Michel Löwy[1]
Este libro fue originalmente publicado en inglés (Londres, Verso, 1996) pero poco después, fue traducido al portugués (Río de Janeiro, Vozes, 1996) y al castellano (Buenos Aires, Siglo XXI, 1999).
En Brasil fue bien recibido por los marxistas y por los teólogos de la liberación, en particular Frei Betto y Leonardo Boff. Recibió en el año 2000 el premio «Sergio Buarque de Hollanda» de la Biblioteca Nacional de Brasil. En 2016 hubo una nueva edición en portugués, por las editoras Perseu Abramo (asociada al Partido de los Trabajadores) y Expressâo Popular (asociada al Movimiento de los Sin Tierra), con un prefacio de Leonardo Boff y una larga introducción de dos jóvenes investigadores, Josué Medeiros y Daniel Souza. Tenía un título nuevo: O que é o cristianismo da libertaçâo. Religiao e Politica na America Latina. En España, fue re-editado, junto con algunos otros ensayos sobre el tema: Cristianismo de Liberación. Perspectivas marxistas y ecosocialistas (Madrid, Viejo Topo, 2019). Tengo menos informaciones sobre la recepción en el mundo hispano-americano.
En las nuevas ediciones del libro, en Brasil y España, he incluido en anexo un ensayo sobre las origines socio-religiosos del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) brasileño, en el cual trato de analizar el papel que tuvo la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia en la formación de los cuadros campesinos que van a crear el MST en los años 1980. La edición de Madrid incluye un ensayo que escribí en colaboración con Frei Betto, «Ecosocialismo: espiritualidad y sostenibilidad», que presentamos conjuntamente en el Forum Social Mundial de Belem (Brasil) en 2009.
En 1999, por ocasión de una visita a Perú, encontré a Gustavo Gutiérrez: él conocía y se interesaba por mis trabajos, pero se quejaba de que le daba demasiada importancia al aspecto marxista de la teología de la liberación. Esta preocupación suya era comprensible, en un momento en que el Vaticano criticaba a la teología de la liberación por una supuesta «utilización indiscriminada del marxismo» (Ratzinger).
Una de las pocas manifestaciones negativas acerca de mis investigaciones fue la del historiador católico Luis Alberto Gomes da Silva, autor de un libro interesante sobre la Iglesia y las clases populares en América Latina (1982). En un comentario que envió en 2016 a sus corresponsales acerca de mis trabajos sobre la teología de la liberación plantea que mi mirada es «europea», «desde fuera, idealizada y simplista», «sin leer el libro sé que la Teología de la liberación será instrumentalizada». Solo me queda esperar que, cuando lea el libro, tenga una visión menos simplista de mis argumentos…[2]
En la literatura sobre la Iglesia en Brasil y en América Latina, varios autores han empezado a emplear el concepto que yo proponía en mi libro, cristianismo de la liberación. Se ha generalizado la comprensión que existía, desde los años 60, un amplio movimiento socio-religioso, incluyendo las comunidades de base, la Juventud Cristiana, los movimientos de educación popular, las pastorales sociales, y sectores de la misma Iglesia, que compartía un horizonte de liberación, y que sirvió de inspiración para los teólogos que surgen en la década de los 70.
En la conclusión de la edición de 1999 en Siglo XXI, yo describía la ofensiva del Vaticano -Juan Pablo II- en contra del cristianismo de la liberación, y las consecuencias negativas que eso tenía en América Latina, favoreciendo el desarrollo de las iglesias neo-pentecostales reaccionarias.
¿Cómo se presenta la situación del cristianismo de la liberación en 2024? El principal cambio en relación al 1999 es la ascensión al pontificado de un latino-americano, el obispo argentino Jorge Mario Bergoglio. Esta irrupción de América Latina en el Vaticano inaugura un nuevo periodo en la historia de la Iglesia católica.
En septiembre de 2013, Francisco se reunió con Gustavo Gutiérrez, fundador de la teología de la liberación, y el diario vaticano Osservatore Romano publicó por primera vez un artículo favorable a este pensador. Otro gesto simbólico fue la beatificación del arzobispo Romero de El Salvador, asesinado en 1980 por los militares por denunciar la represión antipopular, un héroe celebrado por la izquierda católica latinoamericana, pero ignorado por anteriores pontífices. Durante su visita a Bolivia en julio de 2015, Bergoglio rindió un intenso y vibrante homenaje a la memoria de su compañero jesuita Luis Espinal Camps, sacerdote misionero, poeta y cineasta español asesinado bajo la dictadura de Luis García Meza el 21 de marzo de 1980 por su compromiso con las luchas sociales. Durante su encuentro con Evo Morales, el presidente socialista boliviano le regaló una escultura realizada por el mártir jesuita: una cruz apoyada sobre una hoz y un martillo de madera…
Durante su visita a Bolivia, Francisco visitó un Encuentro Mundial de Movimientos Sociales en la ciudad de Santa Cruz. Su discurso en esta ocasión ilustra la “profunda aversión” católica al capitalismo de la que hablaba Max Weber, pero en un grado nunca alcanzado por ninguno de sus predecesores. He aquí un pasaje ya famoso de su discurso:
Estamos castigando a la tierra, a los pueblos y a los individuos de una manera casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, de tanta muerte y destrucción, está el olor de lo que Basilio de Cesárea llamaba «el estiércol del diablo»; la ambición desenfrenada del dinero que gobierna. El servicio del bien común pasa a un segundo plano. Cuando el capital se erige en ídolo y manda sobre todas las opciones humanas, cuando la codicia del dinero guía todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo transforma en esclavo, destruye la fraternidad entre los hombres, enfrenta a los pueblos entre sí y, como vemos, pone incluso en peligro nuestra casa común.
Por supuesto, no hay nada marxista en el Papa Francisco, y su teología está muy alejada de la forma marxista de la teología de la liberación. Pero contrariamente a sus antecesores, no trata al marxismo como anatema. En 1993, poco después de su elección, encontró una delegación de la izquierda marxista europea representada por Alexis Tsipras y Walter Baier, un dirigente comunista austriaco que coordinaba Transform!, la red de fundaciones culturales asociadas a los partidos comunistas o de la izquierda radical en Europa. En esta ocasión se decidió la apertura de un diálogo entre cristianos y marxistas, que resultó en una Universidad de Verano conjunta en la isla de Syros (Grecia) en septiembre de 2018 y una declaración común, en marzo del 2022, firmada por decenas de personalidades marxistas y cristianas.
La formación intelectual, espiritual y política de Bergoglio debe mucho a la teología del pueblo, una variante argentina no marxista de la teología de la liberación, cuyos principales inspiradores son Lucio Gera y el teólogo jesuita Juan Carlos Scannone. La teología del pueblo no pretende basarse en la lucha de clases, pero reconoce el conflicto entre el pueblo y el “anti-pueblo”, y apoya la opción prioritaria por los pobres. Muestra menos interés por las cuestiones socioeconómicas que otras formas de teología de la liberación, y más atención a la cultura, en particular a la religión popular.
En un artículo de 2014, “El Papa Francisco y la teología del pueblo”, Juan Carlos Scannone subraya con razón cuánto deben a esta teología popular las primeras encíclicas del Papa, como Evangelii Gaudium (2014), denostada por sus críticos de izquierda como “populista” (en el sentido argentino, peronista, no europeo, del término).[3] Sin embargo, me parece que Bergoglio, en su crítica al “ídolo del capital” y a todo el “sistema socioeconómico” actual, va más lejos que sus inspiradores argentinos, sobre todo en su Encíclica, Laudato si’ (2015).
Para el Papa Francisco, las catástrofes ecológicas y el cambio climático no son únicamente el resultado de comportamientos individuales -aunque desempeñan un papel-, sino de “los actuales modelos de producción y consumo”. Bergoglio no es marxista, y la palabra “capitalismo” no aparece en la encíclica… Pero queda muy claro que para él los dramáticos problemas ecológicos de nuestro tiempo son el resultado de los engranajes de la economía globalizada actual –engranajes constituidos por un sistema global, “un sistema estructuralmente perverso de relaciones comerciales y de propiedad” (sección 52 del documento).[4]
¿Cuáles son, para Francisco, estas características “estructuralmente perversas”? Ante todo, un sistema en el que predominan “los intereses limitados de las empresas” y “una racionalidad económica cuestionable”, una racionalidad instrumental cuyo único objetivo es maximizar los beneficios. En consecuencia, “el principio de maximización del beneficio, que tiende a aislarse de cualquier otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si la producción aumenta, poco importa producir a expensas de los recursos futuros o del bienestar del medio ambiente” (195). Esta distorsión, esta perversidad ética y social, no es más propia de un país que de otro, sino de un “sistema global, en el que predominan la especulación y la búsqueda de rentas financieras, que tienden a ignorar todo contexto y todo efecto sobre la dignidad humana y el medio ambiente”. Parece, pues, que la degradación medioambiental y la degradación humana y ética están íntimamente ligadas (56).
La obsesión por el crecimiento ilimitado, el consumismo, la tecnocracia, el dominio absoluto de las finanzas y el endiosamiento del mercado son características perversas del sistema. En una lógica destructiva, todo se reduce al mercado y al “cálculo financiero de costes y beneficios”. Sin embargo, hay que entender que “el medio ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado son incapaces de defender o promover adecuadamente” (190) El mercado es incapaz de tener en cuenta valores cualitativos, éticos, sociales, humanos o naturales, es decir, “valores que van más allá de cualquier cálculo” (36).
El poder “absoluto” del capital financiero especulativo es un aspecto esencial del sistema, como ha puesto de manifiesto la reciente crisis bancaria. El comentario de la encíclica es desmitificador:
Salvar a toda costa a los bancos, haciendo pagar el precio a los ciudadanos, sin una decisión firme de revisar y reformar todo el sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo puede generar nuevas crisis tras una larga, costosa y aparente recuperación. La crisis financiera de 2007-2008 fue una oportunidad para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y a favor de una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo ninguna reacción que condujera a un replanteamiento de los criterios obsoletos que siguen rigiendo el mundo (189).
Al vincular la cuestión ecológica a la cuestión social, Francisco insiste en la necesidad de medidas drásticas, es decir, de cambios profundos para hacer frente a este doble desafío. El principal obstáculo para ello es la naturaleza “perversa” del sistema: “la misma lógica que nos impide tomar decisiones drásticas para invertir la tendencia del calentamiento global es la misma que nos impide alcanzar el objetivo de erradicar la pobreza” (175).
Si bien el diagnóstico de Laudato si’ sobre la crisis ecológica es impresionantemente claro y coherente, las acciones que propone son más limitadas. Es cierto que muchas de sus sugerencias son útiles y necesarias, por ejemplo: “proponer formas de cooperación o de organización comunitaria que defiendan los intereses de los pequeños productores y preserven los ecosistemas locales de la depredación” (180). También es muy significativo que la encíclica reconozca la necesidad, para las sociedades más desarrolladas, de “contenerse un poco, y establecer ciertos límites razonables e incluso dar marcha atrás antes de que sea demasiado tarde”, es decir, “ha llegado el momento de aceptar un cierto decrecimiento en algunas partes del mundo, poniendo al mismo tiempo los remedios para que otras puedan crecer sanamente” (193).
Pero precisamente lo que faltan son “medidas drásticas”, como las que propone Naomi Klein en su libro This changes everything, para romper con los combustibles fósiles (carbón, petróleo), antes de que sea demasiado tarde, dejándolos bajo tierra. No podemos cambiar las estructuras perversas del actual modo de producción y consumo sin un conjunto de iniciativas anti-sistémicas que cuestionen la propiedad privada, por ejemplo, la de las grandes multinacionales de los combustibles fósiles (BP, Shell, Total, etc.). Es cierto que el Papa habla de la utilidad de “grandes estrategias que frenen eficazmente la degradación del medio ambiente e inculquen una cultura del respeto que impregne toda la sociedad”, pero este aspecto estratégico está poco desarrollado en la encíclica.
Reconociendo que “el actual sistema mundial es insostenible”, Bergoglio busca una alternativa global, que denomina “cultura ecológica”, un cambio que “no puede limitarse a una serie de respuestas urgentes y parciales a los crecientes problemas de degradación ambiental, agotamiento de los recursos naturales y contaminación. Debe ser una perspectiva diferente, una forma de pensar, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que acepten la resistencia al avance del paradigma tecnocrático” (111). Pero hay pocos indicios de la nueva economía y de la nueva sociedad que correspondan a esta cultura ecológica.
El Papa Francisco hace suya la “opción preferencial por los pobres” de las iglesias latinoamericanas. La encíclica lo expone claramente, como un imperativo planetario: “en las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas desigualdades y donde las personas están cada vez más marginadas y privadas de los mínimos derechos humanos, el principio del bien común se transforma inmediatamente, como consecuencia lógica e ineludible, en una llamada a la solidaridad y en una opción prioritaria por los más pobres”.
Pero en la encíclica, los pobres no aparecen como actores de su propia emancipación, el proyecto más importante de la teología de la liberación. Las luchas de los pobres, los campesinos y los pueblos indígenas para defender los bosques, el agua y la tierra frente a las multinacionales y el comercio agrícola, y el papel de los movimientos sociales, que son precisamente los principales actores en la lucha contra el cambio climático -Vía Campesina, Justicia Climática, el Foro Social Mundial- son una realidad social que no aparece mucho en Laudato si’.
Sin embargo, será un tema central en los encuentros del Papa con los movimientos populares, los primeros en la historia de la Iglesia. En el encuentro de Santa Cruz (Bolivia, julio de 2015) Francisco declaró:
Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y los excluidos, ustedes pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las3 T (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación como protagonistas en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y globales. ¡No os subestiméis! Ustedes son los sembradores del cambio.
¿Qué consecuencias ha tenido en América Latina el pontificado de Francisco? Sin dudas, con la nominación de nuevos obispos y cardenales, un cierto cambio se observa. La teología de la liberación ya no es denunciada como peligroso “error” y sus representantes, como Gustavo Gutiérrez ya no son objeto de persecución. Pero no hay, hasta ahora, señales de un giro más profundo. La mayoría de los prelados en América Latina aún son los que fueron nombrados por Juan-Pablo II y Benedicto XVI, y no todos los nuevos se identifican plenamente con las propuestas de Bergoglio.
Hasta ahora no hubo una conferencia episcopal latinoamericana, como Medellín, etc., pero Bergoglio convocó en 2019 el Sínodo de la Amazonia, con carácter ampliamente participativo, incluyendo obispos y representantes de las pastorales populares y de comunidades indígenas. Francisco tomo también la iniciativa de convocar la Conferencia Eclesial de la Amazonia (CEAMA), en 2020, con participación internacional, y una finalidad social y ecológica, no direccionada al interior de la Iglesia.
Brasil sigue siendo el país de América Latina en el cual las comunidades de base, las pastorales sociales y la misma teología de la liberación tienen la mayor influencia; en julio del 2023 se reunió el 15° Encuentro Inter-eclesial de la CEBs de Brasil en la ciudad de Rondonopolis, bajo el lema: “Vean! Crearé un nuevo cielo y una nueva tierra” (Is 65,17) con 1.500 participantes, entre los cuales 53 obispos, y representantes de los pueblos indígenas.
Entretanto la mayoría de los obispos y curas están lejos de compartir los planteamientos de Francisco. Entre las órdenes religiosas son sobre todo los jesuitas que lo apoyan. Como en el pasado, son los “laicos” de la Iglesia que se identifican más activamente con sus encíclicas, y que buscan formas de implementarlas en la acción social.
Esto se manifiesta claramente en varias actividades de la Iglesia en la cual participan activamente los laicos, las pastorales sociales, los movimientos sociales, los sindicatos: la Semana Social, el Grito de los Excluidos, la Campana de la Fraternidad. Además de iniciativas que no son de la Iglesia sino de cristianos de la liberación, como los seminarios por “La Economía de Francisco y de Clara”. En estas y otras actividades, las ideas planteadas por Bergoglio están muy presentes.
- Investigador emérito en el Centre National de la Recherche Scientifique. ↵
- En enero de 1988, Luis Alberto Gomes de Souza me escribió una dedicatoria en un ejemplar de su libro Classes Populares e Igreja nos Caminos da Historia (Petropolis: Vozes): “A Michael Löwy, con admiración, estas reflexiones sobre algunos temas que me han sido caros. Tú me ayudaste a pensar el problema del partido”.↵
- Scannone, J. C. (2014). El Papa Francisco y la Teología del Pueblo, Razón y Fe, t. 271, pp. 31-50.↵
- Pape François (2015). Loué sois-tu, encyclique. París: Ed. du Cerf, p. 46.↵






