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7. Las historias de vida, estrategias de análisis y resultados triangulados con aquellos obtenidos de las demás estrategias de recolección de datos

Introducción

De acuerdo con Mallimaci y Giménez Béliveau (2006: 176) la historia de vida se centra en un sujeto individual, y tiene como elemento medular el análisis de la narración que este sujeto realiza sobre sus “experiencias vitales”. Adoptando con Bertaux (2010: 35) una concepción “minimalista” de la historia de vida entendemos que no es necesario que una historia de vida esté “completa” para llamarla de ese modo. Consiste, pues, en una forma narrativa que el hablante emplea para expresar el contenido de una parte de su experiencia vivida.

Las narrativas estructuran la experiencia perceptiva, organizan la memoria y segmentan y construyen con un propósito los eventos mismos de una vida. Las personas se convierten en las narrativas autobiográficas mediante las cuales cuentan sus vidas. Para ser entendidas, estas construcciones privadas de identidad deben combinarse con una comunidad de historias de vida, o estructuras profundas sobre la naturaleza de la vida misma en una cultura particular. Es mediante el análisis detenido de las historias que es posible conectar la biografía con la sociedad (Riessman, 2008).

Resulta necesario, pues, dirigir la atención tanto al proceso de personificación que los narradores llevan a cabo cuando relatan sus historias como a la manera en que esa realización está culturalmente configurada. La gran contribución del análisis narrativo radica en el estudio de un fenómeno social general centrándose en cómo se encarna en historias de vida específicas. La narrativa constituye una forma particular de discurso, en la cual se expresan sentimientos, emociones, interpretaciones, se crea significado retrospectivamente, se ordena la experiencia pasada, se comprenden y evalúan las acciones propias y las de los demás, se organizan los acontecimientos y objetos en un todo significativo y se relacionan y examinan las consecuencias de las acciones y de los sucesos en el tiempo (Chase, 1995, 2005).

Como se verá a continuación mediante el análisis de la historia de vida de Vania, las narrativas son producciones discursivas, son prácticas sociales mediante las cuales se realizan variadas acciones sociales. En su narrativa las y los hablantes construyen y revisan continuamente las distintas formas de ser de su identidad vinculándola con situaciones, acontecimientos y procesos familiares, sociales, económicos, políticos y posicionándose personalmente en relación con todos ellos. Recuperan y evalúan de distinta manera aquellos momentos, episodios, sucesos, vínculos que consideran significativos no solo para la narración de su propia historia sino para otorgarle sentido a sus acciones y a las de otros, y aun a su propia vida a través de la historia.

Como lo he advertido a partir del análisis de los datos, la narración deviene en clave para la transformación de la experiencia en “conocimiento útil” (Stone-Mediatore, 2003:126) y abre la posibilidad de construcción de modelos alternativos de conocimiento, de formas de organización social, de estructuras y mecanismos institucionales. De lo que se trata es de intentar superar los modos, criterios y procedimientos, a través de los cuales se niega autoridad epistémica a personas y grupos sociales, lo que se suele traducir en la habitual exclusión de individuos y comunidades, de los procesos de producción de conocimiento y de transformación de la sociedad.

Principales criterios que guiaron el análisis

  1. La guía orientativa del proceso analítico se basa en el supuesto acerca de que las y los participantes en la investigación son los historiadores de sus propias vidas y que pueden narrar los mismos eventos de forma distinta en variadas circunstancias, y de distinta manera respecto de la audiencia y/o de los relatos de otros participantes.
  2. Se considera a la historia de vida como el resultado de una práctica narrativa, de una construcción activa, cooperativa y contextualmente condicionada.
  3. Se privilegia la expresión de la/el narrador respetando su alteridad y evitando tanto transformar su propia historia como analizarla mediante categorías conceptuales que atenten contra el carácter único y original del texto producido.
  4. Se entiende que la evidencia narrativa radica en exhibir el significado que los acontecimientos de la vida tienen para las personas, esto es, cómo comprenden las situaciones, a los otros, y a ellos mismos.
  5. Se analiza el texto de la historia de vida como una unidad semántica, como un todo significativo en el que la/el narrador construye, representa y da forma a su identidad, a su experiencia y a la realidad mientras relaciona, organiza y evalúa sus acciones en el tiempo.
  6. Se examinan las distintas acciones que realizan quienes narran mediante su relato, los sentidos de esas acciones y las diversas funciones que tales acciones intentan cumplir a través de la práctica narrativa.

El análisis de la historia de vida de Vania (H.1.)

Vania tiene veintisiete años y está en prisión actualmente cumpliendo, desde hace ocho años, una condena de prisión perpetua por veinticinco años. Su relato se desarrolla a lo largo de cinco momentos centrales en torno de los cuales construye su trayectoria: a. la familia (H.1.1-5), b. la “gente”, los “pibes”, los “amigos” con los que “delinquía” (H.1.6-7), c. la cárcel (H.1. 8-9), d. Dios (H.1.10-11), y e. la universidad (H.1.12-13). La narrativa de Vania se centra, entonces, en determinados momentos específicos de su vida, períodos que él considera de interés particular, exhibiendo en su historia múltiples concepciones, comportamientos y percepciones que forman parte su identidad (Lanford, Tierney y Lincoln, 2019).

a. La familia

H.1.1. Bueno, mi nombre es Vania. Empiezo a contar desde, más o menos, lo que me acuerde de mi juventud. Bueno, empecé, empiezo por el lado familiar. Mi familia fue una familia humilde. Una familia donde una madre[1], +luchó por sus hijos+. Lo que recuerdo, algo que quedó en mí vida, que a los seis años fue el >abandono< de mi padre. Y a través de eso, se generó un >rompimiento. Un caos< digamos. 

Vania comienza su relato autobiográfico apelando a lo que se “acuerde” de su juventud, reconstruyendo retrospectivamente su pasado desde el presente en un diálogo implícito entre el yo recordado y el yo que recuerda y, como se verá, ajustando el pasado a las demandas del presente y al “futuro anticipado” (Josselson, 2009: 647).

El hablante califica como “humilde” a su familia pero, enseguida, la describe señalando lo que, para él, constituye su rasgo relevante y que reposa en la actitud y actividad de su madre: “una familia donde una madre, luchó por sus hijos”. Circunscribe, así a la categoría “madre” la acción de “luchar” con una clara finalidad: “por sus hijos”. Tal como lo expuse en el Capítulo 4 Sacks (1992: 237-241) introduce dos términos complementarios, por un lado, el término básico de “mecanismo de categorización como miembro” que supone la existencia, a nivel cultural, de colecciones de categorías para referir a las personas, conjuntamente con determinadas normas de aplicación. Por otro, el autor incorpora la noción de “actividades circunscritas a la categoría” considerando que, entre un gran número de actividades, muchas de ellas son realizadas por una particular categoría de personas o por algunas categorías de ellas.

De este modo, la acción que Vania circunscribe a la categoría “madre”, esto es, luchar por sus hijos, se opone a la acción que liga a la categoría “padre”: el haberlos abandonado. Este proceso de categorización le permite al narrador no sólo decir cosas acerca de sus padres sino evaluar el comportamiento de cada uno de ellos. De hecho, ese “abandono” es un “recuerdo” que “quedó” en su vida y a partir del cual Vania entiende que se generó un “rompimiento”, un “caos”. En el relato se presenta, pues, una cadena causal elaborada por el hablante en cuyo origen ubica la acción del padre que produce la ruptura del orden familiar sostenido principalmente por la actividad de la madre.

El análisis de la categorización, que constituye hoy un enfoque etnometodológico consolidado, permite, luego, examinar los métodos prácticos del trabajo de categorización en relación con el logro local de la “organización y el orden social y moral” (Housley y Fitzgerald, 2009: 346). Esta perspectiva contribuye con la sociología en dar cuenta de las estructuras de la interacción, de la fuerza de las prácticas de categorización, del carácter localmente orientado de esas prácticas, así como del proceso de construcción de identidades (Fitzgerald, 2012). Es mediante la categorización de sus padres y de las acciones que circunscribe a esas categorías que Vania contrapone, evaluándolas, las acciones de ambos padres respecto de la permanencia y el bienestar de la familia.

H.1.2. En lo que es mis hermanas, en ese entonces tres hermanas. Estaba yo en ese entonces. Y bueno, mi madre {luchadora}. Trabajaba para nosotros. Si podía nos mandaba al colegio. Se esforzaba para que nosotros podamos +tener+, aunque sea un plato de comida. Y bueno, fui creciendo. Jardín, escuela.

En esta emisión Vania vuelve sobre su madre calificándola y, a la vez, evaluándola positivamente con el término “luchadora”. Predica de ella, al mismo tiempo, la acción de trabajar “para ellos”, esto es, para sus hijos. El condicional en “si podía nos mandaba al colegio” sugiere que la presencia de los hijos en la escuela podía estar obstaculizada por circunstancias ajenas a la voluntad de la madre. La representación positiva de la madre también se articula en la expresión “se esforzaba para que nosotros podamos tener, aunque sea un plato de comida”. Esta expresión describe a la par la situación de necesidad de la familia, la que remite al abandono por parte del padre y al “rompimiento”, al “caos” que esa acción “generó”. Como se puede advertir, a medida que avanza el relato crece la figura de la madre en contraposición con la imagen del padre diseñada en principio en la emisión H.1.1.

La calificación de la madre como “luchadora” -o queriendo luchar- también se halla en otras historias de vida. Así, Cesar relata su experiencia de “papás separados”, de “una vida difícil”, de “una madre luchadora, que lo que prevalecía siempre para ella fue vivir en una casa humilde pero siempre en la limpieza, con ropita vieja y remendada pero linda” (H.24.2). Por su parte, Darío expresa: “Me crié en una villa precaria, con dos hermanas, un padre y una madre queriendo luchar y trabajar hasta las ocho de la noche para poder salir de la villa en donde me fui creciendo” (H.4.1), y recuerda: “siempre fui encontrando un contraste muy fuerte entre el barrio y la villa […] la desigualdad era muy fuerte” (H.4.2). En estos y en otros casos notamos que si bien puede haber similitudes en las situaciones, en las experiencias y en el empleo de términos no las hay en las historias, que difieren una de otras. La unicidad de quien narra se corresponde y traduce en el carácter único de su texto. Como expresa Riessman (2008), la investigación narrativa se centra en actores particulares, en lugares sociales particulares, en momentos sociales particulares y, como campo general, se basa en el estudio de lo particular.

H.1.3. Mi madre siempre me alentaba con lo poco o mucho en la situación en la que estaba, me alentaba para que siga adelante, para que sea alguien el día de mañana. La escuela. Terminé la escuela. Terminé la primaria. La secundaria no pude terminar. Por motivos de que ya cuando tenía 16, 17 años ya habían reproches de que no alcanza la plata

En esta emisión Vania, con “siempre me alentaba”, no solo vuelve a predicar acciones positivas respecto de su madre sino que, además, destaca por una parte los límites que la situación en “la que estaba” imponía a esa acción reiterada por la madre. Por otra parte, destaca la perspectiva de la madre acerca del futuro que vislumbraba para su hijo y el valor que ella atribuía a la educación en la proyección hacia ese futuro en el que él podría ser “alguien” el día de mañana.

En su relato Vania introduce los “motivos” por los que no pudo terminar la escuela secundaria y los identifica con la presencia de “reproches de que no alcanza la plata”. Sin embargo, aunque el narrador evita nombrar a la o las personas que realizaban la acción de reprochar describe la situación de tal modo que las dificultades económicas se muestran como en el origen de esos reproches.

Otro ejemplo de cómo la similitud de situaciones y actitudes halladas en las narrativas debe impedir la generalización para así poder examinar y considerar las profundas diferencias en las biografías de los hablantes lo hallamos en la historia de Tono. Su madre quería que él “haga la secundaria” que tuvo que comenzar fuera de su “barrio” porque allí no había establecimiento. Tono relata así su experiencia: “cuando se dieron cuenta más de uno como que yo vivía acá en el barrio La Cava, y yo tenía el pelo largo, negro, trigueño digo. Y como que por el color de piel, por color de tu pelo, y ya empezó como que la etiqueta y si se quiere decir, el bulling” que primero fue “psicológico”, le decían “villero, negro”, luego fue “físico” y empezó a “no ir más al colegio” (H.23.4).

H.1.4. En ese entonces, mi madre conoce a mí padrastro. Que hoy en día está todavía. No recuerdo bien qué año se conoció con mi padre pero yo era chico. Y bueno, creciendo con él, dentro de todo, tuve una buena afinidad. Cómo mi padre, mí padrastro que me crío

En esta emisión Vania describe la situación a través de la cual se modifica la configuración de su familia a partir de que su madre conoce a su “padrastro”, a quien llama también “padre”, y del que predica la acción de haberlo criado, y con el que tuvo “una buena afinidad”. Hasta aquí el nudo de la red semántica del relato de Vania, que comienza con “por el lado familiar” (H.1.1), es su “madre”. De ella predica las acciones de “luchar” (H.1.1-2), “trabajar, mandar, esforzarse” (H.1.2), “alentar” (H.1.3), “conocer” (H.1.4).

Si consideramos al texto de Vania, como una unidad semántica (Halliday y Hassan, 1977), veremos que durante su relato va construyendo redes de significados mediante los términos, las palabras, que emplea, que se reiteran y que refieren a actores, relaciones, contextos, situaciones, procesos, fenómenos, estados, objetos. Los términos, los vocablos que se reiteran en las redes semánticas constituyen los “nudos de esa red” y representan señales, marcas que orientan el sentido de la interpretación. (Vasilachis, 1997: 300-301). La “madre” cuya mención se repite en esta parte del relato (H.1-4), conjuntamente con las acciones que se predican de ella o que se les atribuyen, permite observar cómo el hablante la ubica en el centro de la vida familiar hasta un momento determinado en el que se incorporan a su narrativa otros protagonistas y otras acciones y situaciones.

H.1.5. Y bueno, como decía, a la edad de 17, 16, vi la necesidad en mí casa de >no haber dinero, de no haber< en mi casa. >Del no tener. Y también no tener las cosas que yo mismo quería<. Y bueno, empecé a trabajar. Trabaje con mi tío. Bastante tiempo. De pintor. Él era pintor de obra. Trabajé también en el área de lo que era cartero de un country. 

Vania vuelve en esta emisión, a replicar la descripción de una situación a la que ya se había referido en H.1.3 cuando alude a la existencia de reproches acerca de que “no alcanza la plata”. En esta ocasión acude a un relato testimonial con “vi la necesidad[2] en mi casa” y, a partir de allí pasa a enumerar las carencias que observaba en su casa: “de no haber dinero”, “del no tener”, “no tener las cosas” que él mismo quería. Esta situación que caracteriza como de privaciones a nivel familiar y personal está emplazada en el relato como causa de la decisión de empezar a “trabajar”.

Asimismo, este relato en el que se destacan los “no haber”, “no tener” se contrapone a aquel otro en el que muestra que el esfuerzo de su madre le permitía tener “aunque sea un plato de comida” (H.1.2). Se advierte, entonces, que desde esta emisión cambia el nudo de la red semántica que se va a reiterar en diferentes emisiones y que está representado a través del término “dinero”, “plata” (H.1.6) y que asociará más tarde con la acción de “delinquir” (H.1.7).

b. La “gente, los “pibes”, los “amigos”

H.1.6. Y yo en ese tiempo iba conociendo gente. Iba conociendo, o sea, con pibes que crecí, que ellos también iban creciendo y bueno, iban teniendo una vida. Y bueno, fui acercándome más a ellos. Conociendo, viendo. Y bueno, llegó un momento en que empecé a ver las cosas que ellos hacían. Cosas que uno decía, bueno, es un toque, esto y aquello y listo. Obtenía plata. Dinero. Pude llegar al momento de empezar a cambiar mi visión de un trabajador normal, de levantarse, ir a trabajar, cambio mi visión de querer todo lo fácil, todo lo ya. Y empecé a obtener ese dinero fácil ¿No? Y bueno, fui creciendo en esa sociedad digamos. Porque la mayoría, todos a mí alrededor, mi familia no porque +mi familia me alentaban para bien+, pero en ese contexto de amigos, de gente que iba conociendo, que >no andaba en cosas buenas<, pero si he conocido +gente que alentaba para poder tener una vida normal+. 

La narrativa de Vania se inicia con la inclusión de otros protagonistas: la “gente” que iba conociendo, los “pibes” y, asimismo, aborda el proceso de crecimiento que el hablante compartía con esos actores. A diferencia de Vania cuya situación de privación estaba descripta por él alrededor del “no haber” dinero, del “no tener”, esos “pibes” “iban teniendo una vida”. Las acciones que Vania predica de sí mismo en ese proceso: acercarse más a ellos, esto es, “conocer”, “ver” culminan en “ver las cosas que ellos hacían”, y obtener “plata”, “dinero”.

Esta experiencia compartida se traduce en el cambio de visión de Vania sobre el trabajador normal y de todos los esfuerzos que la actividad laboral exige y empezar a querer “todo lo fácil, todo lo ya” y a “obtener dinero fácil”. Al mismo tiempo, no puede dejar de marcarse la oposición que se da entre “ser cartero en un country” o “pintor con mi tío” y ese “dinero fácil” generado en un contexto de sociabilidad entre amigos, entre pares.

Aunque afirma que iba “creciendo en esa sociedad”, en un contexto de “amigos”, de “gente” que “no andaba en cosas buenas”, excluye a su familia. Es en este momento en que surge una reflexión ética en la que opone dos perspectivas: “el no andar en cosas buenas” de sus “amigos” y de la “gente que iba conociendo” se enfrenta al “bien” al que lo alentaba su familia y quienes lo alentaba a “tener una vida normal”. Huelga mencionar que la perspectiva sincrónica de la narrativa de Vania ha de contextualizarse luego de su paso por el descubrimiento de Dios y el paso por la universidad, y que por ende muy difícilmente sus juicios actuales se encontrasen cuando tomó la decisión de seguir los pasos de los “pibes”.

Esta oposición arranca con aquella otra esbozada implícitamente entre el trabajo y el delito y, al ser expresada, da cuenta del diálogo que entabla Vania consigo mismo acerca del pasado mirado desde ese momento presente en el que transcurre su relato. Para analizar e interpretar las palabras de Vania resulta muy apropiado y sugerente el aporte de Atkinson (1998, 2012). Desde su perspectiva, las historias de vida: a. no constituyen historias que se descubren; b. surgen de la experiencia vivida; c. permiten comprender cómo las personas ven sus propias vidas y sus interacciones con los demás; d. establecen conexiones, arrojan luz sobre los posibles caminos a través de la vida, y e. conducen a los sentimientos más profundos de los narradores.

H.1.7. Y bueno, ahora empiezo a contar cuando caí detenido. Yo tenía 20 años en ese entonces. Desde los 16 más o menos que yo estaba en el tema de la delincuencia. He conocido la droga. Lo que era el tema del alcohol, el baile. La juventud. Y bueno a la edad, más o menos de veinte años, yo caigo detenido. Justamente uno de los chicos el cual está en el tema de la causa, que fue a delinquir conmigo había salido hace poco de estar privado de su libertad. Y es como que ya era parte del grupo. De los que me juntaba yo y me dijo “¿vamos a hacer esto?” y yo de {boludo} no estaba trabajando, no estaba haciendo nada en ese entonces. Bueno, fui, que no era muy lejos de donde, del barrio. He, fuimos, delinquimos. En ese hecho, digamos, hubo una muerte. Bueno les cuento, hoy estoy con prisión perpetua. Con uso de arma de fuego, homicidio agravado. Crimen y causa y tenencia ilegal de arma de guerra. Que me condenaron a prisión perpetua en el año 2012. 

En esta emisión Vania anticipa y resume el contenido de lo que será su relato, menciona su edad y el momento de su vida en el que él “estaba en el tema de la delincuencia”. Alude tanto a sus hábitos en aquel entonces y los asocia con “la juventud” así como al inicio del proceso de la privación de su libertad. El hablante se posiciona como miembro del mismo grupo al que pertenecía aquél con quien fue a “delinquir”. La inclusión de la expresión “¿vamos a hacer esto?” con la que se lo invita a participar de una acción que Vania en la actualidad se cuestiona le otorga presencialidad y evidencia al relato y, al mismo tiempo, da inicio al conjunto de acciones, situaciones, que culminan con su estado actual de “prisión perpetua”.

Como puede advertirse, el relato de Vania constituye un componente central de su propia vida y en él no solo exhibe su experiencia y expresa sus motivaciones, expectativas, convicciones e interpreta sus acciones y las justifica vinculándolas unas con otras sino que, además, evalúa los sucesos que describe presentándose a sí mismo y a los otros que incluye y dando cuenta de las particularidades de sus relaciones y prácticas interpersonales (Widdershoven y Smits, 1996: 280, 291).

c. La cárcel

H.1.8. Y bueno, al principio {no caía}. {No entendía}. Porque era un mundo que {no conocía, que no entendía} lo que era esta situación. Llevó más o menos un año poder entender y caer de que estaba preso. Porque no caía. Pasaron unos meses que {no caía}, {no entendía}. {No sabía nada}, {no entendía} y me llevaba a algo extraño. {No sabía}. Puede ser miedo o timidez el >no saber, el no conocer<. Hasta que bueno, en el 2012 estuve tres meses en comisaría, tres meses en alcaldía, acá en San Martín. De ahí me trasladaron a la Unidad 47. En el año 2012 sin conocer lo que era un penal, conocí lo que también era un pabellón. Y ahí fue donde empecé. Donde empezó mí vida adentro de este contexto. 

Vania describe en su relato un prolongado proceso de transición tanto espacial entre diversas situaciones de encierro: la “comisaría”, la “alcaldía”, el “penal”, el “pabellón” como experiencial, en una secuencia en la que podemos reencontrar el concepto de “cadena punitiva”: esa “serie interconectada de prácticas y discursos que atraviesan, forjan y consolidan determinadas trayectorias penales” (Daroqui y López, 2012: 101; Daroqui et al, 2014: 121) y que da cuenta de ese proceso de construcción del delincuente mucho antes de la intervención de las instancias judiciales y carcelarias, que sin embargo resulta determinante para luego quedar sujeto a ellas. “Al principio no caía. No entendía. Porque era un mundo que no conocía”, expresa el narrador, y con ello muestra su incertidumbre derivada de ese no saber, no conocer, que para él, podrían deberse a su “miedo”, a su “timidez”.

Es con su llegada al penal que, para Vania, empezó su vida adentro de ese contexto y esa sensación de perplejidad, de inseguridad podría vincularse con la pérdida de la concepción de sí mismo, que las disposiciones estables de su medio hicieron posible. Con el ingreso al establecimiento comienzan para Goffman (2001: 26-27) una serie de depresiones, degradaciones, humillaciones y profanaciones del yo. Los internos están, en términos identitarios y ontológicos, a la deriva. Los procesos de agresión a la identidad se inician primero y principalmente en el punto del arresto, donde la relación entre el individuo y el Estado se altera fundamentalmente. A partir de un comienzo tan agresivo, el prisionero queda sujeto a los diversos rituales formales e informales de menosprecio, mortificación y despojo de identidad que están diseñados para transformar a la persona en un sujeto carcelario manejable (Warr, 2020: 29).

Mediante su historia, Vania compone las descripciones de los significados que atribuye a los acontecimientos de su vida. Da evidencia acerca del mundo de su propia experiencia. Pero, en palabras de Polkinghorne (2007: 479), la evidencia de los relatos no es recogida por quien investiga para determinar si los eventosrealmente sucedieron” sino para establecer el significado experimentado por las personas, ya sea que los eventos se describan con precisión o no. Las verdades que buscan los investigadores narrativos son verdades narrativas, no verdades históricas. Los textos narrativos sirven como evidencia del significado personal, no de la ocurrencia factual de los hechos relatados en las historias. Y es precisamente a partir de esta emisión (H.1.8) que Vania da inicio a la descripción de su experiencia acerca del estar “preso”.

Las expresiones negativas “no caer”, “no entender”, “no conocer”, “no saber” (H. 1.8-9) y, más tarde, las expresiones positivas “entender”, “comprender” (H.1.9-10) constituyen los nudos semánticos de esas emisiones que, como veremos, marcan distintos momentos de la trayectoria de Vania y de su experiencia de la situación de encierro.

H.1.9. Ya hoy en día, miro las cosas de otra manera ¿No? En ese entonces, al año, año y medio tengo juicio. En ese entonces estaba esperando juicio, no sabía con cuánto iba a quedar. Que ahí fue donde me condenan a cadena perpetua. Y tampoco era una manera, {no entendía, no caía}. Después al tiempo, empecé a caer que eran 25 años. Era una prisión perpetua. Y ahí fue donde también {hice un click}. Entendí de que si seguía en la vida que seguía, que llevaba, con el mismo pensamiento. Seguía con la misma visión que en la cual estaba, en la cual había ingresado antes de ingresar esto, a la cárcel. O sea, >iba a seguir en el mismo circuito, en esa misma trampa<.

En su relato Vania opone el presente en el que mira “las cosas de otra manera” al pasado en el que no sabía acerca de la duración de su condena, en el que lo condenan a cadena perpetua –después de estar “año, año y medio” procesado- y en el que todavía “no entendía, no caía”. Cuando reconoció que su condena era de 25 años entendió y en su narrativa muestra que ante él se presentó la imagen del pasado unida a la del futuro: si seguía con la visión que tenía al ingresar a la cárcel iba a “seguir en el mismo circuito, en esa misma trampa”. Esa imagen de una trayectoria circular, sin escape, sin salida que lo mantendría atrapado es la que representa con la metáfora “trampa”. Tanto esta imagen como las características del empleo del lenguaje constituyen recursos mediante los cuales el hablante construye y transmite significados. Este circuito tendrá íntimas relaciones con lo que más adelante, en el Capítulo 10, se presentará con el nombre de tumbeada, sistema híbrido (formal e informal) de obediencia que puede ser considerado por parte de muchos internos e internas, precisamente, como una “trampa”. En la narración de Vania, asistimos a una maniobra recurrente, característica y casi obligada, que en la Parte III se apreciará con mayor profundidad, y que se basa en la necesidad de recurrir a otra institución para salir del universo tumbero. Si Vania sufre una ruptura biográfica, esta no se debe tanto a su encarcelamiento, sino a la presencia de una entidad (institucional o no) capaz de eclipsar el sistema de obediencia que reinaba en la cárcel, y que en el fondo era una prolongación, según sus palabras, de aquellas prácticas que lo condujeron a perder la libertad: “seguía con la misma visión que en la cual estaba, en la cual había ingresado antes de ingresar esto, a la cárcel.” Esta “misma visión”, este “circuito” o esta “trampa” serán fundamentales cuando consideremos los factores vinculados con la reincidencia (Capítulo 11), en relación con la sociabilidad que se practicó intramuros.

d. Dios

H.1.10. Y empecé y dije ¡No! En ese entonces, conocí de Dios. +Del lado de lo que es religión me ayudó un montón a comprender un montón de cosas+. A través de la Biblia. Y eso fue lo que me llevó a hoy entender. Y bueno, estuve casi todo el tiempo, casi cinco o seis años, más o menos en la Unidad 47. Hace un año y medio va a ser, ahora en abril, cumplo los ocho años estando detenido. Y hace un año y medio que estoy en la 48. No conocí lo que es otras cárceles. El tema lo que es campo y todo eso. Conozco lo que es este complejo San Martín. Y bueno, lo que es la Unidad 47 ahí +pude conocer lo que es de Dios y entender y comprender mucho como se manejaba este sistema+ ¿No? Y es algo que me propuse porque lo vi de entrada y dije >no, yo no quiero esto para mí ni tampoco quiero salir de esta misma manera que entré<. Y cambié. Iba en contra de este sistema. Iba en contra del pensamiento tumbero, del pensamiento carcelario.

En esta emisión Vania confronta su “no entender”, “no conocer”, “no caer”, “no saber” (H.1.8-9) del pasado con el “entender” de “hoy”. Apelando a la estrategia argumentativa de la “comparación por oposición” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 375-376) evalúa un momento en relación con otro, enfrenta al pasado caracterizado con las expresiones negativas con el presente y ubica un punto crucial entre ese pasado y el presente: el haber conocido a Dios. En ese proceso causal respecto del que afirma que la “religión” lo ayudó “a comprender un montón de cosas”, la Biblia se constituye en el medio que lo llevó a “hoy entender”. Es en la Unidad 47 que Vania pudo “Conocer lo que es Dios” y “entender y comprender mucho como se manejaba este sistema”. Y Vania se propuso un cambio como ya lo había anunciado en H.1.9 al negarse a “seguir en el mismo circuito”, y ese cambio se basaba en la oposición a ese sistema en el ir “en contra del pensamiento tumbero, del pensamiento carcelario”.

De este modo, el trabajo narrativo de Vania exhibe tanto su resistencia a adecuarse al sistema como a aquella identidad que le es impuesta (Warr, 2020) en el contexto de encierro. Es interesante mencionar como aflora, en esta trayectoria, la imagen de una subjetividad tumbera que comienza a constituirse mucho antes de la cárcel propiamente dicha, pero que no solo le estaba evidentemente destinada, sino sobre todo de la que emanciparse resulta complejo, revolucionario, y ajeno a los intereses de todas las instituciones, funcionarios y agentes que intervienen en la “cadena punitiva”. En el proceso de decidir sobre la matriz de conducta a adoptar, el hablante rechaza a la subcultura carcelaria luego de haber pasado por la tensión de enfrentarse a “hechos y contingencias” (Romero Miranda, 2019: 51-52) propios de un mundo que ni “conocía” ni “entendía” (H.1.8). Opta, entonces, por un cambio que lo lleva a rechazar sus actitudes y acciones del pasado y a proyectar su desistimiento hacia el futuro.

El estudio del desistimiento del crimen constituye sin duda para Maruna y Liem (2021) el área en la que la criminología narrativa ha tenido el desarrollo más sostenido. La investigación del desistimiento busca comprender cómo y por qué los individuos que anteriormente habían estado involucrados en conductas delictivas pueden abstenerse de tal involucramiento con el crimen en el futuro. La historia se torna interesante no por las verdades que transmite sobre el pasado de una persona sino, más bien, por lo que podría decir sobre el futuro de esa persona.

Liem y Richardson (2014: 692, 710) entienden que la investigación sobre el desistimiento enfatiza la importancia de la narrativa de la “transformación”, en la que el individuo ha reemplazado su antiguo yo criminal por un nuevo yo respetuoso de la ley. Los hallazgos sugieren que, en lugar de aprender a presentar una narrativa de transformación centrada en reflejar un buen yo central y motivaciones generativas, los programas (posteriores) a la prisión deberían centrarse en restaurar la capacidad de acción de los internos para garantizar el reingreso exitoso. Los años de encarcelamiento despojan a los internos de cualquier sentido de agencia individual para reemplazarlo con control a nivel institucional, de allí que los programas intensivos posteriores a la liberación debieran ayudarlos a recuperar el control sobre sus vidas y sus acciones. En este sentido y como sostienen Redondo, Padrón-Goya y Martín (2021) el sistema penitenciario debe jugar un papel importante para facilitar los cambios personales y el apoyo social necesarios para que el trayecto de los ex delincuentes al desistimiento sea exitoso. Al mismo tiempo las particularidades históricas de punitivismo argentino relativizan bastante esa idea de la reducción de la agencia individual de los internos privados de su libertad, debido a que, como veremos en los Capítulos 10 y 11, las Unidades penitenciarias pueden ser vivenciadas como espacios de anomia en los que se sobrevive gracias a la inventiva y la fuerza, reproduciendo de esta manera una afirmación de la identidad basada en una obediencia a nada salvo a sí mismo, elemento que también se develará central para analizar los factores vinculados con la reincidencia (Capítulo 11), en un contexto falto de todo tipo de políticas postpenitenciarias (Capítulo 12).

La presencia de Dios como eje del cambio de vida está también en los datos resultado de la aplicación de otras estrategias de recolección. Así, Pitorchi narra en la respuesta a la pregunta de un Cuestionario cualitativo que durante el período de encierro se convirtió en cristiano, aceptó a Dios en su vida (R.C.91.XI) y que la religión lo hizo “ser el hombre que hoy” es. Que se pudo transformar en su “manera de pensar y de vivir” y se lo agradece a Dios […]. “Ese cambio fue rotundo y profundo” en su vida (R.C.91.XII). Por su parte, Toto relata que en la institución carcelaria la religión lo “fortaleció” y le “hizo bien”. Esa “fuerza” y esa “fe” produjeron en él un cambio en su comportamiento […] pudo seguir “viviendo en el sistema carcelario” pero no lo “atrapó el sistema” […]. Fortaleció su fe y se hizo “más fuerte para no caer” (R.C.103.XII). Puede advertirse en ambas narrativas que “Dios” y la “religión” se representan como los protagonistas más significativos de un momento de la trayectoria de los hablantes a partir del cual se produce un proceso activo y reflexivo que les permite diferenciar un antes y un después en sus acciones y omisiones y, por tanto, en su construcción identitaria. Una vez más, insistimos en que el antes no se suele encontrar en las narrativas asociado con la vida en libertad que se perdió con la institucionalización forzada, sino que denota una forma de ser que, ora en libertad, ora intramuros, se mantenía idéntica, sobre todo frente al gran cambio que, en este caso, trae aparejada la fe, aunque se ofrecen los mismos casos (en Vania de hecho también) en los que la universidad, o el deporte, pueden cumplir funciones semejantes. Con esto, quiero subrayar que, per se, la cárcel no imprime un cambio de comportamiento en estas personas sino todo lo contrario, cosa que sí sucede cuando actúan otras instituciones, alejadas del universo del derecho y las políticas penitenciarias. Esto podría hacernos pensar en si esas instituciones, entonces, no deberían haber aparecido antes en estas historias de vida.

H.1.11. Y {empecé}, {empecé} a observar, {empecé} a mirar. {Empecé a vivir. Empecé} a ver, cosas que no sabía. Nunca lo había experimentado. Nunca había pasado y bueno {empecé} a adquirir información también. De todo esto. Hasta que bueno, siempre traté de mirar positivo. De la situación en la que estaba. Viendo que tenía una mochila grande de 25 años. Prisión perpetua. Dije no, no, tengo que cambiar. Por eso, +empecé a mirar positivo+ porque si no hoy en día, si estuviera con otros pensamientos no estaría hablando ni haciendo un reportaje o estudiando. O queriendo un cambio. Tendría que estar, cómo se dice, {dolido. Con mucha ira, con mucho enojo. En el corazón. Con ganas de nada}. Pero no, sin embargo, +opté por el cambio. Por el cambio de mirar positivo, de avanzar y salir de lo que es esto+. >Porque me encontré en un momento de encierro y dije no, no, no quiero esto. No quiero esto para mí<. 

Al reconstruir su historia retrospectivamente, Vania suele moverse entre el pasado, el presente y el futuro. Los términos con los que opera ese pasaje son “cambio”, “cambiar”, “cambié”: todos esos cambios suponen transiciones. De esta suerte, cambia su “visión de un trabajador normal, de levantarse, ir a trabajar”, cambia su “visión de querer todo lo fácil, todo lo ya” (H.1.6); cambia al no querer salir de la prisión de la misma manera que entró y se enfrenta al pensamiento tumbero, carcelario (H.1.10), y cambia al reconocer los 25 años de su prisión perpetua (H.1.11). Como se señaló estos cambios suelen implicar oposiciones: entre el trabajo y el delito, entre rechazo al pensamiento tumbero, carcelario y la aceptación de este, entre el mirar positivo y el mirar negativo.

Vania identifica el mirar positivo, por una parte, con un conjunto de acciones que predica de sí mismo: “empecé” a “observar”, a “mirar”, a “vivir”, a “ver” cosas que él ni sabía, ni había experimentado. Por otra parte, con el reconocimiento de su condena que lo lleva a la opción por un cambio. Aunque el mirar negativo no está explicitado, puede ser deducido de los sentimientos que rechaza: el estar “dolido”, “con mucha ira, con mucho enojo. En el corazón. Con ganas de nada”. Una vez más, nos encontramos con esta ira que analizaremos particularmente en el apartado sobre la furia (Capítulo 11).

Vania describe la situación de “encierro” en la que se hallaba y, además, la motivación de su acción: su deseo de “avanzar y salir” y el sentido de esa acción: su rechazo a permanecer en la situación en la que se encontraba que resume en la expresión “no quiero esto para mí”. Dado que todo texto debe ser analizado en el contexto social en el que se produce es interesante señalar que Vania está en la cárcel, en una situación de encierro por lo cual los términos “encierro” y “avanzar y salir” no pueden ser interpretados sino como expresión de estados, vivencias, sensaciones internas y subjetivas que alejan al hablante de la situación propia de la índole y duración de su condena y le permiten saltar por sobre los muros de la prisión y su sombra para construir su identidad.

e. La universidad

H.1.12. Y bueno, al año y medio vine a la unidad 48, dónde en el momento que vine pasaron cuatro o cinco meses. Que estaba en un pabellón, en el pabellón cuatro que es Cristiano. Después me pasé para el pabellón seis. Universitario. Y en ese tiempo hice el CPU. {Que bueno}, el año pasado ya lo terminé. Arranco con la carrera. Una de las carreras. 

Como expresé, la historia de Vania está situada tanto respecto del lugar desde el que es contada como en cuanto a los distintos espacios por los que él transita. El paso del pabellón cuatro “que es cristiano” al pabellón seis “universitario” no supone solo un cambio geográfico sino que implica para el hablante un diferente posicionamiento respecto de los que había asumido a lo largo de su historia en general, y a su identidad carcelaria en particular. Como expresan Davies y Harre (1990: 46-47), los seres humanos se caracterizan tanto por una “identidad personal continua” como por una “diversidad personal discontinua”.

De esta suerte, Vania es una y la misma persona que se posiciona de diversas formas en su relato. Entre otras, se identifica con las siguientes categorías ligadas también a las acciones que se atribuye y predica de él mismo, es decir, se identifica como: hijo (H.1.1-1.6), estudiante (H.1.2.-1.3), trabajador (H.1.5), amigo (H.1.6), joven, delincuente, (H.1.7), preso (H.1.7., H.1.9, H.1.11), creyente, religioso, detenido (H.1.10), estudiante universitario (H.1.12.-1.13). En esas diversas posiciones Vania experimenta y muestra un aspecto de sí mismo que está involucrado en la continuidad de una multiplicidad de sí mismos. El hablante es Vania pero lo interesante es advertir que el recorrido por las diferentes categorías que ha seleccionado para auto representarse se asemeja al de aquellos cinco momentos que eligió y priorizó para construir su historia.

Es por demás relevante señalar que esas categorías con las que Vania se identifica, así como las acciones que atribuye y predica de sí y de otros, están localmente situadas en el “barrio” (H.1.7.), en la “cárcel” (H.1.8), en el pabellón “cristiano”, en el pabellón “universitario” (H.1.12). En todos ellos rige un determinado “orden social” que constituye el logro compartido, resultado de la acción situada de los actores sociales. Es esa acción situada a la que Garfinkel (2006) trata como lo dado, lo que tiene existencia, y propone que intentemos explicar cómo y por qué produce los actores, los órdenes y las motivaciones que produce. Al respecto, es elocuente destacar que los espacios desde los que Vania sitúa sus acciones y sus identidades discriminan la “cárcel” respecto de los pabellones “universitario y crisitano”, en una maniobra muy elocuente que daría a entender que esos pabellones están en un espacio y contexto otros que los de la “cárcel”. Si bien es evidente que son diversos pabellones dentro del mismo complejo penitenciario, lo que también es claro es que en el interior de ese complejo se puede estar ya en la “cárcel”, ya en el “cristianismo” y/o “universidad”, lo que denota que la “cárcel” es en sí misma un espacio con acciones e identidades determinados y contradictorios. Esta forma de ser carcelaria que en la historia de vida de Vania se muestra anterior a su paso por el cristianismo y la universidad, y a la que llamó “circuito” y “trampa”, será lo que presentaré con el nombre de tumbeada en el Capítulo 10 y que, como ya estuvimos viendo en el Capítulo 6, no es exclusiva de los internos.

Si he recurrido a la etnometodología (Capítulo 3) es precisamente porque a través de esa orientación es posible hacer visible la manera en la que los miembros de un grupo, de una sociedad, producen y exhiben juntos en su vida cotidiana la coherencia, la fuerza, el carácter ordenado, el significado, la razón y los métodos del “orden social” (Coulon, 1995: 74). La trayectoria de Vania, su recorrido por diversos entornos, escenarios, ambientes, permite no solo interpretar su acción y la de otros participantes sino, además, advertir tanto la presencia de una amplia gama de entendimientos de fondo para otorgar sentido a un curso de actividad como manifestar el carácter contingente y revisable de los entendimientos mutuos. El relato de Vania muestra que el orden comunicativo y social de los entornos por los que transitó se caracterizaban por reposar en una cultura preestablecida que determinaba el significado de las palabras y de las reglas, y que “múltiples métodos de razonamiento sustentaban al mundo social cognitivamente compartido” (Goodwin y Heritage, 1990: 285- 286).

El conjunto del proceso que se origina cuando el narrador es detenido y que va desde el no entender a entender, entenderse, comprender, es lo que él elige señalar, marcar, proponer para comunicar su trayectoria. Esta y otras elecciones puede hacerlas solo quien refiere su propia experiencia, y Vania elige situar localmente los distintos momentos de ese proceso. Con ello permite a quien investiga acceder a los múltiples órdenes normativos constituidos por los internos que coexisten en el contexto carcelario. En palabras de Garfinkel (1993), son los énfasis distintivos en la producción y la rendición de cuentas del orden en y como actividades ordinarias los que identifican a los estudios etnometodológicos, y los ponen en contraste con los estudios clásicos, como una sociedad inconmensurablemente alternativa.

Como se puede advertir siguiendo el relato de Vania, las personas pueden construir e interiorizar una historia evolutiva e integradora de por vida a partir de los detalles episódicos de la memoria autobiográfica transmitiéndose a sí mismas y a los demás quiénes son en el momento actual, cómo llegaron a ser lo que son y hacia dónde creen que van a ir sus vidas en el futuro. Al unísono, revelan cómo en ese proceso modificaron actitudes y valores sin perder el sentido de igualdad y continuidad internas en diferentes contextos situacionales (McAdams y McLean, 2013: 233; McAdams, 2018: 364). En esta mediación entre permanencia y cambio el yo se ubica en intersección con él mismo en un punto preciso, esto es, la permanencia en el tiempo. La interpretación del yo encuentra, así, en la “narración”, una mediación privilegiada (Ricœur, 1988: 295, 298).

H.1.13. Y bueno, acá, mirando el punto de vista del sistema. Del sistema carcelario. Y puedo entender, puedo comprender. Ahora >estoy viendo lo que es la corrupción en la cárcel. La corrupción< en cada área. En la >corrupción< de lo que es comida, en la >corrupción< del juzgado. Estoy dándome cuenta, con los chicos que estoy acá en la universidad, puedo entender, puedo comprender, puedo mirar este mundo. Cómo se maneja el sistema capitalista. El capitalismo. Empiezo a mirar como en otra dimensión. No lo miraba, no lo estaba mirando. Puedo comprender cómo se está manejando este sistema.

Los nudos semánticos “entender” y “comprender” transitan gran parte de la historia de Vania y podría considerarse que su relato está fuertemente orientado a describir el itinerario que va desde el “no entender”, “no comprender” del pasado al “entender” y “comprender” del presente. Sin embargo, no son los mismos protagonistas quienes mediaron para que ese proceso fuese posible.

En un momento inicial fueron “Dios” y la “iglesia” los que lo llevaron a “entender” y “comprender” (H.1.10), y luego fue con los “chicos de la universidad” que pudo “entender”, pudo “comprender”, pudo “mirar este mundo” (H.1.13) como lo describe en esa emisión. En ambos casos el sistema carcelario está presente. Respecto del momento inicial Vania relata que pudo comprender y entender “cómo se manejaba este sistema” (H.1.10). En el segundo momento también su acción se dirige al sistema carcelario que puede “entender” y “comprender”. Y lo que ve Vania es la corrupción en la cárcel. “La corrupción en cada área. En la corrupción de lo que es comida, en la corrupción del juzgado”.

Como lo expuse en el Capítulo 5 para el análisis de entrevista a Calu, la presencia de la corrupción en la cárcel es mencionada reiteradamente en los datos recogidos mediante distintas estrategias. Por ejemplo, Jesús en su historia de vida (H.30) relata que conoció muchas cárceles y sabe de la “corrupción” que hay “adentro” (H.30.6.) y que la corrupción “en todas las cárceles es la comida” y la “salud” porque “los medicamentos no te los dan” (H.30.14). En su entrevista (E.2) Tomate afirma que en el sistema carcelario “todo es una corrupción”, “la salud, la higiene, malos tratos” (E.2.20). Por su parte Sabri, en su cuestionario (C.89) asegura, como hacen otros participantes, que “donde existe la corrupción” es en el Estado y califica a la “justicia” como “corrupta” (R.C.89.VII).

Vania lleva a cabo la evaluación negativa del sistema carcelario por medio de la reiteración del término “corrupción”, a la que no solo ve “en cada área” de la cárcel, sino que excede ese ámbito para alcanzar al “juzgado”. Pero, además, con los “chicos” en la universidad, se da cuenta, entiende, comprende, puede “mirar este mundo” y la amplitud de su mirada abarca al “sistema capitalista”. Enseguida, el hablante esboza el inicio de otro proceso reflexivo y cognitivo con la expresión “empiezo a mirar como en otra dimensión”. Al ingresar en esa dimensión reconoce los límites de su anterior punto de vista. Si bien con la afirmación “puedo comprender cómo se está manejando este sistema” finaliza su relato, es dable sostener que con el término “comprender” ya no alude a la compresión de la que carecía al ingresar a la cárcel. Se trata, por tanto, de una comprensión más profunda, más significativa porque está enraizada en los sentimientos, vivencias y experiencias fruto de la trayectoria encarnada en su narrativa y, asimismo, en las prácticas constitutivas de la producción del orden local en el que en ese tiempo participa como estudiante universitario y con el que contribuye a partir de sus propias prácticas situadas. Esta mirada crítica y sabia sobre el sistema carcelario y la justicia entendida como institución pública serán también cruciales para analizar los vínculos con la obediencia al derecho y con la legitimidad de la justicia (Capítulos 8 y 9).

De este modo, al ser historiador de su propia vida, Vania “revisa su identidad” (Mishler, 2004: 101), y destaca las peculiaridades que ella fue adquiriendo y asumiendo a lo largo de diferentes momentos de su vida. Simultáneamente, con su relato de resistencia produce un doble proceso de ruptura. Por un lado, quiebra el silenciamiento forzoso al que se suele someter a las personas encarceladas y expresa su perspectiva crítica cuestionando tanto al sistema carcelario como al judicial. Por el otro, fisura el arraigado mito acerca de que las personas encarceladas no tienen opiniones más allá de las proyectadas sobre ellas (Stone-Mediatore, 2019).

Articulación de los emergentes del análisis de la historia de vida a la luz de y con el conjunto del corpus

La historia de vida de Vania recrea un mundo que puede resultar extraordinario desde perspectivas ancladas en otros mundos a los que él no pertenece, pero en modo alguno lo es para las 149 personas que prestaron los testimonios con los que se conforma el corpus de esta investigación. Hacer dialogar la vida de Vania junto con la de algunas otras personas que vieron sus biografías atravesadas por la institucionalización forzada en unidades penitenciarias, puede contribuir con el intento de generar conocimiento sociológicamente relevante sobre esta institución y sus actores. Me referiré, y solo como ejemplo, a aquellas situaciones, acciones, y procesos de esas biografías que están presentes en el relato en examen, esto es, la calle y el encierro.

a. La calle

La aproximación de Vania a la “gente” que “no andaba en cosas buenas” (H.1.6) difiere del caso de Oscar (H.26.2) que, como Luís, provenía de una familia en la que el delito y la prisión de sus hermanos eran algo ordinario (H.5.2). Estos “pibes” (H.1.6) de corta edad, como aquellos con los que Vania relata haber crecido, comienzan a delinquir en nimiedades tales, como Juancho, “arrebatando caramelos en puente Saavedra” (H.22.3). No es posible dejar de detenerse para profundizar en estas trayectorias, sobre todo porque en ellas se señala como varios de los adultos que hoy están en cárceles comunes, principiaron un vínculo con la ilegalidad que casi podría remontarse a instancias que se presentan más asociadas con los juegos de niños que con la delincuencia, pero que muy lentamente, los fueron introduciendo en círculos de marginalidad, a pesar -o a causa de- haber entrado en contacto bien pronto con la policía y el derecho penal. Será interesante anotar al pasar –debido a que lo veremos en breve- que, en línea con Becker (2014), esa marginalidad (como todas) solo es parcial, en tanto y en cuanto ella misma dibuja su propia marginalidad, que en estos casos estará asociada muchas veces con los conceptos de “gil” y/o “laburante”, conceptos con los que los actores suelen dar cuenta del sacrifico propio, de sus padres, e incluso de categorías sociales más amplias, sacrificio que es visto como inútil y reproductor de las condiciones de pobreza propias, y de las condiciones de riqueza ajenas. Al mismo tiempo, y retomando el concepto de “cadena punitiva” (Daroqui y López, 2012: 101; Daroqui et al, 2014: 121), los roces y contactos que los niños poseen con la fuerza pública, antes de las instancias judiciales y carcelarias, no parecieran más que afianzar y configurar esa marginalidad “negativa”, vista desde la narrativa del Estado, que tarde o temprano termina con la pérdida de su libertad, y frente a la que lo “punitivo” es el único tratamiento reservado.

Veremos entonces algunos ejemplos de las que Mishler (2005) denomina “narrativas de experiencias marginales” que pueden operar como “narrativas de resistencia”. Estas son las “historias” que cuentan personas en posiciones sociales marginadas, y esas historias se relacionan para el autor con la ética y la justicia social, y cumplen la función de “crear, sostener el conflicto y mediar en él” en lugar de eludirlo o suprimirlo. Al mismo tiempo, estas posiciones entran en línea con mis perspectivas ético-ontológico-epistemológicas, y habilitarían por tanto a plantear que la marginalidad es básicamente un concepto erróneo, en el sentido que nada explica debido a que casi todo conjunto de prácticas sociales conllevarán un otro al que considerarán marginal, y que, luego, asumir que la marginalidad tiene un vínculo especial con la pobreza, la delincuencia común y las drogas, por ejemplo, no sería más que reproducir y solidificar la lectura hegemónico-totalitaria (y limitada) de la ciudadanía.

Seguiré con los criterios de análisis y recursos lingüísticos que empleé hasta aquí pero a diferencia del análisis de la narrativa de Vania, y debido a que incluiré emisiones que forman parte de diferentes historias de vida indicaré, además y especialmente, cómo las y los hablantes se auto categorizan, circunscriben acciones a la categoría que eligen para nombrarse y se atribuyen y predican de sí distintas acciones. Como en otras ocasiones seguiré la perspectiva de Billig (1999: 546-548) en cuanto a evitar el pasaje de las propias palabras de las y los participantes al “vocabulario especializado del analista”, así como imponer categorías ajenas a esos participantes y propias del lenguaje especializado. Procuraré, pues, hablar sobre las cosas de las que los participantes hablan y emplear para ello sus propios términos.

H.9.5. Melina: Mi historia de vida {no fue buena}[3]. Pasé por muchas cosas (…) Fui violada desde chica (…) He pasado hambre. He ido a buscar comida al Mac Donald. En Belgrano. He comido de la basura. He conocido mucha gente. He dormido en los trenes. He dormido en las estaciones. He dormido en autos…como te puedo decir, en autos abandonados. {Pasé una infancia fea. Realmente fea}.

H.2.4. Mauro: Bueno, de chiquito tuve {una infancia muy brava} ¿No? He, {con inundaciones, con hambre}. {La villa era muy áspera} y no había con quién convivir acá (…) mi papá me llevaba a laburar y empecé andar a caballo. A limpiar los caballos. Empecé como peoncito.

H.5.10. Luis: Al revés, no mi papá le pegaba a mi mamá, mi mamá le pegaba a mi papá. Bueno, viví con todo eso. Empecé a los ya siete u ocho años y ya empecé agarrar los trenes. Me iba a manguear.

H.25.8. Leonel: Once años. Vi {necesidad} en mí casa. Yo iba a la mañana al colegio. A veces ni entraba al colegio y me iba a Capital. Vendía estampitas. Así fue mis inicios, vendía estampitas en los trenes. O iba a manguear a Belgrano o Núñez.

H.30.4. Jesús: {Mi infancia fue de una vida delictiva}. Viste, fue una vida de robar, robar y nos metíamos viste, a las armas y yo la primera vez que empecé a robar tenía 9 años. A los nueve años, a los 8 años yo ya andaba jalando poxi ran. Y así empecé a conocer la calle y andaba en los trenes. Pedía monedas en los trenes. Me paraba en las boleterías de acá de San Isidro, y pedía monedas. (…) empecé agarrar {una vida (para mi) de mal digamos} porque {no podía corregirme}, me metí en una burbuja, una burbuja viste que me convirtió en una persona delictiva.

H.17.3. Natalio: Y bueno, nos criamos en la villa. Cuando me enteré de que era adoptado, me fui. Me fui a la calle. A los 10 me fui a la calle. Nueve y pico, diez, me fui a la calle. Me sentí un huérfano, un bastardo. Un intruso (…) Me fui a vivir con unos hermanitos a Constitución. En una Traffic sin ruedas. No sé cómo aparecí ahí. Y los hermanitos eran todos hijos del abuelo. Cuando la madre se dio cuenta que la violaron porque era insano, le hicieron entender que había sido violada no sé cuántas veces y se tiró abajo del tren. Y los niños quedaron ahí, a la deriva. Y se quedaron ahí como pudieron, y bueno, yo me fui con ellos. Y me empezaron a pedir para comer, y empezamos a pedir para comer. A dormir en la Traffic sin ruedas. La carne fría e ir a robar los deditos. A pedir fruta picada, a pedir recortes de fiambre, a pedir pan a la panadería. A los restaurantes. >Y nos empezaron a pegar y a llevar presos por pedir<. Entonces empezamos a robar. Y ahí empezamos a robar, y ahí me enseñaron a robar y empecé a drogarme.

H.18.1. Renato: (…) Mi mamá me tuvo solo porque yo nací el 19 de octubre del 85’ y mi papá cayó preso el 18 del 10 del 85. Mi papá salió en el año 1995. Diez años. En esos diez años que mi papá estuvo preso lo fuimos a ver siempre. Recuerdo que nunca le conocí un novio a mi mamá. Nunca tuve un padrastro ni nada de eso. Nada, lo fuimos a ver a mi papá durante los diez años que él estuvo preso pero vivía en la calle.

En estas emisiones es factible advertir como Melina a medida que relata las acciones que ha realizado evalúa las situaciones que ha vivido: pasar hambre, buscar comida, comer basura, dormir en trenes, estaciones, autos abandonados (H.9.5). Luis en un contexto de violencia familiar comienza a los siete u ocho años a “agarrar los trenes”, a “manguear (H.5.10). Leonel vió “necesidad” en su casa, “ni entraba al colegio”, “vendía estampitas”, “iba a manguear” (H.25.8). Jesús empieza a “robar” cuando tenía 9 años, a los 8 años “jalaba poxi ran”, y “pedía monedas” (H. 30.4.) y reconoce que su vida era “de mal”, que “no podía corregirse, y que “no había otra persona” que le pudiera decir cómo debían ser las cosas (H.30.3).

Estas acciones que las y los actores se atribuyen y predican de sí, unidas a la forma negativa mediante la cual evalúan sus historias y situaciones son por demás significativas si, como lo he venido intentando, se ubican esas acciones contextuales, social, familiarmente. Melina evalúa a su historia de vida como “no buena” y a su infancia como “fea, realmente fea. (H.9.5). Para Mauro, su infancia fue “muy brava”, “inundaciones”, “hambre”, y la villa era “muy áspera” (H.2.4.). Jesús califica a su infancia como “de una vida delictiva” (H.30.4). Natalio se sintió un “huérfano”, un “bastardo”, un “intruso” al enterarse que era adoptado y se fue “a la calle” y empieza con otros niños primero a “pedir” y luego a “robar” (H.17.3). Renato narra la ausencia de su padre preso, que él “vivía en la calle” (H.18.1) y cuando comienza a “chorear” (H.18.3). Estas situaciones forman parte, igualmente, de la experiencia de otros niños, como Alan cuya infancia fue “muy dura”, pasó “frío”, “hambre”, sus padres se fueron por distintos “lados” (H.15.1) y, como Sisto, que evalúa a su infancia diciendo que “no fue buena” (H.19.1).

Son múltiples, y por ello altamente significativos, los fragmentos del corpus que reproducen esta imagen de infancias que suelen transcurrir en la “calle”, en los “trenes”, completamente abandonadas por el Estado y con complejas relaciones y situaciones familiares. Resulta, entonces, innegable la recurrencia de esta imagen de niños y niñas privados de todo marco de contención desde la infancia más incipiente. Es cierto que también hallamos casos en los que las infancias no son tan precarias. Pame evalúa a su infancia como “buenísima” (H.3.2), Inés relata que tuvo una “vida linda” y que sus padres le “dieron lo mejor” (H.7.2), Diana califica a su infancia como “hermosa” (H.10.1), Vera considera que su infancia fue “muy linda” (H.11.6), Solange que fue “muy buena” (H.12.2), y para Lelio su infancia fue “buena”, con un “hogar constituido” (H.14.12.). Estos y otros ejemplos habilitan a desestimar cualquier ejercicio causal vinculado con la delincuencia y la carencia, lo que no quita nada al hecho que se pueda establecer cierta relevancia relativa a las historias de vida que desde una perspectiva basada en la ciudadanía hegemónica se encontraron estigmatizadas por una marginalidad asociada con la miseria desde muy temprana edad, y que solo se vieron integradas y reconocidas por las narrativas público-institucionales desde una perspectiva penal-punitiva.

En sus narrativas estas juventudes suelen representar su inicio en la comisión de gestos delictivos como travesuras de niños, es por esa razón que me he ocupado de unir a esas representaciones con aquellas otras en las que aluden a las particularidades de su situación, de su trayectoria y de sus experiencias:

H.15.1. Alan: Nací en una calle humilde. {Pasando frío, hambre}. Mis abuelos eran los que me tenían a mí (…) me >golpeaban< mis abuelos, mis tíos, mis tías, me >castigaban<. Y así {a los golpes me fui haciendo}. Ya los golpes no me dolían (…) me dediqué a lo que es la calle. Mucho más tiempo en la calle (…) Y me gustaba llevar el dinero, la plata ¿Para qué? para ir a jugar la play o comprar chocolates. Y así delinquí primero así. Fui delinquiendo.

H.15.2. Mi primer caso delictivo fue sacándole las propinas o quedándome con los vueltos de los mandados que me hacían mis abuelos o mis tías. Y me los quedaba para comprarme chocolate o para jugar así los jueguitos. Pero eso fue la primera cosa que empecé a hacer. Hacerlo sin querer capaz. Para divertirme. Y después en otra diversión. En mi vida lo que son las drogas. Lo que es la marihuana.

H.15.5. (…) {Y fue muy dura mi infancia} (…)

H.15.8. (…) Siempre le pedía a Dios ayuda. Hazme cambiar.

 

H.13.26. Manu: Yo arranqué a trabajar a los 12 años en el colegio a donde iba. (…) me enteré que iba a ser papá a los 14 y ya empecé a trabajar en una panadería 12 horas.

H.13.28. La primera vez me junté con amigos, conocidos, gente grande era. Y fui y vamos, era chico y lo tomé como un juego primero. Y probé la primera vez y me fue {bien}. Y {me gustó} la plata fácil ya. {Me gustó} mucha plata.

 

H.23.2. Tono: ¿Desde que tengo noción desde mi infancia? Creo que la primera vez que habré robado fue por travesura o curiosidad más que…eso fue como primera etapa (…)

H.23.4. Todos andaban robando de escruche. De robar casas. Y nada, me empecé a pegar con ellos. Y ahí empecé a conocer más en profundidad la delincuencia. Y nada, de ahí fue mi inicio en la delincuencia.

 

H.16.1. Lino: Cuando fui creciendo teniendo 12 años cometo mi primer delito. Apropiándome de dos bolsitas de monedas. Recién salían las monedas de 25 centavos. Me metí a una ferretería y ese {fue uno de los peores pasos que di} porque bueno, creo que {en mi vida lo delictivo no fue buen camino} (…)

H.16.2.Y así empecé. Me empecé a juntar con los chicos, a fumarme un faso. Después comencé con el tema de como ya les dije hoy, de las drogas. Después me fui ya al delito de las bicis y creo que después de los 12 {no tuve una buena infancia} por sólo ese comportar mío.

En estas historias de vida –aunque hay varias más que podríamos haber mencionado-, se puede apreciar el inicio casi accidental –y por qué no inocente en su forma y objetivos: golosinas, juegos- de la vida delictiva de estas personas, inicio que pareciera exhibirse orientado por sensaciones propias de la niñez, la inconciencia y/o la puerilidad. Al mismo tiempo, esto nos pone frente al hecho muchas veces presente en el corpus que muestra el inicio delictivo asociado al hurto de pequeñeces, y que con el tiempo se va complejizando y especializando. Esta representación me llevó a interrogarme sobre el sentido de esos relatos. Advertí, luego, como ejemplo, que si bien la vida de Gusti “en el mundo del hampa, en el mundo de la delincuencia empieza a la edad de 7 años”, este hecho coincide con el momento en el que su papá los “dejó” (H.28.2), y en la historia de Vania (H.1.), como en la de Leonel (H.25.8), y en muchos otros casos que he analizado en el Capítulo 6, la motivación del inicio en el delito deviene del haberse enfrentado a la “necesidad” y a diversas situaciones, condiciones y exigencias.

De esta forma, Alan relata que fue “golpeado”, “castigado” y que su infancia fue “muy dura”, que le gustaba llevar dinero para ir a jugar “a la play o comprar chocolates”, que empezó a hacerlo “sin querer” para divertirse y que delinquir lo llevó a seguir delinquiendo (H.15.1.-2). Manu, que a la vez trabajaba, tomó al delito “como un juego primero” (H.13.28). Lino reflexiona acerca de que “no tuvo una buena infancia” y que en su vida “lo delictivo no fue buen camino”. Estos ejemplos impiden generalizar y, por ende, llevan a analizar cada trayectoria en particular en cuanto al sentido, motivaciones y evaluaciones de las acciones ligadas al delito. Prescindir tanto de las interpretaciones como de las categorizaciones estereotípicas y homogeneizantes suele ser el camino más recomendable cuando lo que se espera es no sólo resaltar las diferencias y prescindir de las generalizaciones sino, además, desligarse de las explicaciones basadas en presupuestos teóricos que prometen y prescriben procesos ineludibles y, por tanto, la presencia de situaciones cuya transformación es ajena a la posiblidad de cualquier acción individual o colectiva que exceda esa promesa y esa prescripción.

Más allá de los ejemplos citados, Pamela se califica como “rebelde” y cuenta que “robaba boludeces, quiosquitos, bicicletas” y que llegó a adquirir el “oficio del ladrón” sin robarle “a ningún jubilado ni a un laburante” (H.3.44, 48, 84, 86). Toni siendo “pibe” iba al “centro” y “todo era plata” sin “lastimar a nadie”, pasó de los “piteos” (robos, descuidos, escruches) a cambiar, a “andar de cortina” (tiendas, comercios) (E.12.3-5). Sisto relata que a los 8 años ingresa al primer instituto de menores del que escapa y detalla el comienzo de su “carrera delictiva” (H.19.3). Además de ser relevante señalar que estos recorridos parecen ser independientes del género de sus actores, se advierte en los relatos de Tono, Pamela, Toni y Sisto la gradación y la “profesionalización” de las actividades delictivas.

Como relata Alan, a la “diversión” de “quedarse con el vuelto” le sigue otra “diversión” en su vida que son las drogas, la “marihuana”, con 13, 14 años (H.15.2). También Lino liga sus inicios en el delito con el empezar a juntarse “con los chicos”, a fumar “un faso” (H.16.1). En el relato de Natalio empezar a robar, aprender a robar y a drogarse son acciones que parecen producirse con una naturalidad secuencial evidente (H.17.3).

Volviendo a mi propuesta de no intentar generalizar, de examinar cada trayectoria como única y personal de las y los participantes en la investigación así como la diversidad del sentido, motivaciones y evaluaciones de las acciones ligadas al delito, y retomando los ejemplos citados, observo, entre otras, tres cuestiones que están presentes en los datos y que es necesario atender: a. las necesidades propias de las y los actores y de su familia; b. el desempeño en actividades laborales durante la infancia, y c. las situaciones de violencia.

En cuanto a las necesidades propias y de la familia, tanto Vania como Leonel ven la “necesidad” en su hogar. Mientras Melina y Mauro narran haber pasado “hambre”, Alan dice haber pasado “frío” y “hambre”. Esa “necesidad” también se hace evidente por las acciones que los hablantes se atribuyen como la de “manguear” por parte de Luis y Leonel, la de “pedir” por parte de Jesús, y la de “pedir para comer” expresada por Natalio.

Con respecto al desempeño en actividades laborales, Renato asocia la descripción de la situación de su madre: “mamá trabajaba a full y “no tenía un peso” con su propio inicio a temprana edad en el trabajo vendiendo “mercadería” en la calle (H.18.2-3). Asimismo, Mauro empieza a “laburar” como “peoncito”, Leonel vende estampitas y Manu “arranca” a “trabajar” a los 12 años.

En lo que se refiere a las situaciones de violencia, esta se ejerce sobre un miembro de la familia, como sobre el papá de Luis; sobre los mismos participantes en la investigación como son los casos de Melina, Alan, Manu (H.13.14), o sobre ellos y otros según lo relata Natalio. En menester recordar que estas cuestiones que figuran en los datos citados en este capítulo no son excluyentes de otras y tampoco son exclusivas de quienes citamos en esta oportunidad.

b. El encierro

Las emisiones citadas en el parágrafo anterior, que se alinean con la propia historia de Vania, muestran también cómo la actividad delictiva, que en un comienzo se representa como sirviendo a satisfacer fines casi lúdicos, encuentra una orientación, una justificación, y una importancia en las descripciones biográficas completamente novedosa cuando penetra la droga, las comisarías, las alcaldías y/o los institutos de menores. Esta mención es de interés porque tales trayectorias que surgen muchas veces con niños robando golosinas o vueltos, se hallan atravesadas por numerosas institucionalizaciones, en lo que no sólo puede verse la ineficacia de dichas detenciones, sino su innegable efecto socialmente excluyente y marginalizador que, a su vez, afianza esa otra cultura que posee su propia noción de marginalidad.

Es realmente llamativo ver que estas juventudes que fueron excluidas de tanto, hayan sido sin embargo, y las más de las veces en reiteradas oportunidades, incluidas por la fuerza en institutos de menores. Esto significa que el Estado tuvo participación en cada una de estas biografías, y una participación temprana y frente a niños y niñas que, como se observó, venían atravesando situaciones de precariedad, violencia, y consumos problemáticos.

H.23.5. Tono: O sea, de la primera vez que caí preso, la segunda vez que caí preso, pasó mucho tiempo. Y {me he mandado muchas macanas} pero la segunda vez quise, saqué un estéreo del auto y cuando antes de llegar al barrio, me agarra la policía. A mí y a otro pibe más. Y ahí caímos en una comisaría. Y en la comisaría esa, fuimos a otra comisaría de menores. Nada, ahí fue mi experiencia, mi primera experiencia con la droga directamente. Fue mí primera experiencia con una aguja de tatuar je. Mí primera experiencia en estar más de un día preso en una…eso, nada. Y no salí antes porque no daba el día para ir al juzgado. Porque sino, siempre mí mamá estuvo ahí. Cómo que +por más que haga lo que haga, jamás me iba a dejar ahí adentro morir+.

Tono, que estuvo veinte años privado de la libertad, relata las características de la situación en la que cayeron “con otro pibe más” “en una comisaría” y, además, que fue en “otra comisaría de menores” que tuvo tres primeras experiencias, por un lado, “con la droga directamente” y, por el otro, con “una aguja de tatuar” y con el “estar más de un día preso”. Su relato finaliza destacando la presencia de su madre que no lo “iba a dejar ahí adentro morir”. Se puede apreciar que su paso por una “comisaría de menores” vincula a Tono, a través de su propia experiencia, con factores considerados como de marginalización. Los tatuajes carcelarios, además de oficiar de estigma (Goffman, 1975), tienen al mismo tiempo un profundo sentido para el llamado mundo criminal, tal como nos lo transmitió un jefe de penal (E.15.6): “[…] hay indicadores, porque el cuerpo no te miente, el cuerpo te está diciendo, de donde viene, quién es, los tatuajes sobre todo”. En cuanto al consumo de drogas es oportuno reflexionar, recurriendo al corpus, sobre la función que cumple la institución carcelaria en tales procesos. Manuel sostiene que en el contexto de encierro “encontrás toda clase de drogas” (E.7.12); Diana expresa que la “droga” se vende en la cárcel (H.10.4); Vera asevera: “Acá tenés todo. Podés tener hasta mujer, hombre, droga. Lo que vos quieras” (H.11.52); Manu coincide con Vera y, para él, lo que más se ve en la cárcel es “la venta de droga. Después tenés de todo” (H.13.98) y, para Fede, se vende “más droga adentro de la cárcel que afuera” (H.27.23).

Volviendo al texto de Tono, es dable afirmar que lo que muestra es algo sobre lo que volveré una y otra vez, y es que en el corazón mismo de las instituciones públicas destinadas para los infractores, los lazos de pertenencia, marginalidad y violencia crecen, se definen, y multiplican, en una secuencia que casi habilitaría a hablar de reincidencia juvenil, y que no puede menos que exhibir a las claras la inutilidad –y hasta la nocividad- de las instituciones para menores, al mismo tiempo que la trayectoria signada por la violencia con la que esos menores quedan ya vinculados.

E.14.9. Fredy: Fui pasando por varias situaciones, vengo de… de menores, {vengo de chico, padeciendo}

H.15.6. Alan: Hasta que en Virreyes me agarraron y me fui a menores. Con casi 15 años me fui a menores. Por un homicidio. Me dieron tres años y medio. Le hice en el Roca, el Alfaro, el Moreno, Balbín. {Me lastimaron mucho}. A los golpes aprendí. A los golpes desde chico (…).

H.15.7.A: Salí de menores. En menores {casi me matan}.

El “padecimiento” en “menores” desde “chico” del que nos habla Fredy y que se prolonga durante sus veintidós años de prisión, y la violencia y agresión sufrida por Alan en menores tal como él expresa: “a los golpes desde chico”, “en menores casi me matan”, constituye un leitmotiv en las historias y trayectorias de múltiples testimonios con los que se nutre el corpus. De mi experiencia docente en contextos de encierro, incluso antes de comenzar esta investigación, recuerdo oír hablar de “chicos sufridos” y “chicos golpeados”, categorías con la que los internos denotan las trayectorias de personas que vienen “padeciendo” el sistema penitenciario y la “violencia punitiva estatal” desde hace mucho tiempo, casi siempre desde niños. Inés (H.7.8) lo expresa en estos términos: “Pero salís tan dolido, pero tan dolido de ahí adentro”. Como sostienen Daroqui y Guemureman (2014), los jóvenes son a todas luces la población que más sufre en términos cuantitativos y cualitativos esa violencia estatal, violencia que involucra a las fuerzas de seguridad en ejercicio punitivo. El concepto de violencia estatal permite ubicar al Estado en el centro de la teorización respecto de la violencia ejercida por las agencias de “control social de carácter público” (Guemureman et al, 2017: 12,13). El tránsito de los más jóvenes por la administración burocrática de la violencia estatal permite, pues, reflexionar en la siempre conflictiva relación entre el sistema penal y los Derechos Humanos, entre las prescripciones formales y las performances institucionales (Daroqui et al, 2013: 27).

El peregrinaje tortuoso de los jóvenes por diversos centros de menores es muy recurrente, tal como sus consecuencias. Lo relevante es ver, por ejemplo en el caso de Natalio −con cuarenta años y quince de prisión por varias condenas-, como estas trayectorias son interiorizadas y comprendidas en una construcción de la identidad sensible a las consecuencias de esas institucionalizaciones forzadas.

H.17.4. Natalio: Tengo que resumir porque tengo que ir a la cárcel. Empecé a caer en cana de pibito y estuve de menores. Tengo que contar todo esto porque >no es que una vez fui un nene malo y no me compraron un juguete o me enojé y no fui más al colegio o fume un porro y aparecí en Olmos< (…). Estuve en un instituto de menores. En el Roca, en el Belgrano y en el Agote. Estuve cuando era para menor adulto en la 16 de Caseros.

No es un hecho caprichoso o un berrinche el que define, según Natalio, una trayectoria que concluye en una de las Unidades penitenciarias más tristemente famosa de la Argentina (Olmos, Provincia de Buenos Aires), y esta causalidad compleja son los propios actores, como en este caso, quienes la vislumbran, la comprenden, y la sufren al mismo tiempo. Ellos mismos pueden dar cuenta de cada uno de esos eslabones que, incluso antes de los mundos judiciales y custodiales, comienzan a soldarlos en la “cadena punitiva” (Daroqui y López, 2012: 101; Daroqui et al, 2014: 121). Esa comprensión, a la hora de ofrecer una historia de vida, también puede ilustrar sobre los procesos de afianzamiento de la identidad en sentido delictivo, lo que lleva a la idea del concepto de marginalidad como no asociado exclusivamente a sectores hegemónicos y por consiguiente funcional también para grupos minoritarios que a su vez son discriminados por otros (Becker, 2014).

H.19.3.S: Sisto: (…) Y así empezó mi vida. De infancia. Había cumplido ocho años y he conocido el primer instituto de menores. En el primer instituto me he escapado y así he empezado lo que era mi carrera delictiva ¿no? Robando bicicletas, robando estéreos y todo lo que uno puede o se pueda ¿no? Y bueno, así en el trayecto de los ocho como decía hoy, he empezado a conocer la calle. He empezado a conocer gente.

H.19.3: Pasaron los meses, pasaron los años y hemos conocido institutos de menores, >hemos estado<, +nos hemos escapado+ (…) No llegué a los 15 años que caí por primera vez ya en instituto siendo mi primer condena sabiendo que no iba a salir del instituto de máxima seguridad (…).

E.6.6.Guido: (…)Y bueno, empecé a robar, empecé a caer preso. Me largaban porque era chico. No tenía ni 15 años. Caía y me iban a buscar y me largaban. Hasta que bueno, cumplí quince años y ahí me empezaron a llevar a reformatorios, a institutos de menores. Me escapaba, volvía de nuevo. Y así. Después en el 2011, caigo en cana. La primer causa (…).

Sisto, que tiene treinta y siete años, de los cuales veinticuatro ha estado privado de la libertad, relata cómo y cuándo comenzó su “carrera delictiva”. Su ingreso a los “ocho años” al “primer instituto de menores” coincide con el momento en el que empezó “a conocer la calle”, “a conocer gente”. Su trayectoria está marcada por las acciones que predica de él mismo: “conocer”, “escapar”, “robar” “empezar”, “estar”. Estas acciones que incluyen el paso por varios “institutos de menores” se reiteran hasta los quince años, momento en el que se lo condena por primera vez y “cae” en un “instituto de máxima seguridad” del que no podía salir. Las mencionadas acciones se reiteran, entonces, en el plazo que abarca de los ocho a los quince años de Sisto.

Guido tiene veintiocho años y está en prisión con una condena de doce años. También su trayectoria puede recrearse mediante acciones similares a las que predica Sisto de sí mismo como “empezar”, “robar”, “caer”. Sin embargo, es con la expresión secuencial: “Caía y me iban a buscar y me largaban” que Guido exhibe el proceso habitual por el que transitó, una y otra vez, hasta que a los quince años fue llevado a “reformatorios, a institutos de menores” de donde “escapaba, volvía de nuevo” hasta quedar detenido con una primera causa. Tanto la trayectoria de Sisto como la de Guido, como otras que se vienen examinando, pueden contribuir con la tentativa de diseñar un retrato de las debilidades e ineficiencias del sistema pero, además y principalmente, para registrar y reconocer los posibles efectos que esos tránsitos dejan sobre la biografía de las y los participantes.

H.22.5.Juancho: La segunda vez fue cuando ya tenía 15 años, había empezado a consumir cocaína, marihuana.

H.22.6. Después de eso y bueno, caí en cana de vuelta. Caí y me llevaron al Agote. Y ahí donde vi otra gente, otra mentalidad. Ya había adquirido otra mentalidad más dura ahí, ya era más duro ahí. Los presos ya eran adolescentes de a partir de los 16 años para arriba. Ya de 17 y 18 también. Así que bueno, ya uno venía de las cárceles de menores también, trabajaban ahí. Y bueno, ahí empecé a aprender la identidad delictiva. Aprender otras cosas. >Lo que había hecho hasta el momento era un gil<. Tenía que ser “bueno”. Así que bueno, escuchaba, escuchaba a los más grandes y bueno, coincidimos en que cuando salíamos hicimos la primer banda viste, y {salimos buenos}.

Con cuarenta y cinco años Juancho lleva veinte en prisión por distintas condenas. En su narrativa, predicando de él mismo acciones como “caí”, “había empezado”, “había adquirido”, expone el proceso por el cual adquiere una “mentalidad más dura” luego de su ingreso en el centro de detención para niños. Tal proceso es sintetizado mediante la expresión “empecé a aprender la identidad delictiva”. Esa transformación de la identidad que se obtiene recorriendo estas socializciones forzadas en instituciones públicas entre jóvenes tendrá enormes repercuciones en las trayectorias, a tal punto que pibe bueno (que sería un individuo con una trayectoria delictiva respetable) es una de las categorías más importantes con las que se define y comprende el mundo de la cárcel común de adultos, para los internos y para los integrantes de los Servicios penitenciarios. Se ofrece, de esta manera, una posibilidad identitaria exitosa o, por lo menos que aporta reconocimiento, para estos jóvenes. Lo que queda evidenciado es que, más allá de configurarse como espacio de reproducción de las prácticas desviadas y el afianzamiento de las identidades marginales, el tránsito por los institutos de menores parecería no servir más que para inaugurar círculos viciosos de marginalidad. Precisamente, las investigaciones de Krumer-Nevo et al (2016: 36-37) ponen de manifiesto el papel desempeñado por las instituciones penitenciarias en la exacerbación de la doble exclusión social de los jóvenes y la ceguera institucional de los servicios penitenciarios y los profesionales con respecto a esos jóvenes.

H.14.12. Lelio: (…) ya mi pubertad e inicios de adolescencia uno la hace con los pares y ahí supongo que es donde adopta lo que va viviendo y es todo normal …. detenciones de menor y esas cosas pero sigue siendo normal.

H.10.1. Diana: A los 15 años caí detenida en el Inchausti, menores. Habré estado un año y dos meses, salí, seguí delinquiendo. Hacía esquina, me juntaba con amigos, salíamos a delinquir.

Había ya comentado de qué manera la apelación a la etnometodología me permite dar cuenta de cómo los miembros de un grupo, de una sociedad producen y exhiben juntos su vida cotidiana, de cómo se organizan las actividades ordinarias, de cómo logran la inteligibilidad y sentido de éstas, y de cómo el orden existente, logrado, producido intersubjetivamente contribuye a dar sentido y significado a las acciones (Coulon, 1995; Psathas, 1999; Garfinkel, 1967, 2006b; Maynard y Clayman, 1991). Nótese que tanto Lelio como Diana recurren a ese orden existente, logrado para dar sentido a sus acciones. Las expresiones de Lelio “uno la hace con los pares” y “adopta lo que va viviendo y es todo normal” alude a ese orden presente en su vida cotidiana y, dentro de ese orden y esa normalidad, sitúa a las “detenciones de menor”. La secuencia de acciones a las que alude Diana luego de haber estado detenida: “salí, seguí delinquiendo. Hacía esquina, me juntaba con amigos, salíamos a delinquir”, muestra una continuidad entre su pasado y su presente no solo en cuanto a las acciones que realiza sino también respecto del grupo al que pertenecía y del “orden” al que respondía el accionar de sus miembros.

Al basarse principalmente en personas que estuvieron privadas de su libertad en la Provincia de Buenos Aires, mi investigación no podría avanzar mucho más que en dirección del establecimiento de cierta reiteración, para ese contexto, que parecería reunir a jóvenes y niños con vidas atravesadas por ausencias familiares, económicas, afectivas y estatales, que desde temprana edad comienzan a descender por los espiralados y enjabonados caminos del sistema penal. De hecho, en el caso de Natalio puede apreciarse una biografía que entra en contacto con las instituciones públicas con independencia de su vida criminal, pero que de todas maneras termina contando en su haber con quince años de prisión por distintas condenas:

H.17.1. Natalio: Todo resulta que mi papá le dio un piedrazo a mi mamá en la cabeza y la mató. Entonces yo quedé con mi hermano en un orfanato.

La historia de vida de Vania nos puso de esta manera frente a ciertas coincidencias que estudié no por sus posibles valores numéricos, sino por señalar aspectos que un análisis sociológico del problema en cuestión no debería poder desconocer. Podría considerarse que la debilidad cuando no la ausencia de relaciones y procesos de reconocimiento han limitado el crecimiento de la posibilidad de estas niñas y niños de identificarse con sus capacidades y de alcanzar de ese modo una mayor autonomía. El quebranto de tales procesos en los ámbitos familiares, sociales, institucionales, laborales se tradujo en sus vidas en la no recepción de formas de comportamiento y de reconocimiento tales como son el amor, el respeto jurídico, la valoración social, la ciudadanía. Esos comportamientos de reconocimiento son los que, orientados a la protección de la dignidad, se guían no por los propios propósitos sino por las cualidades evaluativas de los demás. Si la experiencia de la injusticia social siempre se mide en términos de la negación de algún reconocimiento considerado legítimo es dable afirmar que estas niñas y niños ya han tenido, y repetidamente, esa experiencia de injusticia social (Honneth, 2006c: 138, 140, 2004a: 352). El vacío de aceptación, de significación, de estimación social al que se enfrentan estos jóvenes que más tarde serán aquellos con los que me cruce haciendo el trabajo de campo en las cárceles, es tan enorme desde tan temprano, que es imposible no elevar la reflexión sobre la criminalidad a las privaciones sufridas en los ámbitos que atravesaron esas personas para las que, más tarde que temprano, el Estado tiene una suerte de solución que así dicho, parecería entrar en línea con ser una final, pero que comienza desde bien temprano y se comporta como un estigma.

Para cerrar este apartado recordaré las historias de Braudio y Renato, que son elocuentes al respecto, debido a que en ellas se distinguen estas instancias que se pretendieron destacar: familias frágiles, barrios pobres, escasas oportunidades, trabajos informales y hasta mendicidad, falta de continuidad de los procesos educativos, adicciones, necesidades. Es imperioso destacar que, como puede observarse, varias de las características de estas instancias son compartidas por personas, grupos y familias de otros sectores sociales.

E.5.61. Braudio: (…) yo trabajaba en una pizzería y >me pagaban dos monedas<, y cuando fui a hacer la mía +me traía billetes+. Y eso hace que… mi madre hay veces pagaba la garrafa, hay veces no teníamos para cocinar con la garrafa, y yo traía y eso me hacía sentir bien, porque ella me decía “¿qué querés comer papito?” y eso me ponía contento.

E.5.62.E: Mirá… ¿Ella sabía de dónde venía la plata?

E.5.63.B: Y sí… porque cuando estuve en el colegio de menores {me dejó tirado} y… pero no me importa, {yo la amo igual}, aunque esté en un cajón la amo, porque me dio la vida. A todos les enseño que la madre es lo más sagrado que hay.

Braudio, que tiene sesenta años y está en prisión, opone y compara en su relato la compensación que obtenía con su trabajo: “le pagaban dos monedas” con aquella otra que conseguía cuando hacía la suya: “traía billetes”. La escasez del hogar está expresada en “hay veces no teníamos para cocinar, y la centralidad que en la orientación de su acción adquieren las necesidades afectivas se indica mediante la manifestación de la alegría que le producía el ofrecimiento de la madre acerca de qué quería comer acompañado de la forma en la que lo llamaba en aquellas ocasiones: “papito”. Estos sentimientos afectivos recorren toda la historia de Braudio, y el hecho que su madre lo haya dejado “tirado” cuando estuvo “en el colegio de menores” no altera el amor que siente por ella a la que considera, como a toda madre, “lo más sagrado que hay”.

H.18.3. Renato: En mi barrio venden al por mayor. Lavandina, detergente y todas esas cosas. Pero son una banda que salen a vender, no es sólo uno. Son una banda que sale a vender mercadería así en la calle y bueno, nada, yo era uno de esos. Tenía 12 años (…). Y esto es de puerta en puerta. Ir golpeando la puerta y viendo que no me compraban mucho un día les digo: che a ustedes les compran todo >y a mí nadie me compra nada viste<. Y agarra y me dice: no, lo que pasa es que nosotros tomamos pastillas para vender. Y cuando vos te tomas un par de Rivotril chamuyas a cualquiera

H.18.4: (…) y así fui como cada vez fui consumiendo más (…)

H.18.5: Me acuerdo que con otro compañero, va, amigo del barrio, que éramos uno más terrible que el otro, y la misma situación he: los padres presos o la familia estaban re drogados y así.

H.18.1.6: Y ese fue uno o el primer delito que cometí. A mano armada porque me dice: vamos; vamos que mi mamá se re enoja si yo no traigo plata. Así fue también y lo mataron al César (…)

H.18.1.7: Con el tiempo a mí me agarran y me llevan al instituto de menores del Dique. Después de haber pasado por el Roca, el Pellegrini, por el Alfaro viejo. Que eran todos institutos semi abiertos y me escapé de todos los institutos. (…) Era rebelde, era un pibito.

H.18.1.8: Bueno, me acuerdo que a los 17 sale mi papá de estar preso. Sale de la cárcel y yo estaba… no sabía mucho de mi papá.

Renato tiene treinta y cinco años y está cumpliendo una condena. Su relato abarca distintos momentos y situaciones de su trayectoria: el trabajo, el consumo, la amistad, la familia, el “delito”, la institucionalización. En un primer momento (H.18.3) puntualiza el haber sido, a los doce años, miembro de “una banda” que “salía a vender” productos de limpieza, y podría afirmarse que llega al consumo de Rivotril conducido por su grupo de trabajo y por sus condiciones laborales que describe así: “esto es de puerta en puerta. Ir golpeando la puerta”. De este modo, Renato comienza a tomar pastillas “para vender” más. En un segundo momento (H.18.5-6) la historia se dirige a la relación con su “amigo” César con quien compartían tanto particularidades personales: ser “uno más terrible que el otro” como de situación familiar: “los padres presos o la familia estaban re drogados”. El primer delito que comete Renato está ligado a las palabras de César: “vamos; vamos que mi mamá se re enoja si yo no traigo plata”, siendo esta la ocasión de la muerte de su amigo: “sí fue también y lo mataron al César”. El tercer momento (H.18.1.7), que se inicia con la locución “me agarran”, es aquel en el que Renato esboza su paso por distintos institutos de menores de los cuales se fue escapando. Si antes el hablante se había auto calificado como “terrible”, ahora lo hace como “rebelde” pero, al mismo tiempo, cuando se incluye en la categoría “pibito”, refuerza su corta edad y apela al conocimiento social práctico cotidiano (Jayyusi, 1993) sobre las acciones, derechos y obligaciones que están ligadas a esa categoría. En el cuarto y último momento (H.18.1.8) menciona no solo la circunstancia de que su padre estaba preso sino que revela cuál era su vínculo con él: “no sabía mucho de mi papá”. Decir que estos momentos resumen secuencialmente la trayectoria de Renato es decir poco si no se advierten, al unísono, las y los actores, las organizaciones, las instituciones y contextos de diverso origen, índole y jerarquía, entre otros, que son implícita o explícitamente parte de esta historia, así como sus ausencias y presencias, sus acciones y/u omisiones que, en su conjunto, vienen a coadyuvar a que esta, y no otra, haya sido la historia de vida de Renato.

Lo avanzado hasta aquí está lejos del intento de ofrecer una explicación orientada por posiciones políticas adoptadas a priori, o particularmente cercana a alguna tendencia histórica. Lo que se observa en los datos presentados coincide en gran parte con el propio diagnóstico que realiza Ciríaco, jefe de una Unidad penal:

E.15.26. Ciríaco: Nosotros dentro de los sistemas de gobierno, somos el último estadío… ¿Ta? Significa que las escuelas, la policía, los centros asistenciales, {todo ha fracasado}. Digo… yo me tomo este atrevimiento de hablar del fracaso de los otros, no, porque yo lo tengo que ver acá en esta última parte. Capaz que los otros le pondrán otro nombre, no, la escuela le pondrá deserción escolar, ponele el nombre que vos quieras, el tema es que la persona ha fracasado. La institución ha fracasado.

Goffman (2001) señala que la particularidad de las administraciones de las instituciones totales es que su materia es el cuerpo humano. Las administraciones penitenciarias intentan controlar y gobernar los cuerpos de sus internos porque esa es su esencia y finalidad. Sin embargo, los responsables máximos de dicha institución, como lo es el oficial Ciríaco, deben reconocer que no pueden, o que tienen enormes dificultades para realizar sus funciones, y esto porque su material (los cuerpos de los condenados y procesados) ya son el resultado del “fracaso” de otras instituciones que deberían haber operado mucho antes. Nótese que el hablante predica el “haber fracasado” tanto respecto personas como de diversas instituciones y organizaciones. De esta manera, la institución penitenciaria termina oficiando como depósito de cuerpos que, a pesar de haber sido institucionalizados, y en numerosas oportunidades, son la imagen misma del “fracaso” de esas instituciones, arrastrando por eso mismo el descalabro a la institución en la que están ahora, y muchas veces para siempre: la cárcel.


  1. Se indican con subrayado las categorizaciones; con cursiva las acciones circunscriptas a la categoría y otras acciones predicadas o atribuidas; con negrita los valores comunes a los que alude el hablante en la argumentación; con {la puesta entre llaves} las evaluaciones; con +la puesta entre signos positivos+ el paradigma de la afirmación; con >la puesta entre signos de menor y mayor< el paradigma de la negación, y con Versalita los nudos de la red semántica. El señalamiento de las categorías y de las acciones circunscriptas a las categorías no se realizará, en la historia de Vania, respecto del hablante, es decir de quien relata su historia. Al tratarse de un análisis inductivo del discurso los recursos a examinar no son propuestos a priori sino que son consecuencia de haber observado qué recursos emplea el narrador y para qué lo hace en cada oportunidad.
  2. En el Capítulo 6 he desarrollado diversos ejemplos tomados del corpus en los cuales también la “necesidad” es representada por las/los hablantes como condicionante de la realización de determinadas acciones, de la toma de decisiones específicas y de la asunción de actitudes particulares.
  3. Esta evaluación como el resto de las presentes en los textos citados desde aquí deberían estar >enmarcadas por los signos de mayor y menor< si es que pertenecen al paradigma de la negación. Dado que la mayor parte de las evaluaciones son negativas se optó por señalarlas {poniéndolas entre llaves} como se venía haciendo, para no superponer las marcas correspondientes a la evaluación y al paradigma negativo cuando esto ocurriese.


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