Cecilia Calloway
Pensar la subjetividad en términos de producción sociohistórica nos permite reflexionar sobre el consumo en el horizonte de época, un horizonte que parece volverse cada vez más feroz, más precario. Una vida (la de cada uno) que parece vivirse cada vez más en soledad. Es en este contexto en el que me gustaría reflexionar sobre algunas situaciones en torno al consumo problemático. Relato aquí algunas situaciones y especialmente formulo algunas preguntas.
Unos días atrás escuchaba a un colega exponer algunos datos de la Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado 2022. De esta se desprendía que la sustancia que se consume en mayor cantidad en nuestro país es el alcohol, es aún mayor su consumo en los hogares de ingresos económicos más altos y de mayor nivel educativo (en ese momento pensé en la condición de legalidad de esa sustancia y en el contexto en el cual se consume), la segunda sustancia que se consume en mayor cantidad es la marihuana, con mayor porcentaje en los hogares de ingresos medios y altos, y la tercera los tranquilizantes. Esto me llevó a pensar en que dichos datos entran en tensión con las significaciones imaginarias sociales que sostienen el consumo ligado a la marginalidad y las sustancias ilegales.
Por otro lado, en las últimas semanas, entrevisté, en diferentes oportunidades, a tres personas, de entre 30 y 40 años, actualmente en situación de consumo problemático de sustancias, que relataban el inicio de su consumo entre los 8 y los 12 años en el marco de la calle con una sustancia específica: pegamento. Cabe aclarar que dichas personas en ese momento se encontraban en situación de calle, o sea, niños en situación de calle. En torno a eso, reflexionaba sobre la vulneración de derechos desde tan temprana edad y el impacto que tiene en las trayectorias de vida. Y mi pregunta aquí es la siguiente: ¿ese padecimiento se puede reducir a un consumo problemático?
Los resultados de la encuesta nos permiten reflexionar sobre algunas cuestiones. Es de destacar que el consumo de tranquilizantes se incrementó durante la pandemia, y su consumo aumentó especialmente en las mujeres. En la pandemia un gran porcentaje de los cuidados en los hogares estuvo sostenido exclusivamente por mujeres. Las mujeres en pandemia nos encontramos con que habíamos multiplicado las tareas, por un lado, continuamos con nuestros trabajos, muchas de nosotras continuamos en la presencialidad del trabajo por ser trabajadoras esenciales, y otras seguimos de manera virtual en el marco del hogar, un hogar en el que se sumaban ahora más y más quehaceres domésticos.
Es ahí donde podemos pensar el incremento de consumo de tranquilizantes, y me pregunto lo siguiente: ¿para tapar qué?; o, quizás, ¿para sostener qué? Se me presenta como respuesta posible la idea de la medicalización de la vida, pareciera que la única manera que tenemos de sostener el ritmo y la cantidad enorme de exigencias que la vida cotidiana tiene es a través de sustancias, no necesariamente ilegales, que nos permitan regular nuestro estrés, nuestra ansiedad o nuestros “nervios” de manera externa. En esa línea de pensamiento, tomo las palabras de Emiliano Galende, que, en su texto “Una mirada al tema drogas desde la complejidad del campo de la salud mental”, dice:
El foco del problema es el papel y el lugar que ocupa hoy el consumo de drogas para la vida corriente. Y eso está vinculado básicamente a dos cuestiones: la finalidad de alterar la percepción consciente del malestar social que cada uno padece en distintas circunstancias y en distintos lugares de su vida social, y responder a una exigencia social que hoy implica performance, rendimiento y capacidad de vida social.
Es en ese contexto en el que me interesa pensar el consumo en su totalidad (no solo como consumo de sustancias legales o ilegales), en el marco de una sociedad que se sostiene sobre la base de esta actividad, y donde, como dice Alicia Stolkiner, el bienestar se mide por la cantidad de bienes que cada uno posee. Tomando como marco la subjetividad en términos de producción sociohistórica, ¿de qué sujetos hablamos? ¿Qué sujetos está formando esta sociedad de consumo y cómo es posible sostenerla? También en este marco cabe la pregunta de si debemos sostenerla, como un monstruo que devora todo a su paso y nos devora a nosotros, y nosotros somos su paso, su sostén, su garantía de reproducción, pareciera por momentos que nos autodevoramos. Es interesante aquí una cita de Mark Fisher de su libro Realismo capitalista, ¿no hay alternativa?:
A lo largo de los últimos treinta años, el realismo capitalista ha instalado con éxito una ontología de negocios en la que simplemente es obvio que todo en la sociedad debe administrarse como una empresa, el cuidado de la salud y la educación inclusive.
Todo parece pasar a un orden comercial y privado, incluyendo la gestión de nuestra salud, que, como dice Galende, al recaer en el sujeto, este parece tener como única salida implosionar, por el solo hecho de tener sobre sí la exigencia de las gestiones de la totalidad de la vida cotidiana, tarea imposible en soledad. Es aquí donde podríamos decir que pareciera que, para lograr esa performance, se recurre a sustancias que nos garanticen el rendimiento. Me hago una última pregunta: ¿cómo pensar una respuesta o una propuesta más comunitaria que contemple la ternura institucional y que especialmente garantice derechos para pensar trayectorias de vida más dignas y libres?







