Violencias y sociabilidades en las prisiones argentinas de las primeras décadas del siglo XX
Jeremías Silva
Introducción
El 4 de julio de 1935 el diputado socialista Manuel Ramírez presentó en el Cámara de Diputados del Congreso Nacional un pedido de informes sobre el Presidio de Ushuaia, establecimiento ubicado en Territorio Nacional de Tierra del Fuego, para conocer sus “condiciones sanitarias y régimen carcelario imperantes” motivado por las denuncias de un penado que había cumplido su condena[1]. Ramírez consiguió la aprobación de su moción y fue designado por sus pares para emprender un viaje y constatar de visu lo que ocurría en el establecimiento más austral del país. Las impresiones de su visita se plasmaron en un libro que recogió diferentes experiencias y opiniones. En la introducción de dicho trabajo, advertía que en sus páginas podía constatarse que la prisión constituía “[…] un ambiente moral y físicamente malsano, corrosivo, lleno de riesgos y peligros […]” (Ramírez, 1935: 7).
La conclusión a la que arribaba el diputado socialista distaba de ser original. Durante las primeras décadas del siglo XX, numerosas publicaciones denunciaron la situación de las cárceles nacionales. Como demostró Lila Caimari (2004), la imaginación punitiva popular estuvo cimentada por una miríada de notas periodísticas y denuncias de presos políticos que dejaron testimonio de su paso por diferentes prisiones. En tal sentido, nos interesa realizar una aproximación a diversas memorias y escritos que recogieron experiencias sobre la prisión con el fin de hilvanar una historia de las cárceles que ilumine aspectos de la cotidianeidad del encierro, ausentes en los relatos oficiales, así como en los discursos de funcionarios y expertos.
El objetivo de este capítulo consiste en indagar un conjunto de documentos que nos permitan reconstruir experiencias de confinamiento que adquirieron diferentes soportes: memorias, relatos, informes, notas periodísticas. Estos materiales fueron producidos y publicados en diversas coyunturas de las primeras décadas del siglo XX. Algunos de los sucesos que se presentan revistieron de resonancia pública, generando amplios debates y controversias. Otros, por el contrario, no convocaron la atención masiva del público. Sin embargo, todos ellos se editaron y formaron parte de un debate más amplio sobre lo que los contemporáneos definían como el problema carcelario en las primeras décadas del siglo XX.
Al analizar estos testimonios, buscamos relacionar fragmentos dispersos con el objeto de comprender dimensiones de la cultura carcelaria que definieron las formas de habitar las instituciones de encierro en la Argentina en el siglo XX. Carlos Aguirre y Ricardo Salvatore (2017: 9) advirtieron que la literatura sobre la prisión en América Latina demostró la distancia que medió entre las realidades carcelarias y los modelos teóricos y aspiraciones de los funcionarios. Por eso, este trabajo busca ofrecer preguntas y evidencias sobre la cotidianidad del encierro que nutran el campo actual del conocimiento sobre la historia del castigo desde las perspectivas metodológica de la historia socio-cultural.
El conjunto de relatos basados en experiencias personales que nos proponemos explorar no niegan los esfuerzos reformistas de las autoridades, expertos o políticos convencidos de que sus impulsos darían como resultado un castigo “civilizado y moderno” (Caimari, 2004). Por el contrario, formaron parte de una misma trama marcada por realidades yuxtapuestas. Más allá de las derivas de los casos analizados, que merecen un estudio pormenorizado, nos interesan rescatar de las anécdotas, recuerdos o relatos, los intersticios que nos permitan aproximarnos a las formas en que se vivía el encierro. Consideramos que estos testimonios basados en observaciones y vivencias iluminan dinámicas del mundo carcelario que merecen exámenes más minuciosos. Argumentamos que el funcionamiento de la prisión estuvo atravesado por prácticas y relaciones entre los penados que buscaron sortear las normas impuestas por las autoridades. Dicho de otra forma, la construcción de un orden dentro de las prisiones dependió más de las experiencias y vivencias cotidianas, de un conocimiento tácito sobre el funcionamiento de la prisión determinada en gran medida por sus posibilidades materiales, que del estricto cumplimiento de los reglamentos o pretensiones de los funcionarios. La discrecionalidad en el trato a los penados, así como las relaciones y acciones que éstos desplegaron, permiten acercarnos a los que Patricia O´Brien (1982) definió hace tiempo como subcultura carcelaria.
En los últimos años, la literatura histórica reparó en la dinámica cultural de las prisiones y en la vida cotidiana tras las rejas para comprender la situación de las cárceles y resistencias al castigo (Bohoslavsky y Casullo, 2003; Fernández Labbé, 2003; Bohoslavsky y Di Liscia, 2005; Fernández Labbé y Palma Alvarado, 2006; Yangilevich, 2017; Luciano, 2018; González Alvo, 2018; Freidenraij, 2020; León León, 2020). Carlos Aguirre definió el funcionamiento de las cárceles como un orden consuetudinario forjado por penados y autoridades, lo que considera un factor determinante para comprender el fracaso de la reforma penitenciaria peruana (Aguirre, 2015 y 2019). Asimismo, el historiador John Pratt (2006), indicó la importancia de reparar en los “recuerdos de los presos” como una forma de comprender ese “contradiscurso” de los penados que contestaba a la realidad presentada por las autoridades. Partimos de la constatación de que las escrituras sobre o en la prisión, como advierte Philippe Artiéres (2019), poseen una “intención estratégica” (2019: 70) en tanto iluminan aristas de la realidad penitenciaria difíciles de encontrar en fuentes oficiales.
Al mismo tiempo, seguimos las reflexiones de la sociología carcelaria emprendidas por Gresham Sykes (2017) y David Garland (2006) quienes consideran a las prisiones como ámbitos porosos y precarios, que generaron relaciones informales entre los presos, y de éstos con las autoridades. Más aún, Garland considera que el énfasis revisionista en las estrategias de control y dominio social de las cárceles ha ocultado en ocasiones el papel que juegan los valores y sensibilidades culturales para dar forma a las normas penales. Precisamente, su propuesta busca poner en valor cómo “la cultura determina los contornos y los límites externos de la penalidad, sus formas distintivas, jerarquías y categorías que actúan en el campo penal” (2006: 230).
Retomando estas contribuciones, examinamos diversos testimonios carcelarios como una puerta de entrada para develar aspectos de la vida cotidiana de las prisiones: los tratos, relaciones, jerarquías y modalidades que adquirieron algunas de esas interacciones. Esto nos ayuda a definir un “modo de mirar” la prisión como artefacto cultural, cuyas características formaron –y contribuyeron a definir– una sensibilidad moderna sobre el castigo, que tuvo un amplio alcance en las primeras décadas del siglo XX.
Rutinas carcelarias: la violencia del castigo
La vida en los establecimientos penitenciarios estuvo signada por diferentes reglamentos que establecieron normas de funcionamiento comunes. La división de las diferentes tareas que llevaban a cabo los penados (horas destinadas a dormir, trabajar, comer, descanso, etc.) se organizaron en rutinas que buscaban cumplirse, con diferente suerte, a fin de enseñar hábitos de trabajo, instrucción y convivencia. Muchas de esos rituales cotidianos que fijaban las autoridades eran adoptadas de la rutina militar. En su visita al Presidio de Ushuaia, el periodista Anibal del Rie, dejaba testimonio de sus primeras impresiones en el establecimiento austral y de la adopción de prácticas de la disciplina castrense:
El clarín regula y anuncia las distintas manifestaciones de la vida del penado, desde el toque de diana hasta el silencio. Una columna de hombres cifras, uniformados con ropa a franjas negras horizontales, sobre fondo amarillo, sale de un pabellón y se apresta para el trabajo en el corte de leña en el monte.[2]
De la misma manera, el diputado socialista Manuel Ramírez, en el testimonio de su visita al Presidio de Ushuaia con el que iniciamos este capítulo, revelaba en tono crítico la utilización de elementos de la disciplina militar como forma de organizar las prácticas cotidianas del establecimiento: “No falta en ese afán destructivo de la personalidad humana, los devaneos de organización militar: la diana, las marchas, las formaciones, el saludo.” Y añadía la brutalidad con la que se manejaba el personal si los penados no llegaban a cumplir con las disposiciones que regían la vida intramuros: “Guay del penado que se olvide de hacer la venia a sus carceleros: ¡quince días de calabozo a pan y agua!” (Ramírez, 1935: 17).
También podemos considerar que estas reglas aspiraban a garantizar la disciplina dentro de las prisiones. Sin embargo, es relevante aclarar que muchos de esos procedimientos estaban condicionados por los recursos materiales con los que contaban los establecimientos. Por ejemplo, el censo carcelario de 1906 ofrece un buen prisma para observar y ponderar los recursos con que contaban las prisiones a principios del siglo XX[3]. Merece aclararse que, de los sesenta y cinco establecimientos carcelarios que contabilizaba dicho registro, cuarenta y cinco enviaron las respuestas a un segundo formulario con preguntas sobre diversas características de su funcionamiento diario, lo que representaba el setenta por ciento del total de instituciones de encierro. El informe final que se publicó con los cuestionarios contiene datos de la mayoría de las provincias –salvo Corrientes y Catamarca que no enviaron respuesta de ninguna de sus prisiones– y de todos los Territorios Nacionales.
Unas de las preguntas que incluía el informe se detenía en si se impartía instrucción, la cantidad de maestros de la “escuela carcelaria”, la cantidad de días de clases y alumnos, la existencia de bibliotecas, entre otras preguntas. A pesar de que no todos respondían con detalle este ítem, el resultado principal arrojaba que sólo el 44 % de los establecimientos contaba con un espacio físico para tal propósito y personal de enseñanza estable. Llamativamente la formación estaba garantizaba en varios establecimientos ubicados en la Capital Federal y en las provincias, no así en los Territorios Nacionales, constituyendo la única excepción la Cárcel de General Acha en el Territorio de La Pampa. Esta aseguraba contar con: “1 escuela muy rudimentaria (SIC). Asisten 30 personas diarias. 1 maestro ayudante. Concurren por 2 horas.” Al bajo nivel de instrucción que impartían los establecimientos, se sumaban situaciones muy variadas ya que en algunos casos la educación se daba una sola vez a la semana, o pocas horas, o alcanzaba sólo a una parte de los penados. Los contextos dispares dentro de una misma jurisdicción parecen indicar que sobre esta cuestión pesaba más la iniciativa de los funcionarios que gestionaban los establecimientos que las directrices de un plan de conjunto.
De la misma manera, se consultaba sobre el régimen de trabajo, aspecto clave de las discusiones del reformismo de principios de siglo (Salvatore, 2002). El formulario buscaba conocer si los penados trabajaban, si existían talleres, las formas de contratación, si percibían peculio, el valor de la producción, las ganancias obtenidas, así como la cantidad de días y horas del régimen laboral. Nuevamente, bajo este rótulo el cuadro de situación que devolvían las respuestas contenía escenarios muy disímiles: trabajo en talleres, obra pública, labores dentro de las instituciones (cocina, aseo, lavado). Sólo 11 establecimientos (el 24 %) declaraban que los penados no realizaban ningún tipo de actividades laborales. Si bien es conocido que los presos fueron utilizados como mano de obra en emprendimientos públicos, el censo revelaba que a principios del siglo XX existía un porcentaje considerable de instituciones con talleres: 24 cárceles –más de la mitad– contaban con espacios dedicados a la producción de diferentes bienes (alpargatería, carpintería, zapatería, panadería, sastrería, entre otros) gracias a los cuales los penados obtenían un peculio. Nuevamente, al igual que en caso de la instrucción, la mayoría se ubicaban en las cárceles de Capital y Provincias, quedando relegados las cárceles de los Territorios Nacionales.
Esta breve selección de datos nos permite suponer que las rutinas carcelarias diferían de un establecimiento a otro, dado que dependían de los recursos e infraestructura con los que contaban. Pero también, las prácticas cotidianas estaban definidas por hábitos o costumbres, de las que no daban cuenta las memorias o informes gubernamentales. Cómo señala John Pratt, el saneamiento del lenguaje penal oficial de las burocracias carcelarias puede contraponerse con las memorias y testimonios de presos u observadores ya que la “realidad de la vida en prisión que había sido presentada por las autoridades era contestada en casi todos los niveles” (Pratt, 2006: 141). Haremos referencia a dos ejemplos que aparecen en diversos testimonios, memorias y experiencias de presos: las requisas y los castigos físicos.
Uno de los procedimientos carcelarios más comunes del personal de seguridad de las prisiones consistía en realizar requisas a los penados. Si bien éstas parecen haber sido regulares y en ciertas cárceles espaciadas en el tiempo, en algunos casos eran diarias. Atilio Cattaneo, militar radical que transitó durante la dictadura de Uriburu entre 1931 y 1932 por la Penitenciaría Nacional, el Presidio de Ushuaia y la Cárcel de Encausados, recuerda que estando en este último establecimiento se presentaron de improvisto varios empleados de la cárcel en las celdas y en el resto del pabellón, llevando a cabo un gran: “[…] despliegue de fuerzas [que] fue la iniciación de una gran requisa general y de un cacheo personal de los encausados. Mi celda fue especialmente revisada. Me desnudaron para revisar a un mismo tiempo, las prendas de vestir de todos los encausados.” (Cattaneo, 1939: 279).
Estas prácticas que debían soportar los penados parecían estar extendidas y formar parte de la vida cotidiana de los penados. Catteneo agregaba que las requisas se realizaban semanalmente, y que se hacían “sin consideración alguna, pues revuelven todo dejándolo mezclado y desordenado en una forma inconcebible.” (Cattaneo, 1939: 280). En cambio, en la Cárcel de Ushuaia donde los penados debían salir a diario al monte para trabajar y llevar leña al recinto, los penados eran requisados constantemente para asegurarse de que no ingresaran elementos considerados peligrosos –que pudiesen ser utilizados en peleas o para escaparse– o que estaban prohibidos –como los diarios–: “Al salir para el trabajo, lo mismo que al regreso, cada penado es requisado minuciosamente por un guardia: precaución que se extiende diariamente a la revisación de las respectivas celdas.” (Del Rie, 1933: 10).
Así como las requisas se realizaban en busca de elementos que pudiesen alterar el orden, provocar fugas o ser utilizados en conflictos, los testimonios expresan la sistematicidad de los castigos físicos que debían sufrir los presos. Si bien en ocasiones las faltas leves o graves eran sancionadas por los reglamentos carcelarios, los relatos revelan situaciones que se encontraban al margen de las disposiciones, sometiendo a los penados a la brutalidad y la tortura. Esto parecía ser más recurrente y violento en el Presidio de Ushuaia, dada las condiciones de su ubicación: su lejanía del centro político, de la prensa de alcance nacional y de autoridades que controlen a los funcionarios (fiscales o jueces) (Caimari, 2004; Cecarelli, 2015). Como demostraron Daniel Palma y Marcos Fernández (2006) para las prisiones chilenes y Carlos Aguirre (2019) para las peruanas, la violencia imperante en los establecimientos parece haber sido una constante de las cárceles latinoamericanas. El periodista Anibal Del Rie recogió en su visita distintos testimonios, y dedicaba un capítulo de su libro a explicar los vejámenes de los penados. Su relato buscaba dejar en claro lo extendido de estas circunstancias:
La falta más leve, llegar tarde a formación, demostrar cansancio, contestar a un guardia sin ser preguntado, la simple apatía de cualquiera de los encargados de vigilarlos, o la sospecha de que tal o cual torturado ni bien recobra la libertad, pondría el caso en manos de la Justicia, era suficiente para que se aplicara castigo de cachiporra.
Cuatro guardianes llevaban aparte al penado que debía sufrirlo, y después de desnudarlo sobre medio metro de nieve, bajo una temperatura glacial, dos lo tomaban de los brazos y, dos de las piernas. Una vez hallarse así estaqueado llegaba el ejecutor –que concurría después de hallarse la víctima “en condiciones”, esgrimía la pesada cachiporra y le aplicaba recios golpes en la espalda y en el pecho. El desvanecimiento del castigado no tardaba en producirse. Vertiendo sangre por la boca, con extensos cardenales y machucones en el cuerpo era conducido a la celda en la que debía reaccionar por sí mismo, sin que nadie lo atendiera.
Otros castigos –siempre con el concurso de la cachiporra– consistían en golpearles los brazos y la cabeza, después de hacerles ayunar, en forma absoluta, durante 70 horas, para evitar toda resistencia[4].
Coincidía en este diagnóstico Manuel Ramírez: en el Presidio de Ushuaia existía un régimen disciplinar basado en diversos castigos. El diputado socialista, señalaba que la violencia imperante que sufrían los penados no se debía a faltas graves, por el contrario, la más nimia violación a las normas o desafío a la autoridad conducía a malos tratos físicos por parte del personal. Para graficar la arbitrariedad reinante su descripción buscaba no dejar lugar a dudas:
El régimen disciplinario en cuanto a castigos es de extremado rigor en el presidio. La más insignificante falta –muchas veces presunta falta– es objeto de una sanción severa. Calabozo a pan y agua se reparte a diestra y siniestra. Son causas: numerarse mal, hablar o reír en la fila, quedar rezagado cuando llaman a formación, no saludar al guardián, contestar al guardián sin permiso, no de la celda para asomarse, mirar por el ojo de buey de la celda, no hacer la venia, y así sucesivamente[5].
De la misma manera, el periodista anarquista Marcial Belascoain Sayós detallaba los padecimientos que se les infligían sin motivos a los presos en la Cárcel de Ushuaia. El caso del penado 71 impresiona por su crudeza: al ver cómo los guardias golpeaban a otro penado, éste gritó “¡No le peguen, verdugos¡” lo que le valió semanas de castigo. Sayós describe los padecimientos y la brutalidad por su desafío a la autoridad “el termómetro marcaba 19 grados bajo cero y el infeliz desnudo, sin medias ni botines; hace 72 días a pan y agua. Caído en el suelo gemía; los huesos habían perforado la epidermis, el ilíaco se proyectaba hacia afuera, abriéndose paso entre las llagas…” (1918: 26).
Pero los castigos físicos no era una prerrogativa del establecimiento más austral del país. Como describe el abogado Armando Antille, preso por oficiar como defensor de Yrigoyen tras el golpe de estado de 1930, en la Penitenciaría Nacional ubicada en pleno centro porteño, existían celdas y espacios dedicados a prácticas de “horrorosas torturas” (1935: 24). En el subsuelo del pabellón en que se encontraba, refiere, existían las famosas celdas cuyo funcionamiento causaban pavor: se las conocía como el “triángulo”. Y explicaba que: “allí estuvieron los militantes anarquistas Di Giovanni y Scarfó, antes de ser fusilados. También un joven teniente de aviación. Es lugar estrechísimo y obscuro donde no se puede estar sino de pie; y eso, en noches y días, debe ser atroz” (24–25). Durante la dictadura de Uriburu estas prácticas proliferaron en depósitos policiales e instituciones carcelarias, impulsadas por el jefe de la Sección Orden Político de la Policía de la Capital Federal, Leopoldo Lugones (h), tristemente famoso por torturar militantes políticos comunistas, radicales y socialistas (Caimari, 2004: 223).
Estas situaciones parecían estar bastantes extendidas, y lejos estaban de reducirse a momentos de fuerte represión política. La prensa de izquierda de Argentina, en particular los diarios socialista La Vanguardia y el anarquista La Protesta, a menudo denunciaban tratos violentos en distintas cárceles del país hacia los penados en general y sus militantes en particular. Detengámonos en algunos breves casos. Al referirse a la situación del Presidio de Ushuaia el diario socialista La Vanguardia aludía a una investigación impulsada por la Cámara de Diputados en 1920 que revelaba “[…] reclusiones solitarias de penados, dispuestas sin orden judicial, que en ciertas ocasiones llegan a 800 días (ochocientos días), en que un individuo permanece recluido en una celda, sin luz y dándole para comer tan solo pan y agua […]”[6]. Y la misma publicación, añadía que los tormentos de los penados que debían cumplir condena alejados de todo tipo de régimen disciplinar: “[…] sin dar al preso ocupación alguna, sin facilitársele siquiera elementos de lectura, y concediéndole una ración alimenticia reducida a la mitad con el agravante de que en tres días a la semana la alimentación se limitaba a pan y agua.” La noticia dejaba en claro las consecuencias de tales vejaciones: “Llegó a ser tal postración de los presos castigados así, que a algunos no se les pudo tomar declaración, otro quedó sordomudo, después de una paliza que le fue propiciada, otros se suicidaron y otros sufrieron alteraciones mentales.”
Por su parte, La Protesta, el periódico anarquista más importante del país, solía dedicar con asiduidad notas referidas a la situación de los penados comunes o “presos sociales”. En sus páginas era habitual encontrar denuncias, campañas “pro–presos sociales” e información sobre distintos establecimientos del país. Pero sin dudas la que generaba mayor atención e indignación era el Presidio de Ushuaia, destino clásico al que eran sometidos sus militantes. Por ejemplo, en una serie de notas publicadas en 1917, los cronistas denunciaban las prácticas de “terror” de diferentes cárceles, añadiendo que en el presidio austral: “El pobre preso tiene que sumar a los martirios de su cautiverio, el peor: aquél constante terror que sufre ante la vista de las barbaries que se comenten a diario. El lugar de tortura es el monte. Los ‘gallegos’ que demuestran más despiadada crueldad son enviados allí, no para custodiar el trabajo de los presos, sino para martirizarlos”[7]. Sus críticas exponían a las autoridades del presidio, al personal y a los funcionarios judiciales que naturalizaban y permitían estas acciones, que lejos estaban de ponerle fin.
En ocasiones las denuncias generaban impacto público, sorteando la fuerte censura que los funcionarios realizaban sobre las cartas que enviaban los penados a familiares o autoridades judiciales. Por eso, cuando estos episodios tomaban estado público, los penados recibían castigos extras. Días después de la nota sobre el “régimen de terror” de la cárcel del sur, La Protesta informaba que:
Parece que lo dicho ahí no ha gustado a algunos «empleados» de este establecimiento penal y andan husmeando para saber quiénes son los que escriben, pero como no pueden dar con ellos, usan los procedimientos que le son propios; van a los calabozos y al que más rabia le tienen: «paliza», o si no lo sacan de noche al que les parece y por cualquier cosa, palos con él. No hace mucho hubo apaleamiento colectivo en la sección del monto –individual la hay todos los días– resultando un herido grave que se atiende en el hospital y otros cinco están en el calabozo…[8].
En el mismo sentido, en su libro sobre el Presidio de Ushuaia, el diputado Ramírez reconstruía una presentación judicial por torturas que efectuó un penado tras cumplir su condena. Al ser liberado en marzo de 1932, Ángel Luis Castello se dirigió al Territorio Nacional de Santa Cruz donde se encontraba el juzgado más cercano. Allí realizó una presentación contra el personal del establecimiento que culminó con una sanción judicial contra el alcaide, el subalcaide y 19 guardianes, quienes recibieron condenas de dos a tres años. La resolución judicial fue ratificada por la Cámara Federal de Apelaciones de La Plata en 1934. Luego de describir los múltiples castigos y violencias que constaban en la denuncia, Ramírez describía parte de la sentencia a la que llegó el juez subrogante doctor Juan Carlos Beherán en agosto de 1933: “los hechos delictuosos que motivaron la instrucción del proceso están constatados por las diligencias del sumario” (Ramírez, 1935: 65). Y comentaba que:
El fallo analiza separadamente la situación legal de cada uno de los encausados para demostrar la responsabilidad criminal en que han incurrido. Refiriéndose al subalcaide de la cárcel, José Sampedro, destaca: “se le sindica en el proceso como una figura nefasta, un verdugo, y falto de toda clase de sentimientos humanitarios”. En estos términos refiere el juez de la personalidad de uno de los principales autores materiales de las torturas[9].
Puede considerarse a este caso judicial una excepción, ya que la mayoría de los vejámenes que sufrían los penados no llegaban a la justicia. Mucho menos eran condenados los responsables denunciados por malos tratos, episodios que usualmente no lograban trascender los muros de las cárceles. Más allá de la publicidad o el impacto que alcanzaron en la opinión pública, estos hechos revelan otra cara de la cotidianidad del encierro cuyo pulso estuvo dominado por la violencia. Cómo argumenta Pedro Oliver Olmo (2018: 132) para el caso español, la consolidación del sistema penitenciario bajo las premisas del correccionalismo y las ideas liberales a fines del siglo XIX y principios del siglo XX “se edificó en un contexto político y administrativo que retroalimentaba y afilaba las peores aristas del ejercicio de la violencia institucional.” Si bien no deja de resultar llamativa la ausencia de estas cuestiones en los documentos oficiales de los funcionarios y en los escritos que realizaban los expertos sobre las cárceles, los abusos, torturas y violencias que ponían en juego la integridad física y psicológica de los penados, definieron parte de las rutinas burocráticas y su uso estuvo extendido en diversas instituciones carcelarias.
Sociabilidades carcelarias: códigos, jerarquías y resistencias intramuros
Iluminar los aspectos vinculados a la cotidianidad del encierro marcados por la violencia de las autoridades hacia los penados, no puede reducir la vida en las prisiones sólo a esa dimensión. En los establecimientos de castigo también existieron márgenes para la negociación, transacciones y acomodamientos de los presos que buscaron sortear la disciplina y control gubernamental. Siguiendo a Carlos Aguirre, en este apartado buscamos reconstruir aquellos aspectos de la vida cotidiana intramuros, entendiendo a las cárceles como un “escenario rico y complejo en el cual los presos emplearon diversas estrategias en un intento de hacer frente a las realidades del encarcelamiento” (2019: 201).
Por momentos los testimonios y noticias devolvían una imagen de la prisión como un espacio fuertemente controlado, atravesado por un silencio arrollador y marcado por una rutina rigurosa. No parece casual, entonces, que la alegoría preferida para describirla apele al bagaje religioso: la cárcel era descrita como un infierno. Sin embargo, los mismos relatos muestran que los presos supieron aprovechar los intercisos del encierro para relacionarse y forjar vínculos entre ellos. Atilio Cattaneo, recordaba que por más que las autoridades penitenciarias se empeñaban en impedir expresiones de camaradería “El espíritu de solidaridad existe entre los presos comunes. Todos cooperan, con gusto, para salvar al hombre desgraciado o ‘refundido’, como se los denomina en la jerga carcelaria” (Cattaneo, 1939: 281). Él mismo, un militar de origen radical, recordaba que durante su estadía en la Penitenciaría Nacional compartía la mesa de la comida con militantes comunistas y anarquistas discutiendo sobre política.
En el mismo sentido, Manuel Ramírez define que, a pesar de las rígidas normas de conducta y disciplina que regían el temible Presidio de Ushuaia, “La solidaridad y el compañerismo adquieren un desarrollo intensivo, sin duda como reacción natural frente a la adversidad, en el dolor común.” El diputado socialista, advertía que las autoridades se mostraban atentas a cualquier manifestación de camaradería para reprimirla “cual si fuera una actividad peligrosa para la seguridad y el orden.” Por eso buscaban denodadamente que los reclusos mantengan “discreto distanciamiento de preso a preso” (Ramírez, 1935: 29) que los penados lograban eludir mediante diversos artilugios.
La organización de los reclusos para vencer el férreo control que buscaban imponer las autoridades carcelarias era burlada de diferente manera. En su visita al Presidio de Ushuaia, Aníbal Del Rie menciona que en sus conversaciones con los penados podía constatar que más de uno “lo sabe todo, lo conoce todo. El penado lo sabe todo, lo conoce todo. Habla de política, con la actualidad del hombre libre.” A pesar de que en las prisiones estaba prohibida la circulación de periódicos, apunta que en las celdas se habían encontrado “en muchas ocasiones, números de diarios de Buenos Aires.” Esto suponía capear los extremos controles de los guardias, que en ocasiones encontraban dificultades para impedir la pericia de los penados: “No ha sido posible saber de qué medios se han valido para obtenerlos. Lo cierto es que un diario que logren conseguir, recorre en un solo día todas las celdas sin que ningún guardián se de cuenta; tan gran es la habilidad que han adquirido.” (Del Rie, 1933: 26). Por último, el periodista insistía en el talento que los presos habían desarrollado para sortear las requisas diarias y fabricar “armas utilizando pedazos de hierro y sunchos que halla a mano” con el fin de hacerse de instrumentos de defensa personal. Por lo que los penados también debían ocultarlas de forma segura y para eso:
Inmediatamente después de hechas las esconden dentro de los barrotes de la cama o en el colchón, prefiriendo el lecho de los enfermos; saben que éstos no pueden ser requisados.
De cómo se valen para burlar la vigilancia estrecha de los guardianes y transformar en agudos puñales insignificantes pedazos de hierro, es un secreto que ningún penado revela.
En una ocasión, al ser trasladada la enfermería a otro pabellón, se revisaron todas las camas de los pacientes, encontrándose, en total, más de ciento veinte armas blancas, entre cuchillos afilados como navajas y limas de treinta centímetros de largo, agudas como estiletes[10].
Armando Antille explicaba que en la Penitenciaría Nacional la disciplina estricta y normas de silencio que se aplicaban en el Pabellón séptimo, destinado a los presos políticos, eran burladas por “conversaciones furtivas”, gestos o ruidos como una forma de atenuar el “cruel y martirizante encierro”. Y reparaba en las formas en que los penados se las ingeniaban para comunicarse frente a la vigilancia constante: “Es evidente ya que si bien ocupamos celdas numeradas y estrechas, enfiladas en largo pabellón y guardadas con severa vigilancia y fuertes cerrojos, ni la vigilancia, ni la disciplina, ni el aislamiento, implica la estricta aplicación del sistema celular a que ha obedecido la construcción de esta cárcel” (Antille, 1935: 16–17).
Esto adquiría particular relevancia en aquellos espacios donde los penados no tenían posibilidad de trabajar o estudiar, como en la Cárcel de Encausados. Cómo manifiesta Atilio Cattaneo, los presos ideaban diversas estrategias para matar el tiempo: “El juego tiene gran incremento.” Por eso insistía en la perspicacia puesta en evadir las prohibiciones y limitaciones del régimen carcelario: “Los naipes están prohibidos, pero ellos los fabrican de papel con sólo el número y la pinta. Y con estos naipes se quitan el dinero que siempre tienen oculto.” De la misma manera, detallaba las diversas destrezas que realizaban para cometer juegos o llevar a cabo intercambios: “Las rifas de objetos manuales son corrientes”. Y su relato incluía las apuestas que los penados hacían con dinero introducido de forma clandestina para poder entretenerse: “Las carreras de caballo tienen sus boletos carcelarios. Hay un banquero que hace las veces de agente del “Jockey Club”. Las jugadas son por centavos de boleto. El mecanismo del dividendo es el mismo que en el hipódromo” (Cattaneo, 1939: 283).
Al mismo tiempo, estas prácticas que desplegaban los penados en las prisiones, como las carreras de caballos, dejaban en evidencia no sólo el ingenio en burlar las normas y reglamentos, sino también las jerarquías que existían dentro de la prisión. Al detallar cómo eran posibles dichas apuestas, Cattaneo asentaba que:
Banquero no es cualquiera. La exclusividad la tenía un delincuente famoso por su coraje, que cuando fue enviado a Ushuaia, la traspasó a otro del mismo pelaje. Los banqueros son elementos “guapos” que se suceden en el trono de la banca.
La presencia de algún “pesao” que quiere copar la banca, origina grescas enormes y hasta ha habido muerte por esto. Es claro que las autoridades de la cárcel son las que más ignoran estas cosas[11].
Esta anécdota sobre los juegos de los penados y sus estrategias para eludir los efectos del encierro y la ociosidad, permite comprender la forma en que se forjaban sociabilidades comunes y jerarquías que tejían los penados en función del delito cometido o su paso por otras prisiones, y también el despliegue de códigos lingüísticos propios. Cómo señala Gresham Sykes, el “argot criminal”, lejos de ser usado como un lenguaje secreto, “es más importante como símbolo distintivo” (2017: 140).
Cattaneo, que provenía del mundo castrense y había sido encarcelado por revelarse contra el golpe de estado del General Uriburu en 1930, parecía hipnotizado con el lenguaje carcelario. Relacionado por múltiples influencias y vasos comunicantes con el mundo de los bajos fondos, del delito y de la propia experiencia carcelaria, no podía dejar de reconocer que “El lenguaje que emplea esta gente del hampa es realmente curioso” y recogía en su testimonio aquellos términos que había podido anotar en su paso por la cárcel y definía como el “argot de su conversación diaria” (Cattaneo, 1939: 284):
Trabajo …. el acto delincuente
Afano …. el robo
Astillar …. repartir el robo
Astilla …. la cantidad que corresponde a c/u y a veces al policía cómplice que “descuida” la vigilancia
Chavón …. el que ingresa por primera vez a la cárcel
Cargar …. que lleva cartera la víctima en el bolsillo
Carga de culata …. que lleva cartera en el bolsillo de atrás
Carga de sotana …. que lleva cartera en el interior del saco
Carga de grilo …. que lleva cartera en el bolsillo derecho
Carga de Shinca …. que lleva cartera en el bolsillo exterior
Carga de camisulín …. que lleva cartera en el bolsillo chico delante del pantalón
Esparo …. el cómplice del “lancero”
Lancero …. el que roba carteras con los dedos estirados
Filo …. el que ayuda en la entrega del “paco”
Paco …. un paquete de papeles de diarios que representa dinero
Tanga …. el cómplice en la estafa del juego
Guisa o Isa …. aviso
Luca …. papel de 1.000 pesos
Media Luca …. papel de 500 pesos
Gamba …. papel de 100 pesos
Media gamba …. papel de 50 pesos
Longi …. la víctima elegida
Tira o yuta …. la policía
Santo …. la noticia, la novedad
Esta larga lista de códigos comunes servía para delimitar quienes pertenecían de los que se encontraban fuera de esa comunidad. Justamente, en el argot carcelario había una definición que hacía referencia al delator. Manuel Ramírez señala que en Ushuaia era denominado “batidor” y que desempeñaba un papel relevante en los castigos de los penados. Su descripción condenaba tal práctica ya que sostenía “Es la causa de grandes injusticias, introduce la desmoralización y la anarquía en la cárcel; el recelo y la desconfianza recíprocas provocaron incidentes a veces sangrientos entre los presos. Los servicios del infidente son apreciados y distinguidos” (Ramírez, 1935: 59). Por su parte, Cattaneo indica que el “ortiba”, según sus anotaciones, era aquel que colaboraba con el personal delatando a sus compañeros era una práctica imperdonable entre los presos comunes. Romper la comunidad y solidaridad entre los penados, los códigos que manejaban y respetaban buscando algún beneficio provocaba que el delator debiese ser asilado por su seguridad:
Al que lo conocen como tal, lo persiguen si no lo separan, hasta asesinarlo, como en el caso de un pobre italiano, albañil, que estaba preso por un simple altercado. Una delación hecha con el buen deseo de ser útil, le produjo la muerte. Mientras jugaba dominó, uno de los encausados confundido entre otros, le clavó en la espalda un largo alambre aguzado, asesinándolo. El delito quedó impune porque nadie denunció al autor[12].
La vida en las prisiones no puede concebirse sólo en función de las prácticas cotidianas de violencia, torturas y control de las autoridades. Estos breves fragmentos y retazos de relatos iluminan algunas formas en que los presos forjaron sus propias reglas de funcionamiento intramuros. Precisamente, esto requería de astucia e ingenio para poder burlar normas, disposiciones y la vigilancia de los guardiacárceles. Como indica Patricia O´Brien (1982) los reclusos dieron forma a sistemas sociales propios, comunidades informales e identificaciones culturales. El desarrollo de expresiones lingüísticas, las formas de sociabilidad y las prácticas de solidaridad, pueden ser entendidas como un sistema informal que los presos concibieron y diseñaron para hacer frente a las autoridades y sus deseos de orden y disciplina.
Si bien estos actos pueden ser pensados como una resistencia de los penados, también hubo episodios de rechazo abierto a los controles, disciplina y violencias de las autoridades carcelarias. La primera de ellas consistía en la huelga de hambre. Los penados utilizaron este método de protesta pacífica para reclamar por diferentes circunstancias. Muchas de ellas estaban relacionadas con las malas condiciones de los establecimientos y padecimientos del encierro. Existen numerosos ejemplos sobre los déficits materiales y de infraestructura recurrente en las prisiones que han detallado diversos historiadores. Ahora bien, nos interesa poner en valor los testimonios sobre las condiciones del encierro para iluminar las acciones de los penados frente a esos déficits. Por ejemplo, Cattaneo grafica su experiencia:
Nuestros penados viven el mayor tiempo del día encerrados en las celdas. Por eso adquiere mucha importancia la celda en sí, destinada a ejercer en el espíritu y los sentimientos del penado una influencia educativa.
Las celdas de nuestras cárceles son austeras y desnudas en tal grado, que llegan a ser míseras. Un camastro y unos platos de lata son los muebles que la adornan.
Los penados permanecen encerrados unas 17 horas al día.
El encierro excesivo, la falta de libros y de medios culturales, la prohibición de dar vuelo a las propias inclinaciones, son contraproducentes a la finalidad de la cárcel penitenciaria que pretende rehabilitar y regenerar al delincuente.
El presidio o la cárcel puede ser un purgatorio, pero las reglamentaciones inhumanas que rigen lo convierten en un infierno[13].
El cuadro de desolación frente a las condiciones de encierro rebatía cualquier defensa del régimen carcelario, de las premisas de regeneración y la apuesta por la reinserción social de los penados que hacían políticos, funcionarios y expertos (Caimari, 2004). Dichas condiciones, hacía muy difícil la experiencia cotidiana de la vida en la prisión. Sumado al maltrato que debían soportar, la respuesta de los penados, en ocasiones, era de abierta resistencia. Cattaneo se explaya sobre una anécdota que recordaba particularmente: el penado 299, el “mendocino de buen corazón predispuesto” Osorio, quien se encontraba pronto a acceder al beneficio de la libertad condicional, tuvo un enfrentamiento con un guardia. Osorio había sido condenado a 12 años de prisión por un crimen en un “duelo de honor.” Eso le valía el respeto del radical y de sus compañeros de la cárcel. Observador del episodio en la prisión, el militar explica que dicho penado le advirtió al guardiacárcel que quería tomar agua, y le pedía que se corriese para no mojarlo. Frente a la intransigencia del personal, Osorio igualmente bebió y terminó mojando al guardia. Todo derivó en un enfrentamiento y golpes entre el penado y el custodio. Este hecho le valió una fuerte golpiza y 30 días en el calabozo “el triángulo” famoso por su “rigor e inhumanidad” (Cattaneo, 1939: 300). Osorio se sintió tan vejado por el castigo “que adoptó el único medio de protesta que tiene un hombre indefenso y encarcelado: la huelga de hambre” (p. 301). Según Cattaneo, llevó a cabo su decisión con tanta tenacidad frente a las autoridades que falleció por consunción. Recordaba que “decidió morir como protesta por el autoritarismo que lo vejó”, y le dedicó sentidas palabras: “Ha muerto por un ideal: por la dignidad personal. Ha muerto como mueren los héroes, puesto que la heroicidad no sólo es patrimonio de los campos de batalla.” Los penados decretaron dos días de duelo en homenaje a la “dignidad varonil”:
Durante los recreos de esos dos días nadie hablaba. Se paseaba en absoluto silencio. El lenguaje era sólo con las miradas, que es el lenguaje que mejor domina todo recluido. También hicimos dos días de huelga de hambre como protesta por el asesinato inicuo que se había cometido. Y fue tal la solidaridad de esta protesta que hasta los tuberculosos rechazaron el alimento diario prescripto por los médicos[14].
Las huelgas de hambre no sólo fueron una herramienta para enfrentar los abusos y vejaciones sufridas. Su utilización como protesta colectiva, que se expandió a principios del siglo XX como forma de resistencia, resultaba exitosa pues obligaba a las autoridades a realizar concesiones para evitar que el problema escalara y adquiera relevancia pública o política (Marinello Bonnefoy, 2017; Luciano, 2018). La prensa –comercial y de izquierda– se hacía eco de estas cuestiones. Al referirse a denuncias sobre el manejo de fondos del director y funcionarios de la Prisión Nacional de la Capital Federal en enero de 1917, La Protesta afirmaba que “Los presos conocen todos esos procedimientos, saben que su ración llega disminuida a causa del robo practicado por la administración de la cárcel, y cada tanto realizan huelgas de hambre, negándose a recibir comida por estar en pésimas condiciones y ser escasa en demasía.”[15]
Por esos días, sucedió también una sublevación en el norte del país. En la Cárcel de Salta 200 presos ponían en alerta a las autoridades al reclamar mejoras en el régimen penitenciario. La Protesta, haciéndose eco de episodios ocurridos en diferentes partes del país en los meses previos (Silva, 2018) afirmaba que “Nos bastaría citar los sucesos de Neuquén, del Rosario (…) o como personificación de toda infamia carcelaria, el trágico presidio de Ushuaia con sus tétricos calabozos y sus infames instrumentos de tortura. (…) De ahí que cada tanto, a medida que el odio acumulado en el diario sufrimiento rebasa todos los límites, se desarrollan en las prisiones protestas colectivas que a veces asumen todas las proposiciones de un movimiento subversivo, protestas que son ahogadas en sangre de plomo de los asesinos guardianes.”[16] Puede que la prédica libertaria exagerara los alcances de estas protestas, pero lo cierto es que la huelga de hambre parece haber sido parte del repertorio de los penados como forma de reclamo ante las autoridades.
Compartimos un último episodio. El domingo 11 de enero de 1925, 103 penados estaban siendo trasladados de la Penitenciaría Nacional al Presidio de Ushuaia en el vapor “Buenos Aires”. Los penados se amotinaron y ocho lograron escapar. La noticia causó conmoción no sólo por el hecho de que los penados consiguieron vencer la custodia que los debía trasladar, sino porque el barco transportaba también a pasajeros que se dirigían al sur del país. La Protesta, planteaba en su nota de tapa:
Si el hecho no hubiera acaecido en Buenos Aires – que es la ciudad de las sorpresas y de las evasiones – pondríamos en duda la noticia. ¿Cómo es posible que ocho penados, que remiten a Ushuaia las autoridades carcelarias, con grillos a los pies y custodios armados puedan fugarse de la bodega del barco que los conduce? ¿Y cómo se concibe que el resto se libre de las barras de hierro y ponga en apuros a la escolta, a la tripulación y a los pasajeros del vapor que les sirve de prisión?[17]
Sin dudas, el motín y la consiguiente fuga de los penados que iban a ser trasladados ponía en el foco de la atención a la custodia y a las autoridades. Efectivamente, días después del hecho el director del Presidio de Ushuaia debía renunciar a su cargo, pues era el encargado del transporte de los presos. La Protesta, aprovechaba el incidente para celebrar la evasión y denunciar el régimen imperante en las prisiones del país, buscando la complicidad de los lectores frente al poco feliz desempeño del personal:
Los presos destinados al infierno fueguino, se decidieron a jugarse la vida en esa aventura, ya que sólo les espera la muerte en el terrible presidio de Ushuaia. Ocho lograron su intento y el resto fracasaron. ¿Qué otras consecuencias se pueden extraer de ese episodio? No hay más que esa conclusión: el anhelo de libertad aguza el ingenio y despierta todas las audacias en el hombre que se ve privado de ella para toda la vida.[18]
Estos breves episodios buscaron reflexionar sobre la actitud de los penados frente a la autoridad carcelaria, los padecimientos del encarcelamiento y las condiciones en los que transcurrían sus penas. Sucesos como estos pueden encontrarse de forma recurrente en las páginas de la prensa de izquierda, y algunos de ellos generaron revuelo público y una extensa repercusión mediática no exentas de implicancias sociales y políticas (Silva, 2020). Fugas, motines, huelgas de hambre constituían los repertorios elegidos por los penados para reclamar frente a injusticias del encarcelamiento, o simplemente burlar a las autoridades y denunciar un régimen al que consideraban injusto y necesario modificar. En el caso de los anarquistas, que llevaron adelante las más famosas fugas del país en las primeras décadas del siglo XX, estos incidentes contenían muchos simbolismos: críticas a un sistema que consideraban oprobioso, denunciar la herramienta primordial que las autoridades utilizaban para su persecución y ridiculizar la distancia entre las declaraciones públicas de los funcionarios y lo que sucedía realmente tras los muros de las prisiones.
Conclusiones
Este capítulo se propuso reflexionar sobre la vida cotidiana en los establecimientos carcelarios en las primeras décadas del siglo XX en Argentina. Consideramos que la literatura sobre la historia de la prisión ha ofrecido evidencia sobre estas cuestiones, sin embargo, nuestra propuesta busca comprenderlas como parte de lo que algunos autores denominan la subcultura carcelaria. Partiendo de diferentes episodios, hurgando en memorias y noticias analizamos retazos de experiencias que ocurrieron en las cárceles, con el propósito de realizar este objetivo.
De esta manera, hemos abordado tres problemáticas que, si bien son distinguibles analíticamente, en la práctica se encontraron estrechamente ligadas: la dinámica que adquirió la violencia y los castigos físicos, la sociabilidad que forjaron los penados, así como las formas de resistencias que articularon los presos muros adentro de las prisiones. En este sentido, en la primera parte, indagamos las denuncias sobre la violencia carcelaria. Una práctica que se extendía por diferentes establecimientos, se mantenía en el tiempo y se proponía amedrentar a los penados. Puede que este tipo de conductas hayan sido aceptadas por las autoridades como recurso para mantener el orden y la disciplina dentro de los establecimientos. Lo cierto es que, por su extensión, constituyó una dimensión relevante de las rutinas institucionales de las cárceles.
En la segunda sección, buscamos reconstruir aristas de la cotidianeidad del encierro que forjaron los penados entre ellos. De esta manera, pudimos iluminar el desarrollo de relaciones de sociabilidad, solidaridad, jerarquías y lenguajes comunes que, con diferentes propósitos, llevaron a cabo los penados. En definitiva, la racionalidad de esas prácticas, sobre las que aún resta seguir explorando y comprendiendo, revela que el orden carcelario no puede reducirse a las intenciones de las autoridades. Por el contrario, se produjeron gracias a la existencia de márgenes flexibles que los penados aprovecharon para recrear normas comunes y jerarquías en el funcionamiento cotidiano, al mismo tiempo que tenían que hacer frente a condiciones poco favorables de encarcelamiento.
La última cuestión que abordamos se detuvo en la forma en que los penados reaccionaron frente a los múltiples déficits de los establecimientos carcelarios: los episodios de fugas, motines y huelgas de hambre como forma de reclamos, resistencias y desafíos abiertos a las autoridades. Estos sucesos nos permiten comprender la forma en que los reclusos hicieron frente de manera consciente al contexto del encierro, las malas condiciones en las que debían cumplir su condena o los abusos cometidos por las autoridades. Un examen más detallado de acontecimientos similares contribuirá a calibrar mejor estas experiencias y demandas que desafiaron el funcionamiento cotidiano de los establecimientos.
En suma, este ejercicio buscó contribuir a la comprensión de la vida cotidiana de las prisiones. Nuestro análisis de testimonios, informes, recuerdos y artículos de la prensa se concibió como una puerta de entrada para explorar problemas vinculados a las experiencias cotidianas de los penados en las prisiones, y como definieron en esos contextos jerarquías, resistencias y prácticas para enfrentar el encierro. A pesar de las dificultades metodológicas que implica esta reconstrucción, arribamos a algunas conclusiones para comenzar a desandar este camino. En última instancia, los fragmentos que constituyeron la base de este trabajo buscan contribuir a comprender la sensibilidad moderna sobre el castigo, desde una óptica descentrada de la visión estatal. Reponer la multiplicidad de voces sobre la cuestión carcelaria nos ayuda a mejorar nuestra comprensión de las formas que adquirió el castigo, cómo se lo pensó y discutió, y en última instancia, se definieron sus contornos en las primeras décadas del siglo XX.
Fuentes
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