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Jesús también usa barbijo

Nota sobre la secularización del discurso cristiano en la Argentina

Diego Mauro[1]

Es un verdadero gusto compartir el panel con Francesco y con Enzo, así que bueno… manos a la obra. Tenemos algunos puntos de contacto para conversar. Esa es, por ahí, la ventaja de quedar último. Voy a empezar contándoles una anécdota sobre una fake news que circuló mucho en diferentes grupos de Facebook, grupos académicos relacionados con las ciencias sociales, incluso a las ciencias sociales de la religión. Hay una devoción en el norte argentino, la Virgen del Milagro de Salta, muy vinculada a la protección frente a los terremotos. Su festividad es a mediados de septiembre. Cuando se acercaba la fecha de la celebración, circuló en las redes sociales un documento, supuestamente emitido por el arzobispo de Salta, que cancelaba la celebración porque la Virgen protegía contra terremotos, pero no protegía contra la pandemia. Y decía que en todo caso era necesario buscar una devoción más acorde con el problema que se iba a enfrentar. Obviamente fue una noticia falsa, después desmentida por el arzobispado, pero fue interesante cómo fue asumida automáticamente como verdadera en estos grupos, en muchos casos colegas, no vinculados con los estudios de la religión, pero sí con la historia política o con la sociología política. Para todos ellos era perfectamente posible un comunicado de este tipo. Incluso circuló en grupos que se ocupan del fenómeno religioso.

Esto es interesante por el presupuesto sobre el que esa fake news podía funcionar: la idea de que efectivamente hay algún tipo de oposición de fondo entre ciencia y religión. En todo caso, que los discursos del saber biomédico tienen dificultades particulares para conectarse con algunos de los discursos religiosos. Y, al mismo tiempo, ponía en evidencia las expectativas de muchos de quienes se dedican a las ciencias sociales y las ideas que ellos tenían sobre lo que las instituciones religiosas cristianas iban a hacer en Argentina frente a la pandemia. Esto es, algún tipo de impugnación del saber biomédico, una apelación a una intervención divina, algún tipo de presencia sobrenatural o, para decirlo en los términos que planteaba Enzo recién, que iban a apelar a una metanarrativa en la cual lo sobrenatural iba a tener un peso importante. O, en todo caso, que la pandemia y el virus iban a ser interpretados como índices de algún tipo de mensaje, de un metamensaje, de una realidad más profunda. Que la religión iba a aportar herramientas idóneas para efectivamente leer ese fenómeno. Esto no quiere decir que no haya ocurrido algo por el estilo. De hecho, en Brasil existieron referentes de Iglesias neopentecostales que hablaron de un plan del diablo para alejar a los cristianos de Jesús. Me acordaba de las declaraciones del patriarca de la iglesia de Kiev, en ese momento, que directamente lo atribuyó a la expansión de la homosexualidad en Europa. Es decir, hubo intentos de leer en una clave de metanarrativa lo que estaba ocurriendo, pero no es lo que sucedió con las instituciones cristianas en la Argentina. Al menos por parte de los referentes y los dirigentes, por un lado, de la Iglesia católica, es decir, el cuerpo de obispos argentinos, y por otro lado, de las dos principales organizaciones argentinas que nuclean a diferentes expresiones del mundo protestante y evangélico: la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas y la Federación de Iglesias Evangélicas Argentinas. Esta última nuclea sobre todo a los protestantismos históricos.

Lo que hicimos con Mariano Fabris, un colega que participa de la Red y que estuvo en el Congreso, en parte en el marco de una invitación que nos hizo Francesco de un dossier que él mismo coordinó, fue seguir de manera sistemática, entre marzo de 2020 y finales de ese año, intervenciones, declaraciones, opiniones, etc., que estos dirigentes religiosos, referentes evangélicos y católicos, habían formulado sobre la pandemia en Argentina. El resultado estuvo muy alejado de los presupuestos que rodeaban esta anécdota con la que empecé la exposición. En general, en su mayoría las autoridades cristianas argentinas acompañaron las medidas de aislamiento del gobierno y plantearon una articulación complementaria con los discursos del saber biomédico. Me acordaba de las declaraciones de Alberto Bochatey, que ahora está al frente de la Conferencia Episcopal Argentina, pero que en ese momento presidía la Comisión Pastoral de la Salud de la Iglesia Católica, y que decía que por su puesto hay que rezar, hay que pedirle a Dios que nos ayude, que termine cuanto antes la pandemia, pero que eso no implicaba de ninguna manera dejar de confiar en la ciencia y en los médicos, que son los que van a traer la solución concreta al problema que tenemos. Y declaraciones de este tipo son las que dominan también las dos principales entidades que nuclean al mundo evangélico en la Argentina. En ACIERA, por su puesto, uno puede encontrar más apelaciones al Espíritu Santo y al milagro, que forman parte de la cosmología evangélica en unas coordenadas diferentes a las del mundo católico, pero en ningún momento ello fue en detrimento del apoyo a los protocolos sanitarios y la difusión del saber biomédico, ni de los criterios que el gobierno nacional y un conjunto de especialistas en salud impulsaban. ACIERA decía, por un lado, hagamos una cadena de oración para pedirle al Espíritu Santo que nos ayude y, por otro, aconsejaba descargar el PDF con el protocolo sanitario, para que los pastores lo siguieran al pie de la letra en sus templos, y les sugería articular medidas con los intendentes o los referentes políticos de las diferentes localidades. Es decir, lo que los prejuicios ilustrados de muchos espacios de investigación social suponían que iba a aparecer, en cuanto a las tensiones entre ciencia y religión, en general no apareció, por lo menos a nivel de las autoridades religiosas. Uno podría decir “bueno, a fin de cuentas, lo que se ensayó fue un discurso religioso que se pensó como complementario del saber biomédico”. Puede ser…, pero lo fundamental, me parece, fue que en todos los casos se vio un discurso considerablemente desencantado, donde lo sobrenatural no apareció como un motor de los procesos históricos, donde tampoco se apeló a una metanarrativa ni a una mirada conspirativa de los procesos, como si hubiera una lógica intrínseca o subterránea a las cosas.

Esto sí se encontró, en una versión secular, en los grupos anticuarentena o antivacunas, que se movilizaron en el espacio público y que, paradójicamente, construyeron una metanarrativa “religiosa” en clave secular, diciendo “todo lo que ocurre tiene un sentido”, “forma parte de un gran plan”, “hay un gran diseño por detrás que tenemos que develar”. Es decir, lo que había sido una gramática propia de lo religioso, al menos en el caso argentino, en la coyuntura de la pandemia durante el año 2020, apareció mucho más presente en estos grupos antivacunas, en una versión secularizada de la metanarrativa, que en las instituciones cristianas, que, por el contrario, tuvieron una tónica muy secularizada, muy prudente, muy de acompañamiento, que incluso aceptaba una diferenciación de esferas que decía “bueno, el Estado y el poder político fijan los lineamientos; las instituciones religiosas o las religiones están por un lado y por otro lado está el saber biomédico”.

Hay un trabajo muy interesante de Nicolas Viotti sobre el caso de los grupos anticuarentena en Argentina, donde un poco muestra esta realidad. Esto no quiere decir que no haya habido tensiones. Especialmente en la segunda mitad de 2020, cuando comienzan a aparecer algunas voces, tanto en la Iglesia católica como en el mundo evangélico, que plantean sus diferencias con las políticas sanitarias del gobierno. Pero estas diferencias tienen más que ver con reivindicar una antropología que le otorgue a lo religioso un lugar importante que con cuestionar el saber médico. En estos casos, el discurso fue, sobre todo, “bueno, si vamos a abrir con ciertos cuidados los gimnasios y los bares, hagamos también lo mismo con los templos”. O en todo caso, “la dimensión religiosa o espiritual es muy importante, el Estado debería considerarla también materia de salud pública”. Hay un intento incluso de pensar lo religioso como un aspecto de la propia salud pública. Entonces hay un discurso crítico acerca de cuál debería ser el lugar de lo religioso en el diseño de las políticas públicas del Estado. En algunos casos se han interpretado estas críticas como una especie de “revival neointegralista” por parte del mundo católico y del mundo evangélico, pero no es la hipótesis que manejamos con Mariano Fabris. A nosotros nos parece que, por lo menos durante el año 2020, no se llegó a ese punto. Lo que se pedía, en todo caso, era que lo religioso fuera pensado en serie con otros aspectos u otras dimensiones de la antropología humana, y no que se lo postulara necesariamente como un principio jerárquico de organización de la sociedad y de la política. Por lo menos esos no fueron los discursos dominantes.

Por supuesto, todo esto se da a nivel de las principales autoridades o jerarquías del mundo católico y del mundo evangélico. Después habría que ver hacia abajo, y eso implicaría un trabajo de otras características, qué es lo que efectivamente ocurría a nivel más capilar en la sociedad. Nosotros buceamos muy un poco en ese plano, donde, efectivamente, aparecen algunos escenarios de resistencia. Les doy un ejemplo del tipo de resistencia que se ensayó: algunos templos evangélicos comenzaron a funcionar como bares en señal de protesta cuando el gobierno los habilitó. Movieron las sillas y el altar y armaron como una especie de bar y servían café en protesta por las restricciones que padecían. O, otro ejemplo, algunos párrocos católicos optaron por una desobediencia moderada, me acuerdo del caso de Orán, en Salta, donde se hizo una peregrinación y cuando la policía intentó darla por terminada, la declaración fue “bueno, hay mucha menos gente acá que en un bar de Palermo”. Más allá de la resistencia, creo que, al menos en nuestra opinión, el discurso no fue neointegralista, en el sentido de que la religión debería ordenar la sociedad y la política, sino que, en todo caso, se buscó que la religión fuera considerada un aspecto importante. Y en este caso se trata de las religiones cristianas, para seguir la idea de Francesco, porque con otros cultos habría otras cuestiones para analizar, y en eso coincido con él y también con lo que plantea Alejandro Frigerio.

Por su puesto resta saber qué hubiera pasado si esta pandemia, en vez de ir lentamente aplacándose, se hubiera radicalizado. Qué hubiera pasado con esos discursos, con el cristianismo en su potencia significante frente a una profundización de las muertes. Como dice Lacan, la religión tiene capacidad de darle sentido a todo: si le puede dar sentido a la vida humana, le puede dar sentido a todo. Entonces, ¿qué hubiera pasado en un escenario de mayor radicalización de la pandemia? No lo vamos a saber, porque efectivamente me parece que la pandemia va pasando. Pero queda ahí todo un camino para pensar, también en relación con lo que decía Enzo sobre esa dimensión, esa gran máquina productora de sentido que efectivamente son las religiones. Así que bueno, eso era lo que quería compartir con ustedes. Fue un gusto.


  1. ISHIR/CONICET.


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