Las damas católicas en el interior argentino
Ana María Teresa Rodríguez
Introducción
Este artículo analiza las diferentes formas que adquirió la participación de las mujeres católicas en el proceso de construcción de las iglesias de la Territorio Nacional de La Pampa (Argentina) en las primeras cuatro décadas del siglo XX. Esta problemática remite a las cuestiones de financiamiento de culto, tema de interés de los historiadores de la religión que ha generado una creciente producción historiográfica en la Argentina.[1] Hemos estudiado de manera particular el caso de La Pampa, territorio incorporado al Estado nacional luego de la “conquista al desierto (1879), cuya particularidad fue que la institucionalidad política y la estructura social y económica se construyó de manera paralela al campo religioso.[2] En las primeras décadas del siglo XX, la sociedad pampeana experimentó una creciente expansión económica y una importante dinámica demográfica migratoria acompañada por un importante proceso de urbanización, y desarrolló un aparato político institucional que, con criterios modernizantes, incluyó al catolicismo como un pilar constitutivo de la sociedad local y de la comunidad política. Concebido el catolicismo como portador de la “civilización”, el “progreso” y “la nacionalidad” se presentó el inconveniente de que el clero, perteneciente a la orden franciscana y a la congregación salesiana, resultó insuficiente para el objetivo de la Iglesia Católica de construir una sociedad confesional. Esta carencia abrió el espacio para el creciente protagonismo de una feligresía constituida mayoritariamente por migrantes extranjeros que, a través de la creación de diversas instituciones, creó capillas y asumió del sostenimiento del culto.[3] De este modo, la construcción de la Iglesia pampeana dependió del protagonismo de los agentes del Estado (autoridades nacionales, gobernadores, intendentes, oficiales del Ejército), la feligresía y las compañías colonizadoras.
Hemos identificado templos construidos por parte de compañías colonizadoras con anterioridad a la llegada de los migrantes; templos propiciados por agentes del Estado inmediatamente después de conformado un asentamiento; templos edificados por colonos inmigrantes de manera paralela a su establecimiento en una localidad; esposas de estancieros que financiaron las construcciones y el culto en las estancias una vez afianzada la unidad productiva; “vecinos” ‒es decir, inmigrantes acomodados católicos‒ que implementaron diferentes prácticas asociativas en pro del objetivo de construir un templo dos o tres décadas después de la fundación de un pueblo. La edificación de los templos no fue una tarea inmediata: quienes habían llegado a las pampas a partir del proceso migratorio ultramarino y profesaban la fe católica debieron movilizar recursos para su concreción y a veces tardaron años en lograrlo. Así, no es de extrañar que proliferaran las asociaciones para lograr ese objetivo. En este contexto, a menudo fueron las mujeres, esposas de estancieros o exponentes de los sectores medios y altos locales, las que animaron las comisiones pro-templo y fueron las hacedoras de la tarea de la construcción de una capilla, en estrecha vinculación con el clero local. Si bien es cierto que la participación fémina en la cuestión religiosa fue un rasgo frecuentes en la época este estudio reviste ciertas particularidades. Por un lado, analizamos el accionar de mujeres de las clases altas porteñas, que no residencian en La Pampa y que, como parte de su proceso de vinculación con sus unidades productivas, se abocaron a la construcción de templos, y por el otro, abordamos el accionar de mujeres de los sectores medios locales que, a través de las comisiones pro-templo fueron agentes en el proceso de construcción de un templo y a través de esta práctica desarrollaron estrategias de negociación y confrontación con diferentes actores sociales.
Entonces, analizamos en este capítulo las diversas modalidades de esta participación femenina. El trabajo se inserta, entonces, en los estudios que interpretan los procesos de feminización de la religión, cuestión que prácticamente no ha sido estudiada en el campo historiográfico con excepción de los estudios sobre las congregaciones religiosas femeninas.[4] Coincidimos con las consideraciones de Inmaculada Blasco Herranz (2008: 323) respecto de la necesidad de “abordar la relación entre género, religión y mujeres” para el estudio del catolicismo de los siglos XIX y XX, en nuestro caso para la interpretación del proceso histórico argentino. Ella nos advierte acerca de la “la relevancia histórica de dos fenómenos estrechamente ligados: el de feminización de la religión y el de la movilización de las mujeres dentro del movimiento católico” y nos invita a analizarlos desde un enfoque que se aparta tanto de las explicaciones que enfatizan el papel dominante y opresor de la Iglesia como de aquellas que, al atribuir al protagonismo y acción de las mujeres un lugar destacado en la explicación de la movilización, concluyen afirmando que el catolicismo ofreció instancias “liberadoras” para las mujeres.
Para el abordaje de este problema hemos apelado a un variado y amplio espectro documental, fundamentalmente material escrito por las propias mujeres abocadas a la construcción de los templos.[5] El trabajo se organiza en torno a dos ejes. En primer lugar, analizamos el caso de las viudas de clase alta rural, vinculadas a sectores de poder político y económico y no residentes en el Territorio; en segundo término, dirigimos la mirada hacia las mujeres de sectores medios que conformaron las llamadas comisiones pro-templo.
Viudas y estancieras
Iniciado el siglo XX, la llanura pampeana logró desprenderse del antiguo esquema socioeconómico casi exclusivamente ganadero-pastoril para encarar una nueva etapa de vigorosa expansión de la agricultura cerealera. A caballo del cambio de siglo comenzaron a articularse, movilizados por la expansión cerealera, el ingreso masivo de inmigrantes transoceánicos, el proceso de subdivisión de las primitivas extensas propiedades mediante el arriendo y la venta y el avance del riel (Lluch, 2008:144). Fueron artífices centrales de esos procesos las compañías colonizadoras, entre ellas la empresa “Estancia y Colonias Trenel S.A”, la “Guatraché Land Company”, la “Colonización Stroeder” y la “Drysdale”. Esas compañías, que asumieron un rol protagónico en la puesta en producción del área pampeana, participaron de diferente modo en los procesos de construcción de la Iglesia católica local.
La compañía “Estancia y Colonia Trenel”, fundadora de la localidad homónima, construyó el templo local a partir de la iniciativa de la familia Devoto. Fueron inicialmente los franciscanos quienes misionaron en Trenel desde la localidad norteña de Intendente Alvear. A falta de iglesia, generalmente lo hicieron en la fonda de uno de los fieles católicos del lugar, Enrique Racca, que prestaba el local de su negocio para la celebración de las misas y para la administración de los sacramentos, especialmente el bautismo, el matrimonio y la confesión. Allí los sacerdotes solían permanecer hasta tres días cada mes. Sin embargo, para la atención de la feligresía esa presencia resultaba insuficiente, de lo que tomó nota el estanciero Antonio Devoto, fundador del pueblo y dueño de la empresa “Estancia y Colonia Trenel”.[6] El 15 de diciembre de 1915 Devoto hizo colocar la piedra fundamental del templo del pueblo con la autorización del obispo de La Plata Juan Nepomucero Terrero.
Al fallecer Devoto al año siguiente fue su esposa y única heredera, la condesa Elina Pombo de Devoto, quien asumió la responsabilidad de continuar la construcción del templo y una casa de cinco habitaciones destinada a la residencia estable de un sacerdote.[7] Asimismo se hizo cargo, de acuerdo con las disposiciones diocesanas referidas a la materia, de escriturar los inmuebles a nombre de la curia episcopal de La Plata.
Los historiadores Roberto Tavella y Celso Valla señalan que “la construcción del templo de Trenel se llevó a cabo gracias a la munificencia de su esposa” y
La Iglesia fue dedicada a San Antonio, en memoria del fundador del pueblo. La misma dama hizo construir la iglesia gemela de Ingeniero Luigi, y a no haber fallecido hubiera llevado a buen término los propósitos de hacer construir sendas capillas en Arata y Metileo. Además, hizo donaciones del altar mayor, escaños, comulgatorios, confesionario y otros elementos de valor que enriquecen el templo (Tavella y Valla, 1978: 345).
La construcción del templo finalizó en 1917 y fueron laicos locales, fundamentalmente el comisario Manuel Degreef y su familia, quienes se dedicaron a la organización del culto, se ocuparon de mantener las instalaciones y de lograr que el párroco de General Pico, José Anuziata, oficiara las misas y administrara los sacramentos de manera regular (Tavella y Valla, 1978: 346).
Sin embargo, el templo no fue inaugurado hasta 1920, cuando la condesa Devoto, en su carácter de principal accionista y presidenta del directorio de la “Sociedad Anónima Estancias y Colonias de Trenel”, solicitó la autorización al vicario capitular de la diócesis de La Plata, monseñor Claudio Burdet. Su objetivo fue “atender las necesidades espirituales de aquellos pobladores que nacen, viven y mueren sin los auxilios de la religión católica”.[8] Pero las intenciones de la “benefactora” no se agotaron en el acto simbólico, sino que propuso la creación de una parroquia y vicaría que tendría como titular a San Antonio de Padua, en honor a su marido, y comprendería las localidades en las que se hallaban situadas las estancias y colonias de su compañía: además de la de Trenel las de Monte Nievas, Metileo, Arata, Las Piedritas, Caleufuú y Embajador Martini.[9] La nueva parroquia tendría una “extensión de ciento cincuenta leguas, unas trescientas veinte mil hectáreas, más o menos; con una población de doce a trece mil almas”.[10] Para lograr su objetivo la condesa se comprometió a que el directorio de la empresa asignara una suma mensual de 300 pesos para cubrir los gastos que demandase el cura. También propuso la designación del sacerdote Eugenio Raffo como primer cura y vicario de la nueva parroquia. La elección respondía, a su entender, al perfil del sacerdote, quien además de contar con la confianza de la condesa era italiano y por ello capaz de dar respuesta a las “aspiraciones de aquellas colonos italianos en su casi totalidad”.[11]
La viuda de Devoto actuaba desde una concepción aristocrática avalada por el título de conde que había sido otorgado a su esposo, en 1916 pocos meses antes de su fallecimiento, por el Rey Victorio Manuel II de Italia en reconocimiento por los servicios durante la guerra ítalo-austríaca y por la labor realizada en beneficio de la colectividad italiana residente en la Argentina. A pesar de que no era un título nobiliario hereditario, la viuda era conocida socialmente como condesa y, su propuesta de crear jurisdicción religiosa al estilo de contado se enmarca claramente en prácticas propias de sociedades jerárquicas tradicionales.
La condesa inauguró la parroquia el 1 de enero de 1921. Su intención era que además de la localidad de Trenel la nueva parroquia incluyera varias localidades. Para ello requirió del acuerdo de diferentes actores eclesiásticos concretamente del clero secular, de los franciscanos y de los salesianos. Por esta razón, en primer lugar necesitó del cura de General Pico, el sacerdote secular José Anunziata, el acuerdo para desprenderse del territorio de Trenel, Metileo, Monte Nievas y Arata. En segundo lugar, solicitó a los salesianos su conformidad dado desde que la mayor parte del territorio conformaba la “Misión de la Pampa”. Por último, solicitó el acuerdo de los franciscanos, de quienes dependían Metileo, Arata, Las Piedritas, Caleufuú y Embajador Martini.[12]
La condesa contaba con buenos contactos a nivel nacional por sus vínculos sociales y se aseguró la anuencia de las jerarquías eclesiásticas, específicamente la del vicario capitular de la diócesis Claudio Burdet, salesiano, que se ocupó de gestionar los acuerdos necesarios. Pero el franciscano Victor Tor, cura vicario de Intendente Alvear, manifestó su negativa a ceder las localidades de Caleufu y Embajador Martini a la nueva parroquia. Sus argumentos fueron que
los pueblos de Caleufú y Embajador Martini pertenecen a nuestra jurisdicción y son debidamente atendido […]. Embajador Martini dista de estos 17 kilómetros en la misma línea de Intendente Alvear. Caleufú dista seis leguas y hay volantes que va todos los días. Además quitando a Luiggi, Caleufú y Embajador Martini quedaría Alta Italia teniendo que pasar por Embajador Martini para ir allá, que sería jurisdicción de Trenel y nos lo quitaran. Por tales razones veo que no hay ninguna necesidad ni utilidad siquiera en agregarle a Trenel los dos dichos pueblos.[13]
Más allá de sus argumentaciones acerca de las distancias y que por esta razón correspondía a la orden ocuparse de esos poblados, el vicario franciscano manifestó que por cuestiones jerárquicas él no podía resolverlo y sólo en “caso de que acuerde una subvención suficiente me interesaría para que se cedan dichos pueblos”.[14]
Por su parte, el cura vicario de General Pico José Anunziata informó que el Departamento Trenel pertenecía a la jurisdicción de su parroquia y que comprendía los pueblos de Metileo, Monte Nievas y Arata. Según su testimonio, esas localidades estaban atendidas “hasta hoy, con visitas periódicas a manera de misiones”, por lo que sus pobladores “nacen, viven y mueren cristianamente y no es como lo expresa la propuesta la viuda de Devoto”. La excepción era Arata, por su calidad de simple estación ferroviaria.[15] A pesar de esas puntualizaciones, sin embargo, prestó su consentimiento para la conformación de la nueva parroquia, aduciendo que al estar circunscripta al ámbito de las colonias de Trenel “queda[rá] muy reducida, y podrá ser atendida en todos los aspectos”.[16]
Tampoco los salesianos prestaron inicialmente su conformidad para que la localidad de Monte Nievas se incorporase a la nueva parroquia. El inspector salesiano José Vespignani afirmó que la “Colonia está más próxima a Castex donde hay residencia y Colegio de Misión atendida por Salesianos, con Iglesia y por lo tanto no habría razón para separarla”, y apeló a que el “R. P. Serié trate de convencer a la Condesa de Devoto sobre la dificultad que ello implicaría”.[17]
A pesar de ello, las gestiones de la señora Devoto culminaron con la incorporación de la Monte Nievas a la nueva parroquia, pero no así con las localidades que dependían de los franciscanos, que se mostraron “más reacios” y exigieron una indemnización monetaria sin llegaron a un acuerdo.[18] A causa de esta oposición, la parroquia se creó sin “quitar la jurisdicción de los padres franciscanos” de las zonas que controlaban.
Finalmente, el 31 de marzo de 1921 el vicario capitular de La Plata Claudio Burdet erigió canónicamente la parroquia de Trenel y designó a un sacerdote para que la atendiese de manera estable. La condesa aportó la subvención de 300 pesos mensuales y estableció que mantendría su compromiso de financiación aún si “llegaba a liquidarse la Sociedad Estancias y Colonias de Trenel”.[19] Pocos días después, el 17 de abril, la flamante iglesia parroquial fue bendecida solemnemente por su primer cura párroco, Eugenio D. Raffo, con la presencia de la señora viuda de Devoto y de su hermano político Fernando Rodríguez, que actuaron como padrinos (Tavella y Valla, 1976: 346).
Estamos en presencia de una mujer de clase alta, que a la antigua usanza haciendo valer su lugar social, logró su objetivo de proveer de servicios espirituales a los fieles y en particular a los italianos de la zona en que se hallaban sus propiedades y honrar a su esposo tomando decisiones, negociando y ser preciso confrontando con diferentes actores y autoridades. Una mujer que utilizó su capacidad de negociación, sin duda adquirida fuera del ámbito religioso, para moldear la esfera eclesiástica tal como lo hacía cotidianamente en relación con su empresa. En otras palabras: la condesa Elina Pombo de Devoto es un claro ejemplo de mujeres que muy lejos estuvieron de comportarse sumisamente ante las autoridades eclesiásticas.
Otro caso de esposa de estanciero que propició la construcción de uno de los templos más importantes del territorio fue Mariana Cambaceres, artífice de la edificación de la capilla de Hucal. Según Beatriz Dillon, la estancia Hucal puede considerarse el primer establecimiento rural del territorio pampeano, puesto que fue fundada en 1883 por Antonino Cambaceres sobre la base de tierras obtenidas del gobierno nacional inmediatamente luego de la “conquista al desierto”.[20] En 1889, luego de su fallecimiento, las tierras pasaron a manos de una de sus hijas, Mariana Cambaceres, futura esposa de Diego de Alvear.[21] Hucal formó parte del conjunto de extensas propiedades de los Cambaceres-Alvear, que cubrían 32 leguas cuadradas.[22] Dillon señala que “la gran producción de la Estancia Hucal, destacada por la cría de animales de cabañas dio vida al pueblo que, beneficiado por el tendido del ferrocarril acopiaba y transportaba la importante producción de la zona” (Dillon, 2016: 2).[23]
A la muerte de Diego de Alvear en 1923, Mariana Cambaceres realizó remodelaciones en el casco de la estancia y se propuso construir una capilla en honor de su segundo esposo. Fue el misionero salesiano Ángel Buodo quien tuvo la iniciativa de la construcción de la capilla.[24] Relata Roberto Bertín (2005: 123) que el proceso de construcción fue supervisado desde el inicio por la estanciera, quien se ocupó de contratar al “dibujante proyectista del plano” y a la empresa constructora Pedro Cabré de Bahía Blanca, con la que firmó un contrato el 19 de octubre de 1925 para la provisión de materiales la construcción del templo.
La empresa, a su vez, contrató al constructor Luis Sansoni. En una entrevista ofrecida en 1998 Sansoni reprodujo el diálogo en el que Pedro Cabré le pidió que se hiciera cargo de las remodelaciones de la estancia:
Vea, me dice, tengo un problema que vos podes resolvérmelo: la cuñada del presidente de la república, Marcelo T. de Alvear (que era presidente en aquel entonces, que le falleció un año antes el hermano), se quedó viuda con las dos chicas, la Elvira y la Dora; tenían una estancia de 22mil hectáreas ahí en Hucal. En pocas palabras, esta señora quería modificar, reformar el casco de la estancia, más hacer una iglesia en memoria de su marido.[25]
El salesiano Guillermo Cabrini inauguró la capilla San Diego en junio de 1926, tras lo cual el misionero Ángel Buodo bendijo sus dos campanas y asumió la atención religiosa periódica.[26] Buodo había logrado que “doña Mariana” construyera una de las capillas más hermosas de La Pampa, de estilo gótico y dotada de detalles arquitectónicos exquisitos, como el altar de ónix y los vitrales adquiridos a la Casa Estruch (Dillon, 2016).
Como Elina Pombo de Devoto, Mariana Cambaceres es otro ejemplo de las mujeres católicas de clase alta que financiaron la construcción de templos en La Pampa. En este caso en particular, una capilla en su propia estancia para la atención de su familia y de quienes trabajaban en el establecimiento. La construcción del templo fue una forma de hacer pública su religiosidad, de mostrarse católica y adquirir un reconocimiento social. En ambos casos el objetivo declarado fue la honra de la memoria de sus maridos difuntos. La decisión de construir los templos implicó para esas mujeres de la elite aplicar a la esfera religiosa habilidades propias de su condición de empresarias: administrar recursos, tomar decisiones, negociar, confrontar.
En las comisiones pro-templo
Como hemos planteado, la construcción de capillas no fue una tarea necesariamente asociada al proceso de urbanización del territorio pampeano. Solo los principales centros urbanos y las comunidades de alemanes de Rusia contaron con un templo desde el momento mismo de su fundación. Por esta razón, cuando La Pampa dejó de ser un territorio de misión ad gentes y se disolvió en consecuencia la “Misión de la Pampa”, no todas las localidades tenían una capilla. En ese contexto, respondiendo a la demanda de espacios para las prácticas del culto, proliferaron las comisiones pro-templo, ejemplos de un asociacionismo católico que floreció en las décadas de 1930 y 1940 en el que el protagonismo de las mujeres fue destacado.[27] Mujeres de sectores medios y “acomodados” promovieron o integraron comisiones en localidades como Barón (1935), Larroude (1935), Catriló (1936), Luan Toro (1936 y 1941), Lonquimay (1937), Winifreda, (1938), Miguel Cané (1939), Jardón (1940), Arata (1940), Metileto (1940), Santa Isabel (1941), Villa Mirasol (1942), La Gloria (1942) y Sarah (1948), entre otras.
En estos espacios las mujeres lograron obtener beneficios más allá del modelo de feminidad decimonónico e intervenir en el espacio público antes de la promulgación de la ley de voto femenino. Como ha planteado Nancy Fraser (1993: 30-33) previamente a la incorporación política formal a través del sufragio las mujeres conocieron una amplia variedad de participar de la vida pública y aun de la vida política.
A través de la participación en las comisiones pro-templo muchas mujeres tuvieron la posibilidad de ejercer ciertos derechos civiles, como administrar bienes raíces o manejar cuentas bancarias. Además ocuparon lugares de autoridad y poder al organizar y controlar actividades que no siempre fueron las requeridas por los asesores eclesiásticos.
Un ejemplo entre otros es el de la comisión pro-capilla de Colonia Barón, pequeña localidad del norte pampeano situada en el Departamento Quemú-Quemú y dependiente en lo religioso de la capellanía de San José. La localidad había sido fundada en 1915 por Vilfrid Barón como parte de su proyecto de colonización agrícola, y como la mayoría de los poblados pampeanos no había contado desde los inicios con su propio templo. En 1935 los descendientes de Barón donaron un terreno para la construcción de un templo a instancias de la comisión pro-capilla, integrada por mujeres de la localidad y asesorada por el capellán Guillermo Wasel. Los objetivos de la asociación fueron específicamente “conseguir la donación de un terreno, para auspiciar la construcción de una Capilla en la localidad”.[28] En oportunidad de la fundación el capellán dio a conocer el reglamento por el cual se regían las comisiones y se procedió a elegir la comisión directiva por voto secreto. “[L]as electas en la comisión directiva pasaron a ocupar sus respectivos puestos” y la presidenta, Noemí J. de Tapia, pidió la opinión de las socias respecto del terreno a solicitarse. La elección, realizada sobre la base de un plano del pueblo, recayó en el de los Barón, juzgado “el mas indicado por estar en inmejorable posición urbana”.[29]
Los conflictos con el capellán no faltaron. En 1941 el sacerdote instó a renovar la composición de la comisión, que en su opinión se encontraba paralizada a causa de la mudanza a Santa Rosa de varias socias, incluida la presidenta Tapia. Su intención era clara: disolver la comisión inicial y formar una nueva formada por hombres o mixta como las de otras localidades como Winifreda. De hecho, por nota el sacerdote Guillermo Wasel manifestó al secretario nciller, pbro. Adolfo Tortol, que: “confieso francamente Rdo. Padre que no me siento seguro con estas pocas señoras, que no sirven y están solamente, necesitamos hombres”. Agregaba que las señoras de la comisión habían extraído el dinero de la casa comercial de Llorente, donde estaba depositado, y se negaban a entregárselo. El señor Barón, afirmaba, “hará todo, pondrá altares, bancos, etc. lo mismo dijo a los miembros de la Municipalidad. Así no es necesario preocuparnos por el edificio del nuevo templo. No necesito más el dinero que no quisieron entregar las pocas damas, las cuales, según reglamento por Comisión Pro Templo no tienen derecho de retirarlo, ni depositarlo mucho menos conservarlo”.[30] Insistía el capellán sobre sobre la acefalía de una comisión que a algunos, decía, les parecía inexistente: “en el pueblo nos preguntaron: ¿Hay Comisión? ¿Quiénes son? ¿Quién es la Presidencia? ¿Dónde está el dinero que se reunió de modo especial por la Señora de Tapia?”. La responsabilidad de la “acefalía”, opinaba, se debía a “estas pocas señoras, [que estaban] silenciosas, sin moverse, sin hacer nada”. Para resolver el “problema” realizó una convocatoria a los “principales “puebleros” con el fin de crear una nueva comisión y reunió una asamblea de la que participaron “29 personas, 21 hombres y 8 damas”. A partir de esa reunión se conformó una nueva comisión directiva de composición mixta cuyos principales cargos ocuparon varones. Mujeres eran las dos secretarias, “buenas maestras, católicas practicantes”.
El capellán pretendía que “la nueva Comisión trabajara y ayudara al sacerdote, limpiando el local donde se realizará misa, comprando algunas sillas, bancos y se empeñara para que pronto se levante las paredes de la futura Capilla”. El modelo a seguir era el de otras localidades que atendía el sacerdote, como Winifreda y Mauricio Mayer, donde las comisiones desarrollaban esas tareas y “hasta mantienen al Sacerdote los días de su misión”. Para ello consiguió el apoyo de las dos ramas femeninas de la Acción Católica (damas y señoritas) y gestionó el reconocimiento de la nueva comisión por parte del obispo de Mercedes, monseñor Anunciado Serafini.[31]
Frente a esta situación, obviamente, la “Comisión de Damas Pro Capilla” manifestó su disconformidad y se dirigió también al obispo para exponer sus razones y solicitarle “su aprobación y bendición, la solución a nuestra petición anterior para gestionar la erección de la Capilla”. [32] En primer lugar, las mujeres manifestaron que habían obtenido la aprobación y bendición del primer obispo de Mercedes, monseñor Juan Chimento, quien desde 1938 se hallaba al frente del arzobispado de La Plata del que la diócesis de Mercedes era sufragánea. Tras la mudanza de la presidenta, explicaron, habían vuelto a reunirse en comisión y a elegir una nueva comisión directiva, por lo que una parte de los argumentos del capellán eran infundada. Informaron además al obispo respecto de los fondos con que contaban y el destino que pensaban darle. Ante ambas solicitudes de reconocimiento el obispo aprobó la propiciada por el capellán, que comenzó a “trabajar dentro de un ambiente de franca colaboración, asesorada siempre por el Rdo. Padre G. Wasel”. La nueva comisión, mixta, obtuvo donaciones de cinco bancos para la remodelación del salón que cumplía las funciones de capilla y cuyo alquiler se pagaba con el aporte pecuniario de los miembros de la comisión directiva.[33] Lograron además que la comisión anterior entregase toda la documentación y el dinero que había recaudado, a pesar de lo cual la construcción de la capilla tuvo que esperar más de una década.
Consideraciones finales
En un contexto socio-político modernizador, en el que la Iglesia católica se reacomodaba a los cambios sociales y políticos de la Argentina de fines del siglo XIX, el catolicismo fue un pilar constitutivo de la sociedad local y de la comunidad política pampeanas en tanto agente de la “civilización”, del “progreso” y de “la nacionalidad”. La proliferación de las construcciones de templos muestra cuán lejos se estaba de erradicar todo símbolo religioso y que por el contrario los templos fueron considerados un elemento necesario para la construcción de los territorios nacionales.
Así, en La Pampa diversos actores participaron de la financiamiento del culto en las primeras décadas del siglo XX. La Iglesia católica, más concretamente la congregación salesiana, al momento de referirse a los templos construidos en el periodo 1896-1946 se arrogó el mérito de haberlos construido o propiciado. Sin embargo, al indagar sobre quiénes fueron los actores que tomaron las iniciativas y participaron luego activamente en la construcción de los primeros templos se destacan laicos que actuaron desde estructuras creadas especialmente para tal fin. ¿Quiénes eran esos laicos? Fundamentalmente mujeres católicas, ya fuera miembros de la elite que apelaron a sus propios recursos o mujeres de sectores medios o acomodados que reunieron fondos y asumieron diversas tareas en el marco de comisiones pro-templo. Viudas de estancieros, maestras y otras mujeres tuvieron la iniciativa de crear nuevas estructuras religiosas con gran autonomía, haciendo valer sus criterios e imponiendo su voluntad. En algunos casos negociaron y en otros confrontaron con los miembros de la jerarquía eclesiástica. Esas mujeres católicas estaban decididas a participar de la toma decisiones y no pasivamente en el ámbito que la sociedad consideraba propio de las mujeres: la religión.
Las diferencias de clase son evidentes en uno y otro caso. Las viudas estancieras pertenecieron a los sectores más altos de la sociedad argentina, vinculados a la gran burguesía de la Pampa húmeda. De hecho, ninguna de ellas residía de manera estable en La Pampa sino en Buenos Aires, y su lugar social las vinculaba no sólo a la sociedad de la capital, sino al mundo europeo. Visitaban La Pampa durante las vacaciones o bien en ocasión de algún evento en particular. ¿Por qué estas mujeres construyeron templos vinculadas a sus unidades productivas? Sus objetivos parecen responder a modelos tradicionales de sociedad y sus formas de actuar a concepciones más propias del antiguo régimen que de la sociedad de masas. Honrar a sus maridos muertos, contar con un sacerdote para los feligreses de sus propiedades y zonas aledañas, hacer pública su religiosidad son algunas de las consideraciones que las motivaron. Esas motivaciones y el modo en que actuaron evocan las antiguas formas de los patronatos laicales que ha estudiado Di Stefano (2013) más que las formas de sociabilidad del siglo XX. Por su parte, las mujeres de las comisiones pro templo pertenecían a sectores acomodados o medios urbanos, residían en las localidades donde crearon sus organizaciones y respondieron a demandas concretas de sus propias comunidades. Sus formas de actuar y de organizarse son más propias de la época y responden a los principios de organización de la democracia liberal y republicana. Unas y otras, a través de la religión, ejercieron derechos de los que carecía la mayor parte de las mujeres, como es el caso de la administración de bienes y de dinero. El estudio de estas mujeres las muestra como partícipes relevantes de los trabajosos procesos de construcción del catolicismo y de su Iglesia.
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Tavella, R. y C. Valla (1976), Las misiones y los salesianos en la Pampa, Santa Rosa: Gobierno de la Provincia de La Pampa.
Apéndice cartográfico. Propuesta jurisdiccional de la Parroquia de Trenel
- Entre los autores que han estudiado el tema del financiamiento podemos citar, entre otros, a Ábalo (2012), Di Stefano (2016; 2017), Lida (2005; 2007) y Martínez (2015).↵
- Nos referimos a A. M. T. Rodríguez, “La construcción de templos en los territorios del sur argentino. Consensos y tensiones por el espacio público (1896-1934)” en prensa en R. Di Stefano (Comp.), La ciudad secular: religión y esfera pública urbana en Argentina, colección “Las ciudades y las ideas”, Bernal: Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes. ↵
- Desde 1896 la mayor parte de este Territorio fue confiado a la congregación salesiana en calidad de misión ad gentes. La congregación “monopolizó” el campo católico a través de la “Misión de la Pampa” (1896-1934). En 1934, como parte de la reorganización eclesiástica a nivel nacional, la bula de Pío XI Nobilis Argentinae nationis Ecclesia creó nuevas diócesis y disolvió las vicarías foráneas de La Pampa Central, Patagones, Río Negro, Neuquén, Chubut y Santa Cruz. De este modo desapareció la “Misión de la Pampa” y sólo quedaron bajo jurisdicción de la congregación salesiana las parroquias de General Pico, General Acha, Trenel, Victorica y Santa Rosa. (Valla, 1994). El territorio pampeano sufrió una nueva distribución jurisdiccional según la cual el norte quedó bajo la autoridad de la diócesis de Mercedes y el sur bajo la de Bahía Blanca. La primera incluyó ocho parroquias –Santa Rosa, Catriló, Victorica, Eduardo Castex. San José, Quemú Quemú, General Pico y Trenel– y la segunda cuatro –General Acha, Bernasconi, Guatraché y Macachín‒. Esta división se conservó hasta 1957, cuando por la bula Quandoquidem adoranda Pío XII creó el obispado de Santa Rosa para el espacio de la provincia.↵
- Véase el trabajo de Cythia Folquer en este libro. ↵
- El material documental se encuentra en del Archivo de la Curia de Santa Rosa (ACSR) y fue digitalizado por las investigadoras Rocío Sánchez y Mercedes Orfila del Instituto de Estudios Socio Históricos de la UNLPam, a quienes agradecemos el haberlo puesto a nuestra disposición. ↵
- Antonio Devoto arribó a la Argentina en la década de 1850 y se transformó en uno de los hombres de negocios más ricos del país durante la gran expansión agroexportadora. Conformó el “Grupo Devoto”, constituido por empresarios italianos que habían llegado como parte del proceso migratorio a la Argentina desde mediados del siglo XIX. Sus inversiones incluyeron actividades comerciales, inmobiliarias, financieras, agropecuarias, industriales, extractivas y en el sector público. Desde la década de 1890 los Devoto comenzaron a adquirir posesiones rurales para el establecimiento de colonias y para la explotación directa. Entre 1901 y 1915 adquirieron tierras en los territorios nacionales de La Pampa y de Río Negro y su principal emprendimiento de esos años fue la creación de la sociedad “Estancias y Colonias Trenel”, dedicada a la explotación de 290.000 hectáreas de tierras que en su mayor parte fueron subdivididas y vendidas a colonos mayoritariamente italianos. Los Devoto explotaban además en forma directa las fracciones no destinadas a la colonización mediante el sistema de arrendamiento (Barbero, 2009: 12).↵
- Antonio Devoto falleció el 31 de julio de 1916 sin dejar hijos ni testamento. Sus fortuna pasó a manos de su esposa, Elina Pombo, declarada heredera universal. Los bienes incluían acciones en la sociedades “Devoto y Cía.”, “Colonia y Estancias Trenel”, “Frigorífico Argentino”, “Banco de Italia y Río de la Plata” y “SACI La Inmobiliaria”. También un edificio en construcción en Av. Nacional y San Nicolás, Villa Devoto ‒el “Palacio Devoto”‒ y otras propiedades en Buenos Aires, campos en La Pampa Central, en Río Negro y en los partidos bonaerenses de Las Flores, Dolores, Bahía Blanca, Tornquist y Coronel Pringles. Cfr. Susana Costa, “La muerte de Antonio Devoto”, en https://bit.ly/3jQO4ip.↵
- Nota de Elina Pombo de Devoto al vicario capitular de la diócesis de La Plata, monseñor Claudio Burdet, fechada el 14 de diciembre de 1920, ACSR, caja “Trenel”.↵
- Antonio Devoto y sus hermanos tuvieron una fuerte conexión con la provincia de La Pampa a través de su emprendimiento agrícola. En 1905 compraron a compañía inglesa “South American Land Company Limited” 328.000 hectáreas de campos ubicados en el centro del territorio nacional. Un año después compraron el resto de las tierras, que sumaron 363.000 hectáreas, y formaron la “Sociedad Anónima Estancias y Colonias Trenel” con Antonio Devoto como primer Presidente. A partir de ese momento obtuvieron, ayudados por las conexiones con el mundo de la política de la familia, el tendido de líneas de ferrocarril, con seis estaciones ferroviarias, todas ubicadas dentro de sus campos. Susana Costa, “Antonio Devoto, un hombre singular”, en https://bit.ly/3jVp6yb.↵
- Nota de Elina Pombo de Devoto, cit.↵
- Nota de Elina Pombo de Devoto, cit.↵
- Ver apéndice cartográfico.↵
- Nota del franciscano Víctor Tod al vicario capitular de la diócesis de La Plata monseñor Claudio Burdet, Ingeniero Luiggi, 28 de diciembre de 1920, ACSR, caja “Trenel”. En la nota aclara que “de los demás pueblos nombrados en la nota de la Sra. Condesa no puedo decir nada porque no nos pertenecen”.↵
- Nota de Víctor Tor a Claudio E. Burdet, vicario capitular de la diócesis de La Plata, Intendente Alvear, 1 de febrero de 1921, ACSR, caja “Trenel”.↵
- Monseñor Juan Nepomuceno Terrero, obispo de La Plata, quiso conocer la situación del pueblo en persona y en ocasión de una visita pastoral expidió el 29 de abril de 1913 el auto de creación de la primera capellanía vicaria de la población, cuya dirección asumió el R. P. José Anunziata, ACSR, caja “Trenel”. ↵
- Nota del cura vicario de General Pico José Anunziata al vicario capitular Claudio Burdet de la diócesis de La Plata, 2 de enero de 1921, ACSR, caja “Trenel”.↵
- Nota de inspector salesiano José Vespignani al vicario capitular Claudio E. Burdet de la diócesis de la Plata, 6 de febrero de 1921, ACSR, caja “Trenel”.↵
- Nota de monseñor Sosa Levalle al vicario capitular Claudio E. Burdet de la diócesis de La Plata, 14 de febrero de 1921, ACSR, caja “Trenel”. ↵
- Nota de Claudio Burdet al cura párroco de Trenel, Eugenio Raffo, La Plata, 31 de diciembre de 1924, ACSR, caja “Trenel”.↵
- Antonino Cambaceres fue uno de los pilares del ala fundadora del Partido Autonomista Nacional y presidente de la campaña de suscripción de bonos de 1879 para la adquisición de tierras públicas; también fue director del ferrocarril y del Banco de la Provincia de Buenos Aires. El 1 de febrero de 1887 fue cofundador de la Unión Industrial Argentina. Fue además miembro de la Sociedad Rural Argentina (Dillon, 2016).↵
- “Cotita”, como se la llamaba, se casó en primeras nupcias con Ramón Blanco Rivero, español, hacendado y miembro del Jockey Club. Inmediatamente después de su muerte en 1909 contrajo matrimonio con Diego de Alvear Fernández Coronel, hacendado, empresario e hijo de una de las familias más ricas del país ‒era primo del presidente de la República Marcelo Torcuato de Alvear‒. Según algunos testimonios, fue amante y padre de dos hijas naturales que reconoció luego de contraídas las nupcias. Se Había casado en primeras nupcias con la hija del presidente Manuel Quintana. En 1903, junto con Otto Bemberg y otros inversores, construyó una línea férrea desde Puerto Belgrano a Rosario y en 1906 constituyó la “Compañía de Ferrocarriles de Rosario”. El consorcio fue además constructor y administrador del puerto de Rosario en la provincia de Santa Fe. Acompaño a su primo Marcelo Torcuato de Alvear en varios viajes a Europa durante su época de joven emprendedor. Murió en forma repentina en agosto de 1903 (Doba et al, 2015). ↵
- Poseían cuatro grandes estancias en La Pampa: Hucal, San Antonio, La Josefa y La Cotita (Dillon, 2016). ↵
- La Estancia/pueblo de Hucal se ubica en uno de los valles que atraviesan la provincia. Así se entremezclan en la vista los bosques de caldenes y los médanos, las planicies y los sembrados y la ganadería de cría. (Dillon (2016. ↵
- Ángel María Juan Buodo (1867-1947) fue un italiano nacido en Barco, provincia de Udine. Recibió de manos de Miguel Rua la ordenación sacerdotal y en 1898 formó parte de la 32° expedición misionera que partió de Turín. Ocupó diferentes destinos en la Argentina hasta que en 1914 fue incorporado a la parroquia de General Acha, La Pampa, en carácter de misionero. Murió en Buenos Aires el 11 de mayo de 1947, a los 80 años, con 55 de profesión y 51 de sacerdocio.↵
- Entrevista realizada el 21 de septiembre de 1998 por Ana Miravalles. Disponible en https://bit.ly/2EqtLrB. Información suministrada por el docente Horacio Pagella.↵
- A. Buodo, “Estado actual de la misión del Centro, General Acha 1928-1929”, Museo Capilla Ángel Buodo, La Pampa.↵
- Lida (2009) ha analizado a las comisiones pro-templo como práctica del siglo XIX. Esta autora identifica a estos espacios como uno de los ámbitos de sociabilidad vecinal, en el que los vecinos, participaban de la vida de su templo más alla de su presencia en las misas. Precisamente en estas comisiones cuya función era obtener los recursos para construir, refaccionar o decorar paredes; sus integrantes en su mayoría mujeres también se encargaban de la organización de conciertos a cargo de aficionados ‒es decir, los propios vecinos, o de la puesta en escena de obras de teatro a beneficio del templo y la organización de bazares y rifas. La prensa era el lugar por excelencia al cual acudían las comisiones para hacer públicas sus necesidades.↵
- Nota del presbítero Guillermo Wasel al obispo de Mercedes Juan P. Chimento, Colonia San José, 4 de diciembre de 1935, ACSR, caja “San José”. ↵
- Acta Nº1, Comisión Pro Capilla de Colonia Barón, 27 de agosto de 1935, ACSR, caja “San José”.↵
- Nota del pbro. Guillermo Wasel al secretario canciller, pbro. Adolfo Tortol, San José, 23 de junio de 1941, ACSR, caja “San José”.↵
- Nota del pbro. Guillermo Wasel al obispo diocesano de Mercedes mons. Dr. Anunciado Serafini, San José, 7 de noviembre de 1941, ACSR, caja “San José”.↵
- Nota de la secretaria Noelia de Cornejo Sosa y de la presidenta María Z. de Faccinetti al obispo de Mercedes mons. Anunciado Serafini, Colonia Barón, 15 de julio de 1941, ACSR, caja “San José”.↵
- Nota del presidente, la secretaria y el asesor de la Comisión Pro Templo de Colonia Barón al obispo diocesano Dr. Anunciado Serafini, Colonia Barón 24 de enero de 1942, ACSR, caja “San José”.↵







