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6 De los afectos y otros demonios

Motivaciones, gratitudes y gratificaciones del cuidado infantil

Este capítulo se centra en la dimensión moral y afectiva del cuidado, a partir del restablecimiento de una discusión fundamental para las políticas de infancia: el lugar de los afectos en sus niveles institucional y cotidiano, desnaturalizarlos, interrogarlos y, en esta medida, ampliar las comprensiones que tenemos sobre la agencia en condiciones de subordinación infantil. Es decir, se sitúa para los análisis la relación de la emocionalidad con la agencia y el papel que desempeña en las relaciones de cuidado.

Se propone pensar los afectos hacia los niños desde una perspectiva analítica, considerando que la infancia como categoría surge justamente a partir de lo que identificó Ariès (1987) como el sentimiento moderno de infancia, en palabras de Alzate (2004), “como representación de un sentimiento de sociabilidad propiamente moderno, que se ha vuelto esencial hoy en día para prácticamente todas las sociedades desarrolladas o no” (p. 1). Es decir, no siempre la niñez ha sido objeto de amor, cuidado y ternura, sino que esta sensibilidad especial comenzó a perfilarse en Europa a partir del siglo XVI y de forma simultánea sus formas de institucionalización. El descubrimiento de la infancia moderna se ha dado a la par con la aparición de instituciones donde se cuida y educa a los niños. Entonces, no siempre se ha sentido lo mismo por los niños y las niñas, su valor social ha cambiado, así como las formas y lugares en los que trascurre su cotidianidad.

Por otro lado, se retoman los planteamientos de Zelizer (2009) respecto a la intersección entre la economía y los afectos, particularmente haciendo una mirada a lo que denominó trabajo relacional, para nuestro caso específico, el cuidado infantil. La autora manifiesta que los seres humanos tejemos lazos diversos y cruzamos constantemente los límites entre esas esferas supuestamente irreconciliables, de manera que las prácticas económicas y los lazos sociales se cruzan e interceptan cotidianamente.

Estos planeamientos abren una línea analítica potente para pensar la dimensión afectiva de las políticas para la infancia, ya que las definiciones y las formas de negociar los significados se convierten en elementos claves de análisis. Comprender las formas en que las personas significan y construyen las relaciones interpersonales, así como las motivaciones que tienen y las retribuciones que esperan a cambio, nos proporciona una percepción del discurso moral y de las distinciones prácticas para abordar las relaciones interpersonales.

En primer lugar, se reconoce que no todos los afectos son tratados de la misma forma. Hay algunos que son exaltados, que se pueden sentir: los afectos disponibles, pero esa hiperexaltación afectiva no es tan uniforme y homogénea como parece inicialmente; aparecen, a su vez, aquellos afectos sobre los que no se habla, los que se ocultan: los afectos omitidos.

En segundo lugar, se presenta lo que hemos denominado figuras morales[1] del cuidado infantil. La primera de ellas hace alusión a las “descuidadas” –en femenino–, es decir, aquellas mujeres que no cuidan bien de los niños; la segunda, la que refiere al sacrificio y al dolor como lugares de legitimidad; y la tercera, dos imágenes fantasmagóricas del cuidado infantil: “los niños sin amor” y “las familias que no quieren a sus hijos”.

Finalmente, se expone el posicionamiento del cuidado como una tarea por la cual no se espera un pago, sino que más bien se la considera como una tarea impagable, en la cual el niño queda en el lugar de reciprocidad y sus maneras de comportarse se convierten en formas de gratitud.

6.1. Todo por amor

Uno de los hallazgos que llamó mi atención al analizar las entrevistas sobre las motivaciones y retribuciones frente al trabajo de cuidar, es que en todas ellas, sin excepción, se aludía al amor hacia los niños y a los afectos de manera reiterativa y contundente, incluso era difícil poder establecer una conversación que no cayera en este terreno. El amor apareció como la principal característica para poder cuidar a un niño, pero, a su vez, este amor se convertía en la principal motivación y gratificación. Un amor amalgamado que era condición, gratificación y remuneración.

Las motivaciones de las cuidadoras respecto a su trabajo estaban orientadas primordialmente a la gratificación que implica estar cerca de los niños. Principalmente, vinculan su motivación con aspectos afectivos que comprenden lo que ellas han significado como muestras de agradecimiento y reconocimiento de su trabajo por parte de ellos. Es el afecto su principal retribución y lo ubican muchas veces como el objetivo de su trabajo. Esto se hace evidente en afirmaciones tales como:

Más que me paguen la pensión, es como le digo yo, los niños me quieren, yo los trato bien, estoy haciendo una buena labor. (MC06-01, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

   

MC01–Claro. Hay una motivación aquí mucho más allá, como dice M., porque la plata no es ni un mínimo…

MC02–Acá es como un trabajo social porque todas no ganamos el mínimo.

MC03–Es un trabajo social que hacemos nosotras con los niños.

MC04–Nosotras no tenemos prestaciones, no tenemos nada…

MC05–Solamente es una beca[2]. (GFMC01, Madres comunitarias, comunicación personal, 11 de octubre de 2012)

Como puede verse, los discursos afectivos encierran amalgamientos, desplazamientos, exaltan, ocultan, solapan. Como afirman Abramowski y Canevaro (2017) pensar los afectos implica “pensar los sujetos con sus ambivalencias, contradicciones, paradojas y conflictos” (p. 15). Por ello, es preciso analizarlos, interrogarlos, como propusimos inicialmente, ya que lejos están de ser naturales e ideales.

Este amor no es instintivo, ni natural, ni unívoco, lo cual no significa que no le atribuiremos un valor importante. No es puro, ni ideal […] el interés no está ausente y a veces el odio habita las prácticas educativas, la desconfianza se esconde tras las palabras amables, y la voluntad de poder empaña los ideales. (Cornu, 2011, p. 18)

Se propone desplegar una línea analítica que permita, a lo largo del capítulo, desnaturalizar y problematizar el amor por los niños, así como retomar algunas discusiones pendientes que esta naturalización no ha permitido y que están en el centro de las relaciones de cuidado; esto es, la dimensión afectiva, una dimensión fundamental para el análisis de las políticas para infancia.

Las políticas para la primera infancia han sido tratadas mayoritariamente desde una perspectiva técnica y gerencial, pensadas como estrategias que se implementan a modo de pasos y recetas, dejando de lado los sentidos y afectos que vehiculizan. De este modo, proponemos que dejen de ser una “caja negra” para entrever parte de lo que se oculta y eclipsa dentro de ellas.

Desnaturalizar y problematizar los afectos hacia los niños en ningún caso los niega, descalifica o sanciona. No se pretende socavar el afecto y la solidaridad interpersonal que están en juego dentro de las prácticas de cuidado, pero sí desplegar miradas analíticas para abordarlos, iluminar aquello que se silencia, que queda confinado a lugares oscuros del proceso y que lo afectan directamente. Los afectos existen y están presentes irremediablemente, quiérase o no, en las relaciones de cuidado. Las interacciones cotidianas y “de afecto son indispensables y el cuidado que se da en su marco, en muchas dimensiones, es y será siempre irremplazable y fundamental para el desarrollo de las personas y de su psiquismo” (Sojo, 2011, p. 17).

Los afectos están ahí: a veces no nos queda otra que lidiar con ello […] afirmar lo contrario sería tácitamente confinar a los afectos al terreno de lo caprichoso e indómito, o de lo ingenuo y sentimentaloide, o de lo estrictamente privado y singular. (Abramowski, 2010, p. 141)

6.2. Los afectos omitidos

Paradójicamente, en las instituciones de cuidado infantil se observa una hipervisibilización afectiva, pero, a su vez, un ocultamiento de los afectos. Por un lado, se identifican frecuentes demostraciones afectivas, abrazos, besos, mimos, palabras cariñosas; acciones que son exaltadas en los discursos de las cuidadoras, quienes catalogan el amor como un factor no solo central, sino esencial para estar con los niños: “cuidar un niño es darle amor” (MC07, comunicación personal, 28 de mayo de 2012). Por otro lado, se pudo observar que se silencian aquellas emociones y sentimientos que denomina Abramowski (2010) como afectos inapropiados, es decir, los odios o las contradicciones afectivas, los cuales se callan y se ocultan, sobre los que no se habla o se hace en voz baja en medio de la vergüenza y las risas nerviosas. Es claro que, para encajar dentro de una representación adecuada del cuidado, estos afectos no deben tener lugar, pero no quiere decir que no existan.

Entrevistadora–Claro. Cuénteme sobre ello… Los niños son lindos, pero también, como tú misma lo dices, te sacan la piedra…

MC–Sí. No, a veces uno así como que “¡Ay! Dios mío, de verdad que yo quisiera tener otro trabajo”, dice uno a veces “¡Uy, no, qué pecado!”. Tiene que saberse uno controlar, o sea, eso ya es que le nace a uno […]

Entrevistadora–¿Y qué haces cuando te sacan la piedra?

MC–Yo “¡Uy!”… Entonces, a lo último yo resulto es abrazándolos y yo como que suspiro porque ya uno sabe. De pronto, “Pao, pao, le voy a decir a la mamá”, lo que más uno les dice. Entonces, “Le voy a decir a la mamá”, porque como uno dice que la mamá sí le puede pegar, entonces, “Le voy a decir a la mamá que le pegue” [Risas].

Entrevistadora–Claro.

MC–Uno hace eso. Cuando ya está uno como… “¡Ay! Ya a usted no lo quiero”, “No, mijito, hasta ahí llegamos”, así les digo yo y “Pao, pao” les hago. [Risas].

En el diálogo anterior, se evidencia el deber de actuar adecuándose a un ideal sobre lo que se supone es una buena cuidadora de niños; aparece así la obligación de hacer un performance permanente de alegría y placer: “o sea, no tener amargura en la cara, es ser un payaso” (MC01-01, comunicación personal, 23 de mayo de 2012). Ese performance evidencia el aprendizaje y el entrenamiento que ha existido respecto a lo que debemos sentir por los niños, “amor puro”, y que se repite en los discursos de quienes tienen prácticas cotidianas con ellos. Abramowski (2011) lo identifica en los discursos de los maestros y afirma al respecto:

decir que el placer o sentir cariño por los niños se entrena o disciplina, que no es natural, espontáneo o inmutable no significa en absoluto negar la existencia real de los sentimientos. Por el contrario, esta afirmación conduce a sostener que los sentimientos efectivamente sentidos por los docentes no se alejan, sino que son producto de los sentimientos pensables, decibles y disponibles para ser sentidos en determinados tiempos y espacios. (p. 86)

No se siente cualquier cosa por los niños, existen unos afectos disponibles, apropiados y decibles. Se debe demostrar que se es feliz cuidándolos, lo que a su vez coloca a determinados afectos y emociones en lugares vedados u ocultos. Como consecuencia de esto, el cuidado infantil ha quedado confinado a una tarea natural, placentera, libre de contradicciones y sinsabores permanentes.

A mí un día me escaparon lágrimas delante de los niños y los niños me dijeron “Profesora, ¿qué tiene?”, y a mí se me salieron unas lágrimas, no me pude contener. Porque también hay momentos de debilidad de uno, somos humanos. Y ellos me vieron con lágrimas, “–Ay, la profe está llorando. ¿Qué tiene? –Es que tengo un dolor de cabeza, papito, pero ya me va a pasar”; me dijo un niño, Keiner, “Yo le traigo una pastica mañana” [Risas]. Hay veces que uno… pero no, lo máximo uno tiene que controlarse. (GFMC01, Madre comunitaria, comunicación personal, 11 de octubre de 2012)

Los afectos disponibles modulan y regulan formas específicas de ser cuidadora y de producir infancia, delinean una línea clara entre lo que se puede sentir o no por los niños y establecen formas específicas de interacción entre adultos y niños, tanto desde el nivel institucional como cotidiano. Se convierten, entonces, en componentes constitutivos de las relaciones de cuidado.

En consecuencia, los espacios destinados para el cuidado de los niños y niñas más pequeños se han convertido en escenarios de simulación permanente, en donde no deben existir tensiones, contradicciones o dificultades. El mundo de la primera infancia debe ser un mundo no solo aséptico respecto a la limpieza del cuerpo, como lo profundizamos en el capítulo 5, sino también frente a las emociones y afectos inapropiados.

Malajovich (2002), en un estudio sobre representaciones de infancia en la educación inicial en Argentina, señaló que se mantiene una imagen “edulcorada” sobre los niños y niñas. Se trata de imágenes circulantes entre los discursos de las cuidadoras y que están fuertemente ancladas a los escenarios para la primera infancia; representaciones que instalan sobre las relaciones entre cuidadoras y niños un manto de amor homogéneo que no da lugar a la variedad de emociones y contradicciones propias de las interacciones entre adultos y niños: Entrevistadora–¿En tu trabajo hay momentos donde sientes rabia o tristeza? MC–No, rabia no. En mi corazón no existe la rabia” (MC03, comunicación personal, 24 de mayo de 2012).

Inmediatamente, al indagar por aquellos afectos indecibles, las cuidadoras se alertan, lo cual deja en claro que no es posible hacerlos visibles, puesto que podría ser evidencia o característica de una mala cuidadora. En esta misma vía, otra de las cuidadoras manifestó:

MC01–Y uno ante el niño puede tener la rabia que haya tenido, pero ante los niños tiene que tener eso guardado.

Entrevistadora–O sea que esos sentimientos hay que guardárselos…

MC01–Sí. Delante de los niños uno tiene que guardárselos. Yo, por ejemplo, soy muy llorona, y delante de ellos no.

MC02–Todos los problemas dejarlos afuera de la puerta y estar uno en lo que es el trabajo con los niños.

MC01–Porque ellos son muy observadores.

Entrevistadora–¿Y eso es posible? ¿Dejar los problemas afuera en la puerta?

MC02–Sí.

MC01–Sí. Uno se acostumbra.

MC02–Uno se olvida de todo y aquí está pendiente de lo que viene a hacer, que los bebés, que los niños… (GFMC01, Madres comunitarias, comunicación personal, 11 de octubre de 2012)

Un mandato de placer que no solo está presente en los discursos de las cuidadoras, sino que también se vehiculiza desde los operadores de programa; como lo mencionamos anteriormente, esto hace parte de los “discursos disponibles” socialmente para relacionarnos con los niños y niñas.

Así se note como egoísta, pero eso es básicamente lo que cada una debe llegar a hacer, a trabajar con esos niños. Y que sea muy, muy, muy despejado de todos sus problemas, que no se note que usted está frustrada, que está estresada, que fulanita le cayó mal, no. Si usted tiene que cogerse de la mano para hacer una ronda con alguien, hágalo, es su trabajo, es su trabajo y es la manera de usted enseñarle a ese niño que yo puedo compartir con los demás. (FO1, comunicación personal, 31 de mayo de 2012)

   
Entonces, yo les digo “Es mejor que ustedes busquen una persona, o al menos lloren, desahóguense en la casa y aquí hagan lo del payaso, pero que no sea notorio porque los niños eso lo entienden, eso lo absorben”. (FO2, comunicación personal, 1 de junio de 2012)

Acerca de los afectos omitidos y censurados, tampoco se encontró ninguna mención en los niveles institucionales del programa. Esto pone de relieve cómo los programas para la infancia, tanto en los niveles cotidianos como en los de diseño, han invisibilizado los conflictos y tensiones que se presentan y han naturalizado determinados afectos y sentires, de forma tal que solo es posible sentir determinadas cosas por los niños, vedando mucho del involucramiento emocional que representa el cuidado. De este modo, se deja en el ámbito de lo oscuro, de lo indómito, gran parte de las emociones que emergen en el cuidado diario, sin darles lugar y sin tener la posibilidad de reflexionar sobre ellas, pues no están disponibles tan siquiera como posibles sentires.

Las tensiones y conflictos sobre los que no se habla se ponen en otro lugar, ya sea como conflictos con las familias o como incapacidades de los individuos, pero nunca como parte central de una relación vinculante y afectiva como lo es la de cuidar. Esto contrasta con las observaciones realizadas, en las que el conflicto y la tensión entre adultos y niños eran cuestiones permanentes en la cotidianidad.

En las prácticas de cuidado, el amor –supuestamente natural– eclipsa la interacción y lo que esta conlleva, y como ya lo advertimos, quedan invisibilizados las tensiones y los conflictos, lo que repercute directamente en las comprensiones que tenemos del cuidado infantil, pues se convierte en mera acción unidireccional, en un dar y hacer permanente, en el que no tiene cabida la complejidad propia de las interacciones entre adultos y niños.

Los niños no son actores pasivos dentro de las relaciones de cuidado, también se resisten, transforman o tensionan la relación; no evidenciar esto dentro de las comprensiones de cuidado infantil los ha dejado en un lugar pasivo en el que no se da espacio a su agencia ni a las formas en que esta se manifiesta. Seguir enfatizando únicamente en la acción y no en la interacción, ha dado lugar a que despleguemos acciones que, por mucho que se hagan “en nombre del amor”, si no se está en sintonía con el otro, con sus necesidades y sentires, muchas veces se transforman en acciones arbitrarias e incluso violentas.

Las relaciones entre adultos y niños son complejas, no siempre placenteras, no siempre mediadas por el amor y la alegría; la rabia, el asco o el cansancio también están presentes. Hacer este reconocimiento, aunque lleno de obviedad, sigue siendo una revelación que no queremos –o no podemos– escuchar, que se sanciona y que lleva a quien evidencie la complejidad y dificultad al lugar de mal cuidador. Esta complejidad exige mayor reflexión y poner en el centro de los estudios de la infancia los afectos, así como se vuelve fundamental abrir espacios para que las cuidadoras puedan hablar de aquellos “indecibles” y puedan repensar las interacciones. Es necesario, entonces, como afirma Cornu (2011), “desconfiar del discurso del amor por los niños cuando se convierte en un mandato sin reflexión” (p. 19).

6.3. Figuras morales del cuidado

Un segundo hallazgo es que, a la par de las referencias constantes a procesos afectivos, se identificaban sentencias de tipo moral. Vianna (2010), en sus análisis respecto a los procesos de adopción de niños a inicios del siglo XX, encontraba una línea discursiva muy parecida a la que se encontró en las entrevistas con madres comunitarias y miembros de familia del programa, a la cual denomina como gramática moral del cuidado. Esta gramática articula representaciones morales, gratificaciones y procesos afectivos, que por encontrarse amalgamados bajo significaciones superpuestas, no siempre son visibles y muchas veces aparecen de formas contradictorias.

Al indagar sobre el cuidado con las cuidadoras, se encuentra un lenguaje de carácter moral que condensa significados, sacrificios, beneficios y recompensas, todo un terreno abonado que legitima y deslegitima actos que son calificados como apropiados o no. Hablaré aquí de tres figuras que aparecen con gran fuerza en los discursos de cuidadoras, miembros de familia y funcionarios del programa, y que dan lugar a formas específicas de significar el cuidado, la infancia y la familia: las “descuidadas”, aquellas mujeres que no cuidan bien de los niños; el sacrificio y el dolor como lugares de legitimidad; y dos imágenes fantasmagóricas sobre el cuidado infantil que son “los niños sin amor” y “las familias que no quieren a sus hijos”.

6.3.1. Las descuidadas

En las entrevistas realizadas, se identifican de forma constante señalamientos a quienes no entran dentro de la imagen o representación de lo que se supone es una “buena cuidadora”. Tanto en los discursos de las madres comunitarias como en los de las madres de familia, se hace alusión constante a otras mujeres que no cuidan bien de los niños. El cuidado se significa a partir de una representación en la que unas encajan y otras no, se distingue entre quienes lo hacen mal y quienes lo hacen bien como dos grupos distintos[3].

Así, se ejemplifican o mencionan comportamientos de otras mujeres que son inapropiados, generalmente para legitimar el lugar de buena cuidadora –el propio–. En estos discursos, en primer lugar, el mal cuidado tiene género: siempre se alude a “las descuidadas”; en segundo lugar, el cuidar se convierte en un rasgo de la personalidad, en una identidad, pues se pasa de una acción a un adjetivo que califica al sujeto como “descuidada”; y, en tercer lugar, una mala cuidadora es un sinónimo de mala madre, lo cual circunscribe el cuidado a una tarea maternal.

Lo digo porque, en especial, en mi caso, tengo una amiga, tiene dos niños y ella no les presta atención, para ella ser buena madre es conseguir la plata como sea y dejarlos todo el día encerrados en la casa con la mamá. Eso es ser buena madre porque no les falta nada como ropa y como comida. (MF02, comunicación personal, 25 de mayo de 2012)
   
Porque he visto casos por la televisión de mamás que dejan desnutrir a los niños, los maltratan y los abandonan. Prácticamente, eso es no ser mamá porque ¿para qué se pusieron a hacer un niño y no los van a cuidar? Pues, para mí, todas no digamos que seamos buenas mamás, pero hay unas que mejor dicho… (MF09, comunicación personal, 29 de mayo de 2012)

Lo inapropiado, entonces, es asociado con aquellas mujeres que anteponen sus necesidades o intereses a las necesidades de los niños:

Es que hay mamás que, por ejemplo, se van allá a parrandear, a estar con su amigo […] Tome, le pago tanto y me cuida el niño mientras yo estoy por allá divirtiéndome. Eso ha pasado. Y hay mamás que se lo dejan cuidando es a las abuelas alcahuetas para que estén gozando, sin comida, sin ropa limpia, nada de eso. (GFMF02, Miembro de familia, comunicación personal, 13 octubre de 2012).

Esas malas madres gozan, se divierten, tienen una vida más allá de sus descendientes, se priorizan a ellas mismas por encima de los hijos. Aparece aquí la clásica disyuntiva “Children (but not women) first” [“Los niños (pero no las mujeres) primero”], como lo afirma Lister (2006), la cual ha generado, por un lado, la convicción de que el mejor cuidado es el exclusivamente materno (Fonseca, 2011) y, por otro, una separación entre las necesidades de niños y mujeres, en donde las necesidades maternas, y en general las de las cuidadoras –madres o no–, son eclipsadas por las de los niños, quedan así en disyuntiva y no como interdependientes.

En eso de que están pendientes de una cosa… yo tengo una amiga allá en el barrio de Caracolí y ella se sienta y descuida al niño, y aquel día, como loca, busque al niño, “El niño se me perdió” dijo, en un descuido suyo lo dejó con una ciclita por ahí y el niño ya estaba por allá arriba en la otra calle jugando, y es un niño apenas de 3 años. Ella “No, es que me senté acá a hablar”, entonces, prefirió hablar con los amigos que estar pendiente del niño y lo descuidó y por allá se le fue. (MF04, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

Se trata de mujeres que no están permanentemente con sus hijos, que nos los cuidan de forma exclusiva, que delegan o buscan ayuda de otros para su cuidado; es una cuestión paradójica, porque incluso quienes llevan a sus hijos al hogar comunitario son juzgadas por esto. Generalmente, en la mañana, en el momento en que las madres dejaban a sus hijos en el hogar comunitario, se generaban conversaciones entre las madres comunitarias sobre quiénes necesitan de verdad el cupo, sobre quiénes debían ser o no beneficiarias del programa, manifestaban que, si no trabajaban, por qué debía su hijo ser llevado al hogar, y sostenían que ese programa debía ser solo para madres trabajadoras; así dejaban entrever que mientras ellas cuidaban sus hijos, las otras se iban a descansar “o quién sabe qué”. Emerge la suspicacia sobre el tiempo de las mujeres, ese tiempo en el que no se sabe qué hacen.

No, o sea, hay muchas madres que sí vienen aquí y los dejan como por desencartarse de ellos y ellas hacer la tarde y la mañana lo que ellas quieran. Como hay personas que no, que por lo menos lo hacen porque trabajan y necesitan quién se los cuide, o sea, para tener un hogar comunitario para que se los cuiden y ellos poder trabajar y sustentar el diario para ellos. (GFMF02, Miembro de familia, comunicación personal, 13 de octubre de 2012)

Las madres deben estar siempre con sus hijos, todo el tiempo; solo se abre la posibilidad del cuidado por otros en el caso de que se trabaje. Se privilegia una imagen de mujer/madre en díada con su hijo y que no requiere tiempos personales para participar en procesos comunitarios, políticos o incluso de descanso, de ocio, de hacer lo que se quiere.

En la tarde, cuando las madres recogían a sus hijos, se generaban de nuevo conversaciones entre las madres comunitarias que generalmente versaban sobre cómo estaban vestidas las madres de familia, si venían arregladas, bañadas o si la falda era demasiado corta. Si estaban desarregladas, eran catalogadas como perezosas, cochinas; de la misma manera, si estaban muy arregladas, maquilladas y perfumadas, surgían miradas sancionatorias: “¿La vio? Como no cuida a su hijo, se la pasa todo el día emperifollándose”.

Como lo afirmábamos en el capítulo 4, es a través de apelar a la feminización y a la naturalización del cuidado que las mujeres de sectores pobres han logrado entrar en interlocución con el Estado y posicionar sus propias necesidades en el marco de la necesidad de cuidado de los niños. Esas mismas características que se han atribuido como aspectos del buen cuidado y que se catalogan como particularidades femeninas, se utilizan en las relaciones entre las propias mujeres para generar jerarquías entre ellas, según se acerquen o alejen a la imagen que se ha posicionado de buena cuidadora.

El cuidado infantil aparece en los discursos de las cuidadoras como una práctica que se debe realizar de forma directa y permanente. El tiempo dedicado es un elemento altamente valorado y exaltado en los discursos de las madres comunitarias: “el permanecer tiempo con los niños”, “el tener tiempo para ellos”; se convierte así en un aspecto central del cuidado, un elemento que valida al buen cuidador, que lo hace mejor conocedor de los niños y sus necesidades. De nuevo, como ya lo hemos señalado, aparece la imagen de una familia que no da lo suficiente a sus hijos, en este caso tiempo, como queda expresado en una de las opiniones planteadas en el grupo focal realizado con las madres comunitarias:

Yo creo que ese espacio lo llenamos nosotras acá, también porque nosotras como tenemos más tiempo y ese es el trabajo de nosotras, pues les dedicamos más tiempo, creo que podemos hasta incluso decir que los apoyamos más, los conocemos hasta mucho más por el tiempo que están con nosotras. Eso es para los niños que tienen las mamitas que trabajan, que a veces el niño le dice “–Mamita, tal cosa. –No, estoy muy cansada, no”. Entonces, yo creo que ese espacio lo llenamos nosotras un poquito más, me atrevo a decir que hasta más que las mamitas; que les damos más en cuanto a afecto y yo creo que les damos más confianza, porque ese es el trabajo de nosotras. En cambio, las mamás que les tocan trabajos muy duros y verdad llegan cansadas. Entonces, yo creo que a veces les damos un poquito más, creo. (GFMC01, Madre comunitaria, comunicación personal, 11 de octubre de 2012)

Estas alusiones constantes a la disposición y a la cantidad de tiempo proporcionado coinciden con los hallazgos de la investigación de Batthyány, Genta y Perrotta (2013) respecto a los discursos expertos sobre el cuidado. Estas investigadoras encontraron que el tiempo cobra un lugar prioritario cuando se trata del cuidado de niños y niñas, en contraste con lo que se expresaba para el cuidado de adultos mayores.

En el caso del cuidado a personas mayores, la importancia del vínculo afectivo no se relaciona con una cantidad de tiempo determinada; por ejemplo, se expresa que puede ser suficiente una llamada o una visita, además, se contempla que no sea la familia la que brinde el cuidado de forma directa, sino que el énfasis está en que se haga con calidad. Por el contrario, para el cuidado infantil, se parte de la idea de que la familia es quien debe cuidar a los niños y niñas directamente –especialmente, la madre–. Se plantea como indispensable satisfacer el componente psicológico a través del acompañamiento en las actividades cotidianas, lo que implica un alto porcentaje de tiempo diario de cuidado directo (Batthyány, Genta y Perrotta, 2013).

El tiempo que las madres comunitarias permanecen con los niños y niñas las hace reafirmarse como buenas cuidadoras, incluso consideran que las convierte en segundas madres, y los niños que cuidan en sus hijos, tal como lo expresó una de las entrevistadas, cuya opinión también evidencia que se tiene a la interacción directa y permanente como una cualidad obligatoria del cuidado infantil:

Porque los niños permanecen mucho tiempo más con nosotras que con la mamá, porque ellos llegan a las 8:00 de la mañana y se van de aquí casi a las 4:00 de la tarde, entonces, permanecen todo el tiempo en el día con nosotras. Por eso, nosotras somos la segunda madre de ellos y ellos son nuestros hijos. (GFMC01, Madre comunitaria, comunicación personal, 11 de mayo de 2012)

Por su parte, los niños que están aparentemente solos, sucios, en la calle o en sitios públicos, son niños que se supone están mal cuidados, que siempre detrás de ellos hay una “mala cuidadora” que no los ha priorizado.

MF–Ellas no hacen sino, por lo menos, traer hijos al mundo para que otras personas se los críen, prácticamente. No hacen sino traigan y traigan criaturas al mundo y que otra persona se los cuide. Y ellas sí gozar de la vida como si no tuvieran nada por quién responder y a quién cuidar.

Entrevistadora–¿Cómo son esos que no cuidan bien?

MF–Los dejan por ahí abandonados solitos. Los dejan por ahí solitos, que se haga cargo otra persona que los cuide y los vea y todo. No los cuidan bien.

Entrevistadora–¿Los abandonan?

MC–Tal vez abandonan en un sentido que los mantienen todos desordenados en la calle, que mantienen más pendientes de ellas que de los hijos, pienso yo. En la comida, esos niños que ve uno en la calle ir de un lado para otro y peladitos, en cuquitos las niñas, sin zapatos, descalzos al rayo del sol… En eso, me imagino yo. (GFMF02, Miembro de familia, comunicación personal, 13 de octubre de 2012)

Como puede apreciarse en los grupos focales con madres y padres de familia, de forma reiterada se hace referencia a las imágenes y sentidos que hemos presentado: malas cuidadoras que no están siempre con sus hijos, que los dejan solos o sucios, “abandonados”, que se priorizan a sí mismas; una imagen en la que todos coincidían. No obstante, en uno de ellos participó una madre que, al contrario de las demás, no hablaba de “otras” y no legitimaba su rol de buena cuidadora en contraposición a las “descuidadas”, como en la mayoría de los discursos, sino que se ponía a sí misma como ejemplo de alguien que no entraba en la imagen que los demás estaban relatando, pero sostenía que se considera una buena cuidadora. En su discurso relativizaba la limpieza y la asepsia –cuestiones que las otras tanto habían resaltado–, y planteó un nuevo sentido del cuidado, no circunscrito a la figura femenina materna que debe estar siempre al lado de sus hijos, e incluso señaló la necesidad de espacios de independencia para ellos “para hacer y ser”, ampliando el cuidar a una responsabilidad colectiva, más allá de una responsabilidad personal:

MF–Porque yo cuido muy bien a mis hijos. Yo trabajo en la plaza y yo dejo que se empuerquen.

Entrevistadora–Tú dejas que se empuerquen. ¿Para ti eso es cuidarlos bien?

MF–Pero uno trabajando y uno tiene que sostenerlos y todo… Yo, por lo menos, yo los suelto ahí, después los baño, los visto… y quedan arreglados otra vez.

Entrevistadora–Acá hay una diferencia, ella dice que ella los deja en la plaza porque trabaja en la plaza y que ahí se empuercan.

MF–Sí. Yo todo lo que les doy de comer, todo eso se chorrean… Así estén en la casa también.

Entrevistadora–¿Pero eso no es falta de cuidado para ti?

MF–No. Yo a ellos los cuido, los veo, pero tengo que trabajar y mantenerlos, tengo que dejar que ellos también cojan ellos mismos.

Entrevistadora–O sea que aquí ella nos cuenta otra mirada. Les estábamos diciendo que hay que estar pendientes, pero ella nos dice “Los tengo que dejar”…

MF–Sí… Uno sí les pone todos los días cuidado, pero uno también tiene que trabajar y mantener, y cuidarlos. Yo los cuido, yo a ellos los suelto así en el suelo, ellos andan. Cuando tienen sueño yo los baño, los visto y los meto a la cuna. Como yo tengo un niño de 8 meses, entonces, yo lo suelto, lo baño, él se queda dormidito. Pero a medida que come, todo se vuelve repuerco, y vuelvo y lo baño y vuelvo y lo visto.

Entrevistadora–¿Y a veces hay gente que te ha dicho algo cuando los ve puercos?

MF–Ellos dicen “No deje ese niño por ahí que todo el mundo pasa, escupe y todo”. Entonces, uno tiene que cuidar… Sí, ellos se empuercan, se empuercan harto, yo los baño y todo. Ese día la niña jugando con los dedos en el parque… me echaron Bienestar Familiar.

Entrevistadora–¿Qué pasó?

MF–Por jugar en el sapito que bota agüita. Y ya estaban diciendo que estaba bañándose. Y estaba jugando, metiéndole el dedo así.

Entrevistadora–¿Y qué pasó?

MF–Me llamaron la atención y todo.

Entrevistadora–¿Qué le dijeron?

MF–Que no deje la niña jugando ahí, que no sé qué. Pero ellos tienen que jugar, uno cómo los va a tener amarrados, sentados al pie de uno, que no haga esto. No se puede, si ellos son libres para jugar también, como nosotros de pequeños también fuimos libres… A mí a veces me dicen que soy descuidada porque dejo los niños por ahí.

Entrevistadora–¿Y tú qué crees?

MF–Yo digo que no porque ellos juegan por ahí, yo qué voy a andar detrás de ellos, ellos juegan. Yo vendo ahí y ellos mantienen al pie mío. Eso no es descuidar que yo voy a dejar que ellos corran por ahí, yo voy y los busco, porque ellos se van por allá en la plaza, mantienen en la plaza, se van por ahí…

Entrevistadora–Pero tú crees que está bien.

MF–Yo digo que está bien porque ahí todo el mundo les pone cuidado. Y ellos son conocidos en esa plaza. (GFMF02, Miembro de familia, comunicación personal, 13 de octubre de 2012)

El cuidado como práctica social lejos está de tener una única definición. Sin lugar a duda, se ha legitimado a través de mecanismos específicos –de los cuales hablamos a continuación–, se ha encarnado en imágenes de “madre” y “mujer” que hemos naturalizado como unívocas del buen cuidado, y al tener la ilusión de que existe solo una forma de cuidar, se deslegitiman otras maneras de hacerlo y se niega su carácter cultural y contextualizado.

6.3.2. El dolor y el sacrificio legitiman a la buena cuidadora

En este apartado, toman vital interés las voces de las propias madres de familia que asocian a los niños con dolor y con sacrificio: “Yo siempre he dicho que hay mamás que como que no sienten dolor de parto, hablándolo así. Por lo menos, yo quiero mucho a mis hijos, y así como cuido a mis hijos también puedo cuidar otros niños” (MF03-01, comunicación personal, 25 de mayo de 2012).

Los niños se asumen como un bien preciado que solo lo merece quien no se divierte, quien se sacrifica. Un sacrificio que habilita y he aquí la gran gratificación como buenas cuidadoras. Este sacrificio, puesto en el fondo de los discursos, les permite legitimar las “buenas prácticas” de cuidado al investir de un don especial a quienes se amoldan a las representaciones de buen cuidador, a las cuales no todos, o mejor, no todas pueden acceder.

Entrevistadora–¿Usted cree que todo el mundo puede cuidar niños?
MC –No, no todos. No, porque hay personas que no tienen ese carisma. Yo creo que es algo que le nace, y hay personas que no, porque he hablado con personas que me dicen “No, yo con los niños no tengo genio”, hasta las mismas mamás le dicen a uno “No, es que yo no me aguanto este muchacho en la casa. Tan rico usted que tiene genio para aguantarse a todos ellos”. Entonces, no todos tienen ese carisma. No todo el mundo tiene eso. Y eso es algo que… Es como un don. (MC10-01, comunicación personal, 1 de junio de 2012)

El sacrificio que subyace a los discursos sobre el cuidado profundiza la relación asimétrica ya existente: la cuidadora se pone en un lugar loable y deja al otro como mero receptor de cuidados, que no puede corresponder, sino solo recibir y aceptar el sacrificio. Es así como el sacrificio convierte el cuidar en un acto sin reciprocidad, pero además abre la puerta a la frustración, al resentimiento y a la reivindicación: “si uno realiza un sacrificio, uno quiere hacerlo sentir a los demás, recordarles cuánto le ha costado” (Todorov, 2007, p. 93).

“La vida es muy injusta porque yo noto que sus hijos la adoran, no le dicen ‘mamá’ sino ‘mamita’”, y yo le digo “Mi hijo que doy la vida por él y que mantengo con él y que estoy pendiente de él, muchas veces es más odioso conmigo que sus hijos con usted y usted que no les dedica tiempo, no los lleva a un parque, no les gasta, o sea, nada, esos niños no saben qué es un fin de semana”, yo le digo eso, le reprocho eso, pero ella me dice que la vida es así y que ella cree que es buena mamá. Entonces, yo pienso que no. Habemos mejores mamás que otras. Para mí, la mejor mamá es la que se preocupa por un hijo y lo comprende de todas las formas y está con él en las buenas y en las malas. (MF02, comunicación personal, 25 de mayo de 2012)

Al retomar la lectura que realiza Vianna (2010) de las tesis de Durkheim al respecto de la doble función de la moral –por un lado, el poder sancionatorio, pero también, por otro, los beneficios que conlleva–, se puede considerar que las significaciones y prácticas de cuidado deben ajustarse a actos y representaciones de lo que se ha considerado socialmente como buen cuidado, representaciones que dan lugar a un espacio legítimo. Sin embargo, para investirse de dicha legitimidad hay que reproducirlas y, además, ser coherente con un conjunto determinado de obligaciones.

Hay mamás muy abandonadas que yo digo si será que no les duele o será que a ellas tampoco les dieron esa moral o ese cariño cuando ellas nacieron, o será que los papás también las abandonaron. No sé, de verdad yo no entiendo por qué los abandonan. Le digo, yo toda mi vida he tenido a mis hijos y los papás de mis hijos, después de que les digo que quedé en embarazo, se van, pero yo sigo con mi vida. Me da duro al principio, pero yo sigo, mi hijo no tiene la culpa, la culpa la tengo yo por no mirar con qué tipo fue que di. (MF10, comunicación personal, 12 de octubre de 2012)

La legitimidad como buena cuidadora, que se logra ubicándose en contraposición de “otras” que no saben cuidar, se convierte en un mecanismo útil que también es usado con las familias de los niños. Ponerse en oposición de un trasfondo oscuro, legitima el lugar propio –el de buen cuidador–, tema que ampliaremos en el siguiente apartado. En palabras de Abramowski (2010), al respecto de la legitimidad en el rol docente, “la afectivización sería una herramienta de legitimización” (p. 112), afirmación que nos hace pensar que, para el caso de las cuidadoras, el discurso afectivo ha sido la plataforma para legitimar su lugar. Esto puede ser explicado, en parte, por la inexistencia de mecanismos específicos que habiliten a las “buenas cuidadoras” y, además, porque la afectivización haría las veces de resguardo, de lugar seguro, ya que el amor impermeabiliza ante las contradicciones y las dificultades que conlleva la interacción con el otro, incluso el error y la equivocación.

6.3.3. Dos imágenes fantasmagóricas: niños sin amor y familias que no quieren a sus hijos

Como lo advertimos antes, del mismo modo en que se identificaron sentencias morales frente a las mujeres que no encajan en las imágenes que circulan socialmente respecto al buen cuidado, se encontraron también juicios de tipo moral hacia las familias de los niños participantes del programa. La legitimidad lograda inviste de un poder a las cuidadoras, de un don para identificar qué necesitan los niños y sus familias, lo que convierte a la atribución de necesidades en una acción permanente.

Es así como el involucramiento emocional que configura las prácticas de cuidado enmascara construcciones sobre los sujetos cuidados, en este caso, los niños; dichas representaciones no se limitan a ellos, se desplazan también a sus familias. El lugar de cuidadora legítima habilita para señalar cómo deben cuidar las familias a sus hijos, lo que supone una cuidadora que sí sabe lo que ellos necesitan y, además, se los brinda. Esta atribución es leída como necesidad y pedido de los niños, nunca como lo que es, como una lectura externa o atribución dada. En este punto, debe tomarse en consideración que “sostener que se sabe lo que un niño/adolescente/joven necesita implica una certeza como mínimo discutible y como máximo peligrosa, pero sobre todo la categoría de lo que necesita el otro deja de lado la categoría de lo que desea ese niño/adolescente/joven” (Corbo Zabatel, 2007, p. 127).

Entrevistadora–¿Y con los niños sientes que con algunos eres más cercana y con unos más distante?

MC–Sí. Que uno los quiere a todos por igual, pero hay niños que necesitan más de uno que otros, uno tiene que ver eso. Por ejemplo, a mí J. me causa mucha impresión, J. vive una vida de desolación, la mamá a veces pide en las calles, no tiene alimento…

Entrevistadora–¿Y esos niños hacen que tú estés más cercana a ellos?

MC–Sí. Entonces, yo digo que ese niño yo creo que la mamá mantiene brava porque no tiene ni para comer ni para nada, porque ella lo maltrata, ella es la que es groserísima. Yo soy la que más lo consiento porque digo “J. es muy consentido mío porque J. tiene muchos problemas”. Y la chiquitica [Risas]. […] Pero a todos los consiento. Ellos a veces me dicen “Profesora, usted a mí no me quiere, solo quiere a él”, entonces, los consiento a todos. Pero a veces uno se inclina más por unos que por otros, es verdad.

Entrevistadora–¿Por qué?

MC–Para qué voy a decir mentiras. “A todos los quiero por igual” sería mentira. A todos los quiero, pero hay unos que me llaman más porque yo sé qué es lo que necesitan. Me llaman a gritos, hay niños que a todo momento es “Profesora, abráceme”, “Profesora, deme picos”, porque lo necesitan, porque los papás trabajan y mantienen ocupados. (MC06, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

De esta forma, el cuidado se instala desde la provisión del afecto como una necesidad de los niños, lo que convierte a sus cuidadoras en dispensarias de amor y a los niños en carentes de afecto, y en consecuencia, a sus padres y madres en personas no aptas o con dificultades para expresarlo, que no prodigan el amor necesario o de forma adecuada a sus hijos.

Dentro de los documentos del programa, se habla de acciones que buscan cualificar o fortalecer los procesos afectivos de los miembros de la familia; tanto en los recientes como en los que se han emitido a lo largo de la implementación del programa, se subraya reiteradamente la necesidad de “fortalecer la responsabilidad de los padres en la formación y cuidado de sus hijos”.

Se brindará atención a las Familias en Desarrollo con niños y niñas desde su gestación hasta los dos años, con el fin de mejorar la función socializadora de la familia, propiciar el desarrollo integral de sus miembros y fortalecer la responsabilidad de los padres en la formación y cuidado de sus hijos. (Art. 1°, Acuerdo 39 de 1996)
   
Apoyar el fortalecimiento de la unidad familiar, su función socializadora y el desarrollo de habilidades para la convivencia y la resolución pacífica de conflictos, generando espacios donde las familias conozcan no solo sus derechos como familias sino sus deberes, responsabilidades y obligaciones con sus hijos/as. (ICBF, 2015, pp. 36-37)

Aparecen de forma contundente y reiterativa en los discursos de las cuidadoras, de los funcionarios y también en los documentos programáticos dos imágenes que por lo general se presentan juntas, dado que se retroalimentan la una a la otra: por un lado, la imagen de un niño desvalido, abandonado, necesitado, que requiere amor; y, por otro, la imagen de una familia pobre que no quiere o no sabe cuidar a sus hijos.

Porque hay niños que vienen de las casas con muchas falencias, que les falta afecto, que les falta amor, que no les inculcan valores, que no les inculcan deberes. Entonces, nosotras no decimos que vamos a reemplazar todo eso, pero en algo nosotras ponemos el granito de arena. (MC02, comunicación personal, 24 de mayo de 2012)
   
De pronto a los niños les falta, no a todos, afecto, afecto a los niños. Hay veces que los niños son rebeldes porque de pronto en la casa no les brindan como ese afecto. Hay veces los niños son agresivos porque tal vez en la casa les falta afecto, les falta diálogo. (MC03, comunicación personal, 24 de mayo de 2012)

Se han construido las representaciones del “niño sin amor” y de la “familia pobre que no quiere a sus hijos”, imágenes fantasmagóricas que atraviesan toda la región y sobre las que se ha soportado gran parte de la intervención para la infancia, se encuentran en los discursos de los cuidadores y de los docentes (Abramowski, 2010), así como desde los discursos políticos o jurídicos (Rosemberg, 2009).

Estas imágenes, utilizadas para legitimar las intervenciones y los programas para los niños y niñas menores de 6 años, refuerzan a la primera infancia como una categoría diferencial anclada a la inocencia, a la vulnerabilidad y a la dependencia, son generalmente de carácter descontextualizado, sustentan la idea de poner al niño en el centro –fuera del entramado relacional e institucional en el que se enmarcan las prácticas y relaciones–, con lo cual se destierra la complejidad, las tensiones y desafíos que surgen para dar lugar al despliegue de la agencia infantil.

En este punto, es importante aclarar que no estamos desdiciendo la importancia de las intervenciones y la responsabilidad del Estado en la atención a los niños y niñas más pequeños; simplemente, la intención es señalar la paradoja que surge al abordarlos como necesitados y deslegitimar a sus familias a partir de imaginarios de “precariedad afectiva” para poder circunscribir los programas y las intervenciones y establecer sobre quiénes se realizan.

Tales imágenes y discursos, además de hacer parte del ideario de cuidadoras y funcionarios, son vehiculizados desde de las propias intervenciones estatales para la infancia –políticas y programas– e impulsados en gran parte por los discursos expertos o de “comunidades epistémicas”, como las llama Fonseca (2011), las cuales se apoyan en “evidencia científica” y así han convertido las investigaciones en generalizaciones atemporales y descontextualizadas que reproducen estereotipos sobre niños y familias pobres.

Por su parte, los programas de educación infantil inspirados en Early Child Development, liderados por el médico canadiense Fraser Mustard y que han sido propagados por todo el mundo, están soportados en las neurociencias –algunos científicos alertan “en relación con el peligro del uso oportunista de investigaciones para racionalizar políticas preconcebidas y nociones populares” (Fonseca, 2011, p. 191)[4]– y se han convertido en consejos orientados a las familias pobres, en proyectos por lo demás divorciados del sistema educativo –como es el caso de los programas para la primera infancia en Colombia–. Además, unidos con argumentos económicos, se han traducido en generalizaciones y verdades naturalizadas, lo cual ha generado que la educación infantil se convierta una plataforma de mensajes morales, especialmente dirigidos a familias y madres pobres (Fonseca, 2011).

De tal manera, se hace indispensable considerar las premisas morales y las opciones políticas sobre las cuales se han construido las “verdades científicas” (Fonseca, 2011) que soportan las políticas sociales para la infancia y que, a su vez, delinean formas específicas de concebir y gestionar las problemáticas y necesidades de los niños y sus familias, tanto en los niveles de diseño como en los de implementación, al definir formas de ser –hacer– infancia.

Dentro de los discursos se identifica cómo se solapan las necesidades económicas de los niños y sus familias y las necesidades de tipo afectivo. Se trata de un discurso sobre carencias económicas explicado desde necesidades afectivas: se transforman las necesidades materiales en necesidades afectivas/comportamentales; es decir, se ponen en el plano personal los problemas sociales. Y es justamente sobre este amalgamiento entre necesidades materiales y afectivas que se edifican los señalamientos o calificativos de orden moral que aluden a las familias usuarias del programa. El razonamiento es que los niños que provienen de sectores pobres, hijos de familias con bajos ingresos económicos y con necesidades materiales, son niños sin amor.

Entrevistadora–¿Cómo son los niños de este programa?

MC–Pues como son niños de nivel bajo, la mayoría de los niños vienen de los hogares demasiado pobres. Hay niños muy tristes, les falta mucho amor a unos, no todos, pero se ve, eso es doloroso.

Entrevistadora–¿Y las necesidades de los niños?

MC–Las necesidades de los niños… Fuera de lo normal que es mucho amor, hay niños que vienen malitos de ropita, y falta de amor, lo más importante es el amor, la falta de amor. Mucho niño que… porque yo me siento con los niños y yo soy una persona que hablo con ellos y los hago hablar, “Mi papá le pegó a mi mamá”, “En la casa no hubo comida”, y todo eso lo afecta a uno también. (MC06, comunicación personal, 28 de mayo del 2012)

   

Entrevistadora–¿Y por qué cuidar niños ajenos?

MC–Porque hay mamitas que no les… nosotros les brindamos el amor… Hay mamitas que trabajan, hay mamitas que son cabeza de hogar, entonces, no tienen con quién dejar los niños. Entonces, nosotras estamos en ese momento. Lo otro, hay niños que necesitan de amor de nosotras porque yo veo niños que son agresivos o esto porque les hace falta amor, les falta cariño en la casa; que porque ellos brincan, patalean, entonces, vienen y les pegan. No, el hecho no es ese. El hecho es hablarles, darles un abrazo así sea un segundo, regálele un abrazo y el niño ya cambia. Entonces, también vamos en eso.

Entrevistadora–¿Y las necesidades de los niños del programa?

MC–Amor, que les brinden mucho amor a esos niños. Porque hay niños que usted los coge y a ellos les da alegría que los consientan, porque en las casas no… Uno ve que los papás llegan bruscos a cogerlos. O sea, yo llego a mi casa y “Hola, papá, ¿cómo le fue?” y lo abrazo, ¿sí? Y yo quisiera que los papás llegaran acá y les hicieran eso a esos niños. Pero no, eso los cogen del brazo como si fuera un perro, un gato, “Camine para allí”. Entonces, ¿para qué? (MC01-01, comunicación personal, 23 de mayo de 2012).

   

Entrevistadora–¿Cuáles son las principales necesidades de estos niños?

FO–Aparte de las necesidades económicas es… las mismas necesidades económicas conllevan que las familias se vuelvan poco cariñosas con los niños y que les presten menos atención. (FO1, comunicación personal, 31 de mayo de 2012)

Este trasfondo oscuro de un niño sin amor y una familia que no lo quiere y/o no sabe cuidarlo, es el escenario perfecto para que aparezca un salvador. Vianna (2010) identificó, dentro de los discursos de quienes se postulaban o argumentaban como personas idóneas para el cuidado de los niños, la construcción de escenas de salvación:

Hablan de rescate, de salvación, de una escena mítica que se actualiza en pequeños detalles, que carga siempre como contrapunto el fantasma de la no-salvación, de lo que hubiera sucedido con aquellas criaturas si no se hubiese dado el instante de recogimiento. (p. 53)

El cuidador se ubica como un salvador, lo que supone la existencia de otros seres desalmados que no brindan el amor que los niños necesitan; generalmente, esas personas crueles son sus propias familias, lo cual abonaría el terreno para un lugar de gratitud permanente.

Entrevistadora–¿Qué otra cosa le motiva a ser madre comunitaria?

MC–De sentirse uno útil para los niños, de que uno dice “Este niño, pobrecito, mire cómo viene”, y uno va allá, de buscar ropita, de tenerlo bien, de que al menos acá mientras esté conmigo esté superdichoso el niño, esté feliz. (MC05, comunicación personal, 25 de mayo de 2012)

   

Tratándose de familias muy vulnerables, con escasos recursos, educación muy mínima, entonces, por eso tenemos nosotros que ayudar a esos niños, para encauzarlos por un buen camino, o sea, un bien para la sociedad colombiana. (FO3, comunicación personal, 15 octubre de 2012)

Es así como el programa, sus funcionarios y cuidadoras se convierten en salvadores y los familiares de los niños beneficiarios en personas a ser “encauzadas”, “formadas”, “capacitadas”. Por esta vía, se abre la argumentación para una línea programática de las acciones dentro de los programas para la primera infancia: la formación a las familias, en donde el ICBF (2015) propone “apoyar a las familias en el fortalecimiento de vínculos afectivos, que favorezcan el desarrollo integral de los niños y las niñas, vinculando además a otros adultos que aportan a su crianza y cuidado” (p. 36), lo cual transforma sus necesidades económicas en necesidades de formación, se asume la educación a padres y madres como parte de la educación infantil, y aparece una cuestión aún más grave: se plantea la educación infantil como promesa de salvación de los niños pobres.

Entrevistadora–¿Y a las familias para qué les sirve este programa?

MC–Como para que aprendan a dedicarle tiempo a los hijos, más que todo esas interacciones que ellos aunque dicen que reunión familiar, que puede venir la mamita y el papito por el niño, para que acostumbren también a los padres a estar con los niños porque hay padres que no les dedican tiempo. (MF04, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

   

Entrevistadora–¿Y para qué cuidamos los niños y niñas?

MC–¿Para qué los cuidamos? Pues para tenerlos a ellos bien, o sea, demostrarles en un hogar a los papás que así se deben de cuidar los niños en donde estén. Si nosotros los cuidamos bien, ¿por qué no los cuidan bien en la casa? No solamente que no se vayan a caer, sino suministrándoles la alimentación, que el agua, lo que ellos quieran, jugando con ellos. Eso es cuidar. No dejarlos a la deriva, “Váyanse por allá”, no. Estar con ellos pendiente, mire que esto, mire que allí. Y así como hacemos nosotros acá, entonces, sería bueno hacerlo en la casa. (MC01, comunicación personal, 23 de mayo de 2012)

   

Tengo dos mamitas que yo quisiera que hubiera un programa que las educara, dos mamitas que son supergroseras, malas palabras, hasta aquí han maltratado los niños afuera: “Hijue no sé qué, usted por qué, mire cómo está de sucio, hijuetantas”. Yo quisiera que para los padres hubiera como un programa y que les pudiera uno pasar esos videos de cómo se ve de feo un niño maltratado verbalmente… un papá maltratando verbalmente a un niño, que ellos se vieran ahí. (MC06, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

Como lo advierte Fonseca (2011), hay un desplazamiento de foco, ya que se pasa del mejoramiento de los espacios de cuidado para los niños –guarderías, jardines maternales, etc.– al de formación a los padres y madres para que se conviertan en buenos cuidadores. Circunscribir las necesidades de los niños y sus familias a aspectos afectivos, de índole privada, y colocarlas del lado de una incapacidad de los individuos –lo que en los últimos años se ha establecido con gran fuerza como una tarea de la educación–, ha llevado a una ruptura de estas necesidades con los determinantes estructurales y sociales.

En la misma línea, Rosemberg (2009) plantea que

los niños y niñas y sus familiares tienen necesidades que van más allá de la guardería y el jardín infantil, así como derechos reconocidos que van más allá de la educación. La tentación ha sido dirigir los recursos de la educación infantil para la salvación de los niños latinoamericanos. Sin embargo, su bienestar integral es una tarea que exige recursos múltiples, integrados, que incluyan la educación infantil pero no como único factor. (p. 18)

Afectivizar las necesidades como mecanismos de despolitización de estas, eclipsa debates fundamentales sobre la inequidad y la desigualdad, como bien lo afirmó Bustelo (2007): “analizar el hecho social del ser pobre o más particularmente, la situación de la infancia pobre, sin relacionarla con los procesos económicos de la concentración de ingresos, riqueza y poder, es trabajar por y para su reproducción” (p. 33). Por ello, esas dos figuras serán la base para la construcción del beneficiario de los programas.

6.4. La construcción del beneficiario

Tal como lo hemos visto, los niños son considerados por sus cuidadoras y por el propio programa como seres carentes “necesitados de amor”. De esta forma, en los discursos se construyen “los niños del ICBF”, como suele denominarse a los niños y niñas que participan en los distintos programas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Esta denominación deviene identidad y en ella aparecen amalgamados de forma difusa los criterios de focalización con sentidos de vulneración y carencia:

El programa de Hogares Comunitarios focaliza su atención en la población de mayor vulnerabilidad, priorizada de acuerdo con los criterios definidos por el ICBF: Niños y niñas hijos de familias en situación de desplazamiento; niños y niñas remitidos por la RED UNIDOS; niños y niñas de los niveles 1 y 2 del SISBEN; niños y niñas que por el trabajo de sus padres o adultos responsables de su cuidado tienen que permanecer solos; niños y niñas menores de 5 años con discapacidad leve. (ICBF, 2011, pp. 10-11)

De nuevo, como en el caso de sus familias, se traslapan necesidades y condiciones económicas con necesidades afectivas, aparecen los derechos como beneficios y, obviamente, sus titulares como beneficiarios. Es así como el Programa de HCB se convierte en la puerta de entrada a los “beneficios” del Estado.

Entrevistadora–¿Este programa de hogares comunitarios es para qué niños?
MC–Bueno, prácticamente es de estrato 1 y 2, los niños más vulnerables. Porque hay, como decir, los de estrato 1 hay unos que no tienen como la oportunidad de tener quién les brinde una buena alimentación, una motivación, cariñito, porque los papás son pobres, no tienen cómo cuidarlos, cómo brindarles lo más necesario. Eso es lo fundamental. Y lo otro pues ya para los que trabajan y no tienen tiempo para cuidar a sus hijos. (MC10, comunicación personal, 23 de mayo de 2012)

El programa se inserta en un entramado de beneficios entrecruzados, entre los que se encuentran programas de trasferencias condicionadas como Más Familias en Acción (Prosperidad Social, s. f.) y estrategias de focalización como Red Juntos (Ministerio de Salud y Protección Social, 2018) y el Sisbén, entre otros, los cuales aparecen en boca de beneficiarios, cuidadoras y operadores como favores recibidos.

Entrevistadora–¿Para quiénes está este programa? Hablaban de una focalización, ¿a quiénes se focaliza?

FO–La focalización está para las familias más vulnerables. Está para las personas de escasos recursos económicos. Pues nosotros hablamos de escasos recursos económicos y para las familias que de pronto no tengan sino la entrada de un salario mínimo o un salario mínimo y medio, que en realidad si usted se pone a hacer cuentas eso no es meritorio para de pronto ir a pagarle una pensión a un niño en un colegio privado de 60 o 70 mil pesos mensuales, cuando esos 60, 70 mil pesos pueden ayudar para el arriendo incluso de la casa o de algún servicio. Entonces, estas familias son, por ejemplo, de Red Unidos, Sisbén 1 y 2, damnificados por la ola invernal que tuvimos ahora, desplazados por la violencia. Eso es focalizado más que todo a estas familias. (FO4, comunicación personal, 15 de octubre de 2012)

   

Entrevistadora–¿Qué requisitos deben cumplir los niños para estar en este programa?

FO–Que los niños estén en estratos 1 y 2, Sisbén, estén en Red Unidos, sean damnificados, desplazados, porque como antes no se estaba aplicando eso, hay algunos niños que todavía tienen recursos y están dentro de las sedes, pero se les respeta el cupo. Entonces, mientras van niños nuevos, vayan entrando y se vaya cumpliendo la focalización, porque al fin eso va dirigido hacia los niños más vulnerables. (FO4, comunicación personal, 15 de octubre del 2012)

   

Entrevistadora–¿Cómo conociste el programa? ¿Cómo conociste a las madres comunitarias?

MF–Pues por lo que él está en Red Juntos, entonces, él salió favorecido en un cupo para el jardín. Y ellas fueron hasta la casa y me dijeron.

Entrevistadora–¿Las madres comunitarias fueron a tu casa? ¿Qué te dijeron?

MF–Pues que el niño había salido beneficiario para la guardería y que acá les brindaban muchas cosas. Y que era de 7:30 a 3:30. Y que si yo les permitía para ellas si me guardaban el cupo, entonces, yo les dije que sí. Ya que hubo la oportunidad, pues ya toca aprovecharla porque después… (MF09, comunicación personal, 29 de mayo de 2012)

Siendo los derechos beneficios y los programas favores, los niños, niñas y sus familias se convierten en “favorecidos”, un favor que debe ser merecido, los niños y sus familias deben merecer lo que brindan los programas. Es así como, por un lado, deben demostrar que necesitan el programa, es decir, solo desde la vulnerabilidad pueden ser sujetos de merecimiento, y por otro, “aprovechar la oportunidad”.

Es que el año pasado estuve haciendo las vueltas y, por el puntaje que tenía en el Sisbén, me pusieron a voltear para todos lados y me dio rabia, entonces, no la coloqué el año pasado. Y este año fue la misma circunstancia, entonces, me tocó con el mismo puntaje traer… porque somos damnificados por la ola invernal que hubo, se nos llevó una parte de la casa. Entonces, me tocó traer la carta de damnificados y así fue la única forma de que me aceptaran la niña acá para poder ponerla a estudiar. (MF10, comunicación personal, 14 de octubre de 2012)

Nuevamente, se identifica en los discursos la alusión a la familia pobre, esta vez ya no en relación con el cuidado de sus hijos, sino ubicada en un lugar de supuesta pasividad y dependencia del Estado; sus condiciones económicas son explicadas desde el plano individual, desde una supuesta “pobreza mental”.

Con las familias, pues en unas se ve también, no sé por qué desafortunadamente la gente cuando es, digamos, así más pobre… no porque sean más o menos que yo, no, yo nunca discrimino a nadie, pero las personas que tienen recursos económicos muy escasos no aprovechan las oportunidades que les dan. Y pasan a ser personas que todo se lo tienen que estar dando, que todo les tienen que estar subsidiando […] Ellos son los que más posibilidades tienen de que el gobierno los ayude, pero una cosa es que los ayude y otra que los mantenga y quieran que todo el mundo les haga todo. (FO3, comunicación personal, 15 de octubre de 2012)
    
Y vuelvo y le repito: cuando las personas tienen escasos recursos, son muy dadas a que todo les estén suministrando, todo usted tiene que ponerles en las manos. Y por eso mismo, desafortunadamente, tenemos pobreza mental, eso es una pobreza mental que genera que haya pobreza social. (FO3, comunicación personal, 15 de octubre de 2012)

6.5. El cuidar, una tarea “impagable”

En tercer lugar, se halló que las madres comunitarias asocian el trabajo de cuidar con una vocación o expresión de amor y le restan importancia al reconocimiento económico que merece su trabajo, llegando incluso a sancionar a quienes esperan un pago o salario por ello; situación no solo paradójica, sino contradictoria con los procesos de lucha que han dado las madres comunitarias en el país para que se reconozca su labor como un trabajo que requiere condiciones laborales apropiadas, tal como se expuso en el capítulo 4.

Hay personas que trabajan por el sueldo no más: que no tiene vocación y que no deberían estar cuidando niños. (MC06, comunicación personal, 25 de mayo de 2012)

   

Entrevistadora–¿Y qué pasa cuando no le pagan?

MC–No, es decir, yo les digo y si ellas [las madres de familia] me dicen que no tienen plata, pues, normal, yo no les insisto tanto porque si no tienen, ¿cómo van a hacer? Lo importante es cuidar los niños y tenerlos porque, de todas maneras, un aporte que uno haga de corazón es algo muy bueno y muy fundamental para los niños. (MC10-01, comunicación personal, 1 de junio de 2012)

    

O sea, a mí me gusta eso de sentirse útil, a veces que los papás no pagan, yo ni me acuerdo de si me pagaron o no. O sea, uno lo echa de menos porque necesita esa plata, pero no porque uno “¡Ay! Que tiene que pagar, porque si no, no”. No, a mí pues sí, eso es parte del sueldo de uno, pero uno lo que más es como hacerle el bien a los niños, no tanto a los papás, porque hay papás que no agradecen tampoco, sino que tener los niños como contentos, que mientras esté acá estamos contentos. Aunque a veces le sacan la piedra a uno [Risas]. (MC05, comunicación personal, 25 de mayo de 2012)

En la línea argumentativa usada por las madres comunitarias, cobran sentido los planteamientos de Zelizer (2009) cuando afirma que las personas invierten gran cantidad de esfuerzo en delimitar o trazar fronteras en la negociación de significados, así como en el establecimiento de límites entre las relaciones de intimidad y las transacciones económicas. Por esta vía, la misma autora plantea que la mezcla de cuidados personales “genera intensas controversias morales y jurídicas acerca de las combinaciones apropiadas e inapropiadas” (p. 183). Por ello, en sus discursos, la vocación se remarca, se establece un límite entre quienes esperan un pago por su trabajo y quienes no, lo cual deja en este último grupo a las buenas cuidadoras.

Se evidencia un desinterés aparente frente a las retribuciones materiales e inmediatas y se colocan en un plano difuso las gratificaciones esperadas. Recordemos que había un terreno abonado en el que el cuidador, sobre un trasfondo oscuro, se pone como salvador. He aquí una entrada para problematizar qué se vehiculiza a través de los discursos afectivos y el desinterés ante recompensas de tipo material. Al respecto, Vianna (2010) señala que dentro de las prácticas y los discursos del cuidado existe la “ilusión de desinterés”, definida como

la ilusión de actos que no esperan recompensas objetivas o inmediatas, desempeña un papel central no solo en la representación de los involucrados y sus motivaciones, sino también en la dinámica del proceso como un todo, en la medida de que este sirve idealmente a la finalidad de encontrar a quien mejor se disponga a afrontar el cuidado de un niño. (p. 44)

Cuando el cuidado se significa como una tarea impagable, queda enmarcado como un bien no cuantificable, pero se genera una deuda que, como señalamos anteriormente, no es material, sino que se sitúa en el plano simbólico, razón por la que surge la expectativa de un reconocimiento social y se demarca la expectativa de gratitud, en este caso sobre las familias, pero en especial sobre los propios niños.

A mí me motiva es los niños, o sea, […] como el amor que ellos sienten por uno, como el cariño, como la nobleza, como ellos el querer estar con uno acá, que uno siente con ellos como esa gratitud. Eso me gusta mucho de ellos. (MC03-01, comunicación personal, 24 de mayo de 2012)

   

Entrevistadora–¿Por qué fue que se volvió madre comunitaria?

MC–Porque me gustan los niños, me gusta el trabajo, me gusta hacer una labor social, pues con la comunidad también me gusta trabajar, me gusta… mejor dicho, yo desde cuando empecé me incliné por ellos, porque de verdad uno se siente como acompañado con los niños, ellos le brindan a uno muchas veces las experiencias que ellos tan pequeñitos tienen, ellos le dicen a uno, le cuentan las cosas de ellos, le tienen confianza a uno y uno también le tiene confianza a ellos. (MC07, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

   

Entrevistadora–¿Cuál es su mayor gratificación de este trabajo? ¿Qué es lo que más la motiva de este trabajo?

MC–Lo que más me motiva, los niños. No sé, siempre me he inclinado mucho por los niños. Yo les brindo mucho amor, ellos también son tiernos, hay niños que son muy tiernos. (MC07, comunicación personal, 28 de mayo de 2012)

   

Entrevistadora–¿Cuál es la mayor retribución que usted recibe por este trabajo?

MC–Pues el cariño y el amor de los niños, porque como no soy mamá, no he podido ser mamá, entonces, yo me apego mucho a los niños. Yo digo que son mis hijos, así digo, que son mis hijos y mis hijos, y así me quedé. Yo los llamo y ellos ya entienden. Yo “Bueno, mis hijos, vámonos para el salón”, entonces, ellos ya entienden. Eso que unos me dicen dizque abuela, “¿Cómo que abuela? ¿Me ven cara de…?”, “¿Cómo que abuela? No, señora”, entonces, a ellos se les olvida y a veces me dicen mamá, tía, como se acuerdan… Claro, que le digan a uno esas palabras hermosas y todo. (MC09, comunicación personal, 29 de mayo de 2012)

Tales expectativas entran a hacer parte de las construcciones y concepciones de infancia, y repercuten de forma directa en las relaciones que establecemos con los niños y niñas: se espera ternura, amor…

El cariño que ellos brindan, una sonrisa, un abrazo, un beso, es algo muy espectacular, algo que lo anima a uno, que lo llena. Ellos sin palabras dicen mucho. Una risa, un abracito de agradecimiento lo llena y lo dicen todo. (MC10, comunicación personal, 1 de junio de 2012)

Al restar importancia al reconocimiento económico, las gratificaciones se circunscriben en el plano de los afectos, algo así como “Yo no espero pago por mi trabajo, pero a cambio quiero tu amor y ternura”, lo que deja a los niños en una situación muy compleja al ser tomados solo como seres de amor y ternura, sin dar lugar a sus miedos, frustraciones u odios. De nuevo, solo se da acceso a unos afectos permitidos, decibles, los afectos disponibles, en este caso ya no para las cuidadoras, sino para los niños.

Entrevistadora–¿Cuál es la mayor retribución de este trabajo? ¿Qué la motiva en este trabajo?
MC–A mí me motiva es los niños, o sea, yo siento que en este año yo he tenido niños muy juiciosos, y como el amor que ellos sienten por uno, como el cariño, como la nobleza, como ellos el querer estar con uno acá, que uno siente con ellos como esa gratitud. Eso me gusta mucho de ellos. (MC03, comunicación personal, 24 de mayo de 2012)

Así, las prácticas y relaciones de cuidado se configuran sobre expectativas de gratitud que generan deudas sobre quienes son cuidados, las cuales generalmente deben saldarse en un terreno más que difuso y llevan a la idea de tener que corresponder de forma adecuada a aquel que prodiga amor y cuidados de forma desinteresada. Estas “formas adecuadas” habitualmente se soportan en las actitudes y en los comportamientos de lo que se supone es un buen niño, un niño tierno, dócil, obediente o juicioso, y se despliegan en relaciones que encierran formas de poder y subordinación, llegando incluso a la violencia simbólica.

6.6. Palabras de cierre

Dentro de las políticas para la primera infancia, las necesidades de los niños y niñas son primordialmente afectivizadas, por lo que se edifican sobre esta construcción formas específicas de satisfacerlas y, por esta misma vía, maneras de relación apropiadas e inapropiadas entre los adultos y niños, lo que convierte también a estos programas en la catapulta de diferentes gramáticas morales. Un lenguaje moral sobre el que se legitima el lugar de buena cuidadora, que se debe amoldar a las imágenes que se han construido de abnegación y sacrificio, para lo cual se debe contraponer un trasfondo oscuro de otras que no cuidan bien de los niños. Un lenguaje moral que está soportado en las premisas y naturalizaciones que se han hecho del cuidado, que incluso acuña las tan mentadas “evidencias científicas” para soportar las intervenciones.

La afectivización y la feminización de las intervenciones para la primera infancia están soportadas en la premisa de que todas las mujeres –por ser madres o solo por la posibilidad de serlo– cuidan bien a los niños; el cuidado es considerado como una tarea feminizada regida por el amor, despolitizada y eliminada del plano de la reflexión. Claramente, esto tiene consecuencias para las cuidadoras, puesto que encontraron en esta caracterización la única forma para que su experiencia y trayectoria fueran valoradas e insertarse laboral y políticamente, aunque así mismo quedaron posicionadas en trabajos naturalizados con bajos salarios; sin embargo, a su vez, esta afectivización configura el bienestar infantil y sitúa el cuidado en condiciones precarias que impactarán no solo en la calidad de esta tarea, sino en el propio despliegue de la agencia infantil.

Los afectos lejos están de ser un manto homogéneo, pues existe un repertorio de afectos posibles, “afectos disponibles” que se establecen desde los niveles programáticos de las políticas y que confinan al mundo de lo hostil e indómito gran parte de la carga afectiva que se da en las relaciones de cuidado infantil, los llamados “afectos omitidos”, tanto en el caso de los niños como en el de las cuidadoras. No se trata de afectos desinteresados, ni mucho menos inocuos, sino que tienen una doble función: son utilizados por las cuidadoras para legitimar su lugar, pero también se convierten en lugar de resguardo, como un impermeable frente a las contradicciones y dificultades que conllevan las interacciones con los niños.

La naturalización del amor por los niños como algo puro y que brota de forma natural, invisibiliza las contradicciones y tensiones que acarrea la labor de cuidar, como el cansancio, la rabia, el dolor, el fastidio o el asco; en fin, todos aquellos “afectos indecibles” que también son parte de las relaciones con la niñez y que, sin duda, son una pieza clave para empezar a desarrollar una reflexión sobre la complejidad de las relaciones intergeneracionales adultos-niños. Se torna impostergable, entonces, abrir espacios en los cuales los adultos cuidadores puedan hablar de esos afectos, ponerlos sobre la mesa sin ser sancionados, pues es la única forma de situar la agencia infantil y traspasar los absolutismos y fórmulas universalistas que imperan en el campo de la primera infancia.

Además, debe tenerse en cuenta que la compresión que se ha hecho del cuidado infantil desde las políticas e intervenciones para la primera infancia, lo ha reducido a una mera acción de proveer, ha desdibujado sus dimensiones relacional y material y ha eclipsado las condiciones en que se brindan los cuidados, las condiciones de trabajo de las cuidadoras y el contexto de las familias de los niños.


  1. Retomo esta denominación de Frigerio y Diker (2011).
  2. En el capítulo 4, se amplió al respecto. Recordemos que solamente hasta el año 2012 a las madres comunitarias se les reconoció el derecho de un salario mínimo por su trabajo, porque por muchos años recibieron un reconocimiento económico por su labor denominado “beca”.
  3. El uso de un trasfondo para significar el propio lugar como adecuado, también será una característica de los discursos afectivos de los maestros, quienes se contraponen a un pasado en el que los maestros fueron distantes, severos y rígidos (Abramowski, 2010).
  4. Véase la Declaración de Santiago, manifiesto firmado por investigadores, educadores, psicólogos especializados en ciencias cognitivas y médicos especializados en neurociencias de las universidades más prestigiosas de EE.UU., Europa y América del Sur (https://www.jsmf.org/santiagodeclaration).


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