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Parte III.
Hermenéutica especulativa y nomadismo lector

En este último apartado, Facundo Altamirano y Martín Properzi proponen dos métodos epistemológicos y experiencias lectoras que, en principio, parecen excluirse entre sí: una corresponde a la hermenéutica especulativa cuyo despliegue conocemos a través de la Fenomenología del Espíritu de Hegel; la otra abreva en diferentes fuentes para concluir en una suerte de nomadismo lector de derrotero incierto, destinado tanto a la identificación como a la desidentificación de sí mismo. El nombre de Paul Ricoeur resulta, aquí, insoslayable.

Se ha convertido en moneda corriente oponer el método especulativo al método fenomenológico-hermenéutico. Según la versión que mejor se acomoda a ciertas expectativas de sentido, el método especulativo partiría de la indeterminación y de la abstracción del ser y de la conciencia para culminar en la identidad y en la totalidad, en una ontoteología del absoluto (si pensamos en la lógica y en la ontología) y del Estado (si nos ubicamos en la política) que barrería con todas las diferencias deglutiendo la singularidad, subsumiéndolas en la aridez del concepto (si nos situamos en el saber). El todo pediría el sacrificio de la parte, inhibida por aquel en su potencia y en su libertad. El método fenomenológico, en cambio, tendría su punto de partida en la pluralidad, en los infinitos mundos singulares para retornar a ella, aunque no de modo inmediato, sino desde el extrañamiento. El fantasma de la pérdida de sí se desvanece, la(s) diferencia(s) y el carácter insuperable de la pluralidad humana, como gusta decir a Ricoeur, recuperarían así sus prerrogativas y sus derechos. Algunas líneas de investigación hoy en día procuran recuperar aquellas diferencias y pluralidades aplastadas por el peso de las totalizaciones modernas. Sin embargo, cuando vemos a la principal protagonista de esa novela filosófica llamada Fenomenología avanzar casi a ciegas llenándose de frustración, pues nada en el mundo hará posible que lo real coincida plenamente con su pauta (Masstab), con sus expectativas de sentido; cuando la vemos, exhausta, llegar tras su calvario a la meta, arrastrando consigo las huellas de la escisión, de sus heridas, frustraciones y fracasos, no nos resulta muy difícil comprobar que el extrañamiento del que nos habla ese gran lector de la mitología occidental que es Ricoeur no es muy diferente del tipo de experiencia enajenante de la que nos habla aquella famosa, aunque no muy popular, novela decimonónica. O mejor: las experiencias que nos cuenta la conciencia natural a lo largo de su relato y que la conciencia del nosotros filosófico traduce como puede se parecen bastante a las que revivimos en ese gran texto que es Finitud y culpabilidad. Lo cual nos permite concluir, al menos provisoriamente, que, si bien abundan los distanciamientos, también existen las aproximaciones, por sutiles que parezcan. Ambos autores apuestan a las vías largas, a los rodeos, al pasaje por lo que llamamos “cultura” (relatos, literatura, arte, mitos) para volver al sí-mismo. Un sí mismo que ha tenido la oportunidad si no sucumbe al peligro narcisista de permanecer en el encantamiento de sí de volverse extraño para sí. Con lo cual los dos caminos, el fenomenológico-hegeliano y el ricoeriano, si bien por momentos tienden a bifurcarse y a rechazarse, se entrecruzan e interceptan[1]. Más de lo que sus respectivos autores, si es que hubiesen tenido la ocasión de dialogar, querrían. Pero ¡qué nos importan los autores! Aquí cuentan los textos y sus mundos.

Como señala Facundo Altamirano, Hegel distingue entre un entendimiento proclive a comprender al objeto desde un a priori que busca petrificarlo y a abordarlo en modo unilateral, y una razón que opera por inmersión en el objeto, que se deja llevar por su movimiento inmanente. Distinción que, según señala el autor del capítulo y con la que no puedo no acordar, es también hermenéutica, pues se trata de dos procedimientos interpretativos diferentes pero relacionados. Ni el entendimiento (dotado de la potencia de la separación) ni la razón (que se esfuerza, sin lograrlo nunca del todo, por suturar la herida, por cubrir la escisión) carecen de pauta (Masstab). Término clave que muy pocos estudios destacan en la obra hegeliana y que, sin embargo, tiene un protagonismo notable en la introducción, cuando el filósofo se refiere a su método del desarrollo del saber especulativo, asume, en cambio, un lugar fundamental en este trabajo. Pues, mientras que el entendimiento contempla su objeto, lo “barrunta” sin penetrar en él, la razón exige “entregarse” (zu übergeben) a la vida del objeto expresando su necesidad interna. De modo tal que, “al sumergirse en su objeto” (Gegenstand vertiefen), se “olvida” de aquella visión abstracta o general que no es más que la reflexión del saber en sí mismo, fuera de todo contenido: la conciencia natural, devenida espíritu, ha logrado aniquilar en sí un punto de vista que se descubre unilateral. Olvido y pauta (prejuicio, anticipación de sentido, clave interpretativa que toda conciencia “barrunta” para confrontar con lo real): dos momentos poco explorados que desafían las lecturas lineales, fundadas en la necesidad, que se hacen del derrotero fenomenológico.

Cuando se trata del modo en que opera la razón, los verbos se encabalgan para expresar movimiento, fluidez, devenir: versenken (hundir, sumergirse), übergeben (entregar, confiar), vertiefend (absorberse en, ahondar), gewährenlassen (dejar hacer). Es lo que exige el verdadero conocimiento: superar los prejuicios de un entendimiento que se limita a lo formal de la atención, que no penetra la interioridad del objeto, sino que lo juzga desde la abstracción y la universalidad de su pensar, como si pudiese determinarlo y manejarlo (manipularlo) desde afuera. En su tosco maniobrar provisto de tenazas, el proceder unilateral del entendimiento no solo se abstiene de considerar al objeto tal como es en sí mismo, sino que inhibe a la sensibilidad, la percepción de lo que singulariza, impidiendo al oído aguzar su sentido y detectar diferencias. Doble prejuicio que acarrea un perjuicio doble para el que conoce desde la pura formalidad del pensar: el de la supuesta impenetrabilidad del en sí de los objetos, y el de la ineptitud de la subjetividad para llegar a él. Pérdida, en definitiva, de un sujeto ­al que se priva de la posibilidad infinita de obtener del objeto nuevos sesgos, y pérdida del objeto, que queda envuelto en el misterio, fundamento de la superstición. El reverso práxico de esta abstención es la mortificación de los objetos desde el punto de vista del interés. Pues la verdad de ese supuesto respeto hacia el objeto será el de un obrar que no se detiene frente a la autonomía del objeto, sino que la anula. Y la anula desde el lugar más primario y elemental: la satisfacción del interés. El objeto misterioso no ofrece ahora más que su faz útil. Altamirano nos muestra con solvencia que, frente al entendimiento que somete y arrebata, el “atender a la cosa” constituye pues el meollo de la hermenéutica de la razón. El lema fenomenológico zu den Sachen selbst (“a las cosas mismas”) implica que la especulación filosófica deja que actúe en ella la cosa en desmedro del capricho de las propias ocurrencias. Este atender es por ello un “dejar-hacer” (gewährenlassen), es decir, un abandonarse en la cosa sin manipulación. Quizá suene exagerado, pero es lo que reclama hoy la cosmopolítica en su trato con los cuerpos de otros (desde un hámster a un chimpancé) a fin de sentir con ellos y como ellos, lo que posibilitaría (lo pongo en potencial dado que nada hace suponer que esa empatía está asegurada) mitigar la crueldad puesta en práctica por la experimentación. A la superstición del entendimiento, Hegel opone la confianza de la razón. Su actitud sin reservas ante la cosa le permite abrirse enteramente a su realidad sin oponerle resistencia. En términos hermenéuticos esto significa dejarse decir algo por la cosa, hacer audible, escuchando, el sentido que lo otro quiere transmitir desde las plantas curativas de sor Juana hasta las flores y frutas de Marosa di Giorgio, como sugiere el texto de Ángel Octavio Álvarez Solís. Y si esa alteridad resistente y a la vez seductora es el texto, el lector no es un agente que obra sobre él y que lo manipula desde afuera, sino alguien que escucha y responde, que se deja transformar. Esta condición es una modalidad de apertura y vulnerabilidad en la cual la propia identidad viene interrumpida por lo otro.

Con la escucha que responde, ya estamos en las puertas de la propuesta de Ricoeur. En su reconstrucción de esa “experiencia desestabilizadora” que destruye la facticidad unívoca del sujeto-lector, Martín Properzi nos muestra en breves pinceladas –incluso a través de aforismos que parecen altos en el camino, momentos de detención del frenético “ir por más”– que el lector nómade es, en algún punto, la conciencia peregrina de Hegel, caminante de la historia y también de mundos narrativos “que los textos le ofrecen para entrar, explorar y volver a sí transformado”. No es otro, en efecto, el final del camino que la conciencia atormentada recorre; aunque, sabemos, hay pocas garantías de que esa transformación se opere: en su camino pesan la contingencia, las elecciones fortuitas, la obstinada persistencia en la fijeza. Pues es posible que el lector-caminante prefiera la petrificación al devenir, castigo de los dioses ovidianos.

En su relectura de la hermenéutica de la facticidad de Heidegger y de la de Ricoeur, Properzi acentúa aquellos aspectos que hacen de la incursión a lo otro una experiencia desestructurante que no solo conmueve la subjetividad, sino que toca el cuerpo: la relación genuina con el texto nos dice es carnal. La dimensión corporal adopta en este trabajo una centralidad que lo aleja de la versión cartesiana de la subjetividad, empeñada en su des-encarnación. Son los cuerpos los que se con-mueven, son ellos los que salen, trémulos o robustecidos, de su encuentro con un corpus convertido en campo de resistencia. Pues tampoco el texto es uno y unívoco, tampoco él es completo ni tiene final, aunque todos terminen. Ni texto ni lector están completos. Ambos se interrumpen en el encuentro con su otro, ambos se anudan y desmoronan. Experiencia de des-identificación y de des-arraigo, la lectura es salida del cautiverio del yo, el comienzo y la posibilidad de una aventura: la de una metamorfosis infinita.

    

M. J. R.


  1. Si bien la dialogicidad debería ser recíproca, no son escasos los textos en los que Ricoeur dialoga con Hegel, lo cual nos da la pauta de cuán presente está el filósofo especulativo en aquellos que hubiesen querido superarlo (por más que suene paragógico) de una vez por todas.


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