Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Una historia del Paraguay en la correspondencia privada
de Juan Emiliano O’Leary

Liliana M. Brezzo

La visión que comúnmente se presenta sobre el Paraguay del siglo XX está fuertemente definida por relatos parciales sobre las consecuencias del conflicto bélico de la Triple Alianza (1864-1870) y la guerra del Chaco (1932-1935), así como también por el turbulento régimen político de Alfredo Stroessner (1954-1989). A pesar de que estos eventos trazaron las líneas maestras de la historia reciente paraguaya, centrar la mirada sobre ellos no nos deja ver más allá e identificar los grises que dan profundidad al paisaje. La figura de Juan Emiliano O’Leary (1879-1969) es uno de estos tonos intermedios, y su estudio es de relevancia histórica, tanto por su extensa trayectoria como historiador, publicista y diplomático, como por su lectura del pasado, de perenne actualidad.

Hijo de padre argentino y de madre paraguaya, en el transcurso de la primera mitad del siglo XX, pergeñó un relato histórico con epicentro en la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza: convirtió ese cataclismo bélico en una epopeya nacional, a la derrota de su país en una victoria del “paraguayo más inmortal”, el mariscal Francisco Solano López, y a la sociedad derrotada en el “invicto vencido” porque jamás se rindió formalmente.

La ostensible oposición de O’Leary hacia el comunismo, el enfrentamiento con el Partido Liberal paraguayo y el alineamiento con el gobierno de Alfredo Stroessner condicionaron la cimentación de una lectura del pasado que se conoce, en el argot historiográfico, como “revisionismo paraguayo”. Esta interpretación sitúa en el exterior el origen de la decadencia de la nación paraguaya y señala al liberalismo y a los imperialismos (brasileño, argentino, inglés) como enemigos de su evolución histórica.[1] Desde entonces y hasta la actualidad, su actuación político-cultural y su explicación de la historia se encuentran salpicadas por la controversia.

Si bien O’Leary escribió una obra histórica aún no cuantificada que incluye, además de libros, otros formatos como artículos periodísticos y folletos de notable influjo y repercusión, sus escritos sobre la Guerra Guazú se han instituido en sus textos insignia para la posteridad y para sí mismo. Hasta su fallecimiento, ocurrido en el año 1969, se los podía delimitar con bastante precisión: Nuestra Epopeya (1919), El Mariscal Solano López (1920 y 1925), El libro de los héroes. Páginas históricas de la Guerra del Paraguay (1922), El Paraguay en la Unificación Argentina (1924), El Centauro de Ybycui. Vida heroica del general Bernardino Caballero en la Guerra del Paraguay (1929), Los legionarios (1930). No obstante, la mayor parte de su obra histórica quedó dispersa hasta los albores de este siglo, cuando mereció la atención de estudiosos de los procesos de la escritura de la historia, la historia política y la historia intelectual. Entre las expresiones tempranas de ese interés, destaca la compilación acometida por Sebastián Scavone Yegros (2007) de la serie periodística titulada Recuerdos de Gloria que O’Leary divulgó en el diario La Patria en el año 1902, dedicada a evocar las acciones militares y a exaltar el heroísmo paraguayo durante la guerra. Poco después se reunieron los textos que publicó en ocasión de la estruendosa polémica mediática sobre la historia paraguaya que mantuvo con el reconocido intelectual Cecilio Báez (1862-1941) entre los años 1902 y 1903.[2] Más recientemente, Andrea Tutté[3] dio a conocer la primera compilación bibliográfica de O’Leary que ha permitido remontar sus primeros escritos al año 1898 cuando dio a conocer una poesía titulada “24 de Mayo” (en memoria de la batalla de Tuyutí) en la Revista del Instituto Paraguayo. En ese recuento, que de momento llega hasta el año 1920, figuran también dos trabajos que O’Leary publicó en la revista Guarania bajo los títulos “El héroe de los lanchones” y “Pane”, de los que no se tenían noticias precisas.

La biblioteca personal de O’Leary, cuya catalogación asumió la Biblioteca Nacional del Paraguay, posibilitó restituir el elenco de textos de que disponía al momento de la preparación de su producción histórica.[4] Figuran allí distintas ediciones de las obras del uruguayo Luis Alberto de Herrera, que arrancan con los ejemplares de Por la patria: la revolución de 1897 y sus antecedentes (1898) y La tierra charrúa (1901) hasta completar diecisiete ingresos, entre los que se enumeran la edición de Antes y después de la Triple Alianza del año 1952, El Uruguay internacional (1912), La diplomacia oriental en el Paraguay: el Mariscal Francisco Solano López (1912) y El drama del 65: la culpa mitrista (1926). En el catálogo hay también referencias a otros reconocidos autores, como las del uruguayo José Enrique Rodó, Motivos de Proteo (1909), el mexicano Carlos Pereyra, Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay (1919), el venezolano Rufino Blanco Fombona, Grandes escritores de América (1917), los argentinos Ernesto Quesada, La política argentino-paraguaya (1902), El Paraguay y la política rioplatense (1923), y David Peña, Juan Facundo Quiroga (1906), entre otros que cabría mencionar.

Junto a esas novedades, la organización del archivo personal de O’Leary desveló uno de los conjuntos paraguayos de correspondencia más abundantes de la primera mitad del siglo XX. La conversación mantenida a distancia desde Asunción, Caacupé y desde los sucesivos destinos diplomáticos con su familia y con sus pares en la amistad y en la política dio origen a un voluminoso acervo epistolar comprendido entre los años 1899 y 1969, relevante no tan solo por el mapa de relaciones que permite reconstruir con notable precisión, sino también por el propio contenido de las cartas, que constituyen –en muchas ocasiones− casi pequeños tratados sobre su postura política, las relaciones con las organizaciones del Estado y sus ideas sobre la historia y el devenir del Paraguay.[5] Junto a la práctica epistolar, O’Leary cultivó la redacción de un diario personal, una costumbre que conservó, con distintas características y regularidad, desde 1907 hasta 1960.[6] Todo indica que fue el historiador paraguayo quien se ocupó de conservar las cartas recibidas y algunas de las copias de las que remitió, así como también de compilar sus artículos en la prensa en cuadernos de recortes y de confeccionar álbumes de fotos en ocasión de sus labores como diplomático.

El de O’Leary se sitúa en el frondoso acervo de papeles personales de intelectuales paraguayos que produjeron lecturas del pasado que se han identificado recientemente, como los de Gregorio Benites (1834-1909), Blas Garay (1873-1899), Juan Natalicio González (1897-1966), Carlos Pastore (1907-1996), Alfredo Seiferheld (1950-1988), Rafael Eladio Velázquez (1926-1994), algunos de ellos robustos en cuanto a la cantidad de documentación disponible, y otros más limitados, pero igualmente descollantes, como bien lo ha mostrado, por ejemplo, la edición de la correspondencia que sostuvo el diplomático e historiador paraguayo Gregorio Benites (1834-1909) con el argentino Juan Bautista Alberdi (1810-1884) durante la segunda mitad del siglo XIX y que permitió restituir jalones desconocidos de la participación de dos actores principales de las elites políticas dirigentes de sus respectivos países en los procesos de construcción nacional y, más en particular, los términos de la defensa intelectual y de la propaganda paraguaya que ambos acometieron en Europa durante la guerra de la Triple Alianza.[7] O los completísimos estudios de María Laura Reali sobre el carteo que entre los años 1905 y 1953 cultivó Luis Alberto de Herrera (1873-1959) con sus corresponsales paraguayos −entre los que destaca el intercambio sostenido con O’Leary entre los años 1905 y 1952−, a través de los cuales auscultó problemáticas particularmente relevantes como la conformación de redes intelectuales en el espacio platense y la operación política/historiográfica de cara a la consolidación de una lectura revisionista de la Guerra del Paraguay.[8]

Hay que resaltar también los estudios recientes sobre los papeles personales de Juan Natalicio González (1897-1966), en los que Andrea Tutté recuperó algunos de los proyectos culturales más notables del escritor y expresidente del Paraguay, como la fundación de la Editorial de Indias en París en la década de 1920 y el derrotero de Guarania, una de las revistas culturales paraguayas más importantes del siglo XX.[9] Estos estudios posibilitaron, a su vez, elaborar una cartografía de las conversaciones a distancia de González con reconocidos intelectuales del continente, como el colombiano Germán Arciniegas, el peruano Luis Alberto Sánchez, los brasileños Gilberto Freyre y Newton Freitas, los argentinos Alfredo L. Palacios, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane, Atilio García Mellid y Raúl Scalabrini Ortiz.[10] En el caso particular de la correspondencia de González con Germán Arciniegas, la investigación que dieron a conocer Marcela Quinteros y Carlos Davis Suárez Morales aportó testimonios de primera mano para situar a González y al escritor colombiano en las luchas del antiperonismo latinoamericano.[11] Merecen también nuestra atención los estudios de Tomás Sansón Corbo sobre los intercambios epistolares de Carlos Pastore Olmedo (1907-1996) con hombres públicos uruguayos durante la segunda mitad del siglo XX[12] y de Matías Borba Eguren sobre las redes epistolares de Pastore durante su exilio en Uruguay.[13] Y no podemos omitir señalar la esforzada investigación de Bárbara Gómez sobre las labores finiseculares de Blas Garay en los archivos españoles durante la preparación de sus escritos históricos[14] y los efectuados sobre las trazas del discurso histórico de Garay en el epistolario íntimo familiar.[15]

Si a estos trabajos sobre archivos y correspondencias de historiadores paraguayos añadimos las incipientes manifestaciones con relación a las escrituras del yo,[16] las publicaciones se multiplican. Así parecen corroborarlo algunos de los más reconocidos intelectuales que acaban de dar(se) a conocer jalones de su trayectoria profesional y de la práctica de la historia a través de distintas expresiones autobiográficas como Margarita Durán Estragó, que compartió Ligas Agrarias Cristianas: mis vivencias (2023), Dionisio Borda, Mis Desembarcos. Memorias (2024), y el delicioso escrito autobiográfico de Guido Rodríguez Alcalá, Recuerdos y Comentarios (2019).

Si mencionamos estos trabajos, es porque hasta hace poco la mayor parte de los estudios sobre la escritura de la historia reposaban casi en exclusiva en el análisis de la obra histórica, es decir, aquella que vio la luz de la imprenta. Eventualmente, la figura del historiador y los escritos que albergaban sus archivos personales –diarios, cartas, memorias, borradores de sus textos− interesaban, ante todo, como documentos que relataban hechos sucedidos realmente en su vida, que permitían restituir su trayectoria académica, sus relaciones con otros intelectuales, una parte de su pensamiento histórico. Esos escritos se consideraban testimonios valorables en términos de veracidad y exactitud, de cantidad y calidad de información. En buena medida sigue siendo así. Pero esto, hasta donde podemos observar, parece ir cambiando al socaire de la publicación de correspondencias y repertorios epistolares como los que ya mencionamos, de las modulaciones recientes de la noción de archivo, de la aparición de un elenco notable de autobiografías académicas de historiadores que desvelan cuestiones de la profesión que no podríamos haber conocido de otro modo y que hacen de esos escritos verdaderos libros de historia. Parece que se van abriendo nuevos caminos a partir de dilemas metodológicos. ¿De qué modo una mayor atención a los escritos autobiográficos de los historiadores incide en los estudios sobre la escritura de la historia? ¿Qué lugar ocupa el archivo? ¿El uso de los papeles personales de los historiadores –cartas, autobiografías, diarios privados, borradores de sus textos− significa problematizar la noción de obra histórica? Y en este caso ¿se podría sostener que el archivo del historiador tiene un valor historiográfico en sí mismo?

Atendiendo a estos interrogantes, podemos contribuir, eventualmente, a ilustrar otras problemáticas, como, por ejemplo, si hemos de considerar las cartas como un documento histórico para fundamentar o comprobar algunas hipótesis sobre la trayectoria intelectual de O’Leary y su lugar en la historiografía paraguaya o si constituyen una parte intrínseca de su obra en calidad de historiador, en el sentido de que esta no sería únicamente la dirigida a la esfera pública que vio la luz de la imprenta, sino también la que está en el archivo, en el carteo en la esfera privada, como secciones de un proyecto intelectual que aprovecha la meditación, el intercambio íntimo con vistas a producir el texto público. Desde este prisma, las denominadas “escrituras del yo” no serían exclusivamente una fuente documental, sino productos académicos con valor historiográfico en sí mismos, que contribuyen a analizar e interpretar el complejo proceso de escritura de la historia en distintos niveles: la trayectoria intelectual del historiador, la gestación y la perdurabilidad del discurso histórico, la conformación de redes historiográficas.

Cartas de familia

En el caso de las cartas, la condición básicamente dialógica de los materiales de un archivo –siempre se escribe y se guarda para alguien, siempre habrá un lector previsto o impensado− se enriquece con la polifonía de las voces que circulan por la correspondencia de Juan E. O’Leary, que nos conduce, en primer término, a los diversos orígenes de su familia que parecen haber definido rasgos de su personalidad y las líneas guía de la evolución de sus ideas como historiador. O’Leary nació el 12 de junio de 1879 en Asunción, nueve años después de que finalizaran las acciones militares de la guerra contra la Triple Alianza. En Villa Occidental –actual Villa Hayes−, el cura vicario Tomás O. Canavery casó, el 3 de febrero de 1870, al ciudadano argentino, de ascendencia irlandesa, Juan Emilio O’Leary Costa con María Dolores Urdapilleta, paraguaya, a su vez viuda de Bernardo Jovellanos, muerto durante la guerra. El matrimonio tuvo, antes de la llegada de Juan Emiliano, tres hijos: Idalina, Andrés y Arturo. Dolores, la madre de O’Leary, fue la hija menor del matrimonio formado por Pascual Urdapilleta y Cesárea Carísimo. Se había casado en primeras nupcias con Bernardo Jovellanos Bedoya, con quien tuvo tres hijos. Para ella, la guerra había sido implacable. Luego de perder a su marido, un familiar la había denunciado a las autoridades de “derrotismo” por haber expresado su impresión ante el poder del invasor con relación a los precarios recursos bélicos del país. Hallada culpable, tuvo que dejar su hogar y todo cuanto poseía para ir como destinada a las cordilleras con sus tres hijos pequeños. Vino luego la derrota total del ejército paraguayo y el avance del enemigo. A medida que el ejército de los Estados aliados se aproximaba, Dolores debió internarse más y más hasta llegar a la región de Espadín. Sus dos hijitos varones perecieron de hambre, y solo sobrevivió su hija Leopoldina. Recién en el transcurso del año 1869, pudo regresar a Asunción y allí conoció a Juan O’Leary, instalado con su comercio a pocos pasos de la que fuera su residencia familiar. Y se casaron enseguida.

Las fuertes vivencias que habrían provocado en O’Leary los relatos maternos sobre las penurias padecidas durante la guerra, la presencia constante de esa pena durante su niñez y las carencias materiales en la posguerra podrían explicar, en parte, el complejo lazo materno-filial que proyectan algunos de los primeros escritos del historiador, así como la elección del acontecimiento de la guerra como epicentro de su producción intelectual. Por ejemplo, en 1898, habiendo superado escasamente los 18 años, O’Leary publicó un texto dedicado a describir las penurias que su progenitora había padecido durante la guerra por orden del gobierno de Francisco Solano López y en el que estampa un juicio lapidario:

¡Ah, madre querida, tú me enseñaste a perdonar! Tú no guardas rencores para nadie. Pero a pesar de todo siento agigantarse el odio inmenso que llena mi alma: odio hacia el tirano y odio hacia los lobos hambrientos que se desparramaron en nuestra tierra e hicieron añicos de nuestra nacionalidad… Para tus verdugos y para los verdugos de nuestra patria, perdóname, madre mía, mi odio es eterno. Tu martirio, madre, es infinito. Cada día, cada instante, se levantan ante tus ojos las sombras de tus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en las soledades de tu peregrinación. Tú les viste morir. Tú presenciaste aquella agonía indescriptible, y después de muertos tuviste que dejar sus cuerpecitos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres hermanitos míos! Yo, también, os veo en mis ensueños envueltos en nítidas mortajas, flotando en el espacio como blancos angelitos. No, vosotros escapasteis a la saña de los tiranos y de los caínes. ¡Algún día, cuando mis cantos sean dignos de vosotros, enterraré vuestra memoria en la cristalina tumba de mis versos!
Yo sé, madre, cuánto amas a esta patria desgraciada; yo que oí de tus labios la historia de todo lo que sufriste y de todo lo que sufrieron los tuyos por ella; yo que sé cuánto desprecias a los traidores, comprendo lo injusto de aquella sentencia que tú cumpliste sin protestar. Tú perdonaste al tirano, que tan brutalmente te maltrató. Yo no lo perdono. Le olvido. Y, en este día, uno mis lágrimas a las tuyas y con mi alma abrazo a esos pobres mártires, hermanitos míos, muertos de hambre en las soledades del destierro.[17]

A la luz de las experiencias de su niñez recogidas en estos párrafos, sería sencillo deducir que, naturalmente, O’Leary se identificaría con una visión crítica sobre el conflicto y, en particular, con relación a Francisco Solano López. Sin embargo, su capacidad de dejar atrás los vínculos afectivos y las vivencias de su progenitora sufriente aparece poco después en otro texto en el que se identifica con la causa de López. En efecto, en un artículo que publica con su firma en el diario La Patria, procura explicar, con relación al texto de 1898, que no había sido sino un “ingenuo salmo infantil” en el que hablaba el sentimiento, sin reflexión, pero que ese grito de odio había sido “falso”:

¿Y mi odio al tirano? No era sino una palabra. No soy yo el que hablo allí. […] Es el ambiente el que gravita en mi alma infantil poniendo en mis palabras lo que sólo es realidad en el alma atormentada de los que necesitaban justificar su traición, de los que vinieron con el invasor, de los patricidas (sic) que le ayudaron en el degüello de cinco años. Ese odio es el odio de los vencedores que aniquilaron al Paraguay, pero no pudieron arrebatarle su gloria, que acabaron con el Héroe, pero no pudieron suprimir su grandeza. Ese odio no era mío, no era yo el que condenaba, yo que desconocía los misterios de nuestra historia y que no podía entrever la verdad en medio de la mistificación triunfante. Ese odio era un odio reflejo que venía de los que acababan de poner fuera de la ley al Mariscal López, figurándose, arbitristas de la historia, que con un decreto se hace el juicio de la posteridad y que una ley rencorosa ha de absolverlos para siempre. Cuando escribí estas líneas aún no había despertado del todo la conciencia nacional, aún seguíamos condenándonos, repitiendo los anatemas de la Alianza…Debo decirlo con algún orgullo, aún no se habían publicado los Recuerdos de Gloria. El hombre tacha también esas y otras palabras del niño. En el tirano que abomina confunde la tiranía, vuelvo a repetirlo. El tirano que decretó el éxodo y que mató de hambre a mis hermanos en las inclementes serranías, no era un hombre. Ese hombre, enloquecido por un delirio patriótico, en medio del estrépito de las batallas, no supo siquiera del dolor de mi madre y de sus incontables penurias. El tirano no era él, era la guerra y eran los tiempos duros que se vivían. Él mismo era una víctima, sufría lo que sufría su patria, como habría de sucumbir con él.

Y acababa el texto exculpando a López de los sufrimientos de su madre y borrando lo que había escrito:

¡Cuántos sufrieron, como mi pobre madre, crueles injusticias! Pero esas injusticias no eran la obra de un hombre, que no era sino instrumento del Destino en aquella hora apocalíptica. Borro esas líneas. Las doy por no escritas. El hombre no recibió del niño semejante herencia de odio, como el hijo no recibió de su madre sino un tesoro de amor y de benevolencia, de firme patriotismo y de gratitud imperecedera para todos los que, víctimas de errores o de injusticias, perecieron, leales, a la sombra de nuestra bandera tricolor. Sólo así he podido hacer una campaña histórica objetiva, proclamando la verdad, poniéndome por encima de sentimientos avasalladores que pudieron nublar mi juicio cuando aún no había abandonado del todo la adolescencia pero que fueron depuestos más tarde, cuando abracé resueltamente el patriótico apostolado a que he consagrado mi existencia. Después de leer ese canto en prosa al dolor de los míos se podrá juzgar de la imparcialidad de mi propaganda.[18]

Estos escritos de O’Leary nos conducen a plantearnos las motivaciones que lo llevaron a empeñarse, cumplidos sus veinte años, en una infatigable campaña intelectual de reivindicación del mariscal Francisco Solano López; es decir, ¿cómo explicar su transformación de crítico a panegirista de Solano López? El reconocido historiador brasileño Francisco F. Doratioto sostiene, sobre la base de un conocimiento profundo de informes diplomáticos, que esa conversión se debió propiamente a motivos económicos. Explica que, luego de la guerra, los bienes de Solano López y de su familia fueron transferidos al Estado. A comienzos del siglo XX, Enrique Solano López, hijo del expresidente de Paraguay y de Elisa Lynch, inició una demanda para que se les devolviesen dichos bienes (tierras y casas) a quienes, sostenía, eran los legítimos herederos, es decir, los hijos que sobrevivieron al conflicto. De acuerdo a las fuentes estudiadas por Doratioto, los herederos de Solano López, interesados en recuperar sus bienes, se pusieron de acuerdo con paraguayos influyentes con miras a lograr la revocación del decreto de 1869 (que había declarado a Solano López traidor a la patria y que se le confiscaran todos sus bienes) y recobrar sus derechos civiles; de modo que “el señor O’Leary se puso a defender los intereses lopistas inconfesables de dinero” y se mantuvo en ello al darse cuenta de que podría obtener prestigio y sacar provecho material.

Claro está que este argumento nos parece que no alcanza a la hora de explicar la mutación interpretativa. De modo que podríamos sumar a estas cavilaciones el estudio que Luc Capdevila dedica a analizar la acogida del discurso histórico de O’Leary en la sociedad paraguaya, al que le atribuye una serie de mecanismos (individuales y colectivos) por los cuales, al mismo tiempo de construir su interpretación sobre la guerra, edifica su propia identidad determinada por los sufrimientos padecidos siendo niño. Sostiene que la concentración de la memoria sobre el “acontecimiento monstruoso” de la guerra en la personalidad del mariscal López, por parte del historiador, encontró un eco en la memoria colectiva paraguaya porque de ese modo la sociedad del país vencido pudo dar sentido “épico” a la tragedia incomprensible e indecible que acechaba a la mayoría; en este contexto, O’Leary hizo de la rehabilitación del mariscal una “victoria personal”, construyendo su propia “leyenda” y, puede agregarse, su propia identidad personal (Capdevila, 2007; 2008).

Por su parte, la autora norteamericana Jennifer French se arriesga a sostener, sobre la base de la teoría psicoanalítica, la necesidad de replantear la conversión del discurso histórico de O’Leary y situarlo como efecto del traumatismo que supuso la guerra como un acontecimiento repentino y abrumador. Siguiendo esta línea, el trauma materno que definió la realidad psíquica de O’Leary condicionó su cambio intelectual. Si la poesía dedicada a su madre (en 1898), argumenta French, era una muestra de devoción filial y fraterna, revela también algunas pistas de la transformación inminente del escritor: el distanciamiento con su madre, a quien percibe ensimismada en su pasado trágico, el deseo un poco desesperado de ganar su atención y afecto, la idealización un poco ambivalente de los hermanos muertos, el dolor que siente por ellos y el deseo de enterrarlos para siempre, de completar de una vez el duelo que la madre sola no puede realizar. French concluye que la conversión de O’Leary del odio a la exaltación de López se debió “al rechazo de un peso imposible de soportar” (las condiciones de la posguerra) y de deberes (ser el sostén económico y la contención afectiva de su madre) que ni buscó ni quería.[19]

No nos resulta fácil aportar más argumentos como resultado del cruzamiento que realizamos entre los escritos de juventud de O’Leary y el drama familiar. Pero nos parece útil dar cuenta, en el marco de estos razonamientos, de que la lectura de las cartas privadas entre O’Leary y su padre nos muestra un plano muy diferente. Indican que la relación paterno-filial discurrió por otros carriles a los de madre-hijo. Fechadas entre Buenos Aires y Asunción en las primeras décadas del siglo XX, no es posible hallar en ese carteo referencia alguna que conecte a padre e hijo con recuerdos o vivencias alusivos a la guerra, con excepción de alguna mención indirecta, como la contenida en la carta del 6 de abril de 1910, en la que el padre escribe:

Recibí por Ayala la carta que me mandaste por lo que veo que recibiste Mis Recuerdos; pronto, creo, si la salud de mi joven amanuense se encuentra bien, escribiré mis recuerdos de la toma de Asunción y el saqueo por los marinos brasileros y otros que te han de causar bastante sorpresa cuando los leas.[20]

Los contenidos de la relación epistolar se limitan a diligencias prácticas: el padre solicita el envío de periódicos y de cigarros, en tanto el hijo encomienda la compra de géneros y prendas de vestir en Buenos Aires para su esposa y sus hijos. Llama nuestra atención la ausencia de menciones y referencias, por parte del padre, hacia la que seguía siendo su esposa, tal como lo demuestran los saludos finales de las cartas, entre cuyos recuerdos afectuosos enumera, sin excepción, a Dorila (la esposa de O’Leary), a Leopoldina (su hijastra), a los hijos de esta y a los de O’Leary (sus nietos), pero en ningún caso referencia alguna a Dolores.[21]

En la dedicatoria a su padre que O’Leary estampa en El Paraguay en la Unificación Argentina en 1924, le reconoce el mérito de haber sido “testigo del épico martirio del Paraguay y obrero de su resurgimiento, que me enseñó a amar a su gloriosa tierra argentina y encendió en mi corazón el fuego del más puro patriotismo”. Pero, en todo caso, las cartas nos hacen discurrir que el padre de O’Leary tuvo una influencia menos compleja que la de su madre en su itinerario intelectual y espiritual.

Darse a conocer y dar a conocer la historia paraguaya

A los veintiún años, Juan O’Leary fue designado profesor de Historia Americana y Nacional en el Colegio Nacional de Asunción y, por la misma época, inició sus colaboraciones en el diario La Patria. Habían transcurrido dos años de su egreso como bachiller en Ciencias y Letras en la institución educativa en la que ahora asumía la docencia y en cuyas aulas ya había dado muestras de cierta vocación literaria. En el Colegio Nacional, redactó un periódico manuscrito, El Invisible, en el que aparecieron algunas poesías y breves narraciones, y luego editó la hoja La Juventud. Su padre lo instó a que viajase a Argentina y estudiase Medicina en la Universidad de Buenos Aires, pero finalmente permaneció en el Paraguay y se inscribió en la Facultad de Derecho, donde rindió asignaturas hasta el tercer curso. Allí se integró a una pléyade de universitarios y conoció a otros intelectuales que, desde los años finiseculares, serían conocidos como la Generación del 900.

Si bien se conservan pocas piezas epistolares de entre los siglos XIX y XX, la correspondencia de O’Leary proyecta con nitidez algunas de las aspiraciones colectivas de los denominados “novecentistas”. Por ejemplo, Guido Boggiani le remite una carta en la que le informa de la difusión y de la buena recepción de la Revista del Instituto Paraguayo, enviándose “un buen número al exterior, en calidad de canje, mientras que otra cantidad se vende dentro del país”.[22] En otra carta, con fecha 7 de junio de 1900, Juan Dahlquist le escribe para compartir su propósito de comenzar a editar una publicación de aparición quincenal “que vendría a ser el crisol donde depositarán sus ideas las personas sensatas que quieran de una u otra manera cooperar al adelanto intelectual de la patria”, y, confiando en “la competencia” de O’Leary, pone a su disposición las páginas de esa revista a la que denominaría La Pluma Joven.[23] De ese año figuran también dos cartas de Eugenio Noé, director de La Revista Nacional, que se editaba en Buenos Aires, algunos breves intercambios con La Revista Cómica, que se publicaba en Asunción, así como con La América Española, impresa en Madrid, y con la Revista de América, que se imprimía en París. Los contenidos refieren a eventuales envíos de contribuciones del joven historiador. También corresponden a esos años los inicios de la amistad de O’Leary con Augusto Belín Sarmiento, un vínculo que los corresponsales cultivaron hasta el fatal fallecimiento de Sarmiento en Asunción en 1936.[24]

En el transcurso de los años 1902 y 1903, en paralelo a sus actividades docentes y en la prensa, O’Leary protagonizó una polémica mediática con el prestigioso abogado Cecilio Báez (1862-1941), que tuvo profundas repercusiones en su trayectoria intelectual. Se trató de la primera disputa referida a determinar los orígenes y las responsabilidades de la postración social y económica en que se hallaba la “nación paraguaya” en la posguerra, pero que pivotó, fundamentalmente, en visiones contrapuestas sobre la obra de España en el Paraguay, el proceso de independencia, los gobiernos de José G. Rodríguez de Francia, de Carlos Antonio López y de Francisco Solano López. Dicho muy sintéticamente, a lo largo de los treinta y siete artículos que publicó en La Patria, O’Leary construyó un relato histórico en el que conectaba los orígenes de la guerra con una “edad de oro” en la que la sociedad paraguaya vivía feliz y próspera (los gobiernos de Francia y de los dos López), hasta que una serie de causas exógenas la habían condenado a la postración social, cultural y emocional.[25]

Esa imagen de una época feliz y próspera que la “nación paraguaya” había disfrutado antes de la guerra y a la que, por lo tanto, había que regresar (o recuperar), caló en vastos sectores de la sociedad y le aseguró a O’Leary un completo respaldo, al tiempo de catapultarlo a la vida pública. En adelante, los corresponsales de O’Leary se incrementaron, según lo que nos muestra su archivo epistolar, fruto de sus actividades como periodista (a partir de su incorporación, como ya hemos mencionado, como columnista del diario La Patria), como diplomático (sería encargado de Negocios del Paraguay en España entre 1925 y 1929) y posteriormente ministro plenipotenciario allí (1936), y luego ministro plenipotenciario en Italia (1936-1937/1947-1948) y embajador ante la Santa Sede (1951-1954).

Pero sería su actividad como historiador la que ocuparía, en adelante, la mayor parte del caudal epistolar, y este hecho respondió a una cuestión de importancia para una adecuada comprensión de la vida y la obra de O’Leary: su oficio de historiador supo regir todas sus demás actividades, informándolas siempre, subordinándolas a veces, otras veces fusionándose por completo con ellas, es decir, la actividad vital para O’Leary se nos aparece indisociable de su función como historiador.

En general, con excepción del vínculo epistolar y de amistad que O’Leary mantuvo con Gregorio Benites entre los años 1900-1909, los más antiguos parecen haber sido aquellos con miembros de la Generación del 900: a partir de 1904, se conservan cartas intercambiadas con Arsenio López Decoud (1904-1927), Fulgencio Moreno (1912-1933), Enrique Solano López (1910-1914); a partir de 1920 con Manuel Domínguez (1924-1928), con Justo Pastor Benítez (1924-1935), y con letrados cercanos a esa promoción intelectual, como el caso del escritor y editor Juan Natalicio González, a quien O’Leary consideró como su dilecto discípulo y con quien mantuvo una correspondencia que, con escasas interrupciones, fue constante entre los años 1920 y 1963.

Con inmigrantes europeos que, al decir de Milda Rivarola,[26] contribuyeron a “crear el novecentismo paraguayo” a comienzos del siglo XX, fue con el economista ruso Rodolfo Ritter con quien O’Leary mantuvo una amplia correspondencia (se conservan más de doscientas cartas intercambiadas entre 1916 y 1946) rebosante de intimidad y de porfía sobre la vida política y cultural paraguaya; con el naturalista suizo Moisés Bertoni (entre 1918 y 1928), a través de cuyas misivas se pueden reconstruir los inicios de los estudios de agronomía en el Paraguay; con el escritor español Viriato Díaz Pérez, que fue, desde su llegada al país en 1906, uno de sus más cercanos amigos. Entre los diplomáticos, sobresale la conversación epistolar con el cónsul general de Paraguay en Madrid, Fernando Pignet, incansable corresponsal entre los años 1925 y 1950, con el diplomático peruano Carlos Rey de Castro (entre 1922 y 1949), con Ramón Caballero, encargado de Negocios del Paraguay en Francia (entre los años 1925 y 1961), y, esporádicamente, con el embajador de España en el Paraguay, Ernesto Giménez Caballero (en 1958).

Al observar ese conjunto epistolar, se pone de manifiesto el propósito de O’Leary (y de sus compañeros del Novecentismo) de dar a conocer sus escritos y de darse a conocer. En esos objetivos podemos inscribir el origen del intercambio intermitente de O’Leary y de otros integrantes de la intelectualidad paraguaya finisecular con el entonces rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno (1864-1936). Si bien no figuran en el archivo personal de O’Leary cartas del escritor español, ciertas referencias epistolares entre terceros, así como las piezas de puño y letra del autor paraguayo que se conservan en el fondo personal del catedrático en Salamanca, nos ilustran sobre esos contactos. La expresión más temprana que se conserva es una tarjeta de Manuel Domínguez, fechada el 7 de setiembre de 1903, en su calidad de vicepresidente del Paraguay, para acompañar el envío a Unamuno de algunos de sus ensayos, esperando, le solicitaba, “que los acepte en prueba de la sincera admiración por su selecto espíritu”.[27] En los años siguientes, se sumaron otros corresponsales como Viriato Díaz Pérez (1908-1909, cuatro cartas), Hérib Campos Cervera (una carta, 1912), y el propio O’Leary (1907-1916, seis cartas). La función principal de estos envíos es fundamentalmente dar a conocer al catedrático sus escritos sobre los hombres y las cosas pasadas y presentes del Paraguay. Así, por ejemplo, Viriato Díaz Pérez encabezó una carta a Unamuno fechada el 22 de noviembre de 1908, situándose en “la patria de aquel misterioso déspota que se llamó Francia y de aquel gran tarova a quien sus coetáneos llamaron Tirano López”, y la acompañó con el libro de su suegro, Juan Silvano Godoy, titulado Monografías Históricas, al que consideraba merecedor de la atención del rector salmantino, por tratarse de una obra, casi agotada, en la que un hombre singular estudia figuras y hechos “aun ahora mismo de palpitante interés en las Repúblicas del Plata”. En esa, entre otras muchas cosas, “verá usted un trabajo sobre aquel Sarmiento del que sostuvo usted, con extraño humorismo, que era el español más grande que existiera”.[28]

En adelante, mediante breves notas estampadas en postales, en las que predominan motivos de la naturaleza paraguaya, Viriato se ofreció a enviarle datos, obras y objetos del país que le sirviesen para conocerlo mejor. Por su parte, Unamuno aparecía especialmente interesado en recibir materiales sobre José Gaspar Rodríguez de Francia y Francisco Solano López. En una tarjeta postal, Viriato le confirmaba que le había enviado varios textos “sobre el tirano”: “Hechos estos trabajos por paraguayos tienen más importancia que el que tuvo Carlyle sobre Francia y usted no podría hallar mejores datos pues se ha escrito poco sobre el particular”.[29]

La primera carta que O’Leary envió a Unamuno es del año 1907. En ella, al igual que en las dos siguientes, una de 1908 y otra de 1911, se limita a darse a conocer y a ofrecer noticias sobre algunos hechos notables sobre la vida cultural paraguaya, que considera pueden interesar al catedrático: se presenta como diputado nacional, se muestra orgulloso, al igual que el destinatario, de pertenecer a la “raza vasca” por línea materna y comparte pinceladas sobre la visita a su país de “personas ilustres”:

En estos días han estado entre nosotros, dando conferencias, Adolfo Posada y Ramón del Valle Inclán. Han dejado un grato recuerdo. Ambos han levantado muy alto el prestigio de la mentalidad española. Creo que no deben haber llevado malas impresiones de este país. Les hemos agasajado como pudimos… Y usted, maestro ¿Cuándo tendremos el honor de darle un abrazo en estas tierras calientes? ¿Vendrá usted a América? ¿Llegará al Paraguay?[30]

Recién cuando vio la luz de la imprenta su primer trabajo de largo aliento, Historia General de la Guerra de la Triple Alianza (1911), le escribió para presentárselo y acompañar un ejemplar del Estudio sobre la independencia del Paraguay (1911) de Fulgencio Moreno:

Suplico a usted lea el libro adjunto, obra de un hermano materno [sic.]. Se trata de uno de los primeros pensadores de mi país, y sus puntos de vista históricos son completamente nuevos en el Río de la Plata, viniendo a desaparecer muchas leyendas. El segundo tomo, consagrado casi por entero al Dr. Francia será notable y dirá la última palabra sobre este curioso personaje, hasta hoy tan mal conocido. Como se trata de cuestiones que interesan al público argentino y en homenaje a la intelectualidad paraguaya que tanto le admira a usted, yo espero leer sus juicios y comentarios en una de sus próximas correspondencias de La Nación de Buenos Aires.[31]

O’Leary reconocía el estatus del intelectual español. En el discurso epistolar, se puede observar la diferencia de planos: “maestro” o “distinguido maestro” son los encabezados habituales. De ahí que buscara sus juicios a través de reseñas o artículos que se ocuparan de las obras; circunstancia que le permitiría adquirir el rango de historiador, siempre y cuando sus criterios así lo admitieran. Aunque no son muchas las cartas disponibles, hay que tener en cuenta que Unamuno nunca viajó al Paraguay, de modo que la fuente de sus conocimientos está mediatizada por la escritura, en el sentido de que construyó una visión del país y de su historia a través de la correspondencia, de las obras que recibía de estos corresponsales. Un saber, al decir de Claudio Maíz, si no directo en lo espacial, sí en lo interpersonal, de hombre a hombre. Una prueba de esto es el artículo que daría a conocer en el diario El Mercantil Valenciano el 23 de noviembre de 1919, titulado “La lección del Paraguay”. Se trata de una contestación a otro, publicado por el periodista español Fabián Vidal sobre la situación política de Rusia, en el que, criticando el sistema imperante en ese país, desliza el siguiente juicio: “… la historia nos cuenta que Rusia es un inmenso Paraguay, que tal vez tiene en su seno a un Solano López”. En su réplica, el vascuence recuperó la historia decimonónica paraguaya en estos términos:

De lo que pasó en el Paraguay de Gabriel [sic] Rodríguez Francia y en el de Francisco Solano López, dos supuestos tiranos, como de lo que pasó en la Argentina de Juan Manuel Rosas, el tirano para Domingo Faustino Sarmiento, Mármol y los argentinos europeizantes, creo saber algo más que lo que pasa en Rusia y creo saberlo porque lo he estudiado tranquilamente y contrastado las opiniones adversas. Precisamente en estos días es que estoy leyendo la obra del paraguayo Juan E. O’Leary “Nuestra epopeya”, la guerra de 1864-70, en que se echó sobre el heroico Paraguay una triple Alianza, y el pobre Paraguay, educado por las misiones jesuíticas y por las supuestas tiranías del doctor R. Francia y de los dos López, padre e hijo, se defendió como nunca se ha defendido pueblo alguno, guiado por López hijo, por el Mariscal Francisco Solano López que murió gloriosamente en Cerro Corá exclamando antes de morir ¡Muero con la patria! ¿Fueron tiranías las de Gaspar Rodríguez Francia y Francisco Solano López en el Paraguay? ¿Y cómo se explica, si lo fueron, que lo soportaran los mismos paraguayos? Las libertades que se dice que prohibían Rodríguez Francia y Solano López eran libertades ficticias para los paraguayos. Es libertad ficticia la de volar donde no hay alas, o la libertad de cultos donde solo hay uno y está permitido. El doctor Francia fue un dogo vigilante que a la puerta de su patria guardaba la tranquilidad de ésta, acaso su siesta. Los paraguayos vivían felices con los restos del comunismo que allí implantaron los jesuitas. Y las libertades que el doctor Francia primero y Solano López después prohibieron, fue la libertad de otros pueblos para explotarlos a su guisa. Si bien se estudia, se verá que la Triple Alianza del Brasil, la Argentina y el Uruguay, no buscaba libertar a los paraguayos de esa tiranía sino someterlos mejor a su propio régimen. Las tradiciones relativamente comunistas del Paraguay les estorbaban. Y se hizo la leyenda de la tiranía ¿Es que me parece bien aquel estado del Paraguay? A mí no: yo no hubiera podido vivir allí; yo no podría vivir bajo un régimen comunista como el de los jesuitas en el Paraguay; yo soy, personalmente, rebelde al comunismo y de un individualismo selvático. Pero no se trata de mí. Y a los paraguayos de entonces no les pareció mal aquel régimen.[32]

Junto al influjo creciente del discurso histórico de O’Leary, la referencia al libro Nuestra Epopeya, publicado por el paraguayo en 1919, nos permite avizorar que la conversación a distancia entre ambos se prolongó más allá de las piezas epistolares conservadas, sin que existan pruebas, por otra parte, de que esos vínculos evolucionaran hacia una amistad.[33]

Los corresponsales de O’Leary en Uruguay y en Argentina

En medio de este horizonte, cabe centrar nuestra atención en el carteo de O’Leary con historiadores platenses, en que sobresale, sin duda, el uruguayo Luis Alberto de Herrera (1873-1959), amigo desde la temprana juventud, cuya correspondencia se halla entre las más extensas que mantuvo a lo largo de su vida. Se conserva un total de ciento cincuenta y siete piezas epistolares de Herrera que abarcan el período 1905-1953, y el volumen de cartas enviadas por el intelectual paraguayo a su corresponsal uruguayo no es menos significativo, aunque no disponemos por el momento de una cifra exacta.

El interés por establecer un intercambio en el campo intelectual parece haber estado en la base del inicio de la conversación a distancia entre los historiadores que se prolongó hasta el fallecimiento de Herrera, en 1959, y en la que se pueden distinguir problemáticas historiográficas y políticas particularmente relevantes, entre las que tiene particular destaque la operación historiográfica en que se empeñaron ambos corresponsales para la consolidación, en el ámbito platense, de una lectura revisionista de la guerra de la Triple Alianza. Esto explicaría que el tráfico de cartas fuera más intenso durante los primeros veinticinco años de correspondencia, es decir, entre 1905 y 1930 aproximadamente, etapa que comprende desde las iniciativas más tempranas de repensar la Guerra del Paraguay en clave revisionista hasta la publicación por parte de ambos autores de lo esencial de su producción relativa a la conflagración internacional decimonónica.

Como ya lo ha estudiado en profundidad María Laura Reali, desde inicios del siglo XX, Herrera fue construyendo un relato histórico regional cuya clave revisionista comenzó a perfilarse en obras de juventud como La tierra charrúa (1901), en la que la guerra de Paraguay es presentada como un “crimen internacional”, hasta cristalizar en El drama del 65, la culpa mitrista (1926), donde atribuye la mayor responsabilidad en el desencadenamiento del conflicto a los dirigentes políticos argentinos de la época y, en particular, al entonces presidente Bartolomé Mitre. Esta lectura del acontecimiento, en la que entra en juego la noción de complot, desplazó a la conceptualización que presentara en sus volúmenes anteriores sobre La Diplomacia Oriental en el Paraguay (1908 y 1911), en los que había propuesto una casuística de larga duración, inscribiendo el conflicto bélico en rivalidades de vecindad tradicionales, heredadas del período colonial y vinculadas al control de los territorios y de las vías fluviales. A este substrato inicial, se sumaron diversos puntos de vista, lecturas y nuevas fuentes documentales a las que el uruguayo tuvo acceso, en gran medida, a través de la interacción con sus corresponsales extranjeros. Precisamente, en la primera carta dirigida a O’Leary en 1905, Herrera acusa recibo de diversos materiales –folletos, diarios y revistas– que incluían trabajos literarios producidos por su corresponsal paraguayo. En el curso de su misiva, el autor uruguayo hace también referencia a su libro La tierra charrúa, en términos que evidencian el conocimiento previo de esta obra por parte de O’Leary. La lectura de este trabajo aparece además confirmada por las referencias a este que realizara el autor paraguayo en el conjunto de artículos históricos aparecidos entre 1902 y 1903 en el diario paraguayo La Patria, en el marco de la trascendente polémica historiográfica con su compatriota Cecilio Báez.

A partir de esa primera carta conservada, se ha podido documentar un nutrido intercambio de producción –tanto propia como de otros autores– que ambos corresponsales se encargaron de hacer reproducir en folletos, revistas y periódicos de sus respectivos países. De modo que podríamos sostener que una de las funciones del intercambio epistolar entre O’Leary y Herrera consistió en favorecer la circulación de sus textos e ideas, un propósito que se proyecta, por ejemplo, en una comunicación del escritor paraguayo de mayo de 1907. En ella, O’Leary solicita a Herrera el envío de la biografía de dos combatientes de las fuerzas uruguayas en la Guerra del Paraguay, los generales Enrique y Gregorio Castro, así como un ejemplar de La tierra Charrúa, obra de Herrera que, como fue mencionado, conocía y a la que había recurrido previamente.

Al mismo tiempo, le hizo llegar el último libro de Cecilio Báez, sobre el que le dijo: “Como Ud. verá, vale bien poco…”. El juicio negativo que le merecía esta obra no es sorprendente a la luz de la ruptura intelectual que había implicado, tres años antes, la polémica sostenida por ambos en torno al pasado y presente paraguayo. En la medida en que Herrera sostuvo una posición crítica de la actuación pública de Mitre en el período de la guerra y cuestionó el relato clásico de los aliados, lo situó en las filas de los “defensores” del Paraguay vencido. Su visión del pasado lo alineó claramente en el campo revisionista, acompañando la formulación de una versión alternativa sobre la guerra que fue incorporando, progresivamente, la reivindicación histórica de la figura de Francisco Solano López.

Otra comprobación que emerge de la conversación epistolar entre O’Leary y Herrera es que la lectura sobre la Guerra del Paraguay que manifestaron en las correspondencias parece ser la misma que formularon en la producción histórica que publicaron, de modo que las cartas se convierten en una especie de intertextos de sus escritos públicos que nos posibilitan restituir el pensamiento de los dos historiadores mientras se construye; es decir, permite asomarse al taller de su escritura, en cuanto estadios eventuales de sus producciones mayores dirigidas a la esfera pública. Es claro también que, desde los primeros tramos del intercambio epistolar, O’Leary y Herrera concordaban en el impulso de fortalecer y ampliar sus redes de intercambio intelectual; más aún, en las cartas surge una estrategia bien definida de sumar a la causa común de revisión histórica a autores de otras tendencias e, incluso, a aquellos que inicialmente se habían mostrado hostiles a sus respectivos relatos. Así, por ejemplo, en 1915, diversas cartas de O’Leary nos informan sobre sus intercambios con otros intelectuales a quienes intentaba “convertir” a su causa. Esto se nota claramente en sus comentarios sobre el ensayista José Enrique Rodó. En un envío del 24 de julio de 1915, el autor paraguayo señalaba a ese respecto a Herrera:

Don Luis Melián Lafinur, cada vez más amable, me ha escrito una segunda cariñosa carta. El que se me ha callado es Rodó. Más ya lo [desataré] con cartas, envíos y amabilidades. Tengo que convertirlo. Por cada correo le va algo mío. Y no desespero de conseguir amansarlo. Una palabra suya, una opinión favorable sería una gran cosa ¿no es verdad amigazo?[34]

Algunos días más tarde, en una carta del 7 de agosto, retoma la cuestión comunicándole a Herrera:

El gran Rodó habló, o, mejor dicho, escribió, por fin. Acabo de recibir una notable carta suya, en la que juzga mi trabajo del álbum gráfico, y me da su opinión sobre la guerra. El juicio muy amable, la opinión muy ecuánime dentro del coloradismo de Rodó. El hombre ya no es la fiera aquella que dirigió a un colega suyo la carta de felicitación que Ud. recordará cuando el famoso debate sobre aumento de pensión a los veteranos de la defensa y del Paraguay.[35]

O’Leary enumera luego las principales “conclusiones” a las que llega el filósofo uruguayo en su carta, en la que, no dudaba, reconocía la responsabilidad de la Triple Alianza en “el exterminio del pueblo vencido”, destacaba la defensa heroica de los paraguayos y evocaba, para concluir, el gesto de la “espontánea devolución de los trofeos” nacida “del seno del Partido político que llevó al Uruguay a la guerra”. De modo que el corresponsal de Herrera señalaba:

Creo que no se puede pedir más. Voy a hacer copiar a máquina la carta íntegra para mandársela. Puede que la publique, por más que los elogios que me prodiga podían hacer creer que hay un poco de vanidad de mi parte…[36]

El original de la carta de Rodó, que felizmente se conserva en el archivo personal de O’Leary, nos ha permitido restituir los términos desglosados por el escritor paraguayo en la carta a Herrera. Para comenzar, el ensayista uruguayo escribe:

He considerado siempre que la guerra entre la Triple Alianza y el Paraguay es uno de los hechos más complejos de la historia sudamericana y en algunas de sus relaciones, uno de los que imponen al crítico desapasionado y leal mayores torturas de conciencia para completar un juicio cabal y seguro que, sin olvido de ninguno de sus antecedentes y circunstancias con que se vincula aquella inmensa tragedia, en la vida interna e internacional, de los cuatro pueblos que fueron sus actores, permita distribuir con justicia las tremendas responsabilidades que ella envuelve y fijar, a su respecto, el veredicto histórico.[37]

Y, en cuanto a la responsabilidad de los vencedores, Rodó concluye:

… la devastación y el exterminio del pueblo vencido en esa guerra son un horror que, aunque no entró, sin duda, en el plan deliberado de los vencedores, determina para ellos grave responsabilidad, y se sobrepone, como efecto moral de la victoria, al propósito de liberación sincera en algunas – no ciertamente en todas – de las voluntades que prepararon la Alianza, o la aceptaron, o la dirigieron en la guerra.[38]

De este modo, el cotejo de la carta de O’Leary a Herrera y del original de Rodó a O’Leary nos permite desvelar la operación que hizo el autor paraguayo en el sentido de simplificar y seleccionar algunos de los argumentos de Rodó para apuntalar su propio discurso histórico sobre la guerra. De hecho, incluiría la misiva de Rodó, a modo de prefacio, en la edición de 1919 de su libro Nuestra epopeya. El texto de la carta-prólogo impresa y el manuscrito original enviado por Rodó a O’Leary, en 1915, son idénticos. De modo que O’Leary no seleccionó algunos fragmentos de la misiva para insertarla en Nuestra Epopeya, así como lo hiciera al comentar su contenido en la carta a Herrera referida más arriba; antes bien, la decisión de incluirla en el libro se la puede asociar a la convicción de que había logrado que Rodó adoptase su interpretación sobre la guerra, una persuasión que el fallecimiento del uruguayo, en 1917, dos años antes de la publicación de Nuestra Epopeya, habría contribuido, sin más, a cristalizar.

Se trata de una práctica de O’Leary que, todo indica, se volvió habitual en los años que siguieron, como surge de un ejercicio comparativo entre las cartas privadas y los prólogos de sus relatos históricos. Emerge su búsqueda de la pluma de autores reconocidos para reforzar la recepción de sus propias ideas. Así podemos verificarlo en 1921, cuando le escribió a Herrera:

En estos días he dado a un editor un nuevo volumen, que título ‘El libro de los héroes’. Será como ‘Nuestra Epopeya’. Recolección de trabajos sueltos e inéditos, pero bien coordinada y con perfecta unidad. […] ¿No le sería muy molesto escribirme un prólogo para mi nuevo libro? Algo para ser leído en el extranjero, donde no me conocen, dando a conocer mis empeños históricos, mis luchas por la verdad escarnecida, y lo que puede valer mi producción literaria.[39]

Herrera lo redactó con rapidez. Fechado en Montevideo, el 18 de setiembre de 1921, presentaba al autor paraguayo como el cruzado “de una nobilísima campaña reparadora, triunfante ya”. La obra apareció al año siguiente en Asunción con el título El libro de los héroes. Páginas históricas de la Guerra del Paraguay, con el sello de la Librería La Mundial.

Poco después apareció el mismo mecanismo en una carta que le dirigió Rufino Blanco Fombona en respuesta a la invitación de O’Leary a prologar la segunda edición de El Mariscal Solano López. El escritor venezolano, a quien el ofrecimiento le llegó en circunstancias familiares dolorosas por el fallecimiento de su hijo pequeño, declinó la propuesta. Pero el contenido de la carta reviste interés por los juicios que desenvuelve sobre el mariscal López y sobre el lugar que le asigna a O’Leary en la historiografía paraguaya:

El encargo que Ud. me da de prologar su libro sobre nuestro gran Solano López es de lo más lisonjero que he recibido en la vida, pero ¡ay! es también de los más arduos. Para hablar de la actuación y del alma de Solano López hay que prepararse debidamente. Yo carezco de esa preparación y como no me conformaría con cuatro palabras para salir del paso me niego a aceptar el altísimo honor que usted me discierne, ya que por el momento me es imposible dedicarme a otras tareas que interrumpan las que tengo entre manos. Yo he hecho, dentro de mis medios, lo posible porque esta gran figura americana, oscurecida por el odio de dos pueblos fuertes y ricos resplandezca en nuestro horizonte. Aun haré más. No crea, pues, que mi negativa, que es la negativa a aceptar un honor que no me creo en capacidad de merecer obedezca sino a las expuestas razones. Ud., además, querido O’Leary, ha llegado a una altura en que no necesita que nadie le tienda la mano ¿No es verdad?[40]

Ahora sabemos, tras la lectura del original de esta carta de puño y letra de Fombona, que sus argumentos no inhibieron a O’Leary para que la incluyera a manera de presentación en El Mariscal Solano López (1925). Utilizó la respuesta de Blanco Fombona, a quien definía como “el más alto escritor de América en nuestros días” para su propia legitimación como autor y, en este caso, bien se podría sostener, para la rehabilitación de su biografiado.

Y para mayor abundancia, ha sido posible constatar que O’Leary adoptó el mismo criterio en 1928 cuando insertó una carta que el mariscal italiano Pietro Badoglio le hizo llegar en respuesta a su invitación a prologar El Centauro de Ybycuí. Vida heroica del general Bernardino Caballero en la Guerra del Paraguay. Quizás este último sea el caso más extremo puesto que O’Leary publicó a modo de presentación extractos de la respuesta de Badoglio a su petición omitiendo, precisamente, aquellos en los que el militar italiano declinaba prologar la biografía sobre Caballero debido a diferencias con el enfoque ensayístico y hagiográfico para reconstruir la trayectoria del militar paraguayo.[41] En la extensa carta que O’Leary le remitió a Badoglio en respuesta a su negativa, sobresalen unos párrafos que vale la pena anotar porque despliegan su modo de entender la escritura de la historia paraguaya:

Por lo demás, la historia objetiva no es posible, es pura hipocresía, la historia es y debe ser espejo animado de la vida, no cementerio de estatuas. Es resurrección, como dijo Michelet. En ella deben chocar de nuevo las pasiones que forman la trama de nuestra existencia. El historiador es, ante todo, un hombre, que se transporta al pasado, que agita el mar muerto de lo que fue, que interviene en el drama fenecido, participando de las inquietudes de sus actores. No es un Dios que contempla su obra desde lo alto y la reproduce por imperio de su voluntad omnipotente. No. En él revive el pasado y él mismo es una simple prolongación del pasado. El historiador de una guerra es así, siempre, un combatiente, un actor más de la lucha, un último sobreviviente que habla por todos los que murieron. Desde Jenofonte hasta Thiers no se ha dado ni se dará el historiador “imparcial”, el historiador “sereno”, el que hago lo que se ha dado en llamar “historia objetiva”. El señor Mariscal lo sabe demasiado.[42]

La negativa de Badoglio lo condujo a O’Leary a invitar a Carlos Pereyra para que se encargase del prólogo. A mediados del mes de marzo de 1928, el escritor mexicano le aseguraba:

Hice un prólogo que no me gustó. Estoy haciendo otro que acaso no me disguste. Ya sabe usted que el asunto y el autor, sobre todo, me interesan extraordinariamente. Dios me conceda salir como lo desea, pues nada deseo más que un desempeño digno de quien me lo encomendó, haciéndome una distinción inmerecida.[43]

Y, en una misiva siguiente, le confirmaba: “… por fin ya tengo eso listo… Mañana o pasado mañana se lo enviaré. Perdóneme. Necesito de toda su indulgencia por un retardo que es absolutamente involuntario, pues me llovieron las exigencias más apremiantes”.[44] Juan O’Leary le respondía poco después para manifestar su satisfacción:

He recibido su generoso prólogo. No sé cómo expresarle mi gratitud y la de mi Patria. No esperaba menos de su amistad y de su grande y justiciero corazón. Sus palabras valdrán más, mucho más que todo mi libro…Gracias, mil, un millón, infinitas gracias. Estoy muy contento y orgulloso. Ud. ha colmado mis deseos. Y me figuro la impresión que van a causar sus palabras en mi país. Ahora sí que se le va a querer en el Paraguay, con ser ya mucho lo que se le quiere y admira. Tomo buena nota de lo que me dice en su carta.[45]

De este modo, con el sello Le Livre Libre, de París, vio la luz de la imprenta la biografía en español de El Centauro de Ybycuí.

El archivo de O’Leary da cuenta también del inicio, en el año 1907, de una relación epistolar intermitente con el historiador argentino David Peña (1862-1930) con motivo de leer la biografía sobre Juan Facundo Quiroga que había sido editada unos meses antes en Buenos Aires. El libro que, según el autor paraguayo, compró en la librería asuncena de Jordán y Villamil “a 30 pesos” compilaba quince conferencias que el argentino había dictado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, muy resonantes por la defensa que en ellas realizara del caudillo riojano, a contrapelo de la obra de Domingo F. Sarmiento (Micheletti, 2015). Luego de leerlo, O’Leary escribió una anotación extensa en su diario personal, que nos permite calibrar el impacto que le produjo:

Hermoso libro. Su lectura me ha dejado una grata impresión. Quiroga resulta un prócer argentino. Desvanecida la sangrienta leyenda forjada por Sarmiento queda la vida del grande hombre, reducida a sus justas proporciones. Facundo ya no es el bárbaro, sediento de sangre, corrompido, enemigo jurado de la civilización como lo pintó el asesino de Peñaloza, el “doctor de Michigan”. Queda, como dice Peña, el general Juan Facundo Quiroga, representante nato de las provincias y precursor de Urquiza en la obra de la organización nacional. La teoría de Peña se puede fácilmente aplicar al Mariscal López. Un libro así de reivindicación es mi más constante preocupación. Alguna vez lo haré. Francamente me seducen los hombres que, como David Peña, defienden a los perseguidos, a quienes se ceba el odio inconsciente de las multitudes. David Peña ha vindicado a Alberdi levantándole un monumento en Buenos Aires. Y ahora vindica a Quiroga. Los dos hombres más odiados de su país. Tiene que ser un alma fuerte. Y son pocos en la Argentina: Saldías y él. Y si Rosas y Quiroga tienen sus panegiristas ¿No podrá tenerlos el Mariscal López? López no cometió ni la millonésima parte de los crímenes de Rosas, ni anarquizó a su patria como Quiroga. Loco por el desastre, traicionado, vendido, cometió actos de crueldad que condeno, pero que son perfectamente explicables. Derramó sangre paraguaya, pero en defensa de la patria por cuya causa pereció en el último campo de batalla. Es mil veces más grande que Rosas y Quiroga juntos. Con razón dijo Alberdi que no tenía un igual en la América.[46]

Hemos hallado también copia de una carta que le remitiera al historiador argentino en la misma fecha. Luego de presentarse, le manifiesta la identificación con sus ideas, con el espíritu que, según entendía, había inspirado el estudio sobre el caudillo argentino:

Años hace que me consagro a una obra semejante desde las columnas de la prensa de mi país. No le asombre, pues, mi actitud, que ella es hija del entusiasmo que no puede menos que producirme esta afinidad entre su pensamiento y el mío. Cuan pocos son los hombres que, como usted, se atreven a desafiar los prejuicios en nombre de la justicia histórica. Yo que he combatido por todas partes en mi país brego en defensa de las glorias de mi patria, aprecio en su justo valor su actitud. Yo sé las luchas, los trabajos, las amarguras que importa este noble apostolado. Créame, pues, su admirador y cuénteme en el número de los que le acompañan en su cruzada de vindicación iniciada con el monumento al más grande argentino -Alberdi- y meritoriamente continuada en su último libro.[47]

Se trasunta no únicamente la admiración de O’Leary, en cuyas ideas parece filiar su propia posición historiográfica y el claro sentido de exaltación patriótica que le confiere a su labor como historiador, sino que también emerge la operación que promete poner en marcha para transformar a López en héroe máximo y mártir sacrificado de su nación. En todo caso, la carta de O’Leary a Peña es relevante en varios sentidos. Uno es que nos permite precisar el extenso período de gestación de la biografía de Francisco Solano López que publicaría recién en el año 1920. Otra es que la misiva parece funcionar como antetexto, en el que O’Leary adelanta sus ideas y argumentos que luego recogería en la biografía impresa. En efecto, el historiador paraguayo publicó El Mariscal López en 1920 con una extensión de 374 páginas y una tirada de 2000 ejemplares. Para la segunda edición, invitó al escritor venezolano Rufino Blanco Fombona a que redactase el prólogo, como hemos reseñado más arriba.[48] En la línea del libro de David Peña sobre Quiroga, el propósito principal de la obra de O’Leary consiste en reivindicar la actuación de Francisco Solano López durante la guerra y demostrar la injusticia de los atributos de bárbaro, déspota y sanguinario con los que era caracterizado en lecturas sobre el conflicto que circulaban en el espacio platense.[49] La función de antetexto que asignamos a la carta nos conduce a cavilar en el sentido de que los ámbitos de lo público y lo privado no son compartimientos que se excluyen, al estar integrados en un proyecto historiográfico que aprovecha la meditación íntima con vistas a producir el texto público.

En resumen, las cartas de O’Leary con Peña y Herrera parecen calzar muy bien con el argumento de una necesaria reelaboración discursiva del pasado, construida en contraposición a la vertiente historiográfica hegemónica en Argentina y en Uruguay de la que Mitre es presentado como el principal exponente.

La atenta lectura del repertorio de cartas privadas de Juan E. O’Leary contribuye a conocer mejor la larga travesía de su producción histórica. Nuestro interés en este acercamiento se acentúa cuando el practicante del discurso privado (la carta) produce paralelamente discursos públicos (la obra histórica) que la escritura epistolar refiere y comenta.

En las cartas conservadas en el archivo personal de O’Leary y en los de sus corresponsales más asiduos, las ideas sobre el pasado paraguayo ocupan un lugar de privilegio: la gestación de los relatos históricos, la ansiedad por difundir la obra en el Paraguay, en América Latina y Europa, las reflexiones sobre otros proyectos que rodean o continúan a sus obras históricas, las resonancias de la recepción, los comentarios críticos de amigos y enemigos.

Para O’Leary y sus corresponsales argentinos y uruguayos, las cartas se constituyen en un laboratorio de ideas en el que discuten argumentos durante la preparación de su producción histórica. Se constituyen en una especie de hoja de ruta para recorrer las campañas de propaganda de cara a la consolidación, en el ámbito platense, de una lectura alternativa sobre la Guerra del Paraguay o bien para reconstruir los mecanismos de circulación de sus escritos en ámbitos más amplios que sus respectivos países, que incluyen la formación de redes epistolares y de círculos intelectuales transnacionales.

La decisión de O’Leary de conservar su acervo epistolar puede ser interpretada en clave autobiográfica, es decir, como una escritura privada, que se sabe provisoriamente amparada de la mirada fisgona de los otros y en la que va desgranando su vida como historiador y sus proyectos historiográficos.

Finalmente, la perspectiva que hemos elegido para este trabajo, el diálogo entre correspondencia y producción impresa se nos aparece como una oportunidad para discutir la noción de obra histórica, en el sentido de que esta no sería únicamente la dirigida a la esfera pública, sino también la que está en el archivo. A la luz de las cartas, podríamos concluir, lo repetimos, que los ámbitos de lo público y lo privado no son compartimientos que se excluyen al momento de restituir los procesos de gestación y de escritura de la historia, sino que parecen integrarse en un proyecto intelectual que aprovecha la meditación, el intercambio íntimo con vistas a producir el texto público.


  1. Una caracterización general de la tendencia historiográfica denominada “revisionismo paraguayo”, en Luc Capdevila, “Para una historia del tiempo presente paraguayo. Del pasado/presente entre dictadura y democracia: los historiadores bajo la dictadura”, Res Gesta, 2008, 46, pp. 37-59; Lorena Soler, Paraguay: La larga invención del golpe. El stronismo y el orden político paraguayo, Buenos Aires, Imago Mundi Ediciones/CEFIR, 2012; Liliana M. Brezzo, “¿Qué revisionismo histórico? El intercambio entre Juan O’Leary y el Mariscal Pietro Badoglio. El Centauro de Ybycuí” en Juan Manuel Casal y Thomas Whigham (eds.), Paraguay en la historia y en la Memoria, Asunción, Tiempo de Historia y Universidad de Montevideo, 2011, pp. 361-374.
  2. Cecilio BáezJuan E. O’Leary. Polémica sobre la historia del Paraguay. Compilación de Ricardo y Sebastián Scavone Yegros. Estudio crítico de Liliana M. Brezzo, Asunción, Tiempo de Historia, 2012 (2008).
  3. Juan E. O’Leary. Diario íntimo 19071920, Asunción, Tiempo de Historia, 2018.
  4. El Catálogo bibliográfico Colección Juan E. O’Leary constituyó, en efecto, un proyecto de largo aliento de la Biblioteca Nacional de Asunción. Fue promovido por Rubén Capdevila y estuvo a cargo de Zayda Caballero R. con la colaboración de Patricia Riveros, William Fleitas y Emilio Alarcón. Se dio a conocer en el año 2018.
  5. El concepto, las características y las funciones de correspondencia entre intelectuales en América Latina son un tema de creciente interés con expresiones ejemplares como el estudio sobre la correspondencia entre José Ferrater Mora y José Luis Romero. Véase Fernando Devoto, “Los amigos ausentes. Notas sobre la correspondencia entre José Ferrater Mora y José Luis Romero” en jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/los-amigos-ausentes-notas-sobre-la-correspondencia-entre-jose-ferrater-mora-y-jose-luis-romero. Sobre los epistolarios de Alfonso Reyes que han sido estudiados por Jorge Myers, se pueden ver “El epistolario como conversación humanista: la correspondencia intelectual de Alfonso Reyes y Genaro Estrada (1916-1939)”, Políticas de la Memoria, 2014-2015, 15, pp. 53-70, y “El intelectual diplomático: Alfonso Reyes, sustantivo” en Carlos Altamirano (org.), Historia de los Intelectuales en América Latina: Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz, 2010, pp. 82-97.
  6. Juan O’Leary lo definió como “las páginas de mi vida”, y sus registros están reunidos en dieciocho cuadernos. La primera anotación la realizó el 1 de enero de 1907, cuando tenía 28 años; la última, el 24 de agosto de 1960, con 81, nueve antes de su fallecimiento. En total, el manuscrito está compuesto por un cuaderno de 35 x 25 cm aproximadamente, que contiene apuntes que van de 1907 a 1920, y de dieciséis cuadernos de un formato más pequeño, de 18 x 22 cm, que comprenden los años entre 1936 y 1960. Se ha transcripto y editado el primero de los cuadernos, que corresponde a los apuntes intermitentes producidos por el historiador entre 1907 y 1920 (Tiempo de Historia, 2018). Este tipo de género autobiográfico es, sin lugar a duda, una excepción en la tradición intelectual en el Paraguay, en la que no existen antecedentes. Quizás habría que añadir que para América Latina es también escueto el recuento, en el que cabe mencionar el diario personal que redactó el reconocido hombre de letras mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), sobre el que tan solo recientemente se publicaron estudios sobresalientes como los de Aimé Granados, “Alfonso Reyes en Sur América: Diplomacia y campo intelectual en América Latina, 1927-1939”. Historia y Espacio, 2012, 8 (38), pp. 6-22, y J. Garciadiego, Solo puede sernos ajeno lo que ignoramos. Ensayo biográfico sobre Alfonso Reyes, Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022. También la autobiografía del nicaragüense Rubén Darío, los escritos personales producidos por el escritor venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1944), que han sido analizados por Ángel Rama y el propio Diario (1974-1983) de Ángel Rama, que se dio a conocer en 2001 y que precisamente inició cuando trabajaba entre los papeles de Blanco Fombona. Asimismo, se puede contabilizar el diario del primer ministro español en México, Ángel Calderón de la Barca, cuya edición y estudio introductorio estuvo a cargo de Miguel Soto, Diario de Ángel Calderón de la Barca. Primer Ministro de España en México. Dirección del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores, 2014.
  7. Juan Bautista Alberdi – Gregorio Benites. Epistolario inédito, Buenos Aires-Asunción, 2006/2007, 3 tomos. El proyecto de transcripción y edición del epistolario Alberdi Benites fue acometido por la Academia Paraguaya de la Historia y la Universidad Nacional de San Martín. Se recopilaron y publicaron ochocientas piezas epistolares. Lucila Pagliai y Elida Lois son quienes, desde el campo de la filología, realizaron los mayores aportes sobre las escrituras de Alberdi y Benites. Ricardo Scavone Yegros, conocedor en profundidad del fondo Gregorio Benites contribuyó a compilar las piezas epistolares y a restituir la trayectoria del intelectual paraguayo.
  8. Véase María Laura Reali, “Miradas alternativas sobre la historia rioplatense: la propuesta de Luis A. de Herrera y sus intercambios con autores argentinos y paraguayos (1900-1930)”, Res Gesta, 2006, (46), pp. 193-217, “Los intercambios epistolares entre Luis A. de Herrera y Juan E. O’Leary en el período de surgimiento y consolidación de un movimiento historiográfico revisionista sobre la Guerra del Paraguay” en Juan Manuel Casal y Thomas Whigham (eds.), Paraguay en la historia, la literatura y la memoria, Asunción, Tiempo de Historia, 2011, pp. 391-410, “Al margen de ‘El Relato’. Circulación transnacional de lecturas revisionistas sobre el pasado en América Latina (1900-1930)”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Colloques, mis en ligne le 07 juillet 2016, Herrera. La revolución del orden. Discursos y prácticas políticas (18971929). Montevideo, Banda Oriental, 2016.
  9. Liliana M. Brezzo y Andrea Tutté, “Escribir, editar y mostrar al Paraguay en Europa: Los intercambios epistolares entre intelectuales/diplomáticos: Juan Emiliano O’Leary y Juan Natalicio González (1920-1965)” en Beatriz Figallo (ed.), Diplomáticos y hacedores de las Relaciones Internacionales: Protagonismos, testimonios y fuentes en la política exterior argentina y latinoamericana, Buenos Aires, Ciccus, 2020, pp. 111-141, Liliana M. Brezzo y María Gabriela Micheletti, “Libros, cartas, lecturas: La revisión de la historia en Argentina y Paraguay a través de los intercambios epistolares entre David Peña y Juan E. O’Leary”, História da Historiografia, 2016, 9 (20), pp. 14-30.
  10. Andrea Tutté, “Juan Natalicio González y la revista cultural Guarania: sociabilidades intelectuales y proyecto político”. Anuario CEH, 2017, (57), pp. 40-60.
  11. María Cristina Quinteros, “Cartas de Juan Natalicio González para o seu mestre Juan O’Leary: A autonomia literária e política do discípulo”, Ambivalências, (3), pp. 90-114.
  12. Tomás Sansón Corbo, “Carlos Pastore y “el general de la virgen espada”. Memoria y destino nacional en Paraguay”, revista Historia de América, 2020, (159), pp. 161-178.
  13. Matías Borba Eguren, “Entre Paraguay y Uruguay. El archivo de Carlos Pastore. Redes intelectuales e investigación histórica”, REFA, 2020, 11, pp. 151-175, y “Carlos Pastore y la campaña internacional contra Higinio Morínigo (1942-1946)”, revista Historia Autónoma, 2024, (25), pp. 300-322.
  14. Bárbara Gómez, “Circulación de saberes entre España y Paraguay. La misión Garay 1896-1897”, Claves, 2023, 9 (17), pp. 1-26 y “Misión paraguaya en archivos españoles como espacio de conformación de redes culturales e intelectuales”, revista Historia Autónoma, 2024, 25, pp. 196-217.
  15. Liliana M. Brezzo, “‘Cada vez soy más afortunado en mis investigaciones’. Blas Garay en España: la escritura de la historia del Paraguay a través del epistolario familiar (1896-1897)”, Revista de Indias, 2023, 83 (289), pp. 777-804.
  16. La noción de “escrituras del yo” refiere, en este trabajo, a un texto en el que un autor escribe sobre sus propios actos, pensamientos, sentimientos y comprende modalidades como las autobiografías, las memorias, los diarios, los epistolarios. Reposa en un marco de reflexión que se remonta a mediados de los años cincuenta del siglo XX –aunque, claro está, hubo manifestaciones relevantes anteriores a esas fechas–, cuando el historiador holandés Jacques Presser introdujo una nueva palabra: ego document, término que venía a significar las autobiografías, las memorias, los diarios, las cartas personales y otros textos en los cuales el autor escribe explícitamente acerca de sí mismo, de sus propios asuntos y de sus sentimientos. Peter Burke fue probablemente el primer historiador en adoptar la palabra en inglés, traduciéndola como Representations of the Self. Los años setenta tuvieron un verdadero momento de inflexión con la difundida publicación de Essais d’ego-histoire (1987), un volumen colectivo coordinado por Pierre Nora en el que escribieron algunos de los principales historiadores franceses del momento. Desde entonces han crecido sustancialmente los esfuerzos de teorización y de experiencias en torno a las relaciones entre historia y autobiografía. Jacques Presser, “Mémoires als geschiedbron”, Winkler Prins Encyclopédie VIII, Elsevier. 1958, R. Dekker, “Jacques Presser’s Heritage: Egodocuments in the Study of History”. Memoria y Civilización, 2002, (5), pp. 13-37, Jaume Aurell, “L’ego-histoire in perspective: réflexions sur la nature d’un projet historiographique ambitieu”, Cahiers de civilisation médiévale, 2017, (61), pp. 125-137, Theoretical Perspectives on Historians’ Autobiographies: From Documentation to Intervention. Routledge, 2016, “Las autobiografías de historiadores, entre la literatura y el testimonio autobiográfico”, Res Gesta, 2023 (59), pp. 1-23. En Argentina ha tenido su correlato en escritos como los de Tulio Halperín Donghi, Son memorias, Buenos Aires, siglo XXI, 2008 y Juan Carlos Garavaglia, Una juventud en los años sesenta, Buenos Aires, Prometeo, 2015.
  17. Reproducido en Francisco Doratioto en “El nacionalismo lopizta paraguayo”, América sin nombre, 2002, (4), pp. 18-22. Si bien la correspondencia de O’Leary es nuestro centro de interés en este estudio, si cotejamos estos dos escritos iniciáticos con algunas de las anotaciones que el historiador produjo en su diario personal sobre su madre, es posible sumar argumentos a estas cavilaciones. O’Leary la define como “una heroína”, una mujer ejemplar; la describe como “una gran dama. Toda una señora”, de una estirpe que ya no existía en el Paraguay, “prudente, educada, fina, de modales distinguidos, hermosa hasta en su extrema ancianidad”. El día del fallecimiento de doña Dolores, el 23 de setiembre de 1923, O’Leary le dedicó un extenso poema titulado Mater Dolorosa: “Madre, me faltan fuerzas para cantar el poema/Grandioso de tu vida saturada de pena/La Epopeya sublime de tu sin par dolor/La trágica viacrucis de tu materno amor/Por eso, cuando quiero subir a ti en mi canto/De mi llanto orgulloso, de orgulloso varón/Que vuelca toda su alma dentro de su canción”. El Liberal, Asunción, 26 de setiembre de 1923. En cada aniversario del fallecimiento de su madre, el diarista recreó sus sentimientos en apuntes como el que sigue: “Todo el día de hoy he recordado a mi pobre madre. Hoy es el aniversario de su fallecimiento. Heroína, digna de respeto y admiración. Madre ejemplar ¡Mujer incomparable! La llevo viva en mi corazón. Su bondad ilumina mi vida. Su recuerdo es parte de mi existencia. Mi gran dolor –sin consuelo– es no haber podido hacerla feliz como se merecía. Murió antes de que me redimiera de la miseria… Pero creo haberle brindado no pocas satisfacciones. Y, sobre todo, no haberle causado jamás el menor pesar. Fui un hijo modelo dentro de mis medios. E hice honor a su sangre y a su raza”. República del Paraguay, Biblioteca Nacional, Colección Juan E. O’Leary (en adelante BNP – CJO), Diario personal. París, 22 de setiembre de 1936.
  18. “A mi madre”, La Patria, Asunción, 28 de enero de 1918.
  19. La línea de investigación de Mariana Leconte que enhebra las nociones de guerra, trauma e historiografía es particularmente valiosa al poner en relación la guerra –descripta en su lógica desde conceptos acuñados por Emmanuel Lévinas– con la noción psicoanalítica de trauma y pregunta, a partir de allí, por sus consecuencias destructivas del lazo social y, añadimos, familiar. En ese contexto teórico, se interroga sobre el carácter del relato historiográfico, estableciendo una analogía entre su intención de escritura y la marcación de letras en el borde de lo real-traumático. Véase Jennifer French, “El peso de tanta pena: la Guerra de la Triple Alianza como trauma intergeneracional” en Juan Manuel Casal y Thomas Whigham (comp.), Paraguay en la historia, la literatura y la memoria, Universidad de Montevideo, 2012, pp. 317-339, Universidad de Montevideo y Mariana Leconte, “Guerra, locura e historia. La historiografía frente a los destinos del lazo social y su dislocación”, Folia Histórica del Nordeste, 2016, (25), pp. 91-100.
  20. BNP – CJO. Correspondencia pública y privada, carpeta XXXI. Buenos Aires, 6 de abril de 1910. La correspondencia entre padre e hijo que se conserva inicia en el año 1902. A juzgar por las piezas epistolares disponibles, el padre escribe a su hijo con una periodicidad quincenal. Paulatinamente, las dificultades en la visión condicionaron que fuera delegada la escritura a un asistente que variará con el correr de los años. La última carta que se conserva está fechada en Buenos Aires, el 7 de octubre de 1924, algunos meses antes de su fallecimiento.
  21. BNP – CJO. Correspondencia pública y privada. De Juan O’Leary (padre) a Juan E. O’Leary, Buenos Aires, 11 y 26 de abril de 1908, 2 de setiembre de 1914, 23 de marzo, 14 de julio y 7 de noviembre de 1916, 26 de enero y 12 de abril de 1921, 12 de diciembre de 1923.
  22. BNP – CJO. Correspondencia pública y privada. Asunción, 28 de agosto de 1899.
  23. BNP – CJO. Correspondencia pública y privada. Asunción, 7 de junio de 1900.
  24. BNP – CJO. Correspondencia pública y privada. Las relaciones epistolares entre O’Leary y el nieto de Domingo Faustino Sarmiento inician con una carta de Belín Sarmiento a O’Leary en el contexto de sus funciones en el consulado de Argentina en el Paraguay, el 26 de agosto de 1910. Augusto Belín Sarmiento falleció en Asunción en un accidente de tránsito cuando se encontraba allí como agregado comercial de la legación diplomática argentina.
  25. Los artículos que compusieron la llamada Polémica sobre la historia del Paraguay fueron transcriptos y compilados por Ricardo y Sebastián Scavone Yegros. Los editó la editorial Tiempo de Historia en 2008, y tuvieron una acogida favorable al punto de agotarse la primera edición. En la segunda, en 2012, los editores tuvieron la feliz idea de perfeccionarla al añadir un conjunto de artículos que antecedieron a la polémica y que contribuyen a explicar mejor los textos de Cecilio Báez reunidos bajo el epígrafe de “La tiranía en el Paraguay y la réplica de O’Leary”, titulados “El cretinismo paraguayo”. Véase Cecilio Báez – Juan E. O’Leary. Polémica sobre la historia del Paraguay, Asunción, Tiempo de Historia, 2012.
  26. “En torno a la obra Ritter, de Xavier Careaga”, ABC Color, Asunción, 20 de setiembre de 2007.
  27. Universidad de Salamanca, Fondo Miguel de Unamuno (en adelante FMU). De Manuel Domínguez a Miguel de Unamuno, Asunción, 7 de setiembre de 1903.
  28. FMU. De Viriato Díaz Pérez a Miguel de Unamuno, Asunción, 22 de noviembre de 1908.
  29. FMU. De Viriato Díaz Pérez a Miguel de Unamuno, Asunción, 26 de octubre de 1909.
  30. FMU. De Juan E. O’Leary a Miguel de Unamuno, Asunción, 8 de octubre de 1910. Como parte de su experiencia americana, a invitación de docentes universitarios, Adolfo Posada visitó el Paraguay en 1910. Dictó una serie de conferencias en la Universidad Nacional de Asunción y publicó La República del Paraguay. Impresiones y comentarios (1911).
  31. FMU. De Juan E. O’Leary a Miguel de Unamuno, Asunción, 19 de octubre de 1912. Fulgencio Ricardo Moreno, periodista, diplomático, historiador, integró, al igual que O’Leary, la Generación del 900. Nació en 1872 y era hijo del padre de O’Leary y de Natividad Mercedes Moreno Yegros. El reconocimiento hacia el intelectual español se extendió a los corresponsales de Unamuno en América. Claudio Maíz ha dedicado estudios importantes sobre los enlaces entre España y América que reposan en la profusa correspondencia unamuniana. Véase Claudio Maíz, Constelaciones Unamunianas. Enlaces entre España y América (1898-1920). Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2009.
  32. FMU, El Mercantil Valenciano, Valencia, 23 de noviembre de 1919.
  33. Las cartas de O’Leary a Unamuno se conservan en el Fondo Miguel de Unamuno de la Universidad de Salamanca y han merecido atención en el estudio del historiador paraguayo Julio César Chaves, Unamuno y América (Madrid, 1964), en el que ofrece una observación panorámica del vínculo cultural del vascuence con América. Coincido, por otra parte, con Claudio Maíz en el sentido de que, no obstante, las posibilidades de indagación de tales materiales no han sido agotadas ni mucho menos. Por varios motivos: el de mayor relieve viene dado por el hecho de que las cartas no se publicaron en su contenido íntegro, como tampoco tales trabajos comprenden la totalidad de los corresponsales. En la Biblioteca Unamuno, figuran las siguientes obras de autores paraguayos que podrían haber sido enviadas junto a las cartas: Juan E. O’Leary, El Mariscal López, Asunción Talleres Gráficos La Prensa, 1920 y Nuestra Epopeya, Imprenta y Librería La Mundial, 1919; Fulgencio Moreno, Estudio sobre la independencia del Paraguay, Asunción, Talleres Nacionales H. Kraus, 1911; Juan Silvano Godoi, Monografías Históricas, Buenos Aires, Félix Lajouane, 1893 y Silvano Mosqueira, Semblanzas Paraguayas, Asunción, Talleres Nacionales, 1908.
  34. Carta de Juan E. O’Leary a Luis A. de Herrera, Asunción, 24 de julio de 1915. Reproducida en Liliana M. Brezzo y María Laura Reali, “La Guerra del Paraguay entre líneas. Los proyectos archivísticos y la correspondencia de Juan E. O’Leary y Luis A. de Herrera (1905-1926)” en Diálogos, 2020, 24 (3), p. 168.
  35. Carta de Juan E. O’Leary a Luis A. de Herrera, Asunción, 7 de agosto de 1915 en Ibidem.
  36. Carta de Juan E. O’Leary a Luis A. de Herrera, Asunción, 7 de agosto de 1919, en Ibidem, p. 169.
  37. BNP – CJO. De José Enrique Rodó a Juan E. O’Leary, Montevideo, 27 de julio de 1915.
  38. BNP – CJO. De José Enrique Rodó a Juan E. O’Leary, Montevideo, 27 de julio de 1915.
  39. Carta de Juan E. O’Leary a Luis A. de Herrera, Asunción, 3 de agosto de 1921. Reproducida en Brezzo – Reali…, cit., p. 171.
  40. BNP-CJO. Correspondencia oficial y privada. Madrid, 21 de julio de 1921.
  41. BNP – CJO. Correspondencia oficial y privada. Carta de Pietro Badoglio, Roma, 1 de setiembre de 1927.
  42. BNP – CJO. Correspondencia oficial y privada. Carta de Juan O’Leary a Badoglio, Paris, 2 de setiembre de 1927.
  43. BNP- CJO. Correspondencia oficial y privada. Villa de las Acacias, Madrid, 15 de marzo de 1928.
  44. BNP – CJO. Correspondencia oficial y privada. Villa de las Acacias, Madrid, 10 de abril de 1928.
  45. BNP- CJO. Correspondencia oficial y privada. Carpeta LXII. París, 17 de abril de 1928.
  46. BNP – CJO. Diario personal. Cuaderno I. San Lorenzo (Paraguay), 3 de enero de 1907.
  47. BNP – CJO. Diario personal. Cuaderno I. San Lorenzo (Paraguay), 3 de enero de 1907.
  48. BNP – CJO. Correspondencia oficial y privada, carpeta XXXVI. De Rufino Blanco Fombona a Juan E. O’Leary, Madrid, 21 de julio de 1921.
  49. María Laura Reali, “Los intercambios epistolares entre Luis A. de Herrera y Juan E. O’Leary en el período de surgimiento y consolidación de un movimiento historiográfico revisionista sobre la Guerra del Paraguay” en Juan Manuel Casal y Thomas Whigham (eds.), Paraguay en la historia, la literatura y la memoria, Asunción, Tiempo de Historia, 2011, pp. 391-410.


Deja un comentario