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6 Flujos y tramas de experiencias: las noticias policiales desde las pantallas porteñas

Mercedes Calzado, Victoria Irisarri
y Cristian Manchego Cárdenas

Introducción

Las noticias policiales cobran significado con los públicos y repercuten en sus experiencias. En este capítulo buceamos en la relación entre medios y el costado subjetivo de la inseguridad para reforzar el análisis desde una dimensión de modelación cultural mediada no determinada (Morales, 2014).

Son numerosos los abordajes sobre audiencias de noticias en general (Bird, 2003; Barnhurst y Wartella, 1998; Martin, 2008; Madianou, 2005a; Morley, 1999; Philo, 2008; Philo y Berry, 2004), y de noticias policiales en particular (Chiricos et al., 2000; Custers y Van den Bulck, 2011; Focás, 2012; Romer et al., 2003). Algunos de estos estudios persiguen una tesis negativa de la información: sus contenidos exagerados producirían desencantamiento en la mirada del mundo y la política (Gerbner et al., 1986; Putnam, 2000; Robinson, 1976). Otros, en cambio, consideran que la información periodística contribuye a la participación ciudadana (Norris, 2000; Jeffres et al., 2007).

Nuestra mirada no evalúa el valor de la noticia policial en los receptores. No buscamos desentrañar cómo los medios operan en la brecha entre seguridad objetiva (los índices de delito) y subjetiva (el temor al delito) (Aniyar de Castro, 1999). Tampoco perseguimos métodos que brinden reglas ya que, como asegura Ang (1996), el hábito de ver televisión no puede ser domesticado ni medido desde perspectivas que subrayen las generalizaciones más que las experiencias particulares de las personas frente a las pantallas. Nos interesa, en cambio, aportar a los estudios preocupados por entender las noticias policiales como rituales, como mediaciones, como componentes dinámicos de la vida social y cultural (Madianou, 2005b).

Partimos de la premisa de que los medios contribuyen a la textura general de la experiencia (Silverstone, 2004). Desde este enfoque, revisamos las vivencias con los medios y las noticias policiales naturalizadas en la cotidianidad de un grupo de personas del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Mirar a los sujetos requiere revisarlos en sus contextos y articulaciones; por eso, consideramos que los medios son actores centrales en el modelado de las experiencias sociales, a la vez que la experiencia de los sujetos modela los contenidos mediáticos. En palabras de Silverstone: “Tanto la estructura como el contenido de las narraciones mediáticas y los de nuestros discursos de todos los días son interdependientes […], juntos permiten expresar y medir la experiencia” (2004: 29).

Ponemos la lente en la interpretación de las noticias policiales, en su recepción, pero no de manera aislada, sino como aspecto inscripto en un entramado cultural productor de sentidos. Revisamos las gramáticas de producción y de reconocimiento de las noticias como nodos interconectados en algunos de los puntos de circulación de sentido. Esto significa analizarlas como partes indisolubles que funcionan como condición de posibilidad de la generación y la interpretación de los sentidos sociales. Por eso, no partimos aquí de la noción de receptores o de audiencias como categoría implícita (Livingston, 1998). Este planteo requiere subrayar la asimetría en la producción de contenidos ya que, como afirma Morley, “el poder de los espectadores de reinterpretar los sentidos difícilmente sea equivalente con el poder discursivo de las instituciones mediáticas centralizadas de construir un texto que luego es interpretado por los espectadores” (1996: 31).

Entendemos a la noticia policial televisiva como fenómeno social (Silverstone, 1996), como componente indispensable de las rutinas cotidianas. Las noticias funcionan como un elemento relevante en la mediación de la percepción del peligro urbano y, en paralelo, representan un espacio donde sentirse seguros: a la vez que muestran los delitos y la urgencia de los acontecimientos, recalcan la repetición cotidiana, los modos de prevención y el umbral de tolerancia frente al desorden.

La experiencia frente a la información policial es un proceso de comunicación que acontece en un espacio extendido, en un cruce entre lo privado y público. Por tanto, los sujetos interpelados en las próximas líneas son definidos como públicos, ya que consideramos que la demarcación entre público (public/ciudadanía) y privado (audiencias televisivas) no explica la compleja relación entre sujetos y noticia policial. Las audiencias se convierten en públicos al discutir tópicos comunes (como la inseguridad urbana) dispuestos desde los medios televisivos. En este punto seguimos la perspectiva de Livingston, para quien “las actividades de los públicos no pueden separarse, analítica o empíricamente, de aquellas de los individuos privados”. Y aclara: “Dado que estas actividades, que incluyen pensar, sentir, hablar, interactuar, actuar, ocurren en un entorno completamente mediado, tampoco pueden divorciarse de las actividades de las personas como audiencias” (2005: 12). La hibridez entre público y privado es característica de las esferas públicas contemporáneas, y allí se esfuma la diferencia conceptual entre audiencias y ciudadanía.

A la vez, revisar las experiencias de los sujetos frente a las noticias policiales televisivas implica hoy considerar conductas cotidianas polisituadas que no acontecen exclusivamente en el espacio hogareño. Hasta hace algunas décadas las mediaciones domésticas (Martín Barbero, 2010) eran centrales en la producción de rituales de visualización, y el hogar era el “sitio natural” donde investigar “las reglas que gobiernan” la práctica de ver televisión (Morley, 1997: 256). Hoy los sitios naturales se extienden en tanto lo hacen los usos y vinculaciones con las pantallas. Si bien nuestra mirada y punto de partida está puesto en las noticias televisivas, somos conscientes de la relación irreductible entre diversas plataformas informativas. De allí que tomemos la noción de polimedia (Miller y Madianou, 2013) para comprender la televisión de una manera no aislada, sino en el marco de una convergencia tecnológica que produce usos y sentidos solo explicados en un entorno complejo de relaciones sociales de tecnología.

Esta multiplicidad y convergencia contemporánea entre pantallas amplía el flujo informativo. Raymond Williams (2011) planteaba en la década del setenta que la característica central de la televisión es el “fenómeno del flujo”, elemento que transforma a la tecnología en una forma cultural (p. 115). Asumir el proceso televisivo como flujo implica considerar “el reemplazo de una serie de unidades de programas sincronizados y difundidos en secuencia por un flujo de una serie de unidades relacionadas de distinta manera” (p. 123). Para Williams el “hecho del flujo” conforma la “experiencia central de la televisión” (p. 125). La programación noticiosa continua es más intensa en los últimos años como consecuencia de las transmisiones durante las 24 horas, Internet y las redes sociales. En este sentido, a modo de hipótesis asumimos que en la actualidad la fluidez dilatada de la programación y las pantallas convierte a las noticias policiales en una pieza temporal, relacional y cognitiva medular de las vivencias cotidianas de los públicos.

Desde este supuesto, analizamos la visualización de las noticias televisivas sobre el crimen como una de las prácticas múltiples, dispersas y con temporalidades diferentes de la cotidianeidad (Abu-Lughod, 2005). Para ello, adoptamos un enfoque etnográfico cuya potencialidad holística se centra en la experiencia de ver las noticias desde pantallas dispuestas en contextos, estructuras y dinámicas particulares. Buscamos comprender cómo las vivencias alrededor de la información policial audiovisual son parte de un sentido social complejo y contextual.

Metodología

Los modos de aproximación a las audiencias desde una perspectiva etnográfica son diversos (Morley, 1996; Ang, 1996; Abu-Lughod, 2005). En este caso abordamos diferentes focos etnográficos de forma simultánea, es decir, un grupo de investigadores realizando trabajo de campo al mismo tiempo. Nuestro objetivo era comprender las diferentes significaciones de las noticias policiales televisivas en un periodo determinado. Con este fin, conformamos un núcleo de ocho investigadores y durante cinco meses en 2017 realizamos encuentros semanales con nuestros interlocutores en sus hogares y lugares de trabajo, asistiendo y comentando en conjunto noticieros televisivos[1]. Inspirados en el trabajo de Lila Abu-Lughod (2005), tomamos como propuesta etnográfica mirar televisión junto con nuestros interlocutores con el fin de abordar la noticia policial audiovisual más allá de su análisis textual. Nos interesa comprender los usos e interpretaciones que las personas hacen de la noticia policial, de qué modos son sus experiencias junto al dispositivo televisivo y de qué maneras los contenidos mediáticos atraviesan sus realidades cotidianas (Abu-Lughod, 2005: 33).

Nuestros encuentros no se limitaron al momento de mirar televisión, sino que con el paso del tiempo los extendimos a otras experiencias como, por ejemplo, compartir mesas familiares, rutinas de trabajo, caminatas por el barrio, historias y trayectorias de vida personales y colectivas. El desarrollo de vínculos de confianza también produjo que nuestros interlocutores compartieran contenidos que circulan por sus redes sociales, que a veces eran fuentes de entretenimiento y otras de información útil que organizaba un recorrido por la ciudad o actividades para realizar.

La elección de un proyecto colaborativo nos permitió, aunque de forma incompleta, superar algunas limitaciones del trabajo de campo individual (Radway, 2006: 368). Este tipo de propuesta se ancla en la forma más tradicional de trabajo de campo etnográfico mediante una estadía prolongada dentro de una comunidad. Nuestra decisión, en cambio, supuso organizar un equipo de personas desplegadas en una variedad de sitios sincrónicamente. La propuesta de realización de proyectos colaborativos no es nueva en antropología, pero es un estilo de trabajo poco frecuente en los últimos años[2]. En nuestro caso, si bien el tiempo en el terreno fue relativamente corto, la labor colectiva nos permitió abordar noticias policiales en diversos focos etnográficos de manera simultánea. A su vez, ser un grupo amplio nos permitió abarcar una elección diversa de interlocutores en cuanto al tipo de lugar en el que viven y trabajan, al género y al nivel socioeconómico, educativo y etario. Fue así como seis miembros del grupo comenzamos a familiarizarnos con siete barrios del AMBA.

El sitio de trabajo de campo de Fiorella fue en la ciudad de Monte Grande (provincia de Buenos Aires, a 28 kilómetros de la CABA), con una familia integrada por Isabel (47 años, maestra en un jardín estatal), José (de la misma edad, empleado en un negocio de electrodomésticos) y sus dos hijas, de 17 y 13 años. Isabel y su marido participaban de las actividades en la sociedad portuguesa del barrio, especialmente del ballet folklórico y la comisión directiva. Mirar televisión era una actividad familiar más.

Judith accedió con facilidad, gracias a su empleo, a la casa de Laura, ubicada en una zona comúnmente denominada “villa miseria” en el barrio porteño de Villa Lugano. A través de ella conoció a diferentes personas, especialmente a su madre, Sonia, una referente barrial e integrante de la Junta Vecinal. Laura se desempeñaba como profesora de catequesis en la parroquia, y junto con su hijo y su hermana compartía un departamento pequeño en un complejo habitacional de cuatro pisos. También allí el televisor ocupaba un lugar central en el comedor.

En San Telmo, uno de los barrios más céntricos de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriel se insertó en el núcleo familiar compuesto por Julio y Teresa, ambos de 45 años, dueños de una pequeña parrilla. Teresa, migrante boliviana, trabajaba en el negocio familiar y también era empleada de limpieza en un organismo judicial. A su vez, Mario, taxista, amigo y frecuentador de la parrilla, fue un interlocutor clave. El local, un espacio reducido de aproximadamente veinte metros cuadrados, sin identificación en la fachada, ofrecía comidas rápidas y menús caseros. Las noticias a las cuales accedían mediante un televisor ubicado en el centro del local eran fuente de conversación diaria entre los tres interlocutores y de quienes pasaban eventualmente por ahí.

En el otro extremo de la ciudad, en el barrio de Núñez, cerca de la cancha de River, Tomás frecuentó la casa de Mario y Marta. Mario, un uruguayo de 73 años, con una carrera de abogacía sin terminar, hacía 45 años que se había radicado en la Argentina como exiliado de la dictadura uruguaya. Marta compartía una historia similar. Nacida en Montevideo, a los 25 años se radicó en Buenos Aires, también como exiliada, y estudió psicología en la Universidad de Buenos Aires. En el hogar de Mario y Marta, ambos jubilados, el consumo de televisión era rutinario. Similar a las formas que señala Morley en su estudio (1996), Mario era principalmente quien decidía qué se veía. En especial le interesaban los noticieros televisivos nacionales e internacionales.

Cristian realizó su trabajo de campo en un restaurante de sushi en el barrio de Recoleta, donde trabajaba como camarero. El restaurante, ubicado en el subsuelo de un edificio, contaba con 120 metros cuadrados, en su mayoría destinados a los comensales. Cristian se dedicó a conversar con sus compañeros de trabajo: mozos, cocineros y ayudantes de cocina. Todos eran varones, de entre 22 y 28 años, y en su mayoría vivían en municipios de la zona sur y norte del Gran Buenos Aires. Al igual que en las casas de familia, en la cocina del local el televisor era un foco medular tanto en el espacio como para la sociabilización de los trabajadores.

Cristian también hizo algunas incursiones en un bar ubicado en el barrio de Almagro. A diferencia del restaurante de sushi, el bar contaba con solo dos empleados y un dueño. Miguel, hijo del dueño, de 35 años, manejaba la caja y atendía el salón y el servicio de delivery. Junto con el cocinero trabajaban de lunes a domingo, sin descanso.. En este ámbito, el televisor, de aproximadamente 50 pulgadas, ubicado frente al salón, atraía la atención de trabajadores y clientes. Era común que tanto Miguel como el cocinero tomaran sus rutinas de descanso y de comidas en una de las mesas ubicadas delante del dispositivo.

Por último, Esteban dedicó sus tardes a conversar y mirar televisión con Clara, una mujer de 55 años, viuda, que vivía sola en un departamento pequeño en el barrio porteño de Villa Luro. En ese momento, Clara estaba desocupada y sus estados de ánimo variaban por la ilusión de conseguir un trabajo cerca de su casa. Su relación con los noticieros y las noticias era intensa, con las pantallas de la televisión y la computadora como protagonistas de la sala de estar.

En todos los casos, durante los encuentros observamos y participamos del consumo televisivo en los ámbitos de residencia o de trabajo de estas personas y compartimos charlas informales durante esos cinco meses. A lo largo de cada estadía, además, realizamos dos entrevistas en profundidad para comprender las preferencias, jerarquías y relaciones de los noticieros y las percepciones sobre la objetividad (o no) de la construcción de las noticias.

Evitamos usar estos siete casos como modos de ejemplificación de determinados conceptos teóricos. El abordaje etnográfico pretende incorporar la vida cotidiana de los sujetos, involucrados en sus contextos. Si bien el objeto de estudio de esta investigación son las noticias policiales televisivas, esta perspectiva holística procura redimensionar el lugar que el dispositivo y la actividad de mirar televisión tienen en la vida de estos sujetos. Así, mirar noticieros de televisión es una actividad más dentro de una serie de actividades que puede ser comprendida en profundidad en el flujo continuo de la vida cotidiana. Como señala Claudia Fonseca:

Los discursos también revelan algo sobre los valores de grupo, así como los múltiples actos de la vida cotidiana: el estilo de decoración, el patrón de consumo, la elección de una frecuencia de radio, la forma de hacer las camas… El abordaje etnográfico exige una atención a esos otros lenguajes. (1998: 63-64)

Por lo tanto, una investigación desde la vida cotidiana presenta un desafío a la hora de elaborar generalizaciones. Los casos no son ejemplos de teorías preelaboradas, la apuesta del método inductivo es descubrir los sentidos relevantes (ni homogéneos ni estáticos) para nuestros interlocutores. Clifford Geertz (1973) llamó la atención sobre el aspecto microscópico y artesanal de la etnografía, afirmando que los etnólogos no estudian aldeas, sino en aldeas. En esa línea, los análisis presentados a continuación son una forma de codificación a partir de datos particulares. Por tanto, no buscamos investigar los efectos de la recepción de noticias policiales, sino entender las tramas imbuidas en las experiencias cotidianas de las cuales es parte la información sobre el delito. De allí que anudamos los resultados de nuestro estudio en las tramas temporales, espaciales/relacionales y las instructivas, cognitivas y afectivas.

Trama temporal

¿Qué momentos organizan las noticias? ¿Qué nos dicen las prácticas de mirar los noticieros sobre nuestra experiencia con el tiempo? Las pantallas ordenan simbólicamente la temporalidad, y es allí donde el sentido de los tiempos privados se imbrica con el sentido del tiempo público. Las noticias son parte fundamental de este proceso porque, como un reloj, organizan la jornada y la intensifican por su permanencia continua. Las noticias policiales son la ventana a un tiempo exterior violento que se abre y cierra de acuerdo a la conexión con las pantallas. Si ese tiempo de conexión es continuo, fluido, la relación con el tiempo peligroso del exterior se profundiza. Así, el tiempo individual y el público se asocian.

Los estudios clásicos de audiencias asumen que ver televisión es una práctica que sucede en el tiempo libre, individual, doméstico (Ang, 1996; Morley, 1996; Silverstone, 2007; Spigel, 1988). Las pantallas tienen un lugar primordial en la cotidianidad, hoy no solo las televisivas, sino los celulares, las computadoras, las tablets. La experiencia de acercarse a la información sucede a través de esa multiplicidad que amplía la fragmentación temporal impuesta por el noticiero. Por un lado, un programa noticioso puede organizar la jornada cotidiana, tal como sucedía algunas décadas atrás, pero, por otro, las noticias acompañan de manera permanente el día. El ritual informativo contemporáneo se mueve pendularmente entre el tiempo de las noticias, donde el día se fragmenta a partir de ciertos programas de actualidad, y el trastiempo de las noticias con jornadas acompañadas oblicuamente por la información.

El tiempo de las noticias ordena la vida cotidiana. En Villa Lugano, “Sonia y Laura ven la hora. Son las 19.30”, dicen. “Prendé el noticiero”. Laura se levanta de la mesa, se acerca al televisor y sintoniza América. Aún hoy, las actividades quedan demarcadas alrededor de los tiempos de las noticias (Jensen, 1998) y los noticieros televisivos, más que otros géneros, funcionan como programadores de las rutinas hogareñas. Sonia nos convida un mate, y riéndose dice: “¡Yo tengo una puntualidad para ver noticieros! Llego 11.45, a las 12 empieza un noticiero de Canal 11, viene a las 13 horas un programa de entretenimiento que a mí no me gusta y lo paso al noticiero de Canal 13”.

En San Telmo, Teresa cuenta que se compró su primer televisor en 1986 cuando vino a vivir a Buenos Aires desde Bolivia: “Quería tener una tele para informarme, ver películas, novelas, cosas que me interesan. Pero más me atraen las noticias”. Se levanta a las 5.30 y prende el televisor para ver la temperatura y las noticias. Cuando limpia oficinas, mira las noticias. Vuelve a la parrilla de San Telmo, donde trabaja y vive con Julio, hace empanadas y a las 12 horas prende las noticias. La misma rutina se repite a las 19 horas y, si aún está levantada, a la media noche. Los noticieros organizan las etapas de su día, igual que las de Sonia, que explica: “Cuando yo llego a las siete menos veinte prendo la tele, sacamos las cosas del barrido, preparamos unos mates y vemos el noticiero”.

Martín Barbero afirma sobre el sentido de la temporalidad social como mediación que:

Mientras en nuestra sociedad el tiempo productivo […] es el tiempo que “corre” y que se mide, el otro, del que está hecha la cotidianidad, es un tiempo repetitivo que comienza y acaba para recomenzar; un tiempo hecho no de unidades contables, sino de fragmentos (2010: 254).

Hasta hace algunas décadas, la grilla televisiva acompañaba especialmente los momentos de ocio; las pantallas estaban presentes casi solo en los hogares. Era poco común que las jornadas laborales, los momentos de espera y los traslados en transporte incluyeran una pantalla. El noticiero funcionaba, y aún hoy lo sigue haciendo, como el programa que acompañaba esos tiempos repetitivos de la cotidianeidad, especialmente durante el almuerzo y la cena. Las noticias, como otras actividades de ocio, “funcionan como horizontes temporales objetivados e institucionalizados a partir de los cuales se divide el día” (Figueiro, 2016: 104). El tiempo de las noticias se desenvuelve de una forma similar a las frecuencias del día aplicadas a la quiniela (matutina, vespertina y nocturna) estudiadas por Figueiro: “La relevancia de la frecuencia del juego, de su ritmo, viene dada porque organiza la cotidianeidad de los jugadores, los cuales llegan a incorporar los horarios como marcos temporales sobre los cuales transcurre su día” (2016: 104). Quizás por eso, la información sobre los resultados de la quiniela organiza los momentos de las programaciones de algunos de los canales de noticias que miran nuestros interlocutores.

Así, los hogares siguen repitiendo el ritual diario de acompañar los microencuentros familiares con las noticias del día, como un hábito que funciona como un punto de fijación en las rutinas cotidianas (Gauntlett y Hill, 1999). La mesa, las comidas, los mates, son momentos para compartir lo que sucede individual y colectivamente, retratos de la experiencia de tiempo en común, de un mundo de temor y esperanza semejante.

Pero la multiplicidad actual de pantallas y de contenidos informativos abre otra dimensión para la recepción noticiosa, denominada el trastiempo de las noticias. El prefijo tras indica una cosa que sucede a otra, más allá de algo. Las noticias en la actualidad desbordan las dos horas habituales de programación para abarcar la totalidad del día, en un flujo que profundiza el proceso explorado por Williams (2011) hace cincuenta años y refuerza la experiencia de los públicos con las pantallas y las noticias.

Como en un loop, vivimos en lo que pareciera la novedad permanente, la urgencia de algo que sucede y tiene que mostrarse. Los noticieros siguen fragmentando la temporalidad del día y marcan el ritmo familiar de las comidas. No obstante, a partir de la aparición de los canales 24 horas (Allan, 2006), y más aún con la socialización de las redes sociales y las plataformas digitales de noticias, la información ya no se restringe a ciertos fragmentos de la jornada, sino que rebasa el ritual de mirar un programa. Por eso, planteamos que estamos ante un trastiempo de las noticias policiales, ya que en esta economía de la vida cotidiana la programación policial puede acompañar la totalidad de la jornada laboral, el tiempo de tránsito y el tiempo de ocio. Así, el peligro de la ciudad se extiende tras el tiempo fluido de las pantallas. Un robo o un asesinato se repiten una y otra vez, suceden y vuelven a suceder en las pantallas. Una muerte deja de ser un acontecimiento ubicado en el momento determinado por la emisión de una noticia, y se convierte en un hecho temporalmente elástico.

El ritmo desenfrenado de la programación noticiosa fluye desde avanzada la década del noventa, y se termina de instalar con la intertextualidad abierta por Internet y las redes sociales en lo que algunos autores denominan “etapa hipermediática” (Scolari, 2008). En estos contextos, el ritual de mirar noticias se transforma en un ritual de vivir junto a las noticias. Le preguntamos a Axel cuándo mira televisión y nos explica que la prende “cuando estoy en casa […] para que haya ruido de fondo. No sé, la prendo para ver algo mientras estoy ahí […], y lo único que hay es noticia, por lo menos en los canales que tengo yo”. En el restaurante de sushi donde trabaja, el televisor se enciende a las 19 horas, cuando llegan, y se apaga al terminar la jornada. Los canales de noticias y los noticieros de aire solo son reemplazados, en muy pocos momentos, por señales musicales. Carlos aclara que cuando vuelve a casa, después de la jornada laboral, “primero prendo la luz, la tele y el ventilador. Así, en ese orden, siempre la prendo [la tele] y busco noticias”, una situación semejante a lo que sucede en el restaurante de sushi, donde la televisión está encendida desde que llegan, en general, en un canal de noticias. La situación se repite en Villa Soldati, donde “todo pasa alrededor de la tele” desde que Laura deja a su hija en la escuela por la mañana hasta la noche.

Las imágenes de las pantallas están en movimiento gran parte del día en estos hogares y espacios de trabajo, aunque el sonido es el gran acompañante. “Presto poca, muy poca atención [a las imágenes]. Si estoy lavando los platos estoy escuchando mientras estoy haciendo lo que estoy haciendo, limpiando, y estás escuchando eso de fondo, no es que me detengo y me siento a escuchar”, explica Isabel de Monte Grande. Nicolás, con 25 años, muchos menos que Isabel, cuenta que tiene “el noticiero de fondo, si hay algo que me copa, lo subo y escucho, fijo no miro nada”. La radio se transforma en pantalla como si la imagen fuera, en caso de ser necesario, un reaseguro de lo que estamos escuchando.

A la televisiva, además, se suman otras pantallas. El fragmento del día para compartir las noticias, que genera el noticiero como programa, está trasvasado por la información que llegó no solo desde la televisión, sino desde otras pantallas. La sociología de la televisión pasa a ser la “sociología de la pantalla” (Silverstone, 2007: 1), o, mejor dicho, en el escenario actual, de las pantallas. “El noticiero lo pone mi marido, pero los dos queremos verlo. Él ya sabe todas las noticias de la tarde, estuvo todo el día informado, pone los diarios en la computadora”, asegura Marta. Como sucede con Mario, la computadora acompaña a las personas más adultas de sectores medios con nivel educativo alto en este tránsito cotidiano por la información que excede la televisión. Clara durante el día pasa intermitentemente de una pantalla a otra en su sala de estar del pequeño departamento de Villa Luro: en la del televisor asiste atentamente a un encadenado de diferentes noticieros, y en su computadora continúa recibiendo y buscando de forma activa noticias que llaman su atención.

Para quienes son un poco más jóvenes, la compañía de la televisión como lugar de información es ocupada por los celulares más que por las computadoras. “Mirá los alacranes que encontraron en Berazategui”, dice Axel, que vive en esa zona, mientras nos muestra una imagen en su celular que encontró en una de sus redes sociales. Mientras conversamos sobre el tema, notamos que la fotografía había sido tomada a una pantalla que transmitía el noticiero de América TV. Axel se acerca al televisor con el noticiero de Telefe y cambia a América. Pero, al darse cuenta de que estaban transmitiendo sobre otro tema de actualidad, Axel olvida la televisión y vuelve a su celular.

Carlos, Nicolás y Axel se informan especialmente a través del celular. “Todo lo que elijo es por Youtube. Lo elijo cuando yo quiero, esa es la diferencia. Ahora, el que tiene cable va haciendo zapping […]. Yo también me entero más noticias por Facebook”. Las chicas de Monte Grande también usan el celular para informarse: “por redes”, aseguran cuando les consultamos, levantando la mirada brevemente de la pantalla del teléfono. Ambas acompañan las noticias que comparten con su familia con las noticias de WhatsApp, Facebook e Instagram. Cuando leen sobre eventos que pasaron en las conversaciones mediante estas redes, los googlean para tener datos más precisos; la misma operación sigue Axel. Las redes sociales, como sucede con Internet en general, funcionan como un fenómeno incrustado, inserto en sus contextos, y cotidiano, porque es un lugar de la experiencia del día a día, una extensión de diversas formas de actuar en el mundo (Hine, 2015). De allí que, pese a que la televisión y los medios digitales tienen sus particularidades en la experiencia de la visualización imposibles de desechar, nos interesa considerar cómo se integran en la cotidianidad con que las personas miran noticias y le dan desde allí un sentido común al presente.

El sentido del tiempo que estimula la información televisiva se derrama, fluye a lo largo del día en pantallas multiplicadas y noticias repetidas. El presente peligroso de las noticias policiales es individual y público. Pero, a la vez que es un tiempo de riesgo, la programación permite recuperar una dimensión del orden y funciona como un reaseguro frente al futuro incierto que impregna la noticia policial.

Tramas relacional y espacial

Las relaciones que organizan las prácticas de ver televisión, según los estudios clásicos de audiencias, son las familiares. Morley en la década del ochenta resumió en sus investigaciones la importancia de comprender los sentidos de la televisión mediante las prácticas “situadas en el interior de los ambientes microsociales facilitadores y restrictivos de la familia y la interacción hogareña” (1996: 291). En este aspecto, las noticias no cumplen solo la función de informar, sino que además generan una trama relacional dentro del hogar y más allá de él también. Las noticias son un momento de unión, donde se configura simultáneamente a través de una pantalla un mismo espacio y tiempo en el cual conviven historias, hechos, problemas y temas diversos. En esta misma línea, pero enfocado en América Latina, Jesús Martín Barbero señalaba que:

Si la televisión en América Latina tiene aún a la familia como unidad básica de audiencia es porque ella representa para las mayorías la situación primordial de reconocimiento. Y no puede entenderse el modo específico en que la televisión interpela a la familia sin interrogar la cotidianidad familiar en cuanto lugar social de una interpelación fundamental para los sectores populares. (2010: 251)

De este modo, según Martín Barbero, más allá de la incipiente individualización del consumo audiovisual mediante pantallas personales, en aquel momento la televisión seguía siendo un motivo de encuentro espacio-temporal de la familia. Sin embargo, con el correr de los años y el creciente consumo de medios a través de pantallas individuales, algunos autores comenzaron a señalar un proceso de individualización del consumo (Quevedo, 2016). Este modelo (un individuo, un televisor) se contrapone al de broadcasting, donde una pantalla es compartida por muchos.

De todos modos, en la última década, al compás de los desarrollos tecnológicos, las pantallas se multiplicaron al mismo tiempo que perdieron su ubicación estática en el espacio. Su movilidad vino acompañada también de la hiperconectividad. En la década del noventa algunos estudios mostraban cómo las pantallas televisivas se abrían del espacio hogareño al público, generando nuevas formas de sociabilidad, interacción y disposición de los cuerpos en esos ambientes (Grimson, Varela y Massota, 1999). Así, lugares como el subterráneo de la Ciudad de Buenos Aires o los bares se resignificaban a partir de las pantallas en las cuales se transmitían informaciones de gestión de gobierno o publicidades comerciales en el primer caso, o partidos de fútbol en el segundo, y también programas informativos. La instalación de la televisión en la cotidianeidad de la vida extradoméstica hizo que perdiera su carácter de ritual, pero nuevos ritos se instauraron en los espacios públicos, donde grupos de desconocidos comenzaron a compartir emisiones deportivas y noticiosas. Como señala Silverstone, los medios de comunicación ofrecen estructuras cotidianas, puntos de referencia o de detenimiento, tanto para miradas rápidas, al pasar, o una más atenta, como también para unirnos y oportunidades para desunirnos (2004: 24). El espacio de las noticias se modifica, y con él también lo hacen las relaciones producto de estos escenarios.

En el nuevo milenio, los cambios tecnológicos posibilitaron que las pantallas dejaran de ser fijas y colectivas, y pasaran a tener un uso individual y móvil para los consumos audiovisuales. Más allá de las transformaciones de los dispositivos y la apertura hacia nuevos espacios y modos de relación con el momento de mirar televisión, el consumo de un noticiero sigue siendo, por su programación regular, un punto de referencia en la vida cotidiana de las personas. Desde su casa de Monte Grande, Isabel recuerda que durante su infancia mirar el noticiero era un evento que evoca como religioso. Tanto al mediodía durante el almuerzo como en el momento de la cena, por decisión de su padre, miraban el noticiero. Esa elección era inmutable. Desde que se casó y tuvo a sus dos hijas, ese hábito, al igual que la tecnología, cambió. Tanto para Isabel como para su marido, el televisor funciona como despertador. Amanecen acompañados del sonido televisivo en su habitación y luego, cuando se trasladan a la cocina, continúan mirando. A la noche, Isabel repite el ritual de su infancia y asiste al noticiero, pero ya no en familia, sino en soledad mientras lava los platos. Sin embargo, cuando quieren mirar algún programa como grupo familiar y no logran ponerse de acuerdo, el noticiero es el punto de encuentro.

Las noticias, especialmente las policiales, están presentes en las conversaciones cotidianas y se convierten en vectores organizativos del espacio familiar. Al momento del trabajo de campo, las noticias sobre femicidios empezaban a ser muy frecuentes, y hacían que Isabel y sus hijas reorganizaran las formas de moverse y transitar por el barrio. La repetición constante de noticias policiales mediante grabaciones con cámaras de seguridad o reconstrucciones de los hechos a partir de representaciones ficcionales alertan a los telespectadores y promueven formas de organización intrafamiliar y también con el resto del vecindario. Así, despliegan diferentes estrategias para abrir y cerrar el garaje de una casa, o los modos de pensar y realizar recorridos de un punto a otro del barrio o más allá. Las noticias, en especial las policiales, transforman los territorios cotidianos, reclasificando cuáles son peligrosos o seguros.

Estas experiencias con relación al espacio no se circunscriben a Isabel y su familia. Marta vive en uno de los barrios más codiciados de la ciudad, Sonia, en cambio, tiene su vivienda en una humilde zona de Villa Lugano. Pero todas las mujeres entrevistadas comparten una experiencia de temor similar, cargada de “muchas más preocupaciones” que algún tiempo atrás. “Nos tocó cosas de gente conocida. Hace poco le robaron a una de sus vecinas y al sacarle la cartera cayó al piso y murió. Igual que un vecino de la otra cuadra que murió de un paro cardíaco luego de un robo”. Por eso Sonia no sale cómoda con la cartera. “Hoy, si subo al colectivo, estoy atenta, miro quién sube […]. Le temo a la inseguridad”. Las noticias policiales, en principio, materializan una sensación repetida en el espacio físico de la ciudad transitada, que se convierte en un relato común.

Sin embargo, aunque la segmentación de pantallas parece profundizar la individualidad del consumo, las noticias siguen funcionando como un espacio de relación. Más allá de que su recepción sea individual, compartir contenidos y problemas continúa siendo una actividad relacional, especialmente cuando se refiere a información policial. Si las noticias televisivas todavía generan tramas de relaciones, el uso de redes sociales amplía y redefine los espacios de sociabilidad de las noticias. Al igual que la televisión, las redes sociales se configuran como territorios de socialización y no solo de transmisión de noticias. De todos modos, las diferencias entre uno y otro medio merecen nuestra atención. Como señalan Daniel Miller et al. (2016), antes de la presencia de las redes sociales existían principalmente medios de conversación privados o de difusión públicos (broadcasting). Los primeros implican la comunicación entre dos personas, mientras que los segundos se definen por la comunicación de uno hacia muchos. La emergencia de las redes sociales transformó esa dicotomía, abriendo escalas de sociabilidad entre lo público y lo privado (Miller et al., 2016: 105).

Desde esta perspectiva, la sociabilidad de las noticias no solo se circunscribe a un espacio físico definido, sino que abarca los espacios virtuales que incluyen diferentes grupos y grados de privacidad. Florencia, en Monte Grande, comenta que no le llegan muchas noticias por WhatsApp pero que en las conversaciones con amigos o familiares se comentan acontecimientos que pasaron y luego los busca en Google para entender de qué se trataban. Carlos cuenta que cuando no está trabajando en el restaurante de sushi utiliza principalmente Facebook para compartir noticias. No tiene mucho acceso a otros sitios porque el cuarto que alquila en una pensión no tiene wifi y el servicio de 4G no es muy potente para páginas que considera “más pesadas”. WhatsApp también emerge como un espacio donde compartir noticias pero con mejor intensidad.

Las definiciones de las personas entrevistadas revelan que no es posible comprender un medio o plataforma de manera aislada. Las preferencias y posibilidades de uso de uno u otro no solo dependen del gusto, sino también de los accesos tecnológicos, como sucede en el caso de Carlos. El espacio doméstico parece aún ser el principal lugar físico de reunión para asistir al noticiero. Pero las redes sociales ayudan a prolongar o extender ese espacio hacia otros vínculos, y desde ahí ingresa el espacio exterior peligroso con más potencia. Así, las noticias generan relaciones sociales dentro y fuera del ámbito familiar. Esas interacciones rearman tramas de sociabilidad y también de uso del espacio: elegir un recorrido por el barrio y con quién compartirlo es signado por los eventos policiales del momento. Estas regulaciones, lejos de ser fijas, son dinámicas y van cambiando con relación a la información. Las noticias, y en este estudio en particular las policiales, son una parte integral de la vida cotidiana de las personas. Al igual que en investigaciones etnográficas previas (Gillespie y O’Loughlin, 2009), entendemos que las interacciones cotidianas entre las noticias producidas y emitidas por los medios de comunicación y las respuestas de sus audiencias son fundamentales para comprender cómo los individuos y los grupos modulan y gestionan las amenazas e inseguridades en los espacios barriales y sus recorridos, la relación entre el adentro y el afuera de sus hogares y los vínculos reforzados o cortados con otros.

Las tramas instructivas, cognitivas y afectivas

Las noticias son un recurso social (Jensen, 1995) que brindan datos sobre algunos de los sucesos del mundo circundante. A través de la información policial televisiva, las personas conocen ciertos hechos, buscan entender su entorno y se emocionan. Las noticias no son solo información, como ya lo planteó Berelson (1949), sino que habilitan conversaciones con otros por fuera de la cuestión estrictamente informativa. Por eso planteamos que, además de generar tramas sociales instructivas (saber), las noticias policiales extendidas con más fluidez que en el pasado en el espacio y tiempo colectivo e individual brindan tramas de entendimiento (comprensión) y tramas emotivas (identificación).

El primer sentido que las personas atribuyen a la experiencia noticiosa es su capacidad de obtener información sobre su entorno, de allí a que actúe como una trama instructiva, de saber. Mirar las noticias televisivas funciona como un deber, una obligación de instruirse sobre las cosas que suceden, de “estar informado” (Graber, 1984). Con las noticias policiales, el conocimiento que está en juego se vincula con determinados hechos delictivos que dan sentido al exterior, que organizan la amenaza cotidiana cuyos protagonistas son los mismos públicos que experimentan temor en la vida diaria.

En los relatos, las noticias se entremezclan con historias personales o cercanas. La materialidad del delito se hermana con la información televisiva. Marta en Núñez explica que es “muy cuidadosa” en cada movimiento diario desde que a mediados de los noventa la asaltaron en Palermo:

Yo voy caminando a tomar el subte… Llevo la tarjeta SUBE en el bolsillo; la saco antes de salir de casa para no sacar la billetera. Si entro a un negocio, por ejemplo, no me voy antes de guardar la tarjeta y la billetera en la cartera, no la guardo en la calle por los arrebatos. Y en la calle voy consciente, no la llevo colgada “así nomás”, la tengo bien agarrada así no me la pueden sacar. Me cuido porque escucho las cosas que han pasado y que pasan.

Son numerosos los estudios que recuerdan la importancia de la experiencia personal en el modo de acercarse y revisar el contenido de las noticias (Madianou, 2007; Philo, 1990). Esta hipótesis se verifica de una manera especial con la información policial, porque muestra, en principio, la misma experiencia cotidiana de miedo, que conforma un proceso de consonancia intersubjetiva (Kessler y Focás, 2014). Es decir, las tramas instructivas de los medios revelan información similar a la que las personas experimentan a diario.

La sensación de cercanía entre noticias policiales y experiencia en la ciudad produce que, a diferencia de otras noticias, la información policial se entienda muchas veces como el reflejo de una realidad exterior común. En estos casos, “el periodismo apunta a lo que pasa. No creo que haya una tendencia a propósito, no creo porque son cosas que realmente pasan […]. Hay lugares que son bravos. Y ahí yo creo que estamos todos de acuerdo que eso está mal”, explica Mario, el taxista habitué de la parrilla de San Telmo. Miguel, desde el bar de Almagro, analiza de una manera similar los acuerdos frente a las noticias policiales: “En la información política de la televisión muchas veces cada uno tira para su lado, más para la izquierda o más para la derecha. Pero si hay una muerte, siempre va a ser verdad”. A diferencia de las noticias políticas, las policiales parecen carecer de ideologías para las personas entrevistadas.

La percepción compartida de que la violencia no suele ni debe ser periodísticamente maleable habilita la dimensión de una realidad exterior captable de manera objetiva: “Yo quiero que me informen, todo tal como es la realidad”, explica Carlos, ayudante de cocina del restaurante de sushi. Si eso no sucede coinciden en la capacidad de reconocerlo y remediarlo con las herramientas del saber, de la información. Miguel, desde la mesa del bar de Almagro, aclara: “La forma en la que está brindada la información para mí es vital. Por eso, cuando veo que no me conformo con algo, busco el mismo tema, pero de otra persona para ver cómo lo presenta la otra fuente”. Mario, el taxista, confirma esa dirección: “Yo me muevo mucho en la objetividad. O sea no me influyen los medios, busco hasta encontrar la sensatez. Uno tiene que buscar la información pura”. Y aclara: “El periodismo se trata de informar, luego la gente que saque sus propias conclusiones”. En las conversaciones advertimos una necesidad de los interlocutores, tal vez mediada por nuestra mirada y escucha como investigadores, de recalcar que apelan a una multiplicidad de fuentes de información, y que no temen a los medios; si desconfían, suman datos desde otras fuentes. La información periodística, al menos en temas policiales, se percibe por lo general objetiva, funciona como un reflejo del peligro real que sienten todos y todas, pese a las diferencias de perspectiva política.

Saber conlleva el riesgo, subrayado en las conversaciones, de someterse a una información reiterada. Isabel, sentada desde la mesa de su cocina, se queja de la repetición del mismo hecho en diferentes informativos, al punto de que se cansa porque además “te hacen toda la novela”, “exageran”. Intuye que los canales televisivos, por momentos, presentan lo que denominamos una realidad aumentada. “El noticiero no miente, muestra hechos de inseguridad, pero los aumenta. Es la realidad, pero más”, recalca Isabel. La queja y la reflexión sobre la repetición son constantes. Julio está parado frente al mostrador de la parrilla de San Telmo, con la cabeza en alto mirando la televisión: “Siempre lo mismo… repiten lo mismo todo el día”, protesta. “Cuando pasan noticias muy repetitivas eso también me aburre”, aclara Carlos.

La crítica al sensacionalismo funciona de una manera similar, la molestia no es por la inexistencia de un caso, sino por el modo de contarlo, de amplificar con las imágenes y los sonidos “la realidad que ocurre”. “No es necesario mostrar toda esa sangre, es mucho, es muy violento, innecesario”, refunfuña Mario, el taxista, mientras revuelve su plato de locro con cierto desgano. Pese a las características negativas, todos y todas parecen acordar con la idea expresada por Miguel, del bar de Almagro: “Si hay una muerte, siempre va a ser verdad […]. Se puede dudar sobre la reconstrucción de la historia o los agregados de opciones, pero es una muerte”.

Saber, instruirse sobre las cosas que pasan, es el primer paso para comprender el entorno. “Al tener más información tengo más posibilidades de entender más cosas”, reflexiona Mario desde su casa de Núñez. Reconocer el entorno tiene un sentido más profundo, de allí la trama que denominamos “cognitiva” que permea las noticias policiales. Tener información es necesario para comprender un exterior muchas veces desordenado, peligroso, violento, inexplicable. Esta dimensión es parte del proceso de producción de inteligibilidad (Hall, 2010) en el que los medios son fundamentales para hacer comprensible el mundo cotidiano, para otorgar referencias temporales y espaciales en el exterior que vivimos. En resumen, las noticias periodísticas funcionan como organizadoras tanto de lo que se comprende como de lo que no, y desde ese saber exigen la conciencia de la posición que ocupamos en nuestro entorno espacial y temporal.

Así, los cambios de las experiencias en las ciudades buscan claves en la información televisiva y los hechos y los comportamientos desconocidos exigen comprensión. Nicolás, desde la cocina del restaurant de sushi de Recoleta, explica por qué le interesa la información policial: “El humano es morboso, nos gustan los crímenes […]. El humano promedio no pasa por esas situaciones que matan a un familiar, […] justicia por mano propia, ajustes de cuenta y eso… La vida de la gente es tan aburrida que quieren escuchar, viéndolo desde afuera”. Teresa reparte el tiempo de sus tardes entre la parrilla y una iglesia evangélica, donde busca herramientas para dar sentido a lo inexplicable, y las noticias parecen un camino en esa búsqueda:

No es que me guste que pase, no. Que mató, que violó, cómo lo mató, cuántas puñaladas, todo, ¿viste? A mí me interesan mucho las noticias de esa clase para ver más, porque hay cosas, y hay gente que no se llega a entender. Son cosas espirituales que están pasando […]. Mis líderes [de la iglesia a la que concurre] nos enseñan […] que nosotros tenemos que prepararnos, no pensar en nuestros problemas solamente, sino que tenemos que ver las cosas que están pasando en el mundo, afuera de nuestra casa, que pasan a nuestro prójimo. Mirar las cosas de otra manera, orar por esas personas.

Acercarse a las noticias es identificar reglas desconocidas, personas que actúan de maneras incomprensibles, mundos muchas veces cercanos pero poco frecuentados. La información policial abre una ventana a una realidad que no parece la propia, pero que la afecta. Mario, de Nuñez, explica:

El noticiero cuenta cruda y cruelmente una realidad. […] Pasan cosas horribles, la gente vive en una marginalidad absoluta, no manejan reglas. Hay sujetos que viven robando; rateros simples que roban lo primero que encuentran: una sombrilla, medias colgadas secándose. […] En la historia argentina de la literatura hay […] libros donde se refleja esa clase social.

En esta necesidad de encontrar herramientas para comprender una exterioridad sin explicación, durante las observaciones y entrevistas emerge la relación entre noticias y series policiales. Como el informativo, la ficción apunta a una postura detectivesca que va aun más lejos porque muestra la violencia y también cómo debería resolverse. En Villa Lugano, Laura comparte su gusto por las series policiales, tanto como por las noticias, “dan asesinatos, suicidios […] y eso es lo que hace falta, más investigadores, gente especialista. Que excavan hasta último momento, hasta salir a la verdad. Acá no pasa eso, te mataron, averiguaron y se terminó, no se sabe quién fue el asesino”. La avidez por las series policiales da pautas de la función de las noticias como explicación del entorno. Las noticias, tal como sucede con otros géneros como las telenovelas, “socializan a los espectadores con nuevas formas de vida” (Tufte, 2007: 106).

Julio y Teresa aman las series de detectives, “de esas en las que los chabones siguen pistas, y arman rompecabezas”. Uno de aquellos días en el local de San Telmo, la trama involucraba el asesinato de una mujer mayor. Un equipo de detectives y peritos investigaba su círculo cercano. Cada tanto Teresa hacía una pausa en su fina tarea de hacer el repulgue de las empanadas y se asomaba para ver el televisor. Hacia el final del programa se descubre que los autores del crimen eran una pareja cercana a la víctima; la habían envenenado para cobrar la herencia. “¡Fueron ellos!”, exclamamos. “Y sí, ¿de qué te asombrás? Hay gente dispuesta a todo”, respondió Julio. “Pero si era la hermana, y ellos tratando de despistar a los detectives”, replicamos. Julio resopló e hizo una mueca en respuesta. “Ay, esas cosas pasan”, intervino Teresa dejando de lado el relleno de empanadas… Ante el silencio, agregó: “Esas cosas pasan, a mí mis hermanas me quisieron matar”. Las series, como las noticias, parecen el reflejo de una realidad que busca ser comprendida a pesar de las dificultades de asirla.

La relación entre noticieros y ficción da lugar a la última trama que define a la noticia policial: la trama afectiva, que involucra el sentido emocional que atraviesa la experiencia frente a la información criminal. Al igual que con otros géneros, los espectadores se enfrentan a los hechos televisivos como parte de lo que viven a diario y se convierten en potenciales actores. Desde allí, validan su cotidianeidad, reconocen que las circunstancias ajenas pueden ser las suyas y refuerzan sus valores.

Silverstone (1996) explica parte de la relación de las personas con la televisión a partir del compromiso afectivo con los objetos materiales y los sujetos. La dimensión afectiva es central en la seguridad ontológica en términos de Giddens (1993), es decir, al ser en el mundo en tanto fenómeno emocional más que cognitivo cuyas raíces parten del inconsciente. El compromiso afectivo “solo puede mantenerse en virtud de una fe, nacida de la experiencia, en la certeza del mundo, en una especie de dogma” (Silverstone, 1996: 24), que para sostenerse requiere confiar en algún punto en los otros, recordar la existencia de valores comunes. Las noticias “amenazan con abrumarnos” al tiempo que “nos suministran las bases para que nos sintamos miembros de una comunidad” (p. 44). Los noticieros informan sobre el caos, a la vez que “convencen al espectador de que al día siguiente todo estará básicamente bien” (p. 39). Por eso, Silverstone categoriza al noticiero como “una institución clave en la mediación de la amenaza, el riesgo y el peligro […] esencial para que podamos comprender nuestra capacidad de crear y mantener nuestra seguridad ontológica” (p. 40). La dimensión afectiva se introduce cuando el sentimiento de piedad por las víctimas se convierte en un sentido compartido.

La identificación con la experiencia de las víctimas de los hechos delictivos televisados genera empatía en la audiencia. La invariable situación delictiva atravesada por la ciudadanía produce impotencia. Asimismo, la invocación a los productos ficcionales televisivos expone la distancia –no emocional– entre la audiencia y las víctimas en la pantalla. Carlos explica que cuando ve noticias policiales muchas veces es como ver una película en la que “te das cuenta de que podés ser vos, yo, el vecino, cualquiera que está acá… Yo me pongo del lado de las otras personas. Me da impotencia. No sé, siento que puede pasarme a mí”. Mario, el taxista, reconoce la misma sensación de impotencia. “Me da pena que un nene o una chica desaparezca, ¿entendés? Los padres, la desesperación que deben tener”. Collin Campbell (2001) señala que el hedonista moderno obtenía placer por las emociones que las imágenes de la televisión, radio, revistas y cine producían, que generaban la posibilidad de “soñar despierto”. Destacaba que esas imágenes tenían la capacidad de crear una ilusión que se sabe falsa, pero se siente verdadera. Las reacciones subjetivas de nuestros interlocutores a las imágenes de los noticieros nos muestran una relación inversa a aquella planteada por Campbell. La narración ficcionalizada de las noticias policiales estructura la experiencia emotiva para el lado de la fantasía. Parafraseando a Campbell, podríamos decir que las noticias policiales se saben verdaderas pero se sienten y desean ficcionales.

Nicolás, del restaurante de sushi, también cuenta que mirar noticias policiales le “da pena” y se pone en el lugar de las víctimas: “A veces digo, ‘que haya sido rápido, que no haya sufrido tanto’”. Los varones que fueron parte de nuestra etnografía recalcan permanentemente la dimensión afectiva de la información sobre el crimen. Mario de Núñez dice: “Las noticias trágicas no me causan gracia, me afectan el ánimo, me incomodan, me duelen”. Esta percepción también aparece en la mirada femenina, más aún frente a las noticias vinculadas con femicidios, muy presentes durante los meses de trabajo de campo. Por eso Sonia insiste en que las noticias que más la afectan son “lo que le está pasando a las mujeres, esas cosas de Ni Una Menos”.

Como sucede con las ficciones televisivas, los noticieros permiten reconocer a las personas como protagonistas de sus historias cotidianas, con miedos y circunstancias que son o podrían ser suyas. Se produce un proceso similar al que Valerio Fuenzalida explica en relación con la experiencia frente a las telenovelas donde “la forma testimonial presenta a la gente ordinaria como actores y protagonistas y de ese modo valida la vida diaria de las audiencias” (1992a). Así se identifica con lo propio más que con lo  extraño (1992b: 58). Aunque la ausencia de lo propio renueva, de modo inverso, la sensación de lo ajeno (1992b: 59). En este mecanismo, sentir piedad por los demás de manera compartida genera la sensación común de que si algo nos pasara, las demás personas también nos pensarían con afecto y empatía.

Las tramas instructivas, cognitivas y afectivas de las noticias policiales habilitan a analizar el consumo televisivo como entorno inteligible del mundo cotidiano. La experiencia de transitar la ciudad y la sensación de proximidad entre las noticias policiales y la realidad potencian el fundamento cognitivo y emotivo que las audiencias poseen acerca de su entorno. Las convicciones respecto de lo que sucede con la inseguridad urbana se correlacionan con la información periodística y ficcional que abordan las cuestiones criminales. No se pueden definir las especificidades que la ficción y las noticias impregnan en los modos de comprensión de las audiencias. La emotividad de los espectadores frente al contenido informativo policial comprende muchas veces la identificación con las experiencias de las víctimas mediatizadas. La indignación e impotencia permite pensar una concepción de sujeto televidente movilizado por causas que considera próximas, pero a la vez lejanas. En cierto sentido, la impotencia puede referirse asimismo a la imposibilidad de cercanía real entre los espectadores y las víctimas mediatizadas. La práctica del consuelo y el respaldo emocional hacia los protagonistas de las historias no logra concretarse.

Palabras finales

Los noticieros revelan una zona de significación que hibridiza las experiencias públicas y privadas de los sujetos, y potencian su sentido de georreferencialidad en la vida diaria. Iniciamos el desarrollo de este capítulo preguntándonos qué hacen los públicos con las noticias policiales. Para ello, adoptamos un enfoque etnográfico con el fin de revisar las vivencias bajo circunstancias cotidianas polisituadas.

Las familias y trabajadores que fueron parte de este estudio –cada quien en sus contextos, estructuras y dinámicas particulares– permitieron comprender un abanico de percepciones de temor y sus contactos con las noticias audiovisuales, particularmente las policiales. Fue una experiencia analítica significativa codificar nuestro objeto a partir del registro realizado con la familia de Isabel en Monte Grande; Laura y Sonia en Villa Lugano; el matrimonio de Julio y Teresa y el amigo común, Mario, en la parrilla de San Telmo; los empleados del sushi bar de Recoleta: Carlos, Nicolás y Axel; la pareja Marta y Mario en Núñez; de Clara en Villa Luro, y de Miguel y el cocinero del bar de Almagro. Lejos de reducir el análisis de estos casos a ejemplos conceptuales, quisimos dar cuenta de la vida cotidiana en el hogar, en el trabajo y en el tránsito de una ciudad identificada como peligrosa. De allí a que subrayamos el análisis del objeto de estudio que da pie a la investigación de este libro, redimensionando el lugar del dispositivo en las vivencias atravesadas por el temor al delito. Como resultado propusimos un análisis de la noticia policial audiovisual desde tramas temporales, espaciales/relacionales y las instructivas, cognitivas y afectivas.

La ecología de medios envuelve nuevas proximidades y temporalidades, y desde las pantallas los espectadores incorporan, reflexionan y resignifican la idea de violencia urbana y los movimientos en la ciudad que habitan. Los eventos de inseguridad mediatizados fluyen en las rutinas durante tiempos prolongados y suman al debate público y privado cuestiones éticas y políticas sobre la inseguridad, las víctimas y los victimarios.

La información policial, a través de las pantallas televisivas y de los medios digitales accesibles desde los celulares o computadoras, comprende un flujo continuo que rebasa los momentos particulares que cada sujeto destina para informarse. Las audiencias conviven gran parte de sus días con las noticias y, por ende, con el relato de hechos policiales que suceden en su espacio y tiempo. Ya sea a través de los noticieros televisivos, programas radiales o redes sociales, en la vida de los públicos escuchar y ver acontecimientos sobre crímenes se convierte en parte central del sentido cotidiano.

Estos rituales hogareños, laborales y de tránsito están atravesados por la experiencia de compartir las noticias entre pares. La significación de un mundo común de peligro y esperanza es parte de la reflexión de las personas con las que trabajamos. A partir de las percepciones compartidas, con otras, otros y con las pantallas, fijan criterios para organizar su movilidad cotidiana, y los espacios considerados como peligrosos o seguros son reclasificados o reafirmados. Poner en común contenidos y situaciones problemáticas persiste como una actividad relacional. Particularmente, en los encuentros identificamos que las noticias policiales resisten cualquier disputa entre las personas entrevistadas. ¿Quién podría no indignarse ante las vivencias de las víctimas televisadas? Así como el factor emocional, con identificación con los protagonistas de las historias mediáticas, la capacidad de instruirse y de comprender los fenómenos criminales es una acción potencial de los públicos.

Muchas de las personas entrevistadas cuestionan los modos de exhibición de la inseguridad desde los medios de comunicación: una realidad aumentada que repite por periodos determinados la misma noticia. Este modo de producción de las noticias policiales genera una relación ambivalente. Si, por un lado, nuestros interlocutores descubren el “truco” de la producción de las noticias y advierten su carácter reiterativo y ficcional, por otro, este tipo de producciones contribuye a generar modos de subjetivación específicos de inseguridad. La etnografía de audiencias brinda imágenes detalladas y desde un enfoque micro que permite comprender cómo se producen estos procesos de subjetivación a partir de vivencias específicas.

Revisar experiencias atravesadas por la noticia policial implica recortar el estudio en los rituales cotidianos de mirar televisión y otras pantallas. Pero cuando los espectadores apagan sus televisores, las significaciones, emociones y la vulnerabilidad siguen presentes. El flujo dilatado de la noticia policial media la vida social y las pantallas derraman tanto peligro como rutinas de prevención. El flujo noticioso franquea las rutinas y entreteje la búsqueda de los públicos por dar sentido a su tiempo, espacio, vínculos, saberes, modos de entendimientos y emociones.

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Williams, R. (2011). Televisión. Tecnología y forma cultural (1974). Buenos Aires, Argentina: Paidós.


  1. El equipo estuvo compuesto por seis estudiantes de grado (Cristian Manchego, Gabriel Díaz, Fiorela Marzullo, Judith Ritordo, Esteban Giacone y Tomás Mark), que realizaron el trabajo de campo en diferentes focos etnográficos. Las investigadoras Mercedes Calzado y Victoria Irisarri se encargaron del diseño, coordinación y supervisión del proceso de investigación. El equipo realizó  reuniones quincenales para compartir los hallazgos e indicar posibles temas para ser abordados y profundizados.
  2. Cabe destacar dos proyectos recientes realizados de manera colaborativa para el estudio de redes sociales, por un lado, y sobre el uso de smartphones, por otro. Ambos proyectos –Why we post y The Antrophology of Smartphone and SmartAgeing– fueron diseñados y dirigidos por el antropólogo Daniel Miller, desde la University College London (UCL).


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