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La estatalidad y su laberinto

María Mazzoni

Pensar el Estado desde y para América Latina

Cuando nos propusimos[1] estudiar los Estados latinoamericanos entendimos que iba a ser una tarea vasta y compleja, por la variedad de perspectivas, autorxs, de épocas y fue así que establecimos para ello ciertos recortes. Por un lado, asumimos pensarlos desde la teoría del Estado latinoamericana. Con esto queremos significar teoría pensada y escrita en Latinoamérica para conceptualizar y analizar las particularidades nacionales. Miradas sobre el Estado que discuten el eurocentrismo, el colonialismo y la situación dependiente en la que se encuentra la región, también y en el mismo sentido, establecimos un recorte temporal. Recuperamos aquellas producciones realizadas a partir de la crisis de las dictaduras y las transiciones a las democracias, momento en que se comenzaron a percibir las transformaciones que han producido la actual fase en la internacionalización del capital (Borón y otros, 1999) y el corolario que ellas suponen en el ámbito de lo estatal. Etapa del capitalismo en la que, como explica Sotelo Valencia (2005), prevalece la ley de la centralización y que podemos conceptualizar como capitalismo corporativo (González Casanova, 2013). Con las salvedades que hemos manifestado, realizamos un recorrido por cuatro obras colectivas en las cuales se compendia, en momentos puntuales, la producción de conocimiento sobre el Estado latinoamericano. Entendemos que en estas cuatro obras se condensa una gran parte de ese debate contemporáneo y las consideramos claves para orientarnos en la conceptualización de Estado. En ellas encontramos un rico y variado análisis de lo estatal (González Casanova, 1990), pudiendo identificar diferentes conceptualizaciones sobre Estado, trabajos propiamente ensayísticos y otros que plasman investigaciones sobre la temática, unos que se ocupan de la teoría y otros de la teoría y la práctica, hay quienes privilegian y quienes no contemplan la lucha de clases siendo este otro punto divisorio en la teoría y práctica del Estado en América Latina. De la misma forma algunxs autorxs recuperan aspectos más generales de la temática, y otrxs se enfocan en las problemáticas nacionales específicas, en las experiencias nacionales, recortando períodos o etapas. De este modo, en un plano más general, nos preguntamos por la temática del Estado latinoamericano transitando las siguientes lecturas:

  • Ernesto Laclau, y Norbert Lechner, (ed.) Estado y política en América Latina México, DF: Siglo XXI Editores, 1981.
  • Pablo González Casanova, El Estado en América Latina. Teoría y práctica, México DF: Siglo XXI Editores, 1990
  • Norbert Lechner, René Millán y Francisco Valdés Ugalde, coords., Reforma del Estado y coordinación social, México DF: Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM-Plaza y Valdés, 1999
  • Mabel Thwaites Rey, comp. El Estado en América Latina: continuidades y rupturas Santiago de Chile, Editorial Arcis-CLACSO, 2012

En esas obras aparecen trabajos de renombrados teóricxs y teóricxs-militantxs, podemos mencionar a Laclau, Lechner, Zermeño, O’Donnell, Rojas H, Landi, González Casanova, Graciarena, Kaplan, Ianni, Maira, Heinz R. Sonntag, Zemelman, de Souza, Millán, Thwaites Rey, Bonetto, Cortés, Modonesi, Moncayo y Rajland, entre otrxs.

Todas ellas son voces destacadas y en diálogo crítico con las producciones provenientes del marxismo leninismo y también con Gramsci, Lukcas, Escuela de Frankfurt, Lefebvre, Althusser, Foucault, Anderson, así como también con Luhman, Negri, Virno, Holloway. Recuperando en clave latinoamericana debates como el de estructuralismo-instrumentalismo (Poulantzas-Miliband), el de la escuela lógica del capital (de Berlin).[2] y el de modernidad-posmodernidad. Asumiendo, no solamente, como hizo una parte del marxismo europeo la crítica al stalinismo sino al colonialismo y recuperando la importancia de las mediaciones políticas y sociales y la dependencia, es decir, pensar el Estado en Latinoamérica considerando su condición periférica y vinculando su emergencia al contexto colonial.

Cada una de las cuatro obras[3] mencionadas refleja las preocupaciones que fueron atravesando las reflexiones-teorizaciones sobre el Estado y componiendo una perspectiva latinoamericana, en tanto, como dijimos, se critican las conceptualizaciones eurocéntricas y se asume el desafío de recuperar las especificidades y la diversidad de los procesos latinoamericanos. Esas producciones tienen conceptualizaciones sobre Estado y análisis de casos puntuales. Cada una expresa la época en que fue pensada y elaborada, porque como veremos, cada una da cuenta del contexto histórico social en el que fue pensada y el modo en que ese contexto pesó para concebir la problemática estatal. Incorporamos además a nuestra conceptualización sobre Estado las producciones de René Zavaleta Mercado[4]. Si bien no hay artículos de Zavaleta en las cuatro compilaciones que presentamos, sus trabajos aparecen mencionados en ellas (González Casanova, 1990; Cortés, 2012 y Thwaites Rey-Ouviña, 2012), asimismo lo elegimos para componer nuestra teorización, en tanto, no solamente su obra presenta los cuatro requisitos, que se mencionarán más adelante, para abordar la temática sino por su intencionalidad de nacionalizar las categorías de análisis más puntualmente de nacionalizar el marxismo (Cortés, 2012 y Ouviña, 2016) y por mantener un diálogo con las producciones teóricas europeas, particularmente marxistas, pero no utilizarlas acríticamente sino generar un pensamiento propio para analizar la coyuntura latinoamericana[5], como el mismo Zavaleta afirma “de esto debe inferirse que hay consecuencias ideológicas muy diferentes, según el tipo de relación primaria que se produce entre el núcleo de lo social y el territorio al que se referirá” (Zavaleta, 1985: 81), es decir, sostiene que al estudiar una estructura de poder no puede descontextualizársela y además, se debe comenzar por analizar el momento originario: estudiar el Estado como en una situación concreta, histórica y particular. Asimismo, afirma la centralidad del mismo en las formaciones sociales latinoamericanas, tanto en la génesis de las naciones modernas como a lo largo de su historia, donde el devenir de las mismas se entreteje permanentemente en torno a los Estados (Zavaleta, 1985), así como analizar la presencia indígena en estas sociedades.

Para nuestra sistematización seleccionamos cuatro textos correspondientes a cada una de las mencionadas compilaciones, que, de algún modo, dan cuenta de los elementos centrales de la discusión. De todos los trabajos nos centraremos en la conceptualización del Estado y su relación con la Nación en América Latina en el mexicano Pablo González Casanova, en el alemán-chileno Norbert Lechner, y la argentina Mabel Thwaites Rey, en tanto presentadores de esas obras. Los elegimos por sus interesantes indagaciones sobre el Estado y lo político así como su nutrida producción teórica sobre las sociedades latinoamericanas. Entonces, a continuación, recuperamos en primer lugar las tendencias en los estudios del Estado a fines del siglo XX y comienzos del XXI, para luego señalar las ideas fuerza que conforman nuestra propia posición teórica, nuestras coordenadas para precisar lo estatal, aquellas que dan sustento a nuestra investigación y admiten producir conocimiento actualizado y pertinente a la realidad en análisis, y no aplicar automáticamente a casos latinoamericanos categorías teóricas pensadas o construidas para otras latitudes. A estos fines, abordamos las lecturas de las mencionadas obras desde la pregunta sobre el /los modos de concebir al Estado en la región en estos últimos cuarenta años, con la intención de ir estableciendo los decires que circulaban y aún circulan, sobre el accionar estatal y componen los saberes sobre el Estado latinoamericano que buscamos recuperar, identificado el contexto de producción y luego articularlos para sustentar nuestros análisis.

Antiestatismo y el Estado como categoría residual

El primero de los trabajos que relevamos, fue presentado por Lechner como una antología de apuntes teóricos sobre la política y el Estado en América Latina, un trabajo de reflexión teórica que fue escrito durante la vigencia de las dictaduras y su crisis. Lechner considera ese momento como propicio para realizar revisiones críticas sobre lo escrito, tanto desde corrientes liberales como marxistas, sobre el Estado. La presenta como una época caracterizada por el antiestatismo, es decir, de recelo contra el Estado y la política, y afirma que “es paradojal –y significativo– que no obstante el discurso antiestado (…) siga vigente la preocupación por el estado” (Laclau-Lechner, 1981: 9). Sostiene que esa preocupación manifiesta que la cuestión del Estado es más que un problema académico, y que se mantiene vigente porque los conflictos en las sociedades latinoamericanas siempre involucran al Estado. Esto último es una constante que podemos rastrear hasta el hoy. En ese contexto Lacau- Lechner afirmaron que “las dificultades por precisar qué y cómo es el estado capitalista sui generis en la región revelan un ‘déficit teórico’ que contrasta con la movida de la lucha política” (Laclau-Lechner, 1981: 7). Así, desde la revisión crítica concluyeron que el Estado era, hasta ese momento, tratado como una categoría residual, en tanto, se daba por supuesta su conceptualización y se la empleaba, y emplea aún, para designar “una colorida mezcla de gobierno, estructura de poder, dominación de clase, políticas públicas, marco legal, dirección ideológica, etc.” (Laclau-Lechner, 1981: 9). Esta última cuestión nos remitió a reafirmar la necesidad de presentar claramente, como estamos haciendo, la conceptualización elegida, y ponerla en relación a la problemática que se plantea en esta investigación, asimismo nos condujo a identificar la primera coordinada que entrama nuestros análisis sobre el Estado: la centralidad que tiene en América Latina, que se inicia desde su conformación y nunca ha perdido ni relegado. Porque como afirmaba Lechner en 1981, los conflictos en las sociedades latinoamericanas siempre involucran al Estado y lo mismo expresaba Calderón en 2012, en sus análisis sobre la conflictividad en América Latina, la tendencia regional es que el 70% de los conflictos tienen como demandado a uno de los niveles del Estado y éste es percibido como el único capaz de dar solución a cuestiones macro estructurales, tendencia de algún modo reafirmada por Thwaites Rey cuando sostiene que el Estado, como realidad y como concepto, sigue siendo central no solo para el análisis teórico, sino para la práctica política concreta, en la medida en que remite al problema nodal del poder (2012: 10). Justamente, se reclama no solamente la presencia del Estado en la resolución de los conflictos sociales sino que, más aún, se piensa —como la concepción liberal lo indica— que es el único capaz de resolverlos, se piensa al Estado como instancia de articulación social y se confirma ese patrón regional histórico en el que ha jugado, y juega, un papel protagónico en la compensación de privaciones (Gudynas, 2012). Por todo esto afirmamos y reafirmamos su centralidad.

Estado situado: teoría y prácticas

El segundo texto, ya de una década posterior, no se ocupa solamente de la teoría sobre el Estado sino que incorpora, como eje de análisis, a las prácticas políticas en torno al Estado. Estos trabajos están contextualizados temporalmente y como afirman en su introducción se trata de “una construcción teórica y política de los procesos latinoamericanos a cargo de los más distintos intelectuales y especialistas, muchos de ellos militantes” (González Casanova, 1990: 15). En ese sentido se expone la correlación entre los fenómenos, propios de la región, de desarrollo, subdesarrollo y dependencia y la acción estatal. También, como en el caso anterior, comienza con una crítica a los trabajos existentes hasta ese momento cuando afirma que “la rica historia de los Estados latinoamericanos como proceso de conquista, de mediaciones, liberaciones, fue generalmente resumida a formas ideales y estructurales” (González Casanova, 1990: 14). Así hace referencia a perspectivas liberales y marxistas, que, si bien en los diferentes estudios sobre el Estado ya habían dado cuenta de los vínculos entre sistemas políticos, elites, poder y Estados, no había abordado —por sus miradas eurocéntricas— el colonialismo, la transnacionalización, ni los problemas de acumulación propios de la periferia. Asimismo, reconoce que “en los años sesenta y setenta el descubrimiento de la sociedad civil tras el Estado y del Estado tras el sistema o régimen político, constituye el hecho más significativo de la teoría del Estado en gestión” (González Casanova, 1990: 16). Sin embargo, no se había trabajado aún que el propio Estado estaba a la base de una estrategia continental dada por la fundación del sistema panamericano (1948) y después de la Alianza para el progreso (1961), que enlazaba con la implementación de reformas estructurales e iba de la mano de procesos antirrevolucionarios.

En este descubrir de la sociedad civil tras el régimen político y de ampliar el Estado, en términos de Gramsci, señala que la lucha por las mediaciones son los nuevos aportes de estos años (González Casanova, 1990), y por esto explica que se desestiman los análisis centrados en los aspectos estatales puramente represivos, como fueron los trabajos realizados sobre las dictaduras latinoamericanas y valoriza los análisis de la lucha política y por los sistemas políticos, incorporándose temáticas como la democracia o la revolución. Pudimos apreciar que en esta etapa se combinan el pensamiento sobre el Estado con los análisis de las luchas sociopolíticas que lo atraviesan, análisis que podemos resumir con una falsa dicotomía de luchas por el Estado y luchas en el Estado o, como bien sostiene González Casanova (1990), distinguir entre la lucha por el Estado y la lucha por un sistema político. Entendimos así que ni las luchas ni las interpretaciones que sobre ellas se hacen, pueden simplificar la relación y la presencia del Estado, sino que debe abordárselo en toda su complejidad.

En esta misma época fue escrita la obra de René Zavaleta, quien también da cuenta de la “abundancia del tema en América Latina un siglo y medio después de la enunciación de los estados nacionales y eso muestra la dificultad de una exposición sistemática, unificada del tema(1985: 82). El autor recupera, además, cómo se dan en América Latina las discusiones en torno a éste y toma posición[6] en el debate Miliband-Poulantzas retomando la idea de Estado como capitalista total de los análisis de la escuela lógica del capital[7] y también se introduce en el debate desarrollo-dependencia[8]. Así, siguiendo la preocupación de la época, se pregunta por la posibilidad de una teoría general (marxista) sobre el Estado y toma posición frente a las críticas en torno al determinismo y al economicismo que se le adjudican al marxismo cuando sostiene que “es claro que no se solucionan los problemas diciendo que un costado depende del otro (Zavaleta, 1985: 83). Además, cuestiona el uso de categorías puras y reprocha la tendencia de buscar soluciones teóricas sin observar lo fáctico. En su apuesta por recuperar el análisis coyuntural y específico, como pretendimos en nuestra investigación también, expresa:

y es en este sentido que afirmamos que, en la época de la historia mundial, el modelo de regularidad que llamamos modo de producción es lo que expresa la unidad de la historia del mundo (lo comparable) en tanto que las superestructuras están señalando (excepto en el pedazo en el que pertenecen a ese modelo) su heterogeneidad estructural. Diversas superestructuras, con recurrencias ideológicas muy distantes entre sí, con resultados jurídico-políticos muy diferentes, pueden servir, sin embargo, todas de la misma manera para garantizar (que no es lo mismo que practicar la reproducción misma, movimiento propio de la base) la reproducción de un mismo y único modo de producción. (Zavaleta, 1988: 221).

Entonces, al fundamentar nuestros análisis desde los postulados de este autor, estamos asumiendo que, sin dejar de lado las características del modo de producción capitalista en la Argentina actual, se debe analizar el modo específico y particular que asume la dominación en un período y espacio acotado, expresando así, un modo de analizar lo social acotado en tiempo y lugar.

Como segunda coordenada para abordar el Estado tomamos la historicidad del mismo. Nuestra concepción sobre el Estado lo asume como capitalista, es decir que recuperando la historicidad del mismo, lo entiende como una entidad constitutiva e indispensable en la configuración y reproducción de las relaciones sociales capitalistas (Rojas, 1980). Su presencia es indisoluble del modo en que se organiza la producción, así como de la coyuntura en la que se gesta y desarrolla la problemática en análisis, entonces:

El Estado es el poder de disponer de la economía. Ese poder puede basarse en la persuasión, la coerción y la negociación, esto es, en la hegemonía o en la represión, y en la combinación de una y otra. El Estado dispone de aparatos y sistemas de coerción, persuasión y negociación. Tras él se encuentra una malla inmensa de relaciones entre territorios, naciones y clases. (González Casanova, 2009: 186).

Es decir, no lo pensamos como una categoría suprahistórica, sino que –siguiendo a González Casanova y Zavaleta– analizamos los vínculos Estado-sociedad. En este sentido, interpretamos que el Estado no es un tercero neutral, sino parte de un entramado de poder de clase que viabiliza la disposición sobre el excedente económico y la plusvalía de un territorio, de una nación y una población. Vínculos conceptualizados como ecuación social[9] (Zavaleta, 1985) en tanto, la misma expresa el modo en que el Estado se vincula con la sociedad y viceversa. Así asumimos que el Estado es co-constitutivo del orden social e impone al conjunto formas de organización y de control pero, no lo hace de modo unilateral, sino atravesado por el proceso de lucha por ese excedente y la plusvalía, y, así, su accionar se registra como contradictorio. En este mismo sentido, como Estado despliega una economía política de la diversidad (Briones, 2004: 74), desde la que se constituyen jerarquías sociales, tensiones y fronteras internas que hacen al problema de la conflictividad social en torno a las tierras para ser habitadas que investigamos. Además de señalar la historicidad del Estado, apuntamos a no soslayar su complejidad, expresión de la división de poderes y de los distintos niveles de la administración estatal. Entre ellos se superponen y solapan acciones, decisiones y omisiones, que, declaman como meta la integración, la cohesión en sociedades, como la nuestra, no solamente diversa sino muy desigual, meta que por sus alcances y matices, como planteamos a continuación, necesita ser revisada.

Estados y coordinación social a fines de los años 90

El tercer texto elegido en nuestro recorrido sobre el modo de pensar el Estado en América Latina, se da en el auge de las llamadas reformas del Estado que llegaron de la mano de los organismos multilaterales de crédito, y tal como lo refleja en su introducción, se trata de una “investigación y reflexión sobre la forma que ha asumido la reforma del estado y las exigencias y los desafíos que esta presenta a los mecanismos de coordinación social” (Lechner, Millán y Valdés Ugalde, 1999: 11). En ese contexto y situando el análisis en el campo de la llamada modernización del Estado y la administración, los autores se preguntaron por el futuro de la política y del Estado. Para éstos, los procesos de reforma han transformado las reglas de juego que articulan al Estado con lxs actorxs sociales y tantos cambios superan la estabilidad de las instituciones. Sostienen que en esta democracia moderna de mercado y sus funcionarixs ideales típicos (ciudadanxs, políticxs y burócratas) aumentan y diversifican sus roles, dificultándose así el mecanismo de integración y coordinación social. “El Estado ha sido el mecanismo ‘clásico’ de la sociedad para coordinar mediante leyes, normas administrativas y medidas políticas, o sea de modo jerárquico, público y deliberado las relaciones entre las personas y entre distintas estructuras” (Lechner, 1984: 41). Es este un modo de presentar la relación Estado-sociedad. En ella, circula la representación del Estado como coordinador de conductas de la sociedad como quien pone orden en un proceso conflictivo. Y aquí se nos plantea una tercera coordenada: la cáscara de la integración.

En las sociedades latinoamericanas, devenidas capitalistas, la división del trabajo objetivó la contradicción entre el interés individual y el interés general, aquello que se presenta como una relación de mutua dependencia es, en realidad, una relación antagónica, y el orden social es un proceso conflictivo (Lechner, 1981) y muchas veces impuesto. Es el Estado que desempeña un papel central en su materialización, estructuración y legitimación y lo hace conteniendo o reprimiendo la conflictividad social aunque no trata de superar la desigualdad, sino de encubrirla bajo la formalidad del derecho. Dicho de otro modo:

la lucha práctica de estos intereses particulares que constantemente y de un modo real se enfrentan a los intereses comunes o que ilusoriamente se creen tales, impone como algo necesario la interposición práctica y el refrenamiento por el interés “general” ilusorio bajo la forma del Estado. (Marx [1846]. 1974: 36).

Ilusorio en tanto aquello que busca perpetuar el Estado es su continuidad y la de este orden estatal (soberanía territorial, sistema de pesos y medidas, derechos individuales, la propiedad privada, cristalización de acciones vía distintas políticas, sentidos hegemonizados) perpetuando, en el mismo acto, las relaciones sociales de producción dominantes, relaciones de explotación. En ese ordenamiento contradictorio, como expresaba Lenin y retomado por Zavaleta, el Estado es la síntesis de la sociedad. De todo esto se desprende entonces que en nuestros análisis sobre el Estado subrayemos la existencia de las diferencias y contradicciones, y en relación con la cuestión que nos ocupa no se trata de tematizar la unidad en tanto ‘resolución’ de la pluralidad de los hombres sino de problematizar esa pluralidad como construcción de un orden colectivo” (Lechner, 1984: 15-16) o, lo que es lo mismo, problematizar la representación-materialización del Estado nación argentino homogeneizante y monocultural y revelar la idea del Estado como comunidad ilusoria (Marx, [1846],1974). Ilusión de unidad y convivencia procurada en base a estrategias de espacialización, de sustanciación sociocultural, de tiempo y de memoria (Alonso, 1994) que devienen, vía producción y utilización de sistemas de identificación y pertenencia, en la materialización del ejercicio del poder estatal, que como presentaremos más adelante, conceptualizamos como estatalidad.

En nuestro trabajo, problematizamos esta representación del Estado como si fuera un tercero neutral y estuviera por encima de la sociedad, entendida a su vez, como un todo igualitario y articulado en pos del bien común. Cuestionamos esa representación, en tanto nos impide distinguir entre forma abstracta y realidad concreta, y limita proporcionarles a los análisis sobre lo social todos sus contrastes. Por esto recuperamos de Zavaleta la categoría de formación aparente de la sociedad, quien, siguiendo a Marx, nos habla de apariencia cuando

no coincide jamás con lo que la sociedad es: la explotación está enmascarada como igualdad; las clases colectivas como individuos, la represión como ideología; el valor se presenta como precio, la base económica como superestructura y la plusvalía como ganancia. Todo está travestido y disfrazado. (Zavaleta, 1988: 246).

A partir de estos aportes, recuperamos la explicación marxista sobre el modo en que se produce la realidad capitalista, modo que se funda en una representación fetichizada del mundo y asumimos que el fin estatal es el resguardo de las condiciones de acumulación o reproducción ampliada del capital y, por ello, en sociedades polarizadas como las latinoamericanas de los noventa, se despliegan las contradicciones y se vuelven ineficaces los intentos de presentar la sociedad como una unidad articulada. Ante los niveles que ha alcanzado la concentración de la riqueza, los conflictos sociales que de ella emergen no se deben a fallas de organización sino a que los procesos de mediación que resultan en cubrir la dominación de clase, para presentarla como nacional y constituir ese todo imaginario, comienzan a desmontarse y los Estados despliegan su accionar contradictorio, una combinación de acciones de integración y en simultáneo, o posteriormente, de represión. Recordemos que en este cuarto de siglo, por un lado, se produjo el desmontaje de las instituciones estatales, expresado coloquialmente, el retiro del Estado. Por el otro, el surgimiento de múltiples movimientos que se despliegan en la sociedad civil, como son los ecologistas y de lucha por los derechos humanos, los vinculados a cuestiones de género, antinucleares, movimientos indígenas y de otros grupos subalternos. Todo esto fue poniendo en cuestión el Estado homogeneizador así como la integración vía ciudadanía formal. Cuestión que se ha mantenido y profundizado en el presente y da sentido a nuestro trabajo.

Estados en perspectiva regional, el presente de Estados latinoamericanos

La cuarta y última obra de la primera década de este siglo que relevamos para completar las coordenadas con las que fuimos entramando nuestra conceptualización de Estado, fue escrita una vez pasada la ola del ajuste estructural y las políticas de reformas que venían estigmatizando lo público y lo estatal. Más concretamente durante un ciclo de gobiernos latinoamericanos que cuestionaban el automatismo de mercado y la subordinación de lo público a la lógica de la acumulación global, gobiernos que se presentaron como caminos alternativos al modelo neoliberal clásico como Venezuela (1999), Brasil (2003), Argentina (2003), Uruguay (2004), Bolivia (2006), Ecuador (2007), Nicaragua (2007), Paraguay (2008) y El Salvador (2009). La presentan como un “producto del debate colectivo del Grupo de Trabajo de CLACSO, denominado ‘El Estado en América Latina. Continuidades y rupturas’, constituido a fines de 2009” (Thwaites Rey, 2012: 7). En esta obra encontramos distintos enfoques y perspectivas que buscan dar cuenta de la compleja realidad de la región. Un rasgo particular de esta obra es la de marcar la renovada entidad que alcanzó el rol del Estado en esta coyuntura, así como su rearticulación a partir de procesos políticos y sociales nacionales y regionales liderados por fuerzas populares. En esta obra se volvió a señalar, como vimos en una etapa anterior, que los Estados fueron claves en la estrategia continental al decir que “parecen conservar resortes clave tanto para hacer posible el despliegue de la dinámica globalizadora, como para, eventualmente, resistir los aspectos más perversos para la vida de los pueblos” (Thwaites Rey, 2012: 8), y que constituyen una instancia clave en la búsqueda emancipatoria de las clases y grupos subalternos. Asumen además que:

Comprender el límite estructural que determina la existencia de todo Estado capitalista como instancia de dominación territorialmente acotada es un paso necesario, pero no suficiente para entender su funcionamiento. Por eso hace falta avanzar en determinaciones más concretas, en tiempo y espacio, para entender la multiplicidad de expresiones que adoptan los Estados nacionales particulares, que no son inocuas ni irrelevantes para la práctica social y política. (Thwaites Rey, 2012: 8).

Entonces, conjugan teoría y experiencias nacionales concretas porque sigue siendo en el marco de realidades específicas donde se sitúan y expresan las relaciones de fuerza que determinan formas de estatalidad, entendidas como materialidad estatal que tienen consecuencias fundamentales sobre las condiciones y calidad de vida de los pueblos” (Thwaites Rey, 2012: 9). Es decir, en esta obra, como en las anteriores, se ubica la problemática estatal latinoamericana en su dimensión global y regional, con la intención de aportar a la comprensión de las dinámicas que se vienen desplegando en la región en la actualidad y se concibe al Estado, como señalamos anteriormente, no solamente como abstracción, sino como materialización de una relación de poder, desde sus prácticas históricas y concretas. Estos aportes nos llevaron a la coordenada que marca su especificidad, la del Estado latinoamericano. Es decir que, además de reconocer su historicidad, lo asumimos como latinoamericano, como insustituible en la formación social capitalista dependiente en vigencia.

Ya afirmamos la necesidad de producir conocimiento desde y sobre los Estados en América Latina en el contexto de capitalismo corporativo donde,

Los grandes propietarios, el capital monopólico, la empresa transnacional tienen una influencia decisiva en las tasas de acumulación, en las tasas de explotación, en el uso regional del excedente. En cada país se dan variaciones concretas determinadas en función del poder de las empresas nacionales y extranjeras. El poder de unas y otras contribuye a agrandar y a achicar los propios aparatos estatales, de negociación o represión. (González Casanova, 2009: 186-187).

Hasta la década del setenta los Estados aparecían como centrales en los análisis sobre el capitalismo en la región, tanto en las teorías de la modernización como en las del desarrollo (Prebisch, 1949) o la dependencia (Cardozo y Faletto, 1969; Theotonio dos Santos, 2011). Se postulaba al desarrollo como un problema político[10] lo mismo en cuanto a su posible transformación. Esta centralidad fue puesta en duda por los denominados discursos antietatistas de los años ochenta (Lechner, 1984), los cuales sostenían que, junto con las fronteras nacionales, los Estado-naciones estaban en franco desvanecimiento y postulaban abandonar los análisis sobre el Estado. Ahora bien, a pesar de que las relaciones sociales capitalistas han alcanzado escala mundial, esto no dio por finalizado ni el imperialismo, ni la dependencia, ni la ausencia, la debilidad o la retraída del Estado, como se dice habitualmente sino, por el contrario, los Estados se abocaron a garantizar la vía del mercado, de la inversión y del financiamiento. En la región se acredita[11] la participación estatal en la persistencia del subdesarrollo, la reactualización de la dependencia (Sotelo, 2003) y la reproducción de las asimetrías sociales.

Una expresión de la especificidad del Estado es la diversidad de las experiencias nacionales que encontramos al interior del continente. Además, y como dijimos anteriormente, cada uno despliega su forma nacional de producir alteridad (Briones, 2005), tramando al interior de las fronteras nacionales y en la misma estructura social, diversas identidades colectivas que disputan recursos materiales e ideales, por lo tanto, podemos afirmar que los distintos Estados-naciones latinoamericanos en la actualidad conservan, no solamente su peso específico, sino características particulares que deben detallarse a los efectos de alcanzar la mencionada particularidad en los análisis.

En línea con lo anterior, el Estado capitalista, como abstracción, se expresa en una multiplicidad de Estados-naciones aparentemente autónomos, es decir, “hay pues un Estado capitalista que se presenta con distintas caras” (Rojas, 1981: 9), no solamente a lo largo del tiempo, sino también en los diferentes espacios demarcados por las aún vigentes, en materia de soberanía, fronteras nacionales. Esa fragmentación en sociedades nacionales hace que cada Estado tenga una definición territorial específica y una relación específica con lxs habitantxs de ese territorio, así como tareas concretas para mantener el orden en una sociedad estratificada. Además, cada Estado-nación, en tanto capitalista, está obligado a atraer una parte del flujo de capital global y para ello tiene que generar condiciones favorables para su reproducción, garantizarle condiciones de acumulación. De ello se desprende que “los espacios territoriales estatales son nudos problemáticos de existencia real, que exigen esfuerzos analíticos específicos” (Thwaites Rey, 2012: 8). En este sentido, además de recuperar para los análisis sobre el Estado la escala nacional, se trata de complejizarlos, como hacemos en la mencionada investigación, recuperando la dimensión provincial y local que da cuenta de la variedad existente al interior de cada uno. Estamos haciendo referencia, así, a otra de las coordenadas establecidas a la hora de argumentar en pro de su análisis e indica entenderlos como Estados-naciones con existencia real y concreta.

Desde este postulado enfocamos nuestro trabajo investigativo de la acción estatal en las disputas socioterritoriales en la provincia de Río Negro. Distinguiendo y articulando ese accionar desde los niveles anidados de estatalidad (Briones, 2005) y en consonancia con un compromiso de indagar la realidad en la que como investigadorxs nos desenvolvemos cotidianamente sin simplificarla ni cosificarla.

Estatalidad y laberinto

Por último, nos resta explicitar, en consonancia con nuestra postura epistemológica de no objetualizar lo social y por lo mismo no cosificar al Estado, nuestro modo de concebir la estatalidad. Como cualidad de lo estatal, observable al analizar sus prácticas, que diversas y contradictorias, componen una dinámica propia y particular del locus y tiempo analizado, pero que trasunta una intención y lógica propia del Estado capitalista y nos permite dar cuenta de la distinción entre forma abstracta-concreta de la que hablamos anteriormente.

En cuanto a sus características, entendemos que la estatalidad es inmaterial, es lo subyacente a una multiplicidad de decisiones, acciones y omisiones, de esos pequeños actos cotidianos que le imprimen su carácter y, en su devenir, es, al mismo tiempo, la materialización del poder estatal, es la concretización de una intencionalidad, del ejercicio de la dominación.

En función de una ligazón real de intereses antagónicos, muchas veces percibimos su accionar como contradictorio, con idas y vueltas y contramarchas. Sin embargo, todas estas acciones analizadas expresan una dinámica, la estatalidad, como combinación de acciones de estimulación, represión y reparación en pos de mantener el statu quo. Por un lado, nos estimula a ser parte de las relaciones sociales dominantes, repara a sectores ya excluidos de esas relaciones. Para con ellos realiza acciones que procuran remediar alguna carencia: concede subsidios, reconoce derechos, otorga prestaciones y servicios, fomenta la cooperativización o micro-emprendimientos para trabajadorxs desocupadxs, bancos de tierra, entre otras acciones. Y también reprime a quienes se animan a cuestionar, a desafiar o resistir las relaciones sociales dominantes, emplea contra ellxs la violencia estatal, entabla largos procesos judiciales y criminaliza a esos sectores, es decir, emplea la coerción.

Concebida desde los lineamientos mencionados, la estatalidad asume diversas apariencias y, en ese abanico amplio, la clase dominante va ejerciendo su poder y estableciendo el orden de cosas. En una combinación de violencia y reparación recrea la dinámica societal dominante cuya lógica privilegia lo individual, lo privado por sobre lo colectivo y comunitario y viabiliza, como viene haciendo en estos últimos cuarenta años, la entrada y permanencia del gran capital transnacional. Por esto también la estatalidad es histórica y es una, sin negar la pluricentralidad y multidimensionalidad en la toma de decisiones (Briones, 2005), ya mencionamos sus poderes y niveles diferenciados, y se expresa en trayectorias diferentes y particulares.

Asimismo es la lucha la que modula la estatalidad, entendemos que la estatalidad se despliega en la lucha por eso el modo en que el contradictorio accionar estatal, entre sus distintos niveles y poderes, va componiendo un laberinto, que dilata la resolución de los reclamos y no garantiza la concreción de los derechos reclamados. Fue así que, al analizarla en el marco de la disputa socioterritorial, la representamos como estatalidad laberíntica al observar que, con mecanismos, instrumentos y dispositivos propios del Estado, fiscaliza la lucha, la retiene en sus cánones, en los canales habilitados estatalmente y sin desbordar el orden imperante. Impone y dispone tiempos, lugares y modalidades de la disputa. Esta figura del laberinto nos remite, además, a transitar diferentes caminos y direcciones a las que el Estado enfrenta a quienes reclaman territorio y aplaza el fortalecimiento de otras formas del poder y de propiedad, avanzando pero sin encontrar salida.

En suma, para comprender la estatalidad en la disputa socioterritorial recurrimos a la figura del laberinto. El término proviene del latín labyrinthus, y este del griego λαβύρινθος labýrinthos y es definido según la Real Academia Española como: “m. Lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida”.

El laberinto como representación nos permite presentar la estatalidad como un entramado de calles y encrucijadas, donde se nos invita a elegir entre posibles travesías y está admitido escoger entre múltiples vías. Es una representación que nos convida a pensar lo complejo, engañoso y desafiante de las prácticas estatales así como también a asumir lo cotidiano como desafío. Es además un lugar un tanto opaco, que cuesta transitar y donde es complicado encontrar la salida y medir o percibir los avances. En el transitar por el laberinto algunas veces podemos tomar nuevas vías que nos trasladan a otros puntos del camino y otras veces, en cambio, retornar al punto inicial. Así el laberinto es también un artificio que nos mantiene a la deriva, donde las contingencias se suman, se ramifican, se entrecruzan o complican. Por esto el laberinto también es lo múltiple y la indefinición. Ahora bien, caminar en el laberinto abarca no vislumbrar una salida sencilla, pero sí estar en movimiento, sabiendo que es viable estipular posibles metas. Entonces, el laberinto también es expectativa y anhelo.

La estatalidad suele describirse por déficits y luchas administrativas, errores de planificación, problemas presupuestarios y/o de infraestructura, así como también se la califica de imperfecta, inconsistente y hasta de incapaz de llegar a eficaces resoluciones. Sin embargo, estas variaciones y matices, las acciones que parecen superpuestas, extienden los tiempos, agregan trámites, superponen sucesos. Este carácter contradictorio del accionar estatal es la característica central y reside allí su quehacer como estabilizador social. Y muchas veces, la represión violenta de ciertos conflictos termina siendo una carga para el propio aparato político-administrativo y se vuelve cada vez más necesaria la instauración de nuevas formas de derecho, es decir, formas de normativizar esa violencia. Así las luchas socioterritoriales se insertan en este complejo proceso político de represión y reparación quedando sometidas a la lógica de la reproducción del capital. La figura del laberinto nos permite ilustrar que ni bien lxs sujetxs irrumpen en la disputa, las sendas marcadas para transitarla se bifurcan, se cierran y aparecen las encrucijadas, en tanto desde el Estado se habilitan varias posibilidades de acción y se clausuran otras, de modo tal que se difiere la resolución y no cambia sustancialmente el estado de cosas.

Conclusiones

Como hemos visto en este capítulo nos ocupamos de presentar nuestra conceptualización de Estado así como el modo específico de ejercicio de la estatalidad circunscrita a la disputa socioterritorial. Sabíamos que nos enfrentábamos al desafío que señala Lechner (1981) cuando explica que una investigación sobre el Estado no puede partir de una definición dada para solamente lograr su concreción histórica, ni de una existencia evidente y tangible que solamente faltaría nombrar. Entonces, a modo de articulación y cierre de esta presentación, repasamos que para componer nuestra concepción, nos apoyamos en Gramsci y Zavaleta y la relación justa entre lo orgánico y lo coyuntural. Lo interpretamos como resultante de entrecruzar distintas dimensiones, de lo abstracto y lo concreto, de lo general y lo particular; asimismo atraviesa distintas duraciones, nos referimos al tiempo largo, mediano y al propio de los acontecimientos[12] y a distintas espacialidades como son la local, la provincial y la nacional. Esta combinación de dimensiones responde a lo complejo de analizar la dominación y habilita a dar cuenta de sus particularidades.

En síntesis, desde la dimensión del largo plazo, es decir, la visión en clave estructural u orgánico, lo presentamos como la forma abstracta y, a su vez concreta, de la organización de la dominación política de las relaciones sociales capitalistas, no es neutral, ni tampoco una mera arena de disputas, sino un vehiculizador de una determinada relación de fuerzas sociales en conflicto y en su accionar, complejo, contradictorio, interpretado aquí como estatalidad, es garante de la acumulación privada. En este sentido, lo conceptualizamos como Estado capitalista, pero también y simultáneamente diferenciamos las formas concretas, particulares e históricas que asume ese Estado capitalista, que también y al mismo tiempo, es argentino y rionegrino. De modo tal de acotar en tiempo y espacio esa compleja y contradictoria relación Estado-sociedad. Complejidad, como ya dijimos, expresada en idas y vueltas, marchas y contramarchas que nos hacen calificar el accionar estatal como plagado de contradicciones. Ahora bien, este despliegue de contradicciones no debe interpretarse como factores aislados, sino como expresiones de un conjunto social complejo de condiciones de producción y de explotación. Ratificamos la idea de que el Estado está objetivamente relacionado con el resto de la sociedad (Zavaleta, 1985) y que no buscamos compartimentar la presencia estatal sino desmenuzar su análisis, para luego recomponer la estatalidad en la disputa socioterritorial. Es decir, la reproducción de una formación social debe ser sistemática y continuamente mediada por el accionar de su aparato político-administrativo. En su particularidad como aparato de dominación y administración el Estado es el reorganizador de esas condiciones sociales generales y cuenta no sólo con las fuerzas represivas, sino con la ley y la justicia, con los recursos materiales e ideales para producir y reproducir las relaciones sociales capitalistas, y debe siempre erigirse y realizarse en el proceso de enfrentamiento entre las clases y los grupos sociales. Es por ello una instancia organizadora relativamente autónoma y provista de medios particulares necesarios para su quehacer.

Por su parte entendemos que la estatalidad en la disputa socioterritorial se va entretejiendo en el conflicto, el quiebre y la negociación, estando esas acciones moduladas por la experiencia y los entramados simbólicos. Asimismo, está modelada por la historicidad, es decir, por la relación pasado-presente, más específicamente por el peso de la tradición, en las decisiones y acciones presentes así como por los modos de resistencia-sujeción en la dominación estatal.

Afirmamos así que la estatalidad va conformando un laberinto. Señalamos que, por un lado, emplea una doble vara y, por el otro, blande dos temporalidades: la presente y otra futura. Demostramos la ambigüedad en la relación que mantiene con lxs sujetxs en lucha y sus reclamos territoriales. Ofrece remediar las necesidades más urgentes, aunque lo hace en forma de promesas muchas veces incumplidas. Así observamos que coexiste el diálogo con acciones de persecución política, hostigamiento y criminalización de lxs luchadorxs. Esta ambivalencia es el modo de producir-reproducir la subalternidad y, en el mismo movimiento, genera la desigualdad económica y social y habilita y materializa el despojo territorial. La estatalidad infiltra, imbuye aquello que preexiste, que emerge, que reclama, que resiste y administra la pertenencia, gestiona la integración a una estatalidad ordenadora. Así, un modo de pertenecer al Estado se impone por sobre otros.

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  1. Este capítulo se enmarca en una línea de investigación sobre la conflictividad en torno a las tierras para ser habitadas y Estado y a su vez, sintetiza el aporte principal de la tesis doctoral titulada Estatalidad en la disputa socioterritorial mapuche en Fiske Menuco / General Roca (1997/2017).
  2. Es Ernesto Laclau (1981) quien presenta estos debates y en una versión más actual puede verse a Pablo Miguez (2010). En esta corriente se deriva el concepto de Estado del concepto de capital, se deriva sistemáticamente el Estado como forma política de la naturaleza de las relaciones de producción.
  3. Respetamos el aparato conceptual y el vocabulario propio de cada una, y sostenemos que muestra la variedad de encuadres, enfoques y miradas.
  4. Teórico de nacionalidad boliviana, 1935-1984.
  5. La noción de traducción, que como sostiene Cortes (2012) es una clave para analizar las derivas del marxismo en América Latina, articula la potencialidad crítica del marxismo en tanto teoría con aspiración universal con la especificidad de las historias locales.
  6. Sostiene que esas elaboraciones teóricas describen más bien datos factuales que marcos metodológicos para estudiar el Estado. Distingue entre instrumentalismo y una situación instrumental. Para él, la forma instrumental es una reminiscencia de los momentos primarios del poder como por ejemplo el Estado durante el momento de acumulación originaria.
  7. “De otro lado, nadie podría negar la relación que hay entre el ritmo de rotación del capital y las grandes totalizaciones capitalistas, como la nación y el Estado moderno, y aun entre el valor como forma general y la producción de sustancia estatal, o, por último, entre el patrón de desdoblamiento de la plusvalía y la formación capitalista total. Algunos de estos aspectos han sido estudiados con lucidez por la llamada escuela lógica del capital” (Zavaleta, 1985: 82).
  8. En su texto: “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial” (2009).
  9. La refiere a la concepción de “bloque histórico” de Gramsci (1972).
  10. Ver también Mazzoni, Schleifer y García (2013).
  11. Sobre la ficción del “Estado ausente” o del “retiro del Estado” ver el mito del desdibujamiento (Cortés, 2012) o la crítica a la minimización de los Estados (Bonnet, 2012; Bonnet y Piva, 2011)
  12. Nos referimos a las tres duraciones propias de la Escuela de los Anales (Braudel, 1959).


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