La Retirada está quemada
Un viernes de enero del año 2015, cerca del mediodía, me reuní con Marina, Sergio, Pablo y Aquino –todes integrantes del Movimiento de Trabajadores Autogestionados (MTA), integrado por un grupo de cooperativas de Rosario–, para ir a La Retirada. Sergio llegó en un Ford Falcon todo destartalado y, amontonades, tardamos casi una hora en llegar al barrio. Desde donde estábamos, tuvimos que atravesar la zona céntrica hacia el sur y cruzar Avenida Circunvalación, ya casi cayéndonos de la ciudad. La cita era con Tattú, en el Galpón de Emprendedores, a quien había conocido a principios del año anterior.
Tattú quería armar una cooperativa de herrería con les jóvenes que participaban del taller de capacitación en oficios que él coordinaba. Le propuse, entonces, contactarlo con integrantes del MTA para que les ayudasen y orientasen con los trámites administrativos y con el armado y funcionamiento de la cooperativa. La reunión se extendió, y terminamos cerca de las siete de la tarde. Nos subimos nuevamente al Ford Falcon y dimos una vuelta por la plaza Luján –corazón del barrio– para regresar. A una cuadra de la plaza, el auto dejó de funcionar; Sergio advirtió que no tenía más gas.
Algunes de les visitantes, que no conocían el barrio, empezaron a manifestar cierto nerviosismo y miedo, especialmente Sergio; “¡Y ahora qué hacemos con el auto parado en el medio de La Retirada a las siete de la tarde?”, preguntó preocupado. Intenté calmarlo, le dije: “No te preocupes, conozco el barrio, no nos va a pasar nada”. Varias personas nos preguntaban qué había pasado, y se acercó un señor, que iba en una moto más destartalada que el auto de Sergio, quien le inquirió: “¿Qué pasa, pibe?, ¿qué tiene el auto?”. Sergio le comentó que se había quedado sin gas. El señor, entrado en años, le respondió: “Pibe, ¿querés llevarte mi moto hasta la estación de servicio y comprás nafta?”. Sergio, sorprendido, le agradeció, pero le dijo que no era necesario y le preguntó dónde quedaba la estación de servicio más cercana. El señor indicó que a unas diez cuadras de donde estábamos nosotres. Los varones del grupo empezaron a empujar el auto para ir hasta la estación.
Hicimos unas cuadras y me crucé con Emilio, hermano menor de Tattú. Nos saludamos y le comenté lo que nos había pasado. Me dijo: “Pará, ahora vengo”. Se alejó unos metros a hablar con un señor de unos cincuenta años de edad que estaba arriba de una camioneta. Minutos después regresó y mencionó: “No se preocupen, les vamos a hacer un aventón hasta la estación porque así no van a llegar más”. La estación de servicio quedaba mucho más lejos de lo que nos habían indicado. Se acercó el señor y le dio instrucciones a Sergio de cómo unir ambos vehículos con una soga. El resto, junto a Emilio, nos subimos en la batea de la camioneta.
Emilio quedó cerca de mí, aproveché y le dije: “Muchas gracias, Emi, nos salvaste”. “No te preocupes, Euge, vos sabés que acá en el barrio podés contar con nosotros”, me respondió, y, en voz muy baja, agregó entusiasmado: “¿Sabés quién es él?”, refiriéndose al señor que nos estaba ayudando. “El Cuatrero Miguel”. “No, ¿en serio?”, le pregunté estupefacta. Hacía meses que estaba intentando conocer a los Gatica, la célebre banda de La Retirada, y el Cuatrero Miguel era uno de sus líderes. Los Gatica tenían lazos de parentesco con los Montero –una banda que vivía en El Obús, barrio lindero a La Retirada–. Ambos grupos adquirieron notoriedad en los últimos años y aparecieron reiteradamente en los medios de comunicación locales, nacionales y extranjeros. Una de las primeras crónicas periodísticas del diario La Capital en las que aparecieron mencionados data del año 2001.
Varias cuadras después, llegamos a la estación de servicio. Sergio se acercó al Cuatrero Miguel, se dieron un apretón de manos y por la ayuda le quiso entregar algo de dinero. Él lo rechazó inmediatamente, negando con un movimiento de ambos manos, y afirmó enérgicamente: “Por favor, pibe, no me ofendas, hoy por ti, mañana por mí”. Lo saludó con unas palmadas en la espalda. Cuando Sergio se reunió con nosotres, le contamos quién era ese señor. “¡No! Ahora le debo un favor a un narco”. Todes reímos.
A lo largo de los años, se fue construyendo una imagen sobre La Retirada que colaboró con la consolidación de una particular fama barrial. Fama que genera que este no sea un barrio más de la ciudad, sino que adquiera notoriedad, que sea conocido y reconocido, que aparezca en los medios de comunicación, no solo locales, sino también nacionales y extranjeros. Fama que, por otro lado, afecta de diversos modos a las personas que viven allí, participen o no del ambiente.
En este capítulo me interesa detenerme en la reconstrucción de los orígenes y la historia de La Retirada y de algunas políticas públicas que se implementaron en este espacio físico, no solo para indagar cómo se fue construyendo esa imagen sobre el barrio y cómo esto afectó de diverso modo a las personas que viven allí, sino también, y especialmente, porque permite describir y analizar, en estos procesos, las experiencias de humillación que han sufrido sus habitantes. Me detengo en la exploración de este espacio físico porque tiene una historia particular que produce cierta experiencia social. Experiencias de humillación, subordinación y vergüenza, pero que, al mismo tiempo, sientan las bases para variadas búsquedas de reconocimiento social, de construcción de un nombre que, a su vez, se respalda en ciertas valoraciones morales tenidas por buenas, de cierto orgullo.
El nerviosismo, la preocupación y el miedo que experimentaron Sergio y algunes de les visitantes que no conocían el barrio dan cuenta de esa fama. Varias personas –tanto jóvenes, como adultas– que viven en el barrio o lo conocen por trabajar allí manifestaron en reiteradas conversaciones: “El barrio está quemado, está muy mal mirado”, refiriéndose a que es señalado como un barrio conflictivo, picante y peligroso, como uno de los más peligrosos de la ciudad, para ser más precisa.
Verónica hacía tres años que se desempeñaba como trabajadora social en el centro de salud municipal del barrio cuando la conocí, y mencionó en una de nuestras conversaciones que La Retirada es vista como un barrio inaccesible, como un agujero negro, como el Triángulo de las Bermudas:
Verónica: Yo creo que la imagen es de un barrio inaccesible, de que uno no puede caminar por La Retirada, que es como un agujero negro, ¿viste? Como el Triángulo de las Bermudas, ¿viste? Que uno entra acá y no sabe qué te va a pasar. Yo la verdad que me encontré con otra cosa… Eh… No voy a decir que acá no pasa nada, tampoco es cuestión de negarlo, porque, si no, no tendríamos secuelas de heridos de arma de fuego, ni nada de eso, ¿no? Pero muchas veces hay como un estigma.
Eugenia: ¿Sobre el barrio?
V: Claro, un estigma. Esto que yo te digo, que no podés bajar del colectivo acá, porque seguro que te van a cagar a tiros [disparar] apenas te bajas. Yo no he tenido ninguna experiencia personal de estar o en el medio de una balacera, o qué sé yo, que me roben mientras voy caminando.
Esta fama barrial se convierte en una etiqueta que homogeniza y estigmatiza al barrio. Si nos guiáramos por esa fama y por los relatos que circulan sobre La Retirada, podríamos imaginarnos que es un lugar en el cual las personas viven encerradas en sus casas y que las calles están siempre desiertas. Sin embargo, en una visita al barrio, se puede rápidamente dar por tierra con todas estas ideas e imágenes.
Al recorrerlo, se advierte prontamente un fluido ritmo barrial, una intensa presencia de personas en las calles, las plazas, los pasillos y demás espacios públicos, que varía según diferentes momentos del día. A la mañana temprano, es frecuente observar varones y mujeres –adultes y jóvenes– con ropa de trabajo, jóvenes y niñes con uniformes escolares en las paradas del transporte público de pasajeres esperando el colectivo para ir a trabajar o a estudiar. También se pueden ver mujeres –jóvenes y adultas– llevando a les niñes a las escuelas del barrio. Después del mediodía y hasta las cuatro o cinco de la tarde, la presencia en las calles merma notablemente, para retornar por la tarde. Por la tarde y la noche, el protagonismo es de les jóvenes, especialmente varones, que se reúnen en las esquinas o en los descampados que rodean el barrio que son utilizados como canchitas de fútbol.
Durante todo el día, hay una importante circulación de bicicletas, motos y autos. En las dos plazas del barrio, se observan jóvenes y niñes jugando. Algunas mujeres organizan un trueque algunos días de la semana. En los frentes de las casas, hay asadores de cemento y no es infrecuente ver a familias enteras almorzando o cenando en las veredas. Los fines de semana, la presencia en las calles se intensifica, con familias y amigues reunides con música sonando al palo [con elevado volumen]. Jóvenes y adultes en caballos circulan por algunas zonas del barrio, y nuevamente el protagonismo es de les jóvenes, especialmente varones, reunidos en algunas esquinas.
La Retirada es un barrio muy pequeño, está integrado por apenas quince manzanas; en él viven aproximadamente siete mil doscientas personas,[1] y se aprecia una intensa vida social comunitaria. “Es como un pueblo, todos se conocen”, escuché más de una vez durante el trabajo de campo. La mayoría de sus habitantes se saludan al cruzarse en el espacio público –en las calles, en las plazas– y en muchas ocasiones se quedan charlando largo rato. A su vez, las escenas de jóvenes y adultes ayudándose en diversas tareas cotidianas son habituales: desde bajar entre varies vecines un mueble de un camión, hasta colaborar en el cuidado de les niñes. Las muestras de solidaridad y ayuda mutua son moneda corriente. Cuando le pregunté a Roberta qué le gustaba del barrio, hizo referencia, precisamente, a la ayuda entre les vecines:
Eugenia: ¿Qué cosas son las que más te gustan del barrio? Si le tenés que contar a alguien que no conoce el barrio sobre el barrio, ¿qué le contarías?
Roberta: Yo del barrio diría que la gente no es mala, en el barrio hay mucha solidaridad. Yo estuve viviendo ahí en Barrio Pacheco [una zona céntrica de la ciudad], y estuve cinco días sin luz, ni un vecino me puso un cable, tuve que venir hasta La Retirada para llevar un pibe de acá para que me arregle la luz. En el centro cada uno vive su vida. Acá, no tengo un poquito de yerba, voy a la mamá de ella, o acá al lado, le digo “¿No me da un poquito?”. “Sí, tomá, andá”. La gente es solidaria acá en el barrio. Eso es lo que tiene, ¿me entendés? Y si te ven venir con una garrafa o algo, cualquier loco [hombre] que está parado en una esquina viene y te dice “Dame que te la llevo”. Eso es lo que me gusta del barrio, que hay mucha solidaridad. Y si vos le pedís la mano a un vecino, te la dan. Pero, si vas a otro barrio, no te la dan. Porque yo ya viví ahí en otro barrio y no es lo mismo que La Retirada.
E: ¿O sea que vos te quedás a vivir acá?
R: Sí, yo no me voy, yo de acá no me iría, ni loca.
Sin embargo, no son estas las imágenes que aparecen a menudo en los medios de comunicación, ni son las que tienen del barrio quienes no lo conocen. Por eso la sorpresa de Sergio frente al ofrecimiento de ayuda del señor con la moto destartalada y al aventón del Cuatrero Miguel, porque, de algún modo, contrastaba con esa fama; y al mismo tiempo evidenciaba cómo este lugar tiene una fama particular. Barrio por el cual no se recomienda transitar y que es mejor evitar porque, tal como se mencionaba constantemente, algo malo te puede pasar.
Algunas personas del barrio, especialmente las más antiguas, vincularon el surgimiento de esa imagen al proceso de conformación de La Retirada, ligado a reubicaciones o relocalizaciones producidas durante la última dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983). Señalaron que el barrio se fue armando con rejuntes de las peores zonas de la ciudad. Otras personas, en cambio, mencionaron como hito fundacional de esa fama barrial a ciertos conflictos sucedidos en los años 1989 y 2001, durante las crisis económicas y políticas. La Retirada es vista como barrio picante.
Por último, otra serie de explicaciones del origen de la fama barrial refirió a lo que algunas personas describieron como su historia criminal. La presencia constante de personas heridas por armas de fuego, tal como señaló la trabajadora social del centro de salud, es parte de esa historia criminal. La Retirada se construyó también como un barrio peligroso. El Viejo, un joven perteneciente a la tercera generación del ambiente, cuya historia relato en el capítulo cuatro, en una de nuestras conversaciones señaló la existencia de esta fama barrial vinculada a robos y muertes sucedidos de manera cíclica y reiterada en La Retirada, al mismo tiempo que mencionó el rol de los medios de comunicación en la consolidación de esa imagen:
Viejo: ¿Viste cómo es La Retirada? Que está re [muy] quemada [en términos de mala fama] en [el diario] La Capital.
Eugenia: ¿Por qué se quemó tanto?
V: Porque robamos una banda [robamos mucho], hubo muchas muertes, muchos robos, muchas broncas.
E: ¿Y el barrio siempre fue así?
V: Sí, mirá los tiros acá [señaló, mientras mostraba unas marcas en la pared], solamente tenés que mirar las paredes. Acá mataron a nuestro amigo, justo acá, y era un pibe trabajador.
Todos estos elementos colaboraron en la conformación de esta fama barrial. Las personas que habitan o trabajan allí explican cómo y por qué se fue construyendo esa reputación.
Rejuntes. La Retirada como barrio conflictivo
La Retirada está ubicada en el extremo sur de la ciudad, con el arroyo Salado, calle Etiopía, la autopista Rosario-Buenos Aires y Avenida de Circunvalación como límites; para llegar, hay que pasar por debajo de un puente y cuenta con una sola línea de transporte público. En relación con otros barrios de la ciudad, su origen es relativamente reciente, data de fines de la década de 1960 (Campazas, 1997). La mayoría de sus calles tienen nombres de flores, porque, según relató una trabajadora social del Servicio Público de la Vivienda provincial, el agrimensor encargado de trazar las calles del barrio, para hacerlo, llamó a su madre y le preguntó nombres de flores.
El barrio cuenta con una notable cantidad de instituciones estales y organizaciones sociales. Hay dos centros de salud –uno provincial y uno municipal–, tres escuelas –primaria y secundaria–, dos centros de convivencia barrial pertenecientes a la Secretaría de Promoción Social Municipal, una subcomisaría –que además alojaba personas presas–, varios comedores comunitarios, una parroquia católica, varios centros evangélicos, el Galpón de Emprendedores y un centro deportivo municipal.
Al momento del trabajo de campo, se estaba construyendo un hospital provincial en la zona, y en el año 2014 se inauguró una nueva escuela. Las otras instituciones existen desde la década del setenta, como el centro de salud municipal, la parroquia Nuestra Señora del Luján, la escuela que lleva su mismo nombre y el centro deportivo, que en sus inicios funcionaba como club social. En la década del ochenta, se conformó la vecinal, se inauguró la subcomisaría y se instaló el centro de salud provincial.
En el barrio se pueden diferenciar distintas zonas, relacionadas a sus diversas etapas de conformación. En la parte que sus habitantes denominan entrada, apenas se atraviesa la Avenida de Circunvalación, encontramos una serie de casas de material, correspondientes a planes de vivienda estatales. Son las primeras construcciones del lugar, que dieron origen al barrio. En esta zona las calles están asfaltadas, hay red cloacal y eléctrica. Esa parte es conocida y mencionada por sus habitantes como la zona de los chalets, haciendo referencia al tipo de construcción a dos aguas.
Javier, un enfermero que trabaja en el centro de salud municipal del barrio, de unos cincuenta años de edad, vivió desde niño en esta zona. Llegó a vivir a La Retirada con su familia en el año 1968, cuando les asignaron una casita, tal como él la describió. A Javier lo conocí en su lugar de trabajo, me lo presentó el director del centro de salud. Yo le había explicado que estaba reconstruyendo la historia del barrio; entonces, decidió presentarme a Javier, me dijo que era de los primeros habitantes y que él podía contarme cómo fue cambiando todo.
Luego de la presentación, el director se fue y Javier y yo nos quedamos conversando en la sala de enfermería. Entonces le pregunté cómo era el barrio cuando era chico; lo caracterizó como un barrio residencial. Al consultarle a qué se refería con eso, describió que eran “todas casitas como chalecitos, tipo Fisherton, muy bien arregladas y muy lindas”. Fisherton es una localidad cercana a Rosario habitada en gran parte por sectores sociales medios y altos.
Agregó, con cierta nostalgia, que en esa época las personas eran buenas y cuidaban el barrio; “éramos pocos y nos llevamos bien entre todos, no había ni un tipo de problemas, ya te digo, un barrio residencial”. Javier se esforzó por resaltar en su relato ese pasado de barrio noble. Intentaba así distanciarse de la (actual) fama de barrio quemado y, al mismo tiempo, en ese trabajo de diferenciación daba cuenta de su existencia.
Blanca tenía sesenta años de edad cuando la conocí y hacía cuarenta y seis años que vivía en La Retirada, en la misma zona que Javier. Entré en contacto con ella en el centro deportivo municipal, me la presentó el profesor de educación física que lo coordinaba. El profesor mencionó que, si yo quería conocer la historia del barrio, tenía que hablar con ella. A Blanca le entusiasmó la idea; lucía un impecable equipo deportivo, estaba perfectamente peinada y a punto de comenzar su clase de gimnasia –a la que concurre con otras mujeres del barrio–; pero igualmente nos pusimos a charlar un rato y me dijo: “Nena, ¿qué querés saber?”. Entonces, le pregunté cuánto hacía que vivía en La Retirada; miró hacia arriba, respiró hondo –como recordando– y contó mucho más que la cantidad de años:
Blanca: Cuarenta y seis años, cuando vinimos acá, desde Avenida Circunvalación hasta el arroyo había ciento cincuenta casitas, que llegaba hasta acá, hasta la plaza, de la plaza para el arroyo no había nada, era todo campo. Vinimos en 1968, mis hijos tenían cinco, seis años. Fui una de las primeras, vinimos nosotros y había dos familias nada más, en la zona de acá de las casitas, ciento cincuenta casitas, más no había. Era muy lindo, los hijos se criaron muy bien, hace treinta y seis años que tengo el negocio, una ferretería ahí apenas cruzando, yo vivo ahí desde siempre y toda esta cuadra es muy linda, están todas las mujeres que hemos venido a vivir con los chicos chicos, es un lugar muy lindo, muy tranquilo, todos matrimonios jóvenes con los chicos. Nosotros hacíamos bailes acá en el club, hacíamos bailes de disfraces y elegíamos el mejor disfrazado. Teníamos la línea A [transporte público de pasajeres] que en esa época era la B, que hacía un circuito cerrado de Alvear, hasta acá, llegaba Alvear y nos tomábamos el otro que venía del centro, pero llegaba hasta el otro sector; y del otro sector para acá, fuimos pagando el pavimento toda la gente de acá, porque, si no, teníamos que ir en calle de tierra cuando llovía, los hombres que iban a trabajar.
Eugenia: ¿Y de qué trabajaban los hombres en esa época?
B: Mi marido trabajaba en SOMISA [Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina][2] y de acá se iba a las cuatro de la mañana, acá todos los que vinimos eran gente que trabajaban, algunos eran de subprefectura, otros eran de la policía, otros eran del puerto, toda gente trabajadora.
La construcción de estas primeras casas se enmarcó en una serie de políticas públicas de vivienda que se desarrollaron en la ciudad entre los años 1950 y 1980, aproximadamente. Estuvieron inspiradas en el concepto de “erradicación”; es decir, se concebía que los asentamientos informales, surgidos a la par del crecimiento económico de la región –vinculado, principalmente, a la actividad del puerto y a la conformación del cordón industrial del Gran Rosario–, debían ser eliminados o trasladados a lugares alejados.[3] De este modo, casi el ochenta por ciento de estas unidades habitacionales se proyectaron en áreas marginales de la ciudad, especialmente en el extremo sur, como el caso del barrio La Retirada. Resultaron necesarias, en consecuencia, importantes inversiones económicas para el suministro de redes, servicios e infraestructura (Rosenstein, 2007, en Maceratini, 2013), que no siempre fueron realizados a la par de la urbanización (Oszlak, 1991).
Este tipo de intervenciones se extremaron de manera drástica durante la última dictadura cívico-militar argentina. En este período, el gobierno de facto desalojó de manera violenta y trasladó forzosamente a numerosas personas que vivían en distintos barrios y villas de la ciudad (Salgado et al., 2006), sin asegurarles ni viviendas ni servicios básicos a las personas desalojadas. En esta etapa, se excluyeron las intervenciones más vinculadas a la promoción social que sí acompañaron, de alguna manera, los anteriores planes de erradicación. Relatos sobre los traslados violentos aparecieron una y otra vez durante el trabajo de campo, evidenciando una dimensión significativa en las experiencias de sus habitantes, no solo en términos de las biografías personales, sino, también, en la historia comunitaria.
Dichos traslados se debieron a diversos motivos y necesidades, en gran medida –pero no exclusivamente– vinculados a ordenar el espacio urbano de la ciudad. Algunos estuvieron relacionados a la realización de obras públicas en espacios físicos donde estas personas vivían, como el acceso sur de Rosario o la llamada “ciudad universitaria”, en la que se construyeron sedes de distintas facultades de la Universidad Nacional de Rosario.
En parte, y a partir de estas relocalizaciones, el barrio se fue conformando como consecuencia de una concepción autoritaria del espacio urbano, que fue consolidada durante la última dictadura cívico-militar, que traía aparejada la idea que no todos los sectores sociales merecían la ciudad (Oszlak, 1991). Se cuestionaba el derecho al espacio urbano, ligado a su vez al acceso a diversos bienes y servicios –tales como educación, recreación, oportunidades laborales, servicios de salud, transporte, entre otros– que están distribuidos geográficamente de una manera desigual; tal como señaló Oscar Oszlak en su estudio sobre las políticas de redistribución espacial de los sectores populares urbanos en la Ciudad de Buenos Aires, durante la última dictadura militar. Según este autor, resultó necesario construir una nueva imagen de las villas y los villeros desde el discurso oficial, caracterizándolos como lacra social, “una clase especial de población, no merecedora de la asistencia o tolerancia de la sociedad o el estado” (Oszlak, 1991: 32), y se constituían, además, como una amenaza latente.
Conocí a varias personas que fueron sujeto de estas políticas de desalojos y traslados y que llegaron al barrio de manera forzada, en ese período. No solo les operadores estatales las mencionaron como los trasladados, sino que de igual forma se autodefinieron en diversas oportunidades. Varias de esas personas relataron que la municipalidad vino con topadoras, las llevaron en camiones desde distintos barrios pobres de la zona sur de la ciudad y les asignaron un terreno con solo una casilla construida con palos, madera y cartón embreado.
Omar, presidente de una cooperativa de herrería industrial que funcionaba en el Galpón de Emprendedores, fue uno de los trasladados en esta época. Omar contó que, en el barrio donde vivía junto a su familia, tenían una casa de material. “Un día de lluvia los milicos [militares] llegaron con topadora, tiraron todo abajo, nos subieron a un camión y nos dejaron en La Retirada, solo con un terreno y una casita de cartón, había barro por todos lados”. Perdimos todo, resaltó.
En otras ocasiones, las personas trasladadas habían sido afectadas por inundaciones; en este caso no se autodefinían como los trasladados, sino que mencionaban que habían sido erradicados y se definían como los damnificados, diferenciando así entre traslado y erradicación en relación con el motivo de la llegada al barrio. Guillermo, quien tenía cincuenta y tres años de edad, trabajó durante varios años como chofer de larga distancia y, cuando lo conocí, se desempeñaba como locutor y era el presidente de la vecinal del barrio, fue uno de los erradicados en esa época:
Guillermo: Estoy acá desde el año 77, 1977.
Eugenia: ¿Y dónde vivías antes?
G: En Saladillo.
E: ¿Y en ese año vienen para acá?
G: Sí.
E: ¿Cómo es que vienen?
G: Bueno, fue una creciente [del río] muy grande que hubo en ese año, entonces, erradicaron todo y nos trajeron a este lugar. La mayoría estaba viviendo cerca de donde fue afectada por la lluvia y la creciente del río, que un poco colaboró también. Pensamos que realmente era otra cosa lo que nos habían dado. Nos encontramos con otra cara de la moneda, como dicen.
E: ¿Con qué se encontraron?
G: Rellenaron la tierra, el terreno con tierra colorada, en el cual, cada vez que llovía, era un pantano terrible.
E: ¿Y había algún plan de vivienda, algo de eso? Cuando ustedes se mudaron acá.
G: Sí, había… O sea, habían dado ese lugar a las personas que fueron damnificadas. A los damnificados nos dieron un terreno en el cual ellos nos plantaron una casilla. La casilla estaba compuesta de madera, chapas de cartón, o sea que… más la lluvia y el barro, ¿te imaginás? Era un poco un chiquero.
E: ¿Y muchas familias vinieron en esa época?
G: Y sí. Sí, porque empezaron a trasladar también de Tablada, la Sexta y otros lugares más.
E: ¿Y antes acá qué había?
G: Era todo campo.
E: ¿Campo?
G: Sí.
E: O sea que ustedes serían los primeros habitantes del barrio.
G: No, ya había de antes otros habitantes.
E: ¿Y de dónde venía esa gente?
G: Algunos venían… compraban el terreno acá, después las viviendas que ya estaban acá [se refiere a la zona de los chalets], eran casitas de material, estaban bien, un terreno muy lindo, muy grande, nada que ver con lo que nos tocó a nosotros.
Guillermo en su relato diferenció no solo entre trasladados y damnificados, sino también entre personas nuevas y antiguas que habitaban La Retirada; “…nada que ver con lo que nos tocó a nosotros”, mencionó resignado. Sin embargo, a pesar de la diferenciación entre trasladados y damnificados, los relatos sobre esas experiencias fueron similares y sí se distinguen de las primeras personas que poblaron el lugar, como Blanca y Javier. En el caso de trasladados y damnificados, se trató de procesos violentos, en los cuales las personas fueron maltratadas, despojadas y humilladas.
A estas personas les derribaron sus viviendas con topadoras, les tiraron sus pertenencias, las trajeron en camiones a un lugar al que no pertenecían, sin mayores referencias, y les dieron un terreno con viviendas sumamente precarias. Tiempo después, según contaron, el gobierno municipal de facto construyó un muro para ocultar el barrio de la vista de quienes se acercaron a la ciudad por el mundial de fútbol del año 1978. Cecilia, docente de una de las escuelas primarias de él, recordó el muro, contó que la municipalidad llegó al barrio con bloques, que todo el mundo pensaba que le iban a construir casas, pero “era para tapar, para que no se vea la miseria desde la autopista”. Esas experiencias fundadas en la humillación, en cuanto formas de aprendizaje social, resultan elementos valiosos para comprender las biografías de las personas que participan del ambiente. Ese mundo social en el cual importa la fama, la reputación y el buen nombre.
Maltratadas, despojadas y violentadas, fueron recibidas por otras personas que ya estaban instaladas en el lugar y que, además, las vieron de manera negativa. Esta segunda etapa de conformación del barrio fue caracterizada por sus habitantes de mayor antigüedad, “los establecidos”, en términos de Norbert Elias y John Scotson (1994), como la llegada de los villeros y a las personas recién llegadas, “los marginados”, las caracterizaron como los de fondo, los trasladados, como forma de jerarquizar habitantes y zonas al interior del barrio. Tanto Javier como Blanca recordaron el arribo de estas nuevas personas provenientes de distintas villas miserias de la ciudad y se quejaron de cómo fue empeorando todo a partir de su llegada. Para Javier, La Retirada dejó de ser ese barrio residencial de su infancia:
Javier: Este barrio era lindo, lindo hasta que se empezó a agregar esa gente que traían de otros barrios y después se deformó.
Eugenia: ¿Cómo se deformó?
J: Claro, porque era otro tipo de gente, de otro tipo de educación y después chocaban, como todo, y se fue haciendo no tan lindo como antes.
E: ¿Qué cosas empezaron a cambiar para que no sea tan lindo como antes?
J: Eh… en cuanto a los chicos, éramos más, qué sé yo, éramos más sociables, no había tanta violencia, ni nada, o sea, peleas entre nosotros, pero nada más.
E: ¿A las piñas?
J: Sí, sí, insultos nada más, y nada más que eso. Cuando se volvió esta gente, ya se, se tornó un poquito más violento y se fueron cambiando las costumbres.
E: ¿Cómo es La Retirada ahora?
J: Malo, como todos los barrios, tenés que vivir enrejado y no asomar las narices afuera, porque siempre hay problemas, si no son los chicos adolescentes, son los adultos, mucha pelea, más los sábados y domingos, los fines de semana que hacen fiesta, toman [consumen bebidas alcohólicas]. Es mejor quedarte adentro encerrado y no tener problemas.
Cuando estaba conversando con Blanca acerca de las transformaciones del barrio, llegó Clara, quien vivía también en la zona de los chalets y trabajaba en el centro deportivo municipal; se sumó a nuestra charla. Al igual que Javier, lamentaron las transformaciones del barrio con la llegada de los villeros. “Con la llegada de esa gente se rompió todo, porque ellos tienen otra forma de vivir, distinta a nosotros”, recordó Blanca; “No tienen cultura de vida”, agregó Clara. “Ellos se divierten de una forma y nosotros de otra, nosotros sabemos respetar los horarios de la siesta, todo eso como corresponde, por la música, a ellos le viene bien a cualquier hora, por eso te digo, esta cuadra mía es la mejor de todas, la más sanita”, señaló Blanca.
También resaltaron que, con la llegada de esa gente, emplazaron la subcomisaría en el barrio; “Antes no se necesitaba, era toda gente tranquila, después pusieron la comisaría y los empezaron a acomodar, ‘vos sos liero al fondo’, y así”, afirmaron ambas.[4] Esta caracterización era frecuente entre las personas de mayor antigüedad en relación con las recién llegadas; es decir, esta idea de que son lieros [conflictivos] y por eso las mandaron al fondo y que se hizo necesaria, además, la instalación de una subcomisaría para acomodar el barrio, vinculando, al mismo tiempo, este momento con el surgimiento de la fama de barrio conflictivo.
Estas narrativas y prácticas imponen separaciones, construyen muros, delinean y encierran espacios, establecen distancias, segregan, diferencian, imponen prohibiciones, multiplican las reglas de exclusión y de impedimento, y restringen movimientos. En palabras de Teresa Pires do Rio Caldeira, “simplifican y encierran el mundo” (Pires do Rio Caldeira, 2000: 30). Podemos ligar, entonces, estas cuestiones a lo que esta autora señala como el “habla del crimen”; es decir,
el miedo y el habla del crimen no solo producen ciertos tipos de interpretaciones y explicaciones habitualmente simplicistas y estereotipadas; sino que también organizan el paisaje urbano y el espacio público, moldeando el escenario para las interacciones sociales que adquieren nuevo sentido en una ciudad que progresivamente se va cercando con muros […] organizan las estrategias cotidianas de protección y reacción que dificultan los movimientos de las personas y restringen su universo de interacciones (Pires do Rio Caldeira, 2000: 34).
En su libro encontré referencias similares a las cuestiones mencionadas por Javier, Blanca y Clara, “El barrio empeoró desde que comenzaron a llegar los grupos del Norte”, “El ladrón queda afuera, nosotros encerrados”. La llegada, en su caso de los nordestinos, en mi caso de los villeros, divide la historia local entre un antes y un después, entre lo bueno y lo malo, entre un barrio residencial de trabajadores y un barrio conflictivo, deformado, contaminado con estas nuevas personas, los villeros. Y “el antes” es narrado como un pasado “muy bueno”, ese pasado que evoca Blanca cuando mira hacia arriba, respira hondo y cuenta mucho más que los años que vive en La Retirada.
Sin embargo, esta vinculación es discutida y controvertida por otras personas del barrio, quienes mencionaron que esa “mala fama” ya existía. Sonia es una de las damnificadas por las inundaciones, y llegó al barrio en esa época. Aseveró que el barrio tiene esa fama desde siempre; recordó que, cuando se enteraron de que les llevaban a La Retirada, “fue terrible”; “Nosotros que estábamos en el Saladillo que también era una villa decíamos ‘¡Uh! Nos llevan a La Retirada’, imaginate”. Al preguntarle cómo era que había empezado a tener esa fama, remarcó que no sabía; “Como te digo, había nacido ya de antes, a pesar de que había lindas casitas y todo eso, o sea, ya tenía la mala fama, no la hicimos nosotros, que vinimos después”.
Las precarias viviendas de la época de los traslados fueron mejorándose con sucesivas intervenciones estatales. Una de ellas fue en convenio con el arzobispado de Rosario, que construyó algunas casas. Les hijes de quienes fueron originariamente trasladados o erradicados edificaron sus viviendas en la zona, y así el barrio se fue extendiendo hacia el sur. Paralelamente, fue creciendo producto de migraciones internas especialmente provenientes de provincias del noreste del país, como Chaco y Corrientes. En los márgenes del barrio, se fue conformando un cinturón con asentamientos mucho más precarios.
Adentrándonos en el barrio, el paisaje es mucho más heterogéneo, construcciones precarias conviven con viviendas de material de uno y dos pisos, calles asfaltadas se intercalan con calles de tierra, pasillos y pasajes. No hay servicio cloacal, y la red de agua corriente no llega a todas las casas, lo mismo sucede con la red eléctrica. Se acumulan residuos en distintas zonas, conformando pequeños basureros a cielo abierto. En el fondo hay una escuela con forma de barco, que se llama General Belgrano y se inauguró en el año 1982; sus docentes señalaron que se construyó con presupuesto de la Marina, por eso la forma de barco y el nombre.
En el año 1998, la Municipalidad de Rosario comenzó a implementar en la ciudad el “Programa Integral de Recuperación de Asentamientos Irregulares, Rosario Hábitat”, con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (Maceratini, 2013; Sánchez y Ginga, 2014). De acuerdo a documentos y publicaciones oficiales, dicho programa se enmarcó en tendencias orientadas a minimizar el desplazamiento de la población, promoviendo, en cambio, la “urbanización en el espacio ocupado de manera irregular” (Salgado et al., 2006: 19). De este modo parecían abandonarse las políticas previas de erradicación, a través de intervenciones directas e integrales en los barrios, para garantizar la permanencia de la población en el lugar (Rosenstein, 2007, en Maceratini, 2013).
La Retirada fue uno de los barrios priorizados por dicha intervención, y en el año 2000 comenzaron las primeras acciones, que se extendieron hasta el año 2010. No se intervino en todo el barrio, sino solo en cinco sectores que fueron seleccionados previamente. Una trabajadora social que participó de la implementación del programa resaltó que, para seleccionar a La Retirada, tuvieron en cuenta necesidades habitacionales, y que los indicadores fueron infraestructura, impacto urbano, riesgo social –con datos sobre instrucción y empleo de la población– y riesgo ambiental.
El programa promovía la integración “física y social” de la población residente en los “asentamientos” y, tal como reza en sus fundamentos, generar “un cambio cultural que permita mejorar la convivencia”. Estos enunciados iluminan las imágenes que desde algunas áreas estatales se sostenía sobre esos barrios –entre ellos La Retirada– y sus habitantes, por aquel entonces. Eran pensados como espacios separados del resto de la ciudad “formal”, que debían ser integrados y, además, que poseían diferencias culturales con el resto de las personas que habitaban la ciudad, las cuales debían ser modificadas para mejorar la convivencia.
Saqueos y cortes de ruta. La Retirada como barrio picante
Otro de los hitos fundacionales de la fama barrial fueron los saqueos sucedidos en los años 1989 y 2001, en distintas ciudades del país, entre ellas Rosario. Lo que se denomina en Argentina como saqueos fueron “disturbios por alimentos” (Auyero, 2007); es decir, episodios simultáneos en distintas ciudades del país en los cuales grupos de personas se apoderaron o intentaron apoderarse por la fuerza de cosas u objetos –especialmente alimentos– en supermercados, almacenes y mercados, en contextos de profunda crisis económica, hiperinflación y altas tasas de desempleo.
Los primeros saqueos sucedieron a fines del mes de mayo del año 1989, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, en un contexto de crisis hiperinflacionaria y de importantes recortes en los planes nacionales de alimento. Se iniciaron en la ciudad de Rosario y Córdoba, y luego se extendieron a la Provincia de Buenos Aires y a otras zonas del país. Los disturbios condujeron a la salida anticipada del gobierno del presidente de la nación, con el triunfo electoral de Carlos Menem. En la ciudad de Rosario, Horacio Usandizaga renunció a la intendencia. Los disturbios fueron reprimidos, lo que dejó un saldo de ocho personas muertas y miles de detenciones. Rezaron las crónicas periodísticas de aquel entonces que se había decretado estado de sitio y que unos mil doscientos gendarmes habían recorrido las calles de la ciudad.
Una década después, los días 19 y 20 de diciembre del año 2001, también en un contexto de crisis económica, durante la presidencia de Fernando de la Rúa se produjeron nuevamente saqueos que fueron fuertemente reprimidos por las Policías provinciales y Fuerzas de Seguridad nacionales, de lo que quedó un saldo de treinta y cinco muertos en todo el país, siete de los cuales se produjeron en la ciudad de Rosario, y dos de ellos, en la zona de La Retirada. En esta oportunidad también se iniciaron en las ciudades de Rosario y Córdoba y luego se extendieron a todo el país. Javier Auyero (2007) describe que, días antes, grupos de personas se reunieron en la puerta de los supermercados a fin de pedir alimentos y, como fueron rechazados, comenzaron a entrar por la fuerza a los locales para llevarse alimentos, bebidas y demás objetos. Luego, centenares de personas bloquearon caminos y puentes, pidiendo alimentos, y, finalmente, saquearon supermercados, negocios y mercados.
En el caso de la ciudad de Rosario, existen diversas versiones en relación con dónde y cómo empezaron los saqueos. Algunas personas que vivían en el barrio por aquella época señalaron que se iniciaron en La Retirada. Sin embargo, otres con quienes conversé sostuvieron que eso no era cierto; “Eso es un mito, arrancaron en [el supermercado] La Gallega de [barrio] Siete de Septiembre, no en La Retirada, pero bueno, en la historia quedo así porque es La Retirada”, señaló ofuscado un trabajador social que estuvo muchos años prestando servicios en el centro de salud municipal del barrio. La Retirada apareció en noticias locales, nacionales e incluso extranjeras como el epicentro de los conflictos, tanto en el año 1989, como en el año 2001.
Omar, uno de los trasladados en la época de la dictadura, relacionó la fama barrial con los saqueos y con reclamos sociales. Señaló que, en los saqueos del año 1989, La Retirada fue noticia mundial, al igual que en los del año 2001. También recordó un suceso que colaboró con la fama barrial, y que llegó a ser noticia a nivel nacional. En el mes de marzo del año 2002, un camión que llevaba un cargamento de vacas, que se trasladaba por la autopista a la altura de La Retirada, volcó y un grupo de personas del barrio, luego que el conductor del camión lo permitiera, faenaron las vacas en plena autopista; “Ahí nomás los vecinos las descuartizaron y se llevaron la carne, y eso salió por todos lados”, recordó Omar.
Los tres principales medios gráficos nacionales cubrieron la noticia. La Nación la tituló “Habitantes de una villa faenan vacas de un camión que volcó” (La Nación, 25 de marzo de 2002). Página 12 cubrió la noticia con dos extensas notas, publicadas en su edición dominical (Página 12, 31 de marzo de 2002). Por su parte, el diario Clarín se encargó de caracterizar a quienes se habían apropiado de las vacas y recordaba que en La Retirada “habían comenzado los saqueos de 1989” (Clarín, 25 de marzo de 2002).
La Retirada quedó marcada como un barrio picante. Fama que se iría consolidando a través de distintas formas de reclamos sociales que protagonizaron sus habitantes, especialmente referidas a sucesivos cortes de rutas en la autopista Rosario-Buenos Aires, que limita el barrio, como forma de protesta para realizar diversas demandas (puestos de trabajo, servicios –como luz o agua–, asistencia social, planes de empleo). Es caracterizada como que tiene aguante y que no se achica, en relación con muestras de valentía y coraje. De este modo, la categoría de aguante está implicada en la construcción de la fama barrial, en los términos en que la desarrollan Pablo Alabarces (2004) y José Garriga Zucal (2010) en el contexto del fútbol, en cuanto se refiere a muestras de valentía y demostración de fuerza física.
La historia criminal. La Retirada como barrio peligroso
Otra serie de explicaciones del origen de la fama barrial refiere a lo que algunas personas describieron como la historia criminal de La Retirada, asociada principalmente a tres tipos de sucesos. En primer lugar, por robos en especial a automovilistas en la autopista Rosario-Buenos Aires a la altura del barrio, a instituciones estatales –escuelas, centro de salud– y a repartidores; es decir, personas extrañas al barrio. Si bien la mayoría de los relatos mencionaron la ausencia de robos entre vecinos, algunes habitantes contaron que eso también fue cambiando en los últimos años. Muchas personas del barrio se quejaron de jóvenes atrevidos que robaban en el barrio, pertenecientes a la tercera generación del ambiente.
En segundo lugar, la historia criminal del barrio apareció vinculada a la cantidad de personas muertas o heridas –en su gran mayoría, jóvenes varones– en enfrentamientos físicos ocurridos en el barrio en los cuales se utilizan armas de fuego. Si bien apareció como un dato constante desde su origen, con la idea de “Acá siempre hubo muertos”, muchas personas que vivían en el barrio –participaran o no del ambiente– señalaron un aumento paulatino, con leves subas y bajas cíclicas, durante los últimos veinte años.
Durante el trabajo de campo, presencié varios tiroteos y me contaron en diversas oportunidades que había habido tiros en el barrio. Algunos jóvenes que conocí fueron muertos por otros jóvenes y, en muy menor medida, por policías, o tienen hermanos, tíos, padres, parientes o amigos muertos. El Gringo Arrieta tiene varios amigos muertos, muy jóvenes. Caló enterró a dos de sus hermanos y a varios amigos. Los Payeros, los Topos y Los de la Capilla, grupos de la tercera generación del ambiente cuyas historias narro en el capítulo cuatro, han enterrado varios amigos en los últimos años. La muerte resulta una experiencia cercana, cotidiana, y moldea fuertemente las biografías de sus habitantes.
¿Qué dicen o pueden decir los datos oficiales al respecto? Tener una aproximación a la dimensión cuantitativa de las muertes implica ponerse en contacto con una serie de fuentes secundarias. Diversas agencias estatales producen indicadores en relación con las muertes, vinculados a los datos policiales y judiciales de homicidios registrados. A pesar de las dificultades o limitaciones que puede tener este tipo de información, en cuanto sesgada, ya que da cuenta solo de las muertes registradas y por tanto se trata de un recorte,[5] permite de manera aproximada dar cuenta de algunas características del fenómeno, aunque solo a título indicativo.
De acuerdo a los datos oficiales publicados por el Ministerio Público de la Acusación de la provincia de Santa Fe, a partir del año 2012, la tasa de homicidios registrados en la ciudad de Rosario sufrió un aumento significativo, y duplicó en muy poco tiempo su valor histórico (alrededor de nueve por cada cien mil habitantes), tendencia que se sostuvo en los próximos años. A la vez, en su gran mayoría, muertos y agresores eran jóvenes varones, de menos de treinta años de edad, de barrios populares. Además, dichas muertes no se distribuyeron de manera equitativa en la ciudad, sino que se produjeron con mayor frecuencia en algunas zonas periféricas, entre ellas La Retirada (Cozzi et al., 2015a).
Esta aproximación cuantitativa resulta coincidente con lo que me contaron durante el trabajo de campo en el barrio. No obstante, la importante suba en la tasa de homicidios registrados, con el récord histórico para el año 2013 (con una tasa de veintitrés por cada cien mil habitantes), no significó demasiado para sus habitantes, participasen o no del ambiente. Estas muertes ocurrían, de manera más o menos frecuente, desde hacía más de dos décadas. Es decir, la ocurrencia constante de homicidios en La Retirada no es un dato reciente; matar o morir es un destino posible y conocido para les jóvenes del ambiente. La experiencia de la muerte joven producida por heridas de armas de fuego se torna así cotidiana, esperable para la mayoría de les jóvenes y sus familiares; forma parte del horizonte de posibilidades, puede suceder en cualquier momento.
Sin embargo, no son muertes que estén naturalizadas, en los términos en los que algunes autores lo plantean (como Sheper-Hughes, 1997), esto es, que no sean sentidas o que no generen distintas reacciones de parte de les allegades de las personas muertas. Están más bien rutinizadas y normalizadas. Hay proximidad y cotidianidad con estas experiencias, no resultan, en consecuencia, cuestiones extraordinarias (Cozzi, Agusti y Torres, 2020). Registré relatos sobre estas muertes en la mayoría de las entrevistas realizadas y en las conversaciones mantenidas durante el trabajo de campo, aun sin haber preguntado específicamente. Es un tema frecuente en las charlas cotidianas.
Esta experiencia de muerte joven se asemeja más bien a la de los contextos urbanos de la ciudad de Córdoba. Natalia Bermúdez (2011, 2015) señala que, en los últimos años, en Argentina se produjo una progresiva normalización de la muerte joven en los sectores populares y que, en consecuencia, se transformaron los significados de la muerte, pero que esto no generó naturalización. La normalización o rutinización de estos procesos sociales, la convivencia casi cotidiana con este tipo de muertes no necesariamente genera que las personas dejen de reaccionar frente a ellas, dejen de sentirlas, sufrirlas o llorarlas, a pesar de su recurrencia. Son, a la vez que esperables, sentidas y lloradas.
Algunas de las personas del barrio con las que conversé relacionaron este aumento paulatino de las muertes ocurridas en el barrio durante los últimos veinte años con una mayor circulación y accesibilidad a las armas de fuego y municiones; y señalaron, además, a la policía como un actor clave en la configuración de las condiciones de posibilidad de su circulación. Esto es, a lo largo del trabajo de campo, surgió de manera frecuente cómo la mayor cantidad de armas –y, en especial, las de mayor calibre– y de municiones que circulan en el barrio, de manera cada vez más accesible, provienen de la propia policía. Otres habitantes refirieron, además, que esa mayor circulación procedía de algunos grupos vinculados al mercado de drogas ilegalizadas, y señalaron que estos desempeñan un rol importante en la configuración local del mercado ilegal de armas de fuego y municiones.
Muchas de las muertes ocurridas en el barrio fueron caracterizadas, clasificadas y de algún modo explicadas por policías, autoridades del Poder Ejecutivo y Judicial y los medios locales, nacionales y extranjeros como ajuste de cuentas entre delincuentes o “narcos”, entre bandas, relacionadas a actividades vinculadas a mercados ilegales –especialmente el de drogas ilegalizadas– (Cozzi, 2021a). Esto está ligado a la tercera serie de sucesos que integran también su historia criminal: la presencia en el barrio, cada vez más extendida, de actividades delictivas ligadas al mercado local de producción, tráfico, comercialización al menudeo y consumo de marihuana y cocaína.
Así como la forma de presentación de Rosario se fue consolidando como “ciudad narco”, La Retirada pasó a ser mencionada como uno de los barrios de la ciudad donde ese tipo de actividades se concentraban. El barrio fue caracterizado en medios de comunicación locales, nacionales y extranjeros, pero también en publicaciones expertas y por diversos actores sociales, como un “territorio gobernado por los narcos”, como si las muertes fueran solo el resultado de una “guerra”, de una disputa territorial sin reglas por el mercado de venta de drogas ilegalizadas. Este barrio nuevamente fue noticia mundial ahora en relación con el “mundo narco” y fue representado como el epicentro del fenómeno en la ciudad.
En los últimos años, en La Retirada se implementaron políticas, programas y acciones desde áreas estatales que de algún modo dieron cuenta de las imágenes construidas sobre el barrio; en este caso, como peligroso, vinculado a la cuestión de la seguridad pública (Tiscornia, 1995; Pita, 1996). Me refiero, entre otros, al Programa de Intervención Integral en Barrios, conocido como Plan Abre implementado en la ciudad de Rosario a partir del año 2014. A fines del mes de abril de ese año, las autoridades provinciales y municipales anunciaron la puesta en funcionamiento en distintos barrios del mencionado programa para el mejoramiento integral de barrios. Este contemplaba “obras de infraestructura y hábitat –equipamiento de plazas, pavimentación, adecuación y rectificación de zanjas, cloacas– en conjunto con tareas de convivencia”, tal como surge de los documentos oficiales. Anunciaron, además, la activación de programas de capacitación laboral para jóvenes.
La intervención en el barrio en el marco de este plan consistió básicamente en obras de pavimentación de algunas calles y zanjeo, tendido de alumbrado público y equipamiento de la plaza Luján. Muchos de los asadores, ubicados en las veredas de las viviendas del barrio, fueron demolidos para las tareas de zanjeo. Estas acciones acompañaron el desembarco de Fuerzas de Seguridad Nacionales producido en el mes de abril del año 2014.
En esta oportunidad, apareció de manera explícita, desde las esferas estatales involucradas, esa vinculación entre la realización de las acciones contempladas en el Plan Abre y el abordaje del problema del delito y la violencia. Los discursos de las autoridades estatales, los documentos oficiales y el mismo nombre del Programa, Plan Abre, iluminan una determinada imagen sobre el barrio y sus habitantes. Ya no se trata de asentamientos informales, que no están debidamente incorporados a la ciudad y que requieren de una integración física y social, sino que aparecen visibilizados como territorios intransitables, en los que el Estado no puede ingresar, territorios “ocupados” y “gobernados” por grupos “narcos”, que requieren de estas acciones para que el Estado pueda disputar ese poder; y cuando el barrio es objeto de alguna intervención estatal, lo es en materia de seguridad pública.
Esta dimensión de la fama barrial construida externamente es compartida por algunes habitantes. Así, jóvenes y adultes del barrio y, por otro lado, personas que sin vivir allí trabajan en el lugar se quejaron fervientemente de que las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas sucedían cada vez más y pudren el barrio. Sin embargo, al mismo tiempo, esa imagen de “barrio narco” apareció controvertida, disputada y rechazada. Muches de les vecines, especialmente quienes participan del ambiente, resistieron esa etiqueta.
Caro participaba de un emprendimiento textil en el Galpón de Emprendedores, nació y creció en La Retirada, y tenía veinte y seis años de edad cuando la conocí y dos hermanos muertos. Ella cuestionó fervientemente que en el barrio se dispute la venta de drogas:
Caro: Es mentira, nunca, nunca hubo disputa por el tema drogas, acá en La Retirada sí hay cocina [lugares de procesamiento de la pasta base para producir cocaína], pero nunca se disputó el tema droga, los que disputan el tema de drogas son los altos [grandes] narcotraficantes, no se disputa acá, se disputa en El Obús [barrio lindero]. Es mentira que las muertes de acá tengan que ver con el narcotráfico, las muertes de acá tienen que ver con que los pibes están muy al pedo [sin hacer nada] y se quieren quitar la vida, los pibes se matan prácticamente porque uno quiere ser más que el otro, el otro quiere tener más fama que el otro, o porque están re empastillados [muy drogados] y no saben lo que hacen.
Caro no solo negaba la existencia de venta de drogas en el barrio, rechazando así esta dimensión de la fama, sino que además contradecía o confrontaba los sentidos hegemónicos y externos construidos sobre las muertes en el barrio. Esta distinción es sumamente significativa para comprender el universo simbólico que reconstruyo en este libro. La mayoría de las muertes no están vinculadas al “narcotráfico”, “Los jóvenes se quieren hacer ver”, mencionó Caro; de este modo, construirse un nombre, una reputación tiene un peso mayor en la explicación que la idea de una disputa territorial por el mercado de drogas. Más aún, algunes jóvenes del barrio vinculados al ambiente, sobre todo de la segunda y tercera generación, no solo mencionaron en varias ocasiones que “en el barrio no se vende droga”, sino que, al mismo tiempo, resaltaron con cierto orgullo: “Este es un barrio de choros [ladrones], no de narcos, nosotros no dejamos que los narcos entren y tenemos que ir a comprar [droga] a otros barrios”.
Otras personas del barrio, sin participar activamente del ambiente, realizaban esta misma caracterización en relación con La Retirada. En una conversación con jóvenes que asisten a una de las escuelas secundarias del barrio, elles describieron: “Cruzás la frontera, pasás el puente y ahí ya están todos los búnkeres, todos los narcos. Acá no”. Otro joven del ambiente, por su parte, mencionó: “Acá no se vende droga, acá no hay drogas, acá no hay ningún puesto de drogas, es todo alrededor, sí es uno de los barrios que más consume, pero acá no se vende. Nosotros no somos traficantes”. Esta diferenciación entre choros y narcos resulta clave para reconstruir el sistema de valores del ambiente, que analizo en los próximos capítulos.
Diversos efectos y usos de la fama barrial. Vos vas con una chapa a todos lados
Esta fama barrial suele extenderse a sus habitantes; “Se dice que en La Retirada éramos todos narcotraficantes, quilomberos, choros y delincuentes”, se lamentaron algunas personas que viven allí. Tattú, el herrero evangelista, con pasado de ladrón, también graficó cómo esa fama barrial alcanza a sus habitantes. Señaló:
Vos vas con una chapa a todos lados, ya con la dirección de tu casa ya todos saben que es barrio La Retirada, cuando uno dice Etiopia al 7000 ya saben. Yo he tenido experiencias horribles cuando he querido conseguir trabajo o quería ir a otras escuelas mejores, se me cerraban las puertas en la cara, me dolía y me marcaba mucho.
Esta fama se extiende a sus habitantes y se porta, además, aun sin estar en el barrio. Afecta de diversos modos a las personas que viven allí, participen o no del ambiente. Es decir, esa reputación tendrá signos positivos y/o productivos o negativos y/o destructivos en relación con quién la porta y de acuerdo a distintos contextos y situaciones, ya que trae adosadas una serie de valoraciones morales. Para algunes, en algunos contextos o situaciones, podrá ser una fama negativa que les trae complicaciones, por ejemplo, para conseguir un trabajo legal –formal o informal– o ir a escuelas mejores, como relató Tattú. En cambio, para otres, en algunas situaciones o contextos podrá generar efectos productivos en términos de construcción de prestigio, poder y honor, ya que la valentía –ser picante, no achicarse, no tener miedo– es valorada positivamente.
Coco, el trabajador social del centro de salud municipal, resaltó que la fama de barrio picante a veces tiene efectos negativos para sus habitantes, y que en otras oportunidades los efectos son positivos. Según él, los medios de comunicación fortalecen la idea de que son todos negros, feos, sucios y malos, y eso les juega en contra cuando buscan trabajo; pero, en cambio, a veces les juega a favor. Para explicar los efectos positivos de la fama barrial, recordó una fuerte tormenta, en la cual cayeron piedras que generaron importantes destrozos en distintos barrios de la ciudad, sucedida en el 2006, mientras él se desempeñaba como trabajador social en La Retirada. Ese día fue a recorrer el barrio y registró que solo se habían producido destrozos menores, en unas quince casas, a diferencia de otros barrios en los cuales los daños habían sido mucho mayores. Se comunicó con la Secretaría de Promoción Social municipal y le avisó a la responsable del área que en La Retirada había muy pocas personas afectadas; sin embargo, la respuesta fue “Vamos con todo igual, para que no se pudra”. Y a los diez días, la Municipalidad entregó diez mil chapas a vecines del barrio. “Diez mil, real, podían haber hecho un tinglado de media Retirada, vos recorrías las casas, sobre todo las de material y tenían chapas adentro guardadas. La municipalidad quería evitar problemas”, destacó.
La fama barrial puede jugar a favor o en contra dependiendo de los contextos. La valentía y el no achicarse puede generar efectos productivos en sus interacciones con agentes del Estado, quienes las interpretan como fuente de posibles problemas, que prefieren evitar. Varies operadores estatales advirtieron que, a la hora de realizar reclamos sociales, ser de La Retirada tiene otro peso para las autoridades locales. De este modo, pasan así de ser personas humilladas y vivir en el peor lugar de la ciudad a convertirse en personas famosas, respetadas y temidas. Sin embargo, en otros contextos o situaciones, esa fama, aun para las personas que participan del ambiente, seguirá causando problemas y dificultades.
Uno de los efectos negativos de la mala fama está ligado a las dificultades para el acceso a la salud. Las demoras y los retrasos en la llegada de las ambulancias surgieron de manera frecuente en el relato de las personas que viven o trabajan en el barrio. La Retirada está clasificada como zona peligrosa por las agencias municipales. Dicha clasificación prevé la posibilidad de la ocurrencia de situaciones de peligro para el personal municipal y genera, en consecuencia, que las ambulancias no estén autorizadas a concurrir sin la presencia de la policía. Frente a esta situación, cuando hay alguna persona herida de arma de fuego en el barrio, amigues, familiares o vecines no esperan a las ambulancias, sino que suelen, en cambio, trasladarla hasta el hospital más cercano, en vehículos particulares, remises o en móviles policiales.
Cuando conocí al coordinador del centro de salud municipal, hacía poco tiempo que trabajaba en La Retirada. Una mañana estábamos en su oficina conversando y me contó, con cierta preocupación, una experiencia que tuvieron cuando un joven del barrio resultó herido por haber recibido un disparo de arma de fuego a media cuadra del centro de salud. El coordinador recordó que el verano anterior, cerca de las doce del mediodía, un joven había recibido un disparo de arma de fuego en el mentón. “Vino una mujer a decirnos que había un chico tirado en la esquina”, señaló. Varias personas del centro de salud fueron hasta el lugar para prestarle los primeros auxilios y solicitaron una ambulancia:
Coordinador: Hacía calor, mucho calor, es más, nos poníamos nosotros para taparle el sol al chico que estaba herido en el suelo. Mientras hacíamos el auxilio, la médica llamaba a la ambulancia. Le preguntaron si era por tiro [herido de arma de fuego], y dijo que sí. Entonces le dijeron: “Bueno, ahora cuando vaya el móvil de la policía, vamos”. Pero entonces le dijimos: “¿Por qué? Que venga la ambulancia, este chico está grave”. Contestaron: “Bueno, ahora vamos con la policía, porque tiene que despejar primero la zona para que podamos intervenir”. El operador me dijo “Está considerada zona de riesgo, entonces tiene que ir la policía a cubrirlos a ellos”, aunque nosotros estamos ahí interviniendo. Después vino la ambulancia. Cuando empezamos a ponernos violentos nosotros. ¿Qué somos nosotros? Llegó el móvil [policial] junto con la ambulancia. No es que demoró mucho. Lo que chocó fue la respuesta: “Hasta que no venga la policía no vamos porque es zona peligrosa”. “Y nosotros que estamos acá, ¿qué somos?”.
La reticencia de les efectores del servicio de emergencia para ir al barrio si no estaban acompañades por un móvil policial no es la única consecuencia negativa de la fama barrial. Según contaron jóvenes y adultes del barrio, les taxistas, muchas veces, no quieren entrar a La Retirada, se niegan a trasladarles o solo les llevan hasta determinadas zonas –hasta Avenida de Circunvalación, antes de cruzar el puente, por ejemplo–, sin adentrarse en su interior. Esta cuestión no solo afecta a la movilidad de las personas del barrio, sino que, al mismo tiempo, genera condiciones para la existencia de un mercado informal de remises truchos –sin la habilitación correspondiente– que sí ingresan y, además, suelen ser más económicos. En el barrio hay al menos dos remiserías.
Por otra parte, la mayoría de les jóvenes relataron que, cuando van al centro de la ciudad para trabajar, estudiar o realizar actividades recreativas, suelen sentirse mal mirados. Esas situaciones fueron contadas como experiencias de discriminación y humillación, de estar fuera de lugar, y mencionaron que –a veces– prefieren quedarse en La Retirada. Un joven del barrio un día fue al centro de la ciudad a comprar una remera y lo empezaron a seguir varies policías. “Me preguntaban, ‘¿De dónde sos?’, ‘De La Retirada’, ‘¿Qué haces acá?’, y no me creían, eso pasa siempre, La Retirada está muy mal mirada”.
Otro joven que también vivía en el barrio, estudiante de una de las escuelas secundarias de La Retirada, fue un tiempo a una escuela en el centro de la ciudad. Su paso por la escuela del centro no resultó ser una experiencia grata. Este joven contó cómo se sintió discriminado por sus compañeres: “Me trataban distinto que al resto, yo para ellos era el negro de la villa, el negro transero [vendedor de droga], el negro esclavo, hasta que un día me cansé y le pegué a uno”. Recordó, además, que solo se vinculaba con compañeres que también eran de barrio, haciendo referencia a jóvenes de sectores populares.
Ponele, de los treinta y cinco que éramos en el curso, yo me juntaba solo con dos, porque todos los otros eran finos, eran chetos [de sectores sociales medios o altos], eran todos del centro, no conocían un barrio y hablan sin conocer. Te da bronca porque nacieron en cuna de oro y se creen que te pueden pisar la cabeza, por eso llegué a ese punto de pegarle a uno.
En cambio, en La Retirada se sentía cómodo. “Conozco a todos los pibitos, a los pibes grandes, me siento más cómodo, me puedo expresar más”.
Otro de los efectos negativos de la fama barrial está ligado a las dificultades en el momento de la búsqueda de trabajo –formal o informal–. Algunes jóvenes relataron: “Si no tenés una cabida [un contacto, un conocido], olvidate que te den un trabajo si saben que sos de La Retirada”. Lucas, un joven del barrio, contó que, cuando iba a buscar trabajo y decía que era de La Retirada, lo sacaban de vuelo [lo echaban], y resaltó que, para conseguir un trabajo, tiene que haber una persona conocida dentro de la empresa o de la obra [en construcción]. “Yo un día iba a pedir trabajo y el señor se bajó allá del tercer piso, trancó todo [cerró todo], eso me dio mucha bronca porque se persiguen, cuando no se tienen que perseguir, porque vas por un bien”. Otres jóvenes suelen poner direcciones falsas en sus curriculum vitae para ocultar su domicilio a la hora de buscar empleo.
En una conversación con jóvenes de la tercera generación del ambiente, surgieron también estas dificultades. Al preguntarles si era difícil o fácil conseguir trabajo, uno de les jóvenes mencionó:
Es difícil, para mí fue chocante, cuando vos ibas y decías que eras de La Retirada, ya te miraban de otra forma y a lo mejor le daban la oportunidad a otra gente. A veces el barrio, por estar quemado, te condena. Tenías que decir que eras de otro lado directamente.
Otro joven agregó:
Yo estuve trabajando en Funes pintando en una casa, yo trabajaba y tenía a toda la gente ahí alrededor mío mirándome si yo no tocaba nada, es feo sentirse discriminado, te duele, si acá no somos así, no somos ni unos asesinos, ni unos traficantes, te da bronca.
Ambulancias que se niegan a ir al barrio sin estar acompañadas por móviles policiales, taxistas que se rehúsan a entrar, dificultades para conseguir empleo son algunos de los efectos negativos de la fama barrial, como consecuencia del estigma que pesa sobre La Retirada y alcanza a sus habitantes. El estigma, tal como lo entiende Irving Goffman (1963), es un rasgo con connotaciones sociales negativas, no por tratarse de características despreciables en sí mismas, sino por constituir significaciones que han ido elaborando los sujetos sociales. Ese conjunto de atributos negativos desacredita a sus portadores y justifica un trato diferencial para con ellos (Goffman, 1963).
Sin embargo, vivir allí a veces les juega a favor; en algunas circunstancias, la fama de barrio picante les permite obtener una respuesta estatal más rápida y favorable a sus pedidos, para evitar reclamos, cortes de ruta o problemas, tal como relató Coco, el trabajador social. Además, para algunes habitantes, especialmente algunes jóvenes, vivir en La Retirada les trae aparejado, en determinados contextos, una fama con atributos más positivos que negativos.
Muches de les jóvenes, especialmente varones, que conocí no ocultan su lugar de residencia, sino todo lo contrario. Se presentan en redes sociales, especialmente en Facebook, con su nombre de pila agregando las siglas del barrio, por ejemplo: Brian LR. Afirman orgulloses: “Si sos de La Retirada, te la bancás y eso se sabe”. Esta identificación con el barrio les redunda en atributos vinculados a muestras de valentía y coraje, valorados positivamente. Estes jóvenes desafían el estigma y lo convierten en motivo de orgullo y reconocimiento. Por momentos, y en algunas circunstancias, el estigma se convierte en emblema, con una valoración positiva y con efectos productivos (Goffman, 1963). No obstante, estes mismes jóvenes, a la hora de buscar empleo, sí ocultan su procedencia.
El habitar en La Retirada aparece, entonces, como un atributo negativo que trae como consecuencia un trato diferencial en diversas situaciones y contextos; buscar trabajo, solicitar una ambulancia, intentar utilizar el servicio de taxis inevitablemente se tornan un problema. No es sencillo evitar el estigma. Al mismo tiempo, en otras situaciones, en determinados momentos o circunstancias, algunes jóvenes se autodefinen como de La Retirada de una manera orgullosa y reivindicativa, y ese uso del estigma transformado por elles en un emblema les permite convertirse en personas conocidas, respetadas y temidas, confrontando sus atributos negativos.
Varios trabajos prestan atención a los efectos del estigma ligado a determinados lugares y cómo, a su vez, esa valoración negativa alcanza a las personas. Gabriel Kessler y Sabina Dimarco (2013) denominan “estigmatización territorial” al proceso a través del cual, por un lado, un determinado espacio queda reducido exclusivamente a ciertos atributos negativos, los cuales, además, resultan magnificados y estereotipados, lo que produce como consecuencia una devaluación o desacreditación social de él, y, por otro lado, cómo ese estigma territorial se hace extensivo a sus habitantes, lo cual ocasiona nuevas carencias y dificultades o refuerza otras previas, perpetrando así malas condiciones de vida en una zona difamada (Kessler y Dimarco, 2013).
Estes autores señalan que el peso del estigma territorial no recae de igual manera en todas las personas que viven allí, ni todas ellas lo experimentan del mismo modo. A la vez, resaltan que las personas, frente a un proceso de estigmatización, pueden aceptarlo pasivamente o desafiarlo de manera activa. Advierten que la estigmatización barrial resulta una marca no visible; entonces, se pueden esgrimir estrategias de ocultamiento de la residencia para evitar el trato diferencial: por ejemplo, dar un domicilio falso a la hora de buscar empleo, tal como describieron les jóvenes de La Retirada. Y en otras circunstancias, renunciar a ocultar el domicilio, como una forma de desafiar el estigma; en estos casos, algunes jóvenes hacen del hecho de vivir en el barrio un motivo de honor y orgullo (Kessler y Dimarco, 2012).
Una misma nominación “vivir en La Retirada” puede ser invertida en su signo para hacer de aquello que humilla y a la vez asigna identidad algo que (re)presente, describa y resulte fuente de orgullo, como cuando les jóvenes se presentan en redes sociales. Por otra parte, en otras circunstancias o contextos, la estrategia suele ser ocultar la nominación, para evitar los problemas y las dificultades anexados a ellas; por ejemplo, al buscar empleo en el mercado de trabajo –formal o informal–.
Límites o fronteras. Estar al margen
Los límites y las fronteras surgieron como otra de las características de La Retirada, señalada especialmente por quienes, sin vivir en el barrio, lo conocen porque trabajan allí, pero también por parte de algunes de sus habitantes. Durante el trabajo de campo, aparecieron constantemente, por un lado, referencias a que La Retirada está separada o al margen de Rosario. La idea de que se encuentra de algún modo apartada respecto de la trama urbana de la ciudad permite clasificar un “afuera” y un “adentro” del barrio, en cuanto formas en que las personas experimentan el espacio. Por otro lado, algunes habitantes mencionaron que iban a Rosario cuando se dirigían a otras zonas de la ciudad, cuestión que evidencia que no consideraban que La Retirada sea parte de Rosario.
Algunas personas mencionaron que iban a estudiar o trabajar afuera del barrio, cuando lo hacían en otras zonas de la ciudad, especialmente las ubicadas en el centro del casco urbano. En esa mención existe un trabajo de diferenciación, de valoración negativa del barrio y, al mismo tiempo, de una valoración positiva del “afuera”. Era frecuente escuchar que les padres y madres mandaban a sus hijes a escuelas del centro, fuera del barrio, porque las consideraban mejores que las que había en La Retirada, aunque la experiencia podía no ser grata para les jóvenes, porque la fama barrial se lleva a cuestas.
Se identifican, además, clasificaciones espaciales al interior del barrio que, de alguna manera, moldean la movilidad de las personas, ya que establecen fronteras y límites entre distintas zonas. Estos límites o fronteras internas están vinculados a cómo experimentaron sus habitantes las distintas etapas y modos de conformación del barrio, relacionado a la clasificación entre adelante y el fondo. Adelante hace referencia a la zona de los chalets, de les primeros habitantes, el barrio residencial que mencionó Javier, “la parte más sanita, no contaminada” que caracterizó Blanca. Mientras que el fondo está relacionado con la época de los traslados, con la llegada de los villeros, que, según la mirada de “los establecidos” –tal como los caracterizan Robert Elias y John Scotson (1994)–, vinieron a deformar el barrio. Esas valoraciones sobre el espacio moldean la circulación y las experiencias de sus habitantes.
Las personas que viven en la zona de los chalets no suelen ir al fondo. Blanca, por ejemplo, mencionó que el barrio tiene mala fama:
A veces digo “zona sur” para no decir “La Retirada”, pero yo no me pienso mudar ni nada. Hay delincuentes, pero yo acá en mi cuadra no los veo, ni por acá se ven [se refiere al centro deportivo que está ubicado en la misma zona]. Hay lugares, yo por allá al fondo no conozco, porque nunca he ido para allá.
Blanca hace más de cuarenta años que vive en el barrio y dice no conocer el fondo, nunca haber ido, a pesar de que para hacerlo solo tendría que recorrer cuatro cuadras. De este modo, realiza una tarea de diferenciación al interior del barrio que le permite distinguirse del fondo, la parte de adelante es sanita y tranquila; las personas que allí viven se autoidentifican como trabajadores, en lugar de villeros. El habla del crimen que menciona Teresa Pires do Rio Caldeira como una narrativa que moldea percepciones y es productiva en términos de abrir un campo posible de prácticas (De Certeau, 1994) resulta útil a la hora de analizar las dinámicas espaciales y las experiencias que vengo describiendo. Me interesa detenerme en estas experiencias espaciales –en cuanto experiencia social–, porque también hace al sentimiento de inferioridad, “de estar al margen”, de ser del fondo, los villeros, los “marginados” de Robert Elias y John Scotson (1994).
Hay distintas formas de experimentar el espacio. Ramiro Segura (2009) sostiene que los actores sociales distinguen el espacio de diversas maneras; separan, vinculan, y esto, además, supone identificar límites, pero también umbrales. Entiende que los modos de representar el barrio tienen valoraciones asociadas a esas representaciones y, de alguna manera, prescriben u orientan prácticas y actitudes. Para esto señala una serie de oposiciones a partir de las cuales se organiza el espacio barrial que estudia.
Encuentro en algunas de esas oposiciones similitudes en las formas que les habitantes representan, clasifican y valorizan las zonas del barrio, moldeando prácticas y actitudes que constituyen, de alguna manera, las fronteras externas e internas de La Retirada. En primer lugar, la oposición “adentro/afuera”. Los límites externos del barrio aparecen claramente delimitados y se presentan como una frontera por medio de la cual se separa el espacio barrial del entorno mayor, por lo cual queda delimitado un adentro y un afuera. De La Retirada se entra y se sale. Esa frontera funciona no solo para quienes están adentro, que deben salir, sino también para quienes están afuera y quieren entrar al barrio. En segundo lugar, la oposición “delante/atrás” (en nuestro caso, adelante y el fondo). El barrio no es un ámbito homogéneo; por el contrario, se multiplican las diferencias y fronteras en su interior.
Estas fronteras o límites, externos e internos, no son absolutos ya que, por un lado, no todes les habitantes las experimentan de igual manera, cambia según la edad y el género de las personas, la zona del barrio en la que se reside y los distintos contextos o momentos del día, por ejemplo, y, por otro lado, porque, a pesar de ser señalados, son al mismo tiempo cotidianamente traspasados.
Encuentro, entonces, que las características de La Retirada están lejos de esa imagen de total aislamiento y separación con otros sectores de la ciudad. La mayoría de sus habitantes traspasan esos límites cotidianamente por diversos motivos y razones. Algunes para ir a trabajar en otras zonas de la ciudad, principalmente en el área de servicios vinculados a la gastronomía, en tareas de limpieza o en la industria de la construcción –personas de La Retirada que prestan servicios de albañilería, herrería, pintura trabajan en los numerosos edificios que dejó el boom de la construcción en la ciudad–. Otres cruzan esos límites para ir a estudiar a escuelas ubicadas por fuera del barrio –a pesar de tener varias escuelas allí– o para realizar actividades recreativas y de consumo, tales como visitas a hipermercados cercanos o a alguno de los dos shoppings de la ciudad. Algunes jóvenes me mostraron fotos en sus celulares de sus visitas a esos lugares. Sin embargo, no suelen ser experiencias gratas y, muchas veces, fueron discriminades y se sienten fuera de lugar. En varias ocasiones me crucé con jóvenes de La Retirada en avenidas del centro de la ciudad trabajando de cuidacoches o trapitos. Asimismo, las zonas aledañas al barrio o las zonas céntricas de la ciudad resultaron blancos elegidos para realizar robos: algunes jóvenes relataron cómo realizaban arrebatos en el centro.
Esos límites también se atraviesan diariamente de “afuera” hacia “adentro”. Numerosas son las personas que se desempeñan como operadores estatales y los cruzan todos los días para trabajar en instituciones del barrio. Repartidores y taxistas también los traspasan cotidianamente. Investigadores y estudiantes de diversas disciplinas, como antropología, sociología, ciencia política, criminología y periodismo, concurrieron al barrio, en diversos momentos, para mostrar, conocer o estudiar La Retirada. También surgió de algunos relatos que personas que no vivían en el barrio ingresaban para pegar [comprar] drogas.
Reconocer la existencia de límites precisos no significa afirmar que estos sean rígidos, sino, por el contrario, son traspasados constantemente, ya que hay una continua circulación de personas, bienes y servicios desde ambos lados. Prefiero, entonces, utilizar la categoría “frontera porosa” entre centro y periferia empleada por Gabriel Feltran (2010), analizando el contexto paulista. Este autor propone, a través del concepto de “frontera”, un espacio que –antes que límites rígidos– sugiere circulación, vinculación, flujos de ligazón entre dos o más espacios.
A veces, esas fronteras se tornan más rígidas y la circulación más difícil, sobre todo para les jóvenes. Precisamente, la idea de frontera porta esa condición paradójica de límite y ligazón. Por momentos, hay fluida circulación entre los espacios unidos o separados por ella; en cambio, en otras situaciones, el tránsito se obstaculiza o paraliza. Así, en repetidas ocasiones, les jóvenes manifestaron dificultades para salir del barrio y circular por otras zonas de la ciudad, por ejemplo, por prácticas policiales de hostigamiento (Cozzi, 2019b).
Ramiro Segura también discute con la idea de total separación y aislamiento de los espacios segregados. Plantea que no solo existen nexos causales y funcionales entre la vida en el barrio y el sistema social, sino que también la experiencia de la segregación espacial se halla tensada por dos fuerzas contrapuestas: por un lado, una conjunción de procesos que empujan hacia el “aislamiento”, entre los que menciona una débil inserción en el mercado de trabajo o una exclusión del acceso a bienes materiales y simbólicos valorados; y, por otro lado, en cuanto el espacio barrial no es un ámbito autosuficiente, existen una serie de prácticas y estrategias de movilidad que atraviesan las fronteras urbanas y sociales para mitigar los efectos del aislamiento y la exclusión y así poder sobrevivir (Segura, 2009). Si prestamos atención al tipo de trabajos que mayormente realizan quienes viven en La Retirada, esas prácticas de movilidad también garantizan la supervivencia y el funcionamiento de otros sectores sociales que habitan otras zonas de la ciudad.
Sin embargo, es muy difícil atravesar las fronteras, hay una fuerte experiencia de segregación, y, para les habitantes de zonas segregadas, el “salir” se realiza contra límites muy poderosos y a partir de ellos. Ramiro Segura (2009) señala la existencia, por un lado, de límites territoriales y económicos –en nuestro caso, recorrer largas distancias para llegar a otras zonas de la ciudad con escasos recursos, contar con una sola línea de transporte público que llegue hasta el barrio–, pero también, por otro lado, de límites simbólicos; es decir, el estigma territorial opera por momentos como obstáculo o dificultad para “entrar y salir” de determinadas zonas de la ciudad. A su vez, aunque en toda frontera hay momentos de mayor apertura y otros de mayor clausura, no todas las personas las atraviesan de igual manera, algunas lo hacen con mayor facilidad que otras, por diversos motivos o razones. No obstante, cruzar una frontera no implica necesariamente desdibujarla.
No se trata ni de límites insalvables, ni de ausencia total de límites, sino que los límites del barrio se constituyen como una frontera que recorta un “adentro” y un “afuera”, dificultando por momentos o regulando las interacciones entre ambos ámbitos delimitados. La Retirada y sus habitantes están integrados a la ciudad, de manera subordinada y desigual.
El barrio como territorio. Esa calle es mi frontera
En relación con límites y fronteras o con clasificaciones espaciales al interior del barrio, resta señalar que algunos lugares de La Retirada están permitidos o, de algún modo, prohibidos para los distintos grupos de jóvenes que participan del ambiente. Algunes jóvenes experimentaban dificultades para circular por algunas zonas del barrio por temor a encontrarse con otros grupos de jóvenes con quienes mantienen un vínculo conflictivo y de enfrentamiento. Les jóvenes relataron los malabares que hacían para salir del barrio, evitando cruzar por territorio enemigo; es decir, un cierto juego de destreza, a través del cual evitaban algunas calles, pasillos o cortadas y preferían o elegían otras. A veces, hacían varias cuadras de más para tomarse un colectivo o ir al centro, por resultar un camino menos riesgoso. Estos límites aparecen bien definidos por los propios grupos de jóvenes, quienes establecen un radio de cuadras en las que pueden permanecer o moverse con tranquilidad y sin perseguirse, y un punto de referencia –como, por ejemplo, una escuela, una calle– a partir del cual termina su zona protegida.
Una tarde estaba charlando con un grupo de jóvenes que suelen reunirse en una de las esquinas del centro del barrio. Ellos señalaron que, a dos cuadras de donde se encontraban –una de las calles principales de La Retirada, por donde ingresa y sale la única línea de colectivos que llega al barrio–, terminaba su zona protegida. Manifestaron: “Esa calle es la frontera, ni nosotros podemos ir para ese lado, ni ellos [el grupo de jóvenes con quienes están enfrentados] pueden venir para acá”. Cada grupo parece tener un espacio físico que es su territorio, su zona de dominio. El espacio resulta así relativo, plagado de obstáculos sociales que “lo vuelven denso y relativizan la medida de las distancias” (Pita, Gómez y Skliar, 2017: 73).
Sin embargo, estas fronteras también son cotidianamente traspasadas, aunque, algunas veces, las consecuencias de caminar por territorio enemigo suelen ser letales o potencialmente letales, ya que existe la posibilidad cierta de recibir disparos de armas de fuego por parte de otro grupo jóvenes. Este caminar por los lugares donde suelen reunirse los otros grupos es señalado como venir a tirar la bronca, en el sentido de ingresar en el territorio del otro grupo para provocar. Al mismo tiempo, en otras ocasiones, esas fronteras suelen ser atravesadas sin consecuencias. En varias oportunidades vi a jóvenes que pertenecían a un grupo reunides en otra esquina con les jóvenes de otros grupos.
Algunos estudios inscriptos en las denominadas “geografías del poder” utilizan el concepto de “territorialidad” para analizar las dinámicas espaciales de distintos grupos sociales, como los de Marcelo Lopes de Souza (1995) y Robert Sack (1986), entre otres. Robert Sack (1986) utiliza la noción de “territorialidad” para referirse a las estrategias de un individuo o grupo social para intentar controlar las acciones de otras personas o grupos o influir o incidir sobre ellas, a través de la delimitación y ejerciendo control sobre un área geográfica, que es denominada “territorio”. De igual manera pueden ser entendidas las “zonas de dominio” de cada grupo de jóvenes; es decir, como intentos de influir o incidir sobre otres, a través de la delimitación de un espacio físico.
Así, cada grupo de jóvenes tiene una zona del barrio que es su “territorio”, su “zona de dominio”, porque es el lugar donde viven o el lugar donde se juntan, la esquina, la vía, la cortada, el pasillo. Ingresar en el “territorio” o “zona de dominio” del otro grupo habilita la posibilidad de recibir agresiones. Algunas veces, les jóvenes van con el objetivo de provocar y agredir a integrantes del otro grupo. En otros casos, en cambio, aparecen sin armas en “territorio” perteneciente a otres jóvenes, situación que es interpretada como estar regalados [sin capacidad de respuesta ante un eventual ataque]. Reafirmando así la idea de “territorio” como zona de dominio, como sus áreas de control, y, por tanto, invadir en el “territorio” del otro grupo resulta una provocación y podría habilitar el despliegue de violencia.
- La población fue calculada teniendo en cuenta los radios censales, fuente: IPEC – INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (2010).↵
- Empresa siderúrgica estatal argentina inaugurada en el año 1960, durante el gobierno de Arturo Frondizi. En 1991 fue privatizada y pasó a formar parte del Grupo Techint.↵
- En el año 1964, se creó el Plan de Erradicación de Villas de Emergencia (PEVE), cuyo principal objetivo era la eliminación de las “villas miserias”, trasladando la población a lugares lejanos, lo que empeoraba significativamente las condiciones de vida (Salgado, Cáceres, Basuino, Gancedo, Vizia, Rodríguez y Gurria, 2006). También incluía la construcción de viviendas y la concesión de facilidades de crédito (Oszlak, 1991). Durante la dictadura del general Onganía, se lanzó nuevamente un Plan de Erradicación y en el año 1969 se creó el Plan Viviendas Económicas Argentinas (VEA). Los planes VEA y PEVE pasaron a llamarse durante el período 1973-1976 Plan 17 de Octubre y Plan Alborada, respectivamente. El Plan Alborada consistía en préstamos destinados a grupos de menores recursos, para adquirir viviendas en planes de construcción del Estado (Salgado et al., 2006). ↵
- La apertura de comisarías, subcomisarías o destacamentos policiales es competencia provincial y, generalmente, suele obedecer al crecimiento demográfico. Sin embargo, en algunas oportunidades, puede estar vinculada a algún conflicto particular o hechos que generen el pedido de una dependencia policial, pero ese no fue lo que ocurrió en el caso de La Retirada, solo se debió al aumento poblacional. La subcomisaría fue inaugurada en el mes de mayo del año 1982, y en el acto de apertura estuvieron presentes, además de autoridades policiales, el obispo y el intendente de facto Alberto Natale (1981-1983).↵
- Hay una importante cantidad de trabajos que describen y analizan las limitaciones en la producción de información en este campo (Pita y Olaeta, 2010).↵






