Gaya Makaran[1]
Compro zapatillas chinas que vienen de Iquique [Chile], Desaguadero [Perú] y Copacabana [Bolivia], entran por los tres lugares. Todo eso se vende en Illampu en las mañaneras. Las hago llegar hasta la frontera de Villazón-La Quiaca, en fardos. Los martes llegan como cuatro o cinco colectivos que vienen desde La Paz, te traen toda la ropa, dan la vuelta, le sacan la etiqueta y lo hacen pasar sin problema a la frontera. Aquí [La Salada], llego el miércoles por la tarde, entrego a mis clientes las zapatillas y me pongo a comprar la ropa que hago llegar a la Max Paredes [La Paz]
Laura Zárate, comerciante aimara, p. 78.
La globalización ha sido uno de los temas más recurrentes en las ciencias sociales de las últimas décadas, suscitando varias controversias desde su nombre mismo hasta los marcos teóricos y metodológicos dentro de los cuales debía ser analizada e interpretada. Por una parte, se han destacado, tanto de manera positiva como negativa, sus escalas macro vinculadas con la acumulación acelerada del capital, con las interconexiones globales entre mercados, empresas e instituciones transnacionales, junto con el flujo vertiginoso de información, mercancías y personas, que convertían el planeta en una “aldea global”. Por otra parte, se ha indicado su “lado oscuro”, donde la ilegalidad y la informalidad constituirían la otra cara indeseable y condenable de los procesos globalizadores. Frente a estas dos tendencias que presentan el fenómeno de la globalización a modo de Leviatán, inabarcable e incontrolable, aparece la corriente “localista” que suele concentrarse en la escala micro, denunciando los impactos desastrosos del capitalismo neoliberal sobre los sectores populares, excluidos y marginalizados que, sin embargo, demasiadas veces son presentados como víctimas pasivas, un mar de “pobres” arrasados por el huracán globalizador o masas inertes objetos de algunas políticas asistencialistas. De ahí, según ciertas interpretaciones, los subalternos estarían condenados a transformarse en clientes del sistema de caridad o consumidores pasivos, mientras que, según otras, serían depositarios de una mágica fuerza de resistencia y portadores de una pureza “alternativa” anticapitalista.
El trabajo de Héctor Parra García, resultado de su investigación doctoral, nos brinda un acercamiento que se escapa a estas interpretaciones simplistas, al complejizar las dicotómicas y proponer una dialéctica entre lo global y lo local, entre lo hegemónico y lo subalterno, entre lo sistémico y lo alternativo. Basado en el trabajo de campo detallado y riguroso, el libro desprende su análisis de un diálogo comprometido con la voz de la comunidad boliviana en Buenos Aires, recuperando sus testimonios y presenciando sus prácticas económicas, políticas e identitarias, desde una mirada transdisciplinaria que permite dar cuenta de la multidimensionalidad de este fenómeno, ya estructural de la realidad latinoamericana. De ahí, lo que el autor decidió nombrar como “ensamblajes populares” nos permite ver la interseccionalidad de diferentes dimensiones de la vida social de las poblaciones migrantes y sectores populares, donde la economía informal y el autoemprendimiento van vinculados con la disputa por el espacio urbano, la reinvención identitaria y el activismo político.
El trabajo nos introduce en el laberinto de un mercado popular, donde las mezclas se imponen sobre las purezas, de un mundo ch’ixi, según el concepto propuesto por la intelectual boliviana Silvia Rivera Cusicanqui (2018), una yuxtaposición creativa, pero también conflictiva y contradictoria. De ahí, caminar entre los puestos variopintos de la feria La Salada, como lo hace el autor, nos sirve como una metáfora interpretativa del fenómeno de la subalternidad popular activa, con una envidiable capacidad de agencia, que no se escapa a la imagen paternalista de víctima, y desde los intersticios del sistema produce su propia incorporación a este, disputando creativamente su lugar y su autoafirmación como sujeto social.
La investigación de Héctor Parra nos brinda una doble complejidad, al analizar el espacio social no solo de un barrio popular, sino también de un barrio migrante, donde el problema de exclusión económica se vincula con la discriminación étnica. De ahí, la identidad de clase de los sujetos se une necesariamente con una identidad migrante, en este caso “boliviana”, que igual se complejiza al teñirse de colores andinos de los pueblos indígenas históricamente discriminados en su país de origen. De hecho, lxs migrantes arriban al país receptor con el bagaje de su propia experiencia cultural marcada por la permanencia de raíces aimaras y quechuas, con sus propias formas de relacionamiento social, marcadas en este caso por una “indianidad” urbana (choledad) y transfronteriza. De ahí, sus prácticas económicas mezclan a modo ch’ixi las formas colectivistas y recíprocas de una economía andina con las de un sistema capitalista neoliberal, incorporándose imperceptiblemente a aquel macrocuerpo global a modo de hormiga.
Es esta “economía popular” coproducente de una “globalización desde abajo” la que llama la atención de Héctor Parra, quien identifica, entre sus innumerables aristas, la “capacidad polimórfica” del capital de subordinar a los subalternos a la lógica de la valorización del valor, al mismo tiempo con la resistencia creativa de los sectores populares de complejizar dicha subsunción y direccionarla hacia la satisfacción de necesidades materiales y simbólicas de su comunidad. De esta manera, el autor descubre la existencia de un sincretismo económico, donde el comunitarismo, los vínculos de lealtad familiar y étnica se imbrican con las lógicas del mercado, donde el espacio íntimo/local del hogar-taller, del barrio y de la feria se vinculan con los espacios globales del comercio transnacional, la migración continental y la política argentina.
El autor nos muestra la importante riqueza de emprendimientos comunitarios que se esconden detrás de la supuesta informalidad o ilegalidad de los barrios migrantes, donde son las mujeres con los comedores populares y las radios comunitarias las que politizan los cuidados cotidianos, las identidades y los espacios urbanos. Está lejos, sin embargo, de una romantización o exotización de los sujetos populares, al denunciar la explotación, la esencialización identitaria o las jerarquías políticas internas que deben ser criticadas y superadas. De ahí, más allá de preguntarse si serán los ensamblajes populares la panacea a los problemas de la globalización “desde arriba”, Héctor Parra prefiere mostrarnos las posibilidades de agenciamiento “desde abajo”, con todas sus tensiones y limitaciones. Nos permite acercarnos a las complejas formas de vinculación popular con lo global, formas necesariamente impuras y que, más que veneradas, deben ser entendidas.
Ciudad de México, diciembre de 2020.
- Gaya Makaran es investigadora titular del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctora en Humanidades y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Varsovia, Polonia. Sus líneas de investigación son el Estado y los pueblos indígenas en Bolivia y Paraguay contemporáneos, nacionalismos, autonomías y emancipación social en América Latina. Fue tutora principal de la investigación doctoral de Héctor Parra García.↵









