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Una cartografía
para las fuerzas del orden

El primer plano policial de Montevideo, Uruguay (1843)

Nicolás Duffau

Introducción

El trabajo analiza el proceso de elaboración del primer plano moderno con el que contó la policía de Montevideo en el año 1843, dibujado por el calígrafo Juan Manuel Besnes e Irigoyen e impreso en forma masiva para uso de los agentes de calle. El plano fue solicitado por Andrés Lamas, jefe político y de policía, quien buscaba el mayor control posible de los espacios públicos de la ciudad.

Este plano ha sido analizado por la historiografía posterior desde su dimensión monumental y como resultado de la intención “republicana” de las autoridades de Montevideo por modificar el nomenclátor colonial. En nuestra presentación buscaremos insertar el análisis del documento en el proceso de reformas administrativas promovidas por Lamas, que buscaron cambiar las funciones policiales. Asimismo, servirá para vincular la representación geográfica con la dimensión de las prácticas policiales y la construcción de un tipo de conocimiento en el que intervinieron varios agentes estatales. También es una forma de incorporar las representaciones topográficas y cartográficas que en los últimos cinco años han ganado cada vez mayor relevancia documental en la historiografía uruguaya[1].

Para comprender el contexto del mapa es imprescindible dar cuenta de la actuación de Andrés Lamas (1817-1891) como jefe Político y de Policía de Montevideo durante los dos primeros años del llamado Sitio Grande (1843-1844), que marcó el inicio del asedio a la ciudad de Montevideo durante la Guerra Grande. El sitio de Montevideo comenzó el 16 de febrero de 1843, fecha en la que el Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina, comandado por Manuel Oribe, puso sitio a la ciudad puerto de Montevideo. Oribe, presidente constitucional electo en 1835, había sido depuesto en octubre de 1838 por Fructuoso Rivera (primer mandatario constitucional de la historia del Uruguay) quien contaba con el respaldo de unitarios, la armada francesa y caudillos riograndenses. Oribe se refugió en Buenos Aires y obtuvo la protección de Juan Manuel de Rosas. Las acciones bélicas comenzaron en 1839. El triunfo en la batalla de Arroyo Grande el 6 de diciembre de 1842 permitió a las fuerzas oribistas ingresar a territorio oriental y sitiar Montevideo.

A partir de febrero de 1843 y hasta octubre de 1851 en el Estado Oriental del Uruguay convivieron dos gobiernos: uno limitado a Montevideo y su línea defensiva, comúnmente llamado de La Defensa, que contó con el respaldo de las armadas británica, francesa, legionarios europeos, del Imperio del Brasil y del gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza. El otro foco de poder, encabezado por Oribe, fue conocido como gobierno del Cerrito de la Victoria, que en el correr de la década de 1840 controló los extramuros de la ciudad y la mayor parte del territorio. Montevideo quedó dividida entre la zona fundacional, conocido como Ciudad Vieja, la llamada Ciudad Nueva que se extendía desde las murallas del casco antiguo hasta el ejido colonial de la ciudad y los extramuros, donde se encontraban las localidades de la Aguada, Arroyo Seco, Miguelete, Cordón y Tres Cruces, que pasaron a ser el último punto de la línea defensiva.

En ese contexto, Lamas fue designado jefe Político y de Policía, una función medular para la seguridad interna de la plaza de Montevideo[2]. Hasta mayo de 1844 Lamas ocupó la jefatura y llevó adelante distintas estrategias que buscaron reafirmar el rol que cumplía la policía dentro de la ciudad como mantenimiento del orden, control de poblaciones u organización de la defensa interior. Lamas consideró a la policía como una “consecución lógica de la Administración” y se refería a las funciones policiales como parte de una “ciencia”[3]. En ese sentido es que podemos sostener que Lamas fue uno de los primeros reformadores de la policía montevideana, a través de un proceso en el que buscó, por un lado, organizar la ciudad y, por otro, dotar a sus subalternos de algunos instrumentos “modernos” que facilitaran el cumplimiento de sus tareas.

En el período estudiado encontramos una policía preocupada por el problema del orden interior de la ciudad, cumpliendo tareas consideradas de “baja policía”, es decir una “técnica de gobierno” caracterizada por la intervención en el espacio público para saber datos básicos de la población, organizar el suministro de distintos bienes de consumo, la circulación de mercancías, la regulación del mercado laboral y las tareas de tipo sanitario (L’Heuillet, 2010: 41-59; Foucault, 2006). El contexto de guerra y el sitio a la ciudad potenció esta situación. Como señaló Godicheau (2013) la idea de “orden público” era “primero el orden de lo público”, que explicaría el pasaje de sociedades jerarquizadas y controlables a plantas urbanas en crecimiento, extensivas, en algún sentido igualitarias y a sociedades carentes de una autoridad vertebradora del poder. Esa idea de orden, asociada a la paz interior, expresó la visión de los grupos políticos y económicos dominantes de Montevideo, en un contexto de sitio y guerra que fomentó la necesidad de control ante la presencia de enemigos exteriores e interiores (Duffau, 2020).

La policía se convirtió en uno de los principales recintos de información sobre los flujos poblacionales, la situación habitacional, así como las diferentes actividades comerciales. La necesidad de contar con datos precisos valía tanto para los habitantes ya asentados en la ciudad, como para aquellas personas recién llegadas y entre las cuales se sospechaba que podían encontrarse enemigos políticos, capaces de hacer la guerra desde el interior de la ciudad, recopilando información, generando rumores, noticias o directamente saboteando la actuación gubernamental (Duffau y Etchechury, 2019).

Un problema generado por el sitio fue la presencia fluctuante de población que llegó a Montevideo. Según estimaciones unas tres mil personas provenientes del medio rural arribaron a la ciudad en forma previa al asedio (Etchechury, 2017). A eso se agregó un “aumento de la población menesterosa y enferma” (Arredondo, 1928: 25), que probablemente comprendiera a todas aquellas personas incapacitadas para hacer la guerra y la importante corriente migratoria europea que desde la década de 1830 provocó un significativo aumento de la población. En 1843 de los 31 189 habitantes censados, sólo 11 431 eran “orientales”. Los seguían 5324 franceses, 4205 italianos, 3406 españoles, 2553 “argentinos”, 1344 africanos, 659 portugueses, 606 ingleses, 492 brasileños y 1169 de diversas nacionalidades (Acevedo, 1933: 191).

Desde comienzos de 1843 se sucedieron edictos policiales que buscaron organizar el espacio urbano, en especial el vinculado al mundo productivo. De este modo se estableció un registro de trabajadores matriculados que obligaba a todos los empleados a portar una papeleta que explicitara la “clase de trabajo” o “profesión”, nombre del empleador forma en que “le es pagado su salario”, así como, “domicilio y el de su principal [empleador].” La normativa comprendía a “[…] todos los peones de albañil, de barraca, de saladero, de hornos, panadería, los que se ocupan en la estiba de buques, los lancheros y en general todos aquellos cuyos trabajos se paguen por día”, “los oficiales de carpintero, herrero, hojalatero, pintor, platero, zapatero y en general de todo asta [sic] mecánico cuyos trabajos se paguen por obra”, “los mozos de fonda, café, taberna, los cocineros, carreros y carretilleros, los dependientes de casas de comercio por menor, peones de quinta y chacra, y en suma todo aquel cuyo salario le sea pago por mes o por año.” En los casos en que la persona no contara con domicilio fijo, debía presentar a dos testigos fiadores, “vecinos respetables”, que garantizaran que el portador de la papeleta era una persona de confianza. La normativa reguló los espacios y horarios laborales, en especial para la venta ambulante que quedó restringida a los menores de dieciséis años[4]. De este modo, cada grupo social sufría un proceso de delimitación del territorio que podía habitar u ocupar, en un creciente proceso de formación del mercado laboral (Thul, 2019).

Confinar a los hombres y mujeres que desarrollaban determinada actividad laboral a un espacio cerrado era una forma de mantener el control urbano. A su vez, cumplía una función policial en la medida que buscaba evitar todo desborde popular y en la concepción de los grupos dirigentes, la presencia de contingentes de trabajadores sin control por las calles podía derivar en tumultos o asonadas. A este último aspecto se agregan dos elementos; en primer lugar, el proceso de abolición de la esclavitud, el 12 de diciembre de 1842. Por esta disposición los afros ya no serían esclavos, pero debían ser destinados al servicio de las armas. De este modo la población afro, ya de por sí vigilada por la policía, ahora contaba con la libertad que le permitía transitar por la ciudad sin autorización de amos o empleadores (Thul, 2014). En segundo lugar, Montevideo se convirtió en un foco de atracción para numerosos grupos de legionarios extranjeros (italianos, vascos, franceses, españoles, suizos, entre otras nacionalidades) que comenzaron a ocupar el espacio público, no siempre en forma pacífica. De hecho, estos colectivos llegaron a desarrollar policías interiores, pero también fueron vigilados y controlados por las autoridades de la ciudad (Etchechury, 2015).

Entrar o salir de la ciudad implicaba presentarse ante la autoridad policial para mostrar el pasaporte y dar una ubicación precisa del lugar de asentamiento o la dirección de destino en caso de abandonar Montevideo. Una nota de Lamas, fechada el 17 de marzo de 1843, sentó las bases del funcionamiento de ingreso/egreso y prohibió admitir en las casas particulares o de inquilinato a “individuos recién llegados” sin que antes se presentaran ante la policía. Los comisarios y los tenientes alcaldes de cada sección y manzana debían conocer a todos los habitantes de su jurisdicción y llevar un registro pormenorizado. Si una persona no alertaba a la autoridad sobre un huésped, así fuera familiar, podía recibir una sanción que iba desde penas pecuniarias”, “de prisión con destino a trabajos públicos desde ocho días hasta un mes”, “sin perjuicio de sujetar a los que incurran en ellas a un tratam.to más severo”[5].

La Policía ya no actuaría sólo mediante una postura de reacción ante hechos consumados, sino que tenía que escrutar la ciudad en todos sus rincones, conocer quiénes eran sus habitantes, dónde se alojaban, a qué se dedicaban y eventualmente saber de sus prácticas y conductas. Esa posibilidad excedía el contexto de guerra, aunque, sin duda, estaba influida por la situación. Esta conjunción de tareas encontró un punto de contacto en las propuestas para modificar el nomenclátor y, al mismo tiempo, conocer los límites geográficos de Montevideo.

Calles, mapas y números: instrumentos para organizar la ciudad

Montevideo se manifestaba como una ciudad en crecimiento, era el centro administrativo, económico, comercial y social del Estado Oriental. Desde comienzos de la década de 1830 las autoridades de la ciudad discutían sobre los límites y la jurisdicción, al tiempo que se sucedían distintos proyectos para ampliar la planta urbana. El 27 de enero de 1816 el cabildo gobernador de la Provincia Oriental propuso la formación de seis “Cantones o Departamentos”, entre los que se encontraba el de Montevideo. Sin embargo, los límites geográficos resultaron difusos porque la jurisdicción se describió a partir de los pueblos “cabecera” y “menores” que comprendían cada departamento[6]. Si bien hubo varias leyes de límites, la jurisdicción definitiva se fijó el 28 de agosto de 1835[7]. El problema no era estrictamente legal, sino más vinculado al uso que parte de la población daba al territorio, lo que generaba que no existiera precisión sobre dónde empezaba o terminaba la jurisdicción.

En 1829 el gobierno ordenó el inicio de la demolición de las murallas de la fortificación colonial que delimitaba a la Ciudad Vieja; la nueva zona de la ciudad que se extendió hasta el ejido, a aproximadamente un kilómetro al Este del casco en el que se fundó la villa original a mediados de 1720. Sin embargo, la demolición completa de los muros coloniales y la unión entre la nueva y la vieja ciudad se concretó luego de la Guerra Grande. Desde la década de 1830 los sucesivos conflictos políticos y militares y, a partir de 1843, el sitio, retrasaron las obras y contribuyeron a generar la indeterminación sobre límites y jurisdicciones.

Esta situación dificultó el trabajo policial ya que para comisarios u oficiales no siempre era clara la jurisdicción que les correspondía vigilar y controlar. Como ejemplo del crecimiento demográfico y urbano, en 1836 Montevideo había abandonado la división en tres secciones policiales (primera, segunda de extramuros que abarcaba Cordón y Aguada y tercera que comprendía Maroñas y el Pantanoso) y aumentado a siete secciones policiales, cada una a cargo de un comisario (Alpini, 2018:58). Las tres primeras secciones comprendían a la Ciudad Vieja, mientras las restantes se dividieron en cuarta (el Cordón), quinta (la Aguada), sexta (Maroñas) y séptima (Pantanoso). A esta delimitación en secciones se agregaban otras zonas de la ciudad como Punta Brava, el Cerro o la Aldea.

Mapa 1. Reproducción [1840] del plano topográfico del pueblo de Montevideo, 1829

Fuente: dibujado por Adrián Henrique Mynssen a partir del realizado por José María Reyes. Reproducción de Bacle y cía. Museo Histórico Nacional, Colección Cartográfica.

En el plano de arriba se puede ver la extensión de la Ciudad Vieja desde fines de la década de 1820 y durante una parte de 1830. Esa planta urbana se encontraba en proceso de desaparición. Lamas fue plenamente consciente del crecimiento edilicio y demográfico de Montevideo, por lo que se preocupó por dotar a la actuación policial de un nuevo nomenclátor y de un mapa moderno que facilitara la tarea y permitiera a la policía tener un conocimiento cada vez más asentado sobre los habitantes de la ciudad.

Lamas presentó su proyecto de nomenclátor y numeración de puertas el 21 de mayo de 1843; el 22 de mayo el gobierno aprobó la iniciativa[8]. Este impulso a un nuevo nomenclátor no era el primero del siglo XIX, ya que en otras ocasiones se habían presentado propuestas que finalmente se frustraron[9]. El nomenclátor de Lamas ha sido analizado en su dimensión historiográfica (como construcción republicana en el período de lucha por la independencia), pero no en función de su relevancia como instrumento policial (Silva Cazet, 1986; Wasserman, 2010).

Mapa 2. Plano de la Ciudad Vieja de Montevideo con nomenclátor colonial

Fuente: elaborado por el agrimensor Francisco Ros, sin fecha (circa último cuarto del siglo XIX). Archivo General de la Nación, Archivo Gráfico, cajón 19, carpeta 31, Proyecto Ciudades, Villas.

En la fundamentación Lamas señaló el contenido histórico de la iniciativa, que buscaba “rendir homenaje a las glorias nacionales que están ya fuera del dominio de la discusión y son objeto de respeto y amor para todos los hijos de esta tierra”, “hombres públicos que han trabajado y convalidado la independencia y la libertad de la doctrina sin desertar su bandera, en los duros trances y tribulaciones con que la Providencia ha querido poner a prueba la pureza y la verdad de sus exercicios y de sus sacrificios”. Sin duda el nuevo nomenclátor respondió a la intención de modificar las denominaciones coloniales (cambiar el nombre de una calle que rendía tributo a un santo por uno que aludía a un héroe de la independencia americana o una fecha emblemática), pero también puede ser analizado como un elemento que contribuyó a conformar un nuevo mapa de saberes policiales, que permitía una localización exacta de los espacios y de las casas.

La numeración de domicilios y comercios y la correcta referenciación geográfica buscaba eliminar las expresiones de uso corriente con la que se identificaba a las viviendas o los lugares. De este modo se buscó dejar atrás la costumbre que zonificaba la ciudad desde la oralidad, en función, por ejemplo, de las tareas laborales que allí se desarrollaban. En el período colonial una calle se podía llamar “de los pescadores” o de los “Judíos” [en referencia a la existencia de comercios que vendían ropa o alimentos]; a lo que se agrega que las puertas carecían de un número preciso (de María, 1957). De acuerdo al jefe político el nomenclátor y la numeración de puertas eran dos medidas imprescindibles para una ciudad en expansión que precisaba “orden y gobierno”, tenía una finalidad económica, ya que permitiría conocer en detalle todas las construcciones existentes, fundamental para “la buena recaudación de varios impuestos” y, por último, redundaría en un beneficio del comercio “y el decoro mismo de esta población”[10]. A su vez facilitó la tarea de vigilancia del espacio público y el privado mediante el relevamiento que llevaban adelante los comisarios y tenientes alcaldes, que debían conocer sus zonas al detalle[11]. Lamas confirió mucha importancia a los planos y mapas de Montevideo, que debían ser elaborados siguiendo las técnicas topográficas modernas.

En 1843 pidió a la Comisión Topográfica, y a uno de sus oficiales y litógrafo, Juan Manuel Besnes e Irigoyen, la elaboración de un plano “de la Antigua y Nueva Ciudad de Montevideo con arreglo a la nomenclatura de las calles propuestas”. El plano de Besnes e Irigoyen fue el primero de un total de ocho (editados en Londres o París) que se sucedieron durante el sitio y que tomaron la delimitación de 1843 como referencia. El modelo que tomó Besnes e Irigoyen fue otro plano de su autoría confeccionado en 1841 que mostraba las dos partes de la ciudad, así como distintos relevamientos topográficos y catastrales que conservaba la Comisión Topográfica desde su creación en 1831.

Mapa 3. Plano topográfico levantado por Juan Manuel Besnes e Irigoyen a pedido de Andrés Lamas, 1843

Fuente: tomado de Ernesto Beretta, Imágenes para todos. La producción litográfica, la difusión de la estampa y sus vertientes temáticas en Montevideo durante el siglo XIX. Primera etapa, de la constitución del Estado Oriental al fin de la Guerra Grande (1829-1851), Montevideo, CSIC-UdelaR, 2015, p. 178.

El plano diseñado por Besnes e Irigoyen seguía la propuesta elaborada por el ingeniero militar José María Reyes, encargado desde 1829 de la demolición de las murallas coloniales y presidente de la Comisión Topográfica desde 1831, quien había realizado una propuesta de planificación que unía la Ciudad Vieja con la Nueva. En la iniciativa Montevideo era dividido en 136 manzanas de cien varas de lado, que llevaba a la ciudad prácticamente al doble de su tamaño (Carmona, 2013)[12]. Fernando Aliata advirtió que en el Río de la Plata estas modificaciones se vinculaban a los intentos por conformar una “ciudad regular”, ordenada en cuadrículas y que intentó reasignar un nuevo valor a los espacios públicos, construir edificios para las nuevas instituciones y controlar el crecimiento de la planta urbana (Aliata, 2006: 55-62). Los sucesivos conflictos armados fueron retrasando la propuesta de Reyes, que Lamas retomó en 1843 y que, claramente, respetó esa intención de regularizar la ciudad.

El modelo de ciudad regular planificado inicialmente por Reyes y continuado por Lamas, pasó a ser una referencia posterior en los planos de Montevideo, que continuaron utilizando el modelo diseñado por Besnes e Irigoyen tal como se puede ver en varias de las representaciones cartográficas que se conservan en la colección cartográfica del Museo Histórico Nacional. En el caso que se encuentra abajo, elaborado en 1848, vemos que el dibujante -de quien no tenemos referencias- marcó parte de la línea de la zona defensiva de la ciudad sitiada.

Mapa 4. Plano de Montevideo, Antigua y Nueva Ciudad. Montevideo, 1848

Plano de Mdeo. Lámina 07.jpg

Fuente: Museo Histórico Nacional, Colección Pablo Blanco Acevedo, carpeta 4, plano 7.

La confección del plano de 1843 se entendió como una tarea policial y fue supervisada directamente por Lamas, quien elaboró “un folleto que conten[ía] todos los documentos relativos a la nomenclatura de las calles y numeración de las puertas”[13]. El nuevo mapa cumplió con dos funciones centrales: en primer lugar, tuvo relevancia en la planificación urbanística, ya que proyectaba no sólo lo edificado en Montevideo, sino que mostraba el amanzanamiento de la Nueva Ciudad que se construiría; en segundo lugar, resultó clave para fijar las líneas defensivas en el contexto del sitio y contar con una descripción pormenorizada del territorio que se vigilaba, controlaba y defendía. Cualquier agente policial podía cumplir con una orden acudiendo a un número de puerta específico en la intersección de dos calles claramente delimitadas.

Con el nomenclátor y el plano de la ciudad Lamas pretendía regular el proceso de creciente urbanización que se había tornado incontrolable. Podríamos pensar que este afán organizativo no era privativo del jefe político analizado, sino que varias autoridades del período se refirieron a las dificultades generadas por una ciudad en permanente expansión y por la vigilancia impuesta por la guerra. Según el relevamiento de población de 1843, la Ciudad Vieja contaba con 101 edificios construidos, mientras que en la Ciudad Nueva había 519 edificaciones registradas[14]. Al mismo tiempo, la guerra modificó en forma drástica la situación, ya que buena parte de la población procedente del medio rural, fue reasentada en la nueva zona de la ciudad. Esto llevó a que la policía se tuviera que hacer cargo de la vigilancia de nuevas zonas y caminos y provocó que un número mayor de oficiales y auxiliares fueran enviados a las nacientes jurisdicciones, hasta entonces despobladas. Por eso el plano y el nomenclátor se complementaron con los partes diarios y mensuales de los comisarios de sección, que contribuyeron a generar un gran mapa de información policial que facilitaba el control del territorio. Los agentes de calle traducían en cifras y datos el territorio mediante un control permanente de lo que ocurría en sus jurisdicciones[15]. Por supuesto que este señalamiento no establece que la labor policial podía cubrir todas las zonas del mundo urbano o que nos acercamos a una institución total. No pensamos en las concreciones, sino en las intenciones e iniciativas del jefe policial.

La tarea de Besnes e Irigoyen fue continuada por Pedro Pico, catedrático de matemáticas y dibujante de la Comisión Topográfica, a quien debemos el plano de la “Vieja y Nueva ciudad, acompañado de una visión ampliada de toda la jurisdicción de Montevideo, su línea defensiva y la zona que estaba bajo control del ejército sitiador”. Pico asumió el cargo de oficial delineador de la Comisión Topográfico en agosto de 1844, con intención de reforzar la tarea de confección y elaboración de planos de la ciudad[16]. En el plano que se encuentra abajo se puede observar el crecimiento de Montevideo y la ocupación de zonas cercanas a la línea defensiva. A su vez pasó a ser la referencia para todas las representaciones de la ciudad que se sucedieron hasta la década de 1880. En todos los casos, los nuevos planos -realizados mayoritariamente por agrimensores y publicados en guías- mostraban el crecimiento poblacional y la extensión de la planta urbana, pero el continente siguió tomando como referencia la geografía que delimitó Pico.

Mapa 5. Plano de Montevideo, 1846

Fuente: Plano de Montevideo de Pedro Pico, elaborado en 1846, publicado en Lettre a M. les Membres de L’Assamblée Nationale sur la question de la Plata par Charles Christofle Manufacturier Accompagnée des piecessuivantes Notice Geographique; plan de Montevideo Carte Geographique pour servir a L’Etude de la question du Río de la Plata Notice Chronologique, Historique et Politique, París, Imprimerie D’Eugène Duverger, 1849.

Mapa 6. Plano de la Ciudad de Montevideo y Capital de la República Oriental del Uruguay (1867)

Fuente: Plano de la Ciudad de Montevideo y Capital de la República Oriental del Uruguay (1867). Levantado y publicado en 1867 por el agrimensor P. Albenar. Museo Histórico Nacional, Colección Pablo Blanco Acevedo, carpeta 4, plano 14.

El nombramiento de nuevas calles, numeración de las puertas y confección de planos y mapas, se complementó con la labor estadística de relevamiento poblacional, de bienes materiales, edificaciones y comercios. La estadística fue interpretada por Lamas como un instrumento de centralización de la información, tal como da cuenta la introducción a sus Apuntes Estadísticos. Es en ese tipo de tareas rutinarias, minuciosas, de un esfuerzo muy grande en un contexto completamente adverso, que se puede apreciar la importancia conferida por la administración al relevamiento de información.

El conocimiento de los habitantes de cada calle o casa, de las tareas a que se dedicaban, también debe ser analizado como parte del proceso de construcción estatal. Aparecen en el informe datos sobre adelantos materiales, licencias expedidas para la edificación (con propietario y valor de tasación), distribución de la propiedad, proyección de nuevas poblaciones, buques, carruajes, establecimientos industriales, comerciales y mercantiles, consumo de bienes de primera necesidad, asistencia pública y a las obras de caridad, cárcel pública y biblioteca, nomenclátor, fiestas públicas, instrucción pública, un apéndice con “análisis químico[s] de diversos productos naturales del territorio de la República Oriental del Uruguay”, así como una descripción de plantas y minerales. En las notas, Lamas compara las cifras de Montevideo con las obtenidas en las principales ciudades europeas (en especial Londres y París) y algunas de la región.

Conclusiones

La jefatura de Lamas fue un momento único porque el sitio de la ciudad obligó a llevar adelante una economía de guerra en un contexto adverso y de suma fragilidad para la población sitiada. A su vez, se caracterizó por el desarrollo de instrumentos que permitieron y facilitaron el conocimiento sobre la ciudad con una clara intención o misión de tipo preventivo. De este modo la eficacia policial pasaba más por aquellos desordenes o delitos que evitaba que por su actuación inmediata. En la concepción de Lamas, eso se lograba a través de la información, de una racionalidad burocrática para conocer a los habitantes de la ciudad, así como las construcciones, casas, comercios o talleres.

En el desarrollo de esos instrumentos policiales resultó importante contar con planos que facilitaban la tarea de conocer en detalle el territorio, que incluyeran, por ejemplo, la nueva nomenclatura de las calles (que mayoritariamente sobrevive hasta hoy) y los números de puerta manzana a manzana.

Pensemos en una ciudad formada por un tercio de personas nacidas en territorio oriental y dos tercios fuera de las (débiles) fronteras políticas. ¿Cómo podría trabajar un oficial de policía no nacido en la ciudad? Un plano, un nomenclátor, eran mecanismos posibles para que conociera su área de trabajo. Esta función no fue privativa de la policía, luego de la Guerra Grande se comenzaron a configurar otros saberes expertos que contribuyeron con la organización de la ciudad y por ende reprodujeron una forma de ver la sociedad. Desde la segunda mitad del siglo XIX, agrimensores, médicos o ingenieros, comenzaron a cumplir un papel central en el conocimiento del territorio y en la delimitación de una geografía urbana cada vez más precisa, pero también móvil porque Montevideo continuó creciendo.

Fuentes

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Museo Histórico Nacional, Colección Cartográfica y Colección Pablo Blanco Acevedo.

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Wasserman, F. (2010) “Relato histórico e identidad nacional en la nomenclatura de Montevideo de 1843”, en Memoria Social, Bogotá, núm. 14, pp. 51-65.


  1. Al respecto véase Museo Histórico Nacional, (curaduría a cargo de Andrés Azpiroz, Nicolás Duffau, Lucía Rodríguez Arrillaga), Imaginar, medir y ordenar. Mapas, planos y agrimensores en Uruguay, Montevideo, Museo Histórico Nacional, 2021.
  2. Las jefaturas políticas y de policía, consagradas en la Constitución de 1830, eran una institución intermedia dependiente del ministerio de Gobierno, una de las tres carteras que (junto a Hacienda y Guerra y Marina) formaban el Poder Ejecutivo (Duffau, 2018).
  3. Archivo General de la Nación-Uruguay (en adelante AGN), Ex-Archivo y Museo Histórico Nacional (ex MHN), Dr. Andrés Lamas, caja 119, carpeta 6 [20 de marzo de 1843]; caja 160, 1º de setiembre de 1843. Si bien circulaban distintas nociones sobre la “ciencia” de policía, Lamas no remite a ningún texto específico. Aliata (2006: 60 y 61) y Sanz Camañes (2004: 389) han sostenido que la idea de la administración urbana como parte de una ciencia aplicaba disciplinas como la medicina, la química, la ingeniería o la estadística económica, que se entendía favorecían una intervención directa para evitar el desorden y la expansión descontrolada de la ciudad.
  4. AGN, ex MHN, Dr. Andrés Lamas, c. 160,1° de setiembre de 1843.
  5. AGN, Documentos de la Administración Central, Ministerio de Gobierno, caja 944, carpeta 5, f. 203, Montevideo, 17 de marzo de 1843, Andrés Lamas al ministro de Gobierno Santiago Vázquez.
  6. “Oficio del cabildo gobernador a José Artigas, Montevideo, 27/01/1816”, en Archivo Artigas, Montevideo, Monteverde, 1987, tomo XXI, pp. 190-191.
  7. Véase “División territorial” en Armand Ugón, Cerdeiras Alonso, Arcos Ferrand y Goldaracena, (1930: 64-65).
  8. El plan de Lamas, junto a otros del siglo XIX, fue recopilado en Nomenclátor de las calles y plazas de la ciudad y principales caminos del departamento, Montevideo, Junta Económico-Administrativa, 1902, pp. 22, 23.
  9. Véase por ejemplo la propuesta de 1837 en AGN, Historia de la Administración (HA), Libros, Ministerio de Gobierno, Libro 1401, Acuerdos y decretos del Ministerio de Gobierno, 1830 a 1852, f. 130: 31 de agosto de 1837, se crea la primera “Comisión para la nueva denominación de calles”.
  10. AGN, DAC, Ministerio de Gobierno, caja 943, carpeta 3A, f. 295, Montevideo, 21 y 22 de mayo de 1843.
  11. En un proceso similar al que ocurrió en otras regiones en Barriera, (2017); Pulido Esteva (2011) y Vaccaroni (2020).
  12. El proyecto estaba acompañado de un catastro parcelario que se concretó entre 1865 y 1871 y que tomó como referencia el amanzanamiento proyectado en el plano de Besnes e Irigoyen. Véase Museo Histórico, ob. cit., pp. 123-129.
  13. AGN, HA, Ministerio de Gobierno, Libro 1401, Acuerdos y decretos del Ministerio de Gobierno, 1830 a 1852, fs. 188, 189.
  14. En el estudio de Acevedo (1933: 32) ha señalado que era frecuente que una licencia de construcción escondiera varias casas, ya que sus propietarios se unían para abonar el impuesto en una única ocasión. Por lo que podríamos pensar que el número de construcciones fue mayor al que figura en la documentación.
  15. En el archivo Lamas el manejo de información se puede ver en los partes policiales, así como en notas de vecinos (algunas con firma, otras anónimas) en las que se denunciaba distintas situaciones, vinculadas a la vida política, acontecimientos delictivos e incluso a abusos cometidos por comerciantes (Duffau y Etchechury, 2019).
  16. AGN, HA, Ministerio de Gobierno, Libro 1401, Acuerdos y decretos del Ministerio de Gobierno, 1830 a 1852, f. 193.


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