A partir del cuento “La tercera orilla del río”, de João Guimarães Rosa
Luiz Rohden
Atravieso las cosas, ¡y en medio de la travesía no veo! Sólo estaba entretenido con la idea de los lugares de salida y llegada.
João Guimarães Rosa, 2008: 37
Introducción
La hipótesis de la que parto es que una serie de problemas (sociales, religiosos, ambientales, etc.) se originan en una causa de índole metafísica. Se trata de la vivencia del principio del tercero excluido, o sea, del Tertium non Datur, tematizado por Aristóteles en la Metafísica. La posibilidad de podernos pensar, y de justificar un abordaje coherente en los planos del pensamiento y del ser, pasa por una explicitación de la lógica dualista y binaria con sus distintos corolarios. Propongo reflexionar y reconfigurar el principio del tercero excluido transitando los caminos de la física y de la literatura. Voy a articular la reflexión entrelazando tres movimientos. Inicialmente, mostraré cómo el principio del Tertium non Datur está presente en nuestras vidas, con sus diferentes niveles, y cómo se justifica a través de él la conocida escisión entre filosofía y literatura. Luego presentaré lecturas crítico-complementarias del principio mencionado dentro de la propia filosofía. Finalmente, me propongo rearticular las relaciones entre filosofía y literatura a partir de la noción de “tercera orilla” en cuanto Tertium Datur tejido en las veredas literarias de João Guimarães Rosa. Con esto me interesa justificar que solo un abordaje trans de la realidad nos recoloca en los caminos de una vida más justa, feliz y armoniosa con la naturaleza.
Status quaestionis
¿Quién no se choca con las diferentes formas de nacionalismos, racismos y radicalismos religiosos que llegan a justificar, inclusive, la destrucción de vidas? ¿Quién de nosotros no se asusta, día a día, al escuchar las incontables noticias sobre las guerras y la destrucción planetaria? No pocas veces nos preguntamos sobre las causas y las posibles soluciones para estos asuntos. Un sobrevuelo rápido por encima de estos problemas nos revela que tienen su origen en factores socioeconómicos, políticos, psíquicos y religiosos.
¿Se podría buscar, sin embargo, alguna otra causa más abarcadora que esté en la raíz y que justifique los problemas citados? Mi hipótesis es que, en la base de la actitud destructiva del ser humano –para con la naturaleza, para con sus semejantes y para consigo mismo–, hay una causa de índole metafísica que, a su vez, determina al resto de los factores. Me refiero a la aplicación –en los planos del ser y del pensar– del principio del tercero excluido, conocido como Tertium non Datur.
Según este principio, usado en la “lógica aristotélica para indicar que una proposición debe ser verdadera o falsa, sin otras posibilidades”, “la tercera posibilidad no se presenta”, lo cual es, en verdad, un
corolario del principio de no-contradicción, tanto en sentido ontológico […] como en sentido lógico (de donde deriva el corolario ulterior, según el cual si dos proposiciones están en contradicción, la demostración de la verdad de una equivale a la demostración de la falsedad de la otra) (Tosi 1996: 37)[2].
Recordemos que el principio de identidad, según el cual “lo que es, es; y no puede no ser”, constituye la otra cara del Tertium non Datur.
Pienso que este principio sirvió y sirve de base para justificar la lógica excluyente y exclusivista que sustenta y también engendra los problemas mencionados anteriormente. De él se derivan una comprensión y una explicitación dualista, binaria, esquizofrénica de lo real, correspondiéndole una acción del mismo tenor, tejida por y productora de diversos tipos de terror. Propongo aquí hacer consciente y conceptualizar esta cuestión, a fin de poder pensar y justificar un abordaje apropiado de los planos del ser y del pensar.
Desarrollo
Fenomenología, fascinación y limitaciones del Tertium non Datur
En las orillas del lenguaje de lo cotidiano, de la religión, de la ciencia y de la filosofía
Tanto desde el punto de vista lógico, como desde el punto de vista ontológico, el famoso Tertium non Datur se hace explícito en lo que llamamos “lógica dualista”, “binaria”, “simple”. Este modo dicotómico de ver y de comprender lo real se manifiesta en diferentes niveles, que van desde el vulgar hasta el más elaborado conceptualmente, de lo religioso a lo económico, de lo social a lo político, de lo privado a lo público. Se trata de una lógica “validada por situaciones relativamente simples, como, por ejemplo, la circulación de automóviles en una calle: a nadie se le ocurre introducir en una calle una tercera dirección, además de la dirección permitida y la dirección prohibida” (Nicolescu, 2001: 126). Vemos la vigencia del principio mencionado en nuestro lenguaje, que separa lo bello de lo feo, lo blanco de lo negro, lo masculino de lo femenino, el dios del demonio, la ficción de la realidad. Incrustada en la contraposición de dos polos opuestos, encontramos no solo la exclusión de alguno, sino también frecuentemente la absolutización de uno de ellos en detrimento del otro. A diferencia de las situaciones simples, en las que el principio resulta válido,
la lógica del tercero excluido es nociva para los casos complejos, como por ejemplo en el dominio de lo social o de lo político. En esos casos, funciona como una verdadera lógica de exclusión: el bien o el mal, la derecha o la izquierda, las mujeres o los varones, los ricos o los pobres, los blancos o los negros (Nicolescu, 2001: 126-127).
Desde el punto de vista religioso-ideológico, el principio se manifiesta en las diferentes formas de maniqueísmo y fundamentalismo. Básicamente, la actitud religiosa radical se arroga la comprensión de toda la verdad, excluyendo a todos aquellos que no compartan la misma interpretación del mundo. Su lenguaje está constituido por polos contrapuestos: puros o impuros, fieles o infieles, santos o pecadores, salvos o condenados, etc. Los radicales religiosos se ponen la ropa del Salvador y condenan a sus opositores a un mundo de penas, cuando no los persiguen y los matan en nombre de un dios o de otro, justificando todavía hoy una inmensa cantidad de guerras y muertes. Prisioneros de una orilla de lo real fundamentan una acción que lleva a la exclusión y a la eliminación del tercero posible y de la instauración de una tercera posibilidad (de ser, de vivir).
Encontramos también al principio diseminado en la estructura y en la metodología de las ciencias, anclada en dualismos y dicotomías como concepto y empiria, sensible e inteligible, materia y espíritu, res cogitans y res extensa, sujeto y objeto, etc. Polos postulados y entendidos, o como excluyentes entre sí, o de tal forma que uno de ellos es absolutizado en perjuicio del otro. En sus pertinentes reflexiones sobre el lenguaje, Michel Pêcheux denominó “lógica disyuntiva” (1990: 30)[3] al procedimiento científico arraigado en la imposibilidad de encontrar conciliación entre aquellos polos.
Tampoco es difícil develar la presencia de la lógica en cuestión en el propio andamiaje de la filosofía, con las consabidas contraposiciones conceptuales al estilo de eidos y apariencia, acto y potencia, materialismo e idealismo, esencialismo y existencialismo, analíticos y continentales, etc.
¿Por qué la lógica del Tertium non Datur nos fascina tanto?
Pero ¿por qué esta forma binaria, dualista de lidiar con lo real nos fascina hasta el punto que no aprendemos a trabajar naturalmente con terceras posibilidades? Dentro del corpus philosophicum, teniendo presente la lógica de Aristóteles, todavía nos preguntamos el porqué de la hegemonía de la lógica del silogismo en Occidente –que fundamenta y explica el ser y el pensar a partir del criterio de la claridad y de la conclusión universalmente válida–, así como el porqué del olvido o del menosprecio de la lógica del entimema con sus criterios de verosimilitud y probabilidad. Tal vez el lenguaje del silogismo y del Tertium non Datur ejerza su fascinación por tratarse de una lógica más práctica, más simple y útil, apta para comprender y resolver cuestiones de orden práctico y teórico.
Parece que esta lógica es más confortable y segura, y que, en cierta medida, satisface parcialmente el ansia humana de comprender y expresar lo real de acuerdo con los moldes de un lenguaje claro y distinto.
Más allá de eso, siempre es tranquilizador agarrarse, como un tronco cortado, a una de las orillas del río, en vez de navegarlo por el medio, transitar su tercera orilla y lidiar con la ambigüedad de lo real, con la ambigüedad de nuestras vidas.
Para decirlo con las palabras de la mitología griega, es más traumático y trágico para nosotros buscar comprender las diferentes caras[4] y tareas de Hermes que contemplar, pacíficamente, el rostro fosforescente de Apolo.
Limitaciones de la lógica del Tertium non Datur
¿Podemos reducir lo real a su explicitación dualista? ¿Es coherente tratar la vida de un modo esquizofrénico? ¿Podemos abordar lo real como algo lineal? Si lo real está tejido por diferentes modos de ser, ¿por qué escindirlo y estructurarlo en sus dos orillas excluyentes, según el entendimiento que divide al mundo entre esencia y apariencia, o noúmeno y fenómeno, o ficción y realidad, presencia y digitalidad? ¿Podemos afirmar que la realidad empírica es más real que la ficción? ¿No podría ser lo real también una ficción, y lo ficcional no podría ser lo propiamente real?
Desde el punto de vista científico, “la historia de la ciencia ahí está, en efecto, para destruir inflexiblemente cualquier creencia en una verdad absoluta, en cualquier ley eterna”, de modo que “todo puede ser transformado en es y no-es”, o sea, “es y no-es […] no son elementos o acontecimientos sustanciales, apoyos últimos, términos, digamos, ‘materiales’ de una relación, sino que ellos mismos son siempre relaciones” (Nicolescu 2001: 114).
Sin embargo, si el Tertium non Datur “es eficaz en el marco de determinada teoría, su utilización no tiene ningún sentido cuando intentamos aplicarlo a dos sistemas en simultáneo. La búsqueda de la verdad […] implica que varias ‘verdades’ puedan existir simultáneamente…” (Farouki, 1995: 86). Y aún más allá, de acuerdo a las palabras poéticas de Fernando Pessoa (1994: 580), “la verdad si ella existe/ habrá de verse, solo consiste/ en la búsqueda de la verdad,/ porque la vida es solo mitad”[5], solo puede tejérsela entre las orillas de la temporalidad y de la eternidad, así como sucede con nuestra vida, que es justamente una travesía.
También en la historia del nacimiento de la filosofía, se manifiesta el alcance limitado del Tertium non Datur. Por un lado, fue en boca de una diosa que Parménides pronunció el discurso sobre la verdad y el ser, inaugurando de esta manera la ontología occidental; por otro lado, Heráclito, en forma de aforismos, expresó y codificó una forma de filosofar basada en los moldes de un lenguaje literario repleto de metáforas que estaba al margen del Tertium non Datur: al final, el camino que sube es el mismo que baja. ¿Y qué decir de Platón, quien, aun habiendo expulsado a los poetas de la República y afirmando que ellos mentían e inventaban, tejió sus diálogos con por lo menos dieciocho mitos[6]?
Percibimos las limitaciones del Tertium non Datur no solo en el plano de lo real, sino también en el ámbito de sus construcciones conceptuales (religiosa, política, científica, filosófica, etc.), que nos movilizan a pensar más acá y más allá de dos orillas.
Más acá y más allá de las dos orillas del Tertium non Datur
¿Por qué atrapar la vida en conceptos y normas?
Lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo… Dolor y placer
Todo, al final, son formas
¡No grados del ser!
(M. Quintana, 1994: 120).
Partimos del hecho de que la ficción es un proceso constituyente y constitutivo de una tercera alternativa, de un tercer camino, de un tercer pensamiento, de un tercer mundo en el sentido de un modo de reconfigurar o rearticular lo real más acá y más allá de las orillas opuestas entre lo real y lo ficcional. ¿No estaría la Estética de la Recepción también armada a partir del principio literario del Tertium Datur, en la medida en que ella gira alrededor de la explicitación del impacto que surge de la confrontación entre el lector y el texto? El proceso hermenéutico está igualmente tejido por el mismo principio, en la medida en que gira alrededor de la lectura y de la explicitación de una realidad (en cuanto sentido) que surge de dos mundos intermediados por Hermes[7].
Recordemos que la versión filosófica clásica de la superación del Tertium non Datur se da con la dialéctica, pero no en su versión sintética, sino dialéctica dialógica, donde las orillas o las síntesis son abiertas y siempre pasibles de ser recreadas.
En Hans-Georg Gadamer, encontramos indicios de la superación del Tertium non Datur, concretada mediante el diálogo y plasmada en su conocida, y aún vigente, declaración a propósito de la necesidad del “respeto de los no-religiosos para con las religiones”, pero sobre todo del “respeto de las religiones entre sí, como un medio para salvar al planeta de la guerra y de la ruina”[8].
Tanto su concepción del diálogo como su concepción del juego rompen con el principio del Tertium non Datur, en la medida en que extrapolan las limitadas orillas del objetivismo y del subjetivismo, de la verdad y del método. En la práctica de la fusión de horizontes, se encuentra incrustado un tercer horizonte que es más que la simple suma de los horizontes contrapuestos. Su afirmación de que “el otro también puede tener razón” denota la instauración de una tercera vía, una tercera posibilidad que relativiza y salvaguarda tanto el punto de vista del sujeto, como la posición del objeto o del otro, y los coloca en un nivel más universal, en una dimensión del todo, es decir, en una tercera orilla.
En las costas anchas de “La tercera orilla del río”
Pero lo más importante, siempre, es que huyamos de las formas estáticas, podridas, inertes, estereotipadas, de los lugares comunes, etc. Mis libros están hechos, o quieren estarlo, por lo menos, a partir de dinámicas audaces, que si fueran desatendidas darían un resultado pobre e ineficaz. No busco un lenguaje transparente […]. No lo disciplinado –sino la fuerza elemental, salvaje. No la claridad –sino la poesía, la oscuridad del misterio, que es el mundo.
João Guimarães Rosa[9]
En el mundo de Rosa
La novela Gran Sertón: Veredas teje una lógica que articula las dos orillas de la realidad y “es una acumulación cultural, si por esto entendemos el resumen de la experiencia humana en su frecuencia cósmica y en su formación de capas de misterios, asombros, espantos del hombre” (Arroyo, 1984: 4). Por eso no es gratuito
el recuerdo de Descartes como exclusión en el fenómeno creador de João Guimarães Rosa: el racionalismo del filósofo, que aconsejaba no asumir ninguna cosa como verdadera hasta tanto la misma cosa no hubiese sido reconocida efectivamente como verdadera, uno de los objetos del método científico (14).
El deseo humano de vivir tranquilo en un puerto seguro –un modo de proceder pautado por el principio del Tertium non Datur– se encuentra representado en la actitud y el deseo de ruptura de Riobaldo.
En la obra de Rosa, encontramos un conjunto de indicios de la vigencia del Tertium Datur ya sugerido por los títulos de sus obras: Primeras historias y Terceras historias. Aunque no esté resuelto el enigma[10]: parece que él pudo no haber escrito “Segundas historias” porque el término “tercero” (de Terceras historias) es precisamente el que transgrede el orden dual, el dualismo de las dos orillas, así como la unidad y la absolutización de una de esas orillas. Para no corroborar ni sucumbir a la dinámica de la lógica lineal, ¿estaría Rosa reivindicando una lógica compleja y, por lo tanto, más universal, un principio literario al cual le damos el nombre de Tertium Datur y se materializaría en Terceras historias?
Es posible encontrar en la obra de Guimarães expresiones que, en mi opinión, vienen a ser la versión literaria del Tertium Datur. En el cuento “Ningún, ninguna”, nos topamos con la expresión “tercer pensamiento” (Rosa, 1972: 57); encontramos encarnado el mismo principio en el término “allá”, presente en el título del cuento “La chica de allá”, así como en expresiones que aparecen en el cuento “Secuencia”, del tipo “para allá del río”, “para lo de allá” (1972: 65 y 67); en su obra magna, Gran Sertón: Veredas, seguimos el bellísimo testimonio de Riobaldo, que expresa de forma mágico-metafísica el Tertium Datur con un lenguaje literario, en razón de la defensa y justificación de una lógica que exprese y siga el movimiento de la vida: “Atravieso las cosas, ¡y en medio de la travesía no veo! Sólo estaba era entretenido con la idea de los lugares de salida y llegada” (Rosa, 1958: 35, cursivas nuestras[11]). Entiendo que estas ideas Rosa las puso de manifiesto en su concepción de la “Metafísica de la lengua”[12], que puede hallarse condensada en la conclusión: “Es, y no es. El señor encuentra y no encuentra. Todo es y no es” (Rosa, 1958: 13, cursivas nuestras[13]).
Guimarães Rosa sabía muy bien que la fuerza y la hegemonía del Tertium non Datur era un problema universal, indicado con las palabras del narrador del cuento “El espejo” en su confesión: “ah, amigo mío, la especie humana pelea por imponer al mundo palpitante un poco de rutina y de lógica, pero algo o alguien lo agrieta todo para reírse de nosotros…” (Rosa, 1972: 72[14]); sin embargo, al proponer otra lógica, una tercera orilla, sabía muy bien cuál sería la reacción normal, como atestiguan las palabras del mismo narrador: “pero el señor estará encontrando que desvarío y me desoriento, confundiendo lo físico con lo hiperfísico y lo transfísico, fuera del más mínimo equilibrio del raciocinio o concatenación lógica…” (Rosa, 1972: 77[15]). Lo que haremos a continuación será explicitar y corroborar esta otra lógica, este otro principio filosófico-literario, concentrándonos en uno de sus cuentos.
En las aguas de la tercera orilla
Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, dentro del mundo de João, nos vamos a sumergir en el caudaloso cuento “La tercera orilla del río” para aprehender de sus aguas lo que llamamos el Tertium Datur. Así justificaremos más y mejor este principio, mostrando correlaciones crítico-complementarias entre el lenguaje literario y el filosófico, realizando una relectura correctiva del Tertium non Datur.
Se trata de un cuento de muchísima riqueza en sus símbolos que deja margen a un abanico muy amplio de interpretaciones y sentidos inagotables. Como “las palabras del cuento no se encapsulan en ninguna definición unívoca”, podemos encontrar “siempre algo más, deseado, ansiado, esperado…” (Carvalhaes, 1997: 49), siempre algo más allá del margen de comprensión de un lector o de una lectura, confrontándonos con la oscuridad del mundo codificado en la noción de “tercera orilla”. Es que esta
es la magia del terrible poder simbólico del que se vale Guimarães. El símbolo no cierra puertas, sino que abre… justamente por estar repleto de bipolaridades […], y, por lo tanto, de ambigüedades, de compresiones sesgadas, de duplicidades: allí está lo que es y lo que no es, lo que se afirma y lo que se niega” (1997: 56).
En efecto, ya con Ricoeur aprendimos que “el símbolo da que pensar”; por eso siempre da margen a otras orillas del pensar y del ser.
Vemos en este cuento cómo el lenguaje rosano
escapa al pensamiento dogmático, royendo en flujo sus dos orillas. No es fuera de la metafísica que Guimarães Rosa encuentra salidas para el pensamiento […], sino que al interior de ella efectúa su colapso e inventa pasajes para un pensamiento nómade dispuesto a crear otras posibilidades de vida, otros territorios” (Mendonça, 1996: 22-23)[16].
Instituye él en verdad una metafísica del lenguaje con principios propios, aunque se encuentren implícitos en su obra. Es por este motivo por el que explicitaremos su noción de “tercera orilla” –en la cual se inscriben las nociones de “tercer pensamiento”, de “allá”, de “es y no es”, etc.–, la cual, en nuestra opinión, condensa y tematiza admirablemente la concepción del Tertium Datur. Es en este sentido en que fluye el cuento mencionado,
un texto problemático, donde se esbozan pasajes e impasses para el pensamiento, nunca soluciones definitivas, nunca respuestas acabadas. En él, todo es perturbador. Comenzando por su referencia recurrente: el río-río-río, el río —línea de fuga fluida, que atraviesa la rigidez de un territorio demarcado, royendo sus orillas y su lecho, abriendo paso para que todo escape a través suyo (Mendonça, 1996: 25),
sin fijarse a una u otra orilla. En definitiva, “la orilla del Saber, entre las orillas de los saberes fijos, opuestos, intermedio y mestizo, la coincidentia oppositorum allí se hace y se rehace en el devenir, que es su propio y único ser” (Varela, 1996: 342), porque su opción no es por la claridad absoluta, sino que pasa por la poesía, por la oscuridad del misterio que es el mundo.
El nudo del cuento es simple, por así decir. En él se narra, por un lado, la decisión y la actitud de un padre que deja a su familia para irse a vivir en la tercera orilla del río. De este lado, muestra el impacto que causa a los familiares la elección paterna, acentuando especialmente la reacción del hijo, que permanece preso en la orilla del río en su esfuerzo de querer, pero no conseguir, irse a vivir a la manera de su padre. En estos dos personajes, concentraremos nuestra atención, a fin de tematizar el Tertium Datur en cuanto tercera orilla del río, conscientes de que, después de nuestra interpretación, el cuento seguirá dejando margen a otras incontables interpretaciones. Se trata de un cuento metafísico-místico-metafórico por excelencia, porque nos lleva a navegar más allá de las orillas del dualismo metafísico-tradicional, hasta las aguas de una metafísica más universal, compleja y coherente con lo real.
El Tertium Datur a través de la tercera orilla del río
Tertium Datur como modelo estructural de la vida auténtica
El cuento comienza con la frase “Nuestro padre era un hombre cumplidor, ordenado, positivo”, frase que atestigua su aprisionamiento en una orilla y que, a su vez, constituye un retrato de nuestra realidad. Dicho de otra manera, a partir de la fijación en una orilla –del pensar y del ser–, emergen y se justifican los radicalismos religiosos, las guerras, la creciente destrucción de nuestro planeta. Por el embotamiento de la visión y consecuentemente de la acción, el ser humano contemporáneo no consigue librarse e instaurar otros márgenes y posibilidades más apropiadas, más coherentes de vivir y de actuar. Eso explica por qué no se detiene la destrucción de nuestro planeta y la eliminación de vidas.
Sin embargo, el padre, en el cuento, fue capaz de romper su atadura a una orilla, pudo vislumbrar y vivir en los márgenes de la tercera orilla. Saliendo de su casa, “el padre rastreaba su identidad, su individualidad”, para lo cual tuvo que renunciar “a los bienes físicos, materiales, a la familia”, y pudo partir “en busca de lo que permanece, de la esencia, de lo eterno, de la plenitud; en definitiva: de la tercera orilla” (Carvalhaes, 1997: 62). Al comenzar el viaje rumbo al río, el padre buscaba “un sentido todavía más profundo (como el río) para su existencia” y ansiaba “encontrar otra dimensión existencial, imposible de ser experimentada en las orillas; es allá, en el río, que en este sentido él juzga posible su identificación suprema: es el camino de la ascesis, en busca del ‘Nirvana’…” (61), del que también podemos encontrar un paralelismo en los místicos y metafísicos medievales. Fue entrando en el río como él –“hombre cumplidor, ordenado, positivo”– pudo escaparles “a los códigos sociales, perturbando de una vez por todas, el orden establecido. Curioso viaje este, un viaje en dirección a ningún lugar, un viaje no teleológico, un viaje que se hace por el medio” (Mendonça, 1996: 25). Así, la vida es contemplada como un viaje sin télos predeterminado, o sea que se trata de una teleología sin fin prefijado ni prescripto. La autenticidad de la vida se teje a través de la búsqueda constante de aquello que nos hace ser nosotros mismos, y, por lo tanto, de aquello que nos hace plenos como seres humanos, eso que Riobaldo condensó en su afirmación “Aprender a vivir es lo que es el vivir”.
En la medida en la que el padre se animó a vivir la vida como una travesía y lo logró, el hijo, “ser de la tierra en su fuerza inmóvil”, se quedó
preso de una de las orillas, ortodoxo en sus creencias, desconfiado frente al movimiento y a lo desconocido que le sugerían el flujo y reflujo del río. “Es el hombre común que apenas conoce la tierra, desconociendo los otros elementos”;
limitándose apenas
a transitar de una fijeza a la siguiente; será siempre “lo que no fui”, “atado a los viajes como a postes”, a la manera de Campos/Pessoa, pero sin nunca partir realmente. Para aquellos que se quedan, el río será siempre el movimiento desconocido, la indiferenciación óntica, la locura, la muerte, la nada (Varela, 1996: 346).
A diferencia del hijo telúrico,
el padre, personaje transitorio, fluido, se asocia a la imagen móvil de las aguas, a la aventura y al movimiento, a la metamorfosis y a lo desconocido. Optando por una vida-travesía, el hombre humano en su profundidad inconsciente sabe que su destino es el del agua que corre (346).
El Tertium Datur está tejido por exigencias y condiciones como salida de sí, de sus ideas, de su camino “cumplidor, ordenado”, al modo de Abraham (Génesis 12:1-9). El padre asumió la vida, incorporó la finitud, o sea, la muerte, que es irreductible a la dimensión físico-corpórea. El surgimiento de lo nuevo se ve condicionado y habilitado por la muerte, de modo semejante a lo que sucede con el grano de trigo, que solo puede nacer y producir si muere. Es por eso por lo que el hijo, al quedarse solo para “exorcizar su miedo y su culpa”, no consigue vivir auténticamente. En la medida en que él “ve a la orilla como el lugar seguro, de las cosas firmes, del apego, de lo lógico, de lo sensato, y ve al río como el abismo, el último llamado, a lo desconocido y al final”, el padre “va día tras día río arriba, río abajo, río adentro. No se detiene en el lado de acá ni busca el lado de allá. Busca la tercera orilla” (Carvalhaes, 1997: 64). Solo quien se atreve a zarpar –como el padre– de su puerto seguro podrá saber el sabor que tiene navegar otras orillas que las fijas, a las cuales la mayor parte de los mortales se encuentra amarrada.
Así que, en definitiva,
la vida es siempre travesía, iniciación (ascendente o descendente) rumbo a lo sobrenatural del humano, la trascendencia inmanente de la tierra. Allí, uniendo los pares de opuestos en un inter-regno indefinido, el humano-río, coincidencia de ser y de no ser, de Parménides y de Heráclito, se asume en la afirmación del devenir, en el retorno infinito, sabiendo que solo el cambio permanece (Varela, 1996: 319),
en la orquesta de lo real, bajo el signo del Tertium Datur, como una coincidentia oppositorum.
Pero ¿cuál sería el criterio para que justifiquemos la validez y la vigencia del Tertium Datur en contraposición al Tertium non Datur? ¿Hemos de recurrir en este momento a la pregunta y a la confesión del hijo en el cuento: “¿Soy hombre, después de este derrumbe? Soy el que no fue, el que va a callar. Sé que ahora es tarde, y temo concluir mi vida en la mezquindad del mundo”. Fijado a una orilla, él no consiguió vivir de modo coherente con su ser y, por lo tanto, fue infeliz, fue inauténtico. Recordemos el criterio de la ética propuesto por Cirne-Lima:
Quien es coherente y actúa coherentemente es alguien, ya solo por eso, feliz y tranquilo […] la incoherencia, al contrario, significa siempre oposición, conflicto, lucha y, en última instancia, infelicidad. Estar feliz, la eudaimonía de Aristóteles, es ser y estar coherente con el universo (Cirne-Lima, 2000: 230).
El Tertium Datur como principio literario
Considerando la tercera orilla como Tertium Datur de la metafísica del lenguaje rosana, y, por ende, su principio literario por excelencia, recordamos la confesión de João a Lorenz –“Me gustaría ser un cocodrilo en San Francisco, porque los cocodrilos ven al mundo como una maestría de metafísica”–, a partir de la cual Varela aportó este comentario oportuno:
Renunciando a la fijeza de las orillas, a la rigidez de las lógicas binarias y de los sistemas ortodoxos, maestro de una sabiduría mítico-metafísica, Guimarães Rosa se mantiene en el flujo y reflujo del río, en la tercera orilla del río (Varela, 1996: 325).
Esta es la especificidad del Tertium Datur presente en la textura de su obra literaria. A diferencia de las filosofías sistemáticas regidas por el Tertium non Datur, el lenguaje literario de Rosa “se asume en ese aspecto, ‘en el vicio de crear nuevas palabras’, como ‘la lengua de la metafísica’, desveladora y fundadora del ser” (Varela, 1996: 327), imposible de sustentar sobre la oposición excluyente entre verdadero y falso, intuición y razón, ficcional y real, etc.
De esta manera,
entre el sentido y el sinsentido, el ser y la nada, la escritura rosana habita ese lugar central y periférico, el río del texto, regodéandose en el equilibrio inestable de un lógos que excede la pseudo-estabilidad de las orillas, su carácter fijo sistémico y asfixiante (Varela, 1996: 340-341).
Con lo cual, a nuestro entender, se dan el espacio, el tiempo, los medios para la tercera posibilidad como principio literario en Guimarães.
Tercera orilla como Tertium Datur del ser y del pensar
El padre, al irse de la casa, “contuvo la respuesta”, y fue todo silencio. Por cierto,
¿no sería el silencio una salida para un antimetafísico en su lucha contra la gramática? Ahora bien, si por un lado el silencio posibilita que el pensamiento escape a la lógica de funcionamiento de la tradición metafísica, pudiendo inclusive desencadenar un efecto que perturba el orden establecido, por otro no puede expresar más que una aporía del pensamiento (Mendonça, 1996: 24).
El silencio del padre cuestiona toda pretensión de la filosofía de elevar y agotar lo real conceptualmente. Resuena en su silencio una crítica contundente a la pretensión, propuesta por los discursos regidos por el Tertium non Datur, de clasificar y ordenar lo real de modo claro y distinto. En estas mismas aguas, tal vez no sea casualidad que, al final del Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein nos haya invitado a callarnos[17]. El hijo, al mismo tiempo que representa el esfuerzo conceptual de decir lo que es el ser con palabras, en su fracaso se asemeja al trabajo de Sísifo. Dicho de otro modo: en su tentativa de racionalizar el acto misterioso y paradójico del padre, el gesto del hijo puede ser visto también como “expresión de una falencia: la del pensamiento racional para aprisionar y domar la vida” (Mendonça, 1996: 26).
Frente a dos orillas posibles,
el silencio y la palabra, Guimarães Rosa no duda: abraza la lógica de la paradoja y se queda con las dos. En otra entrevista nos daba la pista: “las paradojas existen para que la vida todavía pueda expresar algo para lo cual no existen palabras”. Es la tensión entre la palabra y el silencio, que, escapando a las oscuras orillas del pensamiento metafísico (Mendonça, 1996: 27),
constituye la columna vertebral del cuento en cuestión e instituye el principio del tercero sugerido e incluido en el lenguaje.
Rompiendo con la lógica del Tertium non Datur, donde manda la exclusión –o esto o aquello, o santo o pecador, etc.–, la tercera orilla o el Tertium Datur se urde desde la vigencia de la paradoja, que mantiene una polaridad generadora de nuevas e inagotables orillas y posibilidades de ser y de pensar; porque al final “¿lo humano no es sinónimo de paradójico?” (Rosa, 1983: 443). Se trata de una opción, entonces, por el pensamiento paradojal, que quiebra los patrones sociales o las formas metafísicas tradicionales, “bueno o malo, adecuado o errado”, como muy bien poetizó Mário Quintana.
De un lado,
ser parmenídeo, encadenado al equilibrio precario de la tierra, a la fijeza de sus orillas, para el hijo el río, el movimiento, es solo el no ser, lo desconocido, lo indiscernible misterioso, la nada. Ser de tierra, sedentario, carente de creencia en la resurrección y en el infinito, para él la tercera orilla es un espacio inconcebible para la razón, es la amenaza indeterminada del caos (Varela, 1996: 347).
Él viene a representar toda forma de fundamentalismo –político, religioso, ideológico– en la medida en que es incapaz de comprender la orilla del otro; por eso permanece imposibilitado para articular los polos opuestos conjunta y paradójicamente. En la raíz de los procedimientos destructivos del ser humano –para con el otro y para con la naturaleza–, se encuentra la misma postura esquizofrénica que se ancla en los “márgenes de ganancia” del tiempo presente. Al olvidarse la orilla del tiempo futuro, el humano sigue infligiendo heridas a la naturaleza sin percibir los efectos nefastos de sus actos. Sin embargo, en este lado y más allá de este lado, “en el eje del río, en el centro de la corriente prohibida al humano, el padre rompe el equilibro, corta las amarras con la tierra, fluye río abajo, río afuera” (Varela, 1996: 347)[18]. Él expresa la posibilidad de ver y resolver las preguntas sobre el ser y el pensar a través del entrelazamiento de las orillas, a través del diálogo, a través de la “fusión de horizontes”. Como lo no dicho todavía, la tercera orilla permanece siempre como una posibilidad de pensar y de ser –más allá de los márgenes restringidos del concepto y de las posturas solipsistas– e implica una acción que procura incluir y no excluir, cuidar y no destruir, cooperar y no competir.
La tercera orilla como Tertium Datur, el término medio, no excluye la orilla de la unidad ni la de la multiplicidad, pero las presupone articuladas en un todo. Así, “el tercero incluido es el término medio y mediador entre lo real y lo posible, lo lógico y lo verosímil, situándose en ese lugar entre, simultáneamente punto de confluencia y de pasaje” (Varela, 1996: 317), lo que implica la relativización del valor de las orillas contrapuestas o de la hegemonía de una sobre otra.
En definitiva, podemos decir que el Tertium Datur se refleja en la lógica de lo doble, lógica compleja, ambigua y multifacética: dios y diablo, locura y cordura, inmanente y trascendente, etc. Y que, como principio literario, cose todos los textos de Rosa, en la medida en que “subvierte la lógica de la dicotomía, porque es siempre inclusiva (esto y aquello), nunca excluyente (esto o aquello)” (Carvalhaes, 1997: 68). A diferencia del Tertium non Datur, con el que se ve y se trata a lo real desde la dualidad y estadísticamente, la lógica del Tertium Datur es más apropiada y coherente para comprender y explicitar su estructura compleja, así como la experiencia humana, móvil y misteriosa.
Travesías y conclusiones marginales…
Más que nunca, hoy somos convocados a superar los radicalismos –religioso, político, personal, filosófico, etc.– bajo el riesgo, si no, de seguir asistiendo a las barbaries cometidas por los seres humanos, unos contra otros y contra nuestra madre naturaleza. Para esto, es urgente que rompamos con la lógica hegemónica del Tertium non Datur y aprendamos a atrevernos a zarpar de nuestras orillas. Solo así podremos navegar en el medio del río del ser y del pensar, donde “todo está en todas las cosas”, preservando los enlaces humanos y naturales. Sabemos que es mucho más difícil que asentarse en una de las orillas, navegar entre ellas, pero, según nos lo había mostrado ya el Estagirita, es en el medio donde están la belleza, la verdad y la felicidad. Más allá de los estrechos márgenes de los dualismos, la vida, tomada de conjunto, nos pide una actitud del tamaño y a la altura de su riqueza y complejidad, propia del Tertium Datur.
La pregunta filosófica del hijo al final del cuento –“¿Soy hombre, después de este derrumbe?”– es una invitación actual a todo lector y lectora para instaurar la tercera orilla del ser y del pensar. Responder a esa pregunta significa romper con toda forma de aprisionamiento en una u otra orilla de lo real y constituir modos de llevarlo con las debidas proporciones. Se trata de que aprendamos a ver nuestro vivir en travesía –sin aferrarnos a la orilla del comienzo ni a la del fin–, donde “todo es y no es”, lo que supone encontrar el coraje y la osadía representados por el padre. Incorporar en nuestras vidas la pregunta propuesta por el hijo significa ampliar nuestra visión del mundo, así como actuar de modo universal y coherente, de manera que cuidemos la vida y nuestro planeta. En un registro particular: con el Tertium Datur como lógica paradojal de la vida, tejida entre el silencio y el habla, entre la luz y su falta, nacieron las pequeñas Helena y Alice, que formaron mi tercera orilla; ahora veo que la hija de Júpiter rejuvenece, se alegra, se anima y alimenta la Luz que se había apagado…
Es interesante que los mismos términos, “tres”, “trans”, “travesía”, apuntan a un más allá de los dualismos lógicos y ontológicos. No sabría decirlo, pero ¿no sería el Tao precisamente la conjunción de lo que está antes y después de la justificación de dos orillas estáticas contrapuestas? En definitiva, más allá de las dos orillas fijas y opuestas del Tertium non Datur, el Tertium Datur las traspasa y se transforma en tres, posibilitándonos una comprensión y un tejido de lo real en movimiento –eterno[19] e “infinito tanto como dure”[20]– en la musicalidad de las palabras finales del Gran Sertón: Veredas: “Lo que existe es el hombre humano. Travesía”.
Referencias
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- Traducción del portugués por Camilo Porta Massuco.↵
- En la Metafísica de Aristóteles, leemos: “… todos los intermedios son intermedios entre dos opuestos determinados, porque solo a partir de los opuestos en tanto tales ocurre el cambio (y es justamente por eso que es imposible que haya un intermedio entre cosas que no son opuestas). Ahora bien, entre dos opuestos contradictorios no existe un término intermedio: de hecho, la contradicción consiste en una oposición en la cual uno u otro de los miembros debe necesariamente estar presente en alguna cosa, sin que haya ningún término intermedio” (cursivas nuestras).↵
- Agradezco a la Prof. Dra. Aracy Ernst por referirme este texto.↵
- Más detalles sobre este punto en Rohden (2005: 153-160).↵
- A verdade “se ela existe, / ver-se-á que só consiste / na procura da verdade, / porque a vida é só metade” (Pessoa, 1994: 580).↵
- Para más detalles, se puede consultar la obra de Geneviève Droz (1993), cuyo epígrafe ilustra muy bien lo que estamos señalando aquí: “… y fue así, Glauco, que el mito fue salvado del olvido y no se perdió. Él puede, si le damos crédito, salvarnos a nosotros mismos”.↵
- “El fenómeno de la traducción es el verdadero centro de la hermenéutica: en éste se confronta la situación hermenéutica básica que consiste en reconstruir el significado de un texto, trabajando con herramientas gramaticales, históricas y de otro tipo para descifrar un texto antiguo. […]. Siempre hay dos mundos, el mundo del texto y el del lector, y, por consiguiente, Hermes tiene que ‘traducir’ de uno a otro” (Palmer, 2002: 52-53). Ver también el poema de Fernando Pessoa (2010): “Temos, todos que vivemos,/ Uma vida que é vivida/ E outra vida que é pensada,/ E a única vida que temos/ É essa que é dividida/ Entre a verdadeira e a errada./ Qual porém é verdadeira/ E qual errada, ninguém/ Nos saberá explicar;/ E vivemos de maneira/ Que a vida que a gente tem/ É a que tem que pensar” [“Tenemos, los que vivimos,/ una vida que es vivida/ y otra vida que es pensada./ Y la única que tenemos/ es la vida dividida/ entre la verdadera y la errada./ Cuál no obstante es verdadera/ y cuál errada, ninguno/ nos lo sabría explicar;/ y vivimos de manera/ que la vida que uno tiene/ es la que debe pensar”].↵
- De la entrevista “La crisis del mundo moderno y el papel de las religiones”, concedida a la revista electrónica Caffe Europa en 1999. ↵
- “Mas, o mais importante, sempre, é fugirmos das formas estáticas, cediças, inertes, estereotipadas, lugares comuns, etc. Meus livros são feitos, ou querem ser pelo menos, à base da dinâmica ousada, que se não for atendida, o resultado será pobre e ineficaz. Não procuro uma linguagem transparente […] Não o disciplinado – mas a força elementar, selvagem. Não a clareza – mas a poesia, a obscuridade do mistério, que é o mundo.” Carta a Harriet de Onis ap. Nilce Sant’Anna Martins, en Martins (2001: ix).↵
- En cuanto al porqué del “salteo” de las “Segundas historias”, veamos lo que encontramos en Los prefacios de Tutaméia, de Paulo Rónai: “–¿Por qué Terceras historias –le pregunté–, si no hubo Segundas? –Unos dicen: porque fueron escritas después de otras que no estuvieron incluidas en Primeras historias. Otros dicen: porque el autor, supersticioso, quiere imponerse la obligación y la posibilidad de publicar otro volumen de cuentos, que serían entonces las Segundas historias. –¿Y qué dice el autor? –El autor no dice nada –respondió Guimarães Rosa con una risotada de niño grande, feliz por haber llevado a su colega hasta una trampa”. En Rosa (1985: 216). Agradezco al amigo rosano Rogério Mosimann da Silva por recordarme esta cita.↵
- “Eu atravesso as coisas –e no meio da travessia não vejo!– só estava era entretido na idéia dos lugares de saída e de chegada” (Rosa, 1958: 35).↵
- Sobre este punto, ver el texto presentado en el iii Seminario Internacional Guimarães Rosa, agosto de 2004, en la PUC – MG, con el título “Metafísica del lenguaje en João Guimarães Rosa” (en prensa) para ser publicado como capítulo de un libro por la editorial de la UNIJUÍ – RS. En realidad, el texto presente constituye una profundización de ese otro, en la medida en que aquí estamos configurando el Tertium Datur como principio por excelencia de la construcción literario-metafísica de João Guimarães Rosa.↵
- “É, e não é. O senhor ache e não ache. Tudo é e não é” (Rosa, 1958: 13).↵
- “ah, meu amigo, a espécie humana peleja para impor ao latejante mundo um pouco de rotina e lógica, mas algo ou alguém de tudo faz frincha para rir-se da gente…”↵
- “mas, o senhor estará achando que desvario e desoriento-me, confundindo o físico e o hiperfísico e o transfísico, fora do menor equilíbrio de raciocínio ou alinhamento lógico…”.↵
- En este mismo sentido van dos afirmaciones de Rosa en su cuento “Aletría y Hermenéutica”, que dan cuenta de su opción filosófico-literaria: “La vida está también para ser leída. No literalmente, sino en su supra-sentido” (1985: 8) y “Siempre que se hace algo grande e importante, queda un silogismo inconcluso, o, digamos, un salto cómico a lo sublime” (16) [“a vida também é para ser lida. Não literalmente, mas em seu supra-senso” e “Sempre que algo de importante e grande se faz, houve um silogismo inconcluso, ou, digamos, um pulo do cômico ao excelso”]↵
- Sobre esta cuestión se pueden ver más detalles en la obra de Margutti Pinto (1998).↵
- Habría que comparar la actitud del padre en el cuento con la del Gran Instructor de los Upanishads, Prashna. Después de haberles dicho a sus discípulos “todo lo que sabía sobre los grandes problemas de la vida”, estos lo interpelaron con las siguientes palabras: “Sos nuestro padre, que nos llevó a la otra orilla más allá de la ignorancia”. Citado en Rohit (2003: 107).↵
- “Sean en verdad eternos, más allá de los opuestos del mundo” es el consejo que nos da Krishna en el Bagavad Gita, apéndice en Capra (1983: 113, cursivas nuestras).↵
- Refiriéndose al amor, Vinicius de Moraes poetizó: “… que no sea inmortal, dado que es llama/ pero que sea infinito mientras dure”.↵






