Una mirada psicoanalítica
de los consumos problemáticos
Nicolás Farji Trubba[1]
Consumos problemáticos y neurosis
Intentaré ubicar en esta exposición una forma de hacer clínica con relación a las estructuras psicopatológicas lacanianas que presentan un consumo problemático de sustancias. Recuerden que lo que postulo a prima facie es aproximar un diagnóstico estructural dentro de la tripartición lacaniana: neurosis, psicosis, perversión. Esto en parte porque la llamada “función del tóxico” en términos libidinales es muy diferente en cada estructura. Planteo que la escucha no vaya direccionada exclusivamente hacia la sustancia, sino hacia los detalles de la estructura.
Primero quiero definir lo que entiendo por una estructura neurótica. Principalmente, se distingue de la psicosis a razón de que ha operado en la constitución subjetiva lo que Lacan denomina la “metáfora paterna”. Esta función permite al cachorro humano relacionarse con el lenguaje de una manera particular, siempre traumática, pero con cierta regulación. Introduce la función de tope o punto de capitón del padre. ¿Ante qué? Principalmente, ante la significación absoluta y desmedida del deseo de la madre (cuestión muy importante en esta clínica, la madre…). Esta función permite despegar al niño de las fauces de una Toda Madre y abre los senderos hacia lo que llamamos la “significación fálica”. El falo en psicoanálisis es el significante del deseo, de la falta; por lo tanto, la significación fálica permite la afánisis o desaparición del sujeto por los vericuetos del deseo. El deseo como falta motoriza la búsqueda del objeto-goce perdido, la mítica experiencia de satisfacción freudiana.
Básicamente, la función paterna produce un sujeto dividido por los significantes, hay uno que falta. El sujeto neurótico modula en forma de pregunta: ¿qué me quiere?; ¿qué deseas? Muy distinta de la certeza, más del lado de las psicosis. El trauma es entonces la inserción del sujeto en el lenguaje.
El resultado de esta operación constituye al sujeto neurótico e instala la represión como mecanismo defensivo primordial, a diferencia de la forclusión en las psicosis. La represión es sinónimo del retorno de lo reprimido, ya que sabemos de ella a través de sus errores, ahí donde esta pierde la batalla y algo de lo inconsciente se manifiesta. Lo que Freud enumera en psicopatología de la vida cotidiana: sueños, lapsus, actos fallidos, etc. Dentro de la neurosis, distinguimos tres subestructuras: histeria, neurosis obsesiva y fobia, según su vinculación con la pulsión y la función del síntoma (cuerpo en la histeria, pensamiento en las obsesiones y evitación en la fobia).
Entonces, podríamos conjeturar que un sujeto neurótico en resumidas cuentas es aquel que se las tiene que ver con cierta falta constitutiva en lo simbólico, que en psicoanálisis nombramos como “castración”, para ser más precisos, “castración de goce”. Sujetos que tienen que arreglárselas con sus síntomas como soluciones de compromiso. El síntoma cobra un carácter primordial. En las neurosis hay síntomas ad infinitum.
A mi entender esto quiere decir que el acto vacío o goce autoerótico del consumo pase al campo del Otro, en el mejor de los casos, hacia la figura del analista para que se constituya la “neurosis de transferencia”, necesaria para la dirección de la cura.
Pero el “objeto a” como plus de goce (la droga) parece ser más efectivo. La certeza inmediata de goce que produce el efecto biologizante de una sustancia es difícil de resignar, como cualquier otro objeto libidinal predilecto por un sujeto. Cuando un modo de gozar se instala, no es fácil conmoverlo. Una de nuestras tareas es apostar a que el sujeto acepte transitar el goce de la palabra, implícito en el discurso de cualquier neurosis. Es decir, que se soporte en su propio discurso.
Sintomatizar el consumo es una apuesta en la dirección clínica de un tratamiento en pacientes neuróticos; digo “apuesta” porque no siempre se produce. Sabemos que “la narcosis del deseo” y la identificación al Ser Toxicómano obstaculizan o adormecen la posibilidad de lo que llamaba antes “afánisis del sujeto”, el movimiento de la marea significante que produce el efecto sujeto/deseo. Goce es fijación, deseo es movimiento.
Se preguntarán quizás cómo sintomatizar un consumo. ¿Cómo se hace? Les digo que requiere de mucha paciencia y que no siempre se logra. Las demandas de tratamiento que antes mencionaba se presentan en su mayoría siendo no sintomáticas: presentaciones en acto, acting out o transferencias salvajes son clásicos de esta clínica. El sujeto en general ubica la sustancia como causa de su padecer. Esto siempre implica una elección del sujeto, el ubicar la causa de su sufrimiento en un objeto y no preguntarse por esa relación. El Otro social fomenta y atormenta al sujeto con el discurso según el cual las personas “caen en la droga” pasivamente, me recuerda la escena del film The Wall, de Alan Parker. Crítica al capitalismo moderno donde los sujetos son moldeados desde las instituciones educativas, y la metáfora donde caen en la máquina de triturar carne.
Hay que decirlo, seguramente debe ser un camino menos dificultoso solucionar un problema psíquico con una sustancia, es decir, tratar a lo real por vía de lo real, pero, como dice Freud, también es la manera más precaria y tosca. Sintomatizar ese real es llevarlo hacia lo simbólico, comenzar la vía de la interpretación, que es la herramienta primordial que tenemos para trabajar con las neurosis. “Que se haga historia” en el sujeto, que pueda armar su propia ficción. Pero, cuando una respuesta es tan contundente o efectiva, suele ser difícil cuestionarla. Esta es una dificultad enorme: el poder introducir preguntas ante tanta certeza, dudar…, despegarlo de la sustancia, que en su discurso conlleva tanto tiempo. Pero, si un sujeto comienza a hablar de otra cosa, ahí empieza el camino de sintomatizar. Esta posibilidad hay que promoverla de nuestro lado, propiciarla, hay que estar dispuesto a querer escuchar.
Otra dificultad consiste en cómo distinguir una estructura lacaniana en esta clínica tan intoxicada. Digo “intoxicada” porque nos encontramos todo el tiempo con estructuras viciadas, poco claras, dado que el efecto de las sustancias interfiere en los diversos cuadros psicopatológicos. Episodios delirantes, paranoias, manías, depresiones, etc., pueden ser producto de la estructura o efecto del uso de determinada sustancia.
Quisiera referirme también a aquellas invariantes lógicas que ubico en el campo de las neurosis, que en general son situaciones donde se produce un encuentro con un real. Sepan que lo real para Lacan es el registro que introduce aquello que del ser no puede ser captado por el lenguaje (a diferencia de la realidad concreta y de la realidad psíquica, que es la fantasía). Es lo que desarregla las estadísticas y toda pretensión de normalidad, la cual está muy presente en el campo en el que estamos trabajando… Traer al sujeto de la enfermedad de la adicción a una supuesta normalidad es una estrategia bastante normalizada. Estos encuentros o desencuentros son en general situaciones o encrucijadas en la vida de un sujeto donde prevalece el afecto de la angustia: duelos, separaciones y pérdidas en general. La función del tóxico en estos casos tiene por consigna evitar este afecto, posponerlo o directamente pausarlo. Como dije antes, evitar la tramitación por lo simbólico, que es poder darle un marco al cuadro de la angustia.
Consumos problemáticos y psicosis
Vamos a definir a grandes rasgos cómo se piensan las estructuras psicóticas en psicoanálisis. Lo que se denomina “metapsicología” tiene que ver con la teorización de los procesos psíquicos que intervienen en la constitución subjetiva. Como mencioné anteriormente, las psicosis tienen la particularidad de que no ha operado lo que se denomina “función paterna” o “metáfora paterna”. Insisto en no pensar las psicosis como un déficit, sino que se trata de otro tipo de vinculación con el Otro, con la realidad, con los objetos, con el propio cuerpo, con la pulsión, etc.
Las psicosis se dividen en tres subestructuras: esquizofrenia, melancolía y paranoia.
El consumo de sustancias en las psicosis puede generar dos tipos de operaciones. Por un lado, se habla mucho en este campo de cómo el consumo de una droga puede desencadenar un episodio de psicosis o “brote”. Hay que especificar esta creencia: no se vuelve loco quien quiere, decía Lacan. Esto quiere decir que esos episodios de locura son en realidad “locuras tóxicas”, es decir, episodios transitorios por intoxicación aguda. Los síntomas tienen más que ver con los efectos particulares de cada sustancia que con el efecto de la estructura. No es lo mismo la paranoia producto de una dependencia o abuso a la cocaína, que un episodio con certeza delirante, que es una construcción mucho más compleja y extendida en el tiempo, un delirio propiamente paranoico. Para hablar en criollo: una cosa es la llamada “persecuta” que puede producir el consumo de una sustancia, y otra mucho más compleja es la construcción delirante que viene a modo de suplencia allí donde se encuentra el vacío de significación que encontramos en esta estructura. Este vacío es la irrupción de un real producto de la forclusión, es un mecanismo psíquico que hace lo que puede para atribuir sentido o brindar consistencia al Ser. En las psicosis todo aquello que conocemos como locura es la irrupción de los llamados “fenómenos elementales”: signos autorreferenciales, sensaciones corporales ajenas, extrañezas, enajenación mental, abulia, etc. Cuando estos fenómenos logran forjar un sentido, por más que sea precario, se constituyen como delirio a modo de estabilización. Es la gran tesis freudiana, el delirio del loco es la compensación de la psicosis. Esto no quiere decir que siempre sea así, pero ese es su objetivo.
Es por esto por lo que en pacientes psicóticos el consumo puede estabilizar o desestabilizar la estructura. Pero de ninguna manera el consumo puede hacer que alguien se vuelva loco. Sí puede desencadenar una psicosis estabilizada, como también compensarla. Es difícil de comprender, voy a poner algunos ejemplos. Muchos pacientes esquizofrénicos refieren en las consultas clínicas que los fenómenos elementales de los que padecen son producto del consumo. Recuerdo un joven que atendía, me decía que, cuando él fumaba marihuana, le aparecían ciertas alucinaciones visuales, con poca consistencia semiológica. Es decir, esas alucinaciones son previas, pero el sujeto, a modo de defensa, las atribuye al consumo. Piensen que debe ser mucho más pacificador explicarse a uno mismo estas rarezas por efecto de una droga, que preguntarse si uno está loco. También aparece la automedicación para contrarrestar, por ejemplo, la abulia o síntomas depresivos severos, en estos casos aparece el abuso de drogas estimulantes.
Otro fenómeno de compensación es el de suplemento. Lacan lo llamaba “compensación imaginaria del Edipo ausente”. Se trata de pacientes que con el consumo adquieren o logran algún tipo de lazo social por identificaciones imaginarias al Ser Adicto con otros consumidores. Allí encuentran un sentido, una pertenencia. Es bastante frecuente en la adolescencia o juventud, que es la etapa donde más frecuentemente se producen las descompensaciones. Por eso funcionan mejor para este tipo de pacientes las comunidades terapéuticas o dispositivos como A.A. o N.A. Son lugares donde pululan las identificaciones imaginarias y donde hay un Otro que organiza, que sabe. Estos dispositivos, que por fuera pueden pecar de ser disciplinadores de la conducta, en las psicosis contribuyen a cierta organización psíquica.
Con respecto a los fenómenos relativos al cuerpo, en las psicosis muchas veces el consumo ayuda a unificar ese “cuerpo fragmentado”, dado que las drogas tienen un efecto en lo biológico. Aquí el extremo se ve en esos pacientes que con el consumo de drogas llegan a transformaciones en el cuerpo propias de las psicosis.
Conclusión
Por último, quisiera aclarar que los llamados “consumos problemáticos” no se constituyen como un diagnóstico, por lo menos para los que trabajamos desde el psicoanálisis. Por eso la importancia de diagnosticar la estructura con la que trabajamos, ya que define el modo de intervenir o los dispositivos clínicos más adecuados. La posición del analista en la cura es diferente en las neurosis y las psicosis. Por eso me parece fundamental despejar el tema de la sustancia e ir en busca de la estructura, hay que meterse al barro.
- Nicolás Farji Trubba, psicoanalista; miembro del Centro Carlos Gardel – Asistencia en Consumos Problemáticos – MSGCABA; autor del libro Consumos problemáticos: del fenómeno social a la operación singular, 2018, ED Letra Viva.↵







