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Rafael Eladio Velázquez y la profesionalización de la historia en el Paraguay

Liliana M. Brezzo

A diferencia del historiador del siglo XIX, que trabajaba por lo regular de manera individual, que combinaba la política, la literatura, el periodismo con actividades propias de la escritura de la historia, el historiador del siglo XX se caracterizó por la paulatina especialización de su quehacer y por la construcción de instituciones y sociabilidades propias de su disciplina. En esa evolución del historiador en profesional, Rafael Eladio Velázquez tiene un doble interés: por un lado, su preparación específica en Paraguay y España que se proyectó en una dedicación prioritaria a la investigación y a la enseñanza universitaria; por otro lado, están los vínculos que estableció para hacer de la historia una disciplina institucionalizada y alcanzar una más amplia difusión del conocimiento histórico.

Velázquez recogió los resultados de sus pesquisas en una obra histórica plural, en libros, capítulos de libros y artículos que publicó entre los años 1956 y 1994. Un porcentaje significativo de los materiales en los que reposaron sus escritos históricos se encuentran en su acervo personal que guarda la Academia Paraguaya de la Historia. Sin embargo, su condición de dirigente político de la oposición durante el gobierno autoritario de Alfredo Stroessner y los largos años de enfermedad que debió sobrellevar limitaron la organización de un archivo en el sentido de reunir la mayor parte de la documentación originada en sus actividades, que constituyera un eventual legado histórico. Estas contingencias pueden explicar la ausencia de repertorios epistolares o de otros tipos de escritos privados; en cambio, figuran materiales como las cuantiosas fichas bibliográficas con anotaciones de su puño y letra sobre textos y documentos consultados en distintos trayectos de sus investigaciones, cuadernos con esquemas de las clases que impartía en la universidad, borradores de su producción histórica con diversos grados de avance. Visto de este modo, el acervo personal aparece como una verdadera sedimentación de las actividades historiográficas que Velázquez desenvolvió a lo largo del tiempo, como una construcción autobiográfica, un relato de su vida académica y de sus contribuciones a la historia paraguaya. Se podría, incluso, arriesgar un argumento según el cual su “obra histórica” estaría compuesta no únicamente por los escritos que vieron la luz de la imprenta, sino también por aquellos que permanecen inéditos o que circularon en la esfera privada.

Este estudio pretende contribuir al conocimiento de la trayectoria de Rafael Eladio Velázquez y al papel que jugó en el proceso de profesionalización de la historia a través del entrecruzamiento de su obra histórica con otras escrituras personales que permanecen inéditas.

Formación profesional y espacios institucionales

Rafael Eladio Velázquez nació el 24 de octubre de 1926 en Asunción. Hijo único del matrimonio formado por Eladio Velázquez y Elsa Campos, realizó sus estudios primarios y secundarios en el colegio San José. Se graduó de abogado en el año 1950 en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional, y estuvo entre los primeros egresados de la Licenciatura en Historia de la Facultad de Filosofía al obtener su título en 1952.

Como en otros casos, la historia como disciplina institucionalizada nació en el Paraguay apoyada por el Estado. Por decreto ley del 16 de febrero de 1948, se fundó la Facultad de Filosofía dependiente de la Universidad Nacional de Asunción

como organismo superior aplicado a la formación de profesores para la docencia secundaria y normal, a la enseñanza de las disciplinas culturales indispensables para el ejercicio metódico de las altas actividades del espíritu y a la realización de investigaciones en los diversos dominios del saber.[1]

Desde sus inicios la facultad funcionó con la sección de Historia, además de las de Pedagogía, Letras, Filosofía y Matemáticas. El plan de estudios de la Licenciatura en Historia abarcaba un período de tres años, y figuraban cuarto y quinto curso correspondientes al Doctorado en Historia, que concluían con la presentación de la tesis doctoral. Estos últimos comprendían la asignatura Historia de la Historiografía, una materia optativa de otra de las secciones de la Facultad de Filosofía, un trabajo de seminario y la aprobación de un examen de suficiencia en dos idiomas extranjeros.[2]

Luego de egresar como licenciado en Historia, Velázquez se matriculó en el doctorado. Al mismo tiempo, fue aceptado como ayudante de cátedra en las asignaturas Historia de América Colonial e Historia de América Independiente.[3] Para encaminar la investigación doctoral, inició labores en los archivos eclesiásticos de San José de los Arroyos y de Pirayú, las que permiten filiar dos de sus principales intereses historiográficos: la historia de la población y la problemática religiosa en el Paraguay en la larga duración.

En 1955 Velázquez obtuvo una beca del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid para una estancia científica en el Archivo General de Indias con un plan de trabajo denominado “El Paraguay en los siglos XVII y XVIII”, bajo la orientación del profesor Guillermo Céspedes del Castillo, catedrático de Historia de América en la Universidad de Sevilla. También asistió y aprobó el curso de Historia del Derecho Indiano a cargo de Antonio Muro Orejón y el seminario “La ciudad hispánica”, impartido por Julio González y González.[4]

En 1956 Velázquez publicó en España su primer trabajo académico en la Revista de Estudios Hispanoamericanos titulado “Los estudios históricos en el Paraguay”, en el que anoticiaba sobre las principales obras impresas editadas en ese país durante el año.

Entre los meses de noviembre de 1956 y enero de 1957, trabajó en el Archivo del Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia para relevar documentación referida a las relaciones diplomáticas y comerciales entre Francia y el Paraguay en 1811-1870.[5] De momento no se dispone de testimonios que podrían mostrar con mayor claridad cómo pergeñó Velázquez este proyecto y sus objetivos. Se conocen estas labores porque entre sus papeles personales figura un prolijo cuaderno en el que da cuenta de su estancia en París y en el que figuran también transcripciones de documentos con referencias y noticias de la realidad histórica paraguaya entre los años 1842 y 1857.[6]

Antes de regresar a Asunción, dictó un curso de Historia General de América en la Universidad Hispanoamericana de Santa María de la Rábida.

Dos cartas privadas permiten calibrar lo que significó para Velázquez la experiencia de trabajo en España. Una de ellas dirigida a su madre, con fecha 3 de abril de 1956, en la que narra un “alegre recorrido” por el sur de Andalucía en compañía de amigos, aprovechando la Semana Santa de ese año. La otra es la copia de una carta mecanografiada que habría remitido a sus alumnos del sexto curso del colegio Goethe, en Asunción, cuyo contenido comienza con cierto tono pedagógico:

Aquí en Sevilla, donde florecen el jazmín y el naranjo, donde suena la guitarra y donde las ventanas tienen rejas, donde los tejados son como los nuestros, la pronunciación es muy parecida a la nuestra: no se diferencian la S, la C y la Z, y –créase o no– hasta la CH se dice con el acento suave de nuestros campesinos. La primera persona con quien traté para instalarme donde hasta ahora vivo era un señor de Sanlúcar de Barrameda (donde –dicho sea entre paréntesis– producen un exquisito y embriagante vino de naranja) y me dijo que se llamaba “Sanache” (como en guaraní), exactamente como lo haría cualquier vecino de Aschotei (sic) o de Ybajhai.[7]

Al calor de la máquina de escribir, describe su experiencia en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla:

… de céntrica ubicación, de apreciables comodidades para el estudio y de habitantes cordiales y cultos. La planta baja está destinada al funcionamiento de la mencionada escuela, instituto americanista que depende del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Es un centro de altos estudios especializado en historia, sociología, economía, arte y actualidad de nuestra América. Su biblioteca, de más de 25.000 volúmenes, abierta al público y muy completa, es mantenida constantemente al día. Se reciben, además, y por vía de canje, unos 2000 entre revistas y periódicos de las 21 repúblicas, inclusive Alcor y antes Panorama, de Asunción. Sus publicaciones permanentes son la revista mensual “Estudios Americanos”, de ensayos e información cultural, “Bibliografía e Historiografía Americana”, cuya especialización está indicada en el mismo título, que es anual y próximamente se tornará semestral y el “Anuario de Estudios Americanos” en que aparecen trabajos de investigación más extensos. En cada una de las mismas ha aparecido algo relativo al Paraguay.[8]

Velázquez reseña a sus alumnos las labores de investigación que realiza en el que considera su “centro de actividad”, el Archivo General de Indias, y añade algunas pinceladas sobre el compañerismo que predominaba entre los estudiantes que acudían a Sevilla a perfeccionar sus estudios:

A él concurro por la mañana y por la tarde, a jornada completa, vale decir siete horas y media diarias. La riqueza de sus fondos documentales es inmensa y en lo que a nuestra patria concierne, virtualmente cantera inexplotada, salvo excepciones. Carece de instalación eléctrica. Todo está organizado para facilitar la labor del investigador. El personal pertenece al Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios. Existe una biblioteca de consulta bien surtida, de la cual quien haya abierto expediente investigador puede retirar libros.
Hay aquí una población permanente de historiadores americanos. En las tardes de invierno y una vez a la semana, solíamos reunirnos en peña, en torno a una botella de buen vino y algunos bocadillos, a conversar y a veces a oír una disertación. Los hay jóvenes y viejos, hombres y mujeres, legos y curas, doctores y generales.[9]

La misiva revela que el becario supo aprovechar la oportunidad que se le ofreció para incrementar su formación en la investigación histórica y que encajó muy bien en el ambiente estudiantil de la ciudad española.

Ya de regreso en Asunción, en 1959, con 33 años, ingresó como miembro de número al Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas. Al año siguiente asistió en Buenos Aires, como delegado de esa corporación, al III Congreso Internacional de Historia de América, organizado por la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina, en el que expuso dos trabajos: “El cabildo comunero de Asunción” y “La Real Provisión del 12 de Setiembre de 1537 en la formación de la conciencia nacional del Paraguay”. En los años siguientes, asistiría regularmente a esos eventos, así como a los encuentros internacionales de Historia del Derecho Indiano, celebrados sucesivamente en Buenos Aires, Santiago de Chile y Madrid.

En 1965, habiendo transcurrido una década desde la primera estancia en España, regresó a Sevilla con el propósito de ampliar el relevamiento de documentación en el Archivo General de Indias. Se trató en este caso de una breve estadía que compartió con los historiadores Julio César Chaves y R. Antonio Ramos. Este último publicaría, algún tiempo después, un folleto titulado Recuerdos de Sevilla, que Chaves se encargaría de prologar sobre la base de su rememoración de los días compartidos en esa ciudad:

Al escribir esta página recuerdo que en mayo de 1966 paseé con él (R. Antonio Ramos) por las calles sevillanas y pude apreciar los tesoros artísticos e históricos que encierra la ciudad de Las Casas y Hernando Colón. Las horas que viví junto a él y a Rafael Eladio Velázquez fueron de las mejores de mi inolvidable gira europea.[10]

En la formación específica durante su estancia en España, surgió, como determinante, el diálogo que mantuvo –directo o indirecto– con autores de gran influjo entre los estudiosos de la historia de América colonial. Por ejemplo, los apuntes que tomó en las clases impartidas por el profesor Antonio Muro Orejón inician con los debates en torno a la encomienda indiana, en las peculiaridades que distinguían a la clase “antillana” de la “continental”, una clasificación que había propuesto Silvio Zavala, un ícono de la historiografía colonial hispanoamericana, en el estudio pionero que había publicado en 1935.[11] Sin desconocer los méritos de la obra del historiador mexicano, la cátedra en Sevilla la consideraba “un poco superada” puesto que, dejó apuntado Velázquez, “ni la encomienda antillana se circunscribe a las islas ni en ellas no se dan casos de encomienda continental”. Pero lo que interesa resaltar aquí es que esos debates tuvieron un influjo reconocible en las labores investigadoras de Velázquez que hizo de la encomienda en América una de sus esferas de interés y lo llevó a adoptar una interpretación original para el caso paraguayo que descansó, al menos, en dos argumentos: la distinción entre las encomiendas de indios mitayos y yanaconas y el hecho de que las pruebas documentales revelaban la fragilidad y lo poco cuantiosas que fueron las encomiendas en el Paraguay.[12]

También es reconocible en los apuntes tomados en Sevilla el contacto con los trabajos que, desde finales de los cuarenta, dio a conocer el historiador alemán Richard Konetzke sobre la emigración española al Río de la Plata en el siglo XVI y la demografía en Hispanoamérica en el período colonial, disponibles por entonces en la biblioteca de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos; de hecho, se sabe que el propio Konetzke había concurrido a finales de los años cuarenta a Sevilla para elaborar algunos de sus escritos. El becario tuvo también acceso a los avances de la tesis doctoral del historiador Günter Kahle, quien en 1962 presentaría la monografía Grundlagen und Anfänge des paraguayischen Nationalbewusstseins (Orígenes históricos de la conciencia nacional paraguaya) en la Universidad de Colonia, en Alemania.[13] Estas lecturas (y seguramente otras que podrán rastrearse) lo dotaron metodológicamente a Velázquez de un conocimiento poco común en la realidad paraguaya de aquellos años.

Vinculación con la universidad: el profesor universitario

El bagaje intelectual que Velázquez acopió en España lo transmitió directa o indirectamente como docente a su regreso al Paraguay. Es posible distinguir un primer tramo en su trayectoria en la enseñanza universitaria concatenada con la figura del historiador Efraím Cardozo, quien en 1957 había obtenido la cátedra de Historia de América Período Colonial a la que Velázquez se incorporó como encargado de curso y, poco después, como profesor asistente. Luego del deceso de Cardozo en 1973, fue ascendido a profesor adjunto y, en 1978, promovido a profesor titular, tras lo cual ejerció el cargo docente hasta su jubilación, en 1990.

Hay que tener en cuenta que, cuando Velázquez se incorporó a la cátedra de América Colonial, la participación de Cardozo en la vida intelectual del Paraguay ya había alcanzado un grado de visibilidad notable. “Historiador, periodista y político” –en ese orden lo presentaría Velázquez en el estudio introductorio a la Breve Historia del Paraguay, que se editaría luego del fallecimiento de Cardozo–, había sido director de periódicos como El Liberal y El Heraldo e integrante de la Comisión de Límites en el contexto del litigio chaqueño con Bolivia. Como historiador, resaltaba Velázquez, había sido convocado, tempranamente, por Antonio Ballesteros Beretta para el tomo XXI de la monumental obra colectiva Historia de América y de los pueblos americanos que se editó en 1949. Allí Cardozo escribió el capítulo “Paraguay Independiente”, una síntesis de la historia paraguaya desde 1811 hasta la asunción a la presidencia del Paraguay de Juan Natalicio González.[14] En 1951 dio a conocer Vísperas de la Guerra del Paraguay, un estudio documentado en archivos diplomáticos de los países beligerantes sobre los antecedentes de ese conflicto. Antes de obtener la cátedra universitaria, también publicó 23 de Octubre de 1931 (1956), en el que pretendía explicar esa violenta coyuntura de la vida política paraguaya, y El Paraguay Colonial (1959), un ensayo sobre las raíces de la nacionalidad. Velázquez ofrecería en ese escrito, por primera vez, una clasificación de la bibliografía de Cardozo, distinguiendo sus líneas rectoras: el conjunto de estudios en torno a los derechos del Paraguay sobre el territorio del Chaco, las investigaciones dedicadas a dilucidar los antecedentes y el estallido de la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y las investigaciones que, para Velázquez, constituían las “obras culminantes”: Paraguay Independiente (1949), Historiografía Paraguaya (1959), Hace 100 años (1965-1970).[15]

En la semblanza de Cardozo, laudatoria en su conjunto, Velázquez desliza, sin embargo, lo que considera un déficit: “no tiene discípulos”. Por supuesto que existían razones que lo justificaban, añadía, como el hecho de que se dedicara a la docencia en su madurez, junto a “las circunstancias de ese tiempo y el ambiente de suspicacia que pese a su reconocido talento se hace sentir en torno a su labor”. Pero interesa subrayar esta ponderación porque pone de manifiesto un componente que, a juicio de Velázquez, aparecía como principal en la docencia universitaria.

Ese escrito introductorio sobre Cardozo encuentra un complemento en unas fichas inéditas de puño y letra que, de momento, no se han podido fechar con precisión, a las que Velázquez tituló “Historiografía Paraguaya”, y en las que vuelve a calibrar, aunque más brevemente, el lugar de Cardozo en la práctica de la historia y en el desempeño en la cátedra universitaria. Lo sitúa en una foto de grupo junto a autores que, entiende, desde mediados del siglo XX, habían “sentado escuela” en el Paraguay debido a “su rigurosa metodología”. El criterio para reunirlos era que cada uno de ellos constituía un “hito” en la construcción de una “interpretación honesta y seria de la historia paraguaya” que se sustentaba en el avance del rigor heurístico. Figuran los académicos Pablo Max Insfrán, cuyo libro sobre la expedición norteamericana calificaba como “un paradigma historiográfico”, Carlos R. Centurión, cuya Historia de la Cultura Paraguaya constituía una verdadera cantera de información y “brújula orientadora para los investigadores de futuras generaciones”, y R. Antonio Ramos, cuyas investigaciones sobre la historia de las relaciones internacionales del Paraguay lo habían convertido en un “investigador exhaustivo”. En cuanto a Cardozo, se concentraba en dos obras que, al momento de redactar las fichas, permanecían inéditas: el segundo volumen de Historiografía Paraguaya, para el que, aseguraba Velázquez, ya había reunido el material inédito, y un plan para una Historia General del Paraguay.[16] Y en este caso destacan tanto la prolífica labor historiográfica, como su talante como historiador, puesto que “no vivió enclaustrado en su gabinete de trabajo, sino que participó activamente de nuestras luchas cívicas y prodigó su salud en la cátedra y el periodismo”.[17]

Luego del fallecimiento de Cardozo en 1973, Velázquez fue promovido a profesor titular en Historia de América Colonial. Fue en este segundo tramo cuando apareció cierta pretensión de ajustar sus labores docentes a ideas propias. Se puede presentar como prueba de esta afirmación un repertorio de programas de las asignaturas universitarias bajo su responsabilidad, que confeccionó con el propósito de ampliar los “recursos metodológicos”. Entre ellos figura “Una periodización de la historia paraguaya”. La propuesta inicia con un interrogante nuclear: ¿desde cuándo puede hablarse de historia paraguaya? Y responde Velázquez: “Podemos aceptar una premisa: el pueblo paraguayo, sujeto de nuestra historia, procede de la fusión de indígenas guaraníes y españoles”. “Lo anterior”, es decir, la llegada de los primeros guaraníes, el descubrimiento a cargo de Alejo García o la entrada de las naves de Sebastián Gaboto, lo engloba como antecedentes del punto de arranque: la fundación de Asunción el 15 de agosto de 1537, porque, sostiene, “solo desde entonces la convivencia de ambos grupos y su consecuencia, el mestizaje, serán permanentes e ininterrumpidos”.[18]

Otra de las ideas de Velázquez en su intento de periodización hace foco en el proceso de emancipación política en 1811. Si bien, para el caso del Paraguay, advierte, “no implicó una crisis muy acentuada”, acepta que se distinga entre el Paraguay colonial y el Paraguay independiente. En cuanto al período colonial, indica que comprende situaciones distintas que configuran tres épocas o períodos diferenciados que debían ser tenidos en cuenta:

… el primero de ellos es el de la conquista, que coincide con la vigencia de la amplitud territorial de la llamada provincia gigante de las Indias y se extiende hasta la división de aquella, consumada en 1620-21. El segundo momento corresponde al siglo XVII paraguayo, que se prolonga hasta las manifestaciones iniciales del orden borbónico y la etapa culminante del movimiento comunero, en 1721. Y el tercero, el siglo XVIII paraguayo, comprende el resto del período hasta la independencia en 1811.

En cuanto a la historia del Paraguay independiente, para Velázquez abarcaba “cuanto ha ocurrido desde esa fecha hasta nuestros días”, un lapso que denomina “de la República”, en el que propone distinguir otros períodos: la independencia, los gobiernos autoritarios y paternalistas, el Estado liberal y la época contemporánea. Una etapa, justificaba en la propuesta, en la que los paraguayos desenvolvieron, “librados a sus solas fuerzas”, las “características de nuestro ser nacional”;[19] en particular, se detenía en el papel que jugó la guerra contra la Triple Alianza:

… la guerra lo descasta todo, pero constituye indiscutible testimonio y afirmación de nuestro ser nacional, ser heroico y singular y en tanta destrucción se fusionan y desaparecen las últimas diferencias étnica y sociales que pudieran haber subsistido del Paraguay colonial.[20]

Otro escrito útil para sostener el argumento sobre la aspiración de Velázquez a ofrecer su propia interpretación de la historia paraguaya en la docencia universitaria es “Un programa de Historia de América Colonial”, que elaboró en 1986 luego de revisiones del programa vigente y del intercambio de informaciones con otros docentes universitarios. Se trataba, en sus palabras, de reconducir la cátedra hacia la investigación y la participación más activa de los alumnos a través de labores en archivos históricos. Luego de advertir que los estudiantes carecían de experiencia en el estudio de fuentes documentales originales y en la práctica en materia paleográfica, Velázquez propuso el desarrollo de un encuentro semanal en el Archivo Nacional de Asunción para la lectura de un documento original del siglo XVII o XVIII de cara a la formación paleográfica y el adiestramiento en la elaboración de la correspondiente descripción documental. Sin dejar de atender a la necesidad de ofrecer un panorama general de la historia americana, formuló que la asignatura debía llevar como título “Desarrollo político, social y cultural de América en el período colonial”. Finalmente, justificó la necesidad de asignar a cada estudiante un tema del programa para que elaborase una monografía cuyos contenidos se pondrían a debate en las clases. Y distribuir los contenidos de la asignatura en cinco unidades didácticas: descubrimiento y conquista, el orden jurídico en la América española, sociedad y economía (con énfasis en la situación del indígena, la inmigración y el sistema de navegación), el siglo XVIII hispanoamericano hasta 1810, y la América no española.[21]

Velázquez preparó y publicó otros programas en el contexto de las labores docentes, el de “Historia e instituciones del Derecho Indiano”, cuyos contenidos comprendían 22 unidades temáticas, desde los debates acerca de los títulos de España sobre las Indias hasta el período borbónico, y que contenía un listado bibliográfico actualizado en el que figuraban autores en boga por entonces, como Ricardo Zorraquin Becú, Víctor Tau Anzoátegui, José María Ots Capdequí y Rafael Altamira.[22]

¿Qué se saca en limpio de estos programas? Además del propósito de ajustar el dictado de las asignaturas a sus propias ideas, se los puede presentar como pruebas de que Velázquez se asumía como un historiador profesional, productor de conocimientos sobre el pasado, y no como simple repetidor de ideas.

Velázquez enlazó los años de docencia universitaria con una extendida labor institucional en la Academia Paraguaya de la Historia a la que se incorporó, como ya se ha apuntado, en el año 1959. Plenamente integrado en esa corporación, asumió la dirección del anuario Historia Paraguaya entre los años 1973 y 1994, siendo responsable de la aparición de los volúmenes XIV-XXXII. El primer número de Historia Paraguaya había aparecido en 1956,[23] siendo la primera publicación periódica especializada en historia que se editaba en mucho tiempo en el Paraguay y la única de esas características que circuló hasta que en 1964 apareció la Revista Paraguaya de Sociología, bajo la responsabilidad del Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos. Según la reseña de John Hoyt Williams, a mediados de los años setenta, eran las dos únicas revistas “dignas de consulta” en cuanto a la producción de conocimiento histórico.[24] Sus secciones fijas las constituían investigaciones originales de los miembros de la academia, la divulgación de documentos históricos y las reseñas bibliográficas. Con la dirección de Velázquez, se incluyó una sección dedicada a la crónica académica, en tanto que los discursos de ingreso comenzaron a ser publicados más tardíamente, cuando se los dispuso como condición para su incorporación efectiva. Por lo demás, la Academia Paraguaya de la Historia concentraba los esfuerzos de una generación de historiadores cuyas obras habían comenzado a hacerse visibles en los años treinta. Son ellos los que fundaron y retuvieron los cargos directivos de la academia por espacio de más de veinte años: Chaves fue presidente entre 1956 y 1972 y entre 1984 y 1986; R. Antonio Ramos, entre 1976 y 1978 y luego entre 1982 y 1984; e Hipólito Sánchez Quell la presidió entre 1978 y 1980.

Las tramas de la escritura de la historia del Paraguay

No es propósito de este estudio desmadejar por completo las tramas de la escritura de la historia paraguaya tejidas por Velázquez, pero sí ofrecer noticias firmes sobre algunas de sus líneas rectoras y proyectarlas hacia el momento actual de la práctica de la historia, tomando como hilo conductor algunos de sus trabajos.

En 1964, sobre la base de los estudios realizados en Sevilla y de las labores en los archivos históricos paraguayos, presentó su tesis doctoral titulada El Paraguay en la época del gobernador Corvalán (1671-1681), que contó con la orientación del profesor Hermógenes Rojas Silva para obtener el grado de doctor en Historia en la Universidad Nacional de Asunción.[25] De este modo, junto a Irma Isnardi, fue uno de los dos primeros doctores en Historia egresados de esa casa de estudios.[26]

En la investigación doctoral, Velázquez se enfocó en indagar una década en la que el Paraguay aparecía, ante todo, como una gobernación que debió atravesar serios problemas que condicionaron su dinámica histórica: la fuerte presencia de los indígenas del Chaco, la desaparición de los pueblos de indios y de las precarias fundaciones de criollos y españoles, la consiguiente despoblación de los más productivos yerbales de la provincia, la emigración forzosa y definitiva de centenares de familias de guaraníes que pasaron a engrosar las clases serviles del litoral brasileño, los padecimientos de los indios tributarios con los abusos en torno al cultivo de la yerba mate, las penurias de la navegación y la reducción de las producciones paraguayas hasta llegar, en los casos del trigo y de la vid, a la desaparición de la economía paraguaya. Pero la culminación de esa crisis significaría –es la tesis central de la investigación doctoral– el comienzo de la recuperación. Velázquez analiza los muchos ámbitos en los que la provincia fue cambiando a finales del siglo XVII y que actuaron como contracara de la regresión: la configuración de un elenco directivo celoso de los fueros provinciales representado en el Cabildo de Asunción, que afirmó su voluntad de conservar el ejercicio del poder y su capacidad de organizar un ejército para rechazar a los mamelucos, la reedificación de los poblados destruidos y la fundación de nuevos emplazamientos.

Los argumentos de la monografía doctoral reposan en un repertorio de fuentes documentales que se conocieron por primera vez en el Paraguay como fruto de la experiencia investigadora de Velázquez en el Archivo de Indias y en el Archivo Nacional de Asunción. Así, por ejemplo, durante los años de su gobierno, Felipe Rexe Corvalán practicó la más completa y consciente de las visitas a encomiendas; reconoció y juzgó la situación de 193 encomiendas del distrito de Asunción y 65 de Villa Rica, regularizando situaciones que en algunos casos se prolongaban desde años antes, y elevó al rey un extenso informe. Velázquez analizó también el informe de fray Faustino de Casas sobre la población en esa época, un expediente comprobatorio de los problemas de la defensa, producido al año escaso de haber dejado el mando Corvalán, y todas las diligencias del juicio de residencia al gobernador, cuyo expediente se conservó completo. Hasta donde se conoce, Velázquez fue el primero de los historiadores americanos en trabajar esas piezas documentales de inestimable valor para el conocimiento del siglo XVII en el Paraguay. Solo algún tiempo después de que Velázquez trabajara el informe de Rexe Corvalán, el historiador argentino Ernesto Maeder relevó, en el archivo histórico de Sucre (Bolivia), la visita del oidor Andrés Garabito de León. De modo que el estudio doctoral de Velázquez significó un adelanto cualitativo significativo para el conocimiento del mundo colonial en estas regiones, cuando aún no se había trabajado ese tipo de fuentes.[27]

Una sección extensa de la tesis doctoral la dedicó Velázquez a analizar la evolución de la ciudad de Villa Rica, precedida del argumento con el que creía justificar el espacio que le dedicaba:

Si la historia colonial del Paraguay es, en gran medida, de aislamiento, de nula inmigración y de obligada endogamia, esas condiciones se dan aún más acentuadas en el caso de la Villa Rica del Espíritu Santo. Quizás en ello radique esa fuerza aglutinante, esa voluntad colectiva de subsistir, que le ha permitido sobrellevar las críticas circunstancias de su desenvolvimiento, y en especial, las muy duras del siglo XVII.

La atención hacia la historia de la ciudad era, sin embargo, anterior a la presentación de la monografía doctoral. Para Velázquez, Villa Rica constituía un caso de estudio que –en sus palabras– “lo atrajo” por más de un cuarto de siglo. Ya en el año 1960, adelantó los primeros resultados en una conferencia realizada en el Club Social de esa ciudad. Diez años después, al cumplirse el cuarto centenario de la fundación, publicó una serie de artículos en ocho ediciones dominicales sucesivas en el diario La Tribuna, de Asunción, y en la ciudad guaireña participó de las jornadas evocativas de dicho acontecimiento con un trabajo titulado “Historia de Villa Rica colonial. Villa Rica no es un punto geográfico, es una comunidad”.[28] En los años que siguieron a la defensa de la tesis doctoral, profundizó la investigación con los aportes de nuevas fuentes de archivo con las que inició la redacción de una monografía que abarcaba trece capítulos, de los cuales dejó redactados diez. Se conserva en su archivo personal ese texto inconcluso, mecanografiado, en cuya primera página puede leerse la siguiente anotación, de puño y letra de Velázquez, fechada en 1983: “Villa Rica del Espíritu Santo. Faltan los 3 capítulos finales”. En el prólogo que dejó redactado, explicaba:

Se pretende, con este libro, dar una idea del acaecer histórico de la Villa Rica del Espíritu Santo, desde el poblamiento inicial del Guairá y del Cuaracy-Verá, al Nordeste de la gran provincia del Paraguay o Río de la Plata, a mediados del siglo XVI, hasta las vísperas de la guerra del Chaco. Es principalmente crónica, pues por ahí debe comenzarse, dando el cúmulo de material inédito disponible: antes de interpretarlos y sin perjuicio de intentar también hacerlo, deben presentarse los hechos; y éstos se nos revelan, en verdad, fascinantes.[29]

El historiador siguió de forma ininterrumpida este tema de investigación hasta convertirse en uno de los primeros especialistas de la historia de una ciudad que, a su juicio, “presenta caracteres especialísimos, por completo fuera de serie” si se tiene en cuenta que soportó doce mudanzas o migraciones desde su primera fundación en 1570 hasta su asentamiento definitivo en 1682, a “treinta leguas” de Asunción.

Junto al interés de Velázquez por la dinámica de la historia paraguaya en el siglo XVII y, en particular, la evolución del sistema de encomienda que se proyecta en su tesis doctoral, hay otras esferas temáticas que se destacan, como, por ejemplo, la historia religiosa, cuyos resultados recogió en trabajos como “El primer doctor paraguayo: José Bernardino Servín” (1965), “Paraguay en la época de Roque González de Santa Cruz: marco histórico de su vida y de sus hechos” (1975), “Iglesia y educación en el Paraguay colonial” (1976), Libro de Acuerdos del Cabildo de la Catedral de Asunción (1744-1764) y correspondencia del mismo (1610-1784) (1985), Clero secular y evangelización en el Paraguay (1982), “Una información eclesiástica sobre la población del Paraguay en 1793 con Documento” (1989), “El padre Juan José de Vargas y los últimos comuneros del Paraguay” (1990) y El Clero Secular en la evangelización inicial de América (1992). Junto a estas contribuciones parciales, redactó un estudio de carácter más general titulado “El Clero en la independencia del Paraguay”, fechado en 1989, que no alcanzó a publicar, en el que analizaba la presencia de clérigos y religiosos en el proceso de emancipación política entre los años 1810 y 1813. Hace foco en las figuras de José A. Molas y fray Fernando Caballero y en 30 religiosos que participaron en el Congreso de 1811, entre los cuales destaca a los presbíteros Sebastián Patiño y José Baltasar de Casajús, quienes produjeron un voto a favor del sostenimiento del Consejo de Regencia. Redactó otro texto que permaneció también inédito, titulado “Paraguay en la época de las misiones jesuíticas”, en el que examina la pugna entre jesuitas y encomenderos y postula al movimiento comunero, junto al mestizaje, como un proceso aglutinante y formativo de la conciencia nacional paraguaya, además de los condicionantes que ya había desarrollado en su tesis doctoral: el aislamiento, la nula inmigración y la obligada endogamia.[30]

Los textos referidos a la problemática religiosa reseñados hasta aquí parecen haber estado destinados a confluir en un proyecto mayor, del que se conserva únicamente un conjunto de fichas de su puño y letra, destinado a desarrollar una historia de la Iglesia en Paraguay hasta 1870, de acuerdo al siguiente esquema:

  1. Paraguay colonial:
    1. Conquista, creación de la diócesis.
    2. Estructura inicial.
    3. Evangelización.
    4. Pueblos de Indios.
    5. Síntesis valorativa del siglo XVI.
    6. Iglesia colonial.
    7. Episcopado de Loyola.
    8. Clero Secular y órdenes religiosas.
    9. Arresto de Cárdenas.
    10. Comuneros.
    11. Siglo XVII.
    12. Poblamiento rural.
    13. Estudios Superiores. Expulsión de los jesuitas.
    14. Vísperas de la Independencia.
  2. Paraguay independiente, hasta 1870:
    1. Dictadura,
    2. Carlos Antonio López,
    3. Formación del Clero,
    4. En la defensa.

        La dinámica de la población en el Paraguay fue otra de las áreas temáticas a las que Velázquez dedicó buena parte de su actividad investigadora. Algunos de los resultados los publicó en la Revista Paraguaya de Sociología en las décadas del sesenta y setenta, como “Rebelión de los indios de Arecayá, en 1660” (n.º 2, 1965), “La fundación de la Villeta del Guarnipitan en 1714 y el poblamiento del litoral paraguayo” (n.º 5, 1966), “La población del Paraguay en 1682” (n.º 9, 1972), “La sociedad paraguaya en la época de la independencia” (n.º 35, 1976) y “Poblamiento en el Paraguay en el siglo XVIII. Fundación de villas y formación de los núcleos urbanos menores” (n.º 42-43, 1978). Otros, en cambio, no vieron la luz de la imprenta. Entre estos figura el titulado “Ruy Díaz de Guzmán y sus contemporáneos”, un logrado trabajo construido sobre la base del relevamiento de fuentes testamentarias provenientes del Archivo Nacional de Asunción que le permitieron hacer visibles las principales redes familiares y de parentesco entre Ruy Díaz de Guzmán y algunos de los actores de la vida política y social de la provincia paraguaya entre los siglos XVI y XVII, como Hernando Arias de Saavedra, Roque González de Santa Cruz; sus hermanos, Diego Ponce de León, Gabriel Riquelme de Guzmán; su cuñado, el capitán García Benegas de Hoces; los peninsulares Antonio de Añasco y Juan Caballero Bazán; Tomás de Garay –paraguayo, hijo del fundador de Buenos Aires– y el general Francisco González de Santa Cruz. A través de un estudio genealógico, el autor hace accesible una tupida red de parentescos entrecruzados, a los que presenta no como estructuras oligárquicas, sino como el resultado de una sociedad criollo-mestiza, proveniente de un pequeño núcleo de españoles, que debió vivir en el aislamiento, haciéndola “necesariamente endogámica”. A caballo entre la conquista y la colonia, español e indígena por su sangre, magistrado, guerrero, Ruy Díaz de Guzmán fue, según Velázquez,

        el más viajado de los paraguayos de su tiempo, escribió un libro para que no se perdiera el recuerdo de hechos memorables y en el que es posible rastrear la idea de Patria. Todo esto hizo de él una de las figuras estelares de la historia del Paraguay y del Río de la Plata, y un paraguayo cabal.

        Otro trabajo que dejó inédito, derivado de su interés por la dinámica de la población, es el titulado “Presencia vasca en la historia del Paraguay”. De mayor extensión que el dedicado a Ruy Díaz de Guzmán, tiene el propósito de dar cuenta del aporte vasco a la vida paraguaya en el amplio tramo temporal comprendido entre los siglos XVI y XX. El autor parte de las cifras aportadas por el historiador Richard Konetzke, según las cuales, de los 1700 españoles llegados a la región paraguaya en el transcurso del siglo XVI, 219 eran vascos, es decir, aproximadamente el 7,1 %. El antecedente de los datos refiere a los siguientes trabajos de Konetzke: “La emigración española al Río de la Plata durante el siglo XVI”, que el especialista alemán había publicado en Miscelánea Americanista, Homenaje a don Antonio Ballesteros Beretta 1880-1949 (Madrid, 1952, tomo 3, pp. 297-353), y “Las fuentes para la historia demográfica de Hispano-América durante la época colonial”, que dio a conocer en el Anuario de Estudios Americanos (Sevilla, 1948, volumen 5, pp. 267-323). De acuerdo con Velázquez, uno de cada doce conquistadores del Paraguay y el Río de la Plata había sido vasco, una conclusión que era producto de un meticuloso trabajo de archivo que le permitió reconstruir, a su vez, los itinerarios biográficos de Domingo Martínez de Irala, Diego de Olabarrieta, Tristán de Irrazábal, Jerónimo Ochoa de Eyzaguirre, Pedro de Zavala, Pedro de la Puente, Martín de Insaurralde, Juan de Zaldívar, Andrés de Arzamendía, Juan de Estigarribia y Juan de Ayala y Pedro Maidana.

        Se trata, en su conjunto, de acuerdo con el autor, de una perspectiva dispuesta a hacer justicia a quienes, desde los remotos días del poblamiento,

        se incorporaron a la vida y desarrollo del Paraguay, desde el soldado anónimo hasta el encumbrado caudillo, como don Domingo Martínez de Irala. Sus descendientes participan activamente, con los demás paraguayos, del poblamiento del territorio, de la revolución comunera y del movimiento emancipador. Resulta significativo cómo a lo largo de los tres siglos coloniales se repiten sus apellidos. En nuestro tiempo, se recuerda a Estigarribia, descendiente de vascos y uno de los héroes nacionales del Paraguay.[31]

        Velázquez extendió también su mirada hacia la historia política del Paraguay. Así lo documenta un ambicioso proyecto titulado “La clase política paraguaya 1870-1932”. Se trata del diseño de un plan de investigación en equipo en el que fijaba como objetivos el esclarecer la conducción superior y media de la vida paraguaya hasta la guerra del Chaco, la búsqueda de constantes en cuanto a la actividad política paraguaya, la descripción de las motivaciones de los hechos determinantes del desarrollo político paraguayo de esa época, de la naturaleza y las tendencias de los partidos tradicionales, de las razones de la persistencia de los partidos tradicionales y de las dificultades para la formación de partidos de base ideológica o clasista o vinculados con corrientes internacionales y el calibrar las relaciones de poder entre militares y civiles en el rango cronológico previsto para el desarrollo del trabajo.

        En su tesis doctoral, Velázquez concluía que los años comprendidos entre 1671 y 1681 fueron “la culminación de una abrumadora crisis, comparable sólo con la tremenda situación que les tocaría confrontar a los sobrevivientes de la nacionalidad en 1870”, equiparando las dos coyunturas como parteaguas de la historia paraguaya, al tiempo de caracterizar esos momentos calamitosos como cimientos de épocas de renacimiento en las cuales los paraguayos pasaron a existir, “como sembrados por los campos”, “sin temor y revividos de las tragedias”.[32] Hasta ahora no se tenían noticias de otras alusiones al conflicto bélico decimonónico. Pero las labores en su acervo personal depararon el hallazgo de un estudio titulado Esfuerzo civil en la epopeya, que Velázquez confeccionó con documentación proveniente del Archivo Nacional de Asunción, para contribuir a los estudios sobre la guerra de la Triple Alianza enfocándose en aquellos civiles que, en el Paraguay, “la sostuvieron en la retaguardia”.[33] Al final del trabajo, Velázquez mecanografió: “Bien está que, en esta solemne ceremonia, a cien años de distancia de su noble acción, los evoquemos con la mayor unción”. Anotación que permite datar el texto en los años dedicados a la conmemoración del centenario de la guerra. De modo que las fechas de la presentación de la tesis doctoral y de este trabajo coinciden en haber salido de su pluma a mediados de los años sesenta del siglo XX. Y justifica el potencial aporte de su trabajo puesto que no resultaba pareja en profundidad

        la información relativa a los diversos aspectos de la Guerra contra la Triple Alianza. Se ha publicado y se sabe mucho acerca de las operaciones militares y de la acción diplomática, y bastante, aunque menos, sobre el funcionamiento de los arsenales, de la fundición de hierro de Ybycuí y de algunas industrias que el natural ingenio de nuestros compatriotas fue montando para suplir las carencias originales del bloqueo. Pero muy poco o casi nada se ha dicho nunca del aporte de los civiles de la retaguardia a la defensa nacional.

        De este modo, advierte sobre las condiciones de la historiografía paraguaya sobre la guerra en los años sesenta, de la ausencia de estudios sobre las experiencias sociales del conflicto, es decir, la de aquellos hombres y mujeres, funcionarios y particulares, sacerdotes y seglares, ancianos y niños, de la ciudad y del campo que habían sumado fuerzas para abastecer a quienes estaban en el frente de la guerra. Con este aporte pretendía, pues, recuperar las vivencias no únicamente de los combatientes, sino la de todos aquellos que, en sus palabras, “cumplieron con su deber” y, por lo tanto, eran acreedores del conocimiento y de la gratitud “de las presentes generaciones”. En el margen superior izquierdo de la primera página, Velázquez escribió “La retaguardia paraguaya en la guerra contra la Triple Alianza”, lo que hace conjeturar que el historiador contrapesó un título alternativo para el texto. Aparecen también, intercaladas en el escrito, de su puño y letra, notas numeradas con referencias de archivo y de bibliografía, aunque este trámite se manifiesta inconcluso; de hecho, algunos de los números de citas, que figuran a pie de página, no fueron completados con los datos correspondientes. Los agregados corresponden, claro está, a un momento posterior a la confección del texto, durante el cual Velázquez se habría dedicado a la revisión para su eventual publicación.

        Hasta donde ha sido posible llegar en este estudio, los últimos trabajos que Velázquez publicó fueron “Acción comunera del Cabildo de Asunción” y “El Diario de Navegación del río Tebicuary, atribuido a Azara (1785)”.[34] Cabildo y Comuneros fueron, efectivamente, temas que enhebraron su trayectoria como historiador; el mismo Velázquez reconoció que su interés se remontaba a los años estudiantiles, en 1953. Y sus aportes se desgranaron hasta poco antes de su muerte.[35]

        Una larga enfermedad lo mantuvo activo de manera intermitente hasta su fallecimiento en Asunción, el 3 de diciembre de 1994. En el obituario que la Academia Chilena de la Historia le dedicó, se sintetizaba su trayectoria intelectual presentándolo como catedrático e historiador del derecho, uno de los 21 miembros fundadores del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, y se destacaba que la corporación académica lo había designado miembro correspondiente en 1982 y lo mismo había hecho la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, en 1984.[36] De este modo, el texto in memoriam reconocía su contribución a la historia americana, así como los vínculos que cultivó para hacer de la historia una disciplina institucionalizada. Sobre esto último queda aún mucho por estudiar a fin de calibrar tanto el pensamiento histórico de Velázquez, como el de sus predecesores e inspiradores, sus eventuales competidores y sus discípulos o pensadores posteriores.

        Por eso, tal vez sea apresurado concluir que Velázquez alcanzó el rango de precursor historiográfico al reivindicar el estudio de la historia colonial en el Paraguay con sus peculiaridades; en particular, las referidas a la institución de la encomienda. Quizás algunos no lo reconozcan. Pero al menos es posible concluir en la necesidad de valorar en profundidad su interpretación de la historia paraguaya no únicamente con relación a la encomienda, sino también al proceso de mestizaje, a la condición geográfica del Paraguay como determinante de su aislacionismo y al movimiento comunero como diferenciador de la nación paraguaya.

        En todo caso, Velázquez emergió en la segunda mitad del siglo XX como un historiador con formación específica (metodología crítica de las fuentes, paleografía, estudio de lenguas) validada por instituciones que otorgan un título universitario. Y su trayectoria académica se puede asociar a fenómenos concomitantes a la profesionalización de la historia, como la dedicación a la enseñanza universitaria y el nacimiento y la edición de revistas históricas especializadas.

        En la formación de Velázquez como historiador durante su estancia en España, fue determinante la lectura de obras de Silvio Zavala, Richard Konetzke, Günther Kahle y el propio Antonio Muro Orejón, quienes lo dotaron metodológicamente de un conocimiento poco común en la realidad paraguaya de aquellos años. Este bagaje intelectual directa o indirectamente fue transmitido al historiador paraguayo, quien a su regreso al país llevó a la práctica estas enseñanzas como profesor en la Universidad Nacional y en la Universidad Católica de Asunción.

        Con el propósito de avanzar en el conocimiento del núcleo del pensamiento de Velázquez, esta investigación ha hecho foco en la potencialidad del entrecruzamiento de los materiales inéditos provenientes de su archivo personal con su producción histórica que vio la luz de la imprenta. Por un lado, los ficheros de trabajo, los comentarios y las observaciones de puño y letra sobre la marcha de sus investigaciones permiten mostrar el pensamiento del historiador mientras se construye, a modo de taller de su escritura de la historia paraguaya y en cuanto estadios eventuales de unas producciones mayores dirigidas a la esfera pública. Por otro lado, los borradores de algunos de los textos redactados por Velázquez, incluso mucho antes de la publicación, desvelan el tiempo de gestación de sus obras. Así, por ejemplo, la extendida atención que dedicó a la construcción de una historia de Villa Rica, cuyos primeros adelantos se pueden fechar en torno a 1960, casi cinco años antes de la presentación de su tesis doctoral. Una década después, continuaba escribiendo la historia de la ciudad, y, recién en el año 1983, parecía ya abocado a la redacción definitiva de la obra, que, finalmente, permaneció inconclusa e inédita.

        Para el estudioso actual, los borradores, los relatos que permanecen inéditos en el archivo personal de Velázquez no solo constituyen pruebas de su interés por la historia de la ciudad guaireña y por el proceso de la inmigración vasca en el Paraguay o de su empeño por ofrecer un aporte a la historia de la guerra contra la Triple Alianza, sino que integran, de manera indisoluble, una obra intelectual que no se puede explicar sin ellos.


        1. Mary Monte de López Moreira, Evolución histórica de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, p. 157.
        2. Ibidem.
        3. Así figuran designadas esas asignaturas en el plan de estudios de la Licenciatura en Historia correspondiente a los años 1948-1955.
        4. Archivo de la Academia Paraguaya de la Historia, Fondo Rafael Eladio Velázquez (en adelante APH-REV), cuaderno de apuntes de clases de D. Antonio Muro Orejón, D. Julio González y González y D. Juan de Mata Carriazo Arroquia, años 1955-1956. Manuscrito.
        5. Ibidem.
        6. APH-REV, Cuaderno Archivo del Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia. Manuscrito.
        7. APH-REV, La Rábida, 15 de agosto de 1956. Copia.
        8. Ibidem.
        9. Ibidem.
        10. R. Antonio Ramos, Recuerdos de Sevilla, Asunción, Instituto Paraguayo de Cultura Hispánica, 1973 (1965), p. 6.
        11. Silvio Zavala, La encomienda indiana, Madrid, Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas – Sección Hispanoamericana, 1935.
        12. Rafael Eladio Velázquez, “Caracteres de la encomienda paraguaya en los siglos XVII y XVIII”, Historia Paraguaya, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1982, XIX, pp. 115-163.
        13. Günter Kahle, Grundlagen und Anfänge des paraguayischen Nationalbewusstseins, Universität Köln. 1962. La primera edición en español: Orígenes y fundamentos de la conciencia nacional paraguaya, Asunción, Instituto Cultural Paraguayo Alemán, 2005.
        14. Tomás Sansón Corbo, “Independencia y nación en las obras de Efraím Cardozo y Juan Pivel Devoto. Ensayo de historiografía comparada”, Estudios Paraguayos, Asunción, Universidad Católica, 2011-2012, vols. XXIX-XXX, n.º 1-2, pp. 9-29.
        15. Las obras de Cardozo en torno a la cuestión chaqueña que menciona Velázquez son las siguientes: El Chaco en el régimen de intendencias (1930), Aspectos de la cuestión del Chaco (1932), El Chaco y los Virreyes (1934) y Exposición de la causa del Paraguay en su conflicto con Bolivia, presentado a la XV Asamblea de la Sociedad de las Naciones en 1934. Sobre el conflicto contra la Triple Alianza, Velázquez referencia dos obras de Cardozo sobre la guerra decimonónica: Vísperas de la Guerra del Paraguay (1954) y El Imperio del Brasil y el Río de la Plata (1961). Ofrece un repertorio de “obras generales” de Cardozo: El Paraguay Colonial (1959), Historia Cultural del Paraguay, Efemérides de la historia del Paraguay (1967), Breve Historia del Paraguay (primera edición a cargo de EUDEBA, en 1965). Finalmente, un conjunto sobre obras preparadas por Cardozo con motivo de la controversia por los saltos del Guairá: Los derechos del Paraguay sobre los Saltos del Guairá (1965), que complementó con el libro 20 preguntas sin respuesta sobre los Saltos del Guairá (1971).
        16. APH-REV, fichas manuscritas, sin fecha.
        17. Otra cosa muy distinta sería poder demostrar la recepción que las visiones del pasado de estos autores tenían entre la sociedad paraguaya. En esta línea, el breve texto de Efraím Cardozo titulado “La historia y los historiadores” ilumina la distancia que, para el autor, mediaba entre las preocupaciones teóricas de la “historia académica” y la sociedad. Véase Historia Paraguaya, Asunción, Instituto de Investigaciones Históricas, 1963-65, volúmenes 8-9-10, pp. 39-49.
        18. Rafael Eladio Velázquez, “Una periodización de la historia paraguaya”, Historia Paraguaya, Asunción, diario ABC Color. Suplemento cultural, 30 de mayo y 6 de junio de 1982. En formato de folleto, la edición correspondiente al año 1985.
        19. Ibidem.
        20. Ibidem.
        21. Historia Paraguaya, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1989, Vol. XXVI, pp. 177-195.
        22. Rafael Eladio Velázquez, “Programa de historia e instituciones del Derecho Indiano”, Historia Paraguaya, vol. XXIV, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1987, pp. 291-301.
        23. Gustavo Acosta Toledo, Mary Monte de López Moreira, Carlos Peris Castiglioni, Historia Paraguaya (1956 – 2022) Digitalización y catalogación: Anuario de Historia Paraguaya Academia Paraguaya de la Historia, Asunción, APH, 2023.
        24. John Hoyt Williams, “Del calor al frío. Una visión de la historiografía paraguaya”, Estudios Paraguayos, Asunción, UC, 1973, pp. 139-163.
        25. Véase Mary Monte de López Moreira, Liliana M. Brezzo y María Laura Salinas, Rafael Eladio Velázquez. El Paraguay en la época del gobernador Corvalán (1671-1681), Asunción, CEADUC, 2024.
        26. No disponemos de muchas noticias sobre la trayectoria académica de Irma Ramona Isnardi Lezcano (1927-2004). Está documentado que se hallaba entre los fundadores del Centro de Estudios Antropológicos del Paraguay, el 22 de agosto de 1950, en la Facultad de Filosofía de la UNA, junto a Paulo de Carvalho Neto, de la Misión Cultural Brasileña, Adela D’Armi, América Brítez Caballero, Gladys Solano López, Rosario Gómez de Candia, Luisa Osorio, Máximo Rejalaga y Ramón César Bejarano. En 1961 figura entre los vocales de la comisión directiva. Hérib Caballero Campos anoticia que su tesis doctoral era un estudio social y económico del Paraguay colonial, específicamente sobre la campiña paraguaya antes de la independencia. En la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía, tuvo a su cargo las asignaturas de Prehistoria, Oriente, Grecia y Roma y Antropología Cultural. Una reseña biográfica en Mary Monte de López Moreira (Coord.), Evolución histórica de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, Asunción, UNA, 2012, pp. 131-132.
        27. Agradecemos a María Laura Salinas las informaciones proporcionadas sobre el uso de esta documentación.
        28. La ponencia está recogida en “Historia de Villa Rica colonial. Villa Rica no es un punto geográfico, es una comunidad”, Primeras Jornadas de Historia del Guairá, Villa Rica, Instituto de Numismática y Antigüedades, 1970, pp. 90-130.
        29. APH-REV, Carpeta Villa Rica.
        30. APH-REV, sin fecha. Se trata de un texto de 17 folios que parece haber sido preparado como un capítulo de libro.
        31. APH, REV. El trabajo está fechado en el año 1989, y presenta, a diferencia de textos identificados como conferencias o clases, abundantes citas y notas, lo que permitiría sostener que se trata de una versión para su publicación.
        32. Toma esta expresión del naturalista español Félix de Azara, que la había acuñado para caracterizar a la sociedad paraguaya durante los años en los que vivió y recorrió la región, en la segunda mitad del siglo XVIII.
        33. Véase “Como sembrados por los campos. Un trabajo de Rafael Eladio Velázquez sobre la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza”. Transcripción y estudio introductorio de Liliana M. Brezzo, Historia Paraguaya, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 2021, volumen LXI, pp. 127-153.
        34. Historia Paraguaya, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1993, XXXI, pp. 161-224.
        35. Más de una decena de escritos recogieron los resultados de sus investigaciones sobre el Cabildo y los Comuneros que figuran en el anexo del artículo “Acción comunera del Cabildo de Asunción”, Historia Paraguaya, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1993, XXXI, pp. 21-35.
        36. Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Santiago de Chile, 1994, n.º 104, pp. 211-212.


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