Históricamente, el reggaetón ha sido un territorio marcado por estéticas y discursividades profundamente ancladas en la masculinidad hegemónica. El reggaetón ha construido gran parte de su identidad alrededor de representaciones de poder, dominación, virilidad y, hasta hace no mucho tiempo, la frecuente violencia simbólica hacia las mujeres y las comunidades LGBTTQ+. Sin embargo, en la última década, y especialmente con la irrupción de las mujeres y de figuras como Bad Bunny en la industria del reggaetón, se ha visto un proceso de transformación en el que las representaciones masculinas comienzan a ampliarse.
Este capítulo argumenta que, aun cuando otras figuras del reggaetón importantes como Maluma y J Balvin han influido en una estética menos agresiva dentro del reggaetón, Bad Bunny fue el reggaetonero que logró llevar a la estética y a la discursividad del género una masculinidad diferente, una masculinidad suave. Esta masculinidad es parte del feminismo heteropop que desplegó a raíz de su postura política anticolonial frente a la misoginia, la homofobia y la transfobia del gobierno colonial de Puerto Rico durante las movilizaciones contra el gobernador Ricardo Rosselló en 2019, de las cuales se habló en el capítulo anterior. Para desarrollar este argumento, se explica primero lo que se entiende por masculinidad suave en el contexto del feminismo heteropop, un término que fue abordado en la introducción del libro. Posteriormente, se hace un recorrido por la masculinidad hegemónica del reggaetón y finalmente se explica cómo se ubica Bad Bunny en ese contexto.
La masculinidad suave del feminismo heteropop
Para comprender lo que representa la masculinidad de Bad Bunny dentro del reggaetón, es fundamental abordar el concepto de masculinidad suave. Como se planteó en la introducción y se desarrolló en relación con la sexualidad femenina en el capítulo 3, el feminismo heteropop constituye una forma de denuncia del heteropatriarcado desde una posición de poder simbólico: la de la estrella pop. Esta postura, aunque no académica en sentido estricto, tiene un fuerte impacto precisamente por el lugar de enunciación desde el cual se articulan sus demandas. No se propone desmantelar el capitalismo heteropatriarcal, pero sus representaciones resultan relevantes al visibilizar temas que frecuentemente son desestimados por ciertos feminismos.
El reverso masculino de este feminismo heteropop se manifiesta en lo que se ha denominado masculinidad suave. Esta noción remite a una masculinidad performativa encarnada por artistas pop que atempera la dureza y agresividad propias de la masculinidad hegemónica −particularmente aquella predominante en la estética y el discurso del reggaetón−. En este contexto, los conceptos de estética y discursividad aluden, respectivamente, a los elementos filosóficos y simbólicos que configuran la percepción de la belleza y el arte, así como a los lenguajes visuales, orales y escritos que constituyen las formas de expresión.
La masculinidad suave se presenta como contraposición a la masculinidad dura, es decir, aquella que se alinea con las formas tradicionales de la masculinidad hegemónica. Comprender esta última requiere reconocer que la masculinidad no debe entenderse como una categoría biológica asociada a los hombres, sino como un conjunto de prácticas que definen modos socialmente legitimados de “ser hombre”. Estas prácticas no surgen de manera aislada, sino que se configuran en el marco de un sistema de relaciones de género que las produce y reproduce.
Dentro de estas relaciones de género confluyen diversas dimensiones. Las relaciones de poder establecen si existe igualdad o subordinación entre hombres y mujeres; las relaciones de producción expresan la división sexual del trabajo, como cuando se espera que las mujeres se encarguen del ámbito doméstico; las relaciones afectivo-sexuales determinan cómo se negocian el deseo, la afectividad y el placer, en contextos que muchas veces implican coerción o desigualdad; finalmente, las relaciones de clase y raza revelan que no es lo mismo ser un hombre blanco con poder económico que un hombre negro o de clase trabajadora en un entorno rural.
Desde esta perspectiva interseccional, la masculinidad suave de Bad Bunny no solo desafía ciertos códigos visuales y discursivos del reggaetón, sino que también introduce fisuras en las formas dominantes de representación de la masculinidad en la música urbana. Su relevancia no radica en una ruptura total con el orden patriarcal, sino en su capacidad para tensionarlo desde dentro y así abrir espacio para nuevas configuraciones de género en un entorno cultural históricamente marcado por la hipermasculinidad.
Según Raewyn Connell (2021), la masculinidad hegemónica no es universal ni estática, sino una construcción histórica y cultural que ocupa una posición dominante dentro del sistema de género. Su hegemonía radica en su capacidad de presentarse como ideal cultural, mientras se sostiene mediante estructuras institucionales como el Estado, la economía, la familia y el mercado laboral. Esta forma de masculinidad no representa a la mayoría de los hombres, pero impone un modelo que legitima la subordinación de las demás formas de masculinidad y de lo femenino.
En el contexto neoliberal, esta masculinidad adquiere rasgos particularmente agresivos: se asocia con el éxito individual, la competitividad, la racionalidad económica y la productividad. Se privilegia un sujeto masculino autosuficiente, emocionalmente distante, hipersexualizado, heterosexual, dominante y violento, que se desenvuelve en espacios altamente masculinizados, como el deporte, los autos, las armas, la prostitución o las fiestas alcohólicas. Esta configuración refuerza una visión del hombre proveedor, ajeno al cuidado y a los vínculos afectivos, que rechaza cualquier rasgo asociado a la feminidad o a la disidencia sexual.
Frente a este modelo, la “masculinidad suave” vinculada al feminismo heteropop ofrece una alternativa simbólica. Desde el campo de las representaciones culturales, Cornel West (1990) señala que desmontar los discursos visuales y narrativos dominantes es clave para desarticular estructuras de poder racializadas, patriarcales y clasistas, y para construir nuevas subjetividades más complejas y diversas. Héctor Domínguez Ruvalcaba (2021) aplica esta idea al caso mexicano, donde muestra cómo la masculinidad hegemónica fue instrumentalizada por el Estado posrevolucionario para crear una identidad nacional. Figuras como el charro, el soldado o el obrero se convirtieron en arquetipos que naturalizaron el machismo y la violencia como rasgos culturales “típicamente mexicanos”.
La masculinidad suave se opone a esos modelos rígidos a través de representaciones que integran lo femenino, lo queer y lo afectivo sin renunciar necesariamente a la heterosexualidad. Se manifiesta en cuerpos que desafían los estándares tradicionales de fuerza y dureza: hombres sin musculatura marcada, que usan faldas, maquillaje, uñas largas, piercings, y que ocupan espacios laborales feminizados o marginales en la economía del cuidado. Esta estética introduce elementos de ternura, vulnerabilidad y horizontalidad en la construcción del deseo y la identidad masculina.
En este marco, el feminismo heteropop −entendido como un feminismo que circula en espacios heteronormativos y comerciales de la cultura popular− opera mediante estrategias simbólicas que, aunque no necesariamente confrontativas en lo discursivo, pueden ser profundamente subversivas. Sus códigos son accesibles: se articulan a través de gestos cotidianos, emociones compartidas y estéticas reconocibles por el mainstream. Así, la masculinidad suave dentro del feminismo heteropop ofrece una forma de resistencia que, sin romper abiertamente con la heteronormatividad mediática, la desestabiliza desde dentro. Permite imaginar nuevas subjetividades masculinas que no se basan en la dominación, sino en el cuidado, el consentimiento y la ambigüedad como formas legítimas de estar en el mundo.
La masculinidad en el reggaetón
El reggaetón tradicional exalta valores de masculinidad dura: virilidad, potencia sexual, fuerza física, y reproducción de mensajes sexistas y machistas. La estética del género está marcada por la calle, la violencia, las drogas, las armas, los autos lujosos y las mujeres sexualizadas como decoración visual sin función narrativa. El acoso policial hacia la escena underground del rap y las drogas generó que la imagen del reggaetonero se mezclara con la del “bichote” (mafioso) y viceversa, de tal forma que en la calle se detenía a raperos por parecer mafiosos y a mafiosos por parecer raperos. Esto reforzó una masculinidad dura orientada a los estereotipos de los caseríos −sin educación formal, con una sexualidad desbordada, criminal, de piel oscura− que eventualmente criminalizó y racializó esa masculinidad (Rivera Rideau, 2015; LeBrón, 2011).
Durante los años 2000, la forma en que se representaba la masculinidad en el reggaetón tradicional se consolidó a través de diversas expresiones visuales y narrativas que exaltaban una masculinidad hegemónica, marcada por la dureza, el dominio y la ostentación. Esta imagen de masculinidad se reflejaba en cuerpos musculosos, ya fuera en atuendos callejeros o en trajes formales, lo que reforzaba una idea de poder y control. La corporalidad se complementaba con otros elementos visuales, como los tatuajes, que se asociaban a lo urbano, lo marginal y bling-bling, un estilo caracterizado por cadenas de oro, joyas brillantes y accesorios costosos, símbolos de éxito económico y estatus social.
Los escenarios en los videoclips reforzaban esta narrativa de poder masculino: las calles se presentaban como espacios de violencia, tráfico de drogas y exhibición de armas, mientras que los automóviles de lujo y las mujeres hipersexualizadas en ropa mínima aparecían como extensiones del deseo masculino. En este contexto, las mujeres eran representadas de manera objetual, sin una función narrativa propia, limitadas a ser cuerpos disponibles para la mirada del hombre. Los videos de Daddy Yankee, Zion y Lennox y Wisin y Yandel son ejemplares de esta masculinidad.
El reggaetón tradicional promovía y reproducía valores asociados a una masculinidad normativa: la virilidad, la potencia sexual, la fuerza física y la dominación, tanto en el ámbito corporal como en el simbólico. Estos elementos venían acompañados de discursos sexistas y machistas que consolidaban una jerarquía de género en la que el hombre ocupaba una posición central e incuestionable. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un nuevo tipo de reggaetón que empieza a cuestionar y subvertir estos valores tradicionales. Esta transformación se debe, en gran medida, a dos factores clave: la irrupción de mujeres artistas que reclaman su agencia, voz y representación en el género, y la aparición de figuras masculinas, como J Balvin, Maluma y Bad Bunny, quienes han experimentado con nuevas narrativas.
Con la consolidación de Medellín como un nuevo epicentro del reggaetón a partir de la década de 2010, surgió, entre otras figuras, J Balvin, quien prometía renovar el género desde una propuesta estética y sonora distinta. Su estilo, caracterizado por un reggaetón de rapeo melódico influenciado por referentes jamaiquinos, incorporaba también una visualidad que se alejaba de la masculinidad hegemónica tradicional: diferentes tipos de cabello afro, uso del arcoíris como símbolo de inclusión y una imagen pública que oscilaba entre lo andrógino y lo performativo. Con el tiempo, J Balvin suavizó la imagen dura del reggaetonero tradicional mediante la incorporación de elementos como el cabello multicolor, una voz suave y melódica y el uso de faldas o trajes no convencionales fuera del escenario, lo que atrajo la atención de diseñadores y casas de moda internacionales. Poco después, emergió Maluma, cuya imagen también supuso una ruptura con ciertos códigos tradicionales del género. Mestizo, de voz seductora y estética pulcra, Maluma desafió algunos estereotipos de género al vestir trajes de diseñador en tonalidades rosas y adoptar una imagen cuidadosamente estilizada. Sin embargo, tanto en el caso de Maluma como en el de J Balvin, estas transformaciones visuales no vinieron acompañadas de una discursividad política que respaldara el cambio estético. Si bien estos artistas contribuyeron a introducir una versión suavizada de la masculinidad reggaetonera, sus letras y posturas públicas continuaron reproduciendo los mismos discursos sexistas y patriarcales con los que se asocia al reggaetón clásico.
Por un lado, “Cuatro babys”, lanzada en 2016, generó un amplio rechazo por su representación explícita de la mujer como objeto sexual múltiple, disponible y sin agencia. La letra plantea la posesión simultánea de cuatro mujeres, cada una reducida a una función estereotípica del deseo masculino: la que “le reclama”, la que “es callada”, la “psicópata” y la que “más se enamora”. La canción fue acusada de promover la violencia simbólica contra las mujeres y de reforzar la lógica del reggaetón más misógino bajo una fachada de modernización visual. La crítica a “Cuatro babys” no fue solo una respuesta moralista a su contenido, sino también un cuestionamiento más profundo a la estrategia de mercado que permite suavizar visualmente el machismo sin transformarlo estructuralmente. Mientras Maluma se proyectaba como un ícono fashion y accesible, sus producciones musicales seguían reforzando imaginarios de dominación y posesión masculina.
Por otro lado, J Balvin mantuvo un repertorio lírico en el que el control masculino sobre la sexualidad femenina se mantenía intacto. La tensión entre la imagen progresista y la práctica discursiva se acentuó con el escándalo del videoclip “Perra”, en el cual mujeres negras eran representadas como animales encadenados. Tras la presión pública encabezada por la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez −la primera mujer afrodescendiente en ocupar ese cargo−, el video fue retirado. La controversia fue tal que motivó una respuesta crítica por parte de otros artistas, como Residente, quien atacó a J Balvin en un rap en el que lo acusó de incoherencia y oportunismo. La controversia en torno a Balvin continuó cuando aceptó un premio dedicado a artistas afrodescendientes, a pesar de no tener una identidad racial ni una trayectoria vinculada a las comunidades negras o a las comunas populares de las que el reggaetón emergió originalmente.
La figura pública de Balvin siguió en cuestionamiento cuando evitó asumir una postura política clara en torno a la represión de las manifestaciones del Paro Nacional del 21 de noviembre de 2019 en Colombia, cuando miles de jóvenes −en su mayoría de sectores populares y periféricos− salieron a las calles para protestar contra las políticas económicas del gobierno de Iván Duque. La policía reprimió con violencia y asesinó a varios manifestantes, entre ellos a Dilan Cruz, un joven estudiante que se convirtió en símbolo de la represión. En ese contexto, se le exigió a J Balvin, oriundo de la cuna del reggaetón colombiano, Medellín, una postura clara. Su respuesta fue ambigua: condenó “la violencia venga de donde venga”, sin asumir una posición crítica frente al aparato estatal ni solidarizarse abiertamente con las víctimas de la represión. La declaración fue percibida por muchos como una evasión oportunista, una forma de proteger su marca sin asumir las implicaciones políticas de su país y de su propio privilegio.
Este silencio contrastó con lo ocurrido unos meses antes en Puerto Rico, donde artistas como Ricky Martin, Residente y Bad Bunny encabezaron activamente las protestas que, mediante el llamado “perreo combativo”, lograron la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló en julio de 2019, como ya se ha mencionado en este libro. Bad Bunny no solo interrumpió su gira en Europa para regresar a Puerto Rico y participar en las marchas, sino que también usó su música, sus redes sociales y su cuerpo como plataforma de denuncia. Mientras que en Colombia Balvin evitaba el conflicto, en Puerto Rico Bad Bunny convertía el reggaetón en un vehículo de resistencia y dignificación popular.
Frente a una renovación estética sin transformación discursiva, como en el caso de J Balvin, la irrupción de Bad Bunny representó un punto de inflexión. El artista puertorriqueño ha articulado de manera más coherente una propuesta estética disidente con un posicionamiento político explícito. Desde el inicio de su carrera, Bad Bunny ha desafiado los códigos normativos de la masculinidad reggaetonera a través del uso de vestimenta femenina, esmalte de uñas, faldas y gestualidades asociadas a lo queer. Sin embargo, a diferencia de los casos anteriores, estas elecciones visuales han sido acompañadas de declaraciones públicas y letras que cuestionan el machismo, la homofobia y la violencia de género. Bad Bunny encarna una ruptura más profunda con la tradición del reggaetón clásico. No se trata únicamente de una transformación de la imagen del reggaetonero, sino de una reformulación del contenido simbólico del género, que abre posibilidades para imaginar nuevas formas de ser hombre en el reggaetón.
La masculinidad suave de Bad Bunny
Dos eventos sociopolíticos marcaron un antes y un después en la carrera de Bad Bunny: por un lado, el crecimiento del movimiento feminista internacional impulsado por el #MeToo; por otro, el escándalo de corrupción, misoginia y homofobia que rodeó al entonces gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, de lo cual se habló ampliamente en el capítulo anterior.
Ese fue el punto de inflexión en el que Bad Bunny transformó su representación cultural en una herramienta de activismo político y de resistencia estética frente al colonialismo lite de Estados Unidos en Puerto Rico. A través de una masculinidad suave −alejada de la dureza normativa del reggaetón tradicional−, comenzó a confrontar abiertamente la misoginia, la homofobia y la transfobia del poder colonial, encarnado en figuras como el entonces gobernador Ricardo Rosselló y su gabinete. Esta politización de su imagen marcó también un quiebre en su relación con el reggaetón como género. Hasta entonces, Bad Bunny había transitado sobre todo el terreno del trap latino y del reggaetón comercial, con colaboraciones como Oasis (2019) junto a J Balvin, un álbum que, si bien fue exitoso, todavía reproducía los códigos estéticos y discursivos del machismo dominante. Fue a partir de su participación en las protestas de 2019, y del impacto creciente del feminismo interseccional en el Caribe, que comenzó a construir una masculinidad pública que cuestiona activamente las normas de género, el sexismo estructural y la colonialidad impuesta sobre el cuerpo, el deseo y la identidad en Puerto Rico.
Como trapero (2016-2019), sus letras estaban más alineadas con el reggaetón clásico. Sin embargo, a partir de las protestas contra Rosselló, su discurso se politizó y comenzó a reflexionar no solo sobre género, sino también sobre el colonialismo y la desigualdad. Álbumes como El Último Tour del Mundo, Las Que No Iban a Salir, YHLQMDLG y UVST marcan este giro estético y discursivo, donde la masculinidad suave se convierte en un capital sexual que apela a hombres jóvenes de clases medias y altas. En las letras y videoclips de canciones como “Yo Perreo Sola”, Bad Bunny subvierte los símbolos clásicos de la masculinidad reggaetonera, haciéndolos queer. En “Moscow Mule” no necesita ser el macho viril, fuerte ni dominante; en “Yonaguni” explora hábitos suaves asociados con la vulnerabilidad emocional.
En términos discursivos, temas como “No soy celoso” reconocen emociones típicamente masculinas (como los celos) pero invitan a no actuar sobre ellas −un contraste claro con el reggaetón clásico, cuyas letras muchas veces anticipan la violencia feminicida−. En “Me porto bonito” establece relaciones de exclusividad donde la mujer tiene la última palabra, lo que desafía la narrativa reggaetonera del hombre controlador.
Díaz Fernández (2021) dice que, desde su imagen pública hasta sus letras, Bad Bunny se aleja de los estereotipos hipermasculinos y machistas del reggaetón tradicional. El artista puertorriqueño incorpora en su estética elementos asociados con lo femenino −uñas largas, maquillaje, faldas, joyas− y juega con una ambigüedad de género que desafía el binarismo tradicional. Este posicionamiento y esta estética suponen un alejamiento del reggaetón clásico que exaltaba valores como la virilidad, la potencia sexual masculina, la fuerza física y la dominación sobre las mujeres.
Según Díaz Fernández, Bad Bunny refleja una brecha generacional dentro de la industria del reggaetón capaz de plasmar en su música y en sus videos el contexto sociocultural contemporáneo, marcado por ideas progresistas relacionadas con los derechos de las mujeres y las comunidades LGBTTQ+. No obstante, Díaz Fernández también critica a Bad Bunny: según ella, aunque se presenta como un aliado feminista, mercantiliza el feminismo para fines económicos, con lo cual reproduce de manera enmascarada ciertas ideas sexistas bajo un discurso posfeminista, que, como se mencionó en el capítulo anterior, es un feminismo que se hace pasar por aliado de las causas feministas solo con fines comerciales, que celebra la libertad individual sin cuestionar las estructuras de poder que sostienen el patriarcado (Díaz Fernández, 2021).
Sin embargo, desde la perspectiva del feminismo heteropop, Díaz Fernández pierde el punto porque Bad Bunny no está intentando ser un aliado feminista sino influir en la discusión sobre colonialidad estadounidense que no solo es económica y cultural, sino heteropatriarcal. Esto se refuerza con la imagen de Bad Bunny en su disco más reciente, DtMF, en el que el artista aparece con una imagen de masculinidad caribeña, indígena y afrodescendiente.
El posicionamiento de Bad Bunny sobre la masculinidad no ocurre en el vacío, sino que está profundamente imbricado en un ecosistema de acción política que ha encontrado en las redes sociales un espacio de articulación y amplificación. Como señala la feminista española Nuria Varela (2019), gracias a la acción colectiva mediada por plataformas digitales, el feminismo contemporáneo ha evolucionado hacia formas más interseccionales y ciberactivistas. En particular, se ha fortalecido la denuncia contra las manifestaciones más violentas del patriarcado, como las agresiones sexuales, la trata o los feminicidios. Las redes sociales han permitido que más mujeres −y mujeres más jóvenes− accedan a discursos feministas, los resignifiquen desde sus contextos y se organicen en torno a ellos. Esta visibilización ha confrontado no solo las estructuras de dominación sexual, sino también el sistema judicial, que muchas veces actúa como juez y parte en la reproducción de la impunidad y la revictimización.
En este mismo entorno digital, y al calor de estas transformaciones feministas, figuras públicas masculinas han tenido que redefinir su lugar dentro del debate sobre género, deseo y poder. Sin embargo, mientras que artistas como J Balvin y Maluma adoptaron cambios principalmente estéticos −colores pastel, estilización del cuerpo, ambigüedad visual− sin modificar el contenido misógino o elusivo de sus discursos, Bad Bunny ha sabido articular una respuesta mucho más profunda y coherente. A diferencia de sus pares, no solo ha performado una masculinidad alternativa desde su imagen, sino que ha respaldado esa propuesta con posturas públicas claras, activismo político y un uso estratégico de las redes sociales para amplificar causas feministas, antirracistas y queer.
Bad Bunny encarna, así, el tipo de masculinidad que el feminismo digital ha hecho posible imaginar y exigir: una masculinidad que se desmarca del dominio, la violencia y el control, y que en su lugar privilegia el consentimiento, el cuidado, la sensibilidad y el respeto al deseo femenino y disidente. Su música, su estética y su acción política en redes no solo dialogan con los lenguajes del feminismo interseccional, sino que los incorporan a la cultura pop desde una plataforma de alcance global. En ese cruce entre arte, activismo y mercado, Bad Bunny representa una anomalía significativa: un hombre cisheterosexual que no simula inclusión, sino que reconfigura su subjetividad a partir del reconocimiento y la celebración del goce ajeno, el cuerpo feminizado y la libertad sexual. Frente a los límites de una transformación visual sin contenido ético, como la de Balvin o Maluma, su figura se erige como símbolo de una masculinidad en transición, forjada al calor de los feminismos digitales y caribeños que han exigido −y encontrado− nuevas formas de representación y agencia.
Conclusión
El reggaetón, históricamente cimentado sobre una masculinidad hegemónica marcada por la dominación, la violencia simbólica y la exclusión de lo femenino y lo queer, ha comenzado a experimentar un proceso de transformación. Esta transformación no ha sido lineal ni homogénea: mientras que algunos artistas han ensayado cambios estéticos sin alterar los discursos patriarcales que sostienen el género, otros, como Bad Bunny, han articulado una ruptura más profunda al vincular su propuesta artística con posicionamientos políticos explícitos.
Este capítulo ha argumentado que Bad Bunny encarna una masculinidad suave, entendida como una performance masculina que subvierte los códigos de la masculinidad tradicional desde dentro de la industria pop, sin romper del todo con la heteronorma mediática pero sí desestabilizándola simbólicamente. Esta masculinidad se enmarca en el feminismo heteropop, una corriente que circula en el mainstream y que, aunque no busca derribar las estructuras capitalistas o patriarcales desde lo académico, sí logra instalar imaginarios subversivos mediante gestos culturales accesibles, afectivos y compartibles.
Frente a figuras como J Balvin o Maluma, cuya transformación fue principalmente estética y carente de un discurso político coherente, Bad Bunny ha logrado tensionar las estructuras de poder desde un lugar que conjuga activismo, estética y sensibilidad. Su participación en las protestas de 2019 en Puerto Rico, su crítica a la violencia de género y a la homofobia, así como su representación de corporalidades no normativas, lo posicionan como un agente de disidencia simbólica dentro del reggaetón.
Esta disidencia no es menor. En un género profundamente marcado por la masculinidad dura, la emergencia de una figura como Bad Bunny posibilita otras formas de ser hombre, permite que tengan lugar subjetividades masculinas más afectivas, ambiguas y políticamente conscientes. Si bien no está exento de contradicciones −como su participación en circuitos comerciales que pueden mercantilizar su discurso−, su apuesta no puede reducirse al oportunismo o al posfeminismo. Desde la perspectiva del feminismo heteropop, su intervención consiste en desestabilizar desde dentro, no en ofrecer coherencia ideológica total, sino en generar fracturas significativas en la narrativa dominante del reggaetón.
Finalmente, este análisis permite comprender que el reggaetón no es un espacio homogéneo ni estático. A través de figuras como Bad Bunny, se convierte en un campo de disputa simbólica donde las representaciones de género, poder y resistencia se reconfiguran constantemente. En esa disputa, la masculinidad suave emerge como una herramienta potente para imaginar otras formas de existencia masculina que, lejos de reproducir el patriarcado, lo confrontan desde el deseo, el cuerpo, el afecto y la colectividad.






