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2 La muerte arrancada, la muerte ofrecida

En 1939, la Revista de Policía y Criminalística de Buenos Aires lamentaba, con una breve nota, la muerte del sargento Soto:

Tomás Ramón Soto, es el nombre de otro miembro de la familia Policial que paga con su vida la defensa de la Sociedad, obligación ineludible de todo lo que forma parte de la Institución guardadora del orden público. Pero el plomo traicionero que se llevó esta vida útil a la población y al hogar, no es mella que quebrante la persecución de estos parásitos sociales, cuya finalidad está en producir el mal, pero cuya carrera de delincuente les deja un triste saldo a su favor. Los hermanos policiales de Soto sabrán llevar a su término la investigación, para dar con esas manos que a mansalva ejecutaron el crimen, y para preparar la condigna condena que a su tiempo llegará. La familia policial es grande de por sí, pero más se agranda ante los contrastes que recibe su ineludible misión de guardadora del orden público. El Sargento Soto, por su gallardía de buen policía, ha dejado en la Institución de que formara parte un recuerdo que estará latente siempre, como lo está el de todos cuanto pagaron con su sangre conseguir el bienestar de sus semejantes.[1]

La nota compensa en su prosa lo que esquiva en detalles concretos. Nada nos dice acerca de cómo muere el sargento Soto, pero esto sólo es indicador de que su muerte particular importa menos que la retórica con que se la viste.

Casi treinta años más tarde, en 1967, el comisario Guillermo Anzulovic abona en la misma línea, al publicar -en un libro de recuerdos policiales- una crónica/homenaje a un oficial de guardia muerto. La crónica se titula “A los caídos en el cumplimiento del deber”, y vuelven a abundar aquí los detalles individuales, pero no el nombre propio. La muerte del oficial, se nos sugiere una vez más, es la muerte de cualquier policía:

La Institución policial, ostenta con orgullo de su gloriosa tradición la interminable lista de los caídos en el cumplimiento de su deber.

El recuerdo permanente de sus vidas ofrendadas en aras de ese ideal que se gana mentalmente al ingresar y penetra en el alma durante la actividad; es el aliciente con que cuentan sus hombres, para luchar sin tregua con la delincuencia; cada vez más adiestrada, menos temerosa y por ende más peligrosa.[2]

Una vez agotado el exordio, Anzulovic pasa a la historia. Nos cuenta que eran las cinco de la tarde cuando llega el aviso inesperado: se había cometido un asalto a mano armada en un comercio céntrico. Los asaltantes, a rostro semi-cubierto, habían atemorizado y encerrado al personal antes de llevarse el dinero de la caja. La policía llega en pocos minutos, pero llega de todos modos tarde. Comienza a interrogar una y otra vez al personal y comprende que uno de los asaltantes había sido antiguamente personal del negocio. Se revisan registros, se descartan personas, se cierra el círculo en torno a un sospechoso, se vigila su domicilio durante días:

Integraba esa comisión un joven oficial de guardia … que brincaba de contento por haber sido designado para una investigación de esa importancia.

Usaba una pistolera americana y le agradaba la tarea que debía cumplir; “acción, acción” -decía […]

Todo ese día transcurrió normal, pero en horas del atardecer, llegó a la comisaría la infausta noticia: ese oficial de guardia, alumno brillante de su respectivo curso; que reclamaba acción, que vendía fortaleza física y espiritual y que se proyectaba como un eficiente policía; había sido herido de gravedad por el sospechoso vigilado, utilizando un arma de fuego.

Pronto se conoció el detalle de lo sucedido. Mientras la comisión se hallaba de vigilancia en las proximidades del domicilio del sospechado que resultó ser el autor principal, salió de la finca en dirección a la calle un joven (era un menor de edad) con las mismas vestimentas del que había aparentado ser el jefe de los asaltantes y con absoluta coincidencia de sus condiciones físicas.

Por tal causa el oficial de guardia se lanzó en su seguimiento movido por el entusiasmo que significaba la presencia del malhechor -sobre el cual no había dudas-, con el ánimo de capturarlo.

El delincuente … apuró el paso al percatarse que era perseguido, circunstancia por la cual dicho oficial corrió dándole la voz de alto. Empero, el menor giró sobre sus pasos y a una distancia escasa de unos cinco metros, le descerrajó cuatro balazos, con tal mala suerte para el policía que dos de ellos dieron en el blanco, hiriéndolo uno en el abdomen y otro en el muslo.

Herido como estaba el oficial se trabó en lucha con el delincuente, lo desarmó y ambos rodaron, mientras se acercaron presurosos los tres integrantes de la comisión … Socorrieron al compañero herido que había perdido el conocimiento y aseguraron al autor secuestrando el arma empleada en su cobarde agresión […]

… en el momento de practicarle una segunda intervención quirúrgica para extraerle el proyectil, [el oficial] había fallecido […] Todos tenían dolor en el alma por el compañero ausente, vilmente inmolado por una bestia humana.[3]

La muerte del oficial de guardia ilumina, como antes la muerte de Soto, los contornos del caído. Este capítulo se asoma a los vectores por los cuales se construye esta figura. Y lo hace, como las dos piezas presentadas preanuncian, a través del registro de lo discursivo, en tanto pretende señalar el rol central de la palabra en el mantenimiento de prácticas y relatos colectivos. Ya el antropólogo Edmund Leach (1964) solía advertir que palabra y ritualidades no eran cosas separadas. Que el acto mismo de pronunciar palabras era de por sí un ritual. Es decir, que era de por sí una práctica de memorización. Un modo de revivir, de forma colectiva, la memoria de un acontecimiento considerado como fundador.

Las palabras conmemoran, pues su función no es meramente declarativa, sino performática: todo lo que es dicho, todo lo que es recordado y exaltado, produce comunidad. Por una sencilla razón: porque la memoria no habita en las cosas, sino en su relato. A la memoria hay que decirla. De allí que este capítulo elija transitar su eje -¿en base a qué sentidos se construye la figura del caído?- interrogando aquello que las palabras hacen con esa figura. Y de allí que elija comenzar interrogando, a su vez, las crónicas y cuentos policiales reunidos en revistas y libros institucionales.

Este comienzo tiene una razón de ser. Escritas por mano propia o ajena, estas piezas pueden reunir vivencias y recuerdos de variada índole pero se unifican sin embargo en un punto: todas narrativizan la experiencia profesional en base a una serie de tópicos institucionalmente apreciados, poniendo en circulación un cierto discurso mayormente homogéneo y compartido (Bretas, 2009; Caimari, 2009; Galeano, 2009a). Estos relatos policiales pueden escanciarse también a lo largo de una extensa línea de tiempo (de comienzos a finales del siglo XX),[4] pero la recurrencia de temas, personajes, valores y moralejas sugiere que las muchas y variadas experiencias -con sus nombres, fechas y lugares distintivos- ocultan sin embargo un trasfondo colectivo. O mejor dicho, sugiere que las historias de cada quien no son más que modos particulares de contar, una y otra vez, la misma historia institucional.

Porque en estos textos las historias no son historias de una sola persona, sino del policía como tal; esto es, de la institución como un todo. Ahí tenemos de hecho al sargento Soto y al oficial de guardia, que encarnan, en las derivas específicas de sus muertes, la semblanza que le cabe a todo caído. Me gustaría repasar, a través de sus casos, dos nudos de sentido que atraviesan a esta figura. Ambos bastante obvios y visitados, pero necesarios sin embargo para el desarrollo del capítulo y del argumento.

La lectura de los ejemplos presentados nos acerca el primero: el topos del trabajo policial como un combate (contra el crimen). Las alusiones son muchas y evidentes: lucha sin tregua, defensa de la sociedad, guarda del orden público, persecución, balazos, acribillar, abatidos. Las categorías se repiten una y otra vez -si no tal cuales, al menos en sus similitudes de sentido-, demostrándonos que las palabras no son meros artefactos pasivos, sino elementos capaces de conformar una red performativa.

Porque las categorías no se usan al azar: lo dicho organiza un texto social. Pero no necesariamente por las palabras que se dicen, sino por la red de sentidos que estas palabras habilitan: plomo traicionero, cobarde agresión, parásitos sociales. Tales categorías inauguran un contexto de significación que, a la par de expresarla, actualizan una determinada forma de experimentar la realidad: aquella que separa aguas en torno a la actuación policial y el accionar de la delincuencia, y que adjudica estimaciones valorativas a unos y otros.

Porque quien habla de combate habla de bandos: frente a la delincuencia peligrosa que no teme a la ley y tiene como fin causar el mal, a la policía le cabe, por contraste, la valencia positiva. Cuánto más cuando el policía se presenta, como en estos dos casos, en toda su virtud: un recién egresado lleno de expectativas, un sargento de gallardía, un oficial de fortaleza física y espiritual. A la criminalidad sinsentido se le opone la razón de la justicia, y lo que pasa entre unos y otros se resuelve mediante la metáfora de la guerra.

Del topos del trabajo policial como combate se desprenden obvios corolarios. El primero, la primacía de la matriz de la violencia, donde lo policial queda mayormente asociado al uso de las armas y la “acción”, como reclamaba el oficial del relato: forcejeos, luchas, voces de alto, persecuciones, disparos. El segundo, la acentuación de lo riesgoso del oficio, donde la interminable lista de los caídos comprende un arco que va desde la muerte encontrada en las contingencias de perseguir delincuentes hasta la muerte directa e instantánea sólo por ser policía. Un tercer corolario se anuda a todos los anteriores: la reducción de lo policial a la valentía y el arrojo, donde la actuación (idealizada) se juega en la imagen perfecta del policía que no sólo se lanza, entusiasta y presuroso, tras la persecución del malhechor, sino que, herido de dos balazos, uno en el abdomen y otro en el muslo, todavía tiene fuerzas y empeño para alcanzar al delincuente, trabarse en lucha y desarmarlo.

Riesgoso, arrojado, pleno de acción. El trabajo policial que propone el relato del caído en cumplimiento del deber se dirime entre estas coordenadas. Las personas aludidas en estos casos han intentado evitar delitos, han atrapado delincuentes, han sido cruelmente atacadas, han mostrado valentía. En síntesis, han hecho su trabajo. Y el hacerlo, justamente porque su trabajo es todo aquello que hemos dicho, los ha vuelto héroes.

Pero estas personas han hecho algo más que correr tras delincuentes. Han hecho algo que se ha explicitado en los ejemplos vistos pero que hasta el momento no se ha puesto suficientemente de relieve: estas personas han muerto. La exhibición de la muerte se vuelve, en el relato del caído en servicio, un elemento central. La muerte, la sangre, los tiros descerrajados y los cuerpos acribillados se transforman en los puntos neurálgicos sobre los que gravita su clave de lectura. Los héroes -ha dicho el escritor Javier Cercas- sólo son héroes cuando se mueren o los matan.

Y no hay que ver aquí un culto morboso a la muerte, sino una poderosa instancia discursiva. La muerte y sus modos construyen relatos ejemplares donde el valor y la entrega está en relación directa con la actitud que el protagonista demuestra ante su propio fin. Y donde el despliegue de cuerpos, gestualidades e intensidades de la muerte -sangre, tiros, rostros acribillados- importa porque presta testimonio de algo más (Guerra, 2013). En el racconto de la muerte, en todo su horror y su injusticia y su detalle descarnado, se trasciende la figura del héroe y se extiende el entendimiento de lo policial.

El relato del caído en cumplimiento del deber alcanza así un segundo nudo de sentido: el topos del trabajo policial como misión. O lo que es casi lo mismo, ya que una cosa desemboca en la otra: el del policía como mártir. Porque los policías no sólo mueren. Los policías se inmolan, ofrendan su vida, pagan con ella o con su muerte la defensa de la sociedad. Y lo que era ya en el héroe una entrega enorme, se vuelve, en el héroe muerto, una entrega total. En ellos el sacrificio llega a su pico más alto, pues el caído cae en guerra contra el crimen (Galeano, 2011). Así, lo importante del policía caído no es tanto su valentía como su muerte: su muerte de cuerpo acribillado sólo por portar uniforme. Es esa muerte arrancada -esa muerte ofrecida- la que lo troca en materia de homenaje.

Pero puestos a hilar fino, no es tanto su muerte personal la que interesa. Allí tenemos al sargento Soto, del que nada se nos dice, o al oficial de guardia, del que no sabemos ni el nombre, para demostrarnos que lo que se honra no es tanto al policía que muere como al hecho de haber muerto. No por nada estos relatos sólo adquieren lustre en el final, donde la historia que se cuenta no es la historia de sus vidas, sino la historia de sus muertes. O, mejor dicho, de la muerte abstracta y colectiva de todo policía como tal.

Porque tampoco debe creerse que es la muerte en sí lo que realmente importa. Si volvemos a prestar atención a las palabras, allí tenemos al sargento Soto, entregando su vida en defensa de la Sociedad, o al joven oficial de guardia, ofrendando la suya en aras de ese ideal que se gana mentalmente al ingresar a la fuerza. Las palabras proferidas no nos hablan del hecho puntual y anodino de la muerte, sino de la creencia por la cual se pierde esa vida. Y eso es lo que hace al policía un mártir (y no sólo un ejecutor, como tantos otros, de un trabajo que coquetea con la muerte): el enfrentarla en virtud de salvaguardar un bien del que es imposible abjurar -llámese Sociedad, orden público o bienestar de sus semejantes. Los relatos revisados lo dicen claramente: la labor policial encarna una misión ineludible, y es con base en este entendimiento que su actuación puede volverse un acto de sacrificio.

La muerte, así significada, deja de ser fortuita para convertirse en ofrenda. Con ella se pagan batallas, se defienden ideales y se persiguen conductas. La lógica del martirio no hace sino insertar esas muertes mundanas en un relato moral significativo. Al narrarlas en tanto las muertes de quienes luchan contra un mal terrible, las muertes así conseguidas trascienden el sentido de la pérdida: los que así mueren se vuelven mártires cuya figura permanece y refuerza la comunidad de aquellos que aun continúan en la lucha (Burucúa y Kwiatkowski, 2014).

Héroe y mártir. La figura del caído en cumplimiento del deber se construye mayormente entre estas coordenadas. La apelación no deja margen para la duda: en la categoría de caído resuena el bronce de próceres y batallas; en la consideración de deber cumplido se teje la idea de un apostolado. Estos tópicos -el del heroísmo y el del sacrificio de la vida- funcionan así como mojones de sentido: impregnan de tal modo el discurso que la realidad parece no poder narrarse sin acudir a ellos.

Pero ésta es sólo una primera aproximación. A la interrogación de la figura del caído que hemos revisado hasta aquí resta sumarle otra, que complemente los sentidos que se tejen en ésta con aquellos que ligan al día de su conmemoración. Porque se trata, veremos, de cuestiones distinguibles. Aquello que se celebra en el relato del caído, por un lado. Pero también aquello que se resalta a través de la fecha de su homenaje. Si el relato del caído se juega entre el heroísmo y el sacrificio, ¿qué otros sentidos terminan también rescatándose cuando se conmemora al caído en memoria de lo sucedido aquel 2 de julio de 1976? ¿Qué trama narrativa es la que, a través de la memorización de esa fecha, queda en primer plano?

Para ponderar mejor esa trama, quizás sea útil volver a los libros de memorias policiales. Esta vez, a uno publicado en 1999 por el comisario retirado Plácido Donato (también escritor de cuentos románticos en revistas de la época y guionista de radio, televisión, cine y teatro). En ese volumen de recuerdos se encuentra la siguiente crónica:

Mi amigo Juan me esperaba a almorzar y yo no pude ir.

Mi amigo Juan, un gran tipo, un tipo común como le dicen, me esperaba a almorzar como muchas otras veces para contarnos cosas, cosas comunes y hechos imprevistos.

Mi amigo Juan, el de los ojos transparentes, me esperaba a almorzar. Lo había conocido cuando me destinaron a un servicio en Investigaciones. Sabía idiomas, jugaba tan bien al truco y al fútbol como sabía bailar un tango y era casi filósofo.

Mi amigo Juan, un policía de aquéllos, hacía años que estaba en este duro negocio que yo recién comenzaba, cuando nos conocimos aquella noche del otoño de 1956 mientras los primeros fríos y una llovizna helada y feroz nos penetraba en los huesos.

Nunca pude tutearlo pese a que compartimos mates cocidos mojados por la lluvia, muchas horas difíciles y pocas de las otras.

-¿A usted le parece, jefe, que tengamos que mojarnos así?

-Mirá, pibe…, peor es que se nos escape el fulano que está calentito dentro de la casa…

La función policial te separa, muchas veces, de amigos y lugares, te hace conocer otras cosas, otra gente, pero entre Juan y yo todo siguió igual.

Mi amigo Juan vino al velatorio de mi madre, a mi casamiento y se le cayeron dos lágrimas cuando nació mi primer hijo, siempre estuvo a mi lado y me aconsejó cuando algo andaba mal.

-Jodéte, en este negocio tu vida es el capital y el derecho; la seguridad y la vida de los otros, tus magras y únicas ganancias.

Mi amigo Juan nunca formalizó pero María Eugenia era su pareja desde siempre. Con ella estuve tomado de la mano cuando la última flor cayó desde algún lado, mientras le decía que yo quizás hubiese tenido que estar junto a Juan y a los muchos hombres y mujeres policías muertos cuando la cosa estalló y todo se volvió negro de abismo y rojo de sangre.

Mi amigo Juan me estaba esperando aquel 2 de julio gris, en el comedor policial de Moreno 1416 y yo falté a la cita.[5]

La crónica de Donato nos sirve de puente para ir de uno a otro lado. Quiero decir: para ir del qué del caído al qué de su fecha. En rigor, aparte de puente sirve de contrapunto. Porque si la crónica de Donato habla sobre el caído, no lo hace desde el bronce ni los oropeles. Sus palabras no están ahí para resaltar la grandeza del héroe que matan, sino para lamentar la pérdida del amigo que muere. O mejor dicho: para aludir tardía pero centralmente al evento que causó su muerte. Porque el tema de su crónica no es el relato del caído, sino el relato de su fecha conmemorativa.

Tan fuerte es esa fecha que es, en sí misma, una signatura. Donato no precisa ni siquiera mencionar el hecho para que los entendidos sepan de qué está hablando. Le bastan, a lo sumo, y ya al final del texto, un par de coordenadas básicas: un día, un mes, un lugar, una dirección. Y la referencia a un colega -a un amigo- que se pierde.

Con eso solo Donato deja sujeto un nudo: el del caído y el de su fecha. El homenaje al compañero que muere es indisociable de un día y de un suceso. El dolor lo escribe en singular, pero a nadie escapa que escribe, en realidad, sobre un dolor colectivo. Que escribe, como han dejado dicho los comisarios Adolfo Rodríguez y Eugenio Zappietro en su volumen de historia institucional, sobre “la peor cicatriz que ostenta la Policía Federal Argentina de esa época infeliz”. Cicatriz que es a su vez, recalcan, una de las fechas “más entrañables del calendario policial”.[6]

La crónica de Donato termina ahí donde los datos sobran. Y es ahí donde los reanudamos, para terminar de comprender qué suma, la trama que arrastra la fecha de conmemoración, al relato del caído. Repasemos la prensa del momento, que permite tanto recuperar los hechos rasos como rescatar el clima de época.

La noticia fue cubierta durante tres días seguidos. Los diarios, con mínimas variaciones de uno a otro, se limitaron a reproducir los comunicados suministrados por la Secretaría de Información Pública de la Presidencia de la Nación:

Un atentado terrorista perpetrado en las primeras horas de la tarde de ayer en el salón comedor del edificio de la Superintendencia de Seguridad Federal de la Policía Federal provocó 18 muertes, en tanto que 66 personas resultaron heridas, 11 de ellas de suma gravedad, según se informó oficialmente.

La fuerte explosión ocurrió a las 13.20 en el edificio de Moreno 1417, a una cuadra del Departamento Central de Policía y constituyó uno de los más salvajes e irracionales ataques de la subversión, teniendo en cuenta que en el interior del local se encontraban numerosas mujeres y hombres que no pertenecían a la policía para realizar trámites de rutina, entre ellos la denuncia de tenencia de armas.

En momentos de ocurrir el atentado también se encontraba trabajando personal civil, que incluye cocineros, mozos, ordenanzas y limpiadores.[7]

Con el correr de los días, los muertos iban a ser veintitrés. Los heridos, ciento diez.[8] La bomba, se sabría, había sido dejada dentro de un maletín, y el maletín dejado arriba de una silla. Ambos habían entrado, bomba y maletín, de la mano de un agente policial que solía frecuentar el comedor: José María Salgado, un miembro de la agrupación Montoneros que se había infiltrado un tiempo antes en la Policía Federal (y que iba a ser rápidamente buscado, apresado, torturado en la ESMA y finalmente asesinado en un enfrentamiento fraguado).

Del estallido -se gusta recalcar- sólo se salvó la estatua de la Virgen de Luján, patrona de la Policía Federal, que estaba cerca del portón de ingreso al edificio, a buena altura del piso. No es que no se hubiera caído: es que ni siquiera se movió. “Me fui arrastrando hacia la salida”, recuerda un sobreviviente. “Cuando estaba a unos cinco metros, vino alguien, me tomó de la nuca, me levantó y me depositó en el pasillo. Quedé acostado mirando para arriba, hacia el techo. La onda expansiva había arrancado todo, hasta la parte de los azulejos de las paredes, pero lo primero que vi fue la ménsula de mármol y arriba, la Virgen de Luján con sus floreritos; me impresionó mucho esa primera visión: una Virgen de cerámica que había logrado sobrevivir a toda esa destrucción”.[9]

Pero todo eso se sabría luego. Lo que sí se sabía, al día siguiente del atentado, era poco y nada. Al menos en la comunicación oficial. La prensa se detiene largamente en los homenajes a los policías muertos y en el pronunciamiento de nombres importantes. Los restos de los primeros, nos dice, son velados en el patio del Cuerpo Guardia de Infantería. Se trata de catorce féretros, colocados en dos hileras de siete cada uno, totalmente cerrados y cubiertos con la bandera argentina. A los responsos y a la misa de cuerpo presente asisten: el presidente de la Nación (teniente general Jorge Rafael Videla), el comandante general de la Marina (almirante Emilio Massera), el comandante general de la Fuerza Aérea (brigadier general Orlando Agosti), el jefe y el subjefe de la Policía Federal (general de brigada Arturo Corbetta y comisario general Francisco Laguarda), así como el ministro de Bienestar Social (contralmirante Julio Bardi), el ministro de Defensa (brigadier mayor José M. Klix), el ministro de Interior (general de brigada Albano Harguindeguy) y delegaciones de la Prefectura Naval Argentina, de la Gendarmería Nacional, de la Policía de Buenos Aires y de Institutos Penales.

Finaliza la capilla ardiente y motociclistas de la Brigada Blanca de la Policía Federal flanquean los coches fúnebres en su camino al cementerio de la Chacarita. Su arribo se anuncia con un toque de clarín. Luego el capellán mayor de la Policía Federal, José Gustín, reza un responso, y el superintendente de Administración, comisario general Julio Oruezábal, ofrece un discurso:

Solamente la mirada serena de los que han elegido el camino de la abnegación y el sacrificio, en toda la profundidad de una profesión que no admite treguas en defensa de sagrados principios del derecho y la libertad, pueden hoy iluminar el futuro en este acto de barbarie consumado, una vez más, por esa violencia sin límite que pretende hundir a la patria en una noche sin tregua.

La Nación contempla en estas víctimas del deber la vigencia de su indomable extirpe. La tierra argentina, fértil en la inspiración heroica de sus hijos, estalla de dolor y se consuela en la gloria, pues sabe que la seguridad de su pueblo se verá siempre protegida por estos policías federales -hombres y mujeres- que han ganado definitivamente el Cielo que nuestro único Dios reserva a los elegidos.

Los mensajeros de la barbarie saben, positivamente, que nunca podrán quebrar el espíritu de una república que es soberana de la familia que ellos no conocen hasta la sangre generosa de sus mártires. Por eso, y porque han perdido la batalla de la palabra, y de la guerra de las ideas sobre el campo de la razón. Porque se sienten derrotados sin mañana en su falente y miserable historia de frustraciones, buscan en el crimen, y en los más torpes y cobardes atentados, escape a sus pasiones desmedidas de poder, a sus internacionales ambiciones de gobernar un reino de tinieblas y fantasmas.

Estos camaradas caídos bajo la siniestra mano de la sinrazón, son un nuevo estandarte sagrado y brillante que sabremos mantener en alto, bajo el precioso legado de sus inmortales recuerdos. Ellos no han muerto. Seguirán transitando el camino a nuestro lado.

Veremos sus rostros cuando necesitemos el valor para enfrentar las violencias delictivas.

Cuando necesitemos la voz del amigo que nos señale el camino definitivo de la verdad, cuando besemos el rostro de nuestra madre, de nuestra esposa, de nuestros hijos.

Ellos no han muerto. Vivirán en nuestro amor.

En ese amor que ninguna bomba podrá quebrar, que ningún enemigo de la paz podrá jamás destruir.

El más grande defecto de nuestro enemigo es no saber amar.

Nuestro más grande privilegio es tener un Dios por quien creer, una bandera por la cual luchar y una nación por la cual vivir o morir.

Camaradas: Gracias por el caro mensaje de vuestro paso a la eternidad.

Envidiamos vuestra muerte porque es el paso cierto a un mundo que ilumina de fe nuestra doctrina cristiana.

En cada uno de vosotros las lágrimas de reconocimiento de nuestro pueblo que sabe llorar a sus héroes y el sentimiento de los policías federales que sabremos en el bronce de nuestra memoria escribir con fuego vuestros nombres.

“Descansad en paz.[10]

El discurso abunda en la retórica conocida. Víctimas del deber, camaradas caídos, defensores de los sagrados principios del derecho y la libertad, mártires de sangre generosa que, en su paso a la eternidad, han ganado definitivamente el Cielo que nuestro único Dios reserva a los elegidos. La bomba que estalla en el comedor de Seguridad Federal activa el relato del caído: el muerto se vuelve héroe, la muerte se vuelve acontecimiento, el acontecimiento crea comunidad. Las palabras se escancian como ritos fúnebres, en tanto ofrecen una interpretación de quien muere y fijan una memoria social sobre esa muerte y ese modo de morir.

Otras voces se suman a la misma línea. Un vocero del ministerio del Interior declara que “la conmoción provocada por el alevoso asesinato de servidores públicos ha fortalecido la unión y la solidaridad entre el pueblo, el gobierno y sus Fuerzas Armadas y de Seguridad. Todos los estratos sociales temblaron de indignación ante la cobarde felonía de quienes, ya en el desesperado tobogán de su derrota, quieren ahogar en sangre humilde, servicial y honesta, el saludo de la victoria. Las caras adustas, angustiadas de los funcionarios de la Casa de Gobierno mostraban, empero, la serena indignación de todos y cada uno. Funcionarios policiales o no querían conocer hechos y preguntaban, hondamente, conmovidos, si hacían falta dadores de sangre. Hombres de edad avanzada querían ofrecer la suya, olvidando los achaques de sus años en gesto de rebelde solidaridad”.[11]

Pero hay algo más que aparece en las palabras que se pronuncian. Otra trama que se asoma y se solapa a aquella del héroe y del mártir (y que Donato dejara ya sugerida en su crónica). Los repudios que genera el atentado y que se recogen en la prensa nos permiten verla de frente. Aparece en la nota que la Acción Revolucionaria Anticomunista dirige al jefe de la Policía Federal, donde “repudia públicamente, con fervor cristiano y vehemencia democrática, ese bárbaro y monstruoso atentado criminal cometido por guerrilleros urbanos castrocomunistas al servicio de potencias totalitarias y condena enérgicamente a los ideólogos mercenarios que planearon y llevaron a cabo esa horrible matanza”.[12] Aparece también en el comunicado del mandatario de Salta, el capitán de navío Víctor Damián Gadea, quien afirma que “nuevamente los mercenarios de la antipatria han tronchado alevosamente las vidas de argentinos que ponen su esfuerzo y su trabajo al servicio de la nación y a la guardia de sus valores”, acotando que “el aniquilamiento de la guerrilla nos compromete a todos y no está lejano el día en que la subversión quedará -con el esfuerzo de todos- extirpada de nuestra geografía y podremos encarar la grandeza de la Patria con una sociedad más justa”.[13]

Se ha dicho que todo héroe trágico es un héroe político. Y eso intenta justamente subrayar la trama que se suma y se solapa. La línea narrativa (política) resulta evidente. Guerrilla. Mercenarios. Subversión. La construcción de la figura de los policías del comedor como caídos no puede despegarse así de la construcción de la lucha contra la subversión como gran momento épico de policías (y militares). Al qué del caído -el sacrificio, la lucha, el martirio-, el qué de la fecha le agrega un contexto particular: el terrorismo. Porque si en la figura del caído lo que se cifra no es la muerte sino el asesinato, en el día de su conmemoración lo que se cifra es el atentado. Es esa conjunción la que queda activada en el Día del Caído en Cumplimiento del Deber. Es la unión de la muerte y el terrorismo la que sostiene la memoria y el recuerdo.

La fórmula goza de gran prestigio en el ámbito policial federal. Quiero decir: ha sido una fórmula recurrente para delimitar espacios de memoria. Baste si no recordar la resistencia causada por la resolución 167/2011, cuando la entonces Ministra de Seguridad de la Nación Argentina, Dra. Nilda Garré, dictaminó el cambio de nombre que las tres escuelas de la Policía Federal Argentina habían llevado por décadas. A través de esa resolución, la Escuela de Cadetes “Coronel Ramón Lorenzo Falcón” pasó a denominarse “Comisario General Juan Ángel Pirker”, la Escuela de Suboficiales y Agentes “Comisario General Alberto Villar” pasó a llamarse “Don Enrique O’Gorman” y la Escuela Superior de Policía “General de Brigada Cesario Ángel Cardozo”, “Comisario General Enrique Fentanes”.

Falcón, Villar, Cardozo. En cualquier compendio policial, los tres nombres antiguos aparecen indefectiblemente unidos. Alcanza con pronunciar sólo uno de ellos para que surjan, a continuación, los restantes. Así los fusiona, por ejemplo, el comisario retirado Jorge Muñoz, quien fuera durante dieiseis años ayudante de Villar:

La muerte del Comisario General Villar, fue el segundo caso de asesinato de Jefes de Policía; luego en el año 1976 acaecería la muerte del General Ángel Cesáreo Cardozo.

El primer hecho ocurrido el 15 de noviembre de 1909 tuvo como víctima al Coronel Ramón Lorenzo Falcón, quien en circunstancias que se trasladaba en su coche oficial, fue atacado por un anarquista que le arrojó una poderosa bomba que terminó con su vida y la de su secretario Juan Alberto Lartigau […]

Esta horrenda trilogía de trágicos fallecimientos de Jefes de Policía Federal que se hallaban en plena actividad, tienen, además de un sino común, una semejanza en sus causas y trascendencias.

Todos habían expresado en sus dichos y accionar cuán profundamente estaban decididos a combatir al enemigo de la Patria; ya sea éste ácrata, anarquista o marxista o de cualquier signo ideológico extremo que representara ser un agente del desorden del caos o el materialismo ateo y anarquizante […]

Estos tres ejemplos fundamentales de vidas entregadas al servicio de la Patria en los campos militar y policial nos hablan a las claras del noble sacerdocio que resulta el ser policía, cuando en una entrega total aplicamos en su punto exacto las palabras de Cristo “Nadie da más, que aquel que da su vida por sus semejantes”.

No hay manifestación de vida trascendente, sin mártires.[14]

Y así los fusiona también el periodista y politólogo Ceferino Reato, en su libro sobre la bomba en el comedor policial:

Cardozo fue el segundo jefe de la Policía Federal en actividad muerto por Montoneros: el primero había sido el comisario general Alberto Villar, Tubo o Tubito, el 1° de noviembre de 1974 por la mañana, cuando salía con su lancha de un embarcadero en el Tigre para pasear por el Delta junto con su mujer, Elva Marina Pérez, que también murió en la explosión dejando huérfanas a sus dos hijas, de dieciocho y veintisiete años. Dos bombas, el mismo método que el anarquista Simón Radowitzky utilizó el 14 de noviembre de 1909 para matar al jefe de la Policía de la Capital, el coronel Ramón L. Falcón, cuando volvía de un funeral en el cementerio de la Recoleta.[15]

Falcón, Villar y Cardozo guardan un lugar de relevancia en el horizonte policial, en tanto portadores de ciertos valores institucionales. De allí que hayan sido honrados como héroes. De allí que sus nombres se perpetuaran en las escuelas policiales. Por supuesto, no sólo sus nombres. Lo que se perpetuaba era lo que esos nombres evocaban. El historiador Carlo Ginzburg (2000) diría que hay nombres que se vuelven una micro-narración. Para que esto suceda, advierte, el nombre debe volverse mito: debe convertirse en un relato ya relatado, en un relato que ya se conoce.

Los nombres de Falcón, Villar, Cardozo, cumplen cabalmente este objetivo: anuncian y condensan, en sí mismos, todo el devenir de una trama. La del policía asesinado a mano de los enemigos de la Patria (Falcón por el anarquista Simón Radowitzky, cuando volvía en carruaje del funeral de un policía. Villar, por la agrupación Montoneros, que coloca una bomba en su embarcación en el Tigre. Cardozo, por Ana María González, también de Montoneros, con una bomba debajo de su cama).

De entre todos los nombres posibles, esos tres. Los estudios etnográficos sobre parentesco nos han enseñado que los nombres son uno de los modos de inscribir a una persona en el seno de un grupo de filiación. Que elegir un nombre es optar por un campo de pertenencia sobre otro, en tanto el acto de nominar actúa añadiendo un nuevo eslabón a un entramado social preexistente. En definitiva: que nombrar una escuela equivale a otorgarle una identidad determinada; a consagrarla, en virtud a esa denominación, dentro de un sistema de filiación dado. Así, si el nombre está siempre situado (Tonkin, 1980; Herzfeld, 1982), si su ocurrencia remite a situaciones y contextos particulares, decir “Falcón”, “Villar”, “Cardozo” -el hombre, la escuela- es decir, cada vez, “lucha contra el enemigo” y “atentado apátrida”. Ese nombre se vuelve su sinónimo.

Decíamos, al inicio de este capítulo, que las palabras portan sentidos. El ejemplo de la resolución 167/2011 nos ha permitido ver hasta qué punto. Y nos ha confirmado la relevancia de la muerte, la violencia política y el atentado como ejes constructores de homenajes. De hecho, los policías muertos en Seguridad Federal bien podrían considerarse la cuarta parte de la hasta entonces trilogía. No los une sólo lo temático -la muerte, las bombas, Montoneros. Los conecta también una cierta continuidad histórica: la explosión en el comedor tiene lugar catorce días después del atentado de Cardozo.[16]

Hay otro tipo de continuidad, finalmente, que se esconde tras la forma de esas muertes. Falcón muere mientras se trasladaba en su coche, Villar mientras paseaba en su lancha, Cardozo mientras reposaba en cama, los policías de Seguridad Federal mientras comían. A diferencia del sargento Soto y del oficial de guardia, no muere, ninguno de ellos, por (en) el acto mismo de perseguir delincuentes. Mueren -y la noción de atentado lo pone en evidencia- como reacción a acciones pasadas. O como reacción a la represión policial que ellos encarnaban (y que, como jefes, dirigían). Nadie ignora que Falcón fue conocido por la represión a los movimientos obreros del momento. Ni que el nombre de Villar ha quedado para siempre ligado a la Alianza Anticomunista Argentina (AAA). Que Cardozo fue el ideólogo de la represión instaurada ni bien comenzaba la última dictadura. O que en Seguridad Federal (brazo político de la PFA) funcionaba uno de los centros clandestinos más activos de la ciudad de Buenos Aires.

También de estos componentes no dichos se nutre el homenaje. Si nombrar es reivindicar, como señalaba en la introducción a este libro, lo que se reivindica no es sólo lo que se ilumina. También se reivindica lo que, al nombrar, se deja en sombras. Eso también otorga identidad. Eso también hace gravitar la selección de aquello a ser materia de honra. Porque todo evento que persiste en el tiempo -todo nombre, toda fecha- traza continuidades: históricas, políticas, ideológicas. Los nombres de Falcón, Villar, Cardozo, la bomba en el comedor, forman parte de una misma línea narrativa.

En el Día del Caído en Cumplimiento del Deber, la Policía Federal Argentina conmemora a todos sus muertos. La fecha en que elige recordarlos se entronca en esta línea narrativa que acabamos de mencionar.[17] No está asociada a ninguna figura histórica que haya caído en el ejercicio de la función. Lo cual es casi un oxímoron, si tenemos en cuenta que el encuadre administrativo actual de la fuerza establece, de manera bastante restrictiva, que sólo podrán considerarse “caídos en cumplimiento del deber” aquellos policías que pierdan la vida “en y por acto de servicio”, y sólo cuando la pérdida de esa vida esté ligada a un acto de arrojo o a un comportamiento altruista. Es decir, a un acto de sacrificio y valentía (Maglia, 2020). Las muertes de esos policías el 2 de julio de 1976, mientras se hallaban comiendo, difícilmente podrían, técnicamente, ser encuadradas hoy en la figura del caído.

Son esas muertes, sin embargo, las elegidas para construir el día en que se lo recuerda. Y lo son porque su valía simbólica no cae dentro de lo burocráticamente ordenable, sino de lo políticamente definible. Lo son porque, semánticamente hablando, vienen a honrar otro tipo de tradición. Aquella inaugurada por Falcón y que nos habla, para ponerlo en términos institucionales, del noble sacerdocio de ser policía en el combate al enemigo de la Patria. Con todo lo que ello conlleva: una forma particular de muerte, una forma particular de ejercicio de la función.

Para descubrir la trama de esa honra es que hemos interrogado, en este capítulo, qué sentidos son los que se conmemoran en el Día del Caído en Cumplimiento del Deber. Y lo hemos hecho a través de las palabras que, entre muchos otros registros, contribuyen a darle forma. ¿Qué acordes resuenan en las crónicas, los discursos y los nombres que se vuelven homenaje? O lo que es lo mismo, ¿a quiénes se recuerda y por qué?


  1. Perrone, C. A. (1939). Sargento Soto. Revista de Policía y Criminalística de Buenos Aires, III (16), 62. En ésta, como en las restantes transcripciones, se respeta la ortografía, gramática y puntuación del texto original.
  2. Anzulovic, G. R. (1967). A los caídos en el cumplimiento del deber. En Recuerdos policiales (p. 91). Ediciones Macchi.
  3. Anzulovic, G. R. (1967). A los caídos en el cumplimiento del deber. En Recuerdos policiales (pp. 93-96). Ediciones Macchi.
  4. Quizás el libro más conocido sea, para el ámbito argentino, Memorias de un vigilante de Fray Mocho (1897). Un poco más tarde, en 1907, el policía anarquista Federico Gutiérrez escribe Noticias de policía y el comisario inspector retirado Laurentino Mejías da, en 1911 y 1913, una semblanza de su carrera en La policía… por dentro. Luego vendrían, sólo para nombrar algunos, El hampa y sus secretos (1934) y Males sociales (1939) de M. Barres, Cómo nos roban de Ramón Cortés Conde (1943), Policía. Problema urgente de Recaredo Vázquez (1961), Meneses contra el hampa de Evaristo Meneses (1964), Recuerdos policiales de Guillermo Anzulovic (1967), Recuerdos de la comisaría 3° de Nicolás Labanca (1969), Memorias de un hombre cabal de Eloisa González (1970), Veinte cuentos policiales argentinos (1973) y Veinticuatro cuentos policiales argentinos (1974) de Donato, Zappietro, Carrasco, Morel y Urricelqui, Humor policial de Ermete Novelli (1985), Confesiones de un comisario (1995) y De vigilantes y ladrones (1999) de Plácido Donato.
  5. Donato, P. (1999). 1976, un mediodía gris. En De vigilantes y ladrones (pp.15-16). Editorial Planeta.
  6. Rodríguez, A. y Zappietro, E. (1999). Historia de la Policía Federal Argentina. A las puertas del tercer milenio. Editorial Policial, 421.
  7. (3 de julio de 1976). Un atentado cometido en la Superintendencia de Seguridad Federal causó 18 muertos y 66 heridos. Clarín, 2. Negritas en el original.
  8. En el desarrollo de éste y del capítulo 4, la falta de referencia a los nombres de las personas fallecidas es adrede. Implica, antes que un desinterés, un gesto de respeto. Este libro busca hacer foco en los sentidos asociados al relato del caído y a su fecha de conmemoración, y no trasvasar esos sentidos a personas particulares. La ausencia de esos nombres, en el cuerpo del texto, intenta entonces marcar la distinción entre relato e individuo. Terminada la argumentación, pueden encontrarse esos nombres en los Anexos I y II.
  9. Reato, C. (2022). Masacre en el comedor. La bomba de Montoneros en la Policía Federal. Editorial Sudamericana, 49.
  10. (4 de julio de 1976). Bs.As.: sepultaron a los policías víctimas del atentado terrorista. La Gaceta, 1-2.
  11. (3 de julio de 1976). Realízase el sepelio de las víctimas del atentado terrorista. La Razón, 1.
  12. (5 de julio de 1976). Los heridos en el atentado. La Nación, 5.
  13. (5 de julio de 1976). Investigan el atentado extremista. Clarín, 4.
  14. Muñoz, J. (1984). Seguidme! Vida de Alberto Villar. Ediciones Informar, 99-100.
  15. Reato, C. (2022). Masacre en el comedor. La bomba de Montoneros en la Policía Federal. Editorial Sudamericana, 140.
  16. También los policías muertos en la bomba del comedor son un eslabón que se liga con eventos posteriores: sólo dos días después, el 4 de julio de 1976, tiene lugar el asesinato de los curas palotinos. En una pared de la iglesia se encontrará escrito: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la patria”.
  17. Hablo de “elección” de esa fecha para señalar la capacidad de agencia de la PFA al seleccionarla de entre muchas otras posibles. En todo caso, y llevando el argumento al extremo, la elección por antonomasia de la misma corre por cuenta de la agrupación que llevó a cabo el atentado. Al respecto, Ceferino Reato desliza, en su libro sobre el atentado al comedor ya citado, que “la fecha del atentado fue definida por el servicio de Inteligencia e Informaciones [de Montoneros]; tenía un fuerte contenido simbólico al interior de la Policía Federal porque era uno de los cuatro días del año en el que ingresaban los nuevos agentes. Había sido el caso del propio Salgado, dos años antes. La guerrilla siempre estuvo atenta a esas simbologías porque ayudaban a propagandizar los hechos armados, elevar la moral de la tropa propia y, por el contrario, deteriorar el espíritu de combate del enemigo” (2022, p. 85). Que el 2 de julio hubiese sido un día fijo de ingreso a la PFA es un dato que no he podido ratificar al interior de la institución.


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