Introducción
Una de las características fundamentales de la investigación cualitativa reside en el carácter inductivo del proceso de investigación. Esto es, en lugar de partir del supuesto de la necesidad de verificar teoría y operar deductivamente hasta la obtención de los resultados, se sostiene el criterio de la exigencia de crear conceptos y teorías –no generales sino acotadas al conjunto de los datos examinados- a partir esos mismos datos y recogiendo las teorías empleadas y/o creadas por las y los participantes en la investigación para comprender y/o explicar los acontecimientos, situaciones y procesos a los que se refieren. Ese mismo carácter inductivo se hace presente en el análisis de esos datos. Es por eso que me he visto frente a la necesidad de esbozar el conjunto de nociones, orientaciones y enfoques que me asisten en el análisis de los datos y que surgen de las particularidades de la producción discursiva en examen. Se trata, así, de establecer la ineludible relación entre las estrategias de recolección de datos y las de análisis de los datos.
El contenido de este capítulo exhibe entonces las estrategias y recursos discursivos empleados asiduamente por los participantes de la investigación en sus producciones textuales. Esos recursos y estrategias no fueron previstos ni presupuestos a priori, tal como hubiese sucedido de tratarse de un proceso deductivo.
La presencia y contenido de este capítulo se justifica debido a que guía todo el análisis de los datos y permite no solo hacer transparentes los criterios, recursos y estrategias a los que se apela en ese análisis sino que, además, habilita la posibilidad de consulta de las particularidades y desarrollos de las perspectivas a las que he recurrido sin necesidad de que sean reiteradas en oportunidad de los distintos momentos del proceso analítico. Dicho proceso se expone en detalle en los Capítulos 5, 6 y 7.
Se tratarán, pues, la relación entre la etnometodología y el análisis conversacional; la interacción conversacional; el análisis conversacional; los turnos del habla; los procesos de categorización; la aplicación de las estrategias de análisis a textos del corpus; la narrativa y la historia de vida, y la argumentación. Todas estas orientaciones, salvo la argumentación, tienen su arraigo en la etnometodología y, como tales, constituyen las estrategias de análisis y de recolección de datos más vinculados con ella.
Como se expuso en el Capítulo 3 referido a la etnometodología, no se partió del presupuesto de que constituía un enfoque teórico-metodológico útil para conducir el proceso investigativo e intentar responder las preguntas planteadas, sino que se arribó a la etnometodología también inductivamente, observando la centralidad de las prácticas sociales tanto en la producción y reproducción del orden normativo interno del contexto carcelario como en el cuestionamiento de ese orden y de las formas de obediencia y control con las que se sostiene y reproduce, tal como se pudo advertir en la observación de campo, en las entrevistas, en las historias de vida y en las respuestas a los cuestionarios realizados. Entre las prácticas sociales las de carácter discursivo adquieren un lugar altamente significativo como se verá en los ejemplos que forman parte del corpus incorporados a este capítulo, y analizados de acuerdo con las orientaciones desarrolladas.
La relación entre la etnometodología y el análisis conversacional
Como señalan Maynard y Clayman (1991: 388, 396) la etnometodología, como teoría, propone un “orden existente en las actividades concretas que es impermeable a la derivación analítica formal” y que, por lo tanto, requiere una forma diferente de estudio. Así, el análisis conversacional –que ha guiado el proceso analítico de los Cuestionarios Cualitativos y de las entrevistas en las que, además, se recogen las historias de vida- se ha convertido en una forma visible e influyente de investigación etnometodológica. Precisamente, Cicourel (1982: 13, 14) asevera que la forma en la que se llevan a cabo las entrevistas y los cuestionarios presupone un “modelo de comportamiento conversacional” que no siempre es reconocido. El análisis conversacional, el del discurso y el narrativo se anudan hoy, para Morse (2020), a la investigación cualitativa. La etnometodología y el análisis conversacional contribuyen sea a la comprensión de la acción social y del lenguaje en uso en una multiplicidad de entornos y para una variedad de propósitos, sea a la producción tanto de nuevas formas de datos como a la utilización de los datos de “manera original” (Harris y Church, 2019: 201).
Heritage (1978) pone de resalto la complementariedad entre la etnometodología (que se centra en el trabajo de establecer metódica y contextualmente el orden) y el análisis conversacional -que explica la sistematicidad y secuencialidad de los procedimientos (Sacks, 1992)-. Dentro del conjunto de preocupaciones de la etnometodología y el análisis conversacional Psathas (1999: 139-140) sitúa a la cuestión de cómo el análisis de la conversación puede abordar los estudios de la estructura social o los estudios de la conversación en entornos institucionales. Propone para estos casos, como es el de esta investigación, de una parte, mostrar la relevancia de las “estructuras” para las partes y como esa relevancia se exterioriza por las formas en las cuales las partes interactúan y, de otra, poner de resalto que ese enfoque no excluye ni impide el estudio de las “estructuras conversacionales-interactivas” en sí mismas.
En su intento por delimitar las diferencias entre los enfoques etnometodológicos y sociológicos de la “estructura social” Hester y Francis (2000: 395-396, 407) proponen una alternativa etnometodológica o del análisis conversacional a la concepción sociológica convencional de la estructura social. Esa alternativa es la de la “estructura en acción” que aborda los mismos fenómenos a los que alcanzan los temas y problemas tradicionales de la sociología: a. trata la estructura social como algo a lo que los miembros atienden como condición y recurso para organizar la interacción, b. destaca la relación recíproca entre la conversación y la estructura, c. muestra la capacidad de producción estructural de la interacción conversacional y, fundamentalmente, d. concibe a la “estructura social” como una noción de los “miembros”. Los estudios etnometodológicos, en los que Garfinkel (1993: 14, 16) incluye específicamente a los estudios analíticos conversacionales, no sacrifican ni las cuestiones de “estructura” ni las “grandes recurrencias”. Dada la preocupación central del análisis conversacional por las prácticas de los actores, los aportes de este autor revelan la importancia de los mecanismos de interacción en la producción del orden social y las instituciones sociales (Whitehead, 2019, 2011).
De todas las líneas de investigación etnometodológica el análisis de la conversación es, para Heritage (1991, 1992), quizás la que más se ocupa del análisis directo de la acción social. Su enfoque ha sido claramente empírico y lejos de especular acerca de las características idealizadas de la acción social los analistas de la conversación dirigen sus investigaciones teóricas hacia las acciones reales particulares y las secuencias organizadas de esas acciones contextualmente producidas. Cicourel (1981) entiende que los investigadores que participan de esta orientación hacia los materiales empíricos pueden producir resultados sistemáticos, confiables y replicables debido a que los instrumentos y los métodos de análisis que imponen a sus datos están diseñados para objetivar sus hallazgos. Ese análisis se torna significativo debido a que la conversación constituye un medio privilegiado para la construcción discursiva de representaciones sobre los mundos sociales como sólidas y objetivas, así como sobre la naturaleza y el valor de esos mundos, a medida que se desarrollan versiones específicas acerca de ellos (Potter y Edwards, 1999).
El análisis conversacional constituye, para Potter (1998: 93), una “exploración y un desarrollo con una sólida base analítica”, de algunos de los conceptos básicos de la etnometodología aplicados al contexto de la conversación. Entre las características de la etnometodología y del análisis conversacionaI sobresale su gran insistencia en los datos específicos y en los detalles que forman parte de contextos particulares. Como expresa Garfinkel (1993: 17), los estudios etnometodológicos muestran, para el “evento sustantivo de la sociedad ordinaria”, qué, y cómo, los miembros conciertan juntos sus actividades para producir y exhibir en detalle la coherencia, la cognición, el análisis, la consistencia, el orden, el significado, la razón, los métodos (ordenados localmente y reflexivamente responsables) en y a partir de sus vidas cotidianas.
La interacción conversacional
La orientación hacia el análisis conversacional tuvo la decisiva influencia de Sacks (1984: 21, 25) quien propone la existencia de un dominio de investigación que no sea parte de ninguna otra ciencia establecida y el que ha sido llamado análisis de etnometodología / conversación. Ese dominio busca describir los métodos que las personas usan para producir la vida social y aunque el rango de actividades que describe puede ser aún desconocido, el modo de descripción, la forma en que se emite, es intrínsecamente estable. El autor hace de la observación el centro de la producción de conocimiento concibiendo que: a. las formas detalladas en que se producen las actividades sociales reales y naturales se pueden someter a una descripción formal, b. las actividades sociales, las secuencias reales y singulares de ellas, son acontecimientos metódicos, y c. los métodos que las personas utilizan para producir sus actividades permiten la descripción formal de sucesos singulares que se pueden generalizar de manera intuitiva, no aparente, y que son altamente reproducibles. Para esta perspectiva, la sociología puede ser una ciencia natural de observación. Entre el interés por los “grandes problemas” y el estudio detallado de los “pequeños fenómenos” el autor escoge los segundos. Se resiste a utilizar versiones hipotéticas del mundo como base para teorizar sobre ese mismo mundo, y opta por recurrir a la observación, por “mirar de cerca ese mundo” creado sostenidamente por medio de la práctica cotidiana.
El estudio de las acciones sociales reales y particulares y las secuencias organizadas de ellas, para Schegloff (1980: 151), es posible y propone acceder a la acción en la “escena primordial” de la interacción social. La organización de la acción social en interacción resulta, para él, una organización social con unidades tales como los “turnos” y las “secuencias” conversacionales. El análisis conversacional, como empresa analítica, se ocupa de la comprensión de la conversación-en-interacción. Lo que se intenta con el análisis es determinar el orden de la interacción y, principalmente, el orden de la conducta en la interacción, explicando las prácticas ordenadas de los participantes en la interacción y esclareciendo episodios únicos de la dinámica conversacional tomados del mundo real. El análisis de la conversación en interacción en diferentes situaciones se constituye, por ende, en una forma de estudiar el orden social en su “punto de producción” (Schegloff, 1987: 101-102, 111).
En términos de Garfinkel (1988: 108), son ciertamente los estudios etnometodológicos los que muestran cómo los miembros coordinan sus actividades para “producir y exhibir la coherencia”, la fuerza, el análisis, la consistencia, el orden, el significado, la razón, los métodos, con los que producen local y reflexivamente sus vidas ordinarias. Estas expresiones ostentan notoriamente la sustitución por parte de Garfinkel del enfoque motivacional del análisis de la acción social por un enfoque metódico (procedural), con lo que hizo posible una forma nueva de abordar la praxis y los procesos de instituciones sociales específicas abriéndose la posibilidad de adoptar nuevas actitudes frente a los procesos de “comunicación lingüística” (Heritage, 1991: 292).
Cuando un individuo entra en una conversación se encuentra, según Goffman (1957: 47-48), “espontáneamente inmerso en ella” y la conversación adquiere vida propia estableciendo exigencias para su mantenimiento y determinando obligaciones recíprocas para los hablantes. Al tratar sobre la interacción “cara a cara”, Goffman (1967: 1-2) examina los comportamientos tales como las miradas, gestos, posicionamientos y declaraciones verbales con los que las personas continuamente alimentan la situación. El autor estimula el examen minucioso y sistemático de estos “comportamientos pequeños” y los dos objetivos que lo mueven a tratar con estos datos son, de una parte, la descripción de las unidades naturales de interacción construidas a partir de ellos y, de la otra, el descubrimiento del orden normativo que prevalece dentro y entre estas unidades. La aspiración de Goffman de identificar los innumerables patrones y secuencias naturales de comportamiento que ocurren cada vez que las personas se hallan en la presencia inmediata de los demás constituye un lugar de encuentro de Goffman con Garfinkel (1967) y con Sacks (1984), y de distanciamiento con las perspectivas que consideraban al orden social como externo e impuesto externamente en lugar de interno y producido cotidianamente por los actores sociales. También Schegloff (1991) subraya tanto la existencia de estructuras que operan para organizar la interacción de la conversación ordinaria como que esas estructuras generan oportunidades para detectar y reparar problemas en el logro y mantenimiento de la intersubjetividad.
El análisis conversacional
Como manifiesta (Goffman, 1967: 33-34), en cualquier sociedad, cada vez que surge la “posibilidad física de interacción verbal”, pareciera que entra en juego un sistema de prácticas, convenciones y reglas de procedimiento que funciona como un medio para guiar y organizar el flujo de mensajes. Para Goodwin y Heritage (1990: 283-284, 286-287) el análisis conversacional emerge como una “fusión” de las tradiciones de la interacción, de la fenomenológica y de la etnometodológica, y busca describir la organización social subyacente, concebida como un sustrato institucionalizado de reglas, procedimientos y convenciones de interacción, a través del cual se hace posible una interacción social ordenada e inteligible. El examen de este sustrato requiere un estudio integrado de acción, conocimiento mutuo y contexto social. Podría decirse que el análisis conversacional anticipó el creciente interés contemporáneo en la interacción social como una interfaz dinámica entre la cognición individual y social, por un lado, y la cultura y la reproducción social, por el otro.
El análisis de la conversación, como las demás corrientes de investigación de etnometodología, se ocupa, de acuerdo con Heritage (1992: 241), de las “competencias” que subyacen a las actividades sociales ordinarias. Específicamente, se dirige a describir y explicar las competencias que los hablantes comunes usan y en las que confían cuando participan en una interacción inteligible y conversacional. En su forma más básica, el objetivo es describir los procedimientos y expectativas en los términos en los cuales los hablantes producen su propio comportamiento e interpretan el comportamiento de los demás. Como en otros aspectos del trabajo etnometodológico, se emplea la propuesta de “simetría” de Garfinkel (1967: 1), y se supone que tanto la producción de conducta como su interpretación son los productos explicables de un conjunto común de métodos o procedimientos. La perspectiva básica del análisis conversacional puede ser resumida para Heritage (1992: 241-242) en términos de tres supuestos fundamentales: a. la interacción está organizada “estructuralmente”, b. las contribuciones a la interacción están orientadas “contextualmente”, y c. las dos propiedades mencionadas son “inherentes” a los detalles de la interacción. Los tres supuestos enumerados han moldeado las formas en que se llevó a cabo el proceso analítico en esta investigación. El análisis está fuertemente basado en datos, como consecuencia de la opción a favor del estudio puntual de las acciones reales y situadas de las y los participantes.
En el origen y fortalecimiento de esta perspectiva es de singular relevancia el aporte de Schegloff y Sacks (1973: 289-290) que exploran la posibilidad de lograr una disciplina de observación “naturalista” que pueda tratar los detalles de la/s acción/es social/es de manera rigurosa, empírica y formal. La atención de los autores se enfoca en el estudio de la conversación como una actividad en sí misma y, por lo tanto, en las formas en que cualquier acción realizada en la conversación requiere referencia a las propiedades y la organización de la conversación para su comprensión y análisis, tanto de participantes como de investigadores profesionales. Sus hallazgos hablan de la presencia de un determinado orden en el intercambio conversacional y de una producción metódica por los miembros de la sociedad entre sí. Cuando la conversación se produce en contextos institucionales, como en mi trabajo de campo, para la realización de entrevistas e historias de vida, es necesario estar atentos a las “características especiales” de la interacción, y en cuanto a los Cuestionarios Cualitativos es útil recordar que el interrogatorio es también parte de la interacción ordinaria, esto es, de la conversación (Heritage, 1992: 239). Aun así, y como apunta Denzin (2005: 129, 133), se ha de resaltar que los datos recopilados a través de entrevistas y cuestionarios son vistos por el etnometodólogo como “productos colaborativos” creados por la/el sociólogo y quien participa en la indagación. Para comprender tales producciones se requiere un conocimiento de los significados rutinarios de los actores teniendo presente que una institución representa una multitud de lenguajes y órdenes sociales cambiantes, y en competencia.
Una manera de comprender la naturaleza del “análisis conversacional” es, para Potter (1998: 82), concebirlo como un desarrollo de la etnometodología que ha aplicado las ideas de la naturaleza situada y reflexiva de la acción al estudio específico de la interacción conversacional. Goodwin y Heritage (1990: 287-288) enfatizan que, desde su inicio, el análisis conversacional ha insistido en lo que alude a que en el “mundo real de la interacción” las oraciones nunca se tratan como artefactos aislados y autónomos sino que se entienden como formas de acción situadas dentro de contextos específicos y diseñadas con atención específica a estos contextos. Para los participantes y, por lo tanto, para los analistas de la conversación, el punto de partida para el análisis de cualquier enunciado es el habla u otra acción de la que ese enunciado surge. El concepto de secuencia interactiva fue la innovación analítica que abrió el camino para el avance empírico acumulativo. Este concepto se basa en el reconocimiento de que cada acción conversacional actual encarna una definición del aquí y ahora de la situación a la que se orientará la conversación posterior. Este enfoque en el que cada acción conversacional es tratada como una comprensión de las acciones conversacionales previas y posteriores le ha permitido a los autores el examen simultáneo: a. de la organización de la acción, y b. de la comprensión en la interacción.
En cuanto al análisis conversacional, en especial, y al análisis del discurso, en general, he recogido la variante particular que proponen Potter y Wetherell (2002: 48) que entienden a las siguientes como las tres características pertinentes para la práctica de investigación del análisis del discurso. Este análisis: 1) se refiere a la conversación y a los textos como “prácticas sociales” e intenta responder más preguntas sociales o sociológicas que lingüísticas; 2) tiene una “triple preocupación”: a. la acción, b. la construcción, y c. la variabilidad, y 3) se interesa por la “organización retórica o argumentativa” de la conversación y los textos. El análisis argumentativo, sobre el que volveré más adelante, ha sido particularmente útil para resaltar la forma en que las versiones discursivas están diseñadas para contraponer alternativas reales o potenciales, puntos de vista que pueden ser contrarrestados (Billig, 1988; Potter, 2004).
Se ha mostrado hasta aquí cómo el análisis conversacional se interesa en el examen de los procedimientos y expectativas, en los términos en los cuales los hablantes producen su propio comportamiento e interpretan el comportamiento de los demás. Llegados a este punto, resulta ineludible incorporar la perspectiva de Billig (1999: 545) quien destaca la dificultad de comprender el “texto objetivo” en sus propios términos y de acuerdo con lo que las partes escuchan y responden (Schegloff, 1997: 171, 175) debido a que esa “escucha” podría estar desatendiendo, por ejemplo, a cuestiones de poder desigual en relaciones de género o en otras relaciones sociales. Billig (1999: 546-548, 554,556) pone en duda la pretendida “ingenuidad metodológica y epistemológica” de aquellos que sostienen, extracientíficamente, que los hechos simplemente hablan por sí mismos y advierte sobre la imposición a los textos de los participantes por parte de quien investiga de términos y categorías ajenos a esos participantes. Este autor se rehúsa a aceptar la representación de la sociedad como igualitaria y participativa y estima que el poder debe ser examinado abandonando el presupuesto de la neutralidad valorativa y reemplazándolo por una actitud crítica explícita.
Los turnos del habla
La conversación se considera la forma básica del sistema de intercambio de habla. La organización de los turnos para preservar la locución de una parte a la vez, mientras se repite el cambio del hablante, no es exclusiva de la conversación. Esa organización está presente en debates, reuniones, seminarios, entrevistas, cuestionarios, entre otros. Con una motivación disciplinaria especialmente sociológica Sacks, Schegloff y Jefferson (1974: 696, 699-700) estudian la “organización de los turnos del habla” a la que consideran fundamental para la conversación, así como para otros sistemas de “intercambio” de habla. Los turnos constituyen un tipo prominente de organización social, cuyas instancias están implicadas en una amplia gama de actividades. Los resultados del examen realizado por estos autores sugieren que, al menos, un modelo para tomar turnos en la conversación se caracterizará como: a. administrado localmente; b. administrado por las partes; c. controlados por la interacción, y d. sensible al diseño del destinatario.
Dado que los turnos se utilizan para organizar tipos de actividades que son bastante diferentes entre sí, es de particular interés ver cómo los sistemas de turnos operativos se caracterizan por adaptarse a las propiedades de los tipos de actividades en las que proceden y a la relación que se establece entre la actividad que se realiza y el sistema de turnos que actúa en ella (Sacks, Schegloff y Jefferson, 1974). En este sentido, he observado en el trabajo de campo cómo la distribución, negociación y duración de los turnos varía entre la entrevista y la historia de vida, así como se altera la distribución de los silencios, las secuencias en las que la conversación cambia de una a otra parte o fue retenida por una sola parte, y la forma en que dicha transferencia o retención fue coordinada. En los cuestionarios cualitativos, a los que examiné acudiendo al análisis conversacional, si bien la distribución de los turnos estaba determinada, en principio, por el orden de las preguntas, la duración de los turnos variaba así como ese mismo orden al hallarse preguntas carentes de respuestas. Es esta una ventaja de los Cuestionarios debido a que se reduce la “intervención” del investigador (Wadams y Park, 2018: 75) y se “incrementa la libertad” de quien responde, aun para soslayar la respuesta a una o más preguntas. El sistema de turnos para la conversación es, por tanto, interactivo. Los turnos se administran localmente por las partes, así como la duración de estos, y son el resultado de una “producción interactiva” (Sacks, Schegloff y Jefferson, 1974: 726).
Las mencionadas apreciaciones se tornan sumamente relevantes cuando de lo que se trata es de la incorporación de narrativas a la conversación, en especial, cuando se entiende, como en mi caso, que las entrevistas constituyen una modalidad del trabajo conversacional y que los relatos se producen como consecuencia del intercambio interactivo de los hablantes. Para Sacks (1978: 252, 257) la historias se organizan y se construyen “contextual y secuencialmente” con lo que el destinatario necesita realizar un trabajo de análisis respecto de cada oración de la historia, utilizando la información anterior de la que ya dispone. Como asevera Jefferson (1978: 220) una historia se articula con una conversación “paso a paso”: las historias surgen de una conversación, son ocasionadas localmente por ella y, una vez completadas, esas historias vuelven a involucrar a la conversación, es decir, son secuencial y conversacionalmente implicativas ya que el enunciado siguiente se produce por referencia a la ocurrencia de uno anterior, es decir, es originado por él.
Se había señalado que una de las características del modelo para tomar turnos en la conversación era la sensibilidad al diseño del destinatario. Esa expresión refiere a una multitud de aspectos en los que la conversación de un/a participante se construye o diseña de manera que muestre una orientación y sensibilidad hacia quien o quienes intervienen en el diálogo. El diseño del destinatario funciona con respecto a la selección de palabras y temas, la admisibilidad y el orden de secuencias, las opciones y obligaciones para iniciar y finalizar conversaciones estableciendo una base importante para esa “variabilidad de las conversaciones reales” (Sacks, Schegloff y Jefferson, 1974: 726). Se verá seguidamente cómo estos aportes se manifiestan en el trabajo de campo a través del análisis de una secuencia de dos preguntas del cuestionario cualitativo y las respuestas de Soldado que les siguen:
C.11.VI ¿Qué se debería hacer con los que transgreden las normas del derecho público?
R.C.11.VI En principio respetar sus derechos y no insertarlos en sistemas que reproduzcan delitos. Meter los pibes a la cárcel y el Servicio roba delante de ellos y viola sus derechos
C.11.VII ¿Piensa que vive en un Estado que se rige bajo parámetros de Justicia?
R.C.11.VII Pienso que el Estado en el que vivo no se rige sobre ningún parámetro de justicia solo reproduce desigualdad, pobreza e injusticia.
Esta secuencia de dos preguntas del cuestionario evidencia el carácter completamente interactivo de la conversación, y la respuesta a la segunda pregunta se puede interpretar de acuerdo con las instrucciones del habla contenidas en los turnos anteriores (Sacks, Schegloff y Jefferson, 1974). La afirmación de que el Estado “no se rige sobre ningún parámetro de justicia” (R.C.11.VII) estaría fundada argumentativamente en la respuesta anterior que refiere a la falta de respecto y a la violación de los derechos de quienes “transgreden las normas del derecho público” (R.C.11.VI). La lectura de la pregunta C.11.VI acerca de qué se debería hacer con “los que transgreden las normas del derecho público” podría haber orientado la respuesta de Soldado de muy diversas maneras. Siguiendo la sugerencia de Sacks (1989a: 227) de “mirar para ver cómo es que las personas producen lo que producen” he encontrado que, entre las múltiples posibilidades que le ofrece el lenguaje, el hablante ha elegido realizar la acción de plantear dos exigencias: a. respetar los derechos de los que transgreden las normas, y b. no insertarlos en sistemas que reproduzcan delitos y delincuentes (R.C.11.VI). Estas exigencias contienen, a su vez, dos suposiciones que se traducen en denuncias: 1. La falta de respeto a los derechos de los “transgresores”, y 2. La reproducción de delitos por parte del sistema penitenciario. Enseguida se despliegan otras dos denuncias: de robo por parte del “Servicio” y de violación de los derechos de los “pibes” por tener que ser testigos de esos actos delictivos. Por medio de esas denuncias el respondente despliega su discurso de resistencia evaluando negativamente la “moral y los valores sociales” (Mayr, 2003: 141) de las personas con las que suele interactuar. Es notorio que en todo este desarrollo el hablante no solo empleó su turno para plantear exigencias y realizar denuncias sino que, además, lo hizo de manera de no modificar los términos de la interacción aunque sí la función que se le había atribuido a su turno en cuanto a responder al interrogante formulado. Puede apreciarse, al mismo tiempo, la estructura versátil de los Cuestionarios Cualitativos, que más allá de lo concreto de sus preguntas permiten a los respondentes la consolidación de argumentaciones sólidas y muchas veces independientes de los objetivos que, como investigador, intenté perseguir con las preguntas del Cuestionario.
El desarrollo de la respuesta al primer interrogante le permite a Soldado fortalecer su estrategia argumentativa en cuanto a fundamentar sus cuestionamientos que en la segunda respuesta alcanzan también al Estado. La presencia del verbo “reproducir” con “reproduzcan” en la primera respuesta y “reproduce” en la segunda exhibe una misma cadena argumentativa que liga a ambas respuestas con ese mismo eslabón verbal. Ante la pregunta sobre si piensa que vive en un Estado que se rige bajo parámetros de Justicia, el hablante, siguiendo la secuencia de la pregunta y mediante la apelación al paradigma argumentativo de la negación con “no”, “ningún”, “desigualdad”, “injusticia”, contesta que piensa que el Estado en el que vive “no se rige sobre ningún parámetro de justicia solo reproduce desigualdad, pobreza e injusticia”.
Al leer esta emisión y volver a la primera pregunta se advierte como el hablante, si bien no puede cambiar el orden de los turnos puede con toda libertad, y esta es otra de las características positivas de los Cuestionarios, negociar, alterar, construir, producir significados diferentes de aquellos presupuestos por las preguntas sin que el entrevistador goce de un turno para, como ejemplo, repreguntar, pedir aclaración, incluir otra pregunta. Por consiguiente, un interrogante se desprende de las expresiones del respondente: si el Estado es quien “reproduce desigualdad, pobreza e injusticia” ¿quiénes son, cómo y dónde operan “los que transgreden las normas del derecho público”? El examen de las acciones que realiza el hablante en sus turnos (responder, afirmar, negar, exigir, denunciar, cuestionar, describir, entre otras) es el hilo conductor que permite arribar a este interrogante esbozado implícitamente por el interno durante sus turnos invocando, especialmente, los valores del derecho, la igualdad y la justicia como base de su “argumentación” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 133, 1980).
Los procesos de categorización
El estudio de los mecanismos de la categorización como miembro (de una categoría) y el análisis conversacional provienen de la misma base etnometodológica y tienen “preocupaciones analíticas en común” (Fitzgerald, 2012: 307), tal como se verá después. Una forma de acercarse a los mecanismos de categorización como miembro es, para Schegloff (2007a: 463), entenderlos haciendo referencia al “conjunto de prácticas” que los hablantes realizan para referirse a las personas. Este proceso en sí mismo es parte de dos dominios más grandes, uno de los cuales podría caracterizarse como hacer una descripción, y el otro podría identificarse como la selección de palabras, es decir, cómo esos hablantes usan las palabras que usan, especialmente, cómo seleccionan términos para referirse a las personas. Schegloff (2007b: 33) observa que la “referencia a las personas” y la “categorización de membresía” son conjuntos de prácticas distintos, ya que la mayor parte de las referencias a personas no se realizan por categorías de membresía, y la mayoría de los usos de los dispositivos de categorización de membresía están al servicio de otras acciones diferentes de la referencia.
Sacks (1992: 237-239) se pregunta sobre las condiciones que hacen posible que las descripciones sean “reconocibles”, independientemente del conocimiento de las circunstancias a las que se refieren. Para responder a esta cuestión introduce el término básico de “mecanismo de categorización como miembro” (membership categorization device) que supone la existencia, a nivel cultural, de colecciones de categorías para referir a las personas, conjuntamente con determinadas normas de aplicación. De este modo los miembros pueden aplicar categorías a las personas para decir cosas acerca de ellas. Según las expresiones de este autor, las categorías típicas son, como ejemplo, “género” (mujer/hombre), “raza” (blanco/negro). Un conjunto de categorías constituye, para Sacks, una colección de categorías que son aquellas que “van juntas” o que se usan juntas. Así las categorías “madre”, “padre”, pertenecen a la colección “familia”. Los términos son construidos; dependen de lo que las personas hacen con ellos y una categoría simple como recurso de categorización es adecuada para referir a una persona, y esa categoría puede ser suficiente para categorizar al resto de la población.
Además, como recuerda Schegloff (2007a: 469) las categorías son “ricas en inferencia”, lo que significa que una vez que una persona es considerada miembro de una categoría, se supone que todo lo que se “conoce”, a nivel del sentido común, sobre esa categoría le es aplicable. Con “rico en inferencia” Sacks (1989b: 272-273) quiere decir que gran parte del conocimiento que los miembros de una sociedad tienen sobre esa sociedad se almacena en términos de estas categorías y ese conocimiento de sentido común compartido sobre las categorías permite iniciar y proseguir una conversación. Como Sacks postula, cualquier miembro de cualquier categoría es presuntamente un representante de esa categoría con el propósito de utilizar cualquier conocimiento almacenado por referencia a esa categoría.
Hester y Eglin (1997: 46-47) subrayan que para la etnometodología, las categorías y los predicados, como expresiones indexadas, esto es, situadas, se constituyen en su uso como miembros de colecciones o dispositivos de categorización de membresía. Su orden, su “ir juntos”, se logra y se encuentra en los detalles locales de categorización como actividad, esto es, los dispositivos de categorización de membresía son objetos ensamblados localmente en las ocasiones en las que se utilizan las categorías de membresía. La categoría, el predicado y los contextos de su uso están vinculados reflexivamente entre sí informando unos el sentido de los otros.
Recordemos que Garfinkel (1967) acomete la tarea de aprender cómo las actividades concretas y ordinarias que realizan los miembros consisten en métodos para hacer analizables las acciones y las circunstancias prácticas, el conocimiento de sentido común de las estructuras sociales y el razonamiento sociológico práctico. El conocimiento del sentido común consiste en bases de inferencia y acción socialmente sancionadas que las personas utilizan en la vida cotidiana, y que suponen que otros miembros del grupo emplean de la misma manera. Las propiedades formales de las acciones prácticas ordinarias y de sentido común deben ser evidenciadas desde el interior del escenario concreto al que constantemente producen y realizan.
Whitehead (2019: 253, 2011: 4) se ocupa se señalar que una rama particular de la investigación etnometodológica se ha centrado en el conocimiento del sentido común y las acciones cotidianas, particularmente con respecto a las categorías sociales y destaca que las categorías sirven como “repositorios” y organizan cuerpos de “conocimiento cultural de sentido común”. Este conocimiento de sentido común es socialmente compartido, se da por sentado, aunque puede ser impugnado moral o políticamente. Así, como ejemplo, es menester subrayar que si bien en las entrevistas, los cuestionarios, las historias de vida suele ser el investigador quien introduce categorías dadas por supuestas en la interacción, lo que he notado es una persistente actividad discursiva llevada a cabo por quienes participan en la indagación orientada a resistir al empleo de esas categorías, modificarlas, ignorarlas, o bien crear categorías alternativas. Justamente Cicourel (1982: 17) advierte sobre los riesgos de presuponer categorías, actividades y conceptos de membresía en los procesos de recolección de información, y destaca el carácter “negociado” por los participantes de la interpretación y empleo de las categorías creadas por el investigador.
Sacks (1992: 241) introduce, además, la noción de “actividades circunscritas a la categoría” (category-bound activities) considerando que, entre un gran número de actividades, muchas de ellas son realizadas por una particular categoría de personas o por algunas categorías de ellas. Como ejemplo, es común que los procesos discriminatorios se lleven a cabo denigrando a las personas, es decir, suponiendo respecto de ellas que hacen algo que está circunscrito a una categoría de menor posición que aquella a la que esas personas pertenecen. Dada la conexión entre categoría y “acción / actividad”, Schegloff (2007a: 470, 472) entiende que el enunciado de una acción puede activar la “invocación relevante” de una categoría. La actividad se trata como caracterizable de manera transparente y, como tal, tiene, además, la particularidad de estar vinculada a la categoría. La identidad de la actividad se da, entonces, como transparente y se usa como palanca para llegar a la caracterización relevante del actor. Sin embargo, es menester recordar que la afirmación de que alguna actividad está vinculada con alguna categoría no es una afirmación sobre esa actividad y esa categoría, sino que es una afirmación sobre el conocimiento del sentido común, es decir, una afirmación de que el conocimiento del sentido común “afirma” tal conexión (Schegloff, 2007a: 476).
Según Housley y Fitzgerald (2009: 346) el análisis de la categorización como miembro no solo ha desarrollado una sensibilidad analítica fina para la visualización organizada localmente de categorías y dispositivos como eventos situados, sino que también ha explorado el “trabajo moral y las evaluaciones normativas” de los miembros como un asunto práctico y ocasional. La reciprocidad de las perspectivas y la noción de confianza de Garfinkel (1967), a las que he aludido en el Capítulo 3 dedicado a la etnometodología, son orientaciones dentro de las cuales el trabajo moral-práctico de categorización y la organización secuencial constituyen un campo significativo.
Housley y Fitzgerald (2009: 348) vuelven a las observaciones de Sacks en cuanto a que ciertas categorías de membresía parecen “ir juntas” en “pares relacionales estandarizados”, por ejemplo “padre-hijo”, “esposo-esposa”, “comerciante-cliente”. Las acciones asociadas u observadas a través de dichas parejas de categorías implican un nivel de predicados de “relación” de rutina que sirven para generar una interacción que supone dispositivos morales respecto del par de categorías. Las brechas entre los dispositivos relacionales pueden generar reparaciones interactivas pero también incertidumbre moral frente al incumplimiento de la conducta esperada, frente a la distancia entre la regulación normativa y las formas prácticas de acción. Como se ha advertido en el trabajo de campo respecto del par relacional estandarizado “servicio-interno”, los dispositivos morales del conocimiento de sentido común vigentes en la sociedad parecen diferir del imperante en el contexto carcelario. De hecho, se suele aplicar la misma categoría a ambas partes de la relación. Observamos, así, que en algunas entrevistas (E1.39) como la analizada en el Capítulo 5 se rompe ese par equiparando a sus dos términos al predicar de ambos la realización de actividades ilegales mediante el uso de la categoría “tumbero” para identificar y/o calificar a ambos miembros de ese par. Ser considerado miembro de esa categoría supone que aquel a quien se le aplica ha incorporado los mecanismos carcelarios y delictivos en su imagen y persona. Ante estas circunstancias es oportuno interrogarse acerca de cómo operan las condiciones que hacen posible la obediencia si en el orden moral preponderante no se diferencian los comportamientos de quienes debieran ser obedecidos de aquellos comportamientos de quienes debieran obedecer.
En relación con el interés de esta investigación por los sistemas de obediencia formal e informal en el contexto de encierro es significativo recoger el aporte de Jayyusi (1993: 239, 240, 246, 241) para quien, por un lado, lo moral es una característica “dominante y constitutiva de la praxis social” y, por otro, la relación entre la acción práctica y la normatividad es “mutuamente constitutiva y reflexiva”. La comprensión de toda praxis comunicativa presupone, y se basa, entonces, en una ética natural, una ética que es constitutiva y está constituida reflexivamente por la actitud natural de la vida cotidiana. Al estar el razonamiento práctico moralmente organizado, aun el empleo de categorías descriptivas cotidianas pone en juego características de esas categorías que pueden ser morales, como los tipos de derechos y obligaciones. Lo conceptual, lo moral y lo práctico se entrelazan, así, en la organización secuencial de la conversación ordinaria. En este sentido, Psathas (1999: 144) menciona a una clase de predicados que pueden ser “imputados convencionalmente en función de una categoría de membresía dada”, estos predicados hacen referencia a motivos, derechos, obligaciones, conocimientos, atributos y competencias que pueden usarse de manera relevante para describir las actividades y la conducta de aquellos categorizados de una manera particular.
Las categorizaciones básicas juegan, de acuerdo con Potter (1998: 253-254), un papel fundamental para construir descripciones que desempeñen acciones. Mediante el proceso de categorización se seleccionan unas descripciones y se rechazan otras. La noción de “manipulación ontológica” le permite mostrar cómo se logra que unos argumentos y unas afirmaciones sean eficaces, tratando como discutibles unas entidades particulares y dando otras entidades por sentadas. Desde una perspectiva discursiva de la categorización, y adoptando el punto de vista que supone que el lenguaje es ante todo un medio para la realización de acciones sociales, Edwards (1991) señala que la categorización siempre está contenida en una emisión, un texto, un argumento, una descripción, un relato, y forma parte de una acción como informar, justificar, defender, culpar, excusarse, entre otras. Las categorizaciones como prácticas situadas y con su propia organización interaccional y argumentativa, realizan, entonces, un trabajo moral sobre el mundo que describen, sobre el proceso de interacción y sobre los participantes. Como acentúan Fitzgerald y Rintel (2016: 184, 186), las categorizaciones no son simplemente “etiquetas adjuntas a los objetos”, sino un trabajo de interacción motivadob llevado a cabo por la/el participante en un momento determinado y en el cual la colaboración y el resultado configuran la selección y el compromiso de interacción del conjunto.
Los estudios de Stokoe (2009) muestran cómo los hablantes invocan las categorías de su cultura, mediante una mención abierta o una descripción resonante de categoría para llevar a cabo acciones sociales. El análisis de las prácticas por medio de las cuales se nombran y reconocen las categorías permite, por tanto, indagar a través de datos empíricos el proceso por el cual los miembros de una sociedad comparten e infieren significados interactivamente recurriendo a formulaciones categoriales. Estas expresiones no pueden soslayar que, en términos de Billig (1985: 92), la categorización y la particularización están “integralmente relacionadas” como procesos cognitivos de modo que no debiera privilegiarse el análisis de un proceso en desmedro del estudio de otros.
La aplicación de las estrategias de análisis a textos del corpus
Para Fitzgerald (2012: 305, 308), el reciente resurgimiento del interés en el trabajo de Sacks en la “categorización como miembro” ha proporcionado una comprensión más profunda de la omnipresencia y complejidad del trabajo de “categorización social” y, al mismo tiempo, una progresiva conciencia analítica de cómo operan las orientaciones de la categorización social en múltiples niveles de trabajo de interacción. Si bien las ideas originales de Sacks sobre la cultura en acción que los miembros dan por cierta siguen siendo fundamentales para el análisis de las categorías, la investigación reciente ha comenzado a demostrar nuevas formas en las cuales el trabajo categorial de los miembros opera dentro de un entorno secuencial integrado y de múltiples capas de acción social. Las dimensiones de interacción consideradas como en capas, incluyen, al menos: la categorización, el ordenamiento por turnos, las relaciones con los participantes, las prácticas de participación, la conversación temática. Como enfatiza Sacks (1995: 561-652), en un fragmento dado pueden operar diferentes tipos de organizaciones por lo que es necesario “abrir el texto” y no limitar el análisis a un solo tipo de organización.
Seguidamente incluiré un ejemplo para cuyo análisis opté por el enfoque etnometodológico de la categorización. Desde esa perspectiva, las prácticas categoriales están “contextualizadas” dado que siempre son irremediablemente ocasionadas y su significado le es dado por los participantes aquí y ahora (Fitzgerald, 2012: 309). Tomás, el entrevistado, lleva dieciséis años en prisión, ha pasado por distintas unidades penitencias y en su narrativa atribuye y predica acciones vinculadas a la categoría “Servicio Penitenciario”, “servicio”, “policía” acudiendo a distintas formas de categorización de las cuales solo transcribiré algunos ejemplos enmarcados en las “ilegalidades” (E.2.9.E) que, para el hablante, se cometen en la cárcel:
E2.12.Tomás: […] Todas las unidades, lo que es para mí, del sistema carcelario, es todo lo mismo. De la corrupción te estoy hablando. Del Servicio Penitenciario”
[…]
E.2.66 Entrevistador (E). ¿Cómo es tu mirada sobre esto? Sobre las cosas que te tienen que dar, las que no?
E.2.67.T: Yo te entiendo, yo pasé muchas cosas hasta que se me dio está oportunidad [de educación]. Pero pasé sufrimiento, pasé hambre, pasé tortura con el servicio. Yo no tengo nada con las personas, somos todos humanos ¿no? Pero pasé de todo. Estuve desaparecido tres meses sin que me encuentre el juzgado ni los derechos humanos. Ni mí familia. Mi familia moviéndose porque si no tenía a nadie al lado, no sé qué sería de tu vida acá. Va, yo la tenía pérdida acá. Llego a una Unidad y no sé.
[…]
E.2.71.T: Claro. Llego a la Unidad 2 [Sierra Chica] y yo tenía un impedimento ahí. Yo no podía, me llevaron más de 10 veces y no podía ingresar. Y me metieron. Estuve tres meses, me tiraron en los buzones y eso es cárcel, cárcel. Te cierran el pasa plato. Te pasan el pan, te pasan el agua, no te sacan a ducha. Y si te sacan a ducha, no salgas porque salen cubitos el agua para el invierno. Igual no te sacan. Te sacan a cada tanto cuando te ven así como Jesucristo [deteriorado, sucio] he, yo estaba todo asustado. Tenía miedo. En ese entonces que yo había pasado, fallecieron dos pibes conocidos. Que acá en la cárcel se le dice pibe bueno, la policía le pone esos nombres
E.2.72.E: Claro, le ponen esos nombres
E.2.73.T: Y, fallecieron dos que dicen que supuestamente se ahorcaron. Y no, los pibes no se ahorcaron, los mató la policía. Y ahí, la policía es re mala. Piensa que somos animales, vacas, caballos, yo tenía una sábana nomás.
Además de en la primera emisión citada en el ejemplo (E2.12), la nominalización “corrupción” –por medio de la que el verbo se hace sustantivo y la acción se mitiga- es empleada para aludir a diferentes acciones realizadas por el “servicio” como entrar y desarmar coches (E2.16, E2.18) o llevar a cabo otras acciones ligadas a “la salud, la higiene, malos tratos” (E2.20), a la ubicación preferencial de algunos internos en relación con otros a los que “tiran a los buzones” (E2.34), a la reducción de alimentos, sábanas, entre otros, (E2.44). Para Tomás, la mayor parte de estas acciones tienen motivaciones económicas, se realizan “por la plata” (E2.36).
En términos de Schegloff (2007a: 470, 472, 476) podría decirse que el hablante en su relato va “construyendo escenas” de corrupción, de tortura, de muerte con actores y participantes y acudiendo al empleo de “categorías y acciones”. La mención de una categoría supone la presencia de categorías relacionales, como el caso de servicio-interno y otras categorías que le permiten al hablante construir la escena y al auditorio comprenderla. Como la conexión entre categoría y acción/actividad no está restringida a que alguien formule o describa una acción de cierta manera, Tomás intenta romper críticamente con determinados presupuestos del conocimiento de sentido común del conjunto de la sociedad en cuanto a las funciones, acciones, comportamientos del “servicio”. Es preciso hacer notar aquí que, por el contrario, las relaciones entre categorías y acciones con las que Tomás construye la escena suelen ser frecuentes en las representaciones construidas por los internos en el contexto carcelario.
En los distintos relatos contenidos en las emisiones transcriptas se destaca la fuerza de la evidencia narrativa mediante la cual Tomás presenta el significado e interpretación de distintos acontecimientos y situaciones que ha vivido (Polkinghorne, 2007) señalando acciones, omisiones y responsables, como en “pasé sufrimiento, pasé hambre, pasé tortura con el servicio” (E.2.67). La narración enfatiza los pormenores de la experiencia negativa del hablante en un crescendo que culmina en “pasé de todo. Estuve desaparecido tres meses”. Este enunciado evoca en la audiencia otras situaciones análogas, parte de la historia Argentina reciente, caracterizadas por las desapariciones y la muerte así como por la tortura, y los tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, estos últimos expresamente prohibidos por los instrumentos internacionales de derechos humanos (Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 5; Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 7; Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes). Las acciones ligadas a la categoría “servicio” no están explicitadas directamente sino a través de las consecuencias de esas acciones y/u omisiones sobre la integridad espiritual, física, moral, psicológica de quien en el relato se muestra como víctima de esas acciones y/u omisiones y, asimismo, como en riesgo de perder su vida.
En la emisión E.2.71 el relato de Tomás aborda las condiciones de su ingreso a la Unidad 2 y en esa secuencia conversacional describe mediante datos específicos y detalles del contexto, el qué y el cómo del orden local (Garfinkel, 1993; Potter, 1998) que se le impuso en su vida cotidiana. Si bien no se exhibe una referencia clara a quienes realizaron las siguientes acciones que relata tales como “me metieron”, “me tiraron en los buzones”, “te cierran el pasa plato”, “no te sacan a ducha”, entre otras, tales acciones no pueden sino estar ligadas a quienes tienen en la prisión una autoridad legitimada para efectuarlas, esto es, el “servicio”, la “policía”. La descripción de la situación de encierro se resume en la expresión “eso es cárcel, cárcel” que es ilustrada, inmediatamente, por el conjunto de privaciones que sufren los internos y remata en “Te sacan a cada tanto cuando te ven así como Jesucristo”. El empleo de la categoría “Jesucristo” tiene la función argumentativa de mostrar que solo la ducha era posible en situaciones extremas de suciedad, deterioro, escarnio, agobio: sacrificio. El conjunto de la descripción contenida en el relato viene, de este modo, a dar cuenta del sentimiento de temor de Tomás unido, también, a la muerte de otros internos.
Si bien en la emisión E.2.71 Tomás relata que “fallecieron dos pibes conocidos”, en la emisión E.2.73 modifica su expresión y afirma que “supuestamente se ahorcaron. Y no, los pibes no se ahorcaron, los mató la policía” dando cuenta, así, en palabras de Daroqui et al. (2007: 461) de como “los delincuentes”, en tanto etiquetados como “lo otro”, son “despojados” de todos los derechos y en particular del derecho fundamental a la vida. En ese proceso en el que la argumentación y la narración de Tomás se superponen, los episodios narrativos se cuentan como ejemplos ilustrativos que respaldan la postura del hablante (Wodak, 2015: 3) y le permiten mediante una “atribución causal” pasar la ejecución de la acción desde la propia mano de los internos a las de la “policía”, ligando a esta categoría la acción de matar. En palabras de Perelman (1980: 108), sobre las que volveré, la argumentación es la técnica que utilizamos en la controversia para “criticar y justificar, objetar y refutar, preguntar y dar razones”. Recurrimos a la argumentación cuando discutimos y deliberamos, cuando tratamos de convencer o persuadir, cuando damos razones a favor o en contra, cuando justificamos nuestras elecciones y decisiones. El hablante viene desarrollando el proceso argumentativo desde emisiones anteriores y es aquí donde, luego de calificar a la “policía” como “re mala”, emplea esta evaluación para indicar la razón de ser de su narrativa, el porqué de ser contada, lo que espera conseguir con ella (Labov, 1972). Enseguida atribuye discursivamente a la policía sentimientos y actitudes respecto de los internos: “piensa que somos animales, vacas, caballos” y, para esa atribución categoriza a esos internos recurriendo a la metáfora de los animales con lo que resalta críticamente el escaso, nulo, valor que en el medio carcelario se le concede a las vidas de esos internos. Empleando con fines reprobatorios la metáfora de los animales y conceptualizando un dominio mental en términos de otro (Lakoff, 1993), es decir, el de las personas en prisión al de los animales, Tomás intenta manifestar tanto el trato inhumano que reciben las personas en la cárcel como el desconocimiento de su dignidad y de su derecho a la vida. Conforme lo sostiene Santa Ana (1999: 196, 217) el “pensamiento metafórico” es un relevante proceso mediante el cual construimos una comprensión de nuestro mundo debido a que la metáfora no es meramente una expresión lingüística figurativa sino que, además, constituye un marco conceptual. Es dable advertir, entonces, como a través de la oposición del dominio de las personas al dominio de los animales el hablante produce un fuerte impacto retórico que lleva prontamente a la audiencia a rescatar las diferencias entre ambos dominios y a organizar la comprensión en el sentido buscado por el hablante, es decir, el de cuestionar, denunciar acciones legalmente prohibidas y sancionables, mediante la estrategia de ligarlas a la categoría “policía”. Nuevamente nos encontramos en esta oportunidad con un interrogante planteado en el análisis del ejemplo anterior que, implícitamente, late en el texto de Tomás en cuanto al qué, quién y cómo de las consideradas como acciones delictivas.
La narrativa y la historia de vida
Chase (1995: 2) entiende que si se toma seriamente en cuenta la idea de que las personas dan sentido a su experiencia y comunican sus significados a través de la narración, las entrevistas en profundidad deberían ser las ocasiones en las que se recojan las “historias de vida”. Como ya se ha expresado, las historias se organizan y se construyen contextual y secuencialmente, se articulan con una conversación paso a paso y surgen y son localmente ocasionadas en esa conversación. La historia no se produce, entonces, como un recuerdo repentino, sino como una continuación de la conversación anterior (Sacks 1978; Jefferson, 1978) tal como puede observarse en el ejemplo en el que se examinaron los distintos relatos contenidos en la entrevista a Tomás. Con pareja orientación, el denominado como enfoque de “interacción social” (De Fina y Georgakopoulou, 2008: 379, 381-382) ofrece una visión de la narrativa como conversación en interacción y como práctica social, desentrañando el análisis de la interacción como un aspecto fundamental de cualquier estudio de la narrativa. No se consideran a las narrativas como textos autónomos que pueden separarse de su contexto original de ocurrencia sino como emergentes, se gestionan conjunta y secuencialmente momento a momento en las interacciones y en ellas los participantes realizan diferentes acciones, cumplen diferentes funciones. Los destinatarios de la historia, lejos de ser una audiencia pasiva, pueden rechazar, modificar o subestimar los relatos y los puntos narrativos. Para este enfoque es posible superar el nivel local de interacción de la narrativa y encontrar articulaciones entre los niveles micro y macro de relaciones y de acción social.
Tal como lo plantea Mishler (2004: 101) las ciencias humanas se enfrentan al dilema entre creer que hay una realidad objetiva por descubrir y el hecho de que la información sobre esta realidad a menudo viene ya organizada en formas narrativas. Los participantes de la investigación son los historiadores de sus propias vidas. Cuentan una y otra vez sus historias de diferentes maneras y, por lo tanto, revisan continuamente sus identidades. Los relatos a menudo difieren entre sí y las personas refieren sus vidas de manera distinta según la ocasión, la audiencia y el motivo de la narración. Las investigaciones de Josselson (2009: 647), por ejemplo, muestran cómo el presente construye el pasado y cómo la memoria autobiográfica puede usarse dialógicamente para crear y contrastar las autoconstrucciones actuales, para negar aspectos intolerables de uno mismo y para preservar auto-representaciones en desuso pero valiosas. Los recuerdos, en este sentido, operan como textos cuyo significado cambia a medida que cambia el diálogo dentro del yo. La memoria autobiográfica constituye, pues, un proceso de reconstrucción más que una representación fiel.
Estas circunstancias conducen a que las indagaciones que recogen narrativas personales puedan ser cuestionadas respecto de su validez. Para establecer algunas precisiones acudiré a Polkinghorne (2007: 476, 478-479) para quien la investigación narrativa busca transmitir conocimiento acerca de la “condición humana”. Al igual que la investigación convencional, supone: a. la recolección de evidencias, y b. el análisis o interpretación de esa evidencia. Los textos narrativos son examinados en relación con el significado que expresan y la fuerza de la evidencia narrativa radica en que permite la presentación del significado que los acontecimientos de la vida tienen para las personas, sobre cómo esas personas comprenden a las situaciones, a los otros, y a ellos mismos. Las “verdades” que buscan los investigadores narrativos son “verdades narrativas”, no “verdades históricas”. Menester es poner de resalto aquí, la perspectiva de Ricœur (1988) para quien el conocimiento del yo es una interpretación y, a su vez, la interpretación del yo, encuentra en la narración, entre otros signos y símbolos, una mediación privilegiada.
La narración de historias constituye para Riessman (2012: 368, 2015: 234) una “actividad relacional”, una “práctica colaborativa” que requiere, además de escuchar, reconocer la importancia de los contextos interactivos e institucionales que dieron forma a la versión particular de la narración. Luego, frente a los entornos institucionales habría que preguntarse: ¿Cómo ha influido ese entorno en lo que el investigador y los participantes pueden hacer y decir?, ¿cómo insinúa el escenario su camino en la textura de la interacción? Este planteamiento es por demás relevante para esta investigación dado que gran parte de los datos fue recogida en contextos de encierro.
Gubrium y Holstein (1998: 164, 181, 166) también subrayan la importancia del contexto en el que se produce el relato. Consideran que la narración personal está enlazada reflexivamente a la interacción de las acciones discursivas y a las circunstancias de la narración. Utilizan el término “práctica narrativa” para caracterizar simultáneamente las actividades de la narración, los recursos utilizados para contar historias, y los auspicios bajo los cuales se cuentan las historias. Los autores arriban, así, a esbozar la necesidad de un vocabulario analítico sensible a la interacción y al contexto institucional si lo que se pretende es expandir el ámbito del análisis narrativo a los diversos sitios donde se hallan las historias contadas en la vida contemporánea. Como textos de experiencia, las historias no están completas antes de su narración, sino se ensamblan para satisfacer demandas interpretativas situadas.
Como lo destaca Riessman (2012: 368) los entrevistadores son “participantes activos” en las narrativas de las entrevistas y esa interacción se produce en entornos culturales particulares que se vuelven esenciales para la interpretación. Dado que el narrador no está simplemente contando su historia en el vacío, sino contándola a alguien (Murray, 2018) se impone reconocer a la narrativa como una construcción conjunta, de allí que las y los investigadores necesiten reflexionar sobre quiénes son y cómo contribuyen con la composición del relato narrativo. Con base en el carácter dialógico, activo, colaborativo, de los distintos participantes en el proceso en el que se realiza la práctica narrativa se llega al reconocimiento de la coproducción del entendimiento en el transcurso de ese proceso (Atkinson y Sampson, 2019: 2). Esta posición se nutre de los aportes de Holstein y Gubrium (1995: 16) quienes, siguiendo una orientación etnometodológica, consideran a la entrevista activa como una forma de la práctica interpretativa que afecta al entrevistado y al entrevistador mientras se articulan las estructuras interpretativas, los recursos y las orientaciones que se llevan a cabo con lo que Garfinkel (1967) llama “razonamiento práctico”.
También Wengraf, Chamberlayne y Bornat (2002: 254, 255, 262) caracterizan a la historia oral, precisamente, por ser “dialógica”. La invitación a hablar del pasado, a recordar, pone al narrador en el centro de la escena con la autoridad derivada de la propiedad de un recurso escaso y único: el relato personal. Las oportunidades para revelar, revisar y recuperar el pasado han dado lugar ya sea a cambios en la vida individual, ya sea a desafíos colectivos a los relatos establecidos y las narrativas dominantes. Las narrativas personales pueden, entonces, revelar las lesiones ocultas y los potenciales ocultos tanto individuales como colectivos. Stone-Mediatore (2003: 6, 4, 126, 183-184, 2019: 551) señala que las narrativas construidas a partir de “perspectivas dominantes” tienden a ser respaldadas y repetidas por instituciones que detentan poder, con el resultado de que el carácter narrativo de estas representaciones pasa desapercibido a medida que llegan a ser aceptadas como “conocimiento de sentido común”. Como ejemplo, la narrativa que construye culturalmente a la “seguridad” y al “criminal” identifica a la “seguridad” con el castigo severo y transforma al sujeto que sufrirá un castigo quien pasa de ser una persona que ha violado una ley a formar parte de una masa indiferenciada de criminalidad incontrolable. A través de estos recursos se suelen acallar las voces de los internos, o a privarlas de validez. En contraste, las narrativas de experiencias marginadas tienden a entrar en conflicto con tal conocimiento de sentido común y a ingresar al debate público explícitamente como “historias”, es decir, como textos narrativos arraigados en la experiencia pero reproducidos de manera creativa cuyo significado se realiza a través de su interpretación por comunidades específicas. Mishler (2005: 433-434, 445) recoge los aportes de esta perspectiva en cuanto a que las críticas sociales y políticas de las estructuras sociales opresivas se verían fortalecidas si tuvieran en cuenta las “narrativas de experiencias marginales” que pueden funcionar como “narrativas de resistencia”.
Para la orientación que concibe a los seres humanos como narradores naturales, es a partir de los detalles episódicos de la memoria autobiográfica que una persona puede construir e interiorizar una historia progresiva e integradora de por vida. Por lo tanto, la historia de vida sintetiza recuerdos episódicos con objetivos previstos, creando un relato coherente de la identidad en el tiempo. Mediante el relato, las personas se transmiten a sí mismas y a los demás quiénes son en la actualidad, cómo llegaron a ser lo que son y hacia dónde creen que van a ir sus vidas en el futuro (McAdams y McLean, 2013; McAdams, 2008, 2018).
En su intento de presentar los enfoques analíticos a través de los cuales se accede al material narrativo, Chase (2005: 656-658) subraya que estos enfoques, “interdependientes entre sí”, enfatizan las particularidades de la investigación narrativa, es decir, su diferencia y su relación con otras formas de investigación cualitativa. Dichos enfoques que, en gran parte, abarcan y sistematizan lo que se ha venido examinado en este apartado, pueden resumirse destacando: a. que la narrativa es una forma particular de discurso en la cual la creación de significado es retrospectiva, b. que las narrativas son acciones verbales, c. que las historias están condicionadas por una gama de recursos y circunstancias, y d. que las narrativas constituyen realizaciones interactivas socialmente posicionadas y contextualizadas.
En especial, respecto de la historia de vida, tal como he asentado al iniciar este apartado, la entrevista constituye una ocasión propicia para recoger historias de vida. Para ello, el entrevistador mueve la interacción dialógica de manera de invitar a la o a el participante a hablar sobre su propia vida ofreciéndole una escucha atenta pero, en particular, prolongados turnos de habla evitando las interrupciones. De acuerdo con Mallimaci y Giménez Béliveau (2006: 176) la historia de vida se centra en un “sujeto individual”, y tiene como elemento medular el análisis de la narración que este sujeto realiza sobre sus “experiencias vitales”. Para los autores, la historia de vida es el estudio de un individuo o familia, y de su experiencia de largo plazo, contada a un investigador y/o surgida del trabajo con documentos y otros registros vitales. Aunque la expresión “historia de vida” evoca la totalidad de la historia de una persona, para Bertaux (2014: 261, 1997: 32, 2010: 35) ya existe una historia de vida desde que una persona relata a otra un episodio de su pasado personal. El verbo relatar aquí es fundamental: significa que la producción discursiva del hablante toma la forma narrativa. En otras palabras, no es necesario que una historia de vida esté completa para llamarla historia de vida. Esta orientación reposa, luego, en una concepción maximalista de la historia de vida al considerarla como una forma narrativa que el hablante emplea para expresar el contenido de una parte de su experiencia vivida. En este sentido, para Lanford, Tierney y Lincoln (2019: 459-460), las historias de vida no necesitan ser “completas”, ya que pueden centrarse en momentos específicos de la vida de una persona que son de interés particular o son vitales para contextualizar una “preocupación explícita”. El enfoque de la historia de vida recoge las múltiples concepciones, comportamientos y percepciones que forman parte de la identidad de una persona y cuestiona el presupuesto acerca de que los individuos reaccionan pasivamente frente a fuerzas políticas y sociales externas. En cambio, sostiene que los individuos tienen la capacidad de comprender y modificar sus entornos.
Atkinson (2012: 115) entiende que pensamos en “forma de historia, hablamos en forma de historia” y damos sentido a nuestras vidas a través de la historia. Una historia de vida es, para Atkinson (1998: 8, 2012: 119, 125), la historia que una persona elige contar sobre la vida que ha vivido, lo que recuerda de ella y lo que, como narrador, quiere que “los demás sepan”. Las historias de vida surgen de la experiencia vivida y permiten comprender cómo las personas ven sus propias vidas y sus interacciones con los demás, establecen conexiones, arrojan luz sobre los posibles caminos a través de la vida y nos conducen a nuestros sentimientos más profundos, los valores por los que vivimos y los puntos en común de la vida. Para este autor, son necesarias más historias de vida que respeten y honren los significados personales que los narradores dan a sus historias. Cuanto más compartimos nuestras propias historias, afirma, más cercanos nos volvemos unos de otros y de todos.
La narratividad y la “temporalidad” están, para Ricœur (1983a: 51-52, 54, 59, 62, 1983b: 17), estrechamente ligadas, tan estrechamente ligadas como pueden estarlo, según Wittgenstein, un juego del lenguaje y una forma de vida. Ricœur considera a la “temporalidad” como la estructura de la existencia (la forma de vida) que llega al lenguaje en la narratividad, y a la narratividad como la estructura del lenguaje (el juego del lenguaje) que tiene como referente último la temporalidad. Lo que intenta el autor es integrar la teoría del relato y la teoría del tiempo, y sostiene que pertenece a la hermenéutica del acto de relatar, iniciar el movimiento ascendente de la representación del tiempo vulgar hacia la temporalidad existencial. El tiempo del más simple relato escapa a la concepción vulgar del tiempo, conocido como sucesión de instantes transcurriendo sobre una línea abstracta orientada en una dirección única. El relato es siempre algo más que una serie cronológica de acontecimientos. De forma tal, el mundo desplegado por toda obra narrativa es siempre un mundo temporal. O bien el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo. A su vez, la narración es significativa en la medida en que describe los rasgos de la experiencia temporal.
La argumentación
Si bien en este apartado abordaré diferentes contribuciones a la teoría de la argumentación, parece apropiado iniciar el tratamiento de esta temática aludiendo a la orientación de Van Eemeren quien, como aseveran Wodak (2015: 7) y Boukala (2019: 92), concede a la argumentación una dimensión propia de la “vida cotidiana”. Por cierto, para Van Eemeren et al (2013) la argumentación está presente en prácticamente toda nuestra comunicación verbal. Tanto la argumentación oral como la escrita constituyen partes integrales de las rutinas diarias. Se participa regularmente en prácticas argumentativas al presentar argumentos en defensa de ciertas afirmaciones o acciones y al reaccionar a los argumentos presentados por otros. En el discurso, la argumentación siempre se relaciona con una opinión particular, o punto de vista, sobre un tema específico, y lo hace para justificar el punto de vista propio, o refutar el de otra persona. En una justificación argumentativa de un punto de vista se lo trata de defender mostrando que transmite una proposición aceptable; en una refutación argumentativa se ataca un punto de vista pero mostrando que la proposición es inaceptable, mientras que la proposición opuesta, o contradictoria, es aceptable. La justificación o refutación de un punto de vista por medio de la argumentación procede mediante la presentación de proposiciones. Van Eemeren et al (2014: 6-8, 14) presentan una definición de argumentación que combina, por un lado, la “dimensión de proceso de la argumentación” como un complejo de actos comunicativos e interactivos destinado a resolver una diferencia de opinión y, por el otro, la “dimensión de producto de la argumentación” como una constelación de proposiciones, con función argumentativa, diseñadas para hacer aceptable el punto de vista en cuestión. Estos autores se ocupan de diferenciar la noción de “pretensión” (claim) de Toulmin (2003) de la de punto de vista. La pretensión presenta la solución a un problema o, más en general, una afirmación que merece atención. Los méritos de una pretensión dependen de los argumentos que puedan producirse en su apoyo. Una diferencia significativa entre una pretensión y un punto de vista es que, en el enfoque de Toulmin, toda afirmación implica una pretensión, mientras que no toda afirmación expresada en el discurso argumentativo implica automáticamente un punto de vista.
Habermas (2000) entiende que no puede ingresarse seriamente en una argumentación si no se da por supuesta una situación conversacional que garantice en principio la publicidad del acceso, la participación con igualdad de derechos, la veracidad de los participantes, la ausencia de coacción a la hora de tomar postura. La práctica comunicativa cotidiana remite, para Habermas (1987: 36), a la práctica de la argumentación como instancia de apelación que habilita a proseguir la “acción comunicativa” con otros medios cuando se produce un desacuerdo que ya no puede ser absorbido por las rutinas cotidianas y que, sin embargo, tampoco puede ser decidido por el empleo directo, o por el uso estratégico, del poder. El concepto de racionalidad comunicativa tiene, luego, que ser adecuadamente desarrollado por medio de una teoría de la argumentación. Billig (1996: 16) entiende que la “racionalidad comunicativa” que Habermas enuncia, y cuyos requisitos no son de fácil cumplimiento, se separa de la racionalidad lógica y se constituye en una condición necesaria de una sociedad libre y racional, y tiene como finalidad el diálogo, la comunicación sin coacciones. Como expresa Habermas (1998: 65), que el lugar de la acción práctica sea ocupado por la “acción comunicativa” supone optar por un camino distinto. La razón comunicativa empieza distinguiéndose de la razón práctica porque ya no queda atribuida al actor particular o a un macrosujeto estatal-social. Es más bien el medio lingüístico mediante el que se concatenan las interacciones y se estructuran las formas de vida el que hace posible la razón comunicativa.
Habermas (1987: 37) llama “argumentación” al tipo de habla en que los participantes tematizan las pretensiones de validez que se han vuelto dudosas y tratan de desempeñarlas o de recusarlas por medio de argumentos. Una argumentación contiene razones que están conectadas de forma sistemática con la pretensión de validez de la manifestación o emisión problematizadas. La fuerza de una argumentación se mide en un contexto dado por la pertinencia de las razones. Esto se pone de manifiesto, entre otras cosas, en si la argumentación es capaz de convencer a los participantes en un discurso, esto es, en si es capaz de motivarlos a la aceptación de la pretensión de validez en litigio. Las pretensiones de validez constituyen, entonces, el punto de convergencia del “reconocimiento intersubjetivo por todos los participantes” (Habermas, 1990: 83). Representan las ofertas contenidas en los actos de habla y las tomas de postura de afirmación o negación por parte de los destinatarios. Una pretensión de validez equivale a la afirmación de que se cumplen las condiciones de validez de una manifestación o emisión. Lo mismo si el hablante plantea su pretensión de validez implícitamente que si lo hace de manera explícita, el oyente no tiene más elección que aceptar la “pretensión de validez”, rechazarla, o dejarla en suspenso por el momento (Habermas, 1987: 63). Las pretensiones de validez forman parte, también, de los criterios expuestos por Wodak (2015: 1) quien alega que la argumentación generalmente se define como un “patrón lingüístico no violento y cognitivo de resolución de problemas” que se manifiesta en una secuencia (más o menos regulada) de actos de habla que forman una red compleja (y más o menos coherente) de declaraciones. Por lo tanto, la argumentación permite desafiar o justificar pretensiones de validez como la verdad y la rectitud normativa.
La noción de argumentación sugerida por Habermas que se está analizando reposa en el concepto de acción comunicativa, que presupone al lenguaje como un medio dentro del cual tiene lugar un tipo de procesos de entendimiento en cuyo transcurso los participantes, al relacionarse con un mundo, se presentan unos frente a otros con pretensiones de validez que pueden ser reconocidas o puestas en cuestión. Sin embargo, los sujetos capaces de lenguaje y de acción tienen la posibilidad de referirse a más de un mundo, y al entenderse entre sí sobre algo en uno de los mundos basan su comunicación en un sistema compartido de mundos. El autor propone diferenciar el mundo externo en mundo objetivo y mundo social, e introducir el mundo interno o subjetivo como concepto complementario del mundo externo. Las “pretensiones de validez” para cada uno de esos “tres distintos mundos” son: la verdad para el mundo objetivo, la rectitud normativa para el mundo social, y la veracidad para el mundo subjetivo (Habermas, 1987, 143-144, 358, 1981: 33, 307).
El habla argumentativa, considerada como “proceso”, ha de aproximarse suficientemente, para Habermas (1987: 46), a condiciones ideales. Lo que se intenta desde este planteamiento es reconstruir las condiciones generales de simetría que todo hablante competente tiene que dar por suficientemente satisfechas en la medida en que cree entrar genuinamente en una argumentación. Los participantes en la argumentación tienen todos que presuponer que la estructura de su comunicación excluye toda otra coacción, ya provenga de fuera de ese proceso de argumentación, ya nazca de ese proceso mismo, que no sea la del mejor argumento. Por este medio queda neutralizado todo otro motivo distinto al de la búsqueda cooperativa de la verdad. Bajo este aspecto la argumentación puede entenderse como una continuación por otros medios, ahora de tipo reflexivo, de la acción orientada al entendimiento. Habermas (1989: 162) postula, entonces, que en la argumentación se entrelazan siempre “crítica y teoría, ilustración y fundamentación”, aun cuando los participantes en el discurso tengan que suponer que bajo los ineludibles presupuestos comunicativos del habla argumentativa sólo puede regir la “coacción sin coacciones” que, como se expuso, ejerce el mejor argumento. En términos de Habermas (1991: 162-163), todo participante en una práctica comunicativa tiene que suponer pragmáticamente que en principio todos cuantos pudieran verse afectados podrían participar como iguales y libres en una “búsqueda cooperativa de la verdad” en la que la única coerción que puede ejercerse es la coerción sin coerciones que ejercen los buenos argumentos.
Kopperschmidt (1987: 183) entiende que esta perspectiva no da cuenta de las particularidades de los procesos argumentativos en las “relaciones sociales asimétricas”, ya tengan lugar en ámbitos públicos o privados, y en las que no es posible la oposición de criterios de verdad ya sea por presiones de orden físico o simbólico. Para este enfoque, el que los procesos de decisión se transformen en procesos de entendimiento en las sociedades complejas no es solo una cuestión de intención sino de posibilidad. Más tarde, concediéndole a la categoría “derecho” un lugar central en la teoría de la acción comunicativa, Habermas (1998: 69, 94) podría haber respondido a los referidos cuestionamientos. Para este autor, un orden jurídico no solo tiene que garantizar que cada persona sea reconocida en sus derechos por todas las demás, sino que el reconocimiento recíproco de los derechos de cada uno por todos tiene que descansar en leyes que serán legítimas en la medida que garanticen iguales libertades a todos, de suerte que la libertad de arbitrio de cada uno sea compatible con la libertad de cada uno de los demás.
La argumentación difícilmente pueda examinarse sin acudir al aporte de Perelman y Olbrechts-Tyteca (1989) quienes intentan que su obra constituya una ruptura con la concepción de la razón y del razonamiento que tuvo su origen en Descartes y que ha marcado con su sello la filosofía occidental de los tres últimos siglos. Para ellos el campo de la argumentación es el de lo verosímil, lo plausible, lo probable, en la medida en que este último escapa a la certeza del cálculo. Como expone Kock (2020: 288), los autores equipararon explícitamente “argumentación” y “retórica”, definieron estos términos entre sí y diferenciaron el “reino” de la retórica del de la prueba lógica, por ejemplo, la inferencia deductiva, la “demostración”.
Para Perelman (1979: 139) y Perelman y Olbrechts-Tyteca (1989: 34, 91) el objeto de la teoría de la argumentación es el estudio de las “técnicas discursivas” que permiten provocar o aumentar la “adhesión” de las personas a las tesis presentadas para su asentimiento. Lo que caracteriza esta adhesión es la variabilidad de su intensidad. Una argumentación eficaz es la que consigue aumentar esta intensidad de adhesión de manera que desencadene en los oyentes la “acción prevista” (acción positiva o abstención) o, al menos, que cree en ellos una predisposición que se manifestará en el momento oportuno. Amossy (2009: 314) intenta mostrar cómo el trabajo de Perelman permite una integración del análisis argumentativo dentro de la “investigación lingüística”. Esto es así porque el uso de la lengua por un sujeto hablante en una situación dada no puede describirse completamente sin tener en cuenta su impacto pretendido en el otro. Al explorar esta dimensión crucial, se iluminan las formas en que realmente funciona el discurso. Por su parte, el análisis del discurso, mediante su examen detenido de los intercambios verbales y los procedimientos discursivos, arroja luz sobre la coconstrucción de lo razonable que está en el corazón de la retórica de Perelman.
La argumentación es, así, una actividad que siempre trata de modificar un estado de cosas preexistente, que se desarrolla en situaciones sociales concretas y que puede ser analizada como un sustituto de la fuerza material que, por coacción, se propusiera obtener efectos de igual naturaleza. De este modo, la eficacia de una exposición, que tiende a obtener de los oyentes la suficiente adhesión a las tesis que les presentan, solo puede ser juzgada de acuerdo con los objetivos que se propone el orador. La intensidad de la adhesión que se procura conseguir no se limita a la producción de resultados puramente intelectuales, al hecho de declarar que una tesis parece más probable que otra, sino que muy a menudo se la reforzará hasta que “la acción”, que debía desencadenar, se haya “producido” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 97, 111, 105).
Los “valores participan”, en un momento dado, en todas las argumentaciones (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 132-133, 135). En los campos jurídico, político y filosófico, los valores intervienen como base de la argumentación a lo largo de los desarrollos. Se utiliza este recurso para comprometer al oyente a hacer unas elecciones en lugar de otras y, principalmente, para justificarlas, de manera que sean aceptables y aprobadas. La argumentación se basa también en “jerarquías” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 139-140-142), tales como la superioridad de los hombres sobre los animales. Las jerarquías admitidas se presentan prácticamente bajo dos aspectos característicos: junto a jerarquías concretas, como la que formula la citada superioridad de los hombres sobre los animales, hay jerarquías abstractas, como la que expresa la superioridad de lo justo sobre lo útil. Desde el punto de vista de la estructura que posee una argumentación, las jerarquías de valores son, sin duda, más importantes que los valores mismos. En efecto, la mayoría de estos valores son comunes a un gran número de auditorios. Cada auditorio se caracteriza más por la manera en que jerarquiza a los valores que por los valores que admite.
Cuando se trata de fundamentar valores o jerarquías, o reforzar la intensidad de la adhesión que suscitan, se los puede relacionar con otros valores u otras jerarquías, para consolidarlos pero, también, se puede recurrir a premisas de carácter muy general, a las que Perelman y Olbrechts-Tyteca (1989: 144-147) califican con el nombre de “lugares”, los “topoi” de los que derivan los Tópicos (Aristóteles, 1982), o tratados dedicados al razonamiento dialéctico. Para los antiguos, los lugares designan las rúbricas bajo las cuales pueden clasificarse los argumentos, de ahí la definición de los lugares como depósitos de argumentos. Aristóteles distinguía entre los lugares comunes, que pueden servir indiferentemente en cualquier ciencia y no dependen de ninguna, y los lugares específicos, que son propios de una ciencia particular o de un género oratorio bien determinado. Los autores solo llaman lugares a las premisas de carácter general que permiten fundamentar los valores y las jerarquías y que Aristóteles estudia entre los lugares del accidente. Es de hacer notar que todos los auditorios, cualesquiera que fueren, tienden a tener en cuenta ciertos lugares, que estos mismos autores agrupan bajo algunos títulos muy generales: lugares de la cantidad, la cualidad, el orden, lo existente, la esencia, la persona. La clasificación que presentan se justifica, a su juicio, por la importancia, en la práctica argumentativa, de las consideraciones relativas a estas categorías.
Billig (1988: 198-199, 1996: 118) sugiere que el significado de un discurso argumentativo no puede entenderse “en sus propios términos”. También debe entenderse dentro del contexto de la argumentación: su sentido deriva no solo de su propio texto, sino también del discurso al que se opone. Ese contexto incluye, entonces, las opiniones que el hablante intenta justificar pero, igualmente, las “contra opiniones” que son criticadas implícita o explícitamente.
Sirva como ejemplo la contestación de Ale a una pregunta del cuestionario cualitativo:
C.5.I ¿Qué es la justicia?
R.C.5.I. Ale: En teoría la justicia son lo que tienen que representar el orden en la sociedad y la paz del pueblo del Estado en que vivimos.
La acción que realiza el hablante en primer lugar es la de emplear a la “justicia” como una categoría cuyos miembros son los jueces. Sin embargo, ni los “jueces” ni sus acciones están explicitados directamente en el texto, aunque con el verbo “tienen” se les atribuye a los jueces la obligación de “representar el orden en la sociedad y la paz del pueblo”. Recurriendo a expresiones cargadas de valores comúnmente compartidos tales como “orden” y “paz” (Billig, 1989: 297) el hablante formula un argumento que podría parecer no controversial salvo por la expresión “en teoría” con la que se inicia la emisión. De tal manera, es de hacer notar que esta emisión no puede comprenderse recurriendo al sentido llano sino que es necesario recurrir al sentido argumentativo. Como se anotó, Billig (1988: 198) sugiere que el significado de un discurso argumentativo no puede entenderse en sus propios términos sino que también debe entenderse dentro del “contexto de la argumentación”, esto es, su sentido deriva no solo de su propio texto sino también del discurso al que se opone. Con esa expresión “en teoría” Ale sugiere la posible confrontación entre una justicia de jure con una justicia de facto y, con ello, cuestiona a esta última poniendo en duda su adecuación a las normas que regulan el desarrollo, obtención, concreción de una justicia acorde con la vigencia del Estado de derecho. El argumento al que se enfrenta esta emisión es aquel que supone que los jueces “representan el orden en la sociedad y la paz del pueblo del Estado en que vivimos”. Esta forma de argumentar a “doble mano” (Billig, 1988: 212-213) si bien en apariencia ofrece dos alternativas para definir a la justicia enfrentando el “deber ser” al “ser”, ha de ser ubicada en el contexto comunicativo en el que se produce la respuesta, es decir, en el carcelario. El hablante en las siguientes emisiones y en el conjunto de las respuestas del cuestionario alude tanto a la privación de la justicia como del derecho (R.C.5.III,V,VI,VII) por lo que la emisión en análisis debe interpretarse al interior de ese contexto argumentativo como una acción crítica, de resistencia frente a esas reiteradas privaciones que sufre y ha sufrido, aún anteriores a la situación de encierro (R.C.5.II,V,VI). Entre las proposiciones que forman parte de dicho contexto argumentativo se hallan, como ejemplo, aquellas en las que: a. se vincula al derecho con el “poder expresar sus pensamientos” o ser valorado como “integrante de una sociedad” (R.C.5.II); b. se afirma la limitada posibilidad de las personas de gozar del derecho de “demostrar su inocencia” o “ser juzgado de manera imparcial” (R.C.5.III); c. se plantea la necesaria relación entre el ajustarse a las “reglas y condiciones” y la obtención, con el debido respeto, de aquello por lo que se reclama (R.C.5.V), y d. se responde negativamente a la pregunta acerca de si el Estado se rige bajo parámetros de justicia debido a que se sostiene que con la justicia “normalmente se ajusta a los más vulnerables que es la clase baja” (R.C.5.VII).
La aceptación de un sistema legal implica, para Perelman (1980: 121), un “reconocimiento de las autoridades” que tienen el poder de legislar, gobernar y juzgar, y hay abuso de poder cuando las decisiones tomadas por el poder existente parecen irrazonables, contrarias al bien común y más que aceptadas son impuestas por restricciones. Como puede advertirse, en la mayor parte de las emisiones de los textos analizados en este capítulo, como en otros textos del corpus, los hablantes cuestionan la legitimidad del poder esgrimido respecto de ellos y, al hacerlo, apelan a diferentes estrategias argumentativas, emplean el lenguaje no solo como medio de comunicación y de reproducción de la sociedad y del orden social, político, cultural, económico sino como medio de producción de disenso, de ruptura del “suelo común de convicciones compartidas” (Habermas, 1990: 88) problematizando al orden existente para, luego, exhibir otras formas posibles de ser de la sociedad, de su organización, de sus instituciones.







