Liliana R. Farruggio
Quería iniciar agradeciendo a los organizadores de esta diplomatura, por haberme invitado a dar esta clase, que toma lugar en la Semana de la Salud Mental. El día de ayer, 10 de octubre, es el día que está establecido como Día Mundial de la Salud Mental, en esta ocasión para celebrar la salud mental como un derecho humano universal. Como trabajadora de un hospital general de PBA, fuimos convocados a las IV Jornadas Provinciales de Salud Mental de la PBA, organizadas por la Subsecretaría de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencias de PBA. Estas se llevaron adelante en la Universidad de Lanús, partido donde desarrollo mi trabajo. Fue un encuentro muy valioso para los trabajadores, asistimos cerca de 2000 personas. Hubo 200 trabajos presentados, no fueron ponencias de expertos, o de teóricos, sino que cada uno de los trabajadores que así lo quisiera estaba invitado a presentar su trabajo allí. Tuvimos la suerte de poder escuchar cosas muy interesantes con relación al área, al momento en el que estamos, a lo que se viene haciendo, a lo que falta como una posibilidad de balance; y también una apuesta hacia adelante, en función del proyecto en salud mental del que están escuchando en distintas clases de esta diplomatura, a través de integrantes de la Subsecretaría de Salud Mental de PBA.
Para comenzar a compartir cuestiones en relación concreta con modos de pensar los abordajes en salud mental, voy a referirme a una experiencia que es pionera en el área, y que tomó lugar en el hospital Evita de Lanús Oeste, PBA. Esta tuvo lugar bajo la dirección del Dr. Mauricio Goldenberg. Inició en la década del 50, más precisamente en 1956, año importante para la salud mental, porque coincide con los inicios de las residencias de formación para profesionales de la salud. La premisa principal de este proyecto daba lugar a una respuesta a la problemática de cómo pensar la atención en salud mental por fuera de las instituciones de encierro. La creación del primer servicio, en ese momento llamado “de psicopatología”, en un hospital general, puso a la Argentina en un lugar destacado en el campo de la salud mental en ese momento. Si hiciéramos una genealogía de los dispositivos y las prácticas en salud mental, hay una marca importante que esta experiencia establece en función de poder contar con tratamientos e internación en un hospital general, para aquellas personas que tuvieran algún tipo, hoy decimos, de padecimiento, de sufrimiento en salud mental. Digo “hoy decimos” porque es el modo como nuestra Ley Nacional de Salud Mental 26.657 habla en función al estado en que se pueden encontrar algunas personas en algún momento de su vida. Esta idea de padecimiento o sufrimiento es un modo diverso en que distintas legislaciones fueron nominando lo que antes quedaba atrapado en el par salud-enfermedad (patología). Las concepciones que nombraban a las alteraciones de los estados emocionales de las personas concebían la idea de lo normal o anormal, que daban lugar a múltiples prácticas de dominación. No se trataba de una relación médico-paciente donde las dos partes eran sujetos de derecho, sino que el poder quedaba del lado del profesional en función de su saber. Complejas cuestiones que aún requieren de mucho trabajo para deconstruir esos imaginarios sociales que instituyen criterios que estigmatizan, tanto en relación con cuestiones de salud mental, como con los consumos problemáticos.
Entonces, esta propuesta, que toma lugar en un hospital general del conurbano bonaerense sur, ha tenido devenires importantes. La conformación de un equipo interdisciplinario da lugar a los discursos, a las voces, al saber de otras disciplinas. En principio uno podría ubicarlas rápidamente con relación al campo de la salud mental, pero no necesariamente son disciplinas que se encuentran con mucha frecuencia en dispositivos de atención en salud. Obviamente había psicólogxs, psiquiatras, psicoanalistas, en ese entonces una corriente que ya tenía muchxs profesionales en formación. Todxs ellxs formaban parte de las instituciones públicas al mismo tiempo que sostenían sus prácticas en el espacio privado. Se sumaban a estas disciplinas el trabajo social, la antropología, el arte, trabajadorxs corporales, talleristas. Además del atravesamiento de las franjas etarias, ya que se conformaron equipos para atender a las distintas poblaciones, niñxs, jóvenes, adolescentes y adultxs. La propuesta reunía muchísimas voluntades y generaba muchas adhesiones, en cuanto era un modo distinto de hacer al interior del hospital general, que se proponía alojar a la salud mental como una más de las problemáticas a las que se daba respuesta. En esos tiempos de inicio, de fundación, el equipo contaba con alrededor de 300 personas, 300 integrantes que estaban distribuidos en distintas áreas de intervención. Se sumaron así a las áreas tradicionales de atención, en los hospitales, como interconsultas, o consultorios externos, pero ofreciendo otros dispositivos de atención como terapias grupales, familiares, de pareja, etc. En lo que respecta a las internaciones, el cambio instala el alojamiento de personas en el momento de la crisis, momento agudo en el que podían llegar al hospital. Esta respuesta involucra el transcurso del tiempo, hasta lograr la estabilización del cuadro, considerando el trabajo en las condiciones subjetivas y relacionales que generen mejores condiciones para afrontar los avatares del devenir de la vida en las personas involucradas, como la continuidad de los tratamientos ambulatorios en el mismo hospital, o en otros efectores.
Ya ahí estaba la impronta de Goldenberg de no reducir las respuestas sanitarias a los dispositivos individuales, sino que, a través de dispositivos grupales y comunitarios, se implementaba una respuesta integral en función de incluir a quienes acompañaban o tenían interés en involucrarse en los procesos de tratamiento que tenían que llevar adelante sus familiares, conocidxs, amigxs, etcétera. Esta connotación comunitaria grupal también refería a cuestiones que hoy nombramos como “territoriales”, en el sentido de tener criterios en función de los lugares de hábitat de las personas y los lugares de consulta. Muchas veces, resulta problemática la cuestión en relación con qué institución llega la persona en el momento de la crisis, y la necesidad de armar desde la internación misma una red sanitaria, relacional, recreativa.
En esta concepción los consumos problemáticos no quedan por fuera de las problemáticas a las que se necesita dar respuestas integrales, tanto en el primero como en el segundo nivel cuando fuera necesario.
Este equipo, este servicio, en cuanto toma a cargo la formación de las primeras camadas de residentes, transmite una perspectiva que tenía una visión de integración con respecto al padecimiento mental, distinta a la concepción que acarreaba la existencia y el sostenimiento de los hospitales psiquiátricos. El Hospital Evita también fue base de mi recorrido profesional, ya que, durante los años en que fui instructora de residentes en Lanús (RS VI PBA), teníamos como sede para los espacios de capacitación este hospital.
Entonces, estando allí uno escuchaba el relato, la referencia a esta experiencia que había marcado este hospital, y que marcó algo a nivel nacional e internacional; esta experiencia fue brutalmente interrumpida por la dictadura, no hay otra forma de decirlo, fue eso lo que ha ocurrido. Muchxs de lxs profesionales se fueron al exilio, hay una psicóloga, Martha Brea, trabajadora del hospital, desaparecida durante la dictadura cívico-militar.
Esta iniciativa, que tenía un potencial sumamente significativo, fue cercenada, fue arrasada, y quedó el área de salud mental casi como tierra de nadie. No estaban lxs referentes, y quienes continuaron estaban afectadxs por las múltiples consecuencias de la dictadura.
Esta experiencia, que había iniciado en 1956, fue un faro en nuevas prácticas en salud mental durante 20 años, hasta la irrupción de la dictadura en 1976. Un posicionamiento que privilegiaba el acceso igualitario al sistema sanitario, respetuoso de los derechos de las personas a ser actores de su tránsito a un estado más saludable. Ha sido muy arduo remontar, desde la vuelta de la democracia, la recomposición de ese proyecto. En el exilio, tanto en distintos países de América como en Europa, muchxs integrantes de ese servicio se han encargado de transmitir esta experiencia del Evita de Lanús. Existen tesis de maestría o de doctorado basadas en este servicio. Esta transmisión posibilitó la creación de espacios de formación, de reflexión con aquellxs que tenían la voluntad de repensar sus propias prácticas.
Hoy hablamos de derechos, están mencionados en detalle en nuestra Ley de Salud Mental y Adicciones (Art.7), y esa inclusión interpela nuestras prácticas, en función de la necesidad de intervención que pueden plantear las personas por su padecimiento. No es poco saber que habíamos tenido ya, mucho antes de la existencia de la ley, experiencias que tenían esa impronta, que trabajaban desde esas concepciones, que respetaban esos principios porque había acuerdo ya entonces entre lxs trabajadorxs que querían formar parte de ese equipo. Había una coincidencia en relación con un trato en paridad, con un trato que no estuviera marcado por jerarquías de poder, en donde se era respetuoso de la palabra y de la decisión del otro; y eso marcaba un modo del vínculo entre profesionales, pacientes, y familiares, o cualquier otra persona que entraba en contacto a través de las consultas.
La puesta en cuestión de las instituciones monovalentes es un fenómeno mundial que se fue desplegando en la segunda mitad del siglo xx. Mientras en Argentina transcurría la dictadura militar, la ciudad de Trieste en Italia se transformó en la primera ciudad en el mundo que cierra los hospitales psiquiátricos. Eso sucede a partir del movimiento que se crea alrededor de la iniciativa del psiquiatra Franco Basaglia, cuya práctica da existencia de la ley italiana 180 del año 1978, que establece el cierre de los hospitales psiquiátricos.
Estas cuestiones de época generan distintas condiciones de posibilidad en las sociedades en función de las circunstancias que cada una de ellas está atravesando. En el relato italiano, con el que yo tomé contacto en función de la rotación que realicé luego de la concurrencia en el hospital Borda (1995-2000), sitúan un anclaje con lo que en Europa se dio a partir de mayo del 68. Ese hecho histórico en Francia, iniciado por los estudiantes en función de la puesta en cuestión de la institución universitaria y al que luego se sumaron sectores obreros, dio lugar a un movimiento sumamente importante que ponía en cuestión, en todo caso, el modo de funcionamiento de las instituciones.
Las repercusiones que el Mayo del 68 ha tenido para lxs triestinxs y lxs italianxs en general lxs han llevado a nominar al proceso de cierre de los hospitales psiquiátricos como “desinstitucionalización”. Para nosotrxs, se trata de ese término tan difícil, “desmanicomialización”, que se gestó en la provincia de Río Negro por la década del 90, siendo la primera provincia argentina que cierra el hospital psiquiátrico que había en su territorio. Planteaba al principio cómo nuestra dictadura cercenó la posibilidad de avance y desarrollo de políticas que ya estaban en práctica, generando una brecha muy grande en el tiempo para que se retomen esas acciones. Era claro que las instituciones de encierro no debían seguir existiendo como tales, y que era necesario retomar procesos de cierre, reforma o transformación de las instituciones monovalentes existentes. Cada modo de nominar estos procesos tiene por detrás una concepción distinta, pero coinciden todos en la necesidad de construir prácticas que no estén basadas en abusos de poder, maltrato, exclusión.
A partir de la vuelta de la democracia en 1983, se fueron generando condiciones de reconstrucción de una trama social que se va instalando muy lentamente. Porque, si aún vemos hoy efectos de la dictadura en este 2023, imaginemos la cercanía de la finalización de la dictadura. La idea de compartir algunas cuestiones de la experiencia triestina, en cuanto ha sido la primera ciudad en el mundo que ha cerrado el hospital psiquiátrico, se basa en que se ha transformado en una referencia a nivel mundial. Elijo compartir un recorte de aquello que, después de más de 20 años, me queda como más visible, resonando. Dispositivos o respuestas que me generan más interés y preguntas. Pensando con Foucault que cada lugar, cada sociedad, en la respuesta que da a una urgencia, inventa distintos dispositivos. Esta posibilidad de invención para responder a una urgencia sociohistórica tiene que ver con las condiciones que esa sociedad tiene, y a quiénes se convoca para dar respuesta a la problemática que se tiene que afrontar. Cuáles son las condiciones materiales, pero también ético-políticas… Hay infinidad de atravesamientos que hacen que las distintas ciudades, las diferentes sociedades vayan inventando los dispositivos que son posibles de pensar y sostener.
Si uno tuviera que nombrar cuál es el dispositivo principal que Trieste inventa en función de la necesidad de dar continuidad a los tratamientos que requieren las personas con padecimientos mentales y problemas de consumo, uno diría que es el dispositivo de centro de salud. La particularidad que tienen estos centros de salud es que son referencias territoriales, y que ha variado en el tiempo la cantidad de ellos.
Los distintos momentos políticos han condicionado la existencia de más o menos centros de salud en el territorio. Hubo un momento en que había un máximo de siete centros de salud en la ciudad. Tengamos en cuenta que Trieste es una ciudad de 250.000 habitantes y ha habido momentos de máxima restricción económica, que ha llevado el número a cuatro o cinco. Durante el periodo que vivía allí, se cerró el centro de salud de la mujer, que pasó a funcionar en otro centro de salud del mismo barrio. Me importa subrayar que estos atravesamientos político-económicos tienen lugar en todas partes.
La particularidad de los centros de salud abiertos las 24 horas, los siete días de la semana, es la inclusión de camas de internación. El número de camas es de ocho, y están destinadas a cualquier sexo. Durante mi estadía en Trieste, nunca estuvieron todas las camas ocupadas. Las internaciones pueden producirse por indicación de algún operador o porque algunx de lxs usuarixs –así se los nomina allá– lo requiera. En cuanto reconocen sus malestares, y la necesidad de sentirse cuidadxs, acompañadxs, se anticipan a una crisis más aguda.
La conformación de los equipos tiene como disciplina más numerosa la enfermería. Cada centro de salud tiene asignados 25 enfermerxs, dos o tres psiquiatras, dos o tres psicólogxs, uno o dos técnicxs en rehabilitación. A este equipo responsable, se le suman voluntarixs de cualquier lugar del mundo que eligen hacer una rotación por los centros de salud acompañada por una formación teórica a cargo de las autoridades sanitarias. En aquel momento la inclusión en el equipo de salud por seis meses era el modo privilegiado para conocer/construir las respuestas del sistema sanitario a las situaciones que debía afrontar. Ser parte del equipo permite visibilizar los modos de pensar el alojamiento, la recepción de lxs usuarixs a lo largo de cada día.
El hospital general pasa a cumplir una función de recepción de usuarixs en distinto grado de descompensación. Algunas veces se necesita la atención de la complejidad de un hospital, por cuestiones físicas o clínicas. Otras el usuarix no está en condiciones de precisar cuál es su equipo tratante, cuál es su barrio, o quiénes son sus referentes. El hospital entonces recepciona, aloja, atiende a aquellxs que consultan en cualquier momento del día o de la noche. Los equipos diurnos efectúan llamados desde las guardias de los hospitales, ya con los datos concretos que identifican al usuarix que se referencia en cada centro de salud. Se procede a ir a buscarlo y ponerlo en contacto con su equipo tratante, si ya está en condiciones, obviamente, de dejar la internación hospitalaria. Basaglia sostenía que no estaba dispuesto a la espera que una transformación del hospital general requeriría, ya que el cierre de los hospitales psiquiátricos era una urgencia. Había que inventar los dispositivos necesarios para poder operar, liberar a las personas del encierro, sin que el hospital sea la referencia primera y principal para la respuesta nueva que se quería implementar.
Los centros de salud funcionan tanto como un lugar de encuentro, que provee la alimentación diaria, y espacios terapéuticos y recreativos, ya que también proporcionan la medicación diaria, o por toma según características de cada usuarix. Teniendo en cuenta el buen uso, abuso, o mal uso de la medicación, se define una estrategia. Cada equipo de operadorxs tiene asignado un número de usuarixs, y ellxs son lxs responsables del seguimiento de estxs.
Otro dispositivo sumamente importante que se fue desarrollando en el tiempo tiene que ver con las cooperativas sociales. Los lugares de producción, de inserción laboral, de formación de oficios permiten pensar la inclusión, ajustada a las posibilidades de cada unx de lxs usuarixs. Los ingresos que este desempeño genera se suman a las pensiones de las que pueden ser beneficiarixs.
En otras dos oportunidades, volví a Italia, estas veces al sur, a la región de Puglia. Por un lado, para conocer las experiencias propias con cooperativas de inclusión laboral y también con relación a cuestiones de integración social. Eventos que aún se hacen para fomentar, sensibilizar a la población acerca de la cuestión de los estigmas, la cuestión de los imaginarios que hay alrededor de las personas con padecimientos mentales severos. Tuve la oportunidad, en la ciudad de Latiano, de entrar en contacto con el trabajo que realizan a partir de los proyectos personales, elaborados entre el equipo y cada usuarix. Se trata de un proceso sumamente minucioso con relación a cómo se establece un acuerdo, que no solo remite a una cuestión formal, sino principalmente a un compromiso entre las partes con respecto al cumplimiento de determinados objetivos. No es un equipo que diseña un proyecto terapéutico para alguien, sino un acuerdo entre el equipo y el usuarix en donde se determinan metas y objetivos. Esas metas y objetivos, que pueden estar referenciados a distintas áreas de la vida de las personas, quedan establecidos por escrito. Se busca precisar acerca de los compromisos, de las reglas, de las obligaciones, de los plazos. Se establecen objetivos, se establecen tiempos para el cumplimiento de esos objetivos, y se establecen momentos de evaluación de esos proyectos personales.
Participé de instancias de evaluación de proyectos que se hacen en forma conjunta. El equipo, en presencia del usuario, va recorriendo los objetivos que se habían establecido, pueden ser objetivos de distintas áreas. Por ejemplo, podría ser con relación a cuestiones educativas, de formación o laborales. Cuestiones ligadas a las herramientas que las personas necesitan incorporar para la vida cotidiana, en sus casas, con sus familias, en sus casas compartidas, como el cocinar, el aseo de la casa. También otras como el movimiento en las ciudades, el uso del dinero, etc. Esta evaluación de los proyectos hace justamente a la posibilidad de recontratar, de organizar nuevos proyectos personales en función de las metas alcanzadas o de las dificultades en la concreción de ellas.
Se trata de un trabajo sumamente detallado y muy riguroso que no necesariamente está generalizado con la población que así lo requeriría. Si hay algo de la rehabilitación que se pone en juego con las personas en que nosotros trabajamos, este proyecto personal forma parte de eso. Parece ser una herramienta que puede aportarnos a nuestra propia práctica.
Vuelvo a la provincia de Buenos Aires para compartir algunos de los dispositivos de los que formé parte. En el año 2007 y 2008, se formaron los equipos ERIC (Equipo Regional de Intervención en Crisis) y ERICO (Equipo Regional de Intervención Comunitaria), dependientes de la coordinación de salud mental de la Región Sanitaria VI. Si bien la constitución de los equipos fue anterior a la aprobación de la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones, la impronta de trabajo era solidaria con los principios de esta. Equipos interdisciplinarios (psiquiatras, psicólogxs y trabajadorxs sociales) distribuidos en los nueve municipios que integran la región sanitaria. Estos 40 profesionales estábamos asignados a hospitales y centros de salud del primer nivel de atención según evaluación de la coordinación. La integración entre disciplinas era acompañada por un abordaje que privilegiaba las respuestas grupales, familiares y comunitarias. Los tiempos en los tratamientos incluían espacios individuales y familiares en una primera etapa, y, una vez lograda la compensación, se privilegiaba la atención en los barrios, en la comunidad de la que formaban parte.
En nuestra inclusión en un hospital general y en un centro de salud del área programática, articulábamos nuestro trabajo con lxs profesionales de esas instituciones. Tanto los trabajadorxs como los residentes de las distintas áreas realizábamos intervenciones desde una mirada integral de la salud. Un trabajo intersectorial que intentaba abarcar algunas de las áreas de necesidad de la población con la que tomábamos contacto. En el primer nivel de atención, trabajábamos con Educación, con el Área de Adicciones (CPA), hoy denominado Consumos Problemáticos. Se han dado en el tiempo distintas transformaciones que incluyeron nuevos modos de pensar y hacer.
Complementariamente en el hospital general, durante varios años, coordinamos grupos con psiquiatras, pero también hubo trabajadorxs sociales en el dispositivo de seguimiento de pacientes que podían tener o no ya algún ingreso en el sistema sanitario. Podían tener además otros espacios de inclusión, de pertenencia, de asistencia. Venían al espacio hospitalario con el ánimo de tener las consultas con el equipo interdisciplinario.
Uno de los primeros equipos que integramos con una psiquiatra infantojuvenil nos asignó al hospital en el que aún continúo. Es un hospital general chico de Lanús Este, de la otra parte de Lanús, con respecto al hospital Evita, que mencionaba al principio. Ante la internación de un joven con antecedentes de varios ingresos, querían asignarle un equipo concreto para ver de qué forma podría darse un acompañamiento, una respuesta en cercanía distinta a la que se implementaba en general. Estuve en contacto con este paciente durante muchísimos años, aunque, en el último tiempo, ya no lo seguía en el tratamiento concreto.
Algunxs de estos profesionales estábamos en los dos niveles de atención. Lxs pacientes, por su parte, en algunxs casos eran referenciadxs al centro de salud, donde, además de la atención en consultorio por el equipo interdisciplinario, se llevaban adelante otras actividades grupales y comunitarias, talleres, asambleas.
El centro de salud tenía dos días de atención para salud mental. Cada día tenía su propio equipo de atención, lxs pacientes asistían a uno u otro o a los dos en algunos casos. El día viernes iniciábamos las actividades con un dispositivo que dimos en llamar “asamblea comunitaria”. En este espacio podían participar pacientes, familiares, acompañantes sin necesidad de turno previo. No había una temática preestablecida, sino que se trataba cada vez de lo que lxs asistentes quisieran compartir de sus problemáticas y vivencias. Cuando finalizaba la asamblea, se iniciaban tanto el espacio de talleres, coordinados por distintxs profesionales y trabajadorxs de la sala, como la atención en consultorio. Para este último espacio, sí se requería turno previo, que se obtenía de forma presencial en la misma sala.
Este trabajo lo llevé adelante durante diez años, junto con un equipo muy grande de residentes y jefes de residentes. La modalidad de la residencia es interdisciplinaria (PRIM), donde se forman simultáneamente cinco disciplinas (medicina general, psiquiatría, psicología, trabajo social y enfermería). Cada una de ellas tiene espacios de formación específica y espacios comunes. Esta modalidad posibilita la articulación de saberes y prácticas que enriquecen las respuestas, los abordajes, las detecciones, tanto a nivel de la asistencia, como de la prevención y la promoción de la salud.
Desde una visión integral de la salud, las temáticas que aparecen en los espacios comunes, la asamblea, los talleres pueden tener un espacio de trabajo. Muchas veces se detecta que otras dolencias, otras patologías ya diagnosticadas (diabetes, hipertensión, por ej.) pueden estar descuidadas en relación con las indicaciones para producir mejoría. La presencia de los profesionales generaba un primer contacto que luego podía referenciarse al hospital si fuera necesario.
La participación de referentes de Educación en la asamblea comunitaria fue sumamente significativa, ya que brindaba la posibilidad de un acercamiento directo con las personas. El equipo indagaba con relación a intereses o cuestiones pendientes de trayectorias educativas que pudieron ser interrumpidos en algún momento de la vida. Estas referentes de educación también conformaban equipos interdisciplinarios (psicóloga, trabajadora social, psicopedagoga) que aportaban herramientas, facilitaban información en relación con educación formal, como espacios de pintura, música. La sala también era sede de los programas de finalización de estudios (FINES) que funcionaban en el horario de tarde/noche. En distintos momentos funcionó también el Programa Envión, dirigido a adolescentes jóvenes.
Cada uno de estos equipos tenía asignados días y horarios para las actividades que realizaban. La sala, además de comedor, es un lugar de referencia en el barrio, un barrio con una población muy vulnerable en el área programática del hospital. Nuestra doble inserción en el primer y segundo nivel nos permitía articulaciones que muchas veces acercaban a las personas al hospital, institución a la que nunca habían concurrido y que en algunos casos necesitaban para tratar determinadas patologías.
La construcción del espacio de la sala excedía nuestra propia presencia, ya que, antes de nuestro arribo, era ya referencia barrial y comunitaria.
El devenir de los dos equipos mencionados al inicio de esta referencia en PBA fue diverso, también la continuidad de los profesionales, ya que fueron disminuyendo significativamente a lo largo de los años.
El encuentro multitudinario de la UNLa, al que hice referencia al inicio de este artículo, fue una oportunidad de reencuentro con muchas de las personas con las que trabajamos en estos más de diez años. Para nosotrxs, fue una experiencia muy enriquecedora, ya que, al tiempo que colaborábamos en armar red en ese barrio, nosotrxs pasábamos a formar parte de esa trama, alojando y siendo alojadxs de un modo muy contenedor y reparador. No estábamos aislados, cada uno en su consultorio, como tiende a pasar en los hospitales. Sino que se trabaja con una lógica de recepción que ese entorno favorece.
Hablamos de salud mental, hablamos más de salud mental ante la irrupción de la pandemia, pero tenemos que permitirnos hablar de la salud mental de los equipos de salud. Sentirse parte, contar con el otro, conocerse con quien uno trabaja y coordina posibilita afrontar en mejores condiciones una tarea que no es para nada sencilla. Sentir que se está con otrxs, que se forma parte de un colectivo colabora en generar mejores interacciones con las personas con las que entramos en contacto, pero también para quienes formamos parte de los equipos a la hora de tener que pensar y construir acciones saludables.
Quisiera que todxs podamos darnos nuestro lugar, esforzarnos en no invisibilizar nuestro propio modo de inserción y de estar en los espacios, junto con lxs pacientes, familiares, vecinxs. Sostenernos entre nosotrxs, entre todxs generar una energía por demás necesaria.
[Pregunta del público] ¿Cómo pensar el traspaso del conocimiento a partir de la formación, de las universidades, ante las necesidades de estas propuestas que implican nuevas prácticas?
Nombré a Basaglia en el inicio del relato de la experiencia triestina; así como dijo: “No vamos a esperar que los hospitales cambien”, también dijo: “Tampoco vamos a esperar que cambien las universidades”. Parecen propuestas extremas, pero, si tenemos en cuenta el plan de estudio de la Facultad de Psicología de la UBA, donde soy docente desde hace 30 años, vemos que es de 1985. La necesidad de actualización poco tiene que ver con las ínfimas reformulaciones que se dieron a lo largo de estos casi 40 años. Creo que hay que crear, inventar espacios de formación que excedan las instituciones formales. A partir de organizaciones sociales, u otros colectivos, habría que fortalecer las herramientas necesarias para poder repensarnos y transformar nuestras prácticas.
Como se piensan los saberes también se organizan espacios de escucha e intercambio. No solo se trata del saber académico, sino de la posibilidad de un intercambio y un diálogo que se nutran mutuamente. En la actividad de ayer por la Semana de la Salud Mental, la provincia de Buenos Aires, por primera vez, hizo un reconocimiento histórico a diez o doce profesionales de distintas disciplinas que han tenido un lugar destacado en la práctica y en la transmisión. No se trata de lugares únicos a los que uno se tiene que dirigir para formarse, más bien se trata de mentes y cuerpos inquietos, dispuestos a una búsqueda que genere encuentros enriquecedores.
Bibliografía
Basaglia, F., La condena de ser loco y pobre: alternativas al manicomio, Buenos Aires, Topia Editorial, 2008.
Secretaría de Cultura y Bienestar Universitario de la Facultad de Psicología de la UBA, Testimonios para la experiencia de enseñar, Mauricio Goldenberg, Buenos Aires, 1996.
Visacovsky, S., El Lanús: memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina, Buenos Aires, Alianza Editorial, 2002.







