Una introducción
Jorge Rahal fue un comisario de la Policía Federal Argentina (PFA) que le escribió un poema a un perro. Se entiende: no a cualquier perro. Se lo escribió a uno, Chonino, que tuvo varios logros: le dio nombre a una calle (paralela a la porteña Figueroa Alcorta) y a una efeméride (el Día Nacional del Perro). Inauguró también un título: el del “primer perro caído en cumplimiento del deber”. Su esqueleto, montado como en vida, puede verse todavía en una de las vitrinas del Museo de la PFA en Buenos Aires.
La historia es ampliamente conocida y no tiene sentido repetirla. Baste con decir que Chonino murió el 2 de junio de 1983, protegiendo a sus dos compañeros-policías en un escenario de enfrentamiento. Y eso lo convirtió en héroe. Pero en todo caso, no interesa acá esa historia, sino lo que nos deja vislumbrar: lo estructurante que debe ser el relato del caído,[1] en la institución policial, como para que su uso le quepa a la narración de la muerte heroica de un perro.
El relato del caído en cumplimiento del deber se nutre de estos elementos que la historia de Chonino sugiere: la valentía, la muerte, la ofrenda. La actuación del oficio conlleva un riesgo, pero también conlleva una misión. Y a la policía le ha gustado, desde antiguo, pensarse en esos términos. Y hacer de la muerte de los que así mueren una muerte honrosa, al presentarla como una muerte ofrecida. De servicio, de franco, con o sin uniforme, presto a frustrar un asalto propio o ajeno, todo policía que muere tiende a pulsar rápidamente la cuerda del héroe caído.
De ese relato como fundante hablan innumerables hechos, de distintas magnitudes. Las placas que homenajean y recuerdan a los caídos en el hall de entrada de cualquier dependencia policial -comisaría, escuela o cuartel (en la ex Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y actual Ministerio de Seguridad, se las conoce coloquialmente como “tablas de sangre”). Las poesías que los familiares de policías mandan a las revistas policiales para honrar a los muertos de la gran familia. La franja negra (o Luto Nelson) que recuerda -desde el lateral de las polleras del uniforme prusiano de las cadetes de la Escuela Vucetich- a los policías caídos en servicio. Los monumentos que en plazas y predios inmortalizan su vocación y su sacrificio. Las crónicas de las pérdidas que atraviesan, infaltables, las colecciones de cuentos y memorias de los policías escribientes. Los altarcitos con velas, vírgenes (y algunos gauchitos gil) que arman los compañeros de los caídos para alojar el recuerdo de sus nombres. O para ir a ejemplos más particularizados: la lista de “Caídos en Cumplimiento del Deber” que lleva online la Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Buenos Aires: “no nos olvidemos de ellos ni de los que nos precedieron”. O el Álbum de Honor In Memoriam donde la Policía Federal Argentina registra a sus caídos desde 1869, y que se exhibe, por duplicado, en la Jefatura y en el Museo Policial, actualizándose año a año para venerar a aquellos “que pagan con su vida el sostén de su vocación de servicio”.
La muerte es una marca distintiva de la institución policial. Pero más como horizonte de sentido que como horizonte de posibilidad. Me explico: se trata, claramente, de un hecho factible en el ejercicio de la función. Y no sólo factible: también ampliamente tematizado. De hecho, el conteo minucioso de “policías muertos en lo que va del año” es una preocupación siempre vigente tanto al interior de la institución como en los medios de comunicación. Sin embargo, la enorme presencia de este tópico -el de la muerte en servicio- no se condice con una relevancia estadística. Ni de peligrosidad excluyente de la función (un 30% de la labor policial comprende tareas administrativas), ni de mayor riesgo en términos de profesión:[2] el Informe Anual de Accidentabilidad Laboral realizado por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo para el año 2020 señala como las actividades de mayor letalidad aquellas relacionadas con el “suministro de electricidad, gas, vapor y aire acondicionado” y con la “construcción”. Aun así, el relato del caído impregna fuertemente la labor policial. Por eso es la conmemoración que interroga este libro.
Si hay un día que cale hondo en el ADN institucional, aglutinando sentidos de oficio y pertenencia, es éste. Mucho más que el día del policía o de la Policía (como institución). Que no se malentienda: no estoy afirmando que el día del policía, o el día de la Policía, no sean importantes. Se celebran de hecho en cada fuerza: el 16 de noviembre es, por ejemplo, el Día de la Policía de la Provincia de Córdoba. El 13 de diciembre, el Día de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. El 31 de agosto es el Día de la Policía de Santa Fe. El 9 de octubre era -originalmente- el Día de la Policía Federal Argentina (que pasó luego a tener toda una semana de conmemoraciones). El 19 de abril es el Día Nacional del Policía.
No son, éstos, días que pasen desapercibidos. No estoy diciendo que no sean importantes. Lo que estoy diciendo es que el día del caído logra tocar una fibra más íntima. Reparemos si no en los motivos que sostienen ambas celebraciones. Los días del policía o de la Policía evocan actos administrativos (que no necesariamente coinciden con la creación de esas instituciones). El Día de la Policía de la Provincia de Córdoba, por ejemplo, conmemora a aquel 16 de noviembre de 1860 en que fue organizada como policía de seguridad dependiente del Poder Ejecutivo. En vena similar, el Día de la Policía de la Provincia de Buenos Aires recuerda a aquel 13 de diciembre de 1880 en que se reestructuró la institución, a causa de la cesión y federalización de una porción de territorio bonaerense.[3] El Día Nacional del Policía, celebrado desde 1999, evoca a dos 19 de abril: el de 1947, en que se sentaron las bases del Convenio Policial Argentino, y el de 1983, en que se aprobó su reglamento.
El día del caído en cumplimiento del deber establece, en cambio, otro tipo de recuerdo. Propone otro tipo de memoria. En la Policía de la Provincia de Mendoza se celebra el 20 de marzo, desde el año 2020, como recuerdo del día de 1861 en que un terremoto destruyó la ciudad y segó la vida de los vigilantes que cumplieron la tarea de rescatar, asistir y proteger. En la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, el día del caído se celebra, también desde el 2020, cada 31 de octubre, en recuerdo de dos policías que murieron, en 2017, en un enfrentamiento armado con delincuentes. En Bomberos de la Ciudad de Buenos Aires el día se celebra, desde el 2021, el 2 de junio, en recuerdo de dos bomberos que murieron, un año antes, en el contexto de un incendio en una perfumería. En la Policía Federal Argentina, la fecha escogida es el 2 de julio, en referencia a ese día de 1976 en que un atentado en el comedor de la por entonces Superintendencia de Seguridad Federal provocó la muerte de más de veinte policías (anteriormente había sido conocida como “Coordinación Federal”). La figura es tan potente que también tiene un día que trasciende fronteras: El Día Internacional en Memoria de los Policías Caídos en Acto de Servicio se celebra cada 7 de marzo, desde 2019.
Como vemos, lo que subyace al día del policía o de la Policía es la conmemoración de una cierta (y nueva) estructura organizativa. El conteo de años, inicios y duraciones; el realce de una marca burocrática. Lo que está debajo del caído es el corazón narrativo del oficio: el arrojo, el servicio, el heroísmo, la muerte. Sobre todo la muerte, y esto hay que dejarlo enfatizado desde el inicio. Pues no vale lo mismo el arrojo, el servicio y el heroísmo de quienes no pierden (no entregan) la vida. Las Policías están llenas de historias de hombres y mujeres institucionalmente desplazados/as a causa de las discapacidades físicas que les dejaron actos de servicio que, por muy valientes y heroicos que hayan sido, no les permitieron la entrega última.
La muerte es la ofrenda máxima y es, por ello, la clave que estructura la figura conmemorativa. El caído en cumplimiento del deber encumbra el coraje y el afán de servicio, pero exalta sobre cualquier otra cosa la muerte (no cualquier muerte, por supuesto; la muerte bajo determinadas condiciones). Baste si no asomarse a dos fechas de incorporación reciente al calendario conmemorativo. En 2018 se decretó, para la Policía de la Provincia de Mendoza, el 14 de agosto como el Día de la Mujer Policía, en conmemoración del día en que nacía la primera mujer policía de la provincia en perder la vida (en 1999) mientras se dirigía en auxilio de compañeros agredidos. Tres años después, en 2021, se repite el patrón: el 10 de enero se convierte en el Día de la Mujer Policía de la Provincia de Buenos Aires, en evocación del natalicio de la primera mujer policía de la provincia en morir en acto de servicio, en 1993, cuando -aun estando de franco- acudió en ayuda de los compañeros que enfrentaban un hecho delictivo. Ambos casos muestran esquemas similares y dejan una cosa en claro: que la fecha en que se conmemora puede ser novedosa y descansar formalmente en el inicio de una vida, pero que el motivo de la conmemoración se agolpa en torno a su pérdida. La muerte es -sigue siendo- la clave de lectura.
Pero no hay que remitirse sólo a ejemplos cercanos en el tiempo para descubrir este esquema. También otras fechas, en apariencia contingentes, esconden esta centralidad de la muerte. Tomemos el caso de la Policía Federal Argentina. El Día de la Policía se celebró, por primera vez, el 9 de octubre de 1926, durante la jefatura de Jacinto Fernández, en los Jardines de Invierno de Palermo. La Policía Federal Argentina no era todavía la Policía Federal Argentina, sino la Policía de la Capital (1880-1943/5).[4] Con la presencia del presidente de la Nación -Dr. Marcelo T. de Alvear- y de todo su gabinete, tuvo lugar un desfile encabezado por el jefe de la División Bomberos y se presentaron formaciones con representantes de cada comisaría. La instauración del día buscaba acercar la Policía a la población, creando el espacio propicio para proponer el reconocimiento de quienes llevaban adelante tal labor. Así, el Día de la Policía servía para recordar servidores pasados, tanto como para premiar a los presentes por “acciones destacadas del servicio y por actos de arrojo en salvatajes y rescates heroicos”.[5] Pero el día instaurado no era fijo, y su futuro conocería vaivenes y ampliaciones. Hubo que llegar al año 1945 para que la celebración quedara firme en una fecha: el último sábado de octubre. Y hubo que alcanzar el año 1964 para que esa celebración se dilatara en una semana completa, también la última de octubre. Los actos celebratorios devinieron entonces en la Semana de la Policía Federal Argentina.
Pero ese festejo, que se concretó en 1926, llevaba tiempo gestándose. Era, en realidad, una vieja aspiración. Las fuentes institucionales sitúan su origen el 21 de febrero de 1919, cuando en un festival en el cine Petit Splendid de Buenos Aires -en que los vecinos de la comisaría 13 distribuían premios a los agentes de policía-, comienza a pensarse en la necesidad de un “Día del Agente” o un “Día de la Policía”. La idea no prosperó, pero quedó latente. Tampoco prosperó la fecha que se había propuesto originalmente: el 14 de noviembre, aniversario del atentado y muerte, en 1909, del por entonces jefe de policía, Ramón L. Falcón. El porqué de la fecha contemporánea de celebración -9 de octubre / última semana de octubre- se ha perdido, pero una cosa resulta evidente: que esa semana esconde, en sus orígenes, la intención de celebrar una vida policial arrebatada. La figura del caído sintetiza un concepto que viene celebrándose -directa o indirectamente- desde los inicios institucionales.
Pero, ¿qué es exactamente lo que se celebra, en la institución policial, cuando se celebra al caído en cumplimiento del deber? La pregunta nos obliga a desarmar la trama de sentido con que se teje una conmemoración. Y nos obliga a entender que una conmemoración no es un mero ejercicio lineal de reconocimiento del pasado. Conmemorar es, por supuesto, comunicar una memoria que se afirma y se proyecta como común. Es decir, revivir de forma colectiva la memoria de un acontecimiento que se considera fundante (conmemorar significa, etimológicamente, “recordar juntos”). Conmemorar es reproducir el pasado en el presente. Pero no es cualquier pasado el que se reproduce. O mejor dicho: esta reproducción no es aséptica. Todo proceso de conmemoración implica la intencionalidad de guardar memoria, pero en tanto esta intencionalidad se entienda como la de fijar una determinada versión del pasado. La conmemoración propone un vínculo determinado entre la historia, la memoria y la política, pues selecciona -de entre los abundantes sucesos del pasado- aquel merecedor de ser recordado. Se rememora -se conmemora- aquello capaz de ser significativo al interior de la memoria del grupo. Así, los fechas y sucesos que se eligen (tanto como los que se descartan) refuerzan el intento de instaurar, en la arena institucional, una determinada narrativa. Es decir, una matriz significante -hechos, sitios, personajes, acciones- a partir de la cual estructurar las coordenadas del grupo (Connerton, 1989; Rodrigues da Silva, 2002; Stewart, 2004; Jelin, 2007; Hite, 2013).[6]
Entonces, ¿qué es exactamente lo que se celebra, en la institución policial, cuando se celebra al caído en cumplimiento del deber? ¿Qué se conmemora en la selección de esa fecha? La pregunta que formulamos en este libro no apunta tanto a una respuesta de datos escolarizados como a la visibilización de una trama. Esto es, a la indagación de los significados, los relatos, la historia y la memoria que se construyen en torno a esta conmemoración. A la indagación de lo que se pone en foco y de lo que se mantiene en sombras. Qué se conmemora, cómo y por qué. El ejercicio es fundamentalmente político, pues como bien señala el antropólogo portugués de Pina-Cabral (2008), conmemorar es reivindicar.
Justamente por esto -por la pretensión de responder develando tramas-, seguir el hilo de todos los días del caído, a lo largo de todas las Policías nacionales, sería un ejercicio tan agotador como improductivo. Obligaría a una prospección tan abarcativa que terminaría resignando profundidad, en tanto implicaría forzar la coherencia de la unidad de análisis -el Día del Caído en Cumplimiento del Deber- con la atención a diversas realidades geográficas e institucionales. Este libro propone entonces la selección de un caso de estudio, que permita ceñir la investigación a una realidad institucional particular, a la vez que permita servir de base para establecer diálogos con otras realidades policiales del país.
Ese caso de estudio recae en la Policía Federal Argentina. Y esto por varios motivos. Se trata, en primer lugar, de una fuerza de seguridad nacional, con presencia y jurisdicción en todo el país y que -hasta 2016/7-[7] cumplía funciones en la ciudad capital argentina. Se trata, esto es, de una fuerza de seguridad de gran importancia y alcance, pero no sólo en lo político y lo geográfico, sino también en lo narrativo: sus hitos y relatos institucionales gozan, consecuentemente, de larga visibilidad. Se trata, además, de una fuerza policial que ha logrado reclamar con éxito una larga cronología y una profunda riqueza histórica (y que ha logrado monopolizar simbólicamente el pasado que compartiera, hasta 1880, con la Policía de la Provincia de Buenos Aires). Se trata, asimismo, de una Policía profusa en historiadores y pensadores propios, y dueña de una vasta obra de reflexión e historización sobre sí misma y su quehacer (que lega gran cantidad de documentación al análisis). Se trata, finalmente, de una fuerza policial cuyo día del caído -el 2 de julio- se ha tejido en relación a una historia cuyas capas y tramas de sentido la vuelven particularmente rica al análisis. Este libro, entonces, pivotea alrededor de la Policía Federal Argentina y de su historia, aprovechándose de la potencia política y semántica que se derivan de su federalismo y de su largo “centralismo” porteño.
El abordaje de esta temática tiene contornos definidos, que es necesario explicitar. Si este libro indaga en torno a la conmemoración del caído, lo hace -centralmente- a partir de su consideración en tanto figura o relato. Esto es, en tanto narrativa que pone en escena discursos, vivencias y valorizaciones que permiten pensarse como grupo social y como institución. Un relato es una ficción que condensa significados. Y en tanto ficción, el relato despliega una realidad cuya construcción no está necesariamente gobernada por la verificación empírica o por la necesidad lógica, sino por la convención y la necesidad narrativa. Afirmar esto equivale a decir que el relato, en tanto narrativa, no pertenece al plano de la descripción de los hechos, sino al de su interpretación. No alude necesariamente a personas reales o sucesos más o menos verdaderos, sino a modelos prototípicos que encarnan mensajes aleccionadores. El relato no representa, sino que construye realidad, y lo que importa en él no es cuánto se acerca o se aleja de ella, sino la realidad que ayuda a conformar (Bruner, 1991; Ochs y Capps, 1996). No hay verdadero o falso en un relato. Como ya dijo el escritor Martín Kohan: cuando se trata de un relato, indagar en la verdad de sus hechos es menos pertinente, pero también menos interesante, que indagar en su eficacia.
Así, un relato involucra un universo de sentidos políticos y sociales, pero, más aun, un universo ético y moral. Un relato provoca resonancias conceptuales, pero también emocionales; evoca y manipula no sólo ideas sino también sentimientos (Leavitt, 1996). Y en tanto el relato lo es de una historia ejemplar, resulta claro señalar que un relato no se conforma, por lo tanto, por la descripción aséptica de un evento, sino por la conversión de un acontecimiento en un mensaje, por la cristalización de un hecho en un ejemplo. Esto es, por una narrativización que porta una fuerte carga emocional. El relato no registra eventos. Antes bien, construye una estructura narrativa cuya configuración y cierre aspira a un significado moral (Carr, 1986; Ewick y Silbey, 1995; Hohr, 2000).
Esta consideración nos aleja, por lo tanto, de dos cuestiones. Este libro no habla de los individuos caídos en cumplimiento del deber. Quiero decir: no habla de historias particulares ni de personas concretas, ni emite juicios o interpretaciones acerca de los hechos de su vida o de su muerte. Habla, en todo caso, de los lineamientos discursivos que se encuentran institucionalmente disponibles para narrativizar esa vida o esa muerte. Este libro tampoco habla del “caído” como figura administrativa; es decir, del encuadre burocrático que ordena institucionalmente a los heridos y/o muertos de la institución (“desvinculado del servicio”, “en servicio”, “por acto de servicio”, “en y por acto de servicio”, “caído en cumplimiento del deber”) y que hace derivar de este encuadre burocrático el sistema de subsidios, pensiones y beneficios que le cabe a quienes arriesgaron -distintamente, dice la institución- su vida. Este libro habla, una vez más, del campo de sentidos con que se trama el relato (idealizado) del caído, más allá de los lineamientos y fronteras que dicta el reglamento de la Policía Federal Argentina. Relato que tiene su origen en la propia institución, pero que por cierto la transciende. Por eso se entenderá también que este libro hable de la institución policial como un todo homogéneo: lo hace así porque este libro aborda al caído como relato, y porque el relato del caído propone un discurso totalizador. Esto no significa, por supuesto, desconocer que la Policía es una estructura que engloba una gran variedad de tareas, funciones y trayectorias profesionales.
En tanto relato totalizador, se entederá también que este abordaje del caído no pueda contemplarse desde la perspectiva de género. Su nacimiento como narrativa y su forjamiento como efeméride es coincidente con una institución eminentemente masculina, que ha tendido ha pensarse, desde sus orígenes, como una profesión a ser ejercida por hombres. Las mujeres policías son, de hecho, un fenómeno del siglo XX, como resumió muy bien Christine Nixon, la primera mujer en alcanzar la jefatura de una fuerza policial en Australia. Esta afirmación se corrobora en nuestro país. Y nombro aquí a las fuerzas más emblemáticas: las mujeres entran de modo regular a la Policía Federal Argentina y a la Policía de la Provincia de Buenos Aires -y en ambos cuadros (suboficiales / oficiales)- recién en la década de 1970.[8] Y añado algo más: es recién orillando el siglo XXI, como veíamos párrafos atrás, que esas mujeres comienzan a tener, en esas Policías, también sus días formalizados y, por qué no, también su reconocimiento indirecto en la conmemoración del caído. “Es tiempo de elevar la conciencia institucional”, se esgrimía por ejemplo en la resolución que instituía el Día de la Mujer Policía de la Provincia de Buenos Aires, “dando el reconocimiento debido, al juramento, compromiso, nobleza, templanza, arrojo” de las mujeres policías de esta institución, “que no dudan del honor de sus funciones, arriesgando día a día su vida en la prevención y represión de delitos, a la par del personal masculino”.[9] Comento todo esto para argumentar por qué esta consideración nos aleja, por lo tanto, de otra cuestión fundamental: en el abordaje particular que hace del caído en cumplimiento del deber, este libro no contempla a las mujeres.
También la aproximación metodológica utilizada en esta investigación tiene contornos particulares a explicitar. El material revisado en este libro se nutre de un trabajo antropológico sobre la institución policial que acumula más de veinte años de reflexión y que comprende instancias de campo, observaciones, entrevistas, charlas informales, espacios de formación, actividades de gestión y recopilación de fuentes. En este contexto, vale aclarar especialmente que el trabajo con material de archivo -su búsqueda, su lectura, su uso- es el de una antropóloga interrogando lo histórico. Entonces: esta interrogación responde a una particular mirada disciplinar que no necesariamente debe -ni pretende- ser cotejada con el modo de trabajo ligado al canon histórico, cuyo manejo metodológico de los datos puede diferenciarse del antropológico, y cuyas preguntas e intereses pueden tener, asimismo, diversos alcances.
Esta explicitación obliga a otra: que el material recuperado en este libro no pretende agotar un panorama. Ni en términos de exhaustividad temática ni en términos de seguimiento cronológico. Lo que busca, en todo caso, es ofrecer un escenario suficiente. Uno que permita, a partir de trazos escogidos, esbozar la semblanza de un mundo. Tal procedimiento obedece, fundamentalmente, a una razón epistemológica: no importa cuán grande sea el universo observado, el argumento no necesita probarse con todos los ejemplos. Pero obedece también a una razón de otro orden: la que conlleva interrogar a una institución cuyos archivos, estadísticas y documentos pueden ser inexistentes, incompletos, de difícil rastreo o de renuente acceso.
Toda institución construye relatos que la sostienen. Para existir como tal, toda institución debe narrarse; es decir, reproducirse (Bruner, 1998; Lewkowicz, 2008). ¿Qué nos dice el Día del Caído en Cumplimiento del Deber en tanto conmemoración policial? ¿Qué nos dice acerca de cómo entiende su función? ¿Qué acerca de los símbolos con que busca (re)presentarse? Este libro aborda esa conmemoración -su fecha, su relato, sus soportes- para interrogar los discursos que tiñen de significación y legitimidad al quehacer policial. Pues si relato e institución se vuelven inseparables, el coraje, el heroísmo, la entrega y el sacrificio del caído son cualidades que, por suyas, son de la fuerza policial toda.
En el abordaje de esta conmemoración, este libro propone un recorrido particular. Se inicia por el nudo del relato y lo desanda, proponiendo una línea de interrogación que privilegia lo argumentativo por sobre lo temporal o lo cronológico. Y que avanza anclándose, cada vez, en uno o dos soportes. El objetivo de este cruce -entre argumentos y anclajes- es doble. Se trata, por un lado, de no circunscribir el análisis de lo conmemorativo a lo puramente discursivo y de prestarle también atención a las distintas materialidades en que esta conmemoración encarna. Se trata, por otro lado, de no resignar matices, reuniendo una variedad de modos de decir que pueda acercarnos a la polifonía semántica que es, en definitiva, todo evento de conmemoración.
Una pregunta se impone desde el principio. La hemos señalado antes: ¿qué se conmemora en el Día del Caído en Cumplimiento del Deber? ¿Qué vidas y muertes se consideran merecedoras de reconocimiento? ¿Qué sentidos se rescatan para ello y por qué? El capítulo que sigue a éste, el segundo, se ocupa entonces de interrogar las líneas temáticas que construyen el relato del caído en la Policía Federal Argentina; ese que se aglutina en torno a ese 2 de julio de 1976. A través del registro de lo discursivo (crónicas, alocuciones, nominaciones), de lo que se trata es de adentrarse en los hilos con que se va tejiendo esa particular trama narrativa.
El capítulo 2 nos enfrenta así al qué del relato: sus actores, sus eventos, su reivindicación. Pero nos pone de frente a otra pregunta: aquella que interroga la conmemoración en su procesualidad. ¿Cómo se institucionalizó esa fecha y ese evento? ¿Cómo -y cuándo- logró privilegiarse esa memoria de entre el caudal enorme de todo lo disponible para ser recordado? El capítulo 3 se ocupa de estas cuestiones, mirándolas a través del lente del Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber, para rescatar los derroteros institucionales y políticos que le dieron su forma particular.
Estos capítulos comercian así con el relato del sacrificio, el heroísmo y la muerte, y con el particular anudamiento del caído con el paradigma de la lucha contra el crimen. Pero el caído en cumplimiento del deber no ha sido, necesariamente, la única figura capaz de convocar tales sentidos. El capítulo 4 propone una nueva inmersión en el pasado histórico, para recuperar, a partir de la interrogación de lo fúnebre (cementerios, tumbas, restos), las raíces profundas con que fueron narrativizadas la muerte y el sacrificio policial, pero para asistir también a otras (antiguas) formas en que se ha resuelto la ecuación entre el heroísmo y la muerte.
Cabe destacar que estos capítulos avanzan adrede a contramano de lo cronológico. Lo hacen por una razón: no buscan preservar el orden de lo temporal, presentando una pesquisa dispuesta de inicio a fines. Buscan preservar, en cambio, el orden de lo investigativo, cuya interrogación de lo pasado es siempre indisociable del momento presente. Máxime cuando se trabaja con temas que involucran la construcción de la memoria: sus vaivenes, sus sedimentaciones, las oleadas por las que sabemos, olvidamos, y volvemos a recordar.
¿Qué sabemos, hoy, sobre el Día del Caído en Cumplimiento del Deber? ¿Qué no sabemos? ¿Qué datos -fechas, razones, protagonistas- no han logrado llegar hasta nosotros? ¿Cuáles se pueden recuperar? La presentación de la investigación en esta clave es, en definitiva, un subrayado epistemológico. Busca recordar que el principio de toda reconstrucción -y toda indagación lo es- se esconde siempre en el tiempo contemporáneo.
Presentado el grueso de la investigación en sí, el capítulo 5 nos acerca las consideraciones finales. Es éste, también, un capítulo que sigue desandando el camino, pues nos enfrenta a una pregunta que precede a todos los contenidos desarrollados en torno al caído. Una pregunta que, oculta en el punto de llegada, estaba ya implícita en el punto de origen. ¿Por qué ocuparse del análisis de los relatos? ¿Qué puede reportarnos el hecho de prestar atención al modo en que las instituciones buscan narrarse?
El capítulo 6 es ya un epílogo. Para mayor precisión: una mirada tras bamablinas. O mejor dicho: una travesía, tal vez de interés, por los caminos -singulares y subjetivos- que fueron dando forma al curso puntual de esta investigación y por ende de este texto.
¿Qué muertos son aquellos cuyas vidas tuvieron que ser interrumpidas para ser reivindicadas? ¿Qué muerte policial es la que llega al bronce?
De eso trata este libro.
- En este caso, y de aquí en más, se usarán cursivas para aludir al relato institucional (en distinción a los “caídos” en tanto policías individuales). ↵
- Los números son aproximativos. Es bueno saber de antemano que las estadísticas oficiales son, cuando no inexistentes para ciertos ítems, de hecho bastante opacas. La información exacta es siempre difícil de ponderar. Por ejemplo: el trabajo que podría considerarse “administrativo” (control de cámaras de seguridad, tareas internas en dependencias, etc.) no corresponde necesariamente a un escalafón en sí, sino a funciones que pueden cumplirse alternativamente a aquellas de exposición en calle. Según números correspondientes a agosto de 2022, el trabajo administrativo representa un 2,5% en el caso del personal superior, un 13,3% en el caso de suboficiales y agentes, y un 17% en el de inteligencia criminal (Subsecretaría de Control y Transparencia Institucional, Ministerio de Seguridad de la Nación). Tampoco los índices de riesgo laboral son necesariamente útiles para aproximarse a la “peligrosidad” del oficio, pues estos índices no disciernen entre los que mueren en cumplimiento de funciones o fuera de servicio, o entre los que realizan funciones administrativas o de calle, y se computan además jurisdiccionalmente (y muchos policías mueren fuera de su jurisdicción).↵
- En 1880 se federaliza la ciudad de Buenos Aires, por lo que ésta pasa a ser la capital del país. Este cambio jurisdiccional obliga a la reorganización de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (que venía actuando, desde su creación en 1821, en los distintos partidos provinciales) y obliga por ende a la creación de un nuevo Departamento de Policía en la ciudad de La Plata, la nueva capital provincial. Durante mucho tiempo se ha tomado, erróneamente, al año de 1880 como el de la escisión de la fuerza policial actuante en el momento (Policía de Buenos Aires) en dos fuerzas separadas: la Policía de la Capital y la Policía de la Provincia de Buenos Aires.↵
- Se sanciona el cese de funciones de la Policía de la Capital el 24 de diciembre de 1943. La medida entra en vigencia a partir del 1 enero de 1945. A partir de esa fecha comienza a cumplir funciones como la Policía Federal Argentina.↵
- Rodríguez, A. y Zappietro, E. (1999). Historia de la Policía Federal Argentina. A las puertas del tercer milenio. Editorial Policial, 391.↵
- Dado el espíritu de divulgación de este libro, las referencias bibliográficas no buscan dar cuenta exhaustiva de un campo de análisis, sino de las reflexiones efectivamente utilizadas para el desarrollo de los argumentos que se presentan.↵
- El 17 de noviembre de 2016 se sanciona el cese de funciones de la Policía Federal Argentina en la capital del país. La medida entra en vigencia el 1 de enero de 2017. A partir de entonces, la seguridad de ese territorio se encuentra en manos de otra fuerza: la Policía de la Ciudad.↵
- Señalo dos salvedades: la experiencia de las mujeres en la PFA comienza en rigor un poco antes, en la década de 1960, aunque sólo para el cuadro de suboficiales. También la Policía de la Provincia de Buenos Aires reconoce una experiencia anterior, la Brigada Femenina, pero que funcionó sólo durante 8 años (1947-1955) antes de interrumpirse hasta los años 1970s.↵
- Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires (2020). Resolución 2020-1499. https://bit.ly/3AWdmoK ↵






