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2 Clodia Meteli

Clodia, la antimatrona

Podemos pensar que la figura de Clodia ha sido delineada históricamente como una especie de “anti-matrona”, ya que encarnaba el prototipo de todo lo opuesto a lo que la cultura romana esperaba de una mujer. Paradójicamente, esa caracterización la convirtió en un personaje de gran interés.[1]

Clodia provenía de la gens Claudia, una familia importante de Roma. Nació antes del año 95 a.e.c. y fue probablemente la hermana mayor de una familia numerosa (tres hijas y tres hijos).[2] En Roma la mayoría de las niñas recibían solo un nombre, la forma femenina del nombre familiar. Por esto, Clodia se debería haber llamado Claudia. El nombre que conocemos resulta ser una variante vinculada con el nombre de su hermano Plubio Clodio Pulcro y también con el de algunas de sus hermanas.[3] Si una familia tenía más de una hija, todas llevaban el mismo nombre (como en el caso de las Cornelias) y se diferenciaban por un apelativo numérico (Prima, Secunda) o por la adición de los apellidos de sus esposos. De ahí que Clodia, esposa de Metelo, fuera conocida como Clodia Meteli.[4]

Las fuentes de información sobre Clodia son principalmente dos: el orador Marco Tulio Cicerón y el poeta Gayo Valerio Catulo. Ninguno de los dos escribía con fines documentales, de ahí que sus referencias estén teñidas por opiniones e intereses personales. Cicerón se refiere a Clodia en una de sus defensas judiciales y en sus cartas. Catulo la nombra en sus poemas como Lesbia. Tanto Lesbia como Clodia son en cierto sentido construcciones míticas, moldeadas por las demandas y convenciones de dos géneros (poesía y oratoria) que suelen tener una relación algo ligera con la verdad histórica.[5] De ahí que la información de las cartas de Cicerón se convierta en un elemento que permite contrastar y complementar la información. Si estas tres figuras (la de las cartas, la de la defensa y la de los poemas) resultan ser la misma mujer –algo que creemos altamente probable–, disponemos de un repertorio de información sobre ella más amplio que sobre cualquiera de sus contemporáneas.

Clodia por Cicerón

Sin duda Clodia fue una mujer implicada directamente en los avatares políticos de su época y que ejercía influencias en las esferas del cambiante poder romano. Esto es lo que Cicerón intenta desdibujar en Pro Caelio (En defensa de M. Celio), el discurso de defensa de Marco Celio Rufo, donde la delinea como una mujer caracterizada por sus desviaciones de conducta y que actúa solo por sus deseos de venganza.[6]

Cicerón pronunció este discurso en abril del 56 a.e.c., un año después de volver del destierro al que fue enviado por Clodio, el hermano de Clodia. Clodio fue un hombre bien educado: poseía conocimientos de griego y filosofía, y tenía la reputación de ser un buen poeta. Además, era un personaje clave en la política tardo-republicana.[7] El juicio a Celio consistía en una acusación de violencia contra las leyes (de vi) que comprendía diversos delitos: promover sediciones contra el Estado en Nápoles; tomar bienes de Palla; expulsar a los embajadores egipcios de Pozzouli; asesinar a Dión, el máximo representante de tal comisión egipcia; y, finalmente, intentar envenenar a Clodia. En realidad, solo los dos primeros delitos quedaban comprendidos bajo la acusación de la lex Plautia de vi del 70 a.e.c., pero se presentaron todos estos cargos en conjunto. La defensa fue llevada adelante por el mismo Celio, Marco Craso y Cicerón.[8]

Celio era un joven distinguido, educado por el propio Cicerón luego de que se acercara al Foro. A poco de comenzar su carrera, se destacó por su participación en dos importantes acusaciones: la de Gayo Antonio por indicios de conspiración contra la República y la de Lucio Calpurnio Bestia por soborno. Atratino, el hijo de Bestia, fue el fiscal principal que promovió la acusación contra Celio. Aquel actuaba con la asistencia de P. Clodio y L. Herenio Balbo (CIC. Cael. 26; 56).[9]

Celio, el acusado, tuvo una relación amorosa con Clodia. El matrimonio sine manu de Clodia con su primo hermano Quinto Metelo Celer no fue feliz. Durante el matrimonio, y luego de quedar viuda, Clodia mantuvo una serie de relaciones con varios hombres, incluido Celio. La historia de amor y traición entre ambos terminó en el 56 a.e.c., año del proceso en el cual, además de las otras acusaciones que se le imputaban, Clodia lo inculpó de intentar envenenarla. Como su ex amante, aportó pruebas para apoyar la imputación.

Cicerón centró la defensa de Celio en la vehemente desacreditación del testimonio de Clodia, a la que acusó de todo tipo de vicios, compartidos con su hermano, quien podría haber constituido el verdadero objetivo del ataque de Tulio, pues era conocida la enemistad entre ambos. La oratoria de Cicerón demostró ser irresistible. Habló en tercer lugar, como era de su gusto, y ratificó con esta defensa su creencia en que las personas forman sus juicios influenciados por sus emociones, más que por la razón (CIC. De orat. 2.178, Brut. 190).[10]

La defensa estaba dividida en tres secciones de acuerdo a los cargos que atendía. Cicerón se ocupó de la acusación del asesinato de Dión y del envenenamiento de Clodia. La estrategia ciceroniana se proponía demostrar que la ley invocada por la acusación no se correspondía en lo más mínimo con el accionar de Celio. De modo que las circunstancias del proceso revelaban que se trataba de una causa insólita que, en efecto, no existía. Todo se debía solamente al deseo de venganza de una mujer. Vamos a realizar una presentación del discurso de defensa de acuerdo a las diversas estrategias descalificatorias que pueden identificarse en el texto.

Un proceso judicial en días festivos

Cicerón comienza su discurso señalando lo inusual de este proceso, dado que se lleva a cabo aun tratándose de días festivos:

Si alguien, oh jueces, por casualidad ahora apareciera aquí, desconociendo nuestras leyes, nuestro modo de proceder en los juicios y nuestro estilo propio, de hecho se preguntaría cuál puede ser la terrible gravedad de una causa como esta, pues en unos días festivos y de espectáculos públicos, cuando se han suspendido todas las actividades del Foro, es este el único proceso que se sigue (CIC. Cael. 1).

¿A qué fiestas se refiere Cicerón en el inicio del discurso? Esta mención, junto con las observaciones posteriores sobre el juicio de Sexto Clodio, ha permitido determinar con precisión la fecha del juicio contra Celio (CIC. Cael. 78).[11] Cicerón estaba hablando el primer día de los ludi Megalenses (juegos de la gran diosa), una festividad popular y célebre en honor de Cibeles, apodada megale “la grande”, de ahí la denominación de estas fiestas que se celebraban en Roma a partir del 4 de abril.[12] Los cargos eran de tal magnitud que exigían que se lleve adelante un juicio en un día de observación religiosa. Sin embargo, Cicerón socava la seriedad de las acusaciones; más aun, invierte su valor al mostrar cuán insignificantes resultaban en realidad, así hace uso de la ironía como una poderosa estrategia de defensa. En una transposición cómica de roles, Tulio perdona al fiscal, Atratino, por llevar el caso a los tribunales en estos días festivos; él, al menos, estaba motivado por un exceso de devoción filial, ya que la acusación contra Celio era una venganza por la imputación de este sobre su padre. Cicerón deja claro que la verdadera fuerza motriz detrás del juicio es otra, e insiste en la diferenciación entre quien acusa y quienes atacan (CIC. Cael. 2.20), es decir, los fiscales y Clodia y su hermano. Inmediatamente señala que el joven está hostigado por una meretriz, la que no puede ser perdonada sino que “debe reprimirse la lujuria de esa mujer” (CIC. Cael. 1). Así, el juicio, una interrupción de las observancias religiosas y cívicas normales, es simplemente el resultado del deseo de venganza de Clodia. Desde el principio, Cicerón retrata a Clodia como una amante celosa, enojada por el desprecio de Celio.

Con todo, debemos considerar el trasfondo político presente en la referencia a la falta de observancia de las fiestas religiosas de esos días. Esta evocación de los juegos megalenses en el comienzo de la defensa, interpretada en clave política, conlleva un implícito ataque al comportamiento no convencional de los Clodii. En efecto, esta no era la primera vez que por responsabilidad de los Clodii se interrumpían las celebraciones religiosas tradicionales, sino que contaban con todo un historial de comportamiento sacrílego.[13] Los contemporáneos de Cicerón seguramente recordaban la escandalosa irrupción de Clodio en los ritos de Bona Dea en 62 a.e.c. (de los que solamente participaban mujeres);[14] y las acciones de Clodio en 58 a.e.c. cuando, según Cicerón, había profanado el santuario de Cibeles, la Magna Mater, en Pessino, expulsando al legítimo sacerdote y vendiendo el sacerdocio al indigno Brogitarus. Cicerón había recordado este escándalo en su defensa de Sestio (CIC. Har. 27).[15] De este modo, una serie de comportamientos impíos quedaban asociados a la referencia de la no observancia de los días religiosos del inicio del discurso.

Acusación de meretrix

Como hemos referido, Cicerón arma la defensa sobre la desacreditación del testimonio de Clodia, configurando así un personaje femenino por completo alejado de la figura de una respetable matrona. Luego de la referencia a los juegos megalenses, Tulio agrega que la acusación se dirige a un joven, conocido por su simpatía e ingenio, que ha sido sometido a proceso por el hijo de quien el mismo Celio ha acusado en dos oportunidades de ambitus (compra de votos) y es “asediado por los medios de que dispone una meretriz” (CIC. Cael. 1). Esta caracterización como “meretriz” no es un abuso o exceso por parte del orador, sino más bien la primer estrategia de difamación y descalificación, ya que bajo la lex de vi una prostituta no era un testigo competente.[16] El término meretrix es repetido en varias oportunidades a lo largo del discurso: opibus meretriciis (la riqueza de una prostituta, CIC. Cael. 1), vicinitatem meretriciam (el barrio de una prostituta, CIC. Cael. 37), meretriciis amoribus (asuntos con prostitutas, CIC. Cael. 48), meretricia vita (la vida de una prostituta, CIC. Cael. 49) y meretricio more (a la manera de una prostituta, CIC. Cael. 57). En Roma, en líneas generales, se pueden delimitar dos tipos de meretrix: por una parte, las que eran reconocidas oficialmente y tenían que registrarse con los ediles y pagar el meretricium, un impuesto para obtener la licentia stupri que las habilitaba a trabajar; por otra parte, las prostitutas clandestinas que no estaban formalmente inscriptas y deambulaban por las calles, ubicándose en los escalones de los monumentos, en los bancos públicos, en las lápidas, bajo los arcos o cerca de los acueductos. A estas, se las conocía como erratica scorta (prostitutas ambulantes). Para las lupae (prostitutas) registradas habían admisarii (anunciantes), que eran hombres o mujeres que abordaban a los posibles clientes en la vía pública y se ofrecían a guiarlos. Entre quienes también ejercían el oficio de prostitutas, estaban las saltatrices (bailarinas), las fidicinae (flautistas) y las tibicinae (quienes tocaban la lira), que equilibraban su reconocido talento musical con un ejercicio selectivo de la prostitución.[17] Un ejemplo era la famosa Cytheris, quien a menudo recibía en su mesa, entre otros notables, al propio Cicerón.[18] Estas mujeres educadas y artistas constituyeron una especie de modelo para los modos de representación del vínculo entre varones y mujeres, tal como se encuentra en las elegías eróticas de Ovidio y otros poetas de la época de Augusto. Sin embargo, para Cicerón las animaciones musicales, los banquetes y las asambleas sociales de todo tipo eran sinónimo de desenfreno. Por eso, incluía en la defensa referencias a estas actividades de manera sumamente negativa, configurando así un escenario caracterizado por la falta de recato y respeto a las buenas costumbres romanas. Aunque Tulio no afirma que Clodia fuera una prostituta en sentido estricto, ya que no insinúa que se servía de la actividad sexual como medio para ganar dinero, la representa como una prostituta en sentido amplio, consumida por la pasión sexual que la gobierna: “no solo una meretriz, sino una meretriz proterva y procaz” (CIC. Cael. 49). Cicerón, asimismo, utiliza otros epítetos para significar la promiscuidad sexual de Clodia: ella es amica omnium (amiga de todos, CIC Cael. 32), califica su accionar como propio de la temeritas ac libido (audacia y lujuria, CIC. Cael. 34), proveniente de ex inimica, ex infami, ex crudeli, ex facinerosa, ex libidinosa domo (de una casa hostil, deshonrada, cruel, criminal y lujuriosa, CIC. Cael. 55).[19] Como mencionamos, Tulio no pretende incapacitarla legalmente, sino más bien desprestigiarla y así socavar la credibilidad de su testimonio.

El poeta Juvenal presenta en la Sátira VI una especie de “anti-matrona” que tiene algunas coincidencias con la caracterización de Clodia de Cicerón. El personaje de Juvenal encarna todas las cualidades menos deseables en una esposa ideal. Por ejemplo, mientras que una matrona romana debería mantener su comportamiento dentro de la pudicitia (castidad), este personaje no es simplemente una impia (adúltera), sino que está obsesionada con el sexo. Mientras que una matrona mantiene relaciones solo dentro de su clase social, la anti-matrona de Juvenal prefiere amantes de la clase baja, como Cicerón sugiere que hace Clodia. Si el papel de una esposa es proporcionar hijos legítimos a la familia de su marido, nada de esto forma parte de la vida del personaje de Juvenal, tal como sucede con Clodia.[20]

En esta caracterización de Clodia como meretrix Cicerón actúa con innegable originalidad. En efecto, este empleo no tiene precedentes en la literatura latina como descripción de una mujer romana de élite.[21] Ningún autor latino emplea con más frecuencia la palabra meretrix que Cicerón (a excepción de los cómicos y críticos literarios).

Medea Palatina

Volvamos al texto del Pro Caelio. La siguiente mención de Clodia, en un párrafo cargado de referencias al gran poeta Ennio, la identifica con Medea, segunda estrategia descalificativa:

Porque así, jueces, descubrirán lo que, al llegar al lugar oportuno, les haré ver: que esta Medea Palatina y el cambio de domicilio fueron para este joven la causa de todos sus males o, más bien, de las habladurías que sobre él se han levantado (CIC. Cael. 18).[22]

Cicerón, ingeniosamente vincula a Clodia con Medea y, por tanto, con la marea emocional que genera tal personaje en cualquier audiencia, antes como ahora.[23] Clodia no mató a sus hijos, pero al igual que Medea era una amante abandonada y despechada. La ubicación en el Palatino refuerza las insinuaciones de poder, riqueza e influencia femenina consideradas en otras secciones de la defensa. Tulio introduce esta referencia recordando unos versos de Medea exul (Medea exiliada) de Ennio, que Craso había empleado previamente en su defensa: “Ojalá que nunca en los bosques de Pelión…” (CIC. Cael. 18).[24] Craso tomó el inicio del verso para aludir a la lamentable llegada del rey Ptolomeo de Egipto, dada la cantidad de problemas que esa visita causó, tema que revisaremos luego. En definitiva, se presenta a Celio como un inocente que se aventuró en el territorio de esta mujer, a quien encontró por casualidad. Más adelante, se dirá que Publio Clodio señala a su propia hermana como quien primero se interesó en Celio para luego tomar la iniciativa en el acercamiento (CIC. Cael. 36). Esta es la imagen que va configurando Cicerón. Es discutible que Celio fuera presentado a Clodia en privado por su propio hermano, quien lo podría haber considerado como alguien a quien valía la pena cultivar políticamente.[25] Sin embargo, la defensa no tenía intención de dejar alguna sospecha sobre posibles antiguos vínculos entre Celio y Clodio. De ahí que más adelante, cuando Cicerón personifique a Clodio como dirigiéndose a su hermana, califique a Celio de adulescentulus: “un joven insignificante”. De este modo Clodia queda separada, temporalmente, del ámbito de su hermano y es presentada como alguien que opera autónomamente siguiendo objetivos personales: su búsqueda de venganza.

Con todo, consideremos que es altamente probable que los intereses de Clodia no fueran unilaterales. Por una parte, su deseo de venganza de Celio se convierte en un elemento revelador de su importancia política. En efecto, no todos pueden utilizar los tribunales públicos para llevar a cabo una venganza personal. Los varones podían haber hecho este tipo de cosas durante cientos de años, pero no las mujeres. Clodia fue la primera en hacerlo.[26] Por otra parte, ella podría estar reforzando con las acusaciones un vínculo con Calpurnio Bestia, una relación análoga a la amicitia masculina o amistad política. Clodia y Bestia tenían un interés mutuo en cooperar entre sí. Bestia era candidato para la pretura en el año 56 a.e.c. y necesitaba silenciar las acusaciones de Celio. Por lo tanto, hizo causa común con Clodia. Esto no significa que ella actuara como una herramienta dirigida por Bestia en el juicio. Como suele suceder en la amicitia, los amigos pueden tener más de un objetivo. En el caso de Clodia, el deseo de venganza se combinó con un interés en promover la carrera de Bestia, quizá en la búsqueda de nuevos vínculos.[27] Consideradas en su conjunto, estas circunstancias nos hacen pensar que se trataba de una mujer no solo de gran determinación, sino que también poseía una clara comprensión de la política y los políticos, que tenía una manifiesta habilidad para desplazarse en tales ámbitos, junto con una notoria indiferencia hacia las limitaciones impuestas tradicionalmente a las posibilidades políticas de las mujeres, en una palabra, detentaba la muliebris audacia (audacia o intrepidez femenina).[28]

Como mencionamos, la comparación con Medea se presenta a continuación de una referencia a la defensa de M. Craso e incluye el problema del asesinato de Dión (CIC. Cael. 23). Cicerón desculpabiliza a Celio al respecto diciendo que el propio responsable –el rey Ptolomeo de Egipto– incluso confesó, y su cómplice P. Asicio ya fue juzgado y absuelto. Una vez más ridiculiza la acusación, porque quién ideó el crimen aceptó su responsabilidad, quién actuó de cómplice ya fue juzgado, por lo tanto, Celio no puede estar relacionado con tal hecho, se trata solo de una calumnia.

El trono de Egipto era un tema de interés para los romanos. Ptolomeo Auletes, que anteriormente había pagado a los triunviros un enorme soborno para que se reconociera su derecho al trono, fue expulsado por su propia gente en el año 57 a.e.c. Por esta razón se dirigió a Roma en búsqueda de apoyo, a fin de restablecer su poder. Mientras esas intrigantes maniobras estaban en progreso, desde Alejandría enviaron a una embajada de cien ciudadanos, dirigida por el filósofo Dión, para suplicar al Senado que no les impusieran nuevamente a Ptolomeo.[29] Para la opinión general, Alejandría y sus luchas dinásticas eran una molestia para Roma.[30] Esta cuestión egipcia se convirtió en el foco de mucha fricción. Celio era en esos momentos cercano a Pompeyo, quien había ayudado en un principio a Ptolomeo dándole alojamiento en su villa de Alban.[31] Sin embargo, Pompeyo luego abandonó a Ptolomeo, quien entonces partió hacia Éfeso (DIO. XXXIX 16.3). Las acusaciones contra Celio, por participar supuestamente en la violencia sediciosa, representaban un ataque a un partidario de Pompeyo. Podemos conjeturar que Craso se sintió apesadumbrado porque Ptolomeo se dirigió a Roma, pues ese viaje se convirtió en todo un problema para los romanos. Este contexto político, este entretejido de relaciones y dificultades es sistemáticamente eludido por Cicerón, quien en su esfuerzo por desconocer estos problemas, transforma las acusaciones en maledicencias de una mujer despechada.[32]

Con todas estas operaciones argumentativas, Tulio está ya en condiciones de reformular los cargos: “estas acusaciones son dos: la del dinero y la del veneno. En ambas anda en escena una misma persona. El dinero vino de Clodia y el veneno se preparó para administrárselo a Clodia” (CIC. Cael. 30). El préstamo de dinero en latín está referido con el término sumptum, lo que indica que jurídicamente se trata de un préstamo que comporta un contrato, por lo que debe ir garantizado por un escrito o por un testigo. De modo que debería haber una constancia de la salida de dinero y la deuda contraída. Pero tales elementos son inexistentes, lo cual favorece la argumentación de Cicerón, a la vez que lo perjudica en otro sentido. Luego Tulio afirma que si Celio tomó el dinero y lo tuvo el tiempo que quiso, esto significa que existía entre ellos una intimidad nada común (CIC. Cael. 31). De esta manera, el problema queda focalizado en Clodia: “solo ella tiene que ver en nuestra causa” (CIC. Cael. 32), y a continuación, simulando un lapsus calami (error “involuntario” en la escritura), realiza la grave acusación de incesto entre hermanos:

Si por el contrario, descartando a esa mujer, no les queda a los acusadores ni acusación ni medios con que atacar a Celio, ¿qué otra cosa debemos hacer nosotros, los defensores, sino rechazar a los que lo acosan? Y, ciertamente, lo haría con mayor vehemencia si no estuviera de por medio mi enemistad con el marido de esa mujer –quise decir con su hermano–, siempre en esto me equivoco (CIC. Cael. 32).

Personificaciones

A continuación Cicerón introduce una personificación, una tercera estrategia de la que se sirve en su objetivo de descalificar el testimonio de Clodia. Hace hablar a Apio Claudio el Ciego, abuelo de Clodia, como si estuviera presente, quien la cuestiona duramente (CIC. Cael. 34), la misma estrategia que aplicará más adelante con la figura del propio Clodio (CIC. Cael. 36). Estos ejemplos de prosopopeia (discurso de un personaje) son los que Quintiliano describe como apropiados para la reprensión, y sirven para endurecer la sospecha sobre la inmoralidad de Clodia (QUINT. Inst. II 29.30). Los comentaristas antiguos y modernos del alegato coinciden en que uno de sus pasajes más potentes es precisamente el empleo de la prosopopeya. Mientras hacía hablar a Apio Claudio, el propio Cicerón fingía, aparentemente, tanto con los gestos como con la impostación de la voz, ser uno de los antepasados ​​más famosos de Roma.[33] La evocación de virtudes pasadas, tan contrastantes con el comportamiento de Clodia, produce un efecto potente y eficaz en los miembros del jurado, así se favorece que sean persuadidos de ignorar los cargos y acusaciones provenientes de su imputación. El discurso ficticio de Apio Claudio en el que ocurren tales contraposiciones es el siguiente:

Mujer, ¿qué tienes tú que ver con Celio, con un hombre tan joven, con un extraño a nuestra familia? ¿Por qué fuiste, a la vez, tan íntima con él que hasta el oro le prestaste y tan enemiga que llegaste a temer el veneno? ¿No viste a tu padre ser cónsul ni tuviste noticia de lo que habían sido tu tío, tu abuelo, tu bisabuelo y tu tatarabuelo? ¿No sabías, en fin, que hasta hace poco estuviste casada con Q. Metelo, hombre de primerísimo plano, de un gran valor y ferviente patriota […]? ¿No te recordaban mis descendientes que la gloria de una mujer consiste en imitar las virtudes domésticas, así la noble Q. Claudia o la famosa virgen vestal Claudia […]? ¿Por qué te han movido más los vicios de tu hermano que las virtudes de tu padre y de tus abuelos, practicadas siempre en nuestra familia, tanto por los hombres como por las mujeres? ¿Para eso disuadí yo de hacer la paz con Pirro, para que tú sellaras cada día el pacto con unos amores tan torpes? ¿Para eso hice traer el agua a Roma, para que tú te sirvieras de ella de una manera impúdica? ¿Para eso hice construir la Vía Apia, para que tú la frecuentaras, acompañada de hombres extraños? (CIC. Cael. 34).

En esta personificación Cicerón resume varias líneas argumentativas que ha desplegado en la defensa. El problema es el oro y el veneno, y Clodia es alguien carente de la más mínima moralidad y respeto de las tradiciones familiares como consecuencia de la cercanía a su hermano. Frontino escribió una obra, la más importante de todas las que escribiera, De aquaeductu Urbis Romae (Los acueductos de la ciudad de Roma), en la que realiza una historia y descripción de los canales, a la vez que presenta las leyes relativas a su uso y mantenimiento. En ese texto, Frontino recuerda un discurso de Celio en el que este hablaba de los vicios que se cometían en el acueducto, ligados a la prostitución. Cicerón podría conocer ese texto de Celio e insinuarlo en su referencia a las conductas impúdicas en relación con el agua, para procurar que sus oyentes establezcan tales vínculos, a fin de afianzar el desprestigio de Clodia.

Más adelante, cuando Cicerón hace hablar a Clodio, introduce la figura con una serie de apreciaciones sarcásticas:

tu hermano menor que, en este aspecto, es hombre de buen tono, que te ama más que a otro cualquiera y que, por no sé qué timidez –según creo– y por ciertos temores infundados a la noche, tiene por costumbre acostarse, como un muchachito querido, contigo, su hermana mayor (CIC. Cael. 36).[34]

De esta manera se hace una nueva alusión a la relación incestuosa entre los hermanos. Cicerón, personificando a Clodio, pone en boca del hermano palabras acusatorias que la culpan por querer tener sujetado con el dinero a ese joven vecino y molestarse porque él la desprecia. Luego Tulio se dirige a Celio y lo cuestiona por irse a vivir próximo a esta mujer de mala vida (CIC. Cael. 37). Insiste en la imagen de una mujer que tiene la casa abierta a la pasión de cualquiera, que mantiene unas reuniones conocidas por todos de excesiva animación en Bayas, que tiene fuego en su mirada y una excesiva libertad en sus palabras (CIC. Cael. 49). La referencia al fuego de su mirada (flagrantia oculorum) ha sido puesta en relación con las recriminaciones de inmoralidad.[35]

Como revisamos anteriormente, las acusaciones reducidas a dos –préstamos de dinero y veneno– van a ser nuevamente sintetizadas en meras acusaciones falsas, carentes de cualquier fundamento probatorio. En efecto, en cuanto al dinero Cicerón elabora un dilema. Si Clodia sabía para qué era (comprar veneno para asesinar a Dión) se convertía en cómplice, y Celio no pudo haber mantenido silencio sobre el para qué de ese préstamo, porque en tal caso no lo habría obtenido. En cuanto al veneno, en primer lugar, Cicerón cuestiona porqué Celio querría envenenar a Clodia, luego señala cómo esto implicaba la necesaria ayuda de unos esclavos que no se comportaban como tales, pues esa mujer tenía un trato con ellos muy alejado de las habituales costumbres. En efecto, disfrutaban de los mismos placeres, se les confiaban los secretos y participaban de los desmesurados gastos del lujo diario (CIC. Cael. 57). Entonces, la cuestión del veneno sirve para insinuar una nueva perversidad de Clodia. Tal es así que Cicerón deja entrever la posibilidad de que ella hubiera envenenado a su marido Q. Metelo, muerto unos años atrás, apartado de la vida por un crimen violento del que el orador se lamenta:

Y una mujer, salida de esa casa, ¿osará hablar de la rapidez de los efectos del veneno? ¿No temerá que prorrumpa en voces la misma casa? ¿No sentirá horror de lo que saben aquellas paredes, de lo ocurrido aquella noche funesta y luctuosa? (CIC. Cael. 60).

Desde otra perspectiva, pero con el mismo fin –mostrar lo absurdo de la acusación sobre el veneno– Cicerón cuestiona cómo podría haberse realizado el intercambio del dinero por el veneno en los baños públicos, que habrían realizado unos esclavos por orden de Celio. Y aquí, nuevamente, vuelve a deslizar una acusación de inmoralidad: “tal vez ni se les dejara pasar [a los esclavos en los baños públicos], a no ser que esta influyente mujer, a cambio de un cuarto de az (quadrantaria), se hubiera ganado la intimidad del bañero” (CIC. Cael. 62).[36] Según Quintiliano, Celio habría llamado a Clodia Quadrantaria Clytaemnestra, evocando la muerte de Metelo; es decir, Metelo Celer habría sufrido el mismo destino que Agamenón, ser asesinado por su propia esposa.[37] El uso del término quadrantia compromete dos aspectos diversos, ambos insultantes para Clodia. Por una parte, podría referirse a que tuviera el hábito de pagar la tarifa fijada para los hombres en la admisión a los baños, en lugar de la más costosa establecida para las mujeres. Por otra, podría estar sugiriendo que el precio por la intimidad sexual que ella cobraba era absurdamente bajo.[38] Según Plutarco, Clodia obtuvo el apodo de Quadrantaria cuando un amante le envió un bolso lleno con monedas de cobre en lugar de plata, dando así a entender lo que valía (PLUT. Cic. 29.5).

Otras fuentes registran comentarios sobre Clodia que, si bien son insultantes, construyen una imagen muy diferente de ella, la de una mujer calculadora con un alto dominio de sí misma. Quintiliano cita una descripción que Celio dio de Clodia en su discurso de enjuiciamiento: “una mujer Coan en el comedor, una Nolan en el dormitorio” (QUINT. Inst. VIII 6.53).[39] El sentido de esa frase tan enigmática podría ser el siguiente. Coan suena como Coam, y se refiere a un método para fabricar un tejido casi transparente de seda que era empleado como vestimenta sexual provocativa. Se trata de un material diáfano que perfilaba el cuerpo de la mujer empleado por mujeres de clase alta (SEN. ad Helviam XVI 3, XVI 4; PLIN. Nat. XI 76).[40] Nola, una ciudad parte de la Campania, era proverbialmente difícil de tomar por asedio, y su nombre suena como nolam, que significa “no gracias”.[41] De modo que Celio con estas dos frases expresaba que Clodia era una “provocación”, es decir, si bien se presentaba atractiva y seductora en la mesa de la cena, no estaba disponible en el dormitorio.[42] Por otra parte, agreguemos que también circularon rumores acerca de que ella había intentado romper el matrimonio de Cicerón, pues en realidad quería casarse con él (PLUT. Cic. 29).[43]

Cicerón sobre el final de la defensa vuelve a incorporar elementos en la misma línea de lo que revisamos en primer término: la comedia (CIC. Cael. 64), peor aún, algo más descalificado, el acto de un mimo (CIC. Cael. 66). Tulio buscaba que sus oyentes definitivamente asociaran a Clodia con el escenario de los mimos, en los que esclavas y cortesanas interpretaban a mujeres de mala reputación y adúlteras. Dados estos vínculos, la defensa considera más que oportuno recordar la necesidad de mantener los espacios diferenciados, pues:

Sean graciosos y mordaces, cuanto quieran, en los banquetes, a veces hasta elocuentes después de beber; pero una es la esencia del Foro y otra la del triclinio; uno el comportamiento ante el tribunal y otro en la mesa del banquete; no impone igual la presencia de unos jueces y la de unos juerguistas; en fin, es muy diferente la luz del sol de la de unas lámparas (CIC. Cael. 67).

Clodia de la correspondencia

Hasta acá la defensa de Celio. Sin embargo, debemos considerar otros testimonios de Cicerón. La figura ridiculizada en el Pro Caelio contrasta con la Clodia de su correspondencia privada, que aparece como una personalidad más compleja, que nada tiene que ver con problemas de control de las pasiones sexuales. En las cartas conservadas de Cicerón, ella nunca se convirtió en objeto de chismes mordaces, esos que solía compartir con su amigo y confidente Ático.[44] Más bien, en varios momentos durante diecisiete años, Cicerón hizo uso de sus habilidades de negociación, lamentó las peleas con su marido, se burló de su interés en las iniciativas políticas de Publio Clodio, la impulsó a buscar información sobre Clodio, y mantuvo esperanzas de concluir un trato inmobiliario con ella. Las cartas dejan ver a una Clodia que permanecía fuera de Roma de manera bastante regular (incluso inmediatamente después de la muerte de su esposo), que era propietaria de una villa que administraba ella misma, y que entretenía a huéspedes distinguidos.[45] Cicerón dio verosimilitud a sus acusaciones al tergiversar lo que podría haber sido la conducta normal de una viuda noble cuyo esposo había sido de estatus consular. Prestar dinero, dar la bienvenida a los visitantes a su casa, asistir a cenas en otras casas, vacacionar en la ciudad turística de Bayas y participar en fiestas en la playa y en barcos, incluso una participación activa en un juicio político, no eran cosas en sí denigrantes.

En una de las cartas a Ático, Cicerón refiere que quiere comprar el jardín de Clodia para hacer allí el recordatorio de su querida hija Tulia, fallecida luego de dar a luz.[46] En esa ocasión se refiere en buenos términos a Clodia, dando a entender que conoce el lugar, su extensión y, por tanto, puede calcular su valor. También deja entrever que, como el marido y dos hermanos de Clodia están muertos y un tercer hermano en el exilio, si bien seguramente tiene un tutor, prefiere hablar directamente con ella y hacer los arreglos. Esto nos permite comprender que Clodia era una mujer que manejaba sus propios asuntos, independientemente de que necesitara contar con la figura legal del tutor. Evidentemente, entre las acusaciones de Pro Caelio y esta correspondencia, en esos años transcurridos, debió ocurrir una reconciliación entre ambos.[47] Cicerón finalmente compra otra propiedad. En una carta de un año más tarde, pregunta a Ático si sabe que ha hecho Clodia. Le escribe desde su villa en Sinuessa en la costa de Campania: “El vuelo de la Reina no me molesta. Me gustaría que me digas lo que ha hecho Clodia” (CIC. Att. 14.8). La reina a la que se refiere es Cleopatra VII, amante de César, que se había quedado en Roma y se había ido, aparentemente de manera muy apresurada, después del asesinato de César. Se estima que la pregunta tiene que ver con un interés de Cicerón, un aprecio y preocupación por Clodia, dado que probablemente Cleopatra había sido hospedada por ella.[48] Mencionamos con anterioridad la alusión de Cicerón en la defensa de Celio a la mirada de Clodia. En las cartas aparece nombrada con un apodo: “ojos bovinos” (CIC. Att. 2.9, 2.12, 2.14, 2,22, 2.23). Tulio solía escribir en griego este epíteto de Hera (HOM. Il. I 547) que designa unos ojos grandes y bellos, a la vez que, nuevamente, insinúa la cuestión del incesto, pues Hera y su esposo Zeus eran hermanos.[49]

Lesbia por Catulo

Las otras apreciaciones que podemos realizar sobre Clodia provienen de otra fuente, más colorida: Catulo. La poesía de Catulo nombra reiteradamente a su amada Lesbia. Lesbia podría ser una forma de referir a Clodia, aunque algunos estudiosos discutan esta identificación.[50] En las primeras palabras del poema LXXIX se menciona un detalle que guarda relación con las insinuaciones de Cicerón sobre la relación entre los hermanos Clodii: “Lesbio es bello; ¿por qué negarlo? a él Lesbia lo quiere” (Lesbius est pulcher: quid ni? quem Lesbia malit).[51] Puede suponerse aquí una alusión a la relación incestuosa entre los hermanos, dado que a él, Lesbio, es a quien ella quiere. Hay aquí un juego de palabras pues se dice que Lesbio es pulcher “bello”, término que coincide con el nombre del hermano de Clodia: Publio Clodio Pulcher.[52]

Una de las razones de mayor peso para conectar a Lesbia con Clodia es la identificación de uno de los rivales de Catulo en el amor de Lesbia: Marco Celio Rufo, el defendido de Cicerón. El caso judicial que revisamos se desarrolló en los años en los que Catulo escribía. En los poemas LXIX y LXXVII hay elementos que concuerdan con aspectos del discurso de Cicerón.[53] En el primero de estos, Catulo se dirige a Rufo diciéndole que no debe extrañarse de que ninguna mujer quiera colocar debajo de él sus delicados muslos, por más regalos que le otorgue, dado que “Te hace daño cierta mala habladuría, según la cual dicen que un feroz macho cabrío habita bajo el valle de tus sobacos” (CATUL. LXIX). Cicerón en su defensa mencionó que Celio pertenecía a los Lupercos, una cofradía de sacerdotes que adoraban a Fauno (CIC. Cael. 26).[54] En Roma se festejaban las fiestas llamadas Lupercales, nombre que deriva de lupus (lobo, el animal que representa al dios Fauno, que tenía un sobrenombre: Luperco), y de hircus, por el macho cabrío, un animal impuro. En el segundo poema mencionado, Catulo acusa a Rufo de quemar sus entrañas y envenenar su vida, como Celio fue acusado de querer envenenar a Clodia (CATUL. LXXVII).[55] Celio supuestamente fue el amante de Lesbia que sustituyó a Catulo. Otros poemas, que tratan temáticas similares están dirigidos a Celio, los poemas LVIII y C. El primero lo revisaremos más adelante. El segundo dice: “Celio por Aufileno y Quinto por Aufilena,/ la flor de la juventud de Verona, mueren;/ el primero por el hermano, el segundo por la hermana. O sea, lo que se dice en verdad/ una dulce cofradía fraternal. ¿Por quién me interesaré más? Por ti, Celio, pues tu amistad hacia mí/ ha dado pruebas, por tus actos, de ser única/ cuando una llama de locura me abrasaba las entrañas./ ¡Que seas feliz, Celio, que tengas buena mano en tus amores!”.

Aun podemos reconocer otro elemento en común entre Catulo y Cicerón: la ambivalencia hacia la figura de Clodia. En Cicerón, comprobamos la crudeza con la que se dirige a Clodia una y otra vez, junto con otros momentos en que se refiere a ella con términos más amables. En Catulo esta ambivalencia aparece explícitamente: odi et amo, esa ambigüedad de la experiencia amorosa tipificada por los poetas (CATUL. LXXXV).[56] Los poemas de Catulo que tratan sobre la relación con Lesbia describen una historia de amor de una intensa pasión, una exaltación emocional que invade tanto el inicio del éxtasis amoroso como el amargo y triste final.

Catulo probablemente conoció a Clodia cuando ella acompañaba a su marido Metelo en Verona. Ya Apuleyo identifica a Lesbia con Clodia: “Así, pues, por la misma razón, deben acusar a C. Catulo por haber llamado Lesbia a Clodia” (APUL. Apol. 10). Los poetas solían llamar a sus amores con nombres ficticios.[57] En el siglo XVI, el humanista Pedro Victorio equipara a Lesbia con Clodia, la mujer de Metelo Celer. El seudónimo se debe a la alta estima del poeta romano por la calidad de la poesía que ella elaboraba, de modo que la nombra identificándola con la famosa poeta griega de la isla de Lesbos, Safo, si bien de tales poemas nada se ha conservado.[58]

La intensidad del amor que Catulo siente por Lesbia queda claramente expresada los poemas III y V. En III Catulo recuerda el dolor de su amada por la muerte de su pequeño gorrión, al que Lesbia adoraba. En V el poeta se entrega a una expresión de gran efecto al repetir la cantidad de besos que intercambiarán los amantes, en un poema en el que se mencionan los temas del amor, la vida y la muerte:

Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y las habladurías de esos viejos tan rectos, todas,
valorémoslas apenas un centavo
Los soles pueden morir y renacer:
nosotros, en cuanto la efímera luz se apague,
habremos de dormir una noche eterna.
Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, luego cien una vez más,
luego sin parar otros mil, luego cien,
luego, cuando hayamos hecho muchos miles,
los revolveremos para no saberlos
o para que nadie con mala intención pueda mirarnos de través,
cuando sepa que es tan grande el número de besos (CATUL. V).

Catulo recurre a diversas estrategias para indicar la reciprocidad de la relación, el mutuo amor que ambos sentían.[59] Por ejemplo, en el poema LXXII expone en términos de afecto familiar la expresión del amor mutuo:

Decías tiempo atrás que tú conocías solo a Catulo,
Lesbia, y que no querías, cambiándolo por mí, ser dueña de Júpiter.
Te amé tanto entonces, no como uno a su amiga,
sino como ama un padre a sus hijos y yernos (CATUL. LXXII).

El verbo latino para designar ese amor es diligere, que equivale al griego phileîn. El poema luego continúa reprochando a Lesbia su distancia y traición, de manera que aparece la ambivalencia que mencionamos anteriormente. En el poema CIX, el último de los epigramas dedicados a ella, Catulo invoca el lenguaje de la amicitia para expresar su ideal de reciprocidad erótica:

Gozoso, vida mía, me haces ver que será este amor nuestro
e imperecedero. ¡Grandes dioses!, haced que pueda
ella prometerlo de verdad y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que nos esté permitido mantener durante la vida entera
este eterno pacto de sagrada amistad (CATUL. CIX).

Se expresa aquí la promesa de un amor perenne, y se pide la intervención divina. La relación es caracterizada como un pacto de sagrada amistad (sanctae foedus amicitiae). Pero luego, los poemas expresan el otro lado de la experiencia amorosa, pues manifiestan el dolor, efecto de una pasión tan profunda. Así, vemos como Lesbia aparentemente ha perdido interés en Catulo, quien confía a su amigo Celio su penar, a la vez que en cierta manera le advierte de las conductas de Lesbia. Es conmovedora la repetición del nombre de la amada unido al empleo del enfático illa repartidos en forma contrastada: Lesbia nostra, Lesbia illa/ illa Lesbia. Se trata de un lamento reiterado en el que están presentes el dolor y la rabia:

Celio, nuestra Lesbia, la Lesbia aquella,
aquella Lesbia a la que, a ella sola, Catulo
ha querido más que a sí mismo y a todos los suyos,
ahora en las encrucijadas y en las callejas
se la pela a los descendientes del magnánimo Remo (CATUL. LVIII).

El poeta expresa su sentir, que es el odi et amo que referimos anteriormente, esa ambigüedad de la experiencia del amor. En este último verso citado encontramos un paralelismo con la acusación ciceroniana, pues se describe a Lesbia como quien se entrega en las calles, en una alusión a actividades propias de las meretrices. Hay discusión entre los críticos acerca de si la composición del poema LX tiene a Lesbia como inspiración o no.[60] Catulo escribe:

¿Acaso una leona de los montes de Libia,
o Escila, que ladra desde la parte más baja de sus ingles,
te parió con tan dura y abominable alma
como para que despreciaras los gritos de un suplicante en esta recentísima desgracia,
ay, tú, de corazón demasiado cruel? (CATUL. LX).

Este poema permite establecer una relación también con Medea, de modo que se produce así un nuevo punto de contacto entre la Clodia de Cicerón y la Lesbia de Catulo.[61] Lesbia es el centro de la pasión amorosa del poeta, de quien nos ofrece una imagen que oscila entre la reciprocidad del vínculo afectivo y la distancia e indiferencia, o incluso un interés por otros hombres. Lesbia, en efecto, aparece en muchos poemas de Catulo: en algunos de composición ocasional (III) o de tono profundo (LXVIII); en algunos aparece vilipendiada e insultada (XXXVII, LVIII) mientras en otros es elevada a la altura de los dioses, como en LI[62] y también en uno de los más largos, el LXVIII. Allí la llama “mi blanca diosa” (candida diva), y finaliza este extenso poema en el que se dirige a Alio con una última evocación sobre Lesbia: “y, sobre todo, por delante de todos la que me es más querida que yo mismo, mi lucero, que, porque ella vive, me es dulce vivir” (CATUL. LXVIII).

Revisamos con anterioridad cómo Cornelia era benefactora de diversos artistas. Lo mismo sucede con Clodia. Su casa era un lugar de reunión.[63] La forma de vida de estas mujeres, con el establecimiento de diversos vínculos, se asocia con una cierta modificación de las habituales reparticiones del espacio público y privado, dado que el dominio privado de la domus, se convertía, a través de estas prácticas, en un espacio público. En ambas mujeres observamos un deslizamiento que las ubicó en otro lugar del esperado en lo relativo al rol femenino en el mundo de la política. En efecto, las dos se desplazaron –cada una a su modo– con alguna libertad en relación a las habituales limitaciones impuestas a la mujer en la cultura romana. La dureza de las críticas que Clodia recibió por sus contemporáneos probablemente encuentre allí su razón de ser.


  1. Wiseman (1975) revisa las representaciones de Clodia en diversas novelas históricas de los siglos XIX y XX. Skinner (2011: 151) refiere algunas apariciones de Clodia en películas que recrean la caída de Roma: la trilogía de Benita Kane Jaro, algunos volúmenes de la serie Masters of Rome de Colleen McCullogh y otras más detectivescas, como las de John Maddoz Roberts y Steven Saylor.
  2. Para las discusiones sobre el lugar entre las hermanas de Clodia Meteli y los problemas de datación, véase Hillard (1973).
  3. Al respecto, véase Riggsby (2002).
  4. En contraposición, los hombres tenían al menos dos y generalmente tres nombres: el nombre (praenomen) que diferenciaba a un hijo de sus hermanos varones, el apellido (nomen), y un tercer nombre (cognomen) que podría designar, entre otras cosas, una rama particular del clan. En casos raros, un hombre podía usar un cuarto nombre (agnomen) para distinguirse de un pariente con el mismo nombre. Los primeros nombres se transmitían dentro de las familias, y al niño mayor generalmente se le daba el nombre de su padre. El nombre Appius fue empleado sólo por la gens Claudia como designación para el hijo mayor. Véase Hejduk (2008: 21).
  5. Para más detalles sobre esto, véase Skinner (1983).
  6. Se consultaron las ediciones de Dick (2013), Austin (1962 [1977]) y Ciraolo (2003). Las referencias en latín se tomaron de la edición de Austin.
  7. El exilio de Cicerón fue consecuencia directa del juicio a Catilina. Los partidarios de Catilina fueron ajusticiados sin la consulta previa a los comicios centuriados. Por tal motivo, se criticó la actuación de Cicerón. Cuando aún no había concluido su consulado, en diciembre del 63 a.e.c., un tribuno de la plebe, Quinto Cecilio Metelo Nepote, lo acusó de haber dado muerte de forma ilegal a ciudadanos romanos. Clodio se dispuso a atacar directamente a Cicerón. En febrero del 58 a.e.c. presentó un proyecto de ley –de capite civis Romani en el que se prescribía la prohibición de agua y fuego a quien diera o hubiera dado muerte a un ciudadano sin juicio previo. Cicerón se sintió directamente aludido, y atemorizado se vistió de luto y suplicó la protección de Pisón y de Pompeyo, y buscó, en fin, el apoyo de los ciudadanos romanos, de la orden ecuestre y de los senadores. Sin embargo, las bandas callejeras de Clodio impidieron toda manifestación popular y los cónsules, Gabinio y Pisón, llegaron a prohibir vestirse de luto como muestra de apoyo a Cicerón. Ante la fuerza de sus adversarios, Cicerón salió de Roma en marzo. Su partida facilitó las posteriores maniobras de Clodio, quien además de saquear sus propiedades, mediante una nueva proposición de ley –de exsilio Ciceronis– logró que se le aplicaran las sanciones de la lex de capite civis Romani, y así se prohibió al pueblo y al Senado proponer el regreso del exiliado, y a Cicerón que residiera a menos de 500 millas de Italia.
  8. Del discurso de Celio se conocen solo algunas palabras y frases recogidas por QUINT. Inst. VIII 6.53. Del discurso de Craso no se ha conservado nada. Esta división de la defensa fue una astuta estrategia. Clodia tenía que ser manejada bruscamente, una técnica para la cual Cicerón estaba mejor calificado que Craso, quien, por otra parte, no podía atacar abiertamente a Clodia. Como miembro del llamado Primer Triunvirato con Pompeyo y César, no podía hablar mal de la hermana de P. Clodio.
  9. La acusación era formulada por un accusator y dos subscriptores. En relación con estos últimos, no debe confundirse a P. Clodio con el hermano de Clodia. Sobre el problema de la identificación de este Clodio, véase Alexander (2002: 219 y ss.). Para mayores datos sobre Herenio Balbo, véase Austin (1962 [1977]: 154-157).
  10. Sobre la cuestión de la credibilidad, véase Rundelln (1979) y Nisbet (1961).
  11. Sexto Clodio, hombre cercano a P. Clodio, fue acusado por Milón y finalmente absuelto. Véase CIC. Mil. 11.31.
  12. Para un análisis detallado, véase Salzman (1982). La importancia de esta fecha y el énfasis de Cicerón no han sido muy destacados por los críticos. Austin (1962 [1977]: 41-42) comentó la simpatía que despertó Cicerón por la referencia a trabajar durante los ludi publici. Por su parte, Geffcken (1973: 1-8) ha demostrado cómo la atmósfera festiva invocada convierte el caso en una comedia virtual, disminuyendo así la gravedad de los cargos contra Celio. Una referencia más específica se vincula con el tipo de relación entre Clodia y Celio que, tal como la presenta Cicerón, recuerda el mito de la Magna Mater y Atis: la mujer mayor (Clodia/ Magna Mater) se enamora del apuesto joven (Celio/ Atis), pero él le es infiel. En el mito, se culpa a cierta ninfa. La mujer despreciada busca venganza, la diosa enloquece a Atis, y luego él se castra a sí mismo. El paralelismo refuerza la idea de que Clodia simplemente busca venganza en la corte. CATUL. LXIV 17 también proporciona una visión de la Magna Mater como una deidad femenina y vengativa. OV. Fast. 4.223-36 ofrece una descripción completa de la historia de amor, incluida la ninfa Sangaris que lleva a Atis por mal camino. Véase también LUCR. II 600-660. Sobre el culto a Démeter, véase Binetti (2019).
  13. Cicerón en varias secciones de la defensa recuerda los ludi Megalenses. Estas alusiones implican una condena implícita a los Clodii que se aprecian más claramente si consideramos la fecha de publicación del Pro Caelio. El discurso fue pronunciado el 4 de abril, como mencionamos, y probablemente ya estaba editado. Sin embargo, por la correspondencia con los familiares (Q. fr. 2.6) se puede suponer que el discurso no estuvo en circulación antes de que Tulio saliera de Roma el 9 de abril. De modo que no circuló hasta después de la irrupción de Clodio de los Megalenses ludi. El 8, 9 o 10 de abril, Clodio introdujo bandas de esclavos en el teatro, lo que provocó disturbios y la profanación de los juegos, acciones que Cicerón atacó en un discurso pronunciado en el Senado, presumiblemente en mayo. La interrupción de estos juegos seguramente obedeció a motivos políticos. Clodio en un intento de ganar el apoyo popular socavó los juegos aristocráticos tradicionales. En cualquier caso, después de este incidente, las alusiones de Cicerón a los ludi Megalenses en un discurso en relación con los Clodii tendría importantes connotaciones políticas para sus contemporáneos, y sus comentarios deberían leerse como parte de la lucha en curso en 56-55 a.e.c. entre Cicerón y los Clodii.
  14. Al respecto, véase APP. Bell. civ. II 14 y VELL. II 45. Para más detalles, véase Balsdon (1966), Skinner (2011: 64), Tatum (1990) y Richlin (1983: 85 y ss.).
  15. Sobre este episodio, véase Nótári (2013).
  16. Véase Bauman (2013: 70), también Dorey (1958) y Alexander (2002: 223). Si bien se trata de una observación hipotética, en la época tardo-republicana había una preocupación por la falta de castidad de las mujeres casadas que aumentó durante las siguientes décadas. Por esta razón, la prostitución fue criminalizada por el emperador Augusto bajo la lex Iulia de adulteriis coercendis del 18 a.e.c.
  17. Sobre este tema, véase Wedeck (1944). Para una lectura sobre este tema en la Grecia clásica, véase Harmon (2005).
  18. Sobre la prostitución en Roma, véase Herreros González (2001) y Manzano Chinchilla (2019).
  19. Cicerón hace otra referencia en unas de las cartas dirigidas a su hermano: “además, fueron dichas cosas de lo más obscenas hacia Clodio y Clodia” (CIC. Q. fr. 2.3.2). Sobre el vocabulario de carácter sexual, véase Adams (1982: 11).
  20. Al respecto, véase Watson (2007).
  21. Sobre el empleo del término, véase Mccoy (2005).
  22. Para una lectura de la comparación con Medea, véase Volpe (1977).
  23. Hay otros elementos de la defensa que permiten establecer estos vínculos. Según una referencia de Fortunatiano, Atratino calificó a Celio como “pequeño Jasón”, y todo esto se vincula con la historia de Ptolomeo. Para un análisis en detalle, véase Alexander (2002: 226 y ss.).
  24. Ennio lo relata así: “Ojalá que en los bosques de Pelión esa viga de abeto nunca hubiera caído al suelo, cortada por lo oscuro, y que desde aquí nunca hubiera comenzado la construcción del barco que ahora tomó el nombre de Argo porque, transportó en él la flor de los héroes argivos por orden del rey Pelias, trató de obtener con el engaño de los cólquidos el vellocino de oro. ¡Porque mi ama Medea, herida en el alma, cruel por el amor que causa dolor, nunca habría dejado su tierra para vagar!” (ENN. Med. Ed. Traglia 1986: fr. 133).
  25. Como sugiere Skinner (2011: 132).
  26. Como sostiene Bauman (2013: 71).
  27. Coincidimos en esto con Alexander (2002: 232).
  28. Al respecto, véase Bauman (2013: 73).
  29. Al respecto, véase Wiserman (1985: 54-62).
  30. Para más detalles, véase Alexander (2002: 228).
  31. Véase DIO. XXXIX 14.3. Wiserman (1985: 67) incluso especula que la ruptura entre Clodia y Celio estaba vinculada con que ella descubriera que su amante apoyaba los intereses de Pompeyo antes que los de su familia.
  32. Al respecto, véase Craig (1995, 1989).
  33. Como sugiere Austin (1962[1977]: 90-91). Señalemos, por otra parte, que Cicerón vincula a Apio Claudio con el pitagorismo: “A decir verdad, a mí también me parece pitagórico el poema de Apio el Ciego, que alaba tanto Panecio en una carta dirigida a Quinto Tuberón” (CIC. Tusc. IV 1.4). Cicerón se refiere a la obra Carmen de sententiis, una colección de aforismos, de los que se conservan solo tres. Quinto Tulio Tuberón, adversario político de Tiberio Graco, fue adepto al estoicismo y discípulo de Panecio. Sobre la cuestión del pitagorismo en figuras políticas importantes de Roma, véase Sotchi Marino (2000).
  34. Cicerón insiste en la acusación de incesto sobre el final del discurso. En Cael. 78, luego de mencionar la absolución de Sexto Clodio, dice a los jueces: “no permitáis que en esta ciudad, él sea absuelto por la influencia de una mujer y M. Celio sea sacrificado al capricho de ella, no vaya a parecer que esa misma mujer, con el apoyo de su hermano, que es a la vez su amante, ha salvado a un bandido abominable y ha arruinado a un joven digno de consideración”. No se acepta actualmente que la absolución de S. Clodio se deba al accionar de Clodia, sino al inadecuado manejo del caso. Aun así, el paralelismo entre la supuesta intervención en el juicio de S. Clodio y la supuesta responsabilidad de la acusación de Celio (ambas a cuenta de Clodia) está cuidadosamente diseñado para reforzar la sospecha de intrigas de esta mujer detrás de escena.
  35. Sobre esta caracterización de la mirada de Clodia, véase Griffith (1996).
  36. Quadrans fue la denominación más baja de monedas romanas y el precio de la admisión a los baños de hombres. Pagar un quadrans era actuar como un varón (JUV. VI 447), ya que las mujeres pagaban más (lex metalli Vipascensis). Véase SEN. Ep. LXXXVI 9, HOR. S. I 1.3.137, Dyck (2013: 155), Alexander (2002: 320, n. 25) y Rankin (1969). Mc Dermott (1970: 41 y ss.) sugiere que Clodia nació como Claudia Quarta y de ahí vendría el epíteto quadrantaria.
  37. QUINT. Inst. VIII 6.53 lo cita como ejemplo de enigma.
  38. Quadrantaria: que vale un quadrante (un cuarto de as), esto es, la tarifa mínima que recibían las prostitutas en las calles, en tanto que la paga habitual por una prestación sexual en un lupanar de Pompeya era de dos ases. Véase Cenerini (2002: 62).
  39. Coam también recuerda coire, que significa “participar en relaciones sexuales”. Véase Wiseman (1975: 44).
  40. Al respecto, véase Olson (2005:197).
  41. Véase Alexander (2002: 224 y ss.) y Hillard (1981).
  42. Esta interpretación del segundo acertijo de Celio, según Quintiliano, se acomoda bien con la primera frase enigmática que cita, Quadrantaria Clytaemnestra, que comentamos anteriormente. Es decir, se representa a mujeres que pueden resultar muy atractivas y seductoras en un primer momento en el ámbito público, pero devienen hostiles en lo privado, al punto de asesinar a quien habían seducido.
  43. Sobre esto, véase Rankin (1969: 503), Skinner (2011: 9) y James- Dillon (2012: 355). PLUT. Cic. 29 explica que en el año 61 a.e.c. Terencia, la esposa de Cicerón, se involucra en el proceso legal más destacado del día, el juicio a Publio Clodio por sacrilegio. Clodio entró vestido de mujer en la celebración anual de Bona Dea. Plutarco explica que Terencia quiso participar del juicio porque estaba celosa de la hermana del acusado, Clodia, ya que imaginaba que tenía planes amorosos con el orador. Al implicarse en el proceso, Terencia obligó a Cicerón a testificar contra Clodio. Dice Plutarco: “Ahora, Cicerón era amigo de Clodio, y en el asunto de Catilina lo había encontrado un compañero de trabajo y guardián muy ansioso de su persona; pero cuando Clodio respondió a la acusación en su contra [en el juicio de Bona Dea] insistiendo en que ni siquiera había estado en Roma en ese momento, sino que se había quedado en los lugares más alejados de allí, Cicerón testificó en su contra, declarando que Clodio había venido a su casa y lo había consultado sobre ciertos asuntos. Lo cual era cierto”. Sobre Terencia y las mujeres en la vida de Cicerón, véase Treggiari (2007).
  44. Como dice el propio Cicerón a Ático: “Quería que supieras de esto, al pasar, ya que ambos somos deliciosamente entrometidos” (Att. 6.1).
  45. Para una consideración del espacio de la casa en Clodia y la utilización de Cicerón, véase Leen (2000).
  46. Cicerón se refiere varias veces a su deseo de comprar un horti, un espacio para el ocio y el placer. En las cartas a Att. 12, 41, 42, 43, 44, 47, 52; 13.26, 29.
  47. O como sugiere Hejduk (2008: 5) bien podría tratarse de que ambos, Cicerón y Clodia, estaban dispuestos a ver el caso judicial como un ritual artificial, una obra de teatro o un evento deportivo, más que como un proceso de enfrentamiento real.
  48. Véase Skinner (2011: 119). No hay acuerdo sobre si Cleopatra permaneció o no –y por cuánto tiempo– en Roma luego del asesinato de César.
  49. Al respecto, véase Hejduk (2008: 42), Griffith (1996) y Skinner (1982).
  50. Como señala Tatum (1997), Ovidio en Tr. II 423 y Apuleyo en Apol. 10 atestiguan algunos de los seudónimos utilizados por los elegistas de Augusto para referirse a sus amantes: Delia en Tibulo y Cintia en Propercio, equivalentes métricos de sus nombres reales. Lo mismo podemos decir de Catulo, quien se refirió a su amada Clodia como Lesbia. Para una visión opuesta, véase Holzberg (2000).
  51. Seguimos la edición latina de Merril (1893 [1951]). Se consultaron la selección de poemas en castellano de Alvar Ezquerra (1993), la traducción de Soler Ruiz (1993) y la edición bilingüe de González Galicia (2001).
  52. Hejduk (2008: 4) toma este elemento como confirmatorio. Alvar Ezquerra (1993), por su parte, piensa que se trata de M. Celio Rufo. Wiseman (1975) es el mayor oponente a la identificación de Lesbia con Clodia. Skinner (1982) entiende que en el poema LXXIX Catulo integra varias topografías invectivas en una cáustica denuncia de los valores de Clodio y su hermana, lo cual a su vez demuestra la corrupción moral generalizada de la sociedad romana. Butrica (2002) señala que Pulcher puede usarse como sinónimo de exoletus, un término dado a los post-adolescentes delicati de condición servil que estaban asociados con la felación y el coito anal.
  53. Para más detalles, véase Noonan (1979).
  54. Los Luperci eran doce. Todos los años el 15 de febrero corrían semidesnudos en torno al Palatino azotando a las mujeres estériles, que esperaban conseguir la fertilidad mediante el cumplimiento del ritual. Véase PLUT. Rom. 21.
  55. “Rufo, a quien en vano e inútilmente he creído mi amigo/ (¿en vano? Mucho peor: a un precio grande y doloroso),/ ¿así te infiltraste dentro de mí y, abrasándome completamente las entrañas,/ arrancaste a este desdichado que soy toda nuestra dicha?/ Me la arrancaste, ¡ay!, cruel veneno de nuestra/ vida, ¡ay!, peste de nuestra amistad”. Rufo aparece mencionado en los poemas LXIX, LXXI, LXXIII y LXXVII.
  56. “Odio y amo. ¿Por qué? podrás preguntarme./ No lo sé. Pero es lo que sucede, siento y duele”. Para una revisión del tema odio-amor en la poesía griega y latina, véase Carson (2015).
  57. En contraposición a este testimonio de Apuleyo, Sharrock (1991) entiende que las mujeres como Cintia y Delia son un producto de la fabricación de una mujer y sus nombres, por lo tanto, no pueden interpretarse como seudónimo de una mujer real.
  58. En el final del poema XXXV destinado a Cecilio, Catulo menciona a Safo: “Te disculpo, niña más culta que la musa de Safo”. Para una discusión sobre las diversas lecturas de estos versos, véase Kutzko (2006).
  59. Al respecto, véase Nusbaum-Sihvola (2002: 364).
  60. Para esta discusión, véase Hawkins (2014).
  61. Al respecto, véase Hawkins (2014).
  62. CATUL. LI: “Me parece a la altura de un dios/ y que, si es lícito decirlo, está por encima de los dioses/ el que, sentándose frente a ti, te/ mira y te oye/ mientras ríes dulcemente; lo cual a mí, desdichado,/ me arrebata todo el sentido: pues, en cuanto te contemplo,/ Lesbia, ni un hilo de voz queda en mi boca,/ la lengua se me entorpece, una tenue/ llama fluye bajo mis entrañas, /tintinea en mis oídos un característico zumbido,/ mis ojos se cubren con una noche gemela”.
  63. Al respecto, véase James- Dillon (2012: 243).


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