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Introducción

Roma. La domus, el lugar de las mujeres en la tardo-república

Sabemos que Roma y el mundo latino en general funcionaron conforme a estándares patriarcales. Su historia está basada en las leyendas fundacionales de Eneas y Ascanio, los gemelos Rómulo y Remo, los reyes, e innumerables hombres vinculados al poder y a las más diversas disciplinas. Sin embargo, es una historia en la que también encontramos figuras femeninas destacadas. Antes de detenernos en las cuatro mujeres que analizaremos, nos acercaremos al modo de vida de las mujeres romanas en el período de la tardo-república.

¿Cómo se comportaban las mujeres en aquel entonces? La sociedad romana configuró un modelo de comportamiento femenino ideal que las mujeres debían adoptar, especialmente las de clases altas. A tal fin contribuían leyendas y exempla (ejemplos) religiosos.[1] Toda mujer romana estaba sujeta a pautas y a determinados comportamientos socio-morales; así, la matrona (mujer libre casada) debía cumplir con las virtudes de castitas, modestia, pietas y pudicitia, entre otras.[2] El comediógrafo Plauto se refiere a estos atributos a través de palabras de Alcmena: “para mí la dote es la honestidad, el pudor, el dominio de la pasión, el temor de los dioses, el amor filial y la concordia entre la familia, el ser complaciente contigo [su esposo], generosa con los buenos, dispuesta a ayudar a la gente de bien” (PL. Am. II 2).[3] Marco Porcio Catón, político, escritor y militar romano conocido por los apodos de Censor y Viejo, mantuvo una conservadora defensa de las tradiciones romanas en oposición al lujo de la corriente helenística procedente de Oriente. Catón reúne un catálogo de las cualidades femeninas recomendables para la esposa de un administrador de una villa:

Que las administradoras cumplan sus deberes; si el dueño te la ha dado como esposa, conténtate con ella; haz que te tema; que no sea demasiado dada a los lujos; que tenga el menor trato posible con las vecinas y otras mujeres, que no las reciba en su casa ni las llame a su presencia; que no vaya a ningún sitio a comer en la cena ni sea una andariega; que ni haga sacrificios a los dioses ni encargue a nadie que los haga sin la orden del dueño o de la dueña; que entienda que el dueño hace los oficios divinos para toda la familia. Que sea limpia: que tenga la casa limpia y adornada, que tenga la cocina limpia y barrida todos los días antes de irse a la cama. En las calendas, idus y nonas, cuando sea día festivo, que ponga una corona en el hogar y durante esos mismos días que haga una ofrenda al Lar familiar. Que tenga cocida la comida para ti y para los esclavos. Que tenga muchas gallinas y huevos, peras secas, bayas, higos, uvas secas, reducción de bayas y uvas en vasijas, bolsas con manzanas, uvas en orujos y en jarras enterradas en la tierra, nueces de Prenestina frescas en jarras enterradas en la tierra, manzanas de Escantio en vasijas, y otras que suelen cultivarse, y silvestres, todas estas que las tenga diligentemente todos los años recolectadas. Que sepa hacer buena harina y harina fina de espelta (CATO. Agr. 143).

Las tareas domésticas, tales como el cuidado del esposo, la educación de los hijos, y el hilado de lana, eran las tareas propias de la mujer. La domus (casa) constituía el espacio que le correspondía, en contraposición al espacio público, dominio del varón.[4] Con todo, las esferas de lo “público” y lo “privado” tenían límites no tan definidos en Roma, pues los términos latinos publicus y privatus tienen diversos significados. Publicus se asocia con el Estado o la comunidad, y frecuentemente se comprende en el sentido político de “carrera pública”. Por su parte, privatus se refiere a individuos o pequeños grupos familiares, y se utilizaba para designar a quien no ocupaba un cargo público.[5] De ahí que pueda resultar más apropiado pensar el lugar de la mujer y del varón en términos de la oposición entre foro y domus. El centro de la vida política y jurídica era el Foro, ámbito masculino por excelencia; mientras que la domus estaba estrechamente vinculada con las mujeres. Domus no es equiparable a la imagen de familia que tenemos, aun con todo lo variable que esta sea en la actualidad, pues tiene un significado más amplio, ya que comprendía a otros miembros de la familia (ancestros y descendientes), y también a esclavos y sirvientes.[6] Por otra parte, el espacio físico de la domus de la élite romana disponía de sectores específicos vinculados con funciones públicas. Así, el atrio y las grandes salas que daban a él, como el tablinum y el triclicium, eran sitios destinados a reuniones con clientes y visitantes, a la vez que lugares de deliberación política.

En el ámbito privado, la mujer dependía del pater familias (jefe o cabeza de familia), figura superior en el dominio de la casa y la familia, quien ejercía la patria potestas (patria potestad). El padre de familia, el dominus (señor), gozaba de todos los poderes que le otorgaba el derecho sobre la vida y la muerte de todos los miembros de su familia.[7]

Los lazos conyugales se establecían según dos tipos de matrimonio que definían quién tutelaba a la mujer. Si se trataba de una unión cum manu (con mano), dependía del nuevo pater familias, es decir, su esposo. Este tipo de unión expresaba la necesidad de que la mujer se sometiera a la manus del marido o de su pater familias. Esto se llevaba a cabo mediante una conventio in manum (acuerdo en mano) que podía tomar tres formas. En primer lugar, la confarreatio (literalmente “confraternidad”), que era la ceremonia de boda oficial. Esta es la forma más antigua y solemne. Requería de la presencia del pontífice y de un flamen (sacerdote) en representación de Júpiter. Los esposos ofrecían un far (un pan de espelta) al dios, es decir, se trataba de una unión con base jurídica y sacra.[8] En segundo lugar, la coemptio (compra). Consistía en una venta ficticia por medio de la cual se adquiría a una mujer como si se tratase de una nueva propiedad. Bastaba cinco testigos para garantizar el proceso, es decir, era una transacción comercial en la que la pareja se paraba frente al funcionario sosteniendo una libra y una balanza en sus manos, la mujer acordaba venderse a sí misma y trasladarse a la casa de su marido. En tercer lugar, el usus (uso). Este implicaba la convivencia durante un año entre los novios y el vínculo podía disolverse mediante la usurpatio trinoctii (ausencia de tres noches), es decir, si la novia abandonaba por tres noches seguidas su casa. Estos tres tipos de vinculación, en definitiva, implicaban que la mujer se desligaba de su familia de origen para entrar a formar parte de la de su marido.[9] El otro tipo de unión, sine manu (sin mano), era una forma más libre en la que la mujer seguía conservando lazos con su antigua familia y permanecía bajo la tutela de su padre, a la vez que podía gozar de los derechos sucesorios.[10]

Las uniones cum manu y sine manu no son verdaderamente dos tipos de matrimonio, sino la misma figura del vínculo nupcial con una doble manifestación en relación con la posición de la mujer respecto al marido. Las uniones matrimoniales no eran campo de decisión de la mujer, tanto el marido como el tipo de unión se definían por las dos familias que pasaban a estar ligadas desde ese momento.[11] Los matrimonios se establecían en función de alianzas políticas, de modo que la mujer cumplía un rol instrumental que garantizaba esos vínculos y luego los fortalecía al traer hijos al mundo.

El derecho romano no permitía a la mujer ninguna forma de patria potestas. La mujer no poseía herederos propios ni tampoco tenía derecho a adoptar, si bien estas condiciones se fueron modificando a lo largo del tiempo. La mater familias (madre de familia) en ningún sentido era un correspondiente femenino del pater familias, pues la mujer era la esposa de un ciudadano romano con plena capacidad jurídica al que esta estaba subordinada.[12] En el espacio público la mujer era tutelada por un varón, figura conocida como tutela mulierum (tutela de las mujeres). Esto sucedía así porque se consideraba a las mujeres como inferiores –en varias ocasiones los textos las presentan como imbecillitas sexus (sexo impotente)–,[13] por lo que requería de un hombre que diera su consentimiento para acciones que excedían su capacidad dada su débil naturaleza, equiparable a la de los locos y los niños.[14] Los términos infirmitas, levitas, imbecilitas se empleban de manera intercambiable, pues su uso pretendía bosquejar un conjunto de rasgos que definían el carácter de la mujer, y estos conceptos se confundían entre sí, variando su significado desde la debilidad física a la timidez o la ingenuidad.[15]

En cuanto a la educación, la formación de las matronas no era especialmente valorada, si bien no estaba prohibida.[16] En la escala más básica de instrucción solían encontrarse tanto niñas como niños. Más adelante, algunas mujeres podían continuar su formación en la domus, especialmente en las familias aristocráticas.[17]

En líneas generales, la educación romana estaba dividida en diversos ciclos. Una primera etapa era la educación elemental, que comprendía el aprendizaje de la escritura, lectura y algunos elementos de matemáticas, se iniciaba a los siete años y se extendía hasta los once, y era impartida por un magister o litterator (maestro). Luego los niños pasaban a la instrucción de un grammaticus (gramático), quien los formaba en literatura, especialmente en poesía, y luego en ortografía, métrica, y otras temáticas como mitología y geografía. Entre los quince o dieciséis años –edad en que los varones cambiaban la toga praetexta por la toga virilis– comenzaba la tercera y más importante etapa formativa, el entrenamiento retórico dado por el rhetor (rétor) que preparaba a los varones de las clases altas para la carrera pública. Algunos elegían formarse también en filosofía o lengua griega, completando su formación en Atenas o alguna ciudad griega. Las mujeres eran menos favorecidas que los varones con respecto a la formación. Si bien se entiende que había alumnas en las escuelas, eran ampliamente superadas en número por sus pares masculinos, a la vez que estos se formaban durante más tiempo. No se cuenta con demasiada información al respecto. Incluso limitando el análisis a las mujeres de las clases altas, algunas de las cuales, como veremos, eran muy instruidas, es imposible estimar la proporción de mujeres con formación.[18] Aun si estas mujeres pudieron acceder a una educación, resulta necesario destacar algunas diferencias. En primer lugar, la instrucción femenina carecía del objetivo principal que tenía para los varones: la preparación para la carrera pública. En segundo lugar, durante el período adolescencial en el que los varones continuaban estudiando, las mujeres contraían matrimonio, de ahí que la tripartición de la etapa formativa descripta no puede aplicarse a las mujeres, para las que sería más adecuada una diferenciación entre formación prematrimonial y matrimonial. Disponemos de referencias que indican cómo algunos padres se preocupaban por dar maestros para una educación privada a sus hijas mujeres (la que procuró Ático, el amigo de Cicerón, para su hija Cecilia Ática; Plinio describió la formación de las hijas de un amigo; y, ya durante el Principado, Augusto se preocupó por la formación de sus nietas Julia y Agripina). En la enseñanza se incluían lecciones de música y es probable que ciertas mujeres estudiaran filosofía y retórica de adultas, como sucedió con Cornelia y más adelante con Julia Domna. Estas mujeres que alcanzaron tal formación fueron llamadas matronae y puellae doctae (jóvenes doctas). Con todo, más allá de esta instrucción a la que tuvieron acceso un número limitado de mujeres, permanece siempre válido el modelo ideal de mujer, cuya mejor virtud era la contención y moderación en mayor medida.

En el estudio sobre las mujeres romanas nos enfrentamos con dos grandes dificultades. En primer lugar, contamos con escasos testimonios directos, es decir, con obras que hayan sido escritas por las propias mujeres y que nos muestren, sin mediaciones, qué y cómo pensaban. En segundo término, tenemos a disposición una mayor cantidad de testimonios indirectos sobre las mujeres, presentes en las obras de poetas, historiadores y filósofos de la época, que generalmente se refieren a ellas con opiniones para nada favorables, sino más bien con un tono despreciativo. Buena parte de los autores de los que nos serviremos para escribir este ensayo son historiadores que retrataron la historia de Roma. En general, en ellos se encuentra una visión negativa o depreciada de las mujeres, a quienes se suele convertir en un colectivo indefinido, pero ciertamente peligroso, del que hay que cuidarse. Veamos algunos ejemplos. El historiador Tito Livio escribió una inmensa obra sobre la historia del Estado romano en ciento cuarenta y dos libros. En su trabajo, las referencias a los actos meritorios de las mujeres que tuvieron un peso histórico significativo son prácticamente nulas, pero se detiene con mayor detalle en algunos episodios que evidencian la astucia y la traición de las mujeres. La manifestación contra la lex Oppia en 195 a.e.c., episodio del que nos ocuparemos en la primera sección, fue entendida como una consternatio muliebris (motín femenino) que produjo una exhibición de impotentia muliebris, esa “falta de autocontrol mujeril que destruyó nuestra libertad” (LIV. XXXIV 2.2.6). En efecto, Tito Livio no dice nada sobre las matronas que entregaron su oro y dieron su pelo para fabricar las cuerdas de los arcos cuando los galos atacaron Roma en 390 a.e.c., pero se vuelve notoriamente más expresivo cuando relata con grandes pruebas el caso de envenenamiento de 331 a.e.c., momento en que la ciudad se vio afectada por la muliebris fraus (traición de las mujeres).[19] Así relata el episodio:

Entonces quedó al descubierto que la población sufría por la maldad de las mujeres, que las matronas preparaban aquellos venenos y que, si querían seguirla en el acto, podían sorprenderlas con todas las evidencias. Siguieron a la denunciante y encontraron a algunas matronas cocinando los medicamentos, y descubrieron otros escondidos. Conducidas estas al Foro, el viator hizo comparecer a unas veinte matronas en cuyo poder habían sido aprehendidos; como dos de ellas, Cornelia y Sergia, de familia patricia ambas, pretendían que aquellos medicamentos eran saludables, la denunciante, rebatiéndolas, les pidió que bebieran para demostrar que ella había inventado una falsedad. Se tomaron un tiempo para cambiar impresiones; una vez retirado el público, expusieron la cosa a las demás, y como tampoco estas rehusaron beber, apuraron el brebaje a la vista de todo el mundo y todas ellas perecieron en su propia trampa. Apresadas inmediatamente sus cómplices, denunciaron a un gran número de matronas, de las cuales fueron condenadas alrededor de ciento setenta. Antes de esa fecha no se habían dado en Roma procesos por envenenamiento. Se consideró este hecho como extraordinario (LIV. VIII 18).

Encontramos la misma forma de caracterizar a las mujeres y su obrar en los trabajos de Tácito, un político e historiador romano. Tácito relata la muerte del general Germánico, amigo de Ovidio y traductor de Arato, y quien era una figura muy admirada por el historiador. El deceso de Germánico fue producto de la muliebri fraus que le impidió morir en un combate honorable. Tácito se refería de este modo a Plancina, esposa de Pisón, matrimonio que habría envenenado conjuntamente al honorable general abuelo de Nerón (TAC. Ann. II 71.4). Tácito está constantemente preocupado por la impotentia muliebris en el Principado, esa falta de dominio característica de las mujeres (TAC. Ann. I 4, IV 12, IV 57). Cuando Fulvia dejó Italia después de una valiente lucha contra Octavio, quien junto con Lépido y su esposo Marco Antonio conformaban el Segundo Triunvirato, su partida fue considerada una muliebris fuga (escape de mujer), según la caracterización del historiador Veleyo Patérculo (VELL. II 76.2). La domus del emperador, luego de la muerte de Octavio y en los inicios del mandato de Tiberio, estaba plagada de las muliebres offensiones (ofensas, animosidades mujeriles, TAC. Ann. I 33, XII 64). Las negociaciones entre el emperador Otón y Vitelio, en el tumultuoso período de las sucesiones luego de la muerte del emperador Galba, estaban teñidas de muliebribus blandimentis (adulaciones de las mujeres, TAC. Hist. I 73). El adjetivo muliebris (de la mujer, femenino, mujeril) es un término tan consistentemente peyorativo que no se utiliza para ningún acto noble femenino. Por eso se omite en las referencias a los actos valientes de las mujeres, tales como la muerte heroica de Calpurnia (esposa de Julio César, quien advirtió a su marido de las intenciones homicidas contra él), Servilia (amante preferida de Julio César, madre de Bruto quien finalmente lo asesinara) y Arria (quien mostró fortaleza ante la muerte de su hijo y la condena de su marido a suicidarse por orden el emperador Claudio).[20]

Concluimos así con estas observaciones generales en cuanto al lugar de las mujeres y su consideración por las fuentes. Con esta amplia caracterización, iniciaremos la presentación y análisis de las cuatro figuras femeninas seleccionadas para esta investigación, mujeres que pensaban, hablaban y escribían.


  1. Al respecto, véase Rodríguez González (2015). Sobre el lugar de la mujer en los ritos y cultos religiosos, véase Holland (2012).
  2. Véase Cenerini (2002: 17 y ss.).
  3. Para el lugar del la mujer en Plauto, véase Rei (1998).
  4. Para una visión general, véase Hallett (1984). En cuanto a las diferencias entre las mujeres según la clase social, véase Cañizar Palacios (2005).
  5. Véase Hemelrijk (2015: 10 y ss.).
  6. Véase Ernout (1932), Saller (1984) y Trümper (2012).
  7. Véase Robert (1997).
  8. A partir del reinado de Tiberio, segundo emperador romano entre 14- 37 e.c., se comenzó a practicar una ceremonia similar a la moderna. La base del matrimonio era entonces una declaración de voluntad, no la compra ni la legalización de la convivencia. Para esta función de Júpiter, véase GEL. X. XV.
  9. Véase Astolfi (2006: 43). Gayo relata: “Antiguamente se acordaban las uniones matrimoniales de tres maneras: por el uso, por el pan y por la compra. Acordaba un convenio por el uso la que permanecía casada durante un año entero, pues como durante un año era tomada en convivencia, entraba en la familia del marido y obtenía el lugar de hija. Por eso la ley de las XII Tablas ordenaba que cuando una mujer no quería entrar de ese modo en el poder marital, se ausentara de su casa todos los años durante tres noches, interrumpiendo así el uso de un año. Pero todo este derecho fue en parte derogado por las leyes y en parte olvidado por falta de costumbre. El acuerdo matrimonial por el pan sucede mediante cierta clase de sacrificio que se hace a Júpiter Fárreo, en el cual se presenta un pan fárreo, esto es, de trigo, por lo que también se llama confarreación; por lo demás, se realizan en esta clase de matrimonios muchos otros actos, pronunciándose fórmulas prescritas y solemnes en presencia de diez testigos. Este matrimonio todavía se practica en nuestros tiempos, pues los sacerdotes mayores, o sea los de Júpiter, los de Marte y los de Rómulo, e igualmente los reyes de asuntos sagrados, no pueden ser elegidos si no han nacido de matrimonios contraídos por el pan, y tampoco ellos mismos pueden ejercer el sacerdocio si no se casan de ese modo. El acuerdo matrimonial por compra sucede mediante una mancipación, esto es, por una venta imaginaria, pues en presencia de cinco testigos, ciudadanos romanos púberos, y también de un portador de la balanza, el marido compra a la mujer, entrando esta bajo su poder marital. La mujer puede hacer esta compra no solamente con su marido, sino también con un extraño; ciertamente, se dice que la compra es hecha o por matrimonio o por garantía: la compra que hace con su marido con el fin de estar como hija de este se llama compra hecha por matrimonio; en cambio, la compra que hace con otro motivo, ya sea con su marido, ya con un extraño, por ejemplo, para evitar la tutela, se llama compra hecha por razón de garantía” (GAI. Inst. commentarius primus, 110 y ss.). Sobre Gayo, véase Santalucía (1975).
  10. Estos tipos de alianza se atribuyen a la época de Rómulo. Véase DION HAL. R.A. II 25. Para más información, véase Berrino (2006), Cenerini (2002: 39 y ss.) y Robert (1997).
  11. A partir del siglo II a.e.c. fue más habitual el matrimonio sine manu. Al respecto, véase Cantarella (1991).
  12. Como señala Casamayor Mancisidor (2015: 3): “Algunos de los conceptos que sirven para designar importantes instituciones romanas como el patrocinio, el patrimonio o la figura del paterfamilias, provienen de la palabra padre; al contrario, las relacionadas con la madre, como el matrimonio, implican siempre cierto grado de sumisión”. Sobre la representación de las mujeres romanas como colectivo, véase Palacios (2014).
  13. Sobre este tema, véase Gacto Fernández (2013) y Cañizar Palacios (2005).
  14. Véase D’ambra (2007: 12).
  15. Al respecto, véase Dixon (1984: 357).
  16. Sobre esto, véase De la Rosa (2005: 271).
  17. Hay pruebas y testimonios de mujeres de este período que tuvieron una acabada formación. Al respecto, véase Cantarella (1997) y Stevenson (2005). Para cuestiones relativas al rol de la mujer en aspectos relacionados con la cultura y lo público, véase Bielman (2012).
  18. En esta caracterización seguimos a Hemelrijk (1999: 18 y ss.). Véase también Cenerini (2002).
  19. Seguimos en esta caracterización a Bauman (2013: 11 y ss.).
  20. Para información sobre Calpurnia y Servilia, véase VELL. II 57, II 88. Sobre la historia de Arria, véase PLIN. Ep. III 16.


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