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Introducción

La máquina es una frontera.
Es el extremo inteligente de la naturaleza
y el extremo material de nuestro espíritu.

Rafael Barrett

Una obra de arte es una construcción temporal, expresión de las relaciones sociales, económicas e ideológicas de su época, debiendo ser analizada por lo tanto dentro del sistema de cultura en el cual es producida y en la interacción de ese sistema con las variables que lo conforman, entre ellas, las técnicas. Técnica no sólo expresada como habilidad del que ejecuta la obra, sino también como productora de los materiales e instrumentos con los que se posibilita la ejecución de la obra de arte.

Se puede decir, por ejemplo, que el hallazgo de nuevos pigmentos hará viable, en el caso del arte pictórico, nuevas representaciones a partir del color, a la vez que impulsará la investigación de nuevos materiales para ligar esos pigmentos. En definitiva, el arte se sirve de la técnica para poder expresarse como tal, donde pincel, telas o color son el resultado de ella e insumo para la técnica del artista.

La obra de arte también se relaciona con los avances de la técnica, en el sentido de que esta última impulsa modificaciones en el imaginario social y, en consecuencia, lo que el artista va a representar como expresión de su época. Es posible observar, entonces, la existencia de múltiples interacciones entre la técnica y la obra de arte, al punto de que es imposible pensar una sin la otra.

A su vez, pensar la técnica es asimismo pensar en su relación con la ciencia, no sólo como soporte sino también como consecuencia de la primera. Una ciencia que además se encuentra ligada a la obra de arte, como en el caso de la perspectiva y su relación con la matemática y la geometría. Podemos sostener, entonces, como plantea C. P. Snow[1] refiriéndose al hombre de mediados del siglo XX, que la ciencia tiene que ser asimilada como parte de la totalidad de nuestra experiencia mental, en la cual se incluye la experiencia estética.

No obstante las múltiples conexiones existentes entre técnica, tecnología, ciencia y obra de arte, muchas de las cuales quedarán expuestas en este trabajo, este libro se basa en las relaciones entre tecnología y obra de arte, quedando por lo tanto fuera de nuestro campo de estudio las vinculaciones entre arte y ciencia.

A partir del siglo XIX –fundamentalmente en la segunda mitad–, con el desarrollo acelerado del capitalismo industrial y el consiguiente proceso de innovación tecnológica y sus aplicaciones, las relaciones históricas entre técnica y obra de arte se hacen más complejas y dinámicas a la vez.

El surgimiento de la fotografía no sólo señaló este “matrimonio” entre técnica –aunque en este caso deberíamos utilizar la palabra tecnología– y obra de arte en cuanto a su construcción, sino que además generó las posibilidades de reproducción de ese original, casi podríamos decir, en forma infinita.

Históricamente, como plantea Walter Benjamin,[2] la obra de arte ha sido siempre susceptible de ser reproducida a partir del original, ya sea a través de la imitación, la copia para el aprendizaje o el plagio. Hacia fines de la Edad Media, se utilizaban el aguafuerte y la xilografía,[3] que permitieron la reproducción técnica de cara a las necesidades del mercado; así como a comienzos del siglo XIX comenzó a emplearse la litografía.

La técnica, entonces, no sólo influye en los procedimientos o en los materiales utilizados para realizar una obra de arte, sino que, también, a partir de su reproducción, impulsa cambios en los imaginarios sociales, que generan, a su vez, cambios de contenidos en la obra.

Benjamin cita a Marx para formular su idea acerca de cómo los cambios en las relaciones de producción,[4] aunque más lentamente que sobre la infraestructura, impactan sobre los campos culturales.

Con la aparición de la fotografía, la mano se descarga de sus incumbencias artísticas, pues el ojo es más rápido captando que la mano dibujando, igual que el operador de cine filma con la misma velocidad que el actor habla. Esto lo lleva a plantear: “Hacia 1900 la reproducción técnica había alcanzado un estándar en el que no sólo comenzaba a convertir en tema propio la totalidad de las obras de arte heredadas […] sino que también conquistaba un puesto específico entre los procedimientos artísticos”. Pero agrega que, aun en la mejor reproducción, falta algo, que es el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. Este es el que denomina concepto de autenticidad.

Igualmente, debemos decir que autenticidad o, en otros términos, obra única e irrepetible no se contradice con reproducción técnica cuando Benjamin escribe la obra citada, pues la litografía o la fotografía ya posibilitaban reproducir, aun manteniendo el concepto de original. La tecnología estaba borrando las fronteras –por ejemplo, entre original y copia en fotografía o en una película– y se requería de nuevos conceptos de autenticidad.

Es en este marco relativo al impacto que genera la técnica en las obras de arte, donde nos planteamos el objetivo de investigar acerca de cómo se relacionaron los cambios técnicos y tecnológicos con la producción de obras de arte, tanto en lo que se refiere al contenido de la obra como al soporte físico utilizado, y cómo impactan estos cambios en el mismo concepto de obra de arte.

Aceptando que cuando Duchamp firmó un mingitorio estaba creando una obra de arte, este hecho produce un cambio profundo en relación con el propio concepto de arte, situación que estaría mostrando el gran impacto de las tecnologías de producción masiva –como después lo haría Warhol y su lata de sopa– en la producción y aceptación de qué es arte.

Si, como se intentará demostrar, la técnica y el arte son constitutivos del largo y complejo proceso de aparición del hombre sobre la Tierra, la tecnología llega con el capitalismo impulsando una nueva forma no sólo de producir, sino también de construir la realidad e interpretarla.

Es evidente que existe un fértil campo de intersecciones entre la técnica, la tecnología y las obras de arte a lo largo de la historia. No obstante, este trabajo, sin eludir el análisis de la evolución histórica del proceso de intercambio, se centrará en el impacto que produjeron las conexiones entre arte y tecnología en la primera mitad del siglo XX.

Hay que destacar que más allá del período de estudio seleccionado, éste no debe considerarse en forma rígida, pues, como cualquier límite de una etapa histórica, es arbitrario en la medida en que comprender los años en estudio implica pensarlos como parte de un proceso, complejo y dinámico en lo económico, político, tecnológico y artístico, que se relaciona con lo sucedido, fundamentalmente en Europa –una de las vertientes de nuestra tradición cultural–, en los últimos treinta años del siglo XIX.[5]

Surge, en el período estudiado, una serie de cambios, como la masificación y los avances técnicos en la fotografía; el nacimiento del cine, la radio, la televisión y la telefonía; o los sistemas de producción en masa y la computadora, que no sólo impactaron sobre el arte, sino también sobre el conjunto de la dimensión cultural de la sociedad, pues generaron en el ser humano una nueva estructura mental donde la técnica aparecía como una variable dominante de la vida social, para bien, por su impulso hacia el progreso y el bienestar, y para mal, con su secuela de alienación, destrucción y muerte.

En este marco del paso a una nueva fase en la historia del capitalismo y del impulso que éste dio a la producción científica y tecnológica, el arte debía representar este nuevo estado de la sociedad.

Nuestro objetivo, entonces, es explorar las conexiones e interacciones entre la tecnología y la construcción de las obras de arte pictórico, y su impacto en la República Argentina a partir del arte concreto, centrando el análisis en el período que transcurre entre 1900 y 1950.[6] Hay que resaltar aquí que el objetivo es trabajar en las intersecciones entre la historia del arte y la historia de la tecnología; dónde se conectan ambas para producir nuevas formas de expresión de la sensibilidad humana.

Se trata de investigar los cambios que provocaron esas conexiones y cómo ellos se encuentran integrados en una trama de relaciones sociales, económicas e ideológicas que constituyen la base de las transformaciones del arte, de las cuales emerge el arte concreto en la Argentina.

No obstante, el marco geográfico de estudio no puede ser exclusivamente la República Argentina, pues lo que aquí sucedió era influenciado por los cambios que se estaban produciendo tanto en Europa como en los EE.UU., no sólo en lo tecnológico, lo económico, lo político y lo social, sino también en la esfera del arte, constituyendo el entorno mundial en el cual se insertó la pintura argentina.

Estas conexiones entre técnica y obra de arte pueden examinarse desde el mismo inicio de la historia humana, pues el paso del mono al hombre fue posible por la interacción de un conjunto de hechos, entre los cuales se encuentra la técnica como capacidad de fabricar herramientas, pero también el lenguaje y la organización social para actividades como la caza y la defensa, que constituyeron un universo simbólico que guiaba a ese ser vivo en la comprensión y en la modificación de la naturaleza. El ser humano, al mismo tiempo que comprendía el mundo que le rodeaba, trataba de comprenderse a sí mismo.

Su subsistencia y la del grupo del que formaba parte dependían de la recolección y de la caza; esta última estaba ligada a la construcción de armas para matar y de herramientas para la posterior utilización de las partes del animal, pero también estaba relacionada con el desarrollo de la organización de los hombres en el proceso. La construcción de herramientas y la necesidad de comunicarse para organizar el acto de cazar fueron contribuyendo al desarrollo de su mundo simbólico, mundo que lo llevó a la búsqueda de atajos para su dominio sobre la naturaleza.

De esta manera, ingresa la magia en la historia del hombre. El cazador, al decir de Gombrich, citado por Burucúa,[7] se enmascara y se convierte en la imitación de su botín, pues cree que obtendrá, de esta forma, la presa antes de cazarla.

Esa magia pasa al estado de representación cuando nuestro antepasado necesita plasmar en las paredes de piedra de las cavernas, o a través de figuras en piedra o arcilla, los símbolos que posibilitan la concreción del acto mágico: cuando pinta el animal que va a ser cazado. Para realizar este acto, el hombre necesitó de una técnica para obtener pinturas, colores e instrumentos de pintura. Y esos mismos instrumentos estaban condicionando lo que podía representar.

Pero también el proceso que se ha descripto contribuyó a desarrollar su interpretación del mundo que lo rodeaba, que fue lo que expresó en sus primeras imágenes. La técnica no sólo era parte del proceso de construcción de su imaginario social, sino que además le dio los instrumentos para representarlo.

Este proceso de conexiones, que hemos de rastrear en este trabajo en distintos momentos históricos, va a conocer un punto de ruptura cuando se inicie el largo camino que pondrá fin a la denominada Edad Media y su reemplazo por la sociedad capitalista. Con ella ingresará en la historia la máquina, pero no como simple artefacto mecánico, sino como plataforma de un sistema productivo cuya consecuencia iba a ser la producción en masa.

Esta transformación económica trajo aparejado un cambio social sin precedentes, modificando el entorno de los seres humanos que vieron su horizonte invadido por el humo de las industrias, su espacio auditivo por el ruido de la locomotora y todo su mundo sensorial por la velocidad de los nuevos medios de transporte y los nuevos productos que transformaban su vida cotidiana.

Un contexto como el descripto tenía que provocar cambios en las obras de arte, que necesitaban expresar el nuevo mundo que estaban construyendo los hombres. Y las preguntas eran: ¿cómo debía ser esa nueva obra de arte? ¿Cómo podía el arte representar la nueva realidad?

Las denominadas vanguardias artísticas que fueron surgiendo en Europa a inicios del siglo XX, como el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo, el constructivismo y otras, fueron un intento, desde enfoques a veces contrapuestos, de comprender y plasmar ese mundo y dar respuestas a esas preguntas.

Nuestro país, a pesar de la distancia física –pero no emocional– que lo separaba de la Europa de los cambios tecnológicos y las vanguardias, iba a construir un espacio para la técnica, donde ésta también era sinónimo de progreso. Y ese imaginario técnico provocaría cambios en la sociedad que el arte asimismo necesitaba expresar.

Y es aquí donde un grupo de artistas, agrupados en el movimiento del arte concreto, no sólo van a retomar la tradición europea, sino que además se plantearán nuevos caminos para el arte en Argentina, tanto desde su práctica como desde la construcción teórica.

Es en este marco que se desarrolla nuestra hipótesis de trabajo, la cual sostiene que existen múltiples conexiones entre obra de arte y técnica y tecnología, donde estas últimas, por un lado, le entregan al artista las herramientas para expresarse –desde nuevos colores hasta programas de computadora–, y por otro, moldean su mundo sensorial influyendo también así en el propio contenido de la obra de arte.

Por lo tanto, la técnica y la tecnología son constitutivas del proceso de representación artística, pero mientras que la técnica siempre formó parte del proceso de construcción de esa obra que denominamos “de arte”, la tecnología ingresa en el arte desde afuera de él, como producto del desarrollo del capitalismo, y modifica la forma, el contenido y la propia percepción de la obra de arte.

No pensamos en la tecnología como un hecho autónomo que impulsa los acontecimientos históricos por sí sola, ya que como lo describen Leo Marx y Merritt Roe Smith,[8] refiriéndose a los que denominan deterministas blandos, la tecnología opera en una matriz, donde se intersectan variables sociales, económicas, políticas y culturales. Más bien entendemos en este trabajo a la tecnología como una causa determinante de las transformaciones que se operan en la sociedad, modificando la percepción de la realidad, tanto del artista como del receptor.

Debemos señalar que durante distintos períodos históricos, pero especialmente a fines del siglo XIX e inicios del XX, la situación planteada en relación con las vinculaciones entre técnica y/o tecnología, por una parte, y obra de arte y cultura, por la otra, fueron objeto de profundos y fértiles debates, que repercutieron en la producción de los artistas, que se encontraban tratando de expresar los cambios que se estaban produciendo en la sociedad de la que formaban parte.

Nos interesa, fundamentalmente, reflejar en esta obra esos debates, ya que fueron los que impactaron sobre la producción artística en el período analizado. Esto no implica despreciar todos los aportes de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI en los estudios de la técnica y la tecnología, pero haremos hincapié en lo que en cada momento se encontraba en discusión. Trataremos de analizar qué les sucedía a los artistas en cada momento histórico y por qué pintaban lo que pintaban, lo cual era el producto de los cambios y los debates de su tiempo.


  1. Snow, C. P., Las dos culturas, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 2000, p. 87.
  2. Benjamin, Walter, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en Discursos Interrumpidos, Madrid, España, Taurus, 1973.
  3. El aguafuerte comienza su difusión masiva en Europa a comienzos del siglo XIV; la xilografía, si bien conocida en Oriente desde el siglo VII d. C., también se difunde en Europa en el siglo XIV.
  4. La primera publicación de este trabajo es de 1936, una época marcada por el conflicto, pero también, por un desarrollo importante del capitalismo y de las tecnologías aplicadas a la producción de bienes.
  5. Ver el anexo denominado “Cronología política, cultural y tecnológica”, que muestra los distintos sucesos en un contexto de interacción entre ellos.
  6. Como se expresó con anterioridad, estas son fechas que no deben considerarse un corte estricto, sino más bien una unidad conceptual, pues el período abarca desde la consolidación en la segunda mitad del siglo XIX de la gran industria, hasta la segunda posguerra del siglo XX y el inicio del ciclo de expansión económica mundial. Pero también puede verse el período como la consolidación del modernismo en pintura –Clement Greenberg sitúa su inicio en Monet, mientras que Arthur Danto en Van Gogh y Cézanne– hasta el arte pop. Otra posibilidad es pensarlo como la etapa que va desde la creación, el crecimiento y la consolidación de las tecnologías de reproducción masiva de imágenes hasta la aparición de las computadoras electrónicas.
  7. Burucúa, José Emilio, Historia, arte, cultura. De Aby Warburg a Carlo Ginzburg, primera edición, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2003, p. 23.
  8. Marx, Leo y Smith, Meritt Roe (eds.), Historia y determinismo tecnológico, Madrid, España, Alianza Editorial, 1996, pp. 15-17.


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