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3 Hortensia

Datos sobre Hortensia. El contexto del discurso

Hortensia fue una magnífica oradora de quien se conserva un discurso. Fue hija de Hortensio, el famoso orador del siglo I a.e.c., principal rival de Cicerón en ese campo. Su madre fue la primera esposa del orador, Lutacia.[1] Sin embargo, conocemos una versión según la cual Hortensio pidió en matrimonio a Marcia, esposa de su amigo Catón el Joven (nieto del censor), para poder tener descendencia. El episodio lo relata Apiano, mientras recuerda la muerte de Catón:

[Catón] Se había casado con Marcia, la hija de Filipo, cuando era una doncella, fue muy feliz con ella y tuvo hijos, pero, no obstante, se la entregó a Hortensio, uno de sus amigos, que deseaba hijos y estaba casado con una mujer estéril, hasta que ella le dio un hijo, y la recibió de nuevo en su casa como si él se la hubiera prestado simplemente (APP. Bell. civ. II 99).

Una versión un poco más extensa del episodio se encuentra en Plutarco, quien atribuye el pedido de Hortensio al deseo de unirse no sólo en amistad, sino también establecer una sociedad entre ambas casas al compartir una descendencia en común (PLUT. Cat. min. XXV). Hortensio pidió en primer lugar la mano de la hija de Catón, Porcia, pero dado que estaba casada con Bíbulo, Hortensio cambió su requerimiento y solicitó la propia esposa de Catón. Este aceptó. Luego de muerto Hortensio en el 50 a.e.c., Murcia volvió con Catón.[2] Las fuentes que relatan estos sucesos nada dicen de Hortensia. Probablemente, este episodio indique la búsqueda de descendencia masculina por parte de Hortensio.[3] Hortensia contrajo matrimonio con Quinto Servilio Cepión, si bien hay pocas evidencias y algunas controversias sobre esta información.[4]

Se conserva un solo discurso de ella. Revisaremos el contexto histórico en primer lugar, para luego aproximarnos al texto de Hortensia.

El Segundo Triunvirato, establecido luego de la muerte de Julio César por la lex Titia de triumviris, intentó un ordenamiento de las facciones políticas, la violencia urbana y la problemática exterior que invadían la República. Esta compleja situación era, en buena medida, consecuencia de las transformaciones del período de los Graco. Las tendencias reformistas de los hijos de Cornelia exacerbaron las oposiciones políticas, sostenidas en una hostilidad permanente, en una conflictividad que inició el declive institucional de la República. Desde aquellos tiempos los enfrentamientos acontecidos en Roma como puras guerras civiles (Marco-Sila, César-Pompeyo) vieron aumentar la violencia de manera exponencial, como anunciaba el asesinato de los hijos de Cornelia. Para hacer frente a las dificultades socio-políticas, el Segundo Triunvirato procuró implementar una política de confiscación. Los triunviros dieron a conocer los nombres de quiénes habían sido declarados proscritos, a la vez que confeccionaron una lista de mil cuatrocientas matronas –la mayoría familiares de los proscritos– a las que se les imponía aportar dinero para costear los gastos necesarios en el enjuiciamiento contra los asesinos de César y la inminente guerra civil que debían enfrentar.[5] Apiano informa que Marco Antonio, Lépido y Octaviano fijaron penas para aquellas que ocultaran una parte de sus bienes o hicieran una estimación falsa de ellos, y establecieron retribuciones para quienes delataban estos hechos, sean informantes libres o esclavos (APP. Bell. civ. IV 32).

En tales circunstancias, las mujeres no permanecieron en el silencio y la pasividad, sino que, por el contrario, actuaron en su propia defensa. En primer lugar, intentaron una mediación con las familiares femeninas de los triunviros. La hermana de Octaviano, Octavia, y la madre de Marco Antonio, Julia, mostraron su solidaridad. Por el contrario, Fulvia, esposa de Marco Antonio, las rechazó ásperamente.[6] Entonces las matronas decidieron presentarse ante el Foro frente a la tribuna de los triunviros. Hortensia tomó la palabra en representación del grupo de matronas. Desempeñándose como una verdadera abogada, intentó con su intervención derogar la obligación de pagar el arancel que les había sido impuesto. De acuerdo con la opinión de Valerio Máximo, Hortensia defendió a las matronas como ningún varón pudo hacerlo: “Habiéndose impuesto por los triunviros un duro impuesto a las matronas y no osando ninguno de los hombres defenderlas” (V. MAX. VIII 3.3), Hortensia discutió con firmeza y éxito la causa ante los triunviros.

El discurso de Hortensia

El discurso de Hortensia fue pronunciado en el 42 a.e.c. y ha sido transmitido por Apiano. Incluimos el texto completo en el anexo.[7]

El discurso que transmite el historiador sería una breve síntesis del discurso real pronunciado por Hortensia.[8] No obstante, hay autoras que defienden que este texto conservado sería un ejercicio retórico del siglo II e.c., al que Apiano habría incorporado algunas de las más memorables declaraciones de Hortensia.[9] Pese a la brevedad, podemos apreciar la destreza oratoria que organiza el discurso, compuesto con elegancia, precisión de vocabulario y una inteligente –y por momentos provocativa– argumentación. En cuanto al contenido, las ideas expresadas resultan bastante innovadoras, de ahí que este discurso haya sido considerado como “uno de los textos fundamentales en defensa de la mujer en el mundo antiguo”.[10] La información que nos brinda Apiano sobre Hortensia constituye una prueba de la participación en el espacio público y político de las mujeres que, en este modo de intervención directa y grupal, tiene solo como antecedente la manifestación contra la lex Oppia que revisamos en la sección dedicada a Cornelia.[11]

En su discurso, Hortensia explica, en primer lugar, el intento fallido de mediación entre las matronas y las mujeres de la familia de los triunviros. Esto sirve para legitimar su presencia en el Foro. La oradora demuestra que la primera medida fue intentar una solución dentro del espacio de la domus, tal como correspondía a las mujeres. Esta primera opción, que se adecuaba al modo de comportamiento habitual femenino, había fracasado por responsabilidad de Fulvia. Por esto, la oradora apela a un hecho suficientemente significativo, tal como lo es la ruptura de las tradiciones familiares, para justificar la intervención directa en el espacio público. Como hemos mencionado, la palabra femenina en el Foro, y en general en el espacio público, iba contra el mos maiorum establecido por el rey Numa. Esa conducta fue puesta en paralelo al consumo de vino: de ambos, palabra pública y vino, las mujeres debían abstenerse. Como relata Dioniosio de Halicarnaso, las mujeres podían ser castigadas por tomar vino:

Pero en los siguientes casos la juzgaban los parientes del marido: cuando había adulterio y, lo que parecería a los griegos una falta mínima, si se descubría que una mujer había bebido vino. Rómulo permitió castigar estas dos faltas con la muerte, como los más graves de los delitos femeninos, por considerar el adulterio principio de locura temeraria, y a la borrachera del adulterio (DION. HAL. R.A. II 25).[12]

El beber vino por parte de una mujer era un tabú. La mujer estaba obligada a una total abstinencia, podía ser castigada por el mero hecho de beber. La misma abstinencia debía tener de la palabra en sede pública.

En su discurso, Hortensia se muestra atenta al respeto de las tradiciones, recordando el hecho de que el mismo rey Numa había establecido que las mujeres no tenían que ocuparse de los asuntos públicos, un argumento que constituye un eje central en su estrategia defensiva (PLUT. Lic. Num. 3.11).[13] Sus palabras siguen un hilo argumentativo articulado en torno a tal idea. Las guerras civiles privaron a las mujeres de padres, hijos, esposos y hermanos. A causa de tales pérdidas, las mujeres se convirtieron en sui iuris (de propio derecho, legalmente independientes), es decir, en poseedoras de la capacidad jurídica de manejar sus propios asuntos, ya que los miembros de la familia que las representaban legalmente habían muerto. Si, además, los triunviros las despojaban de sus bienes, no podrían vivir en conformidad al estilo de vida noble que tenían hasta ese entonces. Podemos entender que hay aquí una afirmación de la autoconciencia de independencia económica femenina,[14] y que las mujeres habían logrado una cierta autonomía en la toma de decisiones, a la vez que habían sido capaces de utilizar los lazos interpersonales para crear una red de comunicación que también operaba fuera del espacio doméstico.

Hortensia elabora un discurso que mantiene un delicado equilibrio entre la promoción de una modificación en las pautas habituales del funcionamiento social y la aceptación de algunas de las normas que imponía el patriarcado.[15] Establece una serie de contrapuntos entre el accionar de los varones y de las mujeres. Enfatiza que aquellos son poderosos gobernantes que perseveran en hacer la guerra, mientras las mujeres están sometidas a ellos, y las presenta como pacifistas que entienden cuán innecesarias resultan muchas de esas luchas. El supuesto conflicto bélico para el que entonces los triunviros imponían un nuevo impuesto, justamente, escondía una lucha ilegítima que estos querían llevar adelante contra los republicanos. Se trataba, en definitiva, de una batalla civil, no de una guerra. La oradora rechaza la justificación, evidentemente incluida en el edicto de los triunviros, del estado de guerra. En efecto, recuerda que en otras ocasiones fue necesario que las mujeres contribuyeran a costear los gastos ocasionados por las guerras. En tales circunstancias las mujeres cumplieron con su parte a través de donaciones voluntarias de joyas, que no afectaban la propiedad de la tierra y la dote, bienes sin los cuales una mujer libre no podía vivir. Eran esos bienes los que los triunviros pretendían arrebatarles, aniquilando así la vida de una mujer libre que no estuviera sustentada por su esposo ni por su padre, sino que dependía de los fondos, los campos, la dote.[16] Que Hortensia justifique la necesidad de que la mujer tenga su patrimonio con la exigencia de vivir en forma coherente con los orígenes familiares acerca la función del patrimonio femenino del final de la República a la del masculino: garantizar una situación personal en la que es posible atender las ocupaciones que distinguen su estatus social.

Por otra parte, Hortensia enfatiza que esas contribuciones nunca fueron utilizadas para financiar una guerra civil donde, en lugar de luchar contra un pueblo extranjero, los propios hermanos de la Urbs se matan entre sí. El hecho de que Apiano destaque este argumento de Hortensia podemos vincularlo con la potencia del atributo étnico en el mundo romano, pues Roma constituía su identidad en buena medida en base a la oposición a los bárbaros. Se ha señalado que son las guerras civiles en general, y las proscripciones en particular, las situaciones que más afectan al mos maiorum. Las proscripciones, de hecho, con la violenta intrusión pública en la esfera de la vida privada, desarman –incluso materialmente– la domus, el espacio tradicional en el que el pater familias ejercía sus derechos, de modo que se alteran los equilibrios familiares, y de este modo se erosionan los cimientos del sistema patriarcal romano.[17] Así lo refiere Tácito: “sin más moralidad, sin más derecho; los peores crímenes se cometieron con impunidad y muchas acciones honestas llevaron a la ruina” (TAC. Ann. III 28.1).

El vehemente discurso de Hortensia es un ejemplo paradigmático de las protestas y reclamos contra las cargas impositivas dirigidas a sujetos excluidos del poder público. Gracias a este reclamo, la oradora se convirtió en una precursora del principio “no hay impuestos sin representación”. En efecto, las propias normas habituales de Roma establecían que lo normal era que las mujeres no pagaran impuestos porque estaban excluidas del ejercicio del poder, del dominio público. Hortensia reivindicaba los derechos femeninos, señalando que, si las mujeres no tenían responsabilidad ciudadana ni poder alguno, no había razón por la que les correspondiera realizar pagos extra de tarifas. Por el contrario, los impuestos debían recaer sobre quienes tenían acceso a las instituciones del poder, es decir, los varones, y no sobre las excluidas de los derechos políticos y civiles. La ley y el mos maiorum habían otorgado a las matronas algunos derechos legales y de propiedad, sin que esto implicara que pudieran tener una participación activa en los asuntos de gobierno.

Ordo matronarum

Hortensia se expresa como una mujer que pertenece al ordo matronarum (orden de las matronas), como fue nombrado por Valerio Máximo (V. MAX. VIII 3). Esta era una clase privilegiada y, probablemente, organizada que se ocupaba de las tareas religiosas vinculadas con la salvación del Estado, respetando las jerarquías tradicionales.[18] Se ha sugerido que este grupo de matronas debería asimilarse a otras instituciones del Estado, como la orden ecuestre y senatorial.[19] Sin embargo, ¿qué estatuto real tenía este ordo? ¿Las matronas tenían una identidad grupal específica?[20] Tradicionalmente, el Senado había concedido al ordo matronarum prendas moradas, parches dorados y otras insignias en reconocimiento del éxito de la misión de Veturia a Coriolano, como recuerda Valerio Máximo:

Y para comenzar con asuntos de carácter público: cuando Marcio intentó ˂laguna˃ la patria y, una vez conducido ya el imponente ejército de los volscos ante las puertas de la ciudad, amenazaba al Imperio Romano con desgracias y tinieblas, su madre Veturia y su esposa Volumnia impidieron con sus súplicas que llevara a cabo esa empresa. Para honrar a estas mujeres, el Senado recompensó al grupo de las matronas con decretos muy generosos. Así, obligó a los varones a ceder el paso a las mujeres, con lo cual se significó que, para la salvación de la República, habían sido más decisivas las estolas femeninas que las armas. Y a los ornamentos ya tradicionales de las orejas, les añadió como nuevo signo de distinción una cinta. Además, les permitió que utilizaran vestidos de color púrpura y guarniciones de oro (V. MAX. V 2).

En Tito Livio encontramos un comentario semejante, referido a otro contexto. En efecto, en el discurso de Lucio Valerio en defensa de las matronas en la discusión por la derogación de la lex Oppia, el tribuno de la plebe se refiere a las matronas como una orden más, y expresa que no entiende por qué tendría que tener prohibido el uso de la púrpura (LIV. XXXIV 7). También en X 23 Livio se refiere a órdenes de mujeres (ordinis feminis) cuando relata los episodios de disputas entre matronas en el templete de la Pureza Patricia, en ocasión de que se discriminara del culto a una matrona por estar casada con un plebeyo. Con todo, más allá de estas referencias, no hay evidencia definitiva para atribuir una identidad corporativa a las matronas. Hay algunos detalles en el discurso de Hortensia, como la expresión “mujeres de nuestro rango” (γυναιξὶ τοιαῖσι: gynaixì toiaîsi, APP. Bell. civ. IV 32), que sugieren que era en función de su condición femenina (φύσις γυναικεία: phýsis gynaikeía, APP. Bell. civ. IV 32), y no de su pertenencia a la orden de las matronas, que las mujeres exigían sus derechos. Si existía algún tipo de orden femenina reconocida, sería esperable que hubiera registros de sus propiedades. Si los triunviros pidieron a las mujeres que presentaran valoraciones de sus propiedades, probablemente los censores carecían de esa información. Sin embargo, ¿cómo sabían los triunviros quiénes eran estas mil cuatrocientas mujeres más ricas, si no poseían ningún tipo de registro? Podríamos suponer que existía alguna documentación al respecto en conexión con la Matronalia, la fiesta romana que se celebraba en honor de Juno Lucina, la diosa del parto, de la maternidad y de las mujeres en general.[21]

Por otra parte, otra referencia que podemos poner en relación con el ordo matronarum es lo referido por el personaje Sira en la comedia Cistellaria (La arquilla) de Plauto, que hemos recibido fragmentariamente. Allí habla de una orden femenina de libertas, meretrices, que procuran ayudarse mutuamente en base a la amistad, en contraposición al grupo de las mujeres de encumbradas familias (matronas) que pretenden mantenerlas en estado de dependencia (PLAU. Cist. 23-41).

No obstante, estamos en el plano de la conjetura y no disponemos de elementos probatorios que aporten alguna seguridad al respecto. Teniendo esto en cuenta, debemos reconocer la dificultad para definir con precisión el concepto de ordo matronarum. Probablemente Valerio Máximo solo utilizó tal expresión a fin de contraponer el grupo de las matronas a otras mujeres. A pesar de esto, el episodio que involucra a Hortensia permite tomar conocimiento de la existencia de mil cuatrocientas mujeres lo suficientemente ricas como para ser sometidas a impuestos extraordinarios.[22]

Mujeres como defensoras

Hortensia no fue ni la primera ni la única mujer en participar de un proceso judicial como defensora. Contamos con información sobre otra mujer que ejerció como abogada en Roma, Caya Afrania, mujer del senador Licinio Bucco, también nombrada como “Carfania” o “Calfurnia”.[23] Habría vivido hasta el segundo consulado de Gayo César y el primero de Publilio Servilio (49/48 a.e.c., V. MAX. VIII 3.2). Valerio Máximo la caracteriza como una mujer “dada a instaurar pleitos”, que “presentaba siempre demandas por sí misma ante el pretor, no porque le faltasen abogados, sino porque su falta de pudor era más fuerte que todo”, y que “ladraba” (V. MAX. VIII 3.2.), de modo que así era presentada como alguien más cercana a la animalidad que a la humanidad. Todas las mujeres que no se avenían a las reglas sociales eran llamadas Afraniae (Afranias). También los romanos llamaron así a aquellas mujeres que se destacaban por su desenvoltura y locuacidad. Aunque no se cuenta con testimonios directos, Ulpiano explica que un pleito molestó tanto al pretor que este dictó un edicto por el cual prohibió el ejercicio de la abogacía a todas las mujeres, excepto para defenderse a sí mismas en sus propias causas:

En segundo término, se propone un edicto [del pretor] en relación con aquellos que no pueden abogar por otros [ante él]. En este edicto el pretor estableció exclusiones por razón del sexo y de algunos defectos, y designó también a las personas señaladas por la nota de infamia. En cuanto al sexo, prohíbe que las mujeres aboguen por otro, y la razón de la prohibición es evitar que las mujeres se mezclen en causas ajenas, en contra del pudor propio de su sexo, y desempeñen oficios viriles. Esta prohibición proviene del caso de Carfania, una mujer muy descarada, que, al actuar sin pudor como abogada e importunar al magistrado, dio motivo a este edicto (ULP. dig. 3.1.1.5.).[24]

En la descripción que realiza el jurista, la causa de la prohibición es la falta de pudor (improbus) que tiene connotaciones legales, en tanto indica aquello que no puede ser probado, pero tiene también la connotación de impúdico. Lo llamativo es que aquí Ulpiano emplea el grado superlativo (improbissima), con lo que intenta destacar la extraordinaria inmoralidad de Carfania. Ulpiano la acusa de actuar más allá del pudor propio de su sexo (inverecunda). Esta falta de pudor y modestia en una mujer solía asociarse a las apariciones en público.

Intentemos explicar ahora cuáles son las posibles razones por las que Hortensia fue elegida como defensora del grupo de matronas. Una primera razón es que era la hija de Quinto Hortensio, el famoso orador que había obtenido un gran prestigio en el Foro, antes del triunfo de Cicerón. Valerio Máximo explica que la destacada competencia de Hortensia se debe a la benévola influencia de su padre: “Q. Hortensio renació en la estirpe femenina y volvió a la vida en las palabras de su hija” (V. MAX. VIII 3.3). Esta mención a la muliebri stirpe (estirpe femenina) implica que Valerio Máximo identifica las atribuciones identitarias de las mujeres de Roma no solo con el género sino también con un estatus social determinado. Esta opinión es repetida por Quintiliano (Inst. I 1.6) y por Boccaccio en el capítulo que dedica a la oradora en su biografía sobre las mujeres ilustres (De mul. LXXXIV). También Cristina de Pizán afirma algo similar, ya que en su Ciudad de las damas supedita la figura de Hortensia a la de su padre.[25]

Otra razón que podría explicar la elección de Hortensia como portavoz del reclamo –más allá de ser la hija de un magnífico orador y ser por su propio talento una gran oradora– es su gran riqueza. Hortensio había invertido en objetos de arte y sus banquetes eran famosos debido a la suntuosidad que los caracterizaba. También era propietario de un considerable número de villas. En una de ellas tenía animales de diversas especies y en otra una piscina con peces exóticos, detalles que ponen de manifiesto el caudal económico familiar. Hortensia, heredera de estas propiedades, necesitaba que los triunviros rectificaran su decisión. De modo que, como mujer rica que quería conservar sus bienes y, a su vez, como poseedora de una acabada educación, cumplía con dos condiciones que la convertían en una óptima candidata para defender los intereses de las matronas.

Por último, se ha sugerido también la posible influencia de su matrimonio con Quinto Servilio Cepión, padre adoptivo de Marco Bruto. Dado que su marido estaba a favor del bando republicano, se podría pensar que la defensa de las matronas frente a los intereses de los triunviros tenía asimismo una motivación política.[26]

Ante los argumentos de Hortensia, los triunviros manifestaron su discrepancia apelando al contraste con el buen comportamiento femenino tradicional: en contra de lo que se esperaba de una mujer, Hortensia osaba hablar en un lugar público, mientras que los hombres callaban:

Mientras Hortensia pronunciaba tal discurso, los triunviros se irritaron de que unas mujeres, cuando los hombres permanecían en silencio, se atrevieran a hablar en la asamblea y a enjuiciar los actos de los magistrados y a negarse a contribuir con dinero, en tanto que los hombres servían en el ejército. Ordenaron a los lictores que las expulsaran del tribunal, pero, al producirse un clamor entre la multitud del exterior del recinto, los lictores desistieron de la labor y los triunviros anunciaron que el asunto se posponía para el día siguiente. En este día confeccionaron una lista pública de cuatrocientas mujeres, en vez de las mil cuatrocientas, que debía presentarles una evaluación de sus bienes, y decretaron que cualquier hombre que tuviese más de cien mil dracmas, ciudadano o extranjero, libre o sacerdote y de cualquier nacionalidad, sin exclusión de nadie, debería prestar de inmediato una cincuenteava parte de su patrimonio y aportar para la guerra la renta de un año con igual temor a los castigos que a los delatores (APP. Bell. civ. IV 34).[27]

Los triunviros se molestaron por el hecho de que una mujer se dirigiera a ellos en el espacio que les pertenecía y ordenaron que el grupo de matronas fuera expulsado del Foro. Sin embargo, la opinión pública simpatizaba con el discurso de Hortensia y el pueblo apoyaba su reclamo.[28] El discurso de Hortensia fue todo un éxito y los triunviros debieron revisar y modificar su posición. En primer lugar, postergaron la resolución del asunto hasta el día siguiente. Luego, elaboraron una lista pública de cuatrocientas mujeres que debían presentar una evaluación de sus bienes. Asimismo, incluyeron en el decreto que cualquier varón que tuviese más de cien mil dracmas, fuera cual fuese su condición social, debía entregar como aporte, durante un año, una parte proporcional de su patrimonio. Gracias a esta resolución, fueron menos las mujeres afectadas y no solamente ellas, ya que los varones también debieron contribuir.

Como hemos comprobado, Apiano es la única fuente historiográfica antigua que se ocupa de Hortensia por sí misma, no por ser hija de una figura ilustre. Deja hablar a la oradora con sus propias palabras, más allá de que su texto pueda ser una traducción abreviada o una paráfrasis del verdadero discurso de Hortensia. Gracias a este exaltado discurso de Hortensia, podemos conocer que en más de una ocasión las mujeres de la antigua Roma se adentraron en espacios lejanos de la domus, para actuar en un espacio público, mediante su propia palabra y en defensa de un colectivo de mujeres. No solo Hortensia actuó con coraje e iniciativa, sino que el modo que ella siguió y las mujeres que la acompañaron, muestra que supieron desenvolverse en un mundo político masculino, y tuvieron un notable éxito. Hortensia representa un momento de ruptura, en el que una matrona toma la palabra no para defender a un familiar, sino para apoyar sus intereses y el de otras matronas. En el momento de la protesta por la lex Oppia las mujeres encomendaron sus solicitudes a L. Valerio, quien defendió sus intereses en el Foro. El discurso de Hortensia, por el contrario, muestra que las matronas eligieron a una mujer como portavoz y así se defendieron.


  1. Al respecto, véase Corbier (1991: 657).
  2. Para un análisis de este episodio, véase Cantarella (2002).
  3. Para un análisis de las complejas referencias sobre los hijos de Hortensio, véase Corbier (1991).
  4. Véase Corbier (1991) y Bauman (2012: 83).
  5. Véase Manzo (2016: 127).
  6. Para una caracterización de Fulvia, véase Cenerini (2002: 63 y ss.) y James- Dillon (2012: 26).
  7. Aparte de Hortensia, otras mujeres que hicieron discursos públicos en la Roma clásica fueron Maesia Sentinas y Gaia. Véase Farrell (2001: 65 y ss.).
  8. Véase López López (1992: 323).
  9. Véase, por ejemplo, Pomeroy (1987: 198).
  10. Así lo califica López López (1992: 326).
  11. Véase Plant (2004: 104).
  12. También Valerio Máximo relata un episodio en el que un marido castiga a su mujer por haber bebido: “Si la demostración de severidad en el caso anterior tuvo como motivo castigar un crimen terrible, la de Egnacio Mecenio tuvo una causa mucho más leve, ya que mató a palos a su mujer por haber bebido vino. Además, este castigo no solo no provocó una acusación, sino ni siquiera un reproche, porque todos pensaban que ella había pagado de un modo ejemplar la violación de la sobriedad. Y es cierto que toda mujer que se aficiona en demasía al vino, cierra sus puertas a todas las virtudes y se las abre a los vicios” (V. MAX. VI 9). Sobre esta restricción, asimismo, véase CIC. De rep. IV 6, PLIN. Nat. XIV 14, PLUT. Q. rom. 6, GEL. X 23.
  13. Véase Cenerini (2002: 74).
  14. Como defiende Gafforini (1992: 166).
  15. Al respecto, véase Peppe (1984: 31).
  16. Para una discusión sobre el problema de la dote en el discurso de Hortensia, véase Miranda (2018: 80 y ss.).
  17. Sobre este tema, véase Cluett (1998).
  18. Sobre este tema, véase Oria Segura (2015) y Cid López (2007a, 2007b).
  19. Véase, por ejemplo, Hermann (1964: 115) y Evans (1991: 15). Véase también V. MAX. VIII 3.3.
  20. Retomamos aquí la objeción de Bauman (2013: 83 y ss.).
  21. Lo que se sabe de la Matronalia no va mucho más allá de ciertos aspectos vinculados al culto. Era costumbre de las matronas dar regalos a sus sirvientas durante el festival y probablemente se requería de alguna fórmula para decidir el tamaño apropiado de los regalos. Bauman (2013: 240, n. 13) se refiere a la Matronalia como “una especie de club de mujeres, que se llamaba conventus matronarum y reunía a las damas de las grandes familias”. Para una revisión sobre agrupamientos femeninos, véase Hemelrijk (2015: 207 y ss.).
  22. Peppe (1984: 142 y ss.). Estas matronas tenían un patrimonio importante que las posicionó en la cima del sistema censal romano, incluso si, durante más de un siglo, la lex Voconia prohibía que las mujeres fueran herederas. Con todo, ciertas disposiciones legales particulares, la práctica y, sobre todo, circunstancias políticas excepcionales permitían eludir tales disposiciones restrictivas. Las mujeres disponían de un ingreso imponible de al menos cien mil denarios, que era igual a cuatrocientos mil sestercios, el equivalente a la cantidad mínima necesaria para que un ciudadano fuera admitido en la orden ecuestre. Estos son los primeros certificados claros de ingresos femeninos. Un buen ejemplo es la ya mencionada Terencia, esposa de Cicerón, que poseía como patrimonio personal notable una dote de ciento veinte mil denarios. Al respecto, véase PLUT. Cic. 8.3. Para una lectura sobre la organización de las matronas según el modelo del Senado, que considera las referencias de la Historiae Augustae y Heligábalo, véase Purcell (1986) y Talbert (1985: 160 y ss.).
  23. Para el empleo de los diversos nombres, véase Miranda (2018: 73).
  24. Doce siglos después, las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio dicen: “Ninguna mujer, aunque sea sabedora, puede ser abogada en un juicio por otro y esto por dos razones. La primera porque no es cosa conveniente ni honesta que la mujer tome oficio de varón estando públicamente envuelta con los hombres para razonar por otro”. Es por eso que “antiguamente lo prohibieron los sabios por una mujer que le decían Calfurnia”, ya que “cuando las mujeres pierden la vergüenza es fuerte cosa oírlas y contender con ellas”. Agreguemos también otra defensa judicial de una mujer, la de Turia, quien suplicó por la causa de su esposo ante el triunviro Lépido luego de la batalla de Farsalia. Al respecto, véase James-Dillon (2012: 245) y Cenerini (2002: 78 y ss.). Para una revisión de la relación entre ejercicio del derecho y mujeres en Roma, véase Miranda (2018).
  25. Afirma la autora: “Quinto Hortensio, hábil retórico y gran orador romano. Tenía una hija, Hortensia, a la que quería mucho y estimaba por la viveza de su inteligencia. Le dio el gusto de las bellas letras y le enseñó retórica, que llegó a dominar con tanta perfección que en nada desmerecía de su padre: no solo se le parecía en la sutileza del ingenio y asombrosa memoria, sino que le igualaba en la elocuencia y arte oratoria. Esta mujer destacó con una contribución admirable, y con ello volvemos al capítulo de los beneficios aportados por el sexo femenino. Cuando Roma estaba gobernada por un triunvirato, Hortensia apoyó la causa de las mujeres y emprendió lo que ningún hombre se hubiera atrevido a emprender. Como el gobierno tenía que hacer frente a graves dificultades financieras, se pensó en ayudar al erario público gravando a las mujeres con impuestos sobre adornos y joyas. Resultó tan elocuente el discurso de esta mujer que todos la escucharon con la misma atención y convencimiento que si hubiera sido su padre y logró ganar el caso” (C. PIZÁN, La cité, II.XXXVI). Véase también Hemelrijk (1999: 228 n. 51).
  26. Al respecto, véase Bauman (2012: 83).
  27. Para una análisis minucioso, véase Peppe (1984: 17 y ss.).
  28. Al respecto, véase Evans (1991: 15).


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