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Cierre

Ecos y continuidades

Mercedes Calzado y Susana M. Morales

La preocupación por las experiencias colectivas e individuales, por los determinismos de los dispositivos tecnológicos y por la centralidad del contenido policial en los medios repercute en cada página de este libro. Atravesamos las pantallas para recorrer los sentidos amplios de la noticia policial, la producción informativa y la vida cotidiana embebida en los medios y los discursos de la seguridad. Atravesamos las pantallas porque no creemos que ninguno de estos espacios sea definitivo, sino que son parte de una trama más amplia de significados. Nuestras preocupaciones también están surcadas por contextos y voces que las sostienen. Trabajamos sobre un objeto de estudio enhebrado en un contexto de debates políticos y académicos sobre su sentido que es, a la vez, heredero de una discusión conceptual latinoamericana que forma parte de los ecos que alimentan este texto. Esta investigación se origina y trabajó sobre estas conversaciones. Por eso, decidimos cerrar este libro con un rescate de las controversias y herencias que nos definen y sobre las que buscamos intervenir.

Controversias

Es complejo, por no decir imposible, identificar puntos de origen de discusiones sobre los sentidos sociales. El ejercicio de adentrarnos en ciertos hitos ayuda a contextualizar el debate del cual buscamos ser parte con este libro. Junio de 2004 es uno de estos momentos. Luego del secuestro y asesinato de Axel Blumberg y la movilización que desató su caso, el entonces presidente Néstor Kirchner colocaba en la agenda pública la noción de sensación de inseguridad. Luego, el concepto fue popularizado por su ministro del Interior (y responsable de las fuerzas federales de seguridad), Aníbal Fernández, cuando en 2006 citaba una publicación del diario La Nación para plantear que esa sensación se trataba de un “punch mediático” (Nicola, 2009).

Desde entonces, el debate público sobre qué, cómo y quiénes definen las experiencias sobre la inseguridad siguió dos derroteros. Por un lado, el que sostiene que la dimensión subjetiva es una suerte de distorsión respecto de los índices objetivos de delito y, en particular, un producto de los medios de comunicación. Por otro, el que considera que un planteo en clave de percepción implica una negación del delito y, por ende, un ocultamiento de la realidad (especialmente cuando quienes lo sostienen son funcionarios con responsabilidades en el tema). En esta línea, los argumentos que comparan las relativamente bajas tasas de homicidios de nuestro país con respecto a los otros países de la región descuidan incluir en sus análisis las altas tasas de victimización en otros tipos de delitos, sobre todo los vinculados a hechos contra la propiedad, además de la complejidad en torno a los umbrales de tolerancia frente a distintas violencias modificados permanentemente en nuestra sociedad. A la vez, tienden a considerar ese sentimiento de manera homogénea, como temor al delito y base de un reclamo punitivo, sin considerar (al menos de manera pública) la enorme diversidad de experiencias vinculadas a la inseguridad y la violencia.

El debate sobre la sensación de inseguridad también estuvo atravesado por los procesos y acontecimientos políticos que marcaron el escenario comunicacional local, en el que los medios de comunicación aparecieron en el centro del conflicto por la definición del orden social. Nos encontramos en un momento de politización antagónica de los medios masivos,

Proceso caracterizado, en nuestro país, por la configuración de los medios como temas de debate público, como objetos de políticas públicas y como actores políticos, favorecido por una específica articulación entre Estado y ciudadanía y por la configuración de sentidos sobre los medios contrapuestos a los hegemónicos (Córdoba, 2014: 26).

Este escenario nos permite reconocer cómo la cuestión de la seguridad fue un tema a través del cual distintos grupos mediáticos estructuraron tanto su cuestionamiento hacia las políticas de los gobiernos kirchneristas como hacia el modo en que se relacionaba con las empresas mediáticas. Si hasta entonces la idea de una sensación de inseguridad era parte de los informes periódicos de consultoras o universidades publicados por distintos medios, cuando el entonces ministro del Interior lo retomó en 2006, el uso del concepto comenzó a ser señalado por esos mismos medios como un modo de negación del problema del delito urbano. Así, pasaron a ser comunes informes audiovisuales en noticieros de aire y canales de noticias en los que aparecían relatos dramáticos de víctimas bajo títulos como “Dónde está la sensación de inseguridad”, columnas periodísticas que adjudicaban la creación del término a Aníbal Fernández, y artículos que discutían su autoría. Este cambio en el sentido de la dimensión de sensación puso de relieve la configuración por la cual medios y periodistas definen su lugar en el debate público: invisibilizando su propia intervención tanto para definir un tema que aparece como indiscutible y naturalizado, como su accionar en relación con el modo en que socialmente se experimenta la cuestión del delito. Este fue uno de los puntos centrales de preocupación al iniciar este proyecto de investigación, y lo sigue siendo al concluirlo.

La preponderancia de la mediatización de la seguridad se materializó en cifras a partir de 2013 con la generación y publicación de los monitoreos de la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual de la Nación. Si bien estos reportes no nacieron con el fin de interpretar las regularidades televisivas sobre la información policial, permitieron cristalizar la variable “inseguridad” como tópico principal del contenido informativo brindado a los públicos. La apariencia del rol central de los medios en la definición del espacio público inseguro asumió una nueva centralidad con estas cifras. Los debates sobre la mediatización de la seguridad cobraban nuevo cuerpo y volvían a requerir explicaciones complejas sobre una trama no necesariamente lineal.

En este momento de la discusión política local, nació el proyecto que da origen a este libro. Partimos de la pregunta por las relaciones entre las transformaciones del sistema mediático y las experiencias de la cuestión securitaria. Nuestros interrogantes buscaban intervenir en la discusión sobre los modos de definición de la sensación de inseguridad. Para ello, recorrimos los distintos escenarios donde se articula la producción de significaciones alrededor de la inseguridad: los espacios de producción informativa, los discursos mediáticos vinculados al crimen y las distintas experiencias de las audiencias a través de las cuales se construyen las tramas que le dan sentido cotidianamente a una gestión de los riesgos y un modo de vivir el espacio urbano que excede los delitos mediatizados. Tres anillos entrelazados (contenido, producción, audiencias) que producen en sus flujos los sentidos que los contienen. De este modo, nos acercamos a “las formas complejas en las que se ve envuelta la gente durante procesos de hacer e interpretar trabajos mediáticos en relación con sus circunstancias culturales, sociales e históricas” (Ginsburg, 1997: 13). Así, partimos de las pantallas y sus contenidos para atravesarlas y alcanzar gramáticas de producción y de reconocimiento que, aunque asimétricas, se superponen en la configuración de entramados de sentidos que las aúnan.

Atravesar las pantallas se convirtió en nuestra clave teórico-metodológica para abordar la complejidad y reconocer el proceso de articulación diferencial de los sentidos sobre la cuestión securitaria. Las pantallas forman parte de una trama cultural en la que se articulan lógicas de producción informativa con sus condicionantes, sus tensiones internas y los saberes de resolución cotidianos con los discursos producidos y con las diferentes y desiguales maneras en que las audiencias se vinculan con ellos en rituales que redefinen el tiempo y la geografía urbana, así como los modos de estar juntos. La posibilidad de abordar en conjunto estos espacios que articulan la producción de significaciones permite romper con la ilusión de una experiencia de la inseguridad aislada de la experiencia mediática. El abordaje articulado nos permitió reconocer cuánto de las vivencias cotidianas está marcado por la relación con las tecnologías de la información y la comunicación. Nuestra vida diaria, el modo en que nos vinculamos y cómo vivimos la ciudad está permeado tanto por el tono dramático que configuran los medios sobre la cuestión securitaria como por los aprendizajes en torno a los riesgos de las ciudades y los debates que social y contextualmente vamos instalando.

Legados

Además de originarse y definirse en sus controversias contextuales, nuestros textos son herederos de una discusión teórica que los atraviesa. Si bien toda producción académica es un diálogo permanente con y contra quienes vienen trazando las líneas de comprensión de distintos campos y problemáticas, para nosotras, algunas de estas voces son ecos que resuenan con fuerza desde las primeras líneas y en cada margen de nuestros textos. Voces que, además de conformar referencias ineludibles en el campo de la comunicación, son también las que inauguraron las alertas frente a los diversos determinismos que atraviesan los debates sobre los medios y el delito; voces que nos permitieron colocar los mojones de las preocupaciones compartidas de esta investigación. En este cierre, queremos volver sobre algunas de las conversaciones con nuestras herencias para, desde ellas, releer los resultados de este proyecto de manera integral.

Los legados cobran cuerpo más allá de la historia reciente. Pero es a fin de la década del noventa, en un continente marcado históricamente por distintas violencias, cuando fueron cobrando centralidad en el espacio público cuestiones vinculadas con la seguridad urbana. En este contexto, Jesús Martín Barbero (2000) escribió La ciudad: entre medios y miedos, un texto sobre las ciudades colombianas, donde vinculaba los miedos y la angustia experimentada en torno al delito con las transformaciones de una vida urbana en la que se perdían los lazos de pertenencia y socialidad. Martín Barbero proponía pensar a los medios de comunicación como parte constitutiva del tejido urbano, de los modos de comunicar, de las transformaciones entre lo público y lo privado; pensar una ciudad hecha de flujos de circulación e información, pero ya no de encuentros. Ciudades donde la pantalla pasaba a ser el principal espacio de encuentro. Veinte años después, la televisión dejó de estar fija en los hogares como momento común, para desbordarlos y reproducirse en distintos espacios cotidianos. En nuestra investigación, de hecho, revisamos cómo las transformaciones tecnológicas habilitaron que las pantallas se multipliquen, y se redefinan los rituales, los tiempos y los espacios de su uso. Estos cambios modificaron no solo dónde y cuándo ver televisión, sino también qué significa verla: un nuevo modo de normalizar las diferencias y desigualdades en un flujo constante y ubicuo que nos permite gestionar los riesgos de vivir yuxtapuestos en ciudades como espacios de múltiples y diversas agresiones. Un ámbito para jerarquizar y ordenar el enorme intercambio de información que aparentemente nos rodea. Un espacio que, desde pantallas a veces personales, siguen definiendo modos de estar juntos, participando de los temas comunes. Cada dispositivo (televisión, celulares, tablets, computadoras) nos posibilita continuar una conversación en distintas escalas, ya no con –o solo con– los núcleos de pertenencia, sino además con las personas desconocidas. Si en la actualidad la segmentación de las pantallas profundiza la individualidad del consumo mediático, mirar noticias –más aún noticias policiales– vuelve a reforzar la capacidad televisiva como lugar de relación, de yuxtaposición de preocupaciones y sentidos sobre la vida urbana.

Así, Martín Barbero indicaba que la eficacia de la televisión, su peso político cultural, solo podía evaluarse en términos de la mediación social que logran sus imágenes (2000: 32). Tal vez, podríamos en este punto plantear que nuestros resultados permiten entender que la eficacia televisiva no se ubica tanto en su propuesta sistemática de empatizar con sus públicos desde su interpelación como víctimas potenciales. La eficacia de las pantallas, más bien, radica en la lógica discursiva dramática con que presentan temas (la violencia, la muerte, la evasión de la norma, la impunidad, etc.) que tienen dificultades para encontrar un lenguaje accesible socialmente para ser abordados. Entonces, podemos concluir, las noticias televisivas policiales contienen un carácter performativo sobre la experiencia social de la inseguridad y sobre su discursividad subyacente que permite explicar las formas colectivas de transitar, disfrutar, sufrir y habitar las ciudades.

La noticia policial también nos invita a reflexionar sobre los géneros, la mediación entre las lógicas de producción, las matrices culturales en los procesos de producción de sentido. En las voces relevadas para esta investigación, reconocimos una suerte de supervivencia y actualidad del género tanto entre los públicos como entre los productores de información, para quienes la crónica funciona como un lenguaje específico y disponible, naturalizado, para hablar de la cuestión criminal. Encontramos en el género policial regularidades en las que se pueden reconocer modalidades de informar sobre la inseguridad. Su lógica de representación implica saberes prácticos sobre cómo contar los conflictos en medio de dinámicas cotidianas fuertemente condicionadas por el tiempo, los recursos audiovisuales y la competencia que obedecen al funcionamiento de la producción informativa en su carácter industrial. El género establece una mediación narrativa sobre la cual quienes trabajan con la información descansan al momento de resolver cada día un tiempo larguísimo de pantalla.

A la vez, el género permite una supervivencia en el vínculo de las audiencias con la programación noticiosa. Para quienes se informan sosteniendo rituales atados a la temporalidad de los noticieros hay una expectativa de que la historia se complete, que el género se exprese, una actitud que espera que el drama se resuelva mientras sigue el desarrollo de la información acompañando el proceso de investigación periodística.

En otro texto clásico, Guillermo Sunkel (1984) planteaba que la prensa popular había construido la visibilidad pública de la vida cotidiana en las ciudades latinoamericanas. Allí cabían un conjunto de experiencias no encontradas en la prensa seria. Desde un abordaje diferente, la historiadora Lila Caimari (2004) también comprendió cómo en esa prensa se construyó una forma de narrar las enormes transformaciones de las ciudades en los momentos de mayor flujo migratorio en Argentina. Ambos autores reconstruyen cómo ese modo de contar la vida de las personas comunes en las ciudades recuperó géneros populares, incorporados en la cultura masiva, para nombrar los conflictos y volver inteligible la vida en común. Si tiramos de ese hilo, podemos reconocer que la crónica policial se actualiza como género disponible y naturalizado para hablar de la vida urbana, recuperado por la televisión, que explota al máximo los recursos audiovisuales que profundizan sus características narrativas. Pero, también, reconocemos el modo en que la disponibilidad de imágenes de dispositivos de seguridad y redes sociales transforma aquello que se puede contar. Ya no son solo los delitos: lo insólito, lo bizarro, lo extraño, puede convertirse en noticia y ser narrado a través de esta lógica de representación simplificada, además de actuar como nexo entre la ficción, el entretenimiento y la información más dura. La noticia policial continúa siendo el espacio en el que se cuentan historias de la ciudad, historias vividas de manera cercana, que convocan solidaridades y emociones diversas. Continúa, con recursos renovados, funcionando como guía para conocer aquello que no necesariamente ingresa en la norma, los conflictos que definen lo extraño y lo novedoso, los hechos capaces de romper el frágil orden del día a día.

Sunkel plantea una proposición central: reconocer en este tipo de prensa una matriz de narración pública con características diversas a las de otros tópicos informativos asociados a la prensa seria. A diferencia de temas políticos o económicos, vinculados a una lógica de representación con pretensiones de racionalidad, los tópicos asociados a la cuestión criminal siguen una lógica simbólico-dramática que funciona por oposiciones, imágenes y casos. De allí, de esa larga marcha marcada por la narratividad, Sunkel configura un espacio para reconstruir las clasificaciones sociales y normalizar un modo de entender los conflictos en clave melodramática.

Sobre la matriz melodramática, a la vez, vienen operando en la región transformaciones en la práctica periodística del policial. Germán Rey (2005), de hecho, se encargó de revisar la variación de la vida urbana en la que suceden distintas violencias, ciudades complejas, inabarcables, distantes. Quienes escribían sobre el crimen acompañaban a veces, otras veces también competían con las fuerzas de seguridad para develar la verdad, perspectiva similar a la descrita por Caimari (2004). Rey destaca cómo el crecimiento urbano rompe con la posibilidad de la presencia periodística durante el proceso de investigación, y junto con ello se construye un entramado institucional que genera cierta dependencia de los periodistas respecto de la información producida por las fuerzas de seguridad. Si bien estas características sobreviven por la centralidad estatal frente a la gestión de la conflictividad, sus marcos de comprensión y la disposición de imágenes provista por los dispositivos digitales generan transformaciones en las prácticas periodísticas. Rey caracterizaba al periodismo policial gráfico como periodismo de barandilla, y subrayaba la imbricación institucional entre periodistas y fuerzas de seguridad. Hoy revisamos, gracias a las voces de las personas entrevistadas durante nuestra investigación, que este rasgo del género se tensiona por la producción audiovisual de múltiples actores. Se trata de las agencias de seguridad, otros niveles estatales posicionados como actores frente a la inseguridad que intervienen públicamente poniendo sus propias imágenes como parte de su autorrepresentación de eficiencia. También emergen otros actores que intentan conjurar con dispositivos audiovisuales la cuestión securitaria: cámaras de seguridad, videos privados y redes sociales, que intervienen en la conversación pública sobre el crimen y multiplican los espacios por los que circula un habla cotidiana.

En este punto, retumban los ecos de las discusiones sobre la relación entre noticia criminal y emociones. Fue desde la conversación conceptual con Rossana Reguillo (2012) que inscribimos el vínculo entre violencia y medios en el terreno de las emociones. Mediante el reconocimiento de las retóricas de la seguridad, la antropóloga mexicana puntualizó hasta qué punto la seguridad constituye un argumento que conjuga la pasión del miedo con modos emocionales de comprensión. La clave de las operaciones interpretativas que otorgan sentido pasa por el sentimiento, o por la conmoción que opera la realidad en los actores sociales, definición presente tanto en la producción de información como en sus públicos.

El miedo fue uno de los tópicos más abordados al analizar la información policial. Este tema surcó muchos de los debates sobre la relación entre los medios y la sensación de inseguridad, tal como identificamos en los debates político-académicos. Los medios cumplen un rol central en la producción del temor como una emoción, situación que para ciertas posturas teóricas se aleja de la racionalidad que debería fomentar el periodismo desde la producción de noticias objetivas. La ética periodística, para esta mirada, debe ser cuidadosa al producir información como un bien social. Como indican Lara Klahr y Barata, otros autores que resuenan como ecos en nuestras discusiones, vivimos “un proceso desprovisto de pensamiento crítico, donde la información pierde su valor social para ser contemplada simplemente como mercancía” (2009: 77). La noticia policial es una de las mercancías más codiciadas de los productores televisivos. El uso del temor en la noticia periodística puede convertirse en el mero refuerzo de una emoción que acentúa “narrativas en torno al espacio de la ciudad a través de estigmatizaciones tanto de personas como de lugares” (Entel, 2007: 16).

Las discusiones conceptuales del nuevo siglo en la región se condensaron en planteos como el de Stella Martini, quien subrayó el rol de una “agenda periodística sobre el delito que pretende ‘reflejar’ la realidad de la incertidumbre cotidiana y simplifica la inseguridad como efecto de la amenaza criminal constante sobre las vidas y los bienes” (2009: 22). La agenda periodística se alejaba, en este punto, del potencial bien común al elaborar contenidos centrados en el temor y la inseguridad simplificada. Estas mismas perspectivas reflejaban, a la vez, la complejidad del miedo como una emoción que “no constituye un sentimiento cuantificable ni una problemática a abordar aisladamente, sino en una compleja trama de experiencias de la condición humana” (Entel, 2007: 99). Así, en la información policial viven los miedos, aunque también estos miedos comparten espacio con otro conjunto de emociones, el enojo, la incertidumbre, la risa y el humor, tal como vimos que se produce entre las personas entrevistadas en esta investigación. Estas emociones, potenciadas por las noticias policiales, lejos de ser la contracara de un pensamiento racional sobre la violencia urbana, son parte de una construcción del mundo social. En tal sentido, si estas “representaciones alcanzaron un rápido consenso es porque operaban sobre sentimientos colectivos ya presentes en la sociedad” (Kessler, 2009: 37). Las emociones en este punto, y desde una mirada interpretativista como la que tomamos a lo largo de estas páginas, son experiencias socialmente compartidas (Lutz y White, 1986). Como recalca Rosaldo, las emociones, lejos de ser opuestas al pensamiento racional, son “pensamientos encarnados”, es decir, interpretaciones imbricadas en el cuerpo y las palabras de individuos y colectivos (1984: 142). Desde las experiencias comunes y particulares frente a las noticias policiales vemos que el temor fluye a través de las pantallas junto con otras emociones que habilitan modos de entendimiento de la ciudad que exceden la cuestión delictiva.

Con pesar, a fines de la década del noventa Carlos Monsiváis (2000) planteaba que la estructura de comprensión de la violencia urbana transformaba a la experiencia colectiva (en tanto sumatoria de experiencias personales) en melodrama. Con pesar, decimos, porque Monsiváis reconoce en esa inscripción melodramática un impedimento para que los ciudadanos y ciudadanas superen la impotencia y asuman la fatalidad como una condición de la vida urbana. Si bien es posible reconocer esa fatalidad en la producción mediática que insiste en hablarnos como víctimas permanentes (en la que pareciera que las personas sin representación institucional solo podemos participar públicamente si hablamos en esa condición de víctimas) también reconocemos, una vez más, que el melodrama cumple una función ambivalente. En la trama del melodrama se hacen visibles y comprensibles temas que emergen públicamente fruto de distintas luchas sociales, son debatidos y permiten marcos para legitimar el sentido de experiencias personales como problemáticas socialmente relevantes. En la representación de la violencia de género, por ejemplo, cobran relevancia temáticas y aprendizajes que, tal vez, desde otras narrativas no permearían emocionalmente de manera tan importante, resultado que queda manifiesto a lo largo de nuestro análisis. En el melodrama, entonces, también caben las disputas por la representación del movimiento de mujeres, de los colectivos organizados y de las víctimas de la violencia institucional. Repercute aquí una vez más el eco de Jesús Martín Barbero (1986) cuando nos indicaba el carácter ambivalente y democratizador del melodrama: es tan cuestionada su forma de representación como reconocida, mientras que coloca temas y concita emociones, como la indignación, que se articulan con una transformación más general ligada a la disminución del umbral de tolerancia social respecto de las prácticas que están en su origen.

Nuestros contextos de discusión y herencias fueron y son el punto de partida de lo que es el cierre siempre parcial de una investigación. Un parate hacia atrás y hacia adelante, en un tiempo que fluye, como lo hace el tiempo de las pantallas, y busca un sentido… Como si pudiéramos leer este libro desde el final hacia el inicio, como si pudiéramos atravesar nuevamente este proceso desde las conclusiones hacia los motivos iniciales de nuestro proyecto. Aníbal Ford es el eco que resuena en el sentido del comienzo y del cierre de nuestra tarea colectiva, en su búsqueda, nuestra búsqueda, de “no aceptar coberturas homogeneizantes” y de “generar las herramientas políticas y epistemológicas que nos permitan ‘ver’ estos procesos” complejos para que tras ellos aparezcan “en la realidad y también en las investigaciones, centros de condensación, nudos críticos, sobre los cuales es todavía necesario trabajar e intercambiar, caminar y discutir. Darles una vuelta de tuerca. Verlos como un conjunto” (1994: 56). Entender las pantallas, entender a quienes hacen las pantallas, entendernos frente a las pantallas. Entender los miedos que atraviesan las pantallas para construir nuevos horizontes críticos y lazos sociales no estigmatizantes. Sobre esos desafíos construimos, seguimos caminando, discutiendo y juntando indicios de un conjunto siempre inconcluso.

Bibliografía

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