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Prólogo

Este libro está dedicado a cuatro importantes mujeres del período histórico conocido como “tardo-república” (201-27 a.e.c.): Cornelia, Clodia, Hortensia y Sulpicia. Una de las principales intenciones de Carolina Durán, la autora de este volumen, es mostrar que ellas hacían uso de la palabra: pensaban, hablaban y escribían.

¿Por qué es necesario mostrar que las mujeres del pasado pensaban, hablaban y escribían? Porque, como dicen Georges Duby y Michelle Perrot, “la historia de las mujeres es, en cierto modo, la de su acceso a la palabra”.[1] Si este libro estuviese dedicado a los varones de la tardo-república, sería irrelevante señalarlo, ya que la historia de Roma es, en gran parte, la historia de aquello que los varones hicieron, pensaron y escribieron.

Los protagonistas de la historia suelen ser quienes tienen derecho a la palabra porque la palabra es el fundamento de la política. Como se sabe, esta idea es de Aristóteles, quien defiende que el hombre es por naturaleza un animal político porque es el único animal que tiene palabra (Política I 1253a2-10). Ahora bien, ¿esto vale también para las mujeres? ¿Las mujeres tienen palabra? Poco importa, ya que, si la tienen, deben guardarla porque, como dice Aristóteles repitiendo las palabras que Áyax dirige a su esposa Tecmesa en la tragedia de Sófocles, “para la mujer, el silencio es un adorno” (Política I 1260a30. Cf. Sófocles, Áyax 293). Si la historia de las mujeres es la historia de su acceso a la palabra, el primer capítulo de esta historia (y quizás el más extenso) debe estar dedicado al silencio.

El silenciamiento ha sido un mandato que, desde tiempos remotos, ha regulado el comportamiento de las mujeres y limitado su libertad. En la literatura antigua, encontramos numerosos ejemplos de silenciamiento de las mujeres. Uno de los primeros que se registran aparece en la Odisea de Homero. Encerrada en su habitación, Penélope escucha al aedo Femio cantar sobre las dificultades que han enfrentado los héroes aqueos para regresar a sus casas luego de la guerra de Troya. Como su esposo Odiseo aún no ha vuelto, Penélope sale de su habitación y, frente a la audiencia que escucha a Femio, pide entre lágrimas al aedo que cante sobre otro tema. Al verla, su hijo Telémaco le ordena que regrese a su habitación y que se ocupe de tejer porque “de la palabra se encargarán todos los varones y mucho más yo, pues esto corresponde al jefe de la casa” (Odisea, I 356-359). Mary Beard señala que hablar en público no solamente era algo que las mujeres no podían hacer, sino que se trataba de una práctica que definía a la masculinidad como género. El silencio, en cambio, era considerado un rasgo propio de la feminidad. Para convertirse en un hombre, Telémaco debe reivindicar su derecho a hablar, mientras que Penélope debe cumplir con la obligación de callar, pues “una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer”.[2]

Varios siglos más tarde, encontramos otros ejemplos de silenciamiento en las Metamorfosis de Ovidio, donde la pérdida de la palabra es parte del proceso de transformación que atraviesan las mujeres. Algunas veces, el silenciamiento es impuesto brutalmente por los varones. El caso más conocido es el de Tereo. Este viola a Filomela, la hermana de su esposa Procne, y le corta la lengua para que no pueda contar lo sucedido. Para alertar a su hermana, Filomela teje algunas imágenes que cose sobre un peplo que entrega a Procne. Esta logra descifrar el mensaje y juntas traman un plan para vengarse (Metamorfosis VI 424-674). Otras veces, el silencio es el precio que deben pagar las mujeres para evitar ser ultrajadas. Este es el caso de Dafne, quien se transforma en un árbol de laurel para no ser atrapada por Apolo, y de Siringe, quien pide a sus hermanas que la conviertan en las cañas de un pantano para evitar el rapto de Pan (Metamorfosis I 452-582, 689-712). Finalmente, hay casos en los que el silenciamiento no implica una pérdida total de la palabra, sino una fuerte limitación de su uso. Esto se observa en el episodio de Eco, quien fue castigada por Juno a repetir las últimas palabras dichas por otros (Metamorfosis III 355-401).

El silenciamiento al que se hace referencia en la literatura puede considerarse no solo una descripción que refleja de modo ficcional la situación real de la mayor parte de las mujeres del pasado, sino también una prescripción que ha condicionado la mirada que se ha tenido sobre ellas a lo largo de los siglos y que ha llevado a desatender, e incluso menospreciar, lo que han dicho y hecho. Este estado de situación se debe no solo a que las mujeres eran en el pasado silenciadas, sino también a la posterior elección por silenciarlas, so pretexto de que escribieron poco o nada porque vivían encerradas en la casa y se ocupaban de su familia tiempo completo.

Este libro ayuda a desandar el camino del silenciamiento y rescata la figura de algunas mujeres que han sido, a pesar de la falta de reconocimiento, importantes protagonistas de la historia romana. Carolina describe con precisión sus hazañas, haciendo referencia a coloridas anécdotas que nos permiten tener una imagen vívida de su tenacidad y valentía. Asimismo, traduce y analiza los preciosos fragmentos de algunos de sus escritos. Esto nos permite conocerlas no solo a través de lo que se ha dicho sobre ellas, sino en primera persona, a través de lo que ellas mismas han podido decir. Este es el caso de Cornelia y Hortensia. De Cornelia se conservan fragmentos de algunas cartas que escribió a su hijo Gayo para persuadirlo de que no vengara la muerte de su hermano Tiberio, ya que sus enemigos eran poderosos y su plan de venganza arruinaría la República. Aunque Cornelia ha sido tradicionalmente conocida como “la madre de los Graco”, Carolina enriquece su biografía a través del estudio de la figura de su madre Emilia, quien participó en el reclamo por la derogación de la ley Opia que impedía a las mujeres de la élite romana usar los artículos de lujo obtenidos gracias a los éxitos militares, políticos y económicos de sus padres, esposos e hijos. Para manifestarse en contra de la ley, las matronas organizaron una protesta en la calle que ha sido considerada la primera huelga de mujeres de la historia occidental. De Hortensia se conserva una versión del discurso que ella misma pronunció en el Foro para defender a las matronas del pago de un impuesto sobre el patrimonio que pretendían imponer los triunviros para financiar la guerra contra los republicanos. Hortensia irrumpió en el espacio público usando la palabra como arma, en defensa de un colectivo de mujeres. La habilidad retórica de Hortensia, una de las oradoras más inteligentes de su tiempo, puso en jaque a los triunviros y los obligó a reformar el edicto, reparando así la injusticia cometida contra las mujeres.

En este libro, se analizan también las figuras de Clodia y Sulpicia. De Clodia no conservamos ningún escrito, así que no podemos conocerla por lo que ha dicho, sino por lo que otros han dicho sobre ella. Esto se debe a que, como señala Virginia Woolf evocando a Aristóteles, las mujeres son el animal más discutido del universo.[3] A través de un cuidadoso análisis de las opiniones de Cicerón y Catulo, Carolina logra recuperar la figura de Clodia, una suerte de “anti-matrona” que hacía todo lo que se esperaba que una mujer no hiciese. Sulpicia es la primera poeta romana de la que conservamos algunos poemas. Retomando la tradición poética amorosa que inicia Safo de Lesbos, los epigramas de Sulpicia son una expresión del deseo femenino; además, ponen de manifiesto cierta inversión de los roles de género. Estos poemas nos permiten ampliar el conocimiento sobre la historia de la literatura antigua, a través de la voz de poetas mujeres que expresan un mundo de experiencias distinto al que transmite la voz androcentrada de los poetas latinos.

Buscar la palabra de las mujeres es una estrategia para reescribir la historia a partir de nuevas fuentes y desde otro punto de vista. Este libro nos devuelve una imagen sobre la tardo-república en la que las mujeres son protagonistas de los hechos, toman la palabra e irrumpen en la escena política, se manifiestan en contra de lo que consideran injusto y expresan sin temor sus deseos. Buscar la palabra de las mujeres es como jugar a la búsqueda del tesoro. Este libro es un testimonio de esa búsqueda, una colección de palabras preciosas.

 

Mariana Gardella Hueso

Ciudad de México

Diciembre de 2020


  1. Duby, G. y Perrot, M. (1992). “Escribir la historia de las mujeres”. En G. Duby y M. Perrot (dir.), La historia de las mujeres en Occidente. Vol. 1: La Antigüedad. Trad. M. A. Galmarini, Madrid, Taurus, p. 4.
  2. Beard, M. (2018). Mujeres y poder. Un manifiesto. Trad. S. Furió. Barcelona: Crítica, p. 28.
  3. Woolf, V. (2017). Una habitación propia. Trad. L. Pujol. Ciudad de México: Planeta, p. 39.


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