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Las religiosas: seis décadas
anhelando cambios

Ana Lourdes Suárez

En octubre de 2024 concluyó el proceso sinodal, una iniciativa de la Iglesia católica que buscó fomentar la participación de los fieles de todo el mundo y la reflexión colectiva sobre temas relevantes para la comunidad eclesial. Este proceso, que se desarrolló a lo largo de varios años, se centró en la sinodalidad, es decir, en la manera en que la Iglesia camina como comunidad, escuchando y dialogando. José Manuel Vidal, director del portal Religión Digital, recogiendo un sentir bastante generalizado de quienes participaron del proceso, expresó que en el documento final del sínodo sobre sinodalidad, no hay concreciones ni aterrizajes en temas claves. Defrauda particularmente, argumenta, que la Iglesia siga sin dar respuestas claras, concretas y directas a tres asignaturas pendientes: el puesto de la mujer en la institución, la erradicación de los abusos y la quiebra de la espina dorsal del clericalismo. Tres fenómenos que urgen, en los que la sociedad no concede respiro, y menos en esta época.[1] Los tres temas señalados por Vidal atraviesan directamente la dinámica de la vida religiosa femenina (VRF) y son el foco sobre el cual centro el análisis de la VRF luego del Concilio Vaticano II.

Comienzo el escrito haciendo un breve análisis del contexto en el cual nacieron la mayoría de las congregaciones religiosas presentes en la actualidad. Analizo, luego, la evolución numérica de sus miembros entre 1970 y el presente a nivel mundial y por continente, con foco en las tendencias en América Latina; realizo una comparación de la evolución de las religiosas con la de sus pares consagrados célibes varones; ahondo brevemente en algunos cambios en la VRF que el Concilio Vaticano II impulsó y sus implicancias. Finalmente, analizo por qué las dinámicas del clericalismo, del patriarcado, de la exclusión de las mujeres al sacerdocio y a la conducción de la Iglesia, y los abusos eclesiales inciden en la constante merma en el número de religiosas.

Contexto de origen de las congregaciones religiosas femeninas

La gran mayoría de las congregaciones religiosas femeninas presentes hoy en el mundo nacieron luego de 1800. Siguiendo la periodización propuesta por Cada et al.,[2] inauguraron una nueva etapa para la vida consagrada célibe, la de aquellos institutos de vida religiosa (IVR) dedicados a la evangelización a través de obras, especialmente, aquellas educativas. Los nuevos IVR expresaban la agenda de los obispos romanizados de fines del siglo XIX y principios del XX. Se sumaron así a la tarea de combatir el secularismo, dándole visibilidad a la Iglesia, a sus instituciones y a su doctrina. A través del trabajo en los colegios que fueron fundando y de sus obras asistenciales y pastorales, sostuvieron la tarea de colaborar en el proyecto de construcción de una sociedad católica.[3] Cerca de seiscientas nuevas comunidades se fundaron en el siglo XIX, la mayoría femeninas, ya que la etapa comienza con el levantamiento de la prohibición de la vida activa para las mujeres quienes durante toda la etapa apostólica –marcada por el surgimiento de varias congregaciones activas masculinas– tuvieron que acatar las directivas del Concilio de Trento (1563) de atenerse a la clausura bajo pena de excomunión.

Hacia mediados del siglo XX, la vasta red de instituciones católicas conformada por personal religioso profesional miembros de los IVR abarcó los países desarrollados con presencias y redes importantes en las tierras de “misión”. El sistema funcionaba bien y había sido perfeccionado para obtener la mayor eficiencia.

Evolución numérica de las religiosas entre 1970 y 2022

En 1970, año en el cual una oficina del Vaticano comenzó la publicación periódica de los anuarios estadísticos, en el mundo se contabilizaban poco más de un millón de mujeres consagradas célibes miembros de algún instituto de vida religiosa femenino (IVRF). Para ese entonces, poco más de la mitad (561.389) se concentraban en Europa, cuna de la mayoría de los IVRF. América del Norte concentraba 197.046 religiosas; América Latina: 122.207; Asia: 72.373; en África y en Oceanía había menos de 20.000 respectivamente (ver gráfico 1).

Cincuenta años después, o sea, en el presente, el número total de religiosas en el mundo había descendido en más de un 40 % (599.228 en 2022). En Europa se contabilizan 193.178 (casi dos tercios menos que en 1970); en América del Norte la proporción de la caída fue aún mayor; en el presente son 45.691, esto es, 4,3 veces menos que cinco décadas atrás. En ambas regiones las caídas fueron constantes desde finales de los 70, pero se aceleraron en el nuevo milenio. En América Latina la tendencia fue levemente al alza hasta el 2000 (un incremento de alrededor de 7.000 religiosas); desde entonces hasta el presente la tendencia es a la baja constante; en la actualidad hay 95.590 religiosas en la región (casi 27.000 menos que en 1970).[4] En África y en Asia la evolución fue positiva. Entre 1970 y 2022 los valores se duplicaron en ambos casos (ver gráfico 1).

Los religiosos no ordenados (hermanos) registran una tendencia similar a la de las religiosas. Claro que sus números fueron siempre muy inferiores. A nivel mundial, en 1970 sumaban 79.408 y en 2020 se redujeron a 49.414. Se trata claramente de una opción poco atractiva; varios varones que ingresan a un IVR optan por el sacerdocio. En cambio, el número de sacerdotes, aun si inferior al de las religiosas, muestra una tendencia que indica que es una “vocación” que logró seguir atrayendo varones a sus filas en forma constante entre 1970 y 2022 (419.728 y 407.730 respectivamente); solo en los últimos años del presente milenio sus números comienzan a descender. Cabe notar que mientras que en 1970 más del 70 % de la vida consagrada célibe era femenina, en el presente la proporción entre varones y mujeres tendió a igualarse.

Con base en los datos presentados caben algunas preguntas: ¿por qué la renovación de la Iglesia que trajo el Concilio Vaticano II no redundó en un aggiornamento de la VRF que la tornara atractiva para mujeres? ¿Por qué entre las filas de los célibes consagrados se perdieron más mujeres que varones? O, dicho de otra manera, ¿por qué el sacerdocio mantuvo su atractivo para varones, mientras que la VRF fue crecientemente perdiendo fuerza? La caída del número de religiosas es paralela a su creciente envejecimiento; con edades promedio cada vez más elevadas, ¿cómo mantienen las religiosas el compromiso con sus obras, dado que no solo son cada vez menos, sino que también va disminuyendo la proporción de aquellas en edades activas? ¿Cómo encaran el cuidado de las religiosas mayores que, en muchas congregaciones, constituyen la gran mayoría?

Las respuestas vinculadas a las preguntas sobre la disminución del número de religiosas pueden abordarse desde varios ángulos. La mirada que desde mediados del siglo XX trajo el feminismo sobre el rol de las mujeres en la sociedad es un ángulo medular del que se derivan otros. El feminismo, en sus diversas etapas, fue brindando herramientas teóricas que permitieron cuestionar las representaciones que perpetúan la desigualdad entre mujeres y hombres. Ayudó a visibilizar el patriarcado y sus consecuencias para las mujeres.

En las sociedades occidentales, donde se registra la mayor caída de religiosas, las mujeres fueron encontrando espacios de desarrollo personal por fuera de los tradicionales roles en la familia. La vida dentro de institutos de vida de religiosa, que hasta hace pocas décadas se presentaba como “único” espacio alternativo al de la familia para las mujeres, pasó a ser un proyecto de vida más entre otros posibles para mujeres. Sin embargo, los cambios que el feminismo ayudó a forjar en la sociedad, y que redundaron en una mayor equiparación entre los roles de varones y mujeres, poco permearon en la estructura de la Iglesia católica. Esta constituye una de las mayores limitaciones a la renovación propuesta por el Concilio.

El Concilio Vaticano II recogió el espíritu de cambio que se venía gestando en la Iglesia y lo tradujo a renovaciones en diversos niveles: en la liturgia, en apoyar el compromiso social y político, en la forma en que la Iglesia se comprende a sí misma y dialoga con el mundo, en la mayor apertura a la participación laical, etc. Sin embargo, no cuestionó ni cambió su estructura patriarcal, por ende, su jerarquía y conducción masculina clerical, ni su esquema de gobierno monacal (no democrático). Un grupo particularmente afectado por esta inflexibilidad es el de las religiosas.

Renovación de la vida religiosa impulsada por el Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II, a través de su documento Perfectae Caritatis, hizo un llamado a la renovación de los institutos de vida religiosa, por el cual los instaba a repensar su ministerio en un proceso de aggiornamento. En este contexto, no exento de varios conflictos y resistencias internas, muchas congregaciones religiosas flexibilizaron sus prácticas y procesos internos y trataron de redefinir su misión socio-evangelizadora.

La recepción del Concilio en América Latina, especialmente en la Conferencia de Medellín, promovió la “opción preferencial por los pobres” como un compromiso y práctica fundamental de la Iglesia. Algunas congregaciones religiosas femeninas encontraron en este llamado el impulso para su renovación. Parte de la vida religiosa entendía que el cambio profundo, la transformación de época y la nueva imagen de la vida consagrada estaban intrínsecamente ligados a esta nueva opción que las llevó a establecer pequeñas comunidades en zonas empobrecidas. Desde esta perspectiva esperanzadora, para estas religiosas, vivir “entre” y “para” los pobres otorgaba sentido, contenido y forma a la renovación de la Iglesia postconciliar. Esta “nueva” cara de la vida religiosa reflejaba el malestar de muchos religiosos y religiosas, especialmente mujeres, que buscaban redirigir su vocación; deseaban encontrar significado en la vida consagrada fuera de las instituciones tradicionales, en comunidades menos rígidas y acompañando a los más desfavorecidos en sus propios espacios marginados.[5]

Sin embargo, la renovación, el compromiso y la identidad que encontraron en esta inserción estuvieron acompañados de diversas dificultades, como la constante disminución en el número de religiosas y el creciente envejecimiento en las comunidades. Este declive, impulsado tanto por la escasez de nuevas ingresantes como por el constante abandono de religiosas ya comprometidas, se convirtió en un telón de fondo que hizo insostenibles a algunas comunidades. El cierre de casas de inserción, donde su presencia había marcado una diferencia significativa para los habitantes, fue inevitablemente vivido con gran frustración. A este desafío de recambio se sumaron otros problemas, como el choque entre el equipo pastoral, el autoritarismo y clericalismo de muchos presbíteros, así como los cambios de sacerdotes que apoyaban la labor.[6]

Retomando el aggiornamento solicitado en Perfectae Caritatis para la vida religiosa, el documento invitó a los institutos a regresar a sus orígenes. Este proceso implicaba un “retorno a las fuentes autorizadas” de la fe cristiana, a redescubrir su verdad y significado para comprender mejor los desafíos contemporáneos. Así, las comunidades religiosas (CR) debían reinterpretar las enseñanzas de sus fundadores, buscando inspiración en el “carisma” fundacional. Este enfoque fue el que se utilizó para redactar las nuevas constituciones que todos los institutos de vida religiosa debieron reescribir tras el Concilio. El proceso resultó enriquecedor y continúa siendo una fuente de inspiración para alimentar la espiritualidad tanto individual como comunitaria. Según diversos testimonios, esta reflexión permite valorar el compromiso, el impulso y la entrega en el periodo fundacional de cada CR. Sin embargo, el retorno a las fuentes puede volverse conflictivo si no se contextualiza adecuadamente la comprensión de la vida religiosa y el marco teológico de cada fundador al plasmar el espíritu de la nueva comunidad.[7]

Siguiendo los argumentos de Juan Bautista Duhau,[8] este retorno a las fuentes implica una relectura de textos escritos hace varias décadas, conforme a las normas del género hagiográfico de la época. Estos textos idealizaban a los santos, especialmente a los fundadores, presentándolos como personas excepcionales directamente inspiradas por el Espíritu Santo, lo que fomentó su veneración y los convirtió en figuras casi heroicas. Este proceso de retorno al periodo fundacional llevó a las CR a confrontarse con una eclesiología y una teología –moral, del cuerpo, de los votos, etc.– que, en muchos casos, poco aportan a su realidad actual y generan tensiones en algunos aspectos.

¿Cómo reinterpretar a un fundador que, según las ideas del siglo XIX y principios del XX, veía a la Iglesia como una “sociedad perfecta”, gobernada por una élite clerical masculina a la que solo se debía obediencia? ¿Cómo identificarse con fundadores que concebían la vida religiosa como un “estado de perfección”, con una dinámica interna basada en una disciplina estricta? ¿Cómo reinterpretar los votos cuando el propio fundador justificaba la necesidad de una obediencia incuestionable a la autoridad (sinónimo de obediencia a Dios), de una pobreza radical que dejaba a los religiosos a merced del sustento proporcionado por la congregación, y de una castidad que se sostenía en la supresión de los afectos mediante la disciplina del cuerpo, abrazando el sufrimiento como medio de perfección? Los documentos de la época fundacional que reflejan estas ideas, lejos de ayudar a las religiosas, podrían desorientarlas y contribuir a su crisis de sentido, acentuada en el presente milenio.[9]

Los enfoques teológicos y eclesiológicos de los textos de la época fundacional en los que las religiosas buscan inspiración contrastan con los enfoques teológicos pastorales, desarrollados hace poco, especialmente aquellos en clave feminista. El paradigma católico dominante del momento histórico donde tuvieron origen la gran mayoría de las congregaciones religiosas responde al de la imagen de un Dios como un ser todopoderoso, creador del universo, que domina el cosmos, juez supremo de las personas, premiador de buenos y castigador de malos, que habita en el cielo y que promete a sus seguidores la salvación eterna en los cielos, castigando a los infractores con el infierno. Una imagen antropomórfica de Dios que se reflejó en instituciones rígidas, patriarcales y verticalistas; donde los votos de castidad, pobreza y obediencia cumplen una función controladora y disciplinadora; en la que los superiores son concebidos como mediadores directos de Dios. Posiblemente, en el marco de este paradigma dominante, para algunos de los miembros de estas instituciones, el camino de abnegación, humillación y sufrimiento imperante haya sido y es un camino de crecimiento espiritual; tema en el que no ahondaré. Cabe cuestionar, sin embargo, cuánto de ese paradigma puede seguir siendo presentado como camino espiritual individual y comunitario en las sociedades contemporáneas.

Persistencia del clericalismo, reflejo del patriarcado

El ejercicio del poder en la Iglesia nutre, crea y moldea una cultura clericalista. A pesar de las reformas del Concilio Vaticano II, esta cultura ha demostrado ser extremadamente resistente al cambio, y tanto a nivel simbólico como concreto, persiste una imagen idealizada del clero que, a su vez, se sostiene en la autopercepción del propio clero. Esta pequeña élite religiosa, compuesta exclusivamente por hombres, monopoliza la administración del poder y de los sacramentos, y es teológicamente concebida como personas que han experimentado un “cambio ontológico” espiritual como resultado de su consagración.[10] Esta creencia mantiene el sacerdocio atractivo para los hombres.

Las congregaciones religiosas femeninas, originarias en su mayoría entre principios del siglo XIX y mediados del XX, se formaron bajo la entonces incuestionable cultura del patriarcado, moldeando en ese contexto los mitos fundacionales y la tradición de cada una de ellas. Los discursos, la teología de la vida religiosa, las prácticas socio-pastorales de sus fundadores expresan la natural subordinación de las religiosas al clero y la estructura de jerarquías de poder dentro de las instituciones, selladas en los votos de obediencia, castidad y pobreza.

Desde fines del siglo pasado, la teología feminista ha sido eficaz en mostrar los mecanismos y las estrategias del patriarcado que impregna tanto las estructuras como la narrativa de todas las instituciones de la Iglesia. Sin embargo, en el presente, no se vislumbra un cambio de fondo, solo algunos pocos parches que no hacen más que confirmar que no hay señales de que la estructura patriarcal pueda cambiar.

La conducción de la Iglesia, en suma, está en manos de varones. Desde un punto de vista socio-organizacional, es una situación que solo puede entenderse mirando los contextos históricos que cristalizaron en esta construcción de poder y los mecanismos a los que se apeló para perpetuarlo. La norma que restringe el sacerdocio solo a los varones es una de las tantas de la Iglesia que, además de no funcionar por consenso, responde a las circunstancias en las que ha sido promulgada. Siguiendo las reflexiones de la teóloga Isabel Corpas, la norma respondía a que las mujeres eran consideradas seres inacabados.[11] Interpretaciones literales de la Biblia, es decir, sin una sólida hermenéutica, en temas relacionados con mujeres han sido reforzadas por influyentes teólogos como San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino. Se promovió una comprensión teológica de las mujeres como inferiores a los hombres en un lenguaje de negación sexual y de pecado. A lo largo de los siglos, la Iglesia católica ha perpetuado creencias y prácticas sobre la superioridad masculina al no problematizar estas comprensiones moldeadas en otros contextos históricos y que funcionan, así, de hecho, como una fuente de legitimación de estructuras patriarcales y clericales.

Los sólidos argumentos teológicos, especialmente aquellos esgrimidos por los abordajes feministas, no logran consolidar mecanismos que produzcan un cambio de fondo.

El papa Juan Pablo II en 1994, en la carta apostólica Ordenatio Sacerdotalis, negó el acceso de la mujer al sacerdocio y cerró el tema a toda discusión. El papa Francisco, varios años después, en Evangelii Gaudium también ratificó que “el sacerdocio reservado a los varones (…) es una cuestión que no se pone en discusión…”. Entendía, y así lo expresó con claridad, que el magisterio de Juan Pablo II “fue claro al respecto, y cerró la puerta y yo no voy a volver atrás en esto y fue un asunto tratado con seriedad y no un capricho”. Como en tantas otras cuestiones, se agita, ante lo que es una rígida posición, “la propia voluntad de Dios”. El documento que concluye el proceso sinodal de los últimos años (2024) también esquivó el tema; como afirma J. M. Vidal: “El documento les dora la píldora –a las mujeres–, les reconoce que son parte fundamental de la institución y del seguimiento del Maestro, pero no saca conclusiones”.[12]

¿Cómo entender que en pleno siglo XXI la Iglesia católica no reconozca la igualdad entre varones y mujeres? ¿Qué sentido tiene que esta institución siga prohibiendo la ordenación sacerdotal de mujeres? Las estructuras eclesiales básicas, la parroquia y la diócesis, están a cargo de varones: sacerdotes y obispos respectivamente. La creencia en el carácter sagrado del ministerio sacerdotal (masculino) redunda en prácticas de sumisión; entre ellas: en las parroquias, la última palabra la tiene el párroco (aun si varias tareas recaen sobre las religiosas); las congregaciones religiosas femeninas están bajo el “control” de los obispos de los lugares donde están sus casas. Las religiosas se “confiesan” con varones y la mayoría recibe su guía espiritual de ellos. El propio Vaticano es un ejemplo claro de esta primacía “sacerdotal”. La casi totalidad de sus múltiples órganos de gobierno están bajo la responsabilidad de un varón, casi todos ellos sacerdotes. El trabajo de las religiosas en sus oficinas es variado y, como ha evidenciado Lucetta Scaraffia en un informe de 2018,[13] en muchos casos es el de asumir las tareas domésticas sirviendo a los cardenales y al papa que allí viven. ¿Qué impide que una mujer acceda al sacerdocio, al gobierno de una parroquia, de una diócesis y al papado? El poder del patriarcado.

En el contexto de una creciente conciencia de género en el siglo XXI, esta misma creencia que respalda el clericalismo entra en conflicto o excluye directamente a las mujeres que quieren vivir una vocación consagrada dentro de la Iglesia. La dinámica del clericalismo permite entender uno de los aspectos clave de la atracción hacia el sacerdocio y el creciente malestar en las religiosas.

El clericalismo subyace a las múltiples situaciones de abuso que, como la punta de un iceberg, están comenzando a emerger. El acompañamiento espiritual y la confesión son los contextos más señalados por diversos estudios como aquellos que favorecieron situaciones de abuso de poder, de conciencia, que en algunos casos fueron también sexuales.[14] La mayoría de los casos de abuso sexual del clero hacia las monjas nunca llegan al ámbito de la justicia civil. Entre las numerosas barreras se encuentra la falacia del “consentimiento” y los variados mecanismos para silenciar y mantener a las religiosas con culpa a fin de evitar un escándalo en el que un sacerdote esté involucrado. Reconocer la desigualdad estructural y la asimetría entre sacerdotes y mujeres dentro de la Iglesia católica sigue siendo una admisión difícil.

Los conceptos para iluminar situaciones de abuso, en cambio, se han ido robusteciendo a lo largo del presente milenio. Permiten identificar y nombrar prácticas y discursos típicos de la VR, ya no como “humillaciones que Dios quiere para purificar”, expresiones de una “obediencia ciega que forja a una religiosa”, etc., sino como posibles instancias de abusos de poder y de conciencia.

¿Cómo ha impactado e impacta la persistencia del discurso y de las prácticas patriarcales en las religiosas? Para muchas religiosas, la toma de conciencia sobre las consecuencias del patriarcado en la dinámica de sus instituciones se produjo tras haber recorrido un camino como integrantes de la vida religiosa. Por ello, muchas han optado por “distanciarse” del clero, lo que generó prácticas en los márgenes de la Iglesia institucionalizada o en espacios donde pueden ejercer cierta autonomía. Desde estas posiciones, alimentan la esperanza, enmarcada en una “paciencia” histórica, de que con el tiempo la Iglesia adoptará otro rostro. Varias religiosas han creado nuevos espacios de compromiso social, han formado redes transnacionales que denuncian y organizan diversas acciones, como la lucha contra la trata de personas, la defensa del medio ambiente y la protección de los pueblos originarios. Se sitúan en los márgenes de la Iglesia católica, conscientes de que solo desde allí pueden moverse con mayor libertad y forjar compromisos basados en su madurez humana y espiritual.

En el otro extremo, en consonancia con la consolidación de reacciones socioculturales conservadoras, han surgido con posterioridad al Concilio Vaticano II, instituciones religiosas ultraconservadoras, que lejos de cuestionar el patriarcado, lo abrazan. Mientras que la VRF más abierta a procesos de discernimiento, a relaciones horizontales entre sus miembros, a posiciones críticas frente al clericalismo, parece no cesar de perder miembros, los IVRF más conservadores parecieran consolidarse, lo cual frena una renovación necesaria y profunda de la Iglesia.

La VRF posconciliar, en conclusión, ha liderado en los últimos sesenta años con un pasado que moldeó su estructura, tratando cada CR de resignificar la espiritualidad y el “carisma” que inspiró su creación. Las religiosas están inmersas en un presente sin anclas sólidas, anhelando cambios en la estructura de la Iglesia que las ubiquen en un plano de igualdad con los consagrados célibes varones, lo cual no da indicios de llegar. Visualizan un futuro a todas luces muy incierto, donde el número de sus miembros probablemente siga bajando y su lugar en la conducción de la Iglesia siga subordinado al clero. Su labor de promoción socio-comunitaria, espacio que han abonado desde los márgenes de la Iglesia, será posiblemente el contexto del que se moldee su identidad futura.

Gráfico 1. Cantidad de religiosas. Total, y por las regiones del mundo (1970-2022)

Fuente: elaboración propia con base en los Anuarios Estadísticos de la Iglesia, 1970-2022.


  1. Vidal, J. M. “Documento sinodal: sabor agridulce”, Religión Digital, 26 de octubre, 2024, https://tinyurl.com/44edeh32.
  2. Cada, L.; Fitz, R.; Foley, G.; Giardino, T. y Lichtenberg, C. Shaping the coming age of religious life, The Seabury Press, 1979.
  3. Ver, entre otros, Folquer, C. “Las ‘últimas de la fila’. Los estudios sobre mujeres religiosas en Argentina”, en Catolicismos en perspectiva histórica. Argentina y Brasil en diálogo, comp. Di Stefano, R. y Cloclet Da Silva, A. R., TeseoPress, 2020, 223-254. Suárez, A. L. “Congregaciones religiosas de la Iglesia católica en Argentina. Características y flujos”, Población & Sociedad 27, n.° 1, 2020, 138-165, DOI: http://dx.doi.org/10.19137/pys.
  4. La tendencia fue dispar por subregiones de América Latina. En el cono sur la tendencia a la baja fue casi constante –liderada por los números firmemente descendentes en Argentina y Uruguay– y se aceleró a partir del 2000, cuando los números comenzaron a descender fuertemente en Brasil. Varios países de la región tuvieron una tendencia al alza hasta el 2000 (particularmente México, Ecuador, Colombia, Perú y Paraguay). En todos los países de la región, con excepción de Haití y República Dominicana, los números descienden a partir de 2005.
  5. Ver Suárez, A. L. “Congregaciones religiosas femeninas en Argentina que hicieron la opción por la inserción. Balances y desafíos”, Sociedad & Religión, n.° 53, 2020, 62-96.
  6. Ver Bracamontes, M. C. “La vida religiosa inserta en medios populares y lugares de frontera: una lectura de las respuestas a la consulta”, Revista de la CLAR, año XLVII, 4, 2009, 65-85.
  7. Suárez, A. L. y Lecaros, V. “Religious Sisters in Latin America. Identity, Challenges, and Perspectives”, International Journal of Latin American Religions, Springer Nature, 5, 2021, 330-354, https://doi.org/10.1007/s41603-021-00148-0.
  8. Duhau, J. B. “Revisión y actualización de la teología de los fundadores a partir de la crisis de los abusos”, Teología y Vida, 62, 2021, 37-58, https://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492021000100037.
  9. Suárez y Lecaros, “Religious Sisters in Latin America”.
  10. Barrionuevo Durán, C. Una Iglesia devorada por su propia sombra. Hacia una comprensión integral de la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia católica, Universidad Alberto Hurtado, 2021. Lecaros, V. y Suárez, A. L. “Le cléricalisme, version latino-américaine: ses spécificités et ses dangers. Les cas du Pérou et de l’Argentine”, Theologica Xaveriana, vol. 73, 2023, 1-31, https://doi.org/10.11144/javeriana.tx73.cvlsd.
  11. Corpas, I. “Los creyentes viven su fe sin hacer caso a las normas / Análisis”, El Tiempo, 9 de febrero, 2014, https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13476537.
  12. Vidal, J. M., op. cit.
  13. Scaraffia fue directora del suplemento Donne Chiesa Mondo (Mujeres Iglesia Mundo), de L’Osservatore Romano. Renunció ante la presión que recibió por la nota publicada en 2018 sobre las tareas de las religiosas en el Vaticano, y por otra de 2019 sobre abusos sexuales del clero a las religiosas.
  14. Suárez, A. L. “Women religious victims of clergy abuse and perpetrators of abuse”, en Abuse in the Latin American Church: An Evolving Crisis at the Core of Catholicism, ed. V. Lecaros y A. L. Suárez, Routledge, 2024, https://doi.org/10.4324/9781003401513, pp.157-176.


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