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4 Dispositivos de recolección

Prácticas, mecanismos y territorios del trabajo cartonero

(…) algunos ya están comprometidos en experimentaciones que intentan hacer existir, desde ahora, la posibilidad de un porvenir que no sea salvaje; (…) crear una vida “después del crecimiento”, una vida que explore conexiones con nuevas potencias de actuar, de sentir, de imaginar y de pensar (Stengers, 2017: 18).

En el libro Desechos: el drama de la basura, Verónica Ocvirk (2023) realiza un sugestivo recorrido por los diferentes circuitos que atraviesan los residuos en la Ciudad de Buenos Aires. Una de las preocupaciones centrales que atraviesa el libro es el divorcio que pareciera existir entre la “creciente-basura-del-mundo” y “nuestra-propia-bolsa-de-basura”, “como si esta última avanzara por otro andarivel” (Ocvirk, 2023: 29). La autora plantea la pregunta por el modo en el que opera la disociación entre una creciente visibilidad del “problema de la basura” a nivel global y los focos de concentración de materiales residuales en distintas escalas locales y la escasa problematización de las prácticas cotidianas que componen la bolsa de residuos domiciliario en los territorios urbanos. Ciertamente, el manejo de los residuos en el “mundo privado” conforma una dimensión invisibilizada, donde no se problematizan las prácticas cotidianas de generación de desechos y producción de descarte. Según lo que aquí planteamos, en la actualidad ambos hechos —el problema de la creciente producción de residuos y la gestión de la bolsa de residuos en el “mundo privado”— funcionan efectivamente como fenómenos disociados. y, desde nuestra perspectiva, esto no debería resultar sorprendente. Como vimos en la primera parte de la tesis, la problematización sobre cualquier fenómeno de la realidad —en este caso, el tratamiento de los residuos— supone un arduo proceso de conflictos y reasociaciones que permitan poner en cuestión flujos y movimientos. Si los conflictos en torno a los complejos ambientales de CEAMSE junto con el estallido del fenómeno cartonero han permitido el desarrollo de una problematización del tratamiento de los residuos, aún resta por ensamblar mediaciones que permitan cuestionar y poner en movimiento la generación y composición de los residuos domiciliarios en las ciudades[1].

Este capítulo busca ahondar en las prácticas de trabajo cartonero en el territorio urbano de la Ciudad de Buenos Aires y, específicamente, en el funcionamiento del dispositivo de recolección que forma parte del Sistema de Recolección Diferenciada. Si los cartoneros han jugado un papel activo en la interrupción de los flujos de residuos en el modelo CEAMSE, habilitando una problematización de dicho paradigma y una transformación de la modalidad de gestión de los mismos; consideramos que sus prácticas de recolección y clasificación en el territorio urbano, al conectar con hogares, oficinas y comercios, con actores fundamentales en las dinámicas territoriales de la ciudad, pueden llegar a permitirnos comprender una de las aristas para avanzar en una problematización de la generación y composición de residuos. Al finalizar el capítulo, retornaremos entonces sobre la forma de invisibilización de los residuos en el “mundo privado” y el modo en que las prácticas de trabajo cartonero desplegadas en el espacio urbano logran conectar con esa dimensión.

En una primera parte del capítulo, avanzaremos en la descripción y el análisis de las formas que adopta el trabajo cartonero y, en particular, las prácticas de recolección de los recuperadores en diferentes territorios de la ciudad. Nos detendremos en las formas de moverse en el territorio urbano, las operaciones e intercambios que realizan los recuperadores y los modos en que afectan la dinámica territorial. Tras analizar la clasificación de residuos en el espacio público, nos proponemos identificar los mecanismos que permiten componer lo colectivo en este dispositivo de recolección. Así, en una segunda parte, nos centramos en las tecnologías artefactuales y organizacionales que se ponen en juego, así como en los mecanismos de composición de confianza al exterior y al interior del Sistema de Recolección Diferenciada. De esta forma, buscaremos mostrar la compleja trama de actores, objetos y mecanismos que componen los procesos de recolección de RSU secos y las economías de mercado y morales que los atraviesan. En la última parte del capítulo, nos apoyamos en esta compleja trama definir la forma que adquiere la técnica cartonera, las lógicas de subjetivación que se desarrollan y, entonces, las cosmotécnicas cartoneras como una práctica de trabajo situado que funciona como práctica de traducción.

Para realizar esta indagación, nos apoyamos en el trabajo de campo realizado en los años 2019 y 2022 junto con recuperadores de las cooperativas El Amanecer, RUO y Las Madreselvas. En el primer período de trabajo, en 2019, cobró centralidad la dinámica introducida tras la implementación del Programa de Promotores Ambientales y el sistema de campanas, en 2022 se modificaron ciertas directrices y se incorporaron otro tipo de contenedores y operatorias. El análisis de los espacios de trabajo, las fuentes de materiales, las tareas que se llevan adelante, las formas de clasificación y otros procesos se realiza, entonces, a partir de la reconstrucción de notas de campo que inscribimos dentro de cuadros.

Algunas de las preguntas que atravesaron este trabajo de campo fueron las siguientes. ¿Cómo se produce la recolección de RSU secos en el territorio urbano por parte de los recuperadores de las cooperativas que integran el Sistema de Recolección Diferenciada? ¿Qué sujetos y objetos componen ese proceso de recolección? ¿Qué mecanismos y tecnologías se construyen para sostener esa composición colectiva? ¿Con qué lógica se lleva a cabo la inscripción territorial de los recuperadores en ese marco? ¿Qué tipo de subjetividades se ponen en juego en los procesos de gestión de los residuos en el espacio urbano y sus dinámicas territoriales? ¿Cómo afecta esto a nuestras formas de ordenar los existentes, a nuestras cosmologías sobre el mundo?

IV.1. La recolección en el territorio urbano: prácticas del trabajo cartonero

En las siguientes notas de campo buscaremos dar cuenta del trabajo etnográfico realizado en 2019 en los barrios de Palermo y Balvanera, acompañando a recuperadores de las cooperativas El Amanecer, con el objetivo de ahondar en el proceso de recolección de RSU secos y las prácticas de trabajo cartonero que se despliegan en el territorio urbano.

Julio es de Villa Fiorito, municipio de Lomas de Zamora en la Provincia de Buenos Aires, trabaja como RA desde que se institucionalizó la Etapa 1. Hoy es delegado de la misma. De sus 45 años de vida, lleva casi la mitad como cartonero. No terminó la escuela secundaria y, al salir de la colimba[2], entró a trabajar en el rubro de la construcción, donde estuvo diez años. “Me aburrí y empecé a hacer esto. Salía el camión del barrio, manejaba mis horarios y no tenía patrón”. Hace más de veinte años que trabaja “con el cartón”. Empezó un poco antes de la crisis de 2001-2002. Está casado y tiene cuatro hijos. Todo el núcleo familiar trabaja dentro de El Amanecer: su esposa es RA y también delegada de la Etapa 1, sus hijos trabajan como RA en otras rutas y etapas. Uno de ellos atravesó un proceso de consumos problemáticos y estuvo internado en el municipio de Tigre en una Casa de Asistencia y Acompañamiento Comunitario (CAAC) que cogestiona la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR) con Vientos de Libertad, organización que integra el MTE[3]. Para él, como para muchos de sus compañeros, trabajar en la cooperativa también significa poder acceder a una red de cuidados sobre la trama de la vida.

Julio habla pausado, usa frases cortas. Transmite mucha claridad sobre el recorrido personal y colectivo en la actividad. De los comienzos de su actividad como cartonero, recuerda que llegaban a la Ciudad en un camión desde Villa Fiorito. “Al principio el camión nos cobraba por el viaje de ida y de vuelta. Viajábamos arriba de los bolsones, era un desastre”, me dice con algo de alivio. Al chofer y dueño del camión le pagaban todos los viajes el sábado, cuando hacían la venta de lo recolectado. Verónica Paiva y Mariano Perelman (2008b) mencionan tres modalidades por las que los cartoneros se vinculaban con los camiones en su trabajo en la ciudad: camión fletero (como el que refiere Julio, por el cual los cartoneros pagaban al fletero un abono por el traslado en camión y, en muchas ocasiones, el propio conductor también se dedicaba a la tarea de recolectar), el camión balanza (no trasladaba cartoneros, si no que se limitaba a pesar y comprar materiales) y el camión empresa (transportaba cartoneros a los que se les pagaba un jornal por la recolección de los materiales que luego se quedaba el patrón). La gran mayoría de los miembros de El Amanecer provenientes de Villa Fiorito, antes del proceso de cooperativización, utilizaban la modalidad de camión fletero, que se extendió rápidamente al sur del GBA (Paiva y Perelman, 2008b).

“Nos llevábamos el material a casa y clasificábamos ahí. El sábado lo pasábamos clasificando en familia. Preparamos todo para la venta y el domingo ya volvíamos a trabajar. Eso, por suerte, se acabó. Mi casa era un desastre, mucho desorden, mucha suciedad, ratas”. Ahora, me cuenta, tiene más lugar, ya no tiene que andar reservando espacios de su hogar para el acopio y la clasificación de lo recolectado. Le pregunto por ese momento, el del pasaje de una modalidad a otra. “Cuando nos propusieron hacer el pase para este sistema, para probarlo, aceptamos. Preferimos dejar de llevarnos el material a nuestras casas. Eso era lo más importante. Al principio —dice Julio— hubo algunos problemas de pagos y no sabíamos si íbamos a cobrar menos o no, pero lo importante era dejar de llevarnos el material a nuestras casas”. El pasaje de la antigua modalidad de trabajo con el camión fletero, luego el trabajo en una Ruta en el marco de la cooperativa y, finalmente, a la recolección en la Etapa 1 en el marco de la modalidad de campanas significó, para Julio, una mutación de las condiciones de vida en el hogar: la posibilidad de delimitar espacios (trabajo/hogar) y tiempos (laboral/no-laboral) adquirió, en ese momento, mayor valor incluso frente a la incertidumbre respecto a las fechas y montos de cobros. Esto resulta coincidente con Débora Gorbán (2014) cuando señala al hogar y las redes de reciprocidades que allí se traman como centrales para comprender el conjunto de prácticas que apuntan a la obtención de recursos y, entre ellas, el cartoneo.

En la esquina de Ravignani y Nicaragua, en el barrio de Palermo, aproximadamente a las 19hs. desciende Julio junto con el resto de los RA de la Etapa 1. Allí dan el presente con el RG, toman el bolsón y cada uno de ellos se dirige a su parada. Es 2019 y aún está en funcionamiento el trabajo bajo la modalidad de campanas. La parada en la que trabaja Julio se ubica en la esquina de Humboldt y José A. Cabrera. Esa esquina funciona como su base de trabajo. Allí coloca su bolsón, junto a una campana y un contenedor negro de RSU húmedos. Lo abre y dobla hacia afuera sus extremos, dejándolo listo para acomodar los materiales que recolectará en la jornada. Como sus palabras, sus movimientos son parsimoniosos, pero a la vez continuos, como los que se incorporan a una rutina. Comienza abriendo las bolsas que le dejan algunos de sus clientes que ya lo conocen. Con algunos, como Roberto, un encargado de edificio, se comunica por WhatsApp para confirmarle que está llegando. “Él me deja casi todos los días el material. En general todos nos comunicamos así con los clientes”. Luego, retira el material de los clientes que posee en su zona. Julio trabaja en tres cuadras o seis frentes sobre Humboldt, entre Honduras y la avenida Niceto Vega. Durante las dos horas que permanece en esa zona, Julio oscila entre el trabajo de clasificación en su parada y la recolección en mano de sus clientes, en función de los arreglos realizados con ellos. Además, está atento a los movimientos que suceden en su zona y la posibilidad de recolectar más material o de conseguir nuevos clientes. Cuando realizó el pasaje a la Etapa 1 tuvo que comenzar a establecer relaciones con los vecinos de esa zona y captar clientes que le brinden un flujo regular de ingresos. Además de estos, la fuente de materiales reciclables para Julio son la campana y el contendor negro de su parada, los cuales revisa cotidianamente.

Los RSU secos que recibe Julio de sus clientes tienen dos características. Una parte de ello son domiciliarios y, en este caso, son de edificios de viviendas entregados por encargados, personal de limpieza o vecinos particulares. Entre la multiplicidad de residuos, en los domiciliarios predominan envases de alimentos y bebidas. Otros clientes que tiene Julio son comercios gastronómicos de su zona. Entre estos, al igual que los residuos de una discoteca que suele dejar bolsas en la campana, predominan las botellas de vidrio y las latas de aluminio, que constituyen una parte importante de la composición de los materiales recolectados por él. Ya sea entregados en mano o colocados en la campana, tareas de clasificación en hogares o comercios facilita bastante la actividad del RA. Esta forma de trabajo, donde la campana y los clientes son la principal fuente de ingreso, supone ya la incorporación de prácticas de separación en origen que aseguran una buena cantidad de material recolectado.

Al recolectar el material, Julio lo revisa y selecciona aquello que introduce en su bolsón. No coloca allí todo el material reciclable, sino solamente aquel que ya sabe que se vende luego de la posterior clasificación en el Centro Verde. “Esto, por ejemplo, allá no lo venden”, me dice separando unos recipientes de plástico que contenían postres y yogurts y dejándolos en el contenedor negro[4]. En el bolsón ingresa papeles de distinto tipo (los denominados blanco, planilla, diario), cartones de diferente calidad, botellas de vidrio de varios tamaño y botellas y envases de diversos plásticos. El RA ya no realiza la clasificación de cada uno de esos materiales por separado según su tipo específico tal como hacía en su casa hace algunos años para acomodar los materiales de acuerdo a los requisitos del depositero o intermediario. En la modalidad de campanas, los introduce todos en un mismo bolsón y serán sus compañeros del Centro Verde los que realicen una segunda clasificación más específica y preparen los materiales para su comercialización. En este momento de recolección en calle, la primera clasificación divide lo que es vendible por la cooperativa de aquello que no lo es, y se agrupa en bolsones individuales correspondientes a cada RA. Al terminar la recolección, se cierra el bolsón, atando las orejas o tiras del mismo entre ellas y colocando un precinto de plástico para asegurarse que no sea abierto. Luego, añade un precinto de papel que dice “E-1–122”, identificando así el número de etapa y el número de recuperador. Deja su bolsón allí y camina hasta la esquina de Ravignani y Nicaragua, donde alrededor de las 21hs. sube al micro para buscar a todos los RA y emprender el regreso a Villa Fiorito. Mientras el micro realiza el recorrido buscando a los recuperadores, el camión pasa a retirar todos los bolsones de la Etapa para llevarlos, en este caso, al CV Cortejarena en Parque Patricios.

Imagen II: Materiales recolectados y clasificados por un RA, esperando la llegada del camión para ser trasladados al Centro Verde, Ciudad de Buenos Aires, 2023

Fuente: propia

Salvador también es de Villa Fiorito. Tiene 52 años y lo conocí en Balvanera, donde trabaja recolectando residuos desde el año 2001. Salió a cartonear cuando se quedó sin laburo. Primero acompañaba un amigo que tenía una camioneta donde transportar los materiales. Desde entonces continúa caminando los alrededores del Congreso de la Nación para recolectar papeles, cartones y, hoy en día, otros materiales como plásticos, vidrios y metales.

Salvador es un recuperador de la Ruta 20, su parada se encuentra en la esquina de la calle Juan Domingo Perón y avenida Callao. Al establecer los límites de cada recuperador de la ruta respetaron la preexistencia de su actividad como cartonero. Por ello, mantiene clientes de hace muchos años y realiza un recorrido o ruta relativamente constante que se ha ido estabilizando desde que comenzó con la práctica. A diferencia del caso de Julio, Salvador no concentra su trabajo en unas pocas cuadras ni su presencia en el territorio se centra en la parada o base de trabajo sobre la que se establecen todas las relaciones con sus clientes. Su forma de trabajar la calle es diferente, su modo de estar allí es itinerante. En su callejear se desdibujan los límites de su zona establecida. En este recorrido revisa los diferentes contenedores (para ello carga con una varilla de acero que utiliza para retirar las bolsas de allí) y recolecta lo que halla en la vía pública. Lo que estructura esta dinámica de trabajo, entonces, no es el lazo con una parada o campana, sino los vínculos estrechados con los clientes.

Aunque muchos recuperadores pudieron sostener los clientes aún fuera de la zona de trabajo designada, el pasaje a una modalidad de campanas mutó sustancialmente las condiciones de trabajo. A partir de la incorporación como parte del Programa de Promotores Ambientales, se les prohibió a los recuperadores el uso del carro tradicionalmente utilizado para la recolección. Si bien la medida apunta a descomprimir la ocupación del espacio urbano, plantea nuevos obstáculos para la recolección que realizan los recuperadores. “Lo mejor era el carro, porque ahí nos movíamos como queríamos —cuenta Salvador—. Ahora es un quilombo porque tenemos que andar arrastrando y después te duele todo”. En ese sentido, las condiciones anteriores permitían mayor movilidad y esto se traducía en mayor cantidad de material recolectado y en un menor impacto en los cuerpos de los recuperadores[5]. Tal es así que en algunas zonas como las de la cooperativa RUO, como veremos más adelante, volvieron a utilizarse carros, pero en un formato más pequeño que los anteriores. En el caso de zonas como Balvanera, el argumento se sigue sosteniendo por los niveles de tránsito que se presencia en el espacio urbano. Qué cuerpos son valorados y considerados como esenciales en el territorio urbano también es una forma de dar cuenta de los regímenes de valor que allí se ponen en juego.

A diferencia del barrio de Palermo que Julio habita durante su jornada laboral, Balvanera es una zona con mayor tránsito de personas y objetos. Su densidad poblacional es mayor y de lunes a viernes también es el escenario de una intensa actividad económica y administrativa. Entre la estación ferroviaria de Once y el Microcentro porteño[6], el territorio de trabajo de Salvador es una zona de paso para numerosos cartoneros independientes. Esto constituye un dato importante para Salvador ya que los cartoneros independientes circulan en distintos horarios por el territorio y muchos de ellos lo hacen más temprano que los recuperadores de la Ruta 20 (entre las 18 y las 21:30hs.). Así, ya sea por un acuerdo con encargados, vecinos o comerciantes o porque simplemente retiren sus residuos antes de las 18hs., buena parte de esos materiales reciclables son recolectados por estos otros cartoneros. Aunque hay un sentido de pertenencia del territorio de trabajo, Salvador convive con varios cartoneros que atraviesan su zona, revisan sus contenedores o preguntan a sus clientes si tienen material para entregar. En algunas jornadas, Salvador encuentra menos material que el habitual y, en esas ocasiones, dice, cuando es necesario “levantar el pesaje”, camina ocho, diez o doce cuadras por Juan Domingo Perón, hasta Larrea o incluso un poco más. Sobre la calle Perón tiene a sus dos principales clientes: diariamente una escuela y una clínica le entregan materiales. Retira, además, los reciclables de algunos otros clientes menores (principalmente, comercios), mientras indaga en los contenedores verdes y negros en busca de valiosos materiales. De acuerdo a los frutos de esa recolección, Salvador va calculando. “Me fijo si vale la pena, si se justifica seguir tirando”, dice, para referirse al arrastre del bolsón.

Imagen III: Recuperadores Ambientales arrastrando el bolsón con el realizan la recolección de RSU secos por las calles de Balvanera, Ciudad de Buenos Aires, 2019

Fuente: propia

Cuando describía la actividad de los cirujas en los primeros años de la década de 1990, Gonzalo Saraví (1994) refería a los mismos en una oscilación entre cazadores-recolectores y laboriosos agricultores que aprovechan los recursos del medio urbano. Una primera virtud de esta descripción es que, al reparar en las prácticas de trashumancia, logra dar cuenta de que, al igual que como los cazadores-recolectores, las prácticas nómades de recolección y clasificación no se caracterizan por el caos, sino que se rigen por ciertas pautas de relativa regularidad: existen depósitos, puestos de venta de carros, determinados barrios de salida, lugares de reuniones, clientes y áreas ricas en materiales valiosos que componen determinados recorridos más o menos estabilizados. Los “secretos de la calle”, el “nicho ecológico” en el que se desenvuelve el cirujeo es, actualización mediante, un gran paso para comprender la ecología del trabajo cartonero de nuestros días.

Como un complemento de esta polaridad nomadismo-sedentarismo, Saraví (1994) distingue entre zonas y recorridos. Mientras las zonas son áreas de la ciudad, con límites relativamente definidos, sobre las que se recolecta el material sin seguir un camino determinado, los recorridos son definidos con mayor exactitud, pero son trayectos, trazados de líneas que no abarcan áreas sino una consecución de puntos: “una sucesión de calles y diagonales, de giros a la izquierda o a la derecha en tal esquina, en aquella plaza o frente a la estación” (Saraví, 1994: 149). Ese recorrido suele ser relativamente estable y ya sea los cirujas de entonces o los cartoneros de nuestros tiempos pueden relatarlo con mucha facilidad. El hecho de que se tracen zonas o recorridos se encuentra estrechamente vinculado a la característica de los territorios. En las periferias primaba el trabajo en zonas, siguiendo el análisis de Saraví (1994), mientras que en un área más urbanizada se trazaban principalmente recorridos. Según el autor, esto se explicaba por dos factores: las diferencias en la cantidad y el tipo de materiales que se encuentran en uno y otro territorio y las probabilidades de estrechar lazos de cercanía o personalizados, de generar confianza en uno y otro lugar (Saraví, 1994). Como nos dejan ver las historias de Julio y Salvador, entre los RA del Sistema de Recolección Diferenciada de la Ciudad también existe esta relación entre las características del territorio urbano y las formas que adquiere el trabajo cartonero.

Por un lado, en el caso de Julio, el trabajo se realiza en un territorio con una densidad media y con presencia de edificios medianos y comercios gastronómicos. Esto le permite tener algunos clientes con residuos domiciliarios producto de los consumos de una clase media y media-alta y gran cantidad de vidrios y latas de aluminio que se descartan de la actividad gastronómica y recreativa. Julio y muchos otros RA trabajan en zonas, delimitadas por entre tres y cinco cuadras. Allí centran su actividad en algunos puntos neurálgicos donde se coloca uno o dos bolsones y utilizan esos puntos como parada o base de trabajo, ya sea para el contacto con vecinos y clientes como para el desarrollo de las prácticas de clasificación.

Por otro lado, Salvador y otros RA trabajan en un territorio más densamente poblado, con mayor presencia de oficinas y comercios y, correlativamente, con mayor cantidad de materiales reciclables y mayor presencia de papeles y cartones (los materiales más buscados por su relación entre volumen, peso y valor económico). Sin embargo, también es una zona que comparten con un número mayor de cartoneros independientes y eso dificulta hacerse con el material descartado durante el día. Por ello, cuando necesita “levantar el pesaje”, Salvador y algunos RA realizan un recorrido que transgrede por algunas cuadras los límites de la ruta. Esto, además, se ve reforzado por el hecho de que, en su trayectoria en el territorio de trabajo, ha conseguido clientes que actualmente están fuera de su área de trabajo. En uno y otro caso, Julio o Salvador, en territorios con más y menos circulación, pero indudablemente altamente urbanizados, han logrado establecer vínculos con vecinos, con encargados, con comerciantes, son conocidos por fuerzas de seguridad de la zona y por otros agentes significativos del barrio. Con distintos grados de movilidad, las dinámicas territoriales de trabajo cartonero logran que la alta densidad poblacional no sea un sinónimo de invisibilidad o falta de identificación por parte de quienes habitan el espacio.

Así, a partir de los casos del Sistema de Recolección Diferenciada, podemos complejizar la mirada que hacía unas décadas explicaba la diferencia entre una modalidad de trabajo en zonas o en recorridos. Si la misma se explicaba por la cantidad y tipo de materiales que se concentraban en uno y otro territorio y por la probabilidad de estrechar vínculos de confianza, al interior de territorios tan urbanizados como la Ciudad de Buenos Aires esto significa considerar la cercanía a áreas de concentración de actividades laborales, gastronómicas o comerciales, a determinados medios de transporte y, en relación con esto, la mayor o menor presencia de cartoneros independientes con los que se comparte el territorio de trabajo. Tanto el grado de actividad comercial como la presencia de independientes componen una parte importante de las dinámicas territoriales dentro del sistema de gestión y afectan las prácticas de trabajo cartonero.

Débora Gorbán (2014) propone una explicación para dar cuenta del modo en que los cartoneros calculan y practican el espacio urbano, adquiriendo mayor movilidad, decidiendo los recorridos a realizar y aquello que cargar o no en el carro. Considerando esto, en nuestra experiencia, el cálculo de los recuperadores constituye una operación que conjuga la cantidad de material recolectado, su valor estimado, el peso y volumen del bolsón, el cansancio corporal, las expectativas de recolección, la presencia de los independientes, entre otras variables. En ocasiones, el cálculo puede incluir ampliar la presencia en el territorio de trabajo.

Una variable importante en este cálculo también es el valor del denominado salario de calle. Cada RA percibe un ingreso por parte del Estado local, al que también llaman incentivo[7]. A ello se le suma un plus por productividad, el cual resulta del total de kilogramos recolectados en el mes multiplicado por un valor específico, que a fines de 2019 es de $5/kg[8]. Como una forma de incentivar aún más la recolección, luego la cooperativa y el GCBA acordaron añadir otro mecanismo. Si el RA supera los 600kg mensuales —meta que suele alcanzar la mayoría de ellos—, se le paga un valor mayor: en 2019, $6,7/kg[9]. Este mecanismo de plus de productividad desagregado para buscar aumentar la cantidad de material recolectado es un mecanismo que ha ido variando en el tiempo y que se ha aplicado de distinto modo en las diferentes cooperativas, con diferentes acuerdos con el Estado local. Este mecanismo, logrado en la cooperativa El Amanecer, se denomina “sistema de venta colectiva”[10].

La operación de cálculo que realizan los cartoneros, sin embargo, puede relacionarse también con otro rasgo que resulta central y común a todas las prácticas de clasificación a lo largo del tiempo: cirujas de antaño, recuperadores de la actualidad, cartoneros de ayer y de hoy, todos ellos tienen algo. Un lazo central en la práctica de recolección es la relación de propiedad, donde se reconoce como propia una zona de trabajo, un recorrido, una serie de clientes o alguna otra fuente de materiales. Esta relación de posesión sobre el territorio o sobre las fuentes de materiales, claro, no es exclusiva ni tampoco eterna. En muchos casos, como vimos con Salvador, aun sintiendo como propio un territorio, se accede a “compartirlo” con otros que realizan la misma actividad. Pero sostener la recolección allí, mantener el contacto y el intercambio con los clientes, resulta un modo de actualizar una y otra vez esa relación de propiedad: “Una posesión que no es exclusiva o lo es, pero en mi sucesión de instantes de ayer, hoy y mañana, solo en esos instantes. No es eterna, o lo es, pero en el presente de la reiteración” (Saraví, 1994: 148-149). En esa línea, son los compromisos con otros habitantes del territorio, como señala Gorbán (2014), los que hacen posible esa apropiación “de ciertos sectores y calles de la ciudad” (p. 147).

Esta relación de posesión con el territorio y los clientes en una ciudad con elevados flujos de personas y materiales y, por lo tanto, con un alto nivel de disputa por controlar esos flujos, es lo que, en parte, explica también las dificultades para ingresar y consolidar la actividad en un territorio. Julio y Salvador ingresaron a la actividad en la emergencia del fenómeno cartonero o unos años luego, en un marco donde muchos otros vecinos y familiares estaban “saliendo a cartonear”. Como señalaba Saraví (1994) hace tres décadas atrás, pese a que el capital necesario para iniciar la actividad es relativamente escaso, no se sigue de ello la facilidad de entrada. No tanto por algunos medios de trabajo, sino principalmente por un conjunto de conocimientos que hacen al ingreso: dónde transitar, qué zonas tienen potencialmente mayor cantidad y calidad de materiales, cómo vincularse con clientes y con otros actores que hacen a su pasaje por la ciudad (vecinos, policías, otros cartoneros, transportistas, etc.). El aprendizaje de este oficio —como lo muestra Maldovan Bonelli (2017)— continúa siendo un elemento central para el desarrollo de la práctica y el trabajo cartonero y, para ello, el grupo familiar, parientes y vecinos continúan siendo centrales haciendo de esta una alternativa posible en el “mundo de la calle” (Saraví, 1994: 185)[11].

Ahora bien, ingresar a un territorio nuevo implica sortear ciertos obstáculos como establecer nuevos vínculos con vecinos, comerciantes y actores, así como también relacionarse con recuperadores que ya estén presentes en esos territorios. Salvador nos permite observar los casos que ingresaron durante el estallido del fenómeno cartonero y “se ganaron la calle”, es decir, obtuvieron el control de determinados flujos en un territorio que reconocen como propio. En territorios con límites más intensamente marcados, como las zonas de trabajo en el Sistema de Recolección Diferenciada, ya no funciona tan claramente el “ganarse la calle”. Son compañeros de la cooperativa, familiares, amigos o vecinos quienes, como veremos luego, “pasan” la zona y los clientes. El relato de Julio da cuenta de quienes se desprendieron de esa posesión en virtud de continuar con una línea de institucionalización del trabajo y reordenar el territorio de acuerdo a criterios acordados entre la cooperativa y el Estado local. Al dejar de trasladar el material para clasificarlo y venderlo, los RA mejoraron sus condiciones de vida en el hogar y sus condiciones de trabajo, pero también les requirió comenzar de cero la vinculación con clientes y con la dinámica territorial de un espacio desconocido. Sin duda, ingresar al nuevo territorio de trabajo en el marco de una política pública y una grupalidad le facilitó poder establecerse en su parada. Esto resulta sumamente significativo al momento de considerar el ordenamiento del territorio y el modo en que se realiza la recolección. Potenciar las prácticas de recolección supone que cada reordenamiento territorial sea contrapesado por los valores que los actores ponen en juego en dicho territorio, las referencias que se han sabido construir allí y los modos en que se ingresaría a otros territorios de trabajo.

La cooperativización e institucionalización del trabajo cartonero en el marco de una gestión integral de los RSU de la Ciudad, nos permiten vislumbrar ciertas líneas de continuidad que hacen a la actividad cartonera un oficio, a la vez que identificamos importantes modificaciones en las dinámicas que eran propias del trabajo cartonero en el precedente modelo CEAMSE y que son aún las predominantes en las prácticas de recolección y clasificación en territorios sin una gestión de residuos que incorpore a los recuperadores. La incorporación a la GIRSU de la Ciudad, junto con el posterior cambio de modalidad al sistema de campanas, significó una importante reducción de las prácticas de “pre y post salida” (Saraví, 1994), lo que se tradujo en una mejora en las condiciones de trabajo y de vida de los recuperadores. Se han modificado considerablemente prácticas que antes eran necesarias para una correcta recolección y clasificación de residuos reciclables, como la preparación de los bolsones, la puesta a punto del carro (o el caballo), el acopio o tratamiento de todo el material recolectado. En las modalidades de trabajo actuales, debido a que gran parte de estas tareas son asumidas por otros compañeros de la cooperativa, los RA han visto disminuir los tiempos y las cargas de trabajo.

Esta repartición de las tareas que implica el trabajo cartonero y una disminución de los tiempos que cada quien debe dedicar a su trabajo se vio posibilitada, principalmente, por el proceso de colectivización y, en estos casos en particular, de cooperativización de la actividad con apoyo del Estado local. Para los RA el trabajo cartonero ha mutado a una forma menos extenuante gracias al desarrollo de cooperativas de trabajo, la puesta en marcha de transportes colectivos (como los micros garantizados por el Estado local), la instalación de galpones y Centros Verdes para la clasificación y el acopio del material, la implementación de mecanismos de comercialización colectiva, entre otras cuestiones.

Si esta organización colectiva fue posible, en parte, se debe a los procesos de lucha colectiva y de identificación que se han producido en torno al trabajo cartonero. Como vimos en la primera parte de la tesis, tras el estallido del fenómeno cartonero se han habilitado sentidos en común en torno a los procesos de valorización de los residuos. Los residuos en general y, en particular, los cartones han funcionado aquí como elementos estructuradores de la trama de la vida y el trabajo cotidiano de numerosos barrios del GBA. Pero especialmente en el caso de la Ciudad de Buenos Aires, el cartón —al igual que otros objetos y artefactos sobre los que nos centraremos en el siguiente apartado— ha funcionado como soporte del cual se desprende una identificación común en el trabajo y en las prácticas colectivas de miles de cartoneres que, como Julio y Salvador, han inscripto su actividad en formas cooperativas y hasta hoy se identifican rápidamente como cartoneros, incluso con quienes no son de su cooperativa o realizan el trabajo de un modo muy distinto como los independientes.

Retomando el estudio de Saraví (1994) mencionado anteriormente, si el cirujeo se ubicaba en una gradiente entre trashumancia-nómade de los recorridos y el sedentarismo de la limitación de zonas, el actual trabajo cartonero de los RA —aún con las variaciones entre casos como los de Julio y Salvador— acentúa este relativo sedentarismo y la práctica de “trabajar la calle para que brinde sus frutos” (p. 106). La pequeña revolución neolítica que significó la institucionalización de un Sistema de Recolección Diferenciada implicó, sin dudas, una intensificación de esta práctica de trabajar la calle. Con el trazado de límites para el territorio de trabajo y la repartición de zonas para cada RA, un incremento de la captación regular de materiales recolectados solo es posible con el aumento de clientes en la zona. La siembra y cosecha de clientes, como el trabajo sobre la tierra, es un arte que requiere un determinado aprendizaje, un particular saber-hacer[12]. Así, se invierte tiempo en la calle, se establecen vínculos con actores significativos, se construyen referencias, los RA se inscriben en la trama territorial para aumentar el rendimiento de ese territorio. Al hacer esto, lo que hacen los recuperadores es transformar las dinámicas territoriales. Se produce una mutación de las prácticas de vecinos y comerciantes que comienzan a separar sus residuos en el “mundo privado” y los trasladan a un contenedor verde o lo entregan en mano al RA. Mutación de las prácticas de clasificación en el “mundo privado” y del régimen de valor al que corresponde a partir del trabajo cartonero en el “espacio público”. Algo sobre lo que volveremos al final de este capítulo.

Al observar las fuentes de materiales a las que recurren los recuperadores, notamos que una de las principales es la entrega en mano por parte de los clientes. Estos pueden ser domicilios particulares, edificios que delegan la gestión de los residuos en los encargados, pequeños y medianos comercios, escuelas, reparticiones públicas, etc. Esta recolección en mano presenta algunas ventajas para los RA, la cooperativa y para el Estado local: permite que el material no se estropee o contamine al mezclarse con otros residuos producto de una previa clasificación deficiente, asegura que ese material circule hacia la cooperativa y no se disperse en otros circuitos de recuperación y, finalmente, reduce la cantidad de material en los contenedores al dirigirse directamente a las manos de los recuperadores. Bajo la modalidad de campanas, como vimos con Julio, los contenedores verdes también eran considerados una fuente legítima de materiales. La campana funcionaba como una referencia donde el RA establecía su parada o base de trabajo, ubicando el bolsón, vaciando la campana y realizando una clasificación de los materiales que se encontraban allí. En mano o en la campana, esta operación supone ya una separación en origen de los residuos, donde vecinos y comerciantes deben haber adquirido la práctica de clasificación de los mismos. Ahora bien, salvo sus interacciones cotidianas con algunos actores importantes del territorio, no existen mecanismos específicos para intervenir en esta separación en origen[13].

En algunos casos, otra fuente importante de material son los contenedores negros, destinados a RSU húmedos. Como la separación en origen no es una práctica extendida en gran parte de la población, en estos contenedores suelen encontrarse cajas de cartón, bolsas con papeles blancos, botellas de vidrio o latas de aluminio, entre otros posibles materiales valiosos. Sin embargo, los contenedores negros constituyen una fuente controversial de material. Desde la perspectiva de la normativa del Sistema de Recolección Diferenciada, no está permitido sustraer el material de ninguno de los actuales contenedores (negros o verdes) y esto, aunque sea inusual, puede implicar una sanción por parte de los RG. La controversia en torno a los contenedores negros, sin embargo, no se limita solo a la relación entre Estado local y recuperadores. Los propios RA presentan diferencias: mientras algunos los utilizan como una fuente frecuente de recolección y, como Salvador, cuentan con herramientas específicas para trabajar allí, otros dicen no necesitarlos o, incluso, como veremos en la siguiente sección, tienen expresiones condenatorias a esta práctica. Desde la perspectiva de los que sí lo utilizan, como Julio y Salvador, a la vez que incrementan la cantidad de material recolectado y, por lo tanto, sus ingresos, posibilitan también que una menor cantidad de este material se dirija a CEAMSE para ser enterrado como si fuera RSU húmedos.

En lo que refiere a los ingresos que perciben los RA del Sistema de Recolección Diferenciada, como vimos, constan de una cifra fija mensual a la que denominan incentivo o salario de calle. A ello se lo complementa con un ingreso proporcional a lo recolectado en concepto de plus por productividad, que tiene un valor variable de acuerdo a los criterios de cada cooperativa. El material recolectado, luego de su clasificación en los Centros Verdes, se comercializa por la cooperativa y se reparte entre los miembros de la cooperativa. Para ello se han constituido mecanismos de comercialización colectiva que incorporan diferentes criterios para la distribución de lo obtenido por las ventas. En algunos casos se paga un valor constante determinado por cada kg recolectado, sin importar el tipo de material (por ejemplo, $5/kg), en otros se ha añadido un plus por superar determinada cantidad (por ejemplo, $6,7/kg por encima de los 800kg mensuales) y, en otros casos, se han mantenido desagregados los materiales, teniendo cada uno de ellos un valor distinto. Estas formas, además, se fueron acordando entre las cooperativas con mayor o menor injerencia del Estado local. En ese marco, el plus por productividad es el modo por el cual se le reconoce a los RA un ingreso proporcional a lo recolectado. Sostener una relación entre lo recolectado y el ingreso económico apunta a incentivar mayores niveles de recolección e incrementar la cantidad de materiales captados por el Sistema de Recolección Diferenciada. Esto se sustenta en el supuesto básico de que el sentido central de la práctica de recolección es obtener ingresos monetarios para el sustento individual y familiar, supuesto que desde los trabajos de Saraví (1994) y Schamber (2008) resulta manifiesto, pero que otros trabajos se han encargado de matizar, al dar cuenta de otros sentidos que también se ponen en juego en la recolección, más allá del cálculo económico (Gorbán, 2014; Perelman, 2010).

Decimos que es un mecanismo de comercialización colectiva ya que es el modo en que los RA, trabajando en el territorio urbano, se ligan al resto de la cadena de producción, pasando por el trabajo de clasificación en Centros Verdes y los acuerdos de comercialización con los intermediarios o las industrias, según el material. Este circuito de producción por el cual se recolectan objetos residuales y, a través del mercado, se los reintroduce como materias primas en otras cadenas de producción es lo que se conoce como valorización de los residuos. El mecanismo de comercialización colectiva es lo que permite conectar al recuperador con ese proceso y seguir sosteniendo su práctica de recolección en relación con el momento de la venta de los materiales. En ese sentido, el RA es producido como un sujeto calculador en busca de rentabilidad en el espacio urbano. Como veremos en la siguiente sección, existen otros procesos de valorización que también forman parte del trabajo cartonero. A su vez, la pregunta por los procesos de valorización que se ponen en marcha o, desde su reverso, la cuestión de qué sujetos constituyen determinados procesos de valorización es una pregunta sobre la que volveremos al final del capítulo al vincularla con las lógicas de subjetivación en juego.

Al analizar la especificidad del trabajo cartonero de los RA y el proceso de valorización de los residuos, como vimos particularmente con el caso de Julio, las prácticas de recolección en calle ya implican un primer ciclo de clasificación de los residuos[14]. La operación fundamental que produce esta práctica de recolección-clasificación es una segmentación binaria entre desecho/mercancía. No es estrictamente hablando una división entre RSU secos/RSU húmedos, ni tampoco entre orgánico/inorgánico o reciclable/no-reciclable. Como lo era también cuando Pablo Schamber (2008) describía el proceso de trabajo de los cartoneros tras el fenómeno cartonero, la actividad se centra en realizar un pasaje de los desechos a las mercancías.

Las prácticas de clasificación de los RA tienen como objetivo separar los objetos que la cooperativa puede vender de aquellos otros residuos (húmedos o secos) que no puede comercializar en el mercado. Como vimos en las notas de campo, cuando Julio separa lo que ya sabe que se vende y descarta aquellos materiales que ya sabe que no encontrarán un mercado para la venta, pone en juego al menos dos dimensiones. Por un lado, aquellos saberes adquiridos en su trayectoria y sus prácticas previas como cartonero, donde fue aprendiendo qué materiales eran los que los depósitos le compraban o aquellos otros que podía llegar a vender en su barrio. A este saber propio del oficio cartonero se le añade ahora, por otro lado, un saber necesario para los recuperadores del Sistema de Recolección Diferenciada. En esta modalidad resultan centrales los requisitos que se le transmiten desde el Centro Verde y otras instancias cooperativas: allí se le indica con bastante precisión qué objetos son aceptados en el bolsón y cuáles otros no. En ese sentido, durante la recolección, el RA pone en consideración las etapas posteriores del circuito del reciclado para guiar sus prácticas y el primer ciclo de clasificación.

En el Sistema de Recolección Diferenciada actual, la lógica que conduce el proceso de recolección y que orienta las prácticas en el primer ciclo de clasificación es una lógica productivo-mercantil que, ligada al mecanismo de comercialización colectiva, apunta a distinguir y separar los materiales comercializables por la cooperativa luego de su paso y preparación en los Centros Verdes: por ello, técnicamente, el producto de este primer ciclo de clasificación y su segmentación binaria son materiales a trabajar en un segundo ciclo y transformar en mercancías[15]. Los materiales colocados en los bolsones son aquellos potencialmente vendibles por la cooperativa, mientras que se desechan en los contenedores negros, con los RSU húmedos, todos aquellos que no puedan ser comercializados.

Este primer ciclo de clasificación que tiene lugar durante la recolección en calle implica, entonces, un redireccionamiento de flujos que en vez de dirigirse hacia su enterramiento en CEAMSE son reinsertados en un circuito del reciclaje. Es, en este sentido, una movilización de objetos y un pasaje de un régimen de valor a otro. Diremos más adelante, es una operación de traducción que permite resignificar flujos, que desde una cultura del descarte los homogeneizaba como basura por su carácter inútil para el consumidor, y los dirige hacia un régimen que segmenta entre aquello a ser reciclado y aquello a ser enterrado. Pero para poder entender esto cabalmente, consideramos que primero debemos realizar un paso previo: el de comprender que existen otras economías en marcha en el funcionamiento del dispositivo de recolección.

IV.2. Mecanismos y sentidos para componer lo colectivo

IV.2.1. Mecanismos de composición de confianza externa

En el apartado anterior, a partir de las historias de Julio y Salvador, dimos cuenta de algunos rasgos importantes que adquiere el trabajo cartonero en el actual Sistema de Recolección Diferenciada. Sobre el final, reparamos en la lógica productivo-mercantil que se pone en marcha en las prácticas de recolección-clasificación, y su ensamblaje con un mecanismo de comercialización colectiva. Esta lógica y sus mecanismos, decíamos, son los que guían las prácticas de clasificación del dispositivo de recolección. Ahora bien, dichas prácticas se sostienen en un entramado colectivo sumamente amplio, donde sucede mucho más que la búsqueda por la rentabilidad económica. Dicho de otro modo, existen otras economías en funcionamiento además de aquellas que se centran en el dinero como forma de intercambio de valor. Para esto se apelará al trabajo de campo realizado en 2022 junto a recuperadores de la cooperativa RUO y Las Madreselvas en los barrios de Caballito y Belgrano, respectivamente.

Es una mañana de septiembre. Camino hacia el CV Yerbal cerca de las 9am. Se siente una brisa matinal pero el sol de la primavera empieza a calentar lentamente la ciudad. Vengo por Boyacá y doblo en Yerbal, estoy a unas cuatro o cinco cuadras del Centro Verde. Como ya me es habitual, cruzo a varios RA que, tras haber pasado por el predio, se dirigen con sus carritos a sus respectivas paradas. Esta vez me llama la atención que a varios los veo con bolsones blancos y brillantes. Son nuevos. Comenzaron a realizarlos en el taller textil que funciona en el predio. Luego buscaré reparar en la red de relaciones que concentra un Centro Verde como este.

En otras ocasiones, mientras observaba la fila que conforman para dar el presente, había tomado nota de la forma en que los RA elijen los bolsones antes de salir. Quienes llegaban primero lograban seleccionar los que estaban en mejor estado, mientras que muchos se llevaban los más rotos y, en ocasiones, los zurcían ellos mismos. Tras tomar los bolsones, los RA se dirigen hacia un galpón donde dejan guardados sus carritos. Están construidos bastante artesanalmente. Unos pocos lo han comprado, algunos los hicieron ellos mismos —a partir de carros de supermercados, por ejemplo— y algunos otros los recibieron como un regalo de algún pariente, vecino o compañero. Casi todos poseen alguna impronta personal, alguna estampita, algún cartel o una pequeña zapatillita colgada. Tras firmar el presente, tomar los bolsones y el carrito, los RA de RUO salen del predio para dirigirse a sus respectivas zonas de trabajo.

Esa mañana de septiembre acompañé a Héctor en uno de sus habituales recorridos. Era martes. Hicimos toda la recolección del material que le guardan sus clientes en relativamente poco tiempo (los martes no es un día de tanta recolección, ya que se suele recolectar una mayor cantidad el lunes cuando se acumulan los RSU del fin de semana). Pasamos por un edificio donde le abren el garage para sacar bolsas verdes que casi completan un bolsón: “Acá no hay mucho material valioso, sobre todo botellas PET y vidrio”, dice. Luego, de un centro comercial retira unas cuantas cajas de cartón. En dos edificios más le entregan unas bolsas que le permiten completar un segundo bolsón. El último cliente “saca material todos los días”. Estamos a la vuelta de la parada donde pasa a el camión para levantar el material. Héctor deja uno de los bolsones “ahí estacionado” y con el carrito lleva el otro a la parada. Luego vuelve con el carrito a buscar el segundo.

En esa ocasión conversamos sobre los carritos, ya que uno de sus compañeros lucía uno con bolsas atadas en los palos de los laterales donde iba clasificando el material a medida que recolectaba. Héctor, en cambio, prefiere cargar todo en el mismo bolsón y luego dedicar la última parte de su trabajo a realizar exclusivamente la clasificación en distintas bolsas y bolsones. Esto, dice, le permite priorizar el retiro del material a tiempo y cumplir el compromiso asumido con los clientes.

Imagen IV: El carrito de Héctor. “Se lo regaló” una dirigente de la cooperativa, luego de que él realice un “reclamo” por no tener carro para usar como medio de trabajo, Ciudad de Buenos Aires, 2022

Fuente: propia

Es que uno de las virtudes centrales que para Héctor hace al oficio de cartonero es la previsibilidad. Ser irregular en los días y momentos de recolección puede resultar un obstáculo para una buena relación con los clientes, es decir, una relación que provea un constante flujo de materiales. Si no se puede garantizar un retiro regular de los RSU secos, el cliente suele acordar con otro cartonero para entregar ese material u optar por colocarlo en el contenedor. La confianza de los clientes es tan importante que Luis, un recuperador de 73 años en la zona de Balvanera, recordaba la ocasión en la que tuvo una úlcera en el pie que le impidió asistir casi por dos años: “En cuanto pude volver, agarré la camioneta y me vine. Y acá había otro pibe juntando el material. En cuanto llegué, los encargados, mis clientes, todos los que me dejaban el material volvieron a dejármelo a mí, porque ya me conocían, sabían quién soy”. Ese “saber quién es” refleja la confianza del cliente en el recuperador y lo fundamental que se vuelve el lazo afectivo que se logra trazar en el territorio. Por ello la asistencia constituye un mecanismo fundamental para el correcto funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada. Cuando se ausenta por un período, un recuperador no solo recolecta menos material sino también que pone en riesgo el trabajo de calle realizado, es decir, se arriesga a romper los lazos construidos previamente con los clientes. Mientras Héctor clasifica el material en su parada, un encargado de edificio lo llama para entregarle unas bolsas con más material. Me mira y me dice: “Esto fue por ósmosis, por efecto contagio, es porque me ven y saben quién soy”. Aquí, aunque de otro modo, ese “saber quién es” —la construcción de una figura o referencia en el territorio— produce efectos en el territorio. En este caso, lo que se produce es la imitación entre vecinos, comerciantes y los actores que participan de esa dinámica territorial.

Al menos desde 2019, en el marco de la cogestión entre Estado local y las cooperativas, no es solo confianza y afecto lo que se intercambia con los residuos. Los RA entregan un remito a sus clientes para dejar comprobante de la recepción del flujo. El RA entrega una copia de esos remitos al RG para que el Estado local cuente con una constancia y la otra copia le corresponde a la cooperativa. El cliente guarda esos comprobantes que pueden ser requeridos por alguna instancia como una inspección del área de Fiscalización del Ministerio. En el caso de Héctor y los RA de RUO, piden los remitos en la oficina del Centro Verde Yerbal y los RG los completan y se los facilitan a los RA para que estos se los entreguen a los clientes al momento de retirar el material.

Elsa es de Oberá, provincia de Misiones. Allí vive aún parte de su familia. Viajó a Buenos Aires en búsqueda de trabajo, por recomendación de una de sus hermanas que ya se encontraba en el municipio de Tigre. Se instaló allí, luego vivió en Boulogne y ahora en Maquinista Savio. Por varios años trabajó como empleada doméstica en San Isidro. “Tuve muchos hijos, seis varones y una mujer, y lo tuve que dejar”. Por un tiempo se dedicó exclusivamente al cuidado de sus hijos y su familia. Hace seis años se separó del padre de sus hijos, que también trabaja en la cooperativa, y por intermedio de una amiga y vecina del barrio comenzó a trabajar en Las Madreselvas. Fue ella, además, quien le “pasó su zona” y sus primeros clientes. Siempre recolectó sobre la calle Ciudad de la Paz, en el barrio de Belgrano. Sus dos hijos mayores trabajan en el CV Núñez, en el turno mañana, uno como coordinador y otro como operario, bajando bolsones. Su tercer hijo tiene 18 años, dejó la escuela y quiere entrar en la cooperativa “para trabajar ahí como sus hermanos”. Ella insistió para que termine la secundaria, “para conseguir un trabajo mejor que este” dice, y habló con directivos de la escuela y una trabajadora social, pero admite que la decisión es de él y hoy espera que pueda conseguir entrar en la cooperativa.

Entre toda la Etapa 14, Elsa se destaca por la cantidad de kilogramos que recolecta mensualmente. Tiene el hábito de revisar todos los contenedores (verdes y negros), retirar las bolsas que allí encuentra, revisarlas y separar la mayor cantidad de material reciclable. “Si me quedo solo con lo que me dan los encargados, no me alcanza”, dice. Según ella, muchas compañeras no revisan los contenedores, no quieren hacerlo y se concentran solamente en captar el material proveniente de clientes. Eso, dice, limita mucho la cantidad de material posible a recibir. Acompañarla en su salida permite dimensionar la cantidad de materiales reciclables que se encuentra en los contenedores. En una jornada, completa un bolsón exclusivamente con material retirado de contenedores negros que se encuentran en su zona de trabajo.

Este tipo de práctica tiene, al menos, dos grandes desventajas. Por un lado, la recolección en contenedores le exige a las RA un trabajo mucho más intenso en tiempo y esfuerzo, en comparación con la recolección en mano de los clientes. Por otro lado, el retiro en el contendor implica un riesgo mayor de sufrir alguna lesión. Para disminuir el riesgo utiliza guantes, algo que no está generalizado en sus compañeras. Sin embargo, se lastimó un brazo y la espalda hace un mes, cuando la tapa de un contendor verde se le cayó encima mientras retiraba una bolsa. Tanto la intensidad de esta práctica como los riesgos se ven incrementados por el propio diseño de los contenedores que obstaculizan su inspección.

Imagen V: Contenedores verdes y negros en el barrio de Saavedra, una de las zonas de trabajo de la cooperativa Las Madreselvas, Ciudad de Buenos Aires, 2022

Fuente: propia

La inspección de contenedores por parte de los RA —y esto se acentúa en los cartoneros independientes— es una práctica que no puede soslayarse, más allá de su prohibición normativa. Para Elsa es lo que le permite distinguirse como una recuperadora que “junta bien”: “Mis compañeras dicen que yo junto mucho material, pero es por esto, no te podés quedar solo con lo que te dan los encargados”, me dice. En agosto de 2022, recolectó aproximadamente 2.500 kg, lo que le significó un plus por productividad de $37.500 (2.500 kg. x $15/kg). La cifra significa más del 50% del valor que percibe como salario.

Desde que comienza la jornada de trabajo cartonero, como vimos en los relatos de campo, uno de los lazos fundamentales de la actividad es con los clientes. Esta es una categoría muy utilizada en el trabajo cartonero y refiere a las personas, los hogares y los comercios con quienes el recuperador llega a un arreglo para retirar los materiales reciclables (Carenzo, 2011: 29). Según Carenzo (2011), pero también como han dado cuenta trabajos como los de Gorbán (2014), Dimarco (2007) y Perelman (2008), la “repetición del recorrido” junto con la “predisposición al orden e higiene en su labor” son los elementos centrales para “hacer clientes” (Carenzo, 2011: 29). Uno de los propósitos de las prácticas de los RA es la de generar previsibilidad en los clientes. Al comunicarse con ellos, al programar sus visitas de acuerdo a los horarios establecidos, los recuperadores están componiendo lazos de confianza para que los clientes tengan un mayor grado de certeza sobre lo que sucederá. Por ello, como reflejan Luis y Salvador, resulta tan valioso “saber quién es”, ya que implica una garantía del modo en que se desplegarán ciertas prácticas, una seguridad de la regularidad de flujos, una certeza sobre el modo en que sucederán las cosas. Esa confianza, claro, en muchos casos, está reforzada por la afectividad que se logra establecer. Este vínculo con clientes, los sentidos y confianzas que se ponen en juego, son descriptas notablemente en los trabajos de Débora Gorbán (2014) y Johanna Maldovan Bonelli (2014). En este último se llega aún más lejos, sosteniendo que la construcción de confianzas funciona como eje principal en torno al cual gira el oficio del cartonero (Maldovan Bonelli, 2017).

Como un mecanismo para estabilizar las prácticas de separación en origen y las relaciones entre clientes y cooperativas, en el marco del Sistema de Recolección Diferenciada, se comenzó a entregar remitos que certifican la recepción del material reciclable. Esta es la forma a través de la cual las distintas partes involucradas (Estado local, cooperativas y clientes) obtienen una constancia de los flujos de materiales, lográndose así mayores grados de institucionalización de las prácticas de recolección. Para los clientes, recibir el remito es una forma de obtener un documento que certifica que realizan la separación en origen. El Estado local posee un área de fiscalización específica y, ante una posible inspección, el cliente debe mostrar este documento como forma de certificar un adecuado manejo de los RSU. Desde la mirada del Estado, es lo que permite el control y una cierta coacción en caso de no estar acoplándose a lo establecido. Desde la perspectiva de la cooperativa, certifica la tarea de recolección realizada y, en el caso particular de los recuperadores, funciona como un método de captación de clientes: deben entregarle los materiales en mano para que ellos puedan hacerles entrega del remito. Visto desde una mirada sistémica, podemos pensar este mecanismo como una codificación de los flujos de materiales, un procedimiento que permite un mejor ejercicio del poder y del control sobre el territorio urbano como forma de impulsar prácticas de separación en origen. Sin embargo, en el trabajo campo no hemos podido registrar instancias de articulación entre las prácticas de recolección de los recuperadores y las instancias de fiscalización del Estado local, lo que hace a este ejercicio del poder un procedimiento mucho más difuso, dispendioso y menos efectivo.

Ahora bien, además de las propias prácticas de recolección, las comunicaciones, los afectos con los clientes, los documentos producidos y la regularidad y frecuencia con la que se hace el retiro del material, existen otros mecanismos que funcionan como formas de componer confianzas con clientes y actores que participan de las dinámicas territoriales. Tal como muestra Elsa, los contenedores son objetos que juegan un papel importante en la recolección en calle. Son fuente de materiales —representando en algunos casos la principal de estas fuentes—. Además, funcionan a veces como lugar de la parada o base de trabajo, donde los recuperadores se instalan a realizar sus tareas de clasificación, lo que permite construir una referencia en el territorio: “es porque me ven y saben quién soy”, decía Héctor. Los actores del territorio identifican el espacio y el recuperador funcionando a la par. Los carros, al permitir al RA trasladar los materiales desde los clientes hasta la parada, y los bolsones al brindar visibilidad en las esquinas o paradas, también colaboran en este funcionamiento. Así, le dejan junto al contenedor bolsas con materiales cuando no pueden encontrarse con los recuperadores o se dirigen allí para contactarse y dejarles materiales o donaciones. En ese sentido, todos estos ensamblajes de objetos y técnicas de trabajo funcionan también como dadores de previsibilidad. Aunque instalados como modalidades diferentes, en la práctica en el territorio “recolección en mano” y “contenerización” funcionan como modalidades de recolección ensambladas.

Si comparamos el trabajo que realizaba Julio en 2019 con la campana y el que realizaba Elsa en 2023 con los contenedores negros, notamos una importante diferencia en la modalidad. Mientras que un contenedor facilita el trabajo con los materiales que están en su interior, el otro complica esta colaboración. El diseño de estos nuevos contenedores apunta a obstaculizar la práctica de recolección en ellos. No imposibilita esto, sino que solo lo hace más difícil y riesgoso, a la vez que constituye una negación a la efectiva forma de realizar la recolección en muchos territorios de la Ciudad. A contramano de un acceso a los residuos como bien común, estos contenedores operan de forma significativa como penalizadores de las prácticas de clasificación. En ese sentido, además de reconocer el importante rol de los objetos en los procesos de recolección y clasificación en el territorio urbano, quisiéramos destacar el modo en que estos objetos, de acuerdo a su diseño y a su forma de acoplarse con prácticas y técnicas de trabajo, pueden colaborar u obstaculizar determinados flujos y dinámicas. Por ello es que a los carros, bolsones y contenedores les cabe el rótulo de actantes (Latour, 2008), en tanto constituyen objetos que juegan un papel activo en la forma que adquiere el dispositivo de recolección. Son tecnologías artefactuales que hacen a un ensamblaje situado en torno a los residuos[16].

Las formas de comunicación y la entrega de remitos, en tanto arreglos con los clientes, junto con los carros, bolsones y contenedores son mecanismos construidos histórica y situadamente para componer, más o menos eficientemente, la confianza con el espacio que nutre de flujos de materiales al circuito de recuperación de residuos. El efecto principal del funcionamiento de estos mecanismos es brindar previsibilidad a las prácticas de trabajo cartonero. Son aquellos mecanismos los que resultan fundamentales en la construcción de las condiciones para captar esos flujos y, sobre todo, sostenerlos en el tiempo. Por ello, definimos estos elementos como mecanismos de composición de confianza externa.

Es frente a los clientes y a los actores que integran el territorio de trabajo, y a partir de los mecanismos de composición de confianza externa, que se construye lo que Carenzo (2011) denomina una cultura material. Esto es, desde nuestra perspectiva, un régimen de valor alternativo, que crea valor a partir de la reutilización y el reciclaje. Retomando los aportes de Carenzo (2011), podemos sostener que es la palabra, el discurso y la performance por la que se construye una referencia en el territorio las que conforman herramientas por las que se desfetichiza la basura y se le pone “cara y cuerpo” al trabajo socialmente necesario para que aquello que era un desecho pase a ser materiales y, posteriormente, mercancías. Son las propias relaciones de saber-poder que se entretejen, los entramados de flujos de deseos en determinados territorios, los que constituyen un sistema de valores en torno a los residuos. Las prácticas de recolección-clasificación en los territorios urbanos no solo redirigen los flujos de los objetos en una u otra dirección, también movilizan sentidos. La desfechitización de la basura es una forma de llamar a ese movimiento de sentidos que desplaza la noción de basura como algo puramente execrable por la de residuos en tanto objeto a examinar, trabajar y recircular.

IV.2.2. Mecanismos de composición de confianza interna

No obstante, si en lo externo se busca garantizar un ingreso de materiales fundamentales para sostener el circuito del reciclaje y el funcionamiento del dispositivo de recolección, también resultan indispensables los mecanismos que componen la confianza al interior del Sistema de Recolección Diferenciada. Como veremos a continuación, a partir de las notas de campo tomadas acompañando experiencias de recuperadores de las distintas cooperativas abordadas, son estos otros mecanismos los que brindan estabilidad en el sostenimiento del colectivo, del conjunto que integra el dispositivo de recolección.

En Palermo, al momento de emprender el regreso, Julio de la Etapa 1 sube al micro en Nicaragua y Ravignani. Al ser delegado del grupo, cada RA le comunica su número de identificación como recuperador y la cantidad de bolsones que recolectaron en la jornada. Él envía a través de WhatsApp el número total de bolsones que hizo la Etapa para que Walter, un representante designado por los recolectores, pueda recibir y controlar los mismos una vez que sean descargados en el Centro Verde. Walter, junto con un trabajador del Estado local y un trabajador del CV Cortejarena, realizan el pesaje del material que ingresa al Centro Verde proveniente de la Etapa 1 y otros grupos de recolección en calle. Al preguntarle a Julio, me dice que esta es una forma de que todo el grupo tenga confianza, en lo que se pesa. De esta forma, los recuperadores, junto con el Estado local y los trabajadores del Centro Verde, garantizan la transparencia de los datos de ingreso del material a la planta de trabjo. Este es un mecanismo que garantiza la validación de los datos y la transparencia para los distintos actores que intervienen en el proceso: los trabajadores de cada ruta y etapa pueden saber exactamente cuánto material enviaron, los trabajadores del CV registran cuánto es lo que allí ingresa y procesan y el Estado local puede contar con un registro del material que retira la cooperativa de la vía pública.

Julio me cuenta que hace un año y medio que es delegado. Como tal, además de sus tareas de recuperación, cumple con tareas de representación de los compañeros de la Etapa 1 que lo eligieron para representar al grupo frente al resto de la cooperativa. Se encarga de transmitir demandas al interior de la cooperativa o también al Estado local a través de los RG; intervenir entre los RG y los recuperadores al momento de aplicar alguna sanción y mediar en la resolución de conflictos al interior de su grupo de trabajo. En algunos casos, los delegados integran además instancias de dirección al interior de la cooperativa, formando parte de la Comisión Directiva. Jamás fue usual para él ausentarse en su trabajo, pero desde que es delegado no falta nunca. Cuida de que en su grupo se tomen correctamente las asistencias —tarea que realiza el RG— porque considera importante que todos sus compañeros realicen la recolección. “Es un compromiso con el grupo”, dice.

Desde que es delegado, además de cobrar como RA, también comenzó a cobrar un Salario Social Complementario[17]. En 2019, son aproximadamente $8.500[18] que ingresan por su condición de delegado de Etapa. Varios compañeros le recriminaron estar cobrando más que ellos. Desde ese momento, dejó los clientes que tenía entonces. “Se los pasé a otros compañeros, porque yo empecé a tener una moneda más y estaba ese reclamo. Por eso me vine a este punto que es bien alejado”. Julio optó por dejar sus clientes, su parada y zona de trabajo para moverse a un margen de la Etapa donde no recolecta tanto material como antes: en un día promedio apenas llega a llenar tres cuartos de un bolsón. A cambio, recibió la confianza de los demás RA y restituyó su legitimidad frente al grupo.

En el Microcentro porteño, María, una recuperadora que tiene su parada en Bolívar y Moreno, apoyada en sus bolsones me cuenta que espera el camión que los lleva al Centro Verde. Ella asegura que siempre hay diferencias entre lo que recolecta y el pesaje que le comunican. Le envían los valores en un grupo de WhatsApp, pero en este caso no tiene ninguna representación en el predio para garantizarle esa confianza de la que hablaba Juan en su etapa. “Solo me queda confiar en Dios”, dice ella.

En Belgrano, Elsa recibe de una vecina unas bolsas con “cosas para dar”. La mujer que le entrega la bolsa le detalla: “hay unas zapatillas, unos juegos de mesa y un skate”. Elsa agradece y, en cuanto la vecina se retira, inspecciona las bolsas. “¡Están buenísimas! —dice sacando las zapatillas—. A estas las mando al zapatero y que les cambie la suela y les ponga un parchecito acá y listo”. “¡Y sabés cómo va a pedir ir a la plaza el más chico con esto!”, dice tomando el skate. En una bolsa meterá todo eso junto con otros objetos que luego se llevará a su casa: latas de aluminio que su hijo junta para vender y obtener dinero para su cumpleaños de 18, cables de cobre y un transformador que no sabe si le servirá y una cajita con varios frascos de vidrio para una de sus hermanas que hace artesanías y souvenirs para fiestas. Cuando le pregunto si compartiría su zona me dijo que eso fue un conflicto ya con la cooperativa. Tuvo que compartir sus cinco cuadras con una compañera y se dividieron la ruta en dos cuadras y media. Elsa se enojó porque su compañera no respetó esa división y conseguía clientes en las cuadras que le correspondían a ella. Además, dice, su compañera faltaba y los clientes se quejaban de que no retiraban el material: “Perdemos lugares donde retirar porque no viene. Y uno le da la zona, tiene que cuidarla”, dice. El conflicto llevó a una discusión y a la suspensión de Elsa por haberle gritado a su compañera. Al preguntarle por cómo mejoraría el trabajo, ella me respondió: “Que cada compañera pueda tener su cuadra, su ruta. No tener que andar compartiendo. Porque hay compañeras que trabajan muy bien, pero también hay otras que faltan mucho y si compartís terminan perjudicando al resto”.

En Caballito, Héctor realiza la clasificación junto a su compañero Dante. Ambos dicen estar “enojados con la cooperativa”. “El tema —dice Héctor, refiriendo a sus dirigentes— es que creen que la cooperativa son ellos”. Héctor estuvo varios días manifestando su descontento tras un conflicto por los pesajes, una discusión por si estos reflejaban lo recolectado o estaban perjudicando a los recolectores. “Está lleno de intermediarios, de innecesarios. ¡Esos son los ñoquis! ¡Esos son los que se roban la plata!”, gritaba mientras hacíamos el recorrido. Le pregunto si tienen algún delegado o representante para canalizar las demandas y me dice que no, que la dirigente de la cooperativa es la delegada de todos. “Antes hacíamos reuniones una vez al mes para discutir las cosas que estaban bien y las que no, pero eso ya no se hace más. Yo siempre lo reclamo”. “Yo creo que el Gobierno se acomodó un poco ya con nuestro trabajo y hoy ya no les importa más. No les importa si trabajamos, si trabajamos bien o mal”, continúa.

Esa jornada terminamos en la parada con Dante, clasificando lo recolectado en la mañana. En esa práctica de clasificación se van compartiendo materiales. Dante le pasa unas cajas de cartón que ya no le entran en su bolsón destinado a ese material, Héctor devolverá el gesto entregándole unas bolsas con envases PET para completar el otro bolsón que recolectó su compañero. En la parada también se acercan vecinos a dejar algunos materiales en bolsas y ropa para dar. Allí Héctor y sus compañeros tienen la costumbre de abrir lo que traen y repartirlo. Son Héctor, Dante y Valeria, que también tiene su parada o base de trabajo. Pienso en la solidaridad, esa palabra tan asociada al cooperativismo. Me parece difícil de ligarlas directamente, como si Solidaridad y Cooperativa tuviesen que escribirse con mayúsculas. Pienso, en cambio, en estas pequeñas solidaridades que se dan en ocasiones, que deben reactualizarse a cada paso, en cada jornada de clasificación, en cada bolsa a repartirse en la parada. Pienso en los pequeños conflictos situados, que atraviesan a los recuperadores y que también hacen a la cooperativa.

Durante 2023, en el marco de la campaña electoral para presidente, un compañero le argumenta a Héctor que si gana Milei se pone en riesgo la cooperativa y el trabajo. Héctor responde que a él nunca le va a faltar trabajo. “Esto que hacemos es un servicio”, me dice. “Yo soy de la cultura del trabajo y trabajo no me va a faltar, siempre va a haber un servicio y una contraprestación”. Héctor es hijo de una mujer ex policía que dejó de trabajar a pedido del marido, pero que, tras varios hechos de violencia, abandonó la casa y dejó a ella a cargo del cuidado de sus hijos. Es el mayor de tres hermanos. A los 9 años comenzó trabajando manteniendo parques y jardines. Se compró una máquina para cortar césped. Durante la escuela secundaria hizo changas, trabajos por encargo y aprendió varios oficios, electricidad, plomería, albañilería. “Yo sé levantar una casa desde cero”, dice con orgullo. Terminó la secundaria y comenzó a trabajar en una fábrica de zapatillas. En esos años tuvo un paso por la música con una banda de punk y “con esa mala junta” realizó algunos robos con arma. El primero “salió bien”, pero en el segundo, en una verdulería, el encargado del local le pegó un tiro en la mandíbula. En la fábrica de zapatillas se hizo cargo del mantenimiento de las distintas sedes en la Provincia de Buenos Aires. En 2001, en el marco de la crisis económica, fue despedido y entre 2002 y 2003 comenzó a cartonear “de casualidad”. Había conseguido unos cuantos kilogramos de revistas en un Carrefour y por la zona del barrio de La Paternal vio un cartel de un depósito que ofrecía pagar $0,5 el kilogramo de papel. Vendió lo que tenía. Le alcanzó para almorzar, pagarse el viaje de vuelta a su casa y quedarse algunos centavos. Ahí decidió comenzar a cartonear. “No conocía a nadie. En el barrio había, sí, algunos depósitos y los que cirujeaban era con carretillas grandes, o tiradas por caballo”.

Cartoneó primero en la zona del Abasto y Almagro. Ahí conoció a la madre de sus hijos. Trabajó tres años allí hasta que se sumó a la cooperativa RUO, cerca de 2007. En ocasiones, dice de una forma entre orgullosa y provocativa: “yo soy socio fundador”. En otro momento me contó que fue un referente actual de la cooperativa quien le ofreció probar una modalidad de trabajo que implicaría menos esfuerzo y cobrar un incentivo de $250 por parte del Estado local. Lo que le costó fue dejar su zona de trabajo y sus clientes. Cuando le pregunto por qué decide hoy seguir cartoneando, me dice que él cree que el sistema puede mejorar, que el reciclaje es necesario y que “con todo lo del Cambio Climático, todo esto se va para arriba”.

Cuando le pregunto por aquellos años de 2001 me dice que la situación era más difícil, la gente te trataba peor. En eso sí la cooperativa ayudó mucho”. Al consultarle si hoy siente ese estigma por parte de los vecinos del territorio en el que trabaja me dice que él no quiere “victimizarse”, que él no quiere “hacer como otros compañeros, que andan revisando los tachos de basura, se meten hasta acá (marca el pecho), ¡esos son unos negros de mierda! O andan buscando y comiendo la comida que encuentra en la basura… ‘¡No necesitás! ¡Cobrás un sueldo!’”, dice. Al preguntarle por los contenedores, me dice que él no los revisa nunca, que con lo que saca de los clientes es suficiente. “La gente también muchas veces sabe y te deja las cajas al costado o arriba de los contenedores negros”. En alguno de nuestros recorridos la vemos a Valeria, una compañera de él, metiendo la mitad de su cuerpo en uno de los contenedores. Me dice Héctor, “¿Ves? Siempre hace eso”. Le pregunto si él cree que saca mucho material así y me dice que no, que él cree que solo es “su costumbre” revisar ahí. Cuando le pregunto si ella levanta mucho material, me dice que más o menos, pero que cree que por ser mujer tampoco no puede arrastrar tanto peso.

Héctor terminaba de acomodar sus bolsones en la parada cuando una mujer se acerca y le ofrece ropa: una campera y un vestido. Él la acepta. La campera, negra, nueva, se la llevó a su hija mayor. La pollera, dijo que podría ser para su hija, pero luego la tiró en un contenedor negro de residuos. Dijo que no podía rechazarle la oferta a la vecina. Luego, cuando un encargado le entregó una bolsa con materiales reciclables y le advirtió que tenga cuidado porque contenía vidrios rotos, él valoró esa advertencia. Lo tomó como un gesto de cuidados. Luego, separó esa bolsa para revisarla especialmente: “Así ningún compañero se corta”. Héctor trabaja muy prolijamente, dice que esa es una virtud que tiene, porque mejora la relación con los vecinos y eso hace que lo quieran ahí y quieran darle más materiales.

Los relatos que se fueron reconstruyendo en esta última sección quizás resulten algo ambiguos. Solidaridades, conflictos, estigmatizaciones y gestos de confianza y de recelo se entrecruzan en un mosaico de situaciones. Me inclino por esa ambigüedad porque nos permite vislumbrar la complejidad de las dinámicas territoriales, sus vicisitudes y sus múltiples direcciones.

La toma de asistencias, mecanismo que se realiza en todos los grupos y etapas de trabajo en las cooperativas observadas, significa una mutación importante desde aquella imagen del cartonero independiente del cual se enfatizaba su nivel de “autonomía”, su “trabajo sin patrón” y el poder “salir a cartonear cuando se desee”. No solo se realiza un descuento del presentismo, sino que también existen sanciones morales que, como dice Julio, establecen “responsabilidades” con el grupo de trabajo. Es un buen ejemplo de una tecnología organizacional que combina mecanismos normativos y sanciones económicas con producción de sentidos y sanciones morales. Son mecanismos que apuntan a asegurar la presencia de los recuperadores y la confianza de que efectivizarán sus prácticas de recolección (previsibilidad) y hacen tanto a la implementación de la política pública de reciclado como a la forma cooperativa adquirida.

Otra situación que resulta ilustrativa del funcionamiento de mecanismos para la composición de confianza al interior del Sistema de Recolección Diferenciada es el relato de Julio al ser designado como delegado. La entrega de clientes y de su zona de trabajo funciona allí como un mecanismo de legitimación, una forma de ganarse la confianza de sus compañeros. Por un lado, nos deja ver el modo en que algunas posesiones pueden intercambiarse, ponerse a disposición en juegos de sentidos y afectos. Las zonas, así como los clientes o las cuadras, las campanas o los contenedores, se entregan, se reciben, se intercambian, se reparten, en una serie de negociaciones que no están atadas directamente a un criterio de rentabilidad monetaria y, por su complejidad y su escala microscópica, nos son fácilmente calculables. A la vez, nos permite dar cuenta del modo en que en ciertos grupos la institución de delegados involucra estrategias de legitimación y funciona como un mecanismo de composición de confianza al interior de un grupo. Que en otros territorios no se realice un trabajo de construcción y consolidación de estos mecanismos, como el de los delegados, tiene efectos en la confianza que se construye a nivel grupal. Lo mismo podría decirse al observar el fenómeno en un nivel cooperativo, donde mecanismos como el control del pesaje y la confianza en algún representante del grupo que pueda validar los datos en otro espacio como es el Centro Verde, escenificar “la cooperativa” como una representación más cercana y despertar mayores sentimientos de confianza.

Estos juegos de sentidos, los afectos, las formas de confiar o de legitimar a los otros, nos permiten dar cuenta, como mencionábamos antes, que en la aplicación de un dispositivo de recolección circula mucho más que dinero. Hay toda una organización moral sobre las prácticas de los actores y la disposición de los objetos. Como muestra Héctor al condenar las prácticas de recolección en los contenedores, también se juega aquí los sentidos sobre lo que significa el “trabajo” y, en particular el “trabajo cartonero”. Esto se vincula estrechamente con las formas de trabajo digno, como muestra Perelman (2010a) al dar cuenta de las valoraciones morales puestas en juego a partir de las trayectorias que moldean las formas de ganarse la vida y su legitimidad.

Lo sabemos desde el ya mencionado estudio de Saraví (1994), el trabajo cartonero se desarrolla a partir de un conjunto importante de “intercambios y relaciones económicas no monetarizadas” (p. 187). Lo vimos para el caso de la fabricación de los carritos en una de las cooperativas y en el modo de obtener las rutas y zonas de trabajo. Ninguna de estas relaciones está mediada directamente por el dinero. Por ello, aunque la cooperativización trajo modificaciones al respecto —y en la actualidad se realizan compras de bolsones, a la vez que se exploran mecanismos de fabricación de los mismos— la recuperación de residuos mantiene “volumen significativo de intercambios y relaciones económicas no monetarias” (Saraví, 1994: 189). En este sentido, en el funcionamiento del dispositivo de recolección, hay otros procesos de valorización en marcha además de la valorización económica de los materiales. Es decir, en los territorios urbanos se ponen en movimiento economías morales, políticas, de sentidos. Estas son tan indispensables como la economía monetizada que percibimos como “objetiva”. Aún más, las economías de mercado y las economías morales, como deja entrever el dispositivo de recolección, son inescindibles, están entrelazadas unas con otras. Circulan una serie de valores y sentidos morales, políticos, estéticos y son estos los que brindan un sentido a las prácticas de los recuperadores. Es así que se organizan y toman forma los circuitos del reciclaje.

Esto nos permite entender mejor las prácticas de donaciones de ropas y objetos que se observan en nuestros relatos de campo, pero también —como muestran notablemente Wilkis y Carenzo (2008)— la propia transferencia de los residuos que, al excluir el dinero, se construye como la entrega de un don que alimenta el circuito. Lo que quisiera destacar aquí, retomando el aporte de Wilkis y Carenzo (2008) es que todo dispositivo de recolección exige lidiar con los dones y con la distinción entre estos y las mercancías. Al entregarse los residuos como un don, el recuperador participa de un conjunto de colaboraciones y de mecanismos, de juegos de sentidos y prácticas de diferenciación y clasificación, que moldean estos objetos con una u otra forma. En el mencionado estudio, los autores dan cuenta del modo en que en una cooperativa del GBA construye un mecanismo para regular la distribución de los dones que son nombrados como “regalos”, sostener la unidad de la cooperativa y continuar alimentando el circuito mercantil de materiales a comercializar. Al hacer esto, disputan sentidos y moldean relaciones de poder, brindando legitimidad a unas u otras prácticas (Wilkis y Carenzo, 2008). En un ensamblaje de mecanismos, prácticas y discursos se movilizan sentidos y formas legítimas (e ilegítimas) de circulación de objetos y personas y es este complejo ensamblaje lo que hace al funcionamiento cotidiano de un dispositivo de recolección que es entonces también un dispositivo de clasificación y valoración (Wilkis y Carenzo, 2008). Así, valorización de los residuos requiere que pensemos la misma como una valorización económica, moral y, por lo tanto, en un sentido amplio, política.

IV.3. Territorios, territorialidades, cosmotécnicas

Hasta aquí hemos buscado describir las prácticas y el trabajo cartonero en los territorios urbanos de la Ciudad de Buenos Aires. Al hacerlo, nos topamos con objetos imprescindibles para las prácticas de recolección y clasificación en el espacio urbano. Por su papel activo, denominamos a estos objetos como actantes. A su vez, al analizar los ensambles de prácticas, sujetos y objetos identificamos importantes mecanismos para el funcionamiento efectivo del dispositivo de recolección. A partir de estos mecanismos, se componen confianzas, previsibilidad y regularidad que son fundamentales para la dinámica territorial en torno a los residuos. Se compone también un colectivo de personas y objetos, un ensamble donde la confianza se vuelve una dimensión importante tanto al interior como al exterior del sistema. Es que además de funcionar una economía de mercado con su lógica productivo-mercantil, en el marco de la gestión de los residuos también habitan una serie de economías morales que exigen lidiar con ciertos dones y juegos de sentido. De este modo, comenzamos a delinear una cartografía del Sistema de Recolección Diferenciada, indagando en las líneas y formas que integran el dispositivo de recolección de RSU secos en la Ciudad, el modo en que se ensamblan en un entramado sociotécnico determinado.

En primer lugar, decíamos, nos enfocamos en el conjunto de prácticas desplegadas por los cartoneros en su trabajo cotidiano en el espacio urbano. Esto nos permitió volver a poner la mirada sobre sujetos y prácticas ya muy visitados por la literatura sobre el tema, al reconocer el trabajo central que realizan los cartoneros en el circuito de reciclaje de las grandes urbes y, en particular, del AMBA. Hemos podido, sin embargo, identificar algunos matices propios del especial trabajo cartonero en el marco de una política pública a gran escala que integra este trabajo en todo un sistema de recolección diferenciada más amplio. Este sistema, si bien presenta continuidades con el oficio cartonero anterior, le brinda singularidades y lo distancia de aquellas descripciones de la década de 1990 o principios del siglo XXI.

Ahora bien, la cartografía permite volver sobre las prácticas fundamentales en el proceso de recolección protagonizadas por los cartoneros, pero también restituirle un papel activo a una multiplicidad de artefactos y objetos que, justamente por este nivel de participación en el sistema, los hemos denominado como actantes. Vimos que los bolsones, carros y contenedores pueden variar sus diseños, sus formas, ubicaciones y funciones. Su funcionamiento no puede darse por hecho, sino que exige ser analizado en su praxis. Contar o no con un carro para la jornada de trabajo posee muchos otros matices que hacen a las características del artefacto, el modo de transportarlo, guardarlo, el propósito de utilización del mismo, las características del territorio sobre el que se utiliza, etc. Los contenedores han cambiado su diseño a lo largo de los años, variando su forma, color y su propio propósito. Algunos como las campanas facilitaban el trabajo de los recuperadores, permitiendo vaciarlos e inspeccionar su contenido. Los últimos modelos, asemejan su diseño a los contenedores negros destinados a los RSU y deliberadamente obstaculizan el acceso a los materiales que se contienen allí, apuntado solo al retiro con camiones. Como nos muestran los casos reconstruidos en los relatos de campo, en sus prácticas de recolección en el territorio urbano muchos cartoneros hacen uso de los contenedores como fuente de materiales y también como referencia para sus bases de trabajo: referencia que sirve tanto para el resto de la cooperativa como para vecinos de la zona. Desde la práctica cartonera, contenerización y entrega en mano de los RSU secos no constituyen modalidades absolutamente disociadas ni tampoco necesariamente contradictorias entre ellas. En ese sentido, que el modelo de los contenedores verdes sea diseñado para una obstrucción de estas prácticas, sumado a una normativa prohibitiva al respecto, refuerzan las controversias ya existentes y obturan posibilidades de potenciar formas de trabajo.

A su vez, hemos invocado diferentes figuras y situaciones en nuestro trabajo de campo como una forma de dar cuenta de la heterogeneidad y, a la vez, percibir ciertas regularidades al interior del Sistema de Recolección Diferenciada. La multiplicidad de flujos de deseos que componen el proceso de recolección de RSU secos se sostiene y actualiza, como vimos, a partir del ensamble de una serie de mecanismos que hacen al entramado colectivo. A algunos de ellos los hemos denominado mecanismos de composición de confianza, ya que es este lazo el que brinda cierta previsibilidad, un determinado grado de certidumbre. Son ellos los que permiten sostener la trama de recolección y clasificación de los residuos en su exterioridad (con clientes, vecinos y actores del territorio, permitiendo un ingreso constante de flujos al circuito) y en su interior (entre los recuperadores, cooperativistas y trabajadores del Estado local, habilitando la circulación de estos flujos dentro del sistema). Es esta consecución de mecanismos, de tecnologías artefactuales y organizacionales, lo que habilita a miles de recuperadores a equiparse con los medios de trabajo, a proveerse de materiales, a colaborar grupalmente y sostener cooperativas de tales dimensiones. Visto desde esta perspectiva, el dispositivo de recolección se compone de esta serie de mecanismos que aseguran su aplicación, estabilizando los múltiples colectivos que lo atan a los ya heterogéneos territorios urbanos.

La técnica cartonera adquiere su forma en el ensamble de todas estas líneas, en el enjambre entre actores, actantes y mecanismos. Se forma en un conjunto de prácticas y agenciamientos que hacen al territorio urbano. Al aportar a una cierta dinámica, le imprimen una determinada territorialidad. Los residuos deviniendo materiales y mercancías, los intercambios de gestos con los clientes, los pequeños lazos de solidaridad entre compañeros constituyen todos ellos valores en circulación, efectos de una dinámica territorial y una serie de regímenes de valores que se movilizan. Es decir, son los valores emergentes de una determinada territorialidad. Al detenernos en las diferentes territorialidades que se ponen en juego en el proceso de recolección, al observar ciertas regularidades allí presentes, podemos identificar algunos contrastes. Este contrapunto funciona como un modo de marcar una tensión al interior del dispositivo de recolección de RSU secos, donde priman determinadas lógicas de subjetivación, modalidades de puesta en funcionamiento de los sujetos del Sistema de Recolección Diferenciada.

Al comenzar, hemos reparado en las prácticas de recolección como un primer ciclo de clasificación. Allí, las prácticas de clasificación segmentan los RSU entre desechos y materiales, estos últimos dirigidos para ser transformados en mercancías. Al precisar que la distinción no es entre reciclables y no-reciclables o entre orgánicos e inorgánicos, apuntamos a destacar el criterio mercantil que prima en la práctica de recolección de los cartoneros. Este aspecto, constitutivo del oficio cartonero, no resulta obvio si lo que estamos analizando es también una política pública impulsada desde el Estado local y que pretende aumentar los niveles de reciclaje y disminuir el volumen de materiales a enterrarse en complejos ambientales del CEAMSE. Por su estrecha vinculación con la búsqueda de rentabilidad y su apego a las reglas del mercado, podemos denominar a esta modalidad de funcionamiento como lógica productivo-mercantil. Es esta lógica la que, según lo analizado aquí, dirige parcialmente las prácticas de clasificación y conduce el dispositivo de recolección. Algunos mecanismos, como el plus por productividad, refuerzan imágenes sobre la performance individual, ligan muy estrechamente al RA con una forma de individualidad productiva y lo alejan de una contemplación de su figura como parte de un colectivo. Otros mecanismos, como la comercialización colectiva, tal como veremos en profundidad en el Capítulo VI, se montan sobre esta lógica y apuntar a reconducirla en otros sentidos. Como argumentaremos, este mecanismo apunta a operar sobre la lógica productivista existente, redireccionar las reglas individualizantes del mercado y conformar redes de colaboración entre los seres humanos y no-humanos que habitan el Sistema de Recolección Diferenciada.

En simultáneo con el funcionamiento de esta lógica productivo-mercantil, también hemos dado cuenta aquí de otras modalidades de funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada. Según lo relatado, no alcanza con prácticas guiadas por la rentabilidad monetaria para explicar las dinámicas territoriales. Más bien, toda territorialidad se encuentra cargada de intercambios de sentidos, dones y contra-dones, gestos y un sinfín de signos en circulación. Al “pasar una zona”, “entregar unos clientes”, ayudar a un compañero a completar un bolsón se están poniendo en circulación valores que no se producen en, ni se dirigen al mercado. Estas prácticas son más bien guiadas por lo que podemos denominar como una lógica comunitaria, en tanto su sentido es otorgado por aquello que estos sujetos componen en común, sea esto “la familia”, “el barrio” o “la cooperativa”. Una lección que nos dejan los relatos de campo aquí reconstruidos es que el funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada resulta incomprensible sin considerar los valores e intercambios que estas composiciones en común poseen para los cartoneros y que confieren otras formas de territorialidad. Las codificaciones que brindan sentidos a los territorios urbanos de la recolección son, aquí, mucho más amplias que las fronteras del mercado.

Estos códigos propios de las territorialidades urbanas forman, así, un juego de sentidos y traducciones. Hay segmentaciones molares importantes, divisiones binarias que conducen los flujos hacia bifurcaciones entre desechos y mercancías. Esta sobrecodificación del campo social, a veces, puede obturar la comprensión del territorio como si este solo fuera un espacio de extracción de rentabilidad. Pero esto resulta una lectura sesgada del dispositivo de recolección. Allí se movilizan también flujos moleculares, operaciones microscópicas, que ven incluso escapes del barrio, búsquedas de placeres, pequeñas dominaciones, elementos que se encuentran en la basura y que resultan dignos de ser trasladados por el mero deseo de ser contemplados. Esto también debe incorporarse al análisis del dispositivo de recolección y a ello nos referíamos cuando, en la primera parte de la tesis, hablamos de “captar las tramas sensibles” (Perlongher, 2016: 144) que constituyen al espacio urbano y conforman el ensamblaje de líneas que es el Sistema de Recolección Diferenciada.

Cabe aclarar que el grado de institucionalización de las prácticas o mecanismos no conforma, a priori, un criterio determinante para el desarrollo de estas lógicas de subjetividad. Existen mecanismos institucionalizados, como el plus por productividad, que abonan a una lógica productivo-mercantil y otras líneas, como el reconocimiento de la preexistencia de trabajo, que aportan a lógicas comunitarias. Encontramos sanciones morales, como la de Héctor a sus compañeros que revisan los contenedores, que están institucionalizadas en el marco del sistema de gestión y que, sin embargo, hacen a lógicas comunitarias propias de las economías morales en las que se inscriben algunos cartoneros. En otros casos, prácticas de recolección de materiales para su reparación o venta de forma individual no se encuentran institucionalizadas y sin embargo responden a una lógica productivo-mercantil. Comprender esto nos permite aclarar que, más allá de que en el funcionamiento general del Sistema de Recolección Diferenciada y en las territorialidades producidas prime una lógica productivo-mercantil, no estamos aquí ante una dicotomía entre institucionalización de una política pública en busca de rentabilidad, por un lado, y cooperativización no-estatal comunitarista, por el otro. Más bien, nos encontramos ante ensambles dinámicos donde estas lógicas se solapan, a veces colaborativamente, en ocasiones de forma conflictiva.

La inscripción territorial de los RA y la territorialidad producida son, entonces, la resultante de la tensión entre dos lógicas, aunque podríamos añadir que esto sucede con primacía de la primera. Por un lado, esto responde a una explicación histórica: los cartoneros se movilizan, entre otras cosas, como una forma de ganarse la vida (Perelman, 2010) y ello se traduce en la búsqueda de un ingreso monetario. Aun así, el conjunto de prácticas que los RA despliegan en su trabajo incorpora todo un entramado de variables y, al hacerlo, también modifican la propia dinámica que adquieren los territorios de la ciudad. En este sentido, el desarrollo de estas lógicas permite pensar cómo sobre los territorios urbanos de la Ciudad se ensamblan, en diferentes grados, territorialidades mercantiles y comunitarias. Esta tensión está presente en todo el trabajo cartonero, desde el ingreso a la actividad hasta el retiro y “transferencia” de zonas y clientes, partiendo en viaje desde el barrio hasta cobrando lo comercializado. Cada ensamble específico resalta determinados rasgos y profundiza una subjetividad concreta.

En ese enjambre de actores, actantes y mecanismos, en ese ensamble que resalta subjetividades concretas, el trabajo cartonero no hace uso de una técnica cualquiera. Constituye, en cambio, una técnica que funciona a modo de traducción y esto es lo que nos permite hablar de esa serie de prácticas de recolección-clasificación en el territorio urbano como un conjunto de cosmotécnicas. En su “trabajar la calle”, los RA cultivan, en el territorio urbano, prácticas que permiten poner en marcha procesos de valorización sobre aquellos objetos que, desde una cultura del consumo y el descarte, aparecen como basura.

Como muestra extraordinariamente Carenzo (2011), nuestra relación cotidiana con el sistema de gestión de los residuos en el AMBA ha naturalizado una definición de basura como “toda materia inerte que se vuelve inútil tras el acto de consumo” (p. 21). Esto induce una invisibilización y un ocultamiento de esta materia una vez que finaliza la relación entre consumidor y objeto de consumo. En ese sentido, el vínculo con la basura “adquiere un sentido marcadamente funcional e instrumental (deshacernos de ella), preservándonos de encarar la mínima reflexión acerca de lo que ocurre con su gestión, tratamiento y disposición final” (Carenzo, 2011: 21). El modelo CEAMSE, en tanto forma paradigmática de gestión de los residuos en el AMBA desde 1977, ha privilegiado este tipo de vínculos, primando así una relación de absoluta distancia, ignorancia y repulsión en el manejo de los residuos. Por ello es que podemos hablar de una cultura del consumo y descarte y su régimen de valores correspondiente.

Ahora bien, desde una mirada propia de la economía circular, no habría un afuera al que expulsar los objetos de descarte, sino que los mismos debieran ser reintroducidos en uno u otro territorio de vida. Aquello que, visto desde un paradigma, es basura destinada “a su lenta degradación en el relleno sanitario”, visto desde un paradigma emergente, es reconfigurado a partir del trabajo de los recuperadores (Carenzo, 2011: 21). Es en este sentido que las prácticas de recolección y primer ciclo de clasificación aquí observados ponen en marcha una traducción. Al segmentar la materia en desechos y materiales (posteriormente, mercancías) le dan “vida social” y cargan de “nuevos sentidos” estos objetos (Carenzo, 2011: 21). Desde este régimen de valor alternativo se considera los objetos como potencialmente reutilizables o canalizables hacia un circuito de reciclaje. La separación en origen es una forma de denominar esta transformación en el régimen de valor al interior del “mundo privado” de los hogares o los comercios. El primer ciclo de clasificación llevado a cabo por los cartoneros tiene la singularidad de operar en el territorio urbano —en el “espacio público”— y producir efectos en ese lugar oscuro para las políticas públicas como es el “mundo privado”. Este pasaje de un régimen de valor a otro se produce de manera sincrónica: aquello que es basura para un régimen de valor, en un mismo momento dado, es considerado material reciclable o mercancía para otro. También funciona el pasaje de manera diacrónica: materiales que en algún momento dado quedan relegados como desecho por no encontrarles utilidad o por no poder ser comercializados, luego logran un lugar ya sea como materia prima de otros procesos o como mercancía en algún mercado.

Las prácticas de recolección-clasificación operan así un redireccionamiento de los flujos, una traducción de los mismos desde un régimen de valor a otro. Ese pasaje es lo que habilita que los objetos encarnen otros valores (Carenzo, 2011). La “misma materia” se observa de otro modo, como si fueran otros objetos: ya no basura a expulsar, sino residuos a examinar. Se redistribuyen las existencias de nuestro mundo, se captan diferencias que, hasta entonces, aparecía como imperceptibles. Así, se redireccionan los flujos de materiales, se apunta a disminuir la presencia de reciclables en los contenedores negros y, en los mejores casos, se consigue el material en mano, disminuyendo el tiempo en que los objetos permanecen en el espacio público. Un reordenamiento de los existentes, de nuestras cosmovisiones. Las prácticas cartoneras buscan crear una vida para aquellos objetos, explorar conexiones que, en términos de Stengers (2017), les brinden nuevas potencias de actuar. Y así también lo hacen con los demás actores humanos que participan de la territorialidad sobre la que intervienen: reconfiguran sensibilidades, habilitan posibilidades de imaginar otros destinos para los otrora inertes objetos-basura, componen maneras de redireccionar sus prácticas cotidianas. Esto puede ser, al mismo tiempo, un gesto de traición al rol hegemónico de sujetos-consumidores y un camino de aprendizaje, reinvención y reactualización de formas de cooperación.

Al comenzar el capítulo, mencionábamos la pregunta por el modo en que funcionan de forma disociada una problematización de la basura a nivel global, la “creciente-basura-del-mundo”, y las prácticas cotidianas que componen los residuos domiciliarios, “nuestra-propia-bolsa-de-basura” (Ocvirk, 2023: 29). Mientras que en el primer caso existen numerosas producciones periodísticas y académicas, foros globales, encuentros de gobiernos locales y nacionales, líneas de financiamiento internacional y otra multiplicidad de mecanismos y mediaciones que toman a la “creciente-basura-del-mundo” como objeto, no podemos decir lo mismo de la segunda. Aun no existen líneas claras que se diseminen por el campo social para un ejercicio de problematización de los residuos domiciliarios, el ámbito “privado” continúa siendo un lugar oscuro de intervención y los ensambles en torno a “nuestra-propia-bolsa-de-basura” resultan muy difusos[19]. En ese marco, con un modelo de consumo-descarte que, bajo un sistema de recolección indiscriminado, hizo de la separación de residuos una tarea extra y, principalmente, ignorada por la mayoría de los sujetos (Carenzo, 2014a), las cosmotécnicas cartoneras constituyen una emergencia histórica singular. Con su conjunto de prácticas y técnicas colaboran en una problematización de los residuos domiciliarios y, estableciendo su base de trabajo en el espacio público, se sitúan en las fronteras del “mundo privado”. Dejan tras de sí un conjunto de trazos, una serie de códigos de traducción, de sentidos otros, que van a contramano de una cultura hegemónica del consumo-descarte. Son capaces de reconocer diferencias entre aquellos objetos que, desde el paradigma imperante, son posicionados como basura. Aprender que esas diferencias cuentan, reformulando a Vinciane Despret (2022), requiere que podamos conectar con aquello que importa para los seres que habitan el territorio, un arte que exige poner en jaque nuestras formas imperantes de dar valor y degustar nuestro mundo.


  1. Así también existen numerosos trabajos que, como hemos visto, abordan desde el ámbito académico y especialmente desde las ciencias sociales la recolección, clasificación y tratamiento de los residuos, pero una amplia vacancia en investigaciones que se enfoquen en la producción de materiales y en la generación de residuos en el “mundo privado”.
  2. Se refiere al servicio militar obligatorio impuesto en Argentina desde 1901 hasta 1994. El punto de inflexión para el fin de esta política fue el hallazgo del cadáver del conscripto Omar Carrasco el 6 de abril de 1994 en el Grupo de Artillería 161 de Zapala, provincia de Neuquén, la mediatización del caso y el posterior “aluvión de denuncias sobre muertes, malos tratos y torturas a los conscriptos” (Silla, 2004: 215).
  3. Para una introducción e historización de estos dispositivos y su enfoque integral y comunitario, puede consultarse el trabajo de Norro (2017) y, especialmente, el documento de la Red CAACs (2019).
  4. Este tipo de envases de poliestireno (denominados plásticos tipo 6-PS), en 2022 consiguieron un lugar en el mercado, por lo que la cooperativa comenzó a venderlos y, los RA como Julio, a recolectarlo.
  5. Una lectura similar de estos obstáculos que trajo el proceso de pasaje a la modalidad de campanas puede hallarse en el trabajo de Schamber y Tagliafico (2020).
  6. Al menos hasta la pandemia de SARS-Cov-2, por la concentración de actividades administrativas y económicas, el Microcentro era uno de los principales centros de producción de RSU secos valiosos, principalmente cartones y papeles blancos y planillas.
  7. Un incentivo o salario de calle en diciembre de 2019 constituía un ingreso mensual de, aproximadamente, $15.000, es decir, alrededor de US$237 por mes. En noviembre de 2022 este valor era de $46.000, es decir, US$265, aproximadamente.
  8. A fines de 2019, aproximadamente US$0,08/kg.
  9. A fines de 2019, aproximadamente US$0,10/kg.
  10. Por considerarla una tecnología organizacional particularmente relevante, volveremos y desarrollaremos ampliamente el “sistema de venta colectiva” en el capítulo VI de esta tesis.
  11. La transmisión de un oficio y una serie de prácticas como estas supone un complejo ejercicio de traspaso generacional, tal como lo refleja bellamente Agnès Varda (2000) en su película Los espigadores y la espigadora. El problema de la transmisión de las prácticas cartoneras, sin embargo, pareciera aun no haberse estudiado en profundidad por la literatura sobre el tema.
  12. Profundizaremos este saber-hacer sobre la siembra y cosecha de clientes en el capítulo V, al observar el trabajo de algunos RG.
  13. En el capítulo V nos centraremos en algunos de estos mecanismos específicos para intervenir en la separación en origen.
  14. Hablamos aquí de primer ciclo de clasificación ya que, como veremos en el capítulo VI, en los Centros Verdes se lleva a cabo un segundo ciclo de clasificación donde los materiales recolectados por los RA son nuevamente separados con criterios más específicos.
  15. En el capítulo VI, retornaremos a la situación donde el RA, al recolectar el material, pone en consideración los procesos posteriores de clasificación y profundizaremos en el funcionamiento de los Centros Verdes y el proceso de producción del mecanismo de comercialización colectiva.
  16. Otros actantes imprescindibles en la trayectoria del trabajo cartonero en el AMBA que aquí no analizamos detenidamente son los transportes. El transporte ferroviario, objeto de diversos estudios, significó la posibilidad de viajar desde el barrio con los carros hasta diferentes zonas de la Ciudad de Buenos Aires y formar organizaciones a partir de la representación por vagones o por estaciones en las que se descendía para realizar la recolección (Dimarco, 2005; Gorbán, 2014). En la actualidad, los transportes, los viajes y las grupalidades que allí toman forma continúan jugando un papel central en la dinámica del trabajo cartonero.
  17. Se conocía como Salario Social Complementario un ingreso económico de carácter no remunerativo y mensual que se percibía de forma personal y que comenzó a implementarse a partir de la sanción de la ley nacional Nº 27.345. Dicho ingreso tenía como objeto, según la propia ley, “solventar, apoyar y promover los esfuerzos individuales y colectivos de los sectores sociales más postergados, dirigidos a concretar su fuerza laboral en un trabajo formal y de calidad” (Ley Nº 27.345). Luego, con los cambios en el Gobierno Nacional, el programa modificó su nominación pasando a llamarse Potenciar Trabajo y, posteriormente, Volver al Trabajo.
  18. A fines de 2019, esto significaba aproximadamente US$134.
  19. Isabelle Stengers (2017) señala cómo a través de ciertos discursos se refuerza la figura del consumidor y su confianza en el crecimiento a partir de mecanismos como la medición de la huella ecológica o de carbono, artilugio que consolida miradas egoístas de un estilo de vida consumista, apelando a la buena voluntad individual y a la confusión en las políticas públicas.


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