectativas de fondo. Si se considera que las prácticas de uso son constitutivas del sentido que tienen los eventos sociales en curso, y que implican la atención mutua a las secuencias de giros/movimientos relacionados reflexivamente, entonces no se puede analizar estos eventos aislando esas prácticas de uso de las secuencias sociales en las que se están logrando, la secuencia consiste en un orden reflexivo emergente y se diferencia del contexto. Tomando como ejemplo una entrevista o un cuestionario de mi investigación, no sería posible analizar una determinada respuesta sin incluir la pregunta que la origina y las preguntas y respuestas que la preceden y la siguen, aquí reside la necesidad de inclusión en esta tesis del análisis de una entrevista, un cuestionario y una historia de vida completas para mostrar las características del quehacer analítico. El análisis debe incorporar la consideración en cuanto a lo que dos o más personas están haciendo realmente juntas, y a cómo lo que hacen construye un orden de relevancias constitutivas, movimiento por movimiento, a medida que avanza. Si no hay más de uno cooperando juntos (más de uno está presente pero no están cooperando y asistiendo mutuamente), entonces, no hay un orden constitutivo reflexivo en juego y no se puede tener un sentido mutuamente inteligible de la práctica constitutiva. Esta perspectiva conduce a acentuar que los objetos sociales lejos de ser creados y definidos por las instituciones sociales (antes o fuera de los procesos sociales reales y de manera definitiva) consisten en un logro colaborativo constante y muy frágil, producto de las prácticas constitutivas situadas de uso.
Rawls (1989) propone que el orden social se entiende más fructíferamente como compuesto por dos formas distintas de orden, una de ellas correspondiente a la naturaleza constitutiva de la interacción cara a cara, y la otra a la naturaleza responsable y gobernada por reglas de las instituciones. Entiende que una distinción más satisfactoria entre formas sociales traza una línea entre aquellos aspectos de los encuentros cuyo significado es un logro constitutivo y, por lo tanto, requiere un compromiso mutuo de un tipo especial, y aquellos aspectos cuyo significado se define en cuanto a consideraciones de encuadre previas, como, por ejemplo, la institución, la función. El tipo de compromiso organizacional requerido por este último es muy diferente del primero. La relación entre las reglas y las expectativas y la práctica real también es diferente en los dos casos. El logro constitutivo del significado requiere una relación directa entre la expectativa y la actualidad, mientras que el significado institucional o enmarcado brinda un amplio espacio para la manipulación estratégica y la ambigüedad. Estas diferencias en el tipo de compromiso requerido y en la relación entre las reglas y la práctica real forman la base de la distinción que la autora ofrece entre dos tipos de orden social, considerando a esa distinción como una teoría alternativa del orden social por derecho propio. Para Korbut (2014: 481-482) la propuesta de Rawls consiste en la “conceptualización más coherente del orden social en etnometodología”. Nos encontramos, por tanto, frente a un orden constitutivo y frente a un orden institucional. El primero se basa en las prácticas constitutivas de producción de significados. El último se basa en marcos retrospectivos de responsabilidad institucional. Las instituciones sociales no pueden reducirse a conjuntos de interacciones pero, al mismo tiempo, la interacción no puede reducirse a la promulgación de normas y valores institucionales. Más precisamente, las interacciones locales y las realidades institucionales se limitan entre sí y, como ejemplo, el orden institucional suele imponer restricciones a la interacción natural, tal como lo observamos en el contexto carcelario y en el epígrafe del presente apartado. La opción por la etnometodología derivada del proceso inductivo de análisis de los datos, como ya fue anunciado, me orienta en esta instancia de la investigación a privilegiar el orden constitutivo pero sin dejar de considerar en ningún momento el orden institucional.
Korbut (2014) analiza los diferentes principios de la concepción etnometodológica acerca del orden constitutivo. Esos principios pueden resumirse del modo siguiente respecto del orden social:
consiste en métodos de producción, por ende, el orden emergente no es simplemente el resultado de actos cometidos por los participantes, sino que consiste en la exhibición y análisis de propiedades específicamente ordenadas de los actos propios y de los demás;
- es observable, es decir, las personas:perciben sus propias acciones y las de los demás no a través de las normas −que supuestamente rigen su comportamiento y lo hacen significativo- sino desde dentro de estas mismas acciones, y no se orientan a las normas o valores, sino a las características observables de las actividades;
- es un orden situado, esto es, cada acción ordenada está relacionada directamente con otras acciones dentro de una situación actual, y no con normas, reglas, símbolos, tipificaciones, interpretaciones, códigos o signos supra-situacionales. El orden surge, así, como un fenómeno de secuencias de acción;
- es específico de un campo o dominio particular, es, entonces, inseparable de las prácticas mediante las cuales se produce, y precisa, determina, a quienes lo producen, luego, los productores de orden social adquieren características de identificación dependiendo de su participación en la producción de ese orden.
Como sostiene Watson (2009: 475, 476, 480-481) una de las condiciones básicas de cualquier práctica constitutiva es un “compromiso mutuo” con las reglas de participación en esa práctica, es decir, todas las partes en la interacción deben entender que están involucradas en la misma práctica, deben ser competentes para realizar la práctica, deben desempeñarse de manera competente y asumir esto también respecto de los demás. Como condición básica de una práctica constitutiva Garfinkel elaboró la confianza como una condición de fondo necesaria para cualquier interacción mutuamente inteligible. La idea de las características constitutivas, como la confianza, en tanto que realmente anteriores y constitutivas de la acción y los objetos (dentro de una práctica) en lugar de emerger de, como resultados de, la acción es la diferencia esencial entre las llamadas reglas sumarias de órdenes y órdenes constitutivas. Para Korbut (2014: 486), son esas expectativas constitutivas las que proporcionan “la estabilidad del orden y el acuerdo motivado con ese orden”. Garfinkel toma la confianza como una condición de fondo necesaria en un orden constitutivo, no un orden de reglas sumarias, y esto distingue su enfoque de gran parte de la sociología, que adopta un enfoque formal analítico y de reglas sumarias.
Como se muestra en Garfinkel y Rawls (2019: 10, 12), las personas en su tratamiento en entornos interpersonales se rigen por “expectativas constitutivas de confianza mutua”. En los entornos culturales, en los cuales los eventos son eventos del lenguaje, se rigen por expectativas constitutivas por ser miembros de la misma comunidad lingüística. Confían el uno en el otro para jugar el mismo juego del lenguaje. En la medida en que estén comprometidos con el cumplimiento de las expectativas constitutivas, y en la medida en que sean jugadores, los eventos que violen las expectativas constitutivas multiplicarán las características anómicas de ese entorno de eventos del lenguaje y multiplicarán las características desorganizadas de las estructuras de los intercambios comunicativos. Es, por tanto, necesario relacionar el concepto de confianza con el concepto de entornos aparentemente normales de eventos culturales / lingüísticos. Decir que una persona confía en otra significa que la persona busca actuar de tal manera que produzca a través de sus acciones, o que respete como condiciones de juego, las órdenes de los eventos representados en las reglas básicas del juego. Alternativamente, el jugador da por sentado las reglas básicas del juego como una definición de su situación, y eso significa, por supuesto, una definición de sus relaciones con los demás. Wittgenstein (1988), a cuya perspectiva recurre Garfinkel, entiende que los usos concretos de las personas son usos racionales dentro de algún “juego de lenguaje”. El conjunto del proceso de uso de palabras es uno de esos juegos por medio de los cuales aprenden los niños su lengua materna. Wittgenstein denomina a esos juegos de lenguaje y habla a veces de un lenguaje primitivo como un juego de lenguaje. Llama también juego de lenguaje al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido. Como se postula en Garfinkel y Rawls (2019: 148) este enfoque de los “juegos de lenguaje” de Wittgenstein condujo a Garfinkel a buscar lo que designó como una descripción literal de los eventos culturales / lingüísticos: significando por literal, una descripción paso a paso de las reglas constitutivas y preferidas que los participantes usan para crear un evento reconocible en un lenguaje.
Las nociones expuestas le permiten a Garfinkel abordar claramente la distinción entre reglas básicas y normativas. Las primeras sirven para definir una actividad dada como lo que es, mientras que las segundas controlan un comportamiento ya definido previamente. Las sociologías clásicas tienden a enfocarse exclusivamente en las reglas normativas, concibiendo la conducta como más o menos aproximada a una norma reguladora donde superando ciertos límites, la conducta viola las expectativas y requisitos y se considera desviada. Las sociedades a menudo se suponen construidas sobre la base de tales reglas normativas y, por lo tanto, se presentan analíticamente como sistemas de acción social regulada. De acuerdo con Garfinkel, para que la maquinaria moral-reguladora se aplique a una acción dada (o a un conjunto de acciones colectivas), la acción debe ser comprensible en primer lugar para las partes. Es aquí donde la concepción de Garfinkel de las reglas constitutivas o conjuntos de prácticas constitutivas o básicas se vuelve relevante. Las reglas básicas pueden concebirse como glosas de conjuntos de prácticas constitutivas que abarcan un contexto local. Son instrumentos con sentido desplegados in situ: conocidos y utilizados en común. Esto significa que existe una reciprocidad en el uso de estas reglas. Las partes de una situación asumen que sus coparticipantes ven esas circunstancias, mutatis mutandis, en términos similares y que esto sería válido si esas partes “intercambiaran sus lugares” (Watson, 2009: 480-483). Como puntualiza Heritage (1991: 314) a diferencia del “modelo de acción normativo-determinista”, las investigaciones de Garfinkel sugieren un análisis normativo fundado en la noción de explicabilidad normativa de la acción. Conforme este punto de vista, las expectativas normativas de los actores no se tratan como reguladoras o determinantes de las acciones que pueden reconocerse con independencia de las normas sino como elementos que desempeñan una función constitutiva en el proceso mediante el cual los actores reconocen en qué consiste una acción.
El orden
La “obsesión central” con los estudios etnometodológicos, afirma Garfnkel (2001: 3-4), es esbozar otro tipo de descripción procedural de los fenómenos de orden, en la medida en que se puedan lograr y se realicen efectivamente. Lo que intenta, entonces, es actualizar las metodologías, sin sacrificar las cuestiones de estructura. Esto es, sin sacrificar los grandes logros de las actividades ordinarias (su regularidad, reconocible y descriptible, su generalidad y su comparabilidad), estas actividades demuestran, de la misma manera en que se llevan a cabo, que quienes las realizan son intercambiables y pueden ser enumerados y caracterizados. Por lo tanto, no se trata de una indiferencia estructural sino de un interés en la estructura como fenómeno del orden realizado. Un determinado orden existe aún en las actividades más comunes de la vida cotidiana, este orden está presente en lo que tienen de más concretas, es decir, en coherencia, garantizada continuamente siguiendo los procedimientos en sus detalles característicos. Esta organización de actividades según sus detalles no excluye la generalidad. Estos no son los detalles obtenidos al someter el fenómeno a una descripción genérica. Son detalles específicos −no explicados- en las estructuras, las recurrencias, la tipicidad. Tales detalles son objetos de experiencia inmediata, y están presentes en el modo de evidencia.
Tal como lo presenta Garfinkel (1988: 106,108) los “fenómenos del orden”, que deben ser descubiertos y descubribles, son localmente logrados y producidos natural y reflexivamente, y son los estudios etnometodológicos los que dan cuenta de esas acciones prácticas, de esas actividades ordinarias organizadas naturalmente. Aunque Garfinkel (2006a: 172) considera que para muchos propósitos prácticos, es posible aceptar que el observador y el actor nombran los eventos de acuerdo con preceptos lógico-empíricos, el procedimiento es legítimo en la medida en que “somos conscientes de que al emplear dicho procedimiento estamos recurriendo a un principio interpretativo común a muchos miembros dentro del orden social en el que vivimos”. Si se advierte esta cuestión es posible que podamos asumir como dada la faceta misma del problema del orden que debemos investigar. El riesgo no es la indeterminación sino la determinación del etnocentrismo.
Rawls (2006: 81-82) se ocupa de abordar la diferencia entre la concepción del “orden del estructural-funcionalismo” y la de Garfinkel, y afirma que en su teoría del orden social este autor trata al orden como la base para la comprensión mutua, en lugar de mantener que esa comprensión mutua, o esos conceptos compartidos, instituyen la base para lograr el orden social. De hecho, Garfinkel argumenta que el proceso de hacer el orden es el proceso de hacer un entendimiento mutuo. Además, la reciprocidad y la confianza son partes constitutivas necesarias de este orden, por lo que no se trata de un orden arbitrario, sino uno centrado en principios igualitarios. Aquellos que se involucran y producen secuencias de conversación y acción mutuamente entendidas deben, pues, adherirse a los principios de reciprocidad moral o, más exactamente, producen reciprocidad moral como un orden de práctica observable en y a través de sus propias acciones.
Goodwin y Heritage (1990: 285-286) dan cuenta de la centralidad otorgada por Garfinkel a la naturaleza y a las propiedades de la experiencia ordinaria y, en particular, a los sistemas de categorías (o “construcciones”) de conocimiento de sentido común y razonamiento práctico que los actores sociales emplean en sus cursos reales de acción. Los investigadores consideran que Garfinkel ideó una gama de procedimientos con los cuales pudo demostrar no solo que los entendimientos mutuos son altamente contingentes y revisables, sino también que los participantes invocan una amplia gama de entendimientos de fondo para dar sentido a un curso de actividad. Además, sus investigaciones demostraron, que el orden comunicativo y social se basa en una cultura preestablecida que determina lo que significan las palabras y las reglas, esto es, que todos los aspectos de un mundo social cognitivamente compartido se sustentan a través de un conjunto común de múltiples métodos de razonamiento. A través de estos métodos, los individuos particularizan su sentido del lenguaje, de las reglas y normas, de la cultura común y del conocimiento compartido a las circunstancias locales.
La clave para comprender el orden social como un logro compartido en la forma en que Garfinkel (2006a) propone es eliminar al actor y sus motivos y valores del centro del escenario y reemplazarlos por un enfoque en el logro de los órdenes sociales en y a través de las características reconocibles y responsables de la actividad. En lugar de tratar a los actores como lo dado y luego intentar explicar cómo y por qué crean el orden de las situaciones (lo que implica suponer un modelo del actor y una estructura social hacia la cual hipotéticamente se orientan) Garfinkel trata a la acción situada como lo dado, lo que tiene existencia, y propone que intentemos explicar cómo y por qué produce los actores, las órdenes y las motivaciones que produce. En lugar de considerar a la lógica y a la razón como los puntos de partida para una teoría del orden social, la teoría del conocimiento o la concepción de la justicia, comenzando con la mente individual o las estructuras conceptuales compartidas (cultura), Garfinkel arguye que la lógica y la razón son características de la situación. Como veremos, esto se develará esencial para poder aproximarnos a los motivos en los que los actores hacen depender sus motivaciones y apreciaciones respecto de los mecanismos de obediencia. En palabras de Coulon (1995:74), los estudios etnometodológicos pueden mostrar cómo los miembros de una sociedad producen y exhiben juntos en su vida cotidiana “la coherencia, la fuerza, el carácter ordenado, el significado, la razón y los métodos del orden social”.
Comunicación, conversación
Como asevera Garfinkel (2006a: 99), el objetivo principal de su proyecto es, en primer lugar, “traducir” al concepto de relación social en términos de esfuerzo comunicativo entre los actores. En segundo lugar, el problema que se plantea radica en estudiar ese esfuerzo comunicativo con respecto a los contenidos, las organizaciones de significados, los procesos y las lógicas de las expresiones comunicativas, y las tácticas de comunicación y comprensión.
De acuerdo con Garfinkel (2006a: 102, 158, 159) el término “acción” debe considerarse, para sus propósitos, como un término peculiar del vocabulario de investigación del observador científico. Esta reserva es necesaria porque los agentes estudiados tienen sus propias nociones sobre qué es lo que ven, dónde lo ven, qué causa la apariencia de lo que se ve, cuán obviamente lo que se ve se presenta por sí mismo, y así sucesivamente. Es de crucial importancia para esta orientación que los principios interpretativos rectores empleados por el agente, así como las reglas que gobiernan las combinaciones de significados con los que actúa, difieren de manera notable de la actitud y los modos de idealización que emplea el observador científico con referencia al mismo material. Podría decirse que ese observador actúa con otras reglas de juego: las de la ciencia. Lo que propone Garfinkel es que la investigación descubra dos conjuntos de reglas: 1. las reglas básicas del juego, que representan cómo el sujeto se permite combinar, oponerse, contrastar, contradecir, implicar, acordar, formular expresiones de los términos según el estado de ánimo, por ejemplo, imperativo, condicional, optativo, hipotético, entre otros, y 2. reglas de procedimiento que son lo que normalmente denominamos como las normas de actividad o las instrucciones para la actividad. Rawls (2011: 404) entiende que la comprensión de Garfinkel del papel que juegan las reglas de “uso” en la comunicación implica un complejo orden de reflexividad entre los participantes. La forma en que el destinatario de una acción responde a un giro en la conversación exhibe una interpretación que constituye el sentido de la acción. Por supuesto, esto puede cambiar con la próxima respuesta. Mantener este compromiso reflexivo requiere un profundo compromiso mutuo con las reglas de juego que, como señalamos, Garfinkel llama confianza y una orientación para exteriorizar tanto ese compromiso como el sentido del desarrollo de la interacción, y del carácter constitutivo de la acción. Pondré como ejemplo dos preguntas de un Cuestionario Cualitativo con sus respectivas respuestas y, luego para su examen recurriré a los aportes del análisis conversacional:
C.4.II. ¿Qué es el derecho?
R.C.4.II. Pájaro: El derecho es un conjunto de normas que se cuestiona sobre nuestros derechos
C.4.III. ¿Hay relación entre el derecho y la justicia
R.C.4.III. Pájaro: Si porque tienen derecho a que la justicia este de su lado
En primer lugar es dable advertir que la respuesta del actor supone una previa interpretación acerca de lo que es “el derecho” y a partir de esa interpretación se permite ensayar una definición de derecho y contrastar la común y generalizada noción del derecho como “conjunto de normas” a través de la caracterización de ese conjunto personalizándolo y atribuyéndole la acción de cuestionarse “sobre nuestros derechos” (R.C.4.II). Es mediante el empleo de este recurso que el hablante penetra en el campo de los derechos subjetivos. En la respuesta a la siguiente pregunta (C.4.III) se mantiene la permanencia en ese campo de los derechos subjetivos (que no era el especialmente previsto en las preguntas) y se realiza la acción de reivindicar el derecho a que “la justicia este de su lado”, elidiendo la mención de los beneficiarios de ese derecho. Con estas expresiones el actor no solo realiza un conjunto de acciones, de las que menciono solo algunas (definir, contrastar, afirmar, reivindicar) sino que, además, le otorga a los términos que emplea un significado particular sin cuya construcción las mencionadas acciones no podrían haber sido realizadas. Si se toma en cuenta que el entorno en el que se realiza el cuestionario remite al contexto carcelario y se reconoce que ese contexto es también creado y reproducido lingüísticamente, cabe interpretar que las expresiones: “nuestros derechos” y “tienen derecho a que la justicia este de su lado” aluden a los internos y, al hacerlo, manifiestan un reclamo por la protección de los derechos de esos internos y por el acceso a una justicia que los proteja. Es precisamente por el carácter “indexal” de esas expresiones (Garfinkel y Sacks, 1986: 166) que su sentido no puede ser comprendido sin que se sepa o se asuma algo sobre la biografía y los propósitos del hablante, las circunstancias en que se produjo la expresión, el curso anterior del discurso o la particular relación de interacción real o potencial que existe entre quien emite y quien recibe la expresión.
Prácticas locales y significados
Garfinkel (2001: 5) cuestiona el proceso de “representación genérica” ̶ guiado por la teoría- en el que se sustituye una colección de signos por detalles observables de prácticas. La forma de proceder en los análisis formales pasa por alto estos detalles, directa e inmediatamente observables, de la sociedad ordinaria. Como resultado, los investigadores solo tienen una opción para llevar a cabo sus análisis y las descripciones de acciones ordinarias: interpretar los signos. La etnometodología no participa de la necesidad de este proceso que lleva a la interpretación de signos. No es una empresa interpretativa. Las prácticas locales realizadas no son textos que simbolicen significados o eventos. Considerados en sus detalles, son idénticos a sí mismos y no representan nada más. Los detalles recurrentes de las actividades ordinarias constituyen su propia realidad. Estas actividades deben estudiarse en sus detalles inmediatos y no como signos, pistas o indicadores. Como expresa Garfinkel (2006a: 126, 106), lo que es necesario buscar son los datos que se encuentran en las “representaciones de los significados involucrados en la vida espontánea del sujeto”, y esos datos “empíricos” consisten en lo que el sujeto ha significado en sus expresiones. Como es dable advertir, con estas consideraciones el autor viene al ligar la etnometodología con el análisis conversacional y a marcar lo que más tarde será el desarrollo de ambas perspectivas.
Una de las constantes preocupaciones de Garfinkel radica en señalar al observador la necesidad de no interpretar los términos literalmente sino simbólicamente en concordancia con los significados del actor y de la situación de habla, y lejos de las reglas que orientan la actividad científica. Cuando discurre sobre la identidad, Garfinkel (2006a: 145) la considera como un “objeto de tratamiento social”, referible como un objeto a uno mismo u a otro, y fenomenológicamente apreciada por el observador. El actor ve a la identidad social como un objeto real y la experimenta directamente como un objeto real. La identidad es social en el sentido de que es un elemento de un estilo cognitivo dialécticamente relevante para una serie de transformaciones de relaciones sociales ocasionadas por acciones realizadas con referencia a otro actor. Como objeto, y como cualquier otro objeto, su modo de realidad se halla con referencia a una provincia finita específica de significado.
La identidad social tiene sus órdenes relevantes de criterios y operaciones de manipulación, los que constituyen experiencias comunes en nuestras vidas. Determinadas partes del discurso y la gramática indican los modos de manipular las identidades sociales y los siguientes términos, integran algunas de dichas operaciones: oponerse, atacar, defender, insultar, validar, invalidar, reprimir, excomulgar, contratar, disparar, destituir, invertir, invocar, corroborar, transustanciar, castigar, destruir, crear, recrear, matar, resucitar, comprometer, coaccionar, embellecer, santificar, profanar, comprar, vender, voluntad, trueque, falsificar.
A partir de esa lista ilustrativa se puede advertir que, para Garfinkel (2006a: 147-148), las reglas de manipulación en la medida en que dan un significado literal a estos términos son simbólicamente significativas y son operativas en un sentido no empírico con referencia a una realidad no empírica. Los cambios de identidad que implican dichos términos se efectúan y el significado de dichos cambios es entendido por el actor de acuerdo con consideraciones no empíricas. Esto no quiere decir que el significado de tales términos no pueda ser entendido por el observador de acuerdo con los procedimientos empíricos. Solo significa que no están constituidos por el actor de acuerdo con las reglas orientadoras de las acciones científicas. En este punto surge una implicación importante para la investigación: en la medida en que las identidades son relevantes para la acción, en esa medida prestan un aspecto ritual o mágico a la acción que depende del lugar que juega la identidad en la estructura de fines-medios de la acción. Dado que el intercambio de identidades es un procedimiento integral de todo proceso comunicativo social, toda comunicación tiene un aspecto ritual, y dado que la acción social siempre implica comunicación, cada acción social debería dar a los agentes su significado ritual. Cuando estamos en el área de las personas sociales, no decimos que existen identidades; más bien decimos que son significativas, y un problema importante es rastrear cuán diversos pueden ser los significados y cuál es el sentido asignado de existencia y realidad que el actor les presta.
Las reglas de juego
Garfinkel (2006a: 191, 197) asevera que las reglas metodológicas del juego de interpretación científica que emplea el observador son tales que cuando juega con la teoría formal puede “suspender ciertos sectores de la teoría”, es decir, hacer ciertas suposiciones, como la regularidad del punto de vista del actor, de la acción, del hecho de la comunicación, de la comprensión de las obras y, dejando todo esto de lado, procede a elaborar un vocabulario y una gramática de consideraciones teóricas y empíricas que designan y relacionan ciertos fenómenos por derecho propio. De este modo, la persona, su situación, su acción, los significados que se les atribuyen a esta estarán constituidos no por lo que son, sino por la forma en las que sean concebidas por las reglas del juego que emplea el investigador.
Garfinkel (2006b: 85) se ocupa, precisamente, de diferenciar los usos de “los miembros” de aquellos otros que el mismo “investigador tiene en mente”. Formula, así, una pregunta programática en cuanto a qué juego es aquel al que nos estamos refiriendo, si se descuida esta pregunta, es inevitable que se interprete mal el uso realizado por parte de las personas. Mientras esto sea de este modo, más diferirán los intereses de los sujetos en los usos dictados por consideraciones prácticas de los intereses del investigador.
En consonancia con la posición que sustentan, para Garfinkel y Rawls (2019: 10, 12) las personas, en sus tratamientos de entornos interpersonales, se rigen por “expectativas constitutivas” de que confían entre sí. En ambientes conductuales de eventos culturales en los cuales los eventos son eventos del lenguaje, se rigen por expectativas constitutivas dado que son miembros de la misma comunidad lingüística. De esta manera, es necesario relacionar el concepto de confianza con el concepto de entornos aparentemente normales de eventos culturales / lingüísticos. Decir que una persona “confía” en otra significa que la persona busca actuar de tal manera que produzca a través de sus acciones, o que respete como condiciones de juego, las órdenes de los eventos representados en las reglas básicas del juego. Alternativamente, el jugador da por sentado las reglas básicas del juego como una definición de su situación, y eso significa, por supuesto, una definición de sus relaciones con los demás. Más adelante podremos actualizar estos posicionamientos teóricos viendo como el aprendizaje del lenguaje tumbero, conlleva directamente la adopción de un sistema de prácticas, valores y códigos.
En cuanto el interés radique en el lenguaje, los eventos culturales pueden traducirse en eventos lingüísticos. Los eventos culturales son esencialmente eventos en un orden normativo, su ocurrencia por lo tanto depende esencialmente de la probabilidad de que la persona cumpla con este orden normativo como un conjunto de máximas de conducta. Así como el término estructuras sociales se usa en el discurso sociológico para referirse a observables empíricos, Garfinkel y Rawls (2019: 3-4) usan el término “estructuras lingüísticas” o “estructuras del lenguaje” para referirse a los eventos lingüísticos como observables. La característica común en ambos casos es su referencia a acciones gobernadas por reglas. El término “estructura” se refiere al carácter típico, potencialmente repetitivo y uniforme de aquello que se va a observar y aquí es necesario marcar tres propiedades: a. la tipicidad, repetitividad potencial y uniformidad se asignan a las ocurrencias en virtud de las regulaciones normativas de su producción; b. así como en la descripción de las estructuras sociales, una acción es una acción en un orden, y c. la propiedad de la ocurrencia estandarizada de eventos lingüísticos depende del hecho de que el usuario del lenguaje trata el lenguaje paradigmático como máximas de conducta al generar una instancia de un evento lingüístico. La estandarización es de interés y es necesariamente de interés en la medida en que es empíricamente correcto que el teórico asuma en nombre del sujeto que sus acciones consisten en acciones dentro de un orden, es decir, que sus expresiones son expresiones dentro de un lenguaje. Es en este sentido que a Garfinkel (2001: 3) le interesa la estructura, como un fenómeno del orden realizado, como un “logro de las actividades ordinarias”.
Los analistas conversacionales proponen, precisamente, estudiar mediante la interacción conversacional el orden social en el enclave de su producción. Como bien apunta Garfinkel (1988: 106) los estudios etnometodológicos, en los que incluye a los estudios analíticos conversacionales, aprendieron a reconocer serias excepciones sin sacrificar los problemas de “estructura” y las “grandes recurrencias”. Los estudios en etnometodología como una empresa internacional e interdisciplinaria que examina las “actividades ordinarias organizadas naturalmente” han demostrado, en detalle, los fenómenos de orden producidos localmente, organizados naturalmente y reflexivamente responsables.
En el Capítulo 4 siguiente veremos cómo los aportes de la etnometodología se traducen en estrategias empíricas de análisis de datos.
- La letra “C” indica la fuente de datos: un cuestionario cualitativo. El “94” señala el número de cuestionario de un total de 103. El “XIII” marca el número de la pregunta del cuestionario. La letra “R” la respuesta a esa pregunta.↵







