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1 Cornelia

La vida de Cornelia

La familia

Cornelia (circa 195-102 a.e.c.), hija de Cornelio Escipión Africano el anciano y Emilia, contrajo matrimonio a temprana edad, luego de la muerte de su padre (circa 183 a.e.c.), con Tiberio Sempronio Graco, un hombre mucho mayor que ella. Por su origen, ella pertenecía a una familia patricia distinguida y su marido a una notable familia plebeya. Ambas formaban parte del reducido grupo de nobles que ejercía poder en Roma a mediados de la era republicana. La derrota de Aníbal por parte de Escipión el Africano en la batalla de Zama y la expansión de Roma en el Mediterráneo oriental, configuró un período de riqueza, lujo y desarrollo cultural. Cornelia fue una madre prolífica, si bien no todos sus hijos llegaron a la vida adulta. Los que sí lo hicieron fueron figuras muy destacados en sus días: Tiberio, Gayo y Sempronia. Personificó el modelo de madre devota y sobrellevó sin autocompasión la trágica muerte de sus hijos varones, Tiberio y Gayo. Esta fortaleza de carácter fue un rasgo admirado por los romanos quienes la consideraron un modelo de matrona ideal.

La fama de Cornelia no se explica solo por la condición de haber sido hija y madre de importantes hombres de la historia de Roma. Si este fuera el caso, su hermana mayor, también llamada Cornelia, habría alcanzado la misma notoriedad. Esta tenía la misma ascendencia, se casó con un pariente distinguido y tuvo un hijo consular, que fue una pieza clave en la caída y muerte del primer hijo de la menor de las Cornelias. Sin embargo, esta hermana apenas aparece en la tradición y no tuvo el estatus personal icónico de su hermana menor.

Cornelia, hija de Emilia

Antes de estudiar la figura de Cornelia, nos detendremos en un episodio histórico particularmente interesante en el que Emilia, su madre, fue una de las principales participantes.

Tito Livio describe estos dramáticos acontecimientos en el capítulo XXXIV de su Historia (LIV. XXXIV 1-8, también relatados en V. MAX. IX 1.3 y TAC. Ann. III 33.4). En el año 195 a.e.c., los tribunos Marco Fundanio y Lucio Valerio Tapo propusieron la derogación de la lex Oppia sumptuaria, una norma que limitaba el uso de adornos y prendas lujosas, y afectaba especialmente a las mujeres de la élite romana. El asunto se debatió en el Senado, con encendidas discusiones sobre si derogar o mantener la ley. Con todo, el hecho más extraordinario y significativo fue la ocupación de las calles de la Urbs por un grupo de mujeres. Mediante este gesto dejaban ver su rechazo a la ley y su petición de que se les devuelva aquello que entendían era un derecho propio: la capacidad de ostentar en público los artículos de lujo obtenidos mediante los éxitos militares, políticos y económicos de sus padres, esposos e hijos. Esta protesta ha sido considerada como la primera manifestación femenina de la historia, y es un claro paradigma de desobediencia femenina ante las normas impuestas por la sociedad patriarcal romana.[1]

El contexto histórico en el cual se promulgó esta legislación se remonta al año 215 a.e.c., cuando Roma sufría la ruina generada por la Segunda Guerra Púnica, la ciudad estaba devastada. Se transitaba una crisis económica considerable y se temía por una sublevación de la plebe. Dadas tales circunstancias, el Senado decidió aprobar una ley que limitase la exhibición pública de riquezas: concretamente, ninguna mujer podía poseer adornos de más de media onza de oro y vestidos de colores llamativos, como tampoco emplear carruajes de dos o cuatro caballos (LIV. XXXIV 1.3). Mientras transcurría el consulado de Quinto Fabio Máximo y Tiberio Sempronio Graco, en 215 a.e.c., se promulgaba la ley suntuaria propuesta por el tribuno de la plebe Gayo Opio, de ahí la denominación que tomó tal legislación.[2] La excepción la suponían los oficios religiosos.

La lex Oppia buscaba cubrir diversos flancos. De un lado, imponía que toda la población se ajustase a la misma austeridad a la que se encontraba sometido el Estado romano. De otro, habilitaba a confiscar los bienes de quienes no respetasen la norma, generando de este modo un ingreso extra a las desiertas arcas estatales, vaciadas por los gastos de las confrontaciones bélicas. Finalmente, procuraba evitar que las masas populares se sintieran agraviadas y resentidas por la ostentación de las clases altas, mientras padecían hambre y pobreza. Hay quienes interpretan que esta ley suntuaria tenía como objeto combatir la modificación de las costumbres y retornar a los mores maiorum (costumbres de los ancestros).[3] Carecemos de información sobre si hubo algún tipo de oposición o reclamo por parte de las afectadas cuando se promulgó la ley. Sí existen testimonios que dan cuenta de la asistencia de las matronas al Estado, mediante donaciones que permitieron afrontar los gastos generados por las confrontaciones bélicas.[4]

Una situación por entero diversa fue la del año 195 a.e.c. Luego de derrotar a los cartagineses, los generales victoriosos habían regresado a Roma con abundantes riquezas, situación que a su vez mejoró las arcas del Estado y reverberó de forma más amplia en la población en su conjunto. En este contexto, los tribunos de la plebe Marco Fundanio y Lucio Valerio propusieron la abrogación de la lex Oppia, pues ya no tenía sentido que la población permaneciera bajo aquellas limitaciones y no se permitiera exhibir los beneficios obtenidos en tan costosa guerra.

Ante esta propuesta, en el Senado se formaron dos facciones. Una, encabezada por los dos tribunos que habían formulado tal petición, defendía la abrogación de la ley; la otra, capitaneada por Catón, defensor de los valores tradicionales de austeridad de la primitiva Roma, pretendía mantenerla en vigencia. Este notorio contraste entre las dos posiciones fue la oportunidad para que el historiador Tito Livio presentara la discusión política cuyo núcleo fundamental era la forma en que se tenía que entender la posición de las mujeres. De ahí que el debate sobre la lex Oppia se convirtió en un punto de referencia para cualquier discusión similar incluso mucho tiempo después. En efecto, la historia es citada por Valerio Máximo en el contexto de las críticas a una vida excesivamente lujosa, y también Tácito la menciona dos veces como un método para frenar a las mujeres, que dominan en la casa, en el Foro e incluso en los espacios militares porque los maridos ya no pueden contenerlas. El tribuno Valerio entiende que la ley es una disposición excepcional dictada por las contingencias de la guerra que tenía sentido solamente en tal emergencia. Catón, en contraposición, entiende que se trata de una ley suntuaria que busca garantizar la integridad y estabilidad del sistema familiar romano. El día de la votación, los tribunos Marco y Publio Junio Bruto habían decidido imponer su veto para detener así la propuesta. Entonces sucedió el episodio que, en aquel momento, resultaba completamente impensable.

Muchas mujeres romanas, algunas que incluso se habían acercado desde otras ciudades y zonas más rurales, ocuparon las calles para demandar a los senadores que se derogase la ley. Se posicionaron frente a las casas de los dos Bruto, de modo de imposibilitarles el camino al Foro y la interposición del veto. La cuestión abrumó de tal manera a los romanos que discutieron en el Senado sobre estos sucesos. De ese debate, sobresalen los discursos de Catón y Lucio Valerio, conservados por Tito Livio.

Catón, de quien ya revisamos algunas de sus opiniones conservadoras en cuanto al rol de las mujeres en la introducción, estaba escandalizado con estos episodios. Habla de un “tumulto mujeril” (consternatio muliebris), de la “insubordinación de la mujer” (impotentia muliebri), de una “secesión de mujeres” (mulierum secessione). Reprocha al conjunto de los senadores por no ser capaces de contener a sus esposas dentro de los muros de sus casas, ya que, si las mujeres salen a la calle y se inmiscuyen en los asuntos masculinos, los hombres acabarán perdiendo su libertad, pues “desde el momento mismo en que comiencen a ser iguales, serán superiores” (extemplo simul pares esse coeperint, superiores erunt, LIV. XXXIV 3). Catón arremete contra la virtud de las mujeres que formulaban tales demandas e interpreta que todo este evento era fruto de la vanidad, pues estas mujeres no querían verse vestidas de la misma manera que las de clases inferiores, dado que por su propio orgullo necesitaban sentirse claramente diferenciadas. En una sección de su discurso sostiene:

La verdad, he sentido cierto rubor cuando hace poco he llegado hasta el Foro por entre un ejército de mujeres. Y si, por respeto a la dignidad de cada una en particular más que de todas en conjunto, no me hubiese contenido por reparo a que se dijese que el cónsul les había llamado la atención, les habría dicho: ‘¿Qué manera de comportaros es esta de salir en público a la carrera, invadir las calles e interpelar a los maridos de otras? ¿No pueden hacer este mismo ruego en casa, cada una al suyo? ¿O es que son más convincentes en público que en privado, y con los extraños más que con los vuestros? Y eso que, si el recato contuviera a las matronas dentro del ámbito de sus propios derechos, ni siquiera en casa deberían ocuparse de las leyes que se aprueban o se derogan aquí’. Nuestros mayores quisieron que las mujeres no intervinieran en ningún asunto, ni siquiera de carácter privado, personal, más que a través de un tutor. Querían que estuvieran bajo el control de sus padres, sus hermanos o esposos. Nosotros, si así place a los dioses, incluso les estamos permitiendo poner sus manos en los asuntos de Estado y poco menos que entrometerse en el Foro, en las reuniones y asambleas. ¿Qué más están haciendo ahora en las calles y cruces, sino influir en la plebe a favor de la propuesta de los tribunos, la ley que creen que debería ser derogada? ¿Darle rienda suelta a su naturaleza incontrolable, a esta criatura indómita, y esperar que ellas mismas establezcan límites a su desenfreno? Si no hacen algo, esta es la menor de las cosas de las que, impuestas a una mujer por la costumbre o por la ley, se someten con un sentido de injusticia. Lo que quieren es la libertad total, o más bien, si queremos decir las cosas como son, el libertinaje (LIV. XXXIV 2).

La respuesta a este discurso fue formulada por Lucio Valerio, tribuno de la plebe, quien defendía el derecho de las mujeres de exhibir tales riquezas, pues esta era la única manera que disponían para demostrar su estatus. Si la victoria en la guerra –a la que en su momento contribuyeron con donaciones– no les aportaba beneficios políticos ni bélicos, estaban en su derecho de disfrutar de las ganancias y ser libres de exhibirse públicamente con aquellas riquezas obtenidas por sus maridos e hijos. También así, al mismo tiempo, evidenciaban el orgullo que sentían hacia sus hombres. Si padecieron los horrores de la guerra, tenían derecho de compartir las cosas buenas producidas por la victoria. Estas son las palabras que recoge Tito Livio:

Sin embargo, sus palabras han ido encaminadas en mayor medida a reprender a las matronas que a pronunciarse en contra de nuestra propuesta, dejando, además, en la duda, por cierto, si lo que censuraba lo habrían hecho las matronas por iniciativa propia o por instigación nuestra. El objeto de mi defensa será la proposición de ley, no nuestras personas, contra las que ha lanzado esas acusaciones de palabra más que yendo al fondo del asunto. Ha calificado de conciliábulo, sedición, y a veces secesión mujeril, el hecho de que las matronas hayan pedido públicamente que ahora, en tiempos de paz, cuando la República está floreciente y próspera, deroguen una ley promulgada contra ellas en las difíciles circunstancias de la guerra. Sé que son estas y otras por el estilo las grandes palabras que se buscan para magnificar un hecho, y todos sabemos que Marco Catón es un orador enérgico y a veces incluso violento, aun siendo suave de carácter. Porque en definitiva, ¿qué han hecho de extraordinario las matronas por haberse presentado en público masivamente en una causa que las afecta directamente? ¿Nunca aparecieron en público hasta ahora? […] Ya en un principio, cuando reinaba Rómulo, en el momento en que se combatía en medio del Foro tras la toma del Capitolio por los sabinos, ¿no cesó la batalla al precipitarse las matronas en medio de los dos ejércitos? Bien, y después de la expulsión de los reyes, cuando las legiones volscas capitaneadas por Marco Coriolano acamparon a cinco millas, ¿no fueron las matronas quienes hicieron dar la vuelta a aquel ejército que hubiera aplastado esta ciudad? Y cuando Roma había sido ya tomada por los galos, ¿no fueron las matronas las que por acuerdo unánime pusieron a disposición de todos el oro con que fue rescatada la ciudad? Durante la última guerra, para no irme tan atrás, cuando hubo falta de dinero, ¿no fueron las viudas las que ayudaron al tesoro con sus aportaciones económicas? Y cuando se llamó a nuevos dioses para que nos ayudasen en unos momentos de crisis, ¿no salieron todas las matronas hasta la costa para recibir a la Madre del Ida? Se trata de casos diferentes, dirás. Tampoco es mi intención equipararlos; me basta con demostrar que no se trata en absoluto de un hecho sin precedentes. Ahora bien, lo que hicieron sin que nadie se sorprendiera en situaciones que afectaban indistintamente a hombres y mujeres, ¿nos sorprende que lo hayan hecho en un caso que las afectaba a ellas específicamente? (LIV. XXXIV 5).

El tribuno sostiene en su discurso que las mujeres no tienen ningún tipo de función pública, ni política, ni religiosa, ni militar, los ámbitos tradicionalmente masculinos. Solo el refinamiento, las joyas y los adornos son la insignia femenina. Valerio afirma que estas son las características de las mujeres, incluso según los antiguos. De ahí que privarlas de eso sería una medida excesiva y desproporcionada, porque el ámbito de acción de la mujer sigue siendo el doméstico. Depende de los padres y los maridos controlar la ropa de las mujeres, no de la ley.

Entre las participantes de tal protesta, Emilia, esposa de Escipión y madre de Cornelia, habría sido una de las instigadoras de la abrogación, y seguramente importantes matronas la seguían. Esto se desprende en parte de Polibio, quien describe la suntuosidad de Emilia (POL. XXXIII 8). En este sentido, se ha interpretado que este gesto de Emilia puede ser leído como un precursor fundamental del rol político que luego tuvo su hija.[5]

Si, como parece razonable suponer, Emilia fue una de las inspiradoras de la abrogación, y fue seguida por algunas prominentes matronas, probablemente había en juego una maniobra política con intereses más amplios, que excedían la ocasión inmediata. Lo mismo puede decirse sobre la exaltación de la figura de las matronas en el discurso de Lucio Valerio. Existen dos posibles razones que habilitan a formular estas hipótesis. En primer lugar, el procedimiento de abrogación obligó a Catón a posponer su partida hacia su provincia consular de España. Escipión tenía estrechos vínculos con España, y se beneficiaba de tal ausencia. La enemistad entre estos dos personajes era declarada y tenía larga data. Catón atacó el filohelenismo escipiónico y la costumbre de importar lujos de Oriente (LIV. XXXIV 4.3-4). Aun más importante, la fuerte respuesta de las mujeres que acudieron del sector rural se vio equiparada a la forma en que votaron posteriormente sus maridos, ya que cuando Catón se presentó a su cargo más importante (censor) en 189 a.e.c. fue derrotado y tuvo que esperar hasta 184 a.e.c. para volver a postularse. De modo que el grupo escipiónico lo había alejado temporalmente de su circunscripción, la plebe rural. Con todo, carecemos de información más detallada sobre Emilia. Parece lógico suponer que puede haber sido una pionera de las grandes matronas políticas de la última República, algo en lo que, en efecto, luego se convirtió su hija.

Finalmente, la ley fue abrogada, de modo que las romanas tuvieron éxito y recuperaron sus derechos (LIV. XXXIV 7.7-8). Probablemente sea inadecuado comparar las demandas públicas de estas matronas romanas con las luchas de siglos pasados en los que las mujeres reclamaron, entre otros, el derecho a votar, pero este ejemplo romano nos muestra a mujeres que pelearon por lo que consideraban que les correspondía, independientemente de lo que las normas sociales estipulaban como esperable de su conducta.[6] Este episodio del que participó la madre de Cornelia nos orienta en la comprensión del contexto en el que creció y fue formada.

Vida matrimonial

El matrimonio de Cornelia con Tiberio respondía, como era habitual, a necesidades políticas. Existen dos versiones sobre las circunstancias del compromiso. Tito Livio es la principal fuente al respecto. Si bien expresa algunas dudas, relata que en un día santo en una cena del Senado en el Capitolio, Tiberio Sempronio Graco, enemigo de Cornelio Escipión, interpuso su veto tribúnico para evitar que Lucio Escipión (hermano de Cornelio) fuera trasladado a la misma prisión en la que habían encarcelado a tantos enemigos de Roma. Los senadores pidieron que el Africano prometa en matrimonio a su hija como agradecimiento ante tal gesto de un enemigo histórico de los Escipiones, y así se formalizó el compromiso. Una vez en su casa, informó sobre lo sucedido a su esposa Emilia, quien se ofendió por no haber sido consultada (muliebriter indignabunda: con la indignación de una mujer), y agregó: “no debería haber quedado al margen de la decisión ni siquiera en el caso de que se la concediera a Tiberio Graco” (LIV. XXXVIII 57.6). Escipión contestó que era Tiberio Graco, en efecto, el prometido para su hija. Y así se restauró la armonía doméstica (LIV. XXXVIII 57.8). Otra versión indica que el compromiso de Cornelia ocurrió luego de la muerte de su padre, cuando su tío Lucio era más vulnerable al ataque de sus adversarios. Un acuerdo político con Tiberio Sempronio Graco salvó a Lucio de la desgracia y este se concretó mediante el compromiso de su sobrina con el nuevo aliado.[7]

Su matrimonio debe haber sido del tipo cum manu como era habitual en esos días, por lo que ella y sus propiedades pasaron a la potestas de su marido. Pero luego de la muerte de Tiberio se convirtió en sui iuris (de propio derecho, autónoma, es decir, legalmente independiente) y jurídicamente capaz de poseer y administrar propiedad –si bien con el necesario consentimiento del tutor– y con los mismos derechos de sucesión que su marido e hijos. Más aun, su dote, que consistía en la enorme suma de cincuenta talentos, le fue retornada cuando quedó viuda. Cornelia era una mujer extremadamente rica. El hecho de que sus familiares (padre, hermanos, marido, hijos y yerno) murieran antes que ella, podría haber aumentado su fortuna e independencia. Dado que el matrimonio era del tipo cum manu su esposo podía darle el derecho a elegir su tutor en el testamento, si bien desconocemos si esto fue así o no.

Otro rasgo que convierte a Cornelia en la matrona ideal es su fecundidad. Según Plinio tuvo doce hijos (PLIN. Nat. VII 57), dato que confirma Séneca (SEN. ad Helv. XVI 6, ad Marciam XVI 3). Luego de enviudar aproximadamente en el año 154 a.e.c., no volvió a casarse, y desde ese momento se dedicó exclusivamente al cuidado de sus tres hijos vivos (TAC. Dial. 28), dado que los otros nueve no habían sobrevivido luego de la infancia. Fue celebrada por esa devoción maternal y por su negativa a contraer una nueva unión conyugal, aún cuando el rey Ptolomeo le habría propuesto matrimonio, si bien, de haber aceptado no podría haber llevado a sus hijos con ella, pues así lo establecía la tradición romana (PLUT. Tib.Gracch. 1.7). Esto le valió el título de univira (con un solo marido), un ejemplo más de su virtud que, no obstante, reñía con los esfuerzos para alentar a las viudas a volver a casarse y tener más hijos.[8] Podemos pensar que esta decisión tenía tal vez otro fundamento: el deseo de adquirir una mayor independencia.

Educación y rol en el ambiente intelectual de la época

Cornelia tuvo fama no solo por las conexiones y vínculos con figuras masculinas destacadas, como su padre y su esposo, sino también por su propia riqueza y educación. Recibió una educación bilingüe que le permitió adquirir un conocimiento profundo de la literatura y la filosofía, tanto griegas como latinas. Promovió activamente el nuevo estilo helénico, apreciado y denostado por la élite romana de finales del siglo II a.e.c. En su villa de Campania, organizaba reuniones de las que participaban intelectuales de renombre, como el orador Diófanes de Mitilene, el estoico Blosio de Cumas y Licinio Craso Muciano, un personaje reconocido por su interés en la cultura griega. Tales hombres encontraron en la casa de Cornelia un lugar ideal para disfrutar de conversaciones y disputas, de las que ella seguramente también participaba. Luego de enviudar, Cornelia se entregó por completo a la educación de sus hijos, como hemos mencionado, quienes se beneficiaron de las enseñanzas que les proporcionó en retórica y filosofía.[9] En los últimos años de su vida, se dedicó a patrocinar a diversos intelectuales griegos.[10] Este puede haber sido el primer ejemplo de una mujer romana que actuó como protectora de la producción literaria y cultural (PLUT. Tib.Gracch. 19).

Tácito también recuerda a Cornelia como ejemplo de formación para sus hijos:

En efecto, anteriormente, el hijo de cada hombre nacido moralmente puro, no era criado en la habitación de una enfermera, sino en unión con el regazo de su madre, la cual era distinguida con alabanzas por cuidar de la casa y servir a los niños. Además, se elegía a algún pariente mayor para que, como persona observada y probada, sea comprometido para el cuidado de toda la progenie de la misma casa; en su presencia, ninguna palabra deshonrosa podría ser pronunciada sin una ofensa grave, y no se cometería ningún hecho incorrecto. Religiosamente y con la mayor delicadeza, no solo regulaba los estudios, sino también las recreaciones y los juegos de los niños. En este espíritu, se nos dice, Cornelia, la madre de los Graco, dirigió su educación; Aurelia la de César, Atia la de Augusto: así fue como estas madres entrenaron a sus distinguidos hijos (TAC. Dial. 28).

Ella se aseguró de que sus hijos reciban el apoyo adecuado para alimentar la gloria familiar. Cuidó que el hijo mayor tenga la capacitación adecuada en liderazgo y habilidades militares en su adolescencia, mientras acompañaba a Emilio en Cartago. También arregló el matrimonio de su hija con Emiliano, reforzando así la conexión con una figura política clave de la época, que estaba a punto de consolidar y expandir su notable reputación por la destrucción de Cartago en el 146 a.e.c. Como mencionamos, Cornelia fue reconocida como una madre devota. Su conocida insistencia de que se la reconozca como “madre de los Graco” fue probablemente transmitida por su hija Sempronia y por sus dos hijos varones (PLUT. Tib.Gracch. 8.7). Las pocas indicaciones presentes en las fuentes sugieren que Cornelia estaba decidida a hacer lo que fuera necesario a fin de ayudar a que sus hijos lograran sus propios objetivos.[11] Les aseguró la mejor educación posible en oratoria y filosofía, en esta disciplina los expuso al estoicismo y las filosofías políticas que se apartaban de las preocupaciones de la élite romana tradicional. Plutarco relata sobre la formación de Tiberio, recibida por dos prominentes intelectuales: el retórico Diófanes y el filósofo Blosio. Cicerón refiere que Diófanes fue tutor de Tiberio en su niñez (CIC. Brut. 27.104), pero según Plutarco fue arrestado y ejecutado junto con su exalumno, pues compartieron su amistad hasta el final (PLUT. Tib.Gracch. 20). En un pasaje de Brutus Cicerón escribe:

Graco, gracias a los afectuosos cuidados de su madre Cornelia, había sido entrenado desde la infancia y estaba completamente educado en letras griegas. En efecto, siempre había disfrutado de la instrucción de los maestros griegos cuidadosamente elegidos, entre ellos, cuando aun se encontraba en su temprana edad, Diófanes de Mitilene, quien era considerado el orador más capacitado de Grecia en aquellos días (CIC. Brut. 27.104).[12]

De Blosio sabemos que habría contado con recursos económicos para poder formarse en Atenas y luego establecerse como educador en Roma, como señala Plutarco. Pertenece al segundo estoicismo (o estoicismo medio) representado por la figura de Panecio, menos radicalizado que el de Zenón. Panecio de Rodas estudió en Atenas en diversas escuelas, en la Academia y el Perípato, y luego configuró el estoicismo, bajo la guía de Diógenes de Seleucia. Ya en Roma, gracias a su amistad con el historiador Polibio –a su vez amigo de Escipión Emiliano–, se convirtió en un habitual frecuentador de la casa de los Escipiones. Blosio, discípulo de Antípatro de Tarso, pertenece a este período en que el estoicismo se asimila mejor al contexto social. Con todo, el dogma fundamental se mantiene, esto es, la idea de que la virtud es accesible a todos y de que todos pueden alcanzarla, independientemente de la condición social. Blosio, como todo estoico, es ante todo un práctico, un filósofo que practica la política. De ahí el mutuo interés que surgió entre el filósofo y los Graco, en especial Tiberio.[13]

Intervención política

Los hijos de Cornelia, “los Graco”, nacidos en 163 y 153 a.e.c., tomaron el nombre de su padre, quien era un hombre eminente pero fue eclipsado por sus hijos, si bien estos no vivieron hasta alcanzar el alto cargo que logró su padre. Los Graco se hicieron sumamente famosos. Considerados por algunos como adalides de la gente, fueron desprestigiados en la tradición historiográfica vinculada a los grupos poderosos y conservadores de Roma. Sus tribunos en 133 y 123 a.e.c. terminaron en violencia civil y en la muerte de ambos a temprana edad. El tribunado del hijo mayor de Cornelia, Tiberio, en 133 a.e.c., marca el comienzo del turbulento período republicano tardío.

Tiberio y Gayo se propusieron conquistar el apoyo popular para lograr una fuerte base política enfrentada al poder institucional del Estado romano: el regnum. Para tal propósito, se sirvieron de la colaboración de grandes grupos de partidarios armados.[14] En 133 a.e.c. estalló un gran conflicto. Tiberio propuso en la asamblea una ley agraria con la que buscaba revitalizar el campesinado, limitar la tenencia de las tierras de las clases altas, y recuperar tierras del Estado para los campesinos. En el año siguiente buscó la reelección como tribuno de la plebe. Fue entonces cuando, en medio de un gran tumulto, fueron asesinados él y numerosos partidarios suyos (APP. Bell. civ. I 4 y ss.). Esto sucedía en un momento particularmente turbulento durante el enfrentamiento entre patricios y plebeyos en la mitad de la República.

En cuanto a la elaboración de estas reformas, Plutarco enumera a Blosio en una lista de posibles agentes inspiradores para el joven Tiberio (PLUT. Tib.Gracch. 8).[15] Cicerón (CIC. Amic. 2.37) y Valerio Máximo (V. MAX. IV 7.1) le otorgan al filósofo un papel de instigador, una figura calculadora, la cabeza “invisible” de la reforma agraria. Lo cierto es que Blosio ejerció una notoria influencia en Tiberio, más de la que tuvo con su hermano menor Gayo, pues este no estaba tan interesado en la reforma agraria. Tras la muerte de Tiberio la persecución de los partidarios de los Graco es dura, por esto Blosio decide dejar la ya insegura Roma tras el juicio.[16] Gayo procuró continuar las reformas sociales, por lo que se presentó a elecciones y obtuvo el cargo de tribunus plebis (tribuno de la plebe) en 123 a.e.c. A partir del testimonio de Plutarco, se piensa que Cornelia organizó a bandas en el campo para que fueran a Roma en apoyo de Gayo: “a Cornelia se le acreditó en algunos sectores el envío de mafiosos a Roma disfrazados de trabajadores agrícolas, pero nuestra fuente cita a otras autoridades anónimas que dicen que en realidad se oponía enormemente a tales medidas” (PLUT. Tib.Gracch. 13). Si nos guiamos por las cartas conservadas que revisaremos luego, Cornelia habría procurado limitar la venganza de Gayo por el asesinato de su hermano y su intención revolucionaria, pidiéndole que se detuviera antes de que fuera demasiado tarde. No hay acuerdo ni en la actualidad ni en la propia Antigüedad acerca de en qué medida los dos hermanos compartían posiciones o se diferenciaban. De los autores antiguos, unifican a los hermanos Cicerón (CIC. Sest. 103), Floro (FLOR. II 3.15), Plutarco (PLUT. Tib.Gracch. 1), Valerio Máximo (V. MAX. VI 3) y Veleyo Patérculo (VELL. II 6.1). Por su parte, Apiano (APP. Bell. civ. I 22 y ss., I 34) y Diodoro Sículo (DIOD. SIC. 34/35) son más propensos a diferenciarlos.

Otro episodio con implicaciones políticas que se relaciona con Cornelia es la atribución de haber conspirado junto con su hija Sempronia para asesinar a su yerno, dado que este estaba socavando la comisión establecida por Tiberio, su hijo muerto, y administrada por Gayo, su hijo aun vivo.[17] Sin embargo, no es seguro que alguien haya asesinado a Emiliano. La sugerencia de una conspiración asesina entre Cornelia y Sempronia refleja supuestos romanos habituales, como el fuerte vínculo madre-hija, la lealtad de las mujeres a sus hermanos e hijos y la tendencia a atribuir muertes súbitas e “inexplicables” al envenenamiento, junto con la sospecha de autoría del hecho sobre la esposa.[18]

Al igual que su hermano mayor, Gayo era considerado un orador sobresaliente. Gayo tenía un programa de reformas notablemente más ambicioso que el de su hermano. Plutarco se refiere con ligera sorpresa y desaprobación al hecho de que a veces usaba el nombre de su madre en discursos políticos frente a los opositores, empleando expresiones como: “Entonces, ¿está calumniando a Cornelia, que dio a luz a Tiberio?” (PLUT. Tib.Gracch. 4, SEN. ad Helviam. XVI 6). Tanto la decisión de Gayo como la crítica a esta manera de contrarrestar una discusión, mediante el recurso de evocar la honorabilidad de su madre y de su hermano conjuntamente, son reveladoras. En efecto, nos muestra que la memoria de Tiberio y el nombre de Cornelia tenían un gran peso en el auditorio. La sugerencia de propaganda en el Foro, la acción política de Cornelia quien habría aparecido vestida de luto junto con sus nietos en una reunión pública donde estaba Tiberio, es un hecho de notoria importancia. De acuerdo a Dion Casio: “[Tiberio] Muchas veces se vistió de luto y presentó a su madre y a sus hijos como suplicantes ante la multitud” (DIO. XXIV). Era un lugar común –un topos– indicar la presencia de familiares de los tribunos, dado que constituía una práctica usual. Esa aparición en contextos institucionales típicamente masculinos era una de las pocas formas aceptables en que las mujeres podían interactuar públicamente con las estructuras políticas y judiciales. Lo interesante en este caso es la sugerencia de que fue la madre de Tiberio, en lugar de su esposa, quien apareció con sus hijos para ejercer influencia en los sentimientos de los representantes reunidos. Esto parece constatar el rol y estatus especial de Cornelia. Cicerón nos dice que incluso los enemigos de Gayo se conmovieron al escucharlo pronunciar su desesperado comentario: “¿Dónde seré llevado, ¡oh! miserable? ¿A dónde me retiraré? ¿En el Capitolio? Está inundado con la sangre de mi hermano. ¿O en casa? ¿Y que mire a mi miserable madre, que se lamenta, sórdida?” (CIC. De orat. III 214).

La admiración por Cornelia

Hay diversos motivos por los cuales los romanos admiraron profundamente a Cornelia y la convirtieron en modelo de matrona ideal. En primer lugar, como hemos revisado, Cornelia personificó el modelo de madre devota, y sobrellevó sin autocompasión y con entereza la trágica muerte de sus dos hijos varones, dado su espíritu noble y magnánimo. Según Plutarco:

acerca de la consagración de los lugares en que perecieron sus hijos, solía expresar que los muertos habían tenido dignos sepulcros. Su vida pasó después en los campos llamados Misenos, sin alterar en nada el tenor acostumbrado de ella. Gustaba, en efecto, del trato de gentes, y por su inclinación a la hospitalidad, tenía buena mesa, frecuentando siempre su casa griegos y literatos, y recibiendo dones de ella todos los reyes, y enviándoselos recíprocamente (PLUT. Tib.Gracch. 19).

Esta fortaleza de carácter fue un rasgo admirado por los romanos.[19]

En segundo lugar, debemos considerar una de las virtudes exigidas a la mujer: la modestia. En esto Cornelia fue reconocida como una figura ejemplar. Al respecto, disponemos de un relato de Valerio Máximo sobre la visita de una mujer ostentosa a la madre de los Graco. Cuando la mujer afirmó que sus joyas eran las más bellas del siglo, Cornelia, señalando a sus hijos, respondió: “estas son mis joyas” (haec, inquit, ornamenta sunt mea) (V. MAX. IV 4). Este gesto muestra su devoción como madre a la vez que una indiferencia ante los lujos femeninos y las riquezas.

En tercer lugar, otra historia famosa relata sobre la aparición de dos serpientes, un macho y una hembra, en el lecho matrimonial de Cornelia. En De divinatione (Sobre la adivinación), Cicerón cuenta que el piadoso esposo las llevó a un arúspice para que interpretara el significado del presagio. El adivino anunció que las serpientes representaban la esencia de los dos miembros del matrimonio y que moriría primero el cónyuge del mismo sexo de la primera serpiente muerta. Tiberio, entonces, decidió matar a la serpiente macho, dado que su esposa era aún muy joven. Cicerón refiere a Gayo como su fuente (CIC. Div. I 36). Otras versiones de la misma historia son relatadas por Valerio Máximo (V. MAX. IV 6.1), Plinio el Viejo (PLIN. Nat. VII 122), Plutarco (PLUT. Tib.Gracch. 1.4-5) y el autor anónimo De viris illustribus (Sobre los hombres ilustres). Esta historia tuvo una notoria circulación pública, tal vez para potenciar la importancia de la familia en general y de Cornelia en particular, pues la representa como una mujer considerada por su distinguido esposo como digna de su propio sacrificio. Por otra parte, vincula su prestigio con el de Escipión Africano, ya que las historias sobre serpientes en el nacimiento y la infancia del Africano eran comunes durante el siglo II a.e.c.[20]

En cuarto lugar, su intervención política en pos de mantener la paz civil fue altamente estimada. El mismo Gayo atribuye la actuación de su madre como motivo que lo llevó a retirar el proyecto de ley que habría mantenido al enemigo familiar Octavio fuera del cargo público (PLUT. Tib.Gracch. 4). Plutarco dice que la gente se lo agradeció, dado que se detuvo así un enfrentamiento seguramente violento (PLUT. Tib.Gracch. 4). Esta intervención que favoreció el mantenimiento de la armonía política, hizo que fuera valorada no solo como hija de Escipión Africano, sino también como madre de los Graco, al punto de que más tarde se erigió una estatua de bronce con la inscripción “Cornelia, madre de los Graco” (PLUT. Tib.Gracch. 4). Plinio relata que él mismo pudo ver la escultura: “Ahí está la estatua de Cornelia, la madre de los Graco y la hija de Escipión Africano. La representa en posición sentada y es notable por las sandalias sin tirantes; estaba en la columnata pública de Metelo, pero está en los edicios de Octavia” (PLIN. Nat. XXXIV 31). Se ha debatido mucho sobre esta estatua. La observación de Plinio de que originalmente estaba situada en el Porticus Metelli ha sido datada a finales del siglo II a.e.c. Sin embargo, la existencia de estatuas antes del período de Augusto no parece probable, pues las esculturas honoríficas de tamaño real de mujeres, erigidas en lugares públicos, no están atestiguadas en Roma tan tempranamente. Lo que sí se sabe con seguridad es que fue colocada en el Porticus Octaviae, construido por Augusto en honor a su hermana Octavia, en el sitio de lo que había sido el Porticus Metelli, algún tiempo después del 27 a.e.c. Lleva una inscripción de la fecha de Augusto en la que se lee Cornelia Africani f./ Gracchorum. La inscripción tan concisa identifica a Cornelia como hija y madre de hombres famosos, pero, a su vez, el hecho de que una leyenda tan escueta fuera comprendida constituye un testimonio de la propia fama de Cornelia en la época de Augusto. Probablemente, esta inusual dedicación de una estatua honorífica a una noble mujer de la República tenía un fin propagandístico.

Las cartas de Cornelia

Problemas de autenticidad

Contamos solamente con dos fragmentos de las cartas que Cornelia escribió a su hijo Gayo, alrededor del 123 a.e.c. Estos se conservan en algunos manuscritos que contienen los escasos restos de una voluminosa obra de Cornelio Nepote, un contemporáneo de Cicerón, titulada De viris illustribus (Sobre los hombres ilustres).[21] Tal trabajo constaba por lo menos de dieciséis libros de biografías de reyes extranjeros y romanos, generales, oradores, jurisconsultos, filósofos, historiadores, poetas y gramáticos. Sólo se ha conservado el tercer libro, De excellentibus ducibus exterarum gentium (Sobre los más destacados generales de los pueblos extranjeros), que contiene la vida de veintiún generales griegos más la de Aníbal, Amílcar y Datames. Se suele entender que Cornelio Nepote habría citado los fragmentos de las cartas de Cornelia en una biografía que habría escrito sobre los Graco.

Mucho se ha discutido sobre la autenticidad de los fragmentos de las cartas, sobre todo por la escasa cantidad del material. Se ha propuesto que estos escritos son meras recreaciones literarias, ficciones o falsificaciones, atribuidas a propósito o por error a la matrona.[22] Algunos estudiosos actuales han tratado de formular el problema eligiendo un camino intermedio entre considerar falsas o auténticas a las cartas. Horsfall, por ejemplo, cree que la discusión se basa en un concepto erróneo. En lugar de decidir entre lo auténtico y lo falso, deberíamos estudiar hasta qué punto esta carta de Cornelia puede haber sido reelaborada por Nepote o su fuente, ya que era costumbre citar un discurso o una carta en forma adaptada. Sin embargo, sus argumentos no son del todo convincentes y la controversia permanece.[23]

Las dudas en cuanto a la autenticidad de estas cartas se vinculan con discusiones centradas en el estilo y en el contenido. Del estilo nos podemos preguntar si es acorde a las producciones de la época y al propio estilo de Cornelia. La primera pregunta se suele responder afirmativamente, pero la segunda carece de solución, dado que no disponemos de elementos de contraste.[24] El estilo y la gramática textuales de los fragmentos, característicos de la aristocracia romana, no se pueden poner en duda; en efecto, pertenecen al siglo II a.e.c, la época en que vivió Cornelia. Por otra parte, si tomamos en consideración el contenido de los textos no encontramos razones definitivas para negar su autenticidad. En estas cartas Cornelia se opone a la actividad política de su hijo, si bien según otras fuentes, como hemos revisado, lo habría apoyado. Por otra parte, el carácter vehemente del texto entra en cierta tensión con la imagen de madre devota que le atribuyen diversas fuentes. Con todo, es altamente probable que estos fragmentos fueran parte de una colección de cartas de Cornelia. Si se acepta esta hipótesis, nos hallaríamos frente al texto literario latino más antiguo escrito por una mujer que ha llegado hasta nuestros días.

Cicerón aludió a la prosa de Cornelia, de modo que podemos interpretar que sus cartas eran conocidas por los romanos cultivados de su generación. En Brutus afirma: “Hemos leído las cartas de Cornelia, la madre de los Graco. Sus hijos parecen haber sido envueltos en su conversación tanto como en su regazo” (CIC. Brut. 58.211). Asimismo, Quintiliano afirma que la exquisita forma de hablar de Cornelia nos ha sido transmitida a través de sus cartas, lo que refuerza la hipótesis de la autenticidad de los fragmentos: “En efecto, hemos aprendido que su madre Cornelia contribuyó grandemente a la elocuencia de los Graco. Ella era una mujer cuya forma de hablar tan educada ha sido transmitida a la posteridad también a través de sus cartas” (QUINT. Inst. I 1.6).

Análisis del contenido de los fragmentos

Los fragmentos supérstites de Cornelia tienen varios puntos de interés para una lectura contemporánea. El tono general del texto es retórico, y se vuelve cada vez más recriminatorio. Cornelia desea disuadir a Gayo de defender al tribunado porque entiende que su programa vengativo causará aún más angustia a su familia, al Estado y a su propia madre. Los fragmentos están en dos segmentos diferentes unidos por las palabras eadem alio loco (lo mismo en otro lugar). Plutarco los sitúa en relación con la oratoria temprana de Gayo, aquella intervención por la que habría retirado la legislación dirigida contra Octavio, que agradó especialmente a la población. En efecto, como vimos, el propio Gayo retiró la propuesta que había presentado y dijo que su madre, Cornelia, había alegado por la causa de Octavio, por lo que la gente estaba conmovida y encantada, y la honraron con una estatua.

Como mencionamos, se trata de dos fragmentos, que se supone pertenecen a un mismo texto, si bien son muy diferentes en tono y estilo. Incluimos los textos completos en el anexo. En el primer pasaje, el más breve, Cornelia sopesa la gloria de la venganza contra los enemigos de un particular con el bienestar del Estado en su conjunto, argumentando que la tranquilidad del Estado debe ser lo principal.

El segundo pasaje es más emocional. Aquí reprocha violentamente a Gayo por causarle problemas graves al seguir el mismo curso político que su hermano y buscar el cargo de tribuno, en lugar de respetar el deseo de su madre de disfrutar de una vejez tranquila. En esta carta, Cornelia se opone a los planes de Gayo con gran fuerza, ejerciendo una severa presión moral e incluso profiriendo amenazas para desviarlo del camino que ha decidido seguir. Su insistencia en el respeto hacia ella como madre y en la obligación de obedecer sus deseos no es incompatible con las nociones romanas sobre la autoridad materna. La personalidad dominante que se expresa en la carta y el hecho de involucrarse en los asuntos políticos concuerdan con la imagen de mujer decidida que tenemos de Cornelia. Sin embargo, la actitud crítica que expresa este texto contrasta con el apoyo que, según la mayoría de las fuentes, la madre dio a sus hijos. La carta critica severamente la política de Tiberio y Gayo, calificándola como locura y ruina del país. Esta crítica ha sido explicada como un intento de separar ideológicamente a Cornelia de sus hijos. De este modo, ella permanecería, entonces, cercana a la causa opuesta, la de los optimates. En tal sentido, la carta podría ser una falsificación publicada en una fecha posterior por alguien que buscaba favorecer la causa de los optimates; por lo tanto, sería parte de una reevaluación póstuma de Cornelia que también llevó a erigir la estatua para ella.[25]

Como mencionamos, la carta revela a una escritora apasionadamente opuesta al programa radical de su hijo menor. Cornelia escribe en defensa de la res publica tradicional, critica lo que ve como una mancha en el escudo familiar, además de ser una amenaza mortal para la República. Así, se encuentra en armonía con los miembros de su propia familia, no con la familia plebeya con la que se casó, sino con la familia patricia en la que nació. Sus sentimientos habrían sido respaldados, en su mayor parte, por su primo y yerno, Escipión Emiliano, a pesar de la relación ambivalente entre ambos.

Cornelia se refiere en la carta al “dios paterno” (deus parentem) que Gayo deberá honrar cuando ella muera. Esto refleja la tradición romana de otorgar honores de divinidad a los antepasados después de su muerte.[26] El uso de la ironía evoca una imagen de una matriarca cuya voluntad no debe ser sobrepasada por su descendencia. A pesar de la intensidad de la imagen, el latín del original es relativamente simple y sin complicaciones retóricas.[27]

En la sociedad romana, la escritura de cartas formaba parte de la vida cotidiana de las personas educadas. Constituía una forma habitual de comunicación, tanto para notas breves como para publicaciones más largas, que posibilitaba enviar mensajes sobre asuntos políticos o privados. Por ejemplo, Cicerón y Fronto solían escribir o dictar cartas en cualquier hora del día y la frecuencia de su intercambio es amplísima, como se aprecia en las colecciones de sus cartas. Para facilitar el intercambio epistolar, las familias de las clases altas tenían secretarios para dictados entre sus esclavos y mensajeros para entregar sus cartas rápidamente. Las cartas conservadas que involucran a mujeres son: los fragmentos de Cornelia –los primeros en orden temporal–, las cartas perdidas de las corresponsales femeninas de Cicerón (siglo I a.e.c.) y de Plinio el Joven (siglos I- II e.c.), las cartas de Claudia Severa encontradas en Vindolanda (alrededor del año 100 e.c.), la carta de Plotina a los epicúreos de Atenas (121 e.c.), y las cartas –perdidas– de Domicia Lucilla, la madre de Marco Aurelio (siglo II e.c.). La única mujer romana que se sabe que escribió y publicó sus Memorias es Agripina la menor. Aparentemente, Agripina escribió sus memorias describiendo no solo su vida sino también la de su familia.

A finales del segundo siglo y principios del tercer siglo, el declive de la literatura romana deja oculta la escritura de las mujeres. Sin embargo, en esa época, fuera del alcance del período histórico que hemos seleccionado en este trabajo, tenemos el texto único de Perpetua, quien describió los eventos vividos durante los últimos días antes de su ejecución como mártir cristiana con notable franqueza y emoción. Este trabajo escrito por una joven mujer del norte de África, a quien aparentemente se le había dado una educación en latín (y quizás también en griego), nos advierte contra la idea de suponer, demasiado superficialmente, que el silencio general de nuestras fuentes reflejan una falta real de escritura de las mujeres en aquellos momentos.


  1. Al respecto, véase Bauman (2013: 25, 46) y MacLachlan (2013: 58 y ss.).
  2. Para una contextualización sobre la situación histórica de Roma en aquel momento, véase Künhe (2013).
  3. Véase Culham (1982). En la comedia de Platuo Aulularia, que caricaturiza a un contra-ideal de matrona rica y fastidiosa, se encuentran alusiones a la lex Oppia. El uso de la púrpura y el oro eran signos de poder masculinos que las mujeres estaban incorporando, en contra del ideal de austeridad y recato femenino.
  4. Esto lo recuerda en su discurso Lucio Valerio, pero también Hortensia. La oradora recuerda la aportación voluntaria de las matronas en ocasión de la guerra contra Cartago, a la vez que alude a otras donaciones en las guerras contra los galos y los partos, que se encuentran bien documentadas en diversos pasajes de la obra de Tito Livio. Tales donaciones consistían en entregar las propias joyas. Por otra parte, en ocasión de la acusación de stuprum en el 295 a.e.c., el delito fue subsanado mediante donaciones con las que se levantó un templo a Venus Obsequens (la obediente) según LIV. X 31. 8-9. Para más información, véase Bauman (2013: 17).
  5. Al respecto, véase Culham (1982: 786-793) y Bauman (2013: 34). Boccaccio dedica el capítulo LXXIV de su De mulieribus claris a Emilia. Lo mismo hace Cristina de Pizán en Le livre de la cité des dames. El capítulo XX del libro II está destinado a la noble Tercia Emilia. Aun así, ninguna de estas referencias biográficas hacen mención al episodio de protesta ante la lex Oppia.
  6. Debemos recordar un episodio anterior de un accionar grupal de mujeres, el famoso juicio por envenenamiento por las matronas del 331 a.e.c., que relatan LIV. VII 8 y V. MAX. II 5.3.
  7. Al respecto, véase Moir (1983) y Barnard (1990). Hallet (1984: 219 y ss.) analiza las relaciones marido-mujer, y demuestra que se han estudiado menos que las relaciones padre-hijo, y que comúnmente se presenta a las esposas romanas como figuras distanciadas de sus esposos. Cita como ejemplo la relación de Tiberio Graco y Cornelia, tal como la retrata Valerio Máximo (V 6) con un carácter positivo.
  8. Al respecto, véase Gordon (1958) y Frey (1930). Cornelia es una figura destacada por Jerónimo en cuanto modelo de madre ejemplar. Al respecto, véase Girotti (2016).
  9. Sobre el rol de Cornelia como formadora, véase Hemelrijk (1999).
  10. Sobre la cuestión del patronazgo, véase Saller (1982).
  11. Véase Dixon (2007: 18). El dato lo aporta uno de los fragmentos de Dion Casio (fr. 83.8).
  12. Sobre el papel de Cornelia en el nombramiento de Diófanes y Blosio, véase Hermann (1964) y Stockton (1979). Para una visión contrapuesta, véase Bernstein (1978). Sobre la ideología de Blosio, véase Bauman (1983).
  13. Para la figura de Blosio, véase Intxaurrandieta Ormzabal (2016b).
  14. Bauman (2013: 42 y ss.) destaca la importancia de Cornelia como figura política. Asimismo, aporta información sobre la existencia de un grupo de mujeres abogadas que ejercían la profesión y eran cercanas a los Graco. Las pruebas provienen de algunos títulos y fragmentos de Titinio, un poeta cómico, y se remontan a la época de Plauto. Se sabe que Titinio escribió una obra titulada Iurisperita, cuyo personaje central era una mujer. La historia refiere que la Iurisperita organizó una consulta legal pero el cliente no se presentó a la cita. Suele entenderse que el poeta se burla de las pretensiones de las mujeres en un campo reservado a los varones. La emancipación intelectual de las mujeres incluía un interés por las cuestiones legales y es probable que mujeres versadas tanto en leyes como en política estuvieran en la vanguardia del ataque a la lex Oppia.
  15. Para esta discusión, véase Intxaurrandieta Ormazabal (2016a).
  16. Algunas consideraciones más sobre Blosio, en las que seguimos a Intxaurrandieta Ormzabal (2016b). Conocemos que dos hermanos que Tito Livio llama Blossiis fratribus (LIV. XXVII 3) fueron los cabecillas de la revuelta de Capua del año 210 a.e.c. Esos hermanos reclutaron a ciento setenta campanos con el fin de incendiar la ciudad. Se ha postulado una relación de estos hermanos con el filósofo estoico, pues en el juicio que Blosio enfrentó luego de la muerte de Tiberio fue interrogado sobre si el tribuno de la plebe habría sido capaz de incendiar el Capitolio. Luego de cierta insistencia Blosio admite tal posibilidad, si bien niega que Tiberio pudiera realizar una acción tal a no ser que el pueblo obtuviera algún beneficio. Muerto Tiberio sus partidarios son duramente perseguidos, por lo que Blosio decide abandonar Roma y se traslada a Pérgamo, donde se une al rey-rebelde Aristónico en su campaña anti-romana con los aliados en la península anatólica, en una guerra que se extenderá entre 133- 129 a.e.c. Finalmente, Blosio, tras la derrota de Aristónico, decide quitarse la vida.
  17. Livio es la primera fuente que informa sobre el supuesto asesinato de Sempronia. En los resúmenes de sus libros perdidos (Ep. 59) se afirma que Sempronia era sospechosa del envenenamiento de su esposo y la razón principal era su relación con los Graco. Mucho después del historiador Apiano, la acusación es recogida por Paulo Orosio en el siglo V en Historiae adversus paganos (Historia contra los paganos, 5. 10. 10). Allí transmite que Sempronia había matado a su esposo para que una familia, ya malvada, fuera aun más perversa por los crímenes de sus mujeres. Es altamente probable que la acusación contra Sempronia sea producto de la invectiva tradicional contra las mujeres, particularmente contra las mujeres estériles y sin hijos (como Sempronia) que eran vinculadas con las brujas. Agreguemos que, según Valerio Máximo, Sempronia se presentó como testigo en un caso penal, acto para nada habitual: “¿qué tiene que ver una mujer con una reunión pública? Por costumbre ancestral, nada. Pero en tiempo de inestabilidad la costumbre pasa por el tablero […] Cuando ella fue llevada ante el pueblo por un tribuno, de pie en público, enfrentándose a las severas miradas de los hombres importantes, a la frustración de un tribuno, y a las exigencias de la multitud para que besara a Equito en reconocimiento de su nacimiento, ella se negó a hacerlo”, con esto puso fin a los reclamos de este de ser hijo de Tiberio (V. MAX. III 8.6).
  18. Es Sempronia, y no su madre Cornelia, quien fue incluida en la primera colección de biografías dedicadas exclusivamente a mujeres en la literatura de Occidente, escrita por Giovanni Boccaccio. En De mulieribus claris dice de la hija de Cornelia: “Sempronia fue la hija de Tiberio Sempronio Graco, quien era un personaje bastante famoso en sus días; su madre fue Cornelia, hija del difunto Escipión Africano el anciano. Además, Sempronia era la esposa de Escipión Emiliano, un hombre espléndido que más tarde obtuvo el apodo de su abuelo por su propio rol en la destrucción de Cartago. Ella era, asimismo, la hermana de Tiberio y Gayo Graco. En grandeza y perseverancia espiritual, Sempronia ciertamente no rebajó a sus ancestros. Se dice que, tras el asesinato de sus hermanos a raíz de la sedición que habían provocado, para su gran consternación, Sempronia fue llevada a juicio ante el pueblo por un tribuno de la plebe. Allí los tribunos, con el respaldo de la plebe, la presionaron para que besara a Equito –un hombre de Fermo, Piceno– y lo aceptara en la familia como hijo de su hermano Tiberio Graco y, por lo tanto, como su sobrino. Pero ella se mantuvo en su lugar, donde incluso príncipes suelen temblar, aun cuando fue empujada alternativamente por una multitud ruidosa e ignorante, y amenazada por la alta autoridad de los tribunos que la miraron con dureza. En cambio, Sempronia tuvo en cuenta que su hermano Tiberio sólo había tenido tres hijos: uno había muerto joven mientras servía como soldado en Cerdeña, otro había muerto en Roma poco antes de la caída de su padre, y el tercero, que nació después de la muerte de su padre, era un bebé todavía al cuidado de una enfermera. Con firmeza de espíritu y una expresión severa en su rostro arrojó sin miedo y con desdén a Equito a un lado, como un presuntuoso extraño que estaba haciendo un intento fraudulento de manchar el honor familiar de los Graco. Ni las amenazas ni las órdenes pudieron hacer que Sempronia hiciera lo que se le ordenaba” (De mul. LXXVI).
  19. Para una imagen de conjunto al respecto, véase Bravo Bosch (2017).
  20. Las representaciones pictóricas de un par de serpientes solían encontrarse en los altares domésticos y en las paredes de las casas de Pompeya, y habría una así en la casa de Tiberio Graco. Estas ilustraciones parecen indicar la estrecha conexión entre la serpiente y el genio del propietario. Asimismo, la serpiente ha sido conectada a la figura del héroe y como tal está muy presente en las leyendas sobre los Escipiones (LIV. XXVI 19). Al respecto, véase Citroni Marchetti (2008).
  21. Las cartas aparecen a continuación de las Vidas con el siguiente encabezamiento: Verba ex epistula Corneliae Gracchorum matris ex libro Cornelii Nepotis de Latinis historicis excerpta, fr. 59. Se cuenta con la edición de Marshall (1977) y una más reciente de Fleckeisen (2011); véase también Thiel (1929).
  22. Para discusiones sobre el valor de estas cartas, véase Coarelli (1978), Horsfall (1987, 1989) y Barnard (1990). Instinky (1971) entiende que se trata de propaganda política.
  23. Horsfall (1989: 232), explica esta idea de cita adaptada a fin de llevarla a un grado de armonía con su entorno textual. Sin embargo, el autor argumenta que los extractos “constituyen ejemplares intactos de la prosa latina del siglo II a.e.c.” (1989: 233), opinión hoy en día ampliamente aceptada, pero en abierto conflicto con su declaración anterior. Para una lectura diferente, véase Cugusi (1983: 142).
  24. Para las diferentes posiciones en cuanto a la autenticidad o no de estas cartas, véase Dixon (2007: 27 y ss.), Hemelrijk (1999: 193-194, 349-352) y von Ungern-Sternberg (2006).
  25. Carcopino (1928: 107) entiende que se trata de un folleto político. El uso de los verbos miscere (agitar) y perturbare (perturbar) para describir las acciones políticas de los Graco reflejaría la visión de los optimates, sus enemigos políticos. De ahí que se piense que estos términos no podrían haber sido escritos por Cornelia. También Horsfall (1989: 233) menciona la posibilidad de que la carta sea una reelaboración de un historiador que simpatiza con la crítica de los optimates a los Graco.
  26. Sobre esta cuestión, véase MacLachlan (2013: 68).
  27. Véase McIntosh Snyder (1989) y Jordan (1880).


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