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3 Para no morir en el tiempo del recuerdo

A fines de septiembre de 2018, el entonces jefe de la Policía Federal Argentina, comisario general Néstor Roncaglia, hablaba ante la comunidad educativa del Instituto Santa Ana y San Joaquín, del barrio porteño de Belgrano. Lo hacía “como jefe de policía y como padre”, para celebrar el momento que los reunía “como un acto de grandeza: como un acto de pura conciliación entre todos”.[1] Hablaba ante esa comunidad desde la explanada misma del Monumento a los Caídos en el Cumplimiento del Deber, en el cruce de la Avenida Figueroa Alcorta y Monroe (Paseo de las Américas), donde días atrás un grupo de estudiantes de ese colegio -en la “previa” a una fiesta de egresados- había bailado y bebido arriba de las placas conmemorativas y de la escultura central.

El hecho -el baile, el alcohol, la fiesta sobre– había despertado indignaciones y condenas. Desde la Asociación Civil “Grupo de Viudas y Familiares de Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber” se había recalcado la afrenta: “lo publicaron en sus redes sociales como una hazaña … la sangre de todos los nombres que están en las lápidas de ese monumento no fueron jugando a la bolita. Son hombres que entregaron su vida por una vocación y por el ciudadano”.[2]

Desde la plana mayor de la PFA se había buscado en cambio calmar los ánimos: dialogaron las autoridades del Instituto y el jefe policial, acordaron frenar el proceso penal que al parecer se había iniciado, consensuaron finalmente una “reprimenda” y un resarcimiento simbólico. Los estudiantes investigarían las vidas representadas en el monumento sobre el que habían bailado y, en un acto conjunto entre el Instituto y la PFA, pedirían disculpas con el monumento mismo como escenario. Después de todo, subrayaron todas las partes implicadas, los estudiantes no habían cantado contra la policía ni contra lo que representaba el monumento a los caídos; ignoraban totalmente que ese era un lugar tan importante. Podría decirse que ni sabían dónde estaban.

“Este monumento representa a todos los policías que murieron, mueren, y van a morir por la sociedad”, destacó el jefe policial en ese acto conjunto. “Se enfrentaron a la delincuencia y fueron ejecutados. Y murieron. Y en este lugar, todos los años, el 2 de Julio, celebramos el Día de los Caídos. Estos hechos que ustedes cometieron el domingo nos causaron mucho dolor a toda la comunidad policial. Mucho dolor e indignación. Los monumentos por algo están, representan actos, hechos, historia, y hay que respetarlos. Aceptamos estas disculpas, este acto de desagravio”.[3]

Un acto de desagravio, recalcó ese día el jefe policial. Un acto de conciliación. Es decir, un acto capaz de componer los ánimos contrapuestos, de avenir voluntades, de expiar la ofensa. Un acto capaz de reparar el daño. Y es por esto que traigo a colación este episodio: por lo que brilla en su centro, anudado a la figura del monumento. Me refiero a la tensión entre lo sacro y lo imperceptible. Entre aquello que para algunos es deudor de respeto superlativo, en tanto representación de la sangre entregada. Y aquello que para otros se desliza fuera de la vista; aquello que no porta ninguna significación. Es curioso: un monumento es erigido para imprimir, de manera persistente, una marca de memoria. Y sin embargo, como dijo el escritor Robert Musil, no hay nada más invisible. Pretende atraer la mirada, pero la repele. Lo extraordinario de los monumentos es que uno no los nota. Y no es hasta que se destruye un monumento -o se le baila, bebiendo, encima- que éste logra llamar nuestra atención (Taussig, 1999).

Porque los monumentos tienden a volverse transparentes. Y esa transparencia no es otra cosa que la obturación del diálogo en esa materialidad que fue sin embargo ideada para transmitir. La propia etimología del término –monumentum, monere, “recordar”, “hacer pensar en”- nos indica que el monumento es aquello creado para el recuerdo. Para evocar, mediante su contemplación en el presente, un mensaje que viene desde el pasado y se pretende que llegue hasta el futuro. Un monumento, ya ha sido dicho, se erige para avisarle a los que vienen detrás qué fue lo que pasó antes (Appadurai, 1991; Achugar, 2003; Choay, 2007; Persino, 2008).

Por eso este capítulo hace del monumento su punto de apoyo. Porque éste se vuelve un registro privilegiado para interrogar la conmemoración del caído en su procesualidad. Esto es, para recuperar el rastro de las derivas políticas e institucionales que la fueron atando, al calor de reivindicaciones y descartes, a través de los años y los acontecimientos, a un determinado relato y a nudos particulares de sentido. ¿Cuándo y cómo se institucionalizó la efeméride que hoy conocemos? ¿Qué actores sociales le dieron forma? Y sobre todo: teniendo en cuenta que la figura del caído es en mucho anterior al evento de 1976 que tal día conmemora, ¿cómo es que fueron dialogando ambos registros (fecha y figura)? ¿Cómo llegaron, en nuestro presente, a parecer indiferenciados?

Plantear una vía de entrada a partir de lo monumental sólo adquiere sentido si contamos con un dato inicial: que el Monumento a los Caídos en el Cumplimiento del Deber -sobre el que gravitará centralmente este capítulo- tiene una historia de tratativas, proyectos, mudanzas y recambios que atraviesa geografías e instituciones (de Parque Centenario a Belgrano, de la Policía de la Capital a la Policía Federal Argentina) a lo largo de casi cinco décadas. Una historia que se inscribe en el tiempo y el espacio y que, por ello, si bien no la replica miméticamente, permite sin embargo espejar de manera provechosa la pregunta por lo procesual.

Permite espejarla y ayudar a resolverla. ¿Qué mensajes -obvios, explícitos, directos- nos acerca el monumento acerca de la trayectoria de esta conmemoración? Pero sobre todo, ¿qué zona de sombras -qué de eso que ya no se ve- nos permite recuperar la interrogación del monumento?

Esta vía de entrada por lo monumental se sostiene a su vez en otro entendimiento. El de que un objeto nunca es una cosa inerme, sino un artefacto en el que se encuentra petrificada una constelación de fuerzas. Los objetos son cosas que hablan por sí mismas, aun desde ese sustrato de materialidad que se presume muda. En este sentido, el eje de este capítulo reposa en un desafío: el de interrogar un objeto como se interroga un documento. Esto es, abordándolo en tanto registro social y temporalmente construido, mostrando aquello que el objeto habla, aun cuando se lo crea en silencio. Se trata entonces de interrogar al objeto-en-movimiento, de desandar su biografía. No sólo para iluminar las dinámicas y circuitos que lo fueron creando, sino para develar también aquello que suele resultar más opaco: los procedimientos y relaciones que una vez lo moldearon y que fueron quedando en el olvido (Appadurai, 1991; Kopytoff, 1991).

La socióloga polaca Irwin-Zarecka (1996) ha sintetizado casi poéticamente el fluir de esta temporalidad. Honramos a los héroes, señala. Pedimos justicia. Años después, tratamos de obtener lecciones históricas. Los monumentos vienen a fijar la memoria. Reconocemos que no podemos y no debemos olvidar. A través del arte, nos aseguramos de no hacerlo.

El Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber encierra, en una escultura de bronce de casi 4 metros de alto, ese conjuro artístico contra el olvido. La pieza, de Antonio Miguel Nevot, representa a un policía muerto. O tal vez -a juzgar por su mano inerte, con la palma apuntando al cielo-, al policía a punto de morir. Una pierna todavía está flexionada; la otra ya resbala sobre el piso. La cabeza cae hacia un costado. Una figura femenina lo sostiene en su regazo -algunos ven en ella a una madre, otros ven ahí a la Sociedad- y con sus ojos sigue la mirada del que muere. La única figura que mira hacia el frente (tal vez hacia nosotros) es la del ángel que se encuentra sobre ellos. Sus pies no tocan el suelo, su mano izquierda aprisiona un ramo de laurel (el símbolo de la gloria), el índice de su mano derecha señala hacia arriba, su boca aparece abierta como en un gesto de anunciación. Se ha dicho que es la Gloria; también que es la Patria o la Eternidad. En todo caso, toma una forma alada: la intermediación entre lo terreno y lo celeste; el signo del paso a la inmortalidad. La composición artística oficia claramente: está el dolor de la muerte y lo terreno. Pero está también la esperanza de lo eterno y la promesa de una vida más allá. En medio de ambas instancias, está el caído: literalmente derrumbado, acostado, desvanecido (Gutiérrez Viñuales, 2005; Galeano, 2011).

Es recurrente, en el espacio público, la monumentalización del caído. Sus orígenes coinciden con la finalización de la primera guerra mundial y con la necesidad de tematizar y significar esas nuevas muertes masivas. Los monumentos dedicados a los caídos (mayormente soldados) llegaron justamente para ampliar el rango de lo políticamente “duelable”. Es decir, para inscribir, en el panteón nacional de los “grandes hombres”, una clase de sacralidad que fuera más allá de lo religioso o lo monárquico. Los monumentos a los caídos subrayan, todos, una función modélica: la muerte que se homenajea es la de quien ha dado su vida por los vivos. De ello deriva una fórmula que ha resultado imperecedera: el agradecimiento y la honra de la muerte, cuando es violenta y ofrecida. Pero no es el solo morir lo relevante: lo relevante es el morir por algo. Así el muerto cobra dimensión supra-humana: se transforma en caído (Agulhon, 1994; Massa, 1998; Koselleck, 2011; Gorelik, 2011; Svampa, 2021).

Este 2 de julio “hemos renovado al pie de este monumento a los caídos” -remarcaba el subjefe de la Policía Federal, comisario general Martín Emilio Blottner, en 1981- “nuestro homenaje a todos los hombres y mujeres que han dado su vida en defensa inclaudicable de sus principios vocacionales. El bronce de los pueblos que erigen a sus héroes” -agregaba- “es sólida estructura de nacionalidad, fundamento de estirpe, identidad de pensamientos comunes al amor, la gratitud y el reconocimiento a quienes les legaron el ejemplo magnífico de su existencia”.[4]

Hablaba de homenaje renovado porque el Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber acababa, ese año, de re-ubicarse. Llegaba al predio del Paseo de las Américas desde un sitio anterior, y el reemplazamiento abría una nueva oportunidad para la conmemoración y el mensaje:

“En el presente, cuando la voluntad nos flaquea y buscamos definiciones en el terreno profesional, volvemos instintivamente la vista al rol inmaculado de los que todo lo dieron, sin pedir un solo gesto de gratitud con la satisfacción de morir en la humilde grandeza de los elegidos.

“Ellos están a nuestro lado, en el aire, en el murmullo de la gente, en la soledad de nuestros pensamientos, en las calles, en cosas, en cada uno y en todos los lugares que transitaron.

“Son ejemplo y guía de nuestras generaciones presentes y futuras.

“Por ellos, nuestro compromiso ineludible de fidelidad al magnífico legado de su sacrificio […]

“Envidiemos la luz de sus memorias… son los que en el último aliento de su vida encontraron el camino… desde allí nos ilumina… murieron un día para nacer -definitivamente- al tiempo de su gloria”.[5]

El acto había sido presidido por el jefe de la Policía Federal Argentina, el general de división Juan Bautista Sasiaiñ. Habían asistido, entre otros, el ministro del Interior (general Horacio Tomás Liendo), el jefe del Estado Mayor Conjunto (general de división Llamil Restos) y el comandante del Primer Cuerpo de Ejército (general Antonio Domingo Bussi). Eran las postrimerías de la dictadura: tiempos de consolidar narrativas nacionales a través del espacio público. (En ese mismo año, por ejemplo, el Poder Ejecutivo de la Nación declaraba monumento histórico la tumba de Falcón en el cementerio de la Recoleta, por presentar -entre otras razones- “una actuación destacada” al frente de la Jefatura de Policía de la ciudad de Buenos Aires, “haciendo frente a elementos disolventes, que enarbolaban la bandera del anarquismo”).[6]

El acto de re-inauguración del monumento había finalizado con una ofrenda floral, un toque de silencio y un desfile de efectivos. Después se había entregado, al titular de la comisaría 1ª, un cuadro que buscaba perpetuar la memoria de los caídos y que sería distribuido en todas las dependencias policiales.[7]

Para ese entonces, y aquí quisiera detenerme, ya aparecían unidos efeméride y monumento. Quiero decir: tiempo y espacio resultaban indivisibles, pues cada 2 de julio encontraba a los representantes de la institución conmemorando a los caídos en torno a la escultura de Nevot -ya fuera, a partir de 1981, en el cruce de Figueroa Alcorta y Monroe, como, antes de eso, en el de Díaz Vélez y Campichuelo.

Porque en ese borde del Parque Centenario había estado el Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber durante nueve largos años. Se trataba de su emplazamiento original, de aquel que lo había cobijado desde el momento mismo de su inauguración, en 1972:

En el parque Centenario, intersección de la avenida Díaz Vélez y la calle Campichuelo, se realizó a las 10.30 una ceremonia en cuyo transcurso se procedió a inaugurar el Monumento al Policía Caído en Cumplimiento del Deber, obra del escultor Nevot. Una placa recordativa, al frente del mismo, expresa: “El Centro de Oficiales (R) de la Policía Federal Argentina a los policías muertos en el cumplimiento del deber. Monumento erigido el 14 de noviembre de 1972”.

El acto se inició con palabras del presidente de la entidad mencionada, comisario (R) Antonio Barra. Señaló, entre otros conceptos, que el grupo escultórico representa “a los que dieron la vida en cumplimiento de una misión que les encomendara la sociedad” y que “cuando muere un policía injustamente atacado, sólo queda en el recuerdo de sus seres queridos y sus camaradas”.

Esta obra -dijo- es la expresión de un reconocimiento de la sociedad hacia ese héroe civil anónimo. A continuación habló el comisario general José Vittani, jefe del Estado Mayor de la Policía Federal, para destacar que el Centro de Oficiales Retirados había querido rendir homenaje a quienes escribieron con su sangre millares de páginas. Añadió luego, refiriéndose a la obra escultórica, que ella sintetizaba como “un vuelo del alma hacia su origen divino”. Quienes en muchas jornadas supimos del dolor por la muerte de uno de nuestros camaradas -añadió- sabemos que en este monumento se recuerda a todos los caídos de las fuerzas de seguridad, que en el cumplimiento del deber ofrendaron sus vidas.[8]

Pero en 1972, el año de la inauguración original del monumento, no existía el Día del Policía Federal Caído en el Cumplimiento del Deber. Tampoco existió en los años cercanos y posteriores. De hecho, la conmemoración de esta figura puntual se realizaba por entonces sí frente al monumento, pero en el mes de octubre, como uno de los actos centrales durante las celebraciones por la Semana de la Policía Federal (antes de la existencia del monumento, el caído era por supuesto especialmente recordado, pero sin tener un anclaje espacial propio).

Recalco especialmente esto para subrayar que es aquí, en este punto, donde el presente capítulo propone un desdoblamiento. El Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber era ya, para 1981, una suerte de palimpsesto. Es decir, un escenario de superposición y solapamiento que había ido conformándose a lo largo del tiempo; uno cuya cualidad definitoria había sido la de reunir atrayendo. Por eso es que, a partir de aquí, lo que resta de este capítulo se mueve a contramano del tiempo, desandando y escindiendo, con la intención de recuperar no el momento preciso y primigenio en que nace la conformación de un nudo (si es que algo así pudiera acaso ser recuperado), pero sí quizás el tiempo más o menos distinguible en que empiezan a converger, hacia ese nudo que termina siendo el monumento, las diferentes relaciones y líneas de movimiento (Bailey, 2007; Ingold, 2011).

Comencemos entonces por el monumento. Había sido inaugurado, como mencionaba, en 1972, en base a un proyecto que el Centro de Oficiales Retirados de la Policía Federal Argentina no sólo gesta, sino que lleva enteramente a cabo. El proceso dura algunos años. Se dice que la idea se origina aun antes, allá por 1967, impulsada por los comisarios Carlos A. Novaro y Tomás A. Mora, quienes contratan a Nevot para confeccionar una maqueta del monumento (se dice, en la memoria oral, que Mora y Nevot eran amigos). En la realización de la obra, se dice también, colaboran los escultores Sepucio Tidone y Alberto Arrastía.

Para el año 1971 el proyecto ya había sido aceptado por “el Comando Jefatura” y el Centro llamaba a que nadie quedara ajeno a cooperar con la obra:

¿Quién no recuerda al camarada caído, ya sea a su lado, en la lucha desigual contra los enemigos del Orden, o al camarada que instantes antes habría conversado con él, para luego morir ante el primer llamado del deber?

¿O inclusive a aquel camarada herido, algunas veces tan grave que por el resto de su vida quedó inutilizado ante el ataque sufrido?

¿Quién, también, no derramó lágrimas junto con los familiares del camarada muerto en misión policial?

Es que bien sabemos que el país todo, y muy especialmente nuestra Ciudad, le debe al policía inmolado en aras del deber un monumento que lo recuerde.

Y al hablar del país, nos referimos igualmente a aquellos humildes policías de nuestras provincias que ofrendaron sus vidas por los mismos ideales nuestros.

También en este monumento, vaya por analogía, el recuerdo a todas aquellas generaciones de policías que sin caer abatidos, dieron su salud y los mejores años de sus vidas, para cumplir con verdadera pasión la difícil misión de ser policía.

Si consideramos que nuestra Policía, desde que estadísticamente se tomó ello en cuenta, llega a nuestros días con un total de unos 700 muertos por el cumplimiento del deber, todo ciudadano que se precie de tal, con justicia, erigiría un monumento en memoria de estos componentes del Ejército de la Paz, como se ha dado en denominar a nuestra muy querida Policía Federal Argentina, que lo dieron todo en defensa de la Sociedad.

Y hoy más que nunca, cuando diariamente cae uno de nuestros camaradas, hijo, hermano, amigo nuestro, es cuando debemos honrarlos como ejemplo de virtudes civiles, en pro de los elementales principios que sustentan nuestra nacionalidad y el prestigio bien en alto de la Policía Federal Argentina.

Estamos empeñados en que este proyecto se haga una realidad.

Lo lograremos. Y tú, camarada lector, tienes ya el lugar correspondiente para que así sea.[9]

Ese lugar era la ayuda compulsiva, mediante un monto estipulado en la cuota de los asociados al Centro (hay quien pide y recibe el reintegro de lo restado, “por no adherir al monumento por razones particulares”). La obra empieza a tomar forma rápidamente. Nevot recibe un adelanto de 3.000 pesos ley por su obra, la fundición de Juan Czernak cobra 38.000 pesos ley por la realización del monumento en bronce, a la empresa de mármoles, piedras y granitos de Carlos Campolongi se le pagan 11.050 pesos ley por el revestimiento de la base, se pagan 400 pesos ley por la placa que va a acompañar el monumento, Pieragostini Hmnos. y Schamo S.A. reciben 8700 pesos ley por tareas vinculadas al emplazamiento.

Diciembre de 1971 encuentra a todos discutiendo la ubicación del monumento:

MONUMENTO AL POLICÍA Y BOMBERO CAÍDO EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER.- Esta obra sigue con gran empuje en su materialización y en su finalización. Los artistas dedicados a ella terminaron la primera parte del trabajo en arcilla, por lo que se puede apreciar ya en todo su volumen la magnificencia del monumento. Todos los camaradas pueden visitarlo y apreciar sus detalles artísticos en el taller de la calle Murguiondo 740. Días pasados, el mismo señor Jefe de la Policía Federal, General de División Don JORGE ESTEBAN CACERES MONIE, nos hizo el honor de visitar ese taller y observar en conjunto al monumento, quedando el señor Jefe gratamente impresionado por la gran expresión de sus figuras y el impacto que causa el conjunto. Sus palabras de aliento y de reconocimiento hacia la labor del Centro, nos incita aun más a llevar a cabo todo cuanto está a nuestro alcance realizar. En cuanto al lugar del emplazamiento del monumento la Municipalidad de la Capital nos otorgó la continuación de la Avenida Callao en su cruce con la Avenida Libertador. Este lugar no nos satisface y aun estamos en trámite para obtener las siguientes ubicaciones a elegir: Esmeralda y Santa Fe, plazoleta adyacente a la Plaza San Martín, frente a la Cancillería. La Avenida Costanera y la continuación de la Avenida Belgrano. Avenida Sarmiento a la altura de la Sociedad Rural y frente al Jardín Zoológico. Avenida Díaz Vélez y Campichuelo (Parque Centenario). Estos lugares son los propuestos por miembros de esta Comisión Directiva, pero mucho agradecemos a nuestros camaradas socios nos indiquen otros de mejores perspectivas, pues no es fácil obtener lugares ideales en la ciudad. Pero sí, deseamos hacer conocer a nuestros estimados camaradas lectores que la obra se finalizará a la brevedad, es decir, dentro de pocos meses y en su inauguración contaremos con la presencia de ustedes y familiares.[10]

Se quería que el monumento, dicen algunos registros, estuviera emplazado en la Avenida 9 de Julio (en la intersección con la Avenida Córdoba) o que, en su defecto, fuera emplazado en el Hospital Policial Bartolomé Churruca. Ninguno de esos proyectos prosperó. El conjunto escultórico terminó, como sabemos, en la esquina de Díaz Vélez y Campichuelo. En junio de 1972, la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires oficializó el otorgamiento de la parcela mediante la Ordenanza N° 26.751, relocalizando una fuente artística que ya estaba reservada para ese sitio (“Flor de Irupé”), y resaltando que el monumento importaba “un reconocimiento social para quienes día a día exponen sus vidas en defensa de elementales principios, como son el orden y la paz”.[11] El Monumento al Policía Caído en Cumplimiento del Deber fue finalmente inaugurado en noviembre de 1972.[12]

Podría parecer que la indagación a contramano termina aquí. Podríamos pensar que hemos llegado a algún tipo de punto cero. Pero en realidad, si afinamos la vista, vemos que la historia del monumento a los caídos tiene raíces más profundas. Mencionaba, anteriormente, que el Centro de Oficiales Retirados de la Policía Federal Argentina gesta este proyecto. Lo acertado, más bien, hubiera sido señalar que lo retoma.

Así, al menos, lo señala la memoria institucional:

La idea del Coronel Luis J. García, de materializar en forma simbólica el recuerdo de los Policías inmolados en aras del orden público, fue rescatada allá por el año 1967 por el Comisario (R) Carlos A. Navaro, quien hizo llegar su inquietud, siendo aprobada por el Comando Institucional. El Comisario (R) Tomás Aniceto Mora, amigo personal del escultor Antonio Miguel Nevot (1912-1980), le recomienda a éste la confección de la maqueta.[13]

Y es aquí donde desandamos un trecho largo en el tiempo y cambiamos -formalmente- de instituciones. Porque el coronel Luis Jorje García había sido jefe de la Policía de la Capital durante tres años de mandato inconcluso (muere en un accidente de tránsito), de 1932 a 1935. Su jefatura fue prolífica en primeras veces. Se la recuerda, de hecho, como propulsora de logros perpetuados en el tiempo. Logros que conformaron, atravesando décadas, la organización actual de la Policía Federal Argentina. A la iniciativa de García se le debe, por ejemplo, el Fondo de Cooperativa Policial, la instalación de una estación radiotelefónica emisora, la revisión general de los viejos edictos (y la preparación de otros nuevos, como los de Bailes Públicos, Desórdenes, Escándalos, Prostitución, Vagancia y Mendicidad), la creación de diversos cursos de formación y perfeccionamiento, la creación de la Sección Perros, la concreción del Hospital Policial, la instauración de la Comida Anual de Camaradería Policial y hasta la creación de la Biblioteca Policial (luego Editorial Policial). No es de extrañar, entonces, que la idea primera del monumento a los caídos haya nacido -también- durante su liderazgo. Con el propósito de que los honores que se rendían a los policías caídos en cumplimiento del deber fueran “más expresivos” -por entonces estaban limitados a una simple ceremonia-, García intentó en 1933, aunque sin éxito, concretar esa idea:

Resulta de interés destacar que, como los homenajes que se rendían al personal caído en cumplimiento del deber, se hallaban circunscriptos a las honras fúnebres que acordaba el Reglamento respectivo, en notas del 1° de enero y 9 de mayo de 1933, el entonces jefe de Policía, coronel Luis J. García, propició ante el Ministerio del Interior que el grupo escultórico a que hemos referido, erigido por Ley del 14 de septiembre de 1912 fuera declarado Monumento al Agente de la Autoridad Caído en su Puesto, inscribiéndose en su base los nombres de los agentes abnegadamente sacrificados en ejercicio de sus funciones. El proyecto no prosperó, aunque la idea se materializó con un monumento especial en 1972, por iniciativa del Centro de Oficiales Retirados.[14]

El monumento que García quería propulsar como Monumento al Agente de la Autoridad Caído en su Puesto hacía rato que existía. Su creación había sido aprobada por la Ley N° 8.928 del 30 de septiembre de 1912, e inaugurado dos años después, el 12 de diciembre de 1914 (a pocos meses de haberse inaugurado, en el Patio de las Palmeras del Departamento Central de Policía, el monumento a la memoria del primer jefe de la Policía de la Capital, Dr. Marcos Paz). Aunque la Ley había autorizado su emplazamiento en la extremidad sur del jardín existente en la calzada de la calle Callao, entre Avenida Alvear y Posadas, el momento de la inauguración encuentra al monumento a cien metros de distancia, en la intersección de las avenidas Quintana y Callao.

Se trataba -se trata- de una pieza encargada al escultor Garibaldi Affani y costeada mediante suscripción pública: sobre un pedestal de granito rojo se alza, en bronce, una figura femenina de corte clásico (el pelo recogido en la nuca, la túnica prendida sobre un hombro). Semi-sentada, como a punto de erguirse, con la cabeza altiva hacia un costado, el brazo izquierdo le cruza el pecho, el brazo derecho se tensa sobre la base que le sirve de sostén. La escultura pasa ahora desapercibida, trescientos metros alejada de su ubicación actual, en el cruce de la Avenida Callao y la Avenida del Libertador, donde fuera llevada -se dice que en 1941- a causa de la remodelación del trazado anterior de la calle. Quien la observe podrá ver, grabado en un costado del pedestal, uno de los nombres con que se la sigue llamando actualmente: Pro-Cultura Nacional. Se trata, en realidad, del nombre del Comité que tuvo por fin la realización de la obra (Comité Central Pro-Cultura Nacional). El nombre original del monumento es otro; uno que ahora se repite poco: “Desagravio”. O más precisamente: Monumento de Desagravio a la Cultura Nacional.

Pro-Cultura Nacional. Desagravio. Uno y otro nombre, a la distancia, ya no nos dicen mucho. Pero el medallón que vemos todavía hoy en el frente del pedestal nos coloca rápidamente en el sentido de la obra. O mejor dicho, nos remarca rápidamente quiénes son sus destinatarios. El medallón lleva inscripto unos nombres y, en números romanos, una fecha. Lleva también el nombre del Comité y de sus integrantes. Lleva dos hojas cruzadas: una de palma y otra de laurel -signos respectivos de la victoria, la inmortalidad y de la gloria. Lleva, sobre esas hojas, un bajorrelieve con dos perfiles superpuestos. Sobre el frente, el de Falcón. Tras él, el de su secretario Lartigau:

El Comité Central Pro-Cultura Nacional, poco después del atentado, quiso patentizar su protesta por el doble crimen y, a tal fin, previa suscripción pública, encargó en Italia al escultor Garibaldi Affani la realización del monumento, que una vez recibido fue ofrecido por el señor Carlos Alberto Pettinarelli al Gobierno Nacional, y recibido en nombre de éste por el doctor Casabal, funcionario del Ministerio del Interior, en nombre del Poder Ejecutivo, y emplazado en el cantero central de la Avenida Callao, entonces de doble mano, y su intersección con la Avenida Presidente Quintana, lugar donde Falcón y Lartigau fueron víctimas del atentado que segó sus vidas.[15]

El monumento que buscaba García para hacer “más expresivos” los honores a los caídos, el monumento en que deseaba que se conmemorara al Agente de la Autoridad Caído en su Puesto, no era otro que uno de los monumentos dedicados a honrar la memoria de otro jefe policial. La memoria de Falcón.

Y digo “uno de los monumentos” porque, cuatro años después de inaugurado éste, Falcón tendría otro. Fue financiado, también, por suscripción popular. Esta vez, por la Comisión Nacional de Homenaje a Falcón. Realizado por el escultor Alberto Lagos, fue inaugurado el 15 de junio de 1918 y emplazado en otro sitio significativo: la esquina de la avenida Quintana y la calle Junín (actual Roberto M. Ortiz), por donde el jefe policial pasara poco antes de sufrir el atentado.

Hay que recordar que estamos todavía en el contexto de conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo, surcado por la planificación y ejecución de grandes obras públicas. A esta época le debemos, por ejemplo, el comienzo de las tareas para el subterráneo de Plaza de Mayo-Plaza Once. O la inauguración de la Diagonal Sur. O de la estación de trenes de Retiro. Le debemos también la profusión del arte público, que tanto buscaba el homenaje a próceres y hechos históricos como el aporte de “barniz cultural” a los festejos, consolidando narrativas nacionales a la par que modernizando la ciudad. Las esculturas públicas se volvieron, en este periodo, mojones fundamentales del trazado político y urbano. De esta época son, justamente, las esculturas a Cornelio Saavedra, a Miguel de Azcuénaga, a Juan José Paso, o a Mariano Moreno. También a Ramón Falcón.

La escultura que se le dedica, esta vez, es de mármol blanco. Eclipsa la figura masculina, de cabello largo, torso desnudo y grandes alas, que inclinada levemente hacia un costado, como en posición de lucha o de defensa, lleva el brazo izquierdo doblado sobre el hombro, tal vez empuñando algo, con la boca un poco abierta, la expresión del rostro admonitoria o descompuesta. A su costado yace un joven, también semi-desnudo, casi derrumbado sobre la figura con alas, que lo cubre con su cuerpo y lo toma de la mano, no se sabe si para protegerlo o para llevarlo. Sobre la base misma de la escultura se encuentra grabada la siguiente leyenda: “Coronel Ramón L. Falcón. Gefe de Policía de la Capital / Juan Alberto Lartigau – Secretario / Víctimas del deber / Noviembre de 1909”. Y ya sobre el pedestal aparece un nuevo bajorrelieve -esta vez sólo de Falcón-, seguido de las letras de su nombre. Se ha dicho, de estas figuras, que simbolizan La Fatalidad y La Gloria, yacente a sus pies. Se ha dicho también que se trata de la imagen de un

… genio alado, encarnación de la protesta del bien contra el crimen, ante la figura de un gladiador abatido en tierra, símbolo del espíritu austero y animoso vencido por el mal. Ambas figuras del mármol blanco se funden en una sola expresión de piedad y de protesta en el gesto con que el genio alado atrae hacia sí el cuerpo del gladiador vencido, dominando las ruinas, entre las que se desliza la efigie del mal. La rota espada del gladiador deja un surco del que brota el laurel, símbolo de la eterna victoria de la paz y de las causas buenas. [16]

La estética de ambos monumentos, el de 1914 y el de 1918, puede ser disímil. No lo es el sentido que encierran. Ni el artístico ni el que aflora en los homenajes que, al erigirlos, se les rindieron. Llovía torrencialmente en 1914, cuando inauguraron el Monumento de Desagravio. Aun así, la ceremonia se llevó a cabo con las formalidades del caso. Rindieron honores una compañía de bomberos, otra de la guardia del departamento y una sección de seguridad. Los bomberos voluntarios de la Boca arrojaron grandes ramos de flores sobre las gradas del monumento. Asistieron la banda municipal y la banda de policía. La concurrencia fue necesariamente escasa, a causa de la lluvia, pero el acto -recalca la prensa- fue de todos modos “interesante”. Desde la tribuna levantada frente al monumento, calados por la lluvia hasta los huesos, hablaron D. Carlos Alberto Pettineroli (presidente del Comité Pro Cultura), el subsecretario Dr. Casabal (en representación del ministro del interior) y el comisario inspector D. José Vieyra (en nombre de la Policía).

En junio de 1918, la concurrencia -numerosa- se había congregado ya desde temprano en los jardines de la avenida Quintana y Junín. Estaban presentes altos funcionarios de la administración, del Ejército y de la Armada. También delegaciones y comisiones de distintas sociedades y de distintos círculos que se habían adherido al acto. A las tres de la tarde, el ingeniero D. Guillermo White, presidente de la comisión ejecutiva que tenía a cargo el homenaje, recibió al intendente municipal. La ejecución del himno nacional por la banda policial dio inicio a la ceremonia. Desde la tribuna instalada frente al monumento a Falcón, tomaron la palabra el almirante Barilari, el intendente de la ciudad y el ingeniero White.

Abundaron, en ambos actos, las palabras sentidas por el martirio de Falcón. Lo que se dijo, sobre el asunto, no difiere de lo que hemos recuperado, hasta el momento, sobre la muerte de todo caído. Que se trató de “un hombre que … puso al servicio de los intereses colectivos su fe y su sana y decidida voluntad hasta pagar con la vida el culto sagrado del deber, tan noble como sus ideales y tan elevado como los sentimientos que alimentaron su alma generosa de militar y funcionario pundonoroso y de ciudadano patriota y distinguido”.[17] Que “cayó estoico, sin una queja, lentamente doblándose sobre el altivo tallo, en el sitio curul de su destino. Quedaba ya cumplida la ofrenda que hiciera de su vida a la paz social … y que, como la columna más alta del estado, como la primera y más resuelta valla opuesta a la anarquía y al desorden, fuera constantemente la víctima principal señalada a la asenchanza [sic] del sectario”.[18]

Pero no son estos sentidos, largamente transitados, los que quiero recuperar ahora. Quisiera llamar la atención sobre otro punto, que aparece, en estos dos casos, como la contracara del martirio de Falcón. “El monumento que inauguramos -señala White en 1918- será considerado como una protesta permanente de las víctimas inmoladas en el cumplimiento de sus deberes, en un momento de perturbación social”.[19] Es a este doble nudo al que quisiera referirme: al que ata estrechamente el sacrificio del caído con el agravio de un pueblo. El almirante Barilari lo dice, en 1918, con estas palabras:

Es este monumento a la vez un símbolo de desagravio a la humanidad que, hondamente herida, protesta en salvaguardia de la cultura y del orden social, y excita el estímulo del pueblo a meditar muy seriamente sobre los peligros que entrañan los procedimientos brutales del anarquismo desenfrenado.

Es, por fin, un símbolo que anatematiza la insensatez criminal, erigida en dogma como medio de engendrar el desquicio y la barbarie […]

El monumento, que es simbólico y alegórico, será un santuario en este sitio, desde el cual dirá a la conciencia pública que erigirlo ha sido cumplir con un deber de pueblo culto, que marcha y se mantiene dentro de los lineamientos de aquellos que por tradición saben honrar en esta forma a sus héroes, sus benefactores o sus mártires, y expresar de igual manera su perpetua protesta en defensa de la civilización. [20]

Pero esto que subraya Barilari ya lo había marcado, en 1912, el comisario inspector Vieyra (en una alocución interrumpida por un derrame cerebral):

Un día, hace cinco años … la capital se sentía herida por una ruda y dolorosa sacudida: el jefe de policía y su joven secretario Lartigau, acababan de caer, así de pronto, fulminados por los cascos de una bomba anarquista. Luego del estupor, de la ansiosa incredulidad con que la generosidad del alma argentina recibiera la primer noticia sucedió la protesta, la indignación clamorosa de nuestra sociabilidad, que con gesto de anatema nacional se erguía unánime en una suprema e intensa condenación del golpe aleve […]

Y ahora, quede este monumento aquí, al paso del caminante, como testimonio en los tiempos del sentimiento nacional, mientras incesante con el toque de la oración, en las tardes sin sol de los duelos argentinos, plegadas sus banderas, callados los clarines, los augustos escuadrones de los muertos por la patria arrancando de los cuatro puntos del horizonte, crucen los espacios infinitos para llevar a las sombras, la amarga ironía, el por qué, de tan grande martirologio.

En nombre de la repartición de la policía, de cuya representación he sido encargado por el señor jefe, ¡yo me inclino![21]

Lo que resaltan ambas intervenciones -y todas las que hubo en las dos ceremonias- es un juego de anverso y de reverso. Por un lado, la sentida inmolación de Falcón. Por otro, el profundo agravio de una sociedad. De tal forma que, giradas ambas caras en velocidad, al modo de un taumatropo, la imagen que resulta nos muestra que el agravio por la muerte de un policía no es ni de la familia ni de la institución, sino del pueblo todo.

De allí el nombre del primer monumento. De allí el concepto que se repite, en ese monumento pero también en el segundo, como clave insistente de lectura. El desagravio. El mismo concepto, para volver al punto de origen de este capítulo, en que insistiera el jefe Roncaglia, en 2018, exactos cien años más tarde, ante otro (similar) monumento y ante la comunidad educativa del Instituto Santa Ana y San Joaquín. Un acto de desagravio. Un acto para reparar la ofensa recibida.

Pero tal vez el nudo no sea doble, sino triple. Porque al binomio de inmolación y protesta se le suma -acabamos de leerlo- un tercer elemento fundamental. El que puntualiza el contexto de los tiempos convulsivos. El que señala que no habría martirologio ni indignación clamorosa sin el anarquismo desenfrenado. O para hacer más genérica la fórmula: que no serían los dos primeros términos posibles sin el desquicio y la barbarie.

Esa triple unión ha legado a la posteridad un sustrato conmemorativo que se mantiene, intacto, en los héroes caídos que la Policía Federal Argentina ha hecho pasar al bronce. Falcón, Villar, Cardozo, los policías del comedor. Esa triple unión ha legado una suerte de máxima: inflaman (deben inflamar) en los pueblos la indignación y la congoja aquellos que mueren por deber, en (a manos de) tiempos socialmente perturbados. Por otra parte, ya lo ha subrayado el historiador Reinhart Koselleck (2011): la “victimización” conoce de jerarquías; hay una escala del recuerdo que sopesa y discierne qué vidas -qué muertes- deben ser políticamente aludidas. O lo que es lo mismo: políticamente conmemoradas.

Para entender este proceso fue que desandamos el camino. Éste nos ha llevado de 1981 a 1912. Nos ha llevado también del barrio de Belgrano al Parque Centenario, y de allí hasta Recoleta. Hemos desandado esos pasos temporal pero sobre todo espacialmente, para mostrar hasta qué punto el Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber tiene una espesura mucho mayor de la que imaginamos. En esos pasos desandados se ha iluminado un trazado. Uno que va del monumento del Centro de Retirados al monumento de la Comisión Nacional de Homenaje a Falcón, y de ahí al monumento del Comité Central Pro Cultura Nacional. Que va del comisario Carlos A. Novaro al jefe Luis J. García, y de él a Carlos Alberto Pettineroli y también al ingeniero Guillerno White. Un trazado, en síntesis, que revela las marcas distintivas que los esfuerzos de memorialización estampan sobre la superficie urbana. Un trazado que compone un texto privilegiado, como diría Baczko (en Schindel, 2009), para leer el imaginario institucional que convierte a una ciudad en su proyección. Un trazado donde, oculto por el paso de las décadas y las mudanzas de sitio, chisporrotea todavía, lejana pero viva, la figura de Falcón.

Su figura y la ruta de su muerte, porque el monumento actual lleva en la memoria de su gesta, olvidado pero no perdido, el marcaje inequívoco del itinerario -Quintana y Junín, Quintana y Callao- que llevó a Falcón al atentado. En esa memoria rescatada, en esa continuidad repuesta, el espacio se vuelve, en sí mismo, un fragmento del pasado que se conserva (Appadurai, 1991; Persino, 2008; Aguilera, 2019; Messina, 2019).

Pero la continuidad que se repone también es de orden temporal, y no deja de señalarnos, por ese otro camino, hasta qué punto en ese monumento actual están aún vivas la memoria de Falcón y de su muerte. Es una cuestión de fechas: el monumento hecho por Nevot fue inaugurado el 14 de noviembre. Esto es: el mismo día en que la bomba de Radowitzky se cobró la vida del jefe policial. El mismo día, nos recuerda el capítulo anterior, en que se había pensado primeramente celebrar el Día de la Policía. Falcón, parece decirnos este camino que desandamos, no es sólo el primer jefe caído. Es, sobre todo, el caído original.[22]

No estoy afirmando nada que no haya sido siempre obvio. En la primera Cena Anual de Camaradería, aquella instaurada por el coronel García y celebrada el 5 de octubre de 1934, el entonces presidente de la Nación, general Agustín P. Justo, ocupó la cabecera de la mesa. El sitio se había engalanado con el escudo y la bandera nacional, y a sus flancos se habían colocado dos retratos. Uno, el de Marcos Paz. Otro, el del coronel Ramón L. Falcón. Las mismas dos urgentes figuras que habían sido objeto de los primeros homenajes (el busto en el Patio de las Palmeras, el monumento en Quintana y Callao). Es decir: el primer Jefe de Policía a partir de la fecha de la federalización y el primer jefe que rindiera “su vida en cumplimiento del deber, para convertirse en mártir”.[23]

Pero a esta búsqueda que emprendimos le resta todavía la reposición de otro sentido olvidado. Uno que guarda estrecha relación con los hitos que este mirar hacia atrás fue deshilvanando y que acerca, creo yo, un dato que sorprende pero para nada desentona. Me refiero a la fecha en que se instaura el Día del Policía Federal Caído en Cumplimiento del Deber. O mejor dicho, no me refiero tanto a la fecha como a la clase de efeméride que se instaura. O aun mejor: me refiero a la figura puntual que se elige conmemorar en ese día.

La historia institucional no guarda memoria de ese a partir de cuándo, aunque es evidente que tiene que haber sido posterior a 1976. La prensa, sin embargo, ha dejado esa fecha bien establecida. Se trató del junio de 1979. Fue ese el año en que la Policía Federal Argentina decidió otorgarle, al caído, un día de recuerdo particular.

La fecha es coincidente, como adelantáramos, de un periodo específico de la propaganda dictatorial, focalizado en la revitalización del consenso con la sociedad a partir de la inscripción en el espacio público de narrativas y símbolos que realzaran el valor del Ejército y la unidad cívico-militar. La introducción de feriados, la celebración de fiestas patrias y aniversarios, o la realización de desfiles fueron algunas de las prácticas llevadas a cabo para reivindicar historias, tradiciones y figuras que representaran hitos de la gesta heroica de la patria. En la misma línea se declararon sitios de interés patrimonial, se cambiaron los nombres de plazas y de calles, y se colocaron placas, bustos y monumentos (es acá cuando Falcón obtiene su calle, su plaza y su patrimonio histórico). Los integrantes de las fuerzas “caídos en cumplimiento del deber” y en “defensa de la patria” sobresalieron especialmente en estas narrativas (Schenquer y Cañada, 2020).

Pero no radica en la fecha el dato, sino en la carga nominativa que se pone en juego. Una carga que había quedado completamente sepultada bajo el peso de los años. Es cierto que en eso consiste, finalmente, el trabajo de la memoria: en adicionar, en trasladar, en dejar caer. Lo hemos visto suceder, con mayor o menor pérdida conceptual, en relación al nombre (dado o anhelado) del monumento que se pensaba para los caídos. Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber. Monumento al Policía Caído en Cumplimiento del Deber. Monumento al Agente y Bombero Caídos en el Cumplimiento de su Deber.[24] Monumento al Agente de la Autoridad Caído en su Puesto.

Algo similar ha sucedido con el Día del Policía Federal Caído en Cumplimiento del Deber. Similar pero de distinta relevancia política, pues se trata -este nombre que ha sobrevivido- de una forma acortada del nombre original:

Emotivo homenaje se rindió esta mañana a los policías federales caídos en la lucha contra el terrorismo. El acto, que culminó con un desfile de 1.200 efectivos de todas las especialidades de la institución, fue presidido por el titular de la misma, general de brigada Juan Bautista Sasiaiñ, asistiendo altas autoridades nacionales, militares, civiles y eclesiásticas. Entre los presentes se hallaban los ministros de Justicia, doctor Alberto Rodríguez Varela, y de Defensa, contraalmirante (RE) David Rogelio H. de la Riva; el jefe del Estado Mayor General del Ejército, general de división Carlos Guillermo Suárez Mason; el comandante del I Cuerpo de Ejército, general de división Leopoldo Galtieri; el director y comandante de Remonta y Veterinaria, general de brigada Ramón Camps; el subsecretario de Interior, representantes de los tres comandantes en jefe de las fuerzas armadas y de la comuna metropolitana y otras personalidades. Tras el Himno Nacional se dio lectura a la orden del día por la que se dispuso el homenaje, instituyéndose el 2 de julio de cada año como el Día de los Caídos en la Lucha Contra el Terrorismo, en orden de la Policía Federal.

Inmediatamente el capellán mayor del organismo, presbítero José Gustin, pronunció un responso y una oración, señalando que “la muerte, para los que no tienen fe, es el fin de todo, pero para nosotros, los creyentes, es el principio de la vida nueva, que no muere más”, y afirmó que “los camaradas caídos en la lucha contra la guerrilla marxista y el terrorismo son una inmensa reserva espiritual y la fuerza ideológica, nacional y cristiana, en esta historia heroica de los argentinos, cuando se lucha por la libertad y la dignidad humana”. Luego habló el subjefe de la Policía Federal, comisario general Martín Emilio Blottner, quien recordó que el 2 de julio de 1976, “en dependencia de la Superintendencia de Seguridad Federal, un atentado criminal cobró el tributo más cruento que la repartición ofrendara a la patria en su lucha inquebrantable contra el terrorismo. Ellos, como todos los mártires -afirmó-, jamás morirán en el tiempo del recuerdo, porque siempre estarán transitando a nuestro lado, las batallas cotidianas contra todas las manifestaciones delictivas, junto a la hora de las decisiones más difíciles, custodiando, en su vigilia de heroísmos silentes, el trabajo y el descanso de la sociedad que supieron proteger hasta las últimas consecuencias”.

Finalmente, se colocó una ofrenda floral frente al Monumento al Policía Caído en el Cumplimiento del Deber, ubicado en Díaz Vélez y Campichuelo, lugar donde se llevó a cabo el acto. Hubo, además, un toque de silencio y como marcial cierre, bajo una pertinaz llovizna, desfilaron los efectivos de infantería y motorizados de la institución ante el palco oficial.[25]

La nota de prensa es clara: Día de los Caídos en la Lucha Contra el Terrorismo. Un nombre significativamente distinto al que ha llegado hasta nuestros días. Diría más: sensiblemente distinto. La Orden del Día que lo instituye ratifica ese matiz que la prensa difunde:

Buenos Aires, 25 de junio de 1979.

 

VISTO:
Que el próximo día 2 de julio se cumple un grave aniversario del grave suceso que enlutó a la familia policial al ser detonado un artefacto explosivo en el edificio sito en Moreno 1417, sede de la Superintendencia de Seguridad Federal, y

CONSIDERANDO:

Que la magnitud del vandálico atentado determina el hecho terrorista, donde cayó el mayor número de miembros de la Institución, involucrando en un solo holocausto y por igual, a personal superior y subalterno, hombres y mujeres.

Por tal es ese día sin duda, el día que recuerda y testimonia no sólo la incondicional conducta de la Policía Federal en la lucha contra el terrorismo, sino también, el tributo de vidas que por ello debió brindar a la Patria.

Que a los mártires de ese hecho se suma la dolorosa nómina de policías caídos en el cumplimiento del deber, a manos del terrorismo organizado que en esa época asolaba al país.

Que todos ellos fueron parte de esa luz esclarecida que hizo posible la hazaña de terminar con el caos, la vergüenza y el miedo.

Que todos ellos, por su inmenso sacrificio quedarán por siempre en la historia de la Institución y en la memoria agradecida de la Patria.

Por ello, y en uso de las atribuciones que le son propias,

El Jefe de la Policía Federal Argentina,

RESUELVE:

Artículo 1° – Instituir con carácter permanente el 2 de julio de cada año, como el “Día de los Caídos en la Lucha contra el Terrorismo”, para honrar la memoria del policial inmolado en aras del deber en un aciago periodo de la historia nacional.

Artículo 2° – Llevar a cabo la ceremonia de institución, el próximo lunes 2 de julio del corriente año, a la hora 10.30, frente al monumento a los “Caídos en cumplimiento del deber”, sito en la intersección de las Avdas. Díaz Veléz y Campichuelo, de esta capital…[26]

Poco es lo que podemos saber, a tanto tiempo de distancia, sobre el proceso de ideación e institución de esta efeméride. Se trata, por lo general, de decisiones políticas tomadas en el seno de las jefaturas, con pormenores que dejan nula huella escrita. Tampoco sabemos si esta nominación original fue formalmente cambiada a la que conocemos actualmente en algún momento posterior a la reanudación democrática (no hemos dado con el documento oficial que así lo acredite). O si se trató, por el contrario, de un nombre que -caída la dictadura y Juicio a las Juntas mediante- convino simplemente dejar de repetir hasta olvidar. En todo caso, poco importa a los efectos de este argumento, que consiste en señalar -sin caer en esencialismos simplistas o en prolongaciones rígidas- una determinada zona de arranque. Una zona, por supuesto, deudora de una época -una institución militarizada en el contexto de un gobierno de facto-, pero así y todo una zona que vuelve, finalmente, sobre las mismas repeticiones y las mismas presencias. La de la inmolación en tiempos de desquicio y de barbarie. La de las muertes que son merecedoras de pasar al bronce. Falcón, Villar, Cardozo, la Superintendencia de Seguridad Federal, anarquistas, subversivos, Montoneros.

Los significados de las cosas no están cargados unívocamente y para siempre, pero eso no significa que no estén cargados de historia. Que no cubran, sobre la superficie de sus aguas, un fondo de otras aguas: estancadas, sin aire, un fondo de aguas muertas. Uno que estaba plenamente vigente en 1981, cuando el subjefe Blottner, en el todavía públicamente llamado “Día de los caídos en la lucha por la delincuencia subversiva”, celebraba que “las extremas internacionales no pudieron quebrar la espina dorsal de la seguridad pública”.[27]

Lo que busco resaltar es sencillo. Que abajo del 2 de julio actual está el 2 de julio primigenio. Que abajo del nombre de hoy está el primer nombre. Y que más allá del vaivén de sus formas contemporáneas, está su origen. Está la intención primitiva de honrar al policía inmolado en aras del deber, pero está sobre todo el gesto (permanente, se propone desde la Orden del Día) de hacer valer ese homenaje ante una clase particular de sacrificio: el de quien muere a manos de la guerrilla marxista. El de quien ofrenda su vida en la lucha contra la delincuencia subversiva. En ese gesto inicial, en esa inscripción semántica y política (en ese eufemismo largamente escuchado), está, finalmente, la marca del terrorismo de estado.

Son, éstas, marcas que se han perdido. O mejor dicho, que se han ido desvaneciendo de los objetos conmemorativos. De tan gastadas, invisibles -como decía Musil de los monumentos. Me refiero a la nominación original que soportaba la efeméride. Pero me refiero también a la memoria de Falcón que la estatua de Nevot recoge. Y a los diversos nombres que ese monumento ha tenido, que reflejan el paso de los años y la muda de los intereses. Y también a las placas que lo fueron escoltando, y que hoy ya no lo acompañan. Me refiero a cómo algunos sentidos tuvieron éxito en la marcación persistente del recuerdo, y cómo otros perdieron esa batalla por la marca (Jelin y Langland, 2003).

Un solo ejemplo: el Monumento de Desagravio tenía, al momento de su inauguración, dos relieves en su pedestal. Uno, el que todavía vemos en el frente, del coronel Falcón y su secretario Lartigau. Otro, que ya no existe, de dos niños que murieron en ese mismo atentado. En 1914 la conmemoración los incluía: “Aquí, por la voluntad y derecho de un pueblo agraviado; aquí, en cumplimiento de un mandato de la ley sancionada por el honorable congreso de la nación; aquí … quedan grabados por obreras manos de hoy los nombres inmortales de Falcón y Lartigau, y por manos obreras de hoy los nombres también inmortales del obrero Stella y el de dos tiernas criaturas, de esos pobrecitos niños, Mario Bianchi y Esteban Caraicochea, también hijos de humildes obreros, cuyas madres les lloran aun, dando rienda suelta a su dolor sin fin”.[28] Al siguiente monumento, cuatro años después, de esos nombres inmortales ya se han borrado por completo del conteo de las muertes de esa jornada.

Pero la memoria no sólo opera sustrayendo. También suma, rescatando selectiva y parcialmente, en función de los intereses y necesidades del momento presente. Hay (había) una placa en uno de los laterales del pedestal del Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber. Una semejante se encuentra en el hall de ingreso al Departamento Central de la PFA. Ambas homenajean al alguacil Don Domingo de Guadarrama, “primer caído en cumplimiento del deber” el 4 de agosto de 1615. Podría creerse, por la fecha del caído, que las placas llevan allí desde antiguo. Por el contrario, llevan allí (en ambos sitios) sólo desde 2015, cuando el entonces jefe de la institución, comisario general Román Di Santo, decidiera desempolvar la figura a 400 años de su muerte, proponiendo, en ese movimiento de recuperación, una historia institucional de profundos anclajes (pero no siempre recalcada como compartida: el “primer mártir policial”, quien fuera sorprendido “en la esquina de Cristóbal Navarro y acuchillado repetidas veces hasta que lo dejaron por muerto”, pertenecía a la Policía de Buenos Aires; es decir, a la institución que nucleaba a las luego diferenciables Policía de la Capital y Policía de la Provincia de Buenos Aires).[29]

La memoria, se ha dicho, sigue estructura de mosaico. Opera por sobre-posición: entre olvido y recuerdo, entre censura y revelación. En perpetuo movimiento, entrecruzando las dimensiones temporales, tensiona el concepto mismo de contemporaneidad. Esos rastros del pasado que permanecen, no son, en sentido estricto, una vía de acceso a un tiempo otro. Son una señal de la simultaneidad de lo no simultáneo. Una pervivencia: un pasado siempre abierto, jamás estancado en una sola temporalidad (Cavallaro, 2000; Didi-Huberman, 2009; Benjamin, 2016; Svampa, 2021).

Por eso los monumentos resultan tan provechosos para desandar lo procesual. Porque nos enfrentan, a primer golpe de vista, y para volver a Musil, con aquello que ya no vemos. Pero, al mismo tiempo, suficientemente indagados, nos dejan ver. Ahí tenemos al monumento de Nevot que hemos revisado a lo largo de este capítulo, aparentemente fijado en los 1960-70s, con su escultura no alegórica y su figura real de policía de la época, con el uniforme tal cual se usaba entonces: la gorra rígida, la camisa con corbata, la chaquetilla prendida al frente, el cinturón con la tira cruzada al hombro, la placa de chapa sobre el costado izquierdo, los zapatos de lazo. Tan contemporáneo de su tiempo. Y aun así, tan habitado por otros.

Este capítulo trató de abordar esa co-existencia. Es, en su superficie, un capítulo sobre el proceso de construcción de una conmemoración. Pero es también, y sobre todo, un capítulo sobre cómo se recuerda. Sobre aquello que adelantaba en la Introducción: sobre los vaivenes, las sedimentaciones, las oleadas por las que sabemos, olvidamos, y volvemos a recordar. Porque los objetos, finalmente -las efemérides, los monumentos-, no son sólo aquello que fueron hechos para ser. También son, a través de capas y capas de sentido, aquello que se van volviendo.


  1. Canal PFA OFICIAL. (28 de septiembre de 2018). Discurso del Jefe de la PFA en Monumento a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber [Archivo de Video]. YouTube. https://bit.ly/3VzM1m2
  2. (26 de septiembre de 2018). Polémica por un festejo de egresados sobre el monumento a policías caídos. Infobae. https://bit.ly/3LWXEQM
  3. (28 de septiembre de 2018). Estudiantes que bailaron en un monumento hicieron un acto de desagravio. Clarín. https://bit.ly/3nvY5rT; Canal PFA OFICIAL. (28 de septiembre de 2018). Discurso del Jefe de la PFA en Monumento a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber [Archivo de Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=6Wn0ZXSxBTI
  4. (5 de julio de 1981). Honró la Policía Federal a víctimas en la lucha contra la subversión. La Prensa, 5.
  5. (5 de julio de 1981). Honró la Policía Federal a víctimas en la lucha contra la subversión. La Prensa, 5.
  6. (4 de noviembre de 1981). Decreto Ley 1809. Boletín Oficial, 3.
  7. No me ha sido posible encontrar información sobre ese cuadro. Hay mención a un cuadro similar para la misma fecha, pero en la Policía de la Provincia de Buenos Aires. El mismo consistía en una extensa lista de nombres, a modo de homenaje “al personal muerto por la delincuencia terrorista”. Al pie del cuadro se leía: “Ellos murieron para que la patria viva”. Se menciona que el cuadro fue retirado en algún momento de todas las dependencias policiales. Puede verse uno exhibido en la Escuela Vucetich. Para una imagen del mismo, ver https://bit.ly/44Bsfe6
  8. (14 de noviembre de 1972). Monumento al Policía Caído. La Razón, 10.
  9. (1971). Monumento al policía muerto en cumplimiento del deber. Gaceta del Centro de Oficiales Retirados de la Policía Federal Argentina, (23), 3-4.
  10. (1971). Nuestra actualidad. Gaceta del Centro de Oficiales Retirados de la Policía Federal Argentina, (25), 7.
  11. (22 de junio de 1972). Boletín Municipal de la ciudad de Buenos Aires, N° 14.319, 21.256-21.257.
  12. En estricto sentido técnico, no se trató del primer monumento a los caídos. Uno anterior ya había sido inaugurado el 3 de mayo de 1966, en los jardines del Cuerpo de Policía Montada, en el contexto del 73° aniversario de creación de esa unidad. El llamado Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber del Cuerpo de Policía Montada fue logrado por iniciativa e inversión del propio Cuerpo y “no tiene autor, pues la obra interior es de mampostería y la única imagen es la Virgen de Nuestra Señora de Luján. En el basamento se lee la inscripción esculpida de Cuerpo de Policía Montada A los Caídos en Cumplimiento del Deber: Sus Camaradas. El mismo lleva aplicada una gran placa de mármol blanco y sobre ella otra menor de granito negro, con 30 plaquetas con los nombres, apellidos y fechas de decesos de los caídos del Cuerpo, que van desde el año 1901 a 1984. Corona el monumento un nicho, con puerta de vidrio, dentro del cual fue entronizada en el año 1968 una imagen de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, traída expresamente desde esta última localidad a caballo por el comisario César Luis Orgiles y una escolta” (Rodríguez, A. E. (2003). Temas policiales. Ediciones La Llave, 236).
  13. Asociación Civil Grupo de Viudas y Familiares de Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber. Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber. https://viudaspfa.org/#!/-inicio/
  14. Rodríguez, A. E. (2003). Temas policiales. Ediciones La Llave, 231-232. Ver también: Carrasco, F. (1980). Coronel Luis Jorje García. Centenario de su nacimiento. Mundo Policial, 19.
  15. Rodríguez, A. E. (2003). Temas policiales. Ediciones La Llave, 231. Ver también: Rodríguez, A. y Zappietro. E. (1999). Historia de la Policía Federal Argentina. A las puertas del tercer milenio. Editorial Policial, 256.
  16. (14 de junio de 1918). Inauguración del monumento a Falcón. La Razón, 7.
  17. (16 de junio de 1918). El monumento al coronel Falcón. La ceremonia inaugural. La Prensa, s/d.
  18. (13 de diciembre de 1914). Desagravio a la cultura nacional – Inauguración del monumento. La Nación, 9.
  19. (16 de junio de 1918). El monumento al coronel Falcón. La ceremonia inaugural. La Prensa, s/d.
  20. (16 de junio de 1918). El monumento al coronel Falcón. La ceremonia inaugural. La Prensa, s/d.
  21. (13 de diciembre de 1914). Desagravio a la cultura nacional – Inauguración del monumento. La Nación, 9.
  22. Agradezco a Mariana Tello la precisión de esta última frase.
  23. (1934). La comida de camaradería policial, celebrada el viernes 5 del corriente mes. Policía Argentina, (871), 642.
  24. La escultura de Nevot le hace justo honor a la amplitud nominativa de ese entonces: el caído lleva en la cintura su tonfa y su arma, pero a sus pies aparece un casco de bombero (y una gorra de policía se asoma entre los pies de la figura alada). Tal vez el artista haya seguido al pie de la letra el nombre que el proyecto recibiera en sus orígenes; tal vez haya querido introducir, en la obra, una valoración personal. Justamente, la hija del escultor, Laura Nevot, me ha referido, en una entrevista personal, que su padre tenía gran aprecio por el personal del Cuerpo de Bomberos.
  25. (2 de julio de 1979). Se rindió homenaje a los caídos en la lucha contra el terrorismo. La Razón, 12.
  26. (26 de junio de 1979). Institución del ‘Día de los Caídos en la Lucha contra el Terrorismo’. Orden del Día, (132), 956.
  27. (5 de julio de 1981). Honró la Policía Federal a víctimas en la lucha contra la subversión. La Prensa, 5.
  28. (13 de diciembre de 1914). Desagravio a la cultura nacional – Inauguración del monumento. La Nación, 9.
  29. (1981). Síntesis histórica de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, 1580-1980. s/d, 10. Negritas y cursivas en el original.


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