Nicolás Testoni
En los museos al fuego, la tierra, el agua y el viento no se los llama así. Se les dice “agentes de deterioro”. En los elementos primordiales que organizan este ciclo de charlas, el museo reconoce, en primer lugar, una amenaza. Se diría que el presupuesto implícito, quizás fundante, de nuestra institución es reclamarse al margen de su entorno cotidiano, para garantizar de ese modo cierta idea de conjunto y de continuidad para nuestras viejas certezas como cultura o, incluso, como especie.
Si lo pensamos un poco, cada museo puede ser visto como un puesto de frontera montado sobre alguna de las líneas divisorias que configuraron el cambiante contorno de la vida moderna. Una institución a menudo edificada para prestigiar, o eufemizar, las jerarquías enredadas entre hombre y naturaleza, entre masculino y femenino, entre patrones y trabajadores, entre metrópolis y colonias, entre blancos y negros, marrones, amarillos, entre heterónoma y sexualidades anómalas, entre alta cultura y culturas populares, entre vanguardia y tradición, entre mente y cuerpo, entre cuerpo y máquina, entre Estado y comunidades, entre gente esclarecida y gente a esclarecer, en fin… entre todo aquel que alguna vez se arrogó el lugar de sujeto, y aquellas y aquellos que fueron ubicados, uno tras otro, en el lugar de objetos del conocimiento “neutral” y de la acción “civilizatoria”.
Preguntarnos desde los museos por el futuro de la relación entre arte, territorios y comunidades supone lidiar con esa suerte de microfísica del poder que gobierna nuestras rutinas de trabajo. Es decir, implica intentar desarmar al museo como máquina que divulga un conocimiento autorizado, que clasifica e impone determinado criterio de verdad, para abrirnos a un juego más horizontal, en el que en lugar de asumir el rol de eternos guías de los demás, aceptemos que somos también nosotrxs lxs que tenemos mucho para aprender de quienes nos rodean.
No somos filósofos, pero alcanza con prestar un poco de atención al virus que nos mata, a los incendios que nos arrasan y a los algoritmos que nos gobiernan, para advertir que la ontología en la que se basan muchos de nuestros criterios para coleccionar, conservar y exhibir hace rato que no sirven más. Nuestros museos han funcionado durante demasiado tiempo como un dispositivo en el que el saber se traduce en una solapada pedagogía de las formas de dominio. Será por eso que a quienes trabajamos en ellos nos cuesta asumir nuestra propia condición contingente. Hacer explícito que siempre hablamos desde un determinado lugar y que, por lo general, ese lugar no es el que la coherencia de nuestros ideales elige sino aquel con el que nuestras limitadas capacidades lidian.
Hoy les hablo desde Ingeniero White, un puerto establecido a fines del siglo XIX para la exportación de granos que se convirtió, a fines del siglo XX, en el polo petroquímico más grande de la Argentina. En este puerto convergen las rutas del extractivismo. Aquí, a la vera de un mar saturado de metales pesados, detrás de chimeneas por las que, día y noche, sale fuego, respirando un aire en que el levita la granza de toneladas y toneladas de granos fumigados, parados sobre una tierra que a veces cede bajo el peso de usinas, tanques y muelles, justo ahí, está Ferrowhite, el museo en el que trabajo[1].
Ferrowhite es un museo que en sus salas y depósitos atesora herramientas salvadas por un grupo de trabajadores luego de la privatización de los ferrocarriles hace ya tres décadas. Ferrowhite podría ser un museo de los trenes, o un museo del trabajo, o un museo del Estado de Bienestar. Ferrowhite podría funcionar como el memorial de un mundo que se acabó, cuyas ruinas no nos quedaría más remedio que lamentar. Pero no es exactamente eso.
Ferrowhite es un museo taller. Un lugar en el que las cosas, además de ser exhibidas, se fabrican. ¿Y qué produce un museo taller? Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva del futuro, forjados en la labor con objetos y documentos del pasado, pero también en el cuerpo a cuerpo con la experiencia vital de cientos, miles de trabajadoras y trabajadores que forman parte de, y le dan forma a esa historia.
Eso dice, textual, el folleto que te damos en la entrada y eso más o menos es lo que intentamos, a pesar o en razón de que casi siempre nos sale otra cosa. No es fácil contar de qué va Ferrowhite. Un año en este museo tiene 36 meses, un montón de mañanas todas diferentes. Un día toca montar con lupa las miniaturas que el ferroviario Carlos Di Cicco talló en taquitos de madera y al otro cinchar con un torno que pesa más de cuatro toneladas. A lo largo de la última década, sin que sepamos cuánto de libertad, de azar y de necesidad hay en todo esto, nuestro museo funcionó alternativamente como salón de baile, taller de serigrafía, corsódromo, carpintería, sala de conciertos, panadería, peluquería, balneario contaminado, fábrica de baldosas, herrería, tanguería, escenario teatral, café bacán, e incluso, como un museo.
Pero a la vez que pasaba todo esto, lo que se nos ocurrió fue ir a preguntarle a nuestras vecinas y vecinos donde es que estábamos parados. O sea, salimos a la calle para empezar a dejarnos guiar. Primero sometimos a examen público los planos de catastro. Luego, armamos sesiones de mapeo colectivo. Y aún más tarde convertimos nuestros mapas trastocados en un juego de la Oca, en panoramas para armar y en delantales de trabajo. Nos dimos cuenta de que la forma y el sentido de nuestros interrogantes dependía de nuestra capacidad para compartirlos.
Poniendo un pie en el territorio, es decir, metiendo mucho la pata, descubrimos que en Ingeniero White hay cosas que en los mapas no aparecen y, al revés, cosas que el mapa muestra pero el territorio niega. Por ejemplo, el mar. Nada más y nada menos que el mar, que en los planos de la ciudad se ve, pero al que caminando es casi imposible llegar. Bahía Blanca es, para la mayoría de sus habitantes, un puerto sin salida al mar. Los perímetros alambrados transforman a la costa de Ingeniero White en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves a través de los que compañías de propiedad transnacional almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un orden que da impulso, sí, pero al mismo tiempo parece fijar asimetrías rigurosas a la hora de distribuir los beneficios y los perjuicios derivados de este modelo productivo.
Eso nos hicieron ver en el mapa quienes estaban acá antes de que nosotrxs llegáramos. A partir de ese momento, nuestro mapa cambió, se volvió pancarta, pintada callejera, soporte de una demanda: La Ría para todos. Un día un señor que se llamaba Atilio Miglianelli trajo al museo este dibujo.
La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta, un obrero gráfico nativo de Bilbao, mandó a proyectar en la zona donde hoy se encuentra nuestro museo. Fue a partir de esta suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre Ferrowhite propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que trabajo a destajo y dolce far niente no pueden entenderse por separado.
Vista Aerea Balneario Municipal Bahía Blanca
Como tantas otras cosas en este museo, La Rambla de Arrieta fue primero un chiste. Una playa fingida durante una noche de carnaval que terminamos tomándonos en serio. El chiste ganó alguna que otra distinción, pero más importante que el diploma, la medalla y el beso, es lo que se pudo hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos en la Rambla. Trajimos cerveza y llenamos de aroma a choripán la noche del puerto trasnacional. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa y las bikinis de nuestra exclusiva marca de ropa Hawait, y hasta nos inventamos un santo en honor a nuestro amigo Miglianelli, San Atilio, patrono de los soñadores, con estampita y procesión. Cada tanto somos anfitriones de bailarines, caminantes y poetas. Cada tanto montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, Ferrowhite se sacude al ritmo de “Rock in Ría”. Hicimos tantas cosas cerca del agua que terminamos cayendo en ella.

El Arca Obrera
Esta es el Arca Obrera. Una balsa hecha con bidones de agua que nos regalaron porque estaban pinchados, amarrados entre sí por tiras de polietileno. No hay nada en este artefacto que no sea de plástico excepto, claro, lxs que lo tripulamxs. El agua que falta en los bidones ha sabido faltar en nuestra ciudad, en tanto el polietileno del que están hechos sobra, entre otras cosas, porque el agua es uno de los principales insumos y el plástico uno de los principales productos del polo petroquímico que cerca nuestras costas. El Arca Obrera es hija de una pregunta absurda: ¿Puede un museo flotar? La armamos con ayuda de Roberto Conte, Luis Leiva y Roberto Orzali, trabajadores del mar. El Arca Obrera es una sala de museo al garete, un aula para alumnos náufragos en la que explorar inéditas derivas del sentido, en la que formular preguntas simples pero impertinentes: ¿De qué está hecha el agua de la ría de Bahía Blanca? ¿Por qué ya no nos podemos bañar en ella? ¿Flotan los metales pesados? ¿Qué pasó con la pesca artesanal?
Poner el museo a navegar nos condujo a un hallazgo fabuloso, que por los demás era evidente. Nos encontramos con una de esas cosas que de tan por sabidas, en realidad, se ignoran: el estuario de Bahía Blanca está lleno de islas. Islas que casi nadie ve, a las que casi nadie va, sobre las que, hoy por hoy, casi nadie habla. Es muy loco porque algunas son muy grandes, más extensas que la propia ciudad que recibe de ellas su nombre. Junto a un grupo de aventureros fuimos en busca de ese territorio escondido donde conviven gaviotas y cangrejos con restos de gliptodontes y buques fantasma. Así nació “Isla Invisible”, un proyecto de expedición decimonónica al corazón del siglo XXI, que invita a ampliar el margen de lo que podemos percibir, pensar y hacer en ese corredor del comercio de ultramar.
Balsas de supervivencia y bolsas para las compras, teatro documental y salsa de tomates, una locomotora manisera para manifestar y una sala de museo inflable para no perder la calle en estos días de pandemia. Entender a Ferrowhite como una construcción colectiva supone revisar la jerarquía establecida entre quienes trazan el mapa y quienes, con suerte, son ubicados en él. Es decir, implica reconsiderar las reglas que en nuestra sociedad regulan la producción de representaciones sobre el espacio y el tiempo común.
Ferrowhite produce lo que muchas veces no es rentable, pero a menudo sí imprescindible, implicando en esa producción a un estibador con un arquitecto, a una licenciada en historia con un mecánico de locomotoras, a una bailarina con una colonia de cangrejos. Seres que establecemos en este lugar, relaciones que derivan pero al mismo tiempo están más allá, o más acá, tanto de las habilidades pulidas en las aulas, como de las rutinas que el trabajo y el consumo programan para nuestra vida. ¿Quiénes en esta red son lxs investigadorxs y quienes lxs investigadxs? Lo que se difumina con nuestros mapas, es la frontera que pone a las personas a un lado o al otro de los procesos de conocimiento, pero también las líneas que separan a un saber de otro, a los museos de historia de los de arte o los de ciencias.
¿Hará falta aclarar que renegamos todo el tiempo, que casi nunca estamos de acuerdo, que casi nada nos sale redondo? Este año teníamos pensado plantar una huerta en nuestro predio. La cuarentena suspendió la iniciativa. Pero, por suerte, no sólo los virus mutan. También lo hacen las ideas. Fue así que nos pusimos en marcha para hacer quinta en alrededor de 40 patios de Ingeniero White y Bahía Blanca. La pandemia cerró las puertas del museo, pero el museo aprendió a meterse por debajo de la puerta de sus vecinos. El museo de los trenes cerealeros se convirtió en un sobre con semillas. Ahora Ferrowhite crece en tarros, macetas y canteros, intentando entender, a través de su tráfico hormiga, cómo cambian el trabajo, la vida en casa, las formas de colaborar y de cuidarnos en este tiempo lleno de desafíos.
No son días sencillos para casi nadie. Tampoco para las personas que se agrupan en este museo. Junto a ellas, Ferrowhite se pregunta: ¿Cómo llego a fin de mes? Pero también: ¿Cómo porfiarle un porvenir algo más amable a este presente distópico? ¿Cómo no acostumbrarnos a una “nueva normalidad” en la que algunas cosas cambian para que, en el fondo, nada cambie? Sobran las preguntas, pero no los motivos para ser optimistas. Es de esperar, lo vemos a nuestro alrededor, que la pandemia profundice las asimetrías, que tienda a concentrar, aún más, los poderes que precarizan nuestras existencias. Pero surge a la vez la expectativa, lo escuchamos acá y allá, de que este suceso cree las condiciones para generar un cambio en la manera general de concebir el rumbo de nuestras sociedades. Acaso logremos comprender que la irrupción de este virus no es un hecho casual, sino el resultado de un modo de producción y acumulación de las riquezas que es, también, un modo de relación predador con el ambiente. Y tal vez terminemos de entender que no hay actos individuales que logren mantenernos a salvo cuando se produce un desbarajuste semejante.
De momento, en este pequeño museo municipal sospechamos que al futuro no se entra por la puerta principal, sino por la puerta que da al patio. Allí, sobre ese suelo salitroso en el que nos dijeron que no iba a crecer nada, a metros de silos repletos de soja transgénica, brotaron, desfachatadas, las lechugas. Y para que eso suceda Lorena, Melisa y Mateo prepararon plantines en maples de huevo; Susana, Bianca y Katty armaron almácigos con cajones de pescado; Miguel, Nahiara, Gisella, Beto y el Negrón abrieron surcos en la tierra; y todxs nos pusimos a probar con un asunto que nadie conocía de antemano. Lo dije en otro lado y lo repito acá: las semillas del siempre improbable porvenir prenden ahí donde somos capaces de compartir esta potencia.
- Ferrowhite es un museo dependiente de la Secretaría de Cultura y Educación del Municipio de Bahía Blanca.↵







