Paula Seiguer[1]
Escribir un manual general sobre cualquier tema constituye siempre un desafío: ¿cómo dar cuenta en pocas páginas de todo un campo historiográfico, sin traicionar sus debates y matices, sin olvidar ningún aporte central? ¿Cómo hacer, incluso, para leer todo lo relevante? Sin embargo, cuando Susana Bianchi encaró la escritura del volumen que nos ocupa, el problema era otro: ¿cómo hacer para dar cuenta de un tema cuando el campo es casi inexistente, con escasos trabajos, dispersos, de desigual calidad, con enormes vacancias historiográficas y casi ningún debate constitutivo? Hacerse cargo de semejante trabajo y producir un texto fundacional, con una periodización y una serie de hipótesis, debe haber requerido muchas horas de esfuerzo y una buena dosis de valentía.
A diferencia de la sociología y la antropología, que durante las décadas de 1980 y 1990 habían ya producido trabajos significativos sobre las expresiones religiosas minoritarias, y en particular sobre el pentecostalismo, la historia había tendido a ignorarlas. Esto no es extraño considerando las circunstancias: enfrentada con un entorno académico bastante hostil a la consideración de la religión como objeto de estudio, los historiadores interesados habían pasado esas décadas construyendo con esfuerzo la legitimidad disciplinar del estudio de la Iglesia católica. Este campo en desarrollo, de donde provenía Susana Bianchi, había tenido su propio hito con la publicación del libro de Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia argentina,[2] publicado por Sudamericana en 2000, en la colección de Historia Argentina dirigida por José Carlos Chiaramonte. El volumen que aquí nos ocupa fue pensado como un complemento necesario de aquella obra.
El planteo inicial del libro de Bianchi partió de un concepto básico de aquella nueva historiografía del catolicismo: la idea del “mito de la nación católica”, que unificaba a quienes no compartían la religión mayoritaria en un grupo de “otros” excluidos. Más allá del subtítulo, que hablaba de “minorías”, la autora parecía preferir en la introducción aquel rótulo más impreciso de “otros”, de los cuales planteaba su diversidad, que los llevaba a constituir un “sujeto fragmentado” (p. 9). Curiosamente, una de las falencias más notorias del libro es la ausencia de una discusión teórica que permitiera una definición de los actores a analizar por la positiva antes que por la negativa. ¿Qué es una minoría? ¿Refiere simplemente al hecho de ser menos que otro/s, o se trata de una construcción política y remite a los lugares de poder? ¿Cómo se construye, qué experiencias compartidas generan una conciencia común? ¿Qué espacios puede o no ocupar en cada momento, y por qué? ¿Cuál es el rol de Estado y de los mecanismos de legitimidad social en la creación de estos espacios? Esta falta de definición teórica lleva a que el libro se convierta por momentos en un racconto de un conjunto abigarrado de experiencias y cultos diversos débilmente entretejidos por una explicación general.[3] Y sin embargo, la hipótesis crucial estaba allí, en la introducción: la idea de la importancia cualitativa, antes que cuantitativa, de la presencia de otras religiones, su relevancia para la creación de un campo religioso y por ende para las relaciones entre el Estado y el hecho social de la religión.
Esta hipótesis central de la autora le permite construir una periodización que articula una serie de hipótesis secundarias fuertes. Curiosamente, el índice y la introducción no terminan de ponerse de acuerdo en este sentido. La introducción habla de un primer capítulo dedicado al paso de la unanimidad religiosa colonial sostenida mediante la represión de los organismos de la Corona (lo que implica que la diversidad existía aún entonces) hacia la tolerancia y la libertad de culto durante la primera mitad del siglo XIX, momento entonces de la construcción de un campo religioso. Luego habla de un segundo capítulo dedicado a la diversificación de ese campo con la oleada inmigratoria de las últimas décadas del siglo XIX y las iniciales del siglo XX, y la importancia de la religión en la recreación identitaria posmigratoria. Sin embargo, en la práctica en la obra este es el capítulo tercero, porque se agrega un capítulo II sobre la segunda mitad del siglo XIX, llamado “La construcción del campo religioso”, en donde se aborda el lugar de la religión en la Constitución de 1853, el crecimiento del ámbito protestante y la llegada y organización de los primeros grupos judíos. Según la introducción, el capítulo tercero se dedica a la conflictividad creciente de las décadas de 1930 a 1960, creada por las políticas estatales que buscan regular a las religiones no católicas, pero también por procesos internos de argentinización y por el agotamiento aparente de algunos modos de organización (las grandes Iglesias tradicionales), que llevaría una etapa de “disolución del campo religioso” (según la caracterización de Pierre Bourdieu), que se abordaría en el cuarto capítulo, para cerrar con un capítulo V dedicado al retorno de las religiones. En realidad, el capítulo IV toma el período de las décadas de 1930 a 1960, y el V abarca “El retorno de las religiones (Desde las últimas décadas del siglo XX hasta los tiempos actuales)”.
Estas marcas de un cambio conceptual en el proceso de construcción del libro nos dejan con la intriga sobre sus motivos, aunque no parecen alterar demasiado la estructura de la obra, que analizaré más adelante. La principal dificultad en su elaboración debe haber sido la de organizar en un relato coherente los trabajos académicos existentes junto a aquellos producidos por las propias comunidades bajo estudio, enormemente desparejos en su calidad y profesionalismo, y a menudo teñidos de una intención celebratoria o de construcción identitaria que debía ser cuidadosamente evaluada para no caer en la reproducción de discursos internos a las propias instituciones religiosas. A esto se sumaba, por supuesto, la búsqueda de materiales sobre las áreas de vacancia, en el intento (siempre incompleto) de hacer a la obra lo más inclusiva posible. Varias de esas ausencias fueron anotadas por la autora: la carencia de información sobre ortodoxos rusos y sirios, sobre el islam[4] o sobre muchas religiones populares, por ejemplo. En otros casos, hubo una decisión deliberada: en la introducción se hace mención a su decisión de dejar afuera a las religiones de los pueblos originarios, “cuya problemática requiere un tratamiento específico que excede estas páginas” (p. 10).
Si bien es evidente la imposibilidad de considerar todo lo existente, dada la enorme riqueza del campo religioso argentino, esta exclusión de las religiones indígenas resulta una lástima, entre otras cuestiones porque estas no pueden recortarse sin cercenar del análisis también a las misiones protestantes de la Patagonia y sobre todo del Gran Chaco, que han dado lugar a movimientos cristianos netamente indígenas. La creatividad de este encuentro se ve reflejada en una de las vetas más interesantes del campo actual de estudio de las religiones en la Argentina, mayormente desarrollada por antropólogos.[5] Como la introducción del libro reconoce, ha existido un prejuicio largamente sostenido que presupone que “la religión es algo residual que bien puede dejarse en manos de antropólogos y/o sociólogos” (p. 11). Es claro que ciertos prejuicios continuaban operando al momento de la redacción, y no puede decirse que hayan sido superados: a pesar de los avances en las investigaciones realizados desde 2004, en la medida en que los sujetos de estudio alcanzan cierto grado de alteridad, como en el caso de los pueblos indígenas, los historiadores siguen considerando que escapan a su esfera de competencia.
Algunas de las lagunas mencionadas a lo largo del libro se han ido poblando, pero la inmensa mayoría de estos trabajos sobre la diversidad religiosa en la segunda mitad del siglo XX en adelante no han sido hechos por historiadores. Hoy conocemos muchísimo más sobre el budismo y otras religiones de origen oriental,[6] el islam,[7] las variadas formas del New Age y las devociones no institucionalizadas,[8] San La Muerte,[9] la Umbanda,[10] los rosacruces y otras heterodoxias,[11] y hasta las creencias en extraterrestres y ovnis,[12] sin olvidar los estudios sobre el cambiante mundo judío[13] y pentecostal,[14] solo por nombrar algunos casos; pero esto es así mayormente gracias al trabajo de antropólogos y sociólogos, que han hecho aportes cruciales a una mirada de largo plazo sobre la diversidad religiosa argentina.[15]
Otra característica que resulta muy evidente en la relectura de la obra es que está muy centrada en Buenos Aires. Hasta cierto punto esto es razonable, sobre todo durante la primera mitad del siglo XIX, cuando la diversidad religiosa tendió a concentrarse allí. Resulta menos lógico para el siglo XX, y es claro que refleja la carencia de estudios sobre el interior del país en el momento de su escritura. Este es otro punto en donde hoy conocemos mucho más que entonces: ha habido estudios significativos sobre las provincias del Litoral,[16] la Patagonia,[17] y (menos) sobre Cuyo y las provincias del noroeste.[18] Queda sin embargo mucho camino por recorrer en este sentido.
Más allá de todo esto, el principal aporte de la obra fue sin duda dar una visión de conjunto y poner el tema sobre el tapete. En este sentido, el libro y la actividad de difusión posterior de la autora (en particular los múltiples seminarios que dio sobre el tema) contribuyeron significativamente con el desarrollo de un campo que estaba en sus inicios, ofreciendo un mapa a seguir por futuras investigaciones, un esquema dentro del cual estas podrían situarse. En este sentido, fue ciertamente exitoso: los trabajos han seguido apareciendo, hay una mayor integración e interacción entre las distintas disciplinas que estudian el tema, se han multiplicado las jornadas y encuentros, y parece haber un mayor reconocimiento de la importancia del tema entre los historiadores, en paralelo a un mayor interés público y estatal por la diversidad religiosa.
Los primeros capítulos del libro, muy breves, siguen siendo bastante representativos del conocimiento actual, lo cual quizás habla sobre la escasez de trabajos sobre la primera parte del siglo XIX. En la medida en que se va avanzando en el tiempo y los sucesivos capítulos, sin embargo, las investigaciones posteriores permiten cuestionar ciertos supuestos de la obra.
Resulta claro que la historia de las minorías religiosas se ha visto limitada por su relación con la historia de la inmigración, y esto se hace muy evidente en la lectura del libro. Ciertamente, las oleadas migratorias (y en particular la inmigración aluvial de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX) han contribuido de una manera enorme a la diversificación del campo religioso local. Sin embargo, el énfasis en las migraciones quita el foco de las resignificaciones y reconstrucciones locales, y potencia la mirada institucional que nos hace perder de vista la diversidad real de la religión vivida.
En ese sentido, en la obra se recurre a la noción de las religiones como “refugios de etnicidad”, recreadoras de la identidad étnica de los inmigrantes en un nuevo contexto, que funciona como organizadora del tercer capítulo. A esta la sucede la idea de la “argentinización” en el cuarto capítulo, que se ubica entre las décadas de 1920 y 1940 (aunque se menciona la actividad proselitista protestante desde fines del siglo XIX). Estas son ideas que se siguen sosteniendo hoy, pero se basan en parte en la falta de investigación sistemática de estos procesos, y en una mirada concentrada en las cúpulas antes que en las bases. La insistencia en un proceso de argentinización deriva de la historia de la inmigración, y tiene mucho de problemático que debería ser repensado. No quedan claros (ni en el libro ni en la bibliografía posterior a él) cuáles serían los criterios que tendríamos para medir esa argentinización: ¿cuándo se alcanzaría? ¿Cuándo las dirigencias religiosas han nacido en la Argentina? ¿Cuándo han nacido aquí los fieles? ¿Cuándo el culto se hace en castellano? ¿Cuándo se alcanza la independencia económica? ¿Cuándo se alcanza la independencia teológica, u organizativa? El problema es que estos procesos no ocurren todos a la vez, sino que pueden estar separados por un siglo. Tampoco ocurren a la vez en todas las instituciones, ni se refieren a una tendencia autónoma que pueda separarse de procesos externos: es claro, por ejemplo, que la crisis mundial de la década de 1930, y la Segunda Guerra Mundial, recortaron presupuestos de instituciones “madre” en el exterior e impulsaron cierta “sustitución de importaciones” religiosa. El nacionalismo exclusivista argentino en crecimiento en ese período indudablemente también ha impulsado a una menor dependencia de instituciones extranjeras, al igual que el crecimiento del poder regulatorio y fiscalizador del Estado argentino.
La hostilidad hacia las religiones minoritarias (sobre todo en las décadas de 1930 y 1940) y las intervenciones sobre la libertad de culto están bien reseñadas en el capítulo cuatro del libro, y reflejan un período y una temática en donde la autora indudablemente se ha sentido más cómoda en razón de su trayectoria como investigadora. Curiosamente, sin embargo, no se hace explícito el vínculo entre esta acción estatal, y de la Iglesia católica, y la “nacionalización” de las minorías, ni se apunta a ello como algo que pudiera tener un carácter paradojal o de retroalimentación: parecería que cuanto más argentinos se afirmaban los “otros” religiosos, más sospechosos y peligrosos aparecían para las creencias hegemónicas.
El último capítulo abre con la ya mencionada referencia bourdesiana a la disolución del campo religioso en la década de 1970 y 1980, cuando sus límites se habrían borrado en relación con disciplinas que abordaban el cuidado del alma y del cuerpo, como el psicoanálisis, la meditación o la sexología. Retoma también la idea de una “vuelta de las religiones” a finales de siglo, habiendo pasado por una “mutación” que habría buscado satisfacer nuevas necesidades y habría incluido un vuelco hacia lo privado. Estas son ideas muy marcadas por la época, y han envejecido peor que otras hipótesis en las que se sostiene la obra. Hoy nos parece que la idea de la “vuelta de las religiones” dice más sobre los espejismos intelectuales de finales del siglo XX, sustentados todavía en una concepción anticuada de la secularización, que sobre el estado de la religión, que ciertamente ha ido cambiando, pero nunca ha desaparecido. Algo similar sucede con el concepto de “nuevos movimientos religiosos”, que también ha ido cayendo en desuso, en la medida en que ya no parece necesario legitimar la existencia del abigarrado conjunto de religiones a las que se agrupaba bajo ese rótulo. Por otra parte, un mejor conocimiento de la diversidad religiosa histórica revela que el carácter “novedoso” de algunas de estas religiones tiene que ver con la ignorancia de los investigadores antes que con sus objetos de estudio: la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (mormones) o los Testigos de Jehová, por ejemplo, tienen una presencia local muy anterior a su descubrimiento por parte de los académicos.
Curiosamente, el libro no tiene conclusión. Más allá de las diversas hipótesis que marcan el abordaje de cada época, no hay ningún intento de ofrecer un panorama de cierre. De hecho, la obra termina abruptamente luego de una breve sección sobre el New Age. Esta situación refuerza la impresión de un esfuerzo más descriptivo que analítico, en donde se ha priorizado dar cuenta de todo lo existente antes que la visión de conjunto, quizás algo imposible en la época.
Desde una mirada actual, resulta claro que hay temas que el libro no aborda. Uno de ellos es el de la especificidad del campo religioso argentino. No hay una reflexión comparativa que permita ubicar a la Argentina en el ámbito latinoamericano como un caso muy particular, en donde la temprana tolerancia en Buenos Aires, y la rápida consagración de la libertad de culto, sumados a su exitosa integración al mercado mundial y explosivo crecimiento económico y demográfico, dio lugar a una diversidad muy amplia, muy temprana, y muy poco resistida por las élites locales, que dieron prioridad a la inmigración. Al mismo tiempo, la particularidad de ser el único país sudamericano donde nunca se separó la Iglesia del Estado vuelve a este un caso intrigante, máxime teniendo en cuenta el escasísimo nivel de conflicto religioso. Esta última cuestión ha emergido cada vez con más fuerza en las últimas décadas, al calor de una política internacional en donde la expresión en términos religiosos de los conflictos ha llenado portadas sin cesar y generado una preocupación por el fundamentalismo que desborda los ámbitos académicos. Que la obra no aporte ninguna clave de comprensión de esta particularidad resulta hoy llamativo.
Desde la perspectiva de aquellos investigadores cuyos trabajos conformaron la base de esta obra, sin embargo, lo más problemático no fueron las hipótesis ni las carencias sobre temas puntuales, sino la falta de referencias a lo largo del texto. Si bien el libro incluye un extenso “Ensayo bibliográfico” de cierre (junto a un “Glosario” realmente útil), lo cierto es que página tras página de la obra reseña trabajos ajenos sin mencionarlos. Indudablemente el formato editorial excluía extensas notas al pie, pero hubiera sido deseable que este uso compilatorio del trabajo ajeno fuese reconocido in situ, en lugar de relegarse a una larga lista de trabajos al final, que solo sería consultada por especialistas en busca de mayor información puntual. Este tipo de formato no es inocuo, sino que tiene lamentables consecuencias de largo plazo: muchos especialistas se encuentran hasta el día de hoy evaluando proyectos y artículos que citan al libro de Susana Bianchi para hacer referencia a sus propias ideas y trabajo, algo que habría podido evitarse con referencias adecuadas a lo largo del texto.
Aun así, resulta notable que, casi 20 años más tarde, y con el campo en pleno desarrollo, no haya surgido ningún otro esquema comprehensivo que dé cuenta de todo aquello que ahora sabemos, siendo que es bastante más de lo que se sabía en 2004. Y en este sentido debe reconocerse que la tarea de dar cuenta de una diversidad tan grande sigue siendo titánica, por lo cual el libro fundacional de Susana Bianchi parece destinado por ahora a seguir siendo la principal obra de referencia para cualquiera que se acerque a la temática.
- Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (IHAYA), Universidad de Buenos Aires-CONICET.↵
- El título de esta obra, que pese a abordar la construcción del “mito de la nación católica” parece asumir a la Iglesia católica como la iglesia argentina, probablemente sería cambiado de ser publicado hoy. Esto es en sí mismo un índice de la forma en que la presencia y la historia de las minorías religiosas ha ganado un espacio novedoso desde entonces.↵
- Para ser justos con la obra, sin embargo, este es un problema que sigue aquejando al campo. La mayoría de las investigaciones se recortan en torno de una institución específica, lo cual limita el intercambio. Sería necesario un mayor diálogo entre quienes se ocupan de distintas comunidades religiosas, de manera de poder descubrir aquellos procesos comunes o paralelos que afectan a todas ellas.↵
- Una curiosidad es que a lo largo de la obra se habla en varias ocasiones de “islamismo” como sinónimo de islam. Hoy esto sería impensable: islamismo se refiere al islam político, que busca la organización de Estados estrictamente pautados por la Sharia, y no puede confundirse con la religión.↵
- Véase, por ejemplo, Ceriani Cernadas, C. (ed.) (2017). Los evangelios chaqueños. Misiones y estrategias indígenas en el siglo XX. Buenos Aires: Asociación Civil Rumbo Sur; y Ceriani Cernadas, C. (2008). Nuestros hermanos lamanitas. Indios y fronteras en la imaginación mormona. Buenos Aires: Biblos; Wright, P. (2008). Ser-en-el-sueño. Crónicas de historia y vida toba. Buenos Aires: Biblos; López, A. y Tola, F. (2016). Qom (tobas) y moqoit (mocovíes). Antiguas y nuevas andanzas por el Gran Chaco. Buenos Aires: Ministerio de Educación y Deportes de la Nación, entre muchos otros.↵
- Por ejemplo, Carini, C. (2018). Southern Dharma: Outlines of Buddhism in Argentina, International Journal of Latin American Religions 2, pp. 3-21; Puglisi, R. (2019). Historia del movimiento Sai Baba en Argentina. Pasado y horizonte futuro de una minoría religiosa en el cono sur, Sociedad y Religión XXIX, pp. 37-60.↵
- Por ejemplo Montenegro, S. (2015). Formas de adhesión al Islam en Argentina: conversión, tradición, elección, reasunción y tránsito intra-islámico, Horizonte 13, pp. 674-705.↵
- Por ejemplo, Gracia, A. (2018). Curación, cuerpo y emociones en la “Llave Mariana”: un abordaje antropológico, Religião & Sociedade 38, n.° 1, pp. 136-158; Flores, F. y Oviedo, M. (2017). Imaginarios turísticos, construcción de atractivos y New Age: el caso de San Marcos Sierras (Argentina), Estudios y Perspectivas en Turismo 26, pp. 493-508; Frigerio, A. (2021). “Altares tacheros”: minietnografías azarosas de la vida (religiosa) cotidiana, Encartes 4, pp. 279-308.↵
- López Fidanza, J. M. y Galera, M. C. (2014). Regulaciones a una devoción estigmatizada: Culto a San la Muerte en Buenos Aires, Debates do NER 15, n.° 25, pp. 171-196; Frigerio, A. (2021). San La Muerte, el monje compasivo: moralidad, mitopraxis y resignificacion de una devoción popular estigmatizada, Religioni e Societá 99, pp. 42-53.↵
- Por ejemplo, Frigerio, A. (2013). A transnacionalização como fluxo religioso na fronteira e como campo social: Umbanda e Batuque na Argentina, Debates do NER 14, n.° 23, pp. 15-57.↵
- Wright, P. (2018). Periferias sagradas en la modernidad argentina. Buenos Aires: Biblos; Bubello, J. P. (2010). Historia del esoterismo en la Argentina. Buenos Aires: Biblos.↵
- Otamendi, A. (2015). El viaje interno: Símbolos, narrativas y turismo ovni en creyentes de los extraterrestres de la Argentina (tesis doctoral inédita, Universidad de Buenos Aires).↵
- Por ejemplo, Setton, D. (2011). Revitalización de la ortodoxia judía y experiencias identitarias. Jabad Lubavitch en la Argentina. Saarbrucken: Editorial Académica Española; Kahan, E., Schenquer, L., Setton, D., Dujovne, A. (eds.) (2011)., Marginados y consagrados. Nuevos estudios sobre la vida judía en Argentina. Buenos Aires: Lumière; Brauner, S. (2009). Ortodoxia religiosa y pragmatismo político: los judíos de origen sirio. Buenos Aires: Lumière.↵
- Entre muchísimos otros: Mosqueira, M. (2018). Santa rebeldía. Construcciones de juventud en comunidades evangélicas de Argentina. Buenos Aires: Biblos; Algranti, J. (2010). Política y religión en los márgenes: nuevas formas de participación social de las mega-iglesias evangélicas en la Argentina. Buenos Aires: Ciccus; Brardinelli, R., Algranti, J. (2013). La re-invención religiosa del encierro. Hermanitos, refugiados y cachivaches en los penales bonaerenses. Buenos Aires: Centro Cultural de la Cooperación y Universidad Nacional de Quilmes; Carbonelli, M. (2020). Los evangélicos en la política argentina. Crecimiento en los barrios y derrotas en las urnas. Buenos Aires: Biblos.↵
- Resulta notable, además, que los dos grupos de investigación más directamente dedicados a la diversidad religiosa en la Argentina, el GIEPRA (Grupo Interdisciplinario de Estudios sobre el Pluralismo Religioso en la Argentina) y DIVERSA (Red de Estudios de la Diversidad Religiosa en Argentina) son interdisciplinarios.↵
- Por ejemplo, Manchado, M. (2021). “La salvación es personal”. Desistimiento, religión y narrativas de conversión en prisiones de Santa Fe (Argentina), URVIO. Revista Latinoamericana de Estudios de Seguridad 29, pp. 59-77; Gallero, M. C. (2019). Acción Misiones: 75 años de la Iglesia Evangélica Suiza en la Argentina. Florida: Araucaria Editora; Flores, F. (2018). La colina de la Esperanza. Espacialidad y religiosidad en los orígenes de la aldea adventista de Puiggari. Buenos Aires: Ilustre.↵
- Por ejemplo, Morales Schmuker, E. (2019). Los valdenses de Colonia Iris. Diversidad religiosa y sociedad en la Pampa Central (1901-1934). Santa Rosa: Fondo Editorial Pampeano y Morales Schmuker, E. (2019). La Patagonia protestante: minorías religiosas, Estado y sociedad en los territorios del sur argentino (1862-ca.1966) (tesis doctoral inédita, Universidad de San Andrés); Lago, L. (2020). Diversidad religiosa en Comodoro Rivadavia. Miradas desde el territorio y la regulación estatal, Cultura y religión XIV, pp. 80-99.↵
- Por ejemplo, Espinosa, M. (2017). Capitalismo, redes misioneras y cultura escrita en la expansión del evangelismo entre los guaraníes del Noroeste Argentino (1880-1960), Iglesia y religiosidades de la Colonia al siglo XX. Nuevos problemas, nuevas miradas. Rosario: Prohistoria; Martínez, A. T. (2010). Religión y diversidad en el NOA: explorando detrás de un Documento Regional de Identidad, Sociedad y religión 20, n.° 32-33, pp. 157-187.↵






