Carlos A. Pastore y el azaroso proceso de la propiedad de la tierra
Liliana M. Brezzo
Carlos A. Pastore buscó incitar en el transcurso de su trayectoria investigadora una nueva perspectiva sobre la historia del Paraguay a través del estudio de una temática original. De esto pareció dar cuenta la prestigiosa publicación The American Historical Review, correspondiente al mes de mayo de 1952, en la que el historiador Harris Gaylord Warren, de la Universidad de Mississippi, publicó una reseña de La lucha por la tierra en el Paraguay, un libro que Pastore había editado tres años antes, en Montevideo. Warren era el primer historiador profesional de los Estados Unidos que se había dedicado al estudio circunstanciado de la historia paraguaya. Veinticinco años atrás había vivido en Asunción como funcionario de la legación norteamericana, en cuyo transcurso se hizo amigo de Pablo Max Ynsfrán, trató a Cecilio Báez, Fulgencio Moreno, Eligio Ayala y Juan E. O’Leary y desarrolló un interés por la realidad histórica paraguaya que cultivaría en su extendida trayectoria académica.[1] En el comentario sobre la obra de Pastore, a la que define como el primer desarrollo general del largo y azaroso proceso de la propiedad de la tierra en Paraguay, Warren destaca el que considera su resultado principal: “In his discussion of this general development, Dr. Pastore makes it clear that there can be neither political nor economic stability in Paraguay until the land problem has been solved”. Un balance tan rotundo (como actual) desvela el lugar que, según entendía el autor de la reseña, debía ocupar la obra de Pastore en la historiografía paraguaya.
Además de la de 1949, el estudio de Pastore tuvo una segunda edición en el año 1972. Si bien el argumento principal y la herramienta de análisis que utilizó se mantuvieron invariables, un conjunto de circunstancias personales y otras derivadas del devenir político condicionaron una ampliación de los contenidos del texto original y cierta evolución en el enfoque disciplinar. Así pretende confirmarlo este estudio, que reposa en el diálogo entre el archivo personal y la obra histórica.
La denominada Colección Carlos A. Pastore que se conserva en la Academia Paraguaya de la Historia está compuesta por un amplio repertorio epistolar político e intelectual, por manuscritos de los trabajos históricos que publicó, por una ingente cantidad de recortes de diarios uruguayos, paraguayos y argentinos del siglo XX. Durante los treinta y nueve años fuera de su país, Pastore se ocupó de construir su archivo personal. A su regreso al Paraguay, durante los últimos estertores del stronismo, lo llevó consigo junto a su biblioteca personal, lo que significó una compleja mudanza desde Montevideo a Asunción, con la voluntad de que fuera parte de su legado histórico.
De Mbuyapey a Montevideo
Carlos Agustín Pastore Goiburú fue el tercer hijo varón de la extensa familia formada por María Goiburú Ibarra y Carlos Pastore. Nació el 16 de mayo de 1907 en Mbuyapey y allí inició sus estudios, en una escuela rural. De su niñez data una vivencia que se puede mencionar como el primer acercamiento a la situación creada a los paraguayos del campo por la mala distribución territorial. Pastore se ocupó de hacer referencia a ello en la introducción a la primera edición de La lucha por la tierra en el Paraguay al relatar que, siendo niño, en un período de vacaciones, había sido testigo del éxodo de toda una pequeña población campesina de la que formaban parte varios compañeros de su clase de la escuela primaria. Refería que, “una tarde de ardiente sol de enero”, vio una caravana formada por carretas, carros, caballos, lecheras, cerdos y otros animales domésticos llevados por sus dueños, ancianos, hombres maduros, mujeres, jóvenes y niños: “¿Qué había sucedido? ¿Por qué estas gentes abandonaban sus casas y sus chacras?”. Resultaba que el patrón había muerto, y los nuevos dueños de las tierras donde se encontraba la población de pequeños agricultores habían decidido ocuparlas con ganados. Recordaba que pudo hablar con los excompañeros que formaban parte del grupo, quienes le sintetizaron “el drama de la caravana”: no querían dejar su valle, pero estaban obligados a hacerlo. Iban lejos, a un bosque de propietario desconocido, donde levantarían sus nuevas casas y donde harían rozados. De este modo, es el mismo Pastore quien parece situar, en ese recuerdo infantil, el primer acercamiento a lo que llamaría “el drama social” en el país.
Desde Mbuyapey se trasladó a Asunción, donde realizó estudios en el colegio San José y, posteriormente, obtuvo el título de bachiller en el Colegio Nacional. Hizo luego los cursos universitarios en la Facultad de Derecho, donde se graduó como abogado y escribano.
Durante los años universitarios, se afilió al Partido Liberal[2] y, cuando apenas contaba con 24 años, ocupó el cargo de subsecretario de la presidencia de la República durante el mandato de José Patricio Guggiari (1928-1932). Pruebas de la cercanía con el primer mandatario son las cartas que intercambiaron y que se conservan, sobre todo durante los años veinte, lo que permite recuperar corresponsales de notable valor histórico.
Iniciada la guerra con Bolivia, en 1932, Pastore se presentó al cuerpo de aspirantes a oficiales de reserva y fue movilizado, destinado directamente a servir en el Estado Mayor del Comando del Ejército en Operaciones. En 1933 fue nombrado jefe de la Sección Correos y Claves, cargo que cumplió hasta el final del conflicto, en 1935. Por los servicios prestados, fue condecorado con la Cruz del Chaco, máximo galardón guerrero que el pueblo paraguayo otorgó a sus combatientes.
La permanencia en el frente de guerra le permitió un conocimiento de primera mano del territorio chaqueño, escasamente poblado y prácticamente improductivo en esos años. Esta experiencia se puede sumar –junto a la ya mencionada vivencia durante la niñez– como otro jalón que explica su interés por el estudio histórico de la tenencia y la distribución de la tierra.
Durante el conflicto bélico, Pastore actuó bajo las órdenes directas del general José Félix Estigarribia. De la entidad de los vínculos que anudaron, de la visión compartida sobre la geografía chaqueña dan cuenta el conjunto de fotografías, croquis y notas que se intercambiaron entre 1932 y 1935. Es prueba de la confianza mutua el texto mecanografiado de las memorias de Estigarribia sobre la guerra del Chaco que se conserva en el archivo personal de Pastore, junto a la documentación que acredita que, en el año 1949, el historiador y diplomático paraguayo Pablo Max Ynsfrán preparaba en Texas, con la ayuda financiera de la universidad de ese estado estadounidense, una edición de dichas memorias en inglés. Y que para ello contó con el concurso de Pastore porque Estigarribia no mencionaba, en su texto autobiográfico, los nombres de los jefes y oficiales que condujeron las unidades en la guerra. Ynsfrán creía que debían agregarse en forma de notas del editor a todos los que condujeron las tropas en las batallas o que intervinieron en los hechos que el mariscal mencionaba en su escrito, un propósito que solo el conocimiento personal de Pastore le permitiría cumplimentar.[3]
Como ya lo han subrayado estudios recientes, el final del conflicto bélico con Bolivia derivó, en Paraguay, en una situación política de difícil consolidación. Las finanzas del Estado habían tocado fondo, y el gobierno de Eusebio Ayala (1932-1936) debió, antes que nada, reajustar el gasto público, desmantelando la estructura montada para la guerra. Se dispuso la desmovilización de oficiales y soldados, sin compensaciones y sin acompañar su reinserción a la vida civil. La forma en que se ejecutó esta medida dejó la sensación de que se estaba cometiendo una injusticia. A ello se sumaban las pugnas del gobernante Partido Liberal de cara a las elecciones presidenciales para el período 1936-1940, la angustiosa situación económica del país y los problemas sociales no resueltos.[4]
A principios de 1936, el presidente Ayala dispuso la detención y expatriación del coronel Rafael Franco, junto a otros oficiales que habían tenido una destacada actuación durante la guerra, a quienes acusó de conspirar en su contra. La decisión adoptada contra el prestigioso jefe aceleró los afanes conspirativos de los mandos medios y la oficialidad joven del Ejército. El 17 de febrero, estalló en Asunción un movimiento revolucionario contra el gobierno de Ayala, que pasó a denominarse “revolución febrerista”. Y se eligió a Franco como presidente provisional.
Pronto se produjeron fricciones entre los grupos que apoyaban al gobierno. El Poder Ejecutivo quedó bajo el predominio de los hombres de la Liga Nacional Independiente, un reducido grupo de intelectuales nacionalistas liderados por el canciller del gobierno revolucionario, Juan Stefanich. El protagonismo de la Liga, los esfuerzos del gabinete ministerial para contener las injerencias militares, las intensas campañas interna e internacional de desprestigio promovidas por los sectores de oposición, especialmente del Partido Liberal, contra la gestión del coronel Franco y las alternativas de las negociaciones diplomáticas en la Conferencia de Paz del Chaco generaron un nuevo levantamiento. El 10 de agosto de 1937, el comandante de las tropas del Chaco, teniente coronel Ramón Paredes, intimó al presidente para que se deshiciese del canciller Stefanich. No tuvo éxito, y esa fue la señal para el alzamiento militar. El 12 de agosto, Franco fue apresado y luego se exilió en Montevideo. De este modo, a mediados de 1937, derrocado el febrerismo, la solución política llevó a la presidencia a Félix Paiva, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción. Los ministerios fueron confiados, en su mayoría, a profesores de esa casa de estudios: Cecilio Báez estuvo a cargo de Relaciones Exteriores, Luis Frescura, el Ministerio de Hacienda, Luis A. Argaña, el de Instrucción Pública, y Andrés Barbero dirigió el Ministerio de Economía. Por este motivo, se conoció a este conjunto como el “gabinete universitario”.[5]
En los mismos días del ascenso de Paiva a la presidencia, se creó, en Asunción, el Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas con el objetivo de promover el estudio del “pasado nacional”. En la nómina de quienes se incorporaron en los años inmediatos al instituto, se distinguían algunos de esos letrados junto a otros con quienes coincidían en espacios de actuación político-cultural y que convergían en el propósito de dotar a la práctica de la historia una mayor consistencia institucional.[6] Además de Carlos Pastore, que se incorporó en 1947, figuraban Julio César Chaves (1907-1989), responsable de organizar, durante la guerra con Bolivia, el Departamento de Prensa y Propaganda y que en 1938 accedió a una banca en la Cámara de Diputados; Cecilio Báez (1862-1941) y Efraím Cardozo (1906-1973), que actuaron como representantes del Paraguay en la firma del Tratado de Paz y Amistad con Bolivia, celebrado en Buenos Aires el 21 de julio de 1938; José Félix Estigarribia (1888-1940), quien también formó parte de esa representación paraguaya y se incorporó al instituto en 1939; Justo Pastor Benítez (1895-1963) y Pablo Max Ynsfrán, que serían ministros durante la presidencia de Estigarribia y encargados de redactar la controvertida Constitución de 1940. Todos ellos, además de dedicarse a la actividad periodística, militaban en el Partido Liberal. Ninguno era historiador profesional −en su mayoría habían egresado de la Facultad de Derecho o de otras carreras de la Universidad Nacional de Asunción−, pero todos hacían de la escritura de la historia una de las principales actividades de su vida. La correspondencia personal de Pastore, que conservó de manera ordenadísima, revela muchas de las vivencias interiores de esos intelectuales. Sobresale, por ejemplo, el repertorio epistolar con R. Antonio Ramos, entre los años 1938 y 1952, y la prolongada conversación a distancia que cultivó con Efraím Cardozo, entre los años 1940 y 1973. De la amistad y la familiaridad del trato entre Pastore y Cardozo, dan cuenta las cartas de este último encabezadas con la invariable expresión “Mi querido Carlucho”. El principal contenido de esos intercambios era la coyuntura política paraguaya, la necesidad de mantener unido al Partido Liberal y a sus integrantes, pero también recupera otro tipo de preocupaciones derivadas de un programa de carácter político-cultural, como las de organizar una biblioteca partidaria en Asunción y el intercambio de datos y de documentos históricos durante la preparación de escritos sobre el pasado y el presente del Paraguay, como, por ejemplo, las cavilaciones entre Pastore y R. Antonio Ramos acerca de la figura de Juan Andrés Gelly y las respectivas visiones sobre la independencia. Si bien queda por delante un estudio en profundidad de cada uno de los epistolarios individuales, una primera revisión revela que Pastore no solo tejió, en la posguerra del Chaco, lazos intelectuales con quienes coincidía ideológicamente o compartía afinidades políticas, sino que también supo cultivarlos con actores políticos y culturales distantes a sus ideas, como lo prueban las cartas con el líder de la fracción del Partido Colorado, Epifanio Méndez Fleitas, y los contactos intermitentes con el fundador del Partido Comunista Paraguayo, Óscar Creydt.[7]
A finales de los años treinta, el contexto político paraguayo pareció reconducirse con la postulación del general José Félix Estigarribia a la presidencia de la república para el ciclo 1939-1943. La candidatura fue consagrada por las urnas, y el nuevo mandatario asumió sus funciones el 15 de agosto de 1939.[8] Carlos Pastore fue llamado a ocupar la presidencia del directorio del Departamento de Tierras y Colonias, en cuyo cargo redactó el proyecto de Código de Reforma Agraria que se dictó en febrero de 1940 y que se conoció como Estatuto Agrario. Con ese instrumento jurídico, se pretendía afrontar y resolver el problema de la propiedad rural sobre la base del reconocimiento de su función social. Mediante el eslogan “Todo hogar paraguayo debe estar asentado sobre un pedazo de tierra propio que le produzca lo necesario para la vida”, el gobierno pretendía revertir la situación de los predios rurales del Paraguay acaparados por unas pocas compañías extranjeras. Por esas fechas, 14 propietarios poseían en la región oriental del Paraguay siete millones de hectáreas, y otros 11 eran dueños de cinco millones de hectáreas en el Chaco. El nuevo estatuto declaró susceptibles de expropiación, con fines de utilidad social y previo pago de indemnización, entre otros, los predios ocupados por núcleos mayores de veinte personas y cualquier tierra apta para la explotación agropecuaria que no se encontrara racionalmente explotada. Estableció también la reversión al Estado de las tierras rurales no aprovechadas de manera racional, pertenecientes a extranjeros que residieran en el exterior y que adeudasen más de cinco años de impuesto inmobiliario.
La gestión de Pastore al frente del Departamento de Tierras y Colonias se encuentra minuciosamente documentada en su archivo. Constan, por ejemplo, los informes periódicos que le eran remitidos desde las colonias agrícolas de inmigrantes distribuidas en el país –destacan, entre otros, por su extensión y detalle, los correspondientes a la colonia japonesa La Colmena−, copias mecanografiadas de planes para incentivar la producción agrícola, relaciones de las tierras enajenadas y manuscritos sobre los antecedentes y las actas de trabajo referidas a la Reforma Agraria. De igual modo Pastore redactó anotaciones sobre la condición de los campesinos y acometió una contabilidad retrospectiva y precisa sobre el ingreso de inmigrantes entre los años 1932 y 1939.
Abocado Pastore a concretar el programa agrario, ocurrió lo imprevisto. El 7 de setiembre de 1940, el presidente Estigarribia falleció junto a su esposa en un accidente de aviación. El Consejo de Ministros acordó la designación como presidente interino del ministro de Guerra y Marina, general Higinio Morínigo. Un mes después, el nuevo mandatario provocó la renuncia de los ministros afiliados al Partido Liberal y su apresamiento y salida del país.
Escribir la historia del Paraguay en el exilio
La redefinición política significó, para Pastore, el inicio de un prolongado exilio. En 1941 pasó a la ciudad de Clorinda, en la provincia argentina de Formosa, y luego se instaló en Montevideo junto a otros políticos e intelectuales paraguayos como el coronel Rafael Franco, el líder del Partido Comunista, Óscar Creydt, y el dirigente del Partido Colorado, Epifanio Méndez Fleitas. Consta que, desde la capital uruguaya, Pastore viajaba periódicamente a Buenos Aires para reunirse con dirigentes del Partido Liberal allí exiliados, como los historiadores Efraím Cardozo y Julio César Chaves. A la vez mantenía correspondencia con Justo Pastor Benítez, quien había marchado a Brasil, con Pablo Max Ynsfrán, quien se refugió en los Estados Unidos, así como con otros paraguayos como Arturo Bordón, Justo Prieto, Artemio Mereles, Gerónimo Riart, Adolfo Aponte, desperdigados en localidades de los territorios argentinos de Chaco y de Formosa.
Desde 1941, Pastore vivió junto a su familia en un mínimo apartamento estudiantil en el barrio montevideano de Sayago. Intentó volver al Paraguay en 1947, pero, tras los resultados de la guerra civil, regresó a Montevideo.[9] En Uruguay, Pastore iría anudando vínculos con Ariosto González, presidente del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, y con historiadores como Juan E. Pivel Devoto y Arturo Ardao; también con los políticos “colorados” Luis Batlle Berres –lo que devino en una estrecha amistad−, Luis Hierro Gambardella, Manuel Flores Mora y el muy joven Zelmar Michelini, entre otros, todos batllistas reunidos en torno al diario Acción.[10]
Aunque fueron años de estrechez económica para la familia, Pastore procuró no limitar ni su acción política ni sus trabajos intelectuales. Una de sus primeras actuaciones consistió en el desarrollo de una campaña de propaganda y de oposición contra el gobierno de Higinio Morínigo, quien llevaba adelante una persecución persistente contra los partidos políticos: proscribió el Partido Comunista, el Partido Liberal fue disuelto por decreto en el mes de abril de 1942, y el Colorado sufrió restricciones para el desarrollo de sus actividades. De esta manera, se impuso un gobierno autoritario, fundado en el apoyo de las fuerzas militares.[11] En ese contexto, Pastore se revistió en Montevideo de improvisado periodista en un espacio radial que denominó La hora de la liberación paraguaya y que lanzó por las ondas de la Radio Ariel y luego por las de El Espectador. Treinta y cinco de esas audiciones, desenvueltas sobre la base de las notas redactadas y leídas entre el 31 de enero y el 7 de agosto de 1946, fueron publicadas en un libro que vio la luz en abril de 1947 y que llevó por título El Paraguay y la tiranía de Morínigo. Para esa impresión Pastore creó la editorial Antequera, en memoria del revolucionario comunero.
A diario concurría a la Biblioteca Nacional de Uruguay con el propósito de avanzar en la cuestión que le desvelaba desde su niñez. En su archivo personal, existen pruebas de que el texto sobre el devenir histórico de la tierra en el Paraguay estuvo listo desde el año 1948.[12] Matías Borba Eguren ha dado a conocer, en un estudio reciente sobre el exilio de Pastore en Uruguay, que el 6 de marzo de 1948 le escribió a R. Antonio Ramos para informarle que tenía decidido entregar su libro a la Revista Histórica, que dirigía Juan Pivel Devoto, para publicarlo como separata. Le explicaba que, oportunamente, lo había ofrecido a la editorial Fondo de Cultura Económica y que, si bien esta se mostró interesada, le había advertido que la publicación tardaría un año. De este modo, le confiaba a su amigo historiador: “Como la Revista Histórica podrá publicarlo dentro de tres meses, he resuelto dar a luz el libro. Si la obra vale algo ya habrá tiempo de hacer una segunda edición. De lo contrario, no habrá necesidad de tanto esfuerzo”.[13] Finalmente apareció, en 1949, La lucha por la tierra en el Paraguay. Proceso histórico y legislativo, en formato de libro y con el sello de la editorial Antequera. Aquella primera vivencia infantil sobre el traslado forzoso de las familias campesinas, el conocimiento del territorio chaqueño durante la guerra y el acopio de documentación que le significó su gestión al frente de la Dirección de Tierras y Colonias[14] se pueden distinguir como jalones que le permitieron coronar el relato histórico.
La primera edición de La lucha por la tierra en el Paraguay tuvo una extensión de 191 páginas. Su perspectiva está anclada en el aspecto jurídico institucional de la evolución de la propiedad de la tierra; de hecho, la mayor parte del texto se organiza en torno a un exhaustivo y a la vez farragoso panorama histórico de la legislación paraguaya referida a su tenencia y distribución. El argumento central consiste en situar el origen del latifundio en Paraguay en la liquidación del stock de tierras fiscales luego de la guerra contra la Triple Alianza, en la década de 1880, y en subrayar su impacto central: la emergencia del gran latifundio y el retraso agropecuario del Paraguay hasta mediados del siglo XX.
Como explica Pastore y posteriormente lo recogieron otras investigaciones,[15] entre los años 1885 y 1900 se vendieron, en el Paraguay, cerca de 12 200 leguas cuadradas de tierras, más unas 700 leguas de yerbatales. De ahí emergieron dos latifundios con más de un millón de hectáreas cada uno, La Industrial Paraguaya (entre cuyos accionistas figurarían los generales y presidentes del Paraguay Bernardino Caballero, Patricio Escobar y sus extensas parentelas en el este, y el grupo de origen argentino Carlos Casado, en el Chaco, sin olvidar otros adquirentes). Esta venta se realizó sobre precios nominales bajos que discriminaban contra la tierra eminentemente agrícola, al hacerla más cara y, por ende, lejos del alcance de pequeños agricultores y colonos. Tales fueron la dislocación y la desorganización introducidas que más tarde el gobierno paraguayo tuvo que volver a comprar la tierra vendida −esta vez a precios reales de mercado− para otorgarla a colonos agrícolas inmigrantes, como el caso de la colonia de Nueva Australia en los años noventa del siglo XIX. Siguiendo el mismo análisis, ese proceso acabó por clausurar el proyecto del Paraguay agrario destinado a la explotación con grandes, pequeños y medianos campesinos y colonos extranjeros, a la vez que enfatizaba la frustración que para dicho proyecto había significado el fracaso de la inmigración europea, única salida para un país que, como consecuencia de la guerra contra la Triple Alianza, había perdido dos tercios de su población.[16]
De la mano de ese argumento central, Pastore postulaba una visión del pasado paraguayo que es posible reconstruir si se vinculan las tres secciones en las que dividió su trabajo: época del coloniaje, época de la independencia y época constitucional.
En la primera parte, examinaba las condiciones en que se inició y se desarrolló la colonización española, proceso que, para el Paraguay, sostenía Pastore, no fue “sino la lucha por los dominios de los indios, de sus tierras y de sus yerbales”. Aunque destacaba la legislación hispánica, como las Ordenanzas de Alfaro (1611) y la cédula real de 1803, lo cierto era que, de acuerdo con su análisis, las “mejores y la mayor parte de las tierras eran de propiedad de la población dominante (españoles, españoles americanos y mestizos asimilados)”, una circunstancia que se profundizó con la revolución de 1811, cuando los paraguayos acaudalados usaron la independencia como medio para incorporar las tierras cuyos títulos no estaban claros.
A continuación, los regímenes de José Gaspar Rodríguez de Francia y de los López (Carlos Antonio y Francisco Solano) le merecían una crítica evaluación, al argumentar cómo, durante esas administraciones, la expropiación de tierras públicas y de las comunidades indígenas permitió el enriquecimiento de la élite gobernante en un momento en el que la “aristocracia de la tierra” era la única fuente de poder; es decir, su estudio reconstruía la imagen de un Paraguay con una sociedad agraria dominada por una casta terrateniente que buscaba exportar e integrarse al mercado mundial. E introducía uno de los conceptos que más debates provocaría entre los lectores: el de “Estado mercantilista”, cuyas más acabadas expresiones habían sido el decreto del 7 de octubre de 1848 por el cual pasaron como propiedad del Estado los bienes de los 21 pueblos de origen indio existentes en la república y la ley de elecciones de 3 de noviembre de 1856, por la cual, para ser elector y ser elegido, se necesitaba la calidad de propietario, lo que cerraba los caminos legales y democráticos que conducían al pueblo a la recuperación de sus tierras.
Bajo el título “época constitucional” consideraba la organización del Estado democrático bajo la vigencia de la constitución liberal de 1870. Ese período, que para Pastore se cerraba en el año 1883, estaba definido por la orientación del Estado a poner “al alcance de la población del país las fuentes de producción y riqueza, al mismo tiempo que abría los caminos legales para el reconocimiento de los derechos adquiridos por los particulares sobre las tierras”; un propósito que, entendía, había quedado clausurado con la sanción de las leyes −entre los años 1883 y 1885− que permitieron la gran venta de tierras y que habilitaron la intervención de lo que definía como “capitalismo imperialista”, encarnado en las empresas angloargentinas.
Ahora bien, si Pastore compuso una visión del pasado del Paraguay articulada en torno al eje de la tenencia y distribución de la tierra, no se desinteresó por otras temáticas en el transcurso de su trayectoria intelectual, como, por ejemplo, la de la guerra contra la Triple Alianza (1864-1870). Ya en La lucha por la tierra, situaba ese acontecimiento como un momento clave para entender la estructura económica del país y su rol en la economía regional y mundial. La guerra, explicaba en ese texto, había destruido el desarrollo capitalista “incipiente” y determinado la pérdida de zonas en disputa con la Argentina y el Brasil. Pastore tejió una interpretación sobre ese dramático conflicto no solo durante la preparación de su texto, sino en los años que siguieron a las dos ediciones. Una prueba de esto es la carta que le hiciera llegar al investigador Juan Carlos Herken Krauer en el año 1983, con motivo de la aparición del libro de este último, Gran Bretaña y la guerra de la Triple Alianza, cuyo contenido permite afinar en las claves de la lectura de Pastore de la historia paraguaya en la larga duración:
Es el primer libro sobre el desarrollo de esta guerra que, iniciada su lectura, termino de leerlo. En todos los casos anteriores, iniciada su lectura los he apartado de la mesa de trabajo. Sabe usted que los revisionistas argentinos (algunos de ellos pronazis), ligan a la Gran Bretaña con esta guerra y su liquidación y nadie se toma el trabajo de desmentirlos. Hasta algunos paraguayos preferirían que fuese así, para disminuir las penas que corresponderían a nuestros dirigentes de entonces por sus errores en la conducción del país.[17]
De momento no es posible ir más allá en cuanto a esta interpretación sobre la guerra decimonónica, pero puede ser útil advertir que en esa carta Pastore desentona con las conocidas tesis imperialistas sobre el origen de la guerra que se hallaban en pleno auge en los años sesenta en América Latina. No era la primera vez que el autor desplegaba, en la esfera privada, su interpretación sobre los orígenes de la guerra. Por ejemplo, en una extensa carta que dirigió al coronel Arturo Bray en 1959, con ocasión de la publicación de la tercera edición de Hombres y épocas del Paraguay. El Dictador. Don Carlos Antonio, El Mariscal. Caballero. Escobar. Egusquiza. Gondra. E. Ayala (1957), Pastore critica a Bray la exaltación que hace de la figura de Francisco Solano López y deja traslucir cierto cuestionamiento hacia aquellos historiadores que disentían con el enfoque de Bray, pero no lo combatían con mayor fuerza.[18]
La primera edición de La lucha por la tierra se conoció y circuló en el Paraguay, pero no se distribuyó comercialmente. En cambio, tuvo una esforzada difusión en el resto de América Latina y en España, cuya cartografía se puede reconstruir a través de la correspondencia personal de Carlos Pastore. Se conserva un listado de 103 destinatarios a quienes el autor hizo llegar ejemplares: además de los integrantes de su familia, figuran los nombres de destacadas personalidades políticas como Modesto Guggiari, Justo Pastor Benítez, Hérib Campos Cervera, R. Antonio Ramos, Artemio Mereles, Higinio Arbo, Julio César Chaves, Justo Prieto. La lista da cuenta de la geografía de la circulación de la obra: en Estados Unidos, la biblioteca de la Universidad de Texas y la biblioteca del Congreso; en México, el historiador Silvio Zavala y la biblioteca del Instituto Panamericano de Geografía e Historia; en Uruguay, la biblioteca del Poder Legislativo y el presidente de la República Luis Batlle Berres; en España, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. Se conservan también recortes de periódicos en los que aparecieron breves reseñas de la obra —La Prensa, de Buenos Aires, y El Progreso, de Montevideo− o simplemente el anuncio de la salida del libro, como en La Nación, en Argentina.
Varios de los amigos de Pastore se apresuraron a escribirle para compartir sus primeras impresiones tras la lectura del libro, como las elogiosas notas de R. Antonio Ramos, exiliado en el territorio de Formosa, la de Julio César Chaves, en Buenos Aires, la de Artemio Mereles, en Roque Sáenz Peña, en el Chaco. Las tres coinciden en ponderar al estudio como un aporte importante “desde el punto de vista nacional y partidario”, una expresión que se entiende muy bien si se tiene en cuenta el significado que el Partido Liberal sostenía respecto a la tenencia y distribución de la tierra, como lo pone de manifiesto la carta que Artemio Mereles escribió a Pastore sobre su libro en ocasión de comunicarle el fallecimiento de Manuel Mosqueira, “viejo patriarca del liberalismo”:
Algún día hemos de ir a visitar esta tumba querida, para decir sobre ella que nosotros, los liberales, anhelamos que todos los paraguayos tengan un pedazo de tierra en vida para asiento de su hogar y un pedazo de tierra en un cementerio paraguayo para descansar en el seno de la Patria. [19]
Las cartas ponen de manifiesto que Pastore ya tenía en mente una segunda edición de su texto. Así lo aseguraba a Juan Guillermo Peroni a las pocas semanas de su divulgación:
He querido presentar en esta edición el esquema del problema, quedando para la segunda todo el material de reserva para no asustar a alguno y aplastar la reacción de otros. Espero, además, que esta segunda edición ha de ser producto de la colaboración de muchos amigos.[20]
A la reseña que Harris G. Warren publicó en The American Historical Review, que hemos mencionado al comienzo de este texto, se debe sumar el extenso comentario que R. Antonio Ramos escribió para la revista Historia de América, editada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH). En ambos casos se trataba de publicaciones académicas reconocidas y de amplia difusión en el continente americano. Tanto Warren como Ramos coincidían al enumerar los méritos de la obra: resultaba un acierto haberse dedicado a desentrañar un tema dominante en la historia del Paraguay, era verdaderamente un “esfuerzo de pionero” al colocar la lucha por la tierra en su justa perspectiva, la falta de estudios eruditos de la política paraguaya sobre la tierra hasta la aparición del libro había constituido una laguna muy seria en la literatura histórica y había inducido a algunos escritores a interpretar mal algunas fases de la historia paraguaya. Y, si bien observaban ambos historiadores que se colaba “el partidismo” en su interpretación del pasado, Pastore era merecedor de que se le tributase “un alto elogio por haber señalado el camino y haber definido los problemas con una claridad tan convincente”. En realidad, el autor de La lucha por la tierra no ocultó en ningún momento de su trayecto intelectual su adhesión al liberalismo paraguayo, condición que lo llevó a desplegar una cronología de las etapas del movimiento histórico en la que, por ejemplo, desenvolvía de manera más extensa y “optimista” el interregno de 1904 a 1940, correspondiente a los gobiernos liberales. No obstante, tanto Warren como Ramos aseveraban que, aunque podría discutirse su periodización o algunas de sus conclusiones, la controversia no podía disminuir su mérito “cimentado en una laboriosa investigación y en un sólido material manejado dentro de un plan orgánicamente concebido”.
El consagrado historiador argentino Emilio Ravignani también le escribió a Pastore una carta en la que acusaba recibo del estudio histórico. Instalado en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de la República, en Montevideo, le aseguraba:
Me he compenetrado de su contenido y mucho he aprendido para comprender aspectos vitales de la historia del Paraguay. Por la materia tratada, la abundante información y el método adoptado, usted ha logrado presentar un trabajo modelo que debería realizarse con muchos otros países de Hispanoamérica. La historia política y militar, más apasionante, ha hecho olvidar a nuestros autores la influencia de factores fermentables como los que usted analiza con tanta precisión y claridad.[21]
Los términos de esta misiva, referidos al método y al campo temático en los que Ravignani situaba el trabajo, conducen a referenciar las difusas fronteras disciplinarias y profesionales entre historia y sociología en el Paraguay en los años en los que apareció la obra. Carlos Pastore consignaba que su estudio se situaba dentro de “un enfoque sociológico”. En efecto, es posible distinguir reflexiones sociológicas de carácter espontáneo en el Paraguay desde finales del siglo XIX, como así también fechar el primer curso de Sociología que se inició en el año 1900 en la carrera de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción. De modo que la sociología espontánea y la sociología de cátedra tenían hacia mediados del siglo XX ciertas trayectorias en el país. De hecho, Pastore había cursado la asignatura de Sociología durante sus estudios universitarios y tuvo como profesor al doctor Cecilio Báez.[22] No obstante, se puede sostener que lo que distingue al estudio de Pastore de los ensayos de análisis social o de reflexiones sociológicas de carácter teórico que lo precedieron es el análisis empírico de un problema a través de una notable cantidad y variedad de fuentes.[23] Y, en relación con la práctica de la historia, constituía una novedad en un momento en el que prevalecía, entre los historiadores en el Paraguay, el interés por reconstruir procesos políticos y diplomáticos. Precisamente, el objeto y el principal argumento de la perspectiva pastorista de la historia paraguaya le obtuvieron la calificación de “bolche” por parte de allegados al gobierno de Alfredo Stroessner, al que Pastore combatió siempre con fuerza. Esto podría explicar que, en la correspondencia privada y en artículos aparecidos en periódicos montevideanos en los años cincuenta, se pueda comprobar que el autor de La lucha por la tierra se empeñó en aclarar que no era comunista. Otras pruebas permiten develar que Pastore tampoco adhirió, simplemente, a los postulados ideológicos del semanario uruguayo Marcha, con cuyos redactores y director, Carlos Quijano, mantuvo relaciones de camaradería. Si bien compartía los postulados del antifascismo y el tercerismo sostenidos por la prestigiosa publicación cultural uruguaya, su adhesión no se concebía en términos del antiimperialismo, sino desde una peculiar concepción del liberalismo paraguayo como instrumento para la construcción de una nueva ideología basada en la realidad paraguaya.[24] Mientras que el semanario dirigido por Quijano constituía un intento de intervenir en la política desde la formación de la opinión, Pastore pretendía formar una conciencia histórica paraguaya desde las mismas estructuras partidarias.
La segunda edición de La lucha por la tierra en el Paraguay tuvo una tirada de 3000 ejemplares y consta que, en este caso, fue distribuida en Paraguay a través de la librería Letras, de Francisco Ruffinelli.[25] En la introducción que el autor preparó para esta nueva entrega, dejó consignado que el propósito inicial de publicar una historia social del Paraguay había sido abandonado momentáneamente ante la imposibilidad de completar la investigación con la consulta de documentación inédita existente en los archivos de Asunción; pero el pedido de amigos de dar a conocer en esta oportunidad “parte de las conclusiones de nuestro trabajo sobre el tema nos indujo a incorporarlo parcialmente al libro impreso en 1949 con este mismo tema”. Con esta manifestación consignaba que la primera edición de La lucha por la tierra debía ser considerada como un planteamiento general del tema y que, ya en esta segunda entrega, se analizaban “las condiciones en que se produjeron los hechos sociales”, a la par que agregaba “parte de la documentación que había ido acopiando” en sus años de exilio.
Aunque, para los años setenta del siglo XX, los grandes latifundios iniciaban su desaparición, su herencia resultaba “escalofriante”:
Ninguna infraestructura estable y multiplicadora de actividad económica; ningún centro urbano de significación, pocas vías de comunicación, ninguna tradición cultural o social. Funcionaron de hecho como enclaves, zonas extractivas de bajo procesamiento de valor agregado, con escasas ramificaciones en la economía nacional, dirigidas al mercado externo.[26]
Para cuando apareció la segunda edición, los gigantescos stocks de quebracho y de otras especies madereras habían desaparecido. Y eso, según sostenía Pastore, no generó riqueza, sino que el noventa por ciento de aquella quedó fuera del país.
En los años que siguieron, continuó trabajando en este estudio, de modo que La lucha por la tierra aparece como un texto inacabado y uno de los hilos conductores de su trayectoria intelectual. Esta obsesión intelectual –y política– está diseminada en su archivo personal, como se puede advertir, por ejemplo, en las anotaciones que produjera de puño y letra en el reverso de fotografías que le fueron tomadas durante su gestión al frente de la Dirección de Tierras y Colonias.

Fuente: fondo personal Carlos Pastore, bajo custodia de la Academia Paraguaya de la Historia.
En esta fotografía dejó escrito:
Cumpliendo el programa productivo, el presidente del Departamento de Tierras, Dr. Carlos Pastore camina con optimista sonrisa kilómetros y más kilómetros de sol abrasador, improvisando caminos en busca de los nuevos propietarios, repatriados, que ha conquistado la República para hacerles entrega personalmente de sus títulos provisorios, explicándoles que de su labor fecunda depende el convertirse en verdaderos y definitivos dueños del solar que cultivan.
En la siguiente foto, en la que posa junto a una familia campesina, dejó consignado: “He aquí un paraguayo feliz y trabajador quien abandonando tierras extrañas es ahora dueño de la suya, donde ya plantara su ranchito, para abrigo de su numerosa familia”.

Fuente: fondo personal Carlos Pastore, bajo custodia de la Academia Paraguaya de la Historia.
Si hasta hace poco se podía afirmar, sin matices, que el proceso sobre la tenencia y la distribución de la tierra en el Paraguay en la larga duración había enhebrado la trayectoria de Pastore como historiador, el estudio a dos bandas, es decir, archivo personal y obra histórica, ha deparado ahora mismo nuevos datos. En efecto, en el archivo personal de Carlos Pastore, figura un conjunto de papeles personales de Eligio Ayala, como una copia del expediente sucesorio, cartas intercambiadas con integrantes de su familia, misivas dirigidas a Eligio Ayala por Eusebio Ayala entre los años 1922 y 1925 y misivas remitidas por el primero al presidente José P. Guggiari entre los años 1928 y 1930. Hay también otros elencos epistolares semejantes, como copias de notas remitidas por José de la Cruz Ayala, Alón, a figuras públicas paraguayas y las cartas de puño y letra que Eligio le envió a su madre desde los meses previos a su partida a Europa hasta las que le remitió pocos días antes de su muerte. Estas últimas, recientemente publicadas junto a otros valiosos materiales, revelan la amorosa relación filial que cultivó a la distancia con Manuela Ayala, a la que dio apoyo material y moral durante toda su vida.
Esos papeles llegaron a las manos de Carlos Pastore a través de Emilio Ayala, hermano gemelo de Eligio, quien además le entregó un memorial con algunos antecedentes de la familia que se remontaban al éxodo que debió afrontar cuando Asunción fue ocupada por las tropas de la Triple Alianza en 1869, lo cual obligó a Manuela a “residentar” hasta Rojas Potrero, en el departamento del Guairá.[27] La presencia de los documentos familiares de Ayala hizo conjeturar que se debía al interés y la ligazón afectiva del autor de La lucha por la tierra en el Paraguay con una familia oriunda, al igual que la suya, de Mbuyapey.[28] Pero, más recientemente, ha sido posible comprobar que Pastore tuvo el propósito intelectual de redactar una biografía de Eligio Ayala y, para ello, se empeñó en reunir esos materiales. De hecho, se pudo hallar un manuscrito con un plan biográfico detallado que abarcaba desde los orígenes familiares hasta la muerte de Ayala. [29]
El abrupto abandono de la aplicación de la reforma agraria determinado por la muerte del presidente Estigarribia en 1940, los 39 años de exilio en Uruguay, el regreso al Paraguay a finales de los años setenta, ya con bastantes limitaciones físicas y, finalmente, su fallecimiento en Asunción, en 1996, podrían muy bien hacer pensar que el proyecto historiográfico que lo obsesionó a Carlos A. Pastore desde su niñez había terminado por hacerse imposible. Pero la vida continúa, y hoy se puede retomar esa aspiración mediante un renovado estudio de la historia y de los historiadores que, como él, buscaron abrir nuevos caminos para el conocimiento del pasado y desde ese conocimiento postularon vías para el desarrollo del Paraguay.
- Harris Gaylord Warren, Paraguay: revolución y finanzas, Asunción, Servilibro, 2008. Los editores de esta compilación de artículos, Thomas L. Whigham y Jerry W. Cooney, ofrecen valiosas referencias del trayecto historiográfico de Warren en la introducción a la obra.↵
- No está de más recordar que la Asociación Nacional Republicana o el Partido Colorado constituyen las dos agrupaciones políticas tradicionales de Paraguay, fundadas en 1887. El Partido Liberal surgió como un grupo en oposición al gobierno colorado. Reclamaba el pleno respeto de las libertades públicas consagradas por la Constitución de 1870 y el libre ejercicio del sufragio; asumió posicionamientos contra la política de venta de las tierras públicas y los acuerdos transaccionales celebrados con Bolivia para la división del territorio del Chaco. ↵
- República de Paraguay, Academia Paraguaya de la Historia, Colección Carlos Pastore (en adelante CCP). De Pablo Max Ynsfrán a Carlos Pastore, Austin (Texas), 14 de enero de 1950. Véase la cuidada y reciente edición de las memorias: José Félix Estigarribia. La epopeya de la Guerra del Chaco, Asunción, Intercontinental, 2017.↵
- Ricardo Scavone Yegros, “Guerra internacional y confrontaciones políticas (1920-1954) en Historia del Paraguay, Asunción, Taurus, 2010, pp. 225-263. ↵
- Ibidem.↵
- República de Paraguay, Archivo de la Academia Paraguaya de la Historia, Actas del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas.↵
- CCP, Cajas 31 y 32.↵
- Ricardo Scavone Yegros, “Guerra internacional y confrontaciones políticas (1920-1954)”, Historia del Paraguay…, cit.↵
- Agradezco el testimonio de Carlos Pastore Olmedo para precisar estos datos.↵
- CCP, Cajas 31 y 32. ↵
- Ricardo Scavone Yegros, “Guerra internacional y confrontaciones políticas (1920-1954) en Historia del Paraguay…, cit.↵
- CCP, de Héctor D’Elia a Carlos Pastore, Montevideo, 14 de febrero de 1948.↵
- “Etapas de un exilio y escritura de la Historia. La gestión y producción historiográfica de Carlos Pastore durante el Paraguay autoritario (1942-1974)”, Claves. Revista de Historia, vol. 9, n.º 17, 2023, pp. 1-33.↵
- CCP. Documentos del Departamento, Tierras y Colonización 1939-1940, Cajas 20 y 21. ↵
- Por ejemplo, las investigaciones de Juan Carlos Herken Krauer han demostrado que, entre 1914 y 1920, el Paraguay registró el auge de exportaciones más grande de su historia, solo comparable al proceso similar en la década de 1970. Sobre el valor de mercado de las exportaciones, indica que se pasó de un promedio de 1,5 millones de libras esterlinas a cerca de 5 millones entre 1916 y 1919. El ochenta por ciento de esos ingresos fueron a las manos de un pequeño grupo de latifundistas que controlaban la industria del quebracho, la industria forestal y de la yerba mate. El resto se repartió entre los ganaderos paraguayos y los agricultores y comerciantes que vendían tabaco. Véase La política económica durante la era liberal, Asunción, Archivo del Liberalismo, 1989 y El Paraguay rural entre 1869 y 1913, Asunción, CPES, 1984.↵
- Para recoger los argumentos de Pastore desenvueltos en su obra, nos hemos valido de la síntesis redactada por Juan Carlos Herken Krauer, In Memoriam. Carlos Pastore (Mbuyapey 1907-Asunción 1996) La lucha por la tierra en el Paraguay. En Última Hora, Asunción, Paraguay, el 13 de julio de 1996.↵
- Asunción, 11 de octubre de 1983. Reproducida por Juan Carlos Herken Krauer en el texto In Memoriam. ↵
- Tomás Sansón Corbo, Carlos Pastore y “el general de la virgen espada”. Memoria y destino nacional en Paraguay, Revista de historia de América, (159), 2020, 161-178.↵
- CCP, de Artemio Mereles a Carlos Pastore, Roque Sáenz Peña, 7 de octubre de 1949.↵
- Ibidem, Montevideo, 22 de noviembre de 1949.↵
- Reproducida por Armando Almada, “Dr. Carlos Pastore, la lucha por la tierra en el Paraguay”, en diario ABC, Asunción, 18 de marzo de 2012. Sobre la base de un reportaje realizado al historiador en el año 1991.↵
- Guillermo Heisecke, “La bibliografía sociológica en el Paraguay” en Revista Paraguaya de Sociología, Asunción, CPES, 1965, n.º 2, pp. 57-73. Además de introducir la cátedra de Sociología, Cecilio Báez publicó Sociología (1903), Principios de Sociología (1921) y Disertaciones de sociología y filosofía (1924).↵
- La sociología como disciplina científica ingresó al Paraguay en 1964 cuando se fundó el Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos por parte de un grupo de jóvenes provenientes de distintas carreras de la Universidad Nacional de Asunción. Estudios recientes en torno al proceso de institucionalización de la sociología en Paraguay han echado un haz de luz acerca de cómo fue posible el surgimiento del CPES, de una publicación internacional en plena dictadura stronista y en una región colmada de gobiernos autoritarios. Tres investigadores convergen en el análisis de este proceso: María Lilia Robledo Verna, que ha publicado, entre otros estudios, “Apuntes para una historia de la sociología en Paraguay. El caso de la Revista Paraguaya de Sociología” en Congreso Latinoamericano de Sociología, 2009 y “La institucionalización de la Sociología en Paraguay: la experiencia del Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos – CPES (1964-1972”, en II Taller: Paraguay como objeto de estudio en las ciencias sociales, Asunción, 2009. Lorena Soler ha analizado otras aristas del proceso de institucionalización de la Sociología en el Paraguay en “La Revista Paraguaya de Sociología. Campo, intelectuales y debates (1964-1991)”, en Encuentro de Geohistoria Regional, Resistencia, 2007, y Javier Numan Caballero Merlo lo ha hecho en Sociología aplicada a la realidad social del Paraguay, Asunción, Biblioteca de Estudios Paraguayos, Universidad Católica de Asunción, 2011.↵
- CCP, Caja 55. Sobre el semanario Marcha y su impacto en el imaginario social uruguayo, hemos leído la investigación de Luisa Peirano Basso, Marcha de Montevideo y la formación de la conciencia latinoamericana a través de sus cuadernos, Buenos Aires, Javier Vergara, 2001.↵
- CCP. Los anuncios publicados en los diarios asuncenos a solicitud de la librería lo presentaban como “el libro de sociología paraguaya por excelencia, de profunda extracción científica, ampliamente documentado, completamente al día”.↵
- Juan Carlos Herken Krauer, La política económica durante la era liberal…, cit.; y El Paraguay rural entre 1869 y 1913, Asunción, CPES, 1984.↵
- Julia Velilla Laconich confirma la entrega de esos papeles a Carlos Pastore. Y restituye algunos parentescos. En efecto, Manuela de Jesús Ayala, madre de Eligio y de Emilio –sostiene la historiadora–, fue, en una familia de ocho hermanos, la única hija. Uno de sus hermanos, José de la Cruz Ayala Bareiro, fue el notable periodista y escritor que se hizo famoso con el pseudónimo Alón. Véase Julia Velilla, “Eligio Ayala, Estadista”, Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Asunción, 1978. ↵
- Liliana M. Brezzo, “Reconstruyendo a Carlos Pastore: objetivos para una biografía intelectual”, Carlos Pastore Goiburú, 65 años de La lucha por la tierra en el Paraguay, Asunción, CPES y Academia Paraguaya de la Historia, 2014, pp. 37-69.↵
- Folio mecanografiado y manuscrito, S/F. Véase Carlos Pastore Olmedo, Eligio Ayala íntimo, Asunción, Fondec, 2023. ↵






