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3 El Partido Demócrata de Córdoba entre 1928 y 1943

La adscripción a diversas culturas políticas

Desirée del Valle Osella[1]

Introducción

El presente capítulo analiza la adscripción de los dirigentes del Partido Demócrata de Córdoba (PD) a determinadas culturas políticas en los años comprendidos entre 1928 y 1943. A partir de la definición de Berstein (1992) se intentará dar respuesta a diversos interrogantes, entre ellos respecto a qué visión del mundo defendían los demócratas, a qué pasado apelaban y cuál era su modelo de sociedad ideal.

Como punto de partida es necesario consignar que el PD de Córdoba, a diferencia de otras fuerzas integradas por antiguos miembros del régimen oligárquico, se dotó desde su origen de una programática democrática y principista que lo distinguió ante la opinión pública del resto de los partidos conservadores de otras provincias. Desde su creación, a finales de 1913, luego de la implementación de la ley Sáenz Peña, apostó por el mantenimiento de cierta organicidad y por una estructura permanente.

La base doctrinaria que inspiró la creación del partido fue el reformismo liberal. No obstante, pese a haber anunciado los demócratas el afán de crear una agrupación moderna inspirada en los ideales regeneracionistas que motivaron la sanción de la nueva normativa electoral, al interior de dicha fuerza continuaron operando lógicas de funcionamiento y distribución de poder propias de un partido notabiliar. Como destaca Ansaldi (2012), la reforma apuntaba al “saneamiento” de las prácticas políticas y la creación de una cultura política democrática y “especialmente perseguía la creación de un partido orgánico de la burguesía argentina, capaz de superar la existencia y la práctica del partido de notables y el clientelismo” (p. 69).

Estas dinámicas intentaron ser modificadas, principalmente luego de la derrota electoral provincial de los demócratas y nacional del Frente Único en 1928.[2] Por entonces, en medio del desconcierto generado por la victoria del tradicional adversario (la Unión Cívica Radical), se realizó un Congreso de la Juventud Demócrata (CJD), dirigido a instaurar nuevas prácticas y dotar de nuevos principios a la agrupación. La relevancia de este evento en la definición de los fines oficiales y en las relaciones de poder partidarias conduce a que sea tomado como punto de partida para el presente análisis.

En la asamblea demócrata puede identificarse una tendencia de contenido progresista que buscaba incorporar a la carta orgánica la aprobación del voto directo de los afiliados, la equiparación de derechos de hijos ilegítimos y legítimos, el sufragio femenino, el divorcio, etc. A esta línea se enfrentó otra, que apostó por inhibir estas propuestas. Si bien aquellos que adhirieron al primer grupo no lograron que se aprobaran todas las medidas que propusieron, sí consiguieron incorporar ciertos cambios y ampliar exponencialmente el número de integrantes de la convención provincial, lo que dotó de mayor representación al interior provincial en el partido. Esto generó una profunda modificación en las relaciones de poder existentes en la organización, que hasta el momento se concentraban en los hombres de la ciudad capital.

El interés por estudiar las representaciones sobre lo político presentes entre los dirigentes del PD radica en comprender cómo operó una agrupación que contaba entre su dirigencia partidaria con numerosos exponentes notabiliares en un período en que la democracia ampliada y la nacionalización de la campaña condujo a que fueran derrotados por los radicales (1928). A su vez, el análisis de las alocuciones entre 1928 y 1930 permite develar el proceso por el cual ciertos dirigentes demócratas terminaron inclinándose por la deslealtad frente a las reglas del juego democrático, el respaldo al golpe de Estado e incluso la participación en el gobierno de intervención durante el uriburismo.

Asimismo, estudiar las culturas políticas demócratas durante una década y media posibilita evaluar las representaciones que enmarcaron y legitimaron el accionar de los dirigentes partidarios en la oposición durante la gestión radical de José Antonio Ceballos (1928-30) y los gobiernos sabattinistas (1936-43), mientras fueron oficialismo (1932-1936) y durante el uriburismo (1930-32), momento en que el partido adoptó una política de colaboración con las autoridades de facto, pero resistió el programa fundamental que estas buscaban implementar: la modificación del régimen político.[3]

El análisis no se fragmenta en estas diferentes etapas mencionadas, sino que atiende a las prácticas y los discursos políticos de la dirigencia demócrata, intentando construir su adscripción a determinadas culturas políticas. La periodización se introduce a fin de comprender los cambios en el contexto de producción de estos discursos y prácticas. A las preguntas inicialmente planteadas se agregan otras, entre ellas ¿Cuál es la sociedad ideal a la que los demócratas orientan sus estatutos y reproducen en sus discursos? ¿Todos los dirigentes ponderan como positivo el mismo régimen político? ¿Qué elementos resultan recurrentes en los discursos? ¿Qué cambios se registran en estos últimos? ¿Qué visión de pasado es la que recuperan? ¿Cómo piensan las desigualdades sociales? ¿A quiénes definen como adversarios y cómo lo hacen? ¿Las divergencias en estas cuestiones obedecen a adscripciones a diferentes culturas políticas por parte de los dirigentes? Si así fue ¿Qué elemento fue central para mantener una identidad partidaria?

La definición de un “nosotros” y un “ellos”

El punto de vista teórico del que se parte para pensar lo político no es aquel que entiende a la democracia como sinónimo de consenso; sino el que sostiene que el disenso es inherente a la democracia. Este disenso se puede manifestar mediante el antagonismo amigo/enemigo, cuando se trata al oponente como enemigo –que en caso extremo llevaría a una guerra civil– o a través de lo que Mouffe (1999) denomina “agonismo”, cuando un adversario reconoce la legitimidad del oponente y el conflicto se conduce a través de las instituciones. Mouffe argumenta que la vida política nunca podrá prescindir del antagonismo, pues se trata de la acción pública y de la formación de identidades colectivas, por lo que intenta constituir un “nosotros” en un contexto de diversidad y de conflicto. Para construir un “nosotros” precisa distinguirlo de un “ellos”. Por eso lo decisivo de una política democrática no radica en llegar a un “consenso sin exclusión”, lo que nos conduciría como correlato a la creación de un “nosotros” desprovisto de un “ellos”, sino en llegar a establecer la distinción nosotros/ellos de modo que sea compatible con el pluralismo. Lo que caracteriza a la democracia pluralista a criterio de la autora es la instauración de una distinción entre los términos “enemigo/adversario” que implica que, en el interior del “nosotros” que constituye la comunidad política, el oponente no será considerado un enemigo al que se deba abatir, sino como un adversario de existencia legítima y que debe ser tolerado (pp.15-20).

En base a este enfoque, se intentará construir los principales tópicos discursivos con los que los demócratas definieron a su adversario, cómo se presentaron y cuáles fueron las principales diferencias que establecieron entre ellos y su principal oponente.

En la campaña electoral de 1928 El País destacaba que los radicales eran “resultado de la conjunción de todos los descontentos de un régimen político […] pero no […] la conjunción de los descontentos de un régimen económico.” El editorial se preguntaba qué tenían en común Don Augusto Boero, dirigente del departamento de San Justo, al este provincial, con un

dependiente de tienda que sueña con paradisíacos aumentos de sueldo, qué tenían en común Don Heriberto Martínez, líder vinculado a una tradicional familia cordobesa y el marido de la costurera; entre el Dr. Lucas de Olmos, millonario y latifundista y su estimado correligionario y compañero que duerme en el zócalo de su casa barroca.[4]

Los demócratas aseguraban que los radicales pretendían engañar al pueblo aprovechándose de su descontento económico. A éste “se le prometen los cerros del Perú a sabiendas de que, una vez encaramados al poder los Boero, los Martínez, los De Olmos, a cada reclamación se dará el doble de palos.”[5]

Las observaciones vertidas en las páginas del periódico demócrata resultan interesantes por tres razones. En primer lugar, porque cuestionaban uno de los pilares en los que se basaba de la campaña del adversario electoral: un discurso obrerista. En segundo lugar, porque presentaba a la UCR como una fuerza que no se distinguía de ellos por su composición social, ya que muchos de sus integrantes eran grandes terratenientes que gozaban de una posición económica privilegiada. En tercer lugar, porque señalaba que la base de la rivalidad era política. De este modo, los demócratas ponían en duda el carácter popular del radicalismo y apostaban por que no solo el PD fuera asociado a dirigentes acaudalados.

Mientras que estas intervenciones intentaban que no se diferenciara al PD de la UCR, existieron numerosos discursos demócratas que buscaron precisamente lo contrario. Entre ellos, aquel que asociaba al PD con ideas y privaba a la UCR de ellas. Esto quedó plasmado en una nota publicada por El País, a raíz de hechos de violencia política, titulada “El revólver debe desterrarse como sistema de propaganda electoral”. En ella sostuvo que a los partidos políticos les correspondía “educar” a sus afiliados en las prácticas ciudadanas. A su vez, agregó que el revólver era un “recurso electoral de una época superada” y que “aunque solo por una parte haya ideas, ideales y obra efectiva de gobierno, a la otra no le asiste el derecho de oponer a esta fuerza incontrastable, el plomo traidor de los revólveres.”[6] Con esto, se sugería que era propio del radicalismo recurrir al uso de las armas y se presentaba al PD como un partido de ideas y civilizado, vinculándolo a los preceptos de educación del ciudadano inherentes al reformismo liberal.

Independientemente de los esfuerzos proselitistas demócratas, en 1928 el PD fue desplazado del gobierno. Durante los dos años transcurridos hasta el golpe, la unidad de la etapa no estuvo dada solo por el lugar de oposición del PD, sino también por la renovación que se emprendió en 1928, que llevó a la presidencia del partido de Emilio Olmos (1929) y la falta de una tendencia intrapartidaria capaz de enfrentarlo con éxito hasta el golpe de 1930. En este bienio, se reforzaron los componentes principistas y democráticos del PD.[7]

Es preciso mencionar que la dirigencia del PD, en sus orígenes, residía fundamentalmente en la ciudad de Córdoba. Sus integrantes habían formado parte del régimen oligárquico y controlaban desde el siglo XIX los principales espacios de poder de la provincia, no solo los vinculados al ejercicio del Ejecutivo y Legislativo, sino también el Poder Judicial y la universidad. Si bien desde su creación buscaron conformar un partido orgánico que tuviera una estructura permanente, la construcción del armado de poder partidario se realizó incorporando dirigentes departamentales del interior que, imprescindibles para acceder al poder, no necesariamente se vieron imbuidos del ideario reformista que pregonaba el novel partido y poseían sus propias prácticas y lógicas de organización.

Más allá de esto, en la etapa de estudio continuamente el PD fue presentado por la prensa nacional como un partido que se caracterizaba por su tradición civilista y su apego a la democracia. La alternancia de poder que se produjo en Córdoba en el período reforzó esa imagen. Los demócratas, por su parte, también destacaban este punto como un elemento distintivo que los separaba del resto de las agrupaciones conservadoras que existían en el territorio nacional, fundamentalmente del conservadurismo bonaerense.

En la práctica incidieron numerosas cuestiones para el mantenimiento de esta imagen. En primer lugar, que en la provincia de Córdoba hubo alternancia entre gobiernos demócratas y radicales entre 1912-1930, e incluso estando en el poder los demócratas fueron derrotados y retornaron al gobierno “desde el llano”. En segundo lugar, la defensa de la ley Sáenz Peña por parte de los principales dirigentes del partido. En tercer lugar, la posterior oposición de los demócratas a las reformas corporativas que intentó instaurar el uriburismo y la exaltación de la intangibilidad de dicha ley. Finalmente, la derrota de los demócratas en 1935 a manos del radicalismo, estando el partido en el gobierno.

No obstante, otros hechos cuestionan el contenido democrático de la agrupación, entre ellos el apoyo al golpe en 1930 y la alianza en 1931 que llevó al PD a incorporarse al Partido Demócrata Nacional (PDN).[8] Estos posicionamientos estuvieron influidos por el haber sido desplazados del poder y por poseer gran parte de su dirigencia la férrea convicción de ser los “naturalmente aptos” para el ejercicio del gobierno. Esto fue un componente distintivo de la agrupación, que no experimentó variaciones en el período. Mientras que los radicales basaban su pretensión de gobierno en ser los representantes de “la” nación, los demócratas lo hacían bajo la premisa de ser “los mejores” para gobernar y calificaban a sus adversarios de “ineptos”.

El demócrata Salvador Moyano Escalera declaró, en un debate en la Legislatura que “el radicalismo no es un partido político capacitado para el gobierno, sino un conglomerado inorgánico, una fuerza desorbitada” que utilizaba el poder legislativo para aprobar leyes que eran un ataque a las instituciones, basadas en el afán de poder del partido. Aseguró que los radicales procedían “impulsados por las pasiones y el odio, el odio santo del radicalismo”.[9]

Desde El País los demócratas esgrimieron que el partido había intentado ser como oposición un contralor del gobierno; pero que, a partir de entonces, su rol debía cambiar y convertirse en “una suma de fuerzas activas” que pusiera límites al gobierno.[10] Es posible advertir un cambio en el tipo de oposición demócrata. En un primer momento, al asumir el radicalismo el poder provincial en 1928, el PD había definido su rol como partido de oposición democrático, enfatizando sobre la importancia de renovarse para competir en los comicios. No obstante, a partir de los numerosos hechos que tuvieron lugar durante la administración de José Antonio Ceballos (1928-30),[11] ciertos demócratas comenzaron a promover la “acción directa” como medida tendiente a contrarrestar lo que definían como un atropello por parte del gobierno. Con ello, quedó abierto el camino a la deslealtad –en términos de Linz (1987)respecto a las reglas de juego democráticas.

Desde el gobierno, los radicales arremetieron entre 1928 y 1930 contra los demócratas y buscaron hacerse con los espacios de poder que aún controlaban. Además, llevaron adelante ataques simbólicos contra estos, a quienes calificaron de “regiminosos”.[12] No obstante, los demócratas no estimaban que descender del “régimen” fuese un motivo de deshonra. Ahora bien, si toda cultura política implica determinada lectura del pasado y cierta proyección del futuro (Cabrera, 2010, 41) resulta necesario identificar si era este el pasado al que apelaban los demócratas. Al analizar los discursos se comprueba que los dirigentes del PD anclaban sus orígenes en la creación del partido, es decir, después de la sanción de la ley Sáenz Peña. No obstante, cuando sus adversarios los tildaban de “regiminosos”, los demócratas recuperaban positivamente aquel pasado decimonónico y argumentaban que descendían de los hombres que habían sentado las bases del Estado-Nación y generado el progreso de las instituciones. Considero que el que los miembros del partido fijaran su origen con la creación de la agrupación presume una identidad política fuerte.

Berstein destaca que las culturas políticas nacen como respuesta a los grandes desafíos de la sociedad (Cabrera, 2010, p. 47). Bajo esta premisa, puede considerarse que el PD se origina como respuesta al desafío que implicó la impugnación del régimen oligárquico y la instauración de un nuevo régimen político. Por ello, uno de los principales componentes identitarios fue la defensa de la democracia. Esto no inhibió que, en ocasiones, los discursos renovadores contrastaron con los hechos, debido al peso que tuvieron las antiguas prácticas de distribución de poder en la novel agrupación.

Ello no debe llevar a minimizar la importancia de lo antes mencionado, ya que, si se tiene en cuenta que las culturas políticas se transmiten a través de la socialización, en la escuela, la familia y los partidos (Cabrera, 2010), puede percibirse al PD como una agrupación que contribuyó al afianzamiento de una cultura política democrática al destacar como principio de legitimidad el sufragio popular y enmarcarse dentro de los moldes de la competencia electoral.

Los mejores para gobernar

Los demócratas apelaron a la democracia como base de la legitimidad para el gobierno. Sin embargo, no consideraron al radicalismo como un partido apto para ejercerlo. Una cuestión llamativa fue que, mientras que para denostar al partido rival no se privaron de consideraciones de reminiscencias oligárquicas como la mencionada, en las disputas de poder que se abrieron al interior de la organización una fracción recurrió a la apelación a la democracia y la competencia electoral como base de acceso al poder y cuestionó las prácticas oligárquicas. De hecho, la fracción de Aguirre Cámara abogó por instaurar el voto directo de los afiliados para la designación de cargos partidarios y candidaturas.[13] A estos se opusieron los dirigentes que recurrieron al argumento de ser “hombres de tradición” para defender sus posiciones.

Otro aspecto para considerar es que, si en 1930 los demócratas avalaron el golpe, no lo hicieron alegando cuestionar la democracia, sino un gobierno que atentaba contra las instituciones y, posteriormente, presionaron al uriburismo por dar una salida electoral. Esto no implica creer en lo que no fueron más que alocuciones para justificar el golpe, sino destacar que apelaron a la legitimidad republicana para apoyar la acción que acabó con un gobierno democráticamente electo, exhibiendo una tensión entre apelaciones a la república o la democracia, común en la historia de la derecha.

Para profundizar en estas tensiones frente a la democracia que experimentaban ciertos miembros del PD, considero interesante pensar en lo señalado por José Luis Romero (2010), respecto a que el liberalismo fue para los miembros de la élite “un sistema de conveniencia deseable, pero pareció compatible aquí con una actitud resueltamente conservadora”, al considerar la oligarquía que el poder público era suyo por derecho. Así, sostiene el autor, el liberalismo conservador devino en antipopular y la oligarquía fue presa de la concepción según la cual representaba al país más fielmente que los “advenedizos”. Mediante la adaptación de los preceptos liberales a sus necesidades contingentes, se inclinó por una postura política conservadora. Romero señala que “El escepticismo oligárquico frente a los sectores subalternos fue su claudicación ante el liberalismo, al buscar mantener a como dé lugar el poder en sus manos” (pp. 184-192).

Lo mencionado exhibe el componente oligárquico ya analizado, presente en la cultura política del PD, al considerarse sus miembros como los únicos aptos para el gobierno. Sin embargo, según Aninno (2012), la tradición liberal y la tradición democrática deben escindirse, dado que liberalismo y democracia no estuvieron imbricados desde un comienzo. En el período de entreguerras, entre la muerte del liberalismo decimonónico y la invención de la democracia de masas en la segunda posguerra, se unificó los dos siglos alrededor de una supuesta continuidad entre liberalismo y democracia. Ante los totalitarismos, la democracia de masas debía invocar una legitimidad histórica y así se fundieron dos campos discursivos otrora enemigos. Annino diferencia los procesos electorales del siglo XIX de los del XX, alegando que mientras que en este último aquellos fueron dominados por una visión que ve al Estado como fuente de legitimidad política y el regulador de la reciprocidad social, durante el siglo XIX el Estado no cumplió esa función, que sí fue reconocida a las jerarquías sociales. Los liberales de este siglo denostaron a los democráticos porque en la democracia del siglo XX no había lugar para ese espacio político intermedio que les permitió moverse entre formaciones sociales diferentes para reformarlas, sin abolir las jerarquías. El autor afirma que siempre existió una desigualdad política liberal que, si bien no fue teorizada abiertamente, sí fue reproducida mediante la representación: los procesos electorales permitieron transformar las jerarquías sociales en jerarquías políticas.

Esta desvinculación que Annino detecta entre el liberalismo y la democracia deviene central para complejizar el análisis sobre las representaciones en torno a lo político en el PD. Es posible que en la base de las contradicciones que en numerosos momentos de la historia del partido se suscitaron entre sus dirigentes y este régimen político esté el hecho de que, pese a ser una agrupación que destacó la importancia de la democracia, muchos de sus miembros estuvieron embebidos también por concepciones propias del liberalismo decimonónico y su concomitante defensa de las jerarquías.

Esto no implica que los demócratas abogaran discursivamente por mantener un régimen político que garantizara normativamente la vigencia de un régimen oligárquico. Pero, mientras que en ciertas ocasiones invocaban la legitimidad que le había dado origen a aquel (jerarquías sociales), en otras apelaban a las que daban sustento a la naciente democracia. Estas contradicciones no se observan solo entre diferentes dirigentes, sino, en ocasiones, en un mismo dirigente en diversos momentos.

Sin embargo, al promediar los años ‘30 se evidencian significativas modificaciones. En la campaña electoral de 1935, el candidato demócrata a gobernador, José Aguirre Cámara, registró una notable transformación en las prácticas y en los discursos como consecuencia de los cambios que introdujo la democracia de masas. Los actos y las alocuciones políticas estuvieron orientados a conquistar a un electorado ampliado. El modelo era el de la democracia estadounidense y, fundamentalmente, el Partido Demócrata de aquel país y su sistema de convenciones multitudinarias.

Ese año, el PD realizó su convención en el estadio del Club Belgrano, con bandas de música y ante una amplia concurrencia. Si bien el anhelo de instaurar el voto directo de los afiliados estuvo presente en la renovación iniciada en el Congreso de la Juventud éste no logró implantarse. Por ende, para revestir de una amplia legitimación de las candidaturas, se apeló a una puesta en escena multitudinaria que “ratificara” los cargos designados previamente por la convención.[14] Gran parte de los dirigentes encolumnados con Aguirre Cámara fueron aquellos que triunfaron en las convenciones gracias a una reestructuración del mapa de poder organizativo hecho en 1928.

No obstante, 1930 fue un parteaguas en el partido. A partir de entonces, numerosos dirigentes utilizaron sus vinculaciones con los hombres del gobierno de facto para recuperar espacios de poder en el partido. Además, el golpe introdujo otra novedad: la Legión Cívica Argentina (LCA), organización paramilitar de derecha que obtuvo personería jurídica y ocasionó numerosos actos de violencia y cuyos dirigentes cuestionaron la democracia y los partidos políticos. Así, los demócratas debieron posicionarse ante el embate de diversos sectores al régimen democrático. En este proceso numerosos demócratas defendieron la democracia frente a sus detractores y destacaron la legitimidad que dicho sistema confería al gobierno (del Estado y del partido), no faltaron quienes se alejaron de estos tópicos en busca de ciertos espacios de poder o en defensa de las jerarquías tradicionales.

Mientras algunos no dudaron en refugiarse en el tradicional ideario liberal republicano elitista, otros se basaron en el régimen abierto en 1912. En este punto, cuando Annino señala que el liberalismo “murió” en las trincheras de la Gran Guerra, dado que luego surgió la democracia de masas, creo que en los idearios demócratas –y en sus repertorios discursivos– coexistieron en tensión los dos: el liberal conservador, que posibilitó que las jerarquías sociales se convirtieran en políticas, y el democrático, que buscó la legitimidad del gobierno en el plebiscito popular. No obstante, incluso quienes abrevaban en este último, poseían una concepción oligárquica del gobierno y se percibían como una minoría selecta sobre la que debía recaer el gobierno si se comparaban con su adversario, el radicalismo.

La defensa “del orden” como elemento distintivo

No fueron los demócratas, en general, reticentes al cambio, ni buscaron volver a un pasado idealizado. Sin embargo, los dirigentes del partido se posicionaban a favor de la defensa de un orden al que valoraban. Estos aseguraban que se alejaban de los “extremos del sistema”, tanto de las derechas como de las izquierdas. Esto no impidió que ciertos dirigentes se acercaran a la derecha. Mientras que algunos de ellos participaron de la LCA, como Telésforo Ubios, también hubo otros que, por desafiar y cuestionar ciertos preceptos fueron tildados de “izquierdistas”, por defender ideas progresistas. Por ejemplo, en Noticias Gráficas se comentó que Ramón J. Cárcano a menudo era conceptuado como “un izquierdista extraviado en las filas conservadoras” y que más de una vez sus declaraciones “hicieron erizar el pelo de muchas venerables pelucas conservadoras”.[15] Además, cuando en la década del ´30 la polarización se empezó a definir mediante la antinomia fascistas y antifascistas, fue posible encontrar demócratas en el amplio abanico “antifascista”.

El avance de los totalitarismos europeos y la polarización mundial influyó en los alineamientos que tuvieron lugar en Córdoba. Sobre esa base, surgieron dos grandes bandos que, aunque sus integrantes no podían subsumirse a estos calificativos, generaron mecanismos de identificación de posibles aliados y adversarios. El accionar de ciertas agrupaciones de derecha, fundamentalmente de la LCA, condujo a que los hombres del gobierno del PD fueran acusados de filo fascistas, por la falta de acciones concretas del Ejecutivo para combatir su accionar. Ante esto, Miguel Ángel Cárcano señaló que ni un solo integrante del bloque del PDN abrigaba proyectos de ese tipo.[16]

Un año más tarde, en un contexto marcado por el asesinato del diputado provincial socialista José Guevara, que condujo a que el conglomerado “antifascista” adquiriera mayor visibilidad y a la condena del gobierno de Pedro J. Frías por inacción frente a los reaccionarios, José Heriberto Martínez (diputado nacional y presidente del PD) dio una conferencia sobre “Nacionalismo, Fascismo y democracia”. En ella aclaró la posición del PD y destacó el compromiso democrático y “esencialmente centrista” que lo imbuía. Manifestó que el PD era una agrupación que condenaba a los que querían modificar por la violencia o cualquier otro medio la organización de la sociedad o los que pretendían implantar dictaduras políticas. También analizó los comentarios “antojadizos” que se dijeron sobre el PD, tildándolo de que poseía dirigentes izquierdistas (cuando en realidad combatían al marxismo), antipatrióticos, antirreligiosos. Señaló que el PD era contrario a las asociaciones que, en vez de robustecer el orden, fomentaban el desorden, sembraban el odio y encendían la guerra civil.[17]

Otro elemento que dificulta establecer una correlación en los términos que polarizaron el continente europeo y el caso provincial es que dirigentes demócratas participaron en un comienzo de lo que pasó a denominarse “antifascismo”, entre ellos José Mercado. No obstante, el llamado del socialismo a conformar un frente antifascista, truncado por la negativa de la UCR a incorporarse, y la alianza que esta fuerza generó con el Partido Comunista en Córdoba en 1935, llevó a que la competencia bipartidista mediterránea volviera a ser entre radicales y demócratas y los primeros lograran ser identificados como antifascistas. Sin embargo, los demócratas se resistieron a ser catalogados como fascistas e, incluso, durante la gobernación de Sabattini y luego de Del Castillo denunciaron su tolerancia ante el avance del nazismo en el país.

En la campaña de 1935 reaparecieron viejos tópicos discursivos, combinados con otros relacionados al contexto político del momento. En un manifiesto dado por el PD en 1935 con motivo del levantamiento de la abstención de la UCR, los firmantes exhortaron a que dicho partido se diera un programa. Agregaron que

La libertad electoral […] es un instrumento de civilización, pero que no puede sobrevivir si no acredita aptitud para crear gobiernos estables y constructivos. La libertad electoral engendrando, reiteradamente, gobiernos ineptos o corrompidos, termina agotándola. […] Los embrionarios movimientos dictatoriales, son el fruto de su desgobierno. En los comicios el pueblo de Córdoba debería elegir entre un partido que dos veces llevó el desorden al gobierno y otro que dio muestras claras de saber gobernar. [18]

Se combinaba así la clásica premisa demócrata de la ineptitud radical para el gobierno con la amenaza que para la estabilidad democracia de los años ´30 podría implicar un mal gobierno.

El País publicó el texto de una conferencia que José Heriberto Martínez no pudo pronunciar, en la que se destacaba la responsabilidad de proclamar programas concretos y definía al PD como “un partido de gobierno”, por no ser demagógico en campaña ni reaccionario desde el gobierno, porque garantizaba la libertad “en el imperio del orden”, porque afirmaba sus principios en el camino de la legalidad sin nunca haberse apartado de la lucha cívica. Martínez destacó la existencia en el PD de una tradición democrática y civilista que ninguna otra agrupación del país podría ostentar y añadió que este no temía a la lucha limpia.[19]

En su campaña electoral para la gobernación, Aguirre Cámara señaló

tenemos una tradición que nadie puede discutirnos. Es una tradición a la que continuamos siendo fieles. Para nosotros la esencia de la ley Sáenz Peña es intangible. En materia electoral somos conservadores y constituimos, sin duda, la barrera más fuerte a las revoluciones que pregonan por ahí los escépticos de izquierda y de derecha.[20]

Destacó el ex ministro de hacienda que en el PD la convicción del sufragio libre estaba afianzada por la gratitud para el sistema y que ellos estaban agradecidos del comicio secreto y obligatorio: “En dos momentos históricos la libertad electoral nos derribó de las posiciones de gobierno. En dos momentos históricos, la libertad electoral nos permitió retomar el gobierno.” Al señalar lo que definió como “peligros que amenazaban a la ley Sáenz Peña”, manifestó que no prosperaría ninguna reforma electoral, por lo que esto no debía inquietar. El “verdadero derrumbe” se produciría si el radicalismo repetía “sus gobiernos de desastre”, si “el régimen vigente” volvía a “engendrar administraciones inestables, destructivas, ineptas o corrompidas” el régimen electoral vigente no resistiría fácilmente la crítica.[21]

Emergieron nuevamente por entonces los alegatos de los demócratas de ser los indicados para gobernar y de la ineptitud radical. Aguirre Cámara expresó respecto a los demócratas: “Creemos firmemente en el régimen democrático. Es bueno, pero como muchos sistemas, necesita de hombres también buenos para no desviar sus efectos”.[22] Aseguró: “El progreso político del país no debe al radicalismo una sola de sus conquistas. El progreso político de la provincia, menos que todo eso”. Desde su mirada, las instituciones en Córdoba habían progresado “a pesar” del radicalismo y no gracias a él.[23] La defensa de la democracia, el perfeccionamiento y el respeto de las instituciones y el progreso fueron tópicos que los dirigentes demócratas no resignaron en su lucha discursiva con el radicalismo.

La negativa del PD a usar la sigla PDN

La apelación a la democracia por parte del PD no dejaba de resultar contradictoria con su integración del PDN, compuesto por fuerzas que exhibían preceptos –y hasta sostenían discursos y llevaban adelante acciones– abiertamente reñidos con la democracia, como lo hizo el gobernador Manuel Fresco en Buenos Aires. Pese a los intentos de Miguel A. Cárcano de deslindar ante la opinión pública al PDN de una identidad reaccionaria, el PD no usó prácticamente tal denominación. Esto no pasó inadvertido. El diario filo radical La Voz del Interior destacó que existía una “vergüenza de la carátula” en la denominación de PDN y que los cordobeses “ni por casualidad” la usaban, salvo cuando necesitaban gestionar algo ante el Poder Ejecutivo nacional. “Córdoba cree que se contamina mezclándose con los otros conservadorismos y cuando puede se corta el apellido”, agregaba el matutino.[24]

Incluso desde el propio órgano periodístico partidario, El País, se apostó por diferenciar al PD del PDN.

El Partido Demócrata de Córdoba, por su programa, por su organización, por la obra de gobierno que tiene realizada, por el sentido popular de sus conductores, por las arraigadas convicciones democráticas de su masa es único en el país […] Por las vías legales busca el gobierno y por las vías de la legalidad democrática selecciona a sus hombres y designa a sus cuadros directivos.[25]

La nota añade que el PD podría aliarse con fuerzas afines, pero nunca perder sus elementos distintivos.[26] Es interesante pensar esto a partir de lo señalado por Panebianco (2009) sobre la relevancia que tiene para la agrupación el mantenimiento de los fines oficiales. El politólogo manifiesta que estos no pueden reducirse a una simple fachada, dado que incluso cuando el partido se ha consolidado, continúan influyendo fuertemente (a nivel interno y respecto a la organización y su entorno). Uno de los fines oficiales del PD era la defensa de la democracia, por lo que los demócratas debían marcar su distancia con el PDN, integrado por numerosos sectores que burlaban el sufragio popular mediante el fraude y dentro del cual algunos dirigentes fueron defensores del fascismo.

Cuando a fines de 1930 naufragó la Federación Nacional Democrática (FND),[27] comenzaron las presiones para incorporar el PD al PDN. La mediación de Rothe en esta cuestión fue central. Al respecto, Ibarguren le envió una carta en la que sostenía:

Creo, mi querido amigo, que después de tantos vaivenes y vicisitudes nuestras gestiones han enderezado las cosas, primero con la federación, y después con este nuevo partido nacional, que creo que será definitivo y tendrá en sus manos el porvenir político del país.[28]

No obstante, al partido provincial le generó serios cuestionamientos la alianza proyectada. Al analizar la cuestión, La Libertad, órgano de prensa del Partido Socialista Independiente (PSI), afirmó que los demócratas cordobeses pasaban por una situación intrapartidaria grave, ya que al ser una agrupación “más orgánica, doctrinaria y liberal que la bonaerense”, reparaban en cambiar bruscamente de rumbo bajo el apadrinamiento del Partido Conservador.[29]

Córdoba y La Voz del Interior, que cuestionaban la medida, exhibieron las dificultades que se cernían sobre la coalición propuesta por el conservadurismo de Buenos Aires. El segundo definió a la coalición como “el nuevo engendro de la crema conservadora” y aseguró “El pleito de la familia demócrata se pone peliagudo”, debido a la adhesión demandada al “Partido Nacional”.[30]

Por entonces, el PD realizó diversas reuniones a fin de resolver la actitud a adoptar. Recién a mediados de febrero de 1931 el Comité Central contestó la invitación de los conservadores bonaerenses con una carta, no desprovista de ambigüedades. En ella se sostuvo que la organización estaba dispuesta a agruparse con distintos partidos, siempre que sus orientaciones no fueran disonantes con la propia ideología partidaria y los objetivos no estuvieran “divorciados del espíritu libre y democrático que constituye la tradición de nuestras instituciones”. Además, los cordobeses dejaron de manifiesto que era preciso “procurar la concordancia espontánea de los diversos grupos políticos, antes que la adhesión de los mismos a las bases particulares prestablecidas por uno de ellos”. Así, el PD le comunicó al Partido Conservador que no integraría una agrupación ideada por dicho partido, sino que era preciso que el programa fuese discutido por los diferentes delegados partidarios.[31]

Mariano P. Ceballos declaró que la FND, a diferencia de la nueva agrupación, era la “síntesis del estado político opositor al gobierno depuesto” y no una “organización improvisada surgida al calor del oficialismo”. Añadió que el PDN constituía “un organismo artificial, sin vida, sin ambiente” y que no tenía razón de ser. Manifestó, finalmente, que el gobierno nacional podía ayudar a resolver el problema político si dejaba de intervenir a favor de cierto partido, convocaba a elecciones generales y reconocía que la ley Sáenz Peña era una “conquista definitiva de la democracia”.[32] Con estas palabras, el líder de Villa Nueva denunció las presiones que tuvieron lugar desde el gobierno en la conformación del PDN y los intentos de favorecer al Partido Conservador de Buenos Aires.

Esta reticencia del PD a utilizar en el espacio provincial la sigla PDN es indicativa de una identidad política fuerte y de los resquemores que generaba entre muchos partidarios la idea de que el partido quedara eclipsado por directrices provenientes de Buenos Aires.

Ideas progresistas vs ideas conservadoras

A las diferencias de opinión en cuanto al manejo de las relaciones del partido con el entorno se sumaron otras, que se vislumbraban en diferentes posicionamientos ideológicos de los miembros de la agrupación. Un momento clave que dejó al descubierto estas cuestiones fue el Congreso de la Juventud Demócrata de 1928. Allí, el sector vinculado a los jóvenes del partido y al secretario del evento, José Aguirre Cámara, intentó incorporar en la carta orgánica y plataforma partidaria el voto directo de los afiliados, el divorcio vincular, la equiparación de hijos legítimos e ilegítimos, el sufragio femenino, etc. Este grupo fue resistido por los sectores más conservadores, que frenaron la aprobación de estas medidas.

En 1932, cuando en la Cámara de Diputados de la Nación se empezó a discutir la ley de divorcio,[33] Carlos Courel se posicionó tenazmente en contra, alegando que la aceptarían “los que se complacen con los espectáculos ligeros de cabaret”. En la votación, cinco diputados cordobeses votaron para aplazar el tratamiento de la cuestión: Damián Fernández, Carlos D. Courel, José H. Martínez, Rodolfo Moyano y Marcial Zarazaga. En cambio, lo hicieron contra del aplazamiento Cárcano, Palacio, Alonso y Costa Méndez, razón por la que fueron sindicados como divorcistas, dado que los que bregaban porque la ley se sancionara eran mayoría y si se trataba se aprobaría. Finalmente, la Cámara aprobó la ley de divorcio. Solo tres diputados nacionales de Córdoba (Cárcano, Palacio y Alonso) votaron a favor. Los partidarios que los objetaron dijeron que habían traicionado los postulados de la carta orgánica. El País refutaba que los tres legisladores hubieran atentado contra la familia y la religión al votar a favor y alegaba que solo fueron contra “las fuerzas estáticas que se oponen a nuestro progreso social”. Estos representaron con su accionar el PD renovado y vigorizado en 1928. Los tres diputados habían sido líderes de aquel movimiento. Esto destaca la orientación progresista y liberal de determinados miembros del partido.[34]

La campaña electoral de 1935, entre divisiones internas y alianzas del rival con otras fuerzas

Las tensiones al interior del PD fueron en aumento durante la gobernación de Pedro J. Frías (1932-1936). La designación de jefes políticos al pasar el partido del llano al gobierno generó fuertes conflictos. A su vez, esto se vinculaba con la elección interna que la agrupación debía realizar, según estipulaba su carta orgánica. En los comicios legislativos de 1934 el PD se dividió en ministerialistas y antiministeriales, quienes presentaron listas por separado. Uno de los blancos de los ataques fue el ministro de hacienda, Aguirre Cámara, quien sería el futuro candidato a gobernador.

Si bien este fue resistido por poderosos correligionarios, logró que la convención lo designara candidato. No obstante, la proclamación no trajo aparejado el respaldo proselitista de todos los hombres del partido, cuestión que se evidenció en el abandono que hicieron de la campaña. A pesar de esto, el candidato recorrió toda la provincia y realizó una novedosa y disruptiva campaña. En ella aseguró:

En la democracia del Norte, la más perfeccionada del mundo quizá y la que ha servido de fundamento a los partidos políticos argentinos, la Convención se limita a sancionar lo que los clubs partidarios ya han resuelto. Es la consagración oficial de una fórmula más que la sorpresiva elección de candidatos lo que da categoría de asamblea soberana a una Convención.[35]

El PD marcaba el camino para iniciar una nueva etapa de las nuevas prácticas políticas de la hora.[36] De esta manera, para legitimar el mecanismo de designación de candidatos por convenciones se destacaba el carácter multitudinario de la asamblea y el carácter “consagratorio” que poseería.

En la convención, al hacer uso de la palabra Aguirre Cámara señaló que el país era “el campo de batalla de una lucha titánica” que era preciso terminar. Algo novedoso que había ocurrido era que “una conciencia política” había penetrado en las masas, las había “devuelto a la reflexión”, “orientado hacia los partidos de orden”. En ese sentido, “Esta Convención, esta muchedumbre magnífica y tremenda, es el primer cañonazo que lanzamos contra los ejércitos del desorden, es el portaestandarte que enarbolamos frente al fetichismo y la demagogia. Teneos que derribarlos.” A los convencionales les dijo que eran parte de una agrupación política que siempre había medido su responsabilidad y atendido a sus obligaciones. Eran una columna democrática que sabía su camino. El partido era responsable, auténtico y sentía y pensaba “como pueblo auténtico, razona y discierne como masa, pero no ejecuta con la fuerza dinámica y destructora de la turba”. Dijo que los demócratas habían fortalecido y perfeccionado la democracia, no seguían las corrientes demagógicas, sino que sentían la necesidad de orientar y educar a la opinión pública y no “seguirla servilmente”. Se distinguían del adversario en su concepción de gobierno y en su concepción política: “Somos […] una fuerza profundamente democrática, capaz de contener los ataques combinados de la demagogia, de la derecha y de la izquierda”. Frente al peligro del radicalismo levantaban su tradición: “En el país, somos un ejemplo estupendo de la armonía posible entre profundos impulsos innovadores y las realidades históricas de un pueblo que ha acumulado alguna experiencia”. Le reclamó a su partido fidelidad, disciplina y tradición y aseguró que no prescindiría en el gobierno de ninguna fuerza de su partido. Esto no implicaría el peligro de gobierno de comité, porque el PD era una fuerza madura políticamente.[37]

Aguirre Cámara, en una conferencia que pronunció por radio dijo que algo había cambiado en la república, el pueblo quería una democracia eficiente, ya no le alcanzaba solo con votar: “ahora quiere también votar bien […] Nosotros somos el ideal hecho carne de la democracia eficiente”, dado que los demócratas crearon gobiernos de orden sin sacrificar la libertad, sin alterar el equilibro de los poderes, sin herir el sistema representativo, sin dejar de lado la dignificación de las clases trabajadoras y sin romper la paz social. Agregó que aspiraban a la justicia social en el trabajo y detalló una serie de medidas que el gobierno tomó para avanzar en ello.

“Gobernar es preveer” [sic], manifestó, y alegó que en el Estado moderno se debía facilitar a todos el medio para su desenvolvimiento y no podían existir individualidades ajenas al interés del todo social, que se encerraran en el egoísmo de su propio bienestar, pero tampoco podían existir individualidades imposibilitadas para cumplir sus fines: “Ni células parasitarias, ni células asfixiadas por la inercia”. Proponía crear un fondo de desocupación y planes de obra pública y atender a diversos problemas sociales (hospitalario, de la vivienda obrera, campos de entrenamiento deportivos, edificios escolares y policlínicos para la campaña). Este plan generaría trabajo: “En la bandera del Partido Demócrata hemos escrito en primer término: no más desocupados. Y lo escrito se cumplirá”. Por último, argumentó que “Solo la democracia es capaz de crear gobiernos de orden”.[38] En este punto es conveniente destacar que, en los modos que idean los hombres para alcanzar la sociedad a la que aspiran, se percibe en el dirigente la valorización de la democracia como mecanismo destinado a concretar esa sociedad ideal, la que se caracterizaba por la vigencia de “el” orden.

Ante los cuestionamientos que los demócratas le hicieron a Amadeo Sabattini por su pacto con el comunismo[39] y la catalogación del radical como comunista, éste sostuvo: “Solo a ellos […] que piensan y sienten como si estuvieran en Roma, puede la ideología fascista que los anima ofuscarlos hasta el extremo de imputarnos a nosotros, que nos impulsa el afán de restablecer las instituciones conculcadas, el que obramos al servicio de Moscú”, “Si ellos han llegado a Roma, nosotros no vamos hacia Moscú”.[40]

Respecto a la “alianza radical-comunista”, Aguirre Cámara señaló que tal maniobra era una prueba de la orfandad política del radicalismo, que no vacilaba en enajenar sus convicciones a los soviets: “Los demócratas repudiamos las extremas, derechas o izquierdas”.[41] El elemento independiente acompañaría a los demócratas, que ofrecieron un gobierno de orden. “Los conceptos de Dios, patria y hogar, no pueden oponerse al mejoramiento de las clases obreras, al contrario, las favorecen”.[42] Como respuesta a un manifiesto dado por la UCR, el candidato demócrata sostuvo “El jefe comunista del Partido Radical se ha asustado de su alianza con Moscú”. Aguirre Cámara denunció que el “contubernio roji-negro” estaba en marcha, pese a haberlo negado el jefe radical cuando dijo “No vamos hacia Moscú” y advirtió al respecto “es claro que el radicalismo no ha ido a Moscú. Es Moscú que ha venido hasta el radicalismo, y es éste que lo ha sentado en su mesa y lo alberga bajo su techo […] se quieren los votos comunistas, pero no las responsabilidades comunizantes”. [43]

En noviembre de 1935 la UCR venció al PD en Córdoba por 5000 votos. En gran parte del período, pero fundamentalmente durante la gobernación de Sabattini, se tornó virulenta la denuncia de la ineptitud de los radicales para gobernar y la premisa de que no solo poco hicieron por la institucionalidad, sino que incluso operaron en su contra. La no adhesión del radicalismo de Córdoba a los movimientos pro-aliados que buscaban romper con la neutralidad del gobierno argentino frente a la Segunda Guerra Mundial también fue operativizada por dirigentes demócratas para denostar al partido gobernante por su accionar frente a los movimientos afines al nazismo que se registraron en el país. En ese juego de definiciones que se registraron a partir de la contienda europea en el suelo argentino, los que quedaban encolumnados en la defensa de la democracia eran, en Córdoba, ciertos demócratas que se sumaban a la causa pro-aliada junto a socialistas e intelectuales. De hecho, dos dirigentes de primera línea, Ramón J. Cárcano y Aguirre Cámara, integraron Acción Argentina.

Sin embargo, maniobras de figuras del PDN y del presidente Agustín P. Justo, que prometieron una intervención federal a Córdoba, sumieron al PD en un compás de espera y en conflictos en torno a las acciones a emprender frente al Ejecutivo nacional que perjudicaron al partido.

Emergen algunos nuevos tópicos distintivos

Como se mencionó, la derrota y las maquinaciones de dirigentes del partido ligados a Buenos Aires sumieron al PD en un impasse. En 1939, ante la proximidad de la renovación gubernamental, Los Principios celebró la vuelta a la palestra de la opinión pública del PD, al que definió como fuerza conservadora de gran importancia en la República. El diario clerical aclaró que la derecha no podía confundirse con dictadura, ni los conservadores podían entenderse como “expresión de la defensa de viejas prácticas oligarcas”.[44] Aseguraba el matutino que

Conservador es actualmente el que cuida y defiende el acervo espiritual de la Nación, el que cuida sus clases humildes, el que trabaja por sus justas reivindicaciones, poniendo de esta manera una barrera infranqueable al odio de clases, a la formación de castas, a la infiltración de regímenes exóticos que […] son forzosamente extremistas y absolutamente anormales en un pueblo que trabaja con la armonía de todas sus fuerzas productoras como es el nuestro.[45]

En las elecciones para gobernador de 1940 se enfrentaron el radical Santiago del Castillo y el exdiputado demócrata Benjamín Palacio. Ambos basaron sus discursos en el respeto por la democracia. Palacio ratificó el contenido republicano y democrático tanto de su partido como de la campaña que este desarrolló y agregó que los demócratas se habían educado en el seno de una democracia que se había sabido construir, sin buscar modelos de afuera.[46] En el acto de cierre proselitista, el dirigente demócrata Deheza destacó:

Somos conservadores en todo lo que nos manda conservar las instituciones, la tradición y los sentimientos de nuestro pueblo. Somos avanzados en cuanto hemos procurado para nuestro país y para nuestra provincia las legislaciones modernas, con sus conceptos de mayor bienestar y justicia social. Somos nacionalistas en cuanto defendemos los más sagrados principios que caracterizaron siempre a la sociedad argentina y somos demócratas por cuanto afirmamos que, viviendo y practicando en el gobierno los principios que inspiran nuestras instituciones, tenemos los medios seguros de conseguir el mayor progreso del país y el bienestar de su pueblo.[47]

De este modo, destacaba cuáles eran los elementos que buscaban preservar, cuáles los cambios que habían introducido y expresaba su resistencia a que el partido fuera tildado de poseer una postura de inmovilidad.

El País retomó en una nota una frase del presidente Roberto Ortiz al leer su mensaje de inauguración de las sesiones parlamentarias, según la cual en Argentina la democracia era “racial e histórica”. El diario diferenciaba a Ortiz de Justo y destacaba que el primero tenía mayor compromiso con la democracia. Marcaba una diferenciación entre las doctrinas introducidas por los vencedores de Caseros, herederas de la Revolución Francesa, el parlamentarismo inglés y la constitución norteamericana, que eran liberales, pero no democráticas. Aseguraba que esas minorías ilustradas fueron recelosas frente a las masas populares y, en la actualidad, sus discípulos realizaban fraude en nombre de la cultura. En cambio, la democracia “racial e histórica” de Ortiz derivaba de la herencia igualitaria española, que se diferenciaba de la de los doctrinarios liberales, “demócratas en la teoría y en el nombre, pero adversarios del pueblo en la práctica”.[48] Independientemente de las interpretaciones sobre las tradiciones ideológicas del conservadurismo, lo interesante es que la nota reflejaba que para el sector demócrata que conducía el diario, vinculado a Aguirre Cámara, el conservadurismo no era antipopular. Se trata de un elemento en el pensamiento de Aguirre que fue tomando consistencia a partir de entonces, pero que no se había exhibido con tanta nitidez desde un comienzo.

En los años 90, Emilio Olmos (h) declaró que en los ’30 el PD era una síntesis del pensamiento liberal de Ramón J. Cárcano y del “más conservador que liberal” de Rafael Núñez.[49] No obstante, lejos de existir esa síntesis, lo que en la práctica hubo fueron importantes disputas de poder por “hablar en nombre del partido” y el partido fue un espacio de competencia entre agentes (en términos de Offerlé, 2004). Lejos de poder pensar al PD como una síntesis, un producto armónico de la combinación de distintas tendencias antagónicas, el partido debe pensarse como lo hace Sartori (1994), como un sistema en sí mismo, un “microcosmos” y “un sistema político en miniatura” (p. 57).

En una reunión del Comité Central del PD que fijó los comicios internos para designar candidatos a los comicios de 1940 se produjo un interesante debate en torno a los posicionamientos del aguirrismo respecto a la cuestión económica. Vázquez Cuesta propuso que antes de los comicios se reuniese la Convención Provincial para que se redactara un plan de lucha y un programa al que debían adherir los candidatos de la agrupación. Adhirió a la medida Aguirre Cámara, alegando que había que actualizar el programa, tarea que era de la convención, pero que ésta no debía reunirse antes, sino después del comicio interno. Mientras hablaba el expresidente, destacando que el PD era un partido de ideas, Martínez lo interrumpió para declarar “somos un partido centrista”, a lo que Aguirre Cámara contestó que ello era verdad, pero “centrista con inclinación hacia la izquierda en el orden económico”.[50] Cafferata, por su parte, se posicionó a favor del programa existente.[51]

Diferentes elementos fueron nutriendo los discursos demócratas en esta etapa. Algunos de largo arraigo en el partido, otros que se fueron incorporando lentamente y adquiriendo mayor presencia. Entre los novedosos se encuentra la negativa a asociar al conservadurismo con el rechazo al cambio, la vinculación con la noción de justicia social y la preocupación por las clases trabajadoras.

El País cuestionaba que, ante la proximidad de los comicios para diputados nacionales de marzo de 1942, los partidos permanecían en la inacción, respondiendo con debilidad a la defensa de los intereses nacionales y privando de envergadura democrática al acto, faltando a su compromiso de “educar a las masas” para el sufragio.[52]

No fue ajeno que los hombres del PD eran conscientes de que solo podían disputar la primera minoría y que, para ello, no necesitaban ningún esfuerzo. El calendario electoral, que fijaba el comicio presidencial para 1943, tensaba aún más la situación, al tener que designarse el candidato del PDN. Como es sabido, la elección general no tuvo lugar, debido al golpe de Estado del 4 de junio.

Para entonces el PD había atravesado un proceso de intervención y división. Por un lado, se hallaba el denominado Núcleo Popular y Democrático, liderado por Aguirre Cámara y, por otro, Cabildo Abierto. Los representantes del primero, tras el golpe, publicaron un manifiesto en el que destacaron que su posición “especialísima” dentro de las fuerzas conservadoras del país les permitía abrir un juicio imparcial. Señalaron que el movimiento militar fue determinado por una situación institucional, política y moral insostenible, en la que el fraude disolvió los partidos, se les cerró el camino a las fuerzas políticas opositoras y se hizo que estas se desarticularan. Mientras, las fuerzas que apoyaban al gobierno se tornaron elementos manipulados por clanes reducidos y se proclamó la infalibilidad presidencial, como en “épocas nefastas”. Estos hombres apelaron a la violencia para imponer un sucesor, incluso dentro de las propias filas partidarias y el debate se cerró. La administración se descompuso:

Los mejores artífices del golpe del 4 de junio fueron, por eso, los hombres que habían asumido, sin contrapesos, toda la responsabilidad de la política conservadora del gobierno depuesto y que descontaban […] un largo predominio del que se excluía con encono a todo el que acusara alguna independencia de criterio. El derrocamiento del orden legal […] constituye una terapéutica muy dolorosa e incierta, pero la verdad histórica es que se había cerrado toda otra salida.[53]

Con estas palabras quedó de manifiesto la tensión que para algunos dirigentes partidarios supuso el acceso al Ejecutivo nacional de los sectores vinculados al justismo y a los miembros del PDN. Los demócratas de Córdoba que se alinearon a estos últimos gozaron de una destacada proyección nacional y lograron subsumir al partido a sus intereses, incluso cuando implicara llevarlo a la derrota provincial. No obstante, existieron otros que, descontentos con la sumisión en que se hallaba la agrupación, intentaron vigorizarla y disputar el poder en la provincia.

En 1943, el derrocamiento se organizó desde los cuarteles, por un Ejército que desde hacía más de una década se había constituido en un actor clave en el sistema político. El presidente desalojado de la Casa Rosada fue una figura que circunstancialmente llegó a ocupar el sillón de Rivadavia luego de ser designado candidato a vicepresidente por el PDN, tras vetar Justo al candidato que buscaba elevar la agrupación y resultarle imposible a Ortiz continuar en la máxima magistratura por problemas de salud. No obstante, tanto la máxima figura del radicalismo como el catamarqueño fueron derrocados por falta de legitimidad (de origen y de ejercicio) de sus mandatos, cuando afrontaron resistencias incluso de sus propios partidarios.

A ello no fue ajeno lo que Gallo advierte respecto a uno de los inconvenientes del conservadurismo argentino: el de combinar tradiciones políticas dispersas en un partido nacional,[54] pero tampoco los manejos políticos diagramados desde el poder central para imponer determinados candidatos en las provincias y garantizar las sucesiones presidenciales. El faccionalismo imperante en estos partidos allanó el camino para que ello se hiciera efectivo.

El proceso político que tuvo lugar en aquellos años generó divisiones al interior del PD, donde, además de las disputas por la obtención de incentivos,[55] existieron profundas divergencias en la forma de concebir al partido, la política y los liderazgos. Atentos a una definición de los partidos como etiquetas a las que sirven los dirigentes y de las cuales se sirven, es necesario destacar que el PD careció de homogeneidad, pero, también, de una coalición dominante capaz de consensuar o imponer una línea de acción acatada por la amplia mayoría.

Las contradicciones tampoco escasearon. Mientras en los discursos se apelaba a razonamientos de tipo oligárquico frente el adversario radical, también se revalorizaba la democracia interna como mecanismo de selección de cargos. Mientras que se legitimaba la democracia representativa y la ley Sáenz Peña, al interior del partido algunos hombres bregaban por el mantenimiento de las jerarquías sociales y los liderazgos de tipo notabiliares.

No obstante, lo que sí se percibe es que esta práctica comenzó a cuestionarse cada vez más enfáticamente desde 1928 y que muchos demócratas entendieron los liderazgos en el partido y los mecanismos de lucha internos de un modo diferente. Un ejemplo de ello fue cuando, al preguntársele a Palacio si era verdad que Hipólito Montagne se reincorporaría al PD, respondió que si quería hacerlo debería empezar desde abajo “porque estamos cansados de enjabonar negros para que otros se diviertan”. En un fragmento del artículo anexado al informe, Palacio decía que Montagne era un respetable caballero, pero que no era ni había sido nunca político y ya había cumplido su ciclo en la vida pública y por entonces debía “descansar como tantos otros caballeros que no se han preocupado por ampliar el caudal electoral del partido”. Además, le recriminaba nunca haber abierto su estudio al “correligionario pobre”.[56] Los partidos no solo debían “educar al sufragante”, también era común el ofrecimiento de servicios como estos y consultorios médicos, lo que era central en la coyuntura previa a la instauración del Estado de Bienestar.

A modo de cierre

En un balance general de la agrupación algunas cuestiones resultan lo suficientemente fuertes y se hacen presente en todos los sectores partidarios como para permitir hablar de elementos nítidos de una identidad demócrata. En primer lugar, la definición de un adversario común: el radicalismo (independientemente que en ocasiones se fustigara al comunismo o alguna otra fuerza). En segundo lugar, la apelación al mantenimiento del orden como uno de los objetivos centrales de la agrupación, que se oponía tanto a aquellos sectores que buscaran modificarlo desde la extrema derecha o desde las izquierdas.

En los convulsionados quince años analizados, el PD mantuvo estos componentes y, a la vez, se generaron otros nuevos que cuestionaron las prácticas oligárquicas que seguían operando en la agrupación. La tensión entre lo nuevo y lo viejo fue constante y las medidas adoptadas no solo dependieron de las adscripciones a determinados idearios, sino de las posibilidades políticas efectivas de llevarlas adelante en un partido en la que nuevos tipos de liderazgos disputaban poder con los notables.

La principal tensión registrada, que pone de relieve la presencia de distintas culturas políticas en la agrupación, es la existente entre liberalismo y democracia. Los dirigentes notabiliares continuaron apelando a las jerarquías sociales para legitimar su predominio al interior de la organización. Hablaban en nombre de “la tradición”, contra los “neófitos”. El elitismo liberal decimonónico se exhibió con nitidez en ellos. En cambio, en los sectores vinculados a la renovación, se apeló a que la legitimidad de los dirigentes solo podría ser concedida por los afiliados.

En estas dos visiones hay una manera diametralmente opuesta de entender la política. En la primera, hay una lectura oligárquica en la que sus hombres se perciben como los legítimamente aptos para ejercer el gobierno del partido. En la segunda, en cambio, se entiende que es preciso la competencia por obtener el apoyo de la mayoría como forma de legitimar el poder.

Independientemente de estas cuestiones, es necesario destacar que cuando la democracia fue puesta en entredicho por diversos actores, los demócratas cerraron fila en su defensa. En esto se comprueba la hipótesis de Losada (2020) respecto a que la democracia se planteó en los ´30 en términos de conservación, mientras que la de ruptura se asoció a los espacios antiliberales. Como conservadores, los demócratas no perseguían una utopía. No existió entre ellos un proyecto de sociedad ideal a implementar por el que lucharan. Estaban convencidos de que la existente debía conservarse con modificaciones que la hicieran progresar. No obstante, no todos los dirigentes compartían el diagnóstico sobre qué cambios eran los deseables y, en ocasiones, esta cuestión tensionó a la agrupación.

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  1. Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
  2. Ante la proximidad de las elecciones nacionales, Julio A. Roca (h) presidió la “Confederación de las derechas”, que nucleó a diversos partidos conservadores provinciales. Estos, en 1928, apoyaron a los candidatos de la UCR antipersonalista, dando lugar al denominado Frente Único.
  3. Una particularidad del período de análisis fue el impacto ocasionado por la denominada crisis del consenso liberal. A nivel mundial el liberalismo y la democracia representativa fueron puestos en cuestión y emergieron nuevos proyectos de regímenes políticos que buscaron, de diverso modo, organizar el porvenir. La primera pregunta que se suscita es hasta qué punto incidieron estos elementos al interior del PD. Como han demostrado diversos estudios, mientras que la segunda década del siglo XX fue de optimismo por las potencialidades de la implementación del reformismo liberal, no solo en lo referido a la reforma de la normativa electoral, sino por su apuesta de regeneración de los partidos, hacia los años ‘20 comenzaron a emerger descontentos, presentándose propuestas de “reformar la reforma” (Persello y de Privitellio, 2007).
  4. El País, 15/01/1928.
  5. El País, 15/01/1928
  6. El País, 23/01/1928.
  7. Emilio Olmos, era un dirigente que había empezado a gravitar en el partido a partir de su designación como intendente de la ciudad de Córdoba en 1925 y su reelección en 1928 y que, en 1929, renunció a presidir la comuna para dedicarse a la lucha interna. Fue, junto a sus hombres de confianza, quienes se identificaron con la renovación.
  8. El PDN fue una alianza de distintas fuerzas provinciales conservadoras, nacida en 1931 a iniciativa del Partido Conservador de Buenos Aires.
  9. Córdoba, 06/08/1929.
  10. El País, 24/04/1930.
  11. Su gestión, atravesó diversos inconvenientes intrapartidarios, que se pusieron de manifiesto sobre todo luego de la renuncia de Amadeo Sabattini a la cartera de gobierno, a raíz de su oposición al ministro Agustín Garzón Agulla. A su vez, esto condujo a tensiones en la legislatura, donde la mayoría estaba alineada con el líder de Villa María. En estos años, las relaciones con la oposición se tornaron álgidas, principalmente por las diversas iniciativas promovidas desde el senado provincial y del ejecutivo para hacerse con las comunas que gobernaban los demócratas (Osella, 2016).
  12. Para más información sobre la dinámica oficialismo/oposición en la etapa ver Osella (2016).
  13. Presidió el partido en 1937. Sin embargo, este último no logró vencer las resistencias de los hombres de la capital, aliados con ciertos líderes del interior, y debió renunciar.
  14. Recién en 1937 el PD aprobó el voto directo. Sin embargo, si se analiza el proceso de conformación de las listas de candidatos, se observa como este fue burlado en la práctica por recurrentes acuerdos al interior del PDN.
  15. El País, 29/09/1932.
  16. El País, 15/06/1932.
  17. La Voz del Interior, 02/11/1933.
  18. La Voz del Interior, 15/01/1935.
  19. El País, 09/06/1935.
  20. El País, 01/05/1935.
  21. El País, 01/05/1935.
  22. Los Principios, 02/11/1935.
  23. El País, 07/06/1935.
  24. La Voz del Interior, 20/01/1934.
  25. El País, 19/02/1936.
  26. El País, 19/2/1936.
  27. Coalición de conservadores, antipersonalistas y socialistas independientes destinada a presionar por elecciones.
  28. Carta de Ibarguren a Rothe, 06/02/1931. Conferencia entre Matías Sánchez Sorondo e Ibarguren, 03/02/1931. Carta de Carlos Ibarguren a Guillermo Rothe, 19/01/1931. Fondo Carlos Ibarguren, Caja N° 21, Academia Nacional de Historia.
  29. Córdoba, 01/02/1931.
  30. La Voz del Interior, 01/02/1931.
  31. Córdoba, 12/02/1931.
  32. Los Principios, 26/04/1931.
  33. El País, 22/09/1932.
  34. El País, 27/09/1932.
  35. EP, 14/7/1935.
  36. EP, 14/7/1935.
  37. El País, 15/07/1935.
  38. El País, 24/07/1935.
  39. En las elecciones de noviembre de 1935 el Partido Comunista de Córdoba, en consonancia con el cambio de estrategia internacional del PC que consistió en aliarse con partidos burgueses y crear Frentes Populares contra la reacción, apoyó a Sabattini.
  40. Los Principios, 02/11/1935.
  41. Los Principios, 02/11/1935.
  42. Los Principios, 02/11/1935.
  43. Los Principios, 02/11/1935.
  44. Los Principios, 20/04/1939.
  45. Los Principios, 20/04/1939.
  46. El País, 01/03/1940.
  47. El País, 02/03/1940.
  48. El País, 14/07/1940.
  49. Entrevista a Emilio Olmos. Reproducida en Montserrat (1992, p. 46).
  50. Dos proyectos de ley presentados por diputados del PD de Córdoba en la Cámara de Diputados de la Nación merecen considerarse. Por un lado, el de la ley de impuesto a los réditos (Aguirre Cámara) y, por otro, el de colonización agraria (Benjamín Palacio).
  51. El País, 23/07/1939.
  52. El País, 12/02/1942.
  53. La Voz del Interior, 20/06/1943.
  54. Citado en Monserrat (1992, p. 93).
  55. La tipología de los incentivos colectivos de Panebianco comprende la distribución de un tipo de incentivo colectivo (identidad) y dos selectivos (material y status). Todo partido debe distribuir cada uno de estos tres tipos de incentivos y el sistema de incentivos (la combinación de los diversos tipos) varía de un partido político a otro (Panebianco, 1990, pp. 46-68).
  56. Fondo Agustín P. Justo. AGN. Documento N° 39.


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